Luigi Giussani: Su vida - Alberto Savorana - E-Book

Luigi Giussani: Su vida E-Book

Alberto Savorana

0,0

Beschreibung

A comienzos de los años cincuenta, un joven sacerdote italiano se da cuenta de que la gran mayoría de los jóvenes con los que se encuentra, pertenecientes a una sociedad aparentemente cristiana, manifiestan una gran ignorancia sobre qué es el cristianismo, o viven una fe formal y sin incidencia alguna en sus ambientes cotidianos. Ante esta situación, decide abandonar una prometedora carrera como teólogo y empieza a dar clase de religión en un instituto público de Milán. Partiendo de un primer encuentro con cuatro de sus alumnos, pronto reunirá en torno a sí a centenares de chicos y chicas que darán vida a una novedosa experiencia eclesial que, a partir de los años setenta, se conocerá con el nombre de "Comunión y Liberación", en la que participan actualmente decenas de miles de personas de más de ochenta países. El presente libro, escrito por un estrecho colaborador de Giussani, nos permite conocer, a partir de diversas fuentes escritas y de testimonios significativos, pero sobre todo, de lo que el propio Giussani dijo y escribió, quién era y cómo vivió este carismático sacerdote ambrosiano, fallecido en 2005, que hizo de nuevo atractivo el cristianismo a miles de jóvenes y adultos, convirtiéndose en su maestro y compañero de camino, y en un importante referente para la Iglesia de nuestro tiempo.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 3239

Veröffentlichungsjahr: 2016

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Ensayos

ALBERTO SAVORANA

Luigi Giussani: su vida

Traducción de José Miguel Oriol Revisión de Belén de la Vega

ISBN EPUB: 978-84-9055-321-3

Título originalVita di don Giussani

© 2013 Fraternità di Comunione e Liberazione

© 2015 Ediciones Encuentro, S.A., Madrid

Diseño de la cubierta: o3, s.l. - www.o3com.com

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a: Redacción de Ediciones Encuentro Ramírez de Arellano, 17-10.ª - 28043 Madrid Tel. 915322607www.ediciones-encuentro.es

A Julián Carrón, Francesca, Pietro, Giovanni, Maddalena

Índice

Introducción

PRIMERA PARTE 1922-1964

1. El nacimiento y la infancia (1922-1933)

2. El seminario (1933-1945)

3. Los maestros de la «Escuela de Venegono»

4. El

Studium Christi

y la ordenación sacerdotal

5. Los primeros años de sacerdocio y la enfermedad (1945-1950)

6. Del confesionario a consiliario de

Gioventù Studentesca

(1950 -1954)

7. El comienzo de la enseñanza en el liceo Berchet (1954)

8. Montini, la Misión ciudadana y

El sentido religioso

(1957-1958)

9. La experiencia de GS. Cómo se impuso un método (1958-1962)

10. El Grupo adulto, los antecedentes y los comienzos.

Excursus

histórico (1958-1975)

11. El comienzo de la misión en Brasil (1960-1964)

12. Montini, la experiencia, el Concilio y Giovanni Colombo

SEGUNDA PARTE 1964-1986

13. Desde el viaje a Norteamérica al comienzo de la crisis (1965-1967)

14. El 68

15. El nacimiento de CL y los primeros años setenta

16. La amistad con los universitarios (1970-1976)

17. España.

Excursus

histórico (1974-1985)

18. El Domingo de Ramos con Pablo VI (1975)

19. La segunda mitad de los años setenta

20. El año de los tres Papas (1978)

21. El nacimiento de la Fraternidad de CL y el reconocimiento pontificio (1980-1982)

22. El atentado contra Juan Pablo II y los primeros años ochenta

23. El trigésimo aniversario de CL y el mandato misionero del Papa (1984)

24. La segunda mitad de los años ochenta

TERCERA PARTE 1986-2005

25. Los viajes a Tierra Santa, Japón y Grecia (1986-1987)

26. El Sínodo sobre los laicos y los diez años de Juan Pablo II (1987-1988)

27. El reconocimiento pontificio de los

Memores Domini

y la Fraternidad de San José (1988-1990)

28. La guerra de Irak y la peregrinación a Lourdes (1991-1992)

29. Los «libros del espíritu cristiano», la justicia y la historicidad de los Evangelios (1993-1994)

30. Los cuarenta años del movimiento y los universitarios (1994)

31. La responsabilidad y una Italia en peligro (1995-1996)

32. La enfermedad y «Dios todo en todo» (1996-1997)

33.

Spirto Gentil

, el sentido religioso en la ONU y el racionalismo moderno (1997-1998)

34. El 30 de mayo con Juan Pablo II y el trabajo (1998-1999)

35. La «pretensión cristiana» y el jubileo del 2000 (1999-2001)

36. La Zona Cero y su octogésimo cumpleaños (2001-2002)

37. El Shuttle y Nassiriya (2003)

38. La última carta al Papa y los 50 años de CL (2004)

39. La muerte y el funeral (2005)

Epílogo

Notas

Nota biográfica

Cronología de las principales obras de Luigi Giussani

Imágenes

Introducción

«En la sencillez de mi corazón te he dado todo con alegría»1

«La mayor alegría en la vida del hombre es sentir a Jesucristo vivo y palpitante en la carne de nuestro pensamiento y de nuestro corazón. Lo demás es ilusión vana o basura» (p. 71). Toda la existencia de don Giussani podría resumirse en estas palabras, escritas a los veinticuatro años de edad, justo al comienzo de su vida sacerdotal, que recuerdan lo que debió de experimentar san Pablo cuando afirmaba: «Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él» (Flp 3,8-9).

El tiempo posterior, los años de la madurez y de la ancianidad, serán para don Giussani una renovación continua de esta experiencia inicial y totalizadora. «Según pasan los años —diría en 1989— y la edad avanza, percibo cada vez con mayor claridad que lo que me entusiasmaba cuando tenía quince años, esto es, que el único objetivo por el que vale la pena existir, y por tanto el único cemento que mantiene unidas las cosas, es lo que el Evangelio llama la ‘gloria de Cristo’» (p. 725). Y precisamente el madurar de esta convicción le hará decir hacia el final de su vida: «Cristo, este es el nombre que indica y define la realidad que he conocido en mi vida. [...] A la vez que Cristo se ha metido en mi vida, mi vida se ha metido en Cristo, justamente para que yo aprendiese a comprender que Él es el punto neurálgico de todo, de toda mi vida. Cristo es la vida de mi vida. En Él se resume todo lo que yo quisiera, todo lo que busco, todo lo que sacrifico, todo lo que se desarrolla en mí por amor a las personas que me ha puesto al lado»2. Y en una de sus últimas cartas escribirá: «Nos levantamos por la mañana para ir a misa, para que nos cuiden, para ir al trabajo, por los hijos... ¡nos levantamos por un desbordamiento en nosotros mismos del hecho de Cristo!» (p. 1165). Lo dice un hombre de edad avanzada y probado por la enfermedad, que se entusiasma por un verso de Giosuè Carducci en el que percibe una evocación inconsciente de Cristo: «Solo Tú —pensando— oh ideal, eres verdadero». Ideal real, concreto, presente, «¡porque Cristo ‘palpitó’ por primera vez en el útero de una mujer!» (p. 1204).

Y dirá al ofrecer su testimonio ante el papa Juan Pablo II el 30 de mayo de 1998 en la plaza de San Pedro: «‘¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si luego se pierde a sí mismo? O, ¿qué podrá dar el hombre a cambio de sí?’. ¡Nadie me ha planteado jamás ninguna otra pregunta que me dejara tan cortada la respiración como esta de Cristo! [...] Solamente Cristo se toma toda mi humanidad en serio. Es lo que llenaba de estupor a Dionisio el Areopagita (siglo V): ‘¿Quién podrá hablarnos del amor singular que tiene Cristo al hombre, desbordante de paz?’. ¡Me repito estas palabras desde hace más de cincuenta años!» (p. 1069). Don Giussani era bien consciente de que toda su vida se apoyaba en esta única certeza.

Yo no tenía ni idea de qué quería decir escribir una biografía. ¿Por dónde empezar? Desde el comienzo me ha guiado una mirada amigable y constante hacia un hombre conquistado por Cristo, al que tuve la fortuna de conocer a finales de los años setenta y de frecuentar asiduamente a partir de 1985. Los factores de mi vida —intereses, profesión, familia— están estrechamente vinculados a él. En la relación de trabajo y de amistad con don Giussani me encontré dentro de un flujo existencial e histórico —«una fiebre de vida», como le gustaba decir a él— que nunca se ha interrumpido. Y que me ha seguido acompañando también después de su desaparición cuando recibí la invitación, completamente impensable para mí, a escribir estas páginas. Sin embargo, en este libro el lector no encontrará mis «recuerdos». He preferido confiarme a las fuentes accesibles a día de hoy, a los testigos que he encontrado a lo largo del camino, y sobre todo al mismo don Giussani, a todo lo que ha dicho y escrito en el curso de su larga existencia, tal como explicaré enseguida.

Así pues, me he sumergido en la historia de un hombre que ha atravesado casi todo el siglo XX y el comienzo del nuevo milenio. En el trabajo de estos años me ha ayudado y acompañado constantemente escuchar a Julián Carrón, elegido por don Giussani para sucederle en la guía de CL: cada vez que intervenía en público, viendo cómo hacía «hablar» a los textos, cómo adquirían las palabras de don Giussani —muchas de las cuales yo ya conocía— un espesor y una profundidad que antes desconocía, se me aclaraba cuál era la única perspectiva fecunda: por decirlo con don Giussani, un «deseo de revivir la experiencia de la persona que te ha provocado y te provoca con su presencia [...] por medio de la cual te ha llegado algo del Otro» (p. 586). Han sido para mí cinco años de comparación constante, de un aprendizaje cotidiano y una corrección igualmente frecuente.

He tratado de dejarme llevar de la mano por don Giussani, recorriendo el camino que él hizo, convirtiéndome en espectador de lo que ocurría entre las paredes de su casa en Desio, en los grandes espacios del seminario de Venegono o en las aulas del liceo Berchet y de la Universidad Católica. En este intento, que quiere ser el comienzo de un trabajo para dar a conocer a don Giussani, soy bien consciente de haber omitido una infinidad de episodios, que muchos de quienes le han conocido conservan vivamente en su memoria. Y estoy seguro de que otros podrán añadir cosas, aportar y donde sea necesario corregir, colmando las inevitables lagunas de este libro.

He leído miles de páginas inéditas, cuadernos de apuntes y correspondencia con amigos, obispos y pontífices, he podido ver decenas de cartas escritas de su puño y letra —la primera es una tarjeta postal de 1935, cuando Gigetto (como le llamaban en su familia) tenía apenas doce años— y conservadas celosamente por sus familiares; he releído sus libros, llenos de referencias a los sucesos de su vida; he hablado con testigos oculares que me han ayudado a reconstruir momentos importantes de don Giussani, algunos desconocidos hasta ahora o cuyo perfil estaba desenfocado.

¡Cuántas veces me han sorprendido los rasgos inconfundibles de la personalidad de don Giussani!: «Cuando conocí a Cristo me descubrí hombre» (Cayo Mario Victorino, p. 229); y también: «Creo que ya no podría vivir si no volviera a escucharle hablar» (J. A. Möhler, p. 1213). En segundo lugar, la vida ofrecida como «acto de amor, por las muchas almas de mis hermanos los hombres, por cuya felicidad murió el Señor Jesús, por cuya eterna felicidad el Señor Jesús me llamó consigo a dar mi vida... [...] Desde hace años no lloro más que por dos motivos: el pensamiento de la infelicidad eterna de mis hermanos los hombres y el pensamiento de la infelicidad terrena de los hombres, símbolo de la eterna. Jesús nos ha elegido para proclamar en el mundo su amor y la felicidad de los hombres: la felicidad grande e inenarrable que nos espera» (p. 124). Y, finalmente, la pasión educativa, animado por la conciencia que tenía del contexto histórico en que le tocó vivir: «En un mundo donde todo, todo, decía y dice lo contrario, [...] mostrar la pertinencia de la fe a las exigencias de la vida y, por consiguiente —este ‘por consiguiente’ es importante para mí—, demostrar la racionalidad de la fe, [...] que la fe corresponde a las exigencias fundamentales y originales del corazón de todos los hombres» (p. 184).

Para describir esa «pertinencia», don Giussani ponía en juego su experiencia personal educada con un gran bagaje teológico e intelectual, comunicando lo que se producía en él cuando Cristo le alcanzaba a través de un encuentro, dentro de las circunstancias ordinarias de la vida. He podido sorprender a don Giussani mientras vivía las cosas que le sucedían, desde las más íntimas, como las relaciones familiares y con amigos, a las más clamorosas, como sus encuentros con los pontífices o los acontecimientos históricos. Se podría escribir su vida casi ateniéndose únicamente a sus relatos, cargados de detalles que se habían fijado en su memoria, en un continuo aprender de lo que le sucedía. «Había chavales de tercero de secundaria que hacían observaciones en el radio que te dejaban con la boca abierta. En el momento en que yo escuchaba a aquel chaval, o a aquel joven, yo era discípulo suyo y tomaba notas. Él era mi autoridad, porque el Espíritu le sugería en aquel momento a él un testimonio de la verdad» (p. 244).

Don Giussani releía continuamente los hechos que le habían sucedido, los juzgaba y los ofrecía como sugerencias para el camino que cada uno debe recorrer. Como dijo con apenas diecisiete años a su hermana, tres años más joven que él, invitándola a escribirle «cuando te sientas extraña y desanimada», porque «también yo he experimentado y vivido tiempos como los que ahora estás viviendo» (p. 73). Le decía: «Para mí la historia lo es todo; yo he aprendido de la historia» (5 junio 1988); y también: «El tiempo es precioso como instrumento de Dios»3. Por esto «es tan significativa la historia de don Giussani, porque ha vivido nuestras mismas circunstancias, y ha tenido que afrontar los mismos retos y los mismos riesgos, ha tenido que hacer él mismo el camino que describe en muchos pasajes de sus obras»4. Las situaciones que vivió y las personas que conoció fueron decisivas para que se perfilara la vocación de don Giussani: sus padres, los profesores y compañeros del seminario, sus lecturas, el sacerdocio, los primeros jóvenes que conoció en el confesionario o el tren, la enseñanza, las incomprensiones y los reconocimientos, la enfermedad.

Sin este conjunto de circunstancias, Cristo habría permanecido en última instancia como alguien ajeno a su vida, habría sido un Jesús desencarnado. En don Giussani domina el sentido de la encarnación, el reconocimiento de la presencia de Cristo aquí y ahora, de su contemporaneidad: «Él está aquí, como el primer día», repetía haciéndose eco de las palabras de Charles Péguy. Pero «¿cómo somos contemporáneos del Cristo que resucita, del Cristo que asciende al cielo, del Espíritu que desciende de Él para penetrar en los que son llamados?», se preguntaba don Giussani. «Para comunicarse al hombre y al mundo el misterio del Padre eligió hacerse presente a través de una realidad integralmente humana, esto es, Cristo. Cristo elige el mismo método: se hace presente, contemporáneo, a través de una realidad humana, integralmente humana [...]: la realidad de la Iglesia. Una exigua compañía de hombres hace dos mil años, una gran compañía de hombres ahora, pero precisa en sus confines. Precisa en sus confines: ‘Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús [...]’ (Ga 3,27-28)»5. Cristo no es un «devoto recuerdo», un nombre o un objeto de piedad: es un acontecimiento igual que hace dos mil años, es una presencia hoy, que se puede encontrar a través de la humanidad de aquellos a los que Él elige y que le reconocen. Don Giussani tuvo ocasión de recordarlo, ante todo por lo que le sucedió a él mismo: «Si yo no hubiera conocido a monseñor Gaetano Corti en tercero de secundaria, si no hubiera escuchado las [...] lecciones de italiano de monseñor Giovanni Colombo, [...] si yo no me hubiera encontrado a chicos que frente a aquello que yo sentía abrían los ojos de par en par como frente a una sorpresa tan inconcebible cuanto de agradecer, si yo no hubiera empezado a reunirme con ellos, si yo no hubiera conocido cada vez a más gente que se implicaba conmigo, si yo no hubiera tenido esta compañía, [...] Cristo [...] habría sido una palabra objeto de frases teológicas, o bien, en el mejor de los casos, un reclamo a un afecto ‘piadoso’, genérico y confuso»6.

Me parece que aquí se sitúa la raíz de la contribución de don Giussani a la vida de la Iglesia. Frente a una fe popular que en muchos casos sobrevivía como mera tradición, cada vez menos enraizada de forma profunda en la existencia real de la gente y expuesta a los vientos de una mentalidad secularizada hostil o al menos distante de la vida cristiana, él se dio cuenta de que la debilidad de la experiencia cristiana respondía a un único motivo: la fe se vuelve incomprensible si no se toman en serio las necesidades del hombre. Al dar por descontado qué es lo que se agita en el corazón humano, o al mirar sus expectativas de manera superficial, ya no se comprende cuál es la utilidad de la fe para la vida del hombre de hoy.

Ante la progresiva desaparición de la fe del horizonte de las cosas terrenas, característica de la época moderna, don Giussani comprometió su humanidad y, siendo todavía un joven seminarista, percibió una gran correspondencia en su encuentro con Giacomo Leopardi, no porque fuera un exponente de la cultura católica, sino por su profunda comprensión del corazón humano, en cuya espera infinita Giussani descubría la expresión de una profunda religiosidad. «A los trece años estudié de memoria toda la producción poética de Leopardi, porque la problemática que suscitaba me parecía que eclipsaba a todas las demás. Durante un mes entero estudié solamente a Leopardi, [...] el compañero más sugerente de mi itinerario religioso» (p. 63). No lo fue solo en la fase juvenil de su existencia. En efecto, él hará del llamamiento a mantener despierta nuestra humanidad un factor decisivo de la vida del hombre a cualquier edad («Creo haber sido siempre fiel al propósito juvenil de repetirme alguna poesía suya todos los días, pues las había aprendido todas de memoria en segundo de secundaria, entre los doce y los trece años de edad» [p. 62]), una condición esencial de una fe conscientemente vivida.

Para don Giussani, en efecto, el hombre se aleja de Cristo al olvidar su propia humanidad: no advierte su necesidad, no la reconoce, por tanto no le busca y no le encuentra. Por eso repetía con frecuencia la frase de Reinhold Niebuhr, el gran teólogo protestante ampliamente estudiado por él: «No hay nada más absurdo que la respuesta a una pregunta que no se ha planteado» (p. 165). Don Giussani reconocía, en efecto: «En el clima moderno, nosotros los cristianos nos hemos separado no de las fórmulas cristianas directamente, no de los ritos cristianos directamente, no directamente de los Diez Mandamientos. Nos hemos separado del fundamento humano, del sentido religioso. Tenemos una fe que ya no es religiosidad. Vivimos una fe que ya no responde como debería al sentimiento religioso; tenemos por tanto una fe no consciente, una fe que ya no tiene inteligencia de sí misma. [...] Cristo es la respuesta al problema, a la sed y al hambre que el hombre tiene de la verdad, de la felicidad, de la belleza y del amor, de la justicia, del significado último. Si esto no está despierto en nosotros, si esta exigencia no es educada en nosotros, ¿qué puede hacer Cristo? Es decir, ¿para qué sirven la misa, la confesión, las oraciones, la catequesis, la Iglesia, los curas, el Papa? Son tratados todavía con un cierto respeto dependiendo de las zonas del planeta, se conservan durante un cierto periodo de tiempo por la inercia, pero ya no son respuestas a una pregunta, y por tanto no sobrevivirán mucho»7.

En esta percepción aguda del drama, don Giussani encontró un compañero fundamental de camino en el entonces cardenal Joseph Ratzinger, quien afirmaba: «La crisis de la predicación cristiana, que experimentamos desde hace un siglo de manera creciente, depende en no poca medida del hecho de que las respuestas cristianas olvidan los interrogantes del hombre; esas respuestas eran justas y lo seguían siendo; pero no tenían influencia porque no partían del problema y no se desarrollaron en el interior de este»8.

Por eso don Giussani podía decir: «Cristo se plantea como respuesta a lo que ‘yo’ soy [...] y solo una toma de conciencia atenta, y también tierna y apasionada de mí mismo puede abrirme de par en par y disponerme a reconocer, admirar, agradecer y vivir a Cristo. Sin esta conciencia incluso Jesucristo se convierte en un mero nombre» (p. 809).

Toda la historia que se narra en este libro tiene su fuente en el «día espléndido», que vivió don Giussani cuando su profesor de tercero de secundaria, don Gaetano Corti, leyó y comentó el prólogo del Evangelio de Juan: «Y el Verbo se hizo carne...». «Desde entonces —decía don Giussani—, el instante dejó de ser banal para mí» (p. 67). Y el instante comprende cada flexión de la vida. Por eso escribía en 1965, en medio de una circunstancia comprometida para él: «Mido los pensamientos y las acciones, los estados de ánimo y las reacciones, los días y las noches. Pero es otra presencia la compañía profunda y el testigo completo. Este es el largo viaje que tenemos que realizar juntos, esta es la aventura real: el descubrimiento de esa presencia en nuestra carne y nuestros huesos, el sumergirse de nuestro ser en esa presencia —es decir, la santidad—» (p. 391).

La experiencia continua de ese descubrimiento le permitió entrar en relación con todo y con todos, con una tensión llena de curiosidad y de apertura capaz de valorar toda la amplia gama de la expresividad humana, religiosa, artística y cultural. Con un punto de partida positivo, sin sombra de reactividad: «Nosotros no hemos nacido para responder a las emergencias; hemos nacido para decir que Cristo ha venido. Pensaba en esto yendo al Berchet aquella primera mañana», en el lejano 1954 (30 noviembre 1994). Con este fin, no eludió ningún reto desde el primer día de clase, sino que dio razón de su fe a aquellos jóvenes estudiantes, introduciéndoles en una experiencia que les liberaba de las trampas del racionalismo y del dualismo fe-vida. Y lo hizo con su misma vida, convirtiéndose en el primer testigo de lo que anunciaba.

Esto es precisamente lo que le permitió dar vida a la realidad de Comunión y Liberación, no como un proyecto concebido en su cabeza, sino como dilatación progresiva de su vida y comunicación de su experiencia a todo aquel que conocía: «Comencé a sentir así el movimiento cuando empecé a hablar a otros: no era algo difícil, era imponente» (p. 1022). Y también: «He visto así cómo se formaba un pueblo en el nombre de Cristo. Todo se ha vuelto verdaderamente más religioso en mí, hasta tener la conciencia dispuesta a descubrir que ‘Dios es todo en todo’. [...] Lo que a lo sumo podía haber parecido una experiencia singular, se convertía en protagonista de la historia, y por ello en instrumento de la misión del único Pueblo de Dios» (p. 1070). Y, finalmente, en una carta de 2004 a Juan Pablo II, escribía, casi como balance de toda una existencia: «No solo no pretendí nunca ‘fundar’ nada, sino que creo que el genio del movimiento que he visto nacer consiste en haber sentido la urgencia de proclamar la necesidad de volver a los aspectos elementales del cristianismo, es decir, la pasión por el hecho cristiano como tal, en sus elementos originales y nada más» (p. 1182).

«Yo no quiero vivir inútilmente: es mi obsesión», le confiaba a un amigo en 1945, recién ordenado sacerdote. Y fue escuchado. La existencia de don Giussani ha sido rica y plena, vivida sin descanso a partir del descubrimiento del amigo que le revolucionó la vida entera: «Él [Cristo, nda] me ha empapado de este convencimiento dulcísimo: que para amar es necesario hacerse semejantes, idénticos. Él está en la cruz: el ideal supremo de nuestra vida es el ansia, la obsesión casi, de subir también nosotros, para poder ‘ser una sola cosa con Él’. Es el gozo más sereno de la vida, el mayor acto de caballerosidad hacia Él, que es el infinito y único amor personal: ‘Oh Jesús, esperanza mía, sumérgeme en el abismo de tu amor’, clamaba Jacopone. Amigo personal, en carne humana como la nuestra, que se puede besar y abrazar» (p. 121).

Y esta es la intención con la que celebró su primera misa: «En mi primera misa rogué al Señor una sola cosa para mí: que me mantuviese en la cruz con Él. Porque la amistad es de tal naturaleza que nos inquieta pensar que somos distintos del amigo: es preciso ser uno lo más posible, ser idénticos: unidos y asimilados el uno al otro, ligados el uno al otro como la luz lo está a los contornos de las cosas; y si Él está en la cruz, todo mi orgullo debe ser identificarme con Él» (p. 122). Esto lo escribía al comienzo de 1946; y al final de su vida confiará a las personas que le cuidaban, después de una jornada marcada por el sufrimiento a causa de la enfermedad: «¡Qué día más duro! Pero si vivo este día con la tensión por atravesar estas circunstancias, viviendo las ocasiones que permite el Misterio, estoy seguro de caminar mejor y más deprisa hacia el destino que veré un día, mucho mejor que si fuera conforme a mis proyectos para vivir este día. Por eso este día es bello, porque es verdadero» (p. 1190). Y cuando repita tres veces a su hermana Livia, pocos días antes de morir: «Recuerda que he obedecido, que siempre he obedecido» (p. 1212), dirá lo que era más obvio para él, conforme a la evidencia que documentan muchos de los datos que he podido recoger. Estaba seguro de que las riendas de su existencia las tenía Dios: «Yo no he hecho nada, soy un cero. Todo lo hace el Infinito, y nosotros no haríamos nada si no se nos concediera» (p. 1150).

A quien tenga la paciencia de recorrer las páginas de este libro no le sonará extraño leer en una de sus últimas entrevistas —la que mantuvo al cumplir los ochenta años— esta afirmación de don Giussani: «Todo se ha desarrollado para mí en la más absoluta normalidad, y solo las cosas que sucedían, mientras sucedían, me suscitaban asombro, ya que era Dios quien las obraba haciendo de ellas la trama de una historia que acontecía, y acontece, ante mis ojos» (pp. 1149-1150). No se trataba de una simple frase. Él estaba hasta tal punto convencido de que su vida estaba en las manos de Otro que podía afirmar con toda tranquilidad: «Lo último que pensábamos era que pudiéramos seguir viviendo a la semana siguiente, que existiéramos todavía. Nacimos con esta, no digo humildad, sino con este sentido realista de nuestra poquedad» (p. 1034). Y admitía: «Cuando empecé con aquellos cuatro chavales» del liceo Berchet, «mi último pensamiento era que aquella relación nuestra se extendería por todo el mundo. Eso depende de Dios» (p. 735).

Don Giussani se entregó sin reservas para testimoniar que Cristo es el Señor de la vida y de la historia, que es su iniciativa lo que produce esa realidad nueva dentro del mundo que se llama Iglesia. «Cuando olvidamos que Cristo es la clave de todo», dirá en vísperas de la revolución del 68, «reducimos el cristianismo a cero» (p. 409). Por eso luchó siempre contra la reducción intelectualista, asociacionista y moralista de la experiencia cristiana —ante todo de la misma realidad del movimiento, GS primero y CL después— a una forma cristalizada y estática, a un conjunto de definiciones abstractas y a un producto del esfuerzo humano. Por eso afirmaba: «De toda mi experiencia creo poder testimoniar delante del Señor que lo único puro ha sido el inicio, y el inicio continuo, cada día, de lo que el Señor me ha sugerido que hiciera. Y lo que el Señor me sugería hacer es un intento y una humilde interpretación, contento solamente de poder dar gloria al Señor, de todo lo que se ha hecho y de lo que ha sucedido». (cf. p. 1014) Y también: «La mayor alegría y, a la vez, la mayor dificultad en la guía de un pueblo está en pedir sincera y continuamente a Dios, y por tanto al Espíritu y a la Virgen, luz para la propia inteligencia y fuego ardiente para la propia caridad frente a todos los problemas que surgen en el corazón de cada hombre, ante los acontecimientos que el Misterio de Dios permite que sucedan, problemas que se imponen al corazón y al trabajo de cada uno en el lugar en que se encuentra» (p. 1150).

No es intención mía «encerrar» la vida de don Giussani en las páginas de este libro; más bien deseo poder suscitar en quien lo lea o al menos lo hojee el deseo de conocerle más, a través de lo que él mismo nos ha entregado a todos como herencia suya: «Los textos que dejo y la continuidad ininterrumpida —si Dios quiere— de las personas indicadas como punto de referencia, como interpretación verdadera de lo que ha sucedido en mí» (pp. 1240-1241).

Debo a Julián Carrón la oportunidad de escribir esta biografía de don Giussani. Desde aquella tarde de febrero de 2008, cuando me habló de ello por primera vez, he experimentado humillación por la conciencia de mis límites y, al mismo tiempo, entusiasmo por la perspectiva que se abría ante mí. Ahora, concluido el trabajo, quiero expresarle toda la gratitud de mi corazón por el camino que me ha permitido hacer, siguiendo las huellas de don Giussani. Con él doy las gracias a todos —y son muchísimos— los que me han brindado de diversas formas su ayuda, me han ofrecido contribuciones, sugerencias y correcciones preciosas con una caridad que me asombra siempre.

La noche del Jueves Santo de 2013 recibí un correo electrónico. Quien escribía era Lilia, una amiga médico y madre de familia, a la que había conocido al comienzo del año. Su marido me había escuchado contar algo de mi trabajo sobre la vida de don Giussani y al hablar de ello en casa, su mujer había dicho: «Yo no tengo tiempo para esperar a que salga el libro. Pero si Alberto viniera a cenar...». Esto es lo que me ha escrito dos meses después de aquella noche en familia: «Queridísimo Alberto, estoy aquí en mi ‘celda’ terminando el segundo ciclo de quimioterapia, estoy cansada y sufro a menudo, pero con las indicaciones de don Giuss que me han llegado a través de ti, he obedecido, solo he obedecido y por ahora sigo haciéndolo. Este viático para la enfermedad sigue siendo preciosísimo, y me parece el único camino, junto con la compañía que nos ama, que nos permite vivir el sufrimiento como hombres. Te deseo una feliz Pascua». En la mañana del Domingo de Resurrección se reunió con don Giussani y ahora conoce hasta el fondo el «libro» de su vida. Estas páginas son como una invitación a cenar, como si dijeran: «Lo mejor está por llegar», un ‘mejor’ que don Giussani empezó a escribir con su vida y que todavía no se ha interrumpido.

Notas bibliográficas

1 Oración del ofertorio de la antigua liturgia de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, en el Messale Ambrosiano. Dalla Pasqua all’Avvento, Milán 1942, p. 225; Cf. 1 Cro 29,17.

2 L. Giussani, L’uomo e il suo destino. In cammino, Marietti 1820, Génova 1999, p. 57 (cf. ed. esp.: Id., El hombre y su destino. En camino, Encuentro, Madrid 2003, p. 55).

3 L. Giussani, Cristo è tutto in tutti, supl. Tracce-Litterae communionis, n. 7 (1999), p. 34 (cf. ‘Cristo es todo en todos’, supl. Huellas, 7, 1999, p. 36).

4 J. Carrón, «Non vivo più io, ma Cristo vive in me», supl. Tracce-Litterae communionis, n. 5 (2012), p. 20 (cf. ed. esp. ‘Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí’, supl. Huellas, 6, 2012, p. 21).

5 L. Giussani, La familiarità con Cristo, San Paolo, Cinisello Balsamo, Milán 2008, pp. 107-108 (cf. ed. esp.: Id., La familiaridad con Cristo, Encuentro, Madrid 2014, p. 103).

6 L. Giussani, Qui e ora, 1984-1985, BUR, Milán 2009, pp. 209-210 (ed. esp. en preparación).

7 L. Giussani, La coscienza religiosa nell’ uomo moderno, Chieti 1986, pro manuscripto, p. 15.

8 J. Ratzinger, Dogma e predicazione, Queriniana, Brescia 2005, p. 75.

Para la redacción de este libro he podido utilizar numerosas fuentes editadas e inéditas, estas últimas conservadas principalmente en los archivos propiedad de la Fraternidad de Comunión y Liberación (FCL): el Archivio storico del Movimento di Comunione e Liberazione (AMCL), el Archivio storico don Luigi Giussani (ALG), el patrimonio de grabaciones que se conservan en el fondo Documentación audiovisual y la Colección documentos don Giussani, que desde hace años cuida la Fraternidad para completar la documentación en posesión suya. Una fuente importante han sido también las entrevistas personales realizadas para la redacción de los tres volúmenes sobre la historia del movimiento de CL dirigida por monseñor Massimo Camisasca, hoy custodiadas también por la Fraternidad.

Entre los textos citados hay numerosos pro manuscripto: se trata de publicaciones para uso interno o difusión local, a menudo difícilmente accesibles, que he podido consultar gracias al trabajo de recopilación que ha llevado a cabo la Fraternidad en el curso de los años.

Otros archivos, pertenecientes a entidades diversas o a privados, han proporcionado un material precioso para la reconstrucción biográfica; relaciono a continuación la lista anteponiendo a su forma extensa, para comodidad del lector, la sigla de cada archivo que aparecerá en las notas, cada vez que se utilice:

ACAM

ARCHIVO DE LA CURIA ARZOBISPAL DE MILÁN, Milán

ACPP

ARCHIVO DE LA COMUNIDAD DE LOS SS. PEDRO Y PABLO, La Cascinazza, Buccinasco (Milán)

ADM

ARCHIVO HISTÓRICO DIOCESANO DE MILÁN, Milán

ARCHIVO DE LA FUNDACIÓN MEETING POR LA AMISTAD ENTRE LOS PUEBLOS, Rímini (no ordenado)

AFSJ

ARCHIVO DE LA FRATERNIDAD DE SAN JOSÉ, Milán (ordenado cronológicamente)

ALCB

ARCHIVO DEL LICEO CLÁSICO ESTATAL «GIOVANNI BERCHET», Milán

AMCLE

ARCHIVO DEL MOVIMIENTO DE COMUNIÓN Y LIBERACIÓN EN ESPAÑA, Madrid (no ordenado)

AN

ARCHIVO DE NOMADELFIA, Nomadelfia (ordenado cronológicamente)

AHAEMD

ARCHIVO HISTÓRICO DE LA ASOCIACIÓN ECLESIAL MEMORES DOMINI, Milán (ordenado cronológicamente)

ASCA

ARCHIVO GENERAL DE LAS HERMANAS DE CARIDAD DE LA ASUNCIÓN, Milán (ordenado cronológicamente)

AEEG

ARCHIVO DE LAS ESCUELAS ELEMENTALES «GIULIO GAVAZZI», Desio (Brianza)

AHSV

ARCHIVO HISTÓRICO DEL SEMINARIO DE VENEGONO, Venegono Inferior (Varese)

AUC

ARCHIVO HISTÓRICO DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA DEL SACRO CUORE, Milán

AWCF

ARCHIVO DE LA WILLIAM CONGDON FOUNDATION, Buccinasco (Milán)

CBG

CARTAS BRUNILDE GIUSSANI, Desio (Brianza) CARTAS ELENA TAGLIABUE, Carugo (Como)

CGF

CARTAS GIORGIO FELICIANI, Milán

CLIG

CARTAS LIVIA GIUSSANI, Desio (Brianza)

CLS

CARTAS LUCIA SQUELLERIO, Milán

CARTAS

LUIGI TARDINI, Milán

CARTAS

LUIGI ZAGRA, Milán

CARTAS

MADDALENA KEMENY, Milán

CARTAS

MARINA VALMAGGI, Rímini

CPM

CARTAS PAOLO MANGINI, Buccinasco (Milán)

CARTAS STEFANO ALBERTO, Milán

Por lo que se refiere a las citas de fuentes escritas, tanto inéditas como publicadas, he conservado los criterios redaccionales propios, no uniformándolos a los criterios generales del libro.

Para las transcripciones de grabaciones de voz he mantenido la frescura del tono coloquial del discurso, con intervenciones mínimas para adaptar lo hablado a la forma escrita.

Los entrecomillados que no se refieren a ninguna nota deben considerarse entrevistas y coloquios realizados por el autor expresamente para este volumen.

PRIMERA PARTE

Capítulo 1 «Un padre y una madre dan la vida por su hijo»El nacimiento y la infancia (1922-1933)

Una foto de 1930 muestra al pequeño Giussani —«Gigi» o «Gigetto» para sus familiares— con sandalias, pantalones cortos y camisa blanca, de la mano de su hermanita Livia en un patio. La casa natal existe todavía en la calle General Cantore esquina con el corso Italia (entonces corso Umberto I). Los Giussani vivían en la primera planta, en un piso de tres habitaciones.

La infancia de Luigi Giussani transcurrió en Desio, cerca de Milán, repartiendo su tiempo cada día entre la escuela elemental (que en esa época tenía clases de cincuenta alumnos o más) y las tardes en el gran patio interior de la manzana, con su zona de sombra, y el campo de juego adyacente.

Livia, tres años más joven que él, lo recordará como un niño vivacísimo («No se estaba quieto ni un momento»), que pasaba sus días jugando con las canicas o bien con los soldaditos de plomo que su padre le traía de la cercana Milán, mientras que algunos años más tarde se aficionaría también al juego de las damas.

De su infancia en Desio Livia recuerda un episodio curioso, que solo el paso del tiempo cargará de un profundo significado: su hermano estaba parado delante del portón de su casa con las manos detrás de la espalda y su panza hacia adelante. Pasó un fraile que iba pidiendo limosna y le dijo: «¡O misionero, o millonario!».

Las noches en familia —en una época que distaba años luz de la sociedad del espectáculo— estaban marcadas por el rezo del rosario, el relato de episodios del Evangelio y la lectura. Entre sus libros preferidos, había una pequeña obra de 1883, con sus páginas ya amarillas: Un viaggetto di Gigino, de Eliseo Battaglia, adquirido por su padre o su madre, quizá por el título, que recordaba mucho al diminutivo con el que llamaban a su hijo.

El pequeño Giussani se veía reflejado, pues, en este homónimo suyo cuyo relato escuchaba. El Gigino de la narración tenía también una hermana, Ernestina, y con ella iba a descubrir golondrinas y otros pájaros migratorios. El texto —como sucede en toda la literatura infantil de la época— es en realidad un escrito cargado de contenidos antropológicos y de enseñanzas morales. Y de este modo, entre un relato y otro, el joven Giussani escuchaba frases como esta: «En el hombre la inteligencia domina sobre el instinto», además de conceptos menos genéricos como el siguiente: «Aunque lo que les guía no es la luz divina de la razón en todo su esplendor, es sin embargo cierto que Dios les ha dado a todos estos hermanos nuestros inferiores [los animales, nda], como les llama un gran escritor francés, Michelet, alguna chispa de ella que les guía en sus actividades»1.

En el capítulo que narra un viaje en tren desde Turín a Pisa, el pequeño Giussani oye leer que «Gigino no paraba quieto; corría de una ventanilla a otra [...]. Ernestina y él no paraban ni un momento; pregonaban continuamente a los cuatro vientos: ¿Cómo se llama aquel pueblecito de allí medio oculto entre los olivos? ¿Qué monte es aquel? ¿Qué hace ese? Dirigían a su padre, a su madre, al abuelo, un sinfín de preguntas [...], a decir verdad aquellos dos chiquillos no hacían preguntas tontas, como hacen ciertos niños. Sus preguntas eran siempre sensatas, mostraban el deseo que tenían de aprender, [...] en Gigino eso extrañaba un poco, porque apenas tenía seis años, y estaba siempre inquieto y con una gran vivacidad»2.

La lectura del libro, que hacía su madre, no carecerá de consecuencias. Y así una noche, en un capítulo que contaba que la familia de Gigino estaba pasando el invierno en Pisa, el pequeño Giussani oyó hablar por primera vez de un cierto «Dante Alighieri, el mayor poeta italiano, nacido en Florencia en 1265, [que] inmortalizó en versos divinos el justo, pero tremendo, suplicio del traidor a su patria [el conde Ugolino, nda], reprochando no obstante y con razón a Pisa, a la que llamó oprobio de las gentes, por haber castigado a muerte tan atroz, junto al culpable, a sus hijos y nietos totalmente inocentes»3. Descubierto en tan tierna edad, Dante se convertirá con el tiempo en uno de los autores más queridos para Giussani.

Su padre, Beniamino, estaba obviamente orgulloso de su primogénito. Amante de la justicia y de la libertad, nunca dejaba de recomendarle algo antes de dormirse. El domingo por la tarde, cuando el tiempo lo permitía, llevaba a su familia a tomar un helado en el salón de baile del pueblo. «Para nosotros era algo grande», recuerda Livia, «si se piensa que entonces no había otra cosa». Y Beniamino también amaba la música, la ópera lírica.

Por la noche, su madre hacía también alguna sugerencia a su hijo mientras le arropaba en la cama: «Pensemos en los pobres... pensemos en lo que ha sucedido en Japón, piensa en la guerra que hay en China»4.

Al recordar muchos años después aquellos episodios de su infancia, Giussani comentará: «Mi pobre madre, que siempre vivió en casa, sirviendo a todos, tenía sentido de lo que sucedía en el mundo, tenía un interés por el eco de lo que sucedía que le venía inevitablemente de su fe»5. Y esto, dirá, «es el sentido del mundo que tenía mi madre conforme a su vocación, conforme a su lugar»6.

El nacimiento

Luigi Giovanni Giussani nació el 15 de octubre de 1922 en Desio, municipio de la comarca de Brianza que tenía entonces poco más de cinco mil habitantes (solo en 1925 recibiría el título de «ciudad», al haber obtenido los requisitos necesarios, entre los cuales estaban tener agua potable, gas, baños públicos y calles «derechas»). Muchas veces habló Giussani de su tierra natal: «El presente de un hombre es el cumplimiento de una historia, que con el tiempo conserva lo que vale y abandona lo que no le sirve para su camino. Y así todos mis años en Desio están conmigo, como una gran dote con la que el Señor quiso lanzarme a la aventura de la vida»7.

Su hermana Livia conserva todavía el número de la Domenica del Corriere correspondiente al 15 de octubre de 1922, que compró el padre como recuerdo del nacimiento de su primer hijo. En esa época, Beniamino Giussani era delineante y tallista, mientras que su madre, Angelina Gelosa, era obrera. Su matrimonio se celebró el 20 de octubre de 1921. Los Giussani tendrán cinco hijos, dos varones y tres mujeres: además de Luigi, Livia, nacida en 1925; Brunilde, nacida en 1929, pero muerta al primer año de vida por causa de la difteria; otra hermana que nació en 1932 y que, siguiendo una costumbre de la época, será bautizada a su vez como Brunilde; y finalmente Gaetano, en 1939.

El 19 de octubre de 1922 Giussani recibió el bautismo en la parroquia de los Santos Siro y Materno de manos de don Amedeo Pagani, figura significativa para Desio, del que Giussani recordará su intensa acción de apostolado, haciendo de él casi un precursor de la idea de «movimiento».

Pocos meses antes Desio había dado un Papa a la Iglesia: el 6 de febrero de ese mismo año había sido elegido pontífice Pío XI, en el siglo Achille Ratti (1857-1939), arzobispo de Milán desde septiembre de 1921. La relación entre Pío XI y su ciudad natal fue plenamente reconocida por él, hasta el punto de llamar a Desio «la dulce tierra, donde por gracia infinita de Dios, él [Pío XI] había abierto los ojos un día, no tanto a la luz del sol cuanto a la luz de la fe. [...] La fe y la piedad de sus padres son para Desio una herencia gloriosa, no solamente conservada con cuidado, sino también firme y eficazmente vivida»8.

Semejante visión de la ciudad era más significativa por lo mucho que subrayaba el Pontífice el valor público de la fe: «La religión no es un cajón reservado en el casillero de la vida, [...] a la cual piensan algunos que solo se puede recurrir útilmente en determinadas ocasiones, en determinados días y horas. Por el contrario, la religión ha de abrazar al hombre entero»9.

La tierra natal

En torno a la segunda mitad del siglo XIX la población de Desio se dedicaba mayoritariamente a la agricultura, con algunos grandes terratenientes y muchos modestos campesinos. Pero el escenario cambió de improviso cuando, a partir de 1869, una familia del lugar, los Gavazzi, implantó una industria textil, introduciendo por primera vez en Italia los telares mecánicos y una máquina de quinientos caballos, inaugurada en 1895 en presencia del rey Humberto I y de la reina Margarita. Los Gavazzi se convirtieron pronto en los primeros productores de seda en Italia, los segundos de Europa y los terceros del mundo.

Esto condujo a profundos cambios en la cultura ciudadana, tal como afirma Massimo Brioschi (estudioso local y responsable del archivo histórico de Desio): «La mano de obra que se empleaba sobre todo era casi exclusivamente femenina y de menores: personas que hasta ayer no llevaban a casa una lira ahora estaban en condiciones de ganar algo». Pero ¿en qué condiciones? Había quien pasaba «diez horas en el devanador, lo que quiere decir tener las manos mojadas diez horas en agua muy caliente para devanar los capullos de seda. Niños de ocho a diez años terminan trabajando en la fábrica como si fueran adultos: cuestan menos, están menos cualificados, pero el trabajo en la fábrica no requiere gran experiencia». En segundo lugar, «Desio vino a caracterizarse enseguida por su gran industria, y es la cosa más específicamente desiana en todo el contexto del periodo. Si miramos a sus alrededores, al pensar en Brianza viene enseguida a la mente el artesano en su taller, que hace muebles o cosas de ese género, el pequeño comerciante o la pequeña empresa artesanal; en cambio, en Desio esto no ha sucedido nunca. En Desio tenemos miles de obreros»10. Brioschi no duda en definir a la Desio de comienzos del siglo XX como «una ciudad-taller».

En aquellos años el salario para once horas de trabajo era de una lira y cincuenta, una cifra mísera incluso para esa época dado que, por establecer una comparación, un kilo de pan costaba cincuenta céntimos.

En semejante contexto la propaganda socialista no dejaba de encontrar consensos. Los militantes que llegaban a Desio desde Milán y Monza entablaron una fuerte polémica especialmente con los Gavazzi, vinculados a la Iglesia local (financiaron, entre otras cosas, la construcción de la gran cúpula de la basílica, donde la madre de Giussani iba a misa por la mañana temprano). Gran parte de la clase obrera y trabajadora se adhirió al socialismo, y entre aquellos que compartían sus aspiraciones figuraba también Beniamino, más que sensible a la exigencia de justicia social -como recordó Giussani en muchas ocasiones hablando de su padre-, «que extraía continuamente de su apasionado, juvenil pero persistente seguimiento de la ‘humanidad nueva’ de los Turati y de las Kulischioff, un acento de humanidad conmovedora y -según parecía- más persuasiva»11.

Eran los años de la contraposición entre socialistas y católicos. Estos últimos se movían bajo la guía del coadjutor de la parroquia don Erminio Rovagnati y del histórico párroco don Cesare Mossolini, apoyado por los Gavazzi, y en particular por Egidio, alcalde desde 1883 a 191012. Los boletines parroquiales de la época hablaban de los socialistas como de hombres sin Dios, no creyentes. En las elecciones políticas de 1919 estos últimos obtuvieron la mayoría de los sufragios con 1.267 votos, mientras que los populares alcanzaron 890, los liberales 198 y los combatientes 64. En aquella ocasión el periódico local escribió: «Desio puede llamarse en adelante tierra roja»13.

Sin embargo en la pequeña ciudad la disputa nunca degeneró. Brioschi observa que «en la zona de Desio jamás se produjeron enfrentamientos o persecuciones, ni por una parte ni por la otra. Más aún, había muchísimos que votaban socialista y acudían a la iglesia, iban a misa y participaban en la vida eclesial del pueblo sin demasiados problemas»14.

El pueblo conservaba una religiosidad católica, y todavía a comienzos del siglo XX «solo doscientas personas dejaban de observar el precepto pascual»15.

En la época del nacimiento de Giussani Italia estaba en el punto álgido del conflicto social que, a través del «bienio rojo» y los choques entre fascistas y socialistas, culminará con el ascenso al poder de Benito Mussolini. El verano de 1922 vio la entrada en Desio de los fascistas, como refiere el semanario socialista de la ciudad, Brianza: «Hacia las

22, a pesar de que la subprefectura había dado orden de cerrar las carreteras de acceso a los automóviles que llevaran fascistas, empezaron a entrar automóviles provenientes de Milán cargados de fascistas. Incendio en los talleres Gavazzi. [...] Mientras tanto, los fascistas asaltaron la casa del pueblo pero fueron rechazados»16. No obstante, tal como sucedía con las relaciones entre socialistas y católicos, tampoco en las relaciones con el fascismo pagó Brianza un precio demasiado alto en términos de violencia por su oposición a la penetración fascista: «Se nos ahorró, pero solo por circunstancias afortunadas. Era una zona difícil y de importancia secundaria respecto a Milán, donde los jefes de los camisas negras podían contar con escasísimas simpatías y pocas fuerzas locales»17.

La diócesis ambrosiana acababa de salir del largo episcopado del cardenal Andrea Carlo Ferrari (1894-1921), fallecido un año antes del nacimiento de Luigi Giussani. También esta personalidad religiosa la recuerda Giussani como testimonio ejemplar de una pastoral activa y eficaz. Como dirá el papa Juan Pablo II, el cardenal Ferrari «supo ver los problemas pastorales que planteaban las circunstancias históricas con el ojo del Buen Pastor, indicando el modo de afrontarlos y resolverlos. Él es por tanto un ejemplo de gran actualidad. Consciente de que la ignorancia de los principios esenciales de la fe y de la vida moral exponía a los fieles a la propaganda atea y materialista, organizó una forma de catequesis moderna e incisiva. También renovó el estilo pastoral: inspirándose en el «Buen Pastor», repetía con fuerza que no se debía esperar pasivamente a que los fieles se acercaran a la Iglesia, sino que era indispensable volver a recorrer, como Jesús, las calles y las plazas para salir a su encuentro, hablando su lenguaje. [...] Mérito insigne del cardenal Ferrari fue precisamente el percibir con intuición feliz la urgencia de implicar a los laicos en la vida de la comunidad eclesial, organizando sus fuerzas para una presencia cristiana influyente en la sociedad»18.

Los padres

Las figuras de sus padres marcaron toda la vida de Giussani: «El Señor nos ha dado, a través de nuestros queridísimos padres, una riqueza incomparable, sobreabundante de sentimiento, de finura interior, de apertura de alma, de fuerza para el sacrificio, de sensibilidad profunda por todo lo que sabe a bueno, a gentil»19.

«Somos afortunados, me doy cuenta de ello al conocer a otras familias. Y pienso que verdaderamente no cambiaría la mía por ninguna otra. Porque de nuestra madre hemos recibido la bondad interior (a pesar de que podamos cometer más errores que los demás). Y de papá un poco de inteligencia»20.

Giussani volvía una y otra vez a esta relación constitutiva para explicar, por ejemplo, que la «comunidad» es ante todo una dimensión de la persona. Vale la pena citar por entero el siguiente episodio: «Cuando iba a clase de pequeño, el pensamiento de mi padre y de mi madre lo llenaba todo. Si una tarea iba bien, o si no iba bien, el pensamiento no era la nota insuficiente sino papá y mamá. Me acuerdo de aquella vez que había robado: estaba yendo a la escuela y había un tenderete de castañas delante de la frutería; y yo, empujado por un compañero mío, alargué la mano y me llevé tres. ¡Pero me acuerdo de cómo llegué a la escuela pensando en papá y mamá! Mi padre iba a trabajar a Milán; aquella noche, cuando llegó del trabajo, me llamó enseguida y me dijo: ‘¿Qué has hecho hoy?’. Lo sabía, se ve que el frutero se lo había dicho. Mi padre y mi madre no estaban siempre delante: [su presencia] era como una dimensión del corazón»21. Y en otra ocasión precisó: aquella conciencia, «porque había realizado ese gesto, era más viva de lo habitual. Lo que me dominaba también en el pupitre de la escuela era el pensamiento de mi padre y mi madre. Incluso cuando (por ejemplo) respondía a los puñetazos de un compañero que me desafiaba en el rellano de la escuela. Y lo que me remordía la conciencia no era otra cosa sino aquel pensamiento»22.

Angelina, su madre, pertenecía a la numerosa familia de los Gelosa llamados «Viurit», que provenían del barrio de San Bernardo de Nova Milanese, tres kilómetros al sur de Desio. La sexta de doce hermanos, tras haber concluido la «sexta clase», se empleó como obrera textil en la fábrica Gavazzi. Mientras tanto continuó frecuentando la escuela nocturna. Algunas hermanas eran empleadas, algunos hermanos trabajaban en las fundiciones Falck, en Sesto San Giovanni, y otros eran artesanos.

Desde el día de su boda Angelina dejó el trabajo para dedicarse totalmente a la familia: «Mi pobre madre no hizo cosas grandísimas, pero hizo una realmente grande: cuidó de mi vida y de la de mis herma-

nos»23.

Beniamino, su padre —último de ocho hermanos—, provenía en cambio de una familia de condiciones sociales más acomodadas: en efecto, su padre tenía un taller de forja, y su madre era hija de un maestro de obras. «Los Giussani eran [...] patricios en Desio desde la Edad Media, y la tumba familiar, junto a la de otros nobles locales, encontró en su momento cabida en el convento de San Francisco (año 1639). [...] Beniamino [...] era el menor de una casa donde, gracias al trabajo paterno de herrero y a algunos bienes de la fortuna recibida en dote de su madre, no faltaba de nada»24. Tras servir como cabo en el Piave durante la Primera Guerra Mundial, a su vuelta del frente ya no encontrará a su madre, ni a su hermana ni a un hermano, los tres muertos de gripe española (la fiebre gripal que entre 1918 y 1919 causó la muerte de cincuenta millones de personas en todo el mundo).

Inscrito en el Partido Socialista, fue su secretario local hasta el día de su boda, y quizá a causa de este cargo entró en relación con Anna Kulischioff (1855-1925): joven médico de familia judía, anarquista y revolucionaria rusa, pero sobre todo miembro fundador del Partido Socialista italiano, compañera de Andrea Costa25 y posteriormente de Filippo Turati26. De la unión con Costa nació en 1881 Andreina, que se casaría con uno de los Gavazzi y se convertiría con tal motivo al catolicismo.

Anna Kulischioff

Pero ¿quiénes eran exactamente Anna y Andreina? Descubrirlo reviste un significado particular para comprender una de las raíces culturales que influirán en Giussani.

El 8 de enero de 1899 Anna Kulischioff enviaba a su hija un libro publicado en Milán hacía pocos años con esta dedicatoria: «A mi querida Ninina, leído en la cárcel pensando en ella y con el deseo de que las imitaciones de Cristo le sirvan de consuelo. Mamá». El texto era, claro está, la Imitación de Cristo, en el que había subrayado una frase con lápiz azul: «Si alguno quiere seguirme niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame»27. Al día siguiente, 9 de enero, escribía a su hija: «Recuerda siempre que las incomodidades, las privaciones y las dificultades son para hacernos más fuertes y resistentes en la vida y en los momentos difíciles de nuestra existencia. Diré como los creyentes: Dios nos las manda para ponernos a prueba. Todo consiste en saber y en poder salir triunfantes de esta prueba».

El 27 de marzo de 1904, poco antes de la boda de Andreina, Anna Kulischioff escribía a Andrea Costa una larga carta para apoyar la conversión de su hija al catolicismo. Este documento revela también el clima cultural de la época: «Mi querido Andreino, sí, tienes razón, produce gran melancolía tener que convencerse de que nosotros no somos nuestros hijos, y de que ellos quieren hacer su vida. [...] Ella nunca fue socialista ni increyente; en el 98 hizo votos a la Virgen para que yo no fuera condenada [...]. Un pensamiento la atormentaba porque me quiere mucho: que yo hubiera podido sufrir si celebraba una boda religiosa. [...] Pues bien, una tarde hablamos de ello [...] y yo [...] le dije que por mi parte odiaba todas las formalidades del matrimonio, pero que en verdad me repugnaba más el acto comercial del matrimonio civil, porque en el matrimonio religioso, por un momento al menos, se tiene la sensación poética de la fusión de las almas. [...] Por otra parte, como socialistas buenos y convencidos, debemos respetar también la voluntad y la individualidad de nuestros hijos, [...] así como me parece sectario, y me parece primitivo, el sentimiento de los padres que quieren ejercer presión sobre el ánimo de sus hijos. [...] Debemos obrar por su felicidad, aunque sea bendecida también por el sacerdote; estoy igualmente contenta por ello. Te abrazo de corazón. No me quieras mal, soy menos mala de lo que crees»28.

Y en otra ocasión (9 de julio de 1907) Anna Kulischioff confiaba a Costa: «Desde que Ninetta [...] ha encontrado el afecto de un joven [Luigi Gavazzi, nda] bueno, afectuoso, trabajador, y está rodeada de una familia, particularmente modelo, que la quiere como a una hija propia, te aseguro que mi alma se ha serenado. No deseo y no espero ya nada en mi vida, moriré serena en la esperanza de que la vida de nuestra hija transcurra plena y alegre. [...] Y yo, que creo en el más allá, quizá en el fondo asista de lejos a todos vuestros asuntos»29.

A partir de la boda de su hija, Anna Kulischioff iba de vez en cuando a Desio para pasar algunos días con ella y luego a Sanremo, cuando su yerno se trasladó a Liguria para curarse de una nefritis que le llevará a morir. Poco tiempo después del fallecimiento de su marido, Luigi Gavazzi, Andreina escribía así a su madre, en respuesta a la admiración que esta experimentaba por el hecho de que a su alma hubiera descendido «una luz que calienta y conforta»: «Querida, querida mamaíta, me preguntas cómo ha brotado la luz interior que me ilumina. Nada nuevo, no es otra cosa que el camino de la fe, lo que la fe hace en un alma que ha tenido la gracia inconmensurable de verse tocada por ella, no superficialmente sino profundamente. ¡No hay otra cosa! [...] No hace falta indagar en la voluntad suprema; aceptar, aceptar con grandeza de ánimo, y la ayuda viene. Jesús no nos quita los dolores, no se los quitó ni siquiera a sí mismo y podía hacerlo, Él nos da la fuerza para soportarlos... Oh, cómo querría poder contagiar a todos esta fe mía tan segura, todos serían felices, en cualquier contingencia. [...] Y otra gran aspiración que tengo, pero es demasiado grande, ¿la adivinas? Que tengas tú también un día la gracia de esta luz mía, como la llamas tú [...] Querida, querida mamaíta mía, no sé cómo encuentro el coraje para decirte estas cosas»30. Y el 15 de julio de 1917, el día después de la muerte de su marido, anotaba en su diario que la conversión de su madre sería para ella «un milagro más grande que la resurrección de Lázaro. Estoy convencida de que mi madre es en su alma más cristiana que muchos que van a la iglesia y rezan, pero me parece imposible que pueda abandonar todos sus antiguos ideales para seguir uno nuevo, aunque sea el único, verdadero y santo»31.

De la muerte de su madre, el 29 de diciembre de 1925, Andreina relataba «el gemido que la había sacudido, el ‘Dios, Dios, Dios’ que murmuraron los labios de la agonizante»32.

Y cuando Filippo Turati, su padrastro, murió en el exilio de París, el 30 de marzo de 1932, Andreina escribía a su hijo Egidio (que era novicio benedictino en Parma) que ella había llegado cuando ya había fallecido: «Todas nuestras esperanzas de poder llegar a hacer algo por su alma se han esfumado, pero nos queda la certeza de que el Señor ve y pesa todo y con su infinita misericordia juzgará a este querido nuestro que ha gastado toda su vida por los demás»33.

Anna Kulischioff y su hija Andreina ejercieron cierta influencia en la familia Giussani, y suscitaron respectivamente la admiración de Beniamino Giussani y el afecto de Angelina Gelosa. De la hija de Anna Kulischioff recordaba Giussani: «Conocía a mi madre, y cuando yo era pequeño me quería mucho»34. El intermediario del encuentro de Andreina con los

Giussani fue con toda probabilidad el párroco de Desio, que debió de hablarle de aquel joven que prometía en sus estudios, pero que necesitaba ayuda material.

Y así, el futuro de Giussani es deudor de un «enlace matrimonial de lo más singular, el de Luigi Gavazzi, hijo de patronos, de ‘sciuri’ catolicísimos, y de Andreina, hija de revolucionarios. [...] Años y años después, será Andreina Gavazzi Costa Kulischioff quien ‘preste ayuda a don Luigi Giussani para los estudios en el seminario’»35. En efecto, ella será la que contribuya al pago de la mensualidad en el seminario, en un momento de grave dificultad económica para la familia.