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¿Cómo cuentas la historia real de alguien olvidado —un auténtico icono, un ídolo— junto a la tuya?Mi autobiografía de Carson McCullers de Jenn Shapland es a la vez una exploración inmersiva y sorprendente en la vida y obra de una de las escritoras más queridas y respetadas de Estados Unidos y un análisis de la identidad más allá de las normas de género, la memoria y el amor. Siendo una estudiante de posgrado, Shapland descubre una serie de cartas escritas por una mujer llamada Annemarie a Carson McCullers. Aunque Shapland se reconoce a sí misma en las cartas, que son íntimas y desvergonzadas en sus sentimientos, no ve a McCullers tal y como la ha retratado la historia de la literatura. Su curiosidad inicial da paso a una progresiva obsesión no solo por ese aspecto recién descubierto de la vida de McCullers, sino también por la forma en la que contamos las historias de amor en los márgenes. ¿Por qué —se pregunta Shapland— las historias de mujeres están erigidas a partir de las narrativas de otros?¿Por qué las mujeres queer que intentan autorrealizarse en espacios heterosexuales requieren una revisión constante? ¿Y qué podría revelar a Shapland sobre sí misma su indagación en la vida de McCullers, en su historia, sus secretos y su legado? Con una prosa inteligente y esclarecedora, la autora de Mi autobiografía de Carson McCullers, que fue finalista al National Book Award en la categoría de no ficción, entreteje su propia historia con la de McCullers para crear un retrato vital de uno de los mayores tesoros de la literatura universal, mostrándonos cómo los escritores que amamos y las historias que contamos sobre nosotros mismos nos convierten en quienes somos. «Una investigación sobre cómo buscamos la verdad de nosotros mismos y de los demás de maneras que, en ocasiones, no son sencillas (…) Ojalá hubiera más libros como este» (The New York Times Book Review) «Un testimonio conmovedor y sin pretensiones sobre el amor en los márgenes» (The New Yorker) «Acompañar a Shapland en sus labores como detective es una delicia» (The Los Angeles Review of Books) «Este libro descubre formas en que se ha ignorado la historia queer de las mujeres. Es un relato personal, poderoso y que cambia el género del descubrimiento literario» (Book Riot, Mejores libros de 2020) «Shapland entreteje un sincero cuestionamiento de sí misma y reveladoras historias personales con un retrato matizado de una escritora que confesó que sus amores eran "intocables" y sus sentimientos "inarticulables". Una crónica sensible de la búsqueda de la verdad de una biógrafa» (Kirkus Reviews)
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Seitenzahl: 295
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Jenn Shapland
Traducción de Gloria Fortún
Primera edición: septiembre de 2022
MY AUTOBIOGRAPHY OF CARSON MCCULLERS © Jenn Shapland, 2020
First published by Tin House Books. Translation rights arranged by MB Agencia Literaria SL. and The Clegg Agency, Inc., USA.
All rights reserved.
© de la traducción: Gloria Fortún
© de esta edición: Dos Bigotes, A.C.
Publicado por Dos Bigotes, A.C.
www.dosbigotes.es
ISBN: 978-84-125123-5-9
eISBN: 978-84-125975-1-6
Depósito legal: M-22270-2022
Impreso por Kadmos
www.kadmos.es
Diseño de colección:
Raúl Lázaro
www.escueladecebras.com
La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores.
Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.
El papel utilizado para la impresión de Mi autobiografía de Carson McCullers es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.
Impreso en España — Printed in Spain
Para tu Carson
En el reconocimiento del acto de amarse haya una respuesta a la desesperanza.Audre Lorde, Zami. Una nuevaforma de escribir mi nombre
Nota de la autora
Pregunta
Articulación
Correspondencia
Los territorios particulares del alma
Enajenación, o por qué escribo
Cuevas
Chick-fil-A
Casas en los árboles y cabinas telefónicas
Esa chica
Cualificaciones
Un amor libre
Ventanas
Acontecimientos imprevistos
Cambios
February House
Amigas imaginarias
El blues de la demostración
Dedicatorias
Ambivalencias
Convalecencia
Parásitos
Hogareñas
Reglas
Mi juventud arcoíris
Portales
Artículo 8
Artículos 42-45
Artículos sin localizar
Femenina
Acerca de exponerse
Fusión
La caza
Semántica
Habitaciones separadas
Androginia
Elle/Elles
Confidentes
High Line
Tríos
Sillón reclinable
Desestabilización ontológica
Buscando en Google
Sermón
Lista de posibles novias de Carson
Otras lesbianas probables
Segundas nupcias
Dedicatorias
Furia y desastre
En la enfermedad
Caza de brujas
Este loco deseo de viajar
Rumbo al oeste
Estrategias de afrontamiento
Sismógrafos
Diagnóstico
Silla azul
Órgano
Último amor
Aún no
Primeros amores
Sueño
Cuestión de gusto
Dedicatorias
Sueño
Tu nombre
Ciencia forense
Expurgación
Mentiras, secretos y silencio
Mitomanía
Reconocimiento
Una fuerza que silencia
Proximidad
Miopía
29 de septiembre de 1967
29 de septiembre de 2016
Amor e invierno
Las muertas
Sueño
Nota a mí misma
Eufemismos
Agradecimientos
Fuentes
Por restricciones relacionadas con el copyright, en este libro he aludido a varios documentos que incluyen cartas, telegramas y una colección de transcripciones pertenecientes a las sesiones de terapia grabadas de Carson McCullers, prescindiendo de las citas textuales.
Reeves preguntó a Carson si era lesbiana en el porche delantero de la casa de Carson en la avenida Stark, cuando todo el mundo se había ido a la cama. Me los imagino en un columpio, aunque sé con certeza que tal columpio no existe. Carson contestó con rapidez que no, deseó no serlo en voz alta y acabó expresando serias dudas.
Yo era la única usuaria de un pequeño archivo bibliotecario de Columbus, Georgia, cuando me topé con este intercambio transcrito a máquina y fechado en marzo de 1958. Se trata de la transcripción de la grabación de la quinta sesión de terapia de Carson con la doctora Mary Mercer, a quien visitaba para que le ayudase con su bloqueo de escritura. Volví a leer la pregunta. Carson recordaba haberle dicho a Reeves que había amado a una mujer que se llamaba Vera y a otra que se llamaba Mary Tucker, pero que no estaba segura de lo que quería decir él cuando hablaba de lesbianas. Se lo preguntó como si el lesbianismo fuera un club en el que estaba considerando ingresar, o una especie desconocida que ella pudiera estudiar: ¿cómo se comportan las lesbianas? ¿Dónde viven? ¿De qué forma interactúan?
A pesar de la condición de Carson de posible lesbiana, Reeves quiso saber cuándo se casarían. Ella tenía diecinueve años.
A Carson McCullers se la recuerda como una novelista que se crio en Columbus, Georgia, se mudó a Nueva York en los años veinte, y pasó el resto de su vida escribiendo sobre gente inadaptada del sur de Estados Unidos. Sus personajes son mudos o demasiado altos o negros o queer y casi siempre se encuentran solos y fuera de lugar en un pueblecito conservador que se parece mucho al suyo. En 1940, su primera novela, El corazón es un cazador solitario, le trajo la fama a la edad de veintitrés años. Se hicieron películas y obras de teatro de Broadway de sus libros. Uno de sus mejores amigos fue Tennessee Williams —ella le llamaba Tenn— y estuvo peleada con el copión de Truman Capote durante años. Se casó con el mismo hombre, Reeves McCullers, dos veces, y se rumorea que andaba detrás de algunas mujeres. Se emborrachaba con frecuencia, era una enferma crónica y, como tantas personas de su época, murió joven. Si has oído hablar de ella, seguramente conozcas una versión del estilo de la que acabo de contar.
Para poder contar su propia historia, una escritora debe convertirse en personaje. Para contar la historia de otra persona, una escritora debe convertir a esa persona en una versión de sí misma, encontrar la manera de habitar en ella. Este libro tiene lugar en la distancia fluida entre la escritora y su sujeto de escritura, en la fabricación de un yo, en todas sus versiones, en la página.
No me esperaba cartas de amor. El papel se había vuelto marrón con el tiempo y sus esquinas estaban arrugadas. La caligrafía de Annemarie llenaba la hoja, inclinándose con contundencia hacia la derecha y llenando con frecuencia el margen izquierdo con añadidos posteriores. Leía a través de fundas de plástico transparentes, pues mi prudencia de becaria me impedía extraer los documentos de su forro.
10 de abril, por la nocheCarson, niña, mi amada, lo sabes, me marcho pasado mañana, medio asustada y orgullosa, dejo atrás todo lo que me importa, otra vez, y una oleada de amor…
Levanté la vista hacia las hileras de cajas de manuscritos que me rodeaban, me bullía la mente, me ardían las mejillas. ¿Significaba esto lo que yo creía? ¿A qué se refería con «amor»? El instinto me hizo ponerme a vigilar si venía alguien. Tan solo se escuchaba el sonido de las estanterías eléctricas al deslizarse, así que seguí leyendo. Annemarie recordaba a Carson la vez en que tú y yo hablamos durante aquella comida, te acuerdas, en esa esquina junto al hotel Bedford, tomando leche y pan y mantequilla, hace siglos.
Cuatro años antes de visitar el archivo de Georgia que albergaba las sesiones de terapia transcritas de Carson, antes de conocer poco más que el nombre de Carson, yo era una becaria del centro Harry Ransom, una enorme colección de libros y documentos de escritores situada en el campus de Austin de la Universidad de Texas. Fue un trabajo que me vino de perlas: me liberó de dar clase durante mis dos años de estudiante de posgrado y me proporcionó un acceso ilimitado a los papeles y otras pertenencias de destacados autores.
Cada uno de los días de mis dos años en el centro lo pasé en un despacho compartido con otros becarios respondiendo las consultas que hacían los investigadores para sus trabajos, las cuales se iban acumulando en la pila de correo que había junto a la puerta. La mayoría de ellas resultaban aburridas. La mitad versaban sobre David Foster Wallace o Norman Mailer. (Mi descubrimiento favorito fueron una serie de cartas que una de las amantes de Mailer le había escrito con el encabezado —que resumía perfectamente lo que yo sentía— Estimado Gilipollas Estadounidense). Un día de principios de febrero de 2012, un investigador escribió preguntando por las cartas entre Annemarie Clarac-Schwarzenbach, cuyo nombre me resultaba completamente desconocido, y Carson McCullers, cuyas novelas tenían títulos que siempre me habían llamado la atención. El corazón es un cazador solitario. Ya te digo. Sin embargo, nunca había llegado a leer ninguna. Tengo la sensación de que los libros me encuentran cuando estoy preparada para ellos, de lo contrario los acabo abandonando. Bajé en el montacargas a la fría sala de manuscritos del sótano, extraje la carpeta de correspondencia —la 29.4, todavía me acuerdo— y empecé a leer allí mismo, junto a las estanterías.
El lenguaje que emplea Annemarie en sus cartas a Carson es íntimo, sugerente, o así lo quise leer yo. Te acuerdas. Yo había recibido cartas como esas. Había escrito cartas así a las mujeres que había amado. Tenía pocas pruebas, pero estaba plenamente segura: Carson McCullers había amado a mujeres. O, al menos, esta mujer la había amado a ella. Inmediatamente, sin razón alguna, quise saberlo todo de ambas. Subí la carpeta conmigo a mi estante en el despacho de los becarios, me apresuré a mi turno de las tres de la tarde en el mostrador de consultas y empecé a buscar en Google. Se trataba de una investigación, racionalicé; era parte de mi trabajo. Descubrí que Annemarie era una escritora y fotógrafa suiza, heredera de la seda y reputada mujeriega que pasó un tiempo en Nueva York en los años treinta y principios de los cuarenta.
En la carpeta 29.4 encontré ocho cartas de Annemarie a Carson, pero no estaba ninguna de sus contestaciones. Una tiene el encabezado En el río Congo, septiembre de 1941, otra En el barco, desde la Angola portuguesa a Lisboa. Después de contar las páginas para el investigador y responder a su consulta, bajé de nuevo la carpeta y la introduje en su caja. Más tarde, guardaría pilas de los libros y manuscritos de Carson en mi estante del despacho, pero en ese momento no creía tener derecho a estar tan cerca de aquellas cartas. Sin embargo, sí que había copiado algunas de ellas en un email que me envié a mí misma. El investigador nunca me solicitó los escaneados. La caligrafía de Annemarie es tan pequeña y apremiante que sus cartas tardan en leerse, aunque muchas veces solo ocupen las dos caras de una sola hoja. Sus cartas, al igual que las mías, son agitadas, rebosantes de un sentimiento que necesita declararse por escrito. En la primera carta da la impresión de estar acabando su relación con Carson, de forma cariñosa pero firme. Escribe desde Zúrich, habiéndose ya marchado del país:
Gracias eternamente… Carson, recuerda nuestros momentos de conexión y cuánto te amaba. No te olvides de la magnífica obligación de trabajar, no te dejes seducir, escribe, y, querida, cuídate. Como yo lo haré. (En Sils escribí. Solo unas cuantas páginas, te gustarían), y nunca olvides, te lo ruego, lo que a nosotras nos ha conmovido tan profundamente.
Tu Annemarie, con todo mi cariño.
El amor que describe está vinculado a la escritura, trabajo creativo que estas mujeres se toman en serio. Creo que esta parte me impactó igual que su romance, y ahora me recuerda a la sensación que Audre Lorde describe en Zami, su autobiografía, la primera vez que se encuentra incluida en un grupo de mujeres queer que son artistas: «Sentí que había superado mi infancia, que era una mujer conectando con otras mujeres en una red intrincada, compleja y cada vez mayor de fuerzas que se intercambian». Como muchas de mis propias cartas escritas al final de mi adolescencia o de veinteañera, las de Annemarie son mensajes de una mujer confusa a otra, un intento de articular un yo que aún no se había formado del todo. Al releer las cartas que escribí durante este periodo, puedo escuchar la firme creencia que tenía de que un día no muy lejano mi identidad se transformaría en algo estable, fijo. Aguardaba a que mi rostro se afilara y mis manos envejecieran. Aparte de las mías, nunca antes había leído cartas de amor entre mujeres. A pesar de que Annemarie y Carson fueran unas desconocidas para mí, y del tiempo y el espacio que nos separaban, al leer esos documentos sentía que las comprendía perfectamente.
Descubrí las cartas al final de la gran catástrofe que fue fraguándose poco a poco durante mi veintena: no romper del todo con mi primer amor, una mujer de Texas que había conocido cuando estábamos en el primer año de carrera en Vermont y con la que pasé seis años de pareja en el armario. En el segundo año de un programa de doctorado que duraba seis, el mundo académico ya me aburría sobremanera. No quería ser crítica literaria, no soportaba los aros institucionales por los que iba pasando, y cuando llevaba tan solo seis meses de becaria, ya sabía que ser archivera no era lo mío. Carecía de paciencia y dedicaba demasiado tiempo a resolver misterios que yo misma creaba. Un día recibí un email inesperado de uno de mis profesores en el que alababa mi escritura, y me sorprendió sentirme validada. Los elogios continuaron, junto con una ráfaga de poemas y la presión para que me acostase con él, lo cual hice, sin estar muy segura de cómo había llegado hasta allí. Mi relación de seis años se disolvió, y yo me marché de nuestro apartamento. Tenía veinticinco años y, cuando no estaba borracha en un porche fumando cigarrillos iracundos con mis amistades, me encontraba exquisitamente sola por primera vez en mi vida en un estudio nuevo y caro que no me podía permitir. El lavaplatos estaba lleno de cucarachas. Las cucarachas me juzgaban. Mi propio comportamiento me dejaba perpleja. No sabía si deseaba salir con mujeres —era como si no lo hubiese hecho nunca; mi primer amor y yo nos presentábamos durante todos aquellos años como «compañeras de piso»— pero, a pesar de lo que había sucedido, salir con hombres me resultaba deprimente. Como la mayoría de las personas que tienen veinticinco años, no podía decidir qué iba a hacer a continuación.
Lo que llegó a continuación fue Carson.
Traté de hablar a algunas personas —compañeros de trabajo, amistades— sobre las cartas, pero no era capaz de explicar por qué eran tan importantes para mí. «Salió con una mujer», me dirían. «¿Y?». En los años posteriores mi deseo de comprender la magnitud de este amor por correspondencia lo invadió todo. Una semana después de descubrir las cartas, me cortaría el pelo. Un año después me sentiría más o menos cómoda al llamarme a mí misma lesbiana por primera vez. También catalogaría la colección de efectos personales de McCullers en el centro Ransom, tanto su ropa como los objetos que habían llegado al archivo y habían permanecido sin procesar durante mucho tiempo. Cuatro años después pasaría un mes viviendo en la casa donde transcurrió la infancia de Carson en Columbus, y posteriormente me mudaría de Austin a Santa Fe con mi nuevo amor, Chelsea —nos conocimos siendo las dos becarias—, y abandonaría mi trabajo en el mundo académico para terminar un libro sobre Carson. Al pensar en retrospectiva, redefinimos todo lo que se ha interpuesto en nuestro camino, por lo que me cuesta encontrar un sentido narrativo constante en mi propia vida y en la de las demás personas. Pero supongo que estas cartas podrían considerarse un punto de inflexión.
Las transcripciones de la terapia de Carson aparecieron en 2014, tras la muerte de la doctora Mary Mercer, en el pequeño archivo de la tercera planta de la Universidad Estatal de Columbus. Pasé allí las lentas tardes de la primavera de 2016 escaneando y fotocopiando las cartas plagadas de erratas de los años de Carson posteriores a su ataque cardíaco, cuando tenía el brazo izquierdo paralizado y escribía a máquina con un solo dedo. Leí una copia del testamento de Carson, en el que deja en herencia a su antigua terapeuta un tercio de sus posesiones, y muchas de sus cartas a Mary, en las que bromea con dulzura: Besos a tu piececito, se despide, y se dirige a Mary como mi niña. Saqué fotos de muchas de ellas con mi teléfono para enviárselas inmediatamente a Chelsea con un montón de signos de exclamación.
Martha, una archivera veterana con el pelo rubio y corto y unos enormes ojos enmarcados por unas gafas, se encontraba en mitad de una conversación acalorada sobre el gas mostaza con otros trabajadores del archivo que se habían congregado alrededor de su ordenador cuando entré por la puerta. Le informé de que estaba allí para investigar acerca de la amistad —así la llamaba— entre Mary y Carson. Ella lanzó un ostentoso bufido ante mi consulta, mientras me miraba de arriba abajo. Sin inmutarme, pues ya estaba familiarizada con esos despliegues de indiferencia, le tendí la larga lista de carpetas que necesitaba que me buscara. Sé bien que los archivos pueden ser lugares hostiles e inaccesibles. Una investigadora tiene que hacer un gran esfuerzo para ganarse la confianza del personal. Necesitan asegurarse de que vas en serio. Custodian multitud de secretos, los caóticos documentos de vidas que con frecuencia son aún más caóticas. Pocas semanas después, consideraría estas tensas interacciones como señales de la incomodidad que sentía Martha, o la institución, con el contenido de las transcripciones. Todavía no estoy segura de si era mi paranoia de investigadora queer la que me hacía pensar estas cosas.
Cada una de las transcripciones de la terapia de Carson están alojadas en una carpeta etiquetada como «Experimento»: «Primer experimento», «Segundo experimento». Resulta exasperante lo incompleto de las transcripciones, con sus elipsis y sus huecos en blanco que pudieran o no ocultar detalles adicionales. Algunas empiezan o terminan en la mitad de una frase. Carson habla en mayúsculas, intercalando poesía —suya y de otros— con descripciones de sus sueños, recuerdos de infancia y reflexiones acerca de su vida. Puede que parezca que leer transcripciones de las conversaciones de una persona con su terapeuta va contra la ley, pues en una terapia normalmente se da por sentada la confidencialidad entre la profesional y su paciente. Sin embargo, este tipo de transcripciones es muy común. A pesar de que cuentan distintas versiones de cómo tomaron esta decisión, tanto Mary como Carson las describen como un intento de escribir la autobiografía de la autora.
Al principio, Carson era escéptica con respecto a la terapia y estaba muy nerviosa el día de 1958 en que iba a conocer a Mary en su consulta de Nyack, Nueva York, donde Carson había estado viviendo de manera intermitente desde 1944. Mary tenía cuarenta y seis años, y llevaba ejerciendo la psiquiatría desde hacía una década, aunque había abierto su propio consultorio privado en Nyack cuatro años antes. Nueve años después de sus sesiones de terapia, Carson dictó desde la cama su segunda autobiografía, la cual, como la primera, nunca concluyó. Fue publicada de forma póstuma en 1999 bajo el título de Iluminación y fulgor nocturno. En ella escribe que temía que «la doctora Mercer fuera fea, mandona, y que tratase de invadir territorios particulares de mi alma». Estaba tan preocupada que se despertó a las tres de la madrugada del día de su primera sesión. Llegó a su cita indignantemente pronto, caminó por el sendero que conducía a la consulta ayudada por su bastón, forcejeó con la puerta mosquitera y vio a Mary, que «era y es la mujer más hermosa que he visto nunca».
Carson pensaba que enfocar su terapia como la escritura de unas memorias había sido una de sus ideas más brillantes. Al principio, Mary no estaba segura y pensó que «no podía hacerse. Iba en contra del “contrato” terapéutico». Pero, con el tiempo, la autora logró convencerla. Le dijo a la biógrafa Josyane Savigneau que «en contra de todo lo razonable y de las reglas de mi profesión, acepté grabar las cintas —una copia para ella y otra copia para mí— estipulando con claridad que este material no debía hacerse público en su forma original y solo serviría de fuente para el libro que planeaba escribir». Mary sacó el dictáfono que usaba para grabar su correspondencia y sus notas sobre los pacientes, y las dos se pusieron a grabar inmediatamente. A Carson el contenido de las cintas no le causaba timidez, su objetivo era publicarlas. Su acuerdo es la razón por la que las transcripciones aún existen, y creo también que es el motivo de que yo me sienta cómoda leyéndolas y diseccionándolas para averiguar el subtexto. Mary recuerda que se enteró a través de las amistades de Carson de que la escritora ponía las cintas «a cualquiera y a todo el mundo», así que hizo que se las devolviera.
A finales de los años cincuenta, tras haber perdido a su madre, a quien todo el mundo llamaba Bebe, Carson se encontró con que era incapaz de escribir. La novela que tenía entre manos en ese momento, que con el tiempo se convertiría en Reloj sin manecillas, la tenía completamente bloqueada. Estaba sola a menudo; no tenía mucho dinero. No creía poderse permitir el gasto de la terapia con Mary, pero tras unas cuantas sesiones se dio cuenta de los beneficios. «No es solo que la doctora Mercer me cayera bien desde el principio», escribe, «sino que la quería, y ante todo sabía que podía confiarle hasta mi alma. No me resultaba nada difícil hablar con ella. Le entregaba toda la rebelión y frustración de mi vida, pues sabía que ella era consciente de lo que le daba». Si gracias a las sesiones pudieran producir una autobiografía que Carson fuera capaz de vender, podría justificar el coste. A pesar de que algo así suena al mismo tiempo práctico y absurdo, me pregunto si también estaba buscando una narrativa, si trataba de encontrar una historia que contar en la que encajase.
Carson tiene cuarenta y un años cuando empiezan las transcripciones, y resulta evidente que una escritora como ella, cuya literatura se caracterizaba por su perspicacia psicológica y su agudeza emocional, sigue perdida a la hora de articular quién es. En abril de 1958 le cuenta a Mary en una carta que su escritura llega a ella desde un lugar instintivo, más que tras un análisis, y que solo entiende lo que ha escrito una vez lo ha terminado. Durante su primera visita con Mary, se siente tan incapaz de interpretar sus propios sentimientos y comportamientos que se compara con una persona a la que han extirpado un lóbulo del cerebro mediante cirugía. Asociamos con demasiada frecuencia a la juventud la búsqueda de una identidad y el autoconocimiento. Sin embargo, en mi propia vida la identidad se desarrolló con lentitud, y no me comprendí a mí misma por completo hasta el final de mi veintena. Tal vez esto es lo que vi, desde el principio, en Carson: un llegar a ser que se prolongaba de un modo que me resultaba familiar.
Hacer terapia tiene mucho en común con escribir tus memorias: se trata de contar tu historia. Fui a terapia por primera vez la misma primavera en que descubrí las cartas de Annemarie. En la consulta del terapeuta, sentada en el único rincón oscuro del centro de salud de la Universidad de Texas, un lugar iluminado con fluorescentes, hablé por encima de los borboteos de la cascada de una fuente que tenía a mi lado: «Me parece que he perdido el hilo narrativo de mi vida», dije, «ya no sé cuál es». Creo que lo que intentaba decir era que ignoraba cómo iba a ser capaz de hablar durante la terapia si no tenía una historia que pudiera entender, o una lógica narrativa en la que insertar mis acciones y mis sentimientos. Mi comportamiento —la ruptura, las cucarachas— me resultaba absurdo y autodestructivo. Y dolorosamente ingenuo. «Fui torpe, errática, incontrolable», cuenta Jill Johnston, autora de Lesbian Nation, sobre su proceso de aceptación de su identidad. (O Eileen Myles: «Los hombres seguían gustándome. Quiero decir, que al menos eso intentaba»). Aquel primer terapeuta, también un estudiante de posgrado, no tenía mucho que ofrecerme. Me pasaba la mayor parte de nuestra sesión meditando —sentada en silencio— tal y como él me sugería.
La consulta de mi segunda terapeuta, E., se encontraba tres pisos más abajo en un despacho que compartía con una aficionada a la parafernalia mística. Durante los siguientes cuatro años me rodeé de cristales, citas enmarcadas de Rumi y Budas orantes, mientras E. me ayudaba a dar forma a una nueva narrativa que no fuera tan severa e implacable. Lo que puedo contar sobre mi experiencia como lesbiana primeriza es que me llevó mucho tiempo aceptar y comprender tanto la identidad como el propio término. Ahora pienso en la sexualidad y en la identidad, así como en el género, como procesos de prueba y error. Tienes que encontrar lo que funciona para ti. Necesitas una narrativa que deje espacio al caos, una que te permita virar hacia los extremos.
Las sesiones entre Carson y Mary fueron transformadoras a nivel terapéutico. La búsqueda de autoconocimiento de Carson, que coincidió con la narración de sus desastrosos matrimonios y la articulación de su amor por las mujeres, se extendió hasta bien entrada su vida adulta. Las cintas documentan a una mujer de cuarenta y un años que intenta averiguar quién es y lo cuenta con suaves ronroneos sureños. Las cartas que escribía Carson a Mary después de cada sesión rebosan de gozo al descubrirse a sí misma, además de otras alegrías. Pero Carson nunca publicó las transcripciones de su terapia. Después de leerlas por encima, se sintió desolada al comprobar que eran incoherentes e indescifrables. Sin embargo, yo las leí como si se trataran de un manuscrito inédito, un borrador guardado durante toda su vida que había terminado en una carpeta numerada dentro de una caja numerada que estaba en un archivo. Puede que Carson no llegase a considerarlas un libro, pero yo sí. En ellas veo la única historia que escribió: la de una inadaptada y solitaria mujer que tiene que lidiar con su yo oculto y es incapaz de articular sus propios anhelos.
Según el testimonio de Carson, después de esa sesión, Mary la invitó a comer. Hablaron de libros, a pesar de que la terapeuta no había leído ninguno escrito por Carson. Sus comidas posteriores a las sesiones, que continuaron durante todo el mes de abril de 1958, eran para Carson «el consuelo y el punto álgido» del día. Para hacer hincapié en que la suya había sido una relación estrictamente entre doctora y paciente, Mary negaría más adelante que esos almuerzos hubieran tenido lugar alguna vez.
A medida que iba examinando los textos sobre Carson durante mis descansos en el centro Ransom, me daba cuenta una y otra vez de que su relación con Annemarie se dejaba de lado o se omitía de su historia con Reeves. En su mayor parte, no parece que se trate de acciones de censura directa por parte de las biógrafas o de la gente a la que estas entrevistaban. Muchos de los detalles de la vida lésbica de Carson se encuentran ahí mismo, a simple vista. Solo que se insertan en otra narrativa: la heterosexual, en la que los enamoramientos inexplicables hacia otras mujeres y la amistad con ellas surgen brevemente dentro de los confines de una vida que por lo demás es «normal». En las biografías publicadas, Annemarie es una obsesión unilateral. («Carson amaba a Annemarie mucho más que al revés», según The Lonely Hunter de Virginia Spencer Carr, y «Annemarie no correspondía al entusiasmo de Carson», escribe Sherill Tippins en February House). Cuanto más leía, más comprobaba que todas sus relaciones emocionales profundas con mujeres quedaban descartadas o eran ridiculizadas. El papel de Mary en este contarse de nuevo es el de niñera de una Carson enfermiza que padece de flatulencia emocional, mientras que las demás mujeres importantes de la vida de la escritora —Mary Tucker, Elizabeth Ames, Janet Flanner, Natalia Danesi Murray, Marielle Bancou, Gypsy Rose Lee, Jane Bowles— se convierten en personajes secundarios.
Sin embargo, cuando leía y releía sus cartas y conversaciones con Mary, descubrí una versión más completa de la vida de Carson que se revelaba a través de sus relaciones. Estoy más convencida que nunca de que somos fragmentos de otras personas. A través de sus relaciones con otras mujeres, puedo rastrear el origen de Carson como mujer, como lesbiana, como escritora. Una vida contiene tantos enamoramientos, tantas amistades que mezclan el ansia de tener con el deseo por ser. Esa combinación de deseos es lo que hace que estos anhelos resulten confusos, peligrosos y queer. Hay un afán de conocimiento que en sí mismo ya es conocimiento, una curiosidad por lo que en el fondo ya estás admitiendo, una sed por lo que ya eres o podrías llegar a ser. El escritor Richard Lawson lo describe como «esa turbia confusión de cuando no sabes si quieres ser el compañero de alguien o si quieres meterte dentro de su piel, habitar el mundo como lo hacen ellos».
No es nada fácil rastrear o indagar en las relaciones entre mujeres, tanto del pasado como de la actualidad. Con frecuencia, las relaciones de las mujeres con otras mujeres se ocultan: por matrimonios bien documentados con hombres, por un rechazo cultural a admitir lo que está a la vista de todo el mundo o incluso por la negativa a creer que tales relaciones existen. En un mundo construido por y para los hombres y sus intereses, una mujer que ama a las mujeres no puede registrarse ni quedar registrada, es decir, escrita. Las razones para esto se superponen unas sobre otras: una lesbiana oculta su identidad de forma intencionada y permanece en el armario. Una lesbiana se niega a llamarse a sí misma lesbiana, por motivos personales o políticos no se identifica con el término ni con sus asociaciones. Una mujer desconoce que es lesbiana porque nunca mantiene una relación con otra mujer, o porque no es consciente de que sus relaciones podrían ser calificadas como lésbicas. Yo estuve varios años sin considerarme una: he aquí la «compañera de piso». En el caso de Carson, resulta difícil determinar aquello que creía ser o con lo que se identificaba debido a los esfuerzos de aquellas personas que la sobrevivieron y la metieron en el armario a empellones.
Este armario retroactivo forjado por sus colegas y sus biógrafas es lo que encontré más perturbador. Me lo tomé como una afrenta personal. Empecé a sentirme irreal, enajenada. Si Carson no era lesbiana, si ninguna de estas mujeres era lesbiana según la historia, si de hecho apenas contamos con una historia lésbica, ¿yo existo?
En lugar de nombrar o hablar acerca de aquellos amores y amistades con mujeres que resultaron formativos para Carson, las biografías los dejan de lado para centrarse en su «tormentosa» relación con Reeves McCullers, el hombre con el que se casó y del que se separó dos veces a lo largo de su vida. La narrativa heterosexual recibe el beneficio de la duda, y las escritoras se sienten cómodas rellenando los espacios en blanco para crear una gran historia de amor tormentoso cuando, según lo veo yo, lo que parece es más bien la crónica de una mujer sometida a una serie de manipulaciones que lucha por nombrar sus propios deseos. Tal vez ni siquiera sea algo tan siniestro como la sustitución de una narrativa por otra. Quizá solo se debe a que los relatos de sus relaciones con mujeres están sesgados y son difíciles de recopilar. Para unir las piezas, has de leerlos como persona queer, como alguien que sabe lo que supone estar en el armario y que ha adquirido la destreza de buscar retazos de su propia experiencia en los lugares más insospechados.
Hay muchas maneras de interpretar una vida. ¿Pero qué pasaría si escogemos el escenario más probable, el camino que ofrece una menor resistencia, en lugar de intentar mediante forzados argumentos escapar de lo que resulta evidente, huir de lo obvio? La historiadora lesbiana Emily Hamer escribe: «Sabemos que eran lesbianas porque es la mejor explicación que hay a sus vidas… La visibilidad no es un prerrequisito universal para confirmar dicho conocimiento. No podemos ver la electricidad, pero sabemos que la electricidad existe porque es la mejor explicación que hay al hecho de que al pulsar un interruptor se ilumine una bombilla».
Savigneau duda de que Carson experimentara alguna vez deseo sexual, ni más ni menos, «obsesiones románticas» con ciertas mujeres aparte. Por desgracia, no es la única que tiene esta opinión. Escribe: «Quienes emplean las etiquetas de lesbiana y de bisexual son aquellas personas que denigran cualquier tipo de marginalidad con el fin de distanciarse de Carson McCullers al categorizarla como “artista anormal”. También hacen uso de ellas los activistas de la homosexualidad —tanto hombres como mujeres— que desean apropiarse de la escritora para su causa». La biografía de Savigneau se publicó en inglés en 2001. Su descripción me posiciona como «activista de la homosexualidad» que busca «apropiarse de» la historia de Carson para mi «causa». Puede que así sea.
Tras descubrir las transcripciones de la terapia, conduje de nuevo a la casa de Carson atravesando una nube de polen amarillo verdoso que caía de los árboles en pleno florecimiento. Había venido a Columbus para estar sola y conocer la ciudad y el hogar de los McCullers, con la creencia de que los edificios en sí mismos, los árboles y las calles me revelarían lo que no podía encontrar en los textos publicados sobre ella. La fundación que gestiona la casa de Carson me había ofrecido la oportunidad de quedarme allí, y a pesar de que no era el mejor momento —estaba en mi último semestre del posgrado y no había terminado aún la tesis que debía defender en un mes— esta residencia era demasiado buena para dejarla escapar. Además, me hallaba inmersa en los primeros y ardientes momentos de un nuevo amor y no podía creerme que estuviera escogiendo estar sola en Georgia durante cuatro semanas.
Aún no había asimilado que estaría viviendo en un museo. Cuando llegué a la casa de la avenida Stark y miré a mi alrededor, pude ver sus cortinas floreadas cubiertas de polvo, y los retratos de Carson desvaídos por el sol que habían pintado sus admiradores. Entré en pánico. De pronto me sentí sola, asustada, no muy segura de por qué había recorrido todo ese camino para alojarme allí durante un mes. ¿Pero qué conexión tenía yo, de todos modos, con Carson? Había leído mucho sobre ella, pero todo lo que conocía en tres dimensiones eran sus objetos personales del centro Ransom: la forma de sus pies en unos calcetines de lana que llegaban hasta las rodillas, la pátina de su piel sobre un viejo encendedor. Pero en la casa se había transformado en una persona de verdad a la que no podía ver ni tocar. Empecé a tener miedo de que, en el proceso de intentar conocerla, la llegase a transformar de alguna manera. Quizá había tenido la expectativa de que ella me hiciera compañía. Sin embargo, huelga decir que Carson no estaba allí.
Tampoco estaba en ninguno de los libros sobre ella que había estado devorando desde que había leído las cartas de Annemarie. Este proyecto, esta búsqueda de la Carson de las cartas de Annemarie, había parecido en la distancia como una útil vía de escape de mi tesis y del desalentador mercado de trabajo académico. Ahora que caminaba sigilosamente por la casa en calcetines, rodeada de sus cosas, me sentía intimidada. Pensé que usaría mi propia vida de escritora, de persona queer
