Mujeres que Impactan - Fundación Mujer Impacta - E-Book

Mujeres que Impactan E-Book

Fundación Mujer Impacta

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Beschreibung

En esta nueva publicación hemos reunido las historias de diez mujeres que a través de su trabajo y generosidad se hicieron merecedoras del Premio Mujer Impacta. La destacada escritora nacional María José Navia ha construido estos relatos en base a los testimonios de las ganadoras, buscando interpretar sus motivaciones más profundas y proyectar su legado hacia el futuro. Comprometidas con difundir y apoyar a las mujeres que impulsan el desarrollo social y cultural de nuestro país, queremos compartir las historias de estas diez mujeres inspiradoras.

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Seitenzahl: 83

Veröffentlichungsjahr: 2021

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“Hay historias que transforman realidades.

Hay mujeres que, con pasión y compromiso, lo dan todo por una causa.

Este libro habla de algunas de ellas.

¿Te gustaría ser la próxima?”

María Paz Tagle

Fundadora de Mujer Impacta

Mujeres que impactan

Realidades que transforman

© Fundación Mujer Impacta, 2021

Textos de María José Navia

ISBN edición digital: 978-956-6093-09-1

Fundación Mujer Impacta

Ediciones Alicia

Edición: Pedro Maino

Diseño: Camila Correa

Diagramación digital:ebooks [email protected]

Contenidos

Presentación

Patricia Beltrán

La oportunidad de un mundo nuevo

Maritza Bustos

Las letras que lo cambiaron todo

Gracia Carvallo

Mover la vida en otra dirección

Sonia Castro

Las redes del cuidado

Paulina Del Río

Ofrecer el oído para salvar la vida

Paola Gateño

Cuando la esperanza tiene el color de la piel

Claudia Guerrero

El dolor tiene otros tiempos; la generosidad también

Sandra Ponce

Barrer las calles, limpiar el corazón

Anne Traub

Semillas para un mundo donde los niños estén primero

Pía Villanueva

Un viaje al fondo de las palabras

Los ecos de un impacto

Cuando niños nos enseñan que uno aprende a medida que se cae. Pero a medida que crecemos comenzamos a ver estas caídas como grandes fallas. Nos frustramos, nos quejamos, dejamos de intentar. Y en pocas, muy pocas ocasiones, hacemos lo recomendable: pararnos, aprender del error y continuar hacia la meta.

Pero si bien esto nos pasa a todos, sucede aún más cuando se es mujer. Porque estamos en el punto de mira, porque hay quienes esperan que nos caigamos y no nos volvamos a levantar. Es por eso mismo que debemos hacerlo, para mostrarle a aquellos que recelan de nuestras capacidades, que estamos donde merecemos estar, porque ser mujer no es ser débil, al contrario, es tener que ser fuerte. Muchas veces no por naturaleza, sino porque las circunstancias no nos han dejado otra opción y le doy gracias a esas circunstancias, porque nos han convertido en quienes somos. Frecuentemente tenemos que empujar contra la corriente, mientras escuchamos a algunos que nos gritan “¡no!”. Debemos ponerle mute a todos y seguir hacia adelante, ya que así nace la fortaleza.

De esa forma lo hizo Maritza, cuando le dijeron que su hijo no iba a poder caminar, pero no se dio por vencida; porque esa no era una alternativa. Ella dejó todo de lado para dedicarse a su hijo, eso es realmente vocación. Es en estos casos cuando somos capaces de ver la magia de ser mujer, la posibilidad de ser madre, y eso será algo que nunca, ningún hombre, podrá experimentar de la misma manera. Sin embargo, esto muchas veces puede volverse un arma de doble filo, ya que perder a un hijo es algo que ninguna madre debería vivir, pero aún así pasa. Paulina tuvo que vivir esta experiencia, pero sacó una fuerza sobrenatural e hizo algo que pocos seríamos capaces; seguir empujando y ayudar desde la peor situación.

Claudia, por su parte, tuvo que ver a sus hijas experimentar una de las cosas más difíciles, el abuso. Otra vez, en vez de paralizarse, buscó acción, porque no quería que más personas vivieran lo que ella había sufrido. Esa empatía tan característica de las mujeres, la que muchas veces es la razón por la que nos llaman “débiles”, también es nuestra gran fortaleza.

Gracias a Dios hoy la sociedad cambió, vemos a mujeres fuertes, con voz, con ganas de participar y exigir lo que merecen, mujeres que no se dejan pisotear y, lo más importante, que alzan la voz por la gente que no puede hacerlo. Así lo hizo Patricia Beltrán, escuchando y dándole un lugar, un abrazo, a mujeres que muchas veces eran vistas, pero no escuchadas.

Estoy orgullosa de haber alcanzado a vivir en esta sociedad y ver lo que, en algún minuto, fue tan lejano.

Finalmente, le doy gracias a todas esas mujeres a lo largo de Chile, especialmente a las que salen en este libro: Gracia, Sonia, Patricia, Maritza, Paulina, Claudia, Anne, Paola, Sandra y Pía, porque se atrevieron a ir un paso más allá, a contar su historia. Estoy segura que en cada rincón del mundo hay mujeres que hoy me dan más fe de que mis hijas y todas las niñas del país tendrán hacia quién mirar y nuevos modelos a seguir.

Le agradezco a la Fundación Mujer Impacta por visibilizar a quienes muchas veces trabajan en silencio. Gracias a esto, hoy podemos creernos el cuento y sentirnos orgullosas de ser mujeres.

Los invito a continuación a descubrir estas historias, que merecen no solamente ser contadas, sino más bien oídas.

Gabriela Salvador

Las espera. A veces hasta bien tarde por la noche. O la madrugada. Patricia solo quiere conversar con ellas.

Ya la conocen.

Siempre está ahí cuando terminan de trabajar. Algunas están cansadas y pasan sin mirarla. Pero hay quienes se acercan.

Por ellas es que sigue ahí.

Cuando se habla de la realidad de mujeres vulnerables en libros y películas, el retrato suele ser falso. En algunos casos, se lleva la figura de la mujer a una idealización; en otros, a un espectáculo degradado. Son pocas las veces en que vemos su dolor, su abandono, los tantos lados de sus historias. Patricia sí: se da cuenta de lo difícil que es, para muchas mujeres, llevar una vida secreta, que no pueden o no quieren compartir con sus familias, con sus amigos. Una vida a la que se ven enfrentadas a veces por la falta de oportunidades, por no haber podido terminar el colegio, estudiar una profesión o calmar el hambre.

Detrás de los ojos maquillados hay más que cansancio. Detrás de vestimentas a veces desfachatadas hay muchísimo más que un mundo triste. Hay varios mundos. Algunos que están allí y otros que siguen existiendo, como posibilidades, sin nunca desaparecer del todo.

Patricia no las juzga. Solo quiere hablar con ellas y eso es lo que hace. Las escucha con paciencia, con generosidad. Que le cuenten todo lo que quieran, que lloren, que se emocionen, que se enojen.

Entonces les habla de su fundación: Betania Acoge.

Muchas la miran con sospecha. O se levantan y se van.

Algunas dicen no necesitar ninguna ayuda y Patricia respeta sus decisiones.

Pero otras sí llegan.

A veces días, semanas o meses después. Llegan aún adoloridas pero con una fuerza distinta en el fondo de los ojos. Con la esperanza de echarle un vistazo a alguno de esos otros mundos posibles. Esos que nunca se han ido del todo y que Patricia puede ver en ellas.

La llaman “La Casa Verde”.

Dicen las mujeres que esa escalera que allí las recibe, en sus últimos peldaños, las acerca al cielo.

Todo comenzó con un abrazo.

Una noche en la que Patricia caminaba sola por Valparaíso.

Se sentía exhausta y quería llegar a su casa, pero de pronto se le acercó una mujer. Estaba sucia, se veía desesperada. Patricia pensó que iba a querer plata y, de hecho, sus primeras palabras fueron: “¿puede hacerme un favor?”. Patricia dijo que sí y lo que siguió fue una sorpresa de esas que cambian el destino, llenándolo de otra luz. Porque lo que la mujer le pidió no fueron unas monedas, sino un abrazo. Patricia no alcanzó a responder. Simplemente se acercó a ella con una sonrisa y los brazos bien abiertos. Y ambas mujeres se abrazaron por largos minutos. Estaban en una calle oscura, maloliente, con algunos perros deambulando, pero nada de eso importaba para Patricia, quien sentía que, en ese momento, en verdad abrazaba a Cristo.

Patricia proviene de una familia de mucha fe. En su casa de infancia, el domingo era el día más importante. Cuenta que su padre les regalaba, a ella y sus hermanos, ropa especial para usarla en esas ocasiones y les había enseñado que, al rezar, se debía dar gracias a Dios por todo lo que se recibía y también había que pedir nuevas fuerzas para hacer siempre con alegría y entrega todo aquello que les exigiera la vida, como buenos cristianos que eran. Iba a misa con sus papás y hermanos, y a la vuelta comían los manjares que les había preparado su madre. Patricia confiesa su amor por el pan amasado, que a veces incluso se robaba del horno antes de que estuviera listo. No para comérselo sola, sino para disfrutarlo con sus hermanos. Así, en caso de que los pillaran, podían asumir la culpa compartida. Era una niña alegre, chispeante, que le encantaba bailar y cantar.

Patricia se siente muy afortunada de haber tenido una familia como la suya. Seis hermanos y unos padres muy creyentes que siempre la guiaron por el camino de la fe y el amor al prójimo o, en sus palabras, “bendecidos por Dios con una sabiduría a flor de piel; nos inculcaron el respeto, la solidaridad, la generosidad, el orden y la disciplina”. Desde muy joven, ella iba a ayudar a los sectores más necesitados y a dar catequesis a las reducciones mapuche, donde recibía, a cambio de cosas varias que les llevaba (ropas, zapatos), piñones, panes o tortillas que luego repartía entre sus hermanos. Patricia los bautizó como los días del “cambalache”.

Con los años se decidió a vestir los hábitos grises y los zapatos negros de una congregación. Era su vocación de entrega, lo que le dictaba su enorme fe. Sirvió como religiosa en muchos lugares del país, ocupando diversos cargos de responsabilidad, aunque ella se reconoce como una “sureña de corazón”. Y así fue como el tiempo la acercó a quienes llama, con gran cariño, sus “chiquillas”. Mujeres que por distintas razones tuvieron que recurrir a la calle y el comercio sexual como forma de sobrevivir en un mundo que parecía no darles ninguna oportunidad. O, como las describe ella, “mujeres lindas, valiosas, con sueños, que a pesar de las circunstancias esbozaban una sonrisa, valientes, decididas; ellas me robaron el corazón y me hicieron salir de mi lugar de confort, de mis seguridades, y sembraron el bichito de fundar una casa donde se sintieran acogidas, amadas, acompañadas”. Y sus chiquillas le cambiaron la vida, pues Patricia decidió dejar los hábitos para dedicarse completamente a ellas.