Libros que salvan vidas - Ana María Ruiz López - E-Book

Libros que salvan vidas E-Book

Ana María Ruiz López

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Beschreibung

La irrupción del coronavirus causante de la covid-19 ha cambiado la vida de todos. Durante la pasada primavera, la propagación de la enfermedad puso a prueba la resistencia de nuestro sistema de salud, que tuvo que dar respuesta, con el esfuerzo y la entrega de todo el personal sanitario, a una ola de contagios que amenazaba con colapsarlo. En medio de un paisaje tan oscuro, hubo ejemplos luminosos de solidaridad fuera de lo común. Este libro, ganador de la sexta edición del Premio Feel GoodTM, es el testimonio de la creación de la biblioteca "Resistiré", iniciativa galardonada con el Premio Antonio de Sancha 2020 que concede la Asociación de Editores de Madrid, y cuya principal impulsora fue Ana María Ruiz López, enfermera del SUMMA 112, en el hospital de campaña de IFEMA en Madrid. Como buena lectora empedernida, su objetivo era acercar los libros a las personas allí ingresadas a fin de hacer más confortable su convalecencia y, en definitiva, ayudar a su recuperación. Una iniciativa singular donde confluyen la vocación de ayudar a los demás y el papel de los libros para sobrellevar momentos difíciles. Esa experiencia, generosa y empática, en un contexto sombrío y angustioso, con el trasfondo de la nueva pandemia, queda admirablemente reflejada, con emotividad, sinceridad y humanidad, pero sin sentimentalismos, en las páginas de este libro.

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Veröffentlichungsjahr: 2020

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Libros que salvan vidas

Una biblioteca de campaña en tiempos de pandemia

Ana María Ruiz López

Obra ganadora de la 6.ª edición del Premio Feel GoodTM

Primera edición en esta colección: noviembre de 2020

© Ana María Ruiz López, 2020

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2020

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99 – Fax: (+34) 93 419 23 14

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-18285-54-7

Diseño de portada: Ariadna Oliver

Realización de cubierta y fotocomposición: Grafime

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Índice

Prólogo1. La primera guardia2. El club de lectura3. Los libros sanadores4. Ola de solidaridad5. Los libros que salvan6. Día del Libro7. Cierre del hospital IFEMA Covid-19Epílogo

240.000 infectados en nuestro país. 30.000 fallecidos. 51.000 profesionales de la salud infectados y 63 de ellos fallecidos hasta el 29 de mayo de 2020. Estoy segura de que mi familia entenderá que no sea a ellos a quienes les dedique este libro, sino a todas y cada una de las víctimas de esta terrible pandemia en cualquiera de sus formas.

Y a la gente buena.

¡Libros!, ¡libros!, he aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan.

FEDERICO GARCÍA LORCA

Prólogo

Siento la necesidad de empezar este libro con una de las frases más célebres de la enfermería profesional y moderna, que en su momento enunció quien puede considerarse su precursora, Florence Nightingale:

La lección práctica más importante que puede darse a las enfermeras es enseñarles a observar, cómo observar. La observación indica cómo está el paciente, la reflexión indica qué hay que hacer y la destreza práctica indica cómo hay que hacerlo.

Y es que esta afirmación es importante para mí porque fue la observación, precisamente, la que me llevó a vivir la historia que narraré en este libro.

Desde que estudié Enfermería en la Universidad de Castilla-La Mancha, concretamente en la Escuela de Enfermería de Ciudad Real, he tenido la suerte de hacer que mi trabajo sea mi pasión. Para ello, he intentado seguir la estela de muchas de las madres de nuestra ciencia, desde Florence Nightingale a Virginia Henderson o Dorothea Orem, mujeres que nos han dejado modelos de comportamiento, ejemplos sobre cómo atender a las necesidades básicas del ser humano, estudios sobre los grados de relación entre enfermera y paciente, trabajos precursores de enfermería en guerras centrados en la higiene y la limpieza y, asimismo, las importantes teorías, como la del déficit del autocuidado. También gracias a estas mujeres, en buena medida, el término «enfermera», así, en femenino, ha sido reconocido internacionalmente y su uso podría compararse a la utilización del término «hombre», en masculino, cuando se hace referencia al género humano, es decir, a la condición de persona, y es por ellas, por mí, por todas mis compañeras, que yo lo uso de manera genérica, de modo que espero no herir susceptibilidades entre mis compañeros de profesión cuando hable de la enfermería desde el género femenino.

Soy enfermera de vocación y de profesión. Es una pasión que en mi caso viene de siempre, desde que de niña jugaba con mis muñecas a curarlas y a ponerles tiritas, o a pinchar inyecciones a los peluches (pobres), a los que después llevaba en cochecitos que me servían de ambulancias, y que más adelante, con el tiempo, se intensificó al ver, al «observar», como decía Florence Nightingale, a aquellos profesionales sanitarios que, en el hospital, entraban en la habitación de mi padre para curarlo, consolarlo y acompañarlo.

Los que podemos dedicarnos a aquello que nos gusta somos, definitivamente, afortunados, y es que la enfermería no solo consiste en el cuidado de la salud, porque, como dijo Virginia Henderson:

La enfermera es temporalmente la conciencia del inconsciente, el amor de vida para el suicida, la pierna del amputado, los ojos del recientemente ciego, el medio de locomoción para el infante y una voz para aquellos demasiado débiles para hablar.

En mi caso, siguiendo esta máxima, después de mi formación académica, decidí dejar la tierra que me vio nacer, Valdepeñas —tierra de valientes como Juana la Galana y de pintores como Gregorio Prieto, dramaturgos como Francisco Nieva y poetas como Bernardo de Balbuena, de buenos vinos y de buenas personas, gente extraordinaria de la que me siento tremendamente orgullosa—, y mudarme a Madrid para ejercer esta profesión, esta pasión, como tanta otra gente que ha dejado atrás la calma y el regocijo de su casa y de su familia para buscar un futuro en otro sitio.

Y Madrid me conquistó.

Es aquí donde desde mi llegada trabajo con pasión y orgullo, feliz de poder hacer lo que hago, como enfermera de urgencias/emergencias en SUMMA 112, el servicio de urgencias médicas de Madrid antes conocido como Servicio Especial de Urgencias 061.

Pero esta ciudad no solo me ha dado trabajo, como a tantos y tantos hijos adoptivos como tiene. Me ha dado también formación, porque aquí he cursado estudios en Antropología Social y Cultural en una de las universidades que yo más admiraba cuando, de adolescente, soñaba con poder vivir en la capital, la Universidad Complutense de Madrid, que me ha dado compañeros, amigos… Y no solo eso, porque Madrid me ha dado más todavía. De hecho, me ha dado aquello que es más importante para mí, eso que, como dijo el sabio, es mi non plus ultra porque no hay nada más allá de ellos. Me refiero a mi familia y mi hogar, mis tres hijos maravillosos y grandes lectores (los mayores, la tercera aún es demasiado pequeña), que, junto al resto de la familia, me han animado a abrir mi corazón y mi mente para contar en estas páginas todo lo que he vivido en estos últimos meses, y que tanto tiene que ver con la enfermería como con mi otra gran pasión: la lectura.

Siempre me gustó leer, se trata de un hábito adquirido quizás a base de imitar a mi padre, Vicente, y que, como muchas de las cosas que aprendemos de niños, he hecho mía y he logrado pasar a la siguiente generación, haciendo de mis propios hijos también grandes lectores.

Los libros han sido siempre un pilar fundamental en mi vida, son esa vía de escape, esa medicina que cura, esa lección de historia, ese aprendizaje constante y, sobre todo, compañía. Porque la lectura es una actividad que, pese a ser tan individual, incluso solitaria, hace siempre que te sientas muy acompañado.

Antes de la situación acontecida en España y en el resto del mundo tras la irrupción en nuestras vidas de la covid-19, solía compaginar la familia y el trabajo de la mejor manera posible con mi ocio, lo que se traduce en que dividía mi tiempo entre las guardias en SUMMA 112, juegos, muchos juegos con los que más quiero, visitas culturales a museos o rutas por la ciudad y las reuniones de mi club de lectura, a las que acudía cada dos semanas.

Pero llegó el coronavirus y, con él, la enfermedad y la muerte, el temor y la incertidumbre, el confinamiento, la soledad, el hastío, la tristeza y el enfado. Aunque también los aplausos a las ocho, las miradas dulces y amables, la solidaridad, el ejemplo y las ganas de salir de esta situación entre todos, el apoyo, el esfuerzo… En definitiva, esa unión que es tan necesaria en cualquier circunstancia, pero que, en esta en concreto, nos ha dado un aliento único, un apoyo y una solidaridad increíbles. Nos ha dado, en definitiva, aire para respirar.

Como bien dijo mi admirado Gabriel García Márquez, hay que «vivir para contarla», pero ojalá esto no hubiera pasado. Sin embargo, en todas las tragedias hay pequeños rayos de luz que nos hacen creer y reencontrarnos con el ser humano, y en este caso han sido los libros quienes han abierto ese hueco, esa ventana hacia otras experiencias, otros mundos, otras gentes y otras vivencias dentro de la oscuridad en la que se encontraban nuestros pacientes en el seno de la enfermedad.

Yo solo soy enfermera lectora, son ELLOS, los libros, los verdaderos protagonistas de esta historia que siento que debo contar.

Porque los libros, esos libros que desde pequeña me enseñaron a mirar más allá, a imaginar más cosas y a vivir más experiencias, son vehículos que nos transportan a otros mundos.

En una ocasión, en un encuentro con autores en una biblioteca, conocí a Antonio Gómez Rufo y tuve la suerte de que me firmara su libro Madrid, la novela y pude charlar un rato con él. Aunque soy fiel admiradora de toda su obra, le confesé que esta en concreto me había tocado el corazón y me había acercado aún más a él como lectora por la dignidad, la valentía y la profesionalidad con las que retrataba a los profesionales sanitarios que habíamos demostrado ser imprescindibles en un momento histórico de la ciudad, durante la terrible tragedia del 11M.

Siento que a veces el oficio de los sanitarios es invisible, y el hecho de que sea reconocido en alguna obra nos da visibilidad, y ese es el motivo por el que yo también quiero alzar mi voz para hablar de mis compañeros y reivindicar desde la alegría el orgullo del trabajo que hacen, que hacemos todos. Quisiera hacer saber a aquellos que por desgracia han perdido a un ser querido que alguno de mis compañeros, o yo misma, le ha dado la mano, cariño y atención en su despedida, y han (hemos) luchado hasta el infinito para que se quedara con nosotros. A veces lo hemos logrado, otras no, pero hemos atendido con todo cuidado y cariño tanto a quienes se han ido como a los que han superado la enfermedad. La sanidad española es de las mejores del mundo, de las más valoradas y también, por qué no decirlo, de las menos cuidadas, y para mí es un orgullo formar parte de ella.

Ahora vivimos un momento especialmente cruel, duro, sin precedentes. La tragedia ha mermado nuestra población, también nuestra salud física y mental y nuestro ánimo, pero hay luz y esperanza. Siempre debe haberla.

Estamos superando la pandemia: el hospital IFEMA Covid-19 cerró el 1 de mayo porque ya no había tantos enfermos a los que atender, las camas de hospitales están más liberadas y no hay tantos pacientes graves que precisen ingreso en UCI. Ahora, en el momento en que he decidido comenzar a escribir estas líneas, aún seguimos en fase uno y se ha prorrogado la sexta ampliación del estado de alarma; no podemos salir de nuestra comunidad autónoma, los colegios y los parques infantiles continúan cerrados, todavía siguen vigentes muchas restricciones que hacen que se evite la propagación del virus… Pero me niego a pensar en negativo.

Nos hace falta serenidad para aceptar aquello que no podemos cambiar. Las víctimas de esta tragedia siempre estarán con nosotros, pero por ellos y por nosotros mismos tenemos que salir adelante, y seguro que en este camino nos ayuda recordar cuánto hemos aprendido, lo que la gente ha hecho por los demás, las olas de solidaridad, los apoyos, los aplausos, el interés y la preocupación como signo de cariño. En definitiva, los buenos gestos.

Pero como dijo en su novela Milena Busquets, «también esto pasará», y en el momento en que escribo estas palabras, mayo de 2020, aún con la tragedia en curso, voy a intentar transmitir a cuantos quieran acercarse a estas páginas la esperanza de que esta situación acabará y quedará, como recuerdo de este naufragio, la resaca de lo bueno, de aquello que nos salvó.

1.La primera guardia

Por fin recibo el ansiado mensaje de texto:

SUMMA 112: Para la guardia de hoy 24/03/2020 debe incorporarse en IFEMA. Más información en su correo corporativo.

Siento cómo palpita mi corazón y rápidamente abro el correo electrónico donde, desde SUMMA 112, me dan las instrucciones precisas para incorporarme esa misma noche y empezar a trabajar. Quiero ir ya. Necesito ir ya.

Desde días antes todo se había vuelto muy complicado en mis turnos como enfermera de emergencias, la gente venía preguntando, angustiada y muy preocupada, y entre las patologías que atendíamos nos encontrábamos, aparte de con crisis respiratorias, también con problemas que requerían mucha atención psiquiátrica: ansiedad, trastornos de la conducta y miedo, sobre todo miedo. Todos lo teníamos.

Se sabía que estaban aumentando en Madrid los contagios y las muertes por coronavirus, y que los hospitales se estaban desbordando. Algunos compañeros nos habían contado que nuestras ambulancias ya no podían dejar pacientes en ciertos hospitales porque estaban tan llenos que habían cerrado sus puertas.

Para protegernos a nosotros mismos y salvaguardar de posibles contagios a la población, llevábamos batas quirúrgicas y mascarillas, y comenzamos a seguir un protocolo de actuación específico diseñado por nuestro servicio, SUMMA 112.

La situación era de caos absoluto, temor e incertidumbre, pero nada de esto había mermado nuestras ganas de ayudar y afrontar la situación, de curar, de acompañar, de consolar… Días atrás ya nos habían comunicado que se estaba habilitando a toda velocidad un hospital de campaña para que profesionales de SUMMA 112 fuéramos a atender allí a un gran número de pacientes y, ante estas circunstancias, yo, ya desde el sábado anterior, estaba deseosa de empezar a trabajar en este hospital que estaban montando en IFEMA, un recinto ferial de Madrid.

Poco a poco se acercaba el día de ponerlo en marcha. En nuestro centro de urgencias estábamos de guardia y supimos que el momento de acudir a él se acercaba cuando llamaron a Carmen, mi compañera y amiga técnico en emergencias, para que fuera allí a preparar las camas, las balas de oxígeno y todo el material que los pacientes iban a necesitar. Yo también me ofrecí voluntaria para hacer lo mismo, pero no podía ser, tenía que estar operativa en mi base por si algún paciente nos necesitaba. La crisis del coronavirus estaba colapsando la sanidad española, y en Madrid los hospitales no podían recibir a más pacientes, habían cerrado las puertas de urgencias y los datos eran estremecedores. Pero pronto iban a llegar pacientes derivados de hospitales donde ya no había hueco para ellos a este, el mayor hospital de campaña montado sin precedentes, salvo en Wuhan, y debíamos estar listos para acudir a él, para entrar en acción, en cuanto nos lo indicaran.

Así que Carmen se marchó a preparar material en IFEMA y yo esperé impaciente a que se pusieran en contacto conmigo porque, aunque me había puesto a disposición del jefe de la guardia desde el primer momento, aún no había recibido mi notificación… Hasta que llegó el 24 de marzo y ese mensaje de texto.

Nada más recibirlo me dispuse a prepararme para acudir a mi trabajo.

—Cariño, pareces un toro esperando salir de los toriles —me dijo mi marido, que estaba en casa porque en su empresa habían dado vacaciones a parte de la plantilla.

Tenía razón. Me di cuenta de que era tal la energía que me invadía que comprendí que debía dosificarla.

Mis niños sonreían mientras me veían organizar mi equipación. Para poder entrar en el hospital de campaña habilitado de manera tan rápida en IFEMA, tenía que disponer de ropa de seguridad, mascarillas, guantes, riñonera con tijeras, bolis, esparadrapo y, también, algunas gasas…

—Mamá, llévate esto para tu pelo —me recomendó Adriana, de ocho años, nuestra segunda hija. Me ofrecía un pañuelito rojo de Hello Kitty que solía ponerse al cuello porque a finales de marzo aún hacía frío en Madrid—. Así sujetará tu pelo largo y podrás ponerte la mascarilla con más facilidad.

Le dediqué una sonrisa y lo guardé con cariño con el resto de mis cosas sin saber todo lo que tendría que ver ese pañuelo, mi amuleto durante toda mi estancia en IFEMA.

Tengo tres hijos. Gonzalo es nuestro primogénito, un niño dulce y educado, comprensivo y muy inteligente. Le encanta leer Los compas y Los forasteros del tiempo. También adora la serie de El diario de Greg; ya lleva sus catorce entregas leídas, y se le puede ver a menudo por casa riendo a carcajadas con uno de sus libros en la mano.

No le gusta nada que le hable de cosas de mi trabajo: siempre le cuento las partes bonitas, pero su hipersensibilidad hace que el que enmarque la historia dentro del contexto de la pérdida de la salud le afecte demasiado.

Entiende en qué consiste mi trabajo y las largas horas de guardia, que incluso los fines de semana y los festivos no pueda estar con ellos, y lo valora sobremanera, está muy contento de que su mamá sea enfermera y más aún cuando voy con compañeros de trabajo a su colegio para dar sesiones de educación sanitaria y primeros auxilios, pero lo de la sangre y la enfermedad…

—A mí eso no me va, mamá, no me lo cuentes —suele decirme cariñosamente cuando cuento alguna anécdota de mi trabajo.

Adriana es la segunda, una guerrera alocada, divertida, generosa, impaciente y muy buena. Ella quiere acción, le gustaría mucho ser policía o enfermera de urgencias. Se preocupa mucho por los demás, y eso hace que viva las cosas tan intensamente que a menudo la veo reflejada en mí. ¿O a mí reflejada en ella? Es alta y guapa, con un pelo rizado que marca aún más su fuerte personalidad. Y se enfada, como yo, cuando no le apetece nada que me vaya de guardia durante veinticuatro horas y no podemos hacer cosas juntas en el fin de semana. Lee la serie de Isadora Moon y uno de sus libros preferidos es Las chicas son guerreras: 26 rebeldes que cambiaron el mundo.

Pienso que hay imágenes que nuestro cerebro guarda de por vida en algún huequecito compartido con el corazón, al igual que el olor de los bebés, y esas estampas me las dan mis hijos mayores muy a menudo: Adriana y Gonzalo leyendo un cuento a su hermana pequeña, Martina, tranquilos los tres, pacientes, sentados en el sofá del salón o tumbados en la cama de alguno de ellos, y los veo atentos, sonrientes, felices… y escucho su lectura, su risa y hasta su silencio.

Martina es la pequeña, de un añito y medio. Vino de sorpresa a casa y arrampló con todos nuestros planes haciéndonos aún más felices y llenando nuestras vidas de nueva ilusión y de la bendita locura de tener otro bebé en casa. Ríe con los libritos de Coco y Pepe, de los Cantajuegos, y balbucea como si leyera en voz alta con las pequeñas obras de cuentos clásicos mientras pasa —y a menudo daña— las hojas de algunos volúmenes que sus hermanos guardan con cariño para ella.

Ellos tres son el motor de mi vida y los que más me animaban y ayudaban en esos momentos que se antojaban tan difíciles, en los que convivía, y todavía lo hago, con el miedo que siempre tuve a contagiarlos y a la tristeza de no poder besarlos y abrazarlos tanto como quisiera, porque para evitarles cualquier riesgo yo había comenzado, pese a vivir en mi casa con ellos, a aislarme en una habitación de nuestro hogar y cuidar mucho el contacto físico con todos ellos. En estos momentos, el mayor signo de amor que se puede mostrar a alguien es desde la lejanía física.

Mientras conducía para llegar a mi destino tuve la necesidad de cantar, más bien chillar, para poder quemar algo de la adrenalina que sentía que tenía acumulada. A mi llegada solo recibí sonrisas amables escondidas bajo las mascarillas y buenos gestos del vigilante de seguridad, los policías y todos los militares y voluntarios que ya trabajaban allí.

IFEMA es el acrónimo de Institución Ferial de Madrid, un recinto muy grande donde se organizan ferias, congresos y salones. Está cerca del aeropuerto de Barajas y muy alejado de mi punto de partida, a cuarenta minutos en coche aproximadamente. Está formado por doce pabellones, cada uno de los cuales tiene el tamaño de un campo de fútbol, y además cuenta con un auditorio, restaurantes y áreas de reuniones.

En mis instrucciones se me convocaba a presentarme en la sala 9.8, y nada más dejar el coche en el parking, en la entrada principal de la instalación, me recibió una pantalla gigante donde leí «JUNTOS PODREMOS». Sentí que se me erizaba el vello.

Atravesé las puertas y volví a encontrar un vigilante y varios voluntarios que me explicaron muy amablemente por dónde debía seguir mi camino. En ese momento fui consciente de que en mi ropa llevaba rotulado «Enfermera SUMMA 112», y esto no solo me abría las puertas, sino que me empoderaba, me daba aún más ánimos y ganas de empezar.

Hice el recorrido por las plataformas mecánicas que me llevaron al fin hasta la sala 9.8 y al llegar allí las vi, haciendo cola, con sus mascarillas tapándoles la mitad de sus caras: Verónica, Edurne, Marisa, Sole… Y seguían llegando: Carlos, Antonio, Yaincoa…

Eran las compañeras y los compañeros enfermeros de SUMMA 112, la viva personificación de la enfermería, cargados de valentía y de arrojo y capaces de ponerse en riesgo a sí mismos por salvar a otros, con ese espíritu y entrega que hay que tener para dedicarte a esto y con esa sonrisa permanente que se apreciaba en las arrugas que se marcaban en sus ojos al guiñárselos y sonreír con la boca tapada. Había trabajado con muchos de ellos en diversos momentos de mi vida y sabía que no solo estarían más que a la altura a título profesional, sino que en el plano humano tenían todo aquello que querría para mí misma si yo fuera paciente.

Los miré y les sonreí, yo también con mi mascarilla, y hablamos, pero no nos pudimos abrazar. Percibí en sus ojos la misma intensidad que sabía que reflejaban los míos. Todos queríamos entrar YA para atender a nuestros pacientes, pero había que seguir un protocolo de actuación y esperar instrucciones de nuestros superiores.

Nos dieron ropa para ponernos y nos guiaron a las chicas a un vestuario femenino y al fin allí, con mucho cuidado de no juntarnos demasiado, mientras nos cambiábamos nos pusimos al día de nuestras vidas y nos preparamos, con más fuerza que nunca, para empezar nuestra jornada de trabajo.

Al salir, nuestro director de enfermería, que estaba allí con la supervisora de guardia, nos reunió y nos contó que en dos días, desde su apertura, ya había más de trescientos pacientes en el primer módulo habilitado para recibirlos, el pabellón número 5. El sistema sanitario había colapsado, nos repitió, y en los hospitales no cabían más personas.

Nos pidió también comprensión ante la situación de caos de aquel hospital de campaña. Todavía faltaban materiales, había que actualizar protocolos y la organización estaba siendo difícil y costosa, pero nos animó a hacer lo que mejor sabíamos hacer: atender a nuestros pacientes dentro de todas las carencias técnicas que aún había, pero que se estaban intentando solucionar cuanto antes. Había hablado con responsables de varios hospitales de Madrid y estaban desesperados, nos explicó. Le habían contado que la gente se acumulaba en sillas y en el suelo esperando habitación o camilla para poder descansar y ser atendida… Y ahora todas esas personas estaban siendo transferidas a IFEMA en ambulancias e incluso en autobuses habilitados para que fueran atendidas por nosotros.

Inmediatamente comenzó la organización por grupos. La supervisora de guardia pidió dieciséis enfermeras voluntarias de todas las que estábamos allí para entrar al pabellón en un primer turno, ya que el tiempo de aguante del equipo de protección, aunque variable, no podía ser de más de cuatro horas y debíamos organizarnos por tandas. Edurne y yo nos adelantamos junto a Sole, Iñaki y otros compañeros para pasar a trabajar los primeros. Hicimos cola y nos reconocimos lo expectantes que estábamos por lo que podríamos encontrarnos. Todas las puertas del pabellón número 5 estaban abiertas y nos agolpábamos para mirar cómo era el arco de entrada para vestirnos y por fin pasar a la nave que nos habían asignado, el módulo 5.

—Qué nerviosa estoy —le dije a Edurne—. ¿Puedes ver desde tu sitio qué nos van a poner para entrar seguros?