Los Tigres de Mompracem - Emilio Salgari - E-Book

Los Tigres de Mompracem E-Book

Emilio Salgari

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Beschreibung

"Los Tigres de Mompracem" es una obra de Emilio Salgari que encapsula la esencia de la aventura y la exploración en un contexto literario de la literatura de aventuras del siglo XIX. Este libro relata las peripecias del audaz pirata Sandokán y su fiel amigo Yáñez, ambos en busca de justicia y libertad en las aguas del Sudeste Asiático. La prosa de Salgari se caracteriza por su ritmo frenético y su capacidad para crear paisajes vívidos, lo que sumerge al lector en un mundo de intrigas, combates y paisajes exóticos. Enmarcado en una época en que las novelas de aventuras cautivaban al público, Salgari logra combinar elementos de romance, heroísmo y la lucha colonial, ofreciendo una crítica implícita a las injusticias de su tiempo. Emilio Salgari, un autor italiano con una infancia marcada por las limitaciones económicas y la fascinación por los relatos de aventuras, se convirtió en uno de los más prolíficos creadores de su época. Su vida estuvo marcada por constantes dificultades, pero su pasión por la literatura lo llevó a construir un universo narrativo lleno de personajes memorables y escenarios inimaginables. A menudo, sus propias desventajas sociales y económicas se transformaron en inspiración para sus relatos, que reflejan no solo la lucha por la libertad sino también un deseo de evasión. Recomiendo encarecidamente "Los Tigres de Mompracem" a los amantes de la literatura de aventuras y a aquellos que buscan una lectura que les transporte a un mundo de emociones intensas y paisajes exóticos. A través de sus páginas, Salgari ofrece no solo una historia cautivadora, sino también una ventana a las complejidades de su época, convirtiendo este libro en una joya imprescindible para quienes buscan explorar la literatura clásica de aventuras. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria. - Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Emilio Salgari

Los Tigres de Mompracem

Edición enriquecida. Las épicas batallas de Sandokán y sus Tigres contra los invasores británicos en Malasia
Introducción, estudios y comentarios de Vega Santana
Editado y publicado por Good Press, 2023
EAN 08596547825814

Índice

Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Los Tigres de Mompracem
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas

Introducción

Índice

En el punto donde la furia del mar se cruza con la voluntad de un puñado de hombres que rehúsan arrodillarse, Los Tigres de Mompracem erige un mito de libertad acosada por el poder y la traición, una historia en la que el rugido del deseo de independencia, la lealtad sin concesiones y la ambición de los imperios se enfrentan en una isla convertida en bandera, y cada decisión —navegar, resistir, amar o caer— late con la tensión de quienes se saben forasteros en el mundo pero dueños de su destino.

Obra capital de la saga de Sandokán, escrita por el autor italiano Emilio Salgari y publicada por primera vez a inicios del siglo XX, Los Tigres de Mompracem pertenece con pleno derecho a la novela de aventuras de estirpe folletinesca. Su acción discurre en el archipiélago malayo, entre selvas, arrecifes e islas estratégicas como la legendaria Mompracem, en un tiempo dominado por la expansión colonial europea. Desde sus páginas, el lector entra en un teatro marítimo y tropical donde la geografía y la política dictan el pulso de la narración, y la navegación, el combate y la intriga mueven el horizonte.

El planteamiento es directo y magnético: una hermandad de corsarios ha convertido Mompracem en refugio y estandarte, y, bajo el liderazgo de un jefe carismático, desafía a fuerzas muy superiores que pretenden borrar su existencia. La novela sigue los preparativos, alianzas y escaramuzas que sostienen ese desafío y muestran la audacia estratégica de los protagonistas, así como las tensiones internas propias de una comunidad en armas. Sin desvelar giros, basta decir que la peripecia alterna incursiones marinas, infiltraciones en puertos clave y decisiones límite que ponen en juego la supervivencia del grupo y la fidelidad a sus ideales.

La voz narrativa de Salgari es esencialmente omnisciente y enfática, propulsada por un ritmo incansable que hereda del folletín su gusto por el suspense al final de cada episodio. La prosa despliega imágenes de gran plasticidad —tormentas, selvas, lanchas veloces— y privilegia la acción sin renunciar a pausas líricas que perfilan el carisma de los personajes. El tono es ardiente, romántico en el sentido heroico, y busca el impacto emotivo del gesto, del juramento y del peligro. El resultado es una lectura cinegética, sonora y visual, que convoca la imaginación del lector como si se tratara de un mapa en movimiento.

Entre sus temas centrales destacan la libertad como derecho y como riesgo, la confrontación con el poder imperial, la lealtad como pacto que ordena una comunidad de armas y la identidad del forajido noble que traza su propia ley. También laten cuestiones de justicia, venganza y redención, junto con una atracción romántica que añade tensión moral sin desplazar el pulso aventurero. La naturaleza aparece como aliado y juez, reflejando la ferocidad y la belleza de un mundo que no admite términos medios. Así, la novela articula un código ético que se prueba y se define en la acción.

Leída hoy, Los Tigres de Mompracem conserva interés por la energía narrativa que la sostiene y por las preguntas que suscita sobre colonialismo, resistencia y representación. Su imaginario exótico responde a una sensibilidad de época que puede y debe discutirse, pero no cancela el valor de su retrato de la insumisión frente a poderes desiguales. Como pieza de cultura popular transnacional, muestra cómo una aventura puede convertirse en mito perdurable y en puerta de acceso a debates contemporáneos sobre libertad, pertenencia y violencia. La obra, además, dialoga con nuestra fascinación por las bandas, los refugios y las causas compartidas.

Esta introducción propone leer Los Tigres de Mompracem como la entrada natural al ciclo de Sandokán, pero también como una novela autosuficiente que condensa un programa estético: acción clara, emoción alta, escenarios memorables y una ética apasionada. Quien se acerque hallará una travesía de ritmo sostenido, personajes delineados por sus decisiones y una atmósfera que combina el vértigo marítimo con la conspiración en tierra firme. Sin revelar su desarrollo, basta anticipar que la isla, más que un lugar, funciona como idea reguladora. Es una promesa de libertad que reclama coraje, y ese reclamo todavía nos alcanza.

Sinopsis

Índice

Los Tigres de Mompracem, novela de aventuras de Emilio Salgari dentro del célebre ciclo de Sandokán, sitúa al lector en el archipiélago malayo, donde el mar y la selva dibujan un escenario de rutas comerciales y tensiones coloniales. En la isla de Mompracem, Sandokán, capitán carismático y temido, comanda a los Tigres, una hermandad de piratas que vive de incursiones audaces y lealtades férreas. La presencia británica en Labuán, con su arsenal y su diplomacia, define el adversario. Al escuchar rumores sobre una joven de fascinante belleza, la llamada Perla de Labuán, el corsario inicia un movimiento que alterará su destino y el de su gente.

Intrigado por la figura de lady Marianna, sobrina de un poderoso aristócrata inglés, Sandokán decide aproximarse a Labuán con una mezcla de temeridad y cálculo. Con la ayuda de Yáñez de Gomera, astuto aventurero portugués y su aliado más fiel, organiza reconocimientos, pruebas de disfraz y audaces desembarcos. El contacto entre ambos no se reduce a un capricho: la novela convierte la atracción en un conflicto interior donde se enfrentan la ferocidad del pirata y la ética que intuye en la joven. Ese vínculo, frágil y peligroso, inscribe la trama en una tensión permanente entre deseo personal y guerra declarada.

La reacción británica, respaldada por el prestigio de la bandera y por alianzas locales, se articula en patrullas navales, puestos avanzados y recompensas. Salgari describe el dispositivo militar y la burocracia que lo sostiene, pero también la precariedad de operar en costas traicioneras, arrecifes y manglares. Los Tigres responden con tácticas de sorpresa, sabotaje y rutas secretas, explotando cada resquicio del territorio. El relato alterna combates navales, persecuciones y episodios de sigilo, subrayando la disciplina interna de los piratas y su código de honor. En ese tablero, cada victoria parcial intensifica el cerco, y cada refugio seguro muestra su fragilidad.

Cuando el cerco amenaza con volverse asfixiante, Sandokán redefine su objetivo inmediato: asegurar a Marianna frente a la maquinaria colonial, que podría usarla como señuelo o instrumento de presión. Se suceden planes de infiltración en residencias vigiladas, golpes de mano en puertos y maniobras de distracción en mar abierto. Yáñez, maestro del disfraz y de la negociación, gana tiempo mientras el capitán mide riesgos en un entorno saturado de espías y delatores. La novela realza aquí la dimensión estratégica y la psicología de los protagonistas, evitando simplificaciones: lo personal y lo político se entrelazan, y ninguna decisión carece de consecuencias para la banda.

A medida que avanzan los acontecimientos, el pasado de Sandokán emerge como fuerza motriz: un linaje despojado y una memoria de agravios que cristaliza en una guerra privada contra el poder europeo. Salgari construye al héroe como figura trágica y magnética, complementada por el pragmatismo cosmopolita de Yáñez. Marianna, por su parte, encarna un dilema entre la lealtad familiar y una visión más abierta del mundo que observa. La novela juega con el contraste entre legalidad imperial y justicia percibida por los marginados, planteando si la piratería puede leerse como resistencia, supervivencia o ambición, sin resolver del todo la cuestión.

El pulso narrativo conduce hacia choques de mayor escala, con Mompracem y Labuán como polos de una contienda que ya excede lo personal. Las escenas se cargan de agotamiento, astucias al límite y golpes de fortuna, mientras el clima y el relieve actúan como aliados y enemigos indistintos. Los Tigres afrontan pérdidas, y el liderazgo de Sandokán se define por su respuesta a ellas y por su capacidad para mantener unida a la hermandad. Se perfilan decisiones extremas y pactos precarios. Sin revelar resoluciones, el tramo culminante subraya el precio de la fidelidad y la dificultad de conciliar amor, honor y libertad.

Más allá de su peripecia, Los Tigres de Mompracem consolidó la figura de Sandokán como icono de la novela popular, y fijó un imaginario de mares tropicales, corsarios nobles y potencias europeas en expansión. Su ritmo folletinesco, sus escenarios exuberantes y la dupla Sandokán-Yáñez influyeron en generaciones de lectores y adaptaciones. La obra conserva vigencia como aventura trepidante y como ventana a tensiones entre imperio, identidad y deseo, aunque también invita a revisar sus exotismos y estereotipos desde una mirada contemporánea. Concluye sin clausurar del todo sus preguntas, abriendo paso a continuaciones y a debates que aún resuenan.

Contexto Histórico

Índice

Los Tigres de Mompracem, publicado en 1900, se sitúa en el sudeste asiático decimonónico, especialmente en torno a Borneo y los mares de Sulu y de la China Meridional. En esa época, el archipiélago malayo vivía la superposición de poderes coloniales europeos y sultanatos locales, con rutas comerciales densas que conectaban especias, estaño y mano de obra con mercados globales. La isla de Mompracem es una creación literaria próxima a esa geografía, usada para condensar enclaves insulares que servían de base a marineros y jefes malayos. El trasfondo histórico es de fronteras porosas, alianzas cambiantes y competencia marítima.

Institucionalmente, la región estaba repartida por acuerdos y ocupaciones: el Tratado anglo-neerlandés de 1824 separó esferas británicas (Singapur, Malaca, Asentamientos de los Estrechos) y neerlandesas (Java, Sumatra y Borneo meridional). En 1841, James Brooke fue reconocido rajá de Sarawak bajo protección británica, y Labuan fue cedido en 1846 y convertido en colonia de la Corona en 1848. La Compañía de las Indias Orientales británica operó hasta 1858; los Países Bajos consolidaron las Indias Orientales; España dominó Filipinas y enfrentó a potencias del sultanato de Joló. Estos marcos chocaban con las jurisdicciones de Brunei, Sulu y redes malayas.

En el ámbito marítimo, la etiqueta de “piratería” se usó para campañas punitivas británicas y neerlandesas contra flotillas malayas e iban, muy activas en los años 1840–1860. Expediciones como las del rajá blanco y oficiales de la Royal Navy recorrieron ríos y ensenadas de Borneo para neutralizar juncos, prahus y fortalezas costeras. Las incursiones y el corso formaban parte de economías regionales ligadas al comercio de trepang, cera, pimienta y cautivos, además del peaje en rutas litorales. La percepción europea de amenaza y la respuesta tecnológica de sus marinas redefinieron la seguridad del mar de Sulu y adyacencias.

Emilio Salgari, que no viajó a Asia, compuso su ambientación recurriendo a relatos de viaje y crónicas navales del siglo XIX. Obras de Henry Keppel —que describió expediciones en Borneo—, de Spencer St. John o de Alfred Russel Wallace ofrecieron descripciones de pueblos, fauna, corrientes y tácticas navales. La prensa europea difundía mapas y episodios bélicos que alimentaron el imaginario exótico. Salgari filtró ese material en clave novelesca, seleccionando nombres, usos y topónimos que sus lectores italianos podían reconocer por la divulgación científica y periodística. Su verosimilitud depende de esa bibliografía y del gusto contemporáneo por la aventura.

El contexto italiano de fin de siglo condicionó la recepción. Tras la unificación, crecieron la alfabetización, la prensa por entregas y el mercado editorial popular. Italia buscaba afirmarse como potencia colonial en el mar Rojo y el Cuerno de África, proceso salpicado por derrotas como Adua en 1896 y debates sobre el coste del imperio. En 1900, cuando apareció Los Tigres de Mompracem, el público seguía con interés expediciones, conquistas y relatos del “Oriente”. La novela dialoga con esa coyuntura: ofrece evasión y, al mismo tiempo, un espacio donde imaginar relaciones de fuerza entre europeos y sociedades malayas.

La tecnología naval explica parte del trasfondo. A mediados del siglo XIX coexistieron goletas y prahus a vela con corbetas y cañoneros de vapor, dotados de artillería de ánima rayada. Esa asimetría afectó el control de estuarios y estrechos. El telégrafo submarino y, más tarde, el canal de Suez (1869) acortaron rutas y elevaron el valor estratégico del archipiélago, consolidando presencias europeas. Aunque la acción literaria se instala en décadas previas a Suez, las fuentes que nutrieron a Salgari ya reflejaban la transición tecnológica y sus efectos sobre el equilibrio regional, un elemento que el autor incorpora en la atmósfera.

La diversidad social del área es clave para entender la trama de lealtades. En costas y ríos convivían malayos musulmanes, dayaks ribereños, bugis navegantes, comunidades chinas dedicadas al comercio del estaño y la minería, e intermediarios árabes e indios. Los sultanatos aplicaban leyes islámicas y costumbres locales, junto a reglamentos coloniales en enclaves cercanos. La circulación de armas, la esclavitud regional y alianzas de matrimonio o patronazgo estructuraban redes marítimas. Misioneros, comerciantes y funcionarios europeos añadían capas de mediación cultural. Este mosaico étnico y jurídico ofrece el marco humano que la novela convierte en conflicto, amistad y desafío.

Desde esa base histórica, la obra articula una visión ambivalente del imperialismo. Recurre a un héroe malayo y a la figura antagonista de autoridades coloniales —como las del Sarawak de los rajás blancos— para dramatizar choques de soberanía sin reproducir batallas específicas. El exotismo y la idealización conviven con críticas a abusos y a la arrogancia europea, siguiendo un patrón común en la literatura de aventuras fin de siècle. Así, el libro refleja tensiones de su época: fascinación por lo lejano, fe en la modernidad técnica y, a la vez, simpatía por resistencias locales frente a poderes imperiales.

Los Tigres de Mompracem

Tabla de Contenidos Principal
Capítulo 1. Los piratas de Mompracem
Capítulo 2. Ferocidad y generosidad
Capítulo 3. La travesía
Capítulo 4. Tigres y leopardos
Capítulo 5. Labuán
Capítulo 6. Lord James Guillonk
Capítulo 7. Curación y amor
Capítulo 8. La caza del tigre
Capítulo 9. La traición
Capítulo 10. La caza del pirata
Capítulo 11. Giro Batol
Capítulo 12. La canoa de Giro Batol
Capítulo 13. Rumbo a Mompracem
Capítulo 14. Amor y embriaguez
Capítulo 15. El soldado inglés
Capítulo 16. La expedición contra Labuán
Capítulo 17. La cita nocturna
Capítulo 18. Dos piratas en una estufa
Capítulo 19. Contra los chaquetas rojas
Capítulo 20. A través de la selva
Capítulo 21. El ataque de la pantera
Capítulo 22. El prisionero
Capítulo 23. Yáñez en la quinta
Capítulo 24. La mujer del pirata
Capítulo 25. En Mompracem
Capítulo 26. El bombardeo de Mompracem
Capítulo 27. En el mar
Capítulo 28. Los prisioneros
Capítulo 29. La fuga
Capítulo 30. Yáñez
Capítulo 31. La última batalla del tigre

Capítulo 1. Los piratas de Mompracem

Índice

En la noche del 20 de diciembre de 1849 un violentísimo huracán azotaba a Mompracem[1], isla salvaje de siniestra fama, guarida de temibles piratas situada en el mar de la Malasia, a pocos centenares de kilómetros de las costas occidentales de Borneo.

Empujadas por un viento irresistible, corrían por el cielo negras masas de nubes que de cuando en cuando dejaban caer furiosos aguaceros, y el bramido de las olas se confundía con el ensordecedor ruido de los truenos.

Ni en las cabañas alineadas al fondo de la bahía, ni en las fortificaciones que la defendían, ni en los barcos anclados al otro lado de la escollera, ni en los bosques se distinguía luz alguna. Sólo en la cima de una roca elevadísima, cortada a pique sobre el mar, brillaban dos ventanas intensamente iluminadas[1q].

¿Quién, a pesar de la tempestad, velaba en la isla de los sanguinarios piratas? En un verdadero laberinto de trincheras hundidas, cerca de las cuales se veían armas quebradas y huesos humanos, se alzaba una amplia y sólida construcción, sobre la cual ondeaba una gran bandera roja con una cabeza de tigre en el centro.

Una de las habitaciones estaba iluminada. En medio de ella había una mesa de ébano con botellas y vasos del cristal más puro; en las esquinas, grandes vitrinas medio rotas, repletas de anillos, brazaletes de oro, medallones, preciosos objetos sagrados, perlas, esmeraldas, rubíes y diamantes que brillaban como soles bajo los rayos de una lámpara dorada que colgaba del techo. En indescriptible confusión, se veían obras de pintores famosos, carabinas indias, sables, cimitarras, puñales y pistolas.

Sentado en una poltrona coja había un hombre. Era de alta estatura, musculoso, de facciones enérgicas de extraña belleza. Sobre los hombros le caían los largos cabellos negros y una barba oscura enmarcaba su rostro de color ligeramente bronceado. Tenía la frente amplia, un par de cejas enormes, boca pequeña y ojos muy negros, que obligaban a bajar la vista a quienquiera los mirase.

De pronto echó hacia atrás sus cabellos, se aseguró en la cabeza el turbante adornado con un espléndido diamante, y se levantó con una mirada tétrica y amenazadora.

—¡Es ya medianoche —murmuró— y todavía no vuelve!

Abrió la puerta, caminó con paso firme por entre las trincheras y se detuvo al borde de la gran roca, en cuya base rugía el mar. Permaneció allí durante algunos instantes con los brazos cruzados; al rato se retiró y volvió a entrar en la casa.

—¡Qué contraste! —exclamó—. ¡Fuera el huracán y yo acá dentro! ¿Cuál de las dos tempestades es más terrible?

Se quedó un rato escuchando por la puerta entreabierta, y por fin salió a toda prisa hacia el extremo de la roca.

A la rápida claridad de un relámpago vio un barco pequeño con las velas casi amainadas, que entraba en la bahía.

—¡Es él! —murmuró emocionado—. Ya era tiempo. Cinco minutos después, un hombre envuelto en una capa que estilaba se le acercó.

—¡Yáñez! —dijo el del turbante, abrazándolo.

—¡Sandokán! —exclamó el recién llegado, con marcadísimo acento extranjero—. ¡Qué noche infernal, hermano mío!

Entraron en la habitación. Sandokán llenó dos vasos.

—¡Bebe, mi buen Yáñez!

—-¡A tu salud, Sandokán!

Vaciaron los vasos y se sentaron a la mesa.

El recién llegado era un hombre de unos treinta y tres años, es decir, un poco mayor que su compañero, y de estatura mediana, robusto, de piel muy blanca, facciones regulares, ojos grises y astutos, labios burlones, que indicaban una voluntad de hierro.

—¿Viste a la muchacha de los cabellos de oro? —preguntó Sandokán con cierta emoción.

—No, pero sé cuanto quería saber.

—¿No fuiste a Labuán?

—Sí, pero ya sabes que esas costas están vigiladas por los cruceros ingleses y se hace difícil el desembarco para gentes de nuestra especie. Pero te diré que la muchacha es una criatura maravillosamente bella, capaz de embrujar al pirata más formidable. Me han dicho que tiene rubios los cabellos, los ojos más azules que el mar y la piel blanca como el alabastro. Algunos dicen que es hija de un lord, y otros, que es nada menos que pariente del gobernador de Labuán.

El pirata no habló. Se levantó bruscamente, presa de gran agitación. Su frente se había contraído, de sus ojos salían relámpagos de luz sombría, tenía los labios apretados. Era el jefe de los feroces piratas de Mompracem; era el hombre que hacía diez años ensangrentaba las costas de la Malasia; el hombre que libraba batallas terribles en todas partes; el hombre cuya audacia y valor indómito le valieron el sobrenombre de Tigre de la Malasia.

—Yáñez —dijo—, ¿qué hacen los ingleses en Labuán?

—Se fortifican.

—Quizás traman algo contra mí.

—Eso creo.

—¡Pues que se atrevan a levantar un dedo contra mi isla de Mompracem! ¡Que prueben a desafiar a los piratas en su propia madriguera! El Tigre los destruirá y beberá su sangre. Dime, ¿qué dicen de mí?

—Que ya es hora de concluir con un pirata tan atrevido.

—¿Me odian mucho?

—Tanto que perderían todos sus barcos con tal de poder ahorcarte. Hermanito mío, hace muchos años que vienes cometiendo fechorías. Todas las costas tienen recuerdos de tus correrías; todas sus aldeas han sido saqueadas por ti; todos los fuertes tienen señales de tus balas, y el fondo del mar está erizado de barcos que has echado a pique.

—Es verdad, pero ¿de quién ha sido la culpa? ¿Es que los hombres de raza blanca han sido menos inexorables conmigo? ¿No me destronaron con el pretexto de que me hacía poderoso y temible? ¿No asesinaron a mi madre, a mis hermanos y a mis hermanas? ¿Qué daño les había causado yo? ¡Los blancos no tenían queja alguna contra mí! ¡Ahora los odio, sean españoles, holandeses, ingleses o portugueses, tus compatriotas, y me vengaré de ellos de un modo terrible! Así lo juré sobre los cadáveres de mi familia y mantendré mi juramento. Sí, he sido despiadado con mis enemigos. Sin embargo, alguna voz se levantará para decir que también he sido generoso.

—No una, sino cientos; con los débiles has sido quizás demasiado generoso —dijo Yáñez—. Lo dirán las mujeres que han caído en tu poder y a quienes, a riesgo de que echaran a pique tu barco, llevaste a los puertos de los hombres blancos. Lo dirán las débiles tribus que defendiste contra los fuertes; los pobres marineros náufragos a quienes salvaste de las olas y colmaste de regalos, y miles de otros que no olvidarán nunca tus beneficios, Sandokán. Pero, ¿qué quieres decir con todo esto?

El Tigre de la Malasia no contestó. Se paseaba con los brazos cruzados y la cabeza inclinada. ¿Qué pensaba? El portugués Yáñez no podía adivinarlo, a pesar de conocerlo hacía muchos años.

Ante el silencio de su amigo, Yáñez se dirigió hacia una puerta escondida tras una tapicería.

—Buenas noches, hermanito —dijo.

Al oír estas palabras, Sandokán se estremeció y detuvo con un gesto al portugués.

—Quiero ir a Labuán, Yáñez.

—¡A Labuán, tú!

—¿Por qué te sorprendes?

—Porque es una locura ir a la madriguera de tus enemigos más encarnizados. ¡No tientes a la fortuna! Los ingleses no esperan otra cosa que tu muerte para arrojarse sobre tus tigrecitos y destruirlos.

—¡Pero antes encontrarán al Tigre! —exclamó Sandokán, temblando de ira.

—Sí, pero nuevos enemigos se arrojarán contra ti. Caerán muchos leones ingleses, pero también morirá el Tigre.

Sandokán dio un salto hacia adelante con los labios contraídos por el furor y los ojos inflamados, pero todo fue un relámpago. Se sentó ante la mesa, bebió de un sorbo un vaso colmado de licor, y dijo con voz perfectamente tranquila:

—Tienes razón, Yáñez. Sin embargo, mañana iré a Labuán. Una voz me dice que he de ver a la muchacha de los cabellos de oro. Y ahora, ¡a dormir, hermanito!

Capítulo 2. Ferocidad y generosidad

Índice

A la mañana siguiente, y antes que saliera el sol, Sandokán se alejó de la vivienda dispuesto a realizar el atrevido proyecto que imaginara.

Iba vestido con traje de guerra; calzaba altas botas de cuero rojo; llevaba una magnífica casaca de terciopelo, también rojo, y anchos pantalones de seda azul. En bandolera portaba una carabina india de cañón largo; a la cintura, una pesada cimitarra con la empuñadura de oro macizo, y atravesado en la franja, un kriss[2], puñal de hoja ondulada y envenenada, arma favorita de los pueblos malayos. Se detuvo un momento en el borde de la alta roca, recorrió con su mirada de águila la superficie del mar, y la detuvo en dirección del Oriente.

—¡Destino que me empujas hacia allá —dijo al cabo de algunos instantes de contemplación—, dime si esa mujer de ojos azules y cabellos de oro que todas las noches viene a turbar mi sueño será mi perdición! Lentamente descendió por una estrecha escalera abierta en la roca que conducía a la playa. Abajo lo esperaba Yáñez.

—Todo está dispuesto —dijo éste—. Mandé preparar los dos mejores barcos de nuestra flota.

—¿Y los hombres?

—En la playa están con sus respectivos jefes. No tendrás más que escoger los mejores.

—¡Gracias, Yáñez!

—No me des las gracias; quizá haya preparado tu ruina.

—No temas, seré prudente. Apenas haya visto a esa muchacha regresaré.

—¡Condenada mujer! ¡De buena gana estrangularía al que te habló de ella!

Llegaron al extremo de la rada, donde flotaban unos quince veleros de los llamados paraos. Trescientos hombres esperaban su voz para lanzarse a las naves como una legión de demonios y esparcir el terror por los mares de la Malasia.

Había malayos de estatura más bien baja, vigorosos y ágiles como monos, famosos por su ferocidad; otros de color más oscuro, conocidos por su pasión por la carne humana; dayakos de alta estatura y bellas facciones; siameses, cochinchinos, indios, javaneses y negritos de enormes cabezas y facciones repulsivas.

Sandokán echó una mirada de complacencia a sus tigrecitos, como él los llamaba, y dijo:

—¡Patán, adelante[2q]!

Se adelantó un malayo vestido con un simple sayo y adornado con algunas plumas.

—¿Cuántos hombres tiene tu banda?

—Cincuenta.

—¿Son buenos?

—Todos tienen sed de sangre, Tigre de la Malasia.

—Embárcalos en aquellos dos paraos, y cédele la mitad a Giro Batol, el javanés.

El malayo se alejó rápidamente, volviendo junto a su banda, compuesta de hombres valientes hasta la locura, y que a una simple señal de Sandokán no hubieran dudado en saquear el sepulcro de Mahoma, a pesar de ser todos mahometanos.

—Ven, Yáñez —dijo Sandokán en cuanto los vio embarcados.

Pero en ese momento los alcanzó un feísimo negro, uno de esos horribles negritos que se encuentran en el interior de casi todas las islas de ¡a Malasia.

—Vengo de la costa meridional, jefe blanco —dijo el negrito a Yáñez—. He visto un gran junco que va hacia las islas Romades.

—¿Iba cargado?

—Sí, Tigre.

—Está bien, dentro de tres horas caerá en mi poder.

—¿Después irás a Labuán?

—Directamente, Yáñez.

—¡Adiós, Sandokán, que te guarde tu buena estrella!

—No temas, seré prudente.

Sandokán saltó al barco. De la playa se elevó un entusiasta grito:

—¡Viva el Tigre de la Malasia!

—¡Zarpemos! —ordenó el pirata.

—¿Qué ruta? -preguntó Sabau, que había tomado el mando del barco más grande.

—Derecho a las islas Romades —contestó el jefe. Volviéndose hacia la tripulación, gritó:

—¡Tigrecitos, abran bien los ojos! ¡Tenemos que saquear un junco!

Los dos barcos con los cuales iba a emprender el Tigre su audaz expedición, no eran dos paraos corrientes. Sandokán y Yáñez, que en cosas de mar no tenían competidor en toda la Malasia, habían modificado sus veleros para hacer frente con ventaja a las naves enemigas. Conservaron las inmensas velas, pero dieron mayores dimensiones y formas más esbeltas a los cascos, al propio tiempo que reforzaron sólidamente las proas. Además eliminaron uno de los dos timones para facilitar el abordaje.

A pesar de que ambas naves se encontraban todavía a gran distancia de las Romades, apenas difundida la noticia de la presencia del junco, los piratas empezaron a ejecutar las operaciones necesarias para disponer el combate.