Mi pasaporte azul americano - Ziad Makarem - E-Book

Mi pasaporte azul americano E-Book

Ziad Makarem

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Beschreibung

En Mi Pasaporte Azul Americano, Ziad Makarem narra la impactante y emotiva travesía de una familia venezolana luchando por la libertad y la supervivencia. En medio de la crisis política y social bajo el régimen de Chávez, el protagonista, un destacado médico, se ve obligado a abandonar su país, su familia y su carrera. La novela relata su lucha por empezar de cero en Estados Unidos, explorando temas de exilio, identidad y resistencia. Con una narrativa vívida y conmovedora, Makarem ofrece una mirada íntima a la vida de quienes enfrentan la adversidad política y la búsqueda de un nuevo comienzo. Esta obra es un testimonio de valentía y esperanza, una voz para todos aquellos que han tenido que reinventarse en tierras extranjeras.

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Seitenzahl: 153

Veröffentlichungsjahr: 2024

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He fallado en muchas cosas, pero nunca he tenido miedo.

Nadine Gordimer

Algunas caídas son el medio para levantarse a situaciones más felices.

William Shakespeare

INTRODUCCIÓN

La vida no es fácil, eso ya lo saben todos. El problema es cuando logras lo que tanto añorabas después de mucho esfuerzo, obtienes paz, calma, éxito, estabilidad y, al poco de saborearlo, viene la gran debacle. Caída en picado, pérdida absoluta de todo lo que construiste durante años. Empezar de cero pasados los cincuenta habiendo sido despojado de tu país, tu familia, tu profesión y tu idioma: ahí es cuando de verdad te das cuenta de lo crudo que puede ser este mundo, porque ni siquiera dependió de mí. No se trató de un fracaso personal, sino de una situación nacional, política y social que destruyó todo lo que yo era, todo en lo que yo creía. ¿Qué haces entonces? Solo queda huir con la esperanza de, al menos, sobrevivir. Sin embargo, sobrevivir y vivir son dos conceptos completamente diferentes.

¿Cuántas veces puedes reinventarte? ¿Cuántas renuncias podemos llegar a hacer? ¿Cuánto debemos hundirnos antes de tocar fondo y tomar impulso?

Por desgracia, esta no es una historia de ficción ni mucho menos aislada. Sin embargo, tampoco ha de ser tomada como un relato triste; al contrario.

Sé que son muchos los que han padecido vivencias similares, por eso estas páginas dan forma y luz a todos esos caminos oscuros que, de algún modo, han intentado enmendarse. Todas las luchas, independientemente de la nacionalidad, raza, profesión, creencias e ideologías, merecen la pena. Todos merecemos la pena. Este libro es la muestra de que solo nos hacemos pequeños y perdemos nuestra voz y nuestro ser cuando lo permitimos. Nunca es tarde. Mientras hay vida, hay esperanza.

Nunca dejes de luchar, tampoco te confíes. He estado en la cima sin sospechar que el abismo se estaba abriendo a mis pies.

No, esta vida no es fácil, debemos estar siempre preparados. La pregunta es: ¿realmente lo estamos?

CAPÍTULO 0. EL PRINCIPIO DEL FIN

—¿Papá? —preguntó mi hijo Andrés desde el asiento trasero de nuestro coche, con el gesto lleno de pavor. A su lado, con reacciones igual de confusas, Gabriel y la pequeña Mariana, de tan solo unos meses de edad.

—Tranquilos, niños, todo estará bien —asentí con firmeza, ocultando mi nerviosismo y buscando con una silenciosa mirada el apoyo de mi esposa Susana, que también se anclaba al asiento terriblemente asustada mientras las hordas chavistas, con sus gritos, empujones y amenazas, comenzaban a zarandear nuestro vehículo como si fuera de paja.

—Tenemos que salir de aquí. Ya. Sin miramientos —acertó a balbucear Susana ante la exaltación que nos rodeaba.

Aquella gente había formado una potente barricada con diversos puntos de fuego y cortes al paso que volvían la calle un auténtico infierno, convirtiendo la noche estrellada de la que habíamos estado disfrutando hasta entonces en una ratonera prendida en llamas y odio.

Era el año 2003. Chávez llevaba tres años ocupando la presidencia gracias a sus promesas electorales de cambio que, entre otras cosas, interpelaban a la clase social más desfavorecida del país y al hartazgo de muchos sectores con la clase política que había actuado hasta la fecha y que él mismo trató de derrocar unos años antes, en 1992, con un golpe de Estado. Con esta idílica situación es fácil presagiar la ruptura que se avecinaba. El prometido cambio llegó, pero no fue para bien. La revolución chavista había llegado a su máximo punto de radicalización y apogeo, donde la inquina y el rencor hacia las clases pudientes impregnó todo, culpabilizándolas de malestares impensables e impulsando una esperpéntica revolución armada que idealizaba el comunismo cubano e invitaba a imitarlo.

A día de hoy todos conocen este relato, todos saben lo que pasó e implicó para el desarrollo y la bonanza económica de Venezuela. Pero pocos saben cómo fue vivir en las entrañas de esta guerra camuflada.

Yo, reputado médico que llevaba años desarrollando y aplicando técnicas pioneras en medicina, impartiendo formaciones, clases, aprendiendo y medrando para ofrecer lo mejor a mis pacientes, fui rápidamente diana de una repulsa sin sentido que empezó a amenazar mi hogar y mi seguridad. Nadie jamás me regaló nada. Por el amor de Dios, era hijo de inmigrantes libaneses, había forjado mi propio destino con tesón y voluntad. Fui el mejor ejemplo de la buena democracia venezolana, aquella que encumbró a muchos. Aquel país que prometía éxito, refugio de otros tantos extranjeros que encontraban en nuestra tierra prosperidad. Auténtica clase media trabajadora cuya vida, a base de tesón y entrega, era acomodada y poco angustiosa. Ahora pareciera que todo me había venido dado y mi éxito fuera la causa de la pobreza y el fracaso de otros tantos. ¿Cómo se conectaba eso? ¿Dónde radica el futuro idílico de esa premisa?

Las calles llevaban semanas convulsas, agitadas. La violencia crecía y los recelos exasperaban a la población. Aquel día, quizá, escogimos mala hora para salir, pues nunca imaginamos que en tan solo tres años nuestras vidas fueran a cambiar tanto.

—Qué bien se cena aquí —comenté satisfecho, relamiendo el postre.

—Sin duda, mi rincón favorito —confesó mi buen amigo Luis, listo para pedir un café.

Luis González, también cirujano, había sido discípulo y, posteriormente, socio mío. Nuestros caminos se estrecharon aún más cuando me presentó a Susana, compañera ginecobstetra de Beatriz, con quien, por supuesto, me casé tiempo después. Empezamos siendo jóvenes y apasionados estudiantes, y ahora éramos dos familias que compartían no solo el amor por la misma vocación, sino tiempo, cenas, celebraciones y vacaciones juntos. Sus hijos, María Fernanda y Luis, tenían edades similares a Andrés y Gabriel. Organizar planes juntos era algo natural y deseado por todos, congeniábamos a las mil maravillas y siempre era agradable compartir charlas. Aquel día nos vimos en un restaurante de la Terraza del Ávila para cenar, una urbanización en el este de Caracas de clase media alta donde tenían su apartamento.

Desde que tomamos asiento en nuestra mesa reservada, la televisión encendida de fondo marcó la conversación. Cómo no, en la cadena nacional que el bueno de Chávez tenía secuestrada y muy poco influenciada (entiéndase esta última ironía), se veía al presidente lanzando su ya reiterado discurso divisionista de la nación.

—¡Esos miembros escuálidos de la oposición! —clamaba con su voz agitada y brazos teatrales que tanto le caracterizaban, siempre con la bandera amarilla, azul y roja en cada fondo y detalle de su ropa—. ¡Provocadores de la pobreza! ¡Corruptos! Nuestro pueblo está harto de sus manipulaciones… —continuaba exaltado, logrando de alguna forma que la clase social más desprotegida y vulnerable se envalentonara y uniera a su voz valiente, retadora y decidida—. Van a saber quiénes son los venezolanos. De qué somos capaces y qué queremos. ¡No nos van a callar más! El pueblo de Venezuela se echa a las calles, no tiene miedo…

—Lo que hay que escuchar… —susurró Luis, renegando con la cabeza.

—Se me ponen los pelos de punta —coincidí con él, tratando de aislarme de aquella perorata tan poco realista y conflictiva—. Y pensar que ya empezado el siglo XXI aún andemos con estas historias, con rupturas, con incentivo al enfrentamiento…

—¿Qué crees que pasará? —preguntó con cierto tono de preocupación.

—No tengo idea, amigo. Espero que la sensatez prime, supongo que es lo que queremos todos, que la sangre no llegue al río.

—Una mala política puede alterar el curso de la historia de un país, su calidad de vida y, por ende, la nuestra, la de nuestros hijos, su futuro… —Susana y Beatriz se unieron al debate mientras nuestros hijos jugueteaban por la terraza.

Y entonces reinó el silencio, porque todos ahogábamos los mismos desasosiegos, pero no terminábamos de atrevernos a darles palabras, como quien teme que, si lo dice en alto, se convierta en realidad. Perdimos la vista en el televisor y reflexionamos, taciturnos. Se veía venir, es cierto, pero nadie quería creer que pudiera llegar a materializarse. Lo ves en otros países y piensas que no se repetirá, que nadie será tan torpe como para caer en las mismas trampas. Pero la vida, y la historia de la humanidad, por mucho progreso y nuevas tecnologías que nos invadan, no es más que un ciclo que, aunque con matices, se reproduce una y otra vez.

Abonamos la cuenta, nos despedimos con un abrazo y un beso y cada familia tomó rumbo a su casa. Recorrido equivocado, falta de suerte. Frente a la Terraza del Ávila existe un cerro conocido como Petare, una de las barriadas más grandes de Latinoamérica, también la más peligrosa.

Para llegar a nuestro destino debíamos conducir cerca de sus calles y, sin ser plenamente conscientes de ello, ya se había corrido la voz sobre el último discurso del presidente y la amenaza dada de que la gente iba a invadir y tomar por la fuerza casas desocupadas de aquellas urbanizaciones tan lejos de las posibilidades de los habitantes de zonas como Petare, que solían afrontar grandes dificultades para salir adelante día a día. En conclusión, una especie de invasión alentada desde el chavismo, injustificada y carente de sentido. Así que el clamor popular se había adueñado de algunos barrios de Caracas, con grupos chavistas enaltecidos, formando barricadas con fuego y violencia.

Y allí, en medio de aquella locura, fueron a parar nuestros huesos.

Cuando quise darme cuenta, ya no había marcha atrás. Un grupo de jóvenes rebeldes y fanáticos rodearon nuestro vehículo, comenzando a zarandearnos, asustarnos y lanzar todo tipo de improperios.

—¡Oligarcas! ¡Fuera de este país! —chillaban golpeando el capó y los cristales.

Comprobé por el retrovisor que algunos portaban cuchillos y armas. ¿Qué sucedería si lograban romper el parabrisas? ¿Qué harían conmigo? ¿Con mi mujer y mis hijos? ¿Y si prendían fuego al coche? ¿Nos robarían? ¿Y si se llevaban a mis pequeños? Cientos de opciones dantescas cruzaron mi cabeza en cuestión de segundos. Los peores escenarios posibles, pero los más probables y coherentes con el entorno. Era como tener un zumbido ensordecedor taponando mis oídos y mis ideas. Los presagios terribles que habíamos querido descartar durante la cena se habían cumplido de la peor forma posible. Un auténtico mazazo de realidad que nos acercaba al abismo.

Tragué saliva, mantuve la mente fría, tomé la mano de mi mujer unos instantes y, sabiendo que no podíamos quedarnos allí, pisé a fondo el acelerador sin mirar atrás, como nunca antes había conducido por las calles de Caracas. No pensé en si atropellaba a alguien, si saltaba los semáforos en rojo, me subía a la acera, manejaba a contramano o en dirección contraria. Simplemente ceñí mis manos al volante y corrí al lugar seguro más cercano: de regreso a casa de Luis.

—Pero ¿qué ocurrió? —preguntó al vernos aparecer en su puerta con los rostros desencajados.

Aquella noche nos atrincheramos en su casa como si fuéramos refugiados de guerra, colocando colchonetas en el suelo y mantas en el sofá, deseando que el caos se calmara por la mañana para olvidar el susto y tratar de recuperar la normalidad. Pero aquella ya nunca volvería.

Y regresar a casa dejó de sentirse seguro, dejó de ser un hogar, un refugio.

—¿Cuánto más? —me preguntó Susana cuando, aún con los nervios de punta, entramos en nuestro apartamento al día siguiente—. No parece que vaya a ir a mejor, no a corto plazo —afirmó al tiempo que hundíamos la mirada en el televisor y la repetición de las imágenes que habíamos presenciado en primera persona.

—No, no parece. —Respiré hondo. Sabía lo que debíamos hacer, aunque no era una decisión sencilla—. Mañana hablaremos con los niños. Haremos las maletas y nos iremos. No podemos quedarnos, aquí ya no habrá el futuro que queríamos…

Y así, como un déjà vu que tanto había querido dejar atrás, el ciclo volvía a repetirse. Una vez más debía abandonar mis raíces, reducir mi vida a una maleta y marchar de mi país sin saber qué habría después. Un salto al vacío.

La primera vez, de la mano de mis padres, todo fue evolucionando según lo previsto. La ilusión de la oportunidad se cumplió.

Lamentablemente, en esta ocasión, todo sería muy diferente…

Es una paradoja que todos los dictadores hayan subido al poder por la escalera de la libertad de expresión. Inmediatamente después de alcanzar el poder cada dictador suprimió la libertad de expresión a todos excepto la suya propia.

Herbert Clark Hoover

CAPÍTULO 1. EL AUTÉNTICO INICIO, MIS ORÍGENES

Mis padres también fueron esos que, un buen día de reflexión, pusieron la vista en el mañana y tuvieron que sopesar cuál iba a ser la mejor decisión para ellos y los suyos. Nazira y Ramez nacieron en Líbano, aunque ya estaban instalados en Maracaibo cuando nacimos sus cuatro hijos, tres varones y una mujer (Zohair, Munir, Lina), siendo un servidor el benjamín de la familia. Corría el año 1960 cuando yo llegué a este mundo y, por cosas de la vida, solo un año después mis padres tuvieron que regresar al Líbano. Juntos formaban una atípica pareja libanesa. Él, poeta, escritor, humanista y progresista. Ella, mujer culta, educada en los mejores colegios y hablante de varios idiomas, gracias a que su padre (mi abuelo) había estado trabajando un tiempo en unas minas de plata en México, donde, de hecho, ella nació. Su infancia y juventud se dio en Líbano, ya que el abuelo, habiendo amasado una fortuna, se pudo permitir regresar al país de origen para disfrutar y dar lo mejor a los suyos dentro de la holgura de lo que no era solo una casa, sino más bien un palacio beirutí. Una mujer hermosa y sencilla de la alta sociedad con una formación e inteligencia poco habitual en sus tiempos.

Y es que cuando menciono a mi madre Nazira no puedo ocultar el orgullo que siento, ya que es una persona de una calidad humana sin parangón. Su empatía sin límites siempre ha conseguido ganarse la admiración y el respeto no solo de la familia, sino de cualquiera que interactuara con ella. Destila magia, una energía vital entusiasta y contagiosa que no puede sino despertar interés en todo aquel que se acerca a ella. Como maestra logró ejercer un gran poder e influencia positiva en todos sus alumnos y, entre ellos, aunque de forma diferente por ser su hijo, me cuento yo mismo. Porque tenerla como madre reverberó inevitablemente en la persona que estaba destinada a ser, en la construcción de mi personalidad, aspiraciones y metas.

—Cuidado, Ziad —podía advertir ella cuando los hijos comentábamos desenfadados asuntos de clase, de compañeritos, bromas y risas. Que si Menganito había hecho esto, o Fulanito iba a hacer no sé qué, y nosotros también queríamos ser igual que él—. Anda con el próspero y te llegará prosperidad. Anda con el mísero y te llegará miseria… —rumiaba con sabiduría.

Tal vez en ese preciso instante yo no podía traducirlo bien, pero quedaba el poso en mí y me volvía más observador, con la sana curiosidad de desentrañar el significado de sus palabras por mí mismo. Y tanto que lo hice. Y cuánta razón tenía mi madre. Normalmente no nos sermoneaba, o jamás tuvimos esa impresión. Ella era una excelente consejera y, aunque a veces los niños o adolescentes podamos ser algo tozudos, siempre nos habló desde la experiencia, el respeto y la calma. No presionaba, no trataba de posicionar su razón sobre la nuestra. Probablemente eso era lo que más efecto lograba. No había mando, sino pura reflexión. Qué rabia sana da cuando conoces a alguien que siempre sabe qué decir, que encuentra la palabra correcta a todo. Así es ella. ¿Cómo no querer aprender de alguien así? ¿Cómo no ser el reflejo en el que tratar de encontrarse? Ejercer la paternidad nunca es sencillo, ya que la búsqueda del equilibrio entre la balanza de educar y dejar volar es harto complejo. No sé cómo, mi madre consiguió dar con el punto idóneo de forma aparentemente sencilla. Vigiló y acompañó nuestro vuelo, pero jamás cortó las alas, amarró en corto o dirigió por nosotros. Y así de buena madre era, y sigue siendo. También fue una excelente esposa que dio a su familia un matrimonio lleno de amor, estable y compenetrado. Cuántos niños recuerdan peleas entre sus padres, gestos incómodos o algún que otro reproche. Hubo cero de eso en mi casa, ya que la forma que tenía mi madre de ver y lidiar con cualquier conflicto era admirable, pacífica y amorosa. Convivir con ella era fácil. Enamorarse de ella, por supuesto, también.

Dio lo mejor de sí misma para sacar adelante a los suyos, sin miedo al cambio, sin miedo a recorrer medio mundo de ser necesario.

Esta garra era algo que tenía en común con mi papá quien, nacido en el Líbano, no dudó en subirse a un barco y cruzar el globo en busca de nuevas oportunidades. Ya había aprendido junto a su tío paterno, muy famoso en el mundo de la literatura, todo sobre arte, letras y escritura árabe. Muy formado y culto, mi joven padre de dieciséis años se trasladó a Brasil, donde hizo sus primeros pinitos en el terreno comercial, sin dejar de lado la vertiente humanista y poeta a la que dedicaba su tiempo libre en diferentes grupos literarios y reuniones. Una buena vida que le llenó de recuerdos y experiencia pero que, ya llegados los treinta y siete años, quiso rellenar con el amor. A través de su reputado tío conoció a mi mamá, una mujer muy codiciada debido a su belleza, su buena cuna y su llamativa sabiduría. Pero los pretendientes solían ignorar esto y acudían directamente a su padre (mi abuelo) en el proceso de cortejo, cosa que la hacía a ella de menos y, por ende, rechazaba a todos aquellos que creían que podían conquistarla sin tan siquiera ganarse su interés. Entonces apareció mi padre, de carácter pausado, palabras equilibradas y románticas, manos suaves y mirada determinada, para dirigirse exclusiva y directamente a ella, cautivándola desde el minuto uno. Se casaron y, ya que los dos estaban dispuestos a ponerse el mundo por montera, decidieron viajar a Venezuela en la década de los cincuenta.

Y es que, en cierto modo, Latinoamérica y Oriente Próximo estaban muy relacionados en nuestra familia. Como matrimonio joven con niños pequeños nacidos en Venezuela, cuando la estabilidad se empezó a poner en duda regresaron de nuevo al Líbano, viéndose atados por los compromisos familiares y la convicción de poder prosperar en el hogar de siempre. Lamentablemente no fue así: mi papá afrontó complicaciones económicas y en 1967 hubo un nuevo intento de progreso y, por ende, otra mudanza a Venezuela. Ni qué