Marcela Paz - Ana María Larraín - E-Book

Marcela Paz E-Book

Ana María Larraín

0,0

Beschreibung

Marcela Paz, Premio Nacional de Literatura 1982, es autora de varias novelas y cuentos, y creadora del inolvidable personaje Papelucho y su serie, que se ha mantenido entre los best sellers de la literatura infantil chilena. Hoy, de la mano de Ana María Larraín, es protagonista de su propia historia: "Una mujer de su época que mira el correr de los tiempos con los ojos muy abiertos, que se involucra con la realidad y que interviene en ella siguiendo el llamado social, pero sin dejar de acoger sobre sí su vocación de escritora". Estas palabras, escritas por Ana María Larraín, reflejan el contenido de esta biografía que nos presenta a Ester Huneeus/Marcela Paz en toda su dimensión humana y literaria.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 325

Veröffentlichungsjahr: 2021

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Ch863

P348L

Larraín, Ana María.

Marcela Paz, una imaginación sin cadenas / Ana María Larraín. -– 1a ed. -- Santiago,

Chile: Universitaria, 2009.

205 p.: 86 il. (algs. col.), retrs. ; 15,5 x 23 cm.

(Testimonios)

Incluye cronología.

Bibliografía: p.[203]-204.

ISBN Impreso: 978-956-11-2093-8ISBN Digital: 978-956-11-2825-5

1. Paz, Marcela, 1902-1985 – Biografías.

2. Paz, Marcela, 1902-1985 – Crítica e

Interpretación. I. t.

© 2009, EDICIONES MARCELA PAZ

Para el libro de Ana María Larraín

Marcela Paz, una imaginación sin cadenas

Inscripción Nº 184.802, Santiago de Chile.

Derechos de edición reservados para todos los países por

© Editorial Universitaria, S.A.

Avda. Bernardo O’Higgins 1050. Santiago de Chile.

[email protected]

Ninguna parte de este libro, incluido el diseño de la portada,

puede ser reproducida, transmitida o almacenada, sea por

procedimientos mecánicos, ópticos, químicos o

electrónicos, incluidas las fotocopias,

sin permiso escrito del editor.

Texto compuesto en tipografía Caslon 540 11/14

DISEÑO DE PORTADA Y DIAGRAMACION

Yenny Isla Rodríguez

Norma Díaz San Martín

www.universitaria.cl

Diagramación digital: ebooks [email protected]

Índice

Prólogo

• De miradas, borbotones y otros encuentros

• Visiones de barrio

• ¿Te vas a hacer la permanente conmigo?

I.Este libro: una mujer

II.El recorrido y los límites

• Ajustando el foco

• El círculo se cierra

• Los días y las horas

• El simbolismo de las fechas: dos hitos

III.El país de Ester Huneeus

• Emergencia del capitalismo

• Inmigración extranjera e inhibición del Estado

• La mesa de tres patas y la cuestión social

• El centenario y la explosión de ilusiones

•Belle Époque, caridad cristiana y laissez faire estatal

IV.La gran crisis

• Un récord que no se borra

• El diablo con cola

• El limón agrio

• Una historia conocida

• De la mano de un niño

V.De raíces y ramajes

• La savia que nutre al tronco

• Ramas y flores de la niñez

VI.Sombras del entorno

• Conservadurismo, sociedad, Iglesia e inquietud social

• Evento biográfico clave y estructuración de la personalidad

VII.El árbol y sus frutos

• Del día que no existe a la noche inolvidable

• Enfermedades en mi casa

VIII.La adolescencia y el mundo de las estrellas

• La loca de casa

• De cartas y otras ficciones

IX.Baile de estreno y el tarrito que suena

• Se cuenta…

• Cuando los padres se divorcian

• Los seudónimos

X.Nacimiento de Marcela Paz. El amor y una libreta

• Un repaso crítico

• ¿Quién es, un zorzal?

• Espíritu romántico, cuerpo realista

XI.Un corazón que traiciona

• De maternidades, pesadillas y algunas nostalgias

• La vuelta de Sebastián y otros regresos

• “El mar fiel duerme aquí, sobre mis tumbas”

XII.De retoños y ramales

• Querida mamá, no se ponga nerviosa, es pura fatalidad

• El aceite de la burra, los jeringazos y una Pandilla

• Pérdidas y misiones, estropajos y dix-lesias

• Los eslabones de una cadena

• Entre el silencio y la escritura: la vida

• Hágalo usted mismo

XIII.Papelucho

• Reflexiones sobre el género

• Un premio, un personaje

• Papelucho en su ámbito… y las traducciones

• ¿Y en la literatura universal?

• Mano maestra

• Una visión de los padres

• Un testimonio lector

XIV.Homenaje y un epílogo

• A modo de…

• Epílogo

XV.Cronología y otros

• Cronología de Ester Huneeus (Marcela Paz)

• Homenajes

• Obras Publicadas

• Antologías

• Bibliografía seleccionada

• Principales galardones

Otras publicaciones de la obra de Marcela Paz

Bibliografía

Agradecimientos

A mi madre, Celia Navarro Zañartu.Por su incondicionalidad única, silenciosa y total en cada una de mis huerfanías.

A Felipe, mi hermano. Por las carencias.

Si su vida cotidiana le parece pobre, no la culpe, cúlpese usted; dígase que no es bastante poeta para suscitar sus riquezas. Para los creadores no hay pobreza ni lugar pobre, indiferente. Y aún cuando usted estuviese en una prisión cuyas paredes no dejasen llegar hasta sus sentidos ninguno de los rumores del mundo, ¿no le quedaría siempre su infancia, esa riqueza preciosa, imperial, esa arca de los recuerdos?

Rainer María Rilke,Cartas a un joven poeta

Ester Huneeus en 1957.

Prólogo

De miradas, borbotones y otros encuentros

Una silenciosa tarde del mes de diciembre, mientras descansaba en el sur dándole vueltas a la idea de escribir este libro, se me presentó una imagen que resultaría crucial para el despegue de la hoja en blanco. Unas manos transparentes se extendían, generosas, allá en el fondo de las aguas, abriéndose hacia el cielo como las ramas de un árbol. La derecha dibujaba con tinta china algunas letras, que danzaban en lenta cadencia al son de las teclas invisibles de un piano; la izquierda entretejía sin apuros las hebras plateadas de una cabellera de mujer. Sobre su cabeza inmóvil se sentaba un niño extrañamente quieto, que me miraba fijo entre las algas, queriéndome decir algo cuyo sentido yo no lograba desentrañar. Hasta que, dando un salto, me zambullí y me senté a su lado, recogí en ondulante hilera las letras negras enhebradas de blanco y, sin darme cuenta, acepté su invitación.

La acogida fue fulgurante y, ya en la noche, me encontraba lápiz en mano, aunque sin saber aún cómo abordarla a ella, a la Anciana Sabia. A la escritora Marcela Paz en Ester Huneeus, a quien había tenido antes la oportunidad de conocer personalmente. Poco a poco empecé a sustraerme de la realidad circundante y, disolviendo presencias en esas aguas calmas que ahora desaparecían ante mis ojos, entré no en el lago sino en un torrente de verde espesor que me succionaba entera hacia un espacio sin tiempo. El espacio sin tiempo que constituye la infancia. Y entonces, en rapidísimo despliegue, las imágenes sensoriales que me convocaban sin tregua se fueron plasmando una a una en el papel alrededor de una sola experiencia vital que fulguraba intacta transgrediendo el tiempo: la lectura voraz de mi montoncito de Papeluchos, cercana ya a los diez años y estando yo tendida bajo un sauce, a la orilla de un estero. Sola. Ajena. Distante. Triste hasta el hueco del pecho. Libre para la pena y el llanto.

Y entonces lo vi y pude conectarme. Y fue así.

Mi padre se moría en Santiago y, aunque nadie me lo había advertido, yo lo supe con mi intuición de niña cuando me arrancaron abruptamente de su lado para enviarme, obligada, al fundo de una amiga ¡para que por favor te distraigas!

Mi padre estaba desde hacía dos años en cama, desahuciado de esta existencia por su corazón de 45. Y yo, como hija mayor de otros nueve y en mi calidad de preferida, no quería moverme de su pieza, de ese nido de enfermo donde era, sí, tan feliz.

Y fue justamente mi padre, y eso no lo olvido, quien con su verde mirada ahora llena de nubes, había decidido mi partida hacia un mundo al que yo, en esos precisos momentos, no hubiera deseado jamás arribar. Un mundo de juegos, empujones y cuchicheos de niños, sin preocupaciones ni pasados ni futuros, pero donde la alegría era, y yo lo sabía, imposible. Más aún cuando, al primer asomo de nostalgia que, por descuido, velara mi rostro –yo era una niñita bien educada–, sentía surgir en los demás, en todos esos Otros, esa odiada pero afanosa urgencia de devolverle como fuera la risa a mi alma.

No me la devolvieron esos niños, ni tampoco la preocupación vigilante de su madre. Me la devolvió Marcela Paz con ese otro niño que era Papelucho, cuyos dichos, salidas geniales y locas aventuras me sacaron por un buen tiempo del sarcófago en que me ahogaba noche y día, sin noción de luz ni menos de esperanza.

Mi padre se murió al poco tiempo en Santiago. Y aunque yo me sentí, como su corazón, traicionera –y a él, por dejarme sola, un gran traidor–, todavía resuenan en mis huesos de huérfana las carcajadas con lágrimas que me regalara, durante el mes de septiembre de 1960 en Tapihue, ese otro niño de papel que se hizo para siempre tan cercano: solitario, divertido y justiciero.

Quizás también porque, como yo, él empezó a llevar un diario de vida hecho “para nadie” ante el terror de la muerte. Para decir, dice, “aquellas cosas que no se pueden contar porque no salen por la boca”. Pero sobre todo porque, también como yo, él sabía que “cuando esté escrito, me habré librado de seguir pensando”.

Visiones de barrio

Un par de años más tarde, ensayando una obra de teatro a beneficencia con un grupo de amigas del cach (Club de Amigas Chifladas, del cual yo era “la presidenta”), escuchamos de pronto un par de aplausos que, seguidos de unos tímidos ¡bravo!, provenían del extenso muro blanco, colindante con el jardín de una de las actrices en cuya casa nos reuníamos ese sábado. “Hola”, saludó la voz, desparramando sus largas piernas allá en lo alto, mientras nosotras nos quedamos tiesas como estacas y con la cara más roja que las dalias. Tal como sucedía entonces cuando un chiquillo mayor se fijaba en tus (anhelantes) 11 años. “Hola, Andrés”, respondió la dueña de casa con pasmosa desenvoltura. Y a nosotras: “Es el hijo de Marcela Paz, la mamá de Papelucho. Son nuestros nuevos vecinos”.

Para qué decirlo, el encuentro nos cambió la tarde. Y no porque Andrés Claro Huneeus fuera un buenmozo en sus 20 –que lo era–, sino porque al fin veíamos, oíamos, conocíamos a Papelucho. Cosa decidida y no hay más que hablar: él era Papelucho, ¡qué bueno que hubiera crecido! (Pero no, si Papelucho es más chico, oye, y además no crece, ¡no!, no puede hacernos esto pero sí, mírenlo, está ahí arriba, no lo miren… ¿acaso no ven que es el mismo sólo que se hizo más grande?). Lo mejor, sin embargo, era que su madre, apenas adivinados sus contornos difusos tras la figura del muro, venía a demostrar lo indemostrable, es decir, que los escritores podían ser de carne y hueso. Lo cierto es que, tratándose de una escritora-mujer, esto nos parecía bastante raro. Pero mucho más raro, todavía, era que esa escritora fuese “de verdad” la mamá de una aparición como esta. Tan real, tan… ¡bueno! Y para colmo, ¿vecinos?

Porque si hasta entonces la literatura había sido nuestra pasión más declarada y la que con tanto ahínco compartíamos, esa tarde se nos abrieron de par en par las hojas de una ventana construida sólo para nosotras siete en el castillo del rey. Lo juro: esa tarde nos imaginamos para la eternidad en la concreción de un sueño imposible: supimos que iríamos a ser reinas y llegaríamos al mar. ¡Seríamos escritoras!

¿Te vas a hacer la “permanente” conmigo?

Américo Vespucio esquina Candelaria Goyenechea. La hermosa casa blanca de ladrillos, el jardín. Una figura espigada y envuelta en un abrigo de pelo de camello avanza, ágil, por la cuadra. Es Ester Huneeus, nuestra vecina de ensayos. Bajo sus pasos cruje el mullido colchón de hojas amarilladas por este otoño, que cae decolorándose sobre los plátanos orientales de la bellísima calle. Marcela Paz, dicen. Dicen que ahí va ella, camino a misa de 12, como todos los días. A la Parroquia de la Inmaculada Concepción, de Vitacura.

La veo de lejos, por la misma vereda aunque en dirección contraria a la mía. El corazón me salta a brincos y a ratos se detiene, ¿qué irá a pasar, qué será? Me impresiona su concentración, su dignidad solitaria de mujer evidentemente sola, escondido su pudor tras unos enormes anteojos color verde musgo que, a mis desconocedores 12 años, se les ocurren la escafandra de un buzo. Entonces atino, y en este otro encuentro fugaz, mi ser entero se derrite en una tímida sonrisa. Ella me la devuelve, primero, con su boca plena y luego, en un segundo, lanza al aire esas cuatro palabras roncas que constituyeron leyenda: ¿Cómo te llamas, oye?

Años, muchos años después, casi veinte, voy con mi hija de ocho a entrevistarla para una revista. Su casa, más pequeña, está ahora ubicada en Nueva Costanera, a pocos metros del río Mapocho. La pelea antes de salir de la mía ha sido grande. Todos mis hijos nacidos –y también los que van a nacer– quieren acompañarme esta tarde en mis afanes, cosa rara. Y es que todos mis hijos y los hijos del mundo quieren conocer a Marcela Paz, tocarla sin atreverse, mirarla, examinarla bien, oírla hablar, empinarse para recibir un beso suyo. Y sobre todo: saber cómo se hace un Papelucho.

Así, después de una larga conversación que se ha ido hilvanando en un rosario de palabras, de esas con sabor a pan tostado y olor a cigarrillo, Ester Huneeus nos conduce a su dormitorio de viuda, bonito aunque bastante monacal, donde acaba de hacer una siesta removida, dice. Y como me ve rastreando la mirada por el velador con el claro afán de detectar sus lecturas nocturnas –es Santa Teresa, leo, sus “Moradas”–, ella va y coge una foto de encima, la mira en silencio y la devuelve suavemente a su sitio. Ven –me llama despacito–, quiero mostrarte a mi marido. ¿Has visto qué hombre más buenmozo?

No hace mucho rato, o tal vez sí, porque está casi oscuro y ella me ha dicho: Ya pues, oye, ándate luego, ¿o te vas a hacer la permanente conmigo? Ester Huneeus ha invitado a mi hija a hacer “gimnasia sueca” con ella en el living. Un espacio hasta hace poco iluminado por el débil sol de la tarde, donde conviven algunas esculturas propias con restauraciones surgidas de sus manos, más un par de obras de arte ajenas. De su madre, su hermano y otras. Todo muy bien dispuesto, pero sin ningún aspaviento… y sin ese desorden que muestran en la pared los trajinados libros, cuyas páginas adquieren vida, una a una, al toque enérgico de su bastón. Un arquetipo de La Anciana Sabia, ya lo dije y entonces érase una vez… Cual hada mágica su varita de virtud, ella baja rápidamente el báculo para depositarlo sobre el sofá y ¡zas!, eludiendo cualquier consideración hacia sus años (algo más de 80), Ester se agacha de improviso en ángulo recto hasta el suelo, muy tiesa, un–dos–tres, qué te crees tú. Y un–dos–tres, bocanada de aire, dos brazos largos se estiran hacia lo alto y como aspas de molino intentan a cada giro dibujar por primera vez el firmamento. ¡A ver si tú puedes, chiquilla! Porque esto lo aprendí yo con una institutriz. Y si no lo hago todos los días, se me ablandan los músculos y me pongo vieja.

Hoy no es otoño, recuerdo, mas la tarde se difumina sobre el verde oscuro de una gran higuera que no da higos ni brevas, pero guarda escondidos los rituales chilenos para la Noche de San Juan. No tengo, en verdad, ganas de irme, pero… “la permanente”, etcétera. Mi hija tiene los pies clavados en las raíces de la tierra y sus pupilas permanecen cautivas en esa cabeza blanca que ilumina el atardecer. Momentos antes me había levantado de la silla, allá adentro, pero su voz ronca me espeta, algo brusca: Ah, no, quédate conmigo a tomar té, hay un queque rico; no, no lo hice yo, si soy un desastre como dueña de casa. No, yo no como dulces, ¡por Dios!, ¿no ves que tengo diabetes juvenil?

Y con el dibujo de la risa suya impresa aún en mis labios, ahora, mientras escribo esto, siento un par de ojos inquisitivos que me escrutan hasta muy adentro, allá afuera, en la despedida, como si en el fondo del mar nadaran dos bolitas de cristal buscando algas o algunas otras rarezas. Lástima que apenas, apenas le escucho la voz: cómo aprisionarla, su voz. La voz se le ha ido apagando de a poco a medida que nos acercamos al portón, a la reja: ¿Sola? Yo… ¡bueno, pero qué preguntona!… Yo era como tú ¿sabías? Una mujer llena de borbotones por dentro.

I. Este libro: Una mujer

A través del relato anterior, jalonado de remembranzas y cercanías a mi juicio iluminadoras, aunque de difícil apropiación objetiva –de ahí el tono–, he intentado relampaguear, con flechazos y silencios, esos misteriosos azares que marcan, en algún sentido, la existencia de los seres humanos cuando sus vidas se cruzan sin noción de futuras concomitancias.

Quisiera, por eso, y con el fin de evitar interpretaciones apresuradas sobre la línea aquí seguida, compartir mi propósito, que no es sino ir tejiendo, en un abordaje múltiple y de la manera más despojada posible, la figura humana de Ester Huneeus. Al mismo tiempo, intentaré rescatar a la escritora, a Marcela Paz, de ciertas ñoñerías mitificadoras que no le acomodan, le son impropias y, por si fuera poco, encasillan su quehacer y limitan sus resonancias. Sucede, de hecho, en un acercamiento meramente externo, que muchos de sus lectores no saben si retomar o no su obra en etapas más adultas, desconociendo los alcances reales de la más conocida de ellas –“Papelucho”– y por cierto, ignorando otras búsquedas literarias que conforman su personal universo.

La idea es, pues, entregar una visión de cerca, enriquecida por un enfoque psicológico y sociocultural lo más certero posible, gracias al cual puedan desplegarse las distintas facetas de una mujer que no por nada escribió siempre bajo seudónimo. Y que, junto a su vocación de escritora, desarrolló desde muy joven la vocación social, la misma que, emblemáticamente, la llevara a fundar en Santiago el primer Hogar de Ciegos de Latinoamérica, cuando aún no cumplía los 20 años de edad.

No hay lugar, empero, para el asombro. Porque la tremenda vitalidad, la clara agudeza de su inteligencia y una sensibilidad bastante extraordinaria, afincada con anclas de acero en el mundo real, hicieron de Ester Huneeus, junto a su espiritualidad, fantasía, humor e imaginación creadora, un motor imparable de inusual potencia. Un motor que la proyectaría, desde luego, en las contingencias de lo privado, pero muy especialmente en el ámbito social y literario. Ninguna de estas improntas por sí solas, sin embargo, hubieran servido como caldo de cultivo para perfilar, con contornos tan nítidos, una personalidad en cuyo destino influyó el hecho de haber tomado, con el tiempo, prudente distancia frente a la pacatería ambiental y familiar. Por otra parte, Ester asumió desde un principio los genes artísticos que provenían, según dicen, principalmente por línea materna y que la impelieron, en forma no exclusiva pero sí contundente, hacia la creatividad literaria.

La indagación en las raíces familiares, así como la necesaria contextualización histórica, le otorga, pues, un marco a este enfoque, que busca también develar las motivaciones profundas de actitudes, arranques, sometimientos, rebeldías, fragilidades y fortalezas internas. Por separado o en conjunto, éstas van revelando su razón de ser en un entramado infinitamente más complejo que el que despunta en el diario de Papelucho o en alguna de sus otras obras. Y por más que se insista en la flaubertiana declaración de principios que ella misma alguna vez realizara (“Papelucho soy yo”), lo cierto es que ni Ester Huneeus en cuanto mujer, ni Marcela Paz en cuanto escritora, resultan encasillables en los límites de su deliciosa y logradísima creación.

De este modo, revisando esa suerte de lealtades recíprocas que no es raro observar entre autor y personaje, se advierte como ella desborda a este niño chileno de ocho años, este ser imaginario que nos parece tan cercano y tan verdadero. Lo mismo sucede con Papelucho, el cual, aunque la refleja e incluso habla por ella, termina diciendo y haciendo cosas que su creadora no hubiera podido decir ni hacer.

He aquí el misterio y la maravilla de la creación literaria. Pero, más allá de corroborar un aserto, nos vemos enfrentados a una situación muy tangible. Y es que, si en la libertad y en el desparpajo –sobre todo lingüístico–del personaje reside la raíz de su credibilidad, es en los silencios de Ester Huneeus donde se asientan los cimientos de Marcela Paz, la autora de esos otros libros que aquí se examinan y que no fueron “Papelucho”. Parte de este trabajo, entonces, es demostrar que el espíritu inquieto y fundacional de Ester Huneeus rebalsa el impulso creativo de Marcela Paz. La primera se inserta sin travestismos ni caretas en la vida real, mientras la otra centra su permanencia en esa verdad travestida que suele ser, y no pocas veces, la literatura.

En relación a mi propia mirada y siguiendo los consejos de Rilke, he preferido expandir el abrazo acogedor, amoroso y comprehensivo hacia aquellas instancias más íntimas de la vida de esta mujer, buscando cercanías en lo personal, pero objetividad en la aproximación crítica a la obra literaria. En cuanto biografía, este libro no puede sino ser abordado desde un punto que comienza y termina en el respeto a la persona humana, lo cual descarta cualquier tipo de acomodamientos que pudieran ir en dirección a apoyar simplemente una tesis.

Sin desmedro de esto, mi indagación se ha obligado a no coartar intuiciones personales ni eventuales sagacidades; menos aún, la verificación directa por la vía de testimonios, entrevistas, cuadernos personales y notas. Dicho material resulta indispensable en el ahondamiento de esa intimidad pudorosa, cuando no inconscientemente enmascarada, que late en el núcleo esencial de Ester Huneeus… y, de seguro, de tantas otras mujeres. Detenerse en esta línea implica pararse con los dos pies frente a un aspecto que no puede ser minimizado en un abordaje como este. Es aquí donde sobresale, con indesmentible nitidez, el genuino anhelo suyo de configurarse a sí misma según los parámetros morales del catolicismo del siglo anterior, modulados en este caso por esa permanente situación de alerta en que ella se mantiene frente a su espiritualidad. Una espiritualidad que no trepida en proyectarse con firmeza en el mundo circundante, permitiéndole desarrollar una vida intensa y plena.

Impulsada por un modelo externo que ella decide asumir como opción de vida, Ester Huneeus termina por sobrepasar los limitados cánones de época al abrir los ojos frente a una realidad que, de uno u otro modo, la demanda a ella entera hacia compromisos muy concretos. Tanto en la fundación del Hogar de Ciegos siendo casi una niña, como en su quehacer literario, esta mujer de bajo perfil logra trascender, en última instancia, sus propias fronteras, sin dejar de escuchar jamás sus voces internas y acatando, con rara desenvoltura, unos rasgos personales contorneados por la solidez de sus convicciones.

Ajena, en efecto, a los vanos campaneos que acarrea cualquier tipo de exposición, su personalidad se va consolidando, desde muy adentro y desde muy niña, de acuerdo a ciertas condiciones y características que conforman una existencia muy auténtica. Sin maquillaje alguno y, lo que es más insólito, dejando intacta su innata modestia, que pudiera relacionarse, sí, con su timidez, pero también con esa agudeza mental que no le hace asco a simplicidades y limitaciones de otro orden. No se hace difícil entender de qué manera estos rasgos estructurales, confrontados a los destellos del origen social y sus devaneos históricos, van conformando en Huneeus esa austeridad de base, reclamada por connotados historiadores y sociólogos en cuanto uno de los sustratos posibles de nuestra identidad nacional.

El brío de su temperamento, potenciado por los peculiares matices de un intelecto que no desdeña el espíritu crítico, asume tanto en su cotidianeidad como en su trabajo literario la mirada irónica, descarnada, directa, veraz e incluso sarcástica que se evidencia en su hablar coloquial y en toda su obra. Claro ejemplo de esto es la franqueza inocente pero punzante, ese don único de llamar las cosas por su nombre que implica la visión de Papelucho. Un niño que es él mismo pero que representa, además, a todos los niños. Un personaje que, por la vía de la palabra, asume tan marcadamente el sentido de independencia de su creadora, que llega a conmover al lector en su coherencia ética. Sus principios forman parte integral de su ser. Y movido por ese estado de urgencia con que viven siempre los niños su dimensión temporal, Papelucho traslada sus convencimientos más íntimos a la acción inmediata, revelando de paso esa suerte de rebeldía de su creadora frente a un medio, si no hostil, al menos indiferente en términos de justicia, solidaridad y equidad. Valores todos avalados por Ester Huneeus desde el momento mismo en que se lanza a la escritura, inicialmente, con miras a la mera expresión pero, a niveles quizás inconscientes, también a la denuncia doble del conformismo social y de las dificultades de manifestarse con la verdad desde su condición de mujer.

Así, el solo acto de escribir implica en ella ambos elementos, detentados bajo cuerda en los rasgos propios de esta escritura, originada y situada en el ocultamiento (Marcela Paz, el seudónimo), por más que su autora insista en el afán lúdico del acto literario… o en afirmar que “entretenerme” es el objetivo final de sus libros. En este preciso lugar se produce, entonces, el interesante punto de inflexión entre rebeldía y acatamiento, tan decisivo en el boceto de un carácter que, a la postre, no la exime ni de luchas internas ni de inconfesadas dudas.

En vista de lo anterior y entre todos los caminos posibles, he escogido el de examinar los aspectos más sobresalientes de su trayectoria vital, según los datos que aportan su estructura psíquica y la conformación de la personalidad en relación al entorno. El análisis se centra luego en los diversos espectros donde ella desarrolla su acción y que la nutren, en la adultez, con triple énfasis: el amor y la maternidad, la literatura y la preocupación social. Asimismo, se revisa aquí la particular manera con que Huneeus va asumiendo sus roles. Con respecto a éstos, cabe destacar que, si bien derivan de su opción vocacional, ellos van de la mano –salvo en lo estrictamente literario y en otros planos del arte (esculturas, manualidades, restauraciones)– con un arraigado sentido religioso. Y con ese don de sí que alienta en su devenir espiritual, plasmado en la intensidad sin cálculos con que ella vive uno a uno sus días.

II. El recorrido y los límites

Ajustando el foco

Esta rápida pasada por nuestra historia se centra fundamentalmente en los años de formación de Ester Huneeus, que resultan decisivos tanto para situarla en su entorno como para comprender el origen de su preocupación social y su posterior –cuando no paralela– vocación de escritora. De allí el énfasis en el período parlamentarista (1891-1920), que la vio nacer y desarrollarse. No se pueden eludir, tampoco, los antecedentes que aporta la revisión del período inmediatamente anterior (1850-1891), imprescindibles para entender el Chile finisecular y la escala de valores en los que ella fue educada.

Por eso mismo, el foco se ajusta con mayor esmero en los años que preceden y siguen a la fundación del Hogar de Ciegos Santa Lucía en 1924 (1920-1950), años que, por lo demás, constituyen su época de madurez como mujer y escritora. En esta etapa coinciden sus primeras publicaciones –las más tempranas bajo otras firmas– con la escritura de sus dos versiones de “Papelucho”. La primera no ha sido editada hasta ahora, si bien fue escrita en 1934, y la segunda, de amplio y público dominio, lo fue inicialmente en 1947 gracias al Concurso Rapa-Nui. Es decir, doce años después de su matrimonio con José Luis Claro (1935), el gran amor de su vida y con quien formó una familia de cinco hijos.

En 1949 la enfermedad del esposo trunca, empero, esa paz ansiosamente buscada que la ha llevado, por lo demás, a escoger su seudónimo literario definitivo. Muy luego, sin embargo, y tras los vanos intentos por detener la mano sigilosa de la muerte, el hogar de los Claro Huneeus se viste de luto y el fallecimiento de José Luis, acaecido en 1954, clausura este ciclo.

De ahí en adelante, la vida sigue un curso más difícil para ella y sus hijos, en tanto el acontecer histórico nacional calma aparentemente sus aguas, las que serán removidas de nuevo con la llegada de los años 70. Esta década determina la precipitación de la crisis política y social más dolorosa que ha vivido el país y que a todos los arrastra, de uno u otro modo, en “un río de sangre sin consuelo” (Neruda).

La pluma de Marcela Paz trabaja aún activamente; Ester Huneeus no ha dejado de lado sus afanes –más privados ya– de solidaridad y de justicia, ayudando a los que puede en su propia medida. Nacen los nietos y se acumulan premios, honores y traducciones junto a las actividades gremiales del ibby y, en lo escritural, viene la coautoría de “Perico trepa por Chile”. Se abre ahora para ella un ciclo nuevo en que dolores y alegrías parecen amainar la fuerza de sus vientos, mientras la historia le cede paso a los minutos finales de su existencia.

El círculo se cierra

A pesar de la escasa influencia que ejercen, a estas alturas, las circunstancias externas sobre la autora, ella no permanece indiferente a los sucesos que densifican la atmósfera de Chile, acicateado su interés –que claramente no es político a pesar de su firme postura democrática– por esa curiosidad innata que la pincha con su aguijón y le impide permanecer ajena.

Es el momento en que sostiene largas conversaciones con su sobrino en segundo grado, el sacerdote diocesano Mariano Puga, hombre de convicciones profundas y muy comprometido con los derechos humanos, así como con la protección de los más pobres durante el régimen de Pinochet. Con testimoniado cariño y sin inmiscuirse en algunas disidencias que lo llevan reiteradamente a la cárcel, ella inquiere detalles sobre las formas de subsistencia en las poblaciones “callampa” y regala sus “Papelucho” a Mariano para que los distribuya entre los niños en abierto desvalimiento. Quizás porque, sensibilizada desde hacía años por la extraordinaria labor social que realizaba en Chile el padre Alberto Hurtado, Marcela Paz había ido acogiendo en su corazón esas sugerencias suyas en cuanto a reflejar en algún futuro libro la tremenda miseria que consumía a los pobladores. Fruto de esto había sido, precisamente, “Papelucho detective” (1956), donde su personaje Papelucho se mueve en un escenario claramente distinto a los anteriores. Y ahora, sentada frente a su sobrino treinta años después, ella siente que esa realidad la demanda con mayor urgencia, llevándola a contactarse a su modo –libros y acción social– con el vapuleado mundo de la marginalidad chilena.

El círculo que clausurará definitivamente su productividad literaria se irá cerrando, no obstante, poco a poco. Sus dos últimos libros fueron concebidos bastante tiempo antes de verse publicados (1981) y obedecen más bien al amoroso afán de dos mujeres muy cercanas a ella en el afecto y la literatura: su nuera María Luisa Pérez y la ilustradora Marta Carrasco.

La sucesión de los meses se sigue y sobre ella van recayendo los honores y, cómo no, las buenas noticias asociadas a éstos. Hasta que una mañana cualquiera del mes de agosto, cuando los aromos cubren en Chile la tierra de amarillo, suena el teléfono en alegres campanilleos: Marcela Paz ha sido reconocida con el Premio Nacional de Literatura sólo tres años antes de que la muerte la arrebate, sin dramas, de su casa vitacureña. Su familia ha respetado los deseos suyos de no prolongarle la vida con inútiles intervenciones.

Los días y las horas

Reconstituyendo brevemente la atmósfera que Ester Huneeus respiró en este último tiempo, se vislumbra, en destellos pálidos, la silueta marrón de esta mujer alta y delgada, enhiesta como un roble a pesar de los años, que, hacia el final, careció de esas energías hasta no hace mucho imparables y desplegadas en silencio allá donde más se necesitara. Su entorno íntimo se ha ido extendiendo con la proliferación de nietos y bisnietos que ahora pululan, cual abejorros alrededor suyo, entregándole homenajes de abeja reina. En su interioridad más profunda, sin embargo ella no se siente menos sola que antes en su panal. Más bien, y en algún sentido quizás algo distinto Ester se fue recogiendo lentamente sobre sí misma, tal como lo hace el alma cuando del mundo se perciben menos ruidos o cuando se extiende la tarde llegado el punto de oscurecer. Y es que a pesar del amor que le profesan los suyos y de esas pequeñas alegrías que hoy constituyen un regalo más en relación al regalo de los días, como que a ella se le fue expandiendo hacia afuera, pero en total silencio, la hasta ahora esquiva paz del espíritu. Así, a veces, cuando su imaginación era demandada por las pequeñas obras de teatro, algún precioso concierto o los juegos de sombras chinas que los niños se esmeraban en representarle, ella gozaba plenamente con el juego “Porque sí” y, desde luego, porque le gustaban los divertimentos y las cosas bien hechas. En eso seguía siendo exigente, Ester, aunque el perfeccionismo inútil se le evaporó de a poco junto a tantas preguntas sin respuestas que en algún momento le remecían el alma. Ester estaba más plena y, de

1982. Ester con sus nietos.

seguro, más tranquila, confiando en su fe y en el amor de Dios. El río se acercaba a la mar –cómo no saberlo– y cada hora arribaba sin traumas a esa orilla vacía, de sereno acatamiento, que proviene de la aceptación de sí o de la entrega generosa de los propios dones. Sin duda colaboró en el proceso esa atmósfera familiar, donde había de todo un poco, pero donde lo que abundaba era la creatividad y también el humor. En sutiles toques, esto la fue conduciendo hacia una vejez sin retorno que se abría camino en el cuerpo hasta entonces no doblegado, ni siquiera ante los ecos genéticos de la temida diabetes “juvenil”.

La diabetes. Una enfermedad que, en su fuero interno, tal vez ni ella misma advirtiera como (psicológicamente) compensatoria y que le dio siempre pie a Ester para muchas bromas. En el fondo, sin embargo la diabetes no hizo sino equipararla ¡al fin! a su hermana Anita, cuya vida había quedado trunca a causa de este mal, cercana ya la adolescencia y cuando aún no se había descubierto la insulina. Dos años mayor que ella, su muerte prematura se prestaría en el seno familiar para todo tipo de mitificaciones.

El simbolismo de las fechas: dos hitos

Algo muy lindo les legó Marcela Paz a los niños casi desde los inicios mismos de su existencia adulta; algo muy lindo les legó Marcela Paz a los mayores, al señalarles con humor ese lugar de pertenencia que constituyen para siempre las moradas de la niñez. A unos y otros les entregó una vida por la vía de la imaginación, les regaló un tiempo y, con sus propios ojos, les abrió los suyos. Los hizo reír y conocer la luz, en esa inalienable alegría de ser, de mirarse a sí mismos y mirar a los demás con la inocencia chispeante de la edad primigenia.

Eso fueron sus libros. Ese fue Papelucho. Y esos, también, fueron los niños sin edad que le devolvieron finalmente la mano en una declaración que, a ella, la preserva y enaltece: “La Marcela Paz es una vieja chora”.

Y de eso fui testigo.

Como lo fue, en 1882, la pequeña ciudad de Santiago cuando pudo ver, con no escaso asombro, cómo se iban alumbrando milagrosamente los rincones más oscuros de sus esquinas, de sus calles y veredas. Todo ello, gracias al esfuerzo mancomunado de la Compañía de Gas y la Compañía General de Electricidad Industrial, creada en 1905 por dos hombres visionarios y videntes: el que había de ser el suegro de Ester, don Raúl Claro Del Solar, y su padre, don Francisco Huneeus Gana. ¿Coincidencias del destino? Sea como fuere, queda establecida una vez más la función del azar en la historia de las personas, como también el contenido poético de ciertas fechas cuyo fin es aquí, enmarcar una vida humana en un contexto más amplio, siempre con miras a la mejor comprensión.

Cien años: 1882-1982. Una centuria escogida con cuidado para avanzar simbólicamente desde los primeros balbuceos de la iluminación de Santiago (1882) hasta el otorgamiento del Premio Nacional de Literatura (1982) a Marcela Paz. Entre ambos hitos destaca el intervalo sobre el cual se cimbra el país que vio nacer, desarrollarse y morir a Ester Huneeus, aunque en el colectivo perdurará inalterable, su seudónimo asociado a la potencia de una imaginación que rompe a menudo sus propias cadenas.

III. El país de Ester Huneeus

Emergencia del capitalismo

Durante los años que siguieron a la Independencia y consolidación de la República, la sociedad chilena se había ido acercando a un ciclo de modernización urbana que se inició a partir de 1850. Durante ésta la población se triplica, se expande el territorio y comienza el predominio de la burguesía liberal, abatido ya el gobierno de Balmaceda por la Guerra Civil del 91: ni siquiera el suicidio presidencial logró atajar la debacle política.

Suprimidos ya totalmente los mayorazgos, la tenencia de la tierra ha experimentado cambios fundamentales, modificándose, en definitiva, los grupos de poder. Las villas y villorrios de ayer han adquirido título de ciudad y se han activado los diversos núcleos poblacionales, insinuándose un proceso de desarrollo en el que será decisiva la anexión de tres áreas claves para la economía nacional. En efecto, el triunfo en la Guerra del Pacífico (1879) sobre Perú y Bolivia trajo consigo la riqueza minera del norte, Tarapacá y Antofagasta. La mal llamada Pacificación de la Araucanía (1861-1883), aunque sometió abusivamente al pueblo mapuche, incorporó una apetecida zona agrícola y, después, minera (el carbón de Lota). Y por último, más al sur, la Colonización de Llanquihue y Magallanes, iniciada entre 1852 y 1853 con inmigración extranjera, permitió un importante incremento en el rubro agropecuario. Entretanto, las inversiones estatales en comunicación y transporte fueron logrando satisfacer las necesidades de integración y desarrollo en un país donde, debido a su “loca geografía” (Benjamín Subercaseaux), la figura más emblemática del período fue, por cierto, el tren. De su honda significación para el imaginario colectivo se hará cargo en el siglo xx la poesía “fronteriza”, particularmente en las voces de Pablo Neruda, Juvencio Valle y Jorge Teillier.

También la fisonomía de Santiago ha ido cambiando y hacia fines del siglo la capital experimenta “un verdadero furor de construcciones”. La exportación de materias primas (plata, cobre, carbón, salitre) inaugura un período de inusitada riqueza y es el momento en que se forman las grandes fortunas mineras. Muy pronto, sin embargo, sobrevendrán las crisis propias de la dependencia internacional que, potenciadas por eventos internos y de política exterior, se reflejarán en una vertiginosa alternancia entre auge y retroceso. La ganadería y la agricultura siguen esta misma suerte, debido a la escasez de mano de obra rural; ésta opta por mejores salarios en las minas o en las obras públicas. Como paliativo, se implementa el uso de la maquinaria agrícola, pero nada evitará la cesantía con sus variadas formas de miseria.