María Graham - Regina Akel - E-Book

María Graham E-Book

Regina Akel

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Beschreibung

Cuando María Graham llegó a nuestras costas en abril de 1822 ya era una viajera incansable, una observadora aguda y una reconocida escritora en su propio país, Inglaterra. Fue la primera mujer que describió Chile en los inicios de su vida independiente; también retrató a la India con sus terribles ritos, a bandoleros en el norte de Italia, y las intrigas de la corte imperial de Brasil. Su historia personal, sin embargo, fue tan dramática como una novela de aventuras, y la presente biografía literaria reconstruye esa vida en base a documentos originales de la época y entrega un retrato novedoso y humano.

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Seitenzahl: 501

Veröffentlichungsjahr: 2022

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G738A Akel, Regina.

María Graham : una biografía literaria / Regina Akel.

1a. ed. - Santiago de Chile: Universitaria, 2012.

261 p.: il.; 15,5 x 23 cm. - (Imagen de Chile)

Incluye índices.

Bibliografía: p. 255-261.

ISBN: 978-956-11-2381-6

ISBN Digital: 978-956-11-2772-2

1. Graham, Mary, 1785-1842.

2. India – Descripción y viajes.

3. América del Sur – Descripción y viajes.

4. Chile – Descripción y viajes.

5. Chile – Vida social y costumbres.

6. Mujeres intelectuales – Biografias.

I. t

© 2011, REGINA AKEL.

Inscripción Nº 219.581, Santiago de Chile.

Derechos de edición reservados para todos los países por

© EDITORIAL UNIVERSITARIA, S.A. Avda. Bernardo O’Higgins 1050, Santiago de Chile.

Ninguna parte de este libro, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, transmitida o almacenada, sea por procedimientos mecánicos, ópticos, químicos o electrónicos, incluidas las fotocopias, sin permiso escrito del editor.

TRADUCCIÓN AL CASTELLANO DE

Marlene Hyslop Becker / María Elena Donoso González

María Graham: Una biografía literaria, fue publicada inicialmente en inglés por Cambria Press en el año 2009. La presente traducción al castellano se publica con la autorización de Cambria Press. No están autorizadas otras reproducciones del presente libro a menos que tengan permiso de Cambria Press. Para consultas sobre autorizaciones se ruega dirigirse al correo electrónico:

[email protected], o la siguiente dirección postal:

Cambria Press,

Permissions Department,

20 Northpointe Parkway, Suite 188,

Amherst, New York 14228, U.S.A.

DISEÑO DE PORTADA Y DIAGRAMACIÓN

Yenny Isla Rodríguez

Retrato de María Graham, Lady Callcott, pintado por su esposo, Augustus Wall Callcott (1828).

© Propiedad de la Corona; en la colección del Gobierno del Reino Unido. Reproducido con licencia.

Obra financiada por el Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura

www.universitaria.cl

Diagramación digital: ebooks [email protected]

A mi hermano, Dr. Carlos Akel

ÍNDICE

Lista de ilustraciones

Introducción

PRIMERA PARTELa formación de una intelectual, 1785-1820

Capítulo 1: Los primeros años

Capítulo 2: Un viaje a la India

Capítulo 3: Vida en la India

Capítulo 4: Los años estériles

SEGUNDA PARTELa aventura sudamericana, 1821-1825

Capítulo 5: Encuentros con la esclavitud: Brasil

Capítulo 6: El legado colonial español: Chile

Capítulo 7: Lord Thomas Cochrane

Capítulo 8: En la corte imperial

Capítulo 9: La institutriz 193

TERCERA PARTELa viajera retorna, 1885-1842

Capítulo 10: La intrépida señora Graham

Capítulo 11: Los años finales

Capítulo 12: Epílogo

Agradecimientos

Breve cronología de la vida y viajes de María Graham

Bibliografía

LISTA DE ILUSTRACIONES

1. Página de la portada de Diario de mi residencia en la India (1812)

2. Campesinos bailando en Poli. (Boceto de Charles Eastlake, 1820)

3. Página de la portada de Diario de un viaje a Brasil (1824)

4. El puerto de Valparaíso a principios del siglo xix

5. La Plaza de Armas de Santiago a mediados del siglo xix

6. Lord Thomas Cochrane

7. Iglesia La Matriz, Valparaíso

8. Las casas Callcott en Kensington Gravel Pits

9. Tumba de María Graham en Kensal Green. Antes y después

INTRODUCCIÓN

La verdad es que me da igual la forma en que me trate la

posteridad: si escribo mal, aceptaré el olvido de buena gana; si lo

hago bien, me bastará ser recordada con respeto.

MARÍA GRAHAM1

Quien hasta hace poco haya visitado el cementerio de Kensal Green, al norte de Londres, habrá encontrado difícil, y hasta imposible, descubrir la sepultura de María Graham entre las envejecidas lápidas cubiertas de musgo. El tiempo había borrado su nombre de la piedra, y la primera parte de su proposición parecía haberse cumplido: ella descansaba feliz en el olvido. No obstante, la realidad es algo diferente. En Chile, uno de los dos países latinoamericanos acerca de los cuales esta autora escribió en 1824, es una figura conocida y su diario se publica, se cita y se discute permanentemente. En Brasil, el otro país que visitó en América del Sur, es conocida en los círculos académicos como una erudita escritora de viajes y como un icono de la cultura gay. Además, uno de sus dos diarios publicados sobre la India es ampliamente leído en Gran Bretaña y en Estados Unidos hoy en día, y en todos estos países su obra es objeto de tesis, seminarios, y capítulos en las publicaciones académicas que tienen que ver con escritura de viajes o con estudios sobre feminismo o colonialismo. Su historia, sin embargo, es tan extraordinaria como su obra, y esta biografía no sólo narra su vida sino que también ahonda en la representación que ella hizo de sí misma en sus diarios de vida, crónicas de viaje, memorias y cartas, tanto públicos como privados. El fruto de estos esfuerzos es una persona literaria muy diferente a la controvertida mujer que fue la María Graham de carne y hueso.

¿Quién es la mujer detrás de los textos? ¿Cómo los concibió? ¿Fue simplemente una de tantas otras autoras aventureras y elocuentes del siglo xix o hubo algún otro motivo que la hizo destacar? Las siguientes páginas muestran cómo ella construyó su identidad, a veces adaptándose a las reglas de la sociedad con respecto al comportamiento de las mujeres, pero también, en ocasiones, desafiándolas o ignorándolas. Ella fue hija de la Ilustración, en el sentido de valorar el saber por sobre todas las cosas, mas logró dar a sus descripciones un toque de romanticismo. Su búsqueda la llevó a tierras lejanas donde capturó para sus lectores manifestaciones de culturas foráneas, paisajes exóticos y oscuros ritos religiosos. Sin embargo, una lectura de su obra genera la impresión que, pese a las dramáticas descripciones de pueblos y lugares, el tema principal de María era, simplemente, ella misma. Lo que conocemos de su historia proviene mayormente de sus propias narraciones, aun cuando hay cartas muy importantes, ya sea escritas por ella o dirigidas a ella, además de otras que la mencionan, que completan el análisis.

María Dundas nació en Papcastle, en la Región de los Lagos al norte de Inglaterra en 1785, hija de un oficial de la armada británica y de una señorita Thompson de Liverpool. Después de una niñez aparentemente feliz y sin mayores inquietudes, fue repentinamente separada de su madre y llevada a vivir a Richmond con parientes que, según ella afirma, la odiaban y rechazaban. Más tarde María se mostró rebelde al ser enviada al colegio, aunque fue allí también donde adquirió su amor por el saber y la facultad de mirarse a sí misma y a los demás sin apasionamiento. Es posible que este rasgo haya influido en la elección del género literario que practicó al comienzo de su carrera: la escritura de viajes.

Al salir del colegio María fue a vivir a Edimburgo con parientes más acogedores, circunstancia que le permitió interactuar con personajes de la Ilustración escocesa. No dejó registro de sus conversaciones con Francis Jeffrey o Dugald Stewart, pero sí mencionó en “Reminiscencias”2 que ambos, al igual que otras personas, se referían a ella como “filosofía vestida de muselina”. Se quedó en Escocia hasta 1808, año en que viajó por mar a la India junto a su padre, a quien no había visto en los últimos diez años. En esta etapa de su vida nació la autora de narrativas de viaje.

En su diario privado del viaje María anotó sus lecturas, sus estudios, sus descripciones de la gente y de los lugares visitados y, más importante aún, relató su romance a bordo con el entonces teniente Thomas Graham. Ellos se casaron en la India a fines de 1809 y regresaron a su país dos años después. Una vez en Inglaterra María publicó dos libros que narran sus experiencias en el extranjero. El primero de ellos, Journal of a Residence in India (Diario de mi residencia en la India), publicado en 1812, tuvo éxito apenas apareció. Después de la publicación de su segundo libro, Letters on India (Cartas acerca de la India), se instaló con su esposo en Escocia hasta 1819, año en que ambos visitaron Italia. El resultado de esta expedición fue otro diario de viaje, Three Months Passed in the Mountains East of Rome (Tres meses en las montañas al este de Roma), publica-do en 1820.

Un año más tarde María viajó a América del Sur con su esposo, ahora convertido en capitán Graham, quien había recibido el mando de la fragata HMS Doris. Tras una estadía en Brasil, navegaron hacia Chile, pero el capitán Graham murió durante el trayecto. Cuando el buque llegó a Valparaíso la joven viuda se negó a aceptar un pasaje de regreso a Europa y se quedó sola en el país durante casi un año. Este comportamiento, inusual incluso para los estándares actuales, despertó la desconfianza y la hostilidad de algunos miembros de la sociedad en Gran Bretaña. Este rechazo lo percibió María Graham intensamente durante toda su vida, a pesar de que, en una actitud que le era peculiar, lo atribuyó en sus diarios a la envidia que despertaba en otros su gran capacidad intelectual.

Durante el tiempo que vivió en Chile se relacionó con líderes del Gobierno, destacados miembros de la sociedad y oficiales navales británicos que estaban ayudando al nuevo país a consolidar su independencia de España. Finalizada su estadía en Chile, María Graham regresó a Brasil, y allí se las arregló para conseguir el cargo de institutriz de la princesa María da Gloria. En 1824 retornó brevemente a Inglaterra donde logró publicar sus dos diarios latinoamericanos: Journal of a Residence in Chile (Diario de mi residencia en Chile) y Journal of a Voyage to Brazil (Diario de un viaje a Brasil)3, ambos con gran éxito. No conservó por mucho tiempo su cargo de institutriz, pues una vez que retornó a Brasil desde Inglaterra el Emperador, en circunstancias muy misteriosas, la despidió repentinamente. Diez años después María recordaría las dramáticas escenas de su despido en un relato autobiográfico, posiblemente con el fin de aclarar el suceso. Con el tiempo regresó a Inglaterra y más tarde contrajo matrimonio con el pintor Augustus Wall Callcott. En su última etapa escribió libros de historia para niños, libros de arte, artículos para el Representative, un periódico que John Murray publicó en 1826, e incluso compuso un tratado sobre botánica. Falleció en su hogar de Kensington en noviembre de 1842.

El siguiente relato de su vida y obra y la forma en que una influyó sobre la otra, explora la persona literaria que surge de las páginas de María Graham. Este personaje habla con una voz muy característica y refleja una arrogancia poco común en una mujer de su época. Invariablemente autoritaria y formal, su voz proyecta la asertividad de alguien que tiene un vasto conocimiento de los temas que discute y quien, además, es una distinguida representante del Imperio Británico de visita en otras tierras.

Una característica distintiva de la personalidad de María Graham es que a menudo se muestra marcadamente hostil hacia las mujeres que encuentra en sus viajes. Su animosidad aflora en la forma en que las desprecia por su falta de belleza en algunos casos, por su poca capacidad intelectual en otros, o por lo que ella piensa que es una represión del apetito sexual en algunas o una sexualidad desbordada en otras. Sin embargo, se trata a sí misma en forma diferente. María nunca oculta el hecho de que ella es una escritora mujer, pero al mismo tiempo no le da importancia a las restricciones que, por tradición y por las reglas de la sociedad, se imponían en su época a los escritos femeninos. Algunas veces incluso desafía estas restricciones, como se muestra en el relato de su estadía en la India. Allí discute temas poco “femeninos” tales como las diversas prácticas funerarias que conoció, el aspecto de cadáveres insepultos y sangrientos sacrificios humanos.

La relación de María Graham con los hombres en su vida (no todos fueron un objetivo amoroso) influye grandemente en su estilo y en la manera en que despliega la narración de su propia vida. Está, por ejemplo, la nebulosa figura de su padre, que aparece en dos momentos clave de la historia de su vida. La primera vez llega de improviso, rompe su mundo de niña pequeña, la abandona por un tiempo en el hogar de parientes lejanos poco amistosos y, finalmente, la envía interna a un colegio. Ella no lo vuelve a ver hasta muchos años después, cuando aparece en su diario de la India como la figura autoritaria de un melodrama victoriano. Curiosamente, su padre es la única figura en el relato que está siempre en silencio; son sus acciones las que causan tanta aflicción a María.

Thomas Graham, el primer esposo de la autora, aparece por primera vez en su diario de la India, en 1808. Era uno de los pasajeros a bordo en el viaje a la India ese año, y la escena del descubrimiento del afecto que siente el uno por el otro está narrada en el diario con una inusual inversión de roles, donde la mujer aparece controlando la situación mientras el varón espera con temblorosa ansiedad. Sin embargo, el hombre que ejerció la mayor influencia en el estilo y enfoque de María Graham fue Lord Thomas Cochrane. Aun cuando ella no pasa de ser más que una nota al pie de página en muchas biografías de este último, él tiene una figuración importante en las narraciones de ella. Lord Cochrane es, definitivamente, el hombre responsable de los artilugios literarios que alteraron el paisaje chileno y sesgaron la versión de la historia de Chile que entregó María Graham en su diario acerca de este país. Estas instancias, que también fueron importantes en la narración de la vida de María y en la forma en que ella la recreó en su obra, se tratan en detalle en los Capítulos 6 y 7.

La figura de Pedro I, Emperador de Brasil, no influye en la narración; es su carácter el que sufre transformaciones de acuerdo con la manera en que él se comporta con la protagonista. De un gallardo príncipe en la primera y segunda visitas de María a Brasil, se transforma en un individuo histérico y grotesco en el relato de su tercera estadía. Finalmente, la aparición del segundo marido de la autora, el pintor Augustus Wall Callcott, provoca una de las tantas confrontaciones entre la voz privada y la voz pública que se pueden encontrar en su obra. Privadamente le había confidenciado en una carta a la emperatriz Leopoldina, de Brasil, que estaba cansada de la soledad y por lo tanto había “consentido” casarse de nuevo. Curiosamente, en esa carta ella describe a su futuro esposo como “el hombre que yo he escogido”, una vez más, tal como en su relación de compromiso con Thomas Graham, asumiendo el rol activo, tradicionalmente masculino. ¿Acaso podría estar sugiriendo también que había una gran cantidad de pretendientes de entre los cuales elegir? No obstante, en la “Introducción” de su Diario Alemán de 1828 (no publicado) se coloca en una posición secundaria con respecto a su marido artista, e incluso actúa como portavoz de sus opiniones sobre arte, como se muestra en el Capítulo 10.

Aparte de los hombres, la representación de lugares juega un rol importante en la construcción de los textos y de la persona literaria de María Graham. Por ejemplo, el discurso colonialista del siglo xix adquiere un tono positivo cuando ella describe la India, país que en ese tiempo era una colonia británica. Sin embargo, más adelante ella invierte su visión al llegar a Chile, una antigua colonia española. Cuando describe Brasil, que había dejado de ser colonia de Portugal en 1805 para convertirse en la sede de un reino europeo, su visión toma un nuevo rumbo. Se perciben transposiciones y omisiones de la autora en sus representaciones de la esclavitud en los diferentes lugares que la enfrentó, así como en sus descripciones de manifestaciones de fe religiosa durante sus viajes.

Esta biografía reconstruye la imagen literaria de María Graham mediante el análisis de importantes pasajes de sus escritos, tales como memorias, diarios, crónicas y cartas. Los textos que se han elegido tienen por objeto ilustrar las características más notorias de su estilo y de su interacción con las ideologías existentes en su época. El objetivo es mostrar a una intelectual pionera, que capturó para sus lectores la antigua cultura de la India tan hábilmente como retrató a bandidos sanguinarios en el norte de Italia o a países emergentes en América del Sur. Indudablemente es una mujer que vale la pena conocer.

1 Palabras escritas en la parte posterior de la portadilla de la copia personal autografiada de María Graham de su Diario de mi viaje a Brasil y residencia allí durante parte de los años 1821, 1822, 1823 (1824), versión escrita a máquina, proporcionada por la Biblioteca Oliveira Lima de la Universidad Católica de América. La puntuación del original ha sido adaptada a los cánones actuales.

2 El fragmento autobiográfico que relata su niñez y juventud.

3 Los títulos originales son mucho más largos, como era la costumbre en la época en que estas obras fueron publicadas, pero la versión abreviada acortada da una idea exacta del tema. La misma autora los llamó “mi Chile” y “mi Brasil”.

PRIMERA PARTE LA FORMACIÓN DE UNA INTELECTUAL 1785-1820

CAPÍTULO 1 LOS PRIMEROS AÑOS

La única fuente que nos permite conocer la niñez y juventud de María Graham es “Reminiscencias”, las memorias que dictó entre 1836 y 1842. Este fragmento autobiográfico cubre los primeros diecisiete años de su vida y la convierte en la sola heroína de su viaje hacia el pasado. Quizás mejor que cualquier otro texto compuesto por ella1, las “Reminiscencias” de María Graham ilustran su capacidad para organizar y controlar tramas y personajes. Aun cuando estas Memorias sostienen ser una relación de sus primeros años de vida, el estilo narrativo de esta escritora muestra su manejo eficiente de recursos de ficción tales como focalización, caracterización, suspenso y dramatismo. Como lo dice acertadamente Jennifer Hayward, su protagonista atraviesa por experiencias similares a las que tuvo que soportar la pequeña Jane en la novela Jane Eyre, publicada años después, en 1847:

Tanto Brontë como Graham crearon niñas-protagonistas rechazadas por familiares arrogantes de clase alta, y luego abandonadas en internados que al principio parecieron crueles. Pese a las circunstancias, ambas jóvenes heroínas lograron encontrar preceptoras femeninas y desarrollar fuertes intereses intelectuales; ambas desafiaron los códigos de género de la época para encontrar por sí mismas una profesión; ambas sirvieron brevemente como institutrices (xiv).

Pero hay algo más en “Reminiscencias” que este paralelo con una sola novela. Por ejemplo, es significativo que los acontecimientos de esta evocación de María nos lleguen a través de la limitada perspectiva de su ser más joven, quien es a la vez centro de la narración y juez del comportamiento de los demás personajes. Ella maneja esta caracterización de una manera que recuerda otras novelas victorianas, particularmente las de Dickens, en las cuales el aspecto físico y la manera de vestir de los personajes reflejan implícitamente sus características morales y psicológicas. Este rasgo se aprecia mejor en la creación de personajes divertidos o ridículos, y más notable aún en la colocación de antagonistas frente a la protagonista. Sin embargo, a diferencia de las novelas de Dickens, los antagonistas de María Graham son condenados sin apelación. El suspenso y el dramatismo presentes en sus Memorias se logran debido a la precisa focalización de los acontecimientos a través de las percepciones de su ser más joven que, naturalmente, no está consciente de las circunstancias imperantes en su círculo familiar y de los planes que los adultos tienen para su futuro. Esta particularidad estilística de María Graham se hace especialmente evidente en su relato de la forma en que la separan de su madre, un acontecimiento que ella no llegará a comprender sino hasta mucho tiempo después.

No está claro si María escribió sus Memorias como una novela o simplemente relató los acontecimientos de su vida de una forma que, por casualidad, anticipa el modelo de una narración victoriana. El hilo principal de la historia se desarrolla a lo largo de su niñez feliz, pasada principalmente junto a su madre, cuando su padre estaba ausente navegando. Desde una temprana edad supo de leyendas y tradiciones antiguas, tales como la presencia del diablo en el colegio del pueblo de Wallasey, los cuentos de ánimas y hadas que escuchó durante su estadía en Isle of Man, o de la impresión que tuvo de los naufragios cuando vivía en Cheshire. María señala que todos estos hechos ejercieron un impacto tan grande en su imaginación que

¡Yo adoraba los cuentos descabellados, y cuando fui enviada tierra adentro al mundo más civilizado para mi educación, sentía una nostalgia casi enfermiza por las ánimas, por el rugido del mar, por un castillo o un faro! (7).

Hasta aquí el relato de María Graham entrega una visión romántica de su niñez, insinuando que tenía libertad, que amaba los cuentos y le fascinaba lo sobrenatural. Esta representación hace que el primer acontecimiento dramático de su vida parezca impresionante y misterioso en la medida que ella, la que relata los hechos, sólo proporciona las percepciones que una niña pequeña podía tener en ese momento. El resto tiene que ser imaginado por el lector, quien queda doblemente afectado, primero por la triste situación de la niña y, segundo, por la poca conciencia de los hechos que tiene la protagonista.

Un día de primavera, cuando ella apenas tenía ocho años de edad, relata María, su padre regresa a casa tras una larga ausencia, luciendo una mirada adusta. Un par de días después descubre que irá de visita, cree ella, a Liverpool con su padre donde unos amigos de la familia, y se pregunta “por qué su madre lloraba tan desconsoladamente” (9) ante un hecho tan normal. Al comienzo del viaje María convierte el paisaje natural en un telón de fondo para el primer acontecimiento doloroso de su vida:

Era una tarde triste, y cuando llegamos a la cima de Wallasey Bricks el viento soplaba muy fuerte y frío. Cuando salimos de Liscott Lane hacia la costa, nos esperaba una lluvia fina, y antes de que llegáramos a Seacombe, el tiempo se habría asemejado mucho a una tormenta para cualquiera, salvo para un viejo marinero a punto de cruzar el Mersey (9-10).

En este pasaje y en el siguiente María retrata, por medio de las fuerzas de la naturaleza que en ese momento reflejan las emociones de su madre, los sentimientos que ella habría experimentado si hubiese podido darse cuenta de la realidad de su situación. Hay varios otros pasajes de “Reminiscencias” en que el correlato objetivo juega un rol importante en la narración, pero no hay otros pasajes superiores a éste en intensidad dramática. La descripción del paisaje, la secuencia y oportunidad de las acciones e incluso la frase final del episodio, son románticas y novelescas. La historia continúa y la noche siguiente, en el momento en que ella y su padre están por subirse al coche que los llevará a Londres:

Apareció mi pobre y querida madre, empapada con la lluvia y el agua de mar. Pese a la tormenta no había podido resistir el deseo de verme, su hija mayor, una vez más. Pasó mucho, mucho tiempo antes de que yo pudiera olvidar sus últimos sollozos y besos cuando se despidió de mí, y habíamos recorrido muchas millas del camino a Londres antes de que yo me quedara dormida, llorando, sobre la rodilla de mi padre (11).

Aun cuando la propia María Graham no lo dice, el texto sugiere que ella nunca volvió a ver a su madre. Rosamund Brunel Gotch señala que la madre murió poco después de esta conmovedora escena (16), que se acrecienta por la intensidad de los sentimientos demostrados, por la fuerza de la tormenta y por el relato de la pequeña María que no se da cuenta de la realidad de su situación. En el siglo xix el hecho de que los niños perdieran a su madre, tanto en la vida real como en la ficción2, era un acontecimiento común, ya que había gran cantidad de mujeres que morían al dar a luz. El relato de esta parte de la vida de María Graham no es excepcional; lo que vale la pena notar es la forma en que se narra la historia, con el uso de la tormenta como una metáfora para los sentimientos conmocionados, con la descripción tan vívida de la separación entre madre e hija, además de la situación de la narradora que está sólo parcialmente consciente de los hechos que relata, y la del lector, como omnisciente en esta ocasión3. Por lo tanto, es el lector quien debe completar la narración con la información que la protagonista proporciona, sin que ella se dé cuenta de la realidad.

Antes de ser llevada al colegio María va a Londres a visitar a unos parientes. Allí se siente en gran desventaja, tanto física como moral, al lado de su prima Mary, que es buena, linda y elegante:

Ella había comenzado a recibir educación muy tempranamente, sus conocimientos eran muy superiores para su edad, pero su criterio era aún mayor. Escribo desde un profundo recuerdo de casi cada mirada y palabra de mi prima Mary. Aunque era tan superior a mí en todo, su dulzura, su bondad, su generosa apreciación de todo lo bueno de las otras personas era tal, que a pesar de lo ruda e ignorante que era yo, nunca me sentí avergonzada ni incómoda al lado de ella. Tenía seis meses más que yo, pero sólo vivió hasta los dieciséis años (19).

La presencia de este personaje en el relato de María también es habitual en la ficción victoriana. Es el tipo de ser humano que está siendo idealizado y que los demás perciben como demasiado bueno para este mundo y, por lo tanto, deberá morir; su función es representar un modelo para la protagonista. Uno recuerda a la Pequeña Nell y a Paul Dombey de Dickens como buenos ejemplos de este recurso, pero sobre todo a Helen Burns en Jane Eyre de Brontë. La prima de María cumple la función de equilibrar el texto. Aun cuando hay mayor cantidad de personajes bondadosos que negativos en las Memorias, estos últimos, que se tratarán más adelante, pesan tan fuerte en la narración que parece obvio tener que contrarrestar su influencia. Es importante observar que toda la caracterización de la prima está basada en su relación con María, la protagonista de la narración. Es el recuerdo de ésta o quizá un retrato literario de la prima Mary lo que el lector capta, y su mérito está dado en relación con las cualidades inferiores que posee la heroína. No obstante, son las cualidades de la narradora las que constituyen la norma, ya sean grandes o insignificantes. La mayoría de los personajes de esta historia se presenta de esta manera, pero con una fuerte dependencia de su apariencia física como representativa de rasgos personales, incluso en el caso de las figuras menores, un recurso que, una vez más, anticipa a Dickens. Por ejemplo, hay una descripción detallada del cochero que conduce a María y a su padre desde Londres a Abingdon, en Oxfordshire, donde ella asistirá al colegio. Incluso su nombre, Blewitt4, pareciera tener una cierta significación, al igual que su coche de posta, que

era un vehículo grande, pesado, de color amarillo, construido para dar cabida a seis “adentro” y muchos más dependiendo de la cortesía o la paciencia de los pasajeros. Mi padre era la sexta persona adulta. Por lo tanto, yo era una supernumeraria, y la intención era que yo fuera de pie… Pero esto no era tan fácil, porque todo el espacio que había debajo de los pies y sobre las rodillas de otros pasajeros estaba ocupado con paquetes, cajas de sombreros y canastos, ¡de modo que una ventana estaba prácticamente bloqueada! (14-15).

Es fácil ver la similitud entre la incomodidad de María, imposibilitada de moverse, y la situación que experimenta David Copperfield, más o menos a la misma edad, cuando es enviado al colegio por Mr. Murdstone5. Los paralelos son muchos, y parecen reforzar la visión de que María Graham utilizó muchos recursos de ficción en sus Memorias —tales como en esta ocasión, el simbolismo del viaje, la presencia de otros pasajeros, o el aspecto del vehículo y del cochero— de un modo que prefigura a Dickens. En otras palabras, María Graham está estrenando aquí algunos aspectos de la novela victoriana y, más específicamente, aquellos Bildungsromane como Jane Eyre (1847) y David Copperfield (1859). La descripción del coche y de su cochero continúa:

era tirado por dos pesados caballos, y guiado por una excelente y venerable persona que se llamaba Blewitt, ¡que nunca puso en peligro su propio cuello ni el de sus pasajeros haciendo el viaje en menos de doce horas! Parece que lo estoy viendo ahora – un hombre enjuto, de porte mediano, con unos rizos largos y grises, una cara rubicunda, un abrigo gris con ojales negros, botones de metal tan grandes como un platillo para que-so, con curiosos grabados, un chaleco de lana con dos solapas, polainas de cuero con una hebilla en la rodilla, botas altas en el invierno y medias blancas con zapatos con unas tremendas hebillas de metal en el verano; un gran sombrero y un ramillete en el ojal completaban la tenida del viejo Blewitt. Más adelante tendré la ocasión de volverlo a mencionar (15).

De esta última frase de la descripción se puede inferir que María Graham tenía la intención de usar este personaje nuevamente. Al parecer no lo hizo, y el cochero Blewitt sigue siendo una incógnita en una narración inconclusa6 . En esta ocasión la narradora hace un paralelo entre el estilo relajado de conducir del cochero y el tiempo que le debe haber tomado vestirse tan cuidadosamente en las mañanas, con tantos artículos complicados en su vestimenta.

Sin embargo, los principales personajes en esta etapa de la vida de María son las dos hermanas dueñas del colegio al cual fue incorporada a la edad de ocho años. En este caso, la caracterización se hace a través de la ironía, la hipérbole, y lo implícito. Es fácil deducir, de los retratos de las dos Misses Bright, cuál se convertiría en la favorita de la narradora y por qué:

El cabello de Miss Bright, parcialmente gris, era rizado por delante y tomado en forma de un moño por detrás, algo parecido a una aldaba. El cabello estaba a medio empolvar y rizado en forma muy dispareja. Una cofia y un sombrero negro completaban su tocado, pero por lo general estaban demasiado inclinados hacia atrás o hacia delante o demasiado ladeados a la derecha o demasiado hacia la izquierda… Por lo general tenía el bolsillo lleno de cosas que había ido colocando allí por distracción, de manera que parecía que tenía puesta una crinolina (28-29).

La ex alumna insinúa que las dos hermanas eran prácticamente polos opuestos, incluso respecto del tipo de zapatos que usaban. Los tacos de Miss Bright “no tenían más de una pulgada de alto”, María informa,

muy distintos de los de Miss Mary, que eran los tacos más altos que jamás he visto, y tan delgados que siempre me maravillaba de cómo podía caminar. Su cabello siempre de lo más ordenado, era hermosamente rizado, estaba delicadamente empolvado y caía sobre su espalda, sujeto sólo con una hebilla. Los vuelos de su cofia caían en los más hermosos pliegues. Su sombrero tenía una amplia ala Leghorn, envuelta en raso verde, y una corona y lazos de lo mismo (29).

A continuación sigue una descripción detallada y contrastante del aspecto físico de las hermanas, de cada particularidad de su vestimenta y de la forma en que estaban arregladas. El resultado de la narración de María es un retrato de la hermana mayor que la representa como levemente ridícula pero atrayente. Por otro lado, hay una rigidez en la disposición de los diferentes detalles del vestido de Miss Mary que sugiere algo más siniestro, tal vez el hada “malvada” de los cuentos infantiles.

Su vestido tan correcto y su figura diminuta y erecta siempre me hacían pensar en un hada, y el golpeteo de sus pequeños tacos cuando caminaba rápido por la casa, y que nosotros escuchábamos aunque no la viéramos, me daba la impresión de que siempre estaba presente, aunque invisible (Ibíd; énfasis agregado).

María Graham adhiere aquí a la presunción muy común de que las mujeres demasiado hermosas o demasiado preocupadas por su apariencia física son superficiales; a esto ella le agrega el poder casi sobrenatural de su profesora de estar presente en todas partes y la indicación de que su presencia no era muy grata y rara vez bienvenida, tal como la de un hada malvada. Un altercado con Miss Mary un año después de la llegada de María al colegio, intensificado por las fricciones con sus compañeras de curso7, redundó en que fuera severamen te castigada con el tratamiento del silencio. Nadie tenía permiso para hablarle, y no podía asistir a clases hasta que pidiera disculpas a las personas que había ofendido, cosa que se negó a hacer durante varios meses. Como castigo, debía permanecer todo el día en una pequeña sala sin hacer nada, e incluso sin sus textos de estudio. Afortunadamente para María, en esa sala se guardaban los libros favoritos de Miss Bright, como Homero en la traducción de Pope, la versión de Dryden de Virgilio8, y todas las obras de teatro de Shakespeare:

¡Éstas eran extrañas entretenciones para una niña de nueve años! Pero yo no tenía nada más que hacer… Lo que acabo de decir puede dar una idea del tipo de educación que recibí. Me enseñaron poco o nada, pero pusieron libros en mi camino, y pude aprender lo que se me ocurrió y por mi propio gusto, y cuando pedía ayuda, la recibía sin falta (38-39).

El tipo de heroína que María comienza a construir en esta etapa se desvía del ideal aceptado de mujer, es decir, el de esposa y madre dedicada. Aun cuando ella no articula esta situación, en aquella época las mujeres no tenían otra alternativa en la sociedad que no fuera el matrimonio y concebir hijos —era un sine qua non—. Por su actitud superior hacia todas las mujeres que carecían de habilidades intelectuales, ella da a entender que sólo unas pocas elegidas poseen estas dotes. Para enfatizar este punto, María Graham emplaza una antagonista frente a su heroína, pero una que sólo goza de una existencia textual muy breve. De sus compañeras en el colegio de Miss Bright dice:

Había cuatro o cinco niñas destacadas, una de ellas era mi prima hermana, Bárbara. No le daré ningún otro nombre porque era estúpida, y malhumorada conmigo. Dormíamos en la misma pieza. Ella debería haberme presentado en el colegio y enseñado las costumbres, tenía que haberme ayudado en mis primeras lecciones; en breve, yo tendría que haber sido lo que llamábamos en el colegio, su “hija”. Pero pronto me di cuenta de que ella era demasiado floja en sus propias tareas como para ayudarle a cualquiera en las suyas, de modo que pronto nos alejamos la una de la otra (24).

La prima Bárbara debe haber sido pariente o, quizá, incluso hermana de la prima Mary. Aquélla representa el punto más bajo de la escala con respecto a la narradora, en cambio la prima Mary ocupa el pináculo. La creación de antagonistas que no le tienen simpatía a la heroína es otro recurso narrativo común en la ficción. Su función es destacar las cualidades positivas de la protagonista o presentarle dificultades para alcanzar el objetivo final. En el caso de María, lo más probable es que sea lo primero. Ella estaba formando su persona narrativa y necesitaba establecer su superioridad intelectual.

En otra parte de las Memorias, cuando siente la necesidad de destacar su superioridad moral, María usa otra antagonista femenina, esta vez su propia hermana. Hacia el final de esta pieza autobiográfica María relata que ella no había visto a su padre desde el día en que la dejó en el colegio cuando tenía ocho años y que, cuando cumplió dieciocho, la familia se había vuelto a reunir por primera vez en diez años. Su hermana nunca había sido contrariada en toda su vida, y cuando se negó a asistir al colegio de Miss Bright fue enviada a otra institución, muy cara, prolongando así la separación de las hermanas. La hermana menor era muy buena moza y talentosa, admite María, quien, sin embargo, la considera ignorante y carente de autocontrol.

Sus afectos eran fuertes, al igual que sus pasiones, y por lo tanto a menu-do se producían choques de modo que todos los que estaban alrededor lo pasaban muy mal; pero es de mi propia vida de la que estoy escribiendo, no del carácter de mi hermana9 y he dicho esto sólo para dar cuenta de lo poco que la mencionaré a medida que avanzo (70; énfasis agregado).

La introducción de la hermana de María parece innecesaria, si se ha de creer la justificación que da la narradora de su breve inclusión en la historia. Sin embargo, si la referencia se ve como una táctica para llamar la atención hacia las virtudes de la protagonista, se podría detectar una lógica en el tejido que une a todas las antagonistas con la protagonista.

Hasta este momento María Graham ha señalado, o insinuado, que ella es fuerte, intelectualmente superior a sus compañeras de colegio, y que está dotada de cualidades morales. El lado íntimo y emocional de su persona literaria está elocuentemente articulado en las Memorias, pero notoriamente ausente en sus otras obras. En un pasaje extraordinario, una María privada y emotiva hace algunas observaciones con respecto a sus parientes y sugiere las razones de por qué más tarde en la vida tuvo dificultades para interactuar con otras personas. Este extracto también se asemeja a las recapitulaciones que eran comunes en las novelas victorianas, especialmente en las de Dickens, donde la narración se detiene para revisar lo que ya ha ocurrido, a la luz de las observaciones morales que siguen el hilo conductor de los discursos de esa época. Lo que es diferente en esta exposición de los hechos es que la narradora exhibe un profundo autoconocimiento que le permite defender su caso en forma efectiva y posicionarse como la parte perjudicada, como la víctima. Al reflexionar sobre la indiferencia de sus parientes con respecto a sus sentimientos dice:

No tomaron en cuenta el que yo hubiese sido alejada de todo lo que había conocido, amado o me era familiar, y como no pude adoptar nuevos afectos en forma inmediata, ni desplegar sensibilidad, porque nada me llamaba la atención ni me inducía a acariciar a personas que todavía me eran extrañas, en todas partes, aunque no en el colegio, hablaban de mí y me trataban como una niña ingrata y sin sentimientos. Por cierto, esta opinión sobre mi carácter estaba tan enraizada entre algunos de mis parientes que creo que nunca la abandonaron (30).

María Graham muy rara vez recurre al patetismo en su obra como técnica para despertar la compasión del lector, ya sea hacia ella o hacia otros. Sin embargo, éste es un recurso muy común en las novelas del siglo xix que aparece frecuentemente en Dickens en Gran Bretaña y Harriet Beecher Stowe o Louisa May Allcott en Estados Unidos. Ella maneja bien este tropo en su Memoria mediante la aplicación de elementos que lo restringen; es así que los hitos más tristes de su historia sólo aparecen insinuados. Su petición de comprensión en el pasaje citado más arriba termina con una simple referencia a una fábula bien conocida, sin mayores comentarios, y este método tiene éxito porque invoca la escena del suceso y el dolor de la narradora con una sola y poderosa comparación:

Aquellos que pensaban que yo no tenía sentimientos, nunca se preguntaron cómo podía mostrarles yo gratitud por esa protección sin ternura, que sólo me daban en común con otros, al mismo tiempo que ellos prodigaban caricias a todos los demás. No es de maravillarse que mi pequeño corazón haya estado cerrado, y de que yo me abstuviera de cualquiera de esas acciones cariñosas que son naturales en los niños que han sido tratados con bondad. Una vez, y creo que fue la única, que traté de ser cariñosa, se me apartó y se me dijo que me fuera, porque mi imitación de ------------- sólo hacía a las personas recordar la fábula del burro y el perro faldero10 (30-31).

Es algo muy cruel decirle esto a un niño, y no es sorprendente entonces que María Graham lo recordara incluso al final de su vida. Ella se asegura de que sus Memorias relaten sus sufrimientos, tanto por la falta de afecto en su niñez como por la falta de comprensión hacia sus inclinaciones intelectuales durante su adolescencia, inclinaciones que no eran consideradas apropiadas para una mujer de esa época.

Estas convicciones iban acompañadas de acciones aún más crueles, como cuando ella relata que sus parientes quemaron un poema que había escrito, con el pretexto de que reflejaba “una disposición hacia pasatiempos incompatibles con los deberes domésticos que debía cumplir la hija de un hombre tan pobre como mi padre” (31). En esta etapa de sus Memorias María Graham incluye una declaración que puede ser considerada como el precepto que rigió su vida:

No existe clase social en la cual el conocimiento y el gusto por la literatura puedan ser una desventaja para una mujer. Esto la hace independiente de lo que se llaman los placeres del mundo; ambos pueden hacer llevaderas las rutinas más pesadas. Los recuerdos guardados en un diario pueden ser un recurso en la enfermedad y un consuelo en la pobreza, cuando las manos deben estar ocupadas en asuntos más comunes (31-32).

Aun cuando en esta etapa estaba rememorando el pasado desde el punto de vista de la madurez, María, aunque hablara en términos generales, debe haber estado pensando en los años que vivió en Escocia tras su matrimonio con Thomas Graham. Sus diarios y cartas de este periodo hablan de aburrimiento, de duro trabajo manual, y falta de dinero. En todo caso, su manifiesto no era compartido por los novelistas masculinos del siglo xix, como Thackeray y Dickens, cuyas heroínas eras excelentes dueñas de casa. Por el contrario, estas palabras bien podrían haber sido pronunciadas por Jane Eyre. Los puntos de vista de María Graham demuestran cuán a tono estaba, o incluso adelantada, para su época. Esto también explica su preocupación durante sus viajes por encontrar bibliotecas, libros, diarios, teatro y toda clase de manifestaciones culturales, así como su desdén por las mujeres que simplemente se satisfacen con la belleza personal y con los elementos de la ornamentación femenina o lo que ella califica como “los placeres del mundo”.

Curiosamente, hay dos narraciones incluidas en las Memorias donde María deja por un momento de ser la heroína, y que revelan su uso controlado y efectivo de los artilugios narrativos en una, y su capacidad para transformar un cuento de hadas tradicional en una historia romántica inspiradora, en la otra. Este cuento romántico elogia el ideal de la femineidad como se percibía en el siglo xix, pero no debe tomarse como algo que contradiga las opiniones sobre la educación de las mujeres expresadas anteriormente por la autora de las Memorias. Más bien, su mensaje pareciera ser que las prácticas intelectuales no son apropiadas para todas las mujeres, sino sólo para unas pocas escogidas, como ella.

Lo que María denomina su “pequeña historia romántica” comienza con una descripción de la heroína, Miss Whiteford. Aun cuando esto está escrito como un cuento de hadas, hay algunos elementos que se desvían de la narrativa tradicional, ya que la heroína, por más que la narradora trata de ocultar el hecho, no es ni bella ni delgada ni dotada de cabello largo y rubio.

Ella era alta y maciza, pero sumamente agraciada. Su rostro, aunque no perfectamente hermoso, irradiaba dulzura. Había sido obligada a sacrificar su hermoso pelo largo debido a severos dolores de cabeza, pero las ondas de un castaño claro que aún le enmarcaban su rostro, le asentaban tanto que uno no podía pensar que le faltara algo (77).

María maneja sus expresiones con destreza, minimiza los aspectos negativos de la mujer y coloca inmediatamente junto a cada defecto una observación positiva que lo contrarresta. Parece estar consciente de las convenciones de los cuentos de hadas y romances, porque trata de posicionar a su heroína lo más cerca posible del ideal. De modo que si su protagonista tenía sobrepeso, también era agraciada; si era una persona corriente, tenía una expresión agradable; y si era prácticamente pelada, el poco cabello que le quedaba era sentador.

La protagonista poco agraciada conoce y se casa con un soldado herido y desfigurado (el hombre que había amado en secreto durante mucho tiempo) que acaba de ser abandonado por su cruel novia; lo quiere con ternura, y él le devuelve su devoción con gratitud. Al final, ambos disfrutan de una larga y feliz vida juntos. Durante el curso de esta narración María deja de ser el personaje principal de la historia de su vida, aun cuando su presencia se siente porque su voz sigue narrando y su persona sigue en control del texto. María Graham no nos entrega –o tal vez no pudo entregar, porque era una mujer casada cuando escribió sus Memorias– un interés romántico personal en su autobiografía, y la inclusión de este cuento-dentro-de-un-cuento pareciera llenar el vacío. Aparte de su apariencia física defectuosa, ambos protagonistas cumplen el papel que se espera de ellos en este tipo de narración: el de héroe herido y de la muchacha fiel que lo ha amado en silencio y finalmente es recompensada. La narración, además de representar la culminación de las novelas victorianas, vale decir, el matrimonio feliz de los protagonistas, entrega una visión positiva de la naturaleza humana y del destino humano, que contrarresta el tono sombrío que impregna el todo.

La segunda narración importante tiene un alcance más amplio porque abarca muchos personajes y situaciones –todos alumnos y profesores del colegio, además de la mayoría de los habitantes del pueblo donde éste estaba ubicado– pero más significativa aún porque trata de un problema social que tal vez sólo Dickens abordó más tarde con una franqueza y una compasión similares. Es muy interesante estudiar las Memorias de María Graham y encontrar tantos temas de las novelas de la segunda mitad del siglo xix así como de la novela romántica como el niño huérfano, la falta de afecto que se transforma en rebeldía, o la historia de amor con un final feliz. Asociados a estos temas hay artilugios que la autora utiliza bien, como la inclusión del suspenso en la narración, la percepción parcial de los hechos a través de la joven narradora que no los percibe a cabalidad, o de las fuerzas de la naturaleza que realzan las escenas dramáticas, por nombrar sólo algunos. En esa segunda narración María Graham también recurre a poderosas imágenes de pobreza y abandono.

Según la narradora de las Memorias, no había nadie que se preocupara de los pobres de la aldea. Una dura mañana de invierno, una madre de familia numerosa cuyo esposo era un campesino, murió cuando iba a ordeñar las vacas de su patrón. “El hecho fue que, como estaba desnutrida y había trabajado en exceso, se sentó un momento a descansar y el frío la cogió, y murió congelada antes de que llegara ayuda” (45). El tono indiferente de este relato no se condice con el doloroso contenido de la historia; por el contrario, pareciera ser una estrategia narrativa usada con la intención de causar un mayor impacto a través de esta disparidad. Sin embargo, el tono cambia cuando María Graham describe el estado del hogar familiar. El propio Dickens podría haber creado estas imágenes:

La paja de la techumbre se había derrumbado, las camas estaban desarmadas con las sábanas y frazadas hechas jirones. Evidentemente habría sido imposible arrastrarlas a cualquier rincón donde hubiesen estado protegidas de la lluvia y la nieve. El suelo de barro de la pieza de abajo estaba todo con hoyos, la ventana se había roto y en algunos lugares estaba cubierta con pedacitos de trapo. La ropa de los niños era delgada y andrajosa, aunque parchada por la pobre madre para que durara lo más posible. El pequeño muro del jardín, originalmente de barro, había cedido, de modo que las estacas de los frijoles que ella y los niños habían reservado para usar como combustible en el invierno estaban expuestas a la depredación de los niños y los cerdos (Ibíd.).

Después de la triste escena de la separación que se comentó anteriormente, María nunca vuelve a mencionar a su madre en sus textos, sin embargo hay un indicio de sus sentimientos frente a su propia pérdida en las detalladas descripciones recién citadas. Las fuertes imágenes de los estragos del invierno, la falta de refugio y la poca ropa de los niños huérfanos proporcionan una emotiva imagen de abandono. Gran parte de la fuerza de este trozo tan descriptivo está en que la narradora hace que la madre muerta sea más visible que el padre vivo y, por lo tanto, su muerte resulte más conmovedora. Su presencia se siente en los tristes intentos de parchar la ropa de sus niños, en el montón de estacas secas que ha guardado para calentarse y en los trapos que impedían que el viento atravesara los vidrios rotos. Para los niños, la pérdida de su madre significa que ahora carecerán de sus ineficaces esfuerzos por cuidarlos. María comunica estas ideas no abierta sino implícitamente, una técnica que agrega fuerza a su narración.

Una observación personal que hace María Graham al final de “Reminiscencias” puede ser más reveladora que muchas páginas de su acostumbrada retórica. Ésta es una enigmática referencia a un cierto amigo que no nombra y al hecho de que su amistad fue mal entendida:

No pretendo escribir todo lo que me ocurrió, ni todos los sentimientos que experimenté en ese periodo de mi vida [su estadía con parientes en Escocia alrededor de los años 1800-1807], sin embargo debo decir que allí comenzó una amistad que dura hasta el día de hoy, aunque desafortunamente despertó unos celos muy crueles y desagradables a la vez que injustificados. Esta situación fue causa de mucho dolor e incomodidades durante los siguientes años de mi vida. Siento mucha pena cada vez que recuerdo esas circunstancias, pero en ningún momento he visto motivo para arrepentirme o avergonzarme de alguno de mis sentimientos o acciones conectados con el tema (86).

Es posible que estas palabras se refieran a Lord Thomas Cochrane. Es un hecho que estuvo profundamente involucrada en sus asuntos, aun después de que dejaron de verse11 María Graham nunca tuvo amigas íntimas, y si las hubiese tenido, es poco probable que una relación de ese tipo hubiese provocado celos o animosidad hacia ella “durante los siguientes años de mi vida” o que le hubiese dado motivo para “arrepentirse o avergonzarse”. Es interesante constatar que al final de su vida sintiera necesidad de proclamar su inocencia en este caso, y más singular aún es que haya admitido que esta situación le causaba dolor. Admitir esto humaniza su persona narrativa y agrega una nueva dimensión a la figura distante que construyó de sí misma a lo largo de los años.

María le da un final feliz a su cuento de los niños de la casita de campo que terminan siendo bien cuidados por su padre y bajo la supervisión del colegio. Su propia historia es más rica y más triste. Después que su colegio se trasladó de Drayton a Buckland pudo visitar Oxford en varias ocasiones. Con Jack Ireland, farmacéutico y botánico además de padre de una compañera de colegio, visitó “el Physic Garden (jardín donde se cultivan hierbas medicinales) en Oxford, donde comencé a comprender la importancia de clasificar y ordenar en grupos las distintas categorías de plantas” (52). María relata que al comienzo fue la belleza de la ciudad de Oxford lo que la atrajo, pero después, “muy pronto aprendí a amar tanto los libros que apenas pude entré a la biblioteca de un College, provista de un permiso para acceder a los libros. Ni calles como la High Street, ni los prados, ni siquiera los paseos como Addison’s Walk tenían ya encanto para mí” (Ibíd.).

Durante las vacaciones algunas veces iba a la casa de su tío en Richmond, donde, después de que había pasado la primera semana de recriminaciones, le era posible participar en las entretenciones y la vida social del lugar. En Richmond había un pequeño teatro donde adquirió el amor por las obras de teatro tanto en inglés como en francés, y donde tuvo la oportunidad de ver a famosos actores como John Quick o Mrs. Jordan. De esta última ella dice: “Sus miradas tan dulces y su encantador tono de voz, ya sea cuando hablaba o cantaba, eran tan fascinantes que yo solía correr para lograr verla cuando iba de su casa al teatro en las mañanas” (53). La principal atracción de la vida social en Richmond eran los emigrados franceses que habían escapado de la Revolución. Con ellos, especialmente en la casa de Madame Achard, María aprendió francés. En otra casa, los miembros de una familia representaban las obras de Molière, y aparte del placer de esas representaciones, María tuvo la oportunidad de conocer importantes personajes, como el Príncipe de Gales, quien más tarde se convertiría en Jorge IV, la Duquesa de Devonshire, Lady Bessborough, “y muchas otras bellezas y talentos de la época” (57).

Estas relaciones son importantes porque formaron la base del carácter de María Graham y explican algunas de las decisiones que tomó más tarde en su vida. Ella recuerda que su “querido tío” solía alentarla a que leyera “muchos libros de historia… algunos pasajes de Historia Natural… y libros de viajes a todas partes del mundo” (59). En un episodio en que aborda la difícil situación de tantas mujeres intelectuales del siglo xix, María relata los placeres y las ansiedades de su niñez y juventud, y a menudo se encuentra,

en sociedad, con personas mucho más elevadas de lo que habría esperado naturalmente, tanto a nivel intelectual como en rango social; sin embargo, nunca me permití olvidar que como mi padre no tenía fortuna personal, yo dependía totalmente de que a él le pudiera llegar algún premio, más allá del sueldo de Capitán de la Marina, y como yo era la mayor de sus cuatro hijos, debía educarme a mí misma de modo que por lo me-nos fuese capaz de valerme sola o cuando menos ayudar a los otros (59).

María no declara exactamente cuándo dejó el colegio, pero debe haber sucedido cuando tenía diecisiete años, alrededor de 1802. En esa época, lo cuenta con amargura, dejó de ser bienvenida (si es que lo fue alguna vez) en la casa de su tío en Richmond:

Era muy probable que cuando mi padre regresara a Inglaterra no podría llevar un estilo de vida igual al de su hermano en Richmond, por lo tan-to dejarme allí cultivando y disfrutando de una sociedad en la cual no había la más mínima posibilidad de que yo continuara, muy sabiamente se consideró inapropiado (62).

Mas, no sólo eran las circunstancias externas las que jugaban en contra de María; ella misma carecía de belleza y estilo, recuerda, tal vez irónicamente, y dichas cualidades podían ser una ventaja para las mujeres jóvenes en situación similar a la suya. “Yo pienso”, agrega, “que mi figura poco agraciada, y la falta de elegancia de mi ropa, me hacían quizá poco presentable en la sociedad tan aristocrática de Richmond de aquella época” (62-63). Rápidamente se deshicieron de María: primero fue enviada a Bideford, al norte de Devon, para ayudar en el colegio de una dama conocida, Miss Barbara Seton, durante seis meses, y a su regreso a Richmond se decidió enviarla donde otros parientes en Edimburgo. Viajaría con su padre, que acababa de llegar al país desde las Indias Occidentales, y a quien María no había visto desde que tenía ocho años de edad. Cuando fue enviada a conocer a sus parientes escoceses en el invierno de 1804 María tenía dieciocho años. En Escocia fue recibida con cariño y afecto por sus parientes y tuvo la oportunidad de leer a los clásicos y de entrar en contacto cercano con las grandes mentes de la Ilustración escocesa. Fue allí también donde comenzó a sufrir la enfermedad que la acompañaría el resto de su vida.

Al comienzo de su visita María se dedicó por un tiempo a conocer a su numerosa familia, pero poco después se integró a la vida social e intelectual de Edimburgo. Recuerda que en la casa de su tío, James Dundas, tuvo contacto con eminentes figuras, como los profesores Dugald Stewart y John Playfair. Su educación anterior, poco sistemática, había despertado en ella el amor por el estudio, de modo que se aferró

a todo lo que era nuevo para mí en Edimburgo, donde en esos tiempos las jovencitas eran acusadas de hablar de metafísica mientras danzaban con sus compañeros y Sydney Smith incluso declaró que cuando una pareja pasó volando al lado de él en un baile en la sala de reuniones, él escuchó a una señorita decirle a su pareja: “Bueno, señor, si usted se refiere al amor en abstracto…” (76).

María no escapaba de este ambiente de disquisiciones filosóficas. Aun cuando ella sostiene que había sido intimidada por el término “metafísica”, descubrió durante una función social en la casa de Dugald Stewart que el profesor de filosofía Thomas Brown la había bautizado como “una metafísica vestida de muselina”.

Ella recuerda que durante su primer año en Edimburgo la invitaban constantemente a bailes, pero como no le gustaba bailar, “prefería mil veces quedarse sentada conversando con los profesores que estaban dispuestos a soportar tanta ignorancia a favor de un real deseo de aprender y un verdadero respeto por la filosofía” (84). En una oportunidad conoció a Francis Jeffrey, quien “muy galantemente me ofreció conseguirme un poco de helado, o ir conmigo a la sala de los refrescos. Yo preferí esto último, ya que no me entusiasmaba mucho bailar, y nos quedamos un buen rato conversando mientras tomábamos nuestro helado” (82). Éstos eran los momentos que más disfrutaba, sin embargo esta libertad de espíritu que resultaba tan natural en María no era bien vista por la sociedad en general, la que exigía que las mujeres fueran más recatadas en su comportamiento de lo que ella estaba dispuesta a aceptar. Una vez más, igual que en Richmond y anteriormente en el colegio de las Misses Bright, se sintió aislada y rechazada sin tener culpa.

Como yo amaba tanto la literatura, consideraba que la gran diferencia entre los hombres y las mujeres era la educación… que yo envidiaba demasiado; y nunca me entró en la mente que aquellos que tenían las mismas actividades y vivían entre las mismas cosas, no fueran libres para conversar como hermano y hermana sobre los temas de interés común… Como no tuve la experiencia de una madre para que me guiara, y como venía recién saliendo del ambiente de Miss Bright, donde no se admitía ni siquiera lo suficiente del mundo como para prepararme en algún grado para la sociedad, yo horrorizaba los prejuicios de muchos, y ofendía el recato de otros, por la facilidad con que yo conversaba con hombres y mujeres por igual” (85).

Esta represión forzada, sugiere María, le dañó la salud y le produjo una enfermedad cuyo nombre no menciona, pero que sin duda era tuberculosis. Estuvo gravemente enferma durante un largo tiempo, no obstante dice que aceptó con gusto su condición por dos razones. En primer lugar, porque se convirtió en el centro de atención de los amigos y la familia, y además se sintió amada como nunca antes:

La ternura que me prodigaron mis hermanos, mi tía y su familia, y varias otras personas me encantaron aún más, porque me había parecido que en la primera parte de mi vida nunca había recibido ternura de nadie excepto de mi institutriz (Miss Bright) y de una o dos compañeras de colegio (86-87).

En un recuerdo conmovedor, María declara que después de estar enferma por muchos meses, recién entonces llegó a aceptar la muerte como “una liberación de un mundo que, salvo en mis días de colegio, me había producido mucho más dolor que felicidad y en el cual me sentía completamente incomprendida o no querida”. La última palabra de su declaración es la clave para comprender muchas de las actitudes e ideas inusitadas que María adoptó más tarde en su vida, vale decir, desconfianza hacia la gente, especialmente otras mujeres; una necesidad de brillar sobre los demás gracias a sus conocimientos e intelecto superior; el deseo también de aparecer distante y analítica en sus escritos y de evitar el sentimentalismo.

La segunda consecuencia de su enfermedad fue su regreso a Richmond, ya que se pensaba que otro invierno en Escocia podría afectar aún más su salud. Su tío se sintió agradablemente sorprendido con su recuperación, pero la esposa de su tío quizá no tanto. Nunca sabremos la razón de por qué esta misteriosa tía política, tan parecida a la tía Reed de Jane Eyre, sentía tanta aversión hacia la joven María.

Se convirtió en una necesidad el que yo me quedara encerrada y aislada en la casa, y por diversas razones que tenían que ver con los otros y no conmigo, gran parte del tiempo lo pasaba sola. Sin embargo, siempre tuve la posibilidad de usar la biblioteca de mi tío (88).

Durante esa época de soledad forzada María leyó Decline and Fall of the Roman Empire (Decadencia y Caída del Imperio Romano) de Gibbon, History of the Reformation (Historia de la Reforma