Luz de invierno - Emilio Pacull - E-Book

Luz de invierno E-Book

Emilio Pacull

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Beschreibung

En los albores de los años 50 Albert Camus escribió: «Fue en España donde mi generación aprendió que uno puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma, y que a veces el coraje no obtiene recompensa». En octubre de 1970, Augusto Olivares, mi padrastro, que no sabía conducir, me pidió que lo llevara pues un atentado terrorista contra el general Rene Schneider había ocurrido en una calle de Santiago. Durante ese breve viaje inolvidable, Augusto me habló con gravedad, me dijo que la guerra estaba declarada y que sería una guerra a muerte. Me comentó también que querer cambiar el orden de las cosas siempre es una lucha, que siempre hay que creer en el triunfo de la justicia, pero que también hay que prepararse para el fracaso. El golpe de Estado se produjo tres años después, pero todo lo que me transmitió en ese extraño viaje del día hacia la noche, que no duró más de veinte minutos, resultó ser absolutamente exacto. Este libro es un modesto homenaje a aquellos que fueron derrotados y un intento de perpetuar sus almas. Emilio Pacull Latorre

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Seitenzahl: 208

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Pacull, Emilio

LUZ DE INVIERNO

Crónicas de exilio y de arraigo

Santiago de Chile: Catalonia, 2023

176 pp. 15 x 23 cm

ISBN: 978-956-415-037-6

AUTOBIOGRAFÍA

CH 920

Diseño de portada y diagramación: Amalia Ruiz Jeria

Fotografías de portada e interior: archivo personal del autor

Corrección de textos: Cristina Varas Largo

Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).

Primera edición: julio 2023

ISBN impreso: 978-956-415-037-6

ISBN digital: 978-956-415-038-3

RPI: Trámite tvyylj (20/06/2023)

© Emilio Pacull, 2023

© Catalonia Ltda., 2023

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl - @catalonialibros

Diagramación digital: ebooks [email protected]

A R., por su amor

Nada dura y sin embargo nada pasa.

Philip Roth

La naturaleza del hombre es malvada.

Su bondad es cultura adquirida.

Simone de Beauvoir

Índice

El embrujo de la luz

El último farero

Mi vecino Pep de La Mola

Los higos blancos

Chile y el exilio

Un nuevo territorio

Margarita

Tigrú

Una promesa

El silencio

El perímetro lunar

El padre de Pep

El escritorio de mi padrastro

La conspiración

La guerra civil

Estado de sitio

Pan caliente

More

Sol de invierno

Hemingway

Real de Catorce, una noche alucinante

Charlie

Notas en mi cuaderno

Mi país no es mi país…

Derrota de la utopía

La bestia senza pace. Héroes frágiles

Fantasmas amistosos

Los lazos invisibles

Yucca

Recogiendo setas

Mi primer retorno

Un partido de fútbol especial

Tierra Sagrada

El espantapájaros

El general de la vergüenza

Hotel California. Encuentro con hombres notables

Mustafá, mi amigo escultor de piedras

Elogio del artesano

Recuerdos de la guerra

El amigo americano

La mentira

El embrujo de la luz

Desde el jardín de la casa observo el faro. Es difícil romper con su murmullo solitario, con su persistencia implacable. A menudo me quedo allí, inmóvil, mirándolo en su recorrido circular. Cada cinco segundos, su poderoso rayo de plata inunda mis ojos. Las formas que revela varían según las estaciones.

Estamos a principios de diciembre y el primer destello resplandeció a las 17:40. La noche se aproxima, y con ella el polvo misterioso de la memoria se asienta sobre mi mundo.

Vivo a quinientos metros de distancia del faro a vuelo de pájaro y a pesar de los muchos años de convivencia con él, todavía me seduce el embrujo de su llama. En inglés se usa la expresión lighthouse —literalmente “casa de luz”— para definir la construcción monumental que se despliega frente a mí. Esta definición me encanta porque integra la noción de sortilegio que es inseparable de la dimensión mítica y romántica del edificio.

Entre nuestra casa y el faro el paisaje es lunar, pálido, granítico. Nada se opone a mi mirada; ni una casa, ni un árbol, ni un relieve; solo yo y la monótona luz que penetra mis pupilas.

El paisaje que se extiende ante mis ojos no ha cambiado en mucho tiempo, al menos desde la construcción del faro a fines del siglo xix. Este espacio inalterado me produce una alegría intensa, la sensación de poder viajar en el tiempo, de ver y experimentar las emociones que los antiguos habitantes de estos lugares vivieron. Una forma de continuidad, de fusión entre los diferentes tiempos de la existencia.

Desde mi infancia he visto tantas veces los paisajes del mundo transformarse y desintegrarse, que el territorio incólume y misterioso que se presenta ante mí es como un milagro. Nada cambia.

Esta noche hay niebla. Hace varios días que llueve sin cesar y la humedad emerge crepuscular por entre las piedras envueltas en la tierra. Me gusta la niebla aquí, especialmente por la noche, cuando las partículas de agua se encienden y cobran vida al contacto con el poderoso haz de luz del faro. Así, de pronto, surgen miles de diminutos escarabajos plateados que vuelan a ciegas hacia el infinito. La neblina me impide ver con claridad el paisaje, pero a la vez me propone la imaginación como una ofrenda y despierta en mí el deseo de buscar más allá de la realidad, explorar lo invisible, rastrear la memoria, escudriñar en el polvo del tiempo.

Me imagino entonces que la casa de la luz se transforma en un gigantesco proyector de imágenes, que se incrustan en el cielo y lo iluminan al caer la noche. Como esos carruseles de proyección de diapositivas que inventó Kodak el siglo pasado y que en su momento nos parecieron el colmo de la modernidad, la cúspide de la tecnología.

Alrededor del cilindro del edificio, un carrusel de diapositivas gigantes inicia su rotación mecánica. Imágenes surgidas de mi memoria irrumpen entre las nubes sombrías, las atraviesan, las iluminan; algunas son en blanco y negro, otras en color, de un rojo saturado como aquella película Kodachrome que utilizaban los reporteros de guerra en la década de los sesenta.

El último farero

Tuve la oportunidad de conocer al último farero de La Mola en la isla de Formentera, poco antes de que el faro se automatizara por completo.

Recuerdo que Javier me mostró orgulloso su castillo de luz. Deambulamos por escaleras improbables, ojos de buey oxidados, gavetas polvorientas, mapas apolillados: un escenario digno de la imaginación de Julio Verne. Al final de la visita me hizo descubrir una sala de máquinas inverosímil, reino de la mecánica industrial del siglo XIX, y sobre todo el fabuloso lente de Fresnel destellando su magia transparente y poderosa a la hora de encender la linterna.

—Hecho en Francia hacia finales del siglo XIX —me dijo.

Javier había querido ser farero para tener tiempo de observar la naturaleza, a los pájaros marinos y sus cantos, escuchar el viento y las olas, pasar largas noches sin otra compañía que la suya. Era músico, y me mostró varias partituras solemnemente instaladas en un atril, en el último piso del faro, frente a la inmensidad del mar. Un lugar increíble.

Sin duda algo megalómano, Javier se veía dirigiendo una orquesta imaginaria donde la naturaleza y sus poderes serían domados por su propia voluntad de encontrar una armonía en el caos del mundo.

Me dijo que la composición que tenía ante mis ojos era una ópera, y que había imaginado a los personajes plasmando el silbido de las balizas cuando los vientos penetran en sus cuerpos de acero, así como los cantos de las aves marinas y los ritmos alternantes de los diferentes haces de luz que observaba con sus binoculares desde su torre de cristal.

El último farero dormía durante el día. A veces me lo encontraba en el pueblo con una canasta en el brazo, discreto y despreocupado haciendo sus compras en el mercado. Muy delgado, silencioso y con una espesa barba roja.

Cuando llegaba la noche, Javier se transformaba, se convertía en un dios dentro de su cápsula de granito y vidrio. Todo era posible allí, en su reino; cantaba, aullaba, hablaba con los pájaros nocturnos, con la lluvia que golpeaba su ventana; se volvía como un demente, un delirante, sin límites.

Confieso que me hubiera gustado instalar una cámara secreta y observarlo en sus delirios creativos.

Yo también, a menudo escucho desde mi casa armonías por las noches, menos grandilocuentes que las de Javier. Oigo sutiles flautas de pan, tambores y cantos lejanos apenas perceptibles, pero lamentablemente nunca pude escuchar la ópera de la que Javier me habló. Me acabo de enterar de que antes de partir, antes de dejar su último refugio aquí en Formentera, una tarde de luna llena de finales de verano, Javier organizó como acto de despedida un espectáculo en la explanada frente al faro. Allí, interpretó su ópera marina con dos músicos y unos cuantos espectadores. Le había pedido a su compañera, una hermosa muchacha que era maestra de la escuela del pueblo, que se envolviera en una colchoneta como si fuera una crisálida al final de su metamorfosis. Un espectador de aquella escena me contó que la muchacha iba progresivamente abriendo su envoltura al ritmo del crescendo del violoncelo hasta revelar su cuerpo desnudo, barrido por la luz de la linterna entrelazada con la de la luna resplandeciente de aquella noche.

No sé dónde está Javier hoy y nunca sabré qué quiso expresar con esa imagen.

Mi vecino Pep de La Mola

Pep tiene 98 años y es mi vecino. Vive a solo cien metros del faro. Lo aprecio mucho y también a su esposa, Margarita. En poco tiempo nos hemos convertido en amigos muy cercanos. Yo soy treinta años menor, pero cuando estoy con ellos la edad no tiene ninguna significación.

Es difícil de explicar, pero no hay edad entre nosotros. Estamos ahí, vivos, hablando, comiendo o riendo, a veces enfurecidos defendiendo una idea, pero solo cuenta el placer de vivir el momento presente, rodeados de una ternura que huele a higuera y a sus frutos de caramelo, esos higos de color carmín cuyo inefable sabor no existe sino en la majestuosa higuera de la casa vieja, la antigua casa donde nació Pep el 14 de agosto de 1920.

En el verano de 1997 compramos una antigua ruina en La Mola frente al faro, en la isla de Formentera, la más pequeña de las Islas Baleares. Casi nada quedaba de la casa original; solo una pila de piedras amontonadas con una imprecisa forma rectangular. Magníficas piedras doradas por siglos de sol, piedras que transpiraban vidas antiguas y más piedras y guijarros hasta donde alcanzaba la vista. Fue aquí donde tomé conciencia de la vida mineral y de su intensidad, tan vigorosa y sutil como la de la vida vegetal. Piedras vivas cuyos refinados colores incrustados en su superficie revelan, a quien sabe verlo, su historia.

La casa había sido abandonada hace mucho tiempo, pero a través de lo que quedaba visible de su arquitectura morisca se podía deducir que al menos dos siglos habían pasado desde su construcción. Caminé entre las piedras, entre los muros derrumbados tratando de ver las huellas de vida de los antiguos ocupantes. Reconocí un viejo horno de pan del que solo quedaba una vaga forma redondeada, y lo que debió ser el recinto de los cerdos o las ovejas, reconocible por los excrementos secos que formaban una capa acolchada en el suelo. Me sedujo ese paisaje brutal y suave al mismo tiempo. El viento que soplaba del oeste era cálido y envolvente y, por encima de todo, el inmenso y magnífico mar y el también magnífico cielo que se funde con el azul hasta tal punto que a veces nuestra mirada se pierde entre el cielo y el mar y la cabeza gira como lo hace el mundo, y en una fracción de segundo nos encontramos en las antípodas.

Durante aquel verano de 1997 yo subía todos los días a La Mola a contemplar las ruinas y soñar con la casa que íbamos a restaurar, y que era el presagio de una nueva vida.

Un día, observé a lo lejos una pequeña figura que caminaba en línea recta hacia mí, escalando pacientemente uno tras otro los muros de piedra seca que delimitaban el campo. Al acercarse, el hombre se presentó y me preguntó si sabía dónde estaba. Un poco sorprendido le respondí que estaba en mi casa, en Can Jaume. Se puso a reír con una espontaneidad casi infantil y me dijo:

—¡Can Jaume es mi casa! Fueron mis abuelos quienes vivieron aquí antes de construir la casa donde yo nací, y antes de ellos vivían aquí otros parientes. ¡Este lugar no puede ser tuyo! Estarás de paso por aquí, como todos nosotros; pero tuyo, eso no. Esta es una de las casas más antiguas de la zona.

¡Harta razón tenía Pep! Sus palabras eran elocuentes y cargadas de una verdad contagiosa. Hablamos largo rato y entre risas y silencios, algo singular comenzó a tejerse entre nosotros, una armonía natural, una confianza.

Caminando, me mostró una hermosa higuera cargada de frutos al fondo del jardín, una higuera abandonada como la casa, pero que continuaba imperturbable el ciclo de la vida.

Pep se acercó al árbol y me contó que él no debía tener más de seis años cuando su abuelo lo plantó en ese lugar, con él a su lado.

—Al principio era solo una pequeña rama y mira en lo que se ha convertido después de setenta años —me dijo riendo.

Recordó como si fuera ayer los gestos de su abuelo para sondear la roca y encontrar el lugar donde el corte podría sobrevivir. Me narraba todo esto con tal deleite y alegría que de pronto comprendí el increíble privilegio el mío, extranjero en esta tierra, de ser iniciado desde las raíces en una historia que apenas comenzaba para mí y mi familia, y cuyos vínculos con el pasado tomaban forma y se encarnaban con una maravillosa sencillez ante mis ojos.

Los higos blancos

El verano siguiente cuando vinimos de vacaciones, la casa estaba restaurada toscamente, pero ya era habitable. El terreno, al contrario, era un inmenso y caótico espacio de piedras esparcidas. Orgullosa de su belleza granítica, la piedra resiste como si quisiera conservar su poder mineral frente a la fertilidad de la tierra. No sé cuántos miles de piedras, de todos los tamaños y formas, arranqué del suelo para darles una oportunidad a las plantas, a los árboles y a las flores.

Discretamente, Pep vino durante el invierno a buscar el lugar adecuado para plantar una nueva higuera en Can Jaume, con la intención de ofrecernos un trozo de su jardín milenario. Probablemente había repetido los mismos gestos aprendidos de su abuelo en otra vida. Cuando fui a agradecerle, me dijo simplemente:

—Estos son higos blancos, los que usted y su esposa prefieren.

Dieciséis años después, en el verano de 2013, la higuera de Pep nos prodigó por primera vez su fruto, cuatro o cinco higos blancos que comimos con delicadeza. Si todo va bien y el desastre climático anunciado no se produce demasiado pronto, nuestra nieta y su descendencia deberían poder aprovechar al máximo esta higuera. La Mola con los vientos violentos que la asolan, la tierra caliza y su calor implacable es una escuela de paciencia para el mundo vegetal. Desde hace casi veinte años, cada planta, cada flor, cada árbol que florece ha sido para nosotros una auténtica alegría, tan intensa es la atención y el diálogo entre nosotros y el mundo vegetal.

Chile y el exilio

Salí de Chile en mayo de 1973 para venir a estudiar a Francia. Muy pronto me convertí en un exiliado político y en cierto modo lo sigo siendo, un exiliado. Por extraño que parezca, una vez que obtienes este título te quedas con él de por vida. Arrancado contra tu voluntad de tus orígenes, te conviertes gradualmente en un ciudadano del mundo, lo que no es realmente una bendición ni mucho menos, ni siquiera en este tiempo en que se alaba la globalización, el cosmopolitismo y todos esos lugares comunes que nos repiten hasta el cansancio, y cuyo único fin es homogeneizarnos para reducirnos mejor.

He tenido desde mi niñez la percepción de que los momentos más preciados, los encuentros más hermosos y las experiencias más ricas de mi existencia, las he vivido en lugares mínimos, con seres mínimos también. En los momentos en que he aprendido las cosas importantes de la vida he estado siempre en compañía de gente humilde, a menudo en tierras lejanas, lejos del ruido y de las falsas apariencias. Ahora, creo más que nunca en la diversidad, en la riqueza de nuestros contrastes, en la ternura que brota de la profunda aceptación de nuestras diferencias. Hacernos creer, en nombre de los intereses superiores de la democracia, que debemos borrar nuestras discrepancias y que el futuro de la humanidad dependerá de nuestra capacidad de compartir los mismos valores y las mismas creencias, forma parte de una de esas grandes mentiras colectivas de las que está repleta la historia. En última instancia, el único objetivo de esta ideología “emancipadora” es el de domesticarnos, para que podamos acceder juntos al templo del consumo sin restricciones, el disfrute final de nuestro paso por este planeta.

Muchos de nuestros amigos murieron en Chile durante o después del golpe de Estado fomentado por la CIA y encabezado por el general Pinochet el 11 de septiembre de 1973. Mi padrastro, Augusto Olivares, murió en el Palacio de La Moneda aquel trágico día, alrededor de las tres de la tarde. Arturo Jirón, médico del presidente y testigo de aquellos momentos aciagos me contó hace unos años la escena:

—Augusto tenía una herida profunda en la cabeza, falleció al poco tiempo de haber intentado reanimarlo. Cuando el presidente Allende descubrió el cadáver, hizo una mueca de dolor indescriptible, luego recuperó su fortaleza y nos dijo: “Vamos a guardar un minuto de silencio por Augusto Olivares”. Y ahí en medio del bombardeo a La Moneda, con el ruido ensordecedor de los disparos, casi sin poder respirar por el humo y con el fuego a nuestro alrededor, hicimos un minuto de silencio.

El presidente siguió el mismo camino que su amigo poco rato después. Augusto Olivares era más que un gran amigo de Salvador Allende. Había participado en sus dos campañas electorales perdidas de 1958 y 1964 y la confianza entre ellos dos era absoluta. Cuando fue elegido presidente de Chile en marzo de 1970, Allende no dudó ni un instante en nombrarlo director general de la Televisión Chilena. Fue uno de sus asesores más cercanos y el mandatario sabía de su honestidad inquebrantable.

Cuando yo era adolescente, vi varias veces en nuestra casa al futuro presidente almorzando o cenando con nosotros, y cada vez me llamó la atención la inmensa complicidad que unía a esos dos hombres.

Olivares era un periodista inagotable. Escribía para dos periódicos nacionales y también en varias revistas semanales, sin olvidar su responsabilidad a la cabeza de TVN, la televisión estatal. No militaba en ningún partido político, pero creía que el socialismo permitiría que el mundo fuera más justo y feliz. Dedicó toda su vida a ello. Nunca he conocido a nadie con una coherencia tan hermosa entre sus palabras y sus acciones, y tengo la certeza de que era verdaderamente un hombre de buena voluntad.

Había comprendido antes que nadie en Chile el papel activo que jugarían la CIA y los Estados Unidos en el complot para derrocar al gobierno de Salvador Allende y dedicó gran parte de su trabajo como periodista a denunciarlo. Por razones obvias, era odiado por los golpistas. Aún recuerdo la impresión que nos causó ver, unos meses antes del golpe, que alguien había escrito en la pared de nuestra casa en Santiago, con grandes letras negras: ¡MUERTE A OLIVARES! Ver algo así en nuestro país era algo inaudito.

A pesar de las evidencias, no podíamos sospechar la ola de odio que se apoderaría de Chile y no estábamos realmente preparados frente a la violencia de los golpistas. El odio, la traición, la tortura y la muerte sumieron al país en la oscuridad y el horror por mucho tiempo.

El sufrimiento de mi pueblo, el martirio de Chile, el fracaso de aquel magnífico proyecto de Revolución democrática que tanto habíamos soñado dejó huellas indelebles. En lo personal, llevo en el alma una herida que con certeza me acompañará hasta mi último suspiro.

Hacia fines de septiembre de 1973 me convertí en persona non grata en mi país: fui incluido por la dictadura en las listas de las miles de personas con prohibición de ingresar a Chile.

Tenía 23 años.

Un nuevo territorio

¿Por qué misteriosa razón comencé a querer visitar islas? Se me ocurre un argumento rápido, que podría estar bastante cerca de la verdad. Me dije que si había perdido mi patria, era necesario para mi salud mental buscar un nuevo territorio. No una nueva patria, porque a los treinta años ya es tarde para reinventar, sino un territorio anónimo, un lugar donde reconstruir los pedazos de mi memoria diseminados por la historia. ¿Cómo encontrar los olores, los colores, los sabores de esa juventud perdida para siempre? Las islas vinieron a mí como una evidencia.

Francia fue mi país de acogida, el lugar donde trabajé, la patria de mi esposa y también de mi hija, un país que amaba y que amo, pero tenía que fundar ese nuevo territorio que buscaba, crear una nueva historia, una nueva narración, intentar encarnar otra vida.

Vine a Formentera por primera vez a finales del verano de 1989. Enseguida me llamó la atención la pequeñez de la isla, su dimensión minimalista; esa sensación que tengo solo aquí, de sentir físicamente el espacio donde estoy, como si el aire, la temperatura o la luz pudieran tocarme. Pero también, la maravillosa sensación de medir con una sola mirada las distancias que me separan de los lugares, los objetos y las cosas, de entender la naturaleza como en ningún otro lugar.

Recuerdo haber conducido durante un buen tiempo una vieja moto de alquiler, con la que fui descubriendo progresivamente la isla. En esos paseos vagabundos tuve la intuición de que parte de mi vida podría transcurrir aquí.

Margarita

Esta noche ha llovido mucho en La Mola. La lluvia no es habitual aquí y siempre estamos felices de verla y escucharla caer sobre el techo, chorrear sobre las piedras, golpear las ventanas, fluir hacia la cisterna.

Al día siguiente, el camino de tierra que bordea el acantilado está inundado y mi auto lucha por abrirse paso a través del barro y los charcos bastante profundos. Me detengo como siempre en casa de Pep y Margarita, para saludarlos y observar sus rostros risueños y curtidos por el tiempo, esculpidos por la vida. La verdad es que muchas veces me detengo aquí sin motivo alguno, por el solo placer de escucharlos hablar de la vida que transcurre con tan conmovedora sencillez. Nadie puede sospechar los tesoros que he aprendido en su compañía durante casi veinte años. Nuestros lazos se han vuelto tan fuertes que mi esposa y yo hemos pensado, más de una vez, que cuando se hayan ido, pondremos la casa en venta y también nos iremos de la isla. Pero aún ese tiempo no ha llegado.

Hoy Margarita está afuera, hace frío y se ha cubierto la cabeza con un gran gorro de lana. Acaba de matar una gallina grande y le quita minuciosamente las plumas; las más finas vuelan ante la mirada implacable de los gatos siempre hambrientos que esperan ansiosos el mínimo trozo de tripa, la mínima gota de sangre. Me atraen sus manos, redondas, pequeñas, ásperas, pero igualmente hermosas; manos de un mundo que está llegando a su fin, al menos aquí en Europa. Manos duras pero también delicadas, y siempre generosas. Vi esas manos amasar harina, hacer queso, pelar verduras, ordeñar cabras, sangrar un cerdo, pero también bordar un mantel o remendar una camisa. No puedo dejar de pensar en teclados de computadora, en teléfonos celulares y en todos esos gestos que se repiten sin cesar en nuestras ciudades; en todos esos dedos que se mueven con ansiedad, que se aferran como garras a los teclados en una necesidad angustiosa de estar conectados.

Nunca olvidaré la primera vez que vi a Margarita hilando la lana de sus propias ovejas en el patio de la casa vieja, a la sombra de la buganvilia. La filmé con mi cámara y me habló en su idioma antiguo con una modestia y una elegancia de leyenda. Tuve la sensación —la emoción— de estar viviendo una escena de alguna civilización perdida en tiempos remotos. Cuando hablo de minimalismo, pienso en este tipo de experiencias, son ellas las que me han abierto y me abren el camino a los misterios de la vida, me conectan en el mejor sentido con la historia.

Margarita me dice que Pep sigue en la cama. Durmió mal, añade. Me pregunta si quiero que me guarde un pollo grande para la cena de Nochebuena. No dudo ni un segundo en manifestar mi entusiasmo, ya que los pollos de Margarita son sublimes.