Mumo… por siempre - Luis Avendaño Macías - E-Book

Mumo… por siempre E-Book

Luis Avendaño Macías

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Beschreibung

El libro cuenta la vida del ex futbolista profesional de la Universidad Católica Raimundo Tupper, quién murió a los 26 años en Costa Rica tras no recuperarse de una depresión endógena. Se relatan las vivencias del jugador, quién llegó a obtener tres campeonatos con su club, un subcampeonato de la Copa Libertadores de América y un cuarto lugar con la Selección Nacional Juvenil en el mundial de 1987 disputado en Chile

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Mumo… por siempreLa biografía de Raimundo Tupper Autores: Luis Avendaño Macías Hugo Pinto Silva Primera edición: julio, 2009. Editorial Forja Ricardo Matte Pérez Nº 448, Providencia, Santiago de Chile Fono: 224153208 - 224153215 Fax: [email protected] Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o trasmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Inscripción de Registro de Propiedad Intelectual # 171.313 ISBN: 9789568323714 eISBN: 9789563386479 Diseño y Diagramación: Nicole González. Edición electrónica: Sergio Cruz Editado en Chile / Impreso en Chile.

A nuestros familiares y seres queridos. Especialmente a Marta, Renato, Paola, Rodrigo, Elbita y Daniela. Gladys, Luis, Irene, Andrea, Luisito, Huguito, Feña y Ade. Todas, personas muy importantes para nosotros. A la memoria de Raimundo Tupper.

AGRADECIMIENTOS

A todos quienes colaboraron con la concreción de este sueño. A los entrevistados, a José Luis Fernández, a Marisela Avendaño, a Matías del Río, a los hermanos Tupper Lyon y, muy especialmente, a Andrés Silva y Pablo Busquet.

PRÓLOGO

Rayuela, de Julio Cortázar, fue el último libro sobre el que conversamos con Raimundo. Recuerdo que a mí, más que sensaciones literarias, me estaba provocando jaquecas por su dificultad. Pocos días antes de su partida a Costa Rica, me lo encontré al paso y me comentó, por lo que recuerdo, que lo había comprado. Quiero creer que lo estaba leyendo en sus días finales. Sería un honor.

Me da pudor prologar esta obra. No quiero aparecer como íntimo amigo de Raimundo, aunque reconozco que me hubiera encantado haberlo conocido con más profundidad. En todo caso, sí tengo la suerte de haber heredado a sus más cercanos, a parte de los protagonistas de esta historia, con los que hoy formamos un grupo inmejorable.

Así las cosas, por extensión y porque jamás falta una referencia a él en cada “Toby” que tenemos, 14 años después he cumplido el sueño de formar parte de su núcleo más cercano. Y me sucede algo curioso con este personaje al que tanto admiré; con el paso del tiempo y pese a su ausencia física, cada vez lo conozco más y en diferentes facetas y hasta en sobrenombres.

A “Chuni”, como le dicen estos futboleros impenitentes –por una razón que aún no comprendo y que no pregunto para no romper la magia de algún gracioso cuento en curso–, cuesta terminar de conocerlo. Su complejo relato quedó trunco y con muchos caminos abiertos. Eran decenas sus intereses y otro tanto sus talentos, y este libro viene a explorarlos con una dedicación tan misteriosa como su partida: ¿Por qué dos jóvenes que eran unos niños en julio de1995, que ni lo conocieron y tantos años después, se empeñan en reconstruir esta historia?

Ni los autores pueden responder esto, pero el caso es que lo han hecho de manera muy entusiasta y completa.

Además, se agradece, por el rescate en detalle de una vida tan ejemplar.

Matías del Río

INTRODUCCIÓN

Fue una mañana triste la del jueves 20 de julio de 1995. De sensaciones intensas para el fútbol chileno. Ese día, el país amaneció con una pena de aquellas que nos tocan a todos. En distintos niveles, es cierto, pero a todos. Nadie entendía muy bien cómo un hombre que, aparentemente, lo tenía todo, podía llegar a terminar con su vida. Nadie, ni siquiera quienes más conocían a Raimundo Tupper Lyon, supieron por qué pasó. Simplemente, hubo que aceptarlo. 

Esa mañana, las preguntas, sabíamos, no servían de nada. Pero aparecían una tras otra. Como buscando respuestas que cerraran un círculo que el impacto de la noticia no dejaba concluir. Sin embargo, simplemente no se pudo. Por eso, el hambre por encontrar explicaciones acerca de la muerte delMumo, tuvo que esperar.  Quizás, aguardando paciente, todo el tiempo necesario para comprender que el destino muchas veces juega con lo que consideramos como verdad.

En Costa Rica, lejos de su hogar, lejos de su país, lejos de los suyos, se había concretado la tragedia. El jugador de Universidad Católica se había suicidado. Ya nada se podía hacer por él. Sucumbió, víctima de una depresión que terminó con sus 26 años de vida.  

Y el dolor que nos dejó esa mañana, dio para más. No se fue junto con los anhelos delMumo. La figura de quien fuera un ídolo deportivo, se transformó, para muchos, en un estandarte de la UC. La gente se lo hizo saber. Miles fueron a saludarlo. A despedirlo.  

La presencia de quienes asistieron al aeropuerto en su llegada a Chile, a la misa en San Carlos de Apoquindo y a su funeral, mantuvo vivo al futbolista, incluso después de su deceso. Y eso demuestra cómo se metió en la gente.

Porque todos sabemos que su recuerdo está bastante lejos de lo que usualmente consideramos como la historia perfecta. Tampoco contó con batallas épicas. Sin embargo, a partir de ese momento, su vida se transformaba en un relato lleno de cercanía. Más reconocible que varios. Repleto de signos que tienen mucha más identificación con la gente que muchas de las leyendas más elaboradas. 

Por eso, la siguiente, es la historia de un futbolista y de un hombre común. Pero que nos hace replantearnos el éxito, las prioridades y la esencia de la vida misma. Sin duda, una historia para no olvidar. 

I. EN LA MEMORIA DE TODOS

SU LEGADO

Apenas se supo la lamentable noticia se encendió una vela en la habitación número 4 de San Carlos de Apoquindo. Era una forma de mantener presente la imagen de Raimundo Tupper. Los recuerdos de quienes lo conocieron aparecían como ráfagas en sus mentes. Todos coincidían en hablar del hombre íntegro, sano de cuerpo y espíritu, que irradiaba generosidad, lealtad, sencillez, cariño y simpatía.

A muchos de sus compañeros de generación, en especial quienes lo conocieron, su muerte les hizo replantearse una serie de situaciones. “Siempre pensé que Raimundo ejercitaba el silencio como un acto de rebeldía ante la imperfección del resto. Pero ahora entiendo que la soledad pocas veces tiene que ver con lo que te rodea, con tener o no tener gente alrededor. La soledad no se busca y por eso es tan difícil sacudírsela. (…) Se dice ahora que Raimundo lo tenía todo en la vida. Al menos el todo que algunos nos enseñan desde chicos: la fama, la pinta, la plata, la juventud y esas cosas. Se puede tener todo eso, pero igual te falta algo. Sobre todo cuando eres más sensible que el promedio y te empiezas a sentir solo. Más allá de la bendición de la fe, o de tener grandes amigos, o de haber nacido en una familia maravillosa, o de mantener una mirada limpia, te puedes sentir solo”, reflexionaba el periodista Felipe Bianchi, en El Mercurio1.

Era difícil comprender el porqué de aquella decisión. Aún no era el momento. “Son demasiadas las sensaciones que hemos vivido en los últimos días, y todas muy intensas. Dolor, rabia, impotencia, desesperanza, soledad y mucha angustia. Tal como tú decías: ‘te tendrías que meter en mi cabeza para poder entenderlo…’. No tengo ninguna duda de que era así, y tampoco que este va a ser el invierno más triste y frío de nuestras vidas”, aseguraba su amigo Andrés Silva, a pocos días de su fallecimiento.

Por su parte, quienes lo conocieron en el ámbito profesional, desde su imparcialidad describían el legado que elMumodejó en vida. El periodista Andrés Alburquerque en su “Carta a un amigo ausente”, expresaba su tristeza por el jugador que aprendió a conocer mientras reporteaba al primer equipo de la Católica: “Hacía tiempo que no conversábamos como solíamos hacerlo y, por eso, mis últimas noticias al respecto son vagas e inexactas. Porque siempre fuiste de frente, te dolían las actitudes solapadas, los engaños (…) Tus ojos estaban llenos de vida, tu risa era hermosa y compañera, invitaba a conversar. Apreté tantas veces la mano que, caballeroso me tendías. Eras mi amigo”2.

El dolor de su ausencia y la fuerza de su recuerdo se transformarían en compañero habitual de quienes compartieron la vida delMumo. Por eso, sus mejores amigos se juntaban todos los días luego de su fallecimiento. Cerca de dos semanas se mantuvo esa rutina. “Conversábamos y le dábamos vuelta al tema. Fue para no estar solos, fue una buena dinámica. Íbamos yo, Andrés Silva, Pablo Busquet. A veces iba elPiriParraguez, Andrés Olivares. Mauricio Ossa nos recibía. Aunque tuviésemos 26 años, el mensaje fue muy fuerte”, cuenta Rodrigo Gómez.

Busquet explica las razones que los unen tan fuertemente a Tupper: “Tuvimos la oportunidad de conocerlo desde muy pequeño y la amistad que nos unió ha sido el regalo más grande que nos ha dado Dios. Por eso se le echa tanto de menos”. Por su parte, Silva agrega: “Son millones los momentos y situaciones que nos hacen evocarlo, sin embargo, no era necesario conocerlo mucho para sentir todo esto; bastaba con algunas palabras, una sonrisa o la limpieza de su mirada”.

Los Tupper Lyon seguían acogiendo a ese grupo de amigos delMumo.En cada aniversario de su nacimiento o de su muerte, se juntaban los mismos de siempre. Así fue en el primer cumpleaños sin Raimundo. “Estaban todos los que habrían estado de seguir con vida: solo los más amigos y sus hermanos. Raimundo nunca celebró su cumpleaños en grande; siempre fue un acontecimiento familiar”, recuerda Andrés Silva.

“Él era sencillo. No hacía ni decía nada que estuviera de más. Ese aspecto de él destacaba y muchos se confundían pensando en que era timidez, muchos que no lo conocían. Lo que pasa es que su simpleza no cuadra con la fama y los éxitos que él había alcanzado. Hay muchos otros que no son ni la mitad y que se creen más del doble”, agrega Busquet.

Como señalaba un año más tarde, la editorial de la publicación que lo entrevistó por última vez, Revista Vea: “Quizás mientras Raimundo estuvo con nosotros, nadie –excepto sus seres queridos– fue capaz de descubrir su vocación de hombre bueno. Esto solo se instituyó detrás de su imagen de deportista y persona pública. Pero su vida ejemplar se descubrió tarde, al momento de su muerte”3.

Sin embargo, aquello no impidió que su legado se mantuviera presente con el paso de los años. “Raimundo Tupper Lyon soñó y nos hizo soñar. Algunos dicen que el tiempo es el mejor aval de los hechos y aquello parece más verosímil que nunca. El tiempo ha sido el encargado de traer a nuestros corazones el consuelo de saber que su paso no fue en vano, que cumplió su misión cabalmente. Hoy la memoria se hace más gruesa y el cúmulo de sonrisas, al recordar instantes felices también se lo debemos a él”4, señala la página oficial del Club Deportivo Universidad Católica.

La llama que encendieran apenas fallecido, se extinguiría con el paso del tiempo. Su recuerdo ya tenía alas propias. Se empezaba a escribir su verdadera historia. La que conocieron quienes estuvieron cerca de él.

II. DE FAMILIA

BIENVENIDO, RAIMUNDO

“Era la felicidad de nuestro hogar, todos estábamos siempre pendientes de él, y disfrutábamos viéndolo crecer. Tanto como cuando cumplió nuestro sueño, al verlo jugar por la UC…”. Estas palabras, pertenecientes a Juan Andrés, su hermano mayor, reflejan el sentimiento de la familia Tupper Lyon desde que tuvieron entre ellos al último de sus miembros.

Raimundo nació el 7 de enero de 1969. Fue en la Clínica Santa María, en Santiago. Llegó a una casa con hermanos casi adolescentes y padres algo mayores. Don Andrés Tupper y doña Patricia Lyon, además delMumo, trajeron al mundo a Juan Andrés, Enrique, José Miguel y Patricia.

De ancestros escoceses por parte de padre e ingleses por lado materno, su familia se caracterizaba por su estrecha ligazón con el Club Deportivo Universidad Católica. Así lo explicaba elMumoa la revista Deporte Total: “A todos les gusta el fútbol. Los padres de mi mamá fueron dirigentes de Católica. Mi abuelo siempre me llevó de chico al estadio, y a mis papás siempre les ha gustado… Además, mi papá jugó hasta la juvenil por Católica… también de siete”5.

Así es, don Andrés no logró lo que su último hijo alcanzaría al vestir la camiseta profesional con la franja. Igual que Juan Andrés (jugaba de arquero y centrodelantero), Enrique (como mediocampista ofensivo), José Miguel (puntero derecho) y otros en la familia. Todos lo soñaron, pero no pudieron concretarlo.

En cambio, trabajó duro por mantener a su núcleo. Privilegió su labor como funcionario del Banco Central. Contrariamente a lo que se piensa, los Tupper Lyon no eran una familia demasiado adinerada. La imagen de ser un grupo acaudalado se confundía con la buena educación, el crecimiento y el progreso social que iban teniendo sus integrantes. “Mi padre no pudo estudiar porque debió trabajar para mantenernos y entregarnos una buena educación”, recuerda el propio Juan Andrés, primer hijo del matrimonio.

Vivían en un departamento dentro de un condominio perteneciente al propio Banco Central, debido al trabajo del jefe del hogar. Tenía tres habitaciones, en las cuales debían acomodarse los siete miembros de la familia. “Dormíamos los cuatro hermanos hombres en la misma pieza. Muchas veces no tenía plata. Yo, por ejemplo, nunca fui a la nieve, simplemente porque no tenía dinero. Pero dentro del ambiente del fútbol sí se podría decir que veníamos de una familia culta. Nos habíamos educado en buenos colegios. Fue una de las tantas cosas que nuestros papás nos pudieron dar”, piensa José Miguel Tupper al analizar la imagen que tenían dentro de su entorno.

Tras un traslado a Puerto Montt, que se prolongó por cerca de tres años, el trabajo de don Andrés en el Banco Central llegó hasta la etapa en que la Unidad Popular alcanzó al poder. Jubiló anticipadamente a comienzos de los ’70. La situación financiera de la familia no era de las mejores. Incluso, en ese entonces, sufren algunos problemas económicos. “No es que fueran tan graves, pero sí los tuvieron. Les fue difícil criar a sus hijos y entregarles educación. Su mamá, Patricia, fue dueña de casa, pero siempre trabajó haciendo arreglos de vestidos de novia, colchas y cortinas. Siempre ha trabajado en su casa”, contextualiza Ana María Tupper, prima mayor delMumoy quien es muy cercana a la familia.

De todos modos, desde que Raimundo nació se transformó en el centro de la familia. Tal como lo explica Enrique Tupper: “Él era el regalón. No compartíamos ciertas instancias por el tema de la edad. Los demás hermanos éramos bien unidos: hacíamos deporte, salíamos juntos a las mismas fiestas y compartíamos. En cambio con Raimundo vivíamos otras cosas, porque era más pequeño. Lo regaloneábamos harto, era una relación muy de hermano mayor”.

El menor de los hermanos Tupper Lyon. El regalón de la familia en la casa de veraneo en Concón.

Las actividades que compartían el resto de los hermanos, generaba cierta complicidad entre ellos. Esto, tal vez, lo excluía de ciertas vivencias. “Los tres mayores éramos muy yuntas. Jugábamos fútbol en los mismos equipos, teníamos amigos en común. Entonces él no participaba. Él tenía su equipo en la liga, pero eran como los hermanos chicos de los que jugaban con nosotros. Nunca se dio la instancia de salir juntos”, recuerda José Miguel.

Tal condición generó que la relación con sus hermanos fuera especial. Ellos lo veían como algo un poco inesperado, una sorpresa. Le tenían un cariño entrañable. Inmediatamente se transformó en el consentido de la casa. Por eso el lazo que forjó con su madre se fue fortaleciendo. Y tuvo una influencia enorme en la forma de ser de Raimundo, a pesar de que él nunca se aprovechó de esa atención.

El propio Enrique recuerda esa unidad que se evidenciaba entre ambos: “A mi mamá le tocó estar mucho tiempo con él. Con nosotros no era tanto, pues fuimos llegando muy seguidos. En cambio él fue muy regalón y tuvo mucha atención. Después, ya adultos, nos fuimos casando. Se quedó viviendo solo con mis padres y eso fue generando lazos muy lindos entre ellos. Vivió cosas que nuestros padres no vivieron con nosotros”.

Como dentro de todo hogar, las personalidades eran divergentes. El carácter de cada uno quedaba de manifiesto en la vida cotidiana. “(Juan) Andrés y José Miguel han sido siempre los payasos, los divertidos, los buenos para la talla. Enrique es más discreto. También la Patricia es más calladita, muy corta de genio. Súper tímida”, cuenta Ana María.

Cada uno tenía su espacio. Esa fue la familia en la que nació, creció y vivió Raimundo. Su historia posterior, sin duda, lo reflejaría.

CON LA FRANJA DESDE LA CUNA

El cariño por el club venía de antes. Incluso, previo a la formación de esta familia, el sentimiento estaba ya muy adentro. La Católica era una institución que despertaba pasiones. Las que habían sido heredadas por parte de los padres de doña Patricia. Es decir, de los abuelos maternos delMumo: Enrique Lyon y Elvira Sanfuentes.

Alfonso Sweet, expresidente de Universidad Católica entre 1982 y 1993, explica la relación de los abuelos: “La pasión de esta familia por el fútbol nace con su abuela, Elvira. Tenía un cariño tremendo, una adoración por la UC. Su marido, don Enrique Lyon, fue un dirigente admirable del club. Y doña Elvira, ayudó con su lado humano, atendiendo la Casa del Jugador”.

Ellos, en rigor, fueron quienes estuvieron adentro del club antes que nadie en la familia. Lyon como hincha fanático y llegando a ser dirigente en la década del ‘60; Elvira Sanfuentes, conociendo la interna y trabajando en donde se atendían los futuros cracks cruzados. En una época en que las mujeres tenían otro tipo de ocupaciones, donde muy pocas trabajaban, doña Elvira era reconocida dentro del mundo de la UC. Viajaba junto a su esposo y el plantel. Era una más.

José Miguel aún guarda una duda difícil de responder y que nace a partir del fuerte lazo entre sus abuelos y el club: “Cada cierto tiempo nos llevaban a probarnos a la UC. Íbamos con Enrique y siempre ambos quedábamos seleccionados. Y aunque no éramos malos para la pelota, me pregunto si alguna vez habrá sido porque teníamos condiciones o por todo lo que respetaban a mi abuela…”.

Con posterioridad al fallecimiento de ambos, se creó la Orden de los Cruzados Caballeros. Esta persigue “respaldar los altos principios, sostener las nobles tradiciones y servir con lealtad” a la Universidad Católica (UC). Y dedica un espacio solo a personajes ejemplares del mundo del club, que hayan contribuido al engrandecimiento de este. Don Enrique y doña Elvira son parte de la sección Cruzados Caballeros en la Gloria. Es decir, cumplían con todos los requisitos para ser parte de la Orden, pero no alcanzaron a vivir lo suficiente para formar parte activa de ella.

Esa huella caló hondo en la familia. Influyó a gran parte de los descendientes del matrimonio. Por eso, se hace sencillo entender el fanatismo de los tíos de Raimundo. Cristián Lyon, en su despedida como dirigente, recordaba como empezó su relación con el club: “En abril de 1946, recién con siete años, mis padres –Enrique y Elvira– me hicieron socio. Si después de nombrarlos a ellos, lo primero que dije fue UC…”6.

Varios años después que se hiciera socio de la UC, el propio Swett invitó a Germán, otro de los hermanos, a participar de la dirigencia del club. Este optó por negarse a la propuesta, pero Cristián aceptó el desafío. Así, luego de varios años llegó a la presidencia de la Comisión de Fútbol. Era 1987 y debutaba con un nuevo título del primer equipo cruzado.

Su trayectoria al mando del fútbol de la UC terminaría en 1992, reconociendo como su gran orgullo la construcción del Estadio San Carlos de Apoquindo. Pese a que en un primer momento la intención fue levantarlo en otro sector. “Hubo muchas dificultades, la más grande fue el intento frustrado de hacer el estadio en el cerro San Cristóbal (…) Salimos ganando, pues siento que nos pertenece aún más. En el cerro San Cristóbal tendríamos problemas con el tráfico, con la gran cantidad de autos que se juntaría en jornadas de partido”7.

Pero la historia de los Lyon en la dirigencia cruzada no termina ahí. Germán asumió la conducción del fútbol en marzo de 1995. Ya llevaba tiempo integrando dicha comisión, y a él correspondía la misión de relacionarse con el cuerpo técnico y jugadores del primer equipo.

Con estos antecedentes, poco extraña que los propios Tupper Lyon llevaran consigo ese sentimiento, merced de lo que les habían inculcado sus abuelos maternos. Recuerdan inolvidables jornadas dominicales siguiendo al equipo. Todos, en patota, alentando al club en el estadio Santa Laura o en el Nacional. “Éramos 25 nietos y mi abuela nos llevaba a todos”, comenta José Miguel, evocando momentos en que Raimundo era apenas un niño que debía ver el juego sentado en las faldas de la señora Elvira.

Luego, los papás de Raimundo siempre fueron de seguir al equipo e ir al estadio. No se perdían ningún partido de la Católica en Santiago. Era una suerte de tradición familiar. En ella se conjugaban valoresdeportivos y esa pasión por la UC. Un fanatismo de cuna. Aunque, lamentablemente, ninguno de los dos abuelos maternos pudo ver a Raimundo como jugador del club, dejaron ese legado en sus descendientes.

La familia Tupper Lyon vibró junto con el club. Junto con sus campañas, con los campeonatos ganados y con los fracasos. Juan Andrés, uno de los más apasionados en su afición a la institución cruzada (luego llegaría a ser el presidente rentado del fútbol cruzado entre 1999 y 2005), solía asistir a los partidos durante su infancia. Y, desde una posición privilegiada, recuerda momentos que difícilmente se van de la mente de un niño. “Yo crecí en el camarín del equipo, conociendo a los jugadores y compartiendo con ellos. Mis tíos siempre me llevaban, era cotidiano estar en ese ambiente”, reflexiona.

Prevaleció como una tradición. De hecho, la gran mayoría de los familiares eran cruzados. Entre tíos y primos había más de alguno que incluso era fanático. Casi todos asistían constantemente al estadio. “Todos somos de la UC. El que no es de la Católica, no es parte de la familia. Está absolutamente echado”, bromea José Miguel, quien también tuvo una historia con el club.

Se dice que, entre los Tupper, era quien tenía mayores condiciones para el fútbol. Incluso por sobre el propio Raimundo. Estuvo en las divisiones inferiores de la Católica, pero no duró mucho tiempo. Solo entrenó un breve período en las cadetes y ni siquiera estuvo cerca de ser profesional.

Las comparaciones de sus condiciones con respecto a las delMumoaparecían constantemente en el entorno de ambos. José Miguel recuerda: “Mucha gente que nos vio jugar dice hasta hoy que yo era mejor que Raimundo. Pero él empezó a jugar en Católica a los nueve años y aprendió una serie de cosas que uno jugando en ligas amateur no aprende. Yo tenía otras aspiraciones, nunca se me dio la posibilidad de Raimundo. Hacía hartos deportes: tenis, atletismo, pero nunca me dio por jugar fútbol. Dicen que era el mejor de todos los hermanos. Juan Andrés, el más negado, je”.

UNA HINCHADA MÁS QUE CERCANA

La timidez y discreción fueron características que siempre marcaron alMumoincluso desde su etapa más pequeña. Él prefería observar, mantenerse en silencio. Tenía amigos y se relacionaba bien con su entorno. Pero íntimamente elegía mantenerse lejos del foco de atención.

Su forma de ser encontraba claros puntos de comparación con sus hermanos Patricia y Enrique, también introvertidos. “Siempre fue un niño muy callado. Más bien corto de genio y discreto. Claramente nunca fue el alma de la fiesta, ni de andar contando chistes o bromeando de buenas a primeras. Había que conversar un buen rato con él para ver si se soltaba”, cuenta su hermano Juan Andrés.

Esa faceta más cerrada marcaba su personalidad. Daba la impresión de que Raimundo no expresaba todo lo que estaba sintiendo. Tampoco era de grandes grupos de amigos. Lo definían como un chico algo selectivo en ese sentido. Ya en su preadolescencia, prefería una conversación de uno a uno acerca de algún tema interesante por sobre las fiestas.

Sin embargo, a medida que fue creciendo otro aspecto fue definiendo fuertemente su carácter. Llamaba la atención su sensibilidad. Sus pensamientos en relación a temas como la pobreza, la religión o la política eran materias en las cuales nunca dejaba de expresar su parecer. “Mostraba interés en esos temas y uno sabía lo que él pensaba. Su timidez no le impedía hacer sentir su inclinación en esos tópicos”, cuenta su hermano Enrique.

Tales características encontraban un espacio dentro de su familia. ElMumofue un niño que tuvo mucha atención desde que nació. Tal vez fue eso lo que forjó esa personalidad tan especial. Sus padres, y sobre todo su mamá, la señora Patricia, se mantuvieron muy cercanos a él. Aquel apoyo, en relación a la práctica del fútbol, se hacía manifiesto. Siempre lo acompañaron en su carrera, incluso desde su etapa amateur.

Los hermanos también hacían lo suyo. Juan Andrés, con quien mejor se llevaba, era un constante promotor de sus virtudes futbolísticas. Quizás la pasión que sentía por la Católica encontraba identificación en el talento del pequeño Raimundo. Incluso su prima Ana María llega más lejos: “No sé si haya sido tan fanático del fútbol o de la UC desde chico. No lo creo. Pienso que fue (Juan) Andrés quien le fue mostrando cosas, metiéndolo en eso”.

Fue él quien lo llevó a probar suerte al club de sus amores. Lo trasladaba hasta los entrenamientos, motivándolo constantemente para que siguiera adelante. Para que explotara todo el potencial que tenía. “Con (Juan) Andrés tenían una relación especial, él lo levantaba en las mañanas para ir a jugar. Incluso le ofrecía mil pesos por cada gol que le hiciera a ‘la Chile’ ”, rememora José Miguel.

La pasión que sentía su hermano, quien era su principal estímulo dentro de la familia, solía desbordarse. El carácter fuerte que ostentaba Juan Andrés quedaba de manifiesto en ciertas ocasiones. Más allá de las múltiples tarjetas rojas que el propio primogénito confiesa haber recibido jugando fútbol a nivel amateur, también seguía de manera acalorada la incipiente carrera del menor de sus hermanos. “Era como un segundo papá con él. Lo llevaba y lo traía a todos lados, a jugar. Una vez hasta se metió a la cancha a pelear en un partido de Raimundo. Es un gallo explosivo”, cuenta la propia Ana María.

En ese entonces, desde su timidez, elMumodestacaba por sus virtudes deportivas. Marcaba diferencias con sus pares por su condición física y, sobre todo, por su velocidad. Además, en esa época tenía una estatura mayor que la de la mayoría de sus compañeros.

Su entorno más cercano le ayudó a adentrarse en la actividad. Para toda su familia era un orgullo verlo jugar por la Católica. Era cumplir el sueño recurrente entre los miembros del clan. A medida que fue creciendo en el club, sus padres estaban felices porque continuara jugando. ElMumo,por su parte, se esforzaba. Corría del colegio al entrenamiento. Estaba ilusionado. Las ganas de ser profesional ya estaban internalizadas. Su entorno supo hacer valer la tradición: la UC había ganado un hincha muy especial. Y también un jugador para el futuro...

III. IGNACIANO

“ENTRAMOS PARA APRENDER…”

Raimundo estudió siempre en el colegio San Ignacio de El Bosque. Ingresó en 1975, a una institución que parecía reservada para gente más cercana a la clase económicamente alta. Sus padres se esmeraron por entregarles buena educación a sus cinco hijos: los hombres estuvieron en el establecimiento jesuita; y Patricia en Las Monjas Inglesas.