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En el panteón de la mitología popular, Mariquita Sánchez es la dueña de la casa donde se cantó por primera vez el Himno Nacional. También, a veces, se recuerda que proporcionó a los patriotas información relevante durante las Invasiones inglesas. ¿Pero quién fue esa mujer singular que se recorta solitaria en el paisaje de hombres que hicieron la Argentina de la primera mitad del siglo XIX? Si se analiza con atención ese período, desde mediados de la primera década hasta la Confederación presidida por Urquiza, se la verá siempre a ella. Formó parte activa de diversos círculos intelectuales, en los que participó como interlocutora; fue amiga de Moreno, Castelli, Monteagudo; mujer de confianza de Rivadavia, a quien ayudó a organizar la Sociedad de Beneficencia (dos veces la presidió); confidente y aliada de los escritores locales más importantes de su tiempo: Echeverría, Alberdi, Gutiérrez, Sarmiento. Con ellos compartió la experiencia del exilio durante el gobierno de Rosas, cuya amistad –entablada en la infancia de ambos– no le impidió declararse opositora cuando lo creyó oportuno. Encarnó el legado de los valores de la Europa ilustrada en una América cambiante y atravesada por la revolución, y consiguió el reconocimiento gracias al dominio de una sociabilidad que supo ejercer con arte a lo largo de su vida, preferentemente puertas adentro de su casa: organizando tertulias, reuniendo figuras locales o extranjeras, ejerciendo una "influencia civilizadora" que la prestigió como anfitriona. Y también como escritora: de cartas y crónicas, de diarios y poesías que se publicaron después de su muerte, pero que en su época circularon de mano en mano y fueron leídas con devoción. Al cabo, Mariquita Sánchez es un prisma que permite enfocar las convergencias entre público y privado, los estrechos lazos entre historia, política y literatura en la Argentina del pasado. Esta excelente biografía de Graciela Batticuore hace justicia a un personaje más rico de lo supuesto, un hilo conductor de la vida en sociedad, que revela la complejidad de la primera Argentina y el rol ejemplar que ejerció una mujer que fue más allá de los límites que su tiempo pautaba.
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Seitenzahl: 534
Veröffentlichungsjahr: 2022
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GRACIELA BATTICUORE
MARIQUITA SÁNCHEZ
Bajo el signo de la revolución
BIOGRAFÍAS ARGENTINAS
colección dirigida por
GUSTAVO PAZ y JUAN SURIANO
En el panteón de la mitología popular, Mariquita Sánchez es la dueña de la casa donde se cantó por primera vez el Himno Nacional. También, a veces, se recuerda que proporcionó a los patriotas información relevante durante las Invasiones inglesas. ¿Pero quién fue esa mujer singular que se recorta solitaria en el paisaje de hombres que hicieron la Argentina de la primera mitad del siglo XIX? Si se analiza con atención ese período, desde mediados de la primera década hasta la Confederación presidida por Urquiza, se la verá siempre a ella. Formó parte activa de diversos círculos intelectuales, en los que participó como interlocutora; fue amiga de Moreno, Castelli, Monteagudo; mujer de confianza de Rivadavia, a quien ayudó a organizar la Sociedad de Beneficencia (dos veces la presidió); confidente y aliada de los escritores locales más importantes de su tiempo: Echeverría, Alberdi, Gutiérrez, Sarmiento. Con ellos compartió la experiencia del exilio durante el gobierno de Rosas, cuya amistad –entablada en la infancia de ambos– no le impidió declararse opositora cuando lo creyó oportuno.
Encarnó el legado de los valores de la Europa ilustrada en una América cambiante y atravesada por la revolución, y consiguió el reconocimiento gracias al dominio de una sociabilidad que supo ejercer con arte a lo largo de su vida, preferentemente puertas adentro de su casa: organizando tertulias, reuniendo figuras locales o extranjeras, ejerciendo una “influencia civilizadora” que la prestigió como anfitriona. Y también como escritora: de cartas y crónicas, de diarios y poesías que se publicaron después de su muerte, pero que en su época circularon de mano en mano y fueron leídas con devoción.
Al cabo, Mariquita Sánchez es un prisma que permite enfocar las convergencias entre público y privado, los estrechos lazos entre historia, política y literatura en la Argentina del pasado. Esta excelente biografía de Graciela Batticuore hace justicia a un personaje más rico de lo supuesto, un hilo conductor de la vida en sociedad, que revela la complejidad de la primera Argentina y el rol ejemplar que ejerció una mujer que fue más allá de los límites que su tiempo pautaba.
Batticuore, Graciela
Mariquita Sánchez / Graciela Batticuore. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-628-252-9
1. Sánchez de Thompson, Mariquita. Biografía.
CDD 921
Diseño de de colección: Eduardo Ruiz Imagen de cubierta: Mariquita Sánchez, Mauricio Rugendas.
Edición en formato digital: junio de 2022
© Graciela Batticuore, 2022
© de la presente edición Edhasa, 2022
Avda. Córdoba 744, 2º piso C
C1054AAT Capital Federal
Tel. (11) 50 327 069
Argentina
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ISBN 978-987-628-252-9
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Conversión a formato digital: Libresque
Para Jorge Veleiro.
Y para Lucio Veleiro.
Estamos acostumbrados a pensar en Mariquita Sánchez como un personaje vinculado al pasado nacional, a la historia. Se sabe de ella que fue una mujer prominente de comienzos del siglo XIX, asociada a la vida política y a las maneras en que se concebía y se practicaba la política en el Buenos Aires de esa época. De hecho, una de las imágenes suyas quizá más recordadas hasta hoy es la que la muestra entonando el Himno Nacional Argentino en el marco de una tertulia llevada a cabo en su casa porteña de la calle Florida, allá por el año 1813, cuando López y Planes junto a Blas Parera encontraban letra y música para la primera melodía nacional. Puede decirse que aquel cuadro –pintado en el Centenario por el artista chileno Pedro Subercaseaux y que se exhibe actualmente en el salón principal del Museo Histórico Nacional– corona todo un imaginario acerca de Mariquita, que venía labrándose desde hacía algunas décadas atrás y que la erige como una figura representativa del patriciado argentino. Más concretamente, como una de aquellas damas de la elite que colaboraron con la causa revolucionaria donando sus joyas o cosiendo escarapelas. Para un argentino promedio, el nombre de Mariquita Sánchez remite hoy día a esos referentes.
Sin embargo, el compromiso de Mariquita con la revolución no concluye en un par de anécdotas pintorescas. E incluso, su faceta de mujer politizada no se agota en el contexto de Mayo sino que está presente antes y después en la cultura argentina: por ejemplo, podemos verla entusiasmada y activa ante la movilización que se produce en la sociedad porteña con la llegada de los ingleses al Río de la Plata, en 1806 y 1807; moderna y comprometida con la causa rivadaviana en la década de 1820, cuando fue elegida como Presidenta de la Sociedad de Beneficencia (la primera institución gubernamental liderada por mujeres); o emprendiendo más tarde el camino del exilio junto a J. M. Gutiérrez, J. B. Alberdi, E. Echeverría, D. F. Sarmiento y la camada de escritores románticos con los que dialogó de igual a igual y compartió muy estrechamente la oposición al gobierno de Juan Manuel de Rosas. Y todavía después de Caseros, ya casi octogenaria, podemos reencontrarla en Buenos Aires colaborando con la política educativa del general Urquiza. O sea que está casi siempre inmersa entre círculos que se sienten a la vanguardia de su época y cuyos miembros la consideran como una colaboradora y una interlocutora valiosa: un referente entre los suyos, la única mujer letrada de comienzos de siglo que estaba calificada para opinar.
Mariquita consigue ese reconocimiento a través del dominio de una sociabilidad que sabe ejercer con arte a lo largo de su vida, preferentemente puertas adentro de su casa: organizando tertulias, reuniendo personalidades locales o extranjeras, ejerciendo una “influencia civilizadora” que prestigia y da razón de ser a la anfitriona. Así concebida, la casa familiar está lejos de ser un reducto meramente privado: en su interior se forjan amistades valiosas y se consolida una férrea red de vínculos que sostiene las relaciones con el poder en diferentes etapas de su vida. Por eso mismo es que la casa reclama por parte de su dueña un gran esfuerzo: inversiones, capital, y un trabajo cotidiano e intenso. De hecho, montar y desmontar casas o soñar con ellas fue una constante en la vida de Mariquita Sánchez: en especial la casa emblemática de la calle Florida donde nació y murió ocho décadas más tarde. Y que fue sede del Consulado Francés en Buenos Aires hacia finales de 1820, cuando su dueña estuvo casada (en segundas nupcias) con el francés Jean Baptiste Washington Mendeville. Juntos se encargaron de refaccionarla y remodelarla “a la moderna”. Pero también se ocupó Mariquita fervientemente de las otras casas que fue cambiando más tarde y arreglando después de cada mudanza: las que habitó en Montevideo durante los largos años en que vivió exiliada en aquella ciudad. E incluso la que la albergó durante su estancia temporaria en Río de Janeiro a fines de la década del cuarenta. Y también la casa que nunca llegó a tener en París, adonde mandó muebles y objetos esperando volver a unirse a Mendeville, después de que su carrera diplomática lo decidiera a partir definitivamente del Río de la Plata.
La casa la representa a Mariquita adonde quiera que vaya: “La casa es la vida”, escribió en alguna de sus cartas. Y la frase sintetiza bastante bien la relevancia de este asunto, que permite recomponer la biografía de Mariquita Sánchez desde una perspectiva que presta singular atención a los aspectos materiales de su historia personal: los gastos, los consumos, las deudas, el dinero. Vale decir, los recursos que necesitó –y de los que se valió– esta mujer para sostener su posición social y política e ir labrando, a su vez, un perfil de mujer letrada fuertemente abocada a la esfera cultural y literaria. En este sentido, veremos que sus competencias tampoco se agotan en la arena política.
Por el contrario, Mariquita fue también una escritora prolífica: de cartas, de memorias, de diarios y poesías. Una escritora que no alentó la publicación de sus escritos ni la fama literaria. Aunque ocasionalmente soñara con una obra o un proyecto personal: “Escribir la historia de las mujeres de mi país”, le cuenta a su hija. Y más tarde, ante la publicación de un libro de su amigo Gutiérrez le confiesa: “Yo habría pensado y deseado hacer esa obra, es decir, hubiera querido saber hacerla, y para consolarme de mi impotencia, me decía: y ¿quién la leerá?”. En parte, la ambigüedad de Mariquita en este punto se explica en el hecho de que ella supo ser, a un tiempo, ilustrada y romántica: esto es, amante de la “razón” y la “moderación”, muy propias del siglo de las luces. Pero también sensible a los ideales estéticos que marcaban el rumbo de las nuevas tendencias literarias en el Río de la Plata, y que llegaban de la mano –y la pluma– de amigos dilectos: Esteban Echeverría, Domingo Faustino Sarmiento, José Mármol o el propio Juan María Gutiérrez, entre otros. Junto a ellos –y pese a la diferencia generacional– Mariquita fue parte de la troupe de “jóvenes” que intentaron llevar adelante la “revolución romántica” en el Río de la Plata.
Su inclinación por “lo nuevo” la hizo moderna aún cuando no dejaba de mirar con admiración el siglo XVIII europeo: precisamente, la cultura de los salones franceses donde otras afamadas anfitrionas de antaño departían con filósofos y literatos, creando un ambiente de ideas alternativo al que imperaba en la corte. El ambiente donde empezaba a emerger una opinión crítica e independiente respecto de la monarquía. En ese espejo se mira Mariquita y ésa es la tradición a la que imaginariamente suscribe cuando crea el clima de sus propias tertulias, a un lado o al otro del Río de la Plata. Puede decirse, en este sentido, que ella supo tomar lo mejor de la herencia iluminista y reubicarla en el cambiante escenario que se abre en las colonias americanas después de la Revolución francesa. Un escenario donde se impone un cambio de paradigma político que trastoca radicalmente el orden a las costumbres y la vida cotidiana.
En el caso particular de Mariquita, la ruptura con los códigos de la vida virreinal (y la sintonía con las “nuevas ideas”) se manifestó en ella muy tempranamente: por ejemplo cuando decidió entablar un juicio de disenso contra su madre, para reclamar al Virrey Sobremonte que la autorizara a casarse con el hombre que ella había elegido por marido y al que su familia desdeñaba por ser un candidato poco conveniente. Ese hombre era el joven Martín Thompson, que algunos años después integraría el elenco de la Primera Junta de Gobierno. Puede decirse que con sus escasos 16 o 17 años, Mariquita se adentraba ya en la traza de una nueva mentalidad que concebía el “honor” en sintonía con la “libertad”, el “saber”, los “derechos” del individuo (aunque éste fuera mujer). Son estas nociones y valores –tan tributarios de la revolución: la que ya había acontecido en Francia, la que sobrevendría poco después en el Río de la Plata, incluso la que intentarían más tarde los románticos– los que fueron forjando la sensibilidad política e intelectual de Mariquita, y guiándola en muchas decisiones a lo largo de su vida.
Una anécdota: cuando en 1852 Rosas es derrocado en Caseros, Mariquita escribe a sus íntimos celebrando la victoria. Está emocionada, exultante, esperanzada por el futuro que se abre ante sus ojos: “me parece que estoy en el año 10”, le escribe a su hija mientras le pide que le envíe cintas celestes y blancas a Montevideo. La promesa de libertad y derechos, en cualquier circunstancia que sea, se asocia al mundo de la revolución. Aunque Mariquita por supuesto haya hecho lo propio fuera del escenario donde se libraron las batallas, y aunque sus intervenciones buscaran mitigar con palabras el violento accionar de la lucha armada: la conversación, la civilité, ese fue su ámbito de competencia. La revolución es para Mariquita sobre todo un conjunto de creencias y valores que funcionan a la manera de una usina que, ante cada acontecimiento importante de la historia personal o de la patria, vuelve a girar y a hacer lo suyo. En otras palabras, sus ideales encarnan a menudo en el sema de la “revolución”.
Como puede observarse, esta biografía intenta no solamente aproximarnos más profundamente al personaje: conocer sus ideas, descubrir sus ilusiones, sondear las confidencias con los íntimos, asistir a los diálogos epistolares con amigos y amigas que revelan detalles, palabras, modos de decir y sentir que vuelven a Mariquita más próxima y palpable. Se trata, además, de visualizar a través suyo los zigzagueantes lazos que entreveran público y privado, las formas cambiantes que adoptan las prácticas políticas a lo largo de su vida y del siglo. Pero también se trata de hurgar en la dimensión cultural y literaria, para comprender que en aquellas primeras décadas de la centuria convivieron modos y expectativas diferentes de ser escritor/a: una más ligada al pasado dieciochesco, que valoraba el público selecto del salón. Otra más aggiornada y moderna que nacía con el romanticismo y reclamaba “originalidad”, “genio” creativo, y derechos de “propiedad” sobre la obra. El caso de Mariquita Sánchez muestra que las fronteras entre esas dos modalidades son porosas. Y por eso, neoclásicos o románticos la admiraron por igual y la eligieron como una interlocutora que podía encarnar como ninguna otra de su tiempo el arte de la sociabilidad: la cultura del trato. Un arte que prometía a la vez utilidad y gracia a sus cultores. Y que, como mostraremos a lo largo de este volumen, siguió funcionando como ideal civilizador durante gran parte del siglo XIX.
Buenos Aires, mayo de 2011
“Estos países eran sujetos con grillos de oro y la mayoría ni comprendía que estaban presos…”
Promediando la década de 1860, es decir hacia el final de su vida y ya octogenaria, Mariquita Sánchez se decide a escribir un relato que, según ella misma asevera, venía siéndole reclamado por amigos y allegados desde hacía tiempo. Se trata de una suerte de crónica sobre el pasado colonial, sus costumbres, su anecdotario de la vida pública y privada que ella conoce bien, por haber nacido en 1786, un 1º de noviembre, y haberse criado en el Buenos Aires del último cuarto del siglo XVIII.
Hija de una criolla bien conocida en su medio y de un acaudalado comerciante español, María Josepha Petrona de Todos los Santos Sánchez de Velazco, más conocida como Mariquita, fue la niña mimada de sus padres que eran ya bastante adultos al verla nacer: su madre, doña Magdalena Trillo y Cárdenas, tenía entonces cuarenta y un años. Cuatro menos que don Cecilio Sánchez Ximénez de Velazco, con el que se había casado en segundas nupcias hacía quince años. Hija única de la pareja y heredera de toda la fortuna familiar tras la muerte de su medio hermano Fernando (fallecido a los doce años, fruto del primer matrimonio de la madre con Manuel del Arco y Sodevilla), Mariquita creció en la célebre casona de la calle del Empedrado, entre Cuyo y San Martín.1
Allí se desarrollarían los acontecimientos más importantes de su vida: los días de la infancia y la primera juventud, el nacimiento de los ocho hijos que fueron el fruto de sus dos matrimonios, las tertulias que alimentaron el clima revolucionario de 1810 y volvieron célebre a la anfitriona, la sociabilidad política que animó la residencia durante los años en que ésta fue sede del Consulado de Francia a fines de la década del veinte y comienzos de la siguiente, cuando Mariquita estuvo casada con Jean Baptiste Washington Mendeville. Se trata de la misma casa que en tiempos de adversidad política desafió, con su trajinar de visitas a veces “sospechosas”, la vigilante mirada de la mazorca; sobre todo en los años previos a 1838, cuando finalmente la dueña decidió secundar al exilio a muchos de los amigos ya emigrados. Con todo, Mariquita volvería a esa morada una y otra vez, ya sea para instalarse en ella esporádicamente –aun en tiempos de Rosas– o definitivamente hacia el final de su vida, cuando decidió pasar rodeada de los suyos y entre aquellas paredes que albergaban los recuerdos de la infancia, sus últimos años.
Pero de estos y otros asuntos personales la cronista habla poco o nada en las memorias que escribe hacia 1860; aún cuando, como veremos, la sensibilidad político partidaria que animó a Mariquita a lo largo de la vida se filtra en su visión del mundo y de las cosas al momento de escribir. En cambio, en esas páginas ella se dedica, sí, a trazar un panorama tan somero como incisivo del pasado colonial, que después de más de cinco décadas de convulsionada vida republicana comienza a resultar lejano para la conciencia de las generaciones más jóvenes, entre las que Mariquita contaba numerosos adeptos. Es precisamente esto último lo que la decide a escribir un cuaderno de memorias que –según se sabe por tradición familiar– estuvo originalmente dedicado a ilustrar la curiosidad de un joven amigo: don Santiago Estrada, porteño veinteañero (hermano de otro querido interlocutor de Mariquita: José Manuel Estrada) quien por esos días visitaba diariamente la antigua casona de la calle Florida. Él es el mentado lector de esa obra, al cual la memorialista se dirige en segunda persona desde los primeros párrafos:
Cuánto tiempo hace que me pides una noticia sobre lo que eran estos países antes de la venida de Beresford. No sólo tú, sino muchos de mis amigos han insistido con empeño sobre esto. Pero para escribir se necesita lo que no tengo, el espíritu libre, tranquilidad al menos para no ser interrumpido a cada momento y otro carácter que el mío. Pero cedo a tus reflexiones, y escribo sólo para ti, sin método ni orden; aprovecharé los pocos momentos de mi tiempo que me dejen mis ocupaciones y te contaré lo que crea te puede divertir o interesar.2
El tono directo y a la vez confidencial de estas líneas iniciales que estuvieron extraviadas durante años –y que no están incluidas en la primera edición de los Recuerdos del Buenos Aires virreynal– introduce en el relato una cantidad de cuestiones que sin dudas estaban dando vueltas en la cabeza de Mariquita al momento de sentarse a escribir, y que ella pronuncia más o menos sesgadamente: cómo acotar el objeto de la narración y no dispersarse (la época previa a las invasiones inglesas, únicamente de eso le interesa hablar), cómo satisfacer al lector con un relato que será producto de la evocación espontánea del pasado pero no del trabajo sosegado o la dedicación (no tiene tiempo, ni tranquilidad; no están dadas las condiciones necesarias para escribir bien).
Pueden entreverse en estas líneas las autoexigencias y los temores, tanto como los pretextos que adopta la cronista para eludir los juicios severos que en su época todavía solían esgrimirse contra las mujeres que se atrevían a enarbolar la pluma en pose de escritoras: a ella le falta lo necesario para llevar adelante esta tarea que, bien hecha, requiere concentración y calma interior. De tal modo concibe Mariquita el oficio de escritor/a y, al menos en parte, habrá que creerle porque, efectivamente, esas condiciones resultan muy difíciles de conseguir para una mujer de trato como ella. Una mujer que aun anciana está siempre ocupada en organizar tertulias, en mantener relaciones con personalidades notables del ambiente local e internacional. A menudo asumiendo un rol de “mediadora” entre amigos o conocidos, para facilitar encargos o abastecer los propios intereses y los de su familia. Desde luego, una mujer así debe estar al día de todo lo que se escribe en los periódicos y lo que dicen los libros que comentan los amigos del círculo. También debe ocuparse de sostener una profusa correspondencia epistolar que a menudo la agota porque resulta interminable. Y de atender los compromisos institucionales con la Sociedad de Beneficencia, institución pública en la que Mariquita tiene desde su fundación un protagonismo decisivo, y en la que durante los últimos años de su vida se desempeña nada menos que como Presidenta (1866-1867). Todas esas son las “ocupaciones” cotidianas de Mariquita desde hace años: se trata, en suma, de un quehacer que acota el tiempo y la disponibilidad, que constriñe la escritura definiendo el tono sintético, panorámico de la narración. Es a esto a lo que alude subrepticiamente en la advertencia inicial que hace a Estrada.
Y aunque su interlocutor lo sabe de antemano porque conoce bien a la cronista, ella prefiere recordárselo y poner de relieve sus antecedentes personales, las condiciones en las que, no obstante, se decide a escribir el texto de las memorias. Lo hace para justificar las posibles falencias u omisiones pero también porque espera de su amigo un reconocimiento o una valoración justa por la tarea emprendida, que ella sólo se atreve a confiar a los más próximos. Es decir: desde la perspectiva de Mariquita, ese reconocimiento sólo puede dispensarlo un lector idóneo, capaz de comprender el verdadero sentido de esa frase inquietante, decididamente contradictoria, con la que arrancó el relato: “para escribir se necesita lo que no tengo”.
A ese lector lo encontró Mariquita en Santiago Estrada y en tantos otros contemporáneos que ponderaron fervientemente su manera de conversar o escribir. Seguiría encontrando esa clase de lectores también en el siglo XX, que la convirtió póstumamente en “autora” cuando un descendiente del joven Estrada se decidió a publicar aquellas memorias guardadas entre los archivos de familia durante poco menos de una centuria: fue Santiago Liniers de Estrada quien asumió la tarea de transcribir el texto y recomponerlo, asignando diversos subtítulos a las partes y un título general a la obra, lo que le permitió convertir el viejo cuaderno manuscrito en libro: Recuerdos del Buenos Aires virreynal lo tituló en 1953, al publicarlo bajo el sello de la editorial Ene. Tan solo un año antes Peuser había publicado un corpus importante de cartas de Mariquita hasta entonces inéditas, y un diario político escrito durante su exilio montevideano (fechado en 1840/1841) y dedicado a su joven amigo Esteban Echeverría, que permanecía aún en Buenos Aires. Muy probablemente fue esa edición la que decidió a Santiago Liniers de Estrada a sacar a la luz el viejo manuscrito.3
Puede decirse así que la impronta de una Mariquita “autora” es una invención del siglo XX. Si como se ha comenzado a pensar más o menos desde el romanticismo a esta parte, el autor/a es un individuo que escribe y publica (en el sentido de que hace imprimir su obra), Mariquita no llegó a concebirse a sí misma de tal modo sino que fueron los lectores póstumos quienes la convirtieron en autora. Lo que no debe opacar el hecho de que ella fue, desde mucho antes, una escritora que se ejercitó como tal, aunque bajo unos parámetros que eran más propios del siglo XVIII (y XVII). Cuando las grandes anfitrionas de salón se hacían famosas al otro lado del océano por las cartas deliciosas que intercambiaban con su círculo, incluso sin la necesidad de publicarlas (Geoffrin, Recamier, Sevigné, Stael, por nombrar solo algunas de las más prominentes y con las que en un momento u otro fue comparada). Y por cierto, a lo largo de su vida Mariquita escribió prolíficamente y puede decirse que con éxito (porque contó siempre con el elogio de lectores selectos), cultivó los denominados géneros breves: cartas, diarios, memorias, formas que –es preciso recordarlo– no necesariamente constituían por entonces registros “íntimos”. Porque aunque estuvieran dirigidos a un lector específico, como muestra el caso de los Recuerdos… o bien del Diario a Esteban Echeverría, esos textos proyectaban un público que no se cerraba necesariamente en el destinatario singular de la epístola, el diario o las memorias, sino que contemplaba un séquito potencialmente más amplio de lectores que estaban tácitamente habilitados para leer (en la tertulia, en casa de un amigo común, por ejemplo). Muy a menudo esos textos buscaban una clase de incidencia capaz de gravitar sobre lo público y lo político.
Por lo tanto, no debe extrañarnos que, muy a la manera del siglo XVIII en el que se había formado el carácter y la sensibilidad intelectual de Mariquita (y conviene recalcar de entrada este rasgo suyo), ella decididamente prefiriera el formato del manuscrito al del impreso, y el círculo recoleto de lectores elegidos antes que el gran público que había empezado a despuntar aquí y allá con la irrupción de la imprenta. Concebida en todo momento como un modo de expresión y comunicación indispensable con los otros, la escritura constituyó a lo largo de la vida de esta mujer rioplatense una actividad central y permanente. Un quehacer cotidiano, un verdadero “trabajo” que se sumó al de la sociabilidad cara a cara, y que contribuyó a situarla como una de las protagonistas locales de la cultura del trato: ésta es la denominación que elijo para describir el ambiente y el modo en que se movió siempre Mariquita, y que exploraremos a lo largo de este volumen. En lo que respecta particularmente a la escritora que ella supo ser, hay que resaltar que esa faceta no ha sido demasiado explorada hasta el momento por la crítica contemporánea, a pesar del esfuerzo de los editores que en el siglo XX se encargaron de hacer pública buena parte de la obra de Mariquita Sánchez.
Por eso resulta oportuno mirar en perspectiva aquella escena próxima al final, en que una cronista que se dice improvisada, apura sus memorias para darlas a un amigo antes de morir. Mariquita Sánchez fallece el 23 de octubre de 1868 en su casa natal; se sabe que los Recuerdos… habían sido escritos poco tiempo antes. El cuadro imaginario de esa mujer que escribe a solas y a ratos perdidos un texto largamente reclamado por los suyos, nos permite situar al personaje en ese perfil que lo singulariza del resto y lo proyecta, a su vez, en una dimensión múltiple que va de lo íntimo a lo público, cubriendo el plano de lo personal, lo social, lo político, lo literario. Por eso es conveniente volver a poner en foco aquella imagen y, además, porque abordar el texto de las memorias nos permite acercarnos al contexto de la infancia y la juventud de Mariquita Sánchez, tanto como a la visión que ella conserva de ese mundo hacia el final de sus días.
Portada de la primera edición en libro de Recuerdos del Buenos Aires virreynal, Prólogo y Notas de Liniers de Estrada. Buenos Aires, Ene, 1953. A la izquierda se reproduce un fragmento manuscrito de la autora.
¿Cómo describe y cómo ve Mariquita el pasado colonial?, ¿cómo lo juzga y por qué? Pero también, ¿cómo era realmente ese pasado que ella mide con juicio severo?
Estos países fueron 300 años colonias españolas. El sistema más prolijo y más admirable fue formado y ejecutado con gran sabiduría. Nada fue hecho sin profunda reflexión. Tres cadenas sujetaron este gran continente a su Metrópoli: el Terror, la Ignorancia y la Religión Católica: de padres a hijos se transmitió ese pavor. La Revolución del Cuzco, los castigos que se habían dado a los conspiradores y el suplicio al heredero del trono de los Incas, o jefe supuesto de la Revolución, de atarlo vivo sobre cuatro caballos y hacerlo así despedazar en la plaza de Oruro. Me tiembla el pulso y el corazón, sólo al escribirlo, y fueron cristianos católicos romanos los que tal mandaron y ejecutaron. [...] Este solo hecho basta para aterrar, y una vigilancia incansable sobre el menor indicio imponía siempre, nadie podía olvidarse de su posición: dado el primer paso del Terror poco hay que hacer para mantenerlo: los que han vivido bajo su peso podrán comprenderlo.4
Si hay una constante en los Recuerdos del Buenos Aires virreynal, que distingue la perspectiva de la cronista de comienzo a fin, es su visión en extremo negativa del pasado colonial. No bien iniciado el texto –en este otro párrafo que tampoco había sido incluido por Liniers de Estrada en la edición de 1953– Mariquita se refiere a ello de manera tajante, cuando evoca sucintamente la pavorosa imagen de Tupac Amaru despedazado vivo en la plaza cuzqueña. Desde el comienzo entonces, la imagen del “terror” impregna todo el relato y proyecta una perspectiva más bien lapidaria de lo que fue la colonia. Pero también hay que decir que, bien leída, esa imagen revela una alusión implícita a otra época y otra experiencia mucho más cercana y conocida por la cronista, que está aludida tácitamente al final del párrafo citado (“los que han vivido bajo su peso podrán comprenderlo”, asegura). Y quien la conoce a ella entiende que se refiere también a sí misma y a esa otra “época del terror” que le tocó vivir: la época de Rosas –que veinte años antes llevó a Mariquita Sánchez a exiliarse en la ciudad de Montevideo– inspira en la cronista su empatía con otros personajes de la historia local que también sufrieron persecuciones, vigilancias, censuras y castigos a menudo atroces.
Como sucede también con muchos de sus contemporáneos con quienes comparte esta perspectiva ideológica, Mariquita difícilmente puede eludir la denostación al rosismo y evitar que sea éste un término de comparación cada vez que se habla de atrocidades. Pero en definitiva, lo que ella desaprueba aquí o allá son las formas de coerción a las libertades individuales que, indefectiblemente, imponen las dictaduras o los imperialismos. La coerción, entonces, y también otro factor negativo que suelen traer aparejados esa clase de sistemas políticos, y que en este relato pasará muy pronto a primer plano: se trata de la restricción a los bienes de consumo, a la que estuvieron condenadas las colonias americanas durante siglos, por depender su economía del comercio obligado con la Metrópolis.
Así que una serie de conceptos: escasez, pobreza, precariedad material e ignorancia aparecen de aquí en adelante en el relato, como el común denominador de la vida en tiempos de la colonia. En ese Buenos Aires de antaño –se queja la memorialista–, la dinámica cotidiana estuvo signada por la falta de recursos: no había muebles, y la loza era cara y precaria (lo que obligaba a pedir prestado a los vecinos cuando una familia se disponía a dar en su casa una gran fiesta con numerosos invitados); los sastres eran malos y sólo muy poca gente se vestía bien; había miseria entre la gente de campo; los gauchos eran pobres, la gente era pobre; el azúcar llegaba de la Habana y la sal no se conocía. A tal punto Mariquita ensalza la precariedad colonial, que cae de pronto en algunas ejemplificaciones extremas intentando corregir lo que considera son malas interpretaciones que se hacen de la época. Por ejemplo, explica que si bien no era frecuente que se robaran los caudales del rey cuando eran transportados por los caminos de la pampa, de ciudad en ciudad, esto no se debía propiamente a la falta de ladrones, sino a que éstos no habrían tenido cómo ni dónde esconder su botín, en medio de la nada:
¿Dónde llevaban esos tesoros, para dónde los embarcaban, en ríos en que ni una canoa había? […] Todo estaba calculado por España, con una admirable sabiduría. Estos países eran sujetos con grillos de oro y la mayoría ni comprendía que estaban presos.5
Desde luego, los que sí comprendían tal cosa “sufrían el martirio” de ver las dificultades y limitaciones a las que estaban expuestos por habitar en tierras americanas, protesta esta cronista. Y sugiere que la política imperial sabía imponer bien su yugo a los colonizados. Modificar ese sistema llevaría no sólo tiempo –como se ocupa de mostrarlo más adelante– sino condiciones o circunstancias que le abrieran los ojos al pueblo y lo impulsara a rebelarse. Entretanto, el panorama cultural seguía siendo más bien desolador en ese Buenos Aires de antaño: las distracciones, por ejemplo, eran tremendamente escasas, asegura Mariquita. Se limitaban a las riñas de gallo y a las funciones eclesiásticas pautadas por los días de santos y las fechas religiosas; de lo que se desprende que la mentalidad de la gente era muy pueblerina y rudimentaria. La educación: pobre, atrasada, deficiente; las mujeres llevaban la peor parte: estaban condenadas a obedecer la voluntad de los padres a la hora de elegir marido, porque los matrimonios se arreglaban según la conveniencia económica de las familias; nada tenía que ver el amor o la afinidad intelectual con las parejas que se formaban. De todo esto Mariquita deduce una sentencia breve y categórica: en esa colonia donde a ella misma le tocó nacer y crecer, “la vida era triste y muy monótona”.6
Buenos Aires, 1776.
Aunque el juicio parezca excesivo y un tanto arbitrario, no debe sorprendernos esta sensibilidad crispada de Mariquita ante la falta de consumos, comodidades y bienes suntuarios. Más bien hay que recordar que la que así escribe y opina es la hija de un rico comerciante español, casado con una de las mujeres de mayor fortuna en el Buenos Aires de fines del siglo XVIII. Cuando don Cecilio toma por esposa a Magdalena, el 22 de mayo de 1771 en la iglesia porteña de la Merced, ella era ya la beneficiaria (junto con su primer hijo que moriría algunos años después) de toda la herencia de Manuel del Arco y Sodevilla que, tras su muerte, se ocuparían de administrar primero el padre de Magdalena, don Domingo Trillo, y después el segundo esposo de la señora.7 Así que Mariquita debió gozar de muchos privilegios económicos durante su niñez. Pero también debió sufrir las limitaciones que incluso a las niñas ricas como ella le imponía la dinámica colonial, en esta comarca americana donde el comercio con el mundo que no fuera España estuvo sujeto durante larguísimo tiempo a la ley del contrabando.
En este punto hay que decir que los inventarios familiares que se registran en testamentos y documentaciones de archivo de los parientes directos de Mariquita Sánchez (de quienes heredó fortuna), en parte corroboran y en otras desmienten las quejas que ella profiere en los Recuerdos... El de Manuel del Arco por ejemplo (y más tarde el de su abuelo Domingo Trillo), que era un hombre rico y respetado en su ambiente, incluye cantidad de menciones a ropas usadas, viejas y remendadas, piezas de lienzo ordinarias, mesas y mesitas de diversos tamaños, sillas, taburetes ordinarios con asientos y espaldar de banquetas, baúles viejos, calzones viejos. Son elementos, todos estos, que recuerdan que en la mesurada economía colonial rioplatense de fines del XVIII era preciso aprovecharlo todo (como sugiere Mariquita en los Recuerdos) y no sucumbir al desperdicio.8 Así, lo viejo, lo ordinario o lo usado también conservaban su lugar, su perdurabilidad, su funcionalidad: todo podía ser reciclado en diversos momentos o por diferentes sujetos de la casa que aprovecharían esos materiales hasta agotarlos.
Y sin embargo, es cierto también que esos mismos inventarios familiares dejan constancia de la riqueza e incluso de la opulencia colonial, que la propia Mariquita evoca rápida y críticamente en sus memorias cuando recuerda a las familias que “guardaban” sus tesoros e inculcaban en sus hijos la avaricia:
Voy a hacer un paréntesis para decir aquí algo que parecería ahora muy raro. Este señor Anchorena tenía su caudal en botijas de barro. Las llenaba de pesos fuertes y las tapaba y las tenía en un cuarto como si fueran de aceite. Él solo tenía su secreto, él solo tenía su casa y su comercio. Vivía, en apariencia, sin ninguna ostentación ni comodidad; como vivía cualquiera y aún con menos regalo que otros más pobres. Sus hijos no tenían ni regalo, ni dulzura; les daban la educación de aquel tiempo, llena de severidad. El placer de tener dinero, entonces, era en muchos, para dejarles a sus hijos una buena herencia y mientras, les enseñaban a guardar.9
El fragmento puede asociarse con otro pasaje incluido en un texto célebre del siglo XIX argentino: Recuerdos de provincia de D. F. Sarmiento (1850), quien para ilustrar la importancia del oro en el pasado virreinal evoca un episodio de la infancia de su madre, doña Paula Albarracín. La anécdota la retrata subida a los brazos de una negra criada de la casa, espiando con deleite durante las horas de la siesta, un ritual que se llevaba a cabo tan sólo una vez al año en casa de los vecinos: otra familia rica que, tras haber cerrado férreamente las puertas que daban a la calle, sacaba al patio un gran caudal de monedas de oro y joyas que componían el tesoro familiar (y que había estado bien guardado y escondido en los sótanos hasta entonces) para “asolearlos” al aire libre. En el relato de Mariquita, como en el de Sarmiento, se verifica inexorablemente una sentencia que el autor de Recuerdos deduce de esta anécdota: “los colonos tenían su manera de ser, y atesoraban peso sobre peso”, aún a riesgo de privarse de las comodidades que la fortuna podía proporcionar a los más ricos.
Mariquita coincidiría la mayoría de las veces con este parecer. Aunque en el caso de su familia de origen y, poco después, de la que ella misma conformaría tras contraer matrimonio, no se puede decir que la “avaricia” haya sido jamás una escuela que haya moldeado el carácter de los suyos. Por el contrario, veremos más adelante que sus descendientes se quejarían mucho de la facilidad de esta mujer para “gastar” incluso lo que no tenía, con tal de mantener y ostentar su posición social de nacimiento.
Pero yendo por ahora a los orígenes de esa fortuna familiar, en el inventario de don Manuel del Arco y Sodevilla (hermano del famoso Marqués del Arco Hermoso y primer esposo de su madre, de quien Mariquita heredó gran parte de su fortuna), el oro, la plata y los diamantes refulgen sin cesar: en su testamento, Del Arco declara la cadena de diamantes que le había regalado a su esposa por ser “virtuosa” (lo que, dicho sea de paso, nos recuerda cuáles son los parámetros con los que se medía la virtud femenina en épocas coloniales). Y registra también los “toneles de oro y plata” que constituyen las reservas, el pilar o el salvaguardo de la riqueza familiar. Junto a ellos aparecen contabilizados también otros objetos, prendas y personas: la cantidad de criados de la casa; las ropas finas, las sedas y los terciopelos, la vajilla fina importada (un cajoncito que contiene una tasa ponchera de china sin tapa), los espejos de vestir de vara de luna con marcos dorados que adornan el solar, los rasos y las bayetas vendegay de Toledo y Sevilla, las lanas de Inglaterra y las piezas de Ruán abramantado, las sedas blancas para hombres de Francia a la inglesa, las medias de seda de Génova para hombres, las bombillas de oro y plata, los mates forrados en plata, las hebillas de corbatín con piedras de Francia y los botones de oro para camisa de hombre.
A saber, un rico repertorio de prendas y enseres que solventa la posición de esta familia acaudalada del Buenos Aires finicolonial. Por lo demás, una familia que –como es de esperar y como lo demuestra también este inventario– supo oportunamente rendir su tributo a la monarquía y a la religión católica: dos retratos del rey y de la reina, un misal y algunos libros religiosos que sin dudas debió heredar y quedarse para sí –lo mismo que el resto de los caudales– doña Magdalena Trillo al enviudar, coronan el inventario de Manuel del Arco y Sodevilla. Junto con algunas resmas de papel dorado y plateado, una papelera de jacarandá y un estante para papeles con su mesa de cedro sin cerradura, los bienes de este hombre legados a sus descendientes dan cuenta de todo lo que resultaba “necesario” para cubrir el modo “digno” de vivir de los hombres y las mujeres de la elite, en una colonia española a fines del 1700.10
Con todo, cabe agregar que tanto en los inventarios que describen el patrimonio de Del Arco como, después, en el inventario del abuelo materno de Mariquita: don Domingo Trillo (a quien también hereda doña Magdalena y más tarde su hija) llamativamente no aparecen menciones a libros (excepto los sagrados) sino tan solo papeles y pequeños muebles donde guardarlos. Probablemente porque los testantes prefirieron no hacer mención a ellos en honor a las prohibiciones que regían en la época para muchos libros venidos de Europa (que entraban por contrabandos y circulaban entre los lectores cultos de la elite). O tal vez porque simplemente no los tenían: quizá el nivel de riqueza de Del Arco no se correspondiera con su cultura.
Pero resulta más difícil pensar eso mismo de don Cecilio Sánchez de Velazco, que llegó a ostentar títulos nobiliarios. Participó del gobierno municipal en varias ocasiones, fue comisionado del Cabildo, segundo cónsul del Consulado de Buenos Aires en 1794 y administró la casa de Niños Expósitos en 1780. Como acaudalado comerciante de Buenos Aires participó en tertulias y se codeó con la alta burguesía y los letrados porteños de su época. En todo caso, no parece desacertado pensar que tanto el padre como la hija accedieron de prestado –lo que era bastante común en la época– a los libros de algunas bibliotecas particulares de amigos de la familia. Podría ser el caso de la librería particular del obispo Manuel Azamor y Ramírez, muy cercano a la casa de los Sánchez de Velazco y poseedor de una riquísima biblioteca que tras su muerte y la de su esposa fue abierta al público para convertirse en el primer establecimiento de la ciudad que ofrecía libros a quienes quisieran consultarlos. Más tarde, tras la revolución, la colección completa de Azamor y Rodríguez pasaría a integrar el patrimonio de la Biblioteca Pública de Buenos Aires desde el momento en que la Primera Junta de Gobierno dispuso la fundación de ese organismo, el 7 de septiembre de 1810.11
En definitiva, si Mariquita leyó algunas obras de las bibliotecas de amigos durante los años de su primera juventud es difícil saberlo a ciencia cierta. Pero se sabe, en cambio, que aprendió a leer en casa, junto a su padre. Y que llegó a tener una instrucción refinada que superaba lo que era habitual para las mujeres de la época. No es difícil imaginarla como una de esas pocas y selectas lectoras de los periódicos que circulaban en la Buenos Aires del 1800: lectora no sólo de las Gacetas españolas que llegaban al Río de la Plata y comentaban dentro y fuera de las tertulias, entre los hombres públicos y las familias de la elite. También de los primeros diarios locales como El Telégrafo Mercantil, Rural,Político, Económico e Historiográfico del Río de la Plata, publicado por Vieytes en 1801-1802, el Semanario de Agricultura, Industria y comercio (1802) o el Correo del Comercio (1807). Más tarde, ya casada e involucrada en las contiendas y fervores revolucionarios, Mariquita leería orgullosa las páginas de la prensa patriótica que alentaba el nuevo régimen republicano a través de la prosa de Mariano Moreno: La Gaceta de Buenos Aires, publicada por disposición de la Primera Junta de Gobierno en 1810. Y leería también el paquete de publicaciones periódicas que le siguieron, y en cuyas páginas empezaba a concebirse a las mujeres en calidad de “lectoras”, a veces, incluso, de colaboradoras: El Grito del Sud (1812-1813), Mártir o Libre (1812), El Observador Americano (1816) se cuentan entre ellos. Es imposible pensar que Mariquita no leyera esos materiales; de hecho, en los Recuerdos del Buenos Aires virreynal hace una referencia pasajera a los periódicos, para describirlos como unos “diarios como libros que venían de España”.12
Aunque muy joven para entonces, Mariquita Sánchez ya era parte, cada vez más comprometida, de ese público incipiente y minoritario al que apelaban los publicistas de la época; menos preocupados, éstos últimos, por “informar”, que por adoctrinar a los lectores americanos en las “nuevas ideas” políticas y económicas que procuraban poco a poco adoptar del viejo mundo –y adaptar a las necesidades del contexto americano en el que se movían–. Muy preocupados, en cambio, por empezar a ampliar un lectorado que por aquél entonces se veía todavía completamente restringido a una pequeña elite, la cual se proponía oficiar como mediadora y maestra de los iletrados a la hora de difundir nuevas ideas y conocimientos.13 Pero sabemos que Mariquita era capaz de leer por sí misma las páginas de los periódicos locales y extranjeros y, por ende, estaba al tanto de ese nuevo clima de ideas que se filtraba en los ambientes de la elite que ella frecuentaba a diario. Lo que sin embargo no le impidió muchos años más tarde –al momento de escribir los Recuerdos…– protestar por la pésima educación que consideraba habían recibido otrora las mujeres de su tiempo. Y más aún, no le impidió denostar los modos y las maneras en que a fines de la época colonial solía impartirse la alfabetización primaria entre quienes tenían la suerte de acceder a ella:
La Ignorancia era perfectamente sostenida. No había maestros para nada, no había libros sino de devoción e insignificantes, había una comisión del Santo Oficio para revisar todos los libros que venían, a pesar que venían de España, donde había las mismas persecuciones; esto se llamaba expurgar y solo se permitía sacarlos de la Aduana después de este examen; muchas diligencias se hicieron para tener el permiso de abrir una Escuela de Dibujo, no lo consiguieron: ya debes de conocer lo que sabían las gentes, leer, escribir y contar, lo más.
Para las mujeres había varias escuelas que ni el nombre de tales les darían ahora. La más formal donde iba todo lo más notable era una vieja casa, donde es ahora lo de don Francisco del Sar. La dirigía doña Francisca López, concurrían varones y mujeres. Niñas desde cinco años y niños varones hasta quince, separados en dos salas, cada uno llevaba de su casa una silla de paja muy ordinaria hechas en el país de sauce; éste era todo el amueblamiento, el tintero, un pocillo, una mesa muy tosca donde escribían los varones primero y después las niñas. Debo admitir que no todos los padres querían que supieran escribir las niñas, porque no escribieran a los hombres; estas sillas ordinarias que ni para muestra hay ahora, no era fácil tenerlas tampoco porque había pocas, todos los oficios eran miserables, así muchas niñas se sentaban en el suelo sobre una estera de esas de esparto. Había una mesita con un nicho de la Virgen donde se decía el bendito a la entrada y a la salida. Este era todo el adorno de la principal sala y en un rincón la cama de la maestra: el solo libro era el Catecismo, para leer en carta cada niña o niño traía de su casa un cuaderno que les escribían sus padres, y se le decía el proceso: todo lo que se enseñaba era leer y escribir y las cuatro primeras reglas de la aritmética, y a las mujeres coser y marcar: y unos […] que eran entonces una cosa notable. Había algunos pardos que enseñaban la música y el piano, éste era el solo adorno para las niñas, era para lo solo que había maestros, muy mediocres. No puedes imaginarte la vigilancia de los padres para impedir el trato de las niñas con los caballeros, y en suma en todas las clases de la sociedad había vanidad en las madres de familia en este punto.14
Sigamos la vida de los pobres niños de ese tiempo [...] Había una escuela en la que se daban azotes todo el día. El refrán era: la letra con sangre entra. Se le daba la lección; ¿no la sabía? Seis azotes y estudiarla, ¿no la sabía?, doce azotes; él la ha de saber.
Este era el sistema de un Don Marcos Salcedo, que tenía tal placer en dar azotes, que se contaba como una gracia, que un día en que había la función de la Recoleta, con la que deliraban los muchachos, empezó por preguntar a cada uno si quería ir. Unos decían que sí, otros que no, de miedo; sólo a uno se le ocurrió decir: lo que el señor maestro quisiera. Dio la orden de dar seis azotes a los que querían ir; doce a los que habían dicho que no querían ir, porque habían mentido; y sólo fue exceptuado, el que se había sujetado a la voluntad del maestro. Se admira uno de pensar lo que pueden las ideas de un deber, equivocadas. ¡Que hubiera padres que tal toleraran!15
Está claro que Mariquita no ve en la colonia más que atraso y brutalidad. Y aunque pondera brevemente la educación y la moral de los abogados que se formaban en los recintos más altos de las instituciones americanas: la Universidad de Córdoba y la de Chuquisaca (“no se podría citar un abogado de aquella época sin hacer su elogio; conducta intachable, probidad, gran instrucción y facilidad para expresarse, eran las dotes con que estaban adornados”, sostiene Mariquita16), lo cierto es que su mirada sobre el pasado colonial no sólo es negativa sino que además omite casi por completo cualquier referencia a las novedades culturales que en el último cuarto del siglo XVIII empezaron a introducir una renovación paulatina y lenta pero decisiva en las costumbres porteñas. Quiero decir que Mariquita Sánchez decide no hablar de cómo las ideas ilustradas y el liberalismo económico habían empezado a conmover el modo de pensar de un conjunto de personas que formaban parte de la elite letrada porteña, y a los cuales ella y su familia llegaron a conocer muy bien: Belgrano, Lavardén, Moreno, Vieytes, entre otros, conformaban para la época una acotada pero nítida vanguardia intelectual que confiaba plenamente en el provecho que podría sacarse de “las luces” en esta parte del mundo (instrucción popular y aplicación de las fórmulas de los fisiócratas son algunas de las propuestas que defendían estos hombres). En rigor, a algunos de esos personajes llega a mencionarlos Mariquita al pasar, cuando alude a los abogados de su tiempo: Leiba, Cañete, Lavarden, Castelli, Pacheco y otros hombres “merecían el título de sabios”, asegura entonces.17 Sus ideas los habían impulsado tempranamente a escribir columnas de corte filosófico y adoctrinador en los primeros diarios porteños, y a persuadir a los lectores de que la inversión en el agro y la ganadería daría a la región “progreso” y “felicidad”.18
Con todo, aunque Mariquita emula a aquellos hombres como a los “sabios” de su época, y protesta que la historia no los “ha elogiado (aún) como debía”, en su relato no profundiza para nada al respecto. Como tampoco menciona o se detiene en otros personajes clave del pasado finicolonial: don Baltasar Maziel, por ejemplo, que desde las flamantes aulas del colegio de San Carlos –fundado en 1783 tras la expulsión en Córdoba de los jesuitas (1770)– impartía a los estudiantes porteños el significado y el valor de esas nuevas ideas. Y no hace referencia alguna –en las páginas de los Recuerdos…– a los primeros círculos ilustrados que tuvieron lugar en el Río de la Plata: la Sociedad Patriótico-Literaria de la que Maziel formó parte y que se agrupa en torno al periódico con la convicción de que era preciso alfabetizar al pueblo.19 Mariquita nada dice acerca de cómo se filtraban estas nuevas ideas en el clima cotidiano de las tertulias de la elite. O de cómo la prensa escrita impactó en ellas y en las dinámicas o los temas conversacionales a partir de 1801. Y, por cierto, llama la atención que en su relato no se adentre jamás en el tópico de las tertulias, habiendo sido ella misma una de las más eximias anfitrionas desde edad temprana.
En suma, esta cronista no habla de la renovación cultural que se inauguró en la región más austral de América a partir de la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776, y tampoco de los cambios comerciales que trajo a la economía de la región la Ordenanza de Libre Comercio promulgada dos años después, en 1778. Este nuevo código logró abrir por fin el puerto de Buenos Aires al comercio directo con España y sus colonias (que hasta entonces habían estado limitadas a los intercambios con Lima). Desde ese momento bajaron los impuestos y aumentó notablemente el flujo naviero en la región del Plata, si bien es cierto que las transacciones con el resto del mundo (que no fueran España o sus colonias) seguían dependiendo estrictamente del contrabando.20
Cuando a comienzos del siglo XX Ricardo Rojas se refiere –en su clásica Historia de la literatura argentina– a esta etapa, afirma lo siguiente: “A partir de la creación del Virreinato, Buenos Aires va a empezar a tener su propia corte (en confrontación a Lima, que pierde poderío): un periódico, una sociedad literaria, un teatro, un colegio superior”.21 Está claro que para Rojas, en el Río de la Plata ésta es una etapa francamente “modernizadora” cuyos alcances, según él, llegarían hasta la época rivadaviana. En cierto modo, esa perspectiva se toca con la de otros historiadores contemporáneos: entre ellos Juan Carlos Chiaramonte, quien sostiene que la “modernización” estaba directamente relacionada con la introducción progresiva del “laicismo” en la región del Plata. Más precisamente, con el modo como la irrupción del pensamiento ilustrado logró, si no desplazar, al menos sí socavar los firmes pilares de la religión católica que habían dominado y ordenado, hasta muy entrado el siglo XVIII, el ritmo político de la colonia. En este sentido puede decirse que la expulsión de los jesuitas de la ciudad de Córdoba, en 1767, así como la fundación del nuevo virreinato tan sólo nueve años más tarde, abrieron el camino a una serie de hechos que irían sustanciando ese cambio: el traslado a Buenos Aires de la imprenta que había sido de los jesuitas (1780) y en la que se publicarían los primeros periódicos locales, antes y a partir de la revolución; la apertura de la escuela de San Carlos (1783) donde se educarían los hombres del clero y los doctos; la fundación de la sala de Teatro o de la escuela de Dibujo con orientación técnica (1799) entre otras innovaciones culturales.
Pero, significativamente, Mariquita no alude a todas estas cuestiones. Y no lo hace porque lo que ella se propone en sus Recuerdos… es trazar una imagen sombría –si no negra– de la época colonial, para contrastarla dramáticamente con las mejoras que trajo aparejada la revolución de 1810, de la que ella sería partícipe y ferviente defensora. Podría decirse que en su relato, “atraso” y “progreso” se miden con los mismos parámetros que animarían al cambio revolucionario a los letrados de aquella época: religión vs. laicismo; monopolio vs. libertad de comercio; ésas son las variables que decidieron la alternativa por el pasado o el futuro, respectivamente. Pero Mariquita reconoce finalmente que el gran cambio de paradigmas políticos que significó el advenimiento de la república no irrumpe propiamente en mayo de 1810 sino que efectivamente se inició un poco antes, a partir de un par de acontecimientos históricos que determinarían un cambio de idiosincrasia en la sociedad. Desde la perspectiva de Mariquita, fueron los ingleses quienes trajeron al Plata la luz del progreso; despertaron el alma dormida de un pueblo sometido que estaba privado de bienes de consumo, y que en el contacto con los invasores visualizó al fin otro destino posible para la región:
Los ingleses han hecho a este país mucho bien, es justo decirlo. Nos trajeron la luz, el amor al confort, las comodidades de la vida, todas; el aseo en todo. No puede haber un contraste más completo, que el cuadro de este país cuando vinieron los primeros ingleses. [...] Es preciso ser justos, a ellos les debemos las primeras comodidades de la vida. ¡Qué placer tuvimos al ver un jabón fino! ¡Un lindo mueble, un buen ropero! Pues, lo más, se guardaba en baúles o en cómodas del Janeiro, bien toscas.22
Y se despacha algunas páginas después con una descripción aún más detallada de la entrada de esos “lindos enemigos” al puerto de Buenos Aires:
Te voy a contar lo que entraba por la Plaza: el regimiento 71 de Escocés, mandado por el general Pack; las más lindas tropas que se podían ver, el uniforme más poético, botines de cintas punzó cruzadas, una parte de la pierna desnuda, una pollerita corta, unas gorras de una tersia de alto, toda formada de plumas negras y una cinta escocesa que formaba el cintillo; un chal escocés como banda, sobre una casaquita corta punzó. Este lindo uniforme, sobre la más bella juventud, sobre caras de nieve, la limpieza de estas tropas admirables, ¡qué contraste tan grande! [...]. Sí, este pueblo quedó sorprendido de la toma por los ingleses; de ver un ejército que entonces no había visto otro más grande; de ver una escuadra y lleno el río de buques grandes, que nadie creía podía tener agua o fondo; de ver los géneros, los muebles ingleses y mil objetos de agrado y comodidad que no conocían. Pues, a la expedición de Beresford, se habían agregado algunos buques mercantes.23
Mariquita describe con deleite a los bellos ingleses bien vestidos que impactan la sensibilidad de los criollos y los cautivan con su belleza, mientras marca el “contraste” con las milicias de Buenos Aires: muy pobres, sucias, rotosas en el vestir, desaliñadas (“es preciso confesar que nuestra gente del campo no es linda –asegura– es fuerte y robusta pero, negra. Las cabezas como un redondel, sucios [...] todos rotos, en caballos sucios, mal cuidados; todo lo más miserable y más feos”24). Los ingleses llegan ataviados y regalados de productos prácticamente desconocidos o al menos inaccesibles para los porteños; hasta sus buques invasores dibujan a los ojos de los criollos la postal de un río cuyas aguas parecen más ricas y profundas bajo su estela (estaba “lleno el río de buques grandes, que nadie creía podía tener agua o fondo”). Según Mariquita, esos ingleses invasores fueron los responsables de encender el fuego y la mecha libertaria de la emancipación, en los pobladores del Plata. Porque aunque los criollos le opusieron resistencia y guardaron tributo por algunos años más al soberano español, conocieron entonces, al vislumbrar la prestancia de aquellas tropas enemigas, no sólo su propia ansia de consumo y bienestar económico, sino también la fuerza de la que eran capaces como sociedad: conocieron, sin ir más lejos, su capacidad para improvisar y poner en marcha a las milicias porteñas que empezarían a organizarse desde entonces. Al cierre del relato, Mariquita lo expresa así:
[…] ésta fue una gran lección para este pueblo; ¡fue la luz! ¡Cuántas cosas habían visto y aprendido en tan corto tiempo! Vino la segunda lección y fue mayor el adelanto. Ya este pueblo conoció lo que podía hacer y pensó en sí mismo.25
Colmada de idealismo al recordar ese momento crucial del pasado en el que tuvo parte y del que fue testigo, Mariquita confirma a su modo lo que mucho tiempo después la historiografía argentina se ocuparía de enseñar: que el momento de las invasiones resultó efectivamente una instancia decisiva, un antecedente que abrió el camino a la revolución de mayo. Porque efectivamente –y como lo sostiene Tulio Halperin Donghi en un estudio ya clásico: Revolución y guerra–, la llegada a Buenos Aires de las tropas inglesas propició las condiciones para que comenzaran a organizarse las milicias locales. Según Mariquita y otros contemporáneos ese fue también el disparador que alentó el ansia emancipatoria.26 Pocos años después, ambos factores permitirían concretar una revolución de la que Mariquita Sánchez sería parte activa y fervorosa.
Mariquita Sánchez, retratada por Jean Philippe Goulu. Museo Histórico Nacional.
Ahora bien, es en ese contexto pleno de transformaciones culturales que se abre con el siglo XIX, cuando hay que situar también los primeros hechos relevantes en la vida íntima y sentimental de Mariquita Sánchez. Hechos a los cuales los Recuerdos… no hacen referencia alguna porque, como es evidente, esas páginas se proponen recuperar una época histórica más que un pasado personal; es decir, no ofrecen un relato autobiográfico sino que la propia vida de la cronista sirve de guía para configurar una narración de tipo memorialista. Pero los hechos a los que nos referimos y que transcurrieron entre los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX marcan un antes y un después en la historia personal de Mariquita. Puede decirse que con ellos se inicia la saga de una mujer que a lo largo de toda su vida se aprontaría a dar batalla a la adversidad, cada vez que algo o alguien se opusiera a lo que consideraba justo y apropiado para su propio destino o el de su patria.
