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¿Cómo llega alguien a ser el más grande de todos los tiempos? Eddy Merckx es en ciclismo lo que Muhammad Ali en boxeo o Pelé en fútbol: simplemente, el mejor que haya existido. Merckx era una máquina. No solo por el número de victorias (445); su leyenda se forjó por su despiadado dominio. No se limitaba a vencer a sus contrincantes, los aplastaba. Pero sus triunfos solo narran la mitad de una historia que incluye graves lesiones, problemas de dopaje y tragedia. Apodado "El Caníbal" por su insaciable apetito de victorias, el mote no hacía justicia a un hombre apuesto, sensible y sorprendentemente ansioso. El escritor británico especializado en ciclismo William Fotheringham habló con coetáneos de Merckx y aquellas personas que mejor le conocen para descubrir qué es lo que hizo que fuera invencible.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
MERCKX
MITAD HOMBRE, MITAD MÁQUINA
William Fotheringham
© William Fotheringham 2012, del texto original.
Publicado originalmente bajo el título Merckx: Half Man, Half Bike por Yellow Jersey, una marca de Vintage Publishing. Vintage es una empresa del grupo Penguin Random House.
© Libros de Ruta Ediciones, S.L., 2019.Bilbao-Galdakao errepidea 10-348004 [email protected]
Primera edición: noviembre 2019
Traductor: David Batres Márquez
Edición: Eneko Garate Iturralde
Portada y maquetación: Amagoia Rekero García
Foto portada: Rolls Press/Popperfoto
ISBN: 978-84-120188-7-5Depósito legal: BI-895-2019
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Este libro se ha beneficiado de las ayudas a la edición promovidas en el año 2019 por el Departamento de Cultura y Política Lingüística del Gobierno Vasco.
ÍNDICE
Agradecimientos
Introducción
Primera parte: La década de los sesenta
Padre e hijo
Arriva Merckx
Dominio mundial en cinco fases
¿Qui o Ja?
Savona
Merckxismo revolucionario
Segunda parte: La década de los setenta
El descenso de un Dios
Abrasados por el Rey Sol
Ataques accidentales de un anarquista
Annus Mirabilis
La course en tête
Al servicio del caníbal
El crepúsculo del Dios
Principales victorias de Eddy Merckx
Bibliografía
Anexo fotográfico
Agradecimientos
He de darle las gracias a las siguientes personas por compartir conmigo sus recuerdos sobre Merckx: Jørgen Leth, Jean-Luc Vandenbroucke, Gian-Paolo Ormezzano, Bob Addy, Ian Banbury, Sean Kelly, Michael Wright, Jiří Daler, Joël Godaert, Giorgio Albani, Bernard Thévenet, Ole Ritter, Vittorio Adorni, Ernesto Colnago, Sid Barras, Emile Daems. En especial agradezco a Jos Bruyère, Guillaume Michiels y Bob Lelangue, los cuales fueron muy generosos al compartir su tiempo conmigo para recordar sus días junto a Merckx.
Mientras investigaba para un libro por llegar sobre el ciclismo flamenco resultó inevitable que el nombre de Merckx apareciera en mis conversaciones con Rik Van Looy, Patrick Sercu, Walter Godefroot, Herman Van Springel y Frans Verbeeck. Me gustaría mostrar mi gratitud a todos estos grandes por su ayuda.
También querría agradecer a Stéphane Thirion, Marc Ghyselinck, Marco Pastonesi y Philippe Bouvet por todos sus consejos y los números de teléfono que me consiguieron. Sus nombres parecían ser la llave que abría cualquier puerta.
Chris Boardman y Peter Keen brindaron también una ayuda de gran valor al ofrecerme información de sus intentos de Récord de la Hora y del de Merckx. Estoy en deuda con mi hermano, Alasdair Fotheringham, por su ayuda al entrevistar a Raphael Geminiani y a Txomin Perurena, y también con Barbara Rumpus de L’Equipe por facilitarme cierto artículo. Jacinto Vidarte y Javier de Dalmases fueron muy amables al compartir sus recuerdos sobre José Manuel Fuente, mientras que Joël Godaert me facilitó información sobre los últimos meses de carrera de Merckx, además de surtirme de extractos de su libro Eddy Merckx, La Roue de la Fortune, reproducidos en La Dernière Heure. Muchísimas gracias a Tim Harris y Jos Ryan por el magnífico café, los ánimos y dejarme una cama en Flandes Oriental mientras hacía mis entrevistas. Mi hijo Patrick recordará este libro por ser su primer encargo pagado -el palmarés de Merckx-, por el que le estoy muy agradecido.
Mi agente, John Pawsey y mi editor en el The Guardian, Ian Prior, quienes siempre me han ofrecido todo su apoyo a lo largo de los años. Matt Phillips, mi editor en Yellow Jersey Press fue un torrente de fuerza desde el principio y hasta el final. También he de agradecer a James Jones por el diseño de cubierta, Bethan Jones por la publicidad, Phil Brown por la producción, Richard Collins por las correcciones y a Myra Jones por la lectura.
Como siempre, estoy en la mayor y más eterna de las deudas con Caroline, Patrick y Miranda, cuyo amor y apoyo nunca han menguado al enfrentarse a nuevas ausencias en lugares lejanos, y los muchos días en los que mi corazón y mi cabeza vagaban por Flandes y los Dolomitas.
Introducción
Eddy Merckx lanzó su primer ataque cuando los cinco líderes pasaban bajo el pequeño triángulo rojo que colgaba de una larga cuerda por encima de la carretera y que marcaba el último kilómetro antes de la meta, situada en la estación invernal de Avoriaz. De repente saltó por la parte derecha del estrecho pasillo de carretera que dejaba la multitud de aficionados. Tras eso ya solo quedaban tres ciclistas: Merckx, vistiendo el maillot arcoíris de campeón del mundo, el holandés Joop Zoetemelk con el maillot azul del Gan-Mercier y el bajo y fornido francés Bernard Thévenet, el hombre que vestía el maillot amarillo de líder del Tour de Francia de 1975. Fue este quien alcanzó a Merckx cuando el belga intentó escaparse por segunda vez, a doscientos cincuenta metros de la meta; pero cuando el campeón del mundo volvió a atacar de nuevo, sin dar opción al francés de recuperarse, Thévenet lo dejó ir. Esos tres ataques le valieron a Merckx la tercera posición tras el vencedor de la etapa, el español Vicente López Carril, permitiéndole terminar con dos segundos de ventaja sobre Thévenet.
Teniendo en cuenta que Merckx había ganado cerca de quinientas carreras, una tercera posición parece insignificante. Teniendo en cuenta que Thévenet disfrutaba de una ventaja cercana a los tres minutos esos dos segundos parecían insignificantes. Pero esa serie de aceleraciones brutales y esa minúscula ventaja era un logro verdaderamente notable para alguien que se había roto la mandíbula aquella mañana. Debería estar en el hospital o tumbado en un sofá, cuidando esa doble fractura que le había dejado la cara tumefacta y amoratada. Pero, en lugar de eso, había coronado tres colosos alpinos, cubriendo 225 kilómetros bajo un sol abrasador mientras lideraba el descenso rumbo a Morzine, el centro vacacional a los pies de la última ascensión -Thévenet era torpe en los descensos, así que merecía la pena ponerlo contra las cuerdas-, con un estilo que solo una palabra puede describir: heroico. Fue un esfuerzo fútil. Fue también autodestructivo. Fue glorioso.
A simple vista, aquella caída parecía de lo más inocua. Ni tan siquiera habían comenzado las hostilidades. Al comenzar la etapa en la pequeña ciudad alpina de Valloire, mientras el pelotón del Tour de Francia progresaba despacio desde el punto de encuentro hasta las primeras estribaciones del Col du Télegraphe, el danés Ole Ritter hizo un movimiento repentino para evitar colisionar contra otro ciclista. La velocidad era escasa, pero Eddy Merckx, quien iba a su lado, no pudo esquivarlo. Los manillares de ambos se engancharon, no logró controlar su bicicleta y se fue al suelo, cayendo hacia adelante y de costado. Podría haber sido una caída rien de grave, sin importancia, como suelen decir los comentaristas del Tour. Pero, por una vez, no sería un brazo extendido o una rodilla los que golpearían el suelo. Fue su rostro. Merckx cayó sobre su cara.
Ni tan siquiera cuando el doctor Pierre Dumas se acercó para reconocerlo quedó patente la verdadera gravedad de su lesión. Su rostro, en la zona del pómulo izquierdo, se inflamó como si hubiera recibido un gancho de derechas en una pelea de bar. Dumas aplicó crema analgésica sobre su mejilla, con lo que parecía que le estuviera creciendo un enorme hongo blanco. Estaba aturdido, seguramente conmocionado, también. Comenzó a hablarle en flamenco a un ciclista español al que conocía bastante bien; para nada el comportamiento de un hombre lúcido. Le recomendaron, pidieron e imploraron que abandonara la carrera, cantinela orquestada por Dumas y a la que sus compañeros y su director, Bob Lelangue, hacían los coros. Pero siguió pedaleando. ¿Por qué? Ni tan siquiera hoy puede explicarlo.
Después de llegar a la meta tuvo que hablar para la televisión, tiritando bajo su chubasquero transparente de Adidas mientras el brazo del comentarista de camisa chillona se posaba de manera protectora sobre sus hombros. Arrastraba las palabras en un intento de hacer el menor movimiento posible con su mandíbula, y, aun así, logrando que de ella salieran las declaraciones de manera cortés y fluida. El interrogatorio duró cinco minutos. ¿Por qué había continuado? ¿Por qué había marcado el ritmo en el último descenso? ¿Abandonaría a la mañana siguiente? ¿Se había acabado su ciclo? ¿Sentía que apenas tuviera amigos en el pelotón? ¿Consideraba a Bernard Thévenet un digno vencedor del Tour de Francia? Y cuando ya se alejaba para curar sus heridas fue requerido una vez más. Miren, ahí se acerca Thévenet, ¿sería tan amable de decir unas palabras sobre Merckx? ¿Y sería Merckx tan amable de decir unas palabras sobre Thévenet? ¿Y podrían, por favor, estrecharse la mano ante la cámara? Otro hombre habría lanzado improperios a todo pulmón, encolerizado por su necesidad de recibir asistencia médica. Pero el estoicismo de ese hombre que había dominado el ciclismo mundial durante los últimos siete años es digno de admiración. Aquella tarde los rayos X mostraron una fractura en su mandíbula. Al terminar la carrera, pruebas más exhaustivas demostraron que eran dos las fracturas, en realidad, con una astilla alojada cerca de los senos nasales. Apenas tenía sensibilidad en su maxilar, y solo podía ingerir líquidos. Dumas y su equipo médico le advirtieron de que si se empeñaba en seguir en el Tour sería bajo su propia responsabilidad. La carrera estaba perdida: antes de la caída, Thévenet había logrado una ventaja de casi tres minutos; y aunque Merckx hubiera estado en perfectas condiciones era una desventaja imposible de recuperar. «Casi cualquier otro ciclista hubiera aceptado esta excusa más que justificada para abandonar el Tour». Pero Merckx siguió adelante. Fue todo un calvario, como dirían los franceses, que duraría seis días: salieron de los Alpes para pasar por Châtel y Thonon-les-Bains, dirigiéndose al noroeste por Chalon-sur-Saône, tras 256 kilómetros; nueve horas sobre el sillín hasta llegar a París y los Campos Elíseos.
En lugar de cuidar sus heridas Merckx le disputó el resto de la carrera a Thévenet de la misma forma en que había luchado con él en la meta de Avoriaz. A esos primeros y escasos segundos les añadiría otros quince un día después, en la contrarreloj de Châtel, más otros dieciséis en la etapa de Senlis, cuando el francés se fue al suelo cerca de la meta. Mientras Merckx siguiera luchando, en lugar de optar por una aquiescencia pasiva, nadie podría cuestionar el derecho de Thévenet a reclamar la victoria. Nadie podría acusar al francés de haberlo tenido fácil en esa carrera. «Hasta que no quedaron dos vueltas para terminar en los Campos Elíseos, no pude creer que fuera a ganar el Tour», me contó Thévenet. «Sentía que no podía dejarle ni un centímetro, ni tan siquiera durante un instante, porque era capaz de atacar. No fueron días tranquilos».
Al seguir en carrera, y disputándola hasta el final, «Merckx garantizó que el triunfo de Thévenet fuera completo», dijo un testigo. «Si se hubiera retirado, sobre esa victoria luciría un asterisco». Ni tan siquiera el propio Merckx es capaz de exponer qué le llevó a seguir en ese Tour, aunque con el beneplácito del tiempo pasado sienta que fue una estupidez que no hizo sino acelerar su declive. Puede que influyera el premio en metálico, que para los ingresos de esos compañeros de equipo que dependían de él suponía una gran diferencia. La explicación que le ofreció al reportero de la televisión fue simple: «No soy de los que se bajan de la bicicleta». Pero la razón más simple es esta: aunque tenía todo en su contra, aún tenía opciones de victoria. ¿Qué habría sentido de haberse ido a casa y que fuera luego Thévenet quien se caía o enfermaba?
Los aficionados y la prensa fueron testigos durante años del dominio inexorable de Merckx sobre el ciclismo. Explicar, comprender sus gestas era tan complicado que resultaba más directo despacharlo con calificativos como autómata, superhombre, «el monstruo», «el cocodrilo», «el Caníbal». Avoriaz y sus consecuencias mostraron facetas de Merckx que siempre habían estado allí, y en grandes cantidades, pero que siempre fueron ignoradas. Esa profesionalidad, esa determinación que consumía todos sus recursos, esa negación a someterse a lo que dictaba el destino, ese ciego amor por su oficio, ese temor a hacer algo de lo que luego pudiera arrepentirse: aquellos seis días pusieron todo esto a la vista de todo el mundo. Y eso explica que al llegar a París en segunda posición -primera vez en ocho años en que terminaba una gran vuelta en otra posición que no fuera la primera- se hiciera más famoso todavía de lo que jamás lo había sido. Un periodista dijo de él que era mitad hombre, mitad máquina. Pero después de Avoriaz solo fue humano.
Pasaron veinte años entre el día en el que Eddy Merckx entró en mi vida y el día en el que por fin lo conocí. El 13 de julio de 1977 salí del colegio al que asistía en Exeter y me encontré a mi padre en el coche, escuchando la narración de una radio francesa que cubría el Tour de Francia desde los Alpes. Me contó que había sido un día extraordinario: treinta ciclistas habían llegado fuera de control, Eddy Merckx había perdido comba con los líderes, sufriendo como un perro para poder seguir en carrera. En esos mismos días me habían regalado la crónica en tapa blanda de la edición del Tour de 1976, escrita por Geoffrey Nicholson: The Great Bike Race (La gran carrera ciclista) libro que, en los últimos treinta y cinco años, he leído hasta hacerlo añicos. Nicholson dibujaba un cuadro evocador del mejor ciclista de la historia. Lo describía como un hombre distante, con las «facciones cinceladas como un poste totémico» y tan serio, y durante tanto tiempo, que los reporteros de los periódicos jugaban a encontrar fotografías en las que apareciera sonriendo. Merckx se tomaba su trabajo tan en serio que nadie se sorprendió por la cadena de sucesos que le hizo no poder participar en la edición del Tour de 1976. Una lesión durante el Giro de Italia obligaría a Merckx a elegir entre su deseo de conseguir un sexto Tour y sus obligaciones profesionales, las cuales dictaban que debía seguir en el Giro aun no quedándole ninguna posibilidad de victoria. Y, como dijo Nicholson, que escogiese esto último resultó de lo más típico.
A finales de 1997 viajé a Bélgica para entrevistar a Merckx, y hubo dos cosas que me sorprendieron sobremanera, las cuales no esperaba. Se había tomado la molestia de esperarme en el aeropuerto de Bruselas, sin ningún atisbo de impaciencia, menos aún de enojo, ante el retraso de mi vuelo. Podría haber dejado que me las apañase por mi cuenta, o podía haber delegado el trabajo en alguna otra persona. Pero no, tenía un compromiso y lo iba a mantener. Si eso fue toda una sorpresa, no menos lo fue su altura. En las viejas fotografías que había visto nunca pareció más alto que un ciclista normal y corriente. Eran las típicas instantáneas: Merckx apoyado sobre su bicicleta en la París-Roubaix de 1970, Merckx siendo ayudado a bajar de su bicicleta después de haber destrozado el Récord de la Hora en 1972, Merckx atacando para conseguir otra victoria mientras parece que pisotea los pedales. Nada me había preparado para la visión del mejor ciclista del mundo sacándole una cabeza a la mayoría de la multitud que se encontraba en el vestíbulo de llegadas.
Esa sorprendente altura resulta metafórica para un hombre que está en lo alto de su deporte, y del mundo del deporte. El hombre que me esperaba en Zaventem aquel día (y al que, sorprendentemente, nadie reconocía), fue uno de los ganadores más prolíficos de cualquier disciplina. En el ciclismo seguirá siendo único por la cantidad y calidad de sus victorias. Durante años consiguió la casi imposible proeza de hacer que uno de los deportes más volátiles se convirtiera en casi predecible; o todo lo predecible que podía serlo. El ritmo al que conseguía victorias durante sus mejores años jamás será igualado: 250 victorias en 650 carreras en las que participó entre 1969 y 1973. Hubo años en los que estuvo a punto de ganar una de cada dos carreras en las que participaba. La cuenta es colosal: cinco Tours de Francia, cinco Giros de Italia -consiguiendo en tres ocasiones el mágico doblete al vencer ambas carreras en un mismo año-, tres mundiales en ruta, el récord de victorias de etapa en el Tour de Francia y de número de días vestido con el prestigioso maillot amarillo, el codiciado Récord de la Hora y cerca de treinta victorias en clásicas de un día. En su época suponía un grado de éxito verdaderamente asombroso, que jamás ha sido igualado.
Merckx cambió los estándares con los que se juzga el ciclismo, dejando el listón a una altura imposible. Su manera de competir resultaba novedosa, siempre al ataque, dominando cada carrera desde la salida y hasta la meta. Su forma de entender el ciclismo no admitía concesiones, sin importar la carrera, el contexto o el clima. Fue el primer ciclista en dominar el Tour de manera consistente, día tras día; un estilo seguido más tarde por Bernard Hinault, Miguel Induráin y Lance Armstrong. En ocasiones se comparan los triunfos de estos con los de Merckx, incluso llegando a estar mejor considerados, pero hay que contextualizar las victorias del belga. Cada una de ellas formaba parte de un dominante crisol que se extendía a lo largo de toda una temporada, igual que cada temporada era un capítulo en la gran obra que fueron esos siete años de reinado en el ciclismo. Gracias a ese estatus sin igual, siendo el eterno punto de referencia, Merckx se convierte en el equivalente sobre dos ruedas a los Muhammad Ali, Pelé o Ayrton Senna.
Pero Merckx también ofrece otros perfiles. Al igual que Pelé, George Best o Ali, Merckx es el dominador de su disciplina y un icono visual. Algunas imágenes son inolvidables, como la de ese Merckx que parece un Cristo crucificado después de que un espectador le haya propinado un puñetazo durante el Tour de 1974, el Merckx que agacha la cabeza para imprimir toda la fuerza de su cuerpo y hacer girar los pedales o el Merckx cuyos hombros y brazos están cubiertos de nieve durante la Vuelta a Bélgica de 1970. Y también hay una gran cantidad de material grabado: La course en tête, Stars and watercarriers, The greatest show on earth(Al frente de la carrera, Estrellas y gregarios, El mayor espectáculo del mundo, respectivamente). Si la vida de Fausto Coppi es la vida de un ciclista hecha novela, la de Meckx sería una película, aunque más documental que película romántica.
La secuencia que mejor captura la esencia visual de Merckx aparece en La course en tête, en donde puede vérselo entrenando sobre un rodillo en su casa de Bruselas: el sudor cae por su nariz y mejillas hasta formar un charco en el suelo, mientras sus largas piernas giran más y más rápido, aunque parezca imposible: las cubiertas se mueven adelante y atrás sobre el rodillo, pero el tupé a lo Elvis Presley, con esas entradas a los lados, permanece inmaculado. Al igual que Fausto Coppi, Merckx ejemplifica un estilo, pero es el estilo de la década de los setenta: las patillas y los pómulos combinan con los suéteres de cuello blanco, los trajes entallados y los cuellos de camisa anchos. Es uno de los pocos hombres a los que les sentaban bien los pantalones de campana.
Capturar la esencia de este icono visual, deportivo y humano es todo un problema para el periodista. Nuestro arte es reduccionista: hemos de desnudar lo que tenemos delante con agudeza inmediata. Hay que explorarlo todo en un tiempo limitado. Es imposible describirlo todo. La pregunta a la que no hacía más que darle vueltas mientras iba rumbo a Bruselas era la misma que le habría efectuado a Senna, Ali o Pelé; la misma que tuve la inmensa suerte de poder efectuarle a otros grandes, y en ocasiones, prolíficos ganadores: el jockey Tony McCoy, Sir Chris Hoy, Serge Blanco o Lennox Lewis. No quería saber cómo Merckx llegó a ser el más grande. Mi pregunta era ¿por qué?
¿Por qué todos esos años de dedicación absoluta? Cuando perdía ¿por qué el único consuelo lo encontraba en una nueva victoria, en que fuera la única manera de volver a poner el cronómetro en marcha? ¿Qué era lo que había despertado en este hombre esa necesidad a escala épica de alcanzar la victoria, solo restringido por las limitaciones físicas de lo que el cuerpo humano es capaz de lograr antes de verse obligado a enarbolar la bandera blanca? ¿Por qué, tras ganar hasta en cinco ocasiones una clásica como la Milán- San Remo, seguía queriendo ganarla? ¿Por qué hacer un ataque de 140 kilómetros en solitario en el Tour de Francia cuando se goza de un liderato más que cómodo, sumando otros ocho minutos a su margen como hizo Merckx en Mourenx en el Tour de 1969? En resumen, ¿por qué era así de insaciable?
No cabe duda de que Merckx habría seguido ganando de no ser porque al final su cuerpo dijo basta. De hecho, si se observa su carrera con mayor atención, se ve que ya en el tercero de sus años de dominio comenzó a sentir ciertas limitaciones físicas. Como mostrarían aquella etapa de Avoriaz y las consecuencias que tuvo, era imparable hasta la temeridad, de la misma manera que los grandes del montañismo parecen ignorar las consecuencias potenciales de sus actos. La inmolación que marcó el fin de la carrera de Merckx fue el equivalente ciclista a ese escalador que sigue ascendiendo rumbo a la cima del K2 o del Everest aun sabiendo que le espera la muerte. El pensamiento racional no tiene cabida.
No esperaba que Eddy pudiera ofrecerme una respuesta absoluta, pero si conseguí un atisbo. Su respuesta ante mi pregunta fue «pasión, mera pasión»; repetía la palabra como si fuera un mantra. «Cuando estaba en el colegio me preguntaban que a qué me quería dedicar, y yo respondía “quiero ser ciclista”. Y entonces me decían “pero eso no es un oficio”. No conozco el motivo (que me hacía pensar aquello). En mi familia no había ningún ciclista. Lo cierto es que era eso, pasión. No sé cómo explicarlo». Me dijo que no era solo el hecho de ganar, sino hacer lo que hubiera que hacer de la mejor manera posible.
La genialidad humana tiene muchas formas, pero no se limita al arte, la ciencia o la industria. Para la mayoría de la gente el deporte es un entretenimiento, pero aquellos que mejor lo practican tienen la misma dedicación y creatividad que Mozart, Brunel, Dickens o Shakespeare. Todos ellos parecían estar poseídos por su oficio. El periodista francés Pierre Chany lo supo ver, dando la réplica perfecta a aquellos que criticaban a Merckx por hacer del ciclismo algo predecible: «¿Acaso se ha planteado nadie si Molière dañó al teatro o Bach a la música? ¿Si Cezanne fue nocivo para la pintura o Chaplin arruinó el cine?».
Lo que Merckx creó a lo largo de esos ocho años que estuvo en la cima del ciclismo mundial fue una retahíla de pequeñas obras maestras. Su escapada en Mourenx, el Récord de la Hora, o su ataque para lograr su séptima Milán-San Remo fueron obra de su genio deportivo. No nacieron de la fuerza bruta y la ignorancia, sino que cada una de estas obras fue el culmen de un largo proceso: de horas y horas sin fin de entrenamientos, noches sin pegar ojo por las preocupaciones, la experiencia, el saber adquirido. No fueron simples maneras de ganar un premio económico. Es conocido que Merckx nunca sabía a cuanto ascendía el premio que se ofrecía al ganador en las carreras. Y como se pudo ver con el desenlace del Tour de Francia de 1975, también sabía perder. El ciclismo era más que conseguir victorias o asegurarse una buena vida.
Merckx no es muy locuaz, pero era capaz de hablar sobre la pasión de manera lírica a través de su gutural francés de Bruselas. Y eso me intrigaba, porque había otros grandes del ciclismo con los que me había encontrado, sobre todo en el caso de Bernard Hinault, que casi parecían despreciar sus carreras ciclistas. A otros parecían consumirlos algunos de sus remordimientos. Había quienes pedalearon todo lo duro que podían sin llegar a pensar en sus motivos y sus por qué. Merckx ya lo había desarrollado en otro lugar: «No hay nada más bonito en el mundo. Si la naturaleza te ha dotado de una habilidad excepcional sería una pena no desarrollarla. Tienes que trabajar el don que te es dado. De lo contrario no conseguirás nada en toda tu vida y habrás desaprovechado lo que llevas en tu interior». En otra entrevista contaba que lo que le impulsaba eran «los sueños» (bajo mi punto de vista, otra manera de decir pasión). «Era más fuerte que yo. Yo era su esclavo. No hay nada de raciocinio en ello».
La palabra que Merckx escogía para explicar su motivación es la pasión, y puede que sonara perfecta como respuesta con la que titular una entrevista para alguna revista, pero no llegaba al fondo de la pregunta. Decir pasión es como usar un comodín para entusiasmo, motivación, impulso. Merckx lo describía como la cosa más bonita del mundo. Esa veneración daba paso a su sentido del respeto, del deber y su miedo a la culpabilidad que sentiría cuando no cumpliese con su deber. Merckx me lo confesó: «Además de ser el mejor, de cruzar la meta el primero, el hecho de que te puedas ganar la vida dedicándote a algo que te apasiona es muy importante. Cuando sientes pasión por algo y haces de ello tu trabajo, se convierte en lo más hermoso a lo que puedes aspirar». Estas palabras las podría haber pronunciado cualquier genio en cualquier campo del conocimiento humano, desde Shackleton a Albert Einstein. En ello subyace la eterna fascinación por este tipo de figuras.
Como aficionados al deporte y periodistas deportivos nos pasamos nuestras vidas viendo a las leyendas desde la barrera. Sabemos lo que hacen y cómo lo hacen. Pero casi nunca nos cruzamos con ellos. Algunos llegamos a conocer los datos y la estadística con mayor detalle del que podría ser sano. Los pequeños destellos de genialidad de los Dan Carter o los George Best nos maravillan, nos asombramos ante la insaciable necesidad de un McCoy, un Michael Schumacher o un Merckx, y puede que en el fondo esperemos que unas gotas de ese genio puedan verse reflejadas en nuestros intentos de hacer las cosas lo mejor que sabemos. Pero casi nunca logramos comprender lo que impulsa a nuestros ídolos.
Para el grueso de la raza humana lo que más nos cuesta comprender al contemplar a héroes que consiguen triunfar como Merckx es «el por qué». Y eso es porque, como seres humanos normales y corrientes, nos conformamos con lo que podemos conseguir, dentro de unos límites. La mayoría de nosotros vivimos nuestras vidas dentro de unas proporciones. Lo que luchamos por comprender es el motivo que hace que esa gente llegue a los límites de lo que es física o psicológicamente razonable. Estos son hombres que visitan lugares que quedan fuera del alcance del 99,9% de la raza humana. Y he aquí donde reside esa fascinación eterna.
Puede que la primera vez descartara el «cómo» con excesiva ligereza. El cómo y el por qué van a menudo de la mano. La de Merckx es una historia de competición, pura y simple. Dentro del ciclismo, Merckx es uno de los pocos grandes cuya pasión queda constreñida solo a las dos ruedas. Coppi tenía a su «Dama Blanca», esa intriga sexual que convulsionó al país e hizo tambalearse su lugar como icono de la reconstrucción de la Italia de la postguerra. La historia de Tom Simpson es la de una trágica y prematura muerte en el mayor escándalo de dopaje del ciclismo. La historia de Lance Armstrong cabalga entre el cáncer y la controversia; la de Jacques Anquetil se divide por igual entre el dopaje, el sexo y sus cinco Tours. La única tara de Merckx es una ausencia de «motivo», y su historia fue descrita por el periodista francés Philippe Brunel como «una vocación hecha realidad de la manera más ejemplar».
El «por qué» y el «cómo» no quedan limitados a este hombre en particular: abarcan la motivación que lleva al hombre a competir, la que hace que unos sean mejores que otros, y lo que hace que uno sea mucho mejor que el resto. Y por una vez, va realmente de bicis.
Primera parte. La década de los sesenta
Padre e hijo
Era demasiado pequeño para tener opción alguna de ganar. Eso pensaron los adolescentes que formaban el grupo, cerca de cincuenta, cuando aquel muchachito atacó mientras pasaban a toda velocidad por la plaza del mercado viejo de Enghien, una pequeña ciudad al suroeste de Bruselas. El chico tenía dieciséis años y cuatro meses, un par de años menos que la mayoría, y movía un desarrollo más corto, haciendo girar los pedales de su bicicleta de una sola velocidad de manera furiosa. Jamás podría lograrlo. Los chicos del pueblo se habían confabulado antes del comienzo de la carrera para decidir quien de ellos vencería; el que atacaba no era de su grupo. Ni tan siquiera tenían idea alguna de quien era ese jovencito con un maillot rojo y una bicicleta azul. Pero parecía demasiado pequeño como para aguantar hasta la meta, situada más allá de la autovía de Bruselas, unos cientos de metros carretera abajo, frente al Café Alodie -conocido como el Café Rosa- en Petit-Enghien. O eso pensaban.
La carrera del uno de octubre de 1961 era una de las siete que se celebraban en Enghien cada año. Estaba organizada por el club local Pedale Petit-Enghiennoise y era una de las miles de carreras en circuito que se celebraban por toda Bélgica entre marzo y octubre. Normalmente se organizaban para añadirle un poco de emoción a las fiestas locales, o kermés, en las que la inscripción, la salida y la meta estaban situadas en el café local. La carrera de Enghien cubría ocho vueltas en un pequeño circuito que pasaba por el centro de la ciudad, con primes -premios intermedios- frente a cada uno de los tres cafés por los que pasaba la carrera. Hay quien dice que los circuitos de las kermeses están diseñados de manera que cada vuelta dure el tiempo suficiente como para que los espectadores entren en el café cuando pasa el grupo, pidan una ronda de cerveza tostada y les dé tiempo de salir de nuevo para contemplar el siguiente paso. Gracias a una tómbola, el club ciclista pudo reunir seis mil francos en premios para esta carrera, siendo 400 para el vencedor. Marianne Leyre, una chica del pueblo e hija del oficial de policía local que se encargaba de que la carrera transcurriese sin sobresaltos, era la encargada de entregar el ramo y la copa. Era amiga de las dos hijas del organizador y ese día le tocaba a ella ser la encargada de los premios. Estaba un poco enfadada porque le habían teñido su pelo rubio platino de mala manera, poniéndole un color castaño.
La de Petit-Enghien fue la primera de las ochenta victorias que Edouard Merckx -como lo llamó la pequeña nota en el periódico Courrier d'Escaut- lograría siendo amateur, la primera de un total de 525 victorias que conseguiría en más de 1800 carreras en las que tomaría la salida a lo largo de su carrera. Sus comienzos no fueron espectaculares. Había corrido ya una docena de veces desde su primera carrera, en julio en Laeken, donde estaba situada la tienda de bicicletas regentada por el antiguo profesional Félicien Vervaecke, donde había comprado su bicicleta azul. Había abandonado hasta en cuatro ocasiones y en otro par estuvo cerca de ganar. Entre el colegio y echar una mano en la tienda de ultramarinos de sus padres le quedaba poco tiempo para entrenar: calculaba que apenas había hecho dos entrenamientos de veinte kilómetros, además del trayecto diario de casa al colegio y vuelta. Pensaban que era demasiado endeble como para usar el mismo desarrollo que el resto, así que le montaron uno más corto para no hacer trabajar sus pulmones en exceso. Y eso le ponía en desventaja1. Los Merckx estaban orgullosos de su hijo. Jenny Merckx, la madre de Edouard, fue quien tomó la fotografía en la que se le ve con una tímida sonrisa junto a Marianne Leyre, con el ramo y el trofeo en sus manos. Incluso entonces, a pesar de su falta de éxitos, el joven Edouard contaba con dos supporters (seguidores) -tanto en flamenco como en inglés este término implica una afición más obsesiva que en la mayoría de los deportes- así que tanto el frutero como el vecino que vivía sobre la librería al otro lado de la calle fueron invitados a cenar aquella noche. A pesar de que una semana después el joven Edouard regresara a la cruda realidad al llegar décimoctavo en la última carrera de la temporada, aquella victoria hizo crecer la confianza tanto en él como en sus asesores. Y ya nadie volvería a considerarlo «demasiado pequeño como para ganar».
También decían que el joven Merckx estaba demasiado gordo. Este asunto sigue provocando, más de medio siglo después, las risas de Guillaume Michiels. A mediados de la década de los cincuenta Michiels era un ciclista profesional que vivía a apenas unos metros de la tienda de los Merckx, sobre lo que por entonces era una abrupta colina pero que hoy en día es el césped que dibuja una pequeña cuesta frente a un bloque de pisos. Su madre ayudaba a la familia Merckx en la tienda, limpiando y cocinando mientras ellos atendían el mostrador. A cambio, los Merckx la ayudaban a alimentar a sus cuatro hijos con artículos tomados de la tienda que ya no estaban en condiciones de ser vendidos al público, pero que aún se encontraban en buen estado. Michiels no tenía coche -su padre había fallecido pocos años atrás y la familia andaba corta de dinero- por lo que, a veces, el padre de Eddy, Jules Merckx, aficionado al ciclismo, llevaba a Guillaume a las carreras. Si la kermés de los domingos se celebraba cerca, la familia los acompañaba cuando la tienda cerraba a la hora de la comida. Es bastante probable que este fuera el primer contacto que tuvo Eddy Merckx con el ciclismo de competición.
Un día, frente a la puerta de la tienda, Eddy le dijo a Guillaume, quien apenas tenía diez años más que él: «Moi, je vais faire coureur: (yo también voy a ser ciclista)». Michiels ríe al recordarlo, más por su propia reacción que por las palabras del joven. «Le dije “le foitie”» (palabra del dialecto de Bruselas que no sabe cómo traducir, pero que se refiere a la corpulencia) «pero si en cinco años no serás capaz de entrar por esa puerta de lo gordo que estás Eddy». Diez, quince, veinte años después ambos seguían bromeando sobre aquella conversación, mientras Michiels llevaba a Eddy de una carrera a otra, cuando aquel gordito se había convertido en el mayor ciclista que el deporte había visto.
Incluso en la actualidad, Woluwe es una curiosa mezcolanza de extrarradio con tintes del ámbito rural más profundo. Villas y adosados se amontonan sobre un suave promontorio en el que el Ejército Británico situó una batería antiaérea después de liberar la capital belga en 1944. El centro del pequeño barrio periférico, con su avenida, su gran iglesia católica y sus colegios está situado casi sobre la cresta del cerro. El gran arco del triunfo que señala la carretera de Bruselas se erige en línea recta. Al otro lado se encuentra el frondoso bosque que antiguamente rodeaba la capital belga. Apenas unas calles más abajo de donde la familia Merckx estableció su domicilio, sobre su negocio en la Place de Bouvreuils, los vetustos y grandes árboles sobreviven en gruesos cúmulos que ahora quedan atravesados por carreteras, parques, nuevos residenciales, autovías y centros comerciales.
Desde su apartamento, situado en un octavo piso en Woluwe, Michiels pinta una bucólica y trabajadora escena de la vida en aquel suburbio bruselense a finales de la década de los 40 y principios de la de los 50. El vecindario está apenas a unos kilómetros rumbo sureste del centro de Bruselas, pero por entonces la capital no lo había fagocitado aún. Ese lugar en el que hoy en día no hay más que bloques de pisos y casas estaba, por entonces, lleno de campos en los que se cultivaban fresas y remolacha y se atendía al ganado. Los niños podían salir a jugar con total seguridad, a diferencia de lo vivido por Jules y Jenny no mucho tiempo antes de mudarse allí, en 1946, con su hijo de un año. El mayor ciclista que ha visto el mundo se crio en un vecindario lleno de pastos, pero había nacido en otro hecho girones por la atrocidad, con una ferocidad y a una escala que ahora apenas pueden imaginarse.
Meensel-Kiezegem son dos pequeños pueblos de unos quinientos habitantes a cincuenta kilómetros al sureste de Bruselas, en el pacífico centro rural de la Brabante flamenca. Se limita a dos pequeños montones de casas construidas en ladrillo, a menos de dos kilómetros de la cima de una pequeña colina. En Kiezegem, el núcleo más pequeño de los dos, ha habido muchos Merckx. Junto a Pittomvils es el apellido más común en las lápidas del pequeño cementerio que queda junto a una iglesia de ladrillo cerca del cruce de caminos en el centro de la aldea. Un miembro de una rama en particular de la familia Merckx, Rémy, junto con su esposa y sus hijos, vivía en el Kerstraat 4, justo al lado de la iglesia y el cruce de caminos en el que convergen las hileras de casas. Al estallar la guerra, y después de que los alemanes atravesaran Bélgica, Rémy Merckx y su familia, además de otro terrateniente, Félix Broos, apoyaron a las fuerzas de ocupación. Gaston Merckx, el tercer hijo mayor, fue miembro de la Vlaamse Wacht, una organización paramilitar flamenca que simpatizaba con los nazis.
En julio de 1944 la marea había cambiado y los vientos soplaban a favor de los aliados, lo que hizo que la resistencia cobrase brío y realizara sus actividades de manera menos clandestina. Tuvo lugar la correspondiente «limpia» de colaboracionistas: fueron eventos aislados, a los que no siempre apoyaron ni los alemanes ni los aliados. Pero en Meensel-Kiezegem el asunto fue diferente. El 30 de julio de 1944, mientras caminaba rumbo a la cercana feria de Altenrode, Gaston Merckx murió de un disparo, a poca distancia del pueblecito, justo donde terminaba Kerkstraat, donde vivía su familia. Las represalias de las SS y los paramilitares locales fueron rápidas y mortales. Hubo dos oleadas, el 1 y el 11 de agosto, y en ellas, la mayoría de la población masculina fue conducida al patio del colegio de Meensel. Un total de noventa y una personas, algunos de otros pueblos, pero sesenta y tres de Meensel y quince de Kiezegem, fueron llevados a prisiones de Lovaina y Bruselas donde fueron torturados antes de que setenta y uno fueran conducidos a Alemania, la mayoría al campo de concentración de Neuengamme, cerca de Hamburgo. Solo regresarían ocho. La mayoría de los detenidos eran hombres: un gran porcentaje de la población masculina de Meensel, en particular, fue detenida y deportada.
Justo menos de diez meses después, el hombre que convertiría el apellido Merckx en sinónimo de éxito, fuerza colosal y arrojo, además de mostrar una intachable ética de trabajo, vino al mundo en esta devastada comunidad. Su padre, Jules, era primo lejano de Rémy Merckx. Jules se había casado con Eugénie (Jenny) Pittomvils, hija de un granjero, el 24 de abril de 1943. Edouard fue el primero de sus hijos, nacido en el 29 de Tielstraat, a las afueras de Kiezegem el 17 de junio de 1945. La casa está a varios cientos de metros colina abajo desde la iglesia, la última en la carretera que conduce al norte, a los campos del vecino pueblo de Tielt-Winge; enfrente está el campo de fútbol municipal. Fue un parto difícil. En primera instancia Jenny fue atendida por las vecinas y la matrona local. Cuando por fin llegó el médico se vio obligado a usar fórceps, los cuales dejarían una marca en la frente del niño. Fue bautizado como Edouard Louis Joseph; el nombre de Edouard era típico de la familia.
Cuando nació ya se había firmado la paz en Europa; pero eso no significaba que reinara en Meensel-Kiezegem. Era una comunidad pequeña, donde todos se conocían y todos recordaban lo que sucedía, incluso las cosas más nimias. El impacto de lo ocurrido en agosto de 1944 fue enorme y duradero. Parece que Jules Merckx, padre del joven Edouard, no estuvo involucrado. Se cuenta que se escondió en una fosa séptica que, afortunadamente, había sido limpiada justo antes de que los alemanes comenzaran su caza del hombre en el pueblo. Se puede asumir que, de haber tenido lealtad alguna para con Rémy Merckx y esa rama de la familia Merckx, le habría resultado imposible esconderse.
Culpable o inocente no dejaba de ser parte de ese enquistado asunto. Antes de que los aliados hicieran su aparición, los tres hermanos de Gaston Merckx, Maurice, Marcel y Albert, escaparon, lo más probable que rumbo a Alemania, sin que nadie conociera su paradero: nunca más se los volvería a ver. Pero la herida no se cerró de inmediato. En Meensel-Kiezegem se dieron dos oleadas de represalias: una primera siguiendo a la liberación en septiembre de 1944 y la segunda cuando los pocos supervivientes de las redadas regresaron a ambas villas en mayo de 1945.
Al igual que en otras comunidades a lo largo de Europa hubo acoso, violencia y destrucción de propiedades. Partidas de hombres armados salían en mitad de la noche a buscar a los colaboracionistas que lograron escapar. En agosto de 1945, uno de los puñados de hombres que habían sobrevivido a los campos de concentración regresó al pueblo y escuchó rumores de que uno de los hermanos Merckx podía estar escondido en una granja propiedad de uno de los Pittomvils, Louis. Un grupo de antiguos miembros de la resistencia se concentró allí por la noche y quemaron el lugar. Louis Pittomvils fue asesinado, a pesar de ser inocente de cualquier mala acción. Los culpables nunca fueron conducidos ante la justicia.
Jules, Jenny y el pequeño Edouard se mudaron a los alrededores de Bruselas un año después del fin de la guerra. Puede que lo que ocurrió entre 1944 y 1945 en Meensel-Kiezegem tuviera o no algo que ver en la decisión, pero está claro que forma parte del contexto. La comunidad quedó destrozada por esos hechos y la familia había sufrido. Dos de los hermanos de Jenny, Petrus y Josef, habían sido deportados a Alemania. Josef murió en Bergen-Belsen el 14 de marzo de 1945. Petrus era un coloso de 110 kilos de peso cuando dejó el pueblo, pero cuando regresó era un fantasma de apenas treinta y ocho kilos cuyas piernas estaban llenas de cicatrices por las torturas de la Gestapo. Sus doctores le recomendaron no hablar de lo que le había sucedido. Dos miembros más de los Pittomvils murieron en Neuengamme.
En esos difíciles años de la postguerra tener la ocasión de alquilar una tienda de ultramarinos debió de ser una oportunidad demasiado buena como para dejarla escapar. Jules había dejado la granja familiar para trabajar como carpintero en la cercana ciudad de Lovaina, pero su relación con su patrón no era buena y no estaba cómodo. La hermana de Jenny tenía una tienda en el suburbio bruselense de Anderlecht y Jenny iba allí a menudo a echarle una mano, familiarizándose con el trabajo. Fue Jenny quien se enteró del traspaso de la tienda de ultramarinos. Como declaró al periodista Stéphane Thirion, «quería algo mejor para nuestra familia y nuestro hijo». También tuvo un gran peso la oportunidad de que su hijo pudiera aprender francés. Jules no estaba demasiado convencido, pero «aceptó por amor».
Jenny Merckx era también la mano que manejaba la tienda. No estaba muy lejos de su hermana y tampoco de sus padres, que seguían viviendo en Kiezegem: la familia regresaba allí de visita los fines de semana. El propio Eddy Merckx señala que siempre eran bienvenidos. En sus primeros años llegó a competir allí en al menos dos ocasiones; cuando tenía doce años en una carrera de la que no se guarda ningún registro y también en su primera temporada, 1961, sin llegar a terminarlo.
La tienda de la que se hicieron cargo Jules y Jenny en septiembre de 1946 estaba situada en Place des Bouvreuils, Woluwe-Saint-Pierre; tenía apenas cincuenta metros cuadrados y quedaba muy lejos del bullicio de la zona comercial de Woluwe. Estaba situada en la parte sur de la plaza, en la que sigue habiendo un kiosco en otro de los edificios. En el centro de la rotonda que hay en la plaza se ve una pequeña placa que hace saber que es el sitio en el que se crio Eddy Merckx. Apenas se habían alejado cincuenta kilómetros, una distancia que hoy en día se cubre en un santiamén si se toma la autovía que pasa por la ciudad universitaria de Lovaina, pero los Merckx hicieron algo más que mudarse de casa: cruzaban la frontera lingüística que dividía Brabante -una zona en la que se habla flamenco- de la zona en la que se hablaba francés, dejando atrás a los abuelos.
Bélgica es un conjunto de retales tanto lingüísticos como culturales. Se divide entre Flandes al norte (en donde el flamenco es mayoritario) y el sur francoparlante, con Valonia y otros enclaves francófonos al oeste (como Hainaut Occidental), y los alrededores de Bruselas en el centro. No sería del todo correcto decir que los valones y los flamencos están completamente separados: durante mis investigaciones para este libro no hice más que encontrarme parejas bilingües. Sin embargo, la distinción entre las diferentes áreas está del todo clara. Como la mayoría de los flamencos Jules solo hablaba flamenco, aunque Jenny hablaba francés de manera fluida al haberlo aprendido gracias a su abuela. Además de cruzar la frontera lingüística, también cruzaron una frontera social: eran gente de campo en un barrio periférico relativamente rico.
Mudarse de Meensel-Kiezegem a Bruselas tuvo una gran importancia en la carrera del joven Edouard, en su identidad y en el impacto que tendría en su dividido país. El fundamental es que, de no haberlo hecho, no tendría ese nombre que hoy en día es sinónimo de dominio en el ciclismo mundial, Eddy. Merckx, con todas sus consonantes, es un apellido holandés. La contracción de Edouard a Eddy es la acostumbrada en francés. De haber sido un auténtico flamenco lo más seguro es que hubiera sido todavía más corto, quedando en Ward.
Aunque Edouard hubiera sido Ward y no Eddy lo más seguro es que hubiera sido ciclista, ya que Meensel-Kiezegem tenía sus propios campeones, como el doble vencedor de la París-Roubaix George Claes, quien regentaba una tienda de bicicletas y entrenaba a grupos de jóvenes de aquella área los domingos. Esa trayectoria alternativa habría convertido a Merckx en miembro de aquella generación de ciclistas belgas salidos de las regiones flamencas que fue, con toda seguridad, la de mayor talento que produjo nación alguna en un momento determinado de la historia del ciclismo. Entre los contemporáneos de Merckx había estrellas como Walter Godefroot, Herman Van Springel, Eric Leman, Roger De Vlaeminck y Freddy Maertens. Puede que Ward Merckx hubiera sido también uno de los más fuertes de todo ese grupo, aunque también es probable que no hubiera sido un dios del ciclismo.
El joven Eddy era un niño hiperactivo que quería estar siempre fuera de casa, algo contra lo que su madre tuvo que batallar, sobre todo cuando nacieron los gemelos Michel y Micheline en mayo de 1948. Se pasaba horas y horas en las colinas y los bosques de los suburbios del sudeste de Bruselas, y le encantaba ir a la granja de su abuela en Meensel-Kiezegem y ayudar allí a cuidar a los animales. Woluwe debió de ser un paraíso para un niño, con lagos y bosques frondosos a apenas unas manzanas de distancia. No es de extrañar que, en ocasiones, el joven Eddy estuviera fuera de casa pasada la hora establecida y regresara de sus aventuras lleno de arañazos. «Vivía en una angustia permanente», contaba Jenny. Una vez fue a pescar, y como no regresaba, alertaron a la policía. Se metió en un gran lío; y lo que para él era aún peor, lo castigaron sin salir. Después de subirse a una grúa cuando les estaban montando el alcantarillado a sus padres, lo castigaron un día entero; en otra ocasión fue a jugar a una obra con sus amigos mientras caía la noche: se habían retado a ver quién escalaba más alto por otra grúa, y tenía una ventaja de veinte metros sobre su más inmediato perseguidor cuando le hicieron parar.
Esto marcaría la tónica de una infancia y adolescencia difícil. Eddy trataba de escaparse de las obligaciones del colegio y el confinamiento de la tienda, que con la llegada de nuevos miembros a la familia cada vez se encontraba más abarrotada. Los niños compartían una habitación y un huésped ocupaba la de al lado. Su madre trataba de meterlo en vereda. Guillaume Michiels recuerda que Jules le gritaba que jamás llegaría a ser bueno en nada; por ejemplo, cuando tenía que sacar botellas vacías de la tienda y se le caían una o dos. Al final, gracias a la bicicleta, acabaría encontrando su escape y se convertiría en un nómada, viviendo casi siempre en la carretera, ya fuera compitiendo, entrenando o viajando.
Eddy se parecía a su padre, quien había sido un corredor decente y un futbolista superior a la media, y todavía era aficionado al ciclismo. El joven Merckx no era el niño más sano y sufría de constantes otitis, dolores de cabeza, dolores en general y problemas musculares. Pero nada lo detenía. Le daba igual el deporte que fuera: Eddy los practicó todos: boxeo, baloncesto, tenis de mesa, tenis sobre hierba y fútbol, además de competir con su bicicleta por las calles. Representó a su colegio en tenis sobre hierba y fue interior derecho en el equipo júnior local que más tarde se convertiría en el Royal White Star Woluwe, cuyo lema hoy en día es «Sé el Mejor». Hubo un partido tras el que tuvo que quedarse para que le regalaran una equipación completa como premio por haber marcado varios goles. Una fotografía que guarda el álbum familiar de los Merckx, y que fue reproducida en el estudio de Pierre Thonon sobre los años de juventud de Merckx (Eddy Merckx, l’Irrésistible Ascension d’un Jeune Champion) lo muestra a hombros de sus compañeros después de haber vencido en un torneo local de boxeo, con un guante elevado al cielo al mismo estilo de Muhammad Ali.
Todos esos triunfos tienen su importancia. Era un niño de una competitividad inmensa. Le encantaba jugar a las cartas, y si perdía un partido de tenis de mesa o una partida al dominó se ponía furioso. Más adelante mostraría esa misma competitividad en las partidas de póker con las que mataba el tiempo junto a sus compañeros. Desde niño le encantaba la mecánica y se construía sus propias goitiberas. En ocasiones llegó a desmontar su primera bicicleta de carreras para volver a pintarla. Resulta llamativo lo susceptible que era: lloró cuando su hermano y hermana menores le dijeron que Papá Noel no existe y su madre se lo confirmó. Todo esto serían rasgos que acabarían mostrándose tanto en el hombre como en el campeón.
Los Merckx eran una familia católica. Los domingos asistían a misa (todo un esfuerzo para Eddy por la necesidad de estarse quieto durante tanto rato), y en mayo asistían a rezar frente a la estatua de la virgen que había al final de la carretera. Estaba inmerso en un entorno muy trabajador. Los domingos eran días ajetreados en la tienda porque los comercios de la competencia cerraban, por lo que el joven Eddy tenía que echar una mano cortando queso y jamón, pesando fruta y atendiendo detrás del mostrador, mientras que sus amigos estaban jugando. Más tarde, Eddy insistiría en que no eran una familia acaudalada.
Pero esto es relativo. La habitación sobre la tienda estaba repleta -cuando Jenny le dijo a Jules que esperaba gemelos su comentario fue «¿y dónde los vamos a meter?»- pero tampoco puede decirse para nada que los Merckx fueran pobres. Está claro que no padecieron esa hambruna en la que vivieron sus primeros años gente como Fausto Coppi, Federico Martín Bahamontes, Rik Van Steenbergen o incluso contemporáneos suyos como Luis Ocaña, quien tenía que caminar ocho kilómetros diarios de ida y otros ocho de vuelta cada día para asistir al colegio, en los Pirineos y sin abrigo, dado que sus padres no podían permitirse comprarlo. Las pocas fotografías del joven Coppi muestran grupos de niños con las piernas como palillos y cabeza desproporcionada que son claro ejemplo del hambre. El joven Eddy tenía unas mejillas regordetas y ropa especial para las fiestas. Los Merckx podían permitirse tener un coche y veranear en la playa. Eddy tuvo la oportunidad de «ascender» por la escala social de manera convencional, estudiando y obteniendo un buen trabajo. Pero escogió el ciclismo. A diferencia de Coppi, Bahamontes o Van Steenbergen, Eddy Merckx escogió ser ciclista. Su alternativa no era la agricultura de subsistencia o trabajos de fábrica, sino algo mucho más sencillo e igual de lucrativo: una cómoda vida de clase media. Por supuesto que Eddy necesitaba competir con su bicicleta, solo que él no tenía que hacerlo por necesidades económicas.
El carácter de Jules y Jenny Merckx era opuesto. «Mi madre era muy amable, con modales refinados y siempre preocupada porque yo pudiera tener un accidente», recuerda Eddy. «Yo heredé esa naturaleza amable, puede que más de lo que debía». Pero, en palabras de Eddy, Jules «era nervioso, introvertido, siempre preocupado... y no muy proclive a la conversación». Y esto es algo que también puede describirlo a él. Jules tenía muy mal genio, pero los enfados no le duraban demasiado. No era un «hombre dado a la discusión. La mayoría de las veces prefería soltar un sopapo a soltar un sermón», contaba Eddy. A Jules le encantaban las frases del tipo «cuanto más tienes, más quieres» y «en tu vida siempre encontrarás a alguien que te aventaje». La primera de esas máximas define a su hijo a la perfección, pero la segunda no lo hace para nada.
Después de ser aprendiz de carpintero para acabar siendo tendero, la vida de Jules se limitó al «trabajo, trabajo y trabajo», según Eddy. Jules se levantaba temprano para ir al mercado a comprar verduras para la tienda: en verano iba a diario, en invierno tres o cuatro veces a la semana; y al principio a pie, ya que aún no tenía coche. Su gran susceptibilidad lo conducía a la timidez, a lo que sin duda contribuyó la barrera lingüística. En la tienda, Jenny era quien se ocupaba del mostrador, mientras que Jules echaba mano de sus habilidades como carpintero para fabricar las cajas de madera en las que exhibían las mercancías, a lo que se dedicaba por las noches. El retrato de Jules es el mismo que el del inmigrante económico, trabajando noche y día por miedo a fracasar y verse obligado a regresar con las manos vacías allá de donde salió.
Según Michel, el hermano de Eddy, era un déspota, una figura patriarcal. «Nadie se atrevía a meter la cuchara en el plato hasta que él no lo hacía». Michel lo recuerda como un «asceta infeliz, un hombre desollado en vida, un personaje sensible que escondía sus sentimientos tras una fachada de tirano», un hombre cuyas preocupaciones lo hacían caer enfermo, y cuyos problemas estomacales trataba después de esconder. Eddy fue quien más sufriría ese carácter, siendo tan alborotador que a veces Jules le metía la cabeza bajo el agua fría para calmarlo. Hubo ocasiones en las que el propio Eddy intervenía para asegurarse el castigo, evitando que este fuera a sus hermanos menores.
Como todo buen padre católico Jules era estricto: había que despejar la mesa después de la cena y se establecían unas claras reglas morales, tal y como Eddy pudo comprobar a los siete años, cuando le robó del escritorio un juguete a una de sus maestras y le dijo a su madre que era un regalo. También hubo pequeños conatos de rebelión ocasionales. En ocasiones, el Eddy adolescente fumaba cigarrillos a escondidas, por lo que su padre lo amonestaba cuando se enteraba. En una ocasión, Eddy le insistió al peluquero para que le rapara la cabeza como a un presidiario. Se dice que el joven estaba tan convencido de lo que quería que se negó a levantarse de la silla del barbero hasta que no hubo usado la navaja. Aquello tampoco salió bien.
Guillaume Michiels recuerda que los padres de Merckx eran «muy buenos, muy generosos», algo que también se diría después del hijo de estos. «Cuando corría, Eddy tenía cuatro o cinco seguidores. Tras las carreras de los domingos, la señora Merckx decía “vengan a tomar alguna bebida”. Y acababan comiendo allí, porque Jenny tenía la tienda y tan solo había que cortar un par de lonchas de jamón de detrás del mostrador. Eddy decía “ma mère invite tout le monde” (mi madre invita a todo el mundo). Michiels define a Jules como «un hombre que se mantenía siempre fiel a sus ideales».
Cuanto más y más famoso se hacía su hijo, más y más se centraba Jules en su trabajo, alejándose de las carreras. «Era muy introvertido, no dejaba que trascendieran sus sentimientos. Los cuales ahogaba en litros y litros de café. Nunca dejaba relucir su orgullo», le contó Jenny Merckx a Thirion. Eddy describía a su padre como «hipersensible», y lo achacaba a su timidez, la cual el propio Jules veía como una debilidad. Merckx senior era muy ingenuo y perdía dinero con los comerciales, que eran mucho más arteros.
Y, de nuevo, esto es un rasgo que también mostró su hijo. Cualquier nimiedad hacía que Jules se preocupara; incluso cuando llevó a su hijo a su primera carrera en Laeken, en el otro extremo de Bruselas, prefirió tomar un taxi para asegurarse de que no se perdían. Y también era un gran perfeccionista, hasta el límite de ver a su hijo limpiar su bicicleta por las tardes y volver a hacer lo mismo él para asegurarse de que quedaba como debía.
La única distracción del trabajo que se permitía Jules Merckx era su eterno amor por el ciclismo. En 1935, con quince años, había pedaleado cincuenta y cinco kilómetros sobre su bicicleta desde Meensel-Kiezegem rumbo sur, hasta Floreffe, cerca de Namur, para ver como Jean Aerts se convertía en el campeón del mundo de ciclismo. Tanto Eddy Merckx como su padre eran seguidores de Constant Ockers (Stan para los valones, Stanneke para los flamencos) el campeón de Amberes cuya carrera se desarrolló durante los años de infancia de Merckx. Eddy no tenía más que seis años cuando Ockers terminó el Tour de Francia de 1952 en segunda posición tras Fausto Coppi, y tan solo diez cuando ganó el Campeonato del Mundo de 1955. Cuando pedaleaba alrededor del vecindario Merckx era Ockers, mientras que sus amigos eran Rik Van Steenbergen o el héroe de Flandes Brik Schotte. Solo tenía once años cuando Ockers murió a consecuencia de las heridas que sufrió en la cabeza en una carrera en pista celebrada en Amberes, el 29 de septiembre de 1956. Jenny Merckx estaba al tanto de la muerte del héroe de su marido y su hijo, una de las razones por las que se negaba a que Eddy se convirtiera en ciclista. Que su hijo compitiera fue un motivo de preocupación durante muchísimos años. Cuando por fin colgó la bicicleta, tras diecisiete años sobre el sillín, dijo que fue el mayor alivio de su vida.
Merckx senior y júnior no eran, para nada, los únicos fans que tenía Ockers: a mediados de la década de los cincuenta, Ockers se había convertido en toda una celebridad por toda Bélgica gracias a su estilo combativo sobre la bicicleta, y su funeral estuvo muy cerca de ser un funeral de estado. Teniendo en cuenta la futura carrera de Merckx, Ockers resulta un modelo intrigante. No era un fornido flamenco como Van Steenbergen, sino un hombre pequeño, con un estilo muy agresivo sobre la bicicleta. No era un clasicómano, sino, más bien, un vueltómano capaz de disputar las clásicas más montañosas, como la Flecha Valona y la Lieja-Bastoña-Lieja; un ciclista con un talento todo terreno que le hacía ser tan bueno en el esprint como en la montaña. Pero a diferencia de Merckx, quien florecería desde apenas iniciados los veinte años, Ockers no alcanzó el éxito hasta pasados los treinta.
