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Marie Curie (1867-1934) no solo fue la primera mujer que ganó el Premio Nobel, sino también la única persona que lo ha ganado en dos ocasiones: en 1903 y 1911. Aunque su trabajo fue menospreciado por las instituciones científicas francesas, realizó descubrimientos auténticamente pioneros en el campo de la radiactividad, además de descubrir dos nuevos elementos: el radio y el polonio. En esta conmovedora biografía, la autora ofrece un vívido retrato de una Curie más dinámica y políticamente comprometida que la imagen tópica generalmente extendida del genio aislado. Este libro incluye también un ensayo de Sabine Seifert sobre Irène Joliot-Curie, la menos conocida hija mayor de Marie, colaboradora suya y también galardonada con el Premio Nobel de Química en 1935.
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Seitenzahl: 267
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Marie Curie
Sarah Dry
Con un ensayo de Sabine Seifert
Título original: Curie, publicado originalmente en inglés, en Reino Unido, por Haus Publishing Limited (Londres), en la colección “Life&Times Modern Library of Biography”.
Primera edición en esta colección: febrero de 2021
Copyright © Sarah Dry
Essay copyright © Sabine Seifert
Traducción: Antonio Gude
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2021
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99
www.plataformaeditorial.com
Imágenes: Getty Images y Association Curie et Joliot-Curie
ISBN: 978-84-18582-04-2
Realización de cubierta y fotocomposición: Grafime
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
Marie Curie nació (con el nombre de Manya Skłodowska) en Varsovia, el 7 de noviembre de 1867. Hija menor de los cinco que tuvieron sus padres, maestros de escuela ambos, llegó a un mundo de indignidades cotidianas. Su familia, su idioma y su cultura eran orgullosamente polacos. Pero Polonia oficialmente no existía. Había sido en un momento de la historia la nación más grande de Europa, pero fue siendo progresivamente fragmentada y anexionada por Rusia, Austria y Prusia, a lo largo del siglo XVIII, hasta que dejó de existir como Estado independiente en 1795. De las tres potencias extranjeras que ocupaban el país, Rusia era la más opresiva, con Varsovia y los territorios orientales bajo su dominio. Cuatro años antes de que Manya hubiese nacido, los polacos se habían rebelado sin éxito. La respuesta rusa fue brutal. Miles de polacos fueron hechos prisioneros, exiliados o enviados a campos de trabajo en Siberia. El virrey ruso se instaló en la que fuera residencia del rey de Polonia. Los letreros de las calles, la enseñanza de la historia y el idioma polacos fueron terminantemente prohibidos.
Los padres de Manya, Władisław y Bronisława Skłodowski, pertenecían a una comunidad liberal, de cultura media, de Varsovia. A pesar de los decretos rusos que lo prohibían, daban clases clandestinas de idioma polaco y de la historia de su país, corriendo, tanto ellos como sus alumnos, un considerable riesgo. La dura réplica al levantamiento de 1863 había hecho perder a los polacos toda esperanza de que su país volviese a ser autogobernado en un futuro próximo, pero ese sentimiento no erradicó el movimiento polaco de resistencia. Aunque los padres de Manya distaban de ser radicales, practicaban una forma peculiar de desafío: la educación ofrecía esperanzas de cara al futuro.
Para la joven Manya Skłodowska, la vida familiar y la escolar iban de la mano. La niña fue imbuida por sus padres de una firme creencia en el valor transformador del estudio y de la paciencia. El padre de Manya, Władisław, enseñaba Física y Matemáticas en una escuela gubernamental, bajo la estricta supervisión de funcionarios rusos, dispuestos a detectar el menor asomo de enseñanza subversiva. Su taimada conducta, descrita más tarde por su nieta Ève Curie como de «perfecto funcionario del gobierno»,1 pudo haber sido una necesidad profesional, para evitar conflictos con los agresivos capataces que los vigilaban. Bronisława enseñaba y dirigía una pequeña escuela privada para niñas, que escapó al constante escrutinio de las escuelas oficiales (solo para niños), pero, aun así, estaba sometida a visitas sorpresa por parte del inspector ruso. Fue en la escuela de su madre donde nació Manya. Su inteligencia pronto se puso de manifiesto. A los cuatro años, sorprendió a sus padres leyendo frases enteras sin dificultad. En la escuela primaria, el maestro confiaba en Manya durante las visitas del inspector. Los alumnos rápidamente ocultaban sus libros clandestinos de Historia de Polonia. La joven Manya, aterrorizada por el inspector, podía, no obstante, recitar la requerida letanía de los zares en perfecto ruso. Los Skłodowski llevaron una vida cómoda, si no lujosa, hasta 1873, cuando la fortuna de la familia cambió para peor. Władisław fue despedido de su puesto en la escuela oficial. Obligados a tomar huéspedes, la familia vivió en una barahúnda de casi veinte jóvenes estudiantes. Sus nuevos inquilinos estudiaban en todas las partes de la casa, comían con la familia y, en última instancia, tal vez contribuyesen a la primera tragedia en la juventud de Manya: la muerte de su hermana mayor, Zosia, de tifus, en 1876, cuando Manya tenía nueve años. La muerte de Zosia debilitó a la ya enferma Bronisława. Dos años después, en 1878, la madre de Manya moría de tuberculosis. La disminuida familia quedaba compuesta ahora solo por su padre, sus hermanas Bronia y Helena, y su hermano Józef.
La muerte de Bronisława resultó devastadora para Manya y su familia. Muchos años más tarde, Curie escribiría: «Esta catástrofe fue la primera gran pena de mi vida y me sumió en una profunda depresión. Mi madre tenía una personalidad excepcional. Pese a su fuerte intelecto, era todo corazón y tenía un elevado sentido del deber. Aunque poseía una infinita indulgencia y era de buen carácter, ejercía sobre toda la familia una notable autoridad moral.»2
En 1878, con apenas once años, y solo unos meses tras la muerte de su madre, Manya se matriculó en el Instituto número tres, una escuela dirigida por rusos, en la que el idioma polaco estaba prohibido y la enseñanza, por decirlo de algún modo, era desigual. Manya sentía que los profesores eran «hostiles a la nación polaca» y que «la atmósfera moral era, en conjunto, insoportable.»3 Pero su actitud cambió durante los cuatro años que pasó en el Instituto. Al final escribió a su íntima amiga Kazia, diciéndole que «a pesar de todo, me gusta la escuela.»4 Como ya lo habían hecho su hermano Józef y su hermana Bronia antes que ella, se graduó con la medalla de oro del primer puesto.
Manya era el distinguido producto de un sistema que no tenía nada más que ofrecerle. En Polonia, la escolaridad formal para las chicas finalizaba a los quince años. Para la mayoría, el siguiente paso era el matrimonio. Manya era todavía muy joven y, como era testaruda, no resultaba precisamente la candidata idónea para un temprano casamiento. Observando a sus padres, había aprendido que valía la pena luchar contra un sistema opresivo, a pesar de que, por el momento, las posibilidades de cambio fuesen escasas. Aunque estaba doblemente en desventaja, por ser mujer y polaca, había decidido no llevar una existencia ordinaria. No estaba segura de qué le depararía la vida, pero el matrimonio no tenía cabida en un futuro próximo, ni tampoco interrumpir su propia educación a los quince años. Antes de que pudiese decidir cuál era el camino que mejor convenía a su aún no descubierta ambición, se tomó un año para recuperarse, como ella lo expresó, «de la fatiga del crecimiento y del estudio.» Su año de descanso incluía visitas a varios parientes que vivían en el interior del país, donde había muchas posibilidades de distracción para una muchacha, y es un temprano ejemplo de lo que pasaría a ser un modelo habitual en la vida de Curie: intensa actividad, seguida de agotamiento.
Las cartas de Manya de la época muestran que estaba descubriendo una emoción juvenil que se le había escapado en la triste casa de su padre en Varsovia. «He ido a un kuli g», le escribió a Kazia, es decir, una excursión en trineo, tradicional de Polonia, lo que en sí era una especie de resistencia a la dominación cultural rusa. «No puedes imaginarte lo delicioso que es, sobre todo cuando los vestidos son tan hermosos y los chicos van tan bien arreglados. El mío era precioso… Después del primer kulig, hubo otro, en el que lo pasé maravillosamente. Había muchos chicos de Cracovia, ¡muchachos muy guapos, que bailaban muy bien! Me parece fantástico encontrarse con tan buenos bailarines. El último baile fue a las ocho de la mañana: una mazurca blanca.»5
Un año de mazurcas puede bastar para toda una vida. Este período de alegres placeres fue la última vez que Manya viviría sin responsabilidades y sin la presión que su propia ambición le creaba. Al final del verano, regresó a Varsovia. Su única oportunidad de continuar estudiando era la «Universidad Flotante», una academia marginal que impartía clases secretas en domicilios privados y salas de reuniones. Manya era una más entre el millar de mujeres jóvenes que proseguían sus estudios de ese modo. Durante este período, leyó mucho en francés, alemán, ruso y polaco, asimilando las Fábulas de La Fontaine, los poemas de Heinrich Heine, las novelas de Dostoievski, y la escéptica lectura de los Evangelios que Ernest Renan hacía en su Vida de Jesús, todas estas obras en su idioma original.
La asistencia a la Universidad Flotante significaba oponerse a los dictados rusos. Su disposición clandestina y su misión educativa sintetizaban el espíritu del movimiento polaco de resistencia. Muchas colegas de Manya creían que el estudio, antes que la insurrección armada, sentaría las bases adecuadas para la futura libertad. Esta manifestación polaca de la filosofía de Auguste Comte, es decir, el positivismo, imbuía la informal Universidad Flotante y el difuso movimiento de resistencia del que formaba parte. Los positivistas polacos abogaban por un cambio gradual, antes que por rupturas revolucionarias, como la mejor forma de resolver los intrincados problemas políticos a los que se enfrentaba la nación polaca a fines del siglo XIX. «No creemos en la revolución ni en utopías radicales que predican cambiar la sociedad de un día para otro y curar todas sus enfermedades sociales», escribió el positivista polaco Józef Kraszewski. «Creemos en un progreso lento y gradual [que] a través de individuos reformados, incrementando su nivel cultural, estimulando el trabajo, el orden y la moderación, debe propiciar la revolución más saludable, o más bien, la evolución del sistema social.»6
Siendo escolares, Manya Skłodowska y su mejor amiga, Kazia, pasaban a diario por la plaza de Sajonia, en Varsovia, y se paraban para escupir cuando pasaban por el «ampuloso obelisco» dedicado por el zar ruso «a los polacos fieles a su soberano». Varsovia era una ciudad con dos caras durante la infancia de Manya. Bajo una superficie de lealtad al Gobierno ruso, los ciudadanos polacos expresaban su descontento. Muchos polacos defendían, en aquella época, una filosofía derivada del positivismo del francés Auguste Comte (1798-1857). Comte había acuñado el término «positivismo» para describir una nueva «religión humanitaria» que, según sus previsiones, conduciría a la humanidad fuera de cualquier pensamiento metafísico y teológico, hacia un sistema racional basado en normas morales. Los positivistas polacos conservaron el nombre y la creencia en medios prácticos, y transformaron la rígida filosofía en una doctrina eminentemente práctica, en parte como una estrategia política y en parte como un mecanismo de supervivencia. Este pragmático credo ofrecía la forma de soportar la triste realidad de una severa dominación rusa, tras la fallida rebelión de 1863. El idealismo romántico que había espoleado a los polacos, lanzándolos a una rebelión directa, ya no era útil: «Los ideales del pasado», declaró el líder positivista Aleksander S‘wie˛tochowski, «ya no son los ideales del presente.»7 Para los positivistas polacos, la forma ideal de resistencia a los rusos era el trabajo constante y la educación. Resultó que estos ideales le convenían perfectamente a Manya. La rabia de la chica que escupía a los monumentos rusos alimentó la orientación y el tremendo empuje de la joven estudiante. Su futuro trabajo científico estaría guiado por la creencia en proceder con método, de forma ordenada y coherente. Lo llamaba el credo del «desinterés»: plantear altos objetivos y trabajar hacia su consecución, con un acusado desinterés por las distracciones mundanas.
Aunque entendía la necesidad del trabajo duro y paciente, Manya, como muchos otros, soñaba con irse de Varsovia para seguir educándose en París, la ciudad más moderna de la época, y con una larga tradición de buena acogida a los exiliados polacos. Como mujer joven, no podía conseguir bastante dinero por su cuenta para pagarse un viaje de tres días a París, y mucho menos el pago de las matrículas escolares y los gastos de manutención una vez allí. De modo que ella y su hermana Bronia trazaron un plan: si sumaban sus recursos, una hermana podía trabajar para que la otra prosiguiese sus estudios en París, y luego la otra podría seguirla. Al ser la más joven, Manya tendría que esperar. Primero, se emplearía como institutriz a cambio de un cuarto y manutención y un estipendio. Podía enseñar a niños pequeños de una familia polaca de clase media. Si vivía en una comunidad rural, con todos los gastos pagados, podría ahorrar más que dando clases particulares en Varsovia. Así, emplearía sus ahorros en ayudar a que su hermana pudiese estudiar en París. Bronia, que pensaba convertirse en médico, ayudaría a su vez a Manya cuando reuniese el dinero suficiente. Era una solución laboriosa, pero era la única que ambas podían imaginar si querían salir de una vida mediocre en un país oprimido.
Las hermanas pusieron en práctica su plan tan pronto como les fue posible. En 1886, Manya, a sus diecinueve años, encontró empleo como institutriz en casa de los Zorawski, una acomodada familia de comerciantes de azúcar de remolacha. Encontró su puesto rural, rodeado de miles de remolachas, menos que estimulante. Sus cartas a casa revelan una mente astuta que tiene tomada la medida a sus coetáneos rurales. «No son malas criaturas, y algunos incluso son inteligentes, pero su educación no ha hecho nada por desarrollar su mente, y las estúpidas e incesantes fiestas que aquí se celebran han acabado por embotar su espíritu. En cuanto a los jóvenes, hay pocos que sean incluso un poco inteligentes… En cuanto a los chicos y chicas, palabras como “positivismo” o “la cuestión laboral” son objetos de aversión, suponiendo que las hayan oído alguna vez, lo que es poco probable.»8 A su amiga Henrietta, que le había escrito con noticias políticas al volver a casa, le contestó: «Es una verdadera satisfacción para mí saber que existen algunas regiones y áreas geográficas en las que la gente se mueve y piensa. Mientras tú vives en el centro del movimiento, mi existencia se parece extrañamente a una de esas babosas que pueblan el agua sucia de nuestro río. Espero poder liberarme pronto de este letargo.»9
Manya siguió desarrollando sus estudios de amplio espectro, iniciados en la Universidad Flotante, leyendo algunos libros recientes tan importantes como la Física de Alfred Daniel, la Sociología (en francés) de Herbert Spencer, y Lecciones de anatomía y fisiología (en alemán) de Paul Ber. Sus inclinaciones eran bastante católicas al principio, pero durante su estancia en el campo llegó a entender que las ciencias físicas le ofrecían los rompecabezas analíticos y la oportunidad de llevar a cabo un trabajo de laboratorio, que era lo que verdaderamente le interesaba. Años más tarde escribiría: «La literatura me interesaba tanto como la sociología y la ciencia. Sin embargo, durante estos años de trabajo, he tratado de descubrir gradualmente mis verdaderas preferencias. Por fin, me he inclinado hacia las matemáticas y la física.»10 Manya anhelaba el trabajo experimental y se quejaba de la falta de laboratorio en una carta a su hermano Józef. «Piensa en esto: estoy aprendiendo química por un libro. Te puedes imaginar lo poco que saco en limpio, pero ¿qué puedo hacer, puesto que no tengo un lugar para realizar experimentos o trabajo práctico?»11
Aunque a Manya le apasionaba el estudio y soñaba con una mayor realización personal en París, no era inmune al entorno inmediato. A pesar de ser una empollona y de su ocasional ensimismamiento, se enamoró del hijo de sus patronos, Kazimierz Zorawski. La historia tuvo un desenlace infeliz. Kazimierz, que no quería incomodar a sus padres (que aspiraban a un mejor partido para él), rechazó a Manya. El final de la relación, que debió haberse iniciado durante una de las vacaciones escolares de Kazimierz, sumió a Manya en un estado de desesperación. Sus planes comenzaron a parecerle demasiado ambiciosos y de antemano los veía condenados al fracaso. Escribió a su hermano, quejándose: «Ahora que he perdido la esperanza de llegar a ser alguien, todas mis ambiciones las deposito en Bronia y en ti. Vosotros dos, al menos, debéis dirigir vuestras vidas conforme a vuestros dones. Estos dones, que sin duda existen en nuestra familia, no deben desperdiciarse… Cuanta más pena siento por mí, tanta más esperanza tengo por vosotros.»12
Manya se distraía dando clases a niños de campesinos, que llenaban su habitación los miércoles y los sábados, para asistir, a veces, hasta a cinco horas de clase continua. Cumplió los dos años que le quedaban de su contrato con una amarga determinación hasta que, a los veintidós años, regresó a casa de su padre, en Varsovia, para buscar un puesto de institutriz en la ciudad y reanudar sus cursos en la Universidad Flotante. En este punto, tuvo su primer encuentro con un modesto laboratorio, dirigido por un primo llamado Józef Boguski. El denominado Museo de Industria y Agricultura era, realmente, un mal equipado pero utilizable laboratorio, en el que los polacos podían aprender ciencia sin la fiscalización de los ojos rusos. Fue una experiencia que, aunque limitada, ayudó a Manya a orientarse hacia su vocación definitiva. «Para mi gran alegría, pude, por primera vez en mi vida, tener acceso a un laboratorio: un pequeño laboratorio municipal de física, dirigido por uno de mis primos. Disponía de poco tiempo para trabajar allí, salvo por la tarde y los domingos, y generalmente se me dejaba a mi aire. He intentado varios experimentos descritos en tratados de física y química, y los resultados han sido, a veces, imprevistos. En ocasiones me he animado por algún éxito inesperado, mientras que en otras me desespero a causa de accidentes y fallos derivados de mi inexperiencia. Pero en general, aunque se me ha dicho que la forma de progresar no es rápida ni fácil, esta primera prueba me ha reafirmado en mi vocación por la investigación experimental en los campos de la física y la química.»13
Entretanto, Bronia había estado asistiendo a una escuela médica en París. En 1890, cuatro años después de que hubiesen puesto en marcha sus planes, Bronia escribió para decir que se había comprometido con un estudiante de Medicina, Kazimierz Dłuski. «Si todo sale como espero, pronto podremos casarnos, al comienzo de las vacaciones [de verano]. Mi prometido será médico para entonces y a mí solo me quedará el examen final… Ahora tú, mi querida Manya, debes hacer algo con tu vida. Si puedes reunir unos cientos de rublos este año, podrás venirte a París el año próximo y vivir con nosotros, donde dispondrás de cama y comida… Debes tomar esta decisión, porque ya has esperado demasiado tiempo.»14 En el último instante, Manya dudó, tal vez presa del temor de afrontar aquello que había imaginado durante tanto tiempo y que, a menudo, se desesperó de poder conseguir. «Querida Bronia: He sido estúpida, soy estúpida y seguiré siéndolo durante el resto de mi vida, o tal vez debería traducirlo a un lenguaje más claro: nunca he sido, soy, ni seré afortunada. Soñaba con París como una especie de redención, pero hace tiempo que he perdido la esperanza de ir allí. Y ahora que esa posibilidad es real, no sé qué hacer… Tengo miedo de decírselo a papá. Creo que nuestro plan de vivir juntos el año que viene le hace ilusión y se aferra a ello. Quisiera darle un poco de alegría a su edad. Por otra parte, mi corazón se hace pedazos cuando pienso que arruino mis aptitudes, que, en cierto modo, deben valer al menos algo.»15
Escribió esta angustiada carta en marzo de 1890. Pasaría más de un año antes de que pudiese dejar a su padre y su casa. Pasó el verano en los montes Tatra, recuperándose de una enfermedad que coincidió con la tan esperada ocasión de trasladarse a París. «Tu invitación a París le ha resultado tan inesperada –escribió un preocupado Władisław a Bronia– que le ha dado fiebre y algunos trastornos. Siento la intensidad con que desea estudiar ciencias, que la llena de aspiraciones.» En septiembre, Manya había reordenado las ideas: «Ahora, Bronia, te pido una respuesta concluyente. Decide si puedes realmente acogerme en tu casa, pues podría irme ya… Estoy tan nerviosa ante la perspectiva de la marcha que no puedo hablar de nada más, hasta que no reciba tu respuesta.»16 La respuesta de Bronia fue, como esperaba, afirmativa. Le encarecía a Manya que llevase algún dinero para poder matricularse en la Sorbona, y sus propias ropas de cama, a fin de evitar gastos adicionales. En noviembre de 1891, Manya tomó un tren hacia París, en un vagón de cuarta clase.
La Manya Skłodowska que llegó a París en el otoño de 1891 era una rolliza joven de veinticuatro años, con un fino cabello rubio y un traje de cuello alto que llegaba a ras de suelo. Como institutriz y joven estudiante de Varsovia, había demostrado tener confianza en sí misma y estar motivada, aunque sufría ocasionales rachas de pesimismo y desesperación. Estaba fuertemente imbuida del valor del estudio y la paciencia, inculcados en la casa paterna, y tenía una clara conciencia de su nada insignificante talento.
Se encariñó inmediatamente con París. Era un lugar emocionante, quizá la ciudad más emocionante del mundo por entonces. Solo dos años antes había finalizado la construcción de la Torre Eiffel, que había recibido dos millones de visitantes durante la Exposición Universal de 1889. Espectaculares galerías comerciales tentaban a los nuevos clientes con lo que, apenas diez años atrás, hubiera sido una variedad inimaginable de productos. Poetas, artistas y políticos radicales fumaban y discutían en sus ya famosos cafés.
Sin embargo, y aunque debía estar impresionada por el nuevo entorno, no se dejó deslumbrar por él. Tras años de vivir como empleada en casas de otros, descubrió una fuerte necesidad de independencia. Permaneció con su hermana Bronia y su cuñado Kazimierz muy poco tiempo, antes de mudarse a su propio apartamento, en una azotea del Barrio Latino, cerca de las aulas, los laboratorios y las bibliotecas de la Sorbona. Aunque la casa de Bronia le había permitido un traslado nada traumático a Francia, el hogar polaco fuera de su país tenía un inconveniente: Kazimierz era incurablemente sociable. Una vez que se mudó, Manya le escribió a su hermano Józef con alivio: «Estoy trabajando mil veces más duro que cuando llegué. En la rue d’Allemagne, mi cuñadito tenía la costumbre de molestarme sin descanso. Sencillamente, no podía soportar que yo hiciese otra cosa que dedicarme a darle charla cuando estaba en casa. Así que tuve que declararle la guerra en este aspecto.»17
Manya se trasladó a un modesto piso de estudiante: los seis tramos de escalera, el agua congelada en la palangana y comidas a base de pan, chocolate, huevos y fruta: todo le parecía bien. Su capacidad de estudio, estimulada por las escuelas controladas por los rusos todos aquellos años y la enseñanza a niños, podía, por fin, manifestarse libremente. A veces estaba tan absorta en sus estudios que se olvidaba hasta de comer. En un momento dado, su ausencia mental culminó en un desmayo. Al ser preguntada por un irritado y, sin duda, preocupado Kazimierz, ella confesó que en las últimas veinticuatro horas solo había comido rábanos y cerezas.
Cuando Manya estudió allí, en los últimos años del siglo XIX, la Sorbona era una vibrante universidad investigadora, pero no siempre había sido así. Cuando se produjo la revolución de 1789, los vínculos de la Sorbona con el poder establecido la hacían claramente impopular, y cayó en desgracia durante gran parte del siglo XIX. No fue sino hasta la rápida y decisiva derrota de Francia en la guerra franco-prusiana de 1870-1871, cuando el sistema educativo del país fue restablecido. Atribuyendo el poder militar de los alemanes a un superior sistema de educación, sobre todo en las ciencias, los líderes franceses se propusieron mejorar la enseñanza científica en el país. La Sorbona era la piedra angular de esa revolución educativa. Los viejos ideales clericales de la universidad fueron reemplazados por nuevos principios seculares y racionales, emprendiéndose un proyecto que incluía la construcción de nuevas aulas de lujo y laboratorios de vanguardia. La Facultad de Ciencias dobló su tamaño entre 1876 y 1900, ya que los jóvenes más brillantes de la facultad eran contratados para enseñar prácticas de laboratorio e impartir seminarios oficiosos.
Las biografías de Curie han hablado hasta la saciedad de los apuros que pasó en sus primeros años de París. Pero, aunque es cierto que vivió una vida de privación durante sus años de estudiante en la Sorbona, sobreviviendo con tres francos diarios, muchos otros estudiantes extranjeros vivieron en condiciones similares. Por otro lado, su inclinación a la soledad, a la que también se han referido muchos biógrafos y la propia Curie, estaba atenuada por las atracciones de una comunidad de vitales estudiantes compatriotas. Estos estudiantes eran, como Manya, los más motivados y ambiciosos que sus respectivos países podían ofrecer. Llegaban a París para buscar las oportunidades que la política o las costumbres les negaban en su país. En esa atmósfera, la presencia de Manya, como extranjera y como mujer, no era tan extraña como se pudiera pensar. Aunque los extranjeros y, sobre todo, las mujeres constituían un pequeño porcentaje de la población estudiantil (entre los mil ochocientos estudiantes matriculados en la Facultad de Ciencias en 1891, solo había veintitrés mujeres, entre ellas Manya), ocupaban un particular y reconocible espacio. Es un hecho curioso que entre los primeros doctorados concedidos por la Sorbona a mujeres (de los cuales, el primero en Ciencias Físicas sería el que obtendría Curie), la proporción más alta corresponde a mujeres de nombre extranjero. Manya era única por su tenacidad y por su grado de éxito, pero pertenecía a una comunidad de polacos, estadounidenses y europeos del Este con un deseo común por utilizar la apertura de la Tercera República Francesa, a fin de poder materializar sus sueños. Resulta irónico que las mujeres francesas estuviesen mal representadas en la Universidad. Aunque el Estado se había comprometido ideológicamente con una educación igualitaria, las familias burguesas que podían permitirse enviar a sus hijas a la Sorbona preferían educarlas en el ámbito doméstico, en oposición a las artes liberales.
En años posteriores, Marie Curie rememoraría como uno de los mejores recuerdos de su vida «aquel período de años solitarios, exclusivamente consagrados a los estudios, que finalmente estaban a mi alcance, y que había esperado tanto tiempo.»18 En ninguna de sus reminiscencias menciona que era una mujer en el mundo dominado por los hombres de la Sorbona y donde, hasta poco antes de su llegada, la palabra femenina para estudiante (étudiante) se refería a la amante de un estudiante varón. Cuando menciona las privaciones de su vida de estudiante, rápidamente enfatiza el «precioso sentido de libertad e independencia»19 que había logrado. «Todo lo que veía y aprendía me deleitaba. Era como un nuevo mundo que se me hubiese abierto, el mundo de la ciencia, que al menos se me permitía conocer con total libertad.»20 De acuerdo con esta libertad, y señalando su deseo de abrazar la cultura a la que estaba adaptándose, Manya se matriculó en la universidad bajo un nuevo nombre: Marie Skłodowska.
Pese a los años de duro trabajo en Polonia, Marie se encontró relativamente mal preparada para los difíciles cursos. Se encerró en el estudio y el trabajo de laboratorio, abandonando el compañerismo de la pequeña colonia de estudiantes polacos. «Me vi obligada a dejar a un lado estas relaciones, pues llegué a la conclusión de que necesitaba concentrar todas mis energías en los estudios si quería finalizarlos lo antes posible.»21 Estudió con algunos de los mejores físicos y matemáticos de Francia, incluido Gabriel Lippmann, que ganaría el Premio Nobel en 1908, por su trabajo sobre la fotografía en color; Paul Appell, que se convertiría en decano de la Facultad de Ciencias, y Henri Poincaré, el gran matemático y físico que creó el estudio de la topología en matemáticas, con un importante trabajo sobre la dinámica de los cuerpos celestes, que fundaría la teoría moderna de los sistemas dinámicos. Los años de estudio de Marie se vieron espectacularmente recompensados cuando, en 1893, ganó el primer premio en el examen de licenciatura en Ciencias Físicas, una de las dos mujeres que aquel año se graduaron en toda la Universidad.
Marie había probado el dulzor del éxito y conseguido el libre acceso a los laboratorios, además de los conocimientos previamente adquiridos en Polonia. Pero su país de origen seguía ejerciendo un fuerte atractivo sobre ella, y así seguiría siendo durante toda su vida. De modo que cada verano regresaba a Varsovia, y desde allí, viajaba con su familia por Polonia y Suiza. Después del primer triunfo de Marie en el examen de Ciencias Físicas, una amiga polaca, Jadwiga Dydyńska, le consiguió una beca Alexandrovitch de seiscientos rublos, para permitirle a Marie regresar a París y obtener una segunda licenciatura en Matemáticas. La carta de Marie a su padre, al regreso a la universidad, en el otoño de 1893, da fe de su emoción y de la necesidad de justificar la distancia de su familia, en especial de su querido padre. «No necesito decir lo contenta que me siento de estar de nuevo en París… Se trata de toda mi vida lo que está en juego. Me parecía, por tanto, que podría quedarme aquí sin tener remordimientos de conciencia.»22
Marie siempre había pensado regresar a Polonia, una vez finalizados sus estudios en París. Se sentía en deuda con su país y su principal razón quizá fuese cuidar a su anciano padre. Pero en la primavera de 1894, se encontró con Pierre Curie, «un joven alto, de cabello castaño y ojos grandes y limpios»,23 en casa del físico polaco Józef Kowalski. Treinta años después de su primer encuentro, Marie lo seguía recordando vívidamente. «Cuando entré en la habitación, Pierre Curie estaba en el hueco de una ventana francesa abierta sobre un balcón. Me pareció muy joven, aunque tenía entonces treinta y cinco años. Me sorprendió la expresión abierta de su rostro y la ligera impresión de indiferencia en toda su actitud. Su forma de hablar, lenta y deliberada, su sencillez y su sonrisa, a la vez seria y joven, inspiraban confianza». Marie interpretó la indiferencia de Pierre como la de un «soñador absorto en sus reflexiones.»24
A Marie, para quien una indiferencia estudiada por las incomodidades cotidianas se estaba convirtiendo en una especie de credo, la calma natural de Pierre y su actitud distante le resultaron atractivas. Pierre parecía haber vivido una vida aparte, despreocupado de las convenciones con que otra gente vivía. Incluso en sus primeros años, la familia de Pierre había observado su dificultad para pasar rápidamente de un tema a otro y su necesidad de concentrarse en un tema aislado. En lugar de obligarlo a adaptarse a las exigencias de un currículo normal, su familia había encontrado la manera de fomentar su inteligencia específica. Lo mantuvieron al margen del rígido sistema educativo francés y recibió instrucción en casa hasta los dieciséis años, por parte de sus padres, su hermano mayor y un tutor. Pierre se desarrolló sin problemas; logró su título de bachiller a los dieciséis años y una licenciatura en Física dos años más tarde, en la Sorbona. Permaneció cinco años en la Sorbona, como ayudante en el laboratorio de Paul Desains, el director del laboratorio de la universidad, adquiriendo experiencia en investigación experimental, aunque no pudo llevar a cabo ningún estudio formal, por falta de fondos.
