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Mi cosecha está escrita desde la edad en que todo se ve con madurez y calma. Desde el tiempo en que se saborean los recuerdos como un buen vino, como un pan exquisito. Desde el silencio fecundo que ha dado el tiempo de pandemia. Desde su amor por las palabras, por la lectura y por el arte de narrar. Desde el deseo de revivir sueños, infancia, el primer amor, la llegada de los hijos, aventuras de viajes, cercanías afectivas, nietos, amistad, miedos, dolores y esperanzas, búsquedas y hallazgos. Liliana Lorenzatti evoca el pueblo donde nació: San Jorge, provincia de Santa Fe. Allí se tejieron las primeras historias de amor familiar, de inmigrantes que lucharon por una vida digna, por engrandecer la tierra que les daba lugar. Gente de trabajo, de honradez extraordinaria, de gestos duros que escondían enorme sensibilidad. Evoca la infancia, la adolescencia, la juventud y la adultez y nos adentra en una vida intensa rodeada de amor y obstinada pasión por ser fuerte. Con los seres que la acompañaron en su vida, con los seres que amó, con los seres que la aman construye relatos con prosa sencilla, con una prosa delicada y amena, como si nos contara al oído. Así comunica instantes, anécdotas, vivencias, recuerdos, reflexiones que llegan al lector/a en imágenes realistas, con tono sentimental, con descripciones coloridas, con la mirada adulta de quien sabe que "la vida es un misterio descomunal", tal como expresa Rosa Montero. Liliana Lorenzatti escribe como una provocación para su memoria emotiva. Más que para crear ficción, escribe para revivir emociones, para re cordar, para volver a pasar por el corazón aventuras, secretos, descubrimientos y sueños que atravesaron su vida. Desde la memoria agradecida por lo vivido, recupera las raíces, los orígenes, los lazos familiares, el ayer y el hoy con el poder de la palabra más auténtica para perdurar a través de la escritura. Así lo dice la autora: "Escribo para revivir mis sueños, mi primer amor, la llegada de los hijos. Para recuperar la fantasía de relatos de abuela, los objetos que le dieron sentido a los espacios y que se cargaron de eterna cercanía de amor". Todas sus experiencias se transforman en palabras que perdurarán en Mi cosecha, su primer libro. Encontraremos a Liliana Lorenzatti en relatos y reflexiones, con los matices ficcionales necesarios para el vuelo de la fantasía. Con la evocación que no se queda en la nostalgia, sino que sabe recuperar lo más sabroso de la vida cotidiana. Y disfruta de la recolección de los frutos que supo cultivar. A puro amor y trabajo. Lic. Teresita Bertarelli
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Seitenzahl: 150
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Hugo Luchini.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Lorenzatti, Liliana María
Mi cosecha / Liliana María Lorenzatti. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
198 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-817-633-8
1. Relatos. 2. Relatos Personales. 3. Memoria Autobiográfica. I. Título.
CDD 808.883
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Lorenzatti, Liliana María
© 2022. Tinta Libre Ediciones
La vida no es lo que uno vivió, sino lo que uno recuerda y cómo lo recuerda para contarla.
Gabriel García Márquez
Agradecimientos
A mis hijas, por alentarme en esta aventura de escribir.
A Teresita Bertarelli, docente y amiga, por su apoyo, orientación y sugerencias, que me permitieron hacer realidad este sueño.
A Hugo Luchini, diseñador de la tapa de mi libro.
Dedicado a mis nietos
Florencia:
Mi primer amor, la que me hizo abuela. Con ella jugué, viajé ¡y hasta bailé! Hoy ella es la bailarina.
Emilia:
La primera hija de mi amado Eduardo. Dulce y juguetona de niña, mi sostén en los tiempos difíciles.
Valentina:
La traviesa e inquieta primita, talentosa y valiente mujer.
Franco:
El que, apurado al salir del colegio, mezclaba en su boca la leche y el chocolate para no perder tiempo. ¡Sus amigos lo esperaban! ¡Ama la vida y a su guitarra!
Luca:
Mi amado haragán a la hora del baño o de hacer la tarea. Hoy, enamorado y conociendo el mundo.
Paula:
La del amor extremo y la rebeldía ante las normas familiares. Siempre dispuesta a tender su mano.
Carla:
Hermosa y dulce desde que abrió sus ojos. Emprendedora y enamorada.
Bruno:
Que llegó a mi vida como una sorpresa y al que amo desmesuradamente.
Mi cosecha
Prólogo
Solo el amor alumbra lo que perdurasolo el amor convierte en milagro el barro.
Silvio Rodríguez
Mi cosecha está escrita desde la edad en que todo se ve con madurez y calma. Desde el tiempo en que se saborean los recuerdos como un buen vino, como un pan exquisito. Desde el silencio fecundo que ha dado el tiempo de pandemia. Desde su amor por las palabras, por la lectura y por el arte de narrar. Desde el deseo de revivir sueños, infancia, el primer amor, la llegada de los hijos, aventuras de viajes, cercanías afectivas, nietos, amistad, miedos, dolores y esperanzas, búsquedas y hallazgos.
Liliana Lorenzatti evoca el pueblo donde nació: San Jorge, provincia de Santa Fe. Allí se tejieron las primeras historias de amor familiar, de inmigrantes que lucharon por una vida digna, por engrandecer la tierra que les daba lugar. Gente de trabajo, de honradez extraordinaria, de gestos duros que escondían enorme sensibilidad. Evoca la infancia, la adolescencia, la juventud y la adultez y nos adentra en una vida intensa rodeada de amor y obstinada pasión por ser fuerte.
Con los seres que la acompañaron en su vida, con los seres que amó, con los seres que la aman construye relatos con prosa sencilla, con una prosa delicada y amena, como si nos contara al oído. Así comunica instantes, anécdotas, vivencias, recuerdos, reflexiones que llegan al lector/a en imágenes realistas, con tono sentimental, con descripciones coloridas, con la mirada adulta de quien sabe que “la vida es un misterio descomunal”, tal como expresa Rosa Montero.
Liliana Lorenzatti escribe como una provocación para su memoria emotiva. Más que para crear ficción, escribe para revivir emociones, para re cordar, para volver a pasar por el corazón aventuras, secretos, descubrimientos y sueños que atravesaron su vida.
Desde la memoria agradecida por lo vivido, recupera las raíces, los orígenes, los lazos familiares, el ayer y el hoy con el poder de la palabra más auténtica para perdurar a través de la escritura.
Así lo dice la autora: “Escribo para revivir mis sueños, mi primer amor, la llegada de los hijos. Para recuperar la fantasía de relatos de abuela, los objetos que le dieron sentido a los espacios y que se cargaron de eterna cercanía de amor”.
Todas sus experiencias se transforman en palabras que perdurarán en Mi cosecha, su primer libro. Encontraremos a Liliana Lorenzatti en relatos y reflexiones, con los matices ficcionales necesarios para el vuelo de la fantasía. Con la evocación que no se queda en la nostalgia, sino que sabe recuperar lo más sabroso de la vida cotidiana. Y disfruta de la recolección de los frutos que supo cultivar. A puro amor y trabajo.
Lic. Teresita Bertarelli
Quién soy
Soy alguien a quien la vida le ha abierto muchas puertas y tuvo la fortuna de encontrar detrás de ellas el calor de una hermosa familia y maravillosos amigos. Por eso, debo confesar que soy una mujer afortunada por todo lo que la vida me dio.
Escribir es mi forma de compartirlo.
Por qué escribo
El escritor español Vicente Alexainder responde a esta pregunta diciendo: “Escribo para todos, escribo acaso para los que no me leen”. Y yo escribo para revivir mis sueños, el encanto del primer amor, la llegada de los hijos y también aceptar sus partidas. Aunque nadie me lea.
Porque, escribiendo, ahuyento a mis fantasmas del pasado, los demonios que acechaban mi niñez en medio de una educación que amenazaba con “castigos divinos” ante la más inocente mentira; ahuyento los claustros de la adolescencia, los miedos y las ausencias.
Vivo la escritura como un impulso liberador que me permite mostrar mis sentimientos, describir mis sensaciones y dejarlos plasmados en unas páginas.
Escribo como un legado para mis hijos y nietos, no por su valor literario o la belleza del relato, sino como un testimonio de amor en el que puedan encontrar, en esta madre-abuela de hoy, a aquella novia enamorada del padre al que apenas conocieron pero que fue la persona con quien los soñamos y engendramos; escribo para que puedan sentir cuánto los amé aún en los errores de mi inexperiencia, las dificultades cotidianas, los temores por su futuro, la preocupación por su bienestar. Escribo para mantener viva la llamita del hogar, donde cada día podamos recuperar a los ausentes trayéndolos a nuestras celebraciones, recuperándolos en sus anécdotas, honrándolos cada vez que nos levantamos después de las caídas. Están presentes cuando luchamos por nuestros sueños, sosteniéndonos, acompañándonos y amándonos, conscientes de nuestras diferencias, pero sabiendo que siempre podremos encontrarnos en una mirada, un gesto, un abrazo. Esto nos dará la certeza de que el hogar, la familia, sigue intacta aunque nos hayan azotado las tormentas.
Creo que ellos me leerán.
El santo oficio de la memoria
A mi abuela Catalina le gustaba que me sentara a su lado, y mientras me enseñaba a tejer y me servía mates de leche, me contaba los recuerdos de su infancia, allá en la Italia lejana e inolvidable.
Tal como hace Mempo Giardinelli en su Santo oficio de la memoria, mi abuela Catalina contaba la historia de su familia a través de recuerdos fragmentados, con palabras, dichos; relatos de sus padres o sus hermanos, a los que no volvería a ver.
Ella era capaz de dibujar, como sobre un paño blanco, la imagen de su madre levantando el pañuelo en señal de despedida aquel lejano día en el puerto, cuando ella, niña aún, acompañaba a su hermana mayor a averiguar el paradero del esposo que, buscando en América un futuro para sus hijos, se había perdido.
Era capaz de describir su pueblo, la plaza, la iglesia y hasta el obelisco de madera que se levantaba en su Bagnolo natal, el curso del río Po, dónde se había perdido una tarde en la que estaba empeñada en encontrar de dónde venía esa corriente de agua a la que ella, jugando, arrojaba flores y barquitos de papel que el tío Alfredo le fabricaba.
Creo que esos relatos le ayudaban a soportar el destierro, y con una mezcla de sueños imposibles y resignación, revivía con ellos momentos que no se iban a repetir: travesuras, sus escapadas al sótano, donde sus hermanos iban a comer las castañas que se guardaban en grandes bolsas como el mejor tesoro de la familia.
Y ese sabor fue siempre su preferido: el mejor regalo para mi abuela era una bolsita de castañas. Y describía detalladamente la campiña cercana a su casa, donde las vaquitas pastaban sobre un manto verde. “Como no he visto nunca”, decía.
Recordaba su matrimonio aquí, en la América salvaje de 1890, que la salvó de la soledad y le dio ocho hijos; luego su viudez, el duro trabajo para seguir luchando por su familia desamparada, pobre pero con firmes convicciones sobre la educación que debían recibir sus hijos, la cultura del trabajo honesto y la severidad a veces extrema con la que tuvo que llevar adelante esa que consideraba su misión.
Cuando los años aquietaron un poco sus manos cansadas de tejer, coser, lavar, levantar una casa casi con sus propias manos, sus relatos comenzaron a mezclar el pasado con el presente, con la confusión de nombres o fechas, y me pedía que algún día fuera a conocer su pueblo, el curso del Po, la campiña italiana y la iglesia donde la bautizaron.
Muchos años después, no pude evitar que las lágrimas corrieran por mi cara cuando, desde el tren que me llevaba a Bagnolo, apareció ante mí la verde campiña de la abuela Catalina, y después el pueblo, el río, la iglesia, tal como ella los había descrito. En algún momento sentí su presencia guiándome para que encontrara esos lugares y casi vi su sonrisa, porque a través de mis ojos, ella también los estaba viendo.
Había perdido la memoria poco tiempo antes de dejarnos, pero reconocía nuestras voces, las manos que la tocaban y yo sentía en cada abrazo que le daba aquel pedido con el que terminaba siempre sus relatos: “Si yo no puedo volver, prométeme que irás a mi pueblo”.
Miguel
Miguel fue el hijo varón más pequeño de una familia desamparada; de mujeres desamparadas.
El padre había muerto cuando él era muy chico, casi no lo recordaba; su madre, joven, con ocho hijos —la mayoría mujeres— quedó sola, sin techo ni paredes que los cobijara. Solo sus manos para trabajar.
Vivieron años muy duros. Las tías y otros familiares colaboraron llevándose a las hermanas mayores para que, a cambio de un plato de comida y una cama caliente, las mandaran a la escuela mientras les ayudaban a criar a sus propios hijos. Pasó mucho tiempo antes de que los hermanos volvieran a reunirse.
Su madre inventó trabajos, aprendió oficios, cosió, curó, enseñó y encaminó a los más chicos (entre ellos, Miguel) disfrazando el amor de dureza, casi estoicismo; no había que llorar, había que traer el pan a casa y eso se lograba solamente trabajando.
La obediencia era el motor; Miguel lo aceptó sin lágrimas y se adueñó de ese principio a lo largo de toda su vida. Entendió que las muestras de cariño no pasaban por las caricias ni los abrazos.
Así se crio, haciendo changas, escapándose alguna vez con su hermano para conocer otros lugares y siempre pagó esas travesuras con castigos; aprendió que la vida es dura, los patrones pagan poco y exigen mucho; las mujeres son frágiles y hay que protegerlas, aunque ellos debieran enfrentarse a golpes con quienes las molestaran.
Creó un culto para su madre, renunció a gustos, paseos y descansos para ayudarle a levantar una casa y se volvió callado, serio, casi indiferente al intento del abrazo o una caricia de su mujer o de sus hijos.
Con seño adusto, casi retraído, severo, formó una familia patriarcal, donde solo él autorizaba o negaba permisos. Un hombre duro, casi dictatorial, incapaz de mostrar sus emociones tras sus gestos rigurosos.
Nunca fue violento, pero tampoco se permitió gestos de ternura, caricias o abrazos, mientras trabajaba incansablemente para que nada le faltara a su familia.
Amaneceres helados, tardes bajo la lluvia lo sorprendieron pedaleando para llegar a su trabajo durante todos los días de muchos años. Viento, frío o soles ardientes lo vieron cavar pozos para transformar el barro en ladrillos con los que construiría su propia casa.
El hombre brusco, reacio a las caricias, a quien yo creía insensible, fue mi padre y lo conocí realmente el día en que, en una hermosa ceremonia, mi hermana y yo le entregamos el título de maestras que él pagó con sudor, sacrificio y horas robadas al sueño.
Fue cuando lo vi llorar por primera vez y no podía creerlo; si mi papá no tenía lágrimas y costaba arrancarle una sonrisa. No lo reconocía en ese momento cuando la emoción, el orgullo, el amor por sus hijas abrió las compuertas de ese dique que había levantado para protegerse y (creía él) protegernos. Lloraba como un niño mientras nos apretaba en un abrazo que nos sorprendía por lo inesperado.
Otro hombre surgió ante mis ojos. Admiré su coraje y respeté esa aparente lejanía durante los años en los que él evitó mimos y caricias, mientras construía el porvenir de sus hijos.
Mucho tiempo después, me tocó compartir con él mi propio dolor y encontré, otra vez con sorpresa, a un amigo comprensivo y esperanzado, al que a veces se le escapaba un gesto exagerado de protección para con su cría, asegurando que mataría al que pudiera hacernos daño.
Cuando se acercaba la muerte, pidió perdón por su dureza, agradeció a mi madre su paciencia, tuvo un último consejo para cada uno de nosotros y se fue en paz, dejándonos un mensaje de esperanza, casi a lo Martín Fierro, asegurándonos que, así como para él sus hijos habían sido lo más importante de su vida, a nosotros nos tocaba administrar ese legado de amor, comprensión y perdón para seguir siendo, a pesar de todo, una familia; su familia.
La mujer en la luna
Ana María Matute habla de los cuentos como peregrinos que duermen en los graneros o en los rincones de la casa y tienen el poder de crear alas hacia mundos misteriosos, inexistentes.
Cree también que los cuentos son vagabundos y quienes los cuentan lo hacen atrapados por la vejez y la nostalgia. Por eso las abuelas han sido contadoras de cuentos, esos relatos con los que nos mecían para ayudarnos a dormir.
Yo también fui depositaria de esas fantasías hechas cuento, caricia, cuando mi abuela tejía a mi lado.
—¿Qué son esas manchas oscuras en la luna? —le pregunté a mi abuela mientras ella se balanceaba en su mecedora. Por un instante, abandonó las agujas para levantar la vista al cielo.
Yo esperaba la respuesta, entonces ella, mirándome por encima de sus anteojos, me preguntó a su vez:
—¿Quieres que te cuente la historia?
—Sí, abuelita —respondí con los ojos abiertos como platos, porque los de ella brillaban con picardía.
—Sucedió hace muchos… muchos años —comenzó—, en un país lejano donde el rey era un hombre muy malo y su esposa una jovencita traviesa.
—¿Cómo si fuera una niña? —pregunté.
—Claro —respondió—, ella no quería ser reina, nunca se sentaba en el trono; solamente era feliz cuando paseaba por el jardín, cortaba flores y perseguía a las mariposas. Al rey eso no le gustaba y le prohibió volver a hacerlo o sería castigada. —El tono de voz de mi abuela bajó levemente cuando continuó relatando—: Ella ignoró esa advertencia. Como una niña caprichosa, se quitó la corona para poder correr más cómodamente y la escondió entre los rosales. Cuando oscureció —la abuela bajó un poco más la voz— apresurada, despeinada y con los zapatitos embarrados, regresó al palacio sin haber recuperado la corona.
Yo temblaba imaginando qué podía haberle sucedido a la reina, mientras mi abuela continuaba, esta vez levantando la voz:
—Furioso, el rey la obligó a encerrarse en su habitación y la amenazó con un castigo aún mayor si volvía a desobedecerle. La joven reina pasó la noche llorando y, apenas asomó el sol, sabiendo que el rey estaba ocupado, volvió corriendo al jardín para recuperar su corona, con tanta mala suerte que resbaló en el césped recién regado y cayó sobre los canteros, embarrándose completamente.
Yo ni pestañeaba esperando que mi abuela continuara con el relato.
—Esta vez —dijo ella nuevamente en voz baja—, el rey, furioso ante tamaña desobediencia, llevó a la pobre niña a rastras hasta la cabaña del mago del reino y, entregándole a su esposa, le ordenó: “Ya que ella no quiere sentarse en el trono, siéntala sobre ese banco de nubes para que se la lleve a la luna”.
—¿A la luna? —pregunté con la boca más abierta que mis ojos.
—Sí —dijo mi abuela—, y allá quedó pegadita y quieta para siempre, ¿la ves?
Y sí, allá estaba, yo la veía, y desde entonces, durante mucho tiempo, en cada luna llena, adivinaba sentadita, sola y muy triste a la niña reina, castigada por desobediente.
La niña en la ventana
La casa era muy antigua, con su frente de ladrillos y un largo zaguán que terminaba en una hermosa puerta de madera con vidrios biselados que daba al comedor. Dos ventanas daban a la calle; una alta y angosta, con persianas de chapa y miradores, por donde el cartero dejaba caer todos los días la correspondencia. La otra, mucho más ancha y sin persianas, estaba protegida por gruesas rejas verdes y oscuros postigones de madera que solo se cerraban a la noche.
Esa ventana me producía una fascinación inexplicable; quizás porque durante aquellos largos inviernos era mi único contacto con el afuera, con la libertad, los juegos en la vereda; con el mundo cambiante según la estación y la hora del día.
Por eso me gustaba tanto sentarme en mi pequeña sillita de madera, sola o al lado de mi abuela, que tejía y me contaba historias de su propia niñez; entonces, la calle de tierra del otro lado del vidrio se convertía en un sótano lleno de frutas y castañas que mi bisabuela guardaba allá, tan lejos, del otro lado del mar.
A mis tías les gustaba cepillarme el pelo frente a esa ventana por la que entraba el sol, que lo volvía tan brillante.
Cuando llovía, corría muy temprano a la ventana para espiar cómo la calle de tierra se volvía una alfombra lisa y marrón, hasta que las ruedas del carro de algún aventurado o el viejo autito del médico del pueblo marcaban en ella huellas muy profundas que delataban su recorrido. “Qué lástima”, pensaba, “¡me arrugaron toda la calle!”.
