Libro de Margery Kempe - Margery Kempe - E-Book

Libro de Margery Kempe E-Book

Margery Kempe

0,0

Beschreibung

El «Libro de Margery Kempe» constituye la primera autobiografía escrita en lengua inglesa y, asimismo, se cuenta entre los ejemplos más notables de la literatura mística anglosajona medieval. Concebido con una finalidad eminentemente didáctica, es la única fuente para reconstruir la controvertida vida de una figura insólita, de una dama burguesa, esposa, madre, mujer de negocios, peregrina y visionaria. Estas memorias, dictadas por ella misma al final de su vida, trazan un extraordinario retrato de una mujer de carácter indoblegable, inmersa en una experiencia mística que la llevó a enfrentarse a la religiosidad dominante y a las jerarquías eclesiásticas, siempre en el filo de la acusación de herejía. El libro constituye un amplio y abigarrado retablo de la sociedad y la vida cotidiana en una época de grandes transformaciones como fueron los siglos XIV y XV.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 596

Veröffentlichungsjahr: 2015

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



LIBRO DE MARGERY KEMPE

LA MUJER QUE SE REINVENTÓ A SÍ MISMA

LIBRO DE MARGERY KEMPE

LA MUJER QUE SE REINVENTÓ A SÍ MISMA

Margery Kempe

Introducción, traducción, notas e índicesSalustiano Moreta Velayos

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

 

 

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, de ninguna forma ni por ningún medio, sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso de la editorial. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

 

© De esta edición: Publicacions de la Universitat de Valencia, 2012© De la introducción, traducción, notas e índices: Salustiano Moreta Velayos, 2012

 

Publicacions de la Universitat de Valènciahttp://[email protected]

 

Ilustración de la cubierta: Guyart des Moulins, Biblia historiada de Eduardo IV, Países Bajos, S. (Brujas), 1470 - c. 1479. The British Library Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera Maquetación: JPM Ediciones

 

ISBN: 978-84-370-8939-3

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

ÍNDICE DE CAPÍTULOS DEL LIBRO DEMARGERY KEMPE

LIBRO DE MARGERY KEMPE

ORIENTACIÓN BIBLIOGRÁFICA

ÍNDICE DE NOMBRES Y LUGARES

INTRODUCCIÓN

1. MARGERY KEMPE (H. 1373-H.1438): ESBOZO BIOGRÁFICO

Mayoritariamente, los estudiosos anglosajones consideran el Libro de Margery Kempe como la primera autobiografía escrita en lengua inglesa y lo incluyen entre los ejemplos más notables del corpus de literatura mística medieval anglosajona.1 Concebido con una finalidad básicamente didáctica, constituye la fuente principal, realmente la única, para pergeñar una biografía de Margery Kempe sobre cuya insólita figura apenas existen más noticias e informaciones que las contenidas en el mismo. En esencia, el Libro es el relato de algunos aspectos parciales de la vida de una mujer burguesa controvertida, visionaria y enraizada en la sociedad y en el mundo de su época: una mujer casada y madre de catorce hijos que vivió una sugerente experiencia espiritual. La conducta de Margery, según aparece en el Libro, se halla en consonancia con la tradición mística y con el sistema religioso dominantes a caballo de los siglos xiv-xv.

Margery habría nacido hacia el año 1373 en Bishop’s Lynn, hoy King’s Lynn, en el condado de Norfolk.2 Una ciudad marítima no excesivamente grande pero muy activa economica y comercialmente. Su padre, John Brunham, fue un rico e influyente burgués, alcalde de Lynn en cinco ocasiones, entre los años 1370 y 1391; seis veces, entre 1364 y 1384, uno de los dos miembros representantes de la ciudad en el parlamento; influyente regidor de la poderosa guilda de la Trinidad; juez de instrucción, juez de paz y chambelán en distintos momentos de su vida.3

Aunque Margery refirió en confesión al vicario de Norwich toda su vida desde su niñez,4 en realidad el Libro no aporta ni un solo dato acerca de la primera etapa de su existencia. En realidad, su biografía comienza, de manera bastante convencional, con su matrimonio.5

Sobre su juventud, antes de que se casara, Margery únicamente refiere unas cuantas generalidades. Habría vivido una juventud disipada y hedo- nista, exhibiéndose en público con vistosos vestidos y tocados. Adoraba el lujo y vestía a la moda con ropas de llamativos colores para atraer la mirada y provocar el deseo de los hombres. La Margery joven se describe a sí misma como una de esas mujeres a las que una historiadora española contemporánea ha calificado de «pecadoras de verano».6

En torno a los veinte años,7 Margery se casó con John Kempe. Él y su familia aparecen en la documentación municipal de Lynn. Se dedicaban a los negocios, principalmente a los relacionados con el curtido de pieles y con el comercio. Pertenecían a la guilda del Corpus Christi, la de los mercaderes de clase media, por lo que su nivel económico y su categoría social serían inferiores a los de la familia de Margery, aunque ella misma consideraba a su esposo como un distinguido burgués.8

Al poco de casarse, hacia 1393, Margery quedó embarazada de su primer hijo.9 Durante la gestación padeció una severa enfermedad la cual, o no se sabe si alguna otra, se agravó a raíz del parto, produciéndole una profunda crisis corporal y espiritual. Por entonces era corriente considerar las enfermedades y los problemas relacionados directamente con el embarazo y el alumbramiento consecuencias directas de la «maldición de Eva» realizada en el Génesis. El bajo nivel de los conocimientos de obstetricia y lo rudimentario del instrumental empleado en los alumbramientos hacían que numerosas mujeres fallecieran en el momento del parto y que no pocas enloquecieran.10 Es probable que Margery sufriera lo que hoy llamaríamos una depresión postparto, habitual en la Edad Media entre las mujeres auto consideradas místicas, la cual se hallaría en el origen de sus visiones y del consiguiente arrepentimiento por la vida que había llevado hasta entonces. De ordinario, la gente de la época la atribuía a la posesión demoníaca.

Convencida de que moriría, Margery llamó a su confesor para referirle un gravísimo pecado que hasta entonces había ocultado y cuya naturaleza probablemente nunca se conocerá debido a la impaciencia del sacerdote.11 Pese a que era su profesión, el sacerdote no supo escucharla. El temor que tenía a condenarse y la áspera amonestación que recibió impresionaron tan fuertemente a Margery, que le produjeron un grave desequilibrio mental y una crisis espiritual que se prolongarían durante medio año, ocho semanas y los días impares, según refiere detalladamente en el Libro.12

Alterada su percepción de la realidad, Margery experimentó extraordinarias alucinaciones y delirios. Los demonios y los espíritus malignos la atormentaban de día y de noche, induciéndola a realizar actos irracionales y autodestructivos. Insultaba y hacía tremendos reproches y acusaciones a su marido, a sus amigos y a ella misma. Decía y hacía todo lo que los malos espíritus querían. Numerosas veces pensó en el suicidio. Como prueba, se autolesiono mordiéndose su mano con tal violencia que la cicatriz pudo verse durante el resto de su vida. En aquella época, Margery se arrancaba la piel del pecho y si no la hubieran encadenado a la cama habría hecho algo peor.13

Margery relata cómo sanó de esta locura mediante la que sería su primera visión mística: la primera llamada divina. Un día, mientras yacía angustiada en el lecho, pensando que no sobreviviría, se le apareció por primera vez nuestro Señor Jesucristo en forma de hombre, el más atractivo, el más hermoso, y el más cariñoso que jamás pudo verse con ojos humanos. Un héroe auténtico. Tras conversar con Jesucristo, Margery recuperó su juicio y su razón.14

Pero poco después Margery volvió a las andadas. En los años siguientes no renunció a su orgullo ni a su llamativa forma de vestir,15 ni escuchó a quienes, incluido su marido, le decían que no se comportara de ese modo. No le importaban las críticas ni las habladurías de la gente. Casada y madre de muchos hijos, continuó siendo la mujer más llamativamente vestida, la más admirada, y la que más atraía la mirada de los hombres.

Por pura codicia y para mantener su orgullo, Margery se dedicó a la fabricación de cerveza, convirtiéndose, durante tres o cuatro años, en una de las grandes cerveceras de Lynn hasta que se arruinó debido a la baja calidad de la cerveza que producía. Cerró este negocio, convencida de que había sido castigada por su orgullo y por su pecado. Después intentó poner en marcha un molino de cereales con cuya explotación esperaba conseguir su propio sustento.16 Una vez más fracasó y, también ahora, pensó que se trataba de los azotes de nuestro Señor que la castigaba por su pecado.17

Cumplidos los cuarenta años, después de alumbrar al último de sus catorce hijos, Margery recibió otra visión: la segunda llamada divina. A partir de la misma, sin renunciar ni negar su femineidad, se convirtió en una mujer mística abandonando su papel de esposa y de madre: de ama de casa. Una noche mientras dormía con su esposo escuchó una melodía tan dulce y deliciosa que le hizo creer que había estado en el paraíso.18 Nunca había oído nada tan extraordinario. Desde entonces, si recordaba aquella celestial melodía, quedaba anegada en lágrimas, sollozaba y gemía, sin temor a la vergüenza ni a las críticas de este miserable mundo. A partir de esta segunda visión, las lágrimas, los sollozos y los suspiros, junto con las conversaciones pías y el recuerdo continuo de la bienaventuranza celestial, aparecen de manera recurrente en la mayor parte de los capítulos del Libro y en cada una de las circunstancias y episodios de su autobiografía. Existen capítulos dedicados casi exclusivamente a describir la gestualidad de sus llantos, de sus suspiros y, desde su visita a Tierra Santa, de sus gritos. Manifestaciones de compunción, de compasión, de dolor o de amor, que se repiten con monótona regularidad en el relato. Lágrimas torrenciales, suspiros y gemidos clamorosos, gritos y alaridos escandalosamente estentóreos. Margery integró semejante gestualidad en su religiosidad como expresión elocuente de una devoción afectiva y como señales de su santidad en conformidad con los códigos hagiográficos de los místicos medievales. Un lenguaje ritual nada novedoso ni inventado por Margery pero que, en su caso, escandalizaba muchísimo a quienes la veían llorar o escuchaban sus exclamaciones y sus gritos provocadores. Gestualidad religiosa de una mujer laica que enojaba y atormentaba incluso al mismo Lucifer según le dijo Jesucristo: porque le atormentas más con tu llanto que todo el fuego del infierno; tú le arrebatas muchas almas con tu llanto.19

El recuerdo de la melodía celestial hizo que Margery aborreciera los placeres carnales y que no deseara mantener nunca más relaciones sexuales con su marido. Sólo accedería a los deseos de John por obediencia, jamás por placer. Y, en consecuencia, le dijo a su esposo que le obedecería con mucho llanto y tristeza por no poder vivir castamente .20 Tanto pidió a Dios y a su marido mantenerse alejada de la lujuria que el mismo John Kempe terminaría haciendo voto de castidad. Durante tres años Margery llevó a la práctica una vida de penitencia, de ayunos y de vigilias de oración, confesándose con frecuencia, especialmente de aquel pecado que durante tanto tiempo había ocultado y encubierto, mortificando su cuerpo con un cilicio cuya utilización desconocía su marido.

Fue así cómo Margery contrajo una nueva forma de vanidad. Una vanidad espiritual: creyó que, por practicar grandes penitencias y orar con tanta frecuencia, podría ella sola hacer frente a cualquier tentación del maligno y que incluso amaba más a Dios que él a ella. Estaba tocada por la herida mortal de la vanidad y no era consciente, pues muchas veces deseaba que Cristo soltara sus manos de la cruz y la abrazara en prueba de amor. Y una vez más Jesucristo le dio una lección para que la aprendiera ella y cuantos vinieran después. Durante tres años Dios le envió grandes tentaciones. El Libro sólo recoge una de ellas. Está relacionada con el pecado de la lujuria y con el adulterio.

La víspera de la fiesta de santa Margarita de Antioquía, que se celebraba el día veinte de julio, Margery fue acosada sexualmente por un hombre quien le dijo que se acostaría con ella y disfrutaría de la sensualidad de su cuerpo, y no debería resistirse. Tan persistente fue la tentación que Margery fuevencida, y consintió en su interior, y acudió a ver al hombre para saber si él aceptaría poseerla en ese momento. Dado que se trataba de una prueba de carácter moralizador, el hombre respondió a Margery que antes que acostarse con ella preferiría que le hicieran pedazos.21 A punto estuvo Margery de caer en la desesperación. Pese a confesarse muchas veces y cumplir todas las penitencias impuestas por su confesor las tentaciones lujuriosas y de desesperación no cesaron y se repetirían durante un año hasta que Dios quiso. Tenía visiones de los genitales masculinos, y de otras abominaciones semejantes. Sacerdotes, monjes y otros muchos hombres, cristianos y paganos, le mostraban sus genitales desnudos. Y ella debía prostituirse con todos.22

Cuando Cristo lo quiso, le prometió el final de las relaciones carnales con su marido: él mismo apagaría los deseos sexuales de John. A los cuarenta años, finalmente, Margery había ganado a su marido la batalla de la castidad.23 Desde ese instante pudo consagrarse totalmente a Dios y a las prácticas piadosas. Podría haber optado por abandonar el siglo entrando en religión como hicieron otras santas mujeres antes y después que ella; haberse recluido como eremita en algún edifició anejo a una iglesia o monasterio como su coetánea Julián de Norwich; ingresar en alguna orden tercera o hacerse beguina. Pero Margery optó por vivir en el mundo su propia experiencia espiritual, consagrarse a Dios a de manera personalísima, pública y visiblemente.24 En Lincoln, el obispo de su diócesis la autorizó a vestir completamente de blanco como las mujeres vírgenes. Deseaba que la gente la viera, que el mundo entero supiera que no mantenía relaciones sexuales con su marido, que se había desposado con Dios.25

El Libro constituye un excelente testimonio de cómo Márgery vivió alejada del espacio doméstico, prefiriendo el espacio de las catedrales, de las iglesias, de los monasterios, de las plazas y de las calles. Los principales acontecimientos de su biografía acaecen en lugares públicos, en las ciudades, en los caminos y rutas de peregrinación, incluso en espacios reservados para los hombres.

El acuerdo de Margery con John Kempe para poner fin a sus relaciones matrimoniales puede fecharse en el mes de junio de 1413. Para autorizarlo, el obispo Philip Repyngdon, siguiendo las disposiciones canónicas, preguntó a John Kempe si quería que su mujer tomara el manto y el anillo y vivir castamente los dos.26 Si John no hubiera consentido de manera explícita, el obispo no habría autorizado el celibato de Margery.

Desde ese momento Margery se relacionaría más con sus confesores y con otros clérigos que con su esposo y con sus hijos; acudiría a la iglesia, a los actos religiosos y a los oficios litúrgicos, con mayor frecuencia; practicaría ayunos cada vez más severos y prolongados; oraría con mayor devoción y durante más tiempo, conversando con Dios Padre, con su hijo nuestro Señor Jesucristo y con la Virgen. Su conducta pública, sus visiones, sus llantos, sus sollozos y suspiros, y el que no mantuviera relaciones sexuales con su marido, hicieron que sus convecinos y algunos de sus amigos murmuraran de ella, acusándola de ser una hipócrita.

Temiendo los señuelos y trampas de sus enemigos espirituales, Margery consultó con doctos clérigos, doctores y bachilleres en teología, con obispos y arzobispos, con monjes y anacoretas, sobre su manera de vivir, sobre sus visiones y conversaciones místicas, preguntándoles si debía seguir o no sus impulsos y las emociones que provocaban los llantos, suspiros y gemidos que tanto sorprendían a la gente y hacían que muchas personas, que ignoraban qué le ocurría, la criticaran, la aborrecieran, la insultaran y la calumniaran. Todos le dijeron que creyera que aquello procedía del Espíritu Santo y los más ilustrados le pidieron que escribiera sus experiencias.27

Confirmada así en sus creencias, cumplidos cuarenta años, emprendió una vida de viajera y de peregrina para la salud espiritual. Como libro de viajes, el relato de de Margery tiene muy escaso interés. Hasta entonces, solo había viajado a Norwich28 cuando nuestro Señor Jesucristo le dijo que no tuviera más hijos y que hablara con el vicario de San Esteban, Richard Caister, el cual fue su confesor siempre que acudía a esa ciudad. También recibió órdenes divinas para que visitara en el convento de los frailes carmelitas de Norwich a William Southfield, quien la fortalecería en su fe.

Por mandato expreso de nuestro Señor, en Norwich visitó a la reclusa y escritora Dame Julian, la única mística ilustre a la que Margery conoció y trató en vida.29 Pasó con Juliana varias jornadas manteniendo con ella edificantes conversaciones, dialogando sobre el amor de nuestro Señor Jesucris to y escuchando sus consejos y aprendiendo de sus enseñanzas.30 Reputada experta en fenómenos místicos parecidos a los experimentados por Margery, Juliana le dio consuelo, esperanza y la guió sobre los diálogos y conversaciones con Jesucristo, y sobre sus incontrolables llantos y suspiros.

Para poder abandonar la casa familiar de Lynn Margery necesitaba el consentimiento de su marido. John se lo concedería creyendo que era la voluntad de Dios. Al comienzo, acompañó a Margery en algunos viajes. El primero, lo realizaron por Yorkshire en 1413. Visitaron la ciudad de York, Bridlington, Canterbury, Lincoln y Londres. Margery se vio con personajes históricamente identificables como Philip Repingdon, obispo de Lincoln, y Thomas Arundel, arzobispo de Canterbury. Ante Philip Repyngdom, obispo de Lincoln, los esposos realizaron el mentado voto de castidad, ordenando el prelado a Margery que escribiera el Libro.31 En Canterbury, mientras se hallaba en la iglesia con los monjes, fue insultada y reprendida, tanto por los monjes y los sacerdotes como por los laicos, por llorar muy abundantemente durante casi todo el día. Fue acusada de falsa lollarda, es decir peligrosa para el orden social establecido, y a punto estuvo de arder en la hoguera quemada por la multitud.32 También en Lambeth, Londres, donde tenía su residencia el arzobispo de Canterbury, fue acusada de lollar- da, peligrando su vida pese a que se defendió con habilidad. El arzobispo Thomas Arundel le dió licencia por escrito para elegir confesor y para que comulgara todos los domingos.33

Margery visitó otros muchos lugares, iglesias, monasterios y centros religiosos de Inglaterra. Acudía dondequiera que se veneraran santas reliquias o alguna imagen sagrada que gozara de popularidad. En compañía de su esposo o sola.

Probablemente fue en el otoño de 1413 cuando Margery emprendió la peregrinación a Tierra Santa. No quiso abandonar Lynn sin antes saldar todas las deudas pendientes. Para ello pidió a su párroco que desde el púlpito de la iglesia de Santa Margarita anunciara que fueran a verla sus acreedores para llegar a un acuerdo. Luego se despidió de su marido y de un anacoreta que le había dado información sobre las etapas del camino a Jerusalén y de todo lo que le sucedería en el viaje. También se despidió de sus amigos y de su confesor, Robert Spryngolde, pidiéndole su bendición.

Antes de embarcar en el puerto de Yarmouth, Margery realizó una ofrenda en la catedral de la Trinidad de Norwich y otra en honor de una imagen de la Virgen que, probablemente, se encontraba en la iglesia de San Nicolás de Yarmouth. 34 Desde Yarmouth navegó hasta Zierikizee en Holanda, y atravesó luego el continente hasta Constanza.

Durante el viaje no cesó de llorar y de referir sus visiones y sus experiencias místicas a sus compañeros. Mientras se sentaban a la mesa o en cualquier otro lugar. Mas a diferencia de lo que sucedía con su marido, los compañeros peregrinos no soportaban sus llantos, suspiros y gemidos, criticándola e injuriándola con acritud y pidiéndole que se alejara de ellos y viajara como pudiera.

Un día, mientras Margery oraba en la iglesia, nuestro Señor le dijo que no temiera: que todos llegarían seguros a Constanza.35 Allí Margery se confesó con un fraile inglés, legado del papa, al cual contó los problemas que tenía con sus compañeros peregrinos. El legado la trató como si fuera su propia madre. Sin embargo fracasó al mediar para que Margery pudiera continuar el viaje en compañía de sus compatriotas.

Tras ser abandonada por sus compañeros, el legado se ocupó de cuanto Margery necesitaba para proseguir el viaje. Angustiada por carecer de un guía ella acudió a rezar a la iglesia y nuestro Señor le dijo que tendría uno excelente. Y realmente sucedería así, alcanzando la ciudad de Bolonia antes que sus ex compañeros quienes, maravillados, le suplicaron que se uniera otra vez al grupo. Así lo hizó y todos juntos alcanzaron Venecia, permaneciendo en la ciudad durante trece semanas hasta que estuvo listo el barco en el que viajarían a Tierra Santa.36

Cuando se disponía a subir a la nave fletada por sus compañeros, quienes no habían contado con ella al acondicionar el barco para la travesía, nuestro Señor advirtió a Margery interiormente que no viajara en aquel barco, sino en una galera que él le asignó y en la que, finalmente, embarcaron todos ellos. Durante la navegación Margery padeció continuas tribulaciones y molestias de sus mezquinos compañeros, quienes llegaron a encerrar bajo llave la ropa de su cama. Incluso un sacerdote le arrebató una sábana. La navegación concluyó en el puerto de Jaffa desde donde continuaron a Jerusalén.37

Como Jesucristo, Margery hizo su entrada en Jerusalén montada en un asno, conversando en su alma con nuestro Señor. Por la alegría y dulzura que sentía a punto estuvo de caerse del asno si no lo hubieran evitado dos peregrinos alemanes que caminaban a su lado. La primera noche y el día siguiente los pasaron en el templo del Santo Sepulcro. Después, un fraile franciscano guió a los peregrinos por los lugares en los que nuestro Señorhabía padecido sus dolores y su pasión, llevando hombres y mujeres una vela de cera en la mano. Cada vez que Mergery oía hablar de los padecimientos de Cristo en los lugares que visitaban lloraba y sollozaba muy abundantemente. Cuando llegaron al Monte Calvario cayó al suelo pues no podía mantenerse en pie ni arrodillada, retorciendo y moviendo violentamente su cuerpo, agitando los brazos, y gritando con tal fuerza como si su corazón fuera a explotar en pedazos, pues en la ciudad de su alma veía real y claramente cómo nuestro Señor era crucificado.38

Precisamente, fue en el Monte Calvario donde Margery gritó y dio alaridos por primera vez mientras meditaba. Hasta entonces se había limitado a llorar, suspirar y gemir con más o menos fuerza. A partir de entonces sus gritos y alaridos se repetirían con frecuencia, especialmente siempre que oía hablar de la Pasión de Cristo, veía un crucifijo, o si delante de ella golpeaban a un niño o a una bestia creyendo que golpeaban o herían al mismo Jesucristo. En ocasiones sus alaridos eran tan inauditos y prolongados que agotada físicamente rodaba por el suelo. Tan reales eran las visiones de Cristo y de su Pasión que creía ver con los ojos de su cara al hijo de Dios colgando ante ella y a su sangre fluyendo abundantemente de cada uno de sus maltrechos miembros. Aunque lo intentara era incapaz de reprimir sus gritos ni sus contracciones y acababa revolcándose por los suelos.39

Semejante manera de gritar la acompañaría el resto de sus días: cuando visitó Roma y cuando volvió a casa en Inglaterra. Y sus gritos jamás se produjeron sin una gran e incomparable dulzura de devoción y alta contemplación. Al escucharla, algunos hombres espirituales la amaban y la apreciaban todavía más. Sin embargo, algunos doctos clérigos decían que nuestra Señora nunca gritó de esa manera. La mayoría de la gente ordinaria afirmaba que estaba enferma, poseída por el maligno o que había bebido demasiado vino. Unos la maldecían y otros deseaban que estuviera en medio del mar en un bote sin fondo.

Margery permaneció en Jerusalén tres semanas aunque el Libro no dice cuánto duró su estancia en Tierra Santa. Considerando que el barco de Venecia realizaba el viaje dos veces al año se puede suponer que permaneció allí unos seis meses.

En 1414 emprendió el viaje de regreso. En Venecia, una vez más sus compañeros la abandonaron. Y entonces se cumplieron las palabras de su confesor, el santo anacoreta, cuando al despedirse de él en Lynn le dijo que un hombre con la columna rota la guiaría hasta Roma. Sería un pobre irlandés, llamado Richard, de unos cincuenta años que realmente tenía fracturada la columna. Tras alcanzar un acuerdo, ambos se unieron a dos franciscanos y a una mujer que volvían de Jerusalén. Pese a que los religiosos no hablaban inglés, durante el viaje se ocuparon de su comida, bebida y alojamiento como si de ellos mismos se tratara.40

Antes de llegar a Roma Margery visitó Asís donde habló con un franciscano inglés el cual le recordó la gran deuda que tenía con Dios por la alta gracia que infundía en su alma. En la capilla de la Portiuncula, el día uno de agosto, festividad de Lammas, recibió la indulgencia plenaria. Más de un siglo antes, había hecho lo mismo la gran visionaria umbra Ángela de Foligno (h. 1248-1309), autora del Memorial, una obra que en numerosos aspectos anticipa el Libro de Margery. Igual que hiciera Ángela de Foligno, también Margery lloró, gritó y conversó con su amado Jesucristo en las iglesias de Asís.

Margery permaneció en Roma alrededor de seis meses: desde finales de 1414 hasta principios de 1415. Lo primero que hizo fue vestirse toda de blanco tal como nuestro Señor le había ordenado años antes. Durante algún tiempo residió en la hospedería de santo Tomás de Canterbury, construida para los peregrinos ingleses y que funcionaba desde 1362. Allí comulgaba todos los domingos, con grandes llantos y agudos gritos, hasta que fue expulsada a causa de las maledicencias de uno de los sacerdotes que la acompañaron a Jerusalén.

Necesitaba un confesor y, dado que en Roma no conocía a ninguno que pudiera confesarla en inglés, acudió a la iglesia de Santa Catalina que estaba enfrente de la hospedería inglesa. El párroco, con quien había hablado antes Richard para informarle quién era ella y qué deseaba, no sabía inglés. Se limitó a decir a Margery que recitara el Confiteor y que luego le daría la comunión. Entonces nuestro Señor envió a san Juan Evangelista para que escuchara su confesión.41

Un culto sacerdote alemán llamado Wenslawe, muy apreciado por los ciudadanos de Roma donde había alcanzado los cargos más altos que un clérigo extranjero podía conseguir y que oficiaba en la iglesia de San Juan de Letrán, pese a no hablar tampoco inglés, se convirtió en el confesor de Margery y en su más firme defensor contra las murmuraciones y ataques de la gente durante la mayor parte del tiempo que ella vivió en Roma. Al principio, se valieron de un intérprete para hablar entre ellos. Pero poco después, gracias a las plegarias realizadas durante tres días por el sacerdote, por Margery y por otras buenas gentes, el clérigo alemán entendía lo que ella le decía en inglés, y ella comprendía lo que él le decía. Sin embargo,y para asombro de todos, el clérigo alemán seguía sin comprender el inglés que hablaban otras personas.

Igual que sucedió en Tierra Santa, también en Roma, Margery lloraba, suspiraba y gritaba con tal fuerza y tan horripilantemente que con frecuencia la gente tenía miedo. Y por eso muchas personas la difamaban, sin creer que fuera obra de Dios, sino más bien de algún espíritu maligno, o una enfermedad repentina, o quizás algún fraude e hipocresía, algo inventado por ella para engañarse a sí misma. Sin embargo el sacerdote alemán estaba convencido de que sus sentimientos eran verdaderos, defendiéndola siempre, debido a lo cual tuvo que soportar muchas murmuraciones y mucha tribulación, aunque en ningún momento pensó en renunciar a su cargo. Desde él defendería mejor a Margery a quien protegía y ayudaba como si de su hermana o su madre se tratara.

En Roma, sus compatriotas compañeros de peregrinación y, especialmente, un sacerdote que la criticaba con acritud por vestir de blanco fueron los peores enemigos de Margery. Su confesor la convenció para que no vistiera de blanco. Sin embargo tuvo que soportar después mucho desprecio de las mujeres de Roma.

Por mandato de su confesor y como penitencia, Margery sirvió durante seis semanas a una pobre anciana enferma como si se hubiera tratado de nuestra Señora. Siguiendo el ejemplo de santa Brígida de Suecia, no vaciló en mendigar de casa en casa pidiendo para ambas, acarrear agua y leña sobre sus hombros para esta mujer, o dormir sobre el suelo sin mantas hasta terminar llena de parásitos.42

El día de la fiesta de san Juan de Letrán de 1414, probablemente el nueve de noviembre, se produjo el que sin duda fue el episodio culminante de la trayectoria y del devenir espiritual de Margery. En la iglesia de los Santos Apóstoles de Roma recibió la más extraordinaria de todas sus visiones; ese día supo por primera vez lo que significaba la unión mística con Dios. El mismísimo Padre del Cielo se presentó ante ella y le dijo que viviría eternamente con él, pues la desposaría con su divinidad. Hasta entonces ella tenía puestos todo su amor y afecto en la humanidad de Cristo. Margery quedó muy sorprendida cuando el Padre del cielo la tomó de la mano, en presencia del Hijo, del Espíritu Santo, de la Virgen y de los Apóstoles, de santa Catalina, de santa Margarita y de otros muchos santos y vírgenes, y le dijo: Margery, te tomo por mi esposa, en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza, siempre que seas humilde y sumisa para cumplir lo que te ordene que hagas.43

Para que estuviera segura de que era Dios quien le hablaba y que eraél quien la protegía, el Señor le envió tres señales seguras. Primera, unas motas blancas revolotearían a su alrededor: eran los muchos ángeles que la acompañaban, protegiéndola de día y de noche para que ni los demonios ni las malas personas pudieran hacerle daño. Segunda, durante dieciséis años y cada día con mayor intensidad, sentiría en su pecho y en su corazón una llama de fuego de amor, maravillosamente cálida y deleitable y muy confortable. El día que la sintió por primera vez tuvo miedo, pero Nuestro Señor le dijo que no temiera, que era calor del Espíritu Santo. Y por último, una especie de ruido como si un fuelle soplara en su oreja, que duraría casi veinte años antes de escribirse el Libro. Era el sonido del Espíritu Santo que de manera muy rápida nuestro Señor lo convertía en ruido de paloma o en el canto de un petirrojo que, con frecuencia, cantaba muy alegre en su oído derecho.

Cristo le dijo que necesariamente debería intimar con ella y que se acostaría en su cama, y ella podía tomarle con los brazos de su alma, besar su boca, su cabeza y sus pies con tanta dulzura como quisiera. La unión mística de Margery con Cristo difícilmente podía ser más estrecha.44 Desposada con la Divinidad debería vestir siempre de blanco y nuestro Señor le ordenó que acudiera a su confesor y le pidiera su autorización para ponerse de nuevo sus vestidos blancos.45

Siguiendo el mandato de nuestro Señor, Margery se volvió pobre de solemnidad, desprendiéndose, por amor a Cristo, de todo el dinero que poseía. Para subsistir mendigó por las calles de Roma, pidiendo de puerta en puerta, y aceptando las invitaciones de las buenas gentes que la sentaban a su mesa.46

De este modo, Margery seguía los pasos de santa Brígida de Suecia47, visionaria y peregrina como ella, que había vivido en Roma donde murió en 1373, poco después de volver de Tierra Santa. En 1391 había sido canonizada. Margery mostró un gran interés por conversar con quienes la habían conocido y habían mantenido relaciones con ella. Sirviéndose de un intérprete habló con una antigua sirvienta de la santa sueca, la cual le dijo que su señora era agradable y amable con todo el mundo, y que mostraba un semblante sonriente. También el dueño de la hostelería donde Margery se hospedaba había conocido a Brígida aunque, según dijo, apenas se dio cuenta de que había sido tan santa mujer, pues se mostraba muy familiar y amable con cualquier persona que deseaba hablar con ella. Naturalmente, Margery visitó la habitación donde había muerto santa Brígida, y se arrodilló sobre la piedra en la que nuestro Señor se apareció a la santa diciéndole que ese mismo día moriría. En una de las festividades de santa Brígida se produjo una tormenta tan grande que Margery interpretó como una señal de que debería recibir más culto que hasta entonces.48

En abril de 1415, Margery, luego de despedirse de sus amigos y, especialmente, de su confesor alemán, abandonó Roma para regresar a su casa en Inglaterra. Es de suponer que la ruta de vuelta fue la misma que la de la ida. Sin mayores problemas llegó a Middelburg donde embarcó hacia Inglaterra.49 Cuando desembarcaron Margery cayó de rodillas besando el suelo, dando muchas gracias a Dios que los había conducido seguros a casa.

Lo primero que hizo fue ir a Norwich para realizar una ofrenda a la Trinidad. Allí recibió la bienvenida del vicario de San Esteban, el maestro Richard Caister. Desde el principio, Margery le había revelado varias veces los secretos de su alma y las conversaciones con nuestro Señor.

Antes de dejar Norwich acudió a visitar a un monje recluso que no creyó absolutamente nada de lo que ella le refirió. Margery negó las habladurías que habían llegado hasta él según las cuales habría concebido y dado a luz un hijo mientras estuvo en el extranjero.50

Aunque era voluntad de Dios que vistiera de blanco, Margery no tenía dinero para comprar ropa de ese color. Pero Dios reveló a su alma que él se la proporcionaría. Y así sucedió: un rico burgués de Norwich, por amor a Jesucristo, le hizo un generoso obsequió. El domingo siguiente al de la Trinidad, Margery comulgó vestida de blanco con gran escándalo de la gente que desde entonces la despreció en muchos lugares y países.51

Poco tiempo después su marido acudió a buscarla, y juntos regresaron a Lynn, donde Margery cayó gravísimamente enferma. Recibió la extremaunción creyendo que moriría. Pero incluso así, ella estaba deseosa de peregrinar a Santiago de Compostela. Y entonces, después que Jesucristo le asegurara que todavía no moriría, repentinamente recobró la salud.

El invierno de 1415 fue muy crudo y Margery pasó mucho frío a causa de su gran pobreza. Además padeció oprobios y abusos por vestir de blanco, y por gritar muy fuerte cuando nuestro Señor le recordaba su Pasión. Numerosos convecinos de Lynn pensaban que estaba poseída por el demonio o que padecía epilepsia. La gente la escupía por temor a la enfermedad. Algunas personas decían que ladraba como un perro, y la maldecían.52 Después de tantos años, la mayoría de la gente estaba harta de oírla hablar de sus visiones y consideraban peligroso relacionarse con ella.

Apenas dos años después, en la primavera de 1417, Margery sintió necesidad de realizar la segunda peregrinación fuera de Inglaterra, a la tumba del apóstol Santiago. Hallándose en situación de extrema pobreza comprobó, una vez más, cómo nuestro Señor la ayudaba. Un día, cuando menos lo esperaba, apareció un buen hombre que le dio cuarenta peniques. Con ellos compró un abrigo de piel. Después, una buena amiga le entregó siete marcos para que rezara por ella cuando estuviera en Santiago.

El 26 de mayo, miércoles de Pentecostés, llegó a Bristol, donde se encontró con Richard el hombre de la columna fracturada, el mismo que la acompañó en Roma, pagándole lo que le debía. Dado que en el puerto de Bristol no había ningún barco inglés listo para navegar a Santiago,53 Margery esperó seis semanas. Mientras lo hacía recibió frecuentes visitas de Dios y comulgó todos los domingos llorando, sollozando y gritando violentamente. Quienes la veían la despreciaban y la calumniaban. Ella suplicaba a nuestro Señor que les perdonara del mismo modo que perdonó a quienes lo crucificaron.54 Con gran devoción y llena de lágrimas participó en la solemne procesión del Corpus Christi.

Un tal Thomas Marchale, natural de Newcastle junto al río Lyme, en Staffordshire, pecador arrepentido, fascinado por el discurso místico de Margery la invitó con frecuencia a comer en su casa para conversar con ella, y le dio diez marcos para que viajara a Santiago. Por fin, desde Bretaña, llegó un barco a Bristol que iba a Santiago. Thomas Marchale pagó al patrón su pasaje y el de Margery. Un rico burgués de Bristol, que no la consideraba una buena mujer, se opuso, aunque sin éxito, a que Margery embarcara. Antes de que el barco partiera, el obispo de Worcester, que esos días se encontraba en una residencia próxima a Bristol, la citó en su palacio. Cuando se encontraron, Margery se mostró molesta con el prelado por haberla obligado a acudir ante él pues era una peregrina que pretendía, mediante la gracia de Dios, viajar a Santiago. El obispo se disculpó y la invitó a compartir su mesa y conversar con él. Y así fue hasta que Dios envió viento para que pudiera navegar.

Antes de subir al barco, Margery oró para que los peregrinos pudieran ir y volver seguros. El viaje hasta Santiago duró siete días. De Santiago de Compostela, el Libro no dice absolutamente nada. Únicamente que permanecieron en ese país catorce días y que Margery fue muy feliz allí. El viaje de vuelta duró cinco días.55

Después de visitar las reliquias de la Sangre en la abadía cisterciense de Hailes, Margery, acompañada de Thomas Marchale, se dirigió a Leicester. Allí comenzaría una de las etapas más complicadas de su existencia. Margery vio cómo la espada de la ortodoxia eclesiástica, suspendida desde siempre sobre su cabeza, caía sobre sus carnes en forma de detenciones y encarcelamientos, de interrogatorios y de procesos, como sospechosa de ser una lollarda. Entre los años 1417 y 1418 sería procesada en tres ocasiones.

Su estilo y su manera de vivir -mujer casada que no convivía con su marido ni atendía a sus hijos; que vestía de blanco como las vírgenes; que viajaba y peregrinaba sola; que defendía convincentemente su derecho a hablar, conversar y, aunque sin subirse a púlpito alguno, a predicar sobre la fe; que, a tiempo y a destiempo, citaba con soltura la Biblia en inglés; que manifestaba sus sentimientos píos más íntimos y su religiosidad con desmesura; que lloraba, suspiraba, gemía, gritaba y chillaba de manera sospechosamente exagerada; que, a diferencia de la mayoría de fieles cristianos, se confesaba con frecuencia y, excepcionalmente, comulgaba todos los domingos; que proclamaba que hablaba directamente con Cristo y con el Padre; que recriminaba con dureza y temerariamente a los blasfemos; que era cuestionada tanto por las autoridades laicas como por la religiosas, etc.– hicieron que no pocas personas, clérigos y laicos, la tuvieran por hereje, acusándola de lollarda, de seguir la herejía de John Wycliff la cual se habían extendido y popularizado con rapidez en Inglaterra desde finales del siglo xiv, después de la muerte en 1384 del teólogo oxoniense, mediante la predicación de sus discípulos llamados poor priests y conocidos como lollardos.

Por otra parte, uno de los focos principales del lollardismo se hallaba en el condado de Norfolk, donde se encontraba Lynn, y en Norwich su capital. Desde las primeras décadas del siglo xv se había desencadenado una represión, dura y sistemática, de los sospechosos de lollardismo que pasaron a la clandestinidad. Para la biografía de Margery, es significativo que el primer mártir lollardo fuera William Sawtry, quemado en la hoguera en 1401, en Smithfield, por sus creencias. Antes de 1399, William Sawtry había ejercido durante algún tiempo el sacerdocio en Lynn como párroco de la iglesia de Santa Margarita. Puede que en aquella época Margery lo tratara y escuchara.

Fue acusada por primera vez de falsa lollarda en Canterbury por una multitud de personas por citar pública y directamente la Biblia para dar fuerza a su argumentación.

Se recoge en el Libro otro episodio que demuestra bien cómo muchaspersonas habían considerado hereje a Margery antes de que peregrinara a Tierra Santa. En Lambeth, Londres, una mujer le dijo: Ojalá te hallaras en Smithfield,56 yo misma acarrearía un haz de leña para quemarte.¡Es una lástima que estés viva!57 Unos años antes, en Smithfield, Londres, habían ardido en la hoguera los dos primeros lollardos: William Sawtry y John Badby.58

En los años 1417 y 1418 las acusaciones y los procesos por lollarda y hereje se volvieron más regulares y formales. El primer pre-proceso tuvo lugar en Leicester. Un día, mientras dictaba una carta en la posada en la que se hospedaba para su marido, fue convocada para que acudiera inmediatamente a ver al alcalde. ¿De qué país venía y de quién era hija?, le preguntó el alcalde. Al compararla con la respuesta que unos años antes recibió de santa Catalina de Alejandría, que afirmó ser hija del rey Costus, al alcalde no le gustó lo que Margery le dijo y se lo echó en cara.. Margery tuvo que insistir en que no era ninguna desclasada, que era nacida en Lynn, que su padre había sido cinco veces alcalde y regidor de esa ciudad durante mucho tiempo, que su marido era un honrado burgués. El alcalde negaría que fuera como santa Catalina, y afirmó que era una falsa ramera, una falsa lollarda, y una falsa embaucadora de gente. Y, después de insultarla ordenó que la encarcelaran. Ella pidió que no la pusieran con los hombres. Para que pueda preservar mi castidad, y mi vínculo matrimonial con mi esposo, según estoy obligada a hacer, dijo. Compadecido, el carcelero obtuvo licencia para custodiarla en su propia casa, asignándole una buena habitación que cerró con llave, permitiendo que comiera a su mesa y que acudiera a la iglesia siempre que quisiera.59

Días más tarde el mayordomo del conde de Leicester ordenó que la llevaran ante él para interrogarla en presencia de numerosos sacerdotes y de otras personas. En este segundo pre-proceso, el mayordomo trató de interrogarla en latín pues, según afirmó, Margery mentía con mucha falsedad en ingles vulgar. Pero como ella no entendía el latín, el interrogatorio se hizo en inglés. No se pudo demostrar que Margery fuera culpable, puesto que contestó de manera rápida y razonada a todas las preguntas.

Entonces, tomándola de la mano, el mayordomo la condujo a su cámara, insultándola y dirigiéndole muchas expresiones soeces y lascivas. También intentó violarla. Margery le suplicó que no lo hiciera pues era casada. Después de un brutal forcejeo, al comprobar su coraje, el mayordomo selimitó a hacerle muecas obscenas.

Un miércoles fue conducida a la iglesia de Todos los Santos, para procesarla formalmente. El proceso lo presidió el abad de Leicester delante del altar mayor, en presencia de los canónigos y del deán, de una gran multitud de clérigos y frailes, y del alcalde de la ciudad. Margery juró sobre un libro que respondería a los Artículos de la Fe con la verdad y realizó una profesión de fe antilollarda, proclamando con firmeza su fe en la transubstanciación: Señores, creo en el Sacramento de la Eucaristía de la siguiente manera: cualquier varón ordenado sacerdote, por muy perversa que sea su conducta, si pronuncia correctamente sobre el pan las mismas palabras que Jesucristo dijo cuando celebró la Última Cena hallándose entre sus discípulos, creo que es su verdadera carne y su sangre, y no simple pan material; ni jamás pueden considerarse no dichas una vez que se pronunciaron.

Todos quedaron satisfechos con las respuestas de Margery, excepto el alcalde de Leicester que era su mortal enemigo, y que le dirigió todo tipo de reproches y de insultos indecentes, acusándola sin pruebas de adulterio y de que trataba de apartar a las mujeres de sus esposos. Entonces, convirtiéndose en acusadora, Margery le dijo que no era digno de ser alcalde y refutó todas las acusaciones, explicando en privado a todos los clérigos por qué vestía de blanco. Finalmentge, aparentemente convencido de su ortodoxia, el alcalde la dejó en libertad provisionalmente, bajo la obligación de que acudiera a solicitar al obispo de Lincoln un documento que le eximiera a él de cualquier responsabilidad en el caso.60

En York, Margery fue sometida a un segundo proceso. Un día, mientras oraba en la catedral, un importante clérigo, doctor en teología, la citó en la sala capitular. Ella se presentó acompañada de uno de sus mejores amigos clérigos, John Akum, doctor en teología y canónigo de la catedral. La sala capitular rebosaba de gente ávida de ver y escuchar a Margery. El benemérito sacerdote que la había citado actuaba de juez, acompañado de otros reverendos y doctos clérigos. Preguntó a Margery qué hacía en York, si estaba casada o no y si poseía autorización escrita de su marido. Respondió que regresaba de una peregrinación, que su marido la había autorizado verbalmente y que si alguno de los clérigos presentes podía probar que había pronunciado alguna palabra impropia ella se retractaría y no permanecería en el error ni en la herejía, pues estaba dispuesta a defender lo mismo que la santa Iglesia para agradar a Dios. A continuación los clérigos la interrogaron sobre los artículos de la fe y ella respondió bien y verdaderamente a todo.

Concluido el interrogatorio, el juez fijó la fecha en la que debería presentarse ante el arzobispo de York en Cawood, mandándola a prisión hasta entonces. Entonces, los laicos presentes apoyaron de tal forma a Margery que quedó libre para ir donde deseara.

El día en que apareció en la capilla del arzobispo Bowet de York, los domésticos del prelado la acusaron de lollarda y hereje, y, pronunciando horrorosas blasfemias, pidieron que fuera conducida a la hoguera. Rodeado de doctos consejeros, el prelado le preguntó con malas formas por qué vestía de blanco siendo una mujer casada, acusándola de falsa hereje. Margery se encaró con el arzobispo diciéndole que de ninguna manera podría probar sus acusaciones.

Como sucedió en Leicester, al interrogarla el arzobispo sobre los artículos se vio obligado a decir a los clérigos: Conoce suficientemente bien su fe. ¿Qué hago con ella? Los clérigos confirmaron el pronunciamiento del arzobispo pero pensaban que Margery no debería permanecer allí más tiempo, pues podría contaminar a algunas personas con sus palabras. Por eso, el prelado quiso obligarla a jurar que se alejaría de su diócesis tan rápidamente como pudiera. Sin embargo, Margery se negó a marcharse inmediatamente y a jurar que permanecería callada. Entonces los clérigos la acusaron de estar poseída por el demonio, pues, dijeron, habla a todos de los santos Evangelios. Margery negó que predicara desde ningún púlpito, manifestando que mientras viviera seguiría hablando con la gente de temas evangélicos.61

Cuando, finalmente, se disponía a subir a la barca para cruzar el estuario del Humber para ir a Hessle desde York, fue detenida por dos hombres del duque de Bedfort porque dos frailes dominicos les informaron de quién se trataba. La apresaron porque esperaban obtener de su señor cien libras. Era la tercera detención consecutiva de Margery. En Hessle la gente la llamó lollarda y en las calles las mujeres pidieron a gritos que quemaran a aquella falsa hereje. Durante el traslado a Beverley muchas personas le pidieron que dejara de viajar y que regresara a su casa a hilar y cardar lana como las demás mujeres. En Beverley fue encerrada en casa de la esposa de uno de los captores.

Al día siguiente, en la sala capitular de Beverley, Margery tuvo que vérselas una vez más con el arzobispo de York, que deseoso de librarse definitivamente de ella, dijo que, a su entender y al de muchos doctos clérigos que la habían interrogado en Cawood, era una mujer perfecta y buena. Pero entonces, un fraile dominico afirmó que conocía muchas cosas que la hacían culpable de herejía. Sobre todo su desprecio hacia los eclesiásticos. Después, los dos hombres que la habían arrestado, a una con el fraile, la acusaron de ser hija de Cobhan, el importante lollardo que había sidodeclarado hereje en 1413 y que fue ahorcado y quemado en diciembre de 1417. También negaron que Margery hubiera realizado peregrinación alguna. Cuando el arzobispo le pidió que respondiera a todas las acusaciones, únicamente dijo que eran calumnias.

Al comprobar el dominico que el arzobispo no la condenaba, pidió que la llevaran ante el duque de Bedford, a lo que el metropolitano se negó. Suspendido el interrogatorio, el fraile fue puesto bajo vigilancia lo mismo que Margery. Poco después, el arzobispo ordenó que condujeran a Margery hasta su cámara, recibiéndola echado en su cama. Eminentes clérigos vertieron más acusaciones contra ella, sin poderlas demostrar, y pidieron al arzobispo que la encarcelara. Pero, como sucedió en los otros procesos, Margery no fue condenada sino que obtuvo del arzobispo un documento con su sello dando fe de que ella misma se había defendido de las acusaciones de todos sus enemigos, que no existía imputación, ni error ni herejía contra ella que pudieran probarse.62

Después de abandonar Beverly, nada más cruzar el río Humber, Margery fue encarcelada por lollarda. Pero una persona que estuvo presente en el interrogatorio del arzobispo de York se convirtió en garante de que no era lollarda, y de ese modo fue excarcelada.

Tras permanecer algún tiempo en Lynn, viajó con su marido a Londres para conseguir, según se había comprometido con el arzobispo de York, la carta y el sello del nuevo arzobispo de Canterbury.63 Después de obtenerlos, permaneció durante algún tiempo en Londres para admiración de numerosas beneméritas personas.

De vuelta a Lynn, la vida de Margery, que rondaba los cuarenta y cinco años, pasó por circunstancias y momentos extremadamente duros y difíciles. Sus convecinos le causaron mucha humillación, mucha reprobación, mucho desprecio, mucha difamación y mucha maldición debido a sus continuos llantos e incontenibles gritos y alaridos. Incluso Dios, según afirma en el Libro, la castigó con graves enfermedades, especialmente una disentería que a punto estuvo de poner fin su vida, e insoportables dolores de cabeza y de espalda, y un mal desconocido que afectó a su lado derecho y se prolongó durante casi ocho años. Pero, gracias a las cada vez más frecuentes visiones de la Pasión de Cristo y a sus prolongadas conversaciones con nuestro Señor, amén de la paciencia que le concedió el mismo Dios, pudo sobrellevar todas las adversidades, enfermedades y dolores que ella, en su interior, consideraba insignificantes cuando los comparaba con los que sufrió Jesucristo. Durante sus meditaciones sobre la Pasión, Margery se imaginaba real, personal y activamente involucrada en cada uno de de los episodios de la misma: desde la traición en el Huerto de los Olivos hasta la Resurrección. Siempre al lado de la Virgen: sufriendo, ayudando y consolando. Quienes acudían a predicar a Lynn, incluido algún famoso predicador, se negaban a que asistiera a sus sermones por el gran alboroto que provocaba cuando su pensamiento se sumergía en el recuerdo de la Pasión. Lloraba, gritaba y pedía perdón por sus pecados y por los pecados del mundo entero que habían sido la causa de tanto dolor.64

Por la forma en que se escribió el Libro, no siempre es posible establecer la cronología de los hechos narrados. Por ejemplo, ¿en qué momento de la vida de Maargery un joven sacerdote venido de fuera de Lynn, acompañado por su madre, leyó libros para ella durante siete u ocho años? Obras de carácter espiritual: meditaciones sobre la Pasión de Cristo o las experiencias místicas de sus autores; la Biblia comentada, el Libro de santa Brígida, el Libro de Hilton,65 el Stimulus Amoris atribuido por entonces a san Buenaventura, el Incendium Amoris de Richard Rolle de Hampolle, y otras guías espirituales parecidas que constituyen el modelo del Libro de Margery.66

¿Qué edad tenía Margery cuando durante doce días seguidos sufrió numerosas tentaciones, pensamientos y recuerdos oníricos de contenido fuertemente sexual y lascivo? Del mismo modo que antes había experimentado dulces visiones de carácter divino y altas contemplaciones sagradas, entonces fue atormentada con abominables visiones de los genitales de sacerdotes y religiosos, de paganos y cristianos. El maligno la inducía a prostituirse con ellos hasta el extremo de que, a veces, la posibilidad de hacerlo le resultaba agradable a Margery.

Puede que durante su madurez Margery dedicara la mayor parte de su tiempo a la oración, la contemplación y la meditación, en su casa o en la iglesia; a oír sermones, sobre todo los de los predicadores más célebres, a asistir a oficios litúrgicos y a participar en las procesiones más solemnes; a dialogar con nuestro Señor, con la Virgen y con los santos en sus visiones; a obrar algunos prodigios como la repentina nevada que apagó el gran incendio que a punto estuvo calcinar la ciudad de Lynn; a llorar, suspirar y gritar para expresar su intensa devoción interior; a hablar y a contar sus sentimientos y experiencias místicas a los clérigos y a la gente corriente por amor a Dios.

El Libro deja claro que Margery no dedicó excesiva atención ni a su marido ni a sus hijos. El día en que su marido, ya anciano, rodó por las escaleras hiriéndose de gravedad, vivía sólo en casa. De ahí que la gentereaccionara diciendo que, si moría, su esposa merecía ser ahorcada por su muerte, pues debería haber cuidado de él y no lo hizo. Desde hacía tiempo Margery había decidido vivir completamente separada de él, en otra casa, para evitar cualquier tentación sexual y las murmuraciones de la gente sobre que no observaba el voto de castidad. John Kempe, que andaba por los sesenta, no murió de las heridas que se hizo en la cabeza gracias a que fue socorrido por algunos vecinos, alarmados por el ruido producido al rodar por las escaleras. Avisada, Margery acudió junto a él suplicando a nuestro Señor que no muriera al menos hasta que transcurriera un año para evitar la difamación de sus convecinos. Nuestro Señor escuchó su ruego y entonces Margery se ocupó de su marido durante años, mientras vivió. Antes de morir John Kempe padeció demencia senil severa. En el Libro se describe

la enfermedad con todo tipo de detalles, incluidos los más escatológicos, con la indudable intención de subrayar los méritos de Margery ante nuestro Señor. Ella pensaba que era castigada mediante el mismo cuerpo por el que había sentido deseos carnales, y un amor desordenado. Mientras cuidaba de cuerpo de su marido terrenal pensaba que lo hubiera hecho igual con el de Cristo, su marido espiritual.67

Muy probablemente, algunos meses antes de que falleciera su marido, en el verano de 1431 había muerto el único de sus hijos del que Margery habla al comienzo del Secundus liber68 Un varón que trabajaba para un rico hombre de negocios de Lynn, viajando con frecuencia por ultramar y al que su madre deseaba casar para apartarlo de la vida disoluta y lasciva que llevaba y de los peligros de este mundo inseguro. Las relaciones madre-hijo dieron lugar a enconados enfrentamientos y a acusaciones mutuas. Finalmente las plegarias de Margery tuvieron éxito y su hijo se casó en Prusia con una mujer alemana. Pasado un tiempo, el hijo decidió regresar a Lynn, en compañía de su mujer y de una hija pequeña a la que finalmente, por temor a los peligros del viaje, dejarían en Prusia con unos amigos. Al día siguiente de llegar a Lynn, mientras todos comían con otros buenos amigos, se sintió repentinamente enfermo y después un mes murió en la verdadera fe .69

Los últimos sucesos de la autobiografía de Margery están principalmente relacionados con su nuera, quien, tras enviudar, vivió durante año y medio con ella hasta que sus amigos alemanes le escribieron para que volviera a su propio país. Margery la permitió regresar y además, atendiendo el mandato divino, decidió acompañarla hasta Danzig (la actual Gdansk polaca), pese a que había prometido no viajar más a ultramar. Estaba en la sesentena y su confesor le prohibió expresamente viajar más alla de las fronteras de Inglaterra.

En la primavera de 1433, el día de Jueves Santo Margery embarcó con su nuera en Ipswich. Durante el viaje por la ruta hanseática, se produjo una fortísima tormenta, a la que sobrevivieron gracias a las plegarias de Margery. El Viernes Santo, el barco, arrastrado por la tempestad, atracó en alguna parte de la costa de Noruega, permaneciendo allí hasta el domingo después de Pascua. Luego, un viento favorable las llevó hasta la ciudad de Danzig, donde Margery permaneció cinco ó seis semanas, siendo muy bien tratada por todos, menos por su nuera. De buena gana habría prolongado su estancia allí pero Dios le ordenó que dejara aquel país. Ignoraba cómo hacerlo.

A causa de los peligros de la guerra, no podía hacer el viaje por tierra. Tampoco quería viajar por mar pues había pasado muchísimo miedo en su viaje hasta allí. La solución llegó de la mano de dos hombres: uno que quería peregrinar a Wilsnack, y otro, un comerciante de Lynn, que la ayudó a superar los problemas derivados de la guerra declarada entre los caballeros teutónicos e Inglaterra. Mediante un acuerdo económico, con el primero peregrinó hasta la lejana Wilsnack en Brandenburgo para venerar la preciosa sangre de Jesucristo y las tres Sagradas Formas visitadas por peregrinos de muchos países, no sin grandes penalidades derivadas de las limitaciones propias de su avanzada edad y sufrir algunas enfermedades. El comerciante de Lynn le consiguió el permiso que, como inglesa, necesitaba para salir del país.70

Desde Wilsnack, Margery peregrinó a Aquisgrán donde veneraría las mismas reliquias que en su día veneró Brígida de Suecia a quien siempre trató de emular. El viaje fue una verdadera odisea para esta «inglesa con rabo», como la llamaron algunos sacerdotes locales. Incluso temió por su castidad, a pesar de su avanzada edad. 71

Después y viajando por tierra con gran esfuerzo dado que era muy anciana y estaba muy débil para seguir el ritmo de los otros viajeros, Margery llegó a Calais desde donde cruzó a Dover. Pasó por Londres antes de ir a su casa en Lynn.72

Margery acudió a visitar la abadía de Sión, de la orden del Santísimo Salvador de santa Brígida de Suecia. Un importante centro de piedad contemplativa en el suroeste de Londres donde casualmente estaba el mismo eremita que la había acompañado hasta Ipswich y que ahora de nuevo, a pesar de su resistencia inicial porque ella había desobedecido la prohibición de su confesor de abandonar Inglaterra, la acompañó a Lynn. Al llegar a casa, Margery acudió a ver a su confesor quien la reprendió severamente, pues le debía obediencia y había realizado un viaje sin su conocimiento.

En cierta manera, la autobiografía de Margery comienza y acaba con un conflicto y la posterior reconciliación con sus confesores. La narración concluye en el mismo momento en que Margery consigue el mismo buen amor de su confesor.73

Margery pone fin a su autobiografía con una larga plegaria que ocupa varias páginas.74

2. QUIÉN Y CÓMO SE ESCRIBIÓ EL LIBRO

El manuscrito del Libro de Margery Kempe permaneció extraviado durante casi cinco siglos. Fue Hope Emily Allen quien en el verano del año 1934 lo encontró e identificó en la biblioteca privada de la familia católica Butler-Bowdon en Lancashire donde se había guardado al menos desde mediados del siglo xviii. Hoy el manuscrito, el único que se conoce, se conserva en la Biblioteca Británica.75 Consta de 124 folios en papel y la copia la realizó poco antes de 1450 alguien quien, al final de la última página, dice llamarse Salthows. De acuerdo con anotaciones realizadas durante la baja Edad Media desde la primera página, este manuscrito se guardó en la biblioteca del monasterio cartujo de Monte Gracia,76 cerca de Northallerton en Yorkshire, donde fue ampliamente enmendado y corregido por la pluma de cuatro estudiosos, probablemente cuatro monjes cartujos, interesados en las experiencias místicas de Margery. Tales anotaciones no carecen de interés pues ayudan a explicar cómo se leyó y por qué se conservó el Libro.77

El nombre de Margery había sobrevivido gracias a la publicación dealgunos breves extractos de las partes más devocionales del Libro, realizada por los impresores Wynkyn de Worde, hacia 1501,78 y Henry Pepwell en 1521.79

El Libro se compone de dos partes. La primera consta de dos Proemios y ochenta y nueve capítulos. El Libro segundo se compone de diez capítulos y de una Plegaria final. En los Proemios y en los capítulos 6289 se refiere la historia de cómo, cuándo y quién, supuestamente, escribió el Libro.

Calificado en la primera línea de breve y consolador tratado, se afirma que Margery comenzó a dictarlo en 1436, concluyéndolo en 1438.80 Desde la primera vez que Margery, entre llanto y llanto, contó sus sentimientos, revelaciones y visiones a respetables y doctos clérigos, ellos la conminaron para que los pusiera cuanto antes todo por escrito. Algunos, entre los que se encontraba un fraile carmelita,81 se ofrecieron a escribirlos con sus propias manos. Pero en aquel momento ella respondió que era pronto para hacerlo. Transcurrirían más de veinte años, desde el día en que esta criatura recibió las primeras sensaciones y revelaciones, hasta que escribió algo.82 Sólo cuando le fue ordenado en su espíritu que lo escribiera, decidió dictar el Libro.

El primer amanuense fue un laico inglés llegado desde Alemania donde se había casado y que regresó a Inglaterra para escribir la primera versión del Libro. Basándose en las fechas y en otras circunstancias que aparecen en el Libro algunos estudiosos creen que pudiera tratarse del mismo hijo de Margery del que se ha hablado más arriba. Quien quiera que fuese, falleció poco después de que Margery acabara de hablarle de ella misma.83

En el Libro se dice que este primer amanuense no escribía correctamente ni inglés ni alemán, por lo que el manuscrito resultó prácticamente ilegible. Así lo comprobó poco después un sacerdote al que Margery profesaba gran afecto y al cual encargó que lo reescribiera. Este sacerdote, persona de escaso entendimiento,84 se comprometió a hacerlo a condición de quepudiera leerlo. Transcurrieron casi cuatro años sin que redactara una sola línea. Temía verse implicado en las murmuraciones y en las graves acusaciones que la gente dirigía a Margery. Mas un día, arrepentido por no haber cumplido durante tan largo tiempo su compromiso, pidió a Margery que le facilitara de nuevo el Libro y, después de superar milagrosamente graves problemas de visión, comenzó a escribir la versión definitiva el día siguiente a la festividad de María Magdalena de 1436.85

A diferencia del laico, de quien no consta que cuestionara nada de lo que Margery le dictó, el sacerdote no siempre había creído en la ortodoxia de su manera de vivir y de manifestar su religiosidad. Incluso, tras escuchar el sermón de un famoso predicador franciscano en la capilla de Santiago de Lynn hablando muy mal de ella, decidió no creer nunca más en sus sentimientos. Sin embargo, nuestro Señor hizo que se arrepintiera y que confiara más que nunca en los llantos y gritos de Margery. Eso sucedió después de leer la biografía de María de Oignies, y después que nuestro Señor le visitara mientras un día celebraba misa y leía el Evangelio. Las reservas que había albergado respeto a la verdad de los sentimientos y de la conducta de Margery acabaron cuando leyó las mismas obras sacras que ella.86

Para escribir lo más rápidamente posible el Libro, Margery se enclaustró en su casa, primero con el laico y después con el sacerdote, donde pasaba más tiempo que en la iglesia. En contra de su deseo, Margery rezaba y meditaba menos que de costumbre con la intención de acelerar la escritura. Tenía miedo de desagradar a nuestro Señor por ello. Y por eso se alegró cuando nuestro Señor le dijo que aunque rezara como siempre, no me agradarías tanto como lo haces cuando escribes, pues, hija, mediante este libro muchas personas regresarán a mí y creerán. 87

El mismo sacerdote que reescribió el Libro añadió diez capítulos nuevos que forman el Secundus liber. Comenzó a escribirlos el día 28 de abril de 1438, festividad de san Vidal.88

El narrador del Libro generalmente se refiere a Margery, la protagonista, en tercera persona: ella, esta criatura, dicha criatura.

No pocos estudiosos mantienen que Margery no sabía leer ni escribir, basándose e interpretando al pie de la letra su afirmación de que era una iletrada.89