Mafia Life - Federico Varese - E-Book
SONDERANGEBOT

Mafia Life E-Book

Federico Varese

0,0
9,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 3,99 €

oder
-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

El libro más completo e incisivo sobre el crimen organizado en todo el mundo.La Yakuza japonesa, las triadas chinas, la Cosa Nostra siciliana, la 'Ndrangheta calabresa, la Mafia norteamericana, las poderosas mafias rusas… ¿Qué significa pertenecer a una organización mafiosa? ¿Cómo se entra y se asciende? ¿Qué ocurre si rompes las reglas? Federico Varese ha estudiado durante décadas las entrañas de las grandes organizaciones criminales y lo ha hecho sobre el terreno, infiltrándose en ceremonias de iniciación, visitando los clubs donde se entretienen los capos más sanguinarios, asistiendo a discretas reuniones en hoteles de lujo… Desde Rusia hasta Dubái pasando por Londres, Palermo o Nueva York, ha recorrido el mundo en busca de secretos que nadie hasta ahora había desvelado. He aquí el retrato y la historia de un universo dominado por el miedo, la muerte, el dolor y la ambición. "Federico Varese es dos escritores en uno: un valiente cazador de hechos que persigue a su presa con el celo de un periodista purasangre y un estudioso que examina y analiza sus capturas con incansable frialdad." John le Carré "Federico Varese es el capo dei capi entre los estudiosos de la mafia. Su deseo de conocer las capas de violencia, camaradería, codicia y corrupción de los hombres que desprecian y parasitan la sociedad lo sumerge en esos mundos y le permite afirmar que, a pesar de sus diferencias, todos son iguales." Financial Times

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2018

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



FEDERICO VARESE

MAFIA LIFE

AMOR, MUERTE Y DINERO EN EL CORAZÓN DEL CRIMEN ORGANIZADO

TRADUCCIÓN DE DANIEL SALDAÑA

BARCELONA MÉXICO BUENOS AIRES NUEVA YORK

© Federico Varese, 2017

© Traducción: Daniel Saldaña

© Malpaso Ediciones, S. L. U.

C/ Diputació, 327, pral. 1.ª

08010 Barcelona

www.malpasoed.com

 

Título original: Mafia Life

 

ISBN: 978-84-17081-86-7

Primera edición: junio de 2018

 

Diseño de interiores: Sergi Gòdia

Maquetación: Palabra de apache

Imagen de cubierta: Chantal Pinzi / EyeEm

 

 

Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro (incluyendo las fotocopias y la difusión a través de Internet), y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo, salvo en las excepciones que determine la ley.

La vida es difícil.

Y luego mueres.

PRÓLOGO

Una mañana nevada de noviembre del año 2016 me encuentro ante una tumba bien conservada, dentro de una vasta necrópolis rusa. No es uno de los túmulos más extraordinarios, pero la figura de Nikolái Zikov a tamaño real me contempla con solemnidad. Su imagen está grabada sobre un elegante mármol negro, y en el espacio que lo rodea hay una mesa minúscula, una cruz ortodoxa de aspecto sobrio y un florero. No muy lejos de él están enterrados algunos de sus colegas. La última vez que lo vi fue a mediados de los años noventa, y desde entonces no había regresado al lugar donde Zikov fuera jefe local de la mafia: la ciudad de Perm, en la región rusa del Ural. Aunque he escrito mucho sobre el tiempo que pasé en Rusia durante los años noventa, nunca creí que valiera la pena detenerme demasiado en nuestros encuentros. Este libro lo traerá de vuelta a la vida. Zikov pertenecía a una fraternidad criminal secreta que ha llegado a ocupar un lugar importante en el mundo europeo del hampa. Sus miembros lucen tatuajes impresionantes, se rigen por un código de honor secreto y operan en la mayor parte de Europa. En Mafia Life encontraremos individuos igualmente exóticos de Sicilia, Hong Kong y Japón, y viajaremos a lugares tan lejanos como Macao, Birmania y Dubái, de vuelta a Grecia y al otro lado del Atlántico, para descubrir las formas que adopta la ilegalidad en nuestros días. Pero no hay que pensar, ni por un instante, que un mafioso es un señor importante que vive en un lugar muy lejano. Bien podría vivir entre nosotros, lo mismo en la Inglaterra suburbana que en Palermo. Pongamos tan solo un ejemplo.

Recientemente, en el pueblo de Salford, Gran Mánchester, un hombre fue atacado con un machete, y lanzaron una granada a la casa de otro. Un niño de nueve años recibió un disparo al abrir la puerta de su casa: el asesino iba a por el padre. Treinta niños viven con miedo al asesinato en este pueblo, que tiene 234.000 habitantes; existen aquí veinticinco grupos del crimen organizado, y se produjeron diecinueve tiroteos en doce meses. «La policía no controla las calles», explicó un pandillero a la BBC en 2016.1

Imagina que eres uno de los hinchas que fueron al estadio del Manchester United para ver el partido contra el Wigan Athletic el 26 de diciembre de 2011. Si en verdad lo eres, quizá recuerdes que el Manchester United se impuso al Wigan cinco goles a cero. Pero algo más sucedía fuera del campo. Había «personal» uniformado dirigiendo a los hinchas para que aparcaran cerca del estadio de fútbol Old Trafford. Miles de personas podían encontrar fácilmente un lugar por cinco libras. Una ganga. Alrededor de los edificios de oficinas, grandes áreas de descampados, espacios de exhibición de coches y terrenos baldíos se habían convertido en aparcamientos para los partidos del Manchester United durante la temporada. La pega era que aquellos empleados trabajaban para el crimen organizado local y usaban áreas públicas de manera ilegal. De vez en cuando se enfrascaban en guerras territoriales por ver quién controlaba los mejores lugares. El 26 de diciembre de 2011 la policía se movilizó y detuvo a trece personas de entre quince y cincuenta años de edad.2 Intentaban acabar con un negocio que reportaba millones de libras cada temporada.

El estadio Old Trafford está junto a Salford, a unos tres kilómetros y medio del centro de Mánchester. The Haçienda, la discoteca europea más emblemática de las décadas de 1980 y 1990, impulsó la música rave y el acid house, además de producir los discos de Joy Division.3 Un tal Donald Noonan, residente local perteneciente a una temida e importante familia criminal de Salford, regenteaba las puertas del garito. Uno de sus hermanos había sido acusado de homicidio y luego fue absuelto, mientras que otro sumaba más de cuarenta condenas por robo armado y agresión a un oficial de policía. Intimidaban tanto que, cuando los detenía la policía, los dejaban ir, con independencia de lo que hubieran hecho (presuntamente). Donald puso un poco de orden en la discoteca The Haçienda. Se permitía la entrada a las bandas, pero cada una se sentaba en una esquina diferente, para evitar las peleas sanguinarias. Les vendían las bebidas a precio de coste para que no tuvieran que robarlas abiertamente y no hostigaran al personal al hacerlo. Peter Hook, miembro fundador de Joy Division y copropietario del Haçienda, cuenta que recibir a los gánsteres ofrecía ventajas adicionales: algunos de los trabajadores obtenían de ellos créditos sin intereses, en vez de tener que pasar por los bancos. Y la asociación con una banda importante revestía cierto prestigio: «Nuestros gorilas eran tan poderosos y tan jodidamente violentos que adonde quiera que fuéramos nos perseguía la fama de estar asociados con ellos», escribe Peter Hook en su libro sobre The Haçienda. Por otro lado, permitir a los gánsteres que gestionaran las puertas del club tenía algunas desventajas: ellos controlaban el flujo de drogas y los porteros se veían arrastrados a su guerra de bandas pues, para no quedar mal, los obligaban a vengarse por lo que sucediera la noche anterior. Un establecimiento legal que tantos de nosotros frecuentábamos y queríamos era cómplice de esa violencia gratuita.

Han pasado unos veinte años y la mayor parte de los lectores pensará que los días salvajes de The Haçienda son cosa del pasado. Después de todo, la discoteca cerró sus puertas en junio de 1997. El barrio de Salford Quays, tocado por la gentrificación, alberga ahora algunas oficinas de la BBC y la ITV. Sin embargo, mientras escribía este libro alguien segó la vida del gánster más influyente de Salford, el 26 de julio de 2015, en un golpe planeado cuidadosamente. Paul Massey murió de un disparo cuando bajaba de un BMW plateado frente a su casa en Salford.4 Poco después de su muerte suspendí la escritura de este libro y viajé al pueblo; ahí conocí a Don Brown, un oficial de policía que empezó a trabajar en esas calles en 1983:

Detuve a Massey tres veces. La primera vez cuando él tenía diecisiete años. Era un tipo pequeño, físicamente no valía mucho, pero tenía agallas para el trabajo. Incluso apuñaló a un hombre frente a un equipo de la BBC que filmaba una película sobre él. Y fue a la cárcel por ese crimen.

La violencia es un ingrediente fundamental en este oficio. Massey y los mafiosos como él deben ser capaces de convencer a un público escéptico de que tienen lo que se necesita para apretar el gatillo. Una vez que han consolidado su reputación, la gente será más propensa a obedecer sus órdenes; se deduce que los mafiosos tendrán que usar «menos» violencia en sus negocios cotidianos.5

Esta gente no solo se dedica a comprar y a vender productos ilegales. Organizan mercados. Controlan espacios públicos. En vez de vender drogas en las esquinas quieren controlar quién tiene derecho a venderlas. Pronto expanden sus redes de extorsión desde un solo ámbito hacia otros elementos de la economía local —de las drogas a la prostitución; de las tiendas de ultramarinos a los taxistas y peluqueros; de los aparcamientos y geriátricos al negocio de la construcción—, hasta que sectores enteros quedan bajo su dominio. Se presentan como instituciones de gobierno, esencialmente en competencia con el Estado legítimo.

Los intereses comerciales de Massey iban más allá de pasar drogas. Fundó una empresa oficialmente llamada Personal Management Security,I abreviado PMS. Todo el mundo sabía que PMS significaba «Paul Massey Security». En solo unos cuantos años la empresa obtuvo contratos lucrativos en Salford, Mánchester y otros lugares. Contaba entre sus clientes a Metrolink, la red de tren ligero de Mánchester, y la constructora responsable de una nueva estación de policía en esa misma ciudad (ambos contratos fueron anulados a causa de las protestas públicas). «Estas empresas de seguridad son, en la práctica, sistemas de extorsión», señala Don Brown. Incluso Massey, un vándalo de poca monta según todos los indicios, pisaba fuerte en el mundo de la ilegalidad.

El suntuoso funeral de Paul Massey celebrado en Salford, en 2015. El tributo floral le describe como una «leyenda de Salford». La carroza está cubierta con banderas del Manchester United.

Los individuos como Massey, y los personajes que llegaremos a conocer en este libro, viven en comunidad. Massey creció entre personas que desconfiaban de la policía y de las instituciones legítimas. De hecho, los disturbios de Salford de 1992 consistieron en una semana entera de ataques contra la policía y los bomberos. Los nombres de quienes se chivaban a las autoridades aparecían escritos con aerosol en las paredes de la principal zona comercial. Hace cuatro años, en un bar de la localidad, dispararon a un hombre frente a treinta personas.6 Después del asesinato, el homicida apuntó hacia los testigos y los amenazó para que no hablaran. Como en otros incidentes similares, la grabación de las cámaras de seguridad desapareció. En vez de omertà, el código de silencio siciliano, la policía lo llama «muro de silencio». Pero es lo mismo. Entrevistado por la BBC en 2016, el exfiscal en jefe de la Corona para Gran Mánchester concluía: «La impresión será que ciertas personas están por encima de la ley y que algunos individuos sentirán que pueden asesinar y quedar impunes». También admitió que «hay un déficit de confianza en la policía».

Con el tiempo, la justicia gánster le arrebata el control a la ley y al orden oficiales. No se ha detenido a nadie por el asesinato de Massey, pero a un residente de la localidad, de 33 años de edad, le cosieron a tiros desde una motocicleta, un crimen característico del mundo del hampa en Salford. Corren rumores de que la víctima había participado en el asesinato de Massey.

El sistema informal de mantenimiento del orden en Salford decide incluso la multa que debe pagar un ladrón de coches cuando atropella por error a un peatón. Los miembros de la Compañía de Salford —también llamada la Compañía (los dos nombres designan a la banda de Massey)— son figuras de autoridad alternativa que imparten su propia justicia sumaria a los transgresores.7 El siguiente paso es que el gánster mismo se convierte en líder comunitario. En 2015 el Guardian informó que circulaba el rumor de que la policía había pedido a Massey que interviniera como mediador tras algunos incidentes violentos en el pueblo, entre ellos un ataque con granada y otro con machete.II Massey también fungió como mediador en conflictos entre bandas por todo el Reino Unido. En 2010, para afianzar su papel como líder comunitario, incluso se presentó a la alcaldía de Salford, quedando en cuarto lugar. Si el sistema electoral hubiera sido distinto —de representación proporcional, pongamos por caso— Massey hubiera alcanzado un escaño en la asamblea local, junto con algunos de sus aliados.8

Estas personas se aprovechan de las comunidades y, sin embargo, llegan a ser consideradas autoridades, figuras dignas de respeto solo en virtud del temor que inspiran. Dado que operan en contextos en los que existe un conjunto de instituciones oficiales, los pandilleros y mafiosos intentan influir sobre el proceso democrático apoyando a sus candidatos o presentándose a puestos de elección popular. Algunos miembros de la comunidad se benefician de la presencia del crimen organizado, pero son una minoría. Desafortunadamente, las autoridades legítimas a menudo inspiran menos confianza que los gánsteres locales. De hecho, las mafias son formaciones paraestatales rudimentarias, y si se les permite existir y florecer llegan a sustituir a las instituciones legítimas.

En algunos aspectos fundamentales, las mafias de las que trata este libro —la Cosa Nostra, la mafia italoamericana, la mafia rusa, la Yakuza japonesa y las Tríadas de Hong Kong— también «difieren» de bandas como la de Massey. Mientras que las bandas tienden a ser organizaciones independientes, las mafias se han esforzado por desarrollar normas de comportamiento compartidas transversalmente por todas las familias, y tienen muchas cosas en común que las distinguen de otras formas de crimen organizado. Todas estas mafias surgieron en épocas turbulentas, cuando los estados no eran fiables y eran incapaces de gobernar correctamente sobre la economía (legal e ilegal); todas tienen ceremonias de iniciación memorables y suelen presentar estructuras jerárquicas y reglas internas similares, incluidas reglas relativas al sexo y la vida familiar; y todas ellas operan dentro de los mismos mercados clave, legales e ilegales, como la construcción, las licitaciones públicas, el narcotráfico y la prostitución. Una mafia es, de hecho, un conjunto de «bandas» que controlan un territorio y se adscriben a las mismas normas de comportamiento. Pueden, pese a ello, pelear entre sí, pero pertenecen a una misma estructura. Y sobre todo han existido desde hace muchísimo más tiempo que las bandas.

¿Quiénes son los mafiosos? Hay una tendencia a describirlos como superhombres, como sociópatas demoníacos que dirigen una organización al estilo de Spectre, salida de una película de James Bond. Esta no es la impresión que me dejaron mis limitados encuentros con mafiosos. Con frecuencia se me pregunta si tenía miedo al conocerlos, y por qué aceptaban ellos hablar conmigo. Creo que los delincuentes comparten con nosotros el deseo, muy humano, de comunicarse, de hablar de sí mismos y justificar sus acciones. De hecho, puedo imaginarme con facilidad cómo, si las cosas hubieran sido de otro modo, un punto de partida diferente o una decisión personal los pudieron haber llevado hacia otro tipo de vida.

Estas personas tienen trato con la violencia, pero no van por ahí matando a todos los que se encuentran. Mi mejor protección era tomármelos en serio y no albergar más motivos que un profundo deseo de entender, de saber cómo veían el mundo, en qué creían que consistía la vida y si valía la pena. Yo me ponía bajo su cuidado durante una hora, más o menos, y ellos a su vez aceptaban el reto. Me hacía pasar por un loco inocente, un académico optimista e ingenuo, y así me convertía en un pequeño observador de su mundo.

Desde luego, uno debe seguir algunas reglas básicas en este tipo de entrevistas. Nunca pregunto detalles específicos del estilo «quién mató a quién», como preguntaría un periodista de investigación o un policía. Para que una entrevista rinda frutos no conviene mostrar repulsa o superioridad moral. A fin de reducir la percepción de amenaza, las preguntas deben tratar sobre «la gente que está en el mismo negocio», en vez de sobre el entrevistado en particular. En mi caso, esta resultó ser una buena estrategia. Tras unos cuantos comentarios generales, regularmente el entrevistado pasaba a hablar de un caso específico, bien fuera el suyo o el de «un conocido». Muy rara vez utilicé grabadora. En mi experiencia, resulta incómodo para los entrevistados y uno obtiene respuestas evasivas. Mi método preferido es tomar notas: le recuerda al entrevistado el propósito del encuentro (es decir, escribir un texto de investigación que se hará público) y al mismo tiempo reduce el riesgo de que el entrevistador dé un mal uso a la información.

Mafia Life no se basa solamente en las entrevistas que realicé. Lejos de ello. Otra fuente importante fue la evidencia judicial, los datos biográficos y las conversaciones grabadas por la policía en el curso de sus investigaciones. Nunca pierdo de vista que este material ha sido recopilado con un propósito muy diferente del mío. Pero sería necio de mi parte ignorar por completo una fuente de información tan rica. Uno puede encontrar, sepultadas entre expedientes judiciales, valiosas pistas sobre la vida de los mafiosos. Las grabaciones policiales de conversaciones telefónicas, cuyos sujetos ignoran que están siendo escuchados, permiten que nos convirtamos en testigos invisibles; accedemos tanto a las altas esferas de un grupo criminal como a sus bajos fondos, y descubrimos mucho sobre la vida diaria y el trabajo de sus afiliados. Ningún etnógrafo soñaría con un nivel de acceso semejante.9 También me serví de los informes investigativos y las confesiones publicadas. Consciente de las limitaciones del tipo de datos utilizados, he intentado reconstruir una historia plausible, consistente con la mayoría de las fuentes. El lector será el juez definitivo que decida si lo he logrado.

Con este libro quiero traer a un primer plano el lado humano de las conspiraciones criminales. Aquí describo a los mafiosos como individuos, no más inteligentes que el resto de nosotros, que cometen errores y a veces son estafados, y terminan muertos o tras las rejas. Usando la estructura de una vida común, narro los complejos desafíos que enfrentan los mafiosos al dirigir sus organizaciones. Al igual que el resto de nosotros, los mafiosos nacen y crecen, quizá se casan, encuentran un trabajo o administran un negocio, ahorran e invierten su dinero, participan en política, enferman y al final mueren.

Ocho elementos conforman los capítulos centrales de este libro: «Nacimiento», «Trabajo», «Administración», «Dinero», «Amor», «Imagen personal», «Política», «Muerte» y «Post mortem». Cada capítulo comienza con una historia narrada en detalle. A continuación, indago en lo que podemos aprender de tal historia.

El personaje principal en «Nacimiento» es Nikolái Zikov, jefe de la mafia rusa. Como hacía Massey en Salford, Zikov dirigía una red de extorsión e intentaba establecerse como líder comunitario. Pertenecía a una fraternidad secreta que surgió en el sistema penitenciario soviético, con una ideología de oposición a aquel régimen. La fraternidad tenía además un ritual de iniciación —un proceso de renacimiento para el futuro miembro— muy parecido al de otras mafias (y ausente en las bandas de Salford). Con la caída de la Unión Soviética esta fraternidad se convirtió en un actor muy importante dentro del mundo delictivo de varios países, y aspiró, como otras mafias, a controlar mercados y territorios.

En «Trabajo» me centro en Antonino Rotolo, jefe de la Familia Pagliarelli de la mafia en Palermo. A partir de las exhaustivas intervenciones telefónicas de la policía, reconstruí la manera en que Rotolo dirigía las redes de extorsión en su vecindario, y cómo su segundo de a bordo había planeado el regreso de la Cosa Nostra al narcotráfico a gran escala, gracias a una alianza con la mafia italoamericana. Además, detallo la situación que Antonino y otros jefes enfrentaron a partir de 2008, incluidas la crisis económica, la infatigable presión policial, las detenciones y la llegada de una población migrante, venida del otro lado del Mediterráneo, que no da por sentado el imperio de la Cosa Nostra. La reputación de la Cosa Nostra siciliana no es tan amenazante como solía.

En «Administración» los reflectores se vuelven hacia Merab, jefe del clan Kutaisi de la mafia posoviética. A Merab lo seguimos mientras se enfrenta al desafío del clan opositor, los Tiflis, que han estado matando a sus hombres por toda Europa. ¿Cómo reaccionar? ¿Debe acaso emprender una guerra frontal, o diseñar una estrategia a largo plazo para aislar a su enemigo y solo entonces contraatacar? Lea usted y lo descubrirá. En el proceso, aprenderá algunas valiosas lecciones de administración. Las mafias necesitan hacer algo con el dinero que acumulan.

En «Dinero» le sigo la pista a los dividendos de la mafia rusa desde Moscú hasta Nueva York, Londres y Roma. En este proceso identifico tres actores fundamentales: el mafioso, el proveedor de servicios de confianza que trabaja moviendo e invirtiendo el capital sucio, y los banqueros que hacen la vista gorda. Descubro además que a veces los banqueros y los proveedores de servicios estafan a los mafiosos.

En «Amor» doy parte de una conversación íntima entre un mafioso y su pareja. Aunque ella tiene prohibida la entrada a la fraternidad de la Cosa Nostra —reservada para los hombres—, él organiza un ritual de admisión rudimentario para ella. El poder del amor lo lleva a violar algunas reglas clave de la mafia y a sincerarse con ella. El afecto profundo por la pareja socava, en buena medida, la integridad de la organización, y las mafias tratan de mantener a raya las emociones y el amor familiar.

En «Imagen personal» el protagonista es Diente Roto Wan, jefe de las apuestas en Macao que produjo una película sobre sí mismo. Sin embargo, el producto final no fue exactamente lo que esperaba. El cine puede ser una herramienta promocional poderosa, pero aunque las mafias querrían controlar la forma en que se les representa, las películas producidas con su participación directa no atraen a un público sofisticado. La mejor publicidad, concluyo, es la indirecta, como la de El Padrino.

En «Política» sigo a dos miembros de las Tríadas de Hong Kong que revelan los secretos en torno a una agresión contra estudiantes, a manos de la mafia, el 3 de octubre de 2014. Parece ser que la estrecha vinculación de las Tríadas de Hong Kong con el gobierno chino ha socavado la autonomía de las primeras, convirtiéndolas en una extensión de una fuerza geopolítica muy poderosa. De manera más general, analizo cómo la mafia puede convertirse en un Estado y cómo los estados a menudo se parecen a las mafias.

En «Muerte» describo algunas de las técnicas homicidas predilectas de la mafia, y remato discutiendo las políticas que podrían debilitarla, y en última instancia eliminarla. Y en «Post mortem» viajo de regreso a Perm para visitar la tumba de Zikov y reflexionar sobre el futuro. Al final del libro he incluido las fuentes a las que recurrí, así como información de lecturas adicionales en torno al tema.

Una última reflexión sobre Massey, en boca de una persona con la que me reuní en Salford y que lo conocía bien: «Cuando mataron a Massey me puse triste. Salí caminando de mi oficina y me senté en un banco. ¿Por qué estaba triste? Cierto que era un criminal, pero podía poner freno a las cosas, mantener las cosas bajo control, y ahora habrá más violencia». Incluso los más temibles mafiosos comienzan siendo vándalos de poca monta, como Massey. Si bien no deberíamos atribuir poderes sobrehumanos a estos individuos, tampoco conviene subestimarlos.10 Lo que me fascina y aterra de estas organizaciones es su habilidad para producir un cierto orden social basado en el miedo y la injusticia. Podemos ignorar esta realidad únicamente bajo nuestro propio riesgo.

NOTAS

I Gestión de Seguridad Personal. (N. del T.)

II Massey desmintió estos rumores en vida.

NOTA AL LECTOR

Los acontecimientos relatados en este libro son reales, al igual que los diálogos. Por razones legales y de privacidad, algunos de los nombres y detalles menores han sido modificados. Los nombres en itálicas son seudónimos. Esto se aplica especialmente en el capítulo 5, donde algunos diálogos y personajes han sido modificados. Cuando «Familia» aparece con mayúscula inicial designa la unidad organizativa básica de la mafia, no a la familia natural. Generalmente me refiero a la Mafia Siciliana con el nombre utilizado por sus miembros: Cosa Nostra. La transliteración de algunos nombres rusos ha sido simplificada.

Algunas secciones de esta obra se basan en declaraciones ante tribunales e intervenciones telefónicas. Se utiliza dicha evidencia por razones analíticas, y no existe la intención de atribuir responsabilidad criminal a ninguno de los individuos mencionados en esta obra. De manera análoga, cuando se asigna la etiqueta «mafioso» a un individuo en específico, no se sugiere que dicho individuo sea imputable por ningún delito.

1

NACIMIENTO

ZIKOV EN PERM, RUSIA, 1993

En los últimos días de la Unión Soviética emprendí un viaje de descubrimiento. Iba en busca de una entidad que sigue siendo misteriosa: la mafia rusa. Desde 1989 había viajado con regularidad a Moscú y San Petersburgo y presenciado el súbito colapso de la economía planificada.1 Ciudadanos comunes se agolpaban en las aceras de la calle Gorki (rápidamente rebautizada calle Tverskaia) para vender pastillas anticonceptivas, condones, botellas de vodka, revistas en inglés y juguetes infantiles. Los más ambiciosos levantaban frágiles construcciones de madera conocidas como kioski. De pronto, los rusos podían abrir todo tipo de tiendas y comerciar con todo tipo de productos. Mientras tanto se subastaban los bienes del Estado. La economía de mercado había alcanzado a Rusia, con el caos y la violencia que conlleva. El capitalismo ruso carecía, en la práctica, de regulaciones. Por todas partes se denunciaban casos de extorsión. En el mercado central de Moscú, los vendedores tenían que pagar cien rublos al día para asegurarse un espacio. Pero no solo había regulaciones y códigos comerciales contradictorios en el Moscú de comienzos de los años noventa. La gente cuestionaba el papel del Estado a tal grado que las leyes parecían carecer de legitimidad. Nadie sabía ya qué era legal y qué delictivo.

Invariablemente se decía que la «mafia» estaba detrás de cualquier actividad delictiva que no fuera totalmente fortuita documentada por la prensa. Palabras como mafia y crimen organizado eran usadas con soltura. Por ejemplo, para Arkadi Vaksberg, periodista ruso y autor del libro The Soviet Mafia, la palabra mafia designaba «todo el sistema de poder soviético, todas sus manifestaciones ideológicas, políticas, económicas y administrativas», que se apropiaba de las joyas de la corona del complejo militar-industrial de la URSS.2 Para otros, hacía referencia a personajes de una nueva naturaleza, los oligarcas, originalmente oscuros científicos y estudiantes que amasaron fortunas en pocos meses. Estos personajes compraban los medios de comunicación, influenciaban al calamitoso presidente y tenían ejércitos privados a su disposición a los que no dudaban en utilizar para alcanzar sus fines. Como futuro estudioso del mundo del hampa, era frustrante para mí que la mayoría de los observadores llamara «mafia» a cualquier conspiración criminal. De manera análoga, numerosos escritores, legisladores y documentos —incluida la definición oficial del fenómeno según la UE— se referían al «crimen organizado» sencillamente como a un grupo de más de dos individuos que se organizan para infringir la ley, una noción que abarca casi cualquier forma de delito.

Solo unos pocos en aquel tiempo recordaban que la Rusia prerrevolucionaria y la Unión Soviética conocían un complejo submundo criminal en cuya cúspide se encontraba una fraternidad de jefes conocidos como los vori v zakone.3 La expresión puede traducirse como «hombres que siguen el código», aunque suele entenderse como «ladrones en ley».4 Sus orígenes pueden rastrearse en los «sindicatos» de ladrones ordinarios del siglo XIX.III Los disidentes condenados al gulag durante el período soviético conocieron a algunos de estos individuos y describieron su comportamiento.IV Maximilien de Santerre, un espía franco-ruso nacido en 1924 y condenado a doce años en 1946, escribió en sus memorias que algunos criminales del campo adoptaban un código de vestimenta peculiar y gestos extraños. Llevaban «cruces caseras de aluminio al cuello, con frecuencia tenían barba y casi siempre llevaban la camisa por fuera de los pantalones, con uno o varios chalecos encima». Tenían tatuajes por todo el cuerpo: en particular llevaban en el pecho «una imagen de ángeles rezando a cada lado del crucifijo; debajo, las palabras “¡salva, oh Señor, a tu esclavo!”, o “creo en Dios”» indicando una profunda conexión religiosa. Hablaban un lenguaje propio, con la estructura gramatical del ruso pero con un vocabulario distinto.V

Varlam Shalámov, quien pasó un total de quince años en los campos (1937-1953) y es conocido en Occidente por ser el autor de Relatos de Kolimá, escribió a finales de la década de 1950 ocho ensayos sobre el mundo criminal en los que describió a los vori v zakone. En su opinión, los vori tenían una firme actitud de desafío al régimen soviético, así como una retorcida moralidad propia. Estos delincuentes estaban organizados en grupos que tenían sus propias leyes, costumbres y lenguaje, y una rudimentaria división interna del trabajo en diferentes distritos e incluso provincias. La fraternidad desapareció casi por completo durante los años cincuenta, enfrascada en una guerra intestina entre los vori «honestos», que se negaron a servir a la patria durante la Segunda Guerra Mundial, y aquellos que aceptaron sumarse a una unidad especial del ejército conformada por convictos del gulag. Solo unos cuantos jefes sobrevivieron.

Pero esos sobrevivientes se reagruparon y ampliaron sus filas durante los años sesenta y setenta, y estaban perfectamente preparados para sacar ventaja del caos y la economía de mercado desregularizada de los noventa, momento en que los vori reaparecieron en las noticias como una fraternidad nacional llamada a ocupar un lugar central en la nueva Rusia e incluso más allá de sus fronteras. Durante estos años, un vor georgiano se convirtió en ministro en su país y desempeñó un papel fundamental en el ascenso de Eduard Shevardnadze a la presidencia en 1992.5 Con el tiempo, los vori llegaron a penetrar también en la cultura popular de Occidente. La película Eastern Promises, dirigida por David Cronenberg en 2007, cuenta la historia de una célula de vori en Londres. Nikolái, interpretado por Vigo Mortensen, se gana la confianza del jefe y en algún punto le proponen convertirse en miembro, mientras se las arregla para ocultar que trabaja para la policía. La novela Un traidor como los nuestros (2010), de John le Carré, se centra en Dima, «el mejor blanqueador de capitales del mundo», nacido en la ciudad rusa de Perm, que pertenece a la fraternidad de los vori e intenta desertar para salvar a su familia.VI

Los vori eran aún desconocidos en Occidente a comienzos de los noventa, cuando decidí viajar a las provincias con la esperanza de obtener una respuesta más clara de la que podría haber obtenido en Moscú a la siguiente pregunta: ¿pueden los vori convertirse en la versión postsoviética de la Mafia, o son solo una encarnación irrelevante del viejo folclore criminal? Dado que la universidad británica para la que trabajaba entonces tenía un programa de intercambio en Perm, una gran ciudad de la región del Ural limítrofe con Siberia, ese sería mi destino. En aquel tiempo yo no sabía casi nada sobre la ciudad. Poco antes de comenzar el trabajo de campo me hice con un ejemplar de Doctor Zhivago, la novela de Boris Pasternak publicada en 1957 que transcurre en la urbe ficticia de Yuriatin, inspirada en Perm.6 Durante la guerra civil, el Ejército Rojo y el Ejército Blanco se disputaron encarnizadamente la Perm real, así como la Yuriatin ficticia, hasta la capitulación de los segundos en 1919. A partir de 1941, cuando Stalin trasladó a la región del Ural las fábricas involucradas en producción militar, Perm se convirtió en un centro para la fabricación de turbinas de avión, cerrándose la ciudad a los extranjeros hasta los días finales de la Perestroika. Yo llegué justo cuando la Unión Soviética acababa de exhalar su último suspiro. En esa época, la mejor forma de llegar a la ciudad era en tren, una versión actualizada del convoy descrito en gran detalle por Pasternak. El Kama —llamado así en honor al río que atraviesa la ciudad— salía cada tarde desde la estación Yaroslavski de Moscú y alcanzaba su destino unas veintidós horas después.

Aparentemente, Perm aún no se había deshecho de los escombros del antiguo régimen: las estatuas de héroes y líderes soviéticos seguían en pie, lo mismo que las pancartas con fotos de obreros superproductivos. El hostal donde encontré una habitación se ubicaba sobre la calle Lenin. Superficialmente, parecía que la vida se había detenido y que este enclave provincial tenía que ponerse al día con «la brutalidad del capital», en palabras de Boris Pasternak. Comencé mi estadía entrevistando a dueños de quioscos y pequeños empresarios. Conforme me iba acercando a la gente a la que quería llegar, aprendí mucho sobre las complicaciones de hacer negocios en la ciudad y sobre el errático régimen de inspecciones implementado por los oficiales del fisco y la policía corrupta. Todos los dueños de quioscos —el escalafón más bajo de la nueva clase capitalista— pagaban una cuota en concepto de protección a una banda que controlaba el barrio en que se concentró mi trabajo. En cierta ocasión acompañé durante buena parte de la noche a Stepan, un comerciante de quien me había hecho amigo, para presenciar su encuentro con el «cobrador» del grupo criminal local. Alrededor de las dos de la mañana apareció el emisario del jefe de distrito. Un exboxeador cacarizo y de cuello ancho llegó en coche e invitó a mi nuevo amigo a bordo de su automóvil. Se me permitió acompañarlos. Mi contacto explicó quién era yo y qué buscaba. Yo iba sentado en el asiento de atrás, mirando fijamente sus nucas, pero aun así logré entablar conversación con aquel extorsionador de baja estofa. No era un sujeto muy parlanchín, pero me confirmó algo que ya había leído antes en la prensa local. El nombre del presunto jefe de la mafia en Perm era Nikolái Stepánovich Zikov, de sobrenombre Yakutionok.

Mi mayor avance llegó unas semanas después, tras entrevistarme con un funcionario local. Gracias a sus buenos oficios (y a los esfuerzos de otras personas que no nombraré aquí), Zikov accedió a reunirse conmigo en el Gornyi Jrustal' (Cristal de roca), un restaurante en los suburbios de la ciudad. Recorrí un distrito industrial de Perm hasta que encontré el lugar. En aquella época, el Gornyi Jrustal’ era uno de los restaurantes más grandes de la ciudad, alojado en lo que solía ser una fábrica soviética de utensilios de cocina. Era una cafetería de estilo soviético: un largo y oscuro pasillo con mesas desperdigadas por todas partes. Un lugar de atmósfera sofocante, sin ventanas. En la puerta me revisaron unos guardaespaldas, como si estuviera entrando a una discoteca. Finalmente llegué al fondo de aquella sala con manchas de humo, donde había un entarimado de construcción reciente. Zikov estaba dando audiencia y algunos de los clientes, sentados a pocos metros de distancia, echaban un vistazo a su mundo. Él estaba sentado a la cabecera de la mesa, con la espalda vuelta hacia la pared exterior. De origen ruso y nacido el 8 de junio de 1953, Zikov era un hombre pequeño, esbelto y de hablar sosegado. Vestía un traje blanco y sus ojos eran almendrados, de mirada serena. Se movía como alguien que es consciente de su poder. Para cuando le conocí, acumulaba ya ocho condenas por crímenes tan diversos como violación, conducir en estado de embriaguez y posesión ilegal de armas. Noté que tenía unos pequeños puntos tatuados en los nudillos, una manera tradicional en que los convictos indican el número de sentencias que han cumplido. Algunas mujeres con ropa barata armaban jaleo alrededor de su mesa. La música a todo volumen hacía imposible la conversación.

Cabría esperar que yo quisiera interrogar a este hombre sobre algunos acontecimientos recientes e inexplicables de las guerras comerciales de la ciudad, o que le preguntara sobre la rampante corrupción del gobierno local. Pues no fue así; era demasiado peligroso. Comencé preguntando a Zikov qué pensaba sobre el caos moral en el que parecía haberse hundido Rusia, y qué podía hacerse al respecto. No le llevó mucho tiempo responder: «Las únicas autoridades morales en Rusia, hoy por hoy, son la Iglesia ortodoxa y los vori v zakone. Tanto la Iglesia como los vori se opusieron al régimen soviético. Cuando los comunistas asumieron el mando, los vori se negaron a obedecer los principios de la sociedad soviética: nunca se pusieron un uniforme y fueron férreos enemigos del régimen. Ellos no valoraban el dinero ni los bienes materiales. En los campos, los vori únicamente respetaban a los prisioneros religiosos», añadió. Más cuestionable fue su aseveración de que los vori siempre habían mostrado respeto por las mujeres y en particular por sus madres (los vori se tatúan a menudo la palabra madre en el cuerpo). En su opinión, los vori eran los depositarios del código moral que el país había perdido.

Tras tantear el terreno un buen rato, Zikov accedió a describir para mí el proceso —conocido como «bautizo» o «coronación»— por el cual alguien se convierte en vor. Durante varios años, los miembros escudriñan cuidadosamente a los criminales profesionales que aspiran a unirse a la fraternidad. Se espera que lleven una vida regida por un estricto sistema de normas y reglamentos, y que demuestren tener, según la cosmovisión de los vori, «creencias muy arraigadas». Al igual que la Iglesia, se presentan como la autoridad moral de un país que ha perdido la brújula. Después de algunos años de aprendizaje, un miembro veterano apadrina a un joven criminal para que obtenga el cacareado título. La ceremonia ha cambiado muy poco desde la década de 1920 y generalmente tiene lugar durante una fiesta de cumpleaños, aunque descubrí que la iniciación de Zikov se produjo mientras este estaba en la cárcel. Durante el acto, el vor mayor es el primero en hablar y propone al novato como miembro ensalzando su carrera delictiva y evocando sus gestas en el mundo criminal. El vor veterano concluye que el futuro miembro está comprometido con la tradición de los vori, que puede convertirse en líder de otros criminales, que puede dirimir disputas con justicia, que se servirá de su autoridad de forma eficaz entre sus camaradas y que será capaz de recaudar ingresos destinados a financiar el fondo de interés común criminal.VII El punto más importante de la ceremonia es establecer que el futuro vor no tiene conexión con ningún organismo policíaco y que no ha trabajado nunca para el Estado. Una vez que esto ha quedado claro para todos los presentes, se toman de las manos y pronuncian un juramento de lealtad al mundo delictivo. Inmediatamente después del juramento el vor veterano recita las leyes de la organización. «Evita cualquier conflicto con tus camaradas vori y no socaves su autoridad. Respeta las decisiones de los tribunales vori y sé diligente en la recaudación de fondos para la fraternidad. Nunca trabajes para el Estado, te enlistes en el ejército, pagues impuestos ni aceptes un empleo en la administración penitenciaria. Puedes casarte, pero la fraternidad debe ser tu prioridad absoluta. La homosexualidad pasiva está estrictamente prohibida. ¡Nunca puedes salir de la fraternidad!» Una vez que las reglas han sido enunciadas se le asigna un nuevo nombre al afiliado. En el caso de Zikov fue Yakutionok, una referencia a la región de Yakutiya donde estuvo encarcelado. La concesión de un nuevo nombre marca el inicio de una nueva vida y guarda importantes similitudes con el ritual de renombramiento de los curas y monjes en la Iglesia ortodoxa (como un historiador soviético apuntó, «es el equivalente a una peculiar profesión de votos monásticos»).7 La noticia de la «coronación» se difunde por todo el mundo delictivo, lo mismo entre amigos que entre enemigos.

Una vez que la ceremonia ha concluido, el nuevo vor puede al fin tatuarse la marca de su nuevo estatus en el cuerpo. Es un proceso brutal, en el que se usa una aguja y una afeitadora para aplicar la tinta en la piel. Las imágenes más populares son las religiosas. El crucifijo es el distintivo de un ladrón respetable, mientras que el número de cúpulas de una iglesia indica el número de sentencias. Para el vor, cumplir penas de prisión es el equivalente a cumplir con un deber religioso. La imagen de la Virgen y el Niño, tomada de la tradición iconográfica de la Iglesia ortodoxa, significa «mi conciencia está limpia ante mis amigos» y «nunca traicionaré». La Virgen por sí sola quiere decir «la cárcel es mi casa». Otras imágenes de un vor legítimo son el rey de tréboles y el rey de picas, calaveras y alas (especialmente de águila, a veces de murciélago). Estrellas, cráneos y coronas son todas marcas de un vor respetable, aunque deberán figurar también imágenes religiosas y animales feroces.

A lo largo de su vida, el cuerpo del vor va recubriéndose con una multiplicidad de imágenes que ofrecen su narrativa biográfica.8 El cuerpo tatuado de un vor es el equivalente de su uniforme, incluidas sus insignias, condecoraciones, divisas de rango y distintivos. Todos sus logros y fracasos, sus ascensos y degradaciones, sus cambios y traslados de cárcel quedan fielmente grabados en su piel. Al tatuaje mismo le llaman, en el argot delictivo ruso, «anuncio», «insignia», «escritura» o «marca»,VIII un indicativo de que esta práctica sirve para anunciar públicamente la pertenencia al mundo del hampa. Ninguna parte del cuerpo queda excluida: se inscriben imágenes en los párpados y en el pene. Una cuchara de metal se inserta bajo el párpado para que la aguja no penetre el ojo.

Si un vor descubre a un recluso luciendo tatuajes a los que no tiene derecho, a este le espera un castigo brutal, incluso la muerte. Si el impostor se ha tatuado, por ejemplo, un anillo en el dedo, se lo amputarán. En otros casos el tatuaje será extirpado a la fuerza junto con la piel, pero al dueño se le perdonará la vida. Los prisioneros de alto rango (llamados «autoridades criminales») preguntan a los nuevos reclusos: «¿Tus tatuajes te avalan?». Si los tatuajes no reflejan el rango del criminal, se le obligará a quitárselos con un cuchillo, una lija, un fragmento de vidrio o un trozo de ladrillo.

 

Tatuaje de un miembro de un grupo de la mafia postsoviética que opera en Grecia. Muestra la cabeza de Cristo coronada de espinas, copiada de una pintura al óleo de Guido Reni (1575-1642).

 

Los tatuajes de un acreditado miembro de la mafia postsoviética encarcelado en Grecia. La estrella de ocho puntas indica, tradicionalmente, que quien la luce es un vor v zakone.

El ritual es considerado el acontecimiento fundamental de una vida. «Uno se siente especial. Nadie puede tocarte después de eso», me dijo Zikov. Pronto se hizo evidente que estaba planeando la ceremonia para su segundo al mando, quien sería admitido pocos meses después. El acto tendría lugar en junio de 1994, coincidiendo con el cumpleaños de Zikov. Una diferencia fundamental entre los antiguos vori del gulag y sus colegas de la Rusia postsoviética es el papel que desempeña la cárcel. A partir del fin del comunismo el sistema penitenciario pasó a ocupar un lugar mucho menor en la carrera delictiva de un individuo. En la Rusia de los años noventa había menos personas que pasaban largos períodos en chirona, y las oportunidades para ganar dinero se dispararon. Los jefes podían enriquecerse enormemente y salir de prisión mediante sobornos. La fraternidad se adaptó rápidamente: dejó de prohibirse o desaconsejarse la acumulación de riqueza e incluso el empleo en instituciones del Estado. Pese a ello, los vori más reputados siguen valorando la experiencia adquirida tras las rejas. El líder de un clan de la mafia georgiana se lamentaba en 2012 de que algunos jefes no hubieran estado nunca en la cárcel. «¿Cómo es posible? Un vor debe conocer la prisión, las celdas de aislamiento, el frío, el calor, el hambre, el tabaco, las letrinas. Un vor de verdad debería estar familiarizado con todo eso.»9 En cualquier caso, en la Rusia de Putin muchos mafiosos han vuelto a conocer el interior de las cárceles.

El 8 de junio de 1994 el sol brillaba con esplendorosa obediencia sobre un hotel en el extrarradio de Perm, donde se había organizado la fiesta de cumpleaños. Para rendir homenaje al vor de la ciudad, que cumplía cuarenta y un años, se dieron cita individuos de cuatro países, diecisiete regiones de Rusia y siete pueblos de la zona de Perm. Entre los invitados había varios prófugos de la justicia, políticos locales, directivos de fábricas y empresas, el presidente del mercado central, un cantante, un artista, un futbolista y cuatro estudiantes de la academia militar. La ceremonia de iniciación transcurría en una habitación privada en el extremo opuesto del salón, mientras los simples mortales bebían vodka y comían rollitos de pollo. Cuando la ceremonia terminó, los criminales volvieron al salón principal animados y felices, uno de ellos llevando una preciada Biblia ortodoxa con tiras de papel colgando: la región de Perm tenía ahora un nuevo vor con quien lidiar.

La arcana sociedad secreta, lejos de convertirse en un vestigio caduco del viejo folclor criminal, ganó importancia en el mundo postsoviético y continúa ganándola actualmente. En 2012 el gobierno de Obama designó a los vori (bajo el improbable nombre de Círculo de Hermanos) como uno de los grupos trasnacionales del crimen organizado que suponen una amenaza importante para la seguridad estadounidense, junto a la Camorra Napolitana, la Yakuza japonesa, los Zetas mexicanos y la facción MS-13.10 En 2015 la reputada agencia de noticias rusa <PrimeCrime.ru> calculó que había 485 jefes de esta fraternidad alrededor del mundo. De estos, 118 están en prisión.11

A partir de mi trabajo de campo en Perm me pareció que los «ladrones en ley» tenían rasgos en común con las mafias tradicionales: un ritual en el que un novato es presentado por un padrino, reglas básicas transmitidas a los nuevos reclutas, un juramento y la asignación de una nueva identidad a los nuevos miembros. El hecho de que asistieran afiliados de otras partes del país a la ceremonia es indicativo de las ramificaciones nacionales de la fraternidad. Además, se informó de la «coronación» a grupos de vori en todo el país. La presencia de la Biblia mostraba la naturaleza religiosa del evento. Uno de los objetivos fundamentales de la ceremonia era «impresionar», dejando una marca en la psique de los reclutas, otorgándoles un propósito y la sensación de haber ingresado a una entidad superior, bendecida por Dios. Este ritual compartía algunas características clave con el de una de las mafias más establecidas que conocía, proveniente por cierto de mi país de origen: la Cosa Nostra siciliana.

NINO CALDERONE SE UNE A LA COSA NOSTRA, CATANIA, SICILIA, 1962

Antonio (Nino) Calderone fue uno de los más prominentes jefes sicilianos que en los años ochenta se convirtieron en testigos del Estado para la justicia italiana. Su hermano había sido el jefe de la Familia Catania de la Mafia y presidente de la Comisión Regional de la Mafia Siciliana, un organismo que reunía representantes de todas las familias de la isla. Antonio mismo había sido lugarteniente de la Familia Catania. Cuando comprendió que formaba parte del bando perdedor en la guerra mafiosa disputada en los años ochenta, escapó a Francia y se entregó a la justicia. Aceptó contar su historia en miles de páginas de testimonio ante los tribunales y con un libro autobiográfico, Gli uomini del disonore [Los hombres del deshonor]. Ahí describió con todo lujo de detalle el ritual por el que pasó en 1962.

Antonio tenía veintidós años cuando se unió a la Familia Catania de la Mafia Siciliana.12 Como en el caso de Zikov y los vori rusos, el ingreso a la Cosa Nostra —nombre con el que sus afiliados se refieren a la Mafia Siciliana— no es un derecho de familia que pase de una generación a otra. Uno tiene que ganárselo. «Hay un análisis, los veteranos estudian a los jóvenes más aptos, parientes de la madre; examinan a los chicos, algunos de los cuales llegan a destacar. Estos serán los nuevos capos, los nuevos hombres de honor», explica Calderone en su autobiografía. ¿Cómo se unió él a la Cosa Nostra? «Un día mi tío me dijo: “Sabes, Nino, una de estas noches vamos a ir a por una buena cena”». Antonio entendió que estaba a punto de ser «iniciado». En la noche señalada lo llevaron a un pueblo cerca del monte Etna. Dentro de un pequeño cortijo de campo, Calderone reconoció a varios hombres que ya antes había supuesto miembros de la Familia. Pero había también muchos otros de los que nunca había imaginado que pertenecieran a la organización, un recordatorio de que la Cosa Nostra en Sicilia es una sociedad secreta, incluso los niños que crecen en ese ambiente desconocen la lista completa de los miembros.

 

Antonio «Nino» Calderone (1935-2013), célebre mafioso siciliano que en 1987 se convirtió en testigo de la fiscalía.

Junto con Antonio había otros siete muchachos a punto de iniciarse. Se miraban unos a otros asintiendo emocionados. Después entró a la habitación el jefe de la provincia de Catania —conocido como el Representante— y dijo: «Venid aquí, chavales». Comenzó a hablar en tono oficial: «Mis queridos jóvenes, ¿sabéis por qué estáis aquí esta noche? […] Estamos aquí esta noche porque vamos a haceros un regalo maravilloso. Esta noche vamos a iniciaros». Primero explicó que la Cosa Nostra nació cuando el pueblo siciliano se alzó contra los invasores franceses en 1282 (una historia completamente falsa). A continuación, el Representante dio a conocer las reglas. «Primero que nada, donde sea que os encontréis con un hombre de honor que está prófugo, debéis recordar que el deber de otro hombre de honor es ayudarle, e incluso esconderle en su propia casa si es necesario. Mas caiga la desgracia sobre aquel que tome a la hija o a la esposa de otro. Si lo hace, es hombre muerto. Tan pronto como os enteréis de que un hombre de honor ha tocado a la esposa de otro, ese hombre debe morir. En segundo lugar, pase lo que pase nunca vayáis con los sbrirri [la policía]; nunca traicionéis a nadie. Quien lo haga será asesinado. En tercer lugar, está prohibido robar.» Uno de los chicos se sorprendió de la regla contra el robo, ya que él mismo era un ladronzuelo. ¿Cómo iba a sobrevivir sin robar? Tuvo lugar una breve discusión. Se le aseguró que podría obtener una exención, siempre y cuando no robara a otros miembros ni a sus familiares. Prosiguió la ceremonia. El jefe recitó seis reglas más: no está permitido ganar dinero con la prostitución; deben evitarse las disputas entre hombres de honor; debe mantenerse el silencio en torno a la Cosa Nostra ante personas ajenas; se recomienda un comportamiento sobrio; no se tolerará el alarde ni la jactancia, y uno no debe presentarse directamente a otro hombre de honor. Antonio estaba impresionado. «Esa noche me pareció hermosa y extraordinaria. Estaba entrando a un mundo nuevo, un mundo de hombres excepcionales dispuestos a arriesgar sus vidas para ayudar a sus camaradas, capaces de vengar injusticias, más poderosos de lo que nadie podría imaginar.»

Al contrario de lo que cabría esperar, a los reclutas se les ofreció la opción de declinar e irse. Todos decidieron quedarse. Ya no había marcha atrás. «Si abandonáis [la Mafia] será con sangre, porque habréis sido asesinados.» La ceremonia se acercaba a su término. El Representante provincial pronunció unas palabras finales: «Ahora, que cada uno de vosotros escoja un padrino». El iniciado normalmente elige como benefactor a quien lo vigiló con espíritu protector durante un tiempo y lo introdujo luego a la Cosa Nostra. Él es el hombre de honor que ha asumido la responsabilidad de proponer al aspirante ante la Familia (del mismo modo que Zikov organizó la iniciación de su protegido). En el caso de Calderone fue el tío Peppino. Llegado este punto, el tío Peppino cogió una aguja y le preguntó a Antonio: «¿Con qué mano disparas?». «Con esta», respondió Calderone. El tío Peppino pinchó entonces uno de los dedos del iniciado y lo apretó hasta sacarle una gota de sangre, que hizo caer sobre una imagen sagrada. En este caso se trataba de la Virgen de la Anunciación, santa patrona de la Cosa Nostra. El tío Peppino encendió una cerilla, la acercó a una esquina de la imagen y le pidió a Antonio que sostuviera la estampa hasta que se hubiese quemado por completo. «Ahuequé mis manos —yo estaba bastante perturbado y sudaba— y miré cómo la pequeña imagen se convertía en cenizas.» En ese momento el neófito recitó un juramento: «Si violo los mandamientos de la Cosa Nostra arderé como esta pequeña imagen de la Anunciación». Cuando el juramento hubo terminado todos y cada uno felicitaron a Antonio. Se había convertido en un hombre de honor. El Representante repitió el ritual con los otros jóvenes y, antes de concluir la ceremonia, detalló la jerarquía de la Familia Catania. «Abrimos no sé cuántas botellas de vino espumoso y comimos un montón de pollo asado. Fue una reunión magnífica. Nunca olvidaré aquella noche.» Así como el vor tuvo su fiesta en Perm en 1994, Calderone tuvo la suya en Catania en 1962.

Los rituales de los vori y de los mafiosos sicilianos tienen profundas semejanzas, a pesar de la distancia cultural entre una organización y otra. En ambos casos la ceremonia es ejecutada exclusivamente por hombres y transcurre en secreto, con un público conformado solo por otros miembros. Este importante acontecimiento no es para deleite de turistas.13

«Tras afiliarte a la fraternidad, rompe todo vínculo con la sociedad», dice una de las reglas de los vori. El iniciado comienza una nueva vida. Y lo que es más: se le asigna una identidad nueva, con un nuevo nombre.IX En ambos casos, el ritual señala un proceso de renacimiento mediante el que todos los lazos del pasado deben anularse, ya que la Familia debe estar ante todo. «Se ha convertido en hombre» es la expresión que indica la afiliación de un miembro de la Cosa Nostra. Gaspare Mutolo, un mafioso siciliano, recuerda: «Cuando me convertí en miembro fue para mí una nueva vida, con nuevas reglas. Para mí solo existía la Cosa Nostra».14 Cuando Sammy «el Toro» Gravano entró a la Familia Gambino en Nueva York, en 1975, le dijeron: «Has nacido hoy».15 El ritual es un acontecimiento intensamente emocional, tanto que muchos sudan y tiemblan. Otro gánster italiano afirmó lo siguiente sobre su propia ceremonia: «Recuerdo como si fuera ayer ese bendito lunes 7 de abril de 1941, cuando el jefe de la Familia me llamó picciotto. Me emocioné profundamente al entender que me había convertido en un miembro de la sociedad… Con voz nítida pronuncié ese juramento que nunca he olvidado».16