Luis Simarro - Heliodoro Carpintero Capell - E-Book

Luis Simarro E-Book

Heliodoro Carpintero Capell

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Beschreibung

Primer catedrático de Psicología de la Universidad española, el profesor Luis Simarro, protagonista del collage biográfico que se nos presenta en estas páginas, fue un hombre intensamente comprometido con la compleja realidad social de finales del siglo XIX y principios del XX. Este libro ofrece un retrato meticuloso del médico valenciano: científico renovador, intelectual progresista y próximo a la Institución Libre de Enseñanza. Simarro se nos muestra como una figura caleidoscópica, europeísta, honesta y de enorme influencia en la ciencia y en los círculos intelectuales de su época a través de su intensa actividad social y docente, así como de su importante aunque no muy extensa producción impresa.

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Seitenzahl: 479

Veröffentlichungsjahr: 2014

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LUIS SIMARRO

DE LA PSICOLOGÍA CIENTÍFICA

AL COMPROMISO ÉTICO

LUIS SIMARRO

DE LA PSICOLOGÍA CIENTÍFICA

AL COMPROMISO ÉTICO

Helio Carpintero

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.

© Del texto: Helio Carpintero, 2014

© De esta edición: Universitat de València, 2014

Coordinación editorial: Maite Simón

Maquetación: Inmaculada Mesa

Cubierta:

Ilustración: Joaquín Sorolla, Una investigación, óleo sobre lienzo, 122 × 151 cm.

Firmado: J. Sorolla Bastida, 1897. Museo Sorolla, n.º inv. 417

Diseño: Celso Hernández de la Figuera

Corrección: Communico C. B.

ISBN: 978-84-370-9355-0

Edición digital

ÍNDICE

PRÓLOGO de Rubén Ardila

AGRADECIMIENTOS

1. LA FORMACIÓN DE UN REBELDE

Introducción

Estudiante y conferenciante

La conferencia sobre la ciencia de 1872

Hacia una medicina social

El entorno médico

2. EL DESPEGUE DE LAS TRAYECTORIAS

Su doctorado en Medicina

La memoria de tesis

Su contexto intelectual

Organismo y medio

El evolucionismo

El modelo de la piel

Los trabajos de un joven médico

La Institución Libre de Enseñanza

El Ateneo de Madrid

El científico Simarro. Sus primeras ideas sobre el sistema nervioso

3. LA SEGUNDA NAVEGACIÓN

Una estancia de estudios en París

Los nuevos maestros parisinos

De nuevo en Madrid

El Museo Pedagógico Nacional

Informando a los tribunales

Un intermedio sentimental

4. DE LA CÁTEDRA A LA POLÍTICA

I. DE LA CÁTEDRA…

Simarro y Cajal

El caso Ferrán. Polémicas sobre la vacuna

Catedrático de Psicología

Los temas psicológicos de su oposición

El curso del Ateneo

El curso de 1905 y los apuntes de Viqueira

Conclusión

II. … A LA POLÍTICA

Un científico en la sociedad

La ciencia y la sociedad. La conferencia de 1903

Las ideas de Simarro

Su visión de Estados Unidos

Conclusión

III.

Dialogando con Hispanoamérica

5. CIUDADANO CRÍTICO ANTE EL PROCESO FERRER

Introducción

El estudio del proceso Ferrer

Ferrer y la Semana Trágica

El contexto

El problema del proceso

El proyecto del intelectual europeísta comprometido

El trabajo de Simarro

El volumen editado

El libro que escribe Simarro

El tema político

El libro psicológico

Un modelo de acción

La trama conceptual

El sentido de la obra

Consecuencias

6. CIUDADANO COMPROMETIDO SOCIALMENTE

Hermano de la masonería

Liga para la Defensa de los Derechos del Hombre

La Junta para Ampliación de Estudios

Otras empresas culturales

Trabajos sobre locura y delincuencia. Manicomios. La Escuela de Criminología

Conclusión

7. LA OBRA DE MADUREZ

Prólogo a la obra de Ziehen

Los problemas de las localizaciones cerebrales

Algunas andanzas de un candidato a diputado

Las andanzas de la cátedra

Los colaboradores del profesor

8. AMIGOS Y DISCÍPULOS

Francisco Giner, amigo y maestro

La amistad con Joaquín Sorolla

La amistad con Juan Ramón Jiménez

9. EN LA RECTA FINAL

Apoyo a las reivindicaciones sociales

Simarro y la Rusia soviética (1919)

Un peritaje nobiliario

Relaciones con Unamuno. El apoyo en 1920

El declive vital

¿Quién era el doctor Simarro?

BIBLIOGRAFÍA

PRÓLOGO

El profesor Dr. Helio Carpintero ha escrito un libro que tendrá gran influencia en España, en Iberoamérica, en la historia de la psicología en el contexto internacional y en la historia de la cultura. Es un análisis de la vida, la obra, la época y el ambiente sociocultural de Luis Simarro (1851-1921), que fue el primer catedrático de Psicología en España. El presente libro, Luis Simarro. De la psicología científica al compromiso ético, es un trabajo muy bien documentado, con descripciones y análisis críticos que demuestran la gran erudición del profesor Helio Carpintero y su profundo conocimiento de Luis Simarro y de los orígenes de la psicología en España. El Dr. Carpintero había publicado otros trabajos sobre este destacado pionero de la psicología española y lo incluye en un lugar muy destacado en su obra sobre Historia de la Psicología en España (1994), como era de esperar.

Simarro fue un hombre que tuvo una vida muy variada y pintoresca. Hijo de un destacado pintor español, nació en Roma. Quedó huérfano de padre y madre a los tres años, y fue criado por un tío en España. Estudió Medicina en la Universidad de Valencia en 1868, en una época de grandes transformaciones políticas, cuando las ideas del evolucionismo (o «transformismo» como se decía en ese tiempo) estaban en el aire y causaban innumerables controversias con la Iglesia católica y con el estamento político. Simarro se alió con el nuevo espíritu de los tiempos; fue un joven rebelde, que se opuso al fundamentalismo religioso, político y social. Estas ideas progresistas, de avanzada y revolucionarias, eran muy mal recibidas en la España de las últimas décadas del siglo XIX. En esos tiempos de gran efervescencia intelectual, los temas de las relaciones entre religión y ciencia, entre mente y cerebro, la frenología, el problema de las localizaciones cerebrales, eran muy centrales entre los científicos españoles y los filósofos, e influían en la educación y en la política.

El joven Simarro tuvo serias polémicas conceptuales con uno de sus profesores de Medicina de la Universidad de Valencia; a consecuencia de ello tuvo que dejar la Facultad y viajó a Madrid para terminar su carrera. Se graduó en 1873 y se doctoró en 1875, especializándose en neuropsiquiatría y mostrando desde temprano un gran interés por la psicología experimental y la psicología fisiológica. En Madrid trabajó mucho, estudió de manera autodidacta, discutió, creó polémicas y tuvo una exitosa labor profesional. Los centros culturales más importantes de la época eran el Ateneo de Madrid, la Institución Libre de Enseñanza y, en el caso específico de la medicina, la Escuela Práctica Libre de Medicina y Cirugía. Simarro trabajó en varias instituciones y fue director del Manicomio Santa Isabel de Leganés de Madrid. Allí se repitió la historia de los conflictos que había tenido previamente en la Universidad de Valencia por asuntos científicos y religiosos y, tras desavenencias con las autoridades eclesiásticas de la institución, renunció en 1879.

España estaba en un periodo de ebullición intelectual muy importante, pero todavía se encontraba relativamente aislada del resto de Europa, y el joven Luis Simarro consideró que era importante viajar a la «Meca del conocimiento», a París, la Ciudad de la Luz, para seguir progresando en su instrucción. Sus conocimientos de histología, evolución y neuropsiquiatría habían avanzado mucho en este lustro, pero consideraba que tenía mucho que aprender.

Entre 1880 y 1885 residió en París, dedicado a leer, asistir a conferencias, tomar cursos, reunirse con algunos de los principales intelectuales de la gran ciudad –entre ellos varios destacados exilados españoles– y aprendiendo mucho. Escribió unos pocos trabajos, aunque, en general, no puede decirse que Luis Simarro fuera un escritor tan prolífico como podría esperarse. Era un joven muy crítico con sus conocimientos, muy exigente consigo mismo y muy deseoso de saber y de hacer aportaciones a la ciencia, en su caso a la neurofisiología. En París se vinculó con la Salpêtrière, conoció a Charcot y entró en contacto con los altos círculos de la ciencia médica de la época.

En Francia llegó a la conclusión, como lo había hecho anteriormente en España, de que los libros, las autopsias de cadáveres y demás procesos de la medicina, no bastaban para encontrar respuestas a los problemas de la investigación biomédica. Era preciso organizar laboratorios, gabinetes de experimentación, un poco en la dirección de la psicología experimental alemana que comenzaba a surgir en esa época con Wundt, Fechner, Weber, Helmholtz y otras «luminarias» de la ciencia.

París era el centro mundial de la cultura, de la ciencia y de todas las manifestaciones del intelecto humano. No solo Charcot, sino también Victor Hugo, los principales pintores, escritores, científicos, brillaban con luz propia en la Ciudad de la Luz. Luis Simarro pasó en ese ambiente intelectual un importante periodo de su vida, entre los 30 y los 35 años de edad. Regresó a Madrid con nuevos conocimientos, nuevos planes y nuevas incógnitas por resolver.

En Madrid se estableció y tuvo éxito como médico, psiquiatra e investigador. En su casa fundó un laboratorio y reunió una enorme biblioteca con temas de ciencia, filosofía, cultura y política que compartía con amigos, colegas y estudiantes. Se convirtió en un centro de irradiación cultural para médicos, científicos y filósofos. En 1887, a los 36 años de edad, se casó, a una edad que resultaba un poco tardía para la época. Su matrimonio terminó cuando murió su esposa, en 1903, lo cual fue un trauma de gran intensidad para Simarro.

Las actividades políticas ocuparon gran parte de sus energías y de su tiempo. Se involucró en las luchas sociales, en la defensa de los derechos, en la Institución Libre de Enseñanza, que tenía una orientación claramente europeizante, y en el reformismo social.

El llamado «Proceso Ferrer Guardia» fue uno de los asuntos en los que más se involucró y dio origen a su único libro publicado, El proceso Ferrer y la opinión europea. Luis Simarro escribió poco, solamente una docena de artículos científicos y este libro de carácter político. Su obra escrita es bastante magra, como señala Helio Carpintero. Sus alumnos afirman que hablaba mucho, pero escribía muy poco, y su gran influencia se produjo a través de sus conferencias universitarias, sus intervenciones de carácter político, social, de justicia y reivindicación, en una época turbulenta tanto en España como en otras naciones europeas.

Simarro perteneció a la masonería, que había sido un movimiento importante en el pensamiento liberal desde el siglo XVIII y que propugnaba la hermandad entre sus miembros. A esta pertenecieron también destacadas figuras del mundo político y social. En la masonería Luis Simarro alcanzó el grado 33 y fue el Gran Maestre y Presidente del Gran Consejo de la Orden hasta su muerte, acaecida en el año 1921.

Su trabajo científico continuó al lado de figuras destacadas de la ciencia de la época, entre ellas Santiago Ramón y Cajal, a quien mostró el método Golgi, de gran importancia en histología. Simarro defendió el darwinismo y el evolucionismo y estuvo de acuerdo con la afirmación de que «Toda acción del sistema nervioso puede considerarse como una suma de actos reflejos simples». La psicología tenía un claro sustrato fisiológico, de arcos reflejos, sinapsis y uniones neuronales (en la dirección de Cajal). Las polémicas con la Iglesia católica continuaron a lo largo de toda su vida y lo mismo su acción política y su preocupación europeísta.

La Cátedra de Psicología Experimental la obtuvo por oposición en 1902, en la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Madrid. Fue la primera cátedra propiamente de Psicología que se organizaba en España. Una preocupación de Simarro fue organizar un laboratorio de psicología experimental, labor que encontró muchos obstáculos, tardó muchos años y tuvo un éxito limitado. El laboratorio que tenía en su casa cumplió esta función durante mucho tiempo. En la cátedra de Psicología Experimental, Simarro utilizó el libro de Wundt Compendio de psicología, traducido al español, y más tarde el libro Compendio de psicología fisiológica de Ziehen. A este último le escribió un prólogo.

Simarro trabajó como perito forense y se preocupó por la psicología jurídica, implicándose en complicados procesos. Siempre defendió la perspectiva científica, la justicia social, los derechos humanos, las ideas modernas («europeizantes») y la educación progresista. Fue amigo de Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, los principales científicos españoles de la época, admirador de Estados Unidos (y también de la Rusia soviética…) y colaborador de varios pensadores hispanoamericanos.

Para este destacado español, sus intereses investigativos y sus compromisos políticos (la llamada «cosa pública») entraron en conflicto en lo que se refiere a tiempo y energías. Fue un verdadero «testigo de su tiempo», un hombre de ciencia, gran investigador, gran pensador y profundamente involucrado en la España de las últimas décadas del siglo XIX y primeras del siglo XX, época de enormes transformaciones en la sociedad, la política, la ciencia y la psicología.

El presente libro es el análisis de la obra de un gran científico y un hombre comprometido con su tiempo. Es también la descripción crítica de una época de gran importancia en la historia de Europa, la sociedad española, la descripción de los orígenes de la nueva ciencia psicológica y su inserción en ese país: los avatares del evolucionismo de Darwin, Haeckel y Spencer, las polémicas acerca de las localizaciones cerebrales de las funciones psicológicas y, como telón de fondo, una civilización que cambiaba a grandes saltos y que iba a producir enormes conflagraciones en el nuevo siglo.

Todo esto va narrado con la pluma magistral de Helio Carpintero, lo cual hace que el libro sea un placer de leer.

RUBÉN ARDILAUniversidad Nacional de Colombia

AGRADECIMIENTOS

Este libro es el resultado de una larga serie de estudios precedentes en los que he venido trabajando ya desde hace años. Debe mucho a algunos colegas, varios de ellos compañeros míos en la Sociedad Española de Historia de la Psicología, en cuyas reuniones ciertos temas fueron presentados, y se enriquecieron con las críticas de aquellos.

En particular, debo mencionar a Javier Campos, que ha venido cuidando del legado de Simarro en la Universidad Complutense de Madrid. Junto con él y con Javier Bandrés dediqué muchas horas a preparar una exposición consagrada a la obra y la persona de Simarro, en 2002, celebrada en la Universidad Complutense primero y luego en la Universitat de València.

También ha sido muy enriquecedora para mí la colaboración con Emilio García, con quien edité la tesis de Simarro y publiqué algunos artículos, también en 2002, en la Revista de Psicología General y Aplicada, así como en la Revista de Historia de la Psicología. Estos me han servido de base para las consideraciones que dedico al tema aquí.

Mi gratitud también a Antonio Heredia, de la Universidad de Salamanca, y a Consuelo Luca de Tena, directora del Museo Sorolla de Madrid, a los que debo el haber podido disponer de las correspondencias con Unamuno y con Sorolla, al tiempo que he de agradecer muy de veras a Javier Fernández, director de la Biblioteca de la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense, las facilidades que me proporcionó para acceder a la documentación de Simarro que allí se guarda. Y no debo dejar de mencionar a Pablo Ramírez, director de la Biblioteca de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de Madrid, por sus muchas gestiones para facilitar mi conocimiento de artículos y obras de difícil localización.

Mi agradecimiento, en fin, a la Universitat de València, y su Servei de Publicacions, que ha querido incorporar este libro a su catálogo. Mi deuda con esta universidad y sus miembros no ha dejado de crecer desde que llegué a ella como profesor en 1971, y a la que, desde la distancia, he seguido vinculado con la memoria y el afecto.

Madrid, diciembre de 2013

Capítulo 1

LA FORMACIÓN DE UN REBELDE

INTRODUCCIÓN

Don Luis Simarro Lacabra, como luego sería conocido, vino al mundo en Roma, el 6 de noviembre de 1851, cuando el siglo iniciaba la andadura de su segunda mitad.

Eran tiempos revueltos. La revolución de 1848 puso en cuestión los gobiernos liberales europeos. Las barricadas revolucionarias levantadas con gran violencia en París dieron al traste con la monarquía de Luis Felipe, mientras corrían vientos de socialismo revolucionario por el mundo europeo. En aquellos días, dos jóvenes alemanes que iban a tener una larga influencia en la historia, Karl Marx y Friedrich Engels, dieron expresión a los nuevos sentimientos, al tiempo que lo dejaban claro en las primeras líneas de su Manifiesto comunista. Decían allí: «Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las potencias de la vieja Europa se han unido en una santa alianza para acorralar a ese fantasma…». Al tiempo que se extendía por el mundo occidental aquel dichoso fantasma, que aspiraba a promover un gran movimiento internacional, surgieron también vientos de nacionalismo impulsados por otros grupos, sobre todo en Italia y Alemania, que buscaban establecer como naciones unos países fragmentados que aspiraban a unificarse con todas sus energías.

De esa agitación no se libró la ciudad de Roma, que era entonces el centro de los Estados Pontificios. Allí, el papa Pio IX tenía su reino temporal, además de su trono espiritual. Italia se hallaba dividida en pequeños estados fuertemente controlados por el emperador de Austria, mientras se iba dejando sentir la pasión por unificar el país. Un sardo, el rey Carlos Alberto de Sicilia, diría con confianza: «Italia fará da se» –‘Italia sabrá cuidarse sola’–, y tras él, su hijo, Victor Manuel II, llegaría unos años después a coronarse como rey de Italia, derrotando al Imperio y al Papado, y culminando el proceso de integración.

Con todo, hacia 1850 Roma era el centro espiritual de Italia, y en gran medida también lo era del arte de la época. Tras el imperio del rigor neoclásico, habían surgido nuevos fervores románticos. Frente al intento napoleónico de un imperio universal, crecieron los deseos de escapar a la uniformidad y exaltar la propia tierra, las tradiciones locales, los cuadros de historia, los paisajes llenos de sentimiento y pasión por la naturaleza, y el cultivo del retrato personal.

Ramón Simarro, un valenciano atraído como muchos otros por la fama artística del mundo romano, se había trasladado allí para ampliar estudios de pintura. Al parecer, iba becado para enriquecer la iconografía valenciana pintando los retratos de los dos papas Borja, o Borgia, nacidos en Xàtiva –patria también del propio pintor–: Calixto III, o Alonso de Borja, y Alejandro VI, o Rodrigo de Borja, dos figuras centrales de la historia del siglo XVI. En su estancia en aquel centro mundial del arte se encontró con artistas e hizo amistades, entre otras con uno de los hijos del notable pintor neoclásico José de Madrazo. Se trataba de Luis, pintor, que era hermano de Federico; este último llegaría a ser el gran retratista del reinado de Isabel II.

Ramón ha dejado dibujos en los que traza con finura los retratos de su mujer, también valenciana, Cecilia Lacabra, y de su hijo Luis. Ella posa con el peinado de rodetes típicamente valenciano, sentada, envuelta en un chal y con un abanico en la mano; el hijo, que aún no ha cumplido un año, se cubre con un gorro la cabeza y mira tranquilo hacia uno de los lados. Así que, junto a la pintura oficial histórica, cultivaba sin duda otra centrada en los apuntes del natural, ágiles y precisos, con los cuales reflejaba el mundo afectivo que le rodeaba. Con los pinceles debió de lograr cierta aceptación y reconocimiento. Se sabe que algún cuadro religioso suyo figuraba en la iglesia parroquial de Enguera (Valencia), junto a algún otro de Vicente López (Tormo, 1923: 217), y también fueron suyos los techos del Teatro Principal de Valencia, luego destruidos durante la Guerra Civil española (Vidal, 2007: 21).

El Romanticismo, se dijo, no era sino el liberalismo en poesía. Los artistas, como Ramón, nacidos hacia 1820 sentían sin duda la llamada del Romanticismo. Sin embargo, en un país como España, en el que Fernando VII gobernaba con mano dura, se ponían trabas a toda expresión de libertad. En tales circunstancias, muchos pensaron que era preferible atenerse a la pintura histórica para no tener problemas, y hubo que esperar a la muerte del rey para que los nuevos temas comenzaran a circular. Pero en el caso de Ramón el drama vino de otro lado, vino de su mala salud.

Enfermó, como tantos otros artistas de la época, de tuberculosis. Entonces, su mujer y su hijo retornaron a España para recibir el apoyo protector de la familia con que hacer frente a la nueva situación. Algún tiempo después se reunió con ellos el padre. Pero aquello no duró. En mayo de 1855, antes de que el niño tuviera cuatro años, el padre, a los treinta y tres años de edad, falleció a resultas de su enfermedad. Lo que luego sucedió lo discuten los biógrafos, pero, según varias de las fuentes que se conocen, parece que la madre, al día siguiente de la muerte del marido, envolvió al niño en su chal, y con él en los brazos, se lanzó al vacio por un balcón de su casa, deseosa de reunirse con el marido en el otro mundo. Ella tal vez lo logró, pues falleció a consecuencia del golpe. Por su parte, el niño quedó vivo aunque maltrecho, y desde aquel momento vino a tener una leve cojera que le acompañó de por vida. Así lo cuenta, entre otros, Juan Vicente Viqueira, uno de sus discípulos próximos, que dejó de él interesantes recuerdos (Viqueira, 1930: 52) y que confirma el suceso.

De este modo, en 1855, quedó convertido en un huérfano solitario. Los apoyos familiares fueron limitados. Habría de aprender a valerse por sí mismo y a aceptar las ayudas de los demás, aunque su orgullo personal sufriera con ello.

Tuvo primero que vivir con unos tíos en la ciudad de Xàtiva. Llena de historia, con castillo y una noble colegiata, antiguas iglesias y palacios, Xàtiva era cuna de papas, y también de artistas grandes, como Jusepe de Ribera, el Españoleto, el que fuera, según Lafuente Ferrari, «el verdadero orientador de la pintura española del siglo XVII» (Lafuente Ferrari, 1953: 255). Durante el siglo XVIII la ciudad vio cambiado su nombre por el de San Felipe, como consecuencia de su derrota en la Guerra de Sucesión tras la muerte de Carlos II, pero en las Cortes de Cádiz pudo recuperar el antiguo de Xàtiva. Rica en agua, con numerosas fuentes, una con veinticinco caños, cultivaba y regaba una espléndida huerta, base de su economía.

Allí, el niño hubo de recibir su primera formación. Al parecer, ingresó en el Colegio de Damas Nobles, que mantenía una actividad educadora, donde pronto dio muestras de unas excepcionales condiciones para el estudio y atrajo la atención de sus maestros.

Los estudios secundarios los realizó en Valencia. Allí ingresó, en 1866, en un nuevo internado, el Colegio de San Pablo, que había sido vinculado al Instituto General y Técnico, creado pocos años antes en la capital e instalado luego en los locales de lo que antes había sido colegio jesuítico, siendo por aquellos días su director Vicente Boix, quien se convirtió en su nuevo protector.

Boix (1813-1880) era espíritu inquieto, escritor y erudito, y estaba muy interesado por la cultura y la política. Procedía de una familia modesta. Había sido escolapio, pero luego, cuando se suprimieron las órdenes religiosas, y entre ellas la suya (1836), orientó su vida hacia el periodismo y la enseñanza. Le inspiraba un fuerte radicalismo político, y dedicó gran parte de su esfuerzo a la historia valenciana, al estudio de sus fueros y a su literatura, impulsando el naciente valencianismo romántico, que animó y dio vida al renacimiento cultural o Renaixença. Firmaba sus escritos como «lo Trobador del Turia» (‘el trovador del Turia’), y publicó notables estudios de historia, así como novelas también de tema histórico. Este interés por la historia y la cultura dejó probablemente una huella consistente en el espíritu de su joven discípulo.

No fueron pacíficos estos cambios. En la España isabelina, al tiempo que crecía la economía, había una fuerte inestabilidad social y política, y a las tensiones entre moderados y progresistas se vino luego a unir el naciente conflicto en el norte de África, donde fueron atacadas las plazas de soberanía española allí establecidas –Tetuán, Ceuta, Melilla…–, conflicto que iba a tener largas consecuencias en el tiempo posterior. Se fue agudizando la crisis en la que Valle-Inclán llamara «la corte de los milagros», donde la monja Sor Patrocinio y el confesor de la reina, San Antonio M. Claret, ejercían una profunda influencia sobre la reina. En 1868 se produjo la Revolución de Septiembre, o «septembrina», que puso término al reinado. Isabel II abandonó el país.

Se desataron con fuerza los vientos republicanos de reforma, libertad y democracia. «¡Viva la libertad! ¡Viva la soberanía nacional! ¡Abajo los Borbones!». Con tales gritos termina la proclama que dirigió la Junta revolucionaria superior de la provincia al pueblo de Valencia, y que fue publicada el 29 de septiembre de 1868 (Bozal, 1968: 87). Los revolucionarios, entre otras cosas, cerraron el Colegio de San Pablo y expulsaron a los internos, sin duda como medida democratizante. Simarro había terminado su bachillerato en 1867 y se encontró ahora en la calle. Hubo de acogerse a la generosidad, primero del conserje del centro, y luego de un caballero, Jaime Banús Castellví, que le ofreció su casa y después le buscó un colegio donde dar unas clases y empezar a ganar algún dinero. El joven bachiller se vio así envuelto en el vendaval del cambio de régimen hacia una democracia, por el que habían trabajado muchos espíritus radicales y soñadores.

La Junta revolucionaria, encabezada por Josep Peris i Valero (1821-1877), recibió en la ciudad al general Prim a principios de octubre de ese año. Mientras muchos buscaban una nueva monarquía democrática que ocupara el trono vacante, otros procuraban favorecer la llegada de una república que pusiera fin a los abusos y corruptelas que habían abundado en la vida de la corte. La agitación no cesó. En septiembre de 1869, un año después de la caída de los Borbones, el Gobierno provisional del general Serrano trató de disolver las Milicias Nacionales a fin de consolidar el poder central. Las Milicias habían llegado a reunir un poder considerable y en muchos lugares se sublevaron buscando su permanencia.

En Valencia, las calles de la ciudad se vieron envueltas en una batalla campal entre milicianos republicanos que pretendían forzar el cambio y las tropas del ejército, que buscaba imponer el orden de acuerdo con el Gobierno. Simarro aparece como uno de los jóvenes dirigentes de la juventud republicana, y debió de participar muy activamente en todo el episodio de agitación ciudadana. Con clases y conferencias animó la actividad popular de las gentes republicanas. Eduardo Pérez Pujol, rector de la Universidad y una de las figuras que luego se integraría desde su creación en 1876 en el amplio grupo de impulsores de la Institución Libre de Enseñanza, le nombró tesorero de la Junta revolucionaria. Desde esta época se fueron consolidando las convicciones políticas de republicanismo y democracia que luego le caracterizarían, al tiempo que su personalidad se afirmaba y distinguía con un perfil propio.

La construcción de un nuevo régimen no gozó de la calma que hubiera posibilitado la edificación de un nuevo marco político sólido. Un gobierno provisional, con figuras como Práxedes Sagasta, Manuel Ruiz Zorrilla y Laureano Figuerola, reunió Cortes y buscó entre personalidades de las dinastías europeas de la época a un rey que pudiera venir a ocupar el trono hispano vacante. Creyeron hallarlo en el príncipe italiano don Amadeo de Saboya (1845-1890), hijo segundo del rey de Italia, Victor Manuel II. Su nombre obtuvo el apoyo mayoritario de las Cortes, que votaron entre los distintos candidatos. El nuevo monarca iba a tener en contra a los republicanos, federales y no federales, a los alfonsinos, partidarios de don Alfonso, el hijo de Isabel II, a los partidarios del duque de Montpensier y a los que estaban a favor de darle la corona al general Espartero, y en fin, a los carlistas, que rechazaban la decisión de las Cortes. Mientras venía, fue nombrado regente el duque de la Torre y presidente del Consejo de Ministros el general Prim. Pero cuando don Amadeo llegó a España a ocupar el trono que se le había ofrecido, se encontró con que su principal valedor, don Juan Prim, había caído asesinado en diciembre de 1870. Había estallado la guerra en Cuba, donde los grupos influyentes buscaban la independencia; la internacional socialista buscaba penetrar en la sociedad y los carlistas se sublevaban iniciando la Segunda Guerra Carlista y forzando la represión militar. Todos esos factores terminaron por impulsarle a renunciar al trono y abandonar el país. Así se llegó a la creación de la Primera República, en sesión de Cortes de 11 de febrero de 1873.

Políticamente, la república fue un fracaso. Vivió sin un día de paz, agitada por la rebelión de los carlistas, la sublevación de Cuba, los movimientos separatistas y los intentos de implantar cantones independientes en diversos lugares de Andalucía y Levante. Hubo, además, fuertes movimientos obreros y los grupos anarquistas adquirieron un peso creciente y un fuerte arraigo entre ciertos sectores sociales. El nuevo régimen duró un año, desde febrero de 1873 al 3 de enero de 1874, fecha en la que el general Pavía dio un golpe de estado con el que puso fin al Gobierno que entonces presidía el cuarto presidente, Emilio Castelar (1832-1899), que había sido precedido en los meses previos por Estanislao Figueras, Francisco Pi y Margall y Nicolás Salmerón, figuras notables y valiosas, pero con un efímero poder.

También en este tiempo se vio el joven Simarro envuelto en las andanzas cantonales que se desarrollaron en Valencia en el verano de 1873, de forma paralela a lo que también ocurriera en Alcoy, en Castellón y en otros lugares, como Cádiz, Sanlúcar o Cartagena. Al final, el general Martínez Campos terminó dominando la insurrección y restableciendo el orden. Simbólicamente, buena parte de las murallas de la ciudad, construidas en el siglo XIV y ya en parte derribadas en 1865, terminaron por desaparecer (Barón, 1994). El cantonalismo dejaba paso, al rendirse, a la construcción de un estado nacional.

De todas esas aventuras juveniles guardó un permanente recuerdo. Todavía en 1914, en algún mitin político, hizo alusión a su presencia en las barricadas de 1869 y de 1873, así como a sus «primeros entusiasmos revolucionarios» (Simarro, 1914b: 1).

Las algaradas y las barricadas no impidieron al joven bachiller, ya estudiante de medicina, reflexionar sobre las cuestiones punzantes del conocimiento y del saber, y pensar en su futuro. Se dedicó con nuevo ahínco a su carrera.

ESTUDIANTE Y CONFERENCIANTE

Medicina era una carrera de seis años, que incluía varias materias de la Facultad de Ciencias, además de las propias de la licenciatura. En Valencia sus estudios se hacían en locales del Hospital General, pues hasta 1885 no tendría un edificio propio (Barona, 1998: 58). La facultad contaba con dos departamentos, uno de Anatomía y otro de Fisiología, y con una serie de museos y dependencias, en los que enseñaban catorce catedráticos y varios auxiliares. Los estudios se podían orientar hacia la clínica médica, la quirúrgica o las enfermedades de la mujer y el niño (Vidal, 2007: 26). Sus medios limitados no impidieron que en sus aulas se introdujeran las nuevas ideas que circulaban por Europa, aunque no sin resistencias. Así, en 1867, el catedrático de Fisiología José Ortalá fue separado de su cátedra por haber defendido en ella públicamente las tesis darwinistas, pero con la llegada de la revolución, la Junta revolucionaria acordó reponerle, prestando así apoyo a las tesis progresistas. Otra notable figura de aquel tiempo es Peregrín Casanova (1849-1919), catedrático de Anatomía entre 1875 y 1919; su obra representó un importante impulso a favor de las tesis del monismo evolutivo de Ernst Haeckel, famoso profesor de la Universidad de Jena, defensor del evolucionismo, con quien el valenciano mantuvo una buena relación epistolar. Además, sostenía la relevancia singular de la química biológica, que era para él «el verdadero ligamento… de lo inorgánico y de lo orgánico», pues en los procesos químicos veía la base de los actos y funciones biológicos (Casanova, 1877: 7). Algunas de estas ideas iban a dejar su huella en los primeros trabajos de Simarro.

Entre las figuras influyentes de la docencia de aquella Facultad se cuenta José Monserrat y Riutort (1814-1881), que promovió los estudios de química y análisis químico médico, y sobre todo, Juan Bautista Peset y Vidal (1821-1885), gran clínico práctico, que además impulsó la creación del Instituto Médico Valenciano, fundado en 1841, y el desarrollo y la mejora de la Facultad, donde promovió los estudios clínicos, la psiquiatría y la historiografía médica (López Piñero et al., 1983).

Peset poseía una mentalidad anatomo-clínica. Con un sentido claramente positivista, buscaba los signos físicos de la lesión que afectaba a la organización anatómica del paciente y generaba el trastorno patológico; llegado el caso, la autopsia post mortem habría de confirmar la corrección del juicio médico.

De esta suerte, Simarro pudo encontrar en la Facultad valenciana algunas de las ideas que iban a marcar luego su desarrollo intelectual: el positivismo científico y metodológico, y el evolucionismo biológico.

Aquel tiempo en torno a la Primera República fue, intelectualmente, una época de gran fermentación intelectual. El país, que había sufrido un grave desajuste cultural respecto del entorno europeo en los años del absolutismo de Fernando VII y había tenido solo un principio de apertura con el reinado de Isabel II, iba a alcanzar la libertad social y política en los tiempos revolucionarios. Los nuevos aires encontraron cabezas bien dispuestas –lo que alguna vez se ha llamado la «generación de sabios»– que vivían los días de su primera juventud. Eran las gentes nacidas en torno a 1840 y 1850, que entraban en el mundo histórico respirando el aire libre del republicanismo de 1873.

En este nuevo clima de ideas, habían por fin hallado medio de entrar en nuestra sociedad las doctrinas positivistas. Basadas en la creación filosófica del pensador francés Augusto Comte (1798-1857), estas ideas habían alcanzado a impregnar la reflexión de científicos y filósofos de la época. Representaban el reconocimiento de la primacía del conocimiento científico sobre las demás formas del saber. Junto a ellas, llegaban también las teorías materialistas, en franca contradicción con el espiritualismo que había venido dominando en España, apoyado en las fuertes creencias religiosas que dominaban en la sociedad; y venían las nuevas ideas del evolucionismo o «transformismo», como entonces se llamó a las doctrinas de Charles Darwin, T. Huxley, E. Haeckel y tantos más. Los nuevos datos sobre la evolución de los organismos habían conmocionado muy recientemente no solo al mundo de la biología y de la antropología, sino también a los de la filosofía y la religión, al establecer una esencial continuidad entre el animal y el hombre, cuestionando la naturaleza espiritual de este último.

En definitiva, se había levantado la veda de ideas y creencias que antes aprisionaban las cabezas de muchos jóvenes curiosos y reflexivos. Lo divino y lo humano estaban al alcance de los espíritus discutidores e inquietos, y por primera vez las dudas y discusiones sobre todos esos temas encontraban un clima de libertad alrededor. Ello no se haría sin resistencia por parte de los partidarios de las antiguas creencias. Pero aquellos que venían de las barricadas revolucionarias difícilmente podían detenerse ante el gesto censor o la reprimenda del profesor de ideas anticuadas. Era un tiempo especialmente idóneo para ir adelante sin ceder a los obstáculos.

Este aire se refleja bien en unos recuerdos juveniles del químico José Rodríguez Carracido (1856-1928), contemporáneo estricto de Simarro y uno de los más relevantes científicos positivos de finales del siglo XIX. Al referirse a su experiencia de estudiante en la Universidad de Santiago, escribe:

La revolución del año 1868 fue un poderoso excitador de la mentalidad española. La violencia del golpe político rompió súbitamente muchas trabas, y los anhelos antes contenidos se lanzaron al examen y discusión de lo humano y lo divino, pasando por encima de todos los respetos tradicionales. En periódicos, folletos y libros se publicaban diariamente las mayores audacias de pensamiento, y en multitud de círculos se disertaba con la más absoluta libertad sobre materias filosóficas y religiosas: no sólo la política, sino también la conciencia se colocaron entonces en período constituyente (Rodríguez Carracido, 1917: 273).

También Santiago Ramón y Cajal experimentó, en los días que siguieron a la Revolución, un «peligroso recrudecimiento» de lo que él mismo llamó su «manía razonadora». En sus recuerdos cuenta cómo se dio a leer las obras metafísicas que había en la biblioteca de la Universidad de Zaragoza, para hacerse por entonces un «ferviente y exagerado espiritualista» (Ramon y Cajal, 1923: 121). Y por su lado, para no ser menos, Simarro se declaró a favor del positivismo en una conferencia que fue muy sonada en Valencia y que incluso logró ver publicada de inmediato.

LA CONFERENCIA SOBRE LA CIENCIA DE 1872

Uno de sus primeros trabajos, y de los pocos suyos publicados, es una conferencia sobre la ciencia que acabó viendo la luz en una interesante revista valenciana, el Boletín Revista del Ateneo de Valencia. Tempranamente, en 1872, a sus veintiún años, Simarro dejó plasmadas sus convicciones de científico positivista, a las que ya nunca renunciaría, aunque pudiera matizar en uno u otro punto algunas tesis.

Gracias a esas páginas sabemos algo de lo que ya por entonces pensaba, así como cuáles fueron sus convicciones básicas de partida. Se trata de unas reflexiones sobre «La ciencia», que se apresuró a subtitular como «ensayo de filosofía positiva» (Simarro, 1872).

Allí se queja de que no hay una «filosofía española» que pueda servir de remate a los logros culturales y artísticos que nuestro país ha producido. Frente al pensamiento moderno de empiristas y enciclopedistas, que en el mundo europeo ha hecho adelantar «las ciencias médicas, exactas y naturales», asegura que hubo en nuestro país una política que mantuvo a «España sumida en la más profunda ignorancia y en el más estúpido fanatismo», de modo que

no sólo permanecía estraña al movimiento científico iniciado en Europa; no sólo miraba impasible los titánicos esfuerzos que por la libertad de los hombres y la dignidad de la raza humana hacía un grupo de valerosos patriotas e inmortales pensadores; no sólo dejaba de tomar parte en el himno de admiración y agradecimiento que la humanidad entonaba en honor de los filósofos del siglo XVIII, sino que despreciando los más prácticos y elementales conocimientos, por entregarse a las fútiles y ridículas sutilezas teológicas, proscribía de las universidades las ciencias útiles tan completamente, que D. Diego de Torres descubrió por casualidad existiesen matemáticas, y Blanco White, que estudiaba en Sevilla, supo con admiración que había literatura… (íd.: 75-76).

Y añade: «Imposible es de todo punto hablar de esta era de la historia española sin sentir que la vergüenza sube al rostro y la misantropía se apodera del corazón» (íd.: 76).

En estas pocas palabras, encontramos recogido y sintetizado el espíritu renovador, reformista, que animaba a Simarro y que le llevaba a criticar de modo implacable la historia moderna de nuestro país y su alejamiento de la ciencia moderna y de la filosofía. En su discurso, se anticipaba a la gran polémica sobre «la ciencia española» que se desencadenó en 1876 entre los espíritus críticos sobre la aportación científica española en la Edad Moderna. Gumersindo de Azcárate, Manuel de la Revilla y otros veían frustrada esa posible ciencia por la presión de la Inquisición y la ortodoxia eclesiástica durante la modernidad, mientras surgía la defensa a ultranza de la labor de la Iglesia católica, hecha desde posiciones conservadoras por Gumersindo Laverde y Marcelino Menéndez Pelayo. Simarro, claramente alineado con las posiciones progresistas, echa de menos una ciencia moderna y una filosofía en nuestra historia, por culpa de un potente espíritu inquisitorial que ha impedido la reflexión en libertad. Su crítica, sin embargo, salva muchos nombres que no siempre fueron adecuadamente valorados.

En efecto, en este panorama que siente como desolador, Simarro encuentra algunos nombres españoles a los que rinde tributo de admiración; entre ellos se cuentan los del P. Feijoo, el conde de Aranda, Olavide, Azara, Campomanes, Jovellanos. No obstante, lamenta que todavía haya quien alabe aquella «ominosa época» (íd.: 76). También valora positivamente la Constitución de 1812 y el liberalismo que la hizo posible, pues trajeron libertad y cultura, gracias a figuras como los «Quintanas y Esproncedas (…) los Martínez de la Rosa y Torenos (…), los Argüelles y Galianos…» (íd.: 78). Gracias al liberalismo, dirá, se logró disipar el fanatismo y la ignorancia, y ha mejorado la cultura –como lo prueban los nombres de muchos contemporáneos, artistas y políticos del mundo isabelino: Hartzenbusch, el duque de Rivas, Modesto Lafuente, Campoamor, Pi i Margall, Cánovas, Castelar y muchos más (íd.: 79-80). Hallamos aquí una sorprendente valoración positiva del tiempo inmediatamente anterior, en labios de un joven que participaba de los ideales republicanos y había andado en las barricadas.

Pero sobre todo, se queja de que no haya una auténtica filosofía española. (Era una queja importante, hecha por un joven que creía que la filosofía había de ser la coronación de una cultura fuertemente apoyada en la ciencia y el saber natural). Se ha intentado, dice el conferenciante, traer pensamiento de fuera, recurrir a la importación –tal sería el caso de «Balmes, Sanz del Río, Nieto» (íd.: 105)–, pero ha sido sin éxito. De esta suerte, en el mundo de la filosofía española no hay sino «una confusa mezcla de reminiscencias escolásticas con teorías Yoístas, de eclecticismo francés con ultramontanismo católico y de ininteligibles traducciones alemanas con el racionalismo revolucionario» (íd.: 105). Lo que hay en el fondo, dice con fórmula muy personal y sugestiva, es simplemente «el neo-platonismo y el neo-catolicismo (…) filosofía cristiana y sistema ecléctico…» (íd.: 107), dos sistemas que, en su opinión, ya habrían sido ampliamente superados en el resto de Europa. Filosóficamente, estaríamos viviendo todavía en el pasado.

En efecto, hacía tiempo ya que en Europa vino a suceder a la Ilustración una reacción espiritualista, bajo esas dos formas del «neo-platonismo» y «neocatolicismo», que ahora estarían ocupando la escena española. Considera que ambas son unas «doctrinas místicas, trascendentales e idealistas» (íd.: 108), principalmente francesas, alejadas de la experiencia real, que han dejado «en el vacío a la razón» (íd.: 109). Esta habría sido la obra de Cousin, Jouffroy, Maine de Biran y otros nombres análogos. Pero en Francia, al fin y al cabo, todas estas elucubraciones vinieron a propiciar una reacción que ha traído la vuelta al «antiguo hogar de la filosofía positiva», o sea, que ha forzado al sabio a volver al laboratorio, a los anfiteatros de anatomía y a los gabinetes de física. Gracias a ello, en Europa se ha acertado a rectificar, y con ello ha ido creciendo y avanzando el positivismo.

Para Simarro, el surgimiento de esta doctrina ha dado nueva fuerza a la experiencia y al sentido común. Se vuelve de nuevo a emplear la inducción y la observación, se razona a posteriori, se «proclama la relatividad de todas las teorías, la libertad de todas las ideas y el respeto a todas las opiniones» (íd.: 109). Ahora, además, en vez de fantasear, el filósofo prefiere «ignorar determinados asuntos» (íd.: 110) donde su método no le permite trabajar con evidencias, para no caer en el error. Este es el nuevo espíritu que la Revolución parece haber traído a nuestra patria, donde habría arrancado «de los labios de la ciencia el impío sello que la mano de la reacción colocara» (íd.: 111). Y ahora la razón «vuelve, cual hijo pródigo, por la senda del sentido común al antiguo hogar de la filosofía positiva» (íd.: 109). Este es el mensaje que el conferenciante quiere trasmitir a sus oyentes: la buena nueva del positivismo y la recuperación del espíritu positivo.

Simarro cree que este cambio no es una pura variación en el campo de las ideas, sino que es la llegada de un nuevo modo de pensar, del que se ha de beneficiar la sociedad y en general la vida española. Esta nueva manera de ver las cosas, esta nueva mentalidad, es lo que nuestra sociedad necesita, y es justamente lo que aún nos falta consolidar. Simarro recuerda las obras de los autores alemanes, como Virchow, Moleschott, Vogt, Büchner –todos ellos autores fuertemente materialistas–, y las de los pensadores franceses de la nueva escuela positivista –Littré, Comte, Fleury o Leuret–, al tiempo que critica las de nuestros pensadores místicos y espiritualistas. Estos últimos, añade con fraseología romántica, «caerán en el ridículo de los perros que ladran a la Luna si tratan de oponerse a la majestuosa marcha de la humanidad que recorre impasible la órbita de su destino» (íd.: 108).

La nueva filosofía, el positivismo científico, representa una nueva manera de ver las cosas. Es una manera de pensar que nuestra sociedad necesita implantar para estar a la altura de los tiempos. El joven intelectual valenciano, en los días inquietos de la república, se siente obligado a realizar esta labor de apostolado del pensamiento científico. La nueva mentalidad nos obliga a atenernos a la experiencia sensible y concreta, que se muestra a través de un mundo de fenómenos, por debajo del cual no sabemos, ni podemos saber, lo que hay. Se ponen en cuestión las supuestas bases metafísicas de la experiencia y se toma la ciencia como saber seguro y fundamental.

Dice el joven apóstol del positivismo:

El positivismo surge armado como Minerva del cerebro de la civilización moderna (…) brilla en sus ojos el entusiasmo de la ciencia, y en los severos contornos de sus labios parece leerse la inmortal frase de Sócrates: «sólo sé que nada sé» (íd.: 109).

Recogía así la tesis de uno de los grandes promotores de la nueva visión del mundo científico-positivo, Herbert Spencer, quien como es bien sabido, consideró como «incognoscible» el supuesto fundamento metafísico de todo lo real, algo que tal vez pensamos, pero que no podemos probar ni llegamos a alcanzar a través de nuestros sentidos (Gaup, 1930). También en Alemania otro científico famoso, Emil DuBois-Reyrnond (1818-1896), iba a afirmar casi por los mismos días que Simarro –en 1872, también– que la ciencia debía ceñirse al estudio de los fenómenos, y que, frente a todo lo que esté más allá de estos últimos, sea o no su soporte o fundamento, solo cabía decir tres palabras: «Ignoramus et ignorabimus» –o sea, que ignoramos y que habremos de seguir ignorando en el futuro–. Estas palabras de su Ueber die Grenzen des Naturerkennens (1872) se convertirían en lema del agnosticismo metafísico moderno, ampliamente aceptado por científicos e intelectuales de la época. Ahí estaba situado el joven estudiante de medicina de Valencia, y esas eran las ideas que quería ver implantarse en su país.

En esta conferencia juvenil parece que su autor había hecho suya esa mentalidad positiva que Comte y Spencer habían conseguido imponer en el mundo de la ciencia, y desde este, en el de la filosofía. De acuerdo con esos nuevos principios, él también iba a mantener que hay que «ignorar determinados asuntos», para no caer en el error de querer ir más allá de los límites que alcanzan a la experiencia y la razón. También para él los ideales intelectuales del investigador moderno se habían de centrar en el laboratorio, el gabinete experimental y el anfiteatro anatómico.

A través de estas páginas vemos que su joven autor se sitúa personalmente, dentro de este debate, a favor claramente del nuevo espíritu de los tiempos. Estará, desde entonces y en el porvenir, a favor del positivismo y del evolucionismo o «transformismo», como acabamos de ver. La declaración de principios en que la conferencia consiste la irá revalidando en sucesivas ocasiones a lo largo de su vida. Procurará atenerse a los hechos, especialmente a los hechos concretos y positivos captados mediante la observación y puestos en relación mediante la experimentación; será además partidario de una concepción causal determinista, que asuma la evolución y la complejidad creciente de la vida orgánica, regida por los valores de la utilidad y la adaptación. El relativismo de las ideas irá unido en su espíritu al reconocimiento y la defensa de la libertad personal, y todo ello le enfrentará enérgicamente a cualquier dogmatismo y fundamentalismo religioso, político y social.

El texto de aquella conferencia no llega mucho más lejos intelectualmente, pero como gesto público es una obra que da expresión a una fuerte crítica hacia las presiones censoras de la libertad de pensamiento que Iglesia y Estado impusieron en los siglos de la modernidad, y representa también una enérgica defensa de la acción social del intelectual, llamado a criticar los errores y presiones. Es una llamada a favor del pensamiento moderno que se estaba afirmando en aquellos días fuera de nuestras fronteras, así como una enérgica declaración de europeísmo, como vía para transformar la sociedad.

La conferencia trajo sin duda algunas consecuencias desagradables a su autor, por el hecho de mantener las ideas que acabamos de resumir. Muy probablemente, la familiaridad y el aprecio que aquí se descubren hacia estas doctrinas, y sin duda, el gesto público de dar a la imprenta esta proclama positivista, pudieron constituir un factor, tal vez el principal, que determinara su choque académico y personal con uno de los catedráticos más poderosos de la Facultad de Medicina valenciana, hecho que tuvo efectos.

En efecto, el joven Simarro terminó enfrentándose al catedrático de cirugía Enrique Ferrer Viñerta (1830-1891) y, de resultas de este choque, optó por trasladarse a Madrid para terminar sus estudios.

Ferrer era un gran cirujano, que además ocupaba un puesto central en el mundo académico de la Facultad, de la que fue decano muchos años. Tenía prestigio en las aulas y también en la ciudad. Ideológicamente, era un vitalista enfrentado directamente con el mecanicismo propio de las ideas transformistas. En 1872, el mismo año de la conferencia de su alumno, en pleno trasiego de ideas progresistas, ocupó la tribuna del Instituto Médico Valenciano para pronunciar una lección de tema polémico: «La vida es independiente de las leyes de la materia inerte», sin duda una defensa del vitalismo frente a los materialismos. Este mismo curso 1872-1873, el estudiante estaba matriculado como alumno libre y aprobó todas las asignaturas excepto la Clínica quirúrgica, que impartía Ferrer. El profesor vitalista y el alumno evolucionista mantenían posiciones incompatibles entre sí, no solo en lo científico, sino también en lo político. El choque trascendió los límites estrictos del aula universitaria. Simarro suspendió, irremediablemente, la asignatura de Ferrer. Un sentido pragmático le aconsejó cambiarse de facultad para terminar una carrera por la que ya sentía una atracción creciente.

HACIA UNA MEDICINA SOCIAL

Aquel médico en ciernes que aún era había aprendido en su propia carne lo importante que es la acción de los individuos en la sociedad y la eficacia de una presencia personal en tribunas e instituciones públicas. Había estado implicado en la Junta revolucionaria y establecido contactos con prohombres del progresismo valenciano. Su sentido de responsabilidad social le animó a impartir lecciones de higiene laboral en el Centro Republicano de la clase obrera de Valencia, ya en 1870. Sin duda pensaba que el saber había de estar puesto al servicio de los demás, y muy particularmente al servicio de las clases más menesterosas. En particular, los temas de la higiene tenían entonces una innegable actualidad, especialmente en lo relativo a la prevención de la lepra, el cólera y el paludismo. Pocos años después, iba a conmocionarse la conciencia de los ciudadanos y de los hombres de ciencia ante el hallazgo, no sin problemas ni dificultades, de la vacuna del cólera por el médico catalán Jaime Ferrán (1885), como después veremos.

Su preocupación encajaba con los objetivos y esfuerzos que desde mediados de la década de 1850 había ido adquiriendo un movimiento defensor del «higienismo», en el que convergían figuras de la medicina, la sociedad y la política. Se pretendía promover la salud desde la sociedad.

La medicina se fue abriendo a esta perspectiva social en la segunda mitad del siglo XIX, especialmente al desarrollarse los aspectos de prevención de la enfermedad, que vinieron a ordenarse en un cuerpo teórico-práctico de «higiene pública». Precisamente en 1875 Max von Pettenkofer (1818-1901), profesor en Múnich (Alemania), logró establecer el primer Instituto de Higiene que se conoce. La salud se iba convirtiendo en un tema colectivo, social, más allá de lo puramente personal, aunque en medio de dificultades sorprendentes. A comienzos de la década de 1860, todavía fracasó el médico húngaro Philippe-Ignace Semmelweis (1818-1865) en su lucha a favor de la limpieza y la esterilización de manos e instrumentos médicos en la práctica obstétrica. Semmelweis fue un descubridor no atendido que trataba de alertar sobre los riesgos que tenía la infección clínica que azotaba las salas de parto de los hospitales, donde innumerables mujeres parturientas morían de fiebres puerperales. Solo cuando los hallazgos de Louis Pasteur (1822-1895) y de Robert Koch (1843-1910) pusieron más allá de toda duda razonable la existencia de microbios, organismos microscópicos cuya acción sobre los organismos era patógena, cobraron nueva fuerza las tesis del médico húngaro, quien a raíz de su fracaso había terminado sus días en un manicomio. Los hallazgos de los microbios, de las vacunas, la lucha contra las epidemias, las técnicas de esterilización e higiene, no eran simples hallazgos de una ciencia en expansión, sino un conjunto de factores que determinarían la emergencia de una nueva mentalidad médica: la «mentalidad etiopatológica», que vino a sustituir a la anatomo-patológica precedente.

Fue un cambio esencial. Como ha escrito Laín,

no (…) es fácil imaginar la fabulosa impresión que en los médicos del último cuarto del siglo XIX produjo (la) larga serie de hallazgos etiológicos. La idea, por demás fundada, de que la medicina entraba en una etapa histórica nueva, y la ilusión, harto más discutible, de que la enfermedad infecciosa iba a desaparecer pronto de la superficie del planeta, alentaron en casi todas las mentes. No debe sorprender que se intentase construir una nosología etiopatológicamente orientada, rival de las que anatomopatólogos y fisiopatólogos habían propuesto en los decenios anteriores a Pasteur y Koch (Laín, 1963: 586-587).

Todo esto era lo que estaba en juego, por debajo de las preocupaciones higienistas de Simarro. No solo el cumplimiento de un importante deber del médico para con la sociedad, tratando de librarla de enfermedades y de padecimientos, y defendiendo y promoviendo la causa de la salud individual y colectiva, sino también un modelo teórico médico de fondo, desde el cual había que pensar los problemas de la salud y la enfermedad de un modo sólidamente fundado en los hechos positivos que la investigación iba esclareciendo.

En último término, lo que en todos estos temas quedaba puesto en cuestión era el proyecto de médico, como hombre de ciencia, que el joven estudiante terminaría por asumir. Estaba en juego una idea de terapeuta de enfermedades que había de ser a la vez un higienista con sentido social. Desde su juventud parece Simarro haber vivido este doble compromiso, que lo ligaba a la vez con la ciencia y con la sociedad. Al discrepar muy a fondo de su maestro Ferrer Viñerta, optó sin duda por mantener la fidelidad a las convicciones propias, al tiempo que adoptaba la solución práctica de trasladar su expediente académico a la Universidad Central, en Madrid.

EL ENTORNO MÉDICO

Había entonces un cierto caos en el mundo universitario y, en particular, en el de estas enseñanzas médicas. En 1871, en un informe del ministro de Fomento, se hablaba de que la Facultad de Medicina se hallaba en «estado anómalo», lo que ocasionaba «frecuentes disgustos, conflictos y dificultades» (Albarracín, 1998: 43). Este estado de cosas empezaría a cambiar con la Restauración, pero, entre tanto, el joven estudiante valenciano braceó como mejor supo en su nueva escuela para mantenerse a flote en medio de aquella agitación.

Su traslado a Madrid parece haber ido unido a la obtención de la matrícula extraordinaria para agilizar el término de su carrera. Ello le permitió aprobar su asignatura quirúrgica pendiente en una facultad que trataba de encontrar una estructura satisfactoria para la alta misión que había de cumplir, que era formar a buenos médicos.

La caída de Isabel II había traído, entre otras consecuencias, un sinnúmero de reformas y cambios en muchos órdenes de la vida, entre ellos en el de la universidad. Se quería olvidar la reglamentación anterior. La mentalidad progresista quería suprimir barreras y limitaciones administrativas. Entre las nuevas medidas adoptadas se incluyó la de que se diera autorización para establecer nuevas escuelas de medicina, como corolario de la doctrina de libertad en la enseñanza cuya primacía se admitía sin discusión. «Sirviendo la enseñanza para propagar la verdad, cultivar la inteligencia y corregir las costumbres, es absurdo encerrarla dentro de los estrechos límites de los establecimientos públicos». Así decía un decreto que hizo publicar el ministro radical Manuel Ruiz Zorrilla el 27 de octubre de 1868. A partir de ese momento la libertad de enseñanza iba a crear mil confusiones y problemas.

El cambio político afectó ampliamente al mundo del profesorado. Así, una serie de profesores supuestamente «reaccionarios» fueron destituidos, al tiempo que se nombró a otros nuevos. En el caso de Medicina, se eligió a una serie de profesionales entre los médicos del Hospital y aquellos que «daban repasos libres (como Pedro González de Velasco)» (Albarracín, 1998: 43). También se crearon nuevas escuelas cuyos títulos fueron ahora reconocidos. Una fue la Escuela Libre Teórico-Práctica de Medicina y Cirugía, creada por los facultativos de la Beneficencia provincial madrileña, en donde intervino Ezequiel Martín de Pedro; otra fue la Escuela Práctica Libre de Medicina y Cirugía, de Pedro González de Velasco. Esta última se convirtió pronto en un centro con considerable relevancia en el ámbito científico. En ella colaboraron figuras como el clínico Carlos María Cortezo y el paleontólogo Juan Vilanova, entre otros, y consiguió dar a la luz una importante publicación, El Anfiteatro Anatómico Español, entre los años 1873 y 1880 (Velasco, 1998). Estuvo establecida en el Museo Antropológico, que había fundado y dirigía el propio González de Velasco en Madrid. Este era persona internacionalmente conocida en el campo de la antropología, bien relacionado con investigadores como el francés Paul Broca, descubridor del centro cerebral del lenguaje motor, localizado en el «área de Broca», así llamada en su honor. Sus relaciones le habían permitido familiarizarse con el estado de las enseñanzas médicas en varias naciones europeas, y se esforzó por establecer una enseñanza clínica rigurosa y moderna, vinculada directamente con la investigación. Con esta mantendrá Simarro estrechas relaciones al establecerse en la capital.

En 1874, superado al fin el conjunto total de asignaturas que formaban la licenciatura, se convirtió en licenciado en Medicina. Pero sus intereses teóricos no podían sentirse satisfechos sin redondear el esfuerzo con la obtención del doctorado, máximo nivel de los estudios, cuya concesión estaba entonces reservada a la Universidad de Madrid o Universidad Central, como entonces se la llamaba. Y, de hecho, al año siguiente lo dejó todo resuelto sin dificultad, como ahora veremos.