Napoleón - Ruth Scurr - E-Book

Napoleón E-Book

Ruth Scurr

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Beschreibung

***LIBRO DEL AÑO para The Times, Sunday Times, Daily Telegraph, Financial Times, Sunday Telegraph e History Today*** Durante la Revolución francesa las ideas sobre la naturaleza (la naturaleza humana, el mundo natural y la relación entre ambos) estuvieron en el centro de feroces debates y acontecimientos políticos clave. En este contexto, Napoleón se erigió como un autoproclamado mecenas de las ciencias y el progreso, poniendo fin a la Revolución y vendando sus heridas. Sin embargo, su gobierno desató una era de destrucción y guerra, que causó millones de muertos en toda Europa. Esta biografía de Napoleón es un revelador retrato para los lectores de nuestro tiempo, donde no solo vemos al Napoleón de la política del poder o las batallas épicas, sino también al amante de la naturaleza y los jardines que dieron luz y sombra a su vida revolucionaria. Los jardines de Napoleón van desde los olivares de su infancia en Córcega hasta los jardines y las casas de fieras de Josephine en París, los jardines de El Cairo, Roma y Elba, el jardín amurallado de Hougoumont en la batalla de Waterloo y, en última instancia, el último jardín de Napoleón en Santa Elena. Allí los trabajadores chinos le construyeron una casa de verano donde podía sentarse y observar el mar en sus últimos meses. Napoleón emerge en esta innovadora biografía como una figura gigante que cobra vida a través de los ojos de quienes mejor lo conocieron –personas cercanas, ricos y pobres, famosos y anónimos–, a la sombra de sus jardines. El resultado de esta historia cultural viva, multidimensional e inquietante, nos lleva a retroceder en el tiempo para encontrarnos tanto con el Emperador que buscaba la gloria como con el hombre con un viejo sombrero de paja, apoyado en su pala. "Glorioso. Ha conseguido algo admirable: escribir un libro muy original sobre un tema que no es nada original… Scurr es una escritora brillante, y probablemente una las autoras de no ficción con más talento del mundo" -- Simon Schama, The Financial Times "No habrá nadie interesado en Napoleón que no pueda encontrar aquí algo nuevo o inesperado" ― William Doyle, autor de The Oxford History of the French Revolution.

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Seitenzahl: 661

Veröffentlichungsjahr: 2022

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NAPOLEÓN

NAPOLEÓN

Una vida entre jardines y sombras

RUTH SCURR

Traducción de David León Gómez

Napoleón. Una vida entre jardines y sombras

Título original: Napoleon. A Life in Gardens and Shadows

© 2021, Ruth Scurr

© de esta edición, Shackleton Books, S. L., 2022

© Traducción: David León Gómez

@Shackletonbooks

www.shackletonbooks.com

Realización editorial: La Letra, S. L.

Diseño de cubierta: Pau Taverna

Conversión a ebook: Iglú ebooks

ISBN: 978-84-1361-205-8

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.

Índice

Nota sobre nombres y medidas
Cronología
Introducción
Capítulo 1. Los primeros jardines
Capítulo 2. Regeneración revolucionaria
Capítulo 3. Jardines egipcios
Capítulo 4. Cultivar una corona
Capítulo 5. Terre Napoléon
Capítulo 6. El bosque de Fontainebleau
Capítulo 7. Jardines imperiales
Capítulo 8. Los jardines de Elba
Capítulo 9. El jardín amurallado de Waterloo
Capítulo 10. El último jardín
Agradecimientos
Bibliografía

A mis hijas, Polly y Rosalind

Es una pena ver una sólida inteligencia, como la de Napoleón, consagrada a cosas insignificantes, como son los imperios, los acontecimientos históricos, el retumbar de los cañones y los gritos, creer en la gloria, en la posteridad, en César; ocuparse de las masas tornadizas y de otras nimiedades de los pueblos... ¿Es que no veía que se trataba de algo muy distinto?

Paul Valéry, Mauvaises Pensées et Autres (1941) en el epígrafe de Simon Leys, La muerte de Napoleón (1991)*

... pero todos reconocen que [el arte de pintar] consiste en trazar líneas en el contorno de la sombra de un hombre.

Plinio el Viejo, Historia Natural, XXXV, 15, c. 77

Nota sobre nombres y medidas

La forma de escribir el apellido de Napoleón cambió a lo largo de su vida. He usado la variante que más se empleaba en cada uno de los capítulos cronológicos que siguen.

Francia adoptó el calendario revolucionario entre el 24 de octubre de 1793 y el 1 de enero de 1806. Las semanas pasaron a tener diez días y a denominarse décades, y los días y los meses adquirieron nombres nuevos inspirados en el mundo natural. Para los acontecimientos ocurridos durante este período, se ofrece tanto el calendario gregoriano como el revolucionario.

El sistema métrico, basado en el gramo, el metro y el litro —medidas derivadas también del mundo natural—, se introdujo en Francia por vez primera en 1799.

El franco decimal se introdujo en 1795, durante la Revolución, con un valor de 1,0125 libras francesas (livres). Un franco de 1800 equivaldría a 2,77 libras esterlinas, 3,70 dólares estadounidenses y 3,11 euros aproximadamente.

Cronología

1769 Nacimiento de Napoleón, hijo de Carlo di Buonaparte y Letizia (de soltera Ramolino), en la ciudad corsa de Ayacio o Ajaccio (15 de agosto).

1779 Entra en la escuela militar de Brienne-le-Château (15 de mayo).

1784 Deja Brienne-le-Château para entrar en la Real Escuela Militar parisina del Campo de Marte (22 de octubre).

1785 Muere su padre (24 de febrero). Napoleón se gradúa y se une al regimiento La Fère en Valence (28 de octubre).

1786 Visita Córcega estando de permiso (llegada, 15 de septiembre).

1787 Vuelve a Córcega de permiso a fin de ayudar a los suyos y tratar de salvar el vivero de moreras de la familia (21 de abril-12 de septiembre).

1788 Viaja una vez más a Córcega (1 de enero). Se reúne con su regimiento en Auxonne, en la Francia oriental (1 de junio).

1789 Empieza la Revolución francesa cuando el mayor cuerpo representativo de Francia, los Estados Generales (conformados por delegados del clero, la nobleza y el tercer estado o plebe), se reúne en Versalles (5 de mayo). El tercer estado protagoniza el Juramento del Juego de Pelota y se niega a disolverse hasta que Francia tenga una nueva Constitución (20 de junio). Napoleón recibe un permiso de seis meses y vuelve a Córcega (9 de septiembre).

1790 Solicita una ampliación del permiso (16 de abril). Conoce al libertador corso Pasquale Paoli en la ciudad corsa de Bastia (17 de julio).

1791 Vuelve a Francia y se incorpora a su regimiento en Auxonne (31 de enero). Regresa a Córcega después del 30 de septiembre.

1792 Su regimiento lo declara ausente sin permiso (1 de enero). La Francia revolucionaria declara la guerra al Sacro Imperio Romano Germánico (20 de abril). Napoleón regresa a Francia y se reincorpora en el Ejército con la graduación de capitán (10 de julio). Es testigo de la caída de la monarquía francesa en los jardines de las Tullerías (10 de agosto). Convocatoria de la Convención Nacional a fin de diseñar una Constitución republicana para Francia (20 de septiembre). Napoleón regresa a Córcega (10 de octubre).

1793 Ejecución de Luis XVI (21 de enero). Francia declara la guerra a Inglaterra y a las Provincias Unidas de los Países Bajos (1 de febrero). Francia declara la guerra a España (7 de marzo). Instauración del Comité de Salvación Pública a modo de Gobierno de emergencia para Francia (6 de abril). Napoleón y su familia se ven desterrados de Córcega por Pasquale Paoli (27 de mayo). Fundación del Museo de Historia Natural en el Jardin des Plantes (10 de junio). Napoleón y su familia llegan a Tolón y él se reúne con su regimiento en Niza (26 de junio). Francia adopta el calendario revolucionario, que hace del 22 de septiembre de 1792 el primer día del año 1 (24 de octubre). Sitio de Tolón (29 de agosto-19 de diciembre). Napoleón es ascendido a comandante de batallón (7 de brumario del año 2; 28 de octubre).

1794 Robespierre intenta introducir una religión nueva en Francia con el Festival del Ser Supremo (20 de pradial del año 2; 8 de junio). Victoria francesa en la batalla de Fleurus (8 de mesidor del año 2; 26 de junio). Arresto de Robespierre, su hermano y otros socios (9 de termidor del año 2; 27 de julio). Ejecución de los seguidores de Robespierre (10 de termidor del año 2; 28 de julio). Napoleón sufre un breve arresto acusado de complicidad con los hermanos Robespierre (3-13 de fructidor del año 2; 20-30 de agosto).

1795 Proclamación de la Constitución del Año III (1 de vendimiario del año 4; 23 de septiembre). Napoleón contiene una revuelta realista en París (13 de vendimiario del año 4; 5 de octubre). Sucede a Barras al frente del ejército del Interior (4 de brumario del año 4; 26 de octubre). Nombramiento de un Directorio integrado por cinco personas a fin de que gobierne Francia (12 de brumario del año 4; 3 de noviembre).

1796 Napoleón es nombrado comandante del ejército francés en Italia (12 de ventoso del año 4; 2 de marzo). Contrae matrimonio con Josefina de Beauharnais en una ceremonia civil en París (19 de ventoso del año 4; 9 de marzo). Principio de la primera campaña italiana (13 de germinal del año 4; 2 de abril). Batalla de Montenotte (23 de germinal del año 4; 12 de abril). Batalla de Mondovi (Dréan; 2 de floreal del año 4; 21 de abril). Batalla de Lodi (21 de floreal del año 4; 10 de mayo). Napoleón pide al Directorio que nombre una comisión encargada de supervisar la extracción de obras de arte de Italia (22 de floreal del año 4; 11 de mayo). Batalla de Arcole (25-27 de brumario del año 5; 15-17 de noviembre).

1797 Batalla de Rivoli (25-26 de nivoso del año 5; 14-15 de enero). Tratado de Tolentino (1 de ventoso del año 5; 19 de febrero). Batalla de Tagliamento (26 de ventoso del año 5; 16 de marzo). Napoleón y Josefina visitan los jardines de Isola Bella (30 de termidor del año 5; 17 de agosto). Por elección, entra a formar parte del Instituto de Francia (5 de nivoso del año 6; 25 de diciembre).

1798 Lo nombran comandante del ejército de Oriente (23 de germinal del año 6), 12 de abril. Conduce su ejército a Alejandría (14 de mesidor del año 6; 2 de julio). Batalla de Chobrakit (25 de mesidor del año 6; 13 de julio). Batalla de las pirámides (3 de termidor del año 6; 21 de julio). Festival de las Artes y las Ciencias en París para celebrar el triunfo de Napoleón en Italia (9 de mesidor del año 6; 27 de julio). Batalla del Nilo (también llamada de la bahía de Abukir; 13-14 de termidor del año 6; 1-2 de agosto). Napoleón funda el Instituto de Egipto (5 de fructidor del año 6; 22 de agosto). Revuelta de El Cairo (30 de vendimiario del año 6; 21 de octubre).

1799 Napoleón avanza con sus fuerzas hasta Gaza (7 de ventoso del año 7; 25 de febrero). Captura Jafa (17 de ventoso del año 7; 7 de marzo). Visita a las víctimas de la peste en Jafa (21 de ventoso del año 7; 11 de marzo). El Directorio le declara la guerra a Austria (22 de ventoso del año 7; 12 de marzo). Empieza el sitio de Acre (29 de ventoso del año 7; 19 de marzo). Josefina compra Malmaison (2 de floreal del año 7; 21 de abril). Fin del sitio de Acre (28 de floreal del año 7; 17 de mayo). Napoleón visita por segunda vez a las víctimas de la peste en Jafa (8 de pradial del año 7; 27 de mayo). Abandona Egipto sin avisar y deja al mando al general Kléber (5 de fructidor del año 7; 22 de agosto). Visita Ayacio en el camino de vuelta a París (9-14 de vendimiario del año 8; 1-6 de octubre). Golpe de Estado del 18 de brumario (9 de noviembre). Napoleón expulsa a la Legislatura de la orangerie de Saint-Cloud (19 de brumario del año 8; 10 de noviembre). Sustitución del Directorio por tres cónsules: Napoleón, Cambacérès y Lebrun (20 de brumario del año 8; 11 de noviembre). Proclamación de la Constitución del Año VIII (24 de frimario del año 8; 15 de diciembre). Napoleón se erige en primer cónsul (3 de nivoso del año 8; 24 de diciembre).

1800 Creación del Banco de Francia (28 de nivoso del año 8; 18 de enero). Aprobación en plebiscito de la Constitución del Año VIII (29 de pluvioso del año 8; 18 de febrero). Comienzo de la segunda campaña italiana de Napoleón (16 de floreal del año 8; 6 de mayo). Cruza los Alpes por el paso de San Bernardo (30 de floreal del año 8; 20 de mayo). Batalla de Marengo (25 de pradial del año 8; 14 junio). Asesinato del general Kléber en El Cairo (25 de pradial del año 8; 14 de junio). Se instaura una comisión encargada de redactar el Código Civil (24 de termidor del año 8; 12 de agosto). Napoleón y Josefina visitan los jardines de Ermenonville (10 de fructidor del año 8; 28 de agosto). Salida de la expedición de Baudin a Australia (17 de vendimiario del año 9; 19 de octubre). Atentado contra Napoleón en la Rue Saint-Nicaise, conocido como la Conspiración de la Máquina Infernal (3 de nivoso del año 9; 24 de diciembre).

1801 El cabecilla revolucionario Toussaint Louverture instaura una nueva Constitución para Santo Domingo (Haití; 18 de floreal del año 9; 8 de mayo). El nuevo rey de Etruria visita Malmaison (14 de pradial del año 9; 3 de junio). Firma del Concordato, por el que Napoleón y el papa Pío VII reconcilian a Francia y la Iglesia católica (26 de mesidor del año 9; 15 de julio). Napoleón se instala en el palacio de Saint-Cloud (20 de fructidor del año 9; 7 de septiembre). El general Leclerc, cuñado de Napoleón, recibe el mando de un ejército destinado a reinstaurar el orden en Santo Domingo (2 de brumario del año 10; 24 de octubre).

1802 Leclerc y su ejército llegan a Santo Domingo (17 de pluvioso del año 10; 6 de febrero). Firma de la paz de Amiens, que pone fin a la guerra entre Francia y el Reino Unido (6 de germinal del año 10; 27 de marzo). Instauración de la Legión de Honor (29 de floreal del año 10; 19 de mayo). Napoleón restablece en las colonias francesas el tráfico de esclavos, abolido durante la Revolución francesa (30 de floreal del año 10; 20 de mayo). Detención de Toussaint Louverture (18 de pradial del año 10; 7 de junio). El Senado proclama a Napoleón primer cónsul vitalicio (14 de termidor del año 10; 2 de agosto).

1803 Se desmorona la paz de Amiens (22 de floreal del año 11; 12 de mayo).

1804 Arresto del duque de Enghien (24 de ventoso del año 12; 15 de marzo). Ejecución del duque de Enghien (30 de ventoso del año 12; 21 de marzo). Napoleón es proclamado emperador (30 de floreal del año 12; 20 de mayo). Recibe al papa Pío VII en Fontainebleau (4 de frimario del año 13; 25 de noviembre). Napoleón y Josefina contraen matrimonio en una ceremonia religiosa secreta (8 de frimario del año 13; 29 de noviembre). Coronación de Napoleón en la catedral de Notre-Dame (11 de frimario del año 13; 2 de diciembre).

1805 Napoleón es coronado rey de Italia en Milán (6 de pradial del año 13; 26 de mayo). Comienzo de la campaña de Ulm (3 de vendimiario del año 14; 25 de septiembre). Rendición de Ulm (25 de vendimiario del año 14; 17 de octubre). Los franceses ocupan Viena (22 de brumario del año 14; 13 de noviembre). Batalla de Austerlitz (11 de frimario del año 14; 2 de diciembre). Tratado de Presburgo (5 de nivoso del año 14; 26 de diciembre).

1806 Restauración del calendario gregoriano (1 de enero). Napoleón encarga el Arco del Carrusel (26 de febrero). Colocación de la primera piedra del Arco de Triunfo (15 de agosto). Batalla de Jena (14 de octubre). Capitulación de Érfurt (16 de octubre).

1807 Batalla de Friedland (14 de junio). Paz de Tilsit entre Francia y Rusia (8 de julio).

1808 Napoleón es excomulgado por el papa Pío VII (27 de marzo).

1809 Comienzo del bombardeo de Viena por orden de Napoleón (12 de mayo). Batalla de Aspern (21 de mayo). Batalla de Wagram (5-6 de julio). Detención del papa Pío VII en Roma (6 de julio). El Senado disuelve el matrimonio civil entre Napoleón y Josefina (16 de diciembre).

1810 Nulidad del matrimonio religioso entre Napoleón y Josefina (9 de enero). Napoleón contrae matrimonio con María Luisa (hija de Francisco II de Austria) en Viena por poderes (11 de marzo). La ceremonia civil se celebra en Saint-Cloud (1 de abril). La ceremonia religiosa se celebra en el Louvre (2 de abril).

1811 Nacimiento del único hijo legítimo de Napoleón, el rey de Roma (20 de marzo). Inicio de la construcción del palacio para el rey de Roma en la colina parisina de Chaillot (7 de mayo). Celebración del nacimiento del rey de Roma en Roma (8 de junio). Bautismo del rey de Roma en la catedral de Notre-Dame (9 de junio).

1812 El papa Pío VII llega preso a Fontainebleau (19 de junio). Comienzo de la campaña rusa de Napoleón (24 de junio). Batalla de Esmolensko (16 de agosto). Batalla de Borodinó (7 de septiembre). Quema de Moscú (14-15 de septiembre). Comienzo de la retirada de Moscú (19 de octubre).

1813 Prusia declara la guerra a Francia (27 de marzo). Batalla de Leipzig (16-18 de octubre).

1814 Batalla de Brienne (29 de enero). Batalla de París (30-31 de marzo). Abdicación incondicional de Napoleón (6 de abril). Tratado de Fontainebleau (11 de abril). Napoleón firma el Tratado de Fontainebleau (13 de abril). Desembarca en la isla de Elba (3 de mayo). Llegada a París de Luis XVIII, el rey borbón rehabilitado (3 de mayo). Regreso del papa Pío VII a Roma (24 de mayo). Inauguración del Congreso de Viena (3 de noviembre).

1815 Napoleón abandona Elba para volver a Francia (26 de febrero). Luis XVIII deja el palacio de las Tullerías y vuelve Napoleón (20 de marzo). Festival del Champ de Mai, celebrado en el Campo de Marte (1 de junio). Batalla de Ligny (16 de junio). Batalla de Waterloo (18 de junio). Napoleón abdica por segunda vez (22 de junio). Regreso a Francia de Luis XVIII (25 de junio). Napoleón presenta su rendición a los británicos en Rochefort (15 de julio). Zarpa hacia Santa Elena a bordo del HMS Northumberland (7 de agosto). Llegada a Santa Elena (16 de octubre).

1821 Muerte de Napoleón (5 de mayo).

Introducción

Su vida es un verdadero arcoíris: los dos extremos tocan la tierra y el arco que los une abarca el cielo todo.

Charlotte Brontë, «The Death of Napoleon»1

La jardinería fue la primera y última pasión de Napoleón Bonaparte, figura que, doscientos años después de su muerte, sigue siendo posible reconocer por su silueta. Entre su primer jardín, el que cultivó en la escuela de Brienne-le-Château, en la región de Champaña, en el norte de Francia, y el último, estando exiliado en la isla de Santa Elena, en el Atlántico Sur, ganó y perdió un Imperio. Napoleone di Buonaparte nació en la ciudad corsa de Ayacio (Ajaccio) el 15 de agosto de 1769. Tras su primer matrimonio, simplificó la ortografía de su apellido transformándolo en Bonaparte, se erigió en Napoleón, emperador de los franceses, en 1804, y abdicó dos lustros más tarde. En 1815, escapó de un breve destierro en la isla de Elba para reclamar su Imperio durante casi un centenar de días, perdió la batalla de Waterloo y lo relegaron a Santa Elena, donde murió el 5 de mayo de 1821.

Al principio y al final de su extraordinaria vida, la jardinería le ofreció un refugio frente a las frustraciones de la impotencia. Aquel crío inteligente de Córcega, que obtuvo una beca para estudiar en una escuela militar de Francia, hablaba un francés lento y de acento marcado. A veces, mostraba deseos de apartarse de sus iguales para leer, pensar y reflexionar en su hogar, su familia y su isla natal. En aquella época, su impotencia era más corriente, la propia de un chiquillo de procedencia segura pero modesta con un futuro incierto por delante.

Después de que lo desterraran a Santa Elena a los cuarenta y seis años, la jardinería representó el último brote de actividad de Napoleón previo a su muerte. Por consejo de su médico, creó un jardín de gran complejidad cuyos senderos, situados por debajo de la superficie de plantas, lo ayudaban a evadir la vigilancia de los guardias británicos. Cambió su emblemático bicornio por un sombrero de paja maltrecho y se dispuso a cultivar el único trozo de tierra que le quedaba. El vínculo con el mundo natural que mantuvo al final de su vida recuerda al de cualquier persona que disfruta de la jardinería tras su jubilación o cuando decide apartarse de las tensiones del mundo; pero Napoleón no era cualquier persona. En una etapa anterior de su vida, su relación con la naturaleza estuvo determinada por la ambición que lo llevó, primero, a impulsarse en los tiempos caóticos que siguieron a la Revolución francesa y, luego, a erigirse en el hombre más importante y temido de toda Europa. Aun en el exilio, existían ecos de aquella magnificencia en los proyectos extensos y meticulosos que concibió para su último jardín.

Napoleón pasó cinco años en la escuela militar de Brienne-le-Château y seis en Santa Elena, dos lapsos de tiempo que enmarcan su vida como sujetalibros, dos períodos en los que gozó de un dominio escaso sobre las condiciones de su vida cotidiana y halló refugio en el cultivo de plantas. Entre el primer jardín y el último, se elevó el arco de su vida hasta tocar el cielo para luego volver a caer a la tierra. Durante el ascenso y la decadencia de su poder, raras veces tuvo tiempo para dicha actividad; pero recorrió muchos jardines, grandes y pequeños, parques públicos o espacios verdes privados, y los admiró. A menudo encargó mejoras, que se introducían mediante mano de obra ajena, y siempre tenía en la imaginación un jardín más grandioso que el que existía. Era un observador entusiasta, pendiente en todo momento de la ciencia y el arte de la agricultura. Valoraba los jardines como lugares en los que pasear a su propio ritmo mientras reflexionaba sobre los frenéticos acontecimientos mediante los que esperaba garantizar el futuro de Francia. Para alguien en continuo movimiento, que casi siempre parecía andar con prisas y pasaba más tiempo dedicado a la guerra que a otros menesteres, aquellos espacios ofrecían ocasiones excepcionales de calma y placer. Eran el contrapunto de sus muchos campos de batalla, entornos discretos en los que el terreno y las condiciones atmosféricas revestían la misma importancia que en combate, aunque por motivos creativos y no destructivos. En dos momentos de relieve, uno al comienzo y otro al final de su carrera, un jardín se trocó en campo de batalla y la distinción se perdió. El primero se produjo en las Tullerías, en el centro de París, donde en 1792 fue testigo de la matanza de la Guardia Suiza de Luis XVI y la caída de la monarquía francesa; el segundo, en el jardín amurallado de Hougoumont, en Waterloo. En ambos, los montones de cadáveres y cuerpos mutilados ofrecían un contraste terrible con los empeños de los jardineros en imponer un orden al mundo natural.

Napoleón quería imponer el orden en Francia y soñaba con extender el territorio de la nación por Europa y más allá de esta. En 1802, siendo aún primer cónsul y no emperador, Samuel Taylor Coleridge lo describió como el «poeta Bonaparte, diseñador de un jardín mundial».2 Casi dos lustros después, pese a la consternación que le produjeron los violentos resultados del poder napoleónico, propuso «una serie sobre las vidas de todos los hombres notables que, desde Moisés hasta Bonaparte, han producido en los Estados o en la mente del hombre grandes revoluciones de efecto perdurable que son, en mayor o menor grado, causas distantes de la condición presente del mundo».3

Napoleón fue un Alejandro Magno de la Edad Contemporánea cuya vida encarnaba también el ideal de hombre hecho a sí mismo, el cabo procedente de Córcega que llegó a dominar Europa y se coronó a sí mismo emperador de los franceses. Su autoridad no fue heredada, sino conquistada a golpe de ingenio militar y político. Su ascenso al poder no habría sido posible sin la Revolución francesa y, sin embargo, al erigirse en soberano hereditario de Francia, traicionó los ideales revolucionarios que le habían brindado sus primeras oportunidades.

Como objeto biográfico, Napoleón ha atraído siempre a grandes autores varones que se identificaban con él. Walter Scott viajó a París para entrevistar a sus antiguos compañeros y publicó Vida de Napoleón Bonaparte en 1827. Stendhal siguió los pasos del emperador y aseveró: «Escribo esta Vida de Napoleón para refutar una calumnia». En su autobiografía, el autor realista francés declaró: «Yo caí con Nap[oleón] en abril de 1814».4 William Hazlitt pasó semanas sumido en un estupor inducido por el alcohol tras la batalla de Waterloo y, después de aquello, no volvió a beber. Con el tiempo publicaría una vida de Napoleón en tres volúmenes. Thomas Carlyle, quien declaró que «[l]a historia del mundo no es sino la biografía de sus grandes hombres», incluyó a Napoleón en Sobre los héroes: el culto al héroe y lo heroico en la historia en 1841.5 Con todo, su actitud al respecto resultaba ambivalente, pues, si bien a veces lo caracteriza como «nuestro último gran hombre», en otras lo critica por su «grandioso bandolerismo, locura revolucionaria y derroche ilimitado de hombres y pólvora». A la postre, lo concebía como un jugador imprudente cuyo inmenso éxito transitorio lo llevó a «perder hasta la última guinea».6

Carlyle pedía que se le juzgase con arreglo «a lo que sancione la naturaleza con sus leyes; a lo que de realidad había en él; a eso y nada más».7Sobre los héroes: el culto al héroe y lo heroico en la historia se publicó un año después de que se trasladaran los restos mortales de Napoleón a París desde su modesta tumba en Santa Elena a fin de darles sepultura en Los Inválidos, en un sarcófago y un entorno dignos de un emperador que cambió el mundo. En 1842, un año después de su publicación, Charlotte Brontë, quien a la sazón contaba veintiséis años, viajó a Bruselas a fin de mejorar su francés. A dieciséis kilómetros de Waterloo, escribió un ensayo breve sobre la muerte de Napoleón que comenzaba preguntándose: «¿Cómo debería concebirse este asunto, con gran pompa de palabras o de un modo sencillo?». Se distanció de los grandes oradores, escritores y políticos para partir de la perspectiva de «la persona común» para quien Napoleón sería siempre un mercenario:

Que se acerque con respeto a la tumba excavada en la roca de Santa Elena y que, aun negándose a inclinarse en señal de adoración ante un dios de carne y barro, conservando su dignidad independiente, aunque inferior, ponga cuidado en no pronunciar una sola palabra ofensiva ante el sepulcro, ahora vacío, pero consagrado en otro tiempo por los restos de Napoleón.8

Brontë oponía la gloria de Napoleón, que creció de la noche a la mañana, «como la calabaza vinatera de Jonás», y la del duque de Wellington, que lo hizo «como uno de los robles añosos que dan sombra a la mansión de sus padres, a orillas del Shannon».9 Wellington era su héroe, pero Napoleón, el extranjero, el joven soldado que no tenía más respaldo que su coraje y su talento, se acercaba más a su propia experiencia del mundo. El 4 de agosto de 1843, monsieur Héger, el profesor del que estaba enamorada, le dio un fragmento del ataúd de Napoleón procedente de Santa Elena y recibido de un amigo que había ejercido de secretario de un sobrino de Napoleón.10 Ella lo hizo girar en la mano y pensó que todos tenemos de Napoleón la idea que somos capaces de concebir. No existen retratos biográficos definitivos: todos se reducen a una persona que observa a otra —quizá la mediocridad contemplando al genio— con mirada fría.

La mirada fría de Brontë me inspiró a escribir sobre Napoleón.

—¿Y vas a encontrar algo que decir que no se haya dicho ya? —Me preguntó en un primer momento un compañero mayor que yo, dispuesto a apoyarme, aunque escéptico.

Si no existe un retrato biográfico definitivo, una última palabra o una conquista en lo que a la vida de otro se refiere, siempre habrá algo nuevo que decir, por numerosas que sean las legiones de biógrafos que han marchado sobre el mismo terreno. Napoleón es el más masculino de los temas sobre los que pueda hacerse una investigación y son muy pocas las mujeres que han emprendido su biografía, un hecho que sin duda a él le habría complacido. Se mostraba paternalista y desdeñoso con las féminas de su tiempo que cultivaban la escritura, y en particular con madame De Staël, novelista y teórica política liberal. Cuando conoció al joven héroe, De Staël trató de hablar con él de política revolucionaria y él, por toda respuesta, le preguntó cuántos hijos tenía.11 Estaba convencido de que las mujeres debían ocuparse de la crianza y no de la política ni la literatura. «Las mujeres que actúan como hombres me gustan tan poco como los hombres afeminados», aseguró a su secretario.12 Ella se desquitó con unas elocuentes líneas sobre el egoísmo de Napoleón: «Concibe a un ser humano como una acción o una cosa, no como a un semejante. Ni odia ni ama, porque para él no existe otra cosa que él mismo: todas las demás criaturas son cifras».13

En Una habitación propia, Virginia Woolf evocaba el papel servil que han representado las mujeres en las vidas y las biografías de los grandes hombres:

Las mujeres han servido durante todos estos siglos de espejo dotado del poder, mágico y delicioso, de doblar el tamaño natural de la figura del hombre cuya imagen refleja. Sea cual fuere su función en las sociedades civilizadas, los espejos resultan esenciales en toda acción violenta y heroica. Por eso tanto Napoleón como Mussolini insisten de forma tan enérgica en la inferioridad de las mujeres, porque, de no ser inferiores, dejarían de servir para engrandecer. Esto explica, en parte, que sean tan a menudo necesarias para los hombres.14

Ver a Napoleón metido en los jardines ayuda a apartar los espejos deformantes de cuya importancia «en toda acción violenta y heroica» se duele Woolf. En los jardines hay sombras en lugar de espejos. A veces son largas y se extienden en el tiempo y el espacio, y otras son cortas y se proyectan solamente sobre las personas más cercanas a él. El resto de quienes participan en su historia, y en especial las mujeres, no se tratan como seres inferiores que le sirven de contraste ni como meras cifras, sino como individuos que consideraban sus vidas igual de preciosas que lo era para él la suya. Una sombra es una zona o una forma oscura proyectada por un cuerpo situado entre un haz de luz y una superficie. Napoleón se comparaba a menudo con el sol y su primera esposa, Josefina, adoptó el heliotropo como emblema con el lema Vers le Soleil («Hacia el Sol»).15 En este libro, en cambio, no es el astro rey, sino que se presenta bien asentado en el mundo natural. En estas páginas, para verlo, trazaremos las sombras que arrojó sobre las vidas que se congregaron en torno a la suya y las que proyectó en el césped de jardines concretos como presencia inquietante y misteriosa.

A diferencia de su silueta, reconocible al instante, la sombra de Napoleón no es singular ni monolítica. No cabe poner en duda la magnitud de lo que significó su vida para Francia, Europa y el mundo entero; pero ¿tan grande, monstruosa es su sombra? Se han escrito muchos miles de libros sobre él y casi todos caen a un lado u otro de este interrogante. Más que sopesar cuestiones napoleónicas o reconstruir los motivos que hubo tras aquellas acciones que transformaron el mundo, me he propuesto anclar su vida a tierra situándola en una serie de jardines en los que las sombras por él proyectadas son diversas y cambiantes, plurales, no singulares.

Napoleón: una vida entre jardines y sombras bebe de una riquísima tradición académica, histórica y contemporánea, e invita al lector a observar la trayectoria de su extraordinaria vida desde puntos de vista desacostumbrados. Durante la Revolución francesa, las ideas relativas a la naturaleza —la del ser humano, la del mundo natural y la interacción entre ambos— fueron el centro de feroces debates y acontecimientos políticos. La naturaleza se vio venerada y profanada por igual. El Antiguo Régimen, el viejo orden social supuestamente natural, quedó destruido en favor de un nuevo orden meritocrático centrado en los valores revolucionarios de libertad e igualdad, al menos en teoría, aunque no siempre en la práctica. La naturaleza personal de Napoleón y su relación con el mundo natural se desarrollaron en este contexto dinámico. Él llegó a verse como un agente sanador, patrocinador de las ciencias y el progreso, la persona capaz de poner fin a la violencia de la Revolución y restañar sus heridas. En realidad, desató una nueva era de terrible destrucción. Las guerras napoleónicas provocaron entre tres y seis millones de muertes por causas no naturales entre militares y paisanos.

De no haberse erigido en uno de los más grandes generales de la historia, Napoleón se habría consagrado a la ciencia. De joven, quería ser un descubridor a la manera de Isaac Newton más que seguir el ejemplo de Alejandro Magno y, por más que en su vida adulta se impusiese su carrera militar, jamás abandonó aquellos sueños de adolescencia. Lo acompañaron en los campos de batalla y las sendas recorridas en campaña, a las salas de debate, los pasillos y salones del trono en que se desarrollaba el poder político. Entendía que le aguardaba todo un «mundo de detalles» por explorar y, cuando se detuvo a considerar cuál podría haber sido su contribución al desarrollo de la comprensión humana del mundo natural, lo dominó el arrepentimiento. «Pensando al respecto, siento que me duele el alma», confesó a su amigo el naturalista Étienne Geoffroy Saint-Hilaire.16

Este libro ofrece un retrato del emperador trazado desde ángulos oblicuos. En una serie de capítulos cronológicos, enmarcados por jardines, bosques o expediciones botánicas, se exploran pasajes particulares de su vida. Tras su primer jardín, el de la escuela, aparecen el de la familia y un vivero de moreras de Córcega; el botánico de París, el Jardin des Plantes, una de las pocas instituciones reales que sobrevivieron a la Revolución; los de El Cairo, durante la campaña egipcia; los de Malmaison, su hogar de casado a las afueras de París; los jardines y el bosque de Fontainebleau, donde instaló un salón del trono en el apogeo de su poder; los romanos y los palatinos de París que hizo construir para su hijo, el rey de Roma, y que nunca llegaron a concluirse; los de su primer exilio, en Elba; la granja fortificada de Waterloo, donde se desarrolló una batalla dentro de la batalla, y el último, el de Longwood, su residencia de la meseta de Deadwood de Santa Elena. Todos ellos fueron lugares de refugio o de conquista y control, rincones para la investigación científica o la búsqueda de placer, y, en ocasiones, escenarios en los que la armonía se vio manchada de sangre.

Dentro de estos jardines de amplia definición, se describe la vida de Napoleón a través de las sombras que arroja sobre cuantos lo rodean. Su relación con el mundo natural estuvo mediada por la presencia de familiares, amigos y amantes, en muchos casos científicos profesionales o aficionados dispuestos a ampliar las fronteras del conocimiento en igual medida que lo estaba él a extender su dominación territorial. Su trato con todos ellos en lo tocante a los jardines, proyectos agrícolas, investigación o experimentación científica nos ofrece oportunidades únicas y arrojadas de entender cómo era Napoleón. A veces, el foco de la narración se aparta de él para poder exponer el impacto que tuvo en otras biografías. Las vidas que rodean a la suya no son superficies estáticas ni espejos: no se limitan a reflejar su poder ni a aceptarlo de forma pasiva, sino que resultan valiosas por derecho propio y forman parte del contexto que hizo posible los logros de aquel.

Plutarco, el padre de la biografía, confronta a menudo la de un gran personaje con la de otro que no es tan célebre. El presente volumen se asienta sobre esa misma tradición al contrastar una serie de vidas menos conocidas u olvidadas con la de Napoleón a fin de revelar el contorno de su personalidad y su poder. Muchas de esas personas actuaron de intermediarias en su relación con el mundo natural: jardineros, botánicos, científicos e investigadores. Otras son políticos o diplomáticos, soldados de a pie o generales; algunas son mujeres que subsistieron o perecieron, forasteros o extranjeros; miembros leales de su familia o su servicio doméstico, arquitectos y diseñadores de exterior; otros son habitantes remotos de distintos continentes que jamás conocieron en persona al hombre cuya autoridad, ganada con sangre, sudor y lágrimas, cambió su vida o quizá no supieron siquiera de su existencia. Algunos escribieron cartas, diarios o memorias sesgadas por su propia perspectiva, pero también los hubo que no dejaron registro personal alguno y son conocidos solo mediante anécdotas. Las figuras que conforman este gentío de vidas entraban y salían de la vida de Napoleón mientras él se aferraba a momentos preciados de descanso y reflexión en los jardines que encontraba o creaba.

La vida de Napoleón gozó de una intensidad y un impacto épicos, pero no fue más que una menudencia temporal en la historia del mundo natural. Moribundo en Santa Elena, cuando lo habían abandonado hasta la capacidad y la voluntad de cultivar hasta un modesto trozo de tierra, se sabía vencido por la naturaleza, pero era muy consciente de que se había hecho merecedor de un lugar en la historia: su sombra seguiría proyectándose sobre el mundo durante siglos después de su muerte. Al regresar a los jardines que creó al comienzo y al final de su vida, al verlo atravesar otros jardines en su ascenso al poder y su caída, he tratado de volver a colocarlo en el contexto en el que vivió. He aceptado que hubo, y hay, muchos Napoleones. Cabe describirlo —como, de hecho, se describe— «con gran pompa de palabras», como lo expresó Charlotte Brontë. Eso es, sin duda, lo que pretendía él. Aun así, también era un hombre a quien fascinaban los detalles, los hechos empíricos que habría clasificado y recopilado en caso de haber tenido la libertad de seguir una carrera científica. Al centrar mi enfoque en los jardines, he encontrado el espacio necesario para dar cabida a los pequeños detalles que quedan fuera en obras más grandiosas y convencionales. Todo jardín combina circunstancias básicas —tipo de suelo, clase de plantas...— con abstracciones como las estaciones, el tiempo, la eternidad... Al trazar la sombra de Napoleón en los jardines, no me he humillado en actitud de adoración ni he querido condenarlo. He observado atentamente el efecto que tuvo en otras personas en varios espacios verdes y he llegado a la conclusión de que madame De Staël se equivocaba al afirmar: «En todos los aspectos, es la guerra, y solo la guerra, lo que encaja con él».17 Los jardines también encajaban con él y las sombras que arroja en ellos ofrecen nuevos modos de entender su vida.

Capítulo 1 Los primeros jardines

El jardín es la parte más pequeña del mundo y el mundo entero al mismo tiempo.

Michel Foucault1

Su primer jardín no era mucho más grande que una tumba. En la escuela de Brienne-le-Château, donde Napoleone di Buonaparte estuvo interno entre los nueve y los quince años, se le asignó una modesta parcela en la que podía sentarse o tumbarse, aprender a cultivar flores y unas cuantas hortalizas... y poco más. A los demás se les cedieron cuadros de tierra similares, dispuestos en hileras como las camas de un dormitorio colectivo o un barracón. La escuela era una de las doce que financiaba el Estado francés a fin de preparar a los alumnos para la academia militar de París. Estaba dirigida por monjes de la Orden de los Mínimos de Brienne, que consideraban la horticultura un pasatiempo didáctico con el que complementar un plan de estudios conformado por las asignaturas de Francés, Latín, Matemáticas, Historia, Geografía, Música, Dibujo y Esgrima. Algunos de los alumnos descuidaron sus jardines, perdieron todo interés en ellos y los dejaron yermos o invadidos de zarzas; pero él se preciaba enormemente del suyo. Tal vez contó con la ayuda de un monje amable con experiencia o quizá no la necesitó después de pasar sus primeros años en vergeles de frutales y olivares en Córcega. Hablaba un mal francés de marcado acento corso. Pronunciaba su propio apellido como Napoilloné, lo que llevó a sus compañeros a apodarlo la Paille au Nez, o «Paja en la Nariz».2 Sentía nostalgia. Echaba de menos a sus padres y la casa de Ayacio, la habitación en la que había nacido y los jardines en los que había jugado con sus hermanos antes de que lo enviasen al colegio. Más tarde aseveraría que «verse privado del aposento natal, del jardín en el que se paseó en su infancia, no tener un hogar propio... era no tener patria».3 Echaba de menos el terreno, el mar, el cielo y el clima de Córcega. Los inviernos de la Champaña eran muy duros, pero, una vez superados, la horticultura lo ayudó a sentirse mejor. Si aquel becario, de familia modesta pero aristocrática, conseguía algo de dinero para sus gastos, lo invertía en mejorar su jardín, en protegerlo con una cerca o con un seto vivo y en cultivar flores en sus horas libres. En cuestión de dos años, consiguió crear un cenador, un santuario verde en el que leer y estar a solas.4

La información relativa a este primer jardín no es muy sólida. Nos ha llegado a través de las memorias de personas que aseguraban recordar a Buonaparte antes de que simplificara su nombre como Bonaparte y mucho antes de que se tornara en Napoleón, emperador de los franceses. Como la mayoría de los atisbos que tenemos de los primeros años de vida de los personajes célebres —o de infausta memoria—, la idea del joven Buonaparte se ha visto muy embellecida. Algunos dan a entender que sus ambiciones acaparadoras y expansionistas se hicieron ya evidentes cuando se hizo con los bancales descuidados que había a uno y otro lado del suyo para triplicar su tamaño. En el libro basado en su obra de teatro frustrada sobre él, el novelista y dramaturgo Alejandro Dumas padre, cuyo padre sirvió de general en el ejército de Napoleón, lo imaginaba solo en su huerto, disponiendo en formación marcial piedrecitas de distintos tamaños según la graduación a la que representaban.5 Cuando uno de los otros niños se encarama a la cerca para espiarlo y se burla de su pasatiempo, él responde lanzándole una piedra al intruso, que llevará de por vida una cicatriz en la frente en recuerdo de la herida recibida. Veinticinco años más tarde, estando el emperador Napoleón en la cima de su poder, reconocerá a su antiguo compañero como «un general en jefe al que di en la cabeza».6 Dumas se basó en las memorias de Louis-Antoine Fauvelet de Bourrienne, que nació el mismo año que Bonaparte, en 1769; coincidió con él en Brienne-le-Château, y con el tiempo devino secretario privado suyo. La precisión y la veracidad de Bourrienne se han puesto en tela de juicio desde hace mucho, en gran medida por el hecho de que confió a varios negros la redacción, a partir de sus notas, de memorias destinadas a ser publicadas. Con todo, si bien Bourrienne mencionaba el placer que producía en Buonaparte el tiempo de recreo que pasaba al aire libre y su consternación cuando la nieve le impedía cultivar, en ningún momento da a entender que la cerca que erigió fuera tan alta y firme que permitiera a un colegial encaramarse a ella ni que, dentro de sus confines, el futuro emperador estuviese ya preparándose para la guerra y acaudillando guijarros a modo de soldados.7

Otro relato nos lo presenta retirándose a su jardín a medida que se acercaba el 25 de agosto de 1784 y toda la escuela se entusiasmaba con los preparativos de la festividad de San Luis, día de celebración para los estudiantes de toda Francia.8 Los monjes permitían a los de más de catorce años comprar pequeñas cantidades de pólvora para usarlas en cañones y pistolas de miniatura. Nadie hablaba de otra cosa. Se limpiaron cañones y petardos con antelación, y en la fachada del centro escolar se tendió en alabanza de aquel rey de treinta años y mente reformista, coronado en 1774, un letrero que proclamaba: À Louis XVI, notre père («A Luis XVI, nuestro padre»). Aun así, llegado el día en cuestión, Buonaparte no tomó parte en las celebraciones. Dado que había cumplido hacía poco los quince años, podía haberse hecho con algo de pólvora para sumarse a sus iguales y, sin embargo, prefirió pasar más tiempo en su jardín. Aquella noche, en torno a las nueve, fue a molestarlo un grupo de unos veinte muchachos que se habían congregado en una parcela contigua para encender fuegos artificiales. Del cielo cayeron pavesas que incendiaron una caja de pólvora que descansaba en el suelo y que, al estallar, hizo que muchos corrieran en estampida hacia el jardín de Buonaparte. Montando en cólera ante semejante destrucción de plantas y flores pisoteadas, echó a los intrusos de su terreno blandiendo una herramienta de jardinero como quien maneja una pica.9 La ventaja que ofrece poder ver las cosas desde el presente ha llevado a algunos a interpretar su negativa a sumarse a las celebraciones como un indicio temprano de sus tendencias republicanas: Paja en la Nariz era un chiquillo de Córcega resentido con la monarquía francesa por haber conquistado su isla nativa.

A esto hay que añadir la anécdota de la guerra de bolas de nieve que se libró en la escuela, y que algunos biógrafos rechazan y otros subrayan por considerarla el ejemplo más temprano del genio de Napoleón para las operaciones militares.10 Supuestamente, durante el invierno en particular inclemente de 1783, organizó a sus compañeros para llevar a cabo un simulacro de asedio en las instalaciones de la escuela. Cavaron trincheras y erigieron una fortaleza de nieve y, acto seguido, se dividieron en secciones y combatieron por hacerse con el dominio de aquella fortificación helada. El juego se prolongó durante muchos días y solo finalizó cuando, al empezar a derretirse la nieve y mezclarse con la gravilla, las bolas utilizadas como proyectiles causaron cortes y abrasiones de cierta gravedad entre los participantes. Cada uno de los participantes que, con el tiempo, se vieran convertidos en soldados pudo mirar atrás y asegurar haber sido responsable de concebir un asedio memorable a aquella fortaleza de nieve. Con todo, aun en el caso de ser cierta, la anécdota no añade gran cosa a nuestra comprensión del carácter de Buonaparte. En cambio, su pasión por la jardinería resulta más peculiar. Existe una gran disensión sobre su grado de inteligencia, la precocidad con la que se hizo evidente su capacidad para las matemáticas, si era retraído y sufría acoso o popular y de personalidad arrolladora..., y lo cierto es que, si bien la mayor parte de los debates relativos a su infancia no llegará jamás a resolverse, en el fondo del aserto, muy idealizado, de que mantenía con primor un jardincito en sus tiempos escolares, hay una semilla de verdad. No se trata de la clase de pasatiempo que nadie inventaría para él, ya que resulta incongruente e irrelevante en relación con sus posteriores conquistas militares y políticas.

Entre los muchos libros que leyó en su jardín o con la espalda apoyada en uno de los árboles frutales que prosperan en la Champaña, figura Los jardines, de Jacques Delille (1780). Su autor era profesor de Poesía Latina en el Collège de France antes de la Revolución y alcanzó gran celebridad por sus traducciones de las Geórgicas, el poema de Virgilio sobre la naturaleza y el nacionalismo. En Los jardines, Delille describía a un varón tahitiano, por nombre Potaveri, que, llevado a París por el conde de Bougainville, explorador, se echa a llorar supuestamente al ver en el arboreto real un platanero que le recuerda a su hogar y su infancia.11 Buonaparte se referiría más tarde a aquel poema en el ensayo sobre la felicidad que escribió a los veintiún años, en 1791, con la esperanza de ganar un premio de la Academia de Lyon. A su decir, al verse arrancado de Tahití y abrumado por las preocupaciones, lo único que encontró Potaveri capaz de aliviar su sufrimiento no fue un banano, sino una morera de papel, a la que se abrazó lloroso mientras exclamaba: «¡Árbol de mi país! ¡Árbol de mi país!».12 Esto, según Buonaparte, que usa la palabra naturaleza poco menos de cincuenta veces en un ensayo de cien páginas, ilustra los sentimientos que albergamos para con nuestro entorno natural, nuestro país y la gente que nos es querida. Se mostró defraudado cuando el jurado decidió que ninguno de los trabajos presentados merecía el premio.

En la escuela entró en contacto con la obra del filósofo Jean-Jacques Rousseau. Tenía nueve años cuando leyó Julia, o la nueva Eloísa, que le produjo una honda impresión. El personaje que da nombre a la novela posee una hacienda llamada Clarens y dotada de un viejo vergel, un trozo de naturaleza cercado que ella llama su Elíseo. Julie ha dejado que crezcan entre los árboles arbustos floridos y trepadoras, y por la umbría serpentean paseos cubiertos de musgo y un riachuelo. Cuando su amado, Saint-Preux, visita el lugar por primera vez, cree estar viendo «el lugar más salvaje y más solitario de la naturaleza» y tiene la sensación de ser el primer mortal que ha entrado jamás en él. Asegura a Julia que se diría que la naturaleza es el único autor de su Elíseo, a lo que ella responde: «Es verdad que la naturaleza lo ha hecho todo, pero siempre bajo mi dirección, sin que haya nada aquí que no haya dispuesto yo».13 El vergel de Julia representa un desafío deliberado al estilo formal tradicional de jardinería francesa, basado en parterres, formas geométricas y elaborada poda ornamental. En lugar de árboles pegados los unos a los otros y esculpidos en forma de parasol y de abanico, sus plantas y sus arbustos dan la impresión de crecer de forma natural, sin artificio.14 Su Elíseo tiene muchos rasgos con el estilo informal de jardinería conocido en el siglo XVIII como jardin à l’anglaise. Aunque, en períodos posteriores, Buonaparte los preferiría siempre a la francesa, la soledad en los espacios verdes también era un elemento importante para él. En su imaginación, era capaz de retirarse al jardín recóndito del corazón de la hacienda Clarens del mismo modo que se recluía en su propio jardincito cuando lo fastidiaban sus compañeros de estudios.

Pese a la infelicidad y la nostalgia que lo invadían en la escuela, Buonaparte recordaría con afecto aquel período de Brienne-le-Château. Mantuvo el contacto con algunos de sus profesores, entre quienes se encontraba el matemático Louis Monge, cuyo hermano más distinguido, Gaspard, llegó a ser gran amigo suyo y asesor científico. Tampoco dejó de ver a algunos de sus compañeros, y en particular a Bourrienne. Cuando, en 1805, visitó su antigua escuela y su primer jardín yendo de camino a Milán, donde se coronaría rey de Italia, se encontró con que había sido destruida parcialmente durante la Revolución y había sido clausurada en 1790 por la estrecha asociación que guardaba con Luis XVI y el Antiguo Régimen. Tras otorgar al centro doce mil francos para que acometiese las reparaciones necesarias, galopó sin su escolta al bosque aledaño para quedarse a solas con sus recuerdos.15

En enero de 1814 regresaría a Brienne-le-Château a fin de luchar contra las fuerzas invasoras de Rusia y Prusia. El castillo de la ciudad, como la legendaria fortaleza de nieve de la escuela, había quedado sitiado. Obtuvo una victoria muy ajustada, pero no logró hacer retroceder al enemigo hasta más allá de la frontera francesa. En su exilio en Santa Elena, rememoraría la batalla de Brienne, librada cerca de su vieja escuela y aseguraría que había estado a punto de morir —por una bala de cañón o por un cosaco, según la versión— cerca del mismo árbol en el que tanto le había gustado sentarse a leer de niño.16 En medio de una batalla encarnizada, por tanto, reconoció un manzano, un peral o un ciruelo de sus días escolares.

En los cinco años que estuvo en Brienne-le-Château, Napoleone no regresó una sola vez a Córcega. Después de graduarse y mudarse a la academia militar de París, en 1784, empezó a volver por vacaciones, estrechó los lazos con su familia y participó en la política de la isla. Sus padres, Letizia y Carlo di Buonaparte, tenían trece hijos. De los ocho que llegaron a adultos, él era el segundo. Tenía un hermano mayor, José, y entre los menores, tres hermanos varones, Luciano, Luis y Jerónimo, y tres hermanas, Elisa, Paulina y Carolina. La familia tenía dos residencias: una en Ayacio y otra, llamada Les Milelli, en los montes de la periferia, con vistas al mar. Los Buonaparte también eran dueños de otra propiedad que incluía un olivar, una viña y un molino, disponían de criados y estaban bien conectados con la minoría selecta de la isla. El arcediano de Ayacio, Joseph Fesch, era medio hermano de su madre. En 1769, el año en que nació él, cuando Francia invadió Córcega, el nuevo gobernador, el marqués de Marboeuf, se hizo amigo de la familia y se encargó de garantizarle una plaza en la escuela de Brienne-le-Château.

Las dos viviendas de los Buonaparte tenían jardín. El de Ayacio era más pequeño, un patio de ciudad, pero lo bastante espacioso para dar cabida a palmeras altas y resistentes a la sequía y fragantes naranjos. El de Les Milelli era mucho más extenso. Aquella era la residencia de verano, a la que se llegaba por una avenida cercada con altos cactus. Había una extensión de césped bien cuidada, rodeada de arbustos y un huerto de frutales (milelli significa «manzanitos» en corso). Las clemátides trepaban por los almendros mientras en los cuadros florecían violetas corsas y siemprevivas del monte. Los olivos envolvían la finca y protegían su intimidad.

En cierto lugar de aquellas doce hectáreas, oculta bajo una bóveda verde de matorrales, había una pequeña abertura en una peña de granito aislada en la que gustaba de recluirse el muchacho y que más tarde adquiriría el nombre de «cueva de Napoleón». Uno de los primeros turistas de la zona dio con los restos de una casita de verano construida bajo la roca y una higuera frondosa que había cerrado la entrada casi por completo. Walter Scott escribió al respecto en su biografía: «¡Cómo se afana la imaginación en hacerse una idea de las visiones que debieron de cobrar forma en este lugar recoleto y romántico ante el héroe de cien batallas!».17 Hoy, la ubicación de la Grotte Napoléon ha pasado de Les Milelli a la plaza de Austerlitz de Ayacio, donde puede encontrarse al pie de un monumento imponente erigido en 1938. En una pendiente pronunciada de piedra que se eleva entre dos columnas rematadas con sendas águilas y grabadas con la fecha del nacimiento y la muerte del homenajeado, se relacionan sus batallas y sus logros:

MontenotteMillesimoLodiCastiglioneMondoviArcoliRivoliLas pirámidesPaso de San BernardoMontebelloMarengoUlmAusterlitzJenaEylauFriedlandMadridEckmühlEsslingWagramMoscúLützenBautzenDresdeBrienneChampaubertMontmirailNancyCraonneLaónLigny Sous Fleurus
Código CivilUniversidadBanco de FranciaLegión de HonorTribunal de CuentasConcordatoConsejo de Estado

La rampa tiene a uno y otro lado sendos tramos de altos escalones de piedra que permiten a los visitantes subir a la pirámide y la estatua que coronan el conjunto, donde hay una inscripción que casi lo deifica: A Napoleón I, emperador de los franceses, 1804-1815. Lo hemos visto ascender soberbio los primeros escalones de los cielos. En el suelo, desde el interior de la cueva, puede verse la célebre silueta del emperador recortada en lo alto contra el horizonte. La Grotte Napoléon de nuestros días, tan oportunamente cerca del monumento, es un invento para turistas; pero, en algún lugar de Les Milelli, había un refugio apartado al que acudía para pensar y escribir, ignorante de si su futuro estaría en Córcega o en Francia y sin más certeza que la de que debía trabajar y dar lo mejor de sí mismo, deleitándose en todo momento en la belleza del mundo natural. Le encantaría saber que, hoy, la hacienda familiar es un jardín botánico con gratos paseos, un arboreto pedagógico plantado en 1993 y huertos ecológicos abiertos al público desde 2003. Entre las especies de árboles que lo pueblan se incluyen castaños de Indias, cedros del Líbano, cedros del Atlas y palmeras datileras de Judea. En un cartel situado a la entrada se lee: «Aquí la reina es la naturaleza. Gracias por respetar este lugar».

Bonaparte vivió un año en Les Milelli al volver de Francia, en septiembre de 1786. Disfrutó de un permiso prolongado mientras el regimiento La Fère, al que lo habían asignado hacía un año, tras graduarse en la academia militar, se encontraba acantonado en Valence, en la margen izquierda del Ródano. Durante aquel tiempo se dedicó a escribir una historia de Córcega concebida como una galería cronológica de grandes hombres en la que lamentaba el estado en que se encontraba entonces la isla.18 «Yo nací cuando mi país agonizaba», escribió.19 Abrumado por la melancolía y consternado por lo que había oído de la política corsa bajo dominación francesa, llegó a pensar en suicidarse:

¿Qué se puede hacer en este mundo? Si tengo que morir, ¿no dará igual si me mato? Si fuese ya sexagenario, respetaría los prejuicios de mis contemporáneos y aguardaría paciente a que la naturaleza concluyese su curso; pero, dado que estoy empezando a conocer la desgracia, y que nada me resulta placentero, ¿por qué seguir acarreando una vida en la que nada me es próspero? ¡Cuán apartados están los hombres de la naturaleza! ¡Cuán cobardes son; cuán abyectos; cuán serviles!20

El Napoleón adolescente idolatraba a los patriotas corsos, a los que imaginaba viviendo existencias sencillas de virtud pública, en contacto con la naturaleza y llenas de amor. Estaba convencido de que los franceses habían saqueado y corrompido Córcega. Había temido volver («¿Qué actitud tendré que adoptar? ¿Qué idioma tendré que usar?») y se entregó a la idea del suicidio a fin de aliviar su sentimiento de repugnancia y aislamiento.

La efímera República de Córcega se había fundado en 1755, tras declarar su independencia de Génova guiada por el libertador Pasquale Paoli. Aquel Estado diminuto se vio conquistado por Francia a principios del mes de mayo de 1769, tres meses antes del nacimiento de Buonaparte (15 de agosto). Aunque nacionalizado, por tanto, ciudadano francés, creció añorando la independencia corsa. En 1784, antes de dejar Brienne-le-Château, Bonaparte escribió a su padre para pedirle un ejemplar de An Account of Corsica del biógrafo escocés James Boswell (1768), que leyó en traducción al francés o al italiano.21 Boswell había visitado Córcega en 1765. Había mostrado su aprobación ante aquella islita que reivindicaba su libertad y había querido conocer al patriota Paoli. Durante su estancia, había observado que la horticultura se había descuidado en gran medida por la lucha por la independencia. En el momento de su visita, existía un decreto por el que «cada hombre que posea un huerto u otro recinto está obligado a sembrar cada año guisantes, alubias y toda clase de productos hortícolas, y en cantidad de al menos una libra [450 gramos], so pena de cuatro livres, pagaderas al podestà».22 El Consejo Supremo de la República destinó a dos funcionarios en cada provincia para que supervisaran el cultivo de la tierra y fomentaran, sobre todo, la plantación de moreras con la esperanza de dotar a Córcega de la capacidad para producir seda de los gusanos que se alimentan de sus hojas. El sueño de la creación de una industria sericícola en la isla sobrevivió a la caída de la República.

En la costa, al nordeste de Ayacio, había una marisma, conocida como Les Salines, que estaba separada del mar por un banco de arena. Entre los juncos se extendían unas cuatro hectáreas de saladares, delimitadas por viñedos por un lado y por arena por el otro. De la zona había emanado siempre una gran pestilencia y las gentes del lugar se preguntaban si no sería posible sanearla drenándola o transformándola en un estanque de peces o una verdadera salina. Pocos en Ayacio poseían el dinero necesario para semejante empresa, pero Carlo, el padre de Buonaparte, era uno de ellos. Reclamó aquella tierra con un título de propiedad procedente nada menos que de 1584.23 El Estado francés aceptó el documento y le otorgó, en nombre de Luis XVI, una concesión a perpetuidad sobre Les Salines. Carlo solicitó de inmediato ayuda gubernamental para drenar el terreno y en 1782 recibió un préstamo estatal libre de intereses para la creación de un vivero de moreras. Se comprometió a cultivar cien mil ejemplares en diez años y recibió ocho mil quinientas libras más dos sous por injerto.24

Además de las moreras, Carlo tenía la intención de cultivar frutales y otras plantas exóticas. Dos años después, había gastado unas treinta mil libras y Les Salines seguían sin drenarse como era debido. La pestilencia no había cesado y se había cobrado la vida de uno de los hortelanos que trabajaban aquellas tierras fétidas.25 Carlo calculó que necesitaría la misma cantidad de dinero que había invertido si quería completar el proyecto. Sin embargo, el 24 de febrero de 1785 murió de cáncer de estómago a los treinta y nueve años. Buonaparte, que se encontraba en la academia militar de París, lamentó profundamente no haber podido cerrar los ojos a su padre.26 El moreral constituyó una herencia problemática para su familia y él no tardó en verse arrastrado a la pugna por obtener el dinero que les había prometido el Estado francés. Cuando su madre escribió en octubre, solo ocho meses después de la muerte de su marido, para solicitar el resto del préstamo, la informaron de que la producción del vivero se hallaba muy por debajo de lo esperado, pues se habían proporcionado solo 25.330 árboles, de los cuales solo 7.850 habían resultado viables. La humedad de Les Salines seguía siendo excesiva y el vivero no prosperaba. El Estado francés se limitó a cancelar el préstamo y exigir su reembolso. Los Buonaparte, aún de luto, se vieron así, además, al borde de la bancarrota.