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Porfirio Díaz escribió estas Memorias, contando su vida entera desde su nacimiento hasta julio de 1867. En ellas reserva el primer capítulo a sus antepasados. Se incluyen, además, trece años de sus aventuras militares, hasta el momento en que fue candidato a las elecciones presidenciales de su país, por primera vez. Porfirio Díaz fue un líder mexicano que desarrolló una intensa actividad militar y política durante la segunda mitad del siglo XIX. Participó en dos conflictos bélicos: - la guerra de Reforma (1858-1861); - y la guerra contra el Segundo Imperio Mexicano (1863-1867).Se rebeló contra el gobierno federal en dos ocasiones: la primera contra el presidente Benito Juárez, en 1871; y, posteriormente, contra Sebastián Lerdo de Tejada, en 1876. Porfirio Díaz fue cuatro veces gobernador de Oaxaca y nueve veces presidente de México, entre 1876 y 1911. Su larga gestión de gobierno ha sido motivo de controversia: unos historiadores resaltan el crecimiento económico sin precedentes que registró la economía mexicana bajo su mandato; otros ponen el foco en su autoritarismo, la manipulación electoral y la expropiación de los ejidos, que condenó a los indígenas a vivir en la pobreza y la indigencia. La figura de Porfirio es clave en la historia mexicana: polémica, aclamada y cuestionada por igual.
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Seitenzahl: 707
Veröffentlichungsjahr: 2010
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Porfirio Díaz
Memorias
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Título original: Memorias.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de la colección: Michel Mallard.
ISBN rústica ilustrada: 978-84-9953-581-4.
ISBN tapa dura: 978-84-9953-382-7.
ISBN ebook: 978-84-9953-337-7.
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Créditos 4
Memorias 13
Capítulo I. Antepasados-Infancia 15
Capítulo II. Adolescencia-Estudios 21
Capítulo III. Lucha por La vida. 1852 a 1853 29
Capítulo IV. Don Marcos Pérez 33
Capítulo V. Revolución contra el gobierno del general Santa Anna 41
Capítulo VI. Jefatura política de Ixtlán 49
Capítulo VII. Ixcapa 55
Capítulo VIII. Primer sitio de Oaxaca 63
Capítulo IX. Asalto de Oaxaca 71
Capítulo X. Tehuantepec 75
Capítulo XI. Tehuantepec 83
Capítulo XII. Tehuantepec 91
Capítulo XIII. Mitla 101
Capítulo XIV. Segundo sitio de Oaxaca 105
Capítulo XV. Ixtepeji 109
Capítulo XVI. Hacienda de San Luis 113
Capítulo XVII. Félix Díaz 121
Capítulo XVIII. Salida del Estado de Oaxaca 125
Capítulo XIX. Garita de Tlaxpana 129
Capítulo XX. Jalatlaco 131
Capítulo XXI. Pachuca 137
Capítulo XXII. Intervención francesa 139
Capítulo XXIII. Acultzingo 143
Capítulo XXIV. Puebla 149
Capítulo XXIV Bis. Orizaba y El Borrego 163
Capítulo XXV. Sitio de Puebla 167
Capítulo XXVI. Manuel González 171
Capítulo XXVII. Sitio de Puebla 173
Capítulo XXVIII. Sitio de Puebla 189
Capítulo XXIX. Batalla de San Lorenzo 195
Capítulo XXX. Rendición de Puebla 197
Capítulo XXXI. Primera evasión de Puebla 201
Capítulo XXXII. Evacuación de la Capital 203
Capítulo XXXIII. Ejército del Centro 207
Capítulo XXXIV. Marcha para Oaxaca 211
Capítulo XXXV. Llegada a Oaxaca 215
Capítulo XXXVI. Invasión de Ortega al Estado de Chiapas 219
Capítulo XXXVII. Maximiliano y los franceses 221
Capítulo XXXVIII. San Antonio Nanahuatipan 227
Capítulo XXXIX. Invitación del general Uraga para servir a Maximiliano 231
Capítulo XL. Patentes de corso 239
Capítulo XLI. Preparativos para el sitio de Oaxaca 241
Capítulo XLII. Sitio de Oaxaca por el general Bezaine 247
Capítulo XLIII. Rendición de Oaxaca 253
Capítulo XLIV. Conducción a Puebla como prisionero de guerra 257
Capítulo XLV. Prisión en Puebla 259
Capítulo XLVI. Segunda evasión de Puebla 265
Capítulo XLVII. En camino de Puebla para el rancho del coronel Bernardo García 271
Capítulo XLVIII. Tehuitzingo 275
Capítulo XLIX. Piaxtla. 23 de septiembre de 1865 277
Capítulo L. Tulcingo 279
Capítulo LI. Visita al general Álvarez en La Providencia 281
Capítulo LII. Ocupación de Tlapa 285
Capítulo LIII. Comitlipa 287
Capítulo LIV. Operaciones contra Silacayoapan y Tlaxiaco 289
Capítulo LV. Reposición en el mando de la Línea de Oriente 297
Capítulo LVI. Lo de Soto 305
Capítulo LVII. Pinotepa y Jamiltepec 309
Capítulo LVIII. Putla 313
Capítulo LIX. Prórroga del periodo constitucional del señor Juárez 317
Capítulo LX. Pláticas con el general Trujeque 321
Capítulo LXI. Chiautla-Tlaxiaco 323
Capítulo LXII. Operaciones militares 331
Capítulo LXIII. Huajuápan de León 339
Capítulo LXIV. Regreso a la campaña del coronel Félix Díaz 345
Capítulo LXV. Nochixtlan 347
Capítulo LXVI. Miahuatlán 351
Capítulo LXVII. Cuarto sitio de Oaxaca 363
Capítulo LXVIII. La Carbonera 367
Capítulo LXIX. Quinto sitio y toma de Oaxaca 377
Capítulo LXX. La Chitova 381
Capítulo LXXI. Tequisixtlan 383
Capítulo LXXII. Don Justo Benítez 387
Capítulo LXXIII. Canje de prisioneros arreglado con el mariscal Bazaine 393
Capítulo LXXIV. Armas enviadas por nuestro ministro en Washington 401
Capítulo LXXV. Don Juan Pablo Franco 405
Capítulo LXXVI. Marcha sobre Puebla 407
Capítulo LXXVII. Solicitud de Maximiliano por conducto de Mr. Bournof 411
Capítulo LXXVIII. Ixcaquistla, Tepeaca y Huamantla 413
Capítulo LXXIX. Tercer sitio de Puebla 415
Capítulo LXXX. Preparativos para el asalto de Puebla 419
Capítulo LXXXI. Asalto de Puebla 427
Capítulo LXXXII. Capitulación de los cerros de Guadalupe y Loreto 433
Capítulo LXXXIII. Don Vital Escamilla 441
Capítulo LXXXIV. San Diego Notario 443
Capítulo LXXXV. San Lorenzo 447
Capítulo LXXXVI. Principios del sitio de México 453
Capítulo LXXXVII. Sitio de México 457
Capítulo LXXXVIII. Sitio de México 465
Capítulo LXXXIX. Últimos días del sitio de México 469
Capítulo XC. Rendición de las fuerzas Austro-húngaras 473
Capítulo XCI. Sitio de México 475
Capítulo XCII. Rendición de México 479
Capítulo XCIII. Ocupación de México 483
Capítulo XCIV. Don Santiago Vidaurri 485
Capítulo XCV. Entrada del presidente Juárez a la ciudad de México 487
Capítulo XCVI. Cuentas del Ejército de Oriente 493
Apéndice. Documentos del 1 al 10 495
Apéndice. Documentos del 11 al 20 513
Apéndice. Documentos del 21 al 30 527
Apéndice. Documentos del 31 al 39 547
Apéndice. Documentos del 40 al 47 561
Apéndice. Documentos 48 y 49 577
Libros a la carta 603
1830 a 1836
Nací en la ciudad de Oaxaca el 15 de septiembre de 1830. Mi padre fue José Faustino Díaz y mi madre, su esposa, Petrona Mori. Aunque de origen español, mi padre era de los que llamamos raza criolla, es decir, con alguna mezcla de sangre india. Mis abuelos paternos fueron Manuel Díaz y Marcela Bohórquez, ambos de Oaxaca; y mis abuelos maternos Mariano Mori y Tecla Cortés, de Yodocono.
Mi bisabuelo materno vino de Asturias y se casó con una india del pueblo de Yodocono, parroquia de Tilantongo, Distrito de Nochistlán, del Estado de Oaxaca; de manera que mi madre tenía media sangre india de raza mixteca. Después de algún tiempo mis abuelos maternos se establecieron en la ciudad de Oaxaca en donde se casó mi madre. Mi padre era herrador y veterinario de profesión y antes de casarse, siendo muy joven, había servido en un Regimiento como mariscal.
Cuando mi padre se casó, por el año de 1808, era dependiente de una empresa de minas que tenía las haciendas de beneficio de metales y minas anexas de Cinco Señores, San José y el Socorro, situadas en el Distrito de Ixtlán, llamado hoy Villa Juárez porque en uno de sus pueblos, San Pablo Guelatao, nació don Benito Juárez. Esas haciendas pertenecían a la catedral de Oaxaca: más tarde las arrendó una compañía inglesa y por último, siendo yo jefe político de Ixtlán, se las adjudiqué al licenciado don Miguel Castro, quien las denunció en virtud de las leyes de Reforma que nacionalizaron los bienes de la iglesia.
Mi padre era dependiente de confianza de la compañía minera, y con una pequeña escolta que él mismo había armado, conducía plata de las haciendas a Oaxaca, y de retorno, dinero para las rayas. El general don Vicente Guerrero dio a mi padre, durante la guerra de Independencia, un nombramiento de capitán, por haberle servido como mariscal o veterinario.
Mi padre era pobre cuando se casó. Mirando que a su mujer no le gustaba vivir en la sierra de Ixtlán, se lanzó a correr fortuna y se trasladó a la costa que el Estado de Oaxaca tiene en el Pacífico, sin más fondos que el valor de los caballos y mulas con que llegó al Distrito de Ometepec: se estableció en él y se decidió a sembrar caña de azúcar. Vio que el terreno era a propósito para ese cultivo y arrendó una extensión de tierras del pueblo de Xochistlahuaca, pagando por toda renta unas cuantas libras de cera al año, para la fiesta del Santo Patrón de aquel pueblo. Hizo desmontes y sembró caña. Tenía dificultad para pagar mozos porque contaba con poco dinero, y él mismo construyó su trapiche. Era hombre atrevido y emprendedor, y le gustaba afrontar y vencer dificultades.
Ocurrió un incidente que le permitió ganar algún dinero. Un ganado cabrío que pastaba por aquellos campos, se envenenó probablemente con algunos pastos, y empezaron a morirse centenares de cabezas. Sabedor de esto mi padre fue, con los pocos hombres de que pudo disponer, a quitar violentamente pieles porque se descomponían pronto, comprometiéndose los pastores a darle la mitad de las pieles que quitara; se hizo dueño de muchas pieles por este medio, y compró las demás a muy bajo precio, quedándose al fin con todas, y entonces le ocurrió la idea de curtirlas. Se puso a buscar libros para ver cómo se hacía esa operación, y estableció allí una curtiduría con muchas dificultades, porque no tenía material con que hacer las tintas ni las substancias necesarias para la operación. Labró en una roca una gran taza para las operaciones consiguientes; quemó piedra para hacer cal, y suplió el salvado que se usa en las curtidurías, con la fécula del arroz, que obtuvo de un molino construido por él mismo y a su manera.
Con algunos centenares de pieles curtidas de que hizo buenos cordobanes, se dirigió a un lugar de la costa a donde supo que se esperaba un buque contrabandista, al que acudieron otros muchos compradores de mercancías, pues la guerra de Independencia no permitía al Gobierno cuidar sus costas; cambió sus cordobanes por varios efectos, y después de haberse provisto de los que necesitaba, puso una tienda en el pueblo de Xochistlahuaca.
Así pudo hacerse de algún dinero, y con él montó un pequeño ingenio y vivió allí de ocho a diez años. Cuando sus hijos comenzaron a crecer, hablo de los que me precedieron, comprendió la necesidad de educarlos; realizó todo lo que tenía en la costa y se fue a Oaxaca: tomó en arrendamiento una casa en que estableció una posada que se llamó el Mesón de la Soledad, en donde puso su banco de herrador y su hospital de veterinaria, y compró dos pequeñas casas, una cerca de la iglesia de Guadalupe y la otra junto al convento de la Merced. En ésta estableció una curtiduría y arrendaba la otra.
Como traía algún capital que le había producido su trabajo en la costa, compró también un terreno en la hacienda de Tlanichico, donde estableció un plantío de magueyes, y él administraba en Oaxaca el mesón que tenía y servía su banco de herrador.
En los últimos años de la vida de mi padre se hizo muy místico en Oaxaca sin ser fanático; era un católico muy ferviente. Rezaba mucho y aun llegó a usar un traje monacal de los terceros de San Francisco, aunque no había recibido ninguna orden eclesiástica.
El bienestar de la familia terminó con la muerte de mi padre, ocurrida en el año de 1833, en que fue atacado del cólera. Apenas tenía yo entonces dos años y unos cuantos meses. Los pocos bienes que dejó mi padre, los consumió mi madre en la subsistencia y educación de la familia. Recuerdo que ella manejó el mesón algunos años y que esto le ayudaba en sus gastos, y si su aptitud de mujer no le permitió aumentar el haber paterno, su buen juicio y sus deberes de madre le proporcionaron la manera de prolongar por mucho tiempo aquellos escasos recursos. Cuando las circunstancias se lo exigieron, fue vendiendo sus fincas en pequeños abonos, algunas veces hasta de 10 pesos al mes, y así pudimos afrontar las necesidades de la vida, mientras que yo cumplí diez y ocho años y tomé a mi cargo la subsistencia y educación de la familia.
Mi padre tuvo siete hijos: cuatro varones y tres mujeres. Primero nació una mujer llamada Desideria; después dos hombres, Cayetano y Pablo; luego otras dos mujeres, Manuela y Nicolasa, después yo y al fin Félix.
Cayetano y Pablo murieron en la infancia. Desideria se casó, y murió en 1867 de cosa de cincuenta y ocho años de edad. Su marido fue Antonio Tapia, de Acatlán, y tuvo varios hijos de los cuales le sobrevivieron dos hijas: María de Jesús y Amada. Las dos se casaron y la mayor, María de Jesús, fue esposa del licenciado Ignacio Muñoz. Tuvo tres hijos, que yo he adoptado como míos: Ignacio, María y José. De los varones, el mayor, es capitán de Estado Mayor facultativo del Ejército y el menor, José, es ahora cabo alumno del Colegio Militar y saldrá despachado como teniente a fines de este año (1892) que acabará su carrera en el Colegio Militar. Amada se casó con José Castillo y sus hijos murieron en la infancia.
Manuela murió en 1856 de veintisiete años de edad. Dejó una hija, Delfina, nacida en 1843, que fue mi primera esposa y falleció en 1880. Nos casamos en 1867 y tuvimos ocho hijos de ese matrimonio; pero solamente sobreviven Porfirio, nacido en 1874 y Luz en 1875.
Nicolasa se ha casado dos veces: primero con el coronel don Vicente Lebrija y después con el coronel don Francisco Borjes. De ninguno de los dos matrimonios ha tenido hijos. Solamente vivieron conmigo las dos mujeres que me precedieron y mi hermano Félix, quien se casó en 1868 con doña Rafaela Varela y tuvo dos hijos, un varón y una niña, quienes murieron en la infancia. Después hablaré de mi hermano que falleció en 1872 y llegó a ser general en el Ejército y gobernador del Estado de Oaxaca.
Mi madre murió en 1859. Estaba yo a la sazón en Tehuantepec, cuando las necesidades del servicio me hicieron venir a Oaxaca, en donde permanecí dos días solamente. La encontré enferma; pero ignoraba su gravedad por una parte, y por otra las exigencias del servicio militar no me permitieron diferir mi marcha. No tuve el consuelo de verla morir, pues falleció dos días después de mi salida de Oaxaca.
1837 a 1852
Cuando tenía yo seis años de edad fui enviado a la escuela de primeras letras, llamada en Oaxaca Amiga, en que se enseñaba a los niños a leer solamente, reunidos los de ambos sexos y siendo todos de muy tierna edad. Allí se aprendía muy poco. Después fui a una escuela municipal donde aprendí a leer y a escribir, en cuanto esto se enseñaba entonces, es decir, mal, pues más tarde y casi siendo ya hombres, era cuando teníamos que aprender; y en 1843, cuando contaba yo trece años de edad, entré al colegio Seminario Conciliar de Oaxaca.
Los recursos que entonces se exigían para graduarse de bachiller en artes, conforme al plan de estudios vigente, eran dos años de latinidad y tres de filosofía. El primer año de latinidad se llamaba de mínimus y menores. En 1843 era profesor de mínimus el presbítero don Nicolás Arcona; siendo rector el canónigo don Vicente Márquez quien fue después canónigo y más tarde obispo de Oaxaca. Entre los condiscípulos que tuve en esa cátedra y que después figuraron algún tanto en el Estado, recuerdo a don José Adrián Santaella, don José Blas Santaella, don Flavio Maldonado y don Joaquín Ortiz, quien fue amigo y compañero de armas mío, tenía aptitudes especiales para la milicia, y falleció en una acción de guerra.
Por haber entrado a la clase, a mediados del año escolar, no pude examinarme al terminar éste, y a principios del año siguiente de 1844, entré a la nueva cátedra de mínimus de la que era profesor el presbítero don Macario Rodríguez, pues se seguía la costumbre de que cada año comenzaba el curso de latinidad un profesor nuevo, quien continuaba con los mismos alumnos hasta que éstos acababan el curso de artes.
A fines de 1844 me examiné del primer año de latinidad, y en 1845 del segundo, llamado de medianos y mayores. En 1846 comencé el curso de Filosofía que comprendía en el primer año el estudio de Lógica y Metafísica, en el segundo el de Física general y Matemáticas, y en el tercero el de Física particular y Ética. De todos estos cursos me examiné con buen éxito al fin de los años escolares de 1846, 1847 y 1848.
En el curso de Filosofía tuve de condiscípulos, como hombres que después se distinguieron de varias maneras, a don Juan Palacios, que llegó más tarde a ser canónigo de Oaxaca, a Mariano Jiménez, quien fue después general y gobernador de Oaxaca y de Michoacán.
Un día del año de 1846, durante la guerra con los Estados Unidos, mi maestro de Lógica, el presbítero don Macario Rodríguez, no se ocupó para nada de la clase sino de llamarnos la atención sobre el deber que teníamos algunos alumnos, ya en edad competente para tomar las armas, de ofrecer nuestras personas al servicio militar para defender al país contra el invasor extranjero. Sobre esto nos habló nuestro maestro, larga y elocuentemente, dando por resultado que al terminar la clase yo y algunos de mis condiscípulos, fuéramos a presentamos al señor don Joaquín Guergué, gobernador del Estado, para ofrecerle nuestros servicios. El gobernador, ignorando lo que nos impelía a proceder así, nos preguntó: ¿qué diablura habrán hecho ustedes? Contestamos que era una inspiración espontánea de nuestro deber, fundada en la situación del país. Mandó tomar nota de nuestros nombres y al organizarse los batallones de guardia nacional que se llamaban Constancia y Trujano, fuimos alistados en el último. No llegó a prestar más servicio militar nuestro batallón, que el hacer ejercicio en los días festivos y dar algunas guardias y patrullas, cuando la guarnición se debilitaba por alguna salida de las tropas que estaban en servicio activo.
Al acabar el curso de artes, me inclinaba yo a la Teología y hasta había ya comenzado a preparar el estudio en las vacaciones, en las obras de texto del primer año que me regaló el señor doctor José Agustín Domínguez. El señor Domínguez era primo mío, pero yo por respeto, lo trataba como tío. Era entonces una de las primeras dignidades de la catedral de Oaxaca y después fue obispo de esa diócesis. Tenía grande influencia y cumplía religiosamente todo lo que prometía. Era a la sazón obispo de Oaxaca don Antonio Mantecón.
El cura don Francisco Pardo, pariente mío, dejaba en esos días una capellanía, la cual se me ofreció por el señor Domínguez y me correspondía por ser yo pariente más cercano del fundador que el poseedor que la dejaba. No recuerdo el capital que representaba esa capellanía, pero probablemente sería como de 3.000 pesos, porque daba un interés de cosa de 12 pesos al mes, cantidad que aunque pequeña en sí, era en mis circunstancias gran cosa.
Aunque mi madre deseaba ardientemente que yo siguiera la carrera eclesiástica, no ejercía presión sobre mí, pues yo me sentía muy inclinado a ese género de estudios; porque los niños se aficionan a lo que ven, y cuando tuve después otras amistades que me inspiraron otras ideas y me abrieron más amplios horizontes, cambié de modo de pensar y causé con esto una decepción a mi familia. Tuvieron grande influencia en este cambio mis relaciones con don Marcos Pérez.
Don Marcos Pérez era, como Juárez, un indio zapoteca de raza pura, nacido en el pueblo de Teococuilco, del Distrito de Ixtlán y ambos podrían figurar con ventaja entre los hombres de Plutarco. Pocos años mayor que Juárez, fue enviado por su padre, quien tenía algunas proporciones, a la ciudad de Oaxaca, para aprender el castellano y educarse. Era hombre de claro talento, vasta instrucción, gran pureza de costumbres y extraordinaria rectitud, honradez y fortaleza de carácter. Llegó a ser de los mejores abogados del foro de Oaxaca y de los hombres más distinguidos del Estado, desempeñando los puestos de presidente de la Corte de Justicia y de gobernador. Acaso más severo que Juárez, a quien estaba unido por los lazos de la sangre, mancomunidad de ideas y por una amistad sincera y perdurable, era, como Juárez, de los liberales más firmes e ilustrados, no solo de Oaxaca, sino de la República entera. Tuve la fortuna de tratarlo íntimamente, de conocer su carácter, de aprender mucho de él, pues lo admiraba, lo respetaba y lo tenía como modelo digno de imitarse. Él me trataba como hijo, y su amistad me sirvió de mucho para mejorar mi situación cuando era yo un muchacho pobre y desvalido.
El licenciado don Francisco Pérez, pariente de la señora doña Juana España, esposa del licenciado don Marcos Pérez, me propuso diera lecciones de latinidad, para facilitarle el aprendizaje de esa lengua, a Guadalupe Pérez que cursaba en el colegio, siendo yo un pasante como nosotros decíamos entonces. Guadalupe era hijo del licenciado don Marcos Pérez, quien fungía a la sazón como Magistrado del Tribunal del Estado y catedrático de Derecho Público y Constitucional en el Instituto de Ciencias y Artes del Estado, y con ese motivo comencé a ir a su casa. Daba yo lecciones de gramática y de otros estudios a varios alumnos, con el fin de poder llevar un pequeño contingente a los gastos de mi familia. La señora trató conmigo respecto de las lecciones y empecé a darlas al joven. Algunos días después comenzó don Marcos Pérez a concurrir a la clase que daba yo a su hijo, para oír los ejercicios que le hacía, y tener idea de mi sistema de enseñanza. Cuando se formó concepto de él, volvía de tarde en tarde a preguntarme cómo seguía el alumno, y si adelantaba algo, porque el muchacho era de escasa capacidad y su padre dudaba que pudiese aprender el latín.
Una noche, al salir de la clase que daba yo a don Guadalupe Pérez, me invitó su padre para concurrir a la solemne distribución de premios que iba a tener verificativo en esa misma noche, en el Colegio del Estado. Acepté la invitación y en ese momento me presentó con el señor don Benito Juárez, que era entonces gobernador. Me sedujo el trato abierto y franco de estos personajes; cosa que no había yo visto en el Seminario, en donde no se podía ni saludar a los profesores y mucho menos al rector ni al vicerrector, si no era haciéndoles una reverencia. Oí enseguida, en la distribución de premios, discursos muy liberales pronunciados por los profesores licenciado don Manuel Iturribarria y don Bernardino Carvajal; discursos en que se trataba a los jóvenes como amigos, como hombres que tenían derechos, y entusiasmado entonces por lo que había visto y oído, formé la resolución de no seguir la carrera eclesiástica. Luché conmigo mismo toda la noche y no pudiendo soportar el estado en que se encontraba, comuniqué a mi madre mi resolución al día siguiente.
Mi madre, como era natural, se afligió mucho: me consideró un muchacho perdido y creyó que mi conducta no podría ser buena puesto que había operado en mí un cambio tan radical. Pero después de haber pasado dos o tres días en ese estado violento, y cuando vi que mi madre lloraba y se apenaba mucho por mi resolución y que nada la consolaba, le dije que había cambiado de propósito, que aceptaría lo que ella quisiera y que seguiría la carrera que me indicara; y entonces, reponiéndose tanto como pudo en su semblante y dándome una prueba de abnegación, me hizo notar que me vendrían grandes dificultades, puestas las cosas como estaban, de no seguir la carrera eclesiástica, porque, en ese caso, perdería la capellanía que se había ofrecido, una beca de gracia que se me iba a dar en el Seminario y de la categoría de San Bartolo, que eran las más estimadas, y eso para mí era mucha pérdida y especialmente para mi madre. Sin embargo de todo esto, ella me estimulaba a no seguir la carrera eclesiástica sino la que más me agradara, decidido ya a abandonarla, tomó mi madre a su cargo la tarea de notificar mi resolución a mi protector el señor Domínguez, lo cual era para mí muy terrible.
El señor Domínguez quedó grandemente contrariado de mi determinación y dijo a mi madre que retiraba todas las ofertas de auxilio que me había hecho; que no tuviera en cuenta nada de lo pasado; que eligiera yo la carrera que me conviniera, pero que si ésta no era la eclesiástica que no lo volviera yo a ver. El señor Domínguez se mostró muy disgustado en esa entrevista y manifestó que estaba yo perdido, que me había prostituido; exigió que le devolviera sus libros que me había regalado para el estudio de la Teología y terminó notificando a mi madre que ya no me cumpliría nada de lo que me había prometido. Algunos años después, en 1857, siendo el señor Domínguez obispo de Oaxaca, y yo jefe Político de Ixtlán, tuve la pena de notificarle por escrito la denuncia de las haciendas de beneficio de la Sierra, hecha por don Miguel Castro y no recibí respuesta a mi notificación. No lo volví a ver sino después de muerto, porque no consintió que lo viera antes.
Entonces comprendí que debería atenerme a mis propios esfuerzos y me propuse trabajar para auxiliar a mi madre, serle útil y ayudarle a mantener a sus hijos. La suerte que me había privado de un protector eclesiástico me deparó otro de carácter civil, en la persona del licenciado don Marcos Pérez.
Al formar la resolución de no seguir la carrera eclesiástica, no tenía más alternativa que optar por la de abogado, porque estas dos y las de medicina eran las únicas que se enseñaban entonces en Oaxaca y no me sentía yo con vocación especial para la última. Me inscribí en los cursos de Derecho del Instituto del Estado. Allí encontré nuevos condiscípulos, entre ellos a don Matías Romero a quien había conocido de vista en el Seminario, pero no lo había tratado. Cuando estudiaba yo el segundo año de Derecho él entró a estudiar el primero, y como los alumnos de esos dos cursos concurrían a las mismas cátedras, fuimos condiscípulos y después nos ha unido una cordial amistad. Entre los demás condiscípulos que tuve en las cátedras de Derecho, recuerdo a Francisco Díaz, a quien llamábamos El Zuavo, que después fue coronel y ayudante de don Benito Juárez, y a José Juan Canseco. Estuvieron un poco de tiempo, sin completar el curso, Mariano Cruz y Margarito García que es ahora Promotor Fiscal en Oaxaca, y Pedro Ramírez. Varios de mis condiscípulos del Seminario me acompañaron en las clase de Derecho del Instituto.
En los dos primeros años estudié conforme al plan de estudios vigente entonces, Derecho Público y Constitucional con el profesor licenciado don Marcos Pérez, y Derecho Natural y de Gentes con el licenciado don Manuel lturribarría; en el tercero y cuarto año Derecho Civil y Procedimientos con el licenciado don José Inés Sandoval, Magistrado del Tribunal del Estado, y Derecho Canónico con el presbítero don Francisco Apodaca. Don Benito Juárez era el profesor de Derecho Civil; pero no pudiendo dar la cátedra por ser entonces gobernador del Estado, lo sustituía el licenciado don José Inés Sandoval.
Mi vida de muchacho se deslizó como las de los demás niños de mi edad y sin que se marcara por ningún incidente notable. Estaba yo bajo la influencia del medio en que vivía: me inclinaba a la carrera eclesiástica cuando pasé cinco años en el Seminario y mientras no vi más amplios horizontes. Sentí entusiasmo por los principios liberales cuando los conocí, y tuve afición a la carrera militar, cuando comencé a servir como soldado. No se me consideró como un joven muy aprovechado en el curso de latinidad del Seminario; pero mejoré mucho en el de Filosofía. En el Instituto alcancé las primeras calificaciones; aunque no llegué a obtener ningún premio ni acto público que se daban a los estudiantes más sobresalientes. Mis condiciones especiales eran, buena talla, notable desarrollo físico, grande agilidad y mucha inclinación, aptitud y gusto por los ejercicios atléticos. Llegó a mis manos un libro de gimnasia, el primero probablemente que fue a Oaxaca, y esto me permitió improvisar en mi casa un pequeño gimnasio en que hacíamos ejercicio mi hermano, yo y varios amigos aficionados.
Con el transcurso del tiempo aumentaban las dificultades de mi madre para sostener a su familia, las cuales pesaban ya sobre mí, por ser yo el hijo varón de más edad y por tener el deseo de auxiliarla. Mi madre había dejado ya el Mesón de la Soledad y vendido las dos pequeñas casas y terrenos que dejó mi padre. Agotados estos recursos, todo el peso de la casa gravitaba sobre mí, débilmente auxiliado por algunos trabajos de mujer que hacían mis hermanas.
Aguijoneado por la necesidad y con el deseo de obtener recursos para subvenir a los gastos de mi familia, solicité por conducto de mi madre, cuando estudiaba yo Lógica en el Seminario, de don Joaquín Vasconcelos, comerciante acomodado de Oaxaca, que me empleara como dependiente en alguna de sus tiendas. El señor Vasconcelos ofreció resolver después de tomar informes de mí, y sea porque no quisiera emplearme o porque creyera que me convenía más acabar mi carrera literaria, contestó que era preferible que siguiera yo mis estudios, y me auxilió regalándome un ejemplar de la obra de Jaquier que servía de texto en ese año y a los dos siguientes de mis cursos, y un barragán que los estudiantes del Seminario tenían obligación de usar y que era para mí artículo muy caro, y por lo mismo difícil de adquirir.
Como éramos muy pobres y no teníamos criados, mi madre hacía los servicios de la casa; mi hermano Félix por su edad nos era gravoso, y yo procuraba ayudarme para los gastos de la casa con mis lecciones que me producían poco, porque solamente las daba al fin del año escolar, pues los padres de familia generalmente ocurren a pagar profesor particular a sus hijos, a fin de año para facilitarles sus exámenes. Para obtener más recursos me dediqué a hacer algunos trabajos de mano y comencé por hacer los zapatos de mi familia.
El zapatero, don Nicolás Arpides, tenía su taller frente al Instituto, y en mis ratos de ocio iba a platicarle y a verlo trabajar; después le compré algunos de sus útiles y los usaba en mi casa. Un día que él me visitó, vio que había en mi casa obra de zapatería y me preguntó quién hacía zapatos allí; le dije que yo, y entonces inquirió quién me había enseñado ese oficio. Le contesté que él, y le expliqué cómo los hacía. Examinó la obra y aunque le puso algún defecto, la aprobó en lo general como buena.
Con retazos de paño y pedazos de suela que entonces costaban muy poco, hacía yo los zapatos de las mujeres, y regularmente en vacaciones hacía muchos pares para tener más tiempo libre en el resto del año que dedicar a otros trabajos. Después hice zapatos para mí y para mi hermano. Llegué a hacer zapatos finos, botas buenas, y naturalmente a mucho menos costo del que tenían compradas en la zapatería.
Era yo también muy afecto a las armas y a la caza, y como no podía disponer de lo necesario para adquirir un arma, por humilde que fuese, compré de los fierros viejos que se vendían en el portal del Señor, de la Plaza de Armas de Oaxaca, un cañón viejo de escopeta y una llave de chispa. La llave era de pistola y apenas le hacía al cañón de la escopeta. Me fui a la casa de un amigo que hacía guitarras y tenía alguna herramienta de carpintería, y me puse a hacer una mala caja de escopeta. Me dediqué después con empeño a hacer obras de madera y logré así tener un nuevo recurso para la vida. Llegué a hacer mejores útiles y me puse a hacer buenas armas para mí y para mi hermano, porque me costaban poco, y al ir a las cacerías, en las inmediaciones de Oaxaca; me encontraba con indios cazadores del Valle Grande, a quienes les agradaba mi escopeta, y me daban las suyas, se las componía y arreglaba a su gusto y al domingo siguiente se las llevaba, recibiendo el pago respectivo.
Me gustaba mucho trabajar la madera y después me hice de una herramienta imperfecta e incompleta y llegué a fabricar mesas, sillas y otros objetos. Me faltaban muchos instrumentos: no tenía, por ejemplo torno y para sustituirlo, me valí de unos muelles sostenidos del techo, que movía con el pie, y en la misma forma reemplazaba otros varios instrumentos de carpintería.
Esos eran los recursos con los que yo contaba, además de las lecciones, que no me producían gran cosa, pues se pagan de 2 a 4 pesos al mes. Por el año de 1854 fui bibliotecario del Instituto, como substituto de don Rafael Unquera a quien daba yo la mitad de los 25 pesos mensuales asignados a este empleo. Este fue el primer sueldo que tuve, y él, aunque pequeño, vino a mejorar grandemente mi situación pecuniaria. Por ser desafecto al Gobierno del general Santa Anna, tuve que renunciar a la biblioteca del Instituto. Después me encargué por poco tiempo como pasante o profesor interino, de la clase de Derecho Natural y de Gentes por ausencia del profesor propietario don Manuel Iturribarría.
Me dediqué entonces, ya como pasante, a la práctica del foro, bajo la dirección de don Marcos Pérez, lo cual me produjo algunos recursos. Después de dos años de práctica que prescribía la ley y que hice en el gabinete del mismo, don Marcos Pérez, pasé mi examen general de Derecho; pero los sucesos posteriores no me permitieron recibirme de abogado. Hice viajes a Zimatlán, a Ocotlán, a Ejutla y a otros juzgados foráneos, con el objeto de abrir informaciones referentes a negocios judiciales que seguía mi maestro, y esto me producía más que cualquiera otro trabajo. Al fin tuve el poder del pueblo del Valle Nacional que me fue lucrativo porque entonces se pagaban viáticos además de los honorarios, que eran dobles por tratarse de comunidad.
Varias veces vi al señor Juárez antes de que fuera desterrado por la administración del general Santa Anna, y siempre en la casa de don Marcos Pérez. Como en ella se me trataba como amigo, el día de alguna fiesta de familia concurría yo y allí encontraba al señor Juárez, quien tuvo siempre gran cariño y predilección por mí, hasta que desgraciadamente nos separaron los sucesos políticos.
1854
Durante mi práctica de Derecho cambió el Gobierno Nacional, por la salida del país del presidente don Mariano Arista, en enero de 1853, el triunfo del Plan Revolucionario de Jalisco, que fue después modificado y la proclamación y regreso del general Santa Anna. El nuevo Gobierno era enteramente conservador, comenzó persiguiendo a los liberales y tenía mucha hostilidad contra los abogados. Esa política, mi iniciación en la carrera militar, seis años antes, durante la guerra con los Estados Unidos, y mis ideas liberales en que me había iniciado don Marcos Pérez, me hicieron formar la resolución de hacerme hostil al Gobierno del general Santa Anna.
Era yo además, el confidente de mi maestro en los trabajos revolucionarios que había emprendido en Oaxaca, en combinación con don Mariano Zavala, don José García Goytia, don Manuel Ruiz y don Pedro Garay, que estaban en México, y habían sido Diputados por el Estado de Oaxaca al Congreso de la Unión.
Se descubrió una correspondencia revolucionaria que estos señores dirigían, en cifra, a don Marcos Pérez, y con este motivo se le procesó y se le puso en una prisión muy rigurosa; y fueron conducidos a Oaxaca sus cómplices, con excepción de don Pedro Garay, porque su nombre no aparecía en la correspondencia interceptada y los presos no lo denunciaron.
Yo debí haber caído preso entonces y me liberté por una verdadera casualidad. Don Marcos Pérez me había encargado que sacara yo del correo la correspondencia revolucionaria que venía con un nombre supuesto, y siempre la sacaba yo; pero la impaciencia de don Marcos Pérez por recibir la correspondencia, un día al llegar el correo, hizo que no me esperara sino que mandara a sacarla a Remigio Flores, su concuño, quien fue por supuesto su compañero de prisión.
Estando ya preso don Marcos Pérez, se me presentó la ocasión, que con gusto aproveché, de prestarle un importante servicio. Era yo a la sazón cobrador de una casa de la propiedad del cura don Francisco Pardo, tío mío, en la que vivía el coronel don Pascual León. Yo era apoderado del cura Pardo; le llevaba su correspondencia con su coadjutor encargado de su parroquia de Chilapilla, en la Mixteca, y por esos servicios me daba una casa para vivir y alguna remuneración pecuniaria.
El coronel don Pascual León, era el Fiscal en la causa que se estaba formando a don Marcos Pérez y era a la vez mi deudor. Con este motivo y siendo muy moroso para hacer sus pagos, procuraba verlo a la hora que sabía que almorzaba. Por supuesto que no era muy agradable al deudor la presencia del cobrador y mandaba que lo esperara en su escritorio. Esto me hacía pasar largo tiempo en su despacho, y en una de esas ocasiones y estando el proceso sobre la mesa, pude darle una hojeada, burlando la vigilancia del ordenanza que cuidaba el cuarto, y después me decidí a poner en conocimiento de don Marcos Pérez las declaraciones de sus cómplices. Con este objeto emprendí en compañía de mi hermano, el escalamiento del convento de Santo Domingo, que servía de cuartel y de prisión.
En el convento de Santo Domingo, que por su solidez era casi una fortaleza, estaba el Cuartel del Batallón activo de Oaxaca, cuyo coronel era don Marcial López de Lazcano de la artillería y de algunos piquetes. Había en él una prisión especial para los frailes llamada La Torrecilla, en donde se puso a don Marcos Pérez. Tendría la Torrecilla como tres metros de largo por dos de ancho, con una puerta en un extremo y una ventana alta en uno de sus lados; de modo que desde la puerta se podía ver todo lo que pasaba en el interior. La bóveda que la cubría era muy sólida y la ventana de la Torrecilla que daba al patio de la sacristía de la iglesia, estaba muy elevada y muy cerca del techo, con una reja de fierro incrustada en el grueso de la pared, lo cual permitía poner los pies en el dintel de la ventana.
El escalamiento del convento se me facilitó por la agilidad que había adquirido en mis ejercicios gimnásticos y por haberlo hecho en compañía de mi hermano. Cuando teníamos que subir una altura que no excediera de tres metros, uno de nosotros se subía a los hombros del otro y una vez arriba echaba una cuerda al que quedaba abajo para que subiera, y cuando la altura era mayor, tirábamos la cuerda sobre uno de los ángulos del edificio para que quedara asegurada y uno de nosotros la sostenía mientras el otro subía, lo cual era muy difícil, pues el que sostenía la cuerda tenía, para aguantar el peso del que subía, que meter cuadril, usando de una frase de arrieros, en cuya postura se tiene mucha resistencia. Después de que uno estaba arriba, sostenía la cuerda para que subiera el otro.
Por la puerta del campo del convento subimos a cosa de la media noche a la barda de la huerta, que tendría como cuatro metros de altura: la primera noche bajamos a la huerta con el objeto de saber si había centinelas en ella; enseguida volvimos a subir a la barda de la huerta y andando sobre ella llegamos a la azotea de la panadería del convento. A esa hora estaban trabajando los panaderos y como esta gente acostumbraba cantar durante su trabajo, no era fácil que nos sintieran en la azotea del amasijo, además de que nosotros andábamos con mucho cuidado para no hacer ruido.
De la azotea de la panadería subimos a la azotea de la cocina de la comunidad, que era el escalón más alto que teníamos que ascender: los cocineros estaban durmiendo a esa hora y por consiguiente podíamos andar con más libertad, procurando siempre que nuestras pisadas no hicieran ruido.
De la azotea de la cocina seguía la terraza o el patio de la celda del Provincial, quien dormía. En la azotehuela de esta vivienda había una pequeña pieza que servía de cocina particular del Provincial, a la cual subimos sin dificultad, uno en los hombros del otro, y así pudimos llegar a la azotea principal y más elevada del convento.
Al llegar a ésta era necesario ir con gran cautela, porque había muchos centinelas en la azotea y la primera noche tuvimos que esperar antes de dar paso, hasta oír el alerta de los centinelas, pues no había otra manera de conocer su posición, y esto nos obligaba a permanecer en quietud hasta que dieran el alerta, el cual repetían cada quince minutos.
Para facilitar nuestra evasión en caso de ser vistos en la azotea, retiramos una cuerda que estaba amarrada al badajo de una campana, con objeto de poderla tocar desde abajo, y que llegaba hasta el piso de la sacristía. Esto lo hicimos con sumo cuidado para no ser notados en caso de que estuviera en el patio alguna persona junto a la cuerda; y una vez retirada ésta la aseguramos de una almena que daba a la calle, con el propósito de descolgarnos por la cuerda si llegábamos a ser descubiertos y cortada nuestra retirada. Antes de bajarnos de la azotea volvimos a poner la cuerda de donde la habíamos tomado, y en las noches siguientes llevamos una, suficientemente larga, con un gancho de hierro en uno de los extremos, para usarla en caso necesario por cualquiera parte.
La llegada a la azotea principal del convento fue lo más peligroso de la operación, por los muchos centinelas que había en ella. Con este motivo nuestra marcha era muy tardía, porque teníamos que permanecer acostados en la azotea, vestidos con un traje gris, para no hacernos muy visibles, escuchando un alerta cada quince minutos que nos indicaba la situación de los centinelas. Así llegamos hasta la azotea de la Torrecilla y no encontramos ningún centinela allí. Había uno abajo de la ventana de la prisión, en otra ventana que quedaba exactamente debajo de la Torrecilla y cuya reja, como la de la ventana superior, estaba metida a medio grueso de la pared y no permitía al centinela ver para arriba. Para burlar la vigilancia de ese centinela era necesario no hacer ruido. Una vez allí me descolgaba yo, o sostenía a mi hermano hasta llegar a la ventana, y estando ya en ella y cogida la reja con las manos, descansaba el que sostenía desde arriba al que había descendido.
Estaba cerrada la ventana que tenía, en su parte alta, dos ventanillas, cada una con una cruceta de hierro en el centro. No había modo de llamar a don Marcos. La puerta de la Torrecilla tenía un boquete más bajo que la talla de un hombre en la postura natural, por donde el centinela podía con facilidad vigilar al preso. Había doble puerta, y en el intermedio de las dos estaban el centinela y un cabo; la segunda puerta que estaba también cerrada con llave, tenía una guardia de cosa de cincuenta hombres del batallón activo con un capitán y un oficial, que era la guardia especial del preso. Todos estaban perfectamente seguros de que el preso no se movería, por no tener su prisión más que esa puerta y la ventana.
Cuando estaba yo en la ventana y el centinela se asomaba al boquete, tenía necesidad de inclinarme, alejándome en lo posible de la ventana para no ser visto, y entonces permanecía yo suspendido de la cuerda y mi hermano tenía que sostenerme. Por supuesto que esto no duraba mucho tiempo sino solamente mientras el que estaba suspendido volvía a coger la reja con una mano. Sin embargo de tantas dificultades y peligros, logramos hablar en tres noches a don Marcos Pérez. El modo de anunciarse era arrancar con las uñas algo de la mezcla de la pared y arrojársela para que despertara y se acercara a hablar a la ventana.
Una vez que nos sintió, la primera noche que le hablamos, y notó algún movimiento por la ventana se sentó, se puso sus botas y en camisa comenzó a pasearse, a rezar en latín unos salmos de David y a acercarse a la ventana con mucho disimulo. El centinela le decía que se acostara, porque el cólera estaba haciendo muchos estragos.
Cuando don Marcos Pérez me conoció me dijo, hablándome en latín, que era muy peligroso hablar; que procurara poner en sus manos un lápiz y un pedazo de papel. Dos noches después volví, y entonces le llevé lápiz y papel, y además un papel escrito por mí diciéndole lo que me parecía más importante. Después de algunos días, con motivo de una enfermedad que le atacó y que al principio se creyó que podía ser el cólera, suplicó se le permitiese tomar un baño; le metieron una tina de barro para bañarse, muy gruesa y muy pesada: quiso ocultar debajo de ella el lápiz y el papel; se le cayó la tina sobre la mano, y el golpe le originó una fuerte lastimadura en un dedo. Los vigilantes notaron este accidente, pero nunca maliciaron su causa.
Yo había dicho a don Marcos que se harían toda clase de esfuerzos para que a todo trance lo cambiaran de esa prisión, porque permaneciendo en ella era casi imposible el extraerlo. A costa de mil empeños lo pasaron a otra en el mismo convento, que era una celda perteneciente al departamento que se llamaba La Rasura, y tenía vista para el Atrio, y cuyo techo no era de bóveda sino de vigas.
La tercera vez que lo vimos ya estaba en la otra prisión y estuvimos con él y con los otros presos, pues la cosa era entonces más fácil. Estando él allí nos podíamos comunicar con papeles por unas ventanas que había, que fueron después tapadas con adobe, dejándoles tan solo un claro por la parte de arriba. Con ayuda de una mesa y una silla se proporcionó don Marcos la manera de que pudiéramos entendernos. Hice un alfabeto poniendo una letra en cada pliego de papel, con el cual formaba frases desde una azotea de la manzana que estaba frente a la prisión, y así le pude avisar que había llegado una amnistía. Al fin salió de la prisión en virtud de esa amnistía.
De las tres ocasiones que fuimos a ver a don Marcos, la primera y la segunda fueron noches lluviosas. El cólera hacía muchos estragos, pues había de cincuenta a sesenta muertos por día, en Oaxaca, que solamente tenía de quince a 20.000 habitantes.
Se evaporó lo que yo había hecho, después de la libertad de Pérez, porque sabiendo yo que don Cenobio Márquez era el jefe de la Revolución en Oaxaca, le pregunté si deseaba hacerle saber alguna cosa a don Marcos Pérez, y le informé de la manera cómo me comunicaba yo con él. No lo consideró posible el señor Márquez, y cuando salió don Marcos en libertad se lo preguntó. Admirado de lo ocurrido, lo refirió a otras personas, por cuyo conducto llegó a tener noticia de todo el coronel Lazcano. Con este motivo se me comenzó a tener muy marcado, y tuve que separarme de la biblioteca del Instituto. En lo sucesivo Lazcano puso en la azotea del Convento de Santo Domingo no solo mayor número de centinelas sino además perros, comprendiendo que podría fácilmente ser asaltado de un momento a otro.
Teotongo
1854 y 1855
Mi aventura con don Marcos Pérez y mi voto contra el general Santa Anna, de que hablaré enseguida, me marcaron como hostil a la administración que entonces regía los destinos del país y no me permitieron ya seguir mucho tiempo en Oaxaca.
La política dictatorial y retrógrada del general Santa Anna y su persecución a los liberales, ocasionaron una reacción en el país que vino a culminar con la proclamación del Plan de Ayutla, en enero de 1854, cuya revolución encabezó el general don Juan Álvarez, uno de los pocos caudillos de la Independencia que aún sobrevivían. Poco después, imitando Santa Anna a Luis Napoleón, quiso obtener un plebiscito en su favor y ordenó que se tomara una votación popular, que decidiera quién debería ejercer la dictadura.
Estaba yo supliendo la cátedra de Derecho Natural, cuando el director del Instituto, que lo era entonces el doctor don Juan Bolaños, citó a todos los catedráticos para ir a votar en cuerpo el 1.º de diciembre de 1854. Me rehusé a concurrir, pero teniendo esperanzas de que durante la votación hubiera algún mitote de armas, y creyendo que podría hacerse algo, sin embargo de que esto parecía imposible, pues el Gobierno había puesto muchas fuerzas y hasta cañones, asistí al Portal de Palacio en donde se estaba recibiendo la votación. Presidía la mesa el general Ignacio Martínez y Pinillos, que era el gobernador y comandante general del Estado o Departamento como entonces se le llamaba, cuando llegó el cuerpo académico. El jefe de la demarcación en donde yo vivía, don Serapio Maldonado, se presentó diciendo que votaba por la permanencia del general Santa Anna por tantos individuos varones que eran vecinos de su demarcación, y entonces supliqué a la mesa que descontara un voto de ese número, porque yo no quería ejercer el derecho de votar. Luego que oyó esto el general Martínez consultó el caso con el licenciado don Manuel Pasos, que era su secretario, y quien le manifestó que el votar era un derecho que tenía cada uno, pero no una obligación, en virtud de lo cual, Martínez mandó que se descontara mi voto.
Enseguida llegó el cuerpo académico del Instituto y todos los catedráticos votaron en favor del general Santa Anna y pusieron sus respectivas firmas. Cuando terminó ese acto, el licenciado don Francisco S. de Enciso, que era catedrático de Derecho Civil, me preguntó si no votaba yo. Contesté en los mismos términos en que me había excusado con el general Martínez; esto es, que éste era un derecho que libremente podía o no ejercerse. Sí, me contestó Enciso y uno no vota cuando tiene miedo. Ese reproche me hizo tomar la pluma que se me había ofrecido, me abrí paso entre los concurrentes y puse mi voto en favor del general don Juan Álvarez que figuraba como jefe de la Revolución de Ayutla. Disimulando su enojo el general Martínez me manifestó que era yo el primero en votar en esa forma. Después de haber votado, decidieron que había yo cometido un delito por haber dado al general Álvarez el tratamiento de Excelencia y de general, que había perdido por haberse pronunciado, y además por haber dado mi voto a un sedicioso. A poco comprendí que había cometido un error, porque si hubiera votado por otra persona no hubiera sufrido las persecuciones de que después fui víctima.
Se dio a la policía orden de aprehenderme. Estaba yo en la Alameda con Flavio Maldonado cuando nos dijo Serapio Maldonado, que era agente de policía, que tenía orden de aprehenderme y que la misma orden se había dado a otros muchos, y siguió su camino para que no le vieran cerca de nosotros. Entonces me fui a la casa de don Marcos Pérez, quien había sido ya desterrado a Tehuacán, a sacar unas pistolas por estar más cerca que la mía y para arreglarle unos papeles de asuntos pendientes. Me llevé unas pistolas chicas de don Marcos y me fui enseguida para mi casa. Al pasar por la calle de Manero, estaba en la puerta de la tienda el joven dependiente Pardo, quien me hizo una seña para que viera a Marcos Salinas, uno de los policías, quien venía en pos de mí, y a riesgo de comprometer a Pardo dije en voz alta: vengo a ver si me encuentran. Con ese motivo Salinas no creyó prudente arrestarme, sino que siguió toda la calle y al torcer, corrió en busca de otros policías que le ayudaran a hacer la aprehensión, y yo aproveché estos momentos para desaparecer de aquel lugar; corrí toda la cuadra y otra contigua y me metí en la casa de Flavio Maldonado, condiscípulo y amigo mío. A poco llegó Anacleto Montiel, que era jefe de la policía, saludó en voz alta y preguntó por mí, a lo que se le contestó, para que no sospechara que me encontraba allí, que no estaba yo en la casa, pero que regularmente iba a esa hora, que no tardaba yo en llegar, y que si quería verme, podría esperar un poco.
Se estableció la policía en la esquina de la calle en donde estaba la casa de Maldonado, y otra partida en la puerta de mi casa; pero yo ya había hecho traer mis armas y mi caballo, que mi mozo sacó de mi casa suponiendo que lo llevaba al agua al río de Atoyac, y luego en un canasto de basura y bien tapadas, sacó mi silla, pistolas, espadas y salió como a tirar la basura.
Un hombre llamado Esteban Aragón, valiente y muy enérgico, me había hablado en sentido revolucionario; sabía yo dónde vivía, lo mandé llamar y le propuse que se fuera conmigo a la revolución: me contestó afirmativamente, pero que no tenía caballo; y yo le dije que tenía dos sables, dos pares de pistolas y dos sillas, y que lo proveería de esos útiles. Salió a conseguir un caballo: cogió una de mis espadas, la ocultó debajo de su jorongo y se fue en dirección al río, a donde llevan a tomar agua a los caballos de los vecinos de la parte sur de la ciudad; luego que vio un caballo, se fue sobre el mozo que lo cuidaba, amenazándolo con el sable, le quitó el caballo, se montó en pelo y se me presentó en la casa de Maldonado para que violentamente siguiéramos la marcha. Yo no comprendía el motivo de su prisa. Ensillamos nuestros caballos, y ya listos, acometimos la salida. Los policías a quienes se les había dado orden de aprehenderme, nos salieron al paso; pero me puse inmediatamente a la defensa: Aragón acometió con bastante brío, y así salimos bien del encuentro.
Nos fuimos por Ocotlán y Santa Catarina hasta Ejutla, en donde vimos a don Pablo Lauza, gobernador del Distrito, amigo personal mío y partidario de la revolución. Luego que supe que el caballo de Aragón era robado, procuré comprar otro con el dinero que llevaba, porque comprendí que nos podrían perseguir por ladrones. Con este motivo, lo entregamos a la autoridad de Ejutla, y por su orden quedó amarrado en la plaza, para que lo reclamara su dueño cuando lo conociera. No supe qué fin tendría ese caballo.
Caminamos todo el día siguiente: en la noche atravesábamos las poblaciones, y así continuamos hasta llegar a la Mixteca, donde me encontré aquello revuelto, pues había proclamado la revolución José María Herrera, de Huajuápam. El pobre tenía muy poca gente y mala: indios monteros casi desarmados, pues solamente estaban provistos de machetes y otros instrumentos de agricultura.
Yo me iba haciendo dueño de la voluntad de Herrera: sabía más que él porque había yo hecho un regular estudio del arte de la guerra, en una cátedra de estrategia y táctica, creada por don Benito Juárez, que daba en el Instituto el teniente coronel don Ignacio Uría. Dispuse que esperáramos en la cañada de Teotongo al teniente coronel Canalizo del 4.º de Caballería, que venía a atacarnos con una columna de infantería y caballería, quien traía como ochenta o cien caballos y cincuenta infantes, que mandaba el capitán Ortiz del 10.º de infantería. Esta era muy poca fuerza, pero para nosotros la mitad hubiera sido suficiente para hacernos pedazos, si no hubiéramos contado con los grandes accidentes del terreno. Apenas tendríamos unas veinte o treinta escopetas, y los demás traían hachas, garrochas de trabajo y otros instrumentos de labranza.
En un aguaje que hay en la cañada de Teotongo con exhuberante vegetación, me pareció natural que los soldados, con la fatiga, se detendrían a beber agua. En efecto, se detuvieron muchos, sobre todo los infantes, pues la caballería siguió su camino. Nosotros habíamos aflojado muchas piedras en el cerro, dispuestas con trancas para hacerlas rodar en un momento dado. Cuando los soldados estaban bebiendo agua, les hicimos una descarga y a la vez les cayó una avalancha de piedras, con lo que les causamos perjuicios graves y se alarmaron y corrieron. Éste fue el primer combate en que me encontré.
Se dispersó también toda nuestra gente y yo me dirigí, acompañado de Aragón y Rivera, desconocido hasta entonces para mí, quien me fue después muy útil, a Tlaxiaco, a donde llegamos en altas horas de la noche y fuimos a la casa del cura don Manuel Márquez, fraile dominico, quien era amigo mío y hermano de don Cenobio Márquez, el jefe de la revolución en Oaxaca.
En Tlaxiaco estaba la matriz del 4.º de Caballería, cuya fuerza nos había atacado; y el coronel Valero que era quien mandaba en la Mixteca, pero estaba casi solo pues su fuerza se encontraba a larga distancia. Hablé al cura, don Manuel Márquez, de su hermano, y como él sabía ya cómo caminaban las cosas y lo que pasaba conmigo, no me quiso recibir en su casa para evitarse dificultades, sino que me mandó con un dependiente suyo a una casa vacía y allí nos dio todo lo que necesitábamos tanto para nosotros como para nuestros caballos, y nos sirvió de mucho.
Después de media hora vino el cura Márquez a preguntarme si estaba seguro de que hubiéramos sido derrotados, porque él creía lo contrario. Yo no supe verdaderamente si había corrido antes de ser debido, pero recordaba que toda nuestra gente venía corriendo tras de mí y mucha adelante, y que cada uno tomó el rumbo que pudo. Más tarde volvió el padre Márquez, cuando estaban llegando heridos y dispersos del enemigo y nos dijo que las fuerzas del Gobierno se habían dado por derrotadas. Ya que faltaba poco para amanecer vino de nuevo y me informó que habían llegado el alcalde y los Regidores de Teotongo para preguntar qué se disponía con los heridos y caballos sueltos que había en el lugar del combate. No supe ya lo que pasó después, porque el cura Márquez tenía mucho miedo de que permaneciéramos allí, y me despidió dándome una carta de recomendación para el cura de Chalcatongo, don Martín Reyes, quien hacía gran contraste con el padre Márquez, pues era muy comunicativo.
Después de pernoctar en Chalcatongo y disfrutar de la hospitalidad del cura Ruiz, pasé a Cuanana donde tenía un amigo, cura también, el señor don Ignacio Cruz, y permanecí allí por cosa de un mes. En ese pueblo encontré a don Mariano Jiménez, uno de los dispersos en la acción de Teotongo, y permanecimos juntos hasta que se nos avisó que el general don Ignacio Martínez y Pinillos había sido relevado en el Gobierno y Comandancia Militar de Oaxaca por el general don José María García, quien trataba a los descontentos y revolucionarios con menos rigor que el general Martínez. Nombró su secretario al señor licenciado don Guillermo Valle, persona muy benévola y amigo personal de don Cenobio Márquez, quien he dicho ya, figuraba como jefe de la revolución en el Estado. El señor Márquez me dio seguridades de que no sería yo perseguido si volvía a la ciudad, lo cual verifiqué, pasando tranquilo algunos días en Oaxaca.
No duró mucho el general García en el Gobierno y Comandancia general del Estado, pues a poco fue reemplazado por el general Martínez y Pinillos. El general García me dio aviso anticipado de ese cambio, y con ese motivo tuve que salir otra vez de Oaxaca para no verme expuesto a persecuciones. Antes de que tuviera yo tiempo de tomar de nuevo parte en la revolución, el general Santa Anna abandonó el mando y salió del país dejando encargado del Gobierno en México a un triunvirato; pero pronunciada la ciudad de México, se reunió una junta que eligió presidente al general don Martín Carrera; todo lo cual dio el triunfo a la revolución de Ayutla encabezada por don Juan Álvarez. El Gobierno del general Carrera establecido en México, ordenó al general Martínez y Pinillos, gobernador de Oaxaca, que proclamara el Plan de Ayutla y así lo hizo.
1855 y 1856
