Maquiavelo - Quentin Skinner - E-Book

Maquiavelo E-Book

Quentin Skinner

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Beschreibung

Las ideas de Maquiavelo (1469-1527) contribuyeron de forma decisiva a configurar una manera radicalmente nueva de analizar el funcionamiento real de la vida social y de los mecanismos de poder. El gran pensador florentino (observa Quentin Skinner) cultivó «una particular tradición humanística del republicanismo clásico»; los aspectos creativos y originales de su pensamiento nacen precisamente de sus reacciones polémicas ante ese cuerpo de creencias heredadas a las que continuó prestando su adhesión a lo largo de su vida. Esta monografía sitúa la biografía y las obras de Maquiavelo en el contexto cultural de la Italia renacentista y los problemas creados por el reordenamiento del mapa estatal europeo. El resultado de esa fecunda interrelación fue una nueva visión de la realidad política articulada en torno a una idea central: que la clave del poder se halla en la capacidad de los gobernantes para reconocer la fuerza de las circunstancias, aceptar los dictados de la necesidad y armonizar el propio comportamiento con el signo de los tiempos.

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Seitenzahl: 195

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Quentin Skinner

Maquiavelo

Índice

Prefacio

Introducción

1.El diplomático

El fondo humanístico

Las misiones diplomáticas

Las lecciones de la diplomacia

2.El consejero de príncipes

El contexto florentino

La herencia clásica

El reto de Maquiavelo

La virtú maquiavélica

3.El teórico de la libertad

El giro republicano

Los medios para alcanzar la grandeza

Las leyes y el caudillaje

La prevención de la corrupción

La necesidad del imperio

4.El historiador de Florencia

El cometido de la historia

La caída de la libertad florentina

El desastre final

Bibliografía

Créditos

Prefacio

Por su gran ayuda en versiones anteriores de este libro, sigo extremadamente agradecido a John Dunn, Henry Hardy, Susan James, J. G. A. Pocock y Keith Thomas. Por su ayuda para esta nueva edición me siento especialmente en deuda con Andrea Keegan, que me instó a revisar mi texto, así como a Jenny Nugee, quien estuvo encima de él durante todo el proceso de edición con paciencia y eficiencia inquebrantables. Doy asimismo muchas gracias a Johnny Lyons por sugerirme valiosas mejoras. Tengo una especial deuda con Pete Stacey, que leyó mi versión final con una maravillosa atención. Hace poco llevé a cabo una nueva versión de la traducción de El Príncipe que el finado Russell Price y yo publicamos en 1988 y agradezco a Cambridge University Press su permiso para incorporar algunos pasajes de su Introducción en el capítulo 2 del presente libro. Como siempre, mi agradecimiento más profundo se lo debo a Susan James, quien me ha proporcionado su consejo y su aliento indispensables en todas y cada una de las etapas del proceso.

Para esta nueva edición, he enriquecido y actualizado la bibliografía, además de ampliar y revisar por completo el texto. No he alterado, con todo, su línea argumental básica. Sigo pensando que Maquiavelo es sobre todo el exponente de una forma neoclásica del pensamiento político humanista. Sostengo, además, que los aspectos más creativos y originales de su visión política se entienden perfectamente como una serie de reacciones polémicas –y a veces satíricas– contra el cuerpo de creencias que heredó y a las que básicamente continuó prestando su adhesión. Aunque mi intención primera haya sido proporcionar una introducción directa a su pensamiento, espero que estas conclusiones puedan también ser de algún interés para los especialistas en este campo.

Para las citas de los textos clásicos griegos y latinos he utilizado las ediciones de la Loeb Classical Library, refrendando generalmente mi traducción con la que ellas aportan en página enfrentada. Traduzco todos los títulos de obras escritas en otra lengua y proporciono todos los números de capítulo y sección en arábigos. Para las citas de laCorrespondencia, las Legaciones y los así llamados Caprichos (Ghiribizzi), he hecho mi propia traducción. Para las citas de El Príncipe he usado (previo amable permiso) la traducción de la edición a cargo de Quentin Skinner y Russell Price (Cambridge, 2019). Para las citas del resto de obras de Maquiavelo me he servido (previo amable permiso también) de las excelentes traducciones inglesas de Alan Gilbert: Machiavelli:The Chief Works and Others (3 vols. Duke University Press, 1965), si bien modificándolas a veces ligeramente para mantenerme más cerca de la exacta fraseología de Maquiavelo1. Cuando cito de los Caprichos, la Correspondencia y las Legaciones identifico la fuente poniendo entre paréntesis «Cap», una «C» o una «L» junto con el número de página después de cada cita. Cuando hago referencia a las otras obras de Maquiavelo, lo hago de forma que quede contextualmente claro en cada caso qué texto estoy citando, y añado simplemente el número de página entre corchetes. El detalle completo de todas las ediciones que uso puede encontrarse en la relación de «Obras de Maquiavelo citadas en el texto» de la página 149. Para las citas de otros autores sigo el mismo sistema y en este caso doy el detalle de las ediciones en la relación de «Otras obras citadas en el texto» de la página 150.

Cuando presento por primera vez los términos clave del vocabulario político de Maquiavelo empiezo por dar cada palabra en italiano antes de traducirla. Cuando cito El Príncipe en italiano me sirvo de la edición de Giorgio Inglese (Turín, 2013); cuando cito otras obras de Maquiavelo me sirvo de las ediciones publicadas en la serie «Biblioteca di classici italiani» de Feltrinelli, dirigida por Carlo Muscetta.

Es preciso hacer una pequeña puntualización acerca de las palabras virtù y servitù. Mientras que estas palabras se escriben así en italiano moderno, Maquiavelo habla de virtú y servitú. No hace falta decir que tal grafía se conserva en las ediciones italianas modernas de sus obras, pero yo he preferido usar de forma consistente la ortografía moderna. Y sigo, asimismo, manteniendo mi convicción de que el concepto de virtù (virtus en latín) propio de Maquiavelo no puede traducirse al inglés moderno por una simple palabra ni por una serie de fáciles perífrasis. En consecuencia, he dejado estos términos en su forma original a lo largo de todo el libro. Ello no significa, empero, que desista de analizar sus significados; por el contrario, gran parte de mi texto puede leerse como una explicación de lo que entiendo que Maquiavelo quiso significar con ellos.

1 Para facilitar su consulta al lector hispanohablante, en la presente edición citamos según las traducciones de El príncipe y los Discursos sobre la primera década de Tito Livio a cargo de Miguel Ángel Granada y Ana Martínez Arancón, respectivamente, disponibles en esta misma colección: El príncipe, Alianza Editorial, Madrid, 2010; Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Alianza Editorial, Madrid, 2015. (N. del E.)

Introducción

Nicolás Maquiavelo (Niccolò Machiavelli) murió hace unos quinientos años, pero su nombre sobrevive como un apodo para designar la astucia, la duplicidad y el ejercicio de la mala fe en los asuntos políticos. «El sanguinario Maquiavelo», como Shakespeare lo llamó, nunca ha dejado de ser un objeto de odio para moralistas de todas las tendencias, tanto conservadores como revolucionarios. Edmund Burke proclamaba entrever «las odiosas máximas de la política maquiavélica» subyacentes a la «tiranía democrática» de la Revolución Francesa. Marx y Engels atacaron con no menor violencia los principios del maquiavelismo al insistir en que los verdaderos exponentes de la «política maquiavélica» son aquellos que intentan «paralizar las energías democráticas» en periodos de cambio revolucionario. El punto en que unos y otros están de acuerdo es que los demonios del maquiavelismo constituyen una de las más peligrosas amenazas para las bases morales de la vida política.

Tal es la notoriedad asociada al nombre de Maquiavelo que la acusación de ser un maquiavélico continúa siendo todavía algo serio en los actuales debates políticos. Cuando Henry Kissinger expuso su filosofía en una famosa entrevista con Oriana Fallaci publicada en The New Republic en 1972, su entrevistador hizo notar, después de oírle analizar su papel de consejero presidencial, que «escuchándole a usted, uno se maravilla no de lo mucho que haya influido en el presidente de los Estados Unidos sino de en qué medida ha sido usted influido por Maquiavelo». La sugerencia era de tal calibre que Kissinger se mostró extremadamente ansioso de rechazarla. ¿Era él un maquiavélico? «No, no, en absoluto.» ¿No había influido en él Maquiavelo en algún grado? «En ninguno, en absoluto.»

¿Qué hay detrás de la siniestra reputación que Maquiavelo ha adquirido? ¿Se la merece realmente? ¿Qué puntos de vista acerca de la política y de la moralidad política expresó realmente en sus principales obras? Tales son las cuestiones a las que espero contestar a lo largo de este libro. He de indicar que, a fin de entender las doctrinas de Maquiavelo, necesitamos comenzar por recuperar los problemas a los que se tuvo que enfrentar en El Príncipe, los Discursos y en sus otras obras sobre filosofía política. A fin de alcanzar esta perspectiva, necesitamos, a la vez, reconstruir el contexto en el que estas obras fueron originalmente compuestas –el contexto intelectual de la filosofía clásica y renacentista, así como el contexto político de la vida de la ciudad-estado italiana en el comienzo del siglo XVI–. Una vez que situemos a Maquiavelo en el mundo en el que sus ideas inicialmente se gestaron, podemos empezar a apreciar la extraordinaria originalidad de su ataque contra los supuestos morales vigentes en su tiempo. Y una vez que nos hagamos cargo de su propio punto de vista moral, podremos ver sin esfuerzo por qué su nombre es todavía tan fácilmente invocado cuando se analizan las consecuencias del poder político y del caudillaje.

1. El diplomático

El fondo humanístico

Maquiavelo nació en Florencia el 3 de mayo de 1469. Las primeras noticias que tenemos de él nos lo muestran tomando parte activa en los asuntos de su ciudad natal en 1498, el año en que el régimen controlado por Savonarola abandonó el poder. Savonarola, el prior dominico de San Marcos, cuyos proféticos sermones habían dominado la política de Florencia durante casi cuatro años, fue arrestado como hereje a primeros de abril; poco después, el consejo que gobernaba la ciudad comenzó a retirar de sus posiciones en el gobierno a los secuaces del fraile que todavía permanecían en él. Uno de los que perdieron su empleo como consecuencia de ello fue Alejandro Braccesi, el jefe de la segunda cancillería. En un principio el puesto quedó vacante, pero al cabo de unas cuantas semanas de dilación el nombre de Maquiavelo comenzó a sonar como un posible sustituto. Tenía apenas veintinueve años, y no parecía haber tenido experiencia administrativa previa. No obstante, su elección salió adelante sin mayores dificultades, y el 19 de junio fue debidamente confirmado por el gran consejo como segundo canciller de la república florentina.

Por el tiempo en que Maquiavelo entró en la cancillería existía un método bien establecido para el reclutamiento de sus funcionarios de mayor rango. Además de una probada pericia diplomática, se esperaba que los funcionarios aspirantes mostraran un alto grado de competencia en las así llamadas «disciplinas humanas». Este concepto de los studia humanitatis derivaba de fuentes romanas, especialmente de Cicerón, cuyos ideales pedagógicos habían sido reavivados por los humanistas del siglo XIV y llegaron a ejercer una poderosa influencia en las universidades y en el gobierno de la vida pública italiana. Los humanistas se distinguían ante todo por su adhesión a una teoría particular de los contenidos característicos de una educación «verdaderamente humana». Esperaban que sus alumnos comenzasen dominando el latín, que ejercitaran luego este dominio en la lectura de la retórica y la poesía clásicas, y que completaran su formación con el estudio de la historia antigua y de la filosofía moral. Popularizaron asimismo la persistente creencia de que este tipo de adiestramiento constituye la mejor preparación para la vida pública. Como Cicerón había sostenido repetidamente, estas disciplinas alimentan los valores que necesitamos principalmente para servir bien a nuestro país: la complacencia en subordinar nuestros intereses privados al bien público; el deseo de luchar contra la corrupción y la tiranía, y la ambición de alcanzar los objetivos más nobles del hombre: el honor y la gloria para nuestro país y para nosotros mismos.

A medida que los florentinos se imbuían de una manera creciente de estas creencias, comenzaron a llamar a sus más destacados humanistas para ocupar las más prestigiosas posiciones en el gobierno de la ciudad. Se puede decir que la práctica se originó con la designación de Coluccio Salutati como canciller en 1375, y esto se convirtió en norma rápidamente. Durante la adolescencia de Maquiavelo, la primera cancillería fue ocupada por Bartolomeo Scala, quien mantuvo su profesorado en la universidad a lo largo de su carrera pública y continuó escribiendo acerca de temas típicamente humanistas, siendo sus obras más notables un tratado moral y una Historia de los florentinos. Durante el tiempo que Maquiavelo permaneció en la cancillería, las mismas tradiciones fueron solemnemente mantenidas por el sucesor de Scala, Marcello Adriani. También éste pasó a la cancillería desde una cátedra en la universidad, y continuó publicando obras de erudición humanista, incluido un libro de texto para la enseñanza del latín y un tratado en lengua vernácula titulado Sobre la educación de la nobleza florentina.

La familia de Maquiavelo, aunque no era rica ni pertenecía a la aristocracia, estaba estrechamente relacionada con los círculos humanistas de la ciudad. Su padre, Bernardo, que se ganaba la vida como abogado con cierta precariedad, mantenía estrechas relaciones con algunos distinguidos eruditos, entre ellos Bartolomeo Scala, cuyo tratado de 1483 Sobre las leyes y los juicios legales adoptó la forma de un diálogo entre él mismo y «mi íntimo amigo», Bernardo Machiavelli (160). Más aún; resulta evidente, a partir del diario que Bernardo llevó entre 1474 y 1487, que, a lo largo del periodo de crecimiento de su hijo Niccolò, Bernardo estuvo ocupado en el estudio de varios de los principales textos clásicos en los que el concepto renacentista de studia humanitatis se había fundamentado. Registra que pidió prestadas las Filípicas de Cicerón en 1477, y su mayor obra de retórica, El orador, en 1480. También pidió prestado varias veces el tratado moral más importante de Cicerón, Sobre los deberes, a lo largo del decenio de 1470, y en 1476 se las arregló para adquirir un ejemplar propio de la Historia de Tito Livio, el texto que unos cuarenta años más tarde habría de servir de entramado para los Discursos de su hijo, su más larga y ambiciosa obra de filosofía política.

Resulta también evidente por el diariode Bernardo que, a pesar del enorme desembolso que ello suponía, y que detalla con minuciosidad, se había tomado muy a pecho el proveer a su hijo de un excelente fundamento en los studia humanitatis. Tenemos la primera noticia sobre la educación de Maquiavelo inmediatamente después de su séptimo cumpleaños, cuando su padre recuerda que «mi pequeño Niccolò ha comenzado a ir con el maestro Matteo» a fin de dar el primer paso en su enseñanza formal, el estudio del latín (11). Para cuando tenía doce años había pasado ya a la segunda etapa y se hallaba bajo la tutela de un famoso maestro de escuela, Paolo da Ronciglione, que enseñó a varios de los más ilustres humanistas de la generación de Maquiavelo. Este nuevo paso es anotado por Bernardo en la entrada de su diariocorrespondiente al día 5 de noviembre de 1481, cuando anuncia orgullosamente que «Niccolò escribe ahora por sí mismo redacciones en latín», siguiendo el método humanista corriente de imitar los mejores modelos del estilo clásico (31). Finalmente parece –si hemos de dar crédito a la palabra de Paolo Giovio– que Maquiavelo pudo ser enviado a completar su educación en la universidad de Florencia. En sus Elogios de hombres ilustres Giovio cita palabras de Maquiavelo según las cuales «aprendió la mejor parte de las lenguas griega y latina» de Marcello Adriani (259). Y Adriani, como hemos visto, ocupó una cátedra en la universidad durante varios años antes de su designación para la primera cancillería.

Este trasfondo humanístico puede contribuir a explicar por qué Maquiavelo recibió su puesto en el gobierno en el verano de 1498. Adriani había sido promovido al cargo de primer canciller a principios del mismo año, y parece plausible suponer que se acordara de los conocimientos humanísticos de Maquiavelo y decidiera recompensarlos en el momento de cubrir las vacantes en la cancillería causadas por el cambio de régimen. Sin embargo, el cargo de Adriani no le facultaba más que para proponer el nombre de Maquiavelo; la decisión definitiva de su nombramiento dependía del gran consejo. Puede que una razón más operativa para la elección de Maquiavelo fuera la súbita caída de Savonarola, ejecutado en mayo de 1498. Para entonces Maquiavelo había comenzado a darse a conocer como un oponente ferozmente anticlerical del fraile y sus seguidores, y es posible que este factor resultara decisivo para que el gran consejo se animara a incluirlo en el nuevo gobierno, marcado por una fuerte impronta antisavonaroliana.

Las misiones diplomáticas

El cargo oficial de Maquiavelo llevaba aparejados dos tipos de obligaciones. La segunda cancillería, creada en 1437, tenía que ver principalmente con la correspondencia referente a la administración de los propios territorios florentinos. Pero, como cabeza de esta sección, Maquiavelo pasaba también a ser uno de los seis secretarios afectos al primer canciller, y en calidad de tal se le asignó la tarea adicional de servir a los Diez de la Guerra, el comité responsable de las relaciones exteriores y diplomáticas de la república. Esto significaba que aunque pasara la mayor parte del tiempo haciendo su trabajo ordinario en el Palazzo Vecchio, también podía ser reclamado para viajar al extranjero por cuenta de los Diez, actuando como secretario de sus embajadores y ayudando a enviar a casa detallados informes sobre asuntos exteriores.

La primera misión importante de este tipo que llevó a cabo Maquiavelo tuvo lugar en julio de 1499, cuando viajó para verse con Caterina Sforza en Forlì, ciudad que gobernaba como regente desde 1488. Florencia había empleado al hijo de Catalina, Ottaviano, como jefe de una fuerza mercenaria en 1498 y deseaba prolongar el acuerdo, si bien ahora con unas contraprestaciones considerablemente inferiores. Maquiavelo debía negociar directamente con Caterina, un poderoso recordatorio del hecho de que en la Italia renacentista era posible ser un principe sin ser forzosamente un varón. Caterina, claro está, era una excepción, pero Maquiavelo se halló teniendo que lidiar con una dirigente que era un príncipe de la cabeza a los pies. Rechazó cualquier conminación o intimidación y acabó consiguiendo un incremento de la remuneración ofrecida en principio. Posteriormente, Maquiavelo habría de recordarla con respeto en el capítulo XX de El Príncipe como una persona que se las había arreglado para mantenerse en el poder, cuando menos durante un tiempo, a pesar de enfrentarse a la hostilidad de sus propios súbditos.

La primera oportunidad que tuvo Maquiavelo de tomar parte en una embajada fuera de Italia llegó justamente un año más tarde, en julio de 1500, cuando él y Francesco della Casa fueron comisionados para «pasar con toda la rapidez posible» a la corte de Luis XII de Francia (L 70). La decisión de enviar esta embajada vino motivada por las dificultades que Florencia había encontrado en la guerra contra Pisa. Los pisanos se habían rebelado en 1496 y habían conseguido rechazar todos los intentos de aplastar su independencia durante más de cuatro años. A principios de 1500, no obstante, los franceses consintieron en ayudar a los florentinos en la recuperación de la ciudad, y enviaron una fuerza para sitiarla. Pero el sitio acabó en un desastre: los mercenarios gascones contratados por Florencia desertaron, las fuerzas auxiliares suizas se amotinaron por falta de paga y el asedio tuvo que retirarse ignominiosamente.

Las instrucciones que llevaba Maquiavelo de parte de los Diez de la Guerra consistían en «dejar sentado que no fue debido a una insuficiencia nuestra el que esta empresa no diera resultados» y al mismo tiempo «dar la impresión», si era posible, de que el jefe de la fuerza francesa había actuado «corruptamente y con cobardía» (L 72, 74). Sin embargo, Como Maquiavelo descubrió en su primera audiencia en presencia de Luis XII, el rey no se mostró muy interesado en las excusas de Florencia por sus pasados fallos. Lo que quería saber es qué podía esperar realmente en el futuro de un gobierno que parecía estar mal llevado. Este encuentro dio el tono que habían de seguir todas las subsiguientes entrevistas de Maquiavelo con Luis y sus principales consejeros, Florimond Robertet y el arzobispo de Rouen. El resultado fue que, aunque Maquiavelo permaneció en la corte francesa durante cerca de seis meses, la visita le enseñó menos acerca de la política de los franceses que sobre la situación crecientemente equívoca de las ciudades-estado italianas.

La primera lección que aprendió fue que, para quienquiera que estuviera instruido en los secretos de una moderna monarquía, la maquinaria gubernamental de Florencia daba la sensación de ser absurdamente vacilante y endeble. A finales de julio se hizo patente que la signoria, el consejo que regía la ciudad, necesitaría una nueva embajada para renegociar los términos de la alianza con Francia. A lo largo de agosto y septiembre, Maquiavelo quedó a la espera de saber si los nuevos embajadores habían abandonado Florencia, mientras que aseguraba al arzobispo de Rouen que los esperaba en cualquier momento. A mediados de octubre, al no tener todavía señal alguna de su llegada, el arzobispo comenzó a tratar con abierto desdén estas continuas mentiras. Como Maquiavelo se vio obligado a reportar, «replicó con estas palabras exactas» cuando le aseguró que la misión prometida por fin estaba de camino: «Es verdad que usted lo dice, pero antes de que esos embajadores lleguen, estaremos todos muertos» (L 168).

De una manera más humillante aún, Maquiavelo descubrió que el sentimiento de la propia importancia de su ciudad natal parecía a los franceses ridículamente discorde con la realidad de su posición militar y de su riqueza. Los franceses, hubo de informar a la signoria, «sólo valoran a los que están bien armados o dispuestos a pagar» y han llegado al convencimiento de que «ambas cualidades se hallan ausentes en vuestro caso». Aunque intentó hacer un discurso «sobre la seguridad que vuestra grandeza podría aportar a las posesiones mantenidas por Su Majestad en Italia», se dio cuenta de que «todo ello resultaba superfluo», puesto que los franceses sencillamente se rieron de él. La dolorosa verdad, confiesa, es que «os llaman Señor Nada» (L 126 y n.).

Maquiavelo se tomó muy a pecho la primera de estas lecciones. Sus escritos políticos de madurez están llenos de advertencias sobre la necedad de las dilaciones, el peligro de aparecer como irresoluto, la necesidad de una acción decidida y rápida tanto en la guerra como en la política. Pero no cabe duda de que le resultó imposible aceptar la consecuente implicación de que podría ser que no hubiera futuro para las ciudades-estado italianas. A partir de 1504, año en que se emplazó en la entrada del Palazzo Vecchio la estatua de David hecha por Miguel Ángel, Maquiavelo pasaba todos los días por delante de ella y parece haber respaldado sin cuestionársela su afirmación de que Florencia aguardaba el enfrentamiento con cualquier Goliat. Continuó teorizando acerca de la organización militar y política de las ciudades-estado italianas en la creencia de que éstas eran todavía perfectamente capaces de recuperar y mantener su independencia, aunque el periodo de tiempo correspondiente a su propia vida fuese testigo de su inexorable subordinación a las fuerzas muy superiores de Francia, Alemania y España.

Su misión en Francia terminó en diciembre de 1500, y Maquiavelo se dio toda la prisa que pudo en volver a casa. Su hermana había muerto mientras él estuvo fuera y su padre había muerto muy poco después de su partida, y en consecuencia (como se quejaba a la signoria) sus asuntos familiares «han dejado de tener el menor asomo de orden» (L 184). Experimentaba también inquietud por su empleo, pues su ayudante Agostino Vespucci se había puesto en contacto con él a finales de octubre para transmitirle el rumor de que «a menos que volváis, perderéis sin remedio vuestro puesto en la cancillería» (C 60). Además, poco tiempo después, Maquiavelo encontró una razón más para querer permanecer en las cercanías de Florencia: su noviazgo con Marietta Corsini, con quien se casó en el otoño de 1501. Marietta sigue siendo una figura borrosa en la vida de Maquiavelo, pero las cartas de éste dan a entender que no dejó nunca de amarla, mientras que ella por su parte le dio seis hijos, parece haber llevado sus infidelidades con paciencia y, finalmente, le sobrevivió un cuarto de siglo.

Durante los dos años siguientes, que Maquiavelo consumió en Florencia y sus alrededores, la signoria