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"Mi 27F" es un relato fluido que conmueve de principio a fin, desde su prólogo hasta su epílogo. No obliga ser chileno/a para entender y empatizar con la historia que, a través de detalles simples permite conocer la idiosincrasia de un pueblo en tiempos de crisis... Es un libro que destaca por la calidez y fluidez de su prosa, dos características que agilizan la narración de una historia cargada de sentimientos y emociones, las que matizadas con tonos de color y hazañas asombrosas mantienen cautivo al lector; incluso lágrimas afloran y sonrisas reconfortan. En fin, en esta pieza, la autora consigue combinar, de manera magistral, dos ingredientes fundamentales para una buena mezcla literaria: una historia bien contada y un lenguaje sencillo que no teme al uso de recursos descriptivos para transportan al lector al lugar de los hechos y a momentos inolvidables. "Mi 27F" es la excusa perfecta para continuar inmerso en la literatura chilena l y/o comenzar a leer un libro testimonial, atractivo y sobrecogedor que se pasea por diversas situaciones y figuras literarias que –a veces- dejan sin aliento al receptor y otras, reconfortan el alma.
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Seitenzahl: 95
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Denisse Quezada Guajardo, Mi27F
Edición conmemorativa, abril de 2022, Chile
146 p: 14 x 21 cm.
ISBN: 978-956-6131-32-8
Primera edición digital, abril 2010Edición conmemorativa, abril 2022.
Derechos reservados:
© Denisse Quezada Guajardo
© Pehoé Ediciones
Registro de propiedad intelectual Nº 250.932
ISBN edición impresa: 978-956-6131-32-8
ISBN edición digital: 978-956-6131-30-4
Edición: Alejandra Silva Pérez
Diagramación e ilustraciones: Óscar Bravo
Fotografía solapa: Rodrigo Órdenes
Mapa interior: Carlos Fuentes
Portada: Leonardo Chacana
Diagramación digital: ebooks [email protected]
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra –incluido el diseño tipográfico y de portada–, sea cual fuera el medio, electrónico, digital o mecánico, sin el consentimiento por escrito de la autora.
Dedicatoria
A mis hijos Mathías y Clemente.A mis hijas Matilde y Dominga (QEPD).A mis padres y hermana.Y a mi marido Leonardo Pérez.
A todos los que perdieron a un
ser querido en esta catástrofe.
A Felipe Camiroaga (QEPD), quien me alentó a escribir este libro.
Presentación
El 27 de febrero del 2010 es una de las fechas importantes de la historia de Chile, donde ningún chileno o chilena puede quedar indiferente ante la catástrofe que significó la ocurrencia de un terremoto de 8.8 grados en la escala de Richter. Esta catástrofe se agudizó por las malas decisiones y las fallas en los protocolos, información y comunicaciones; y por qué no decirlo, por la falta de HUMANIDAD de muchos quienes dependía el manejo de este desastre. Además del sistema de protección civil que no estaba preparado para la adecuada evacuación de personas.
Sin darnos cuenta, han pasado doce años desde el terremoto y posterior tsunami que nos remeció a todos y a todas de alguna u otra forma, dejando 525 víctimas fatales, 525 familias dañadas irreparablemente y US$ 30.000 millones en pérdidas materiales, las que golpearon fuertemente la industria de la pesca, el turismo, la vivienda y la educación de muchos chilenos y chilenas, y de lo que a la fecha muchos aún no se pueden recuperar.
Hoy tiene en sus manos un ejemplar que complementó el testimonio de Denisse en una nueva edición, editada, ilustrada y con nuevo capítulo, que le permitirá tener la información global y verídica de las fallas políticas, sociales y estructurales que hubo ese 27F, pero mirado desde el aprendizaje que nos ha impulsado a revisar y/o corregir y/o disminuir muchos aspectos técnicos y humanos.
Agradecimientos
Este libro fue escrito tres veces. Una tarea que realicé a pesar del desánimo y la frustración que me produjo la pérdida de la primera versión cuando robaron mi computador el año 2015, y fue gracias a Leonardo Pérez, mi marido, que tuve la fuerza para emprender este tremendo desafío. Él leyó mis primeros escritos y con ansias me pidió más y más capítulos, convirtiéndose en mi primer editor y crítico. No fue fácil trabajar en esto juntos. A veces fue muy incómodo, pero con su dedicación, amor y profesionalismo, logramos sacar adelante MI27F y este tercer ejemplar conmemorativo, editado, con ilustraciones y nuevos capítulos. Le agradezco por todo.
Agradezco, también, el cariño y apoyo de Tomás Mosciatti, quien aceptó con agrado escribir el prólogo, y de una u otra forma, ser parte de esta historia.
No puedo dejar de mencionar a mi querida amiga y psicóloga, Elena Aceituno, y a mi prima Karina Quezada, quienes fueron un soporte fundamental en esta compleja etapa de mi vida.
Agradezco infinitamente a mi hijo Mathias, quien debió —por primera vez— recordar paso a paso lo vivido. Agradezco que esté a mi lado y verlo crecer día a día.
Prólogo
El instinto materno es una de las fuerzas más formidables e incontrarrestables de la naturaleza. Su imperio vital no admite excusas, no conoce límites, y supera toda lógica y razón. Así lo entendieron y consagraron las culturas clásicas, que entronizaron sus dictados elevándolos a designios de la divinidad: en Grecia, la diosa Deméter –la Ceres de los romanos-, detuvo toda la vida sobre la tierra, mientras buscaba a su hija Perséfone, que había sido raptada por Hades, dios del inframundo. Y el ritmo de la vida sólo siguió su curso cuando Hades accedió a que Perséfone regresara junto a su madre al menos dos temporadas al año.
Se sabe de casos en que madres han sido capaces de levantar un tronco, una enorme roca, e incluso −también en Chile−, hasta un tractor que atrapaba el cuerpo de su hijo. Se sabe de madres, que sin mediar comunicación alguna, han sabido exactamente cuándo sus hijos estaban en peligro vital. Se sabe de madres que han dado −y seguirán dando−, su vida para salvar a sus hijos.
Este relato esencial −la capacidad de una madre de renunciar a todo, de sacrificarlo todo y de hacer hasta lo imposible por un hijo−, se encuentra plasmado, en su propia escala, en la historia que Denisse Quezada nos cuenta en Mi27F.
Todos tenemos un personal recuerdo del terremoto que asoló a Chile en 2010. Se trató del segundo mayor terremoto del que se tienen registros históricos, siendo superado únicamente por el de Valdivia, en 1960, que tampoco ha podido ser olvidado por sus protagonistas.
Ese suceso dantesco, de proporciones catastróficas, cuya enorme magnitud física no alcanza a dar cuenta cabal de sus efectos espirituales, emocionales, sociales, económicos e incluso políticos, es el escenario y el contexto en el que se desarrolla el relato de Denisse.
Se trata entonces, de una historia enmarcada, desde su origen, por la desmesura de lo que sucedió en Chile la madrugada del 27 de Febrero. Y como en todo relato épico, lo que nos cuenta Denisse es pasmosamente simple: su hijo se encontraba junto a sus abuelos, en el epicentro del desastre, y ella decidió partir a buscarlo justo allí donde el inframundo había manifestado todo su terrible poder.
Se trata, aunque ni ella misma parece saberlo, de un viaje iniciático, de un viaje fundamental, que cambiaría su vida para siempre. Y como en ella se encontraba manifestado el arquetipo fundamental de la Madre, el viaje posee dimensiones simbólicas desde un comienzo: se tuvo que encontrar con figuras arquetípicas como “la sombra” −que trata de impedir el viaje desde un comienzo−; el “maestro o tutor”, que proporciona las “armas y vituallas” mínimas para la jornada; los “protectores” a quienes Denisse califica intuitiva y acertadamente de “ángeles”, y los “guardianes de la puerta”, que ponen a prueba el temple y la voluntad del viajero.
Por eso, el relato de Denisse es engañosamente sencillo: usted y yo podemos leerlo rápidamente, incluso descuidadamente, porque en su sencillez, en la aparente simplicidad de lo que ella nos cuenta, se esconde la profundidad del mito esencial que esta historia nos presenta.
Así que los invito cordialmente a leer este libro, que seguramente nos hará recordar nuestros propios 27F.
Las “grandes historias”, las “historias fundamentales de la humanidad”, no son las que de manera ostentosa nos hablan de próceres, caudillos, batallas o efemérides de almanaque, son las que nos llevan a las profundidades más esenciales, vitales y trascendentes de aquello que verdaderamente nos hace ser Seres Humanos.
Tomás Mosciatti
Una extraña tensión reinaba en las calles de Santiago la madrugada del sábado 27 de febrero de 2010. Eran casi las tres de la mañana y mi pareja y yo habíamos tenido una noche bastante tranquila en el Liguria de Manuel Montt cuando llegamos al departamento que compartíamos en la comuna de Providencia Chile. Al llegar, me contó que tenía que entregar un trabajo muy temprano y se fue, según él, a su consulta. Cansada, me puse el pijama, me lavé los dientes y me acosté. En cosa de segundos escuché un gran rugido desde el fondo de la tierra y una gran sacudida dio inicio al movimiento. Tratando de entender qué sucedía, seguí acostada por algunos segundos, pero el departamento se movía cada vez más rápido. Trataba de sostenerme en pie, pero me sentía como en un tagadá, y no podía conseguir equilibrarme ni por un minuto. Rápidamente me puse las pantuflas para salir a la calle, pero a duras penas logré salir de mi dormitorio.
Con cero noción del tiempo, después de un rato, que me pareció eterno, logré salir y avanzar al living y luego al comedor para llegar a la puerta. Me costó mucho abrirla, tanto por la incesante oscilación como por mi nerviosismo, pero lo logré y me encontré frente a frente con mi vecina Verónica Bustos, quien trató de tranquilizarme –por favor mantén la calma, Denisse, esto pasará, sólo es un fuerte temblor. Ahora bajemos para estar más seguras−.
Descendimos por las escaleras como pudimos. Los minutos parecían horas, el movimiento no paraba y se sentía cada vez más fuerte e intenso. De trasfondo, se oían las voces y llantos de los vecinos y uno que otro grito de algunos que habían quedado atrapados dentro de los departamentos. El conserje, nervioso, trataba de encender los generadores, y asistir y contener a los que podía. Casi todos bajaron a la recepción del edificio, con los celulares en la mano tratando infructuosamente de comunicarse con algún familiar. En esos momentos muy pocos tuvieron la suerte de poder hacerlo. Nos mirábamos de reojo, tratando de reconocernos en medio de la penumbra. La mayoría no nos conocíamos, aunque vivíamos hacía años en el mismo lugar.
Todos estábamos muy asustados y nerviosos. Las réplicas del gran movimiento seguían incesantemente y, aunque sin duda lo que había sucedido era un terremoto de proporciones, no teníamos comunicación ni información de lo sucedido.
Pasaban las horas y yo seguía en pijama y con las mismas pantuflas con las que había logrado arrancar de mi departamento. En mi ansiedad, sólo quería tomarme un café, pero no había agua, luz ni gas, por lo que, con un par de vecinos, decidimos ir a comprar un café a la bencinera Copec de Pedro de Valdivia con Eliodoro Yáñez, a un par de cuadras de donde vivía. Cuando llegamos estaba cerrada. Ni café, ni bencina, ni cajeros automáticos; no había nada de nada, así que nos devolvimos a nuestro edificio por el mismo camino.
Ya eran las cinco de la mañana, y el silencio de la calle era estremecedor. De pronto, divisamos a una pareja que se acercaba hacia nosotros caminando por el medio de Eliodoro Yáñez. Cada uno llevaba un bebé en los brazos y estaban muy descontrolados, sobre todo ella. Nos miraron y nos hablaron con desesperación:
—Se nos vino abajo nuestro departamento, no quedó nada bueno, no sé qué vamos hacer. Alcanzamos a salir y a salvar a nuestros bebés que es lo único que nos importa en estos momentos. Ahora vamos a ver mis padres que viven cerca para saber cómo están porque no logramos comunicarnos con ellos por teléfono. Nos quedaremos ahí hasta que todo esto pase —nos dijo entre sollozos la joven madre, mientras su marido la miraba desconsolado. No sabíamos qué decirles, estábamos tan conmovidos como ellos, tenía mis ojos llenos de lágrimas y apenas me salió la voz de la garganta.
—Tienes a tus bebés contigo sanos y salvos, dale gracias a Dios que pudieron escapar, lo material se recupera. ¡Fuerza!, cuídense —fue lo único que se me ocurrió decirle mientras la abrazaba y a la vez pensaba en qué vendría después de todo esto.
“Esto fue un gran terremoto” —pensé, sin imaginar aún la magnitud de la tragedia— Seguimos caminando ignorantes y totalmente desinformados de lo que pasaba en Santiago y descartando que hubiera afectado en algo a otras regiones.
