Llamado Nerval - Florence Delay - E-Book

Llamado Nerval E-Book

Florence Delay

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Beschreibung

Gérard de Nerval recurrió a los sueños y fantasías para mostrar los nexos entre la realidad y lo sobrenatural, que de alguna manera reflejaban el estado mental que lo condujo al suicidio. Florence Delay nos cuenta esta vida mediante un texto que entrevera el ensayo y la novela, basado en manuscritos, cartas, discursos psiquiátricos, literarios y biográficos dedicados al autor de Las quimeras.

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Seitenzahl: 137

Veröffentlichungsjahr: 2014

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COLECCIÓN POPULAR   304   LLAMADO NERVAL

Traducción de MATILDE PARIS

FLORENCE DELAY

LLAMADO NERVAL

MÉXICO

Primera edición en francés, 1999 Primera edición en español, 2004 Primera edición electrónica, 2014

Diseño de portada: R/4, Pablo Rulfo

Título original:Dit Nerval © Éditions Gallimard, 1980

D. R. © 2004, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-2469-7 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

ÍNDICE

 

Llamaron a la puerta…

   I. Con Jean Delay

Cartas al padre

Nombres

En torno de Aurelia

Rosa de corazón violeta

II. “Yo soy el otro”

Presente dorado

La última persona

Como una golondrina

Hijo del aire

Conoces, Dafne, esta vieja romanza

Vida del príncipe de Aquitania

La reina de Saba

Pudor

Claroscuro

Una rubia de ojos negros

Salía yo de un teatro...

Vinos y licores

Pasa, eres puro

¡Para volverse loco!

Trabajos

La feliz nueva

Escrito con tinta roja

III. Combinaciones de la vida

Gérard de Nerval. Dos cartas autógrafas

 

LLAMARON A LA PUERTA. No debía de ser muy tarde porque todavía no me había dormido. Fui a abrir, siempre me ha gustado abrir. Un hombre, temblando, preguntaba por el profesor Delay. No está, le dije, mis padres han salido. El hombre sacudió la cabeza y en seguida la dejó caer, como ante una gran desgracia. De pronto, sintiendo que mi padre no estuviese allí, lo hice pasar. Se sentó en el escabel, bajo el cuadro de la mujer con la rosa. Hoy todo eso ha desaparecido.

Yo estaba de pie ante él, en bata, cuando dijo: Me he escapado de Sainte-Anne. Si se había escapado de Sainte-Anne es que estaba loco. Mi padre dirigía el servicio de psiquiatría de aquel hospital. Tuve un poco de miedo, no mucho. El desconocido tenía un aire dulce y cansado. Y además, de pequeña, yo creía en las curaciones.

—Tiene que enterarse, tengo que hablar con él, me he escapado para hablar con él.

—No hay manera.

—¡Pero si está en el hospital todas las mañanas!

El hombre continuaba sin mirarme, se agarraba la cabeza.

—Tiene que enterarse, me vuelvo loco. Tiene que mandar que paren los electrochoques. Me han dado...

La palabra no me era desconocida ni familiar, pero en plural, en semejante plural, lo vi por primera vez literalmente. El desconocido que temblaba había recibido ya no recuerdo cuántos choques eléctricos en la cabeza. Afortunadamente, la puerta que daba al despacho de mi padre estaba cerrada; allí, sobre la chimenea, junto a las fotografías de Gide y Renan, se encontraba la del profesor Cerletti, su inventor.

Me preguntó si podía esperar. Sí, por supuesto, respondí, más por convicción que por cortesía. Convencida de que mi padre, en cuanto llegase, tomaría las medidas necesarias para que aquel hombre pudiese volver tranquilamente a su cama, y que no le revolvieran más en la cabeza. Me veo sentada frente a él, en el sillón del recibidor, al otro lado de la alfombra, esperando. El hombre no decía nada. Seguro que más de una vez pensé: pero, éstos, ¿a qué hora van a volver? Éstos son tres, mis padres y mi hermana. Mi hermana, ¿estaría con un novio? ¿Cómo reaccionarían al encontrarnos así, frente a frente, en mitad de la noche? Ya no me sentía tan segura, me estaba durmiendo.

—Señor, creo que sería mejor que se volviese.

—¿Al hospital? ¿Después de haberme escapado? ¿A estas horas?

Tenía las manos sobre el escabel, una a cada lado, la cabeza colgando. Apenas alzaba el rostro, ni siquiera para hablar. Se me hacía cada vez más lejano cuánto habría sufrido, lo desgraciado que era, pero, aunque me sabía de memoria el trayecto en metro —cambiar en Trocadero, tomar dirección Nation y bajarse en Glacière—, me hubiera dado vergüenza indicárselo. Así que acabé diciéndole que no creía que esperar fuese lo más acertado, que hablaría por la mañana con mi padre y que él prohibiría los electrochoques. Y si cree usted que es muy tarde para volver al hospital, añadí, vaya entonces a un hotel.

Vi su mirada perdida. ¿Me tomaba por tonta, o por una simple niñita? ¿Ir a un hotel? No tendría un céntimo. Me levanté, fui a buscar en la cajita de mis ahorros, y se los di. Dudó, los aceptó con tristeza y se fue. Esa misma noche o a la mañana siguiente, ya no sé, mi padre, sin regañarme, me explicó dos cosas. Que el tratamiento de una enfermedad mental es mucho menos doloroso que la propia enfermedad. Y que yo acabaría en el arroyo.

Al comienzo veo a Nerval sentado en el escabel del recibidor, bajo el retrato de la mujer con la rosa. Se ha escapado de la clínica del doctor Blanche. Y entre nosotros, se alza otro doctor.

I. CON JEAN DELAY

CARTAS AL PADRE

Mi padre se sentía estrechamente unido a Nerval, al Nerval de Las quimeras y de Las hijas del fuego, incluso se sabía de memoria ciertos pasajes. Nos los recitaba. Estrechamente unido también al hombre, al destino del hijo que ha perdido a su madre y durante toda su vida ha temido al padre. Afortunadamente él no había perdido a la suya, pero tuvo esa sensación cuando su padre volvió de la guerra, en 1918, poniendo fin a una maravillosa intimidad. Durante cuatro años, el doctor Delay, mi abuelo cirujano, había ejercido su carrera operando sin tregua las heridas más horribles, amputando brazos y piernas, como recogen sus cuadernos de cirugía del frente. Mientras, el doctor Labrunie, el padre de Nerval, también cirujano, gozaba de la siguiente mención en el Bottin: “Autor de un ensayo sobre los peligros de la privación y el abuso de los placeres venéreos en las mujeres”. El año que nació su hijo, fue nombrado médico de la Grande Armée y, a continuación, jefe del servicio médico de los hospitales militares, ligado al ejército del Rhin. Llevó consigo a su joven esposa. El niño fue confiado primero a una nodriza y después a un tío abuelo en Mortefontaine. Su madre murió en Silesia.

Murió a los veinticinco años, agotada por la guerra, de una fiebre que le vino al atravesar un puente repleto de cadáveres, donde su coche estuvo a punto de volcar. Tiempo después, obligado a reincorporarse al ejército en Moscú, mi padre perdió sus cartas y joyas en las aguas del Beresina.

Cuando Gérard tenía siete años, tres oficiales aparecieron frente a la casa donde estaba jugando.

El primero me abrazó con tal efusión que grité: “¡Padre!, ¡me haces daño!” Desde ese día mi destino cambió.

Estos pasajes de Paseos y recuerdos están subrayados en la vieja Pléiade de mi padre. Pero nada lo está tanto como Aurelia y las cartas al doctor Étienne Labrunie, calle Saint-Martin, número 72.

La carta al padre no es un género literario. En plural como en singular, es una cuestión dramática que no espera respuesta. Desde París —donde se instaló a los quince años y medio, ya bachiller, acompañado por su institutriz, para iniciar una larga carrera de medicina que debería haberlo llevado directamente a la cirugía y a la clínica Delay de Bayona— mi padre le escribió muchas cartas y envió pocas. Gérard, muchas, en cuanto pudo abandonar París. Hizo bien en quedarse flojeando por el colegio Charlemagne, junto a su inseparable amigo Gautier, con la sola preocupación de escribir. Se sentía más urgido a publicar poesías y a traducir Fausto (versión famosa, muy apreciada por Goethe, Berlioz y todos los eruditos de América del Sur, donde, como diría Larbaud, el francés propalaba la civilización), que a aprobar el bachillerato, a los veintiún años, e inscribirse en medicina. Y aunque contase que realizó un centenar de visitas, solo o con su padre, durante la epidemia de cólera, en realidad sólo estudió dos años de medicina. La herencia de su abuelo lo salvó. Apenas hereda, a los veintiséis años, se larga de casa y desde entonces empieza a escribir cartas a “mi querido papá”. Cada vez que sale de París, y lo hace en cuanto puede, sigue escribiéndole, a veces equivocando la dirección. Camino a Italia, la primera se la envía desde Aix. Luego desde Viena, Amberes, Bruselas, El Cairo, Constantinopla, Baden Baden y Donauwörth, y desde aún más lejos, cuando más cerca está: en Montmartre o Passy, en la clínica del doctor Blanche. Para dar explicaciones, tranquilizar, decir que va a pagar sus deudas, que trabaja, que el trabajo de los libros, el teatro, el estudio de la poética, son “cosas lentas, difíciles”, que empieza a ganarse la vida, que sus amigos son gente bastante conocida, gente bien, que Théo Gautier le ha hecho ganar doscientos cincuenta francos y Alexandre Dumas seis mil. Después, con el paso del tiempo, para tranquilizarlo sobre su salud mental, que ya está convaleciente, que se trataba de un accidente aislado, que está curado, que sólo ha estado enfermo tres días, y, tras una terrible recaída, que no ha sufrido, que posee “una salud ridícula, tanto que me veo obligado a saltar todo el día y a hacer ejercicios... para calmarme un poco”, precisión, esta última, que poco debió de tranquilizar al viejo doctor Labrunie. En resumen, para hacerse perdonar lo imperdonable, que él no es quien su padre hubiera querido que fuese. “Ignoro hasta qué punto mi falta de afición por la profesión médica ha podido contrariarte, pero creo que el daño (si lo hay) es ya irreparable, y que sobre ello nos hemos dicho muchas veces lo que parecía ser la última palabra.” ¿Acaso fueron éstas las últimas?

“Mi querido papá”, se dirigía mi madre a su suegro en sus cartas, una o dos veces por semana, durante más de veinte años. Encantadora y vivaz corresponsal, le explicaba el hijo al padre, quien leía y releía esas cartas feliz y perplejo.

Equiparo, y que me perdonen, a esos hijos únicos de padres que involuntariamente les provocaron miedo, o dolor, y ante cuyos ojos siempre sintieron necesidad de justificarse por ser quienes eran, es decir, diferentes. Tenían un porvenir médico ya trazado, y se escaparon por los caminos más alejados de la ginecología y la cirugía: uno se volvió “loco”, y el otro, “psiquiatra”. Los equiparo como hijos; podría hacerlo también por su gran lucidez, y su indómito destino.

Entonces, ¿por qué mantuve alejado de mi vida, durante tantos años, al padre de Angélica, Octavia, Adriana, Aurelia, Corilla y Silvia? ¿Qué se interponía entre nosotros? ¿Evitaba al Nerval de mi padre o al del profesor Delay? Quizá deba separarlos, igual que Nerval y Gérard, como lo llamaban sus amigos, que eran —según Gautier— todos aquellos que lo habían visto una vez. Esos dos nombres no encubren la misma realidad. En esta historia, no somos dos sino tres, e incluso muchos más.

NOMBRES

Busco “Nerval” en el Nouveau Larousse illustré, en siete volúmenes, que heredé de mi abuelo —y, carajo, ya está aquí de nuevo el viejo doctor Delay, el del bigote rudo y las manos suaves, las manos tan pecosas como las páginas que hojeo—; busco “Nerval” en esta vieja edición, y me mandan a la letra G, “Gérard”. De modo que no eran sólo sus amigos los que lo llamaban Gérard. Siguiendo su práctica para alargar el folletín, voy a alargar el mío copiando el artículo. Porque su redacción de finales del siglo XIX, cuando Verlaine creaba el mito de los poetas malditos sin incluir a Nerval, ofrece una imagen diferente de la que tenemos hoy, más rica y variada. Esta nota, sin omitir alguna que otra tontería, tiene el mérito de no contemplar su vida a la luz blanca y negra de la última noche. Más larga que las que el mismo diccionario dedica a Rimbaud o Mallarmé, incluye además un retrato, muy malo, entre el del mariscal Gérard, que contribuyó a salvar la retaguardia de la Grande Armée durante la retirada de Rusia, y el de Jules Gérard, llamado el Matador de Leones.

Gérard de Nerval (Gérard Labrunie, llamado), literato francés, nacido y muerto en París (1808-1855). Antes de abandonar el pupitre escolar, ya había obtenido cierta celebridad gracias a sus Elegías nacionales (1826), al estilo de las de Casimir Delavigne. Al año siguiente, aparecieron las Nuevas elegías y, más adelante, Poesías diversas y Sátiras políticas. Ferviente seguidor de la escuela romántica, tradujo Fausto a la entera satisfacción de Goethe. Durante veinticinco años, Gérard de Nerval ocupó un lugar destacado en la literatura francesa. Compuso obras dramáticas en colaboración con A. Dumas (Piquillo, El alquimista), o Méry (El carrito de niño, El imaginero de Harlem), así como una comedia representada en el Odeón (Tartufo en casa de Molière). Tradujo Misantropía y arrepentimiento de Kotzebue, que la Comédie-Française estrenó en 1855. Ha dejado interesantes recuerdos de viajes, Escenas de la vida oriental (1850), y un gran número de novelas, cuentos y relatos: La mano de gloria, Las hijas del fuego, Aurelia, o el sueño y la vida, etc. Esta última obra, de una extraña fantasía, al igual que el libro Los iluminados, o los precursores del socialismo (1852). Compuso, además, multitud de artículos dispersos en los periódicos y revistas de la época. Fue un personaje original y simpático, verdadero poeta, apasionado del arte, que vivió a su capricho. Gustó de lo bello y lo raro en todos los aspectos; conoció el amor y la amistad, y casi la gloria. Viajó por Alemania, Italia, Grecia y Oriente. Escribió páginas exquisitas. Sus últimos años fueron tristes, toda la alegre despreocupación de su vida se hundió y fue a dar en la miseria, la desesperación y la locura. Una mañana lo hallaron colgado sobre una alcantarilla en la calle de la Vieille-Lanterne. Théophile Gautier le ha dedicado un hermoso artículo en su Historia del romanticismo.

Gérard Labrunie, Gérard L., Gérard, Gérard de Nerval, Gérard Labrunie de Nerval, G. L. de N. rentista, en el registro de un hotel; Gérard Laurand de la Brunerie, cuando asume la gerencia del Monde dramatique, revista teatral que lo llevó a la ruina. En crisis: 1/3 Gérard, Ger, G. Labrunöe Dy Nâwae, il cav. G. Nap. della torre brunya (cavaliere Gérard Napoleón de la tour brumie), cuando inventa una genealogía fantástica y tres Labrunie caballeros de Otón, emperador de Alemania. Lb, en el envío de unos sonetos, G. a secas. El patronímico, descartado desde las primeras publicaciones, reaparece cuando uno menos lo espera, al final de las cartas a su padre: “Tu hijo afectísimo, Gérard Labrunie”.

En sus comienzos: Poesías y poemas por Gérard L. Tal vez se aferra a la inicial porque reconcilia a la desconocida con el desconocido, a su madre, de soltera Laurent, con su padre. Cuando la inicial cae, el nombre se transforma en apellido. Se convierte en Gérard a secas, Sr. Gérard.

“Del Sr. Gérard al Señor,

Señor Arsène Houssaye.”

Habla un periodista bien informado: “El Sr. Gérard es el redactor del folletín de La Charte. Escritor elegante, ingenioso, que se ciñe al tema y nunca divaga, en ocasiones demasiado incisivo”. Al final de otro folletín, el de La Presse, su inicial junto a la de Gautier forma la pareja G. G. Cuando uno de los dos sale de viaje o se enamora, el otro se hace cargo de todo. Un invierno, a los treinta años, G. se enamora de una corista, Jenny Colon, peinada con tirabuzones. El otro se apresura a informarnos: “Nuestro espiritual colaborador, atrapado en su casa por el amor de seis formidables tirabuzones, no nos ha sido muy útil esta vez”. Otras veces su nombre no aparece en absoluto. Como cuando Alexandre Dumas, con quien también colabora, pero en ningún caso hace de negro, firma en solitario, una y otra vez, Piquillo y El alquimista. Un fulano bien informado anuncia que el célebre escritor y el joven folletinista han llegado a un acuerdo: “La próxima pieza la firmará el Sr. Gérard en solitario, excluyendo al Sr. Dumas”. Y así sucedió con Léo Burckart, en el Teatro de la Porte-Saint-Martin. En 1996, la Comédie-Française incluyó esta magnífica pieza en su repertorio con la firma de un solo autor, y no era Dumas.

A veces es “G. L. De la familia de las tres estrellas”. La familia anónima lo divierte tanto como los heterónimos Louis Gerval, Ed. de Puycousin, Aloysius Block, Cadet Roussel, Fritz o Beuglant, cuya nota biográfica nos proporciona él mismo: “Gérard, también llamado Beuglant. Tal vez el más joven de nuestros hombres de letras; es un hombre pequeño, sólo un poco más grande que sus treintaidosavos. Se desenvuelve ya entre pequeños libreros, con pequeños manuscritos, para hacer pequeños libros”. También en Una novela por hacer