Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
¿Qué hizo Sorolla en los veranos de 1894 a 1896 en Valencia? ¿Quién era la misteriosa María de Benimàmet a la que estuvo pintando estos años? Una Carta enviada por Sorolla a María de Benimàmet en el año 1895 y el relato del nieto que la interceptó, nos llevará a viajar en el tiempo junto al Maestro de la Luz y recorreremos con él la ciudad de Valencia del siglo XIX: El centro, La Malvarrosa, El Cabañal y Benimàmet, así como otros pueblos: Alzira, Benetússer, Buñol, Denia, Jávea y también en la capital Madrid, donde residía la familia Sorolla. Reviviremos los cuadros que pintó en esta época y algunos de los premios que ganó, disfrutaremos con Sorolla de las costumbres valencianas, la playa, la huerta y la excelente gastronomía de esta tierra junto a Vicente Blasco Ibáñez y otros grandes artistas valencianos que le acompañarán en este viaje. Una historia donde los personajes sacarán lo mejor y lo peor de las personas: emociones como el amor, odio, celos, malos tratos y envidias irán ganando en intensidad a lo largo de la lectura con un final apoteósico. Dedicado a nuestra querida Valencia, a los valencianos, a los excelentes artistas de esta tierra, a Benimàmet y especialmente a Sorolla y sus aficionados en el centenario de su fallecimiento, a quien con esta novela deseamos rendir Homenaje y recuerdo a su gran obra y legado.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 239
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
El autor.
Jesús Hernándiz Badía
(Valencia, 1975)
Diplomado en Empresariales por la Univesidad de La Florida de Catarroja y Licenciado en Administración y Dirección de Empresas en la Universidad de Valencia, siempre se le dieron bien las matemáticas y la dirección estratégica de la empresa, aunque desde que era un niño mantiene una gran afición por el dibujo y el arte.
Es uno de los miembros fundadores de la página de aficionados a Sorolla en redes sociales más importante de España. Este pintor es uno de sus artistas favoritos y también de su esposa. Investigando, descubrió por sorpresa que había estado pintando en Benimàmet durante varios años y daba protagonismo a una modelo vecina de esta pedanía de la que hablaba maravillas.
Decidió que debía contar esta historia y de paso rendir un homenaje a su tierra, su querida Valencia, sus costumbres y, por supuesto, a Sorolla en el 100 aniversario de su fallecimiento, así como a otros grandes artistas valencianos.
A mi esposa, por su apoyo y comprensión.
A mis hijos, por ser mi energía y mi luz.
A mis padres, por todo lo que siempre me han dado.
A Valencia, mi tierra querida.
Y cómo no… a Sorolla, por su Arte.
Prólogo
Capítulo 1. Año 2022, en Benimàmet.
Capítulo 2. De regreso a Valencia.
Capítulo 3. Valencia, verano de 1894.
Capítulo 4. El Cabañal y la Malvarrosa.
Capítulo 5. En Benimàmet.
Capítulo 6. María Beni.
Capítulo 7. El encuentro.
Capítulo 8. En Madrid
Capítulo 9. El verano de 1895.
Capítulo 10. Familia Joven Valenciana.
Capítulo 11. La mejor cuna.
Capítulo 12. El verano de 1896.
Epílogo. Benimàmet, 2022.
Desde el principio, quiero animarte a leer esta gran novela, cargada de personajes históricos contemporáneos de la época de nuestro grandísimo Joaquín Sorolla, protagonista de una historia casual en la vida profesional del pintor.
La novela María de Benimàmet. Tras la otra musa de Sorolla, refleja en sí misma toda una vida de profesión, familia, momentos de vida y situaciones que nos ayudan a vislumbrar la Valencia, la España, el mundo de finales del siglo XIX. Cada gran personaje que leemos entre sus páginas, nos llena la mente de infinidad de imágenes que ayudan a entender la riqueza de este periodo de nuestra historia.
El elenco que desarrolla la novela, hace en multitud de ocasiones las veces de conectores con diferentes personajes de novelas y obras artísticas de la época, evocando a la gran amistad de nuestro Sorolla con Blasco Ibáñez, Benlliure, Pinazo, Agrasot, Garnelo… dándole a la misma un halo de grandiosidad que nos envuelve.
La narrativa, su profundidad de sentimientos encontrados y esta peculiar forma de humanizar a uno de los más grandes pintores, hacen que nos sorprenda encontrar en Joaquín a esa persona tantas veces analizada y siempre sorprendente, que nos hace sentir como que lo infinito del arte es un don de Dios.
La novela, desde Benimàmet, es una gran oportunidad que nos brinda su autor, Jesús, en mostrar a uno de esos pueblos que los valencianos visitaban sin dejar de ver el Micalet. Nuestro novel escritor, es sin duda una caja de sorpresas, volcado en dar a Benimàmet un carácter cultural más alto, apostando cada día por imaginar un Benimàmet mejor.
La novela que refleja el puro estilo educador, muestra en cada párrafo las ansias genuinas de un bravo vecino, comprometido con la gran pedanía de Valencia.
No pierdas la oportunidad de reconocer a Benimàmet, Valencia, España, América a través de esta historia hilada con puntos muy finos del gran estudio realizado para dotar al argumento de auténticas descripciones que te hacen vivir el final del siglo XIX como si realmente nosotros también fuéramos también contemporáneos de Joaquín Sorolla.
Vicente Tomás Benlloch AndrésCronista de Benimàmet
Esta historia o al menos una parte de ella, ocurrió de verdad, les voy a ir contando los hechos tal y como han ido sucediendo.
Mi nombre es Jesús, tengo 46 años, casado y con 2 hijos.
Hace poco tiempo, exactamente 4 años, nos mudamos a vivir a Benimàmet, una pedanía valenciana de 15.000 habitantes que está pegada a Valencia ciudad, por la comodidad de vivir cerca de la urbe y por la proximidad al trabajo, pero a la vez tienes el sentimiento de vivir en un pueblo, donde la mayoría de gente se conoce. Aquí, en poco tiempo, pude hacer amistad con el alcalde pedáneo al presentarle unas ideas de mejora para el barrio que acogió gratamente y también con el cronista local D. Vicente Benlloch, personas que me ayudaron e inculcaron la historia de esta pequeña pedanía, llamado “barrio de artistas”, pues de aquí salieron bastantes.
Un día Esther, mi mujer, me propuso la idea de hacer un mural grande en una de las paredes de nuestro comedor. Vivimos en una villa modernista que ha cumplido 100 años, con techos de más de 3 metros de altura, y el mural de Sorolla Un paseo a Orillas del Mar quedaría genial. Tanto mi esposa como yo somos amantes de este gran genio y artista valenciano, así que me puse manos a la obra y a través de una red social, conocí a un grafitero de Benimàmet, José Moya, que había hecho bastantes pinturas en los comercios del barrio y contacté con él para presentarle el proyecto.
Le preguntamos si sería capaz de hacerlo, a lo que él asintió. Estábamos intrigados con el resultado. Me dijo que en el fin de semana lo pintaría y el viernes por la tarde vino a preparar la pared y a empezar a marcar las siluetas y contornos. El sábado estuvo todo el día terminando las siluetas y dando color, y el domingo vino a perfilar los detalles y mejorar pequeños defectos que iba encontrando: se retiraba hacia atrás, lo examinaba y lo volvía a retocar, le hacía fotos y lo miraba a través del móvil. Yo el sábado ya lo veía estupendo, aun así estuvo casi todo el domingo perfeccionando la pintura a spray y, la verdad, el resultado fue espléndido.
Por fin, ya teníamos a Sorolla en el comedor con nosotros, ¡ya formaba parte de nuestra familia! Nos sentíamos muy felices.
Mientras José pintaba, yo me entretenía y buscaba información sobre Sorolla y ocurrió algo inesperado, una gran sorpresa. Descubrí un documento del Ministerio de Cultura que explicaba varías cuadros hechos por Sorolla en Benimàmet. Me quedé muy sorprendido, mi ídolo había estado aquí en Benimàmet en los veranos de 1894 y 1895 y fruto de estas visitas había pintado 3 óleos: El Columpio, La mejor Cuna y Familia Joven Valenciana.
Me llamó la atención un texto que estaba en este mismo documento, donde detallaba una explicación de Sorolla que hacía por carta a su amigo Pedro Mora Gil sobre una misteriosa modelo, que decía lo siguiente:
“(…) aquí nadie sabe nada de
nada de lo que a mí me gusta
y si algún rato bueno paso es
cuando hablo con los modelos
que yo me elijo, que por lo salvajes,
son maravillosos; ahora tengo
una modelo que vive en el interior
de las cuevas de Benimàmet, que
es una griega sin pulir pero colosal
de forma salvaje, y más negra
de sol que el betún de las latas (…)”
Compartí esta información con José, que se encontraba en mi casa ultimando la obra, pudo contrastar la información en google escribiendo: “Pdf la parra Sorolla”.
Le pregunté si a él le haría ilusión pintar un mural para embellecer el pueblo, a lo que él respondió que sería un orgullo hacerlo de forma altruista. A la mañana siguiente llamé al alcalde, compartí la información de Sorolla en Benimàmet y le propuse representar el mural en homenaje a los 125 años de la visita de este gran artista.
Al final lo conseguimos, y se pintó una representación del cuadro Familia Joven Valenciana en una pared que da al Parque Lineal del colegio El Ave María. Además, con el impulso de la Alcaldía de Benimàmet y el Ayuntamiento de Valencia, se hicieron 3 murales más sobre las “viviendas cueva” y una foto antigua del propio colegio. Eran unos recuerdos emotivos para el pueblo y la gente estaba encantada. Posteriormente creamos una “Ruta de los Murales”, de estos y otros más que se habían ido pintando y con códigos QR para que los visitantes pudieran acceder a esos contenidos.
Bastantes medios de comunicación publicaron el artículo “Los Sorolla de Benimàmet”, disponible en internet para quien tenga interés.
Al poco tiempo, quisimos recuperar otro mural de Sorolla llamado La mejor Cuna, que había pintado en 1895 a 200 metros escasos de mi casa y que, por desgracia, se encuentra en paradero desconocido y sólo se dispone de una foto en blanco y negro. Llegamos a un acuerdo con el pintor y realizó un boceto a color de cómo podría quedar. Aceptamos la propuesta y durante el fin de semana lo pintó en la pared medianera junto a la fachada de nuestra casa, de forma que la gente que pasee por la calle y los vecinos puedan disfrutarlo y forme parte del pueblo donde se pintó. Quedo fantástico.
El cronista local insistió en hacer una pequeña fiesta de inauguración de la nueva pintura y se realizó un viernes por la tarde. Vinieron cerca de 50 personas, hicimos una breve exposición explicando los distintos cuadros de Sorolla en Benimàmet y por último habló el artista para explicar cómo había hecho estas pinturas con tan excelente resultado utilizando la técnica del spray. Después de la explicación, tocaron con el saxo un par de canciones y acto seguido pasamos todos a la terraza interior, donde servimos un cóctel.
Los invitados pasaron una agradable velada en un ambiente muy distendido, donde unos y otros se iban presentando, así que fue muy fructífero.
Entonces un señor de pelo canoso se acercó a mí, era de la Asociación San Vicente Mártir, y pese a que lo conocía de vista, no sabía su nombre. Me cogió del brazo y me preguntó al oído si podíamos hablar un momento. Nos distanciamos de la gente alejándonos del ruido, hizo un gesto de conformidad y seguimos hasta el interior de la vivienda donde el murmullo seguía, pero más débil.
- Hola Jesús, soy José, encantado de conocerte. Vicente me ha estado contando algunas cosas que has ido haciendo por el pueblo y me parece muy positiva tu labor e implicación. Verás, tengo un tema importante que quiero que conozcas sobre Sorolla, te va a sorprender mucho, pero este no es el momento ni el lugar....
- ¡Encantado, José! Si es sobre Sorolla seguro que me interesa. En mi casa somos muy aficionados.
- Si quieres, mañana sobre las 12, si te viene bien, podemos quedar en la terraza del Casino Cervantes, nos tomamos un café y te lo cuento, ya verás que vale la pena, ni te lo imaginas.
- Vale, perfecto. Yo mañana estoy allí, estoy intrigado.
Volvimos a la terraza, él se incorporó en su mismo grupo de gente y yo me integré de nuevo en el que estaba. Mi mujer susurró si pasaba algo y le dije que luego le contaría, cogí de nuevo mi vaso, unas almendras y una frivolidad de sobrasada. Después de una hora ya se empezaba a hacer de noche y la gente fue abandonando la casa de manera continua hasta que quedó vacía, con los de casa solamente, fue un acto cultural bonito y una velada agradable.
Al día siguiente, a la hora señalada me presenté en el Casino Cervantes acompañado de mi querido hijo Jesús, y allí estaba José cogiendo asiento en la terraza, nos saludamos con un apretón de manos y mientras pedíamos unos cafés al camarero, fuimos tomando asiento.
- Bien, José, ¿qué es eso que querías compartir conmigo?
José metió la mano en el bolsillo interior de la americana y puso sobre la mesa un sobre.
Me quedé mirándolo, estaba un poco amarillento y parecía viejo, los sellos eran de España pero muy antiguos, me acerqué y vi que iba dirigida a:
María Beni
Cuevas Camales
Benimàmet en Valencia
Sinceramente, estaba decepcionado en ese instante. ¿Era eso lo que quería enseñarme?
José hizo un gesto invitando a coger la carta, la cogí con la mano y le di la vuelta:
Remitente:
Joaquín Sorolla i Bastida
Avda. de Madrid.
Me quedé muy sorprendido. ¿Una carta de Sorolla? ¿Iba dirigida a María de Benimàmet? ¿Qué significaba eso? ¿Era real?
Empezaba a interesarme y a picarme la curiosidad, ahora sí que había captado toda mi atención.
- ¡¡Qué maravilla, una carta de Sorolla!! ¿Puedo saber sobre qué es? ¿Me permite leerla?
- ¡Jajaja, claro, para eso te la he traído, para compartirla contigo! Yo no tengo hijos y esto ya no lo voy a poder transmitir, a la carta le pegaré fuego antes de morirme y desaparecerá.
- ¡Qué pena! ¿Por qué?
- Es un recuerdo de familia, mi bisabuelo era vecino de María y se hizo amigo de Sorolla también. Él estaba enamorado de María, fue como un amor platónico, pero sentía celos hacia Sorolla a pesar de la amistad, María nunca prestó atención a mi familiar de la forma en la que él deseaba, lo veía y quería mucho, pero como un buen amigo y vecino, poco más. Mi bisabuela nunca lo sospechó, pero luego sufrió mucho por ello. La cuestión fue que llegó el cartero a entregar la carta a María y, al no estar ella, el cartero se la entregó a mi bisabuelo, que nunca se la dio a su destinataria. Los celos sacan lo peor de las personas Jesús, créeme, no le agradaba que Sorolla la frecuentara en aquella época ni la forma en la que los dos se miraban… esa relación le corroía por dentro, la quería para sí mismo pero se daba cuenta de que era imposible, ella nunca lo vería a él como a este artista.
Abrí la carta y saqué el viejo papel que había dentro:
Madrid, a 10 de Mayo de 1895.
Querida María,
No se imagina cuántas ganas de regresar a Benimàmet para poderla ver de nuevo y disfrutar de su compañía, no he encontrado una modelo más bella, allá por donde viajo recuerdo su belleza y su sonrisa, y los ratos tan buenos que compartimos el pasado verano.
¿Qué tal le va todo? cuénteme cómo está, espero que no le falte de nada. ¿Y su hijo, sigue empeñado en trabajar en el campo?
Estoy deseando que llegue el calor de nuevo para poder volvernos a encontrar y, por supuesto, volver a pintarla en un nuevo cuadro, quisiera alargar mi estancia todo lo que pueda.
Este verano será un poco más complicado porque Clotilde dará a luz y estaré más comprometido, pero ya sabe que haré todo lo posible.
Reciba un afectuoso abrazo,
Joaquín Sorolla.
- Estoy muy asombrado José, quiero conocer toda la historia de estos años, por lo que veo fue entre los años de 1894 y 1895.
- Te contaré la historia para que te la guardes, y si algún día quieres, cuando yo fallezca la podrás transmitir, pero la carta será destruida. Lo siento, pero afecta a mi bisabuelo y no quiero manchar el pasado de mi familia, cuanto te cuente los hechos que ocurrieron, lo entenderás. Espero que no los nombres, o al menos identifiques sus apellidos. ¿Puedo confiar en ti?
- Por supuesto, pienso respetar todo lo que me cuente, soy una persona de total confianza, le prometo que nunca revelaré sus apellidos.
En los días siguientes quedamos durante varias tardes ya que el estado de salud del señor José no permitía alargar las visitas y me fue revelando todos los detalles. Por desgracia, el señor José falleció en febrero y he aquí la asombrosa historia de su bisabuelo, María de Benimàmet y Joaquín Sorolla.
Era el año 1894, Sorolla regresaba de su viaje a París, cautivado por el estilo pictórico de género Naturalista-Luminista, los pintores daneses habían causado un gran impacto en él, le sirvieron para evolucionar y definir el estilo que deseaba retratar de cara al futuro, ya había tenido contacto con este estilo en su etapa de formación en Valencia en el pasado, pero ahora le apasionaba con mayor fuerza, estaba decidido a plasmarlo en su obra de ahora en adelante.
Así que, a su vuelta, comenzó a pintar al aire libre, dominando con maestría la luz y combinándola con escenas cotidianas y paisajísticas de la vida mediterránea. Crearía obras como La vuelta de la pesca, La playa de Valencia o Triste herencia, en las que describiría el sentimiento que le producía la visión del mar, el esplendor de una mañana de playa con un colorido vibrante y un estilo suelto, vigoroso y lleno de luz.
Llegaban los meses estivales y el calor sofocante en Valencia, hacía un sol resplandeciente que envolvía de brillo y claridad el cielo y el reflejo del agua del mar, y la humedad no te la quitabas en todo el verano.
Era principios de Julio, para ser más exactos, y Sorolla estaba ansioso pero feliz a la vez, en la estación de Atocha de Madrid esperando la partida de su tren hacia su querida Valencia, donde ya se encontraban su mujer e hijos que habían partido la semana anterior para reunirse con la familia.
Sacó el reloj del bolsillo interior de su traje, bien sujeto a una cadena de apariencia plateada, vio que en ese momento eras las 8:15 horas, le esperaba un largo viaje de 8 horas hasta casa.
Junto a él, un hombre de mediana edad despidiéndose de la esposa y de sus 2 pequeñas, lloraban de emoción y se prometían amor eterno y un pronto regreso. Estaba la estación repleta de gente y el murmullo llenaba los concurridos andenes por encima de los pitidos de las máquinas de vapor que, aun estando inmóviles, saturaban de humo el ambiente.
Al subir al tren dejó la maleta en la parte reservada a tal fin y tomó asiento junto a la ventana, con el único deseo de ver partir la máquina hacia casa y poder apreciar los bellos contrastes y paisajes que hay en España.
A su lado tomó asiento una anciana pechugona que le saludó con una pequeña sonrisa. Amparo le llamaban, sus posaderas eran más anchas que su asiento, vestida toda de negro incluido el pañuelo que envolvía su pelo. Sorolla pensó: “Qué poca conversación me espera en este largo viaje…”. Además, el “aroma” que desprendía narraba la dificultad de disponer de agua de forma cómoda para un buen aseo, y en sus labios, el bigote de una ballena poco cuidado. Tenía pinta de ser una mujer viuda a la que la vida había tratado mal, como a la mayoría de la población en estos años de pobreza. Él, sin embargo, venía hecho un pincel con el traje recién adquirido, con su inseparable sombrero y la barba recién arreglada, esperando el encuentro con su amada Clotilde.
Amparo, sin ser siquiera preguntada, se puso a contar su dura vida: vivía en el Cabañal junto a su marido, un trabajador incansable, jornadas largas y sueldo escaso, que apenas daba para una ajustada vida, pescador toda la vida, murió hacía 10 años en un maldito oleaje. Menos mal que ella también ganaba unos quinzets en un taller clandestino cosiendo sin parar y su hijo ya se había casado y era capataz para un señorito poseedor de grandes extensiones de arrozales en la Albufera. El arroz siempre ha sido uno de los productos estrella de la terreta. “-¡Qué buenas paellas y arroces se disfrutan en Valencia! Pero ¡ah! Solo aquí sabemos cocinarlo y disfrutarlo com mana la tradició! Ahora lo quieren imitar en otras provincias y países, pero… redéu! Vaya experimentos hacen por ahí.” Decía ella muy airosa.
Joaquín asentía con pena al relato de la viuda, estando de acuerdo en la dificultad y lo mal pagado de la faena. Sin embargo, la historia le estaba llenando de inspiración al crearle un sentimiento de compasión.
- Señora Amparo, cuando llegue a Valencia pienso plasmar en un cuadro un homenaje a su marido y a este sector, una denuncia sobre esta situación que sufre este digno e imprescindible oficio de la pesca.
- Gracias don Joaquín, viniendo de un pintor tan famoso como usted es todo un orgullo. ¡Qué contento estaría mi Manolo de oír sus palabras, que Dios me lo guarde!
La conversación siguió hasta la salida de la ciudad, donde el paisaje cambió por completo, llanuras infinitas de color amarillo que desprendían las enormes plantaciones de trigo a ambos lados daban gran sensación de paz y tranquilidad, lo que hizo que su contertulia cayera rendida en su asiento. Primero resoplaba de forma sutil, después sus ronquidos fueron cogiendo carrerilla y Sorolla le tuvo que dar un discreto codazo al ver que la gente se giraba molesta.
Una vez calmada de nuevo la respiración, Joaquín aprovechó para sacar del bolsillo la carta de su querido amigo Vicente que recibió en casa y que había encontrado hoy en el buzón al cerrar con llave para emprender el viaje.
Querido amigo Joaquín:
¡Qué ganas de tu regreso a Valencia, se te echa mucho de menos en esta tierra!
Como bien sabes, en estos meses de tanto calor suelo estar en la villa de Burjassot y en La Malvarrosa, espero tu pronta visita para tomar unos vinos y que me pongas al día de tus hazañas y próximos proyectos. Me han traído unos puros de Cuba que pienso compartir contigo con copa en mano, ya verás qué delicia.
Como sabes, ando ocupado con el lanzamiento del periódico “El Pueblo” en mi constante lucha para mejorar las condiciones de nuestro pueblo y nuestra querida tierra, a ver si al final vemos la luz. Ando también de pueblo en pueblo dando mítines explicando a los vecinos estos ideales, pues pienso presentarme y con suerte poder cambiar a mejor el rumbo de esta gente.
Me alegro mucho de que vayas a estar este verano pintando en Benimàmet y en la Malvarrosa, así estaremos muy cerca y será fácil vernos de forma frecuente. Yo estoy acabando una nueva novela sobre Valencia, ya te contaré, la quiero llamar “Arroz y Tartana”, y será un éxito seguro.
Por cierto, el paisaje de Benimàmet es digno de ver, desde que inauguraron hace 6 años la línea de tren que pasa por allí, todos los pasajeros se quedan maravillados de las fantásticas vistas: toda una extensión de color blanca pálida de las viviendas cueva excavadas bajo el suelo, en la roca caliza, con sus chimeneas blancas y acompañado de árboles, el verde de la vegetación y los colores de las flores con las que sus vecinos las adornan. ¡Es digno de ver!
Es un acierto que quieras pintarlo para la posteridad y un acierto que hayáis conseguido que la modelo María Beni, haya aceptado al final ser retratada. ¡Menuda mujer! No me la pierdo por nada del mundo, ¡tremenda belleza! Menuda te espera amigo, ármate de paciencia. Te espero pronto en mi villa.
Recibe un cordial saludo y manda recuerdos de María para Clotilde.
Vicente Blasco Ibáñez.
Contento de recibir noticias de su amigo, volvió a doblar la carta y la guardó en el interior de la chaqueta con una sonrisa de felicidad en su cara. Se encendió la pipa y le dio varias aspiraciones rápidas, el humo se mezcló con el de otro señor que estaba dos filas de asientos por delante, una mujer tosió ante tal acumulación y bajó el cristal lo poco que permitía la ventana, entrando aún más ruido de las vibrantes ruedas en su roce con las vías, y con tal molestia para unos y para otros pasaron buena parte del trayecto.
Joaquín y Vicente amaban Valencia, la huerta, sus costumbres, su cultura, la playa, la luz y la alegría de su gente, ambos ansiaban poder contribuir y denunciar las malas condiciones de la gente del campo y del mar con escasos recursos y sin posibilidad de acceso al conocimiento y a la cultura, sumidos en una pobreza sin posibilidad de avanzar, preocupados constantemente por la incertidumbre de sus trabajos y por si tendrían para comer al día siguiente.
El tren había sobrepasado Albacete y faltaba menos de un par de horas para la feliz llegada, la cara de cansancio de los pasajeros era evidente, Amparo se había despertado de su ruidoso sueño y ya miraba con ilusión el paisaje al estar cerca de Valencia, había ido a ver a su hermana a Madrid pero estaba deseando encontrarse de nuevo con su hijo y su nieto.
A Joaquín le venían a la mente sus próximas pinturas, ya las estaba imaginando: la luz del Mediterráneo, el mar, los pescadores, la gran llanura blanca con sus viviendas cueva en Benimàmet y con su recién contratada modelo María Beni; la llamaban así por ser de Benimàmet, se había hecho famosa en las poblaciones de la contornada por su belleza, unida a un fuerte carácter, y ya había posado para algún que otro artista. Sorolla estaba ilusionado y ansiaba empezar lo más pronto posible a pintar y expresar sus pensamientos e ideas en los próximos óleos, la luz de Valencia y la Malvarrosa era lo que más añoraba profesionalmente cuando se encontraba fuera.
El haber estado trabajando pintando fotografías en el estudio de su suegro, un reputado y exitoso fotógrafo, le había enseñado el valor de la luz, los reflejos y las sombras en las imágenes, el tener que trabajar en tamaños tan pequeños le había hecho más minucioso y perfeccionista al pintar.
Después de todo el día en el tren, ya entraban en Valencia, tuvieron que hacer parada durante media hora hasta que salió otro tren con dirección a Madrid que estaba ocupando la misma vía, para dejar paso a su llegada y poder avanzar hasta la estación. Una vez cruzó, pudieron llegar y el tren paró, la cara de felicidad invadía a todos los pasajeros que, nerviosos, se pusieron todos de pie a recoger sus equipajes con ganas de abandonar inmediatamente el incómodo vagón.
Sorolla miraba atónito a su alrededor. Valencia estaba en pleno crecimiento, cada día más bonita… Si consiguieran quitar el barro de las calles y nivelar el adoquinado, sería una ciudad moderna y maravillosa, pues lo tenía todo, pero el polvo y barro todavía le daban un aire muy pueblerino. En las calles donde había empedrado, tampoco se prestaba mucha atención en la reparación de los baches, que las tartanas agrandaban a base de golpes y traqueteo.
Hacía pocos años que se habían derribado las murallas y también diez de las doce puertas que daban acceso a la ciudad, que la embutían como una olla de garbanzos a presión, dejándonos como herencia las Torres de Serranos y las de Quart. En estos tiempos tuvieron sus razones para derribarlas: las murallas habían dejado de ser un elemento defensivo ante la aparición de los explosivos y la nueva artillería, por otro lado, la burguesía anhelaba el crecimiento de la ciudad y de las comunicaciones y el negocio que traería, también era positivo para el cólera al circular mejor el aire; esta epidemia había causado estragos y muchas muertes, y por otro lado, daría empleo ante la crisis del negocio de la Seda.
A la vez del derribo, se empezaron a anexionar los pueblos de alrededor: Patraix (1870), Benimaclet (1871), Beniferri (1872), Russafa (1877), Benimàmet (1882), Orriols (1882), Borbotó (1888), Mauella (1891), Vilanova del Grau (1897), Poble Nou de la Mar (1897) y Campanar (1897), llegando a sobrepasar los 200.000 habitantes. Con todo ello, Valencia empezaba a ser una gran ciudad.
La plaza de San Francisco, la calle de las Barcas, de Peris y Valero y de San Vicente concentraban lo más selecto en cuestión de tiendas, cafés, hoteles y estudios fotográficos, entre ellos el del suegro de Sorolla, Antonio García Peris, de gran prestigio entre la nobleza.
La Plaza de San Francisco (que después pasaría por varios nombres hasta el de Plaza del Ayuntamiento) tenía su origen en el antiguo Convento de San Francisco, cuyos terrenos otorgó el rey Jaime I a los franciscanos en el siglo XIII para construir su convento extramuros, justo donde se ubicaba la casa de recreo de Abú Zayd, último gobernador almohade de la ciudad. El convento quedó intramuros tras la construcción de la nueva muralla del siglo XIV. La desamortización de 1835 hizo que el edificio pasara a convertirse en cuartel de caballería, hasta que su gran deterioro llevó a su demolición en 1891, dando paso así al espacio que hoy ocupaba el centro de la plaza.
A esa misma plaza desembocaba la primera estación de tren que tuvo la ciudad, que suponía la llegada a Valencia de la tercera línea española de ferrocarril y comunicaba el centro de la ciudad con El Grao. Esta estación estuvo en funcionamiento hasta que en 1917 se inauguró la Estación del Norte, cien metros más al sur, convirtiéndose en el símbolo del progreso, el modernismo y la alegoría valenciana.
El pintor observaba la Casa de la Ciudad, que había sido trasladada a esta ubicación de forma provisional debido a un grave incendio en el año 1.853, desde su anterior ubicación al lado del actual Palau de la Generalitat, hasta la Casa de la Enseñanza (
