María Claudia Falcone - Leonardo Marcote - E-Book

María Claudia Falcone E-Book

Leonardo Marcote

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Más de 7 años de investigación, una treintena de entrevistas a familiares directos, compañeros de estudio, de militancia, amigos, conocidos; diarios de la época, libros, documentos. La vida de María Claudia Falcone -desaparecida cuando era una joven estudiante de 16 años del Bachillerato de Bellas Artes de la ciudad de La Plata- y el contexto histórico de las formas organizativas en las luchas de los jóvenes estudiantes de los bachilleratos de los años 70.

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Veröffentlichungsjahr: 2020

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Leonardo Marcote

MARÍA CLAUDIA FALCONE

POLÍTICAS REVOLUCIONARIAS EN BACHILLERATOS DE LOS AÑOS 70

 

Sobre María Claudia Falcone

"Ella (María Claudia Falcone) era una dirigente política, no era una chica que estaba pidiendo el boleto escolar nada más así como una cosa romántica".

Estela Barnes de Carlotto. Presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo.

***

"Minuciosa investigación de un empeñoso periodista como Leonardo Marcote, graduado como tal en la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo".

Jorge Falcone. Hermano de María Claudia Falcone.

***

Más de 7 años de investigación, una treintena de entrevistas a familiares directos, compañeros de estudio, de militancia, amigos, conocidos; diarios de la época, libros, documentos. La vida de María Claudia Falcone -desaparecida cuando era una joven estudiante de 16 años del Bachillerato de Bellas Artes de la ciudad de La Plata- y el contexto histórico de las formas organizativas en las luchas de los jóvenes estudiantes de los bachilleratos de los años 70 bajo un terrorismo de estado nacido en democracia con la CNU y la Triple A, y su implementación total bajo la dictadura cívico-militar desde 1976. Jóvenes militantes con diversos niveles de compromiso, desde el Medio Boleto Obrero Estudiantil, actividades de la UES (Unión de Estudiantes Secundarios), trabajo voluntario de alfabetización y salubridad en villas miserias, volanteadas, pintadas y una participación política emprendida desde su ser solidarios con conciencia social para subvertir una realidad plagada de injusticias.

De la nota editorial por Marcelo Cafiso

LEONARDO MARCOTE

Nació en 1984 en Temperley. Estudio Periodismo en la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo (UPMPM).

María Claudia Falcone. Políticas revolucionarias en bachilleratos de los años 70 es su primer libro.

Índice

CubiertaPortadaSobre este libroDedicatoriaNota editorialUna noche y millones de lápices para escribir María ClaudiaEpígrafeSe llevaron a María ClaudiaJuntos dimos por abolido el imperio de la tristezaLa generación de los sueños pendientesLos FalconeEl Normal 2La gordita FalconeHija del AramburazoLa revolución estaba a la vuelta de la esquinaLos pendejos de PerónEl Bachillerato Bellas ArtesFuera AngladaLa vida era una fiestaDelegadaSu voz era muy cautivadoraRendir tributo al difuntoAAA-CNUCataratasClandestinidad“Comisarios de cuatro cuarteles la visitan en la rectoría”Aprendiendo a manejar la libertad24 de Marzo de 1975“Los botones nos reprimen y no podemos estudiar”El boleto estudiantil“Eso, eso, eso, boletos a un peso”Piezas del rompecabezasCine, peñas… y represiónRobertoResistir es organizarLas balas empiezan a pegar cercaLos quilomberosMarimoniaDiciembre 197516 de Enero 1976Del socialismo nacional al genocidioEl bachillerato del proceso militarSu andar callejero era de sol a sol“Ahora más que nunca hay que luchar”“Nucha”“Gracias a Guillermo se limpió de zurditos la Universidad”El Circuito CampsLos últimos díasLa última primaveraEl bancoCon los dedos en ‘ve’La Noche de los Lápices“Ya estoy muerta”El destino finalNi caperucita ni el lobo, militante“Que me perdonen los muertos de mi felicidad”La abuela y la tíaNelva por EstelaHasta la victoria finalClaudia por todosPalabras para ClaudiaBibliografíaAgradecimientosCréditosOtros títulos de esta editorial

A mi hija Agustina Claudia

NOTA EDITORIAL

Nos interesa la verdad. Partimos de esa premisa para publicar los títulos de nuestra editorial. Y cuando llegan a nuestras manos textos como el presente nos adentramos en la investigación con dedicación y pasión.

Si bien cada vez más un amplio sector de la sociedad tiene conciencia de lo sucedido, sobre este retazo de nuestra historia, hay muchos jóvenes —y otros no tanto—, que desconocen, o tienen una vaga idea, o repiten la narración tergiversada: por formadores de opinión desde medios de comunicación masiva dominantes; o poseen la visión de la película de “La noche de los lápices”. Todo esto nos motiva aún más a trabajar con denodado esfuerzo para que este libro gane las calles y los lectores. Porque nuestra historia se está escribiendo y es indispensable difundir libros necesarios que enarbolen las banderas de memoria, verdad y justicia. El autor con su obra, claramente emprende ese desafío.

Más de 7 años de investigación, una treintena de entrevistas a familiares directos, compañeros de estudio, de militancia, amigos, conocidos; diarios de la época, libros, documentos. La vida de María Claudia Falcone —desaparecida cuando era una joven estudiante de 16 años del Bachillerato de Bellas Artes de la ciudad de La Plata— y el contexto histórico de las formas organizativas en las luchas de los jóvenes estudiantes de los bachilleratos de los años 70 bajo un terrorismo de estado nacido en democracia con la CNU y la Triple A, y su implementación total bajo la dictadura cívico-militar desde 1976.

María Claudia estudió en un ambiente donde muchos directores, profesores, preceptores, eran buchones, marcadores, linternas para descubrir pimpollos de subversión y podarlos de un machetazo criminal. Historia repetida en todo centro de estudio en aquellos años.

Jóvenes militantes con diversos niveles de compromiso, desde el Medio Boleto Obrero Estudiantil, actividades de la UES (Unión de Estudiantes Secundarios), trabajo voluntario de alfabetización y salubridad en villas miserias, volanteadas, pintadas y una participación política emprendida desde su ser solidarios con conciencia social para subvertir una realidad plagada de injusticias.

En las palabras de los entrevistados encontraremos algunas de las respuestas a las preguntas que nos hacemos sobre aquella época y las particularidades de los jóvenes estudiantes desde lo más simple y trivial hasta el compromiso político. Y es justamente la disparidad de voces sobre ese compromiso social y político, lo que nos da una visión más amplia que si escucháramos solamente las voces de familiares o compañeros de militancia de María Claudia. Todo el mosaico de opiniones y recuerdos aporta un valor extra al contenido de la obra ya que nos adentra en un maravilloso ejemplo de vida, muy a pesar de los detractores de la lucha que pretenden hacer énfasis en el desenlace. Desenlace que no es el fin de su presencia, porque su nombre, ejemplo, energía y espíritu de acción para intentar modificar algo de lo podrido del sistema ha contagiado a otros jóvenes.

Este libro tiene ese claro objetivo: contagiar con la verdad para cambiar la mentira en que vivimos.

Desde El Bohío, Marcelo CafisoMarzo de 2017

UNA NOCHE Y MILLONES DE LÁPICES PARA ESCRIBIR MARÍA CLAUDIA

 

 

EL ORGULLO INDESCRIPTIBLE DE HABER SIDO LO QUE SE ELIGIÓ SER

Vivo en una quinta de City Bell (Partido de La Plata, Provincia de Buenos Aires) que mi madre me ayudó a comprar aceptando oportunamente la indemnización por el secuestro y asesinato de mi hermana. Que una luchadora comprometida con la liberación nacional fuese capturada y perdiera la vida a manos de un gobierno de facto formaba parte de los riesgos a correr, pensaba mi madre. Pero que se la torturara y violara durante meses, arrojándola finalmente a una fosa común anónima ya era una canallada digna de indemnización por parte de un Estado democrático. Así pensaba. Hoy sólo salgo de ese sitio para trabajar, hacer mi cine, o imaginar nuevos rumbos junto a los jóvenes. Porque estoy muy enojado con el mundo que nos toca. Para mantener la cordura, así como para testimoniar ante las nuevas generaciones y los Juicios de la Verdad, me he tomado el trabajo de reflexionar profundamente sobre “los años de plomo”, compromiso que no asumo como víctima sino como victimario de la injusticia.

En la era de las redes sociales, la figura de María Claudia Falcone ha venido siendo objeto tanto de devoción popular como de escarnio reaccionario. Ortega y Gasset elegía hablar de “el hombre y sus circunstancias”. Para revisar el periplo existencial de aquella joven de ojos glaucos que juzgó pertinente apostar su suerte a un orden más justo para los más humildes, bienvenida sea esta minuciosa investigación de un empeñoso periodista como Leonardo Marcote, graduado como tal en la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo, que con pertinacia detectivesca - y a través de la feliz iniciativa de Editorial Nuestra América -, aporta una reseña biográfica con cuya aparición da por cumplido un viejo y caro anhelo, brindándole a las nuevas generaciones una visión mucho más rigurosa de los acontecimientos abordados, y a la familia de la protagonista la oportunidad hasta ahora esquiva de completar un duelo necesario.

Yo me limitaré a analizar las circunstancias que llevaron a mi hermana a ser quien es para la mayoría de l@s jóvenes, y a reflexionar brevemente acerca de qué lección deja el legado de la generación a la que perteneció.

 

 

“SI A LA HISTORIA LA ESCRIBEN LOS QUE GANAN...”

En aquel mundo bipolar pactado en Yalta, buena parte de la Generación del 70 puso en acto el belicismo expresado por un líder nacional de extracción castrense: “Por cada uno de los nuestros que caigan, caerán cinco de los suyos”, “Los vamos a colgar con alambre de fardo”, “Al enemigo ni justicia”, “La violencia en manos del pueblo no es violencia sino justicia”, “La violencia de arriba engendra la de abajo” (para muestra basta consultar el apartado “La guerra integral” del documental “Actualización política y doctrinaria para la toma del poder” oportunamente realizado por Pino Solanas y Octavio Getino)

Lamentablemente, aquel pensamiento de época derrapó hacia el breve interregno democrático reconquistado en 1973. ¿Cabía entonces en 1975 apelar a la acción directa contra un gobierno constitucional como el de Isabel - López Rega? La traición al Programa del FREJULI y el asedio paraestatal de la Alianza Anticomunista Argentina nos condicionó a entenderlo así, al punto de pasar a la clandestinidad.

Ante el saqueo y baño de sangre inaugurados en 1976 consideramos erróneamente que semejante embate no tardaría en unificar a la oposición popular. Pero aquella reacción se demoró prudentemente buscando escudriñar al gobierno de facto. La moraleja resultante fue que “cuanto peor… peor”.

El momento que atraviesa nuestro país justifica plenamente volver a preguntarse si hubo en la Argentina reciente más de UN terrorismo. La definición que otorga al término la Real Academia Española es:

1. m. Dominación por el terror.

2. m. Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror.

3. m. Actuación criminal de bandas organizadas, que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos.

Aunque no comparto la sacralización sin beneficio de inventario de una rebelión generacional fallida, estoy convencido de lo inapropiado de aplicar aquel calificativo para describir su proceder.

Pero como la memoria también es un capital en disputa, concluiremos que su abordaje quedará sujeto al devenir de la lucha política y los relatos legitimadores que esta vaya generando. Hasta que seamos capaces de construir una visión ecuánime y mayoritariamente consensuada.

 

 

SIGLO XXI: ANTE NUEVAS FORMAS DE DOMINACIÓN, NUEVAS ESTRATEGIAS DE LUCHA

Referirme a mi hermana siempre me remite a la idea de que no fue ni mejor ni peor que la Generación 2.0, sino igual a la época que le tocó vivir. Y dicha circunstancia remite a un mundo bien diferente a este. Aquel mundo resultante de la segunda posguerra mundial, con un occidente bajo la influencia norteamericana y un oriente bajo la soviética, y un sinnúmero de países no alineados de Asia, África, y América Latina en lucha por su emancipación, constituyendo el llamado Tercer Mundo. Por entonces estaba muy lejos de cumplirse el vaticinio del comunicólogo canadiense Marshall Mc Luhan acerca de la “Aldea Global”, fenómeno que gracias a las TICs ha transformado al mundo en un barrio.

La larga marcha del pueblo argentino emprendida por los malones originarios, la montonera federal, la chusma Yrigoyenista, el movimiento libertario, y los descamisados de Perón y Evita generó hacia mediados de los años 40 una inédita experiencia de organización y fortalecimiento de los sectores populares que - con sus aciertos y limitaciones - desafió a los dueños del poder, quienes hicieron sentir su escarmiento hacia 1955. Los casi 18 años posteriores de resistencia por todos los medios hacia 1973 consiguieron arrancar un breve lapso democrático, abortado en 1976 a causa de la radicalización de la lucha sindical y la creciente demanda de participación en el reparto del PBI por parte de la clase trabajadora. Como si nuestro pueblo hubiera ahorrado durante casi dos décadas un capital de experiencia dentro de una alcancía que el gobierno de facto vino a destruir descapitalizándonos de un patrimonio de lucha (repliegue del pensamiento estratégico, erosión del sentido de solidaridad, mengua del rigor organizativo). El genocidio atentó pues contra la materialidad y la subjetividad de los argentinos: Hubo que desaparecer a cerca de 30.000 personas para hacer desaparecer luego el plato de comida de la mesa de todos los argentinos. La democracia condicionada que sobrevino en 1983 inauguró un período tácitamente acordado entre la clase política y los genocidas en retirada, status quo sólo cuestionado a fondo durante el Argentinazo de 2001.

A 40 años del intento más feroz por postrar a nuestra Patria poniéndola al servicio de las grandes corporaciones multinacionales, este nuevo mundo multipolar nos enfrenta a inéditos desafíos: Ya no se trata sólo de que una clase social prevalezca sobre la otra, sino de tomar conciencia de que la humanidad toda, esclava del paradigma desarrollista del progreso ilimitado, peligra en su totalidad, como lo diagnostican numerosos científicos que vaticinan que a este tren de explotación de nuestros recursos naturales el planeta no duraría más de dos siglos. La latitud geopolítica que ocupamos remite a uno de los más codiciables reservorios de riqueza alimentaria de un mundo severamente hambreado. Como ocurre en estas horas con la Venezuela bolivariana en pos del petróleo, el poder imperial viene sin piedad por nuestras riquezas. Los grandes movimientos nacionales del Siglo XX han cumplido su ciclo ofreciendo lo mejor de sí, el compromiso perentorio de una nueva alternativa popular consiste en ajustar su diagnóstico de la crisis civilizatoria, estudiar el nuevo perfil del colonialismo (que tanto viene comprometiendo nuestra soberanía alimentaria, sobre todo a partir de la expansiva voracidad china), definir a la nueva oligarquía volcada a los agronegocios y el extractivismo, estudiar al nuevo sujeto social del cambio que - superada la era metalmecánica e imperando la telemática - seguramente ya no será exclusivamente la clase obrera industrial que protagonizara las transformaciones del pasado, y - obviamente - poner en debate las viejas ideas sobre la toma del poder. En todo caso, lo más alentador quizá sea advertir a diario que a pesar de la lección más terrorífica de la clase dominante, los argentinos no nos hemos transformado en un rebaño de ovejitas, y seguimos dispuestos a RESISTIR Y LUCHAR. -

JORGE FALCONE

Tengo curiosidad por saber qué cosas dirán de mí; después de mi muerte; cuáles serán tus versiones del amor, de estas afinidades tan desencontradas, porque mis amigos suelen ser como las señales de mi vida, una suerte trágica, dándome todo lo que no está.

Francisco “Paco” Urondo

SE LLEVARON A MARÍA CLAUDIA

“MI HERMANA no era un personaje épico, ni una guerrillera heroica. Era una mina común y corriente que pensaba fumarse un porro, besarse a un pibe o ir a bailar. Pero tenía –eso nos viene de familia– una enorme sensibilidad social”, dice Jorge Delfor Falcone, hermano de María Claudia y el último secretario nacional de Prensa de la organización revolucionaria Montoneros.

Aun retumban en sus oídos los golpes de su madre contra el postigo de la ventana de su casa clandestina, la madrugada del 16 de septiembre de 1976. “Se llevaron a María Claudia”, susurró Nelva Méndez de Falcone y fue suficiente para que la familia entrara en pánico.

Un mes antes de su desaparición, Claudia había estado junto a su familia celebrando su cumpleaños. Dieciséis años recién cumplidos tenía cuando los militares la secuestraron junto a su compañera María Clara Ciocchini, en el edificio de la calle 56, número 586, de la ciudad de La Plata. En el departamento número 1, del sexto piso, vivía Rosa Matera “Tata”, una tía que estaba enferma y por ese motivo, Nelva y Claudia se turnaban para cuidarla.

Para aprovechar el tiempo que dedicaba al cuidado de la tía, Claudia y María Clara Ciocchini, dirigente perseguida de la UES de Bahía Blanca, que también se refugiaba en aquel sitio, decidieron organizar allí sus reuniones clandestinas. En pocos días el departamento pasó a ser una casa operativa de la agrupación y alteró la rutina de un consorcio tranquilo, que de golpe se vio sorprendido por la cantidad de jóvenes que visitaban a la anciana.

La tarde del 15 de septiembre, Claudia se comunicó con su papá y le pidió dinero para buscar otro refugio. El viejo militante peronista que se salvó de ser ejecutado por la Revolución Libertadora, en junio del ’56, entendió de inmediato la situación y se dirigió a su encuentro. Como era común en esos tiempos, rápidamente le entregó el dinero, y luego de darle un beso, caminaron en distinta dirección.

Las chicas dieron varias vueltas por la ciudad. Cuando comenzaba a oscurecer, y al no haber conseguido otro escondite, decidieron que lo mejor era volver al departamento. No es ilógico pensar que la charla que mantuvieron aquella noche giró en torno a procurar un lugar más seguro, ya que en los últimos días habían dado muchas vueltas antes de entrar al edificio porque temían ser perseguidas. María Clara era dos años más grande que Claudia y tenía el grado de oficial dentro de la organización político-militar. En ese momento ella era la responsable política de Claudia.

Nada parecía alterar la calma aquella noche. La tía descansaba de sus dolores y es probable que Claudia se haya dedicado a terminar de diseñar unas láminas que debía entregarles a sus compañeras del Bachillerato. Ellas recuerdan que luego de despedirse de clase ese 15 de septiembre, les prometió que se encargaría de llevar los materiales que necesitaban para una de las materias. Claudia era una excelente dibujante y tenía el mejor promedio de la división. Aun en los momentos más duros de la represión disfrutaba de sus clases de dibujo.

Mientras se disponía a cumplir su promesa, la policía ya había liberado la zona que rodeaba el edificio y le daba vía libre al ejército para que actuara. En los primeros minutos de la madrugada del 16 de septiembre, un camión de la fuerza estacionó en la puerta del edificio, descendieron varios uniformados y entraron.

“El portero contó que fueron intimadas a rendición por parte de un grupo de civiles armados que irrumpió violentamente en el hall. Las chicas corrieron escaleras arriba amenazando a los intrusos con abrir fuego, pero la conciencia fatal de que se hallaban en el estrecho pasillo de un edificio de departamentos lleno de familias las hizo desistir de armar un tiroteo. Y buscaron refugio en casa de la tía “Tata”, que a esas horas descansaba ignorándolo todo. Una vez que llegaron allí, trabaron la puerta como pudieron y pensaron en arrojarse hacia alguna terraza lindera, pero estaban en un sexto piso y toda opción era muy arriesgada.

“Durante esas cavilaciones, los matones tumbaron la puerta, encerraron a la sobresaltada dueña de casa en su habitación y redujeron a ambas dirigentes de la UES para encaminarse, acto seguido, al baño del departamento. Retirando la tapa plástica del botón del inodoro, recogieron un gancho del que pendía una bolsa de polietileno que protegía varias armas cortas y algunas pepas (granada de fabricación montonera) perteneciente a la agrupación. La tía, que logró espiar sin ser advertida, pudo apreciar que se movieron con datos precisos. Por último, las sacaron a empujones conduciéndolas a un camión del Ejército apostado frente al edificio, en el que según testimonio de la peluquera del barrio aguardaba personal militar en uniforme de fajina”.1

Jorge en aquel momento estaba viviendo con su esposa Claudia Carlotto y un grupo de compañeros en una casa clandestina. Los golpes de Nelva contra la ventana lo despertaron. No lo podía creer. Quedó en estado de shock. No había certezas de que hacer en una situación así. Sólo salir a buscarla, ¿pero dónde? Salieron los cuatro juntos en el auto de Falcone padre y dieron varias vueltas por la ciudad. Se detuvieron en la Plaza Dardo Rocha. Allí Jorge les recomendó: “Vayan al regimiento 7 de infantería, vayan a la curia, vayan al Partido Justicialista, hagan un habeas corpus”.

Ellos no podían acompañarlos, los dos militaban en Montoneros y por seguridad tampoco volvieron a la casa clandestina. Decidieron ir a un hotel alojamiento. Jorge temblaba y luego de dar algunas vueltas en la habitación se acostó, cerró los ojos y se puso a pensar en María Claudia. Buscaba su sonrisa cómplice, necesitaba descansar; por eso buscó refugio en las palabras mágicas que juntos imaginaron de pequeños para conjurar la adversidad.

–Picoque –repitió–. Picoque, hermana.

Y se durmió.

1 Jorge Falcone, Memorial de Guerra Larga, Un pibe entre ciento de miles, De La Campana, 2001.

María Claudia en su habitación, 1975.

JUNTOS DIMOS POR ABOLIDO EL IMPERIO DE LA TRISTEZA

SIETE AÑOS tuvo que esperar Jorge para conocer a la más importante interlocutora que tendría en la vida. El 16 de agosto de 1960, María Claudia llegaba al mundo para poner fin a sus juegos en solitario. Y aunque al principio se molestó con sus padres por desatender su enojo por jugar con aquel bebé al que no le encontraba ninguna gracia, de a poco, a medida que María Claudia iba creciendo, la incorporó a sus juegos. La condición para ella era que interpretara personajes masculinos. Así fue como en varias oportunidades armaron un pequeño ring sobre un colchón, al mejor estilo Titanes en el Ring, en donde se lucían practicando la famosa “patada voladora”, y copiando el estilo del locutor Rodolfo Di Sarli, comentaban las alternativas del combate.

En los viajes familiares a Mar del Plata o San Clemente del Tuyú, competían acumulando marcas de autos, mientras Falcone manejaba su Ford Falcón y Nelva coqueteaba frente a su espejo de mano.

Para el matrimonio, María Claudia había sido la tan esperada hija mujer. Decidieron llamarla así porque casi nace el día de la virgen, el 15 de agosto, y porque a Nelva le gustaban los nombres que pegaban con María. Cortos, para decirlos juntos. Toda la familia la llamaba así. Con el tiempo sus amigos lo acortarían a Claudia.

Si Jorge tuviera que describir qué es la felicidad, el sonido de la risa de su hermana sería el ejemplo perfecto. Cuenta, en uno de sus escritos, que María Claudia vino al mundo dueña de un histrionismo y una gracia capaz de borrar cualquier recuerdo oscuro que quiera empañar su memoria.

“El vínculo más poderoso que teníamos era el humor. Nos meábamos de la risa, teníamos un humor muy al estilo Capusotto-Alberti, Todo por dos pesos, un humor muy bizarro. Aquel talento innato para el humor María Claudia lo utilizó muchas veces para neutralizar sistemáticamente las pautas de conducta impuestas por nuestros viejos, cargándolos, aunque ligara una paliza”.

Falcone padre era un excelente narrador, y amaba la ciencia ficción decimonónica. Eso fomentó en los hermanos el más febril despliegue de imaginación. De ella nació, en las aburridas siestas, un personaje llamado Owen Chiquituni, interpretado por María Claudia. Muy a su pesar, Jorge heredó la primera mitad de su apellido (Chiqui), que fue su apodo cuando pasó a la clandestinidad. Owen Chiquituni era un demente que se había fugado del loquero y cuya interpretación, a cargo de María Claudia, hacía que Nelva llorara de la risa, en los almuerzos familiares, antes de salir hacia el colegio primario.

Otro momento de felicidad para Jorge y María Claudia era cuando se sentaban en el comedor de la casa, mientras saboreaban las deliciosas rosquitas que preparaba Nelva, a dibujar el Subdesarrollo Cómics, “La Revolución fallida de los Mulatos Mulé”, que, al igual que el coyote con el correcaminos, siempre fracasaban en su intento de emanciparse del yugo del tirano Anastasio Garrastazú Rojas; también crearon a un personaje llamado “Milton El Uruguayo”, que contaba la historia de un desterrado que no hallaba cabida en ningún país de la región; otra creación de los hermanos fue “Santa Rosetta dil Culo”, basada en la leyenda escuchada de Santa María Goretti, una joven supuestamente abusada por bere beres del desierto que se resistió hasta la muerte a perder su virginidad.

“Nosotros teníamos una costumbre que era debatir muchos temas con María Claudia, nos intercambiábamos libros, teníamos una excelente comunicación, y veíamos juntos películas del Grupo Cine Liberación. Y emocionaba verla llorar cuando veía lo que estaba haciendo la dictadura de Onganía con los cañeros tucumanos, en el ‘Camino Hacia la Muerte del Viejo Reales’, de Gerardo Vallejos.

“La mejor cómplice que tuve en la vida podía sobrellevar muchas situaciones incordiosas, pero no el sufrimiento de un pibe”.

LA GENERACION DE LOS SUEÑOS PENDIENTES

JORGE TENÍA 18 años cuando comenzó a militar en el peronismo revolucionario. Mientras realizaba sus estudios secundarios, especializados en artes plásticas, en la Escuela Superior de Bellas Artes, se sumó a la Federación Universitaria para la Revolución Nacional (FURN); en 1973, cuando ingresó a la Facultad de Medicina, empezó a militar en la Juventud Universitaria Peronista (JUP). Finalmente, en 1976, pasó a integrar el Área Federal de Prensa de la organización Montoneros, donde fue el encargado de la elaboración técnica de la revista Evita Montonera. Con sus buenas técnicas de dibujo participó en la confección de una campaña de boicot contra la dictadura militar. En 1978 tuvo que exiliarse junto con su esposa y su hija, para volver al país en la denominada contraofensiva montonera.

“Nosotros pertenecimos a una generación que entendía que tenía que superar los sueños pendientes de la generación de sus padres”, explica Jorge. “Pensá que es cierto que el pueblo trabajador, en la segunda mitad de los años ‘40, vivió el período más feliz de su vida y que los gobiernos civiles truchos y militares feroces que han venido después no hicieron más que intentar dinamitar los cimientos de esa patria con justicia social y sobre todo con inclusión y desarrollo equitativo.

“Me da la impresión de que no le perdonamos a nuestros padres el hecho de haber sido tan permisivos con el poder. De haber puesto como prioridad la negociación y una negociación en la que siempre salían perdiendo, parecía una lucha en la que terminaban dando la otra mejilla.

“También es cierto que nuestra generación crece a patadas, porque estos 18 años que atraviesan los mejores años de la vida de un joven, con restricciones, pollera larga, pelo corto, revistas pornográficas que llegaban de importación y en la mesa de revelado de fotos le borraban la rayita del pubis a las minas. O sea, un nivel de cercenamiento de las libertades públicas y de presupuestos elementales de la cultura que eran actos de violencia cotidiana muy severas.

“Entonces, esa generación responde con una carga profunda de amor, pero cuando el amor no fortalece, fortalece el odio y no un odio bíblico condenable en el fuego eterno del infierno, sino el odio merecido de un enemigo que no tiene piedad, que es capaz de bombardear con aviones de la Marina bendecidos por la curia, una plaza llena de hombres, mujeres y chicos. Un odio que es capaz de fusilar en los basurales de José León Suárez sin ninguna legalidad. Una acumulación de vejámenes, la prohibición de nombrar a Perón y a Evita, los que con su nobleza le dieron dignidad al pueblo argentino. Entonces nuestra generación crece a las patadas y con todas las puertas cerradas”.

Ernesto Guevara de la Serna, El “Che”, revolucionario que con su concepción del hombre nuevo atravesó la militancia de Jorge y María Claudia, dijo en su discurso de abril de 1967, en la Organización de Solidaridad con los Pueblos de Asia, África y América Latina: “El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así. Un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal”.

“Ver el dolor de mis padres, ver a mi padre con un pasaporte negado para irse de luna de miel, ver a mi madre que se quedaba después de hora educando a los pibes más cabezadura en colegios de morondanga, ver a mi padre salvado por las obras sociales del movimiento obrero organizado volver en una Ford destartalada que era de su abuelo, porque ni plata para tener un auto propio tenía. Vivíamos en una casa heredada por una generación anterior que era la generación de la prosperidad”.

Jorge se emociona hasta las lágrimas al recordar a su padre, al recordar la lucha de ambos, la lucha de una generación que se animó y creyó que la liberación era posible, que los sueños postergados eran posibles.

“Verlo a mi padre putear en voz baja y en privado los errores del peronismo, y defenderlo con hidalguía en público, aunque le llenaran la cara de dedos. Acompañarlo en ese fortacho a que le paguen una consulta médica en el suburbio con media docena de huevos o un pollo. La construcción de la autoridad de un padre y el respeto, no pasa por el chamuyo, pasa porque vos veas que ese tipo no es verso, que está ahí haciendo y poniendo el lomo.

“Para no hablar lo que hizo después, más adelante, llevado a curar, en el baúl de un auto clandestino, a un compañero herido de un cuetazo en el tobillo, o llevando gelamón (explosivo de alto poder destructivo) en el baúl de su auto, con un pobre flaco con una bicicleta que chiflaba si en las esquinas veía algún peligro. Y si veía algún peligro había que dejar el auto con la patente legal de mi viejo, irnos a la mierda y el tipo tenía que cambiar el documento. El doctor Falcone, uno de los cirujanos más prestigiosos de la ciudad de La Plata pasaba a la clandestinidad conmigo si nos cagaban, porque el auto era adquisición legal, no era un auto afanado. El tipo ponía el cuerpo. Entonces también hay una dimensión íntima, la dimensión ética de decir ‘no, no me banco que a mi pueblo le hagan esto’, que es lo principal. Pero después esta la sensación de que ese tipo no se merecía sufrir. Mi vieja y mi viejo no se merecían sufrir, y esto también multiplícalo en proyección geométrica. Al pueblo argentino le tocaron el culo muchos años, le bailaron un malambo encima y eso también te pone pila para salir a la calle y correr riesgos”.

Claudia, 16 de Agosto de 1975.

LOS FALCONE

NELVA ALICIA Méndez y Jorge Ademar Falcone se casaron el 18 de marzo de 1948, en la ciudad de La Plata.

Nelva nació el 16 de junio de 1927, hija de Manuela Ángela Domínguez y del poeta Delfor Méndez, autor de la letra del himno de Gimnasia y Esgrima de La Plata.

Jorge, también platense, nació el 26 de abril de 1918. Hijo de María Teresa Matera y de Clemente Cayetano Falcone Graniero.

Se recibió de médico en 1943, y luego realizó estudios de Escultura en la Escuela Superior de Bellas Artes. Fue el primer Subsecretario de Salud Pública, 1947-1950; Intendente de la Ciudad de La Plata, 1949-1950; y Senador Provincial Presidente de la Comisión de Obras Públicas del Senado entre 1950 y 1952. Como militante de la causa nacional, se alzó junto al general Juan José Valle y el teniente coronel Oscar Lorenzo Cogorno el 9 de junio de 1956, cuando la denominada “Revolución Libertadora” derrocó al gobierno popular de Juan Domingo Perón.

“Fue detenido el 10 de junio a la noche, mientras me estaba contando un cuento que quedó por la mitad”, recuerda Jorge hijo. “A partir de allí lo recuerdo uniformado de gris en un lugar que después supe era el penal de Olmos. En la misma celda estaba Juan Carlos Livraga –sobreviviente de los fusilamientos de José León Suárez– ambos sentenciados por Pedro Eugenio Aramburu. Ante la repercusión internacional del caso, Aramburu y Rojas reconsideran la medida. Mi padre no tenía donde caerse muerto y fue el movimiento obrero organizado el que le da trabajo en los duros años de persecución”.

Con la vuelta del peronismo al poder, en 1973, Falcone ocupó el cargo de director del Instituto Nacional de Servicios Sociales para Jubilados y Pensionados (INSSJP), Delegación La Plata, hasta el Golpe de Estado de 1976, cuando fue desplazado de su cargo.

Nelva era ama de casa y maestra de escuela pública. Había colaborado en la campaña por el voto femenino, siendo delegada juvenil, a mediados de los años ‘50. Con la desaparición de María Claudia comenzó a reunirse con madres que habían pasado por su misma tragedia; fue una de las fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo, Línea Fundadora. En Democracia fue secretaria de DDHH del PJ local; y en 1999 fue declarada Ciudadana Ilustre de la ciudad de La Plata.

Luego de casarse, la pareja se fue a vivir a la casa de la calle 8, propiedad de Clemente y María Teresa, muy cerca de Plaza Rocha, y a sólo dos cuadras de Bellas Artes.

En esa misma casa Nelva y Falcone padre vieron crecer y soñar a sus dos hijos, pero también vieron irrumpir a las patotas de la Revolución Libertadora primero; y luego las del Terrorismo de Estado. La casa de los Falcone fue allanada en cuatro oportunidades, el 9 de junio 1956, detención de Jorge Ademar ; dos veces en 1976, la primera luego de un incidente en la cancha de Estudiantes de La Plata, la segunda luego del secuestro de María Claudia, el 16 de septiembre de 1976 ; y el 13 de abril de 1977, en donde se produce la detención y secuestro de la pareja, a quienes– los Grupos de Tareas de Ramón Camps y Miguel Etchecolatz– los trasladan encapuchados al Centro Clandestino “La Cacha”, donde permanecieron como detenidos-desaparecidos por diez días.

En tiempos de proscripciones del peronismo la economía de la familia se nutrió básicamente de los pacientes que Falcone visitaba a domicilio –muchas veces le pagaban con huevos o gallinas–; de los esporádicos honorarios de su padre, martillero público, de la pensión de su madre, docente jubilada; y del sueldo de Nelva, docente en ejercicio en una escuela pública. Vivían los seis juntos.

La relación de Nelva con su suegra no era la mejor.

“Aún recuerdo la indignación que oportunamente me causó alguna vez escuchar a esa mujer (María Teresa Matera) acunar a mi hermana bebé en su falda intercalando, en las canciones de cuna, recriminaciones a mi madre por venir después de hora de dar clase, tiempo que se tomaba para apuntalar a sus alumnos más rezagados”.

Hacia fines de 1966, María Teresa muere en la casa de la calle 8. Jorge tenía 12 años, y fue testigo de su muerte y de los inútiles intentos de su abuelo por reanimarla.

“Los Falcone éramos una familia media, pero mi viejo no era un médico multimillonario que andaba firmando autógrafos por ahí, o que hacía cirugías estéticas. Era un médico de mutuales de obras sociales metalúrgicas; mi madre ha sido una maestra de escuela pública. Entonces éramos una clase media empobrecida que nunca nos faltó lo elemental, pero que nunca nos sobró nada.

“Porque yo me acuerdo de la vergüenza de mi viejo cuando no conseguía laburo en ningún lado por ser peronista, y cuando se acabó el hábito de comer un plato de entrada antes de la sopa o del churrasco. Y se acabó, y a veces no había postre, que son pelotudeces frente al dolor y la privación que tiene hoy nuestro pueblo más pobre, desde luego, pero te quiero decir, historiando, para la proporción de lo que era el despojo en aquella época, al tipo le daba pudor, le afectaba en su amor propio esa adaptación forzada a un estándar de vida que no era el que en su apogeo profesional le había brindado a la familia”.

El 28 de junio de 1966, se produce en el país un nuevo golpe de estado que termina con el gobierno democrático de Arturo Illia. Este nuevo golpe se denominó “Revolución Argentina” y quien lo encabezaba, el dictador Juan Carlos Ongania, deseaba perpetrarse en el poder por 40 años.

Hacia fines de ese mismo año, Jorge se encuentra terminando la escuela primaria y espera ansioso los resultados de su examen de ingreso a la Facultad de Artes y Medios Audiovisuales.

Mientras tanto, Nelva intentaba explicarle a María Claudia, que estaba triste por estar finalizando el Jardín de infantes, que en poco tiempo iba a volver a jugar con sus compañeritas en primer grado.

Claudia, sexto grado 1972.

EL NORMAL 2

CLAUDIA TENÍA 4 años cuando ingresó al Jardín de Infantes de la Escuela número 2 Dardo Rocha. En ese mismo colegio hizo la primaria. “El primer día de clase en el jardín muchos chiquitos lloraban. Ella, en cambio, me miró y me dijo: ‘Mamá, ¿cuándo empezamos a dibujar?’. La maestra y yo la miramos sonriendo. Allí nomás comenzó a perfilar esa personalidad tan firme que tendría”, recordó Nelva al escribir una semblanza de María Claudia.

De muy chica Claudia tenía una rutina que le fascinaba: antes de acostarse elegía un libro y se lo llevaba a su cama para leerlo. Sus favoritos eran los cuentos y las poesías. Aquel hábito de lectura facilito desde muy chica la manera de comunicarse y de expresarse verbalmente. Una vez, la maestra de quinto grado le dijo a Falcone padre: “Doctor, estoy asombrada de cómo se expresa su hija… la fluidez con la que habla”.

Por sus buenas calificaciones y el mejor promedio del curso en varias ocasiones, Claudia fue abanderada. “Era muy perfeccionista en sus trabajos de Ciencias Sociales, Matemáticas y Lengua. Era tan detallista que sus carpetas eran exhibidas frecuentemente como ejemplo ante otros cursos. Cuando cursaba su séptimo grado, el Club de Madres distinguió a los alumnos de mejores promedios de la Escuela con un libro de poemas de Miguel Cané y un diploma. En su curso ella era el mejor promedio. A fin de año hicieron una fiesta. El grupo de María Claudia eligió recrear un circo y ella se disfrazó de foca con una malla negra enteriza y una máscara de cartón confeccionada por su hermano, que cursaba el secundario en Bellas Artes y ya había formado su primer equipo de cine en Súper 8. La fiesta fue un éxito y María Claudia hizo gala del sentido del humor que la acompañaría hasta el final”.2

2 Nelva Falcone, “Una joven de ojos glaucos. Semblanza a María Claudia Falcone”. 2000. http://escuelafalcone.blogspot.com.ar/2010/10/50-anos-del-nacimiento-de-maria-claudia.html

LA GORDITA FALCONE

“DESDE PRIMERO hasta séptimo grado estuve con ella, nos sentábamos juntas”, recuerda Alejandra Rodríguez Pujol, amiga y compañera en el Normal 2. “Le decían, ‘la gordita Falcone’. Claudia era muy gordita, tenía ojos celestes y un flequillo bien tupido, era muy divertida”.

Concurrían al turno tarde del Normal 2 y a la salida solían irse juntas a tomar la leche a la casa de los Falcone. Con la supervisión de Nelva, hacían la tarea y luego se divertían jugando a las muñecas en la habitación de Claudia.

“Dibujaba muy bien, era una artista Claudia, y ella a mí siempre me retaba porque cuando había que hacer una figura humana, yo le hacía siempre los brazos cortos, y ella me decía, ‘¡No te das cuenta Alejandra que le haces los brazos cortos!’, (se ríe) me retaba mal, y entonces ella me los arreglaba y me hacía dibujar los brazos a la distancia que tenían que ser. Era excelente como alumna. Claudia era la chica diez, la que sabía todo y ayudaba a los demás. Yo la admiraba. Era la compañera de oro, y, además de ser muy inteligente y muy capaz, era muy buena compañera”.

Cuando jugaba con sus amigas, Claudia hacía un gran despliegue de personajes que ella misma había inventado. A partir de su gorrito de pompón surgió, “Ueti-Ueti”, mi pomponcito de lana amarillo; la glamorosa corista “Happyway”; o el caballo “Paisano”, héroe de las pampas. Uno de sus tesoros más preciados era su colección de cajitas de fósforos y de trapitos para vestir muñecas.

Para su cumpleaños Claudia invitaba a su casa a todos sus compañeros de la escuela. Nelva, que le encantaba festejar los cumpleaños, al culminar la celebración les entrega una bolsa con golosinas a cada chico. Jorge, que soñaba con estudiar la carrera de Cine, en la Facultad de Bellas Artes, para agasajar a la cumpleañera, era el encargado de proyectarle películas en súper 8 milímetros.

A veces también iban a jugar a la casa de Alejandra. Claudia se quedaba toda la tarde y antes de que bajara el sol, su papá pasaba a buscarla.

A partir de cuarto grado habían logrado la autorización de sus familias para regresar solas del colegio. Las pocas cuadras que caminaban eran suficientes para matarse de risa con las travesuras de su compañera Maide, calificada por la maestra como “la más traviesa del curso”. Al llegar a la casa de la calle 8 número 1334, Nelva les tenía preparada la merienda.

“Después de séptimo grado no nos vimos nunca más”. Dice Alejandra, lamentándose. “Me enteré que con un grupo de personas iba a ayudar a las villas, que estaba militando, pero no mucha más información que esa. Recuerdo un año que fui a Luján y entré a la Basílica para conocerla, y las Madres de Plaza de Mayo habían puesto todos los pañuelos con nombres de desaparecidos. Y el primer pañuelo que veo decía el nombre de mi gran amiga: María Claudia Falcone”.