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Emilio Salgari

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Beschreibung

El libro "Morgan" de Emilio Salgari es una fascinante novela de aventuras que transporta al lector al mundo del pirata inglés Morgan y sus desafiantes peripecias en el mar. La narrativa se caracteriza por un estilo vibrante y dinámico, donde la prosa ágil de Salgari logra capturar la esencia de la vida en el mar y las intrigas de la piratería en el contexto del siglo XVII, una época marcada por la tensión entre imperios navales. La obra destaca por su detallada descripción de escenarios exóticos y la creación de personajes fuertemente delineados, lo que permite al lector sumergirse en un universo lleno de emoción y riesgo. Emilio Salgari, escritor italiano nacido en 1862, es conocido por sus prolíficas obras de aventuras marinas y su aprecio por la literatura de viajes. Su propia vida estuvo marcada por la fascinación por el mar, la exploración y la aventura, lo que sin duda influyó en su obra. A pesar de enfrentar dificultades financieras y personales, Salgari logró construir una carrera literaria notable, convirtiéndose en un referente en la narrativa de aventuras. Su interés por la historia y la geografía le permitió crear escenarios vibrantes y auténticos, enriqueciendo el contenido de "Morgan". Recomiendo encarecidamente "Morgan" a los lectores que buscan una narrativa llena de acción, intriga y elementos históricos. La genialidad de Salgari al tejer historias cautivadoras y su profundo conocimiento de la piratería brindan una experiencia inolvidable. Esta obra no solo entretiene, sino que también invita a la reflexión sobre el espíritu aventurero y la época que retrata, convirtiéndola en una lectura esencial para los amantes del género. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria. - Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Emilio Salgari

Morgan

Edición enriquecida. La épica travesía de un corsario en busca de tesoros y batallas navales en alta mar
Introducción, estudios y comentarios de Vega Santana
Editado y publicado por Good Press, 2023
EAN 08596547826361

Índice

Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Morgan
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas

Introducción

Índice

Entre tempestades de acero y juramentos de honor, la figura de Morgan avanza por el Caribe como un dilema encarnado: la libertad conquistada a golpe de abordaje frente a la ley que promete orden, el magnetismo del mito frente a la fragilidad de los hombres, la gloria efímera de la audacia frente al precio íntimo de mandar sobre la violencia, mientras el mar, juez y cómplice, prueba cada decisión con vientos inciertos, y la frontera, siempre móvil, entre justicia, saqueo y supervivencia convierte cada victoria en una pregunta abierta sobre qué significa, en última instancia, gobernarse a sí mismo.

Obra de aventuras marítimas escrita por Emilio Salgari, Morgan pertenece al ciclo caribeño del autor y sitúa su acción en el Caribe colonial del siglo XVII, cuando filibusteros y potencias europeas disputaban rutas, puertos y botines. El protagonista se inspira en la figura histórica de Henry Morgan, aquí convertida en eje novelesco de liderazgo y riesgo. La novela aparece en el contexto de auge del folletín y de la narrativa popular de finales del siglo XIX y comienzos del XX, etapa en la que Salgari consolidó un estilo épico, ágil y visual que acercó territorios lejanos a un público amplio.

Sin revelar sus giros, el planteamiento convoca a un capitán de filibusteros que traza expediciones osadas contra fortalezas y convoyes, sorteando alianzas cambiantes, tempestades y trampas de la política colonial. La narración sigue el pulso de una campaña en la que la estrategia marítima y el carácter del líder pesan tanto como la fuerza de las armas. El lector encuentra una voz omnisciente en tercera persona, atenta al detalle técnico del mar y a la psicología de mando, que dosifica el suspense entre persecuciones, desembarcos y consejos de guerra, y que mantiene un ritmo sostenido de episodios encadenados.

El estilo combina descripciones sensoriales de costas, manglares y marejadas con secuencias de acción nítida, construidas a base de contrastes entre calma tensa y estallidos de violencia. La prosa, de inspiración romántica tardía, exalta el valor y el paisaje sin perder el control del movimiento táctico, y utiliza un léxico marinero que aporta verosimilitud sin volverse críptico. El tono oscila entre la épica y la sombra: hay fervor por la hazaña y también conciencia de su costo humano. Predomina una moralidad ambigua que hace de la lectura una exploración, más que una celebración simple, de la piratería.

En su centro laten varios temas: la libertad como empresa colectiva sostenida por lealtades frágiles; el honor entendido como pacto entre iguales y como máscara de la ambición; la ley del mar frente a las leyes de los imperios; el liderazgo como arte de equilibrar justicia, miedo y recompensa; la transformación de hombres reales en leyendas que los preceden. También asoman las asimetrías del orden colonial y la economía del saqueo, donde la frontera entre corsario y criminal se define por permisos, banderas y conveniencias. Cada capítulo reitera que la identidad del héroe se prueba en el conflicto.

Leído hoy, Morgan interpela debates vigentes sobre autoridad y rebeldía, violencia delegada y responsabilidad personal, construcción mediática del carisma y fascinación por el antihéroe. La novela recuerda que los relatos de aventura no sólo entretienen: ofrecen marcos para pensar cómo se legitima el poder, qué límites éticos acompañan a la eficacia y de qué modo las narraciones forjan mitologías políticas. Su dinamismo serial dialoga con nuestros consumos contemporáneos de acción y su mirada a redes transnacionales de comercio y contrabando resuena con un mundo interconectado donde actores estatales y privados compiten por rutas, recursos y relatos.

Como pieza autónoma y, a la vez, vinculada por motivos y escenarios al conjunto caribeño de Salgari, Morgan condensa las virtudes que hicieron perdurable al autor: invención en el diseño de peripecias, precisión atmosférica, sentido del ritmo y una ética narrativa que complica la figura del aventurero. Su lectura ofrece evasión vigorosa y, al mismo tiempo, un espejo para pensar la frágil frontera entre orden y libertad. En sus páginas se oye el golpe de las olas y también el de las decisiones, esas que, más allá del mar, siguen marcando la vida de comunidades y líderes.

Sinopsis

Índice

Morgan, de Emilio Salgari, es una novela de aventuras ambientada en el Caribe del siglo XVII e inspirada en la figura histórica del corsario Henry Morgan. El autor reconstruye el mundo de los bucaneros, las rutas oceánicas y la pugna entre potencias coloniales para articular una narración de ritmo ágil y tono épico. El relato acompaña el ascenso de Morgan como jefe reconocido, su talento estratégico y el carisma con que atrae a marinos de orígenes diversos. Desde las primeras páginas se plantean tensiones entre ley y piratería, comercio y botín, y entre la ambición individual y una lealtad compartida.

El inicio sitúa a Morgan en un puerto clave, punto de paso de mercancías y rumores, donde traza sus primeras alianzas y escoge objetivos con fría lucidez. Salgari muestra la ambigüedad jurídica de la época, con patentes que amparan a los corsarios cuando conviene y sentencias fulminantes cuando dejan de ser útiles. La preparación es minuciosa: reconocimiento de costas, estudio de mareas, el reparto de responsabilidades a bordo y la disciplina que sostiene a una tripulación heterogénea. La obra subraya el código tácito de los bucaneros, cuyo equilibrio entre igualdad y mando fuerte es vital antes de cada travesía.

Una vez en ruta, la novela alterna maniobras navales con incursiones terrestres, integrando la geografía caribeña como fuerza dramática. Bancos de arena, canales ocultos y tormentas repentinas definen tanto el peligro como la posibilidad del éxito. Morgan se apoya en la sorpresa, el cálculo del viento y una férrea coordinación entre naves para quebrar defensas superiores en número. Salgari evita idealizar la violencia, dejando ver el costo humano y la fragilidad de las alianzas. En ese entorno, la justicia a bordo y el reparto del botín sostienen la cohesión, mientras espías, desertores y oportunistas amenazan el equilibrio del conjunto.

El antagonismo principal se encarna en autoridades coloniales y capitanes rivales que defienden rutas, puertos y fortines, así como su prestigio. Salgari estructura enfrentamientos donde la astucia y el conocimiento del mar importan tanto como la bravura. Las negociaciones, trampas y ultimátums se suceden, planteando si la fuerza o la palabra garantizan mejor la supervivencia. La novela explora la tensión entre reputación y legitimidad: un nombre temido abre puertas, pero también despierta conspiraciones. En paralelo, la población civil aparece como telón humano de la contienda, recordando que cada victoria comporta pérdidas y que la riqueza obtenida exige un precio.

Más allá de la acción, el libro perfila a Morgan como un líder complejo, dividido entre la sed de gloria y la necesidad de un orden que haga posible la empresa común. Su relación con aliados y subordinados evidencia lealtades frágiles, respetos ganados con hechos y tensiones que surgen cuando los límites éticos se difuminan. Salgari insinúa vínculos personales que, sin distraer del conjunto, humanizan al corsario y aportan motivos adicionales para arriesgarlo todo. La identidad del personaje se forja en decisiones estratégicas y morales, con un código propio que a veces coincide con la ley y otras la contradice.

El desarrollo conduce a una empresa de mayor escala, cuya ejecución exige recursos acumulados, inteligencia compartida y dominio absoluto del tiempo. La preparación, más extensa y tensa que en episodios anteriores, combina sigilo, desinformación y audacia. La resistencia a la que se enfrentan obliga a improvisar sin traicionar el plan principal, y pone a prueba la cohesión del grupo ante el peligro real de ruptura. Salgari intensifica el pulso narrativo sin revelar de inmediato todas las cartas, reservando el desenlace de la operación para un tramo final que equilibra espectáculo y verosimilitud, con consecuencias que alcanzan a vencedores y vencidos.

En conjunto, Morgan se integra en la tradición salgariana de aventuras exóticas, pero destaca por la atención a la organización de la guerra de corso y a los dilemas de liderazgo. La novela propone preguntas sobre legalidad, poder y honor que trascienden su marco histórico, al tiempo que compone un retrato vigoroso del Caribe colonial y la economía del imperio. Su vigencia reside en la mezcla de peripecia y reflexión estratégica, en la crítica implícita a la violencia lucrativa y en la fascinación por las figuras que la encarnan. Incluso sin detallar sus giros finales, la obra mantiene intacto su magnetismo.

Contexto Histórico

Índice

La figura histórica que subyace a Morgan se sitúa en el Caribe del siglo XVII, cuando el monopolio español sobre las rutas americanas comenzó a erosionarse. Inglaterra, Francia y las Provincias Unidas disputaron espacios, puertos y corredores marítimos dominados por la plata americana y el comercio atlántico. En ese marco, archipiélagos como las Antillas Mayores y Menores adquirieron valor estratégico para abastecer, reparar y vigilar flotas. La guerra europea se proyectaba como corso y represalias coloniales, difuminando la frontera entre conflicto formal y depredación marítima. Este escenario de competencia imperial y mares porosos sustenta la acción y la atmósfera del relato.

Tras la conquista inglesa de Jamaica en 1655, la isla se convirtió en una base clave para hostigar intereses españoles. Port Royal, en su apogeo, reunió comerciantes, taberneros, armadores y capitanes con patente de corso emitida por autoridades coloniales. El azúcar, el ron y el tráfico de personas esclavizadas sustentaron la economía, mientras los tribunales de almirantazgo legalizaban presas capturadas en el mar. Esta institucionalidad ambivalente permitió a las potencias europeas proyectar fuerza sin declarar guerra abierta. La vida portuaria, cosmopolita y violentamente desigual, ofrecía recursos, inteligencia y reclutas que alimentaron expediciones contra fortalezas, convoyes y ciudades costeras.

Los bucaneros —cazadores y marineros franco-ingleses asentados en La Española y Tortuga— evolucionaron hacia compañías de filibusteros con tácticas anfibias. Aunque a menudo celebrados por su audacia, operaban en redes disciplinadas, con capitulaciones internas para repartir botín y cubrir gastos médicos. Navegaban goletas y pataches ligeros, conocían pasos y estuarios, y castigaban puntos débiles del entramado imperial español. En períodos de paz formal, gobernadores coloniales limitaron o encubrieron sus salidas; en tiempos de guerra, los alentaron abiertamente. Esta movilidad entre legalidad e ilegalidad, auspiciada por cartas de marca, define el trasfondo operativo de muchas empresas atribuidas a capitanes célebres.

Henry Morgan, galés al servicio de la Corona inglesa, encarnó ese tránsito entre corsario autorizado y figura de leyenda. Con apoyo del gobernador Thomas Modyford en Jamaica, comandó golpes de alto impacto: Portobelo (1668), Maracaibo y Gibraltar en el lago (1669), y Panamá en 1671, tras dominar el Castillo de San Lorenzo en la desembocadura del Chagres. Sus campañas explotaron inteligencia previa, marchas terrestres y artillería improvisada para superar defensas españolas. Los resultados reforzaron la posición inglesa en el Caribe y alimentaron relatos que circularon por Europa, fijando un repertorio de tácticas, escenarios y antagonismos que la literatura retomaría.

La política internacional pronto giró contra el corso. El Tratado de Madrid de 1670 reconoció la presencia inglesa en el Caribe, incluida Jamaica, y comprometió a ambas coronas a suprimir ataques no autorizados. La incursión sobre Panamá tensó ese marco y llevó al arresto de Modyford y a la llamada a cuentas de Morgan en Londres. Lejos de caer en desgracia, Morgan fue armado caballero en 1674 y regresó a Jamaica como lugarteniente del gobernador, participando en el control del mismo fenómeno que lo había elevado. Este viraje institucional marcó la transición del corso tolerado a la persecución sistemática.

El poder español en Tierra Firme y el Caribe descansaba en la Casa de la Contratación, las flotas de Indias y un sistema de puertos fortificados como Portobelo, Cartagena de Indias y Campeche. La plata del Alto Perú y Nueva España transitaba por rutas terrestres y fluviales —como el Camino de Cruces hacia Panamá— hasta concentrarse en convoyes escoltados. Milicias locales, guarniciones y corsarios hispanos defendían ese circuito. La economía regional se entrelazaba con la esclavitud africana y trabajos forzados, estructurando sociedades jerárquicas y multiétnicas. Este dispositivo imperial, poderoso pero vulnerable en sus nodos, ofreció objetivos tentadores al corso caribeño.

El conocimiento europeo sobre bucaneros y corsarios se difundió con obras como De Americaensche Zee-Roovers (1678) de Alexandre Exquemelin, traducida y ampliada en varias lenguas. En el siglo XIX, la prensa de folletín y la novela de aventuras popularizaron estas historias, filtrándolas por sensibilidades románticas. En Italia, tras la unificación, creció un público lector ávido de exotismo, viajes y heroísmos de frontera. Emilio Salgari (1862–1911) escribió para ese mercado, sin viajar a los escenarios que describía, y se documentó en crónicas, compilaciones y tratados geográficos. Su reconstrucción de ambientes, rutas y antagonismos bebe de ese corpus, que consolidó la figura de Morgan.

En este contexto, la obra dedicada a Morgan se inserta en una tradición que tensiona ley y violencia imperial, contraponiendo audacia individual y estructuras coloniales. Al escoger escenarios, instituciones y episodios verificados —Jamaica inglesa, Port Royal, cartas de marca, asaltos a plazas españolas—, la narrativa dialoga con debates históricos sobre legitimidad del corso y razón de Estado. A la vez, su tono de aventura de fin de siglo refleja el gusto contemporáneo por la exaltación del carácter, la crítica al absolutismo y la denuncia del expolio colonial. El resultado combina documentación reconocible con una mirada épica y ambivalente.

Morgan

Tabla de Contenidos Principal
I. LA TRAICIÓN
II. LOS NÁUFRAGOS
III. EL HERIDO
IV. EL JAGUAR
V. OTRA NOCHE TERRIBLE
VI. LA ISLA FLOTANTE
VII. LA MARCHA NOCTURNA
VIII. REAPARECE DON RAFAEL
IX. EL RAPTO DE YOLANDA
X. LA CORBETA ESPAÑOLA
XI. UNA EMPRESA PELIGROSA
XII. EL NOTARIO DE MARACAIBO
XIII. EN LA AMÉRICA CENTRAL
XIV. LA TRAICIÓN
XV. ENTRE EL PLOMO Y EL FUEGO
XVI. EL ASALTO A PANAMÁ
XVII. LA MUERTE DEL CONDE DE MEDINA

I. LA TRAICIÓN

Índice

Cuando despuntó el alba la nave no estaba todavía en condiciones de navegar.

Los carpinteros habían trabajado sin tregua, pero aún no habían logrado tapar por completo la vía de agua abierta a proa, cuyas dimensiones ponían en serio peligro a la nave.

Tampoco el timón estaba terminado, así es que Morgan se veía obligado a esperar otras veinticuatro horas antes de alejarse de aquellos parajes que podían ser peligrosísimos, porque eran frecuentados por las naves españolas.

Durante la noche el velero, arrastrado por alguna corriente, se había acercado tanto a la costa venezolana, que a simple vista se la distinguía vagamente. Cuál era, ninguno lo sabía, porque ni aun el capitán español pudo dar información precisa, afirmando que hacía cuarenta y ocho horas que no podían tomar la altura a causa del huracán.

También el otro barco, abandonado a sí mismo, había sido arrastrado hacia el sur durante la noche, y se le veía a una distancia de diez o doce millas, un poco inclinado sobre babor, pero flotante.

Morgan, que tenía prisa por ponerse a la vela y refugiarse en las Tortugas[1], y por saber si los otros barcos de la escuadra, que llevaban gran parte de las riquezas apresadas, se habían salvado, no había salido de la cala, donde animaba a los carpinteros.

Hasta los prisioneros españoles habían sido empleados en formar una doble cadena, trabajando con achicadores y cubos, que llevaban llenos de la sentina y vaciaban sobre cubierta.

En esto cayó la noche, sin que el trabajo hubiese terminado, con gran disgusto de la tripulación, que comenzaba a desesperar de conseguir que el velero quedase en condiciones de navegar.

Todos estaban exhaustos, especialmente los hombres de las bombas y los prisioneros dedicados a la cadena; tanto, que varios de éstos, no obstante las amenazas de Pedro el Picardo, se habían negado resueltamente a trabajar más.

—¡Esto va mal! —dijo Carmaux, que había subido sobre cubierta a tomar un poco de aire y que por sus compañeros supo las noticias—. ¡Se diría que algún santo o algún demonio protege al conde de Medina! Si esto sigue así, en vez de ir a las Tortugas naufragaremos en las costas venezolanas.

—¿Lo crees, compadre? —preguntó Van Stiller, que había cambiado la guardia con un amigo.

—Esta mañana la costa estaba apenas visible, y ahora se distingue perfectamente. ¡Hay una maldita corriente que fatalmente nos arrastra hacia el sur!

—¿No puede taparse esa vía de agua?

—Parece que se ha abierto otra. Me han dicho que ahora el agua entra por la popa.

—¿No la habían visto antes?

—No.

—¿Cómo te explicas esa historia?

—Corren sospechas.

—¿Cuáles?

—Que algunos prisioneros, aprovechándose de la poca vigilancia que ejercen nuestros hombres, ocupados con las bombas, han agujereado la nave por ese lado.

—El capitán debía ahorcarlos.

—¡Ve a saber quiénes son!

—¿Y que dice el señor Morgan?

—Está furioso, y ha amenazado con tirar al mar a todos los prisioneros si logra descubrir a alguno con el aparejo de taladros.

—¿Has vigilado al Gobernador?

—No le he dejado ni un momento; y creo que ha sospechado ya que desconfío de él.

—¿Habrá sido él quien ha hecho el agujero?

—No, porque siempre le he visto en las bombas —repuso Carmaux.

—¿Tendrá algún cómplice?

—¡Quién sabe!

—Mejor hubiera hecho el señor Morgan dejando a todos los prisioneros en tierra.

¡Siempre es un peligro más! —dijo el hamburgués.

—¡Pero valen millares de piastras[2], compadre!

—¡Truenos de Hamburgo! —exclamó tras una pausa Van Stiller—. ¡Diríase que la hija del Corsario nos ha traído la mala suerte!

—¡Bah! ¡No hay que desconfiar! —dijo Carmaux—. El timón ya está en su sitio; y si esta noche los carpinteros logran tapar la vía de agua, mañana pondremos la proa al norte.

A media noche, cuando ya confiaban en poder dar los últimos golpes en las tablas y espartos colocados en la vía de agua, los carpinteros fueron sorprendidos por una imprevista irrupción de agua que venía de babor con tal rapidez, que en menos de diez minutos había cubierto el empalizado. Casi al mismo tiempo un fuerte viento del norte empujó a la nave con mayor velocidad a la costa venezolana, ya muy próxima.

Al oír el grito de alarma de los carpinteros, Morgan había comparecido con Pedro el Picardo, y tuvo que reconocer que la nueva vía de agua era imposible de agotar con las bombas de a bordo; la tripulación estaba completamente postrada por el incesante trabajo, que ya duraba hacía veinticuatro horas.

—¡Mejor hubiera sido quedarse en la fragata! —dijo a Pedro el Picardo—. No hemos ganado nada con el cambio.

—Pero ¿era una criba el casco de esta condenada nave? —dijo el segundo con ira—. ¿O ha habido alguna mano culpable que de nuevo ha agujereado la quilla? Si hubiésemos chocado contra una roca, el golpe se hubiera notado sobre cubierta.

—Sí —dijo Morgan—; aquí se ha cometido una traición[1q]. Mientras nuestros hombres trataban de tapar una vía, una mano culpable abría otra.

—¿Con qué designio?

—Para impedirnos volver a las Tortugas: la cosa es clara.

—¿Tendrá el Gobernador algún amigo entre los prisioneros de la fragata?

—Puede ser, Pedro —repuso Morgan.

—Debíais haberlos tirado a todos al mar, como te aconsejé —dijo Pedro.

—La señorita de Ventimiglia no me hubiera perdonado semejante crueldad.

—¡Es verdad! —repuso Pedro con cierto mal humor—. ¿Qué vamos a hacer?

—No nos queda otro recurso que encallar la nave en cualquier banco y luego cerrar las vías de agua.

—El mar sube, Morgan, y el viento arrecia.

—Tratemos de encallar en alguna costa plana. Despleguemos algunas velas, y tratemos de aproximarnos antes de que la nave se llene de agua.

Cuando subieron a cubierta encontraron a Yolanda, que, prevenida por Carmaux del peligro que corría la nave, había salido de su camarote.

—¿Nos vamos a pique, señor Morgan? —preguntó con su acostumbrada tranquilidad.

—Todavía no, señorita —repuso el filibustero—. Antes que la nave se llene de agua pasarán por lo menos dos horas, y nos basta una para llegar a la costa. ¿La veis allá, hacia el sur?

—¿No se despedazará el velero? Veo estrellarse las olas contra la costa.

—Sí, el mar se pone duro —repuso Morgan mirando las olas, que aumentaban rápidamente de volumen bajo el soplo de un viento bastante vivo—. Sin embargo, confío en encontrar un buen sitio para encallar la nave.

Y elevando la voz, gritó: —¡Todos sobre cubierta, e izad las velas!

Todos subieron a cubierta, incluso Carmaux y Van Stiller, que en aquellos momentos juzgaron inútil vigilar al Gobernador.

Enormes olas, que se formaban a la vista de la tripulación, embestían contra la nave.

Para dar al velero mayor estabilidad y para aumentar su velocidad, Pedro el Picardo había hecho izar las dos latinas y algún foque en el bauprés.

La costa venezolana no debía ya de estar lejos. Se oía el estruendo formidable de las olas rompiendo en la playa o en las escolleras, y se veía ante la nave una inmensa sábana blanca producida por la espuma.

Morgan llevaba el timón y había rogado a Yolanda que no se alejase de él, para poder socorrerla, ya que no sabía si la nave resistiría el choque, y Carmaux se había unido a ellos, mientras el hamburgués sondeaba el fondo con Pedro el Picardo.

A medida que el velero se acercaba a la costa, los golpes de mar menudeaban. Olas enormes pasaban por encima de las bordas, rompiendo sobre la cubierta y amenazando arrastrar prisioneros y tripulantes.

El estruendo de aquella terrible resaca era tal, que casi no se oían las voces de mando de Morgan y de Pedro el Picardo.

A media noche la costa estaba a trescientos pasos; pero la oscuridad era tan densa, que no podía distinguirse si había algún refugio o escolleras que evitar.

—¿Adónde iremos? —se preguntaba Carmaux, que tenía asida la mano a Yolanda—. ¿Nos hundiremos antes de llegar, o nos estrellaremos contra las escolleras?

El temor de que la nave se hundiese no era injustificado.

La vía o vías abiertas por el traidor debían de haberse ensanchado con el empuje del agua, porque el velero, en menos de media hora, habíase sumergido un par de metros, y el agua entraba ya por las troneras de las baterías, aunque Morgan las había hecho cerrar para retrasar la inmersión.

En la estiba se oía mugir el agua cada vez que la nave cabeceaba bajo el embate de las olas.

Temiendo que los prisioneros fuesen alcanzados, Morgan los había hecho subir en unión del conde de Medina, que estaba a proa, confiado a Van Stiller, a fin de que la joven, que iba a popa, no le viese.

A las doce y cuarto la nave estaba entre la resaca, que se dejaba sentir fuertemente.

Corrientes y contracorrientes se mezclaban confusamente en derredor del pobre barco, que era lanzado de un lado a otro; Morgan seguía al timón, haciendo prodigiosos esfuerzos por mantener la ruta.

Aquel intrépido hombre de mar, aunque no ignorase que la toldilla podía desaparecer bajo sus pies, conservaba una calma admirable, dictando órdenes con voz tranquila y vibrante.

Sólo sus miradas revelaban profunda emoción cuando se fijaban en Yolanda, aunque la joven no mostrase ninguna ansiedad ni temor.

—No os preocupéis por mí, señor Morgan— le había dicho—. Este naufragio no me asusta.

Combatida por todas partes, la nave se debatía en un mar de espuma, no obedeciendo al timón ni a las velas henchidas por el viento.

Avanzaba, retrocedía, inclinábase violentamente, ora a un lado, ora a otro; elevábase después bruscamente, para caer luego en un abismo.

El agua que la llenaba con aquellas sacudidas se precipitaba como un torrente a través del entrepuente y de la estiba, hundiendo las puertas de los camarotes y arrastrándolo todo en su carrera.

Ya la costa distaba sólo un centenar de metros, cuando se oyó a Picardo, que gritaba desde proa:

—¡Rompientes a proa! ¡Dobla, Morgan!

El filibustero corrió a la banda con todas sus fuerzas, confiando en sacar de ruta a la nave, cuando una espantosa ola entró por popa y atravesó todo el velero.

Morgan se había precipitado sobre Yolanda y la cogió entre sus brazos, mientras Carmaux era lanzado contra la amura.

—¡Agarraos a mí! —había gritado.

Apenas lo dijo, sintió que era levantado por la enorme masa de agua y arrastrado fuera.

Se hundió, sin soltar a la joven, y por fin salió de nuevo a flote.

Cuando pudo abrir los ojos vio la nave a unas brazas de distancia, que se alejaba arrastrada por la corriente.

Yolanda se había desvanecido en sus brazos.

—¡A mí! ¡A mí! —gritó espantado Morgan.

Una voz que no estaba lejos respondió a su llamada.

—¡Voy, capitán!

Una cabeza humana apareció entre la espuma, desapareciendo en seguida bajo una ola.

Viendo Morgan que la joven estaba inerte, trataba de tenerla fuera del agua para evitar la asfixia, y se puso a nadar desesperadamente.

Hombre acostumbrado a luchar con el mar, aunque la joven dificultara sus movimientos, no se asustaba. Ya otras veces se había librado de la muerte lanzándose al agua antes de que la nave se fuese al fondo.

Lo que más le preocupaba era la violencia de las olas y la proximidad de la costa. Si bien ésta representaba la salvación, también ofrecía muchos peligros con la furiosa resaca que rugía.

Repitió la llamada con siniestro fragor, y oyó la misma voz de antes, que le contestaba:

—¡Un momento, señor Morgan! ¡Voy!

Un grito de alegría se escapó de los labios de Morgan.

—¡Carmaux!

—¡El mismo, señor Morgan!

—¡Date prisa!

—¡Malditas olas!

—¡La señorita de Ventimiglia se ha desmayado!

—¡Por cien mil cuernos! ¡Uff! ¡La señora…! ¡El mar…! ¡Ya estoy aquí!

Haciendo un último esfuerzo, el brazo marinero llegó junto a Morgan.

—¡Aquí! ¡Apoyaos, capitán! ¡He logrado pescar un salvavidas cuando me llevó el agua! ¡Truenos de Hamburgo, qué diría Van Stiller, la señorita aquí!

Viendo cerca al marinero, que se apoyaba en el anillo de corcho, Morgan alargó la mano que tenía libre mientras con la otra sostenía a la joven, que aún no había vuelto en sí.

—¡Gracias, Carmaux! —dijo mientras otra ola los empujaba hacia la playa.

—¿Habéis tocado tierra, capitán? —Yo, no.

—¿La señorita está desvanecida?

—Acaso la ola la empujó contra la banda. ¡Ayúdame, Carmaux, y escudémosla cuando caigamos a la playa! ¡Que yo me rompa las costillas, poco importa; pero salvemos a la joven!

—¡Yo recibiré el primer golpe, capitán! —repuso Carmaux pasando un brazo por la cintura de la joven—. ¿Y la nave, adónde ha ido, que ya no se le ve?

—La he visto a lo lejos. ¡Cuidado! ¡He tocado fondo! ¡Estamos en la orilla! ¡No dejes a la señorita, Carmaux!

—¡No, señor Morgan!

La ola los envolvió a los tres. El estrépito era tal, que no lograban hacerse oír.

Morgan hacía desesperados esfuerzos por tener a la joven casi fuera del agua; pero de cuando en cuando la espuma los cubría.

Ya por dos veces habían tocado tierra, cuando una ola, que avanzaba mugiendo, los levantó a prodigiosa altura, empujándolos hacia adelante.

—¡No dejes…! —tuvo apenas tiempo de gritar Morgan.

Sintió que sus piernas se doblaban y quedaban como aprisionadas. La ola pasó sobre ellos, pero los obstáculos que los habían aprisionado no cedieron.

—¡Estamos en tierra! —gritó Carmaux—. ¡Estamos salvados!

La ola los había arrastrado hacia un grupo de mangles, y las raíces de estas plantas no sólo los habían detenido, sino que habían amortiguado el choque.

Si los hubiese empujado algo más allá, indudablemente se hubieran estrellado contra los primeros troncos de la floresta.