Mi pelea/tu pelea - Ronda Roussey - E-Book

Mi pelea/tu pelea E-Book

Ronda Roussey

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Beschreibung

"Sé que puedo superar cualquier dificultad. Sé que me puedo reponer cuando las cosas están en su peor momento. No tengo miedo de perder todo mi dinero ni de perder mi carrera, porque sé que he vivido hasta en mi coche y he podido salir adelante. Una vez que has conquistado las peores cosas, no tienes por qué temerle a lo desconocido. El combate está allí para que tú lo ganes".

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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MI PELEA / TU PELEA

MI PELEA / TU PELEA

RONDA ROUSEY

Y MARIA BURNS ORTIZ

Índice de contenido
Portadilla
Legales
Dedicatoria
Cita
Foreword Prólogo de Dana White, presidente de la UFC
Por qué peleo
Noche de pelea
Nací lista
Ganar es la mejor sensación del mundo
Todo puede cambiar en una fracción de segundo
Nunca subestimes a tu oponente
Perder es una de las experiencias más devastadoras de la vida
La tragedia precede al éxito
No te conformes con menos de lo que puedes dar
Solo porque sea una regla no significa que esté bien
El dolor es solo un dato más de la realidad
Transforma las limitaciones en oportunidades
Confía en el conocimiento, no en la fuerza
Aprende cuándo es hora de dar el siguiente paso
Busca la realización personal en los sacrificios
Tienes que ser el mejor en tu peor día
Nadie tiene derecho a derrotarte
Jamás ganarás una pelea huyendo
No dependas de los demás para tomar tus decisiones
Las personas que te rodean controlan tu realidad
El final de un movimiento fallido es siempre el comienzo del siguiente
Todo lo que tiene valor requiere esfuerzo
Todo es tan fácil como tomar una decisión
¿En qué momento cruzas el límite imaginario que te impide soñar a lo grande
Las personas valoran la excelencia sin importar quién eres
Una derrota es una derrota, pero es mejor caer peleando
Esta es mi situación, pero esta no es mi vida
No puedes depender de una sola cosa para ser feliz
Descarta toda información que no sea esencial
Las relaciones que se arruinan fácilmente no valen la pena
Alguien tiene que ser el mejor del mundo. ¿Por qué no tú?
Encontrar un entrenador es como encontrar un novio
Serás puesto a prueba
Los campeones siempre hacen más
Planea el primer intercambio
Nunca nada será perfecto
Si fuera fácil, todos lo harían
El único poder que las personas tienen sobre ti es el poder que tú les das
Ganar es un hábito
Prefiero exponerme por voluntad propia que esperar con temor a que algo suceda contra mi voluntad
Rehúsa aceptar cualquier otra realidad
Los mejores luchadores tienen paciencia cuando hay que tenerla
Hay un momento en todo combate en el que la victoria está al alcance de la mano, y todo se reduce a quién tiene más ganas de ganar
Pelea cada segundo del combate
Tienes que estar dispuesto a hacer el ridículo
Triunfar es la mejor venganza
Aprende a detectar los tiempos de descanso
Prepárate para el adversario perfecto
No dejes que nadie te obligue a dar un paso atrás
La respuesta es: No existe la respuesta correcta
Yo he pasado por eso
Lo más difícil es saber cuándo es hora de partir
Ganar
Gracias
Las autoras

Roussey, Ronda

Mi pelea, tu pelea / Ronda Roussey. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2015.

Libro digital, Amazon Kindle

Archivo Digital: descarga

Traducción de: Jeannine Emery de Pardo.

ISBN 978-987-609-637-9

1. Autobiografías. I. Pardo, Jeannine Emery de, trad. II. Título.

CDD 920

© Ronda Rousey, 2014

© Editorial Del Nuevo Extremo S.A., 2015 A. J. Carranza 1852 (C1414COV) Buenos Aires, Argentina Tel/Fax: (54-11) 4773-3228 e-mail: [email protected] www.delnuevoextremo.com

Imagen editorial: Marta Cánovas Traducción: Jeannine Emery de Pardo Correcciones: Martín Felipe Castagnet Fotografías de tapa e interior: Eric Williams Diseño de tapa: @WOLFCODE

Primera edición en formato digital: noviembre de 2015

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.

Digitalización: Proyecto451

Para mamá y papá. Espero que estén orgullosos de mí.

No hay historia hasta que algo sucede Luego la hay.

PRÓLOGO

DANA WHITE, PRESIDENTE DE LA UFC

Ronda Rousey llegó para cambiar las reglas de juego.

Por supuesto que yo no lo sabía en 2011 cuando estaba en Los Ángeles y TMZ me preguntó cuándo pelearían las mujeres en la Ultimate Fighting Championship (UFC). Miré a la cámara y dije: “Nunca”.

En ese entonces lo decía en serio. No tenía problema con que las mujeres pelearan y se ganaran la vida haciéndolo, pero cuando salía el tema de la posibilidad de que compitieran en la UFC, recordaba de pronto una pelea que había visto en un show local al norte de California. Una mujer que peleaba igual que un hombre estaba en el ring contra alguien que no parecía haber tomado más de cinco clases de tae bo. Fue una de las peores golpizas unilaterales que vi jamás, y realmente no quería ver eso en la UFC.

Hasta que apareció Ronda.

Unos meses después de la entrevista de TMZ, tuvimos un show en Las Vegas, y alguien me llamó por mi nombre. Era Ronda Rousey. Había escuchado hablar de ella. Me habían dicho que era una buena luchadora. Me acerqué, le estreché la mano y me dijo: “Algún día voy a pelear en tu competencia y voy a ser tu primera campeona mundial”.

Lo que hay que saber es que todo el mundo me dice eso, tanto hombres como mujeres. Todos dicen: “Algún día voy a trabajar para ti y seré tu próximo campeón mundial”. Pero ella era persistente, y al verla competir en la promoción de Strikeforce que habíamos adquirido, supe que era especial. Ronda pidió reunirse conmigo en uno de los eventos de la UFC. Quince minutos después de iniciar la conversación, me encontré pensando para mis adentros: “Creo que voy a seguir adelante con esto. Ella es la que puede darle el puntapié, y tengo fe en todo lo que dice”. Tenía tanto carisma y energía. Y verla pelear era de no creer.

Así que tomé mi decisión. Aceptamos a Ronda, y la convertí en el espectáculo principal de la UFC 157 el 23 de febrero de 2013. Aquella decisión fue muy criticada por los medios y los fans, pero ella salió esa noche en Anaheim y ofreció una pelea increíble contra Liz Carmouche. Fue emocionante desde el momento en que comenzó hasta que terminó, justo antes de que sonara la campana para finalizar el primer round.

Ese fue solo el comienzo.

El nivel de talento entre las mujeres se disparó. Despegó tan rápido que no me dio tiempo de nada. Y a la cabeza de todo eso estaba Ronda. Era realmente un huracán. Lo supe, lo sentí e hice lo que tenía que hacer. Talento, belleza, determinación, ella lo tiene todo. Y mientras se abría paso de mesera a superestrella, la realidad es que siempre fue una atleta asombrosa, ex medallista olímpica, que finalmente encontró aquello a lo que se quería dedicar. Descubrió que era una competidora que quería salir y demostrar que era la mejor de todas. Y una vez que se dio cuenta, tomó el control del mundo de las artes marciales mixtas, lo dominó por completo y se volvió una de las mejores estrellas de la UFC, si no la mejor.

Cuando digo que es una persona que vino a cambiar las reglas de juego, es porque lo ha hecho en todo el sentido de la palabra. No solo para las mujeres, sino también para el deporte femenino. La gente siempre dice: “Ah, el básquetbol de mujeres es el WNBA”; “en el golf, las mujeres le pegan a la pelota desde un tee más corto”; “en el tenis femenino, las mujeres no pegan tan fuerte como los hombres”. Nadie dice algo así de Ronda Rousey. Es una de las atletas más intensas e increíbles con las que he trabajado durante todos mis años en el boxeo y las MMA (1), y no soy el único que la compara en el octágono con un Mike Tyson en su mejor momento. Observen su intensidad, observen cómo sale al ring y cómo corre tras su oponente. Ronda no anda con vueltas, y cuando sale a pelear uno sabe que su oponente no la pasará nada bien.

Lo que sucede es que ella es una persona tan enfocada, no solo en una pelea o cuando entrena, sino en su vida cotidiana. Se trata de una mujer que no tiene tiempo para salir a fiestear. Lo único que hace es levantarse por la mañana y decir: “¿Cómo puedo ser mejor que ayer?”. Literalmente, así vive su vida.

Ronda es un modelo de conducta increíble, que empodera a las mujeres y las niñas. Cuando yo era pequeño, los chicos jugaban por un lado y las chicas por otro; los chicos hacían todo lo que tuviera que ver con la actividad física y las chicas jugaban con muñecas y casitas. Este último Halloween, las chicas de todo el país se disfrazaron de Ronda Rousey. Eso es porque ella es una mujer increíble, bella y poderosa.

Ronda es una fuente de inspiración para todo el mundo. El verano pasado se desarrollaba la Serie Mundial de Ligas Pequeñas, y Pierce Jones, un muchacho afroamericano de trece años, del sur de Chicago, una de las estrellas de la serie, salió a batear y, debajo de toda su información personal, aparecía su atleta favorita: Ronda Rousey. Se trata de algo sin precedente. Podría haber elegido a cualquiera: LeBron James, Derek Jeter, hay tantos atletas masculinos para elegir… pero su atleta favorita es Ronda Rousey.

Ronda ha cambiado el mundo del deporte, y para cuando termine, tal vez también haya cambiado al mundo. Nada me extrañaría, y por momentos me da la impresión de que está escribiendo su libro demasiado pronto, porque apenas está comenzando. Esta mujer alcanzará logros asombrosos, así que prepárense para la Segunda Parte de la historia de Ronda Rousey.

1. Artes Marciales Mixtas, por sus siglas en inglés.

POR QUÉ PELEO

Soy una luchadora.

Para ser luchadora, hay que ser apasionada. Tengo tanta pasión que es difícil contenerla toda. Esa pasión se me escapa como lágrimas de los ojos, como sudor de los poros, como sangre de las venas.

Hay muchas personas que suponen que soy fría e insensible, pero la verdad es que hace falta un corazón enorme para pelear. Soy incapaz de ocultar mis sentimientos, y también me han hecho trizas el corazón. Puedo competir con los dedos del pie rotos o con el pie recién suturado. Puedo recibir un golpe y que no se me mueva un pelo, pero si tocan una canción triste por la radio soy capaz de echarme a llorar. Soy vulnerable, por eso peleo.

Ha sido así desde el día en que nací. Luché por mi primera bocanada de aire. Luché por pronunciar mis primeras palabras. Sigo luchando por ser respetada y escuchada. Durante mucho tiempo sentí que tenía que luchar por cada cosa que hacía. Pero ahora una batalla grande cada dos o tres meses compensa todas aquellas más pequeñas en las que claudico todos los días. Algunas batallas que pierdo son pequeñas: un auto que te cierra el paso, un jefe que te echa la bronca. Las pequeñas humillaciones cotidianas que te llevan al límite. Algunas batallas perdidas te cambian la vida: perder a alguien que amas o no alcanzar esa única meta por la que más te has esforzado.

Peleo por papá, que perdió su batalla y murió cuando yo tenía ocho años, y por mamá, que me enseñó cómo ganar cada segundo de mi vida. Peleo por hacer que las personas que me aman se sientan orgullosas de mí, y por hacer que las personas que me odian sufran un arrebato de cólera. Peleo por todos aquellos que alguna vez estuvieron perdidos, que alguna vez fueron abandonados o que están peleando contra sus propios demonios.

Alcanzar la excelencia es una batalla larga y ardua que peleo todos los días. Pelear es la manera de lograr el éxito. Y no me refiero a solo dentro de una jaula de 69 metros cuadrados o dentro de los bordes de una colchoneta de 64 metros cuadrados. La vida es una batalla desde el momento en que das tu primera bocanada de aire hasta el instante en que exhalas la última. Tienes que luchar contra las personas que te dicen que es imposible. Tienes que luchar contra las instituciones que ponen barreras invisibles y que deben romperse. Tienes que luchar contra tu cuerpo cuando te dice que está cansado. Tienes que luchar contra tu mente cuando la duda comienza a carcomerte por dentro. Tienes que luchar contra sistemas que están en vigor para perturbarte y contra obstáculos puestos en tu camino para desalentarte. Tienes que luchar porque no puedes confiar en que nadie más lo hará por ti. Y tienes que pelear por las personas que no pueden pelear por sí mismas. Para conseguir algo realmente valioso, tienes que pelear por ello.

Yo aprendí el modo de luchar y el modo de ganar. Cualesquiera sean tus obstáculos, quienquiera y cualquiera sea tu adversario, hay un camino a la victoria.

Este es el mío.

NOCHE DE PELEA

La tarde está muy avanzada cuando me levanto. He dormido todo el día, despertándome para comer y luego volviendo a mi estado de hibernación. Me visto con los shorts negros y el sujetador deportivo negro.

La habitación de mi hotel está calentita. Quiero que mi cuerpo esté calentito, ligero.

Me paro delante del espejo. Me recojo el cabello hacia atrás dividiéndolo en secciones. Primero, la parte superior, que aseguro con una liga. Luego la parte izquierda y la derecha hasta que todo el cabello me cae sobre el cuello. Tomo otra liga y uno las tres secciones. Las enrosco con fuerza para formar un rodete. El pelo me tira el cuero cabelludo y me agranda los ojos. Mientras estoy de pie delante del espejo, caigo en la cuenta de algo: al observarme así, preparada para la batalla, me siento transformada; todo parece diferente.

Falta una hora para salir. Me pongo el pantalón deportivo Reebok y mis botas de combate —botas comunes de símil gamuza, de Love Culture, que se caen a pedazos, pero que me han acompañado en casi todas mis victorias profesionales.

Mi equipo está sentado en la sala de la suite del hotel, desparramados entre el pequeño sofá y un par de sillones. Hablan en voz baja, pero cada tanto una carcajada apagada atraviesa la puerta cerrada. Puedo oírlos moviéndose de un lado a otro. Edmond, mi coach principal, vuelve a revisar su bolso para estar seguro de que no nos olvidamos de nada. Rener, mi entrenador de jiu-jitsu brasileño, enrosca y desenrosca el banner con los logos de mis sponsors, que estará ubicado en la jaula a mi espalda. Quiere que el banner esté perfecto, para que pueda desplegarlo con un rápido giro de la muñeca. Martin, mi entrenador de lucha libre, posee una calma imperturbable. Justin, mi compañero de entrenamiento de judo y amigo de la infancia, se frota las manos, ansioso. Están todos vestidos de pies a cabeza con la vestimenta oficial del equipo para salir a la jaula. Abro la puerta que separa ambas habitaciones, y todos se quedan paralizados. El cuarto está en silencio.

La gente de seguridad golpea a la puerta; están listos para acompañarnos abajo.

Cuando salgo de la habitación del hotel, me siento como Superman cuando sale de la cabina de teléfono: el pecho expandido, la capa que ondea a mis espaldas. Imparable. Invencible. Solo que en lugar de la S, tengo el logo de la UFC estampado en el pecho. Pongo cara de pocos amigos. Desde el minuto en que salgo de la habitación, estoy lista para el combate.

Del otro lado de mi puerta hay tres hombres con audífonos; su tarea es llevarme abajo a mi pelea.

—¿Estás lista? —pregunta el jefe de oficiales. Él se refiere a bajar a la arena.

—Lista —le respondo. Yo me refiero a ganar la pelea.

Edmond echa un vistazo a la habitación, barriéndola una última vez con la mirada. Me entrega mis auriculares Monster, y me los deslizo alrededor del cuello.

El encargado de seguridad va adelante. La gente de mi equipo me flanquea, y los otros dos oficiales nos siguen por detrás. Caminamos a través de ascensores de servicio, y entramos en túneles con suelos de cemento, luces fluorescentes y caños expuestos. Los corredores están vacíos y los sonidos de nuestras pisadas retumban a través de los pasillos. Pasamos por salas subterráneas donde los empleados fichan su llegada y por salas donde se clasifican los materiales reciclables. Oigo el barullo de la cafetería donde comen los empleados. El pitido de un montacargas que levanta pallets se pierde en la distancia mientras atravesamos el laberinto rumbo al vestuario.

Al acercarnos veo más señales de vida. Personal de producción avanza zigzagueando por los corredores. Camarógrafos, guardias de seguridad, entrenadores, atletas, miembros de comisiones atléticas, desconocidos cualesquiera entran y salen de diferentes puertas. Un oficial de la comisión atlética del estado se nos une en el momento en que entramos en la arena. A partir de este instante y hasta el momento en que salga del edificio, estaré siempre bajo su escrutinio.

Sobre la puerta de mi vestuario, pegada con cinta aislante, hay un papel blanco con mi nombre impreso en letras negras. “Buena suerte”, me dice el agente de seguridad al tiempo que entro en la habitación de bloques de hormigón, desprovista de ventanas. Las paredes son beige claras, la alfombra es delgada y oscura. Hay una colchoneta para hacer gimnasia sobre el suelo y un televisor de pantalla plana en la pared transmite en vivo las peleas preliminares.

En otros vestuarios las personas traen estéreos y escuchan música; hacen bromas y pasan el rato. Mi vestuario es un lugar serio. Hay silencio. Nadie sonríe. No me gusta que la gente cuente chistes en mi vestuario. Ahora no es momento para contar chistes. Desde el minuto en que salimos de mi habitación del hotel, no se jode. El tiempo para joder ya pasó. Tenemos por delante algo muy serio.

No busco librarme de la presión; la acepto de buena gana. La presión es lo que se concentra en el tambor detrás de la bala antes de salir disparada del revólver.

Entramos en el vestuario y nos acomodamos. Mi quinto esquinero, Gene LeBell, un pionero de las MMA y amigo de la familia de toda la vida, se une a nosotros. Se sienta y comienza a prender y apagar el pulsador del cronómetro. Me acuesto en el suelo, con la cabeza sobre mi bolso. Cierro los ojos e intento dormir un poco.

Me despierto y quiero precalentar, pero es demasiado temprano y Edmond me detiene.

—Relájate, todavía no es hora —dice con su grueso acento armenio. Tiene una voz calma, que tranquiliza. Me masajea los hombros brevemente, como si tratara de liberar el exceso de energía que me recorre el cuerpo.

Quiero dar pequeños saltos y hacer algo. Quiero estar más preparada.

—Aunque estés fría, estás bien —me dice Edmond—. Solo tienes que relajarte. No necesitas precalentar en exceso.

Edmond me toma las manos entre las suyas mientras el representante de la comisión atlética del estado nos observa. Debe asegurarse de que todo el proceso de vendaje sea legítimo. Primero, la gasa. Después, la cinta de tela blanca, que se despega del rollo con un crujido. Observo mientras la cinta se envuelve hipnóticamente entre mis dedos, alrededor de mis manos y desciende hasta mis muñecas. Después Edmond alisa el extremo de la cinta sobre mi muñeca, y estoy un paso más cerca del momento que he estado esperando, el momento para el que me he estado entrenando, el momento para el que nunca estuve más lista.

El representante de la comisión firma mis vendajes con un fibrón negro. Comienzo a estirar, saltando de un lado a otro. Edmond me ayuda a hacer foco sosteniéndome los guantes durante un par de golpes, pero me detiene enseguida. Siento que todavía no es suficiente. Estoy ansiosa por hacer más.

—Tranquila, tranquila —dice.

Por encima de la transmisión, oigo a la multitud. A medida que se llena el estadio, la excitación va en aumento y el ruido golpea las paredes. La energía del público retumba a través del hormigón y me traspasa el cuerpo.

El reloj hace tic-tac. Edmond me sienta sobre una silla plegable. Se inclina bien cerca.

—Tú estás más preparada que esta chica —me dice—. Eres mejor en todas las áreas que ella. Has luchado para estar acá. Has sudado para estar acá. Te has roto el trasero para estar acá. Todo lo que hemos hecho nos ha traído hasta este momento. Eres la mejor del mundo. Ahora, ve y haz mierda a esta chica.

Destruir a mi oponente es lo único que quiero hacer en este momento. Es el foco único de todas las células de mi cuerpo. En el corredor oigo la voz áspera de Burt Watson. Burt es el niñero oficial de los peleadores de la UFC, lo cual significa que maneja tantas contingencias que no hay un título para lo que hace salvo decir que su función es cuidarnos.

—Se larga, ¡vamos! —grita—. Esto es lo que hacemos y por qué lo hacemos, nena. Esta es tu noche, tu pelea. No dejes que te roben tu noche, nena. —Su voz retumba en el corredor mientras me acompaña a la salida. Me siento excitada.

Mi oponente siempre sale primera. No la puedo ver, pero alcanzo a oír su lamentable canción que retumba a todo volumen dentro del estadio. Al instante, odio la canción que ha elegido para salir a la jaula.

Oigo la reacción del público cuando la ve. En la sombra del túnel, puedo sentir su aplauso que sacude el aire, pero sé que la reacción cuando me vean a mí va a hacer estallar el estadio. La gente va a perder sus malditas cabezas cuando me vea salir. Casi puedo sentir el rugido de la multitud en los huesos, y sé que el ruido va a desestabilizar a mi oponente.

Edmond me aprieta la cara con fuerza. Me frota las orejas y la nariz. La cara se me contrae, preparándose para un posible impacto. Me tira el cabello hacia atrás con más fuerza. Siento un hormigueo en el cuero cabelludo. Los ojos se me agrandan. Estoy despierta, estoy alerta. Estoy lista.

Nos dan la señal. Los hombres de seguridad caminan uno a cada lado. Mi esquinero camina un paso atrás.

Las feroces cuerdas de guitarra de Joan Jett me estremecen y, mientras “Bad Reputation” suena a todo volumen, avanzo agresivamente por el corredor, lanzando una mirada de furia hacia delante.

El público aúlla cuando me ve salir, pero es como si el volumen y el brillo de todo se hubiera atenuado. No puedo ver nada sino lo que está justo enfrente: el camino a la jaula.

Cuando llego a los escalones del octágono, me retiro los auriculares y me saco las botas de combate. Me quito la sudadera, la camiseta, el pantalón de ejercicio. Mi esquinero me ayuda, porque puede ser complicado quitarse una capa de ropa cuando tienes las manos vendadas y metidas dentro de guantes acolchados.

Edmond me da palmaditas en todo el cuerpo con una toalla. Abrazo a cada uno de los miembros de mi esquina. Rener, “Tío” Gene, Martin, Justin. Edmond me da un beso en la mejilla. Nos abrazamos. Edmond me mete el protector bucal dentro de la boca. Bebo un sorbo de agua. Stitch Duran, mi cutman, me aplica vaselina en toda la cara y se hace a un lado.

Extiendo los brazos, y un oficial me da palmaditas en todo el cuerpo para asegurarse de que no tenga nada escondido: las manos pasan por detrás de las orejas, trepan por el cabello y se meten en mi apretado rodete. Me hace abrir la boca. Me revisa los guantes. Me hace una seña para que suba los escalones.

Hago una pequeña reverencia al entrar en la jaula, apenas una inclinación de la cabeza hacia delante, un hábito que me quedó de mis días de judo. Golpeo el suelo con el pie izquierdo dos veces. Luego con el derecho. Salto y golpeo ambos pies contra el suelo. Camino hacia mi esquina. Me sacudo los brazos. Me palmeo el hombro derecho, luego el izquierdo, después los muslos. Toco el suelo. Mi esquinero despliega el banner de sponsors a mi espalda. Doy pequeños saltos entre un pie y otro. Me pongo en cuclillas y vuelvo a dar un salto hacia arriba. Golpeo una vez más el suelo con los pies. Entonces me detengo.

Llegó el momento. Tengo el cuerpo relajado pero hiperalerta, listo para actuar y reaccionar. Tengo los sentidos agudizados. Un único deseo me domina: ganar. Es simplemente una cuestión de ganar o morir. Siento como si solo estuviera acá, en este momento, en esta jaula, como si el tiempo que ha separado esta pelea de mi última pelea no existiera. Mi cerebro vuelve al modo pelea, y entro en una zona en donde no ha existido jamás otra cosa que pelear.

Miro fijo al otro lado de la jaula.

El anunciador de la UFC Bruce Buffer se ubica en el medio de la jaula. Bruce es el mejor en lo que hace, pero cuando mira a la esquina de mi oponente lo único que alcanzo a oír es un “bla bla bla”. Después se vuelve hacia mi esquina, y otra vez, “bla bla bla”.

Veo a la otra chica. Le clavo una mirada desafiante. Siempre trato de mirarla a los ojos. Algunas veces, ella aparta la mirada.

Quiero que me mire.

Quiero que me mire directo a los ojos. Quiero que vea que no tengo ningún temor. Quiero que sepa que no tiene chance. Quiero que tenga miedo. Quiero que sepa que va a perder.

El referí mira a mi oponente.

—¿Estás lista? —pregunta.

Ella asiente.

Me señala con el dedo.

—¿Estás lista?

Asiento con la cabeza y pienso: Nací lista.

Entonces comenzamos la pelea.

NACÍ LISTA

Muchas personas se preocupan por no estar lo suficientemente preparadas antes de una pelea. Salen al ring sintiendo que tienen el cuerpo frío y les falta preparación. Creen que estarían mejor preparadas si pudieran precalentar un poco más. La idea se les instala en la cabeza.

A mí me enseñaron a estar lista para pelear en cualquier momento. Casi no hago entrada en calor y, sin embargo, estoy tan preparada para pelear que cuando comienza una pelea tengo que hacer un esfuerzo para evitar lanzarme hacia delante y esperar que baje la mano del referí.

Nunca sabes si vas a tener que estar lista antes de lo que pensabas.

Cuando nací estuve a punto de morirme. El 1 de febrero de 1987, mi madre, que estaba a punto de parir, corría por toda la casa tratando de organizar todo lo que hiciera falta antes de que salir con mi padre para el sanatorio.

—Ron, ¿estás listo? —le preguntó a papá.

—Cariño, nací listo —respondió.

Pero mis padres no estaban listos para lo que sucedió inmediatamente después.

Nací con el cordón umbilical enroscado alrededor del cuello, cortándome el suministro de aire. El corazón me dejó de latir. Cuando salí estaba morada y no me movía. En el test de Apgar, que se les realiza a los recién nacidos para medir su estado general de salud, la puntuación va de 0 a 10, y siete es considerada como buena. Mi puntuación era 0.

Mamá me contó que los médicos pensaron que estaba muerta. Todo era caos y movimiento. Los médicos entraron corriendo desde todos lados. Se oía el chirrido de las ruedas de los carros de metal con equipamiento médico que entraban a toda velocidad en la habitación; las puertas de los armarios que se cerraban con fuerza al tiempo que el personal médico sacaba artículos de los estantes; el jefe médico que gritaba órdenes a medida que más y más personas entraban en la sala. Finalmente, los médicos lograron hacer que me entrara un poco de aire. Cortaron el cordón, me lo desenroscaron del cuello, me hicieron resucitación cardiopulmonar y me dieron oxígeno. Después, tras lo que mamá describe como una eternidad —pero seguramente fueron solo unos minutos— comencé a respirar y el corazón me comenzó a latir.

La experiencia dejó traumados a mis padres. Fue la única vez que mamá vio a papá llorando.

Mis padres me nombraron Ronda por mi padre, que se llamaba Ron. Algunas personas creen que hay un motivo especial por el cual soy Ronda sin h, pero fue algo accidental. Cuando se calmó el pánico y quedó claro que yo iba a vivir, la enfermera le preguntó a papá qué nombre me iban a poner. Él dijo “Ronda”. La enfermera le preguntó cómo se escribía. El nombre de mi padre era Ron, y él simplemente supuso que se escribía igual, así que le dijo: “R-O-N-D-A”. Y así me anotaron en el certificado de nacimiento. Daba lo mismo que anotaran “Ronda sin h”, porque me he pasado la vida corrigiendo la forma en que se escribe mi nombre —recién ahora lo han comenzado a escribir bien con cierta frecuencia—, pero creo que escribirlo así va mejor con mi personalidad. De todos modos, la h es una letra estúpida.

Mis padres estaban felices de que estuviera viva, pero el médico que me salvó dijo que podía llegar a tener daño cerebral y que tal vez no se hiciera evidente enseguida. De hecho, le dijo a mamá que podía llevar meses o incluso años si el daño estaba en áreas que controlan funciones como caminar o hablar, dado que esos retrasos no se manifiestan hasta que alcanzas esas etapas de desarrollo.

Los médicos no suelen dorar la píldora, pero este doctor le dio a mamá su opinión personal:

—En la mayoría de casos como este, la beba no habría sobrevivido —dijo—. En este momento no le puedo dar ninguna certeza, más allá del hecho de que está respirando, el ritmo cardiaco es bueno y la respuesta refleja es normal. No tengo ni idea de lo que le depara el futuro, pero los bebés tienen una resiliencia increíble y esta beba es ciertamente una luchadora.

GANAR ES LA MEJOR SENSACIÓN DEL MUNDO

Me condicionaron para ganar desde muy chica. Cuando era pequeña, durante los entrenamientos de judo, me sentaba y jugaba a las palmaditas con la chica con la que estaba a punto de competir. Mamá me hacía a un lado y me decía, “Quédate sentada y concéntrate en ganar. Deja de perder el tiempo”.

Cuando gano estoy eufórica. Nada me puede afectar. Ganar me eleva por encima del combate. Floto feliz encima de todas las cosas complicadas y difíciles de la vida. Después de ganar, por un tiempo breve, todo está en orden. Ganar es como enamorarse, pero enamorarse de todos los que están en el recinto de una sola vez —y se amplifica cuando estás en un estadio de 18.000 personas.

Cuando cumplí dos años y seguía sin hablar, mis padres comenzaron a preocuparse. Mi pediatra le dijo a mamá muchas cosas, como que comenzaría a hablar cuando estuviera lista o que no hablaba porque no tenía necesidad de hacerlo. Mis dos hermanas mayores parecían entender lo que quería y transmitían mis ganas de comer una galleta o de jugar con mis Pequeños Ponis. Pero mamá sabía que algo andaba mal. Tenía otras dos hijas y además estaba tomando clases de psicología del desarrollo para conseguir un doctorado.

Al acercarse mi tercer cumpleaños, aún no decía una sola palabra inteligible. Mamá me llevó a un montón de especialistas. No me encontraban ningún problema específico, pero los médicos parecían creer que la falta de oxígeno al nacer podría estar relacionada con mi dificultad para aprender a hablar.

Cuando una parte del cerebro muere, se muere para siempre (sí, ya sé, esa es la definición de muerto). Sin embargo, los bebés son criaturas asombrosas. Los bebés son súper resilientes. Algunas veces, los cerebros de los bebés pueden reprogramarse para seguir funcionando. Mi cerebro en desarrollo sencillamente se reprogramó. Si tomaran una de esas tomografías de muchos colores de la actividad cerebral, verían que la parte que controla mi habla está ubicada en un lugar diferente del cerebro que en la mayoría de las personas. Pero hasta que mi cerebro volvió a reprogramarlo todo, era como si no pudiera conectar las palabras que tenía en la cabeza con mi boca.

Hablar era una batalla constante entre lo que quería decir y lo que salía de mi boca. No se trataba solo de las palabras, sino que lo abarcaba todo: lo que sentía, lo que deseaba, lo que quería decir. Fue siempre una lucha. Si me pedían que repitiera algo demasiadas veces, me frustraba y pateaba a la persona con la que estaba hablando. Una cosa es pelear contra otras personas, pero pelear contra ti misma es diferente. Si estás peleando contra ti misma, ¿quién gana? ¿Quién pierde?

Cuando cumplí tres años, más que ninguna otra cosa, quería un muñeco Hulk Hogan de lucha libre. Mis hermanas y yo solíamos ver WWF Superstars of Wrestling los sábados por la mañana después de X-Men. Durante los cortes comerciales nos arrojábamos del sofá color marrón para intentar someternos unas a otras sobre la áspera alfombra de poliéster marrón. Uno de los mejores juguetes que inventó la década del ochenta fue el muñeco luchador, un almohadón de sesenta centímetros que tenía la forma de Hulk. Podías hacer la plancha sobre él, luchar con él, arrojarlo al suelo. Era fantástico. Cuando mamá me preguntó lo que quería, no hice más que repetir una palabra: “Balgrin”.

Nadie tenía ni idea de lo que quería decir. Pero mamá me llevó a mí y a mis hermanas a la juguetería para buscar mi Balgrin. El hombre que trabajaba allí me mostró todos los juguetes que tenían una bola. Nos fuimos con las manos vacías. Fuimos a otra tienda. Y a otra.

Cada vez que comenzaba a explicar lo que quería, los sonidos se me escapaban de la boca en una mezcolanza confusa que nadie entendía. Era como si las palabras que buscaba estuvieran prendidas con un alfiler y no las pudiera liberar. Las podía ver y las podía sentir, pero no las podía pronunciar. Me sentía atrapada. Estallé en llanto, y la cara se me llenó de mocos. Sentí que el mundo me cercaba; comencé a perder las esperanzas.

Papá se encontró con nosotros cuando salió del trabajo. Fuimos a una última juguetería y conocimos al mejor vendedor de juguetes de la historia, que merece ser consagrado en el Salón de la Fama de los vendedores de juguetes.

Apenas pasamos por la puerta, papá se acercó al vendedor.

—Mi pequeña quiere un Balgrin. No sé qué diablos es un Balgrin, pero no nos iremos de acá hasta conseguir uno.

—Bueno, ¿qué puede hacer ese juguete? —me preguntó el muchacho.

Temiendo hablar, arrojé el cuerpo sobre el suelo un par de veces.

El vendedor no se rió. Se quedó pensando un momento. Levanté la cabeza y lo miré esperanzada.

—¿Te refieres a un muñeco luchador? Es como un almohadón, y se puede luchar con él.

Asentí lentamente.

—Balgrin —dije.

—Claro —respondió como si lo hubiera pronunciado con la mayor claridad del mundo—. Hulk Hogan.

Bajó uno de un estante en la parte trasera de la tienda. Me puse a dar unos pasitos de júbilo en el pasillo. Mamá le dio gracias al cielo.

El vendedor me puso la caja del muñeco luchador en los brazos, y me inundó una intensa emoción. Me negué a que mis padres tomaran a Hulk Hogan ni por un segundo, ni siquiera para pagarlo, así que el vendedor tuvo que pasar otra caja por la máquina registradora.

Cuando llegamos a casa, Hulk y yo fuimos prácticamente inseparables. Me arrojaba del sillón doblándole un codo sobre el pecho. Lo inmovilizaba contra el suelo y hacía que mamá contara hasta tres. En lo que terminó siendo una coincidencia total o una señal misteriosa de lo que iría a suceder después, terminé arrancándole el brazo. Valiéndose de un viejo truco para zurcir los trajes de judo, mamá le volvió a coser el brazo con hilo dental, y luego, como hacía todas las noches, me metí en la cama con él.

Sí, así es. Dormía con Hulk Hogan.

Para ser una niña que no se podía comunicar como todos los demás niños, ser comprendida por un desconocido fue un hito fundamental. Terminó siendo una lección precoz acerca de la importancia de creer siempre que, si deseaba algo con todas mis fuerzas y lo intentaba lo suficiente, podía lograr que se cumpliera.

Hasta ahora he hecho bastantes cosas en mi vida (no quiero decir muchas porque ni siquiera he cumplido los treinta años, y todavía me queda mucho por hacer… digamos que estoy en el nivel de Gandalf el Gris, después de todo el drama del Hobbit, preparado para destruir el anillo y convertirse en Gandalf el Blanco). Y a menudo he logrado hacer cosas que las personas decían que eran poco realistas, poco probables o, mi preferida, imposibles. No habría podido hacer ninguna de ellas sin tener esperanza.

El tipo de esperanza al que me refiero es la creencia de que va a suceder algo bueno, de que todo lo que estás atravesando y todo lo que has atravesado habrá valido el esfuerzo y las frustraciones. El tipo de esperanza del que hablo es la profunda creencia de que se puede cambiar el mundo, de que lo imposible es posible.

El día de mi tercer cumpleaños fue una introducción precoz en no perder nunca la esperanza, en no darme nunca por vencida y en rodearme de personas que vieran en mí aquello que tal vez yo no viera en mí misma. Fue la primera vez que sentí que había ganado.

TODO PUEDE CAMBIAR EN UNA FRACCIÓN DE SEGUNDO

Cualquiera que frecuenta peleas lo ha visto. Hay un momento en que el peleador parece dominar la pelea y es invencible. Pero un instante después cae sobre la lona. Un puñetazo o la pérdida de concentración durante una fracción de segundo pueden cambiar todo el curso de la pelea. La vida es así.

Uno de los motivos por los que quiero ganar a toda costa es el hecho de que la vida sea tan incierta, tan volátil. Cuando gano, hay un breve espacio de tiempo en el que no estoy preocupada porque vayan a quitármelo todo en cualquier segundo.

Ha habido tantas veces en las que aquello que creí que era real se dio vuelta por completo, y sentí que todo mi mundo se desmoronaba. Saber que en cualquier segundo me pueden quitar todo lo bueno que tengo es lo que me hace trabajar tan duro.

El camino de Los Ángeles, California, a Minot, Dakota del Norte, no es la típica ruta migratoria norteamericana. Pero cuando yo tenía tres años, mi hermana Maria vio desde el ómnibus del colegio cómo le disparaban a un hombre en la cabeza. Mis padres lo vieron como un signo de que era hora de largarnos de allí. Nos mudamos a Dakota del Norte, en el medio de la nada.

Mamá había terminado su doctorado y una de las ofertas de trabajo que recibió fue de la universidad estatal de Minot. Minot tenía un programa excelente de fonoaudiología y, como parte de las prestaciones del trabajo, la universidad me ofrecía un tratamiento fonoaudiológico intensivo. Cuando nos mudamos papá se jubiló de su puesto de gerente de planta aeroespacial. El costo de vida en Dakota del Norte era mucho menor al de California, y mis padres decidieron que solo necesitábamos un ingreso. Así que en el verano de 1990 nos mudamos a una casa de campo con cinco hectáreas, que estaba a treinta kilómetros de Minot.

Mis hermanas y yo podíamos jugar libremente. En California jamás nos habían dejado salir solas sin un adulto. Pero acá, lejos de los elevados índices de criminalidad y niveles de smog que afectaban a Los Ángeles en ese momento, andábamos a toda velocidad en nuestras bicicletas de un lado a otro sobre el camino de entrada. Explorábamos el pequeño terreno boscoso detrás de nuestra casa; juntábamos capullos hasta que mamá lo prohibió: uno terminó siendo un saco de huevos de araña, que nacieron en la casa y echaron a andar en todas las direcciones. Instalamos un tobogán deslizante en la colina de nuestra casa, y pasábamos horas resbalándonos cuesta abajo por la lona de plástico amarillo.

Yo estaba obsesionada con coleccionar rocas y reuní una selección impresionante. Papá me enseñó a identificar el cuarzo, la pirita, la madera petrificada, la piedra caliza y el pedernal. En agosto mamá comenzó a viajar a la ciudad a diario para prepararse para su clase. Mis hermanas no estaban tan fascinadas con la vida de campo como yo, y solían ir con ella, dejándome a mí y a papá solos. Esos días me abrochaba el cinturón de seguridad en el asiento delantero de nuestro Ford Bronco marrón y blanco y salíamos a pasear por los caminos buscando el lugar ideal para juntar rocas. Andábamos a través de los campos y entre los árboles que servían de rompevientos, saltando sobre rocas y raíces. Después de un rato, llegábamos a un claro que jamás habíamos visto y papá decía: “Este parece ser el lugar”. Me pasaba horas cavando en la tierra y trayéndole especímenes para que examinara mientras se recostaba contra el coche, con sus gafas de aviador, fumando un cigarrillo.

Fue durante una de esas aventuras que descubrí que mi padre era el hombre más fuerte del mundo. Una tormenta eléctrica había pasado por la zona la noche anterior, y mientras andábamos en el coche, el lodo salió volando hacia todos lados. Llegamos al lecho de un arroyo que normalmente estaba seco y ahora tenía unos pocos centímetros de agua. Papá se detuvo y se volvió para preguntarme: “¿Qué te parece, Ronnie? ¿Cruzamos el río?”.

Asentí con la cabeza.

—Entonces, allá vamos, muchachita —dijo, tocándose burlonamente el ala del sombrero a modo de saludo militar.

Sonrió de oreja a oreja y aceleró. Un chorro de agua fangosa roció el parabrisas como si hubieran arrojado un balde sobre él. La Bronco saltó hacia delante, y luego nada. Papá volvió a apretar el acelerador. Hubo un zumbido de ruedas que giraban, pero no nos movimos. Puso el auto en reversa. Nos sacudimos hacia atrás, pero no pasó nada. En el espejo retrovisor del lado del acompañante, vi el lodo volando hacia todos lados mientras las ruedas giraban en el vacío.

—Qué mierda —dijo papá. Salió del auto; me desabroché el cinturón de seguridad y salí tras él. Estaba en cuclillas al lado de las ruedas traseras.

—Lo que tenemos acá es un problema —dijo—. Ahora lo que tenemos que hacer es encontrar una solución.

Inspeccionó el área.

—Este parece ser un lugar tan bueno como los demás para encontrar piedras —dijo, como si fuera todo parte de su plan—. Pero vamos a buscar rocas diferentes de las que solemos buscar. Lo que necesito es que me encuentres algunas rocas bien grandes, como del tamaño de tu cabeza, ¿sí?

Asentí y ambos paseamos la mirada sobre el suelo buscando rocas grandes. Encontré una del tamaño de una toronja. Me agaché y puse las manos alrededor de ella para levantarla. No se movió. Volví a intentarlo, con toda la fuerza de mis tres años. Nada.

—Acá —le grité a papá.

Se acercó con dos rocas del tamaño de melones en un brazo. Me quedé boquiabierta ante la hazaña. Le señalé la roca que había estado tratando de levantar. La levantó como si apenas pesara.

—Qué buen ojo —dijo, sonriendo. Sonreí con orgullo.

Tomó las rocas y las puso lo más cerca que pudo debajo de la llanta, y nos pasamos la siguiente media hora repitiendo el proceso: yo, señalando rocas y observando, fascinada, mientras que él las levantaba como si nada.

—Veamos si esto funciona —dijo.

Nos volvimos a subir a la Bronco. Puso en marcha el motor y apretó el acelerador. Movió la palanca de cambio de adelante hacia atrás. El vehículo se sacudió en ambas direcciones, pero no se zafó.

—Vaya —dijo—. Ese fue un buen intento. Supongo que vamos a tener que caminar. Voy a tener que pedirle a John Stip que saque su camioneta y me ayude a salir más tarde.

Los Stip vivían en la granja contigua a la nuestra. Volvimos a salir de la camioneta. Hacía calor y estaba cansada. Nos pusimos caminar. Aún podía ver la placa del auto cuando levanté la mirada hacia papá con el rostro rojo y sudoroso.

—No puedo caminar más —dije.

Me levantó sin esfuerzo alguno como lo había hecho con las rocas. Apoyé la cabeza sobre su hombro mientras atravesaba la hierba alta y pronto me quedé dormida. Me desperté con el crujido de los pies de papá sobre el camino de grava que conducía hasta nuestra casa. La Bronco era apenas un punto en la distancia.

Mientras el sol se ponía en la pradera, cenamos sobre el porche, sin ver otra cosa que el campo hasta donde nos alcanzaba la vista.

Esa noche, mientras recorríamos el medio kilómetro de camino sin asfaltar para revisar el buzón, miré a mi mamá.

—Dakota del Norte me gusta más que California —dije. Era la primera oración completa que pronunciaba.

El verano aislado del mundo en Dakota del Norte es hermoso. El invierno en Dakota del Norte es otra historia. No hay nada sino temperaturas bajo cero y nieve. Mucha nieve. Pero aquel primer invierno, todavía no nos habíamos cansado de ella. Así que un día completamente ordinario de enero mamá y papá nos abrigaron bien, y salimos caminando como patos para conocer la nieve. Los Stip se unieron a nosotros.

Papá se deslizó por una colina completamente ordinaria sobre un trineo de plástico naranja completamente ordinario. Bajó primero para estar seguro de que mis hermanas y yo pudiéramos hacerlo sin correr ningún peligro. Me reí al mirarlo lanzarse colina abajo. Chocó contra un montículo, un tronco común tapado con un poco de nieve. El trineo se deslizó hasta detenerse al pie de la colina, pero papá se quedó en el lugar en donde se había caído. Mamá creyó que era una broma. Esperamos, pero no se puso de pie. Mis hermanas y yo nos sentamos en la cima de la colina observando mientras mamá corría colina abajo y luego se arrodillaba junto a papá.

Hubo un movimiento borroso de nieve y luces parpadeantes. Apareció una ambulancia, pero se quedó atascada en la nieve. Vino otra ambulancia. Transcurrió alrededor de una hora hasta que llegó el equipo médico junto a papá.

Mamá viajó junto a papá en la ambulancia. Nuestros vecinos nos llevaron de regreso a su casa para que bebiéramos chocolate caliente. Esperamos que mamá llamara.

Las noticias no eran buenas. Papá, la persona más fuerte que conocía —me refiero a que tenía la fuerza de un superhéroe—, se había quebrado la espalda. La primera vez que vi a papá después del accidente, estaba acostado en una camilla de hospital, incapaz de moverse. Yo seguía esperando que, la próxima vez que entráramos en la habitación del hospital, estuviera levantando, parado delante del espejo del baño, echándose colonia Old Spice y mirándonos con una sonrisa como si nada hubiera pasado y anunciando —como lo había hecho todas las mañanas desde que tenía memoria— “Es hora del show”. Seguía esperando que se levantara de un salto de la cama. Pero no sucedió. Lo sometieron a un sinfín de cirugías, y estuvo varias veces a punto de morir sobre la mesa de operaciones.

La primera vez que mamá nos llevó a verlo después de una cirugía, las luces de la habitación de terapia intensiva estaban atenuadas.

—Tienen que hacer silencio —nos dijo mientras esperábamos fuera de la habitación—. Papá está muy cansado.

Asentimos con solemnidad y entramos en silencio detrás de ella como patitos. El pitido incesante del monitor cardiaco llenaba la habitación. Cada treinta segundos más o menos se encendía una máquina que echaba un pitido.

—Ron, vinieron las chicas —dijo mamá con la voz suave que tiene reservada solo para cuando realmente estás enfermo.

Papá estaba tendido boca arriba. Abrió los ojos. No podía mover el cuerpo, pero dirigió los ojos hacia nosotras.

—Hola, chicas —dijo casi con un susurro.

Me acerqué un poco hacia la cama. Papá estaba vendado alrededor del torso, donde los médicos lo habían abierto para operarle la columna quebrada. Había una enorme bolsa de sangre conectada con un tubo intravenoso que le entraba por goteo dentro del brazo. Colgada del otro lado de la cama había otra bolsa. Un tubo conectado con algo debajo de la manta, que no alcanzaba a ver, llenaba esa bolsa con sangre a medida que se le escurría del cuerpo.

Una enfermera entró en la habitación y al acercarse a papá me arrojé sobre ella. Mamá me atrapó en el aire mientras yo le gritaba con todas mis fuerzas, “¿Por qué cortaste a mi papi por la mitad? ¿Por qué?”. La odié. La odié por hacerle daño a mi papá. La odié por todo el dolor que él estaba sufriendo. La odié por el dolor que yo estaba sufriendo.

Golpeé los puños en el aire y sacudí las piernas al tiempo que mamá me llevaba en brazos al corredor y me cerraba el paso a la habitación. Tomé una bocanada de aire. Un torrente de lágrimas cayó por mis mejillas, mientras mamá intentaba explicarme que, en realidad, estaban ayudando a papá.

—Papá se lastimó —me dijo mamá—. Las enfermeras y los médicos están haciendo lo posible para que se recupere. Intentan ayudarlo a sanar.

No estaba segura si debía creerle.

—Puedes preguntarle a papá —dijo—. Pero nosotros también tenemos que intentar ayudarlo. Eso quiere decir que tenemos que hacer silencio cuando estamos en su habitación, ¿sí?

Asentí.

—Bueno, entonces, vamos. —Me volvió a conducir a la habitación.

Papá estuvo más de cinco meses en el hospital. Todos los días, después del colegio, mamá nos metía en el auto y recorríamos los doscientos kilómetros de Minot a Bismarck, ya que el hospital local no estaba equipado para tratar una lesión tan severa como la de papá.

Durante el invierno no hay mucho para ver desde la ventana de un auto en el medio del campo de Dakota del Norte; solo interminables extensiones de blanco. De hecho, el blanco es lo que más recuerdo de ese periodo de mi vida. Los corredores blancos del hospital. Los suelos de azulejos blancos. Las luces fluorescentes blancas. Las sábanas blancas. También recuerdo la sangre; había mucha sangre.

Papá tenía un raro trastorno hemorrágico, llamado síndrome de Bernard-Soulier, que afectaba la correcta coagulación de la sangre, y la coagulación es una función básica para que el cuerpo deje de sangrar. Las heridas leves pueden terminar siendo complicaciones hemorrágicas, y las lesiones traumáticas pueden desencadenar graves problemas. Las personas que padecen el trastorno a menudo sufren hemorragias prolongadas durante y después de las cirugías. Papá había sufrido una lesión traumática y largas operaciones; la cantidad de sangre era enorme.

Mamá cuenta que había momentos en que los signos vitales de papá comenzaban a decaer. Entonces, las enfermeras entraban corriendo a su habitación con las bolsas de sangre que se suelen ver colgando de soportes intravenosos y que pasan la sangre al brazo del paciente por medio de un goteo lento. Una enfermera le conectaba la bolsa al brazo, ponía la bolsa sobre la mesa y arrojaba todo el peso del cuerpo sobre ella para inyectar la sangre con fuerza dentro de las venas.

Las enfermeras nos hacían salir de la habitación antes de cambiar las sábanas y vendas, con la esperanza de que no las viéramos. Pero es imposible ocultar tal cantidad de sangre. Saturaba los vendajes, manchaba las sábanas. Me quedaba mirando fijo la sangre que se desparramaba. Eran puntos rojos que se expandían hasta convertirse en enormes círculos. Toda esa sangre me hacía sentir inútil. Solo tenía cuatro años, pero sabía que si había tanta cantidad de sangre las cosas no podían estar marchando bien.

Hubo muchas cirugías más. Muchas bolsas de sangre más. Los médicos le insertaron a papá una varilla de metal en la espalda. Pasábamos mucho tiempo en la sala de espera. Las enfermeras nos ponían dibujitos en la TV. Tomé un montón de sopas en la cafetería del hospital. Hice un montón de dibujos.

Durante todo el invierno y la primavera hicimos aquel largo viaje. En el camino de ida, miraba hacia fuera a través de las ventanas heladas del auto y hacía dibujos sobre los vidrios empañados. De regreso, mis hermanas y yo dormíamos mientras mamá manejaba en silencio.

Papá nunca volvió a ser el mismo después del accidente. Nadie en mi familia volvió a serlo.

NUNCA SUBESTIMES A TU OPONENTE

El momento en que dejas de ver a tu oponente como una amenaza es el momento en que te entregas a la posibilidad de que te ganen. Comienzas a pensar que no tienes que entrenarte tanto. Comienzas a tomar atajos. Te pones cómoda. Te atrapan.

Cuando era pequeña, las personas no me tomaban en serio porque apenas lograba articular una oración. Cuando competía en judo, me subestimaban porque era estadounidense, y los estadounidenses son pésimos judocas. Cuando entré en las MMA, las personas me ninguneaban, primero, por ser una niña, y después, me trataban como si fuera un poni de circo que tiene un solo truco. He tenido que soportar la falta de confianza que las personas tienen en mí durante toda mi vida. Incluso cuando soy la favorita por 11 a 1, siento que llevo las de perder. Cada segundo de cada día siento que tengo que demostrar algo. Tengo que demostrar algo cada vez que entro en un gimnasio diferente, un set de filmación nuevo, una reunión de negocios y en cada pelea.

Siempre ha habido personas que me han subestimado; no se irán a ningún lado. Aprovecho eso para motivarme a mí misma. Me propongo demostrarles lo equivocados que están.

El hospital le dio el alta a papá a fines de la primavera de 1991. Había una montaña de facturas médicas que se debían pagar, así que tenía que volver a trabajar. Encontró un empleo, solo que en una planta de manufactura en la otra punta del estado. El arreglo suponía vivir a dos horas de casa y regresar los fines de semana.

A esas alturas, yo ya me expresaba con bastante claridad. Bueno, tal vez esté exagerando un poco, pero ya me podía hacer entender más allá de mi familia. Las sesiones de fonaudiología habían dado frutos, y pasé de estar casi dos años atrasada (un retraso significativo cuando no tienes siquiera cuatro años) a entrar en la media del grupo, aunque fuera en el rango más bajo. Sin embargo, para mi familia no alcanzaba con estar en la media.

Mi fonoaudióloga sugirió que recibiera atención más personalizada para obligarme a ejercitar aún más el habla. Como suelen hacer las personas cuando se enfrentan con limitaciones físicas o neurológicas, encontré una solución alternativa. De alguna manera, mis hermanas siempre me entendían, y cuando era necesario intervenían para traducir el sentido de mis palabras.

“Ronda está llorando porque quiere usar la camiseta roja, no la azul que le estás poniendo”.

“Ronda quiere espaguetis para la cena”

“Ronda está buscando a su Balgrin”.

Mi fonoaudióloga creía que esta ayuda me estaba impidiendo progresar. Cuando tenía una dificultad para hacerme entender, solo tenía que mirar a una de mis hermanas para que inmediatamente me ayudara. Mi terapeuta le dijo a mamá que lo que más me convenía era estar en una situación en la que no tuviera más opción que hablar por mí misma.

Por mucho que mis padres odiaran la idea de que nuestra familia tuviera que vivir en lados opuestos del estado, este sistema me daría una oportunidad para encontrar mi voz —literalmente. Todavía no había empezado la escuela primaria, así que me fui a vivir con papá, mientras que mis hermanas se quedaron con mamá.

En el otoño de 1991, papá y yo nos mudamos a una casa con un solo dormitorio en el diminuto pueblo de Devils Lake, Dakota del Norte. Nuestra casa era pequeña y vieja, la alfombra estaba raída y el linóleo de la cocina tenía una capa de mugre imposible de quitar. Teníamos una de esas TV con una antena en forma de orejas de conejo, que recibía cuatro canales “nevados”, así que alquilábamos un montón de videos. Veíamos películas animadas sobre animales que hablaban y películas prohibidas para menores que mamá hubiera censurado, porque tenían un montón de malas palabras, muchos muertos y cosas que explotaban en pedazos. Todas las noches antes de ir a dormir, mirábamos Wild Discovery, uno de los motivos por los que aún hoy sé tanto sobre todo tipo de animales. Había un sofá cama en la sala donde se suponía que debía dormir, pero solo lo usábamos cuando mi mamá y mis hermanas venían de visita. De lo contrario, me metía en la cama con papá y me quedaba dormida en mi pijama enterizo.

La vida doméstica no era el fuerte de papá. Si abrías nuestro refrigerador, solo encontrabas leche, jugo de naranja, un par de cenas congeladas para adultos, una caja o dos de cereales, y varios menús congelados para chicos (los que tienen el dibujito de un pingüino en la tapa). Papá les quitaba el envoltorio de plástico, metía las cenas en el microondas, y unos segundos después me pasaba una pequeña bandeja negra con compartimentos de pizza gomosa, choclo viejo y un bizcocho de chocolate seco. Otras noches comprábamos comida rápida, y pasábamos a comprar pizza en Little Caesars o un menú infantil en Hardees.

—Sé que tu mamá está preocupada por tu forma de hablar —me dijo papá un día al detener el coche en el autoservicio de Hardees.

Encogí los hombros.

—Pero no te preocupes. Algún día les demostrarás lo contrario. Tú eres una dormilona. ¿Sabes lo que es una dormilona?

Sacudí la cabeza.

—Una dormilona es alguien que espera y. cuando llega el momento, sale al ruedo y sorprende a todo el mundo. Esa eres tú, muchachita. No te preocupes.

Se volvió para mirarme.

—Eres una chica inteligente. No es que estemos ante una maldita idiota. Tu mamá cree que tienes un problema porque estás demorando en hablar. Deja que te muestre lo que es ser estúpido de verdad.

Detuvimos el coche al lado de la ventanilla.

—Hola, bienvenidos a Hardees —se oyó el sonido de la voz distorsionada por el parlante.

—Hoooolaa —dijo papá, empleando la voz lenta y fuerte que reservaba solo para el parlante del autoservicio de Hardees. Se volvió para mirarme—. Mira esto. Arruinarán este pedido. A estos idiotas jamás les sale bien un pedido —luego se volvió hacia el parlante y dijo—: Me gustaría un menú infantil con bastoncitos de pollo y un café pequeño.

—¿Algo más? —preguntó la voz.

—Sí, ¿me puede repetir el pedido? —preguntó papá.

—Un menú infantil de bastoncitos de pollo y un café —dijo la voz—. Adelante, por favor.

Papá me miró.

—No hay manera de que les salga bien este pedido.

Seguimos adelante. El hombre en la caja registradora abrió la ventana y extendió la bolsa.

—Dos hamburguesas de queso y una porción chica de papas —dijo.

Papá me entregó la bolsa y me miró como diciendo “Te lo dije”. Al salir del estacionamiento, se volvió para mirarme.

—Ronnie, recuerda: agradece que eres una dormilona y no una maldita idiota.

Abrí el envoltorio de la hamburguesa de queso y asentí con la cabeza.

PERDER ES UNA DE LAS EXPERIENCIAS MÁS DEVASTADORAS DE LA VIDA

De nada me sirven los triunfos pasados. Siempre necesito uno nuevo, y por eso cada pelea lo es todo para mí.