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Natalia Ginzburg nació y vivió en Italia entre 1916 y 1991, prácticamente todo el "corto" siglo XX. Escribió una obra que lectoras y lectores de todo el mundo siguen descubriendo hoy, a medida que aparecen nuevas traducciones. En esta biografía reveladora, Maja Pflug nos cuenta con detalles íntimos y contundentes a la Natalia escritora, madre, esposa, diputada, editora, amiga y mujer. Nos cuenta cómo, cuando el ascenso del fascismo y el estallido de la Segunda Guerra Mundial amenazaban su mundo más próximo, Natalia Ginzburg empezaba a escribir. Y cómo se aferró a ese oficio hecho de búsquedas y hallazgos: la noche de verano en que supo, emocionada, que había escrito su primera "cosa seria"; el momento en que, con Léxico familiar, se animó a un registro autobiográfico que antes se le aparecía como un tabú; el pasaje a las novelas epistolares y el experimento de las obras de teatro; su rechazo por el sentimentalismo de la escritura femenina. Maja Pflug despliega los momentos desconocidos de esa vida: los hombres a los que quiso, la relación compleja con su padre y su madre, la manera en que educó a sus hijos, su compromiso político en épocas en que su condición judía era una condena certera. Sus largos años en la mítica editorial Einaudi, donde leía manuscritos y redactaba informes, corregía y traducía. Como dice Flavia Pittella en el prólogo, el relato va develando una Natalia Ginzburg que, sin proponérselo, vivió como pocas de una manera feminista, desafiando mandatos y expectativas sociales: desde su apuesta tenaz por la escritura y su desinterés por los modos "correctos" de vestir, decir y criar a los hijos, hasta las intensas relaciones de amistad que mantuvo con muchos de los personajes más relevantes del mundo intelectual del momento. Así, al recorrer esta biografía deslumbrante, los lectorxs podrán acercarse a la autora detrás de la obra, a la "cocina" en la que imaginó cada una de sus historias, a las obsesiones y deseos que dieron forma a un proyecto literario cuya vigencia sigue intacta.
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Seitenzahl: 272
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Índice
Cubierta
Índice
Portada
Copyright
A propósito de Natalia Ginzburg (por Flavia Pittella)
Dedicatoria
Nacida en via della Libertà (1916-1921)
El misterio absurdo de los adultos (1922-1926)
¿Tomaste algo calentito? (1927-1932)
La persona adecuada (1933-1935)
En el fondo, ni él ni yo queríamos irnos de Italia (1936-1944)
La ciudad iluminada es de los otros (1944-1945)
Personas que siempre habían trabajado y pensado juntas (1946-1948)
Un torbellino (1949-1951)
¡Apúrate a venir con los niños a Roma! (1952-1958)
Las fuentes del recuerdo (1959-1963)
Pietro: –¿Dónde está mi sombrero? (1964-1968)
Interlocutores (1969-1976)
Una pasión devoradora por el trabajo (1977-1982)
Una señal de solidaridad (1983-1988)
Serena Cruz o la verdadera justicia (1989-1990)
No podemos saberlo (1991)
Cronología
Nota de la autora
Fuentes
Personas mencionadas
Créditos de las fotos
Maja Pflug
NATALIA GINZBURG, AUDAZMENTE TÍMIDA
Una biografía
Traducción deGabriela Adamo
Pflug, Maja
Natalia Ginzburg, audazmente tímida.- 1ª ed.- Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2020.
Libro digital, EPUB.- (Biografías)
Archivo Digital: descarga
Traducción: Gabriela Adamo // ISBN 978-987-801-043-4
1. Biografías. I. Adamo, Gabriela, trad. II. Título.
CDD 920.72
Título original: Natalia Ginzburg, eine Biographie
Publicado por acuerdo con Casanovas & Lynch Literary Agency
© 1995, 2011, Verlag Klaus Wagenbach, Berlín
© 2020, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.
<www.sigloxxieditores.com.ar>
Edición al cuidado de Luciano Padilla López
Diseño de cubierta: Maira Purman
Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina
Primera edición en formato digital: diciembre de 2020
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-043-4
Foto: Cortesía Carlo Ginzburg.
A propósito de Natalia Ginzburg
Flavia Pittella[1]
No se equivoquen: la sencillez solo se logra a través del trabajo duro.
Clarice Lispector, La pasión según GH, 1964
En esta biografía, Maja Pflug, traductora al alemán de casi toda la obra de Natalia Ginzburg, nos revela detalles íntimos y contundentes de la Natalia escritora, madre, esposa, diputada, editora, amiga y mujer. En un relato lleno de color, muestra la ironía y belleza de una vida que se presenta como sencilla porque esa forma despojada se ha trabajado dura y dolorosamente. Cuando el ascenso del fascismo y el estallido de la Segunda Guerra Mundial amenazaban su mundo inmediato, Natalia Ginzburg publicaba sus primeros textos. Esta mujer de familia mixta (judía y católica) sufrió todo (el exilio interno, la persecución, la muerte de un amor, la muerte de otro amor, la muerte de un hijo, la muerte de su mejor amigo y la muerte de un siglo) sin dejar de escribir.
Natalia Ginzburg vivió como pocas de una manera feminista. Desafió muchos de los mandatos sociales que se esperaba que acatase: desde la educación y los modales de una “joven formal”, que nunca hicieron carne en ella, hasta la manera en que decidió formar una familia y las intensas relaciones de amistad que mantuvo con muchos de los personajes más relevantes del mundo intelectual del momento. Le interesaban poco las convenciones, el modo supuestamente femenino de decir, de vestir y de llevar adelante la crianza de los hijos. Fue original y valiente.
Maja Pflug despliega paso a paso los momentos de esa vida: los hombres a los que quiso, la relación compleja con su padre y su madre, la manera en que salvó y tuvo como pares a sus hijos, su compromiso público en tiempos turbulentos en los que su apellido mismo era una condena ineludible a desaparición, tortura o muerte. También, el aparente desapego (y silencioso desgarramiento) con el que se mudaba, se escondía, se separaba de los suyos para protegerlos. Sus largos años en la mítica editorial Einaudi, en cuyas oficinas de Turín o de Roma Natalia leía manuscritos y redactaba informes, corregía, traducía, escribía prólogos. También ocupó un cargo público y fue diputada en una época en la que no tantas mujeres se dedicaban a la política. Sus discursos pocas veces daban pie para otra cosa que no fuera un aplauso cerrado; sin embargo, cuando notó que desde ese lugar no podía generar cambios profundos, se alejó para siempre, desilusionada. Todo en ella respiraba libertad interior.
Podía ir de un extremo a otro. Por ejemplo, en su trato con Giulio Einaudi, a quien admiraba y respetaba. A veces, Natalia reaccionaba por lo mal que pagaba la editorial en la que trabajaba incansablemente, y entonces exigía contratos justos para los escritores y traductores. Como casi nadie, tenía carta franca para discutir abiertamente con Einaudi, se rebelaba contra la posición en que quedaban los autores, que debían reclamar el pago de sus regalías como si estuvieran pidiendo –y, con suerte, recibiendo– un favor. Otras veces, superada por el trabajo, la casa, la vida política y la inestabilidad de su vida en pareja, pedía disculpas y ofrecía trabajar gratis para compensar leves atrasos o incumplimientos. Tenía una mirada benévola sobre el trabajo de los demás que no se concedía a sí misma, y eso se acentuó a partir del nacimiento de sus hijos, los constantes movimientos impuestos por el arriesgado compromiso antifascista de su primer marido, Leone Ginzburg, y su propia actuación intelectual y política. En ese contexto adverso, Natalia tradujo a Proust. Italo Calvino no publicaba nada sin que ella le diera su veredicto. El hosco e intratable Cesare Pavese caía rendido a todos sus pedidos.
Gustaba poco de la escritura “de mujeres”. Sin embargo, cuando entre sus lecturas para Einaudi encontraba un texto que le generaba un reconocimiento inmediato, se ponía firme, obsesiva, incansable, hasta lograr la publicación o al menos un respaldo seguro. Pavese –amigo, colega y hermano de lecturas– se fastidiaba un poco frente a las exigencias de Natalia, conjugadas con su mirada crítica y despojada de adjetivos. Pero esa tenacidad puso en el mapa de la “alta” literatura italiana a Elsa Morante. Si Einaudi publicó El diario de Ana Frank, fue por recomendación urgente de Natalia Ginzburg, quien enseguida detectó que Ana “[es] la única que de algún modo se prepara para morir… la única que busca en su propia historia un significado universal”. Así escribió y vivió también esa “audazmente tímida”, buscando en cada gesto, en cada evento familiar, en cada desafío que enfrentaba, darle a su propia historia “un significado universal”, con un terco apego a la vida a pesar de todo. Non sono mai stato tanto attaccato alla vita [Nunca me aferré tanto a la vida] reza uno de los poemas más bellos de Ungaretti. Natalia Ginzburg no lo dijo en esos términos, casi nunca. Pero así vivió.
Su forma de ver el mundo se relaciona en muchos aspectos con la de Virginia Woolf. La Woolf de Un cuarto propio pero sobre todo la de Tres guineas, ensayo que es, en verdad, una larga carta de respuesta a un hombre que le envía una foto de un campo de batalla y le pregunta: ¿cómo se podría evitar la guerra? La primera reacción de Woolf es asombrarse de que un hombre le pregunte a una mujer su opinión acerca de esos temas. La escritora se toma tres años para contestar. Al principio intenta explicar el “abismo” que existe entre su corresponsal y ella. Pero es al final cuando Woolf sostiene lo que –me atrevo a decir– habría sostenido también Natalia Ginzburg: “Y por mucho que contemplemos la fotografía desde distintos ángulos, nuestra conclusión coincide con la suya: es el mal. Los dos estamos dispuestos a hacer cuanto podamos para destruir el mal representado en esta fotografía, usted mediante sus métodos, nosotras con los nuestros”. Ese “nosotras” de Virginia Woolf es el mismo “nosotras” de Ginzburg.
Natalia siempre quiso escribir como un hombre, de manera despojada. Temía mucho caer en el sentimentalismo de lo que se consideraba escritura femenina. Pero a partir del nacimiento de su primer hijo supo que la forma de estar en el mundo de las mujeres nunca podía ser igual a la de los hombres. Y, desde su punto de vista, esa condición radicalmente diferente impedía que muchas escritoras lograran la distancia y la ironía, que son dos marcas de su propia escritura. La ironía como punto de partida necesario para observar sin engaños la experiencia y la realidad en general, como quien analiza un cuadro, o una foto familiar en la que uno mismo ni siquiera aparece, porque es quien la ha tomado. Es la foto de nuestras vidas que elegimos mostrar: sus claroscuros, sus incomodidades, su belleza, en lo que la autora llama “la canción de la vida”. Lo que da sentido a la escritura de la experiencia personal no son los hechos, sino esa melodía.
La mirada de Ginzburg no es reducida ni doméstica. Es transparente y profunda. No busca ser grandilocuente. Busca ser sincera. Hasta el final está, como bien dice Ungaretti, aferrada a la vida. Allí reside también su feminismo y desde esa posición firme, sin declaraciones altisonantes pero con una convicción de hierro, íntima, hoy nos sigue interpelando. En su escritura sostiene la certidumbre que le permite sobrevivir, que la impulsa a crear: el lugar de las mujeres es otro, diferente al de los hombres y, también, al que nos asignaron por años. Es el lugar del “léxico familiar”, que sigue siendo hoy ampliamente femenino, todavía en busca de un discurso propio que desmantele la trampa del binarismo conquistando la libertad interior que ella supo sostener y preservar aun en las épocas más difíciles.
[1] Crítica literaria, periodista, docente y escritora. Profesora en Lengua y Literatura Inglesas y licenciada en Ciencias Sociales con especialización en Lectura, Escritura y Educación (Flacso). Escribió 40 libros que adoro y no podés dejar de leer. Es columnista literaria en radio Mitre desde 2010. Creadora del pódcast Una clínica de todo y directora del espacio cultural “El tercer lugar”. Colabora en el suplemento Infobae Cultura y ha dirigido por más de veinte años el departamento de inglés del colegio bilingüe Patris de City Bell. Es miembro del jurado del premio de la crítica en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.
Para Günter y UWaChriWo
Nacida en via della Libertà
1916-1921
El 14 de julio de 1916, en Palermo, Lidia Tanzi dio a luz por quinta vez: una niña, Natalia. “¡El día de la toma de la Bastilla, en via della Libertà!”. Natalia nació en verano y esta siguió siendo su estación preferida: “Me alegraban el calor y las primeras cerezas… Había muchas carrozas y los cocheros cubrían las cabezas de los caballos con capuchas de tul para protegerlos de las moscas. Yo decía que los caballos iban ‘vestidos como hadas’. Al ver los primeros caballos ‘vestidos como hadas’, me sentía feliz”.
Natalia fue la rezagada; su hermano mayor, Gino, le llevaba quince años. Cuando, a veces, los padres hablaban sobre qué sería de la niña si algo les pasaba a ellos, ya viejos, ella respondía: “No se preocupen por mí: tengo a Gino, que me protege”.
El padre, Giuseppe Levi, era triestino, alto y pelirrojo. Vivía con su mujer, Lidia –de origen lombardo–, y los cuatro hermanos mayores –que habían nacido en Florencia– en la capital de Sicilia porque, en esa época, enseñaba anatomía en la universidad local.
En 1915, Italia entró en la Primera Guerra Mundial. Giuseppe Levi fue enviado como médico militar al Carso, cerca de Trieste, y solo podía visitar a su familia en Sicilia durante sus escasas licencias del frente. A Palermo no llegaba mucho de la guerra, y Lidia iba con sus hijos a la playa de Mondello. Allí solían encontrarse con Olga, una amiga de la hermana Paola, y Natalia la llamaba la “Olga viva” para diferenciarla de su muñeca, que tenía el mismo nombre.
Vista de Palermo.
* * *
Carlo Tanzi y Giuseppina Biraghi, abuelos maternos de Natalia, se casaron en 1877 en Milán. Eran vecinos. Carlo Tanzi, un hombre joven con anteojos, distinguido, abogado recién recibido, le gustaba a la bella y rubia Giuseppina –que pertenecía a una familia sencilla– porque todos los días oía cómo él le preguntaba a la portera: “¿Hay caaaaartas para mí?”, con la dicción tajante y acentuada de los friulanos, algo que a su vecina le parecía muy elegante. Pero también se casó con él porque su mayor deseo era “hacerse un tapadito de terciopelo negro para el invierno”. Carlo Tanzi nunca ejerció el derecho, sino que, como socialista comprometido, se dedicó a la política activa. Leonida Bissolati y Filippo Turati, dos de los padres fundadores del Partido Socialista Italiano, y la compañera de Turati, la revolucionaria rusa Anna Kuliscioff, eran como de la casa. Para Lidia, los amigos de su padre eran como parientes cercanos. Giuseppina, en cambio, siempre se mantuvo alejada de la vida política de su marido y sobre la hija Lidia solía decir: “Esa muchacha va a terminar casándose con un don nadie”. El matrimonio no fue feliz. Finalmente la pareja se separó y Giuseppina se mudó a Florencia. En los últimos años de su vida, Carlo Tanzi retomó sus actividades como abogado, “pero dormía hasta las cinco de la tarde y cuando llegaban los clientes exclamaba: ‘¿Pero qué buscan? ¡Sáquenlos de acá!’”.
El matrimonio tuvo tres hijos: Lidia, la madre de Natalia; Drusilla, “que siempre rompía los anteojos”; y Silvio.
Lidia, nacida en 1878, había pasado largos años en un internado donde se había divertido mucho: “En las fiestas escolares actuaba, cantaba y bailaba… Los domingos visitaba a un tío materno… Para almorzar había pavo”. A los dieciséis dejó el internado, abandonó Milán y se mudó a casa de su madre en Florencia. Se inscribió en la Facultad de Medicina pero no terminó su carrera porque conoció al padre de Natalia y se casó. “Mi abuela paterna no aprobaba ese matrimonio porque mi madre no era judía; además, le habían contado que era una católica muy devota… Pero no era verdad: en la familia de mi madre nadie iba a la iglesia ni hacía la señal de la cruz”.
Lidia Tanzi, madre de Natalia.
La hermana de Lidia, Drusilla, también vivía en Florencia. Se casó con Matteo Marangoni, profesor de Historia Natural, que daba clases en una escuela privada. El poeta Eugenio Montale –ya conocido gracias a su libro de poemas Huesos de sepia– formaba parte del círculo de amigos de los Marangoni y, desde 1929, vivió unos años con ellos, en una habitación en el sótano. Él y Drusilla se enamoraron. Finalmente, en 1939, se fueron a vivir juntos; en 1948 se mudaron a Milán, donde a Montale lo habían convocado como redactor del Corriere della Sera, pero recién se casaron en 1963, medio año antes de que ella falleciera. Drusilla –que para Montale y los amigos era “la Mosca”, por sus lentes de miope– sigue viva en los poemas de Xenia.
Silvio, el menor de los tres, se convirtió en músico y literato. Era muy elegante: “Paseaba por Milán con bastón y sombrero de paja, se encontraba con sus amigos en los cafés y discutían de música”. Cuando la madre de Natalia hablaba de él, siempre lo describía como un hombre muy alegre; solo sobre su final mantenía silencio. Cuando años más tarde Natalia se enteró de los detalles, le resultaron incomprensibles: Silvio se había disparado un tiro a los treinta años, de noche, en un banco en un parque de Milán.
* * *
El padre de Natalia, Giuseppe Levi, pertenecía a una familia de banqueros judíos triestinos. Su padre, Michele Levi, que “debería ser un hombre extremadamente bondadoso y apacible”, se casó en 1871 con Emma Perugia, “la segunda muchacha más bonita de Pisa”. Tuvieron dos hijos, Giuseppe y Cesare. Emma enviudó pronto –Michele Levi murió cuando Giuseppe tenía catorce años– y regresó con los dos varones a la Toscana.
Giuseppe Levi, padre de Natalia.
Giuseppe empezó a estudiar medicina en Florencia; los compañeros lo llamaban “‘Pom’, lo que quería decir pomodoro” –tomate–, “por su pelo rojo”. El otro hijo, Cesare, tranquilo, gordo y siempre divertido, llegó a ser un crítico de teatro muy benévolo: “Nunca quería decir algo malo de una obra, en todas encontraba algo bueno”. Se casó con una actriz, cosa que para su madre fue una gran tragedia. Durante años no le permitió que le presentara a su esposa; tener una nuera actriz le parecía incluso peor que tener una que se persignara.
Emma había sido muy rica y cuando le preguntaban por qué no se había vuelto a casar respondía “con una risa aguda, estridente, y una franqueza que nunca habríamos sospechado en ella: ‘¡En esa no caigo! ¡Faltaba más, que me roben toda mi fortuna!’”. Empobreció durante la Primera Guerra Mundial: en contra del consejo de su hijo Giuseppe, no se deshizo de unos bonos austríacos, ya que confiaba ciegamente en el emperador Francisco José y no podía concebir que Italia ganaría. Así perdió mucho dinero. “‘Mi desgracia’, solía decir, cuando se aludía al tema”. De todos modos, después de la “desgracia”, le quedó una hermosa casa en Florencia, decorada con muebles de la India y la China y con alfombras turcas que había heredado de su abuelo, el nonno Parente, declarado de la nobleza en 1848 por Francisco José, en reconocimiento a su apoyo a Austria durante la guerra contra el Piamonte. De las paredes de su salón colgaban los retratos de sus antepasados, aunque faltaba la imagen de su padre. “No había que hablar de él: un buen día, después de enviudar, se peleó con sus hijas ya adultas y declaró que, por desprecio a ellas, se casaría con la primera mujer que se cruzara en la calle”. Con esa nueva mujer –si fue la primera que se cruzó, no se sabe– tuvo una hija más, que Emma nunca quiso conocer. Con disgusto se refería a ella como “la niña de papá”, incluso cuando “la niña de papá” ya se había convertido en una distinguida señora madura.
Emma regía su vida por estrictos principios y sentía “asco de todo y gran temor ante las enfermedades, aunque su salud era de hierro, tanto que murió con más de ochenta años sin haber necesitado jamás un médico o un dentista”.
“Cómo pudo ser que de ese linaje de banqueros… hayan salido mi padre y su hermano Cesare, completamente desprovistos de cualquier percepción para los negocios, no lo sé. Mi padre dedicó su vida a la investigación científica, profesión que no le dio dinero; y sobre el dinero tenía una idea indefinida y confusa, marcada por una fundamental indiferencia… Toda la vida lo acompañó la preocupación de quedarse, de un día para el otro, en la calle; una preocupación irracional”.
* * *
Cuando Giuseppe Levi y Lidia Tanzi se casaron, Giuseppe trabajaba en una clínica con un tío de Lidia que era psiquiatra y a quien –a pesar de ser muy inteligente, formado e irónico– su familia había apodado “el Demente”.
Pasó un tiempo hasta que Giuseppe pudo convencer a su madre –que “sentía rechazo por quienes no eran judíos como ella, tanto como por los gatos”– para que conociera a Lidia. Se encontraron una noche en el teatro, donde fueron a ver una comedia. El hermano Cesare, el crítico, había conseguido las entradas: lugares en primera fila. Las dos mujeres se cayeron bien y Lidia pasó a ser la única persona no judía por la que la desconfiada Emma llegó a sentir afecto.
“Después, en casa de mi abuela paterna, mi madre conoció a todas las Margheritas y Reginas”, primas y tías de Giuseppe, que llevaban los nombres típicos de las familias judías de la época, “y también a la famosa Vandea, que en esa época aún vivía”, una tía que era llamada así, con ecos de la Vendée, “porque era reaccionaria y recibía en su salón a los reaccionarios y defensores de la nobleza. El nonno Parente, en cambio, había fallecido tiempo atrás”.
* * *
En 1901 nació Gino, el primer hijo de Giuseppe y Lidia; un año después, la hija Paola; en 1905 siguió Mario y en 1909, Alberto. Cuando Alberto cumplió un año, la familia se mudó a Cerdeña, ya que el padre había obtenido una cátedra de Anatomía Humana en Sassari. Unos años más tarde pasó a Palermo, donde nació Natalia: la última de cinco hermanos.
* * *
En 1919, cuando Natalia tenía tres años, Giuseppe Levi recibió una oferta de la Universidad de Turín. Viajó solo y buscó un lugar para vivir. “La casa en via Pastrengo era muy grande. Tenía diez o doce habitaciones, un patio, un jardín y una galería vidriada que daba al jardín; pero también era muy oscura y húmeda y en invierno aparecían uno o dos hongos en el inodoro”. La familia se mudó en septiembre.
La terminal de Porta Nuova en Turín.
Los primeros años en Turín fueron difíciles, sobre todo para la madre de Natalia. Era plena posguerra, el precio de los alimentos aumentaba, los niños crecían y necesitaban zapatos nuevos, abrigos y libros escolares, y el dinero nunca alcanzaba ya que el salario de Giuseppe no permitía lujos para una familia de siete personas. Lidia a veces lloraba. Su marido solía estar malhumorado; ella tenía que volver a acostumbrarse a la nieve y al frío de los inviernos turineses y recordaba con nostalgia Sassari y Palermo. Allí había tenido viviendas llenas de sol y –al menos así le parecía a la distancia– su vida había sido fácil y cómoda, con extraordinarias empleadas a su servicio. “A pesar de todo, era feliz, porque no bien dejaba de llorar se mostraba muy alegre y cantaba a voz en cuello por la casa: Lohengrin, La Pianella perduta nella neve y también Don Carlos Tadrid”, ópera que ella misma había creado y compuesto en su juventud.
Natalia casi no se acordaba de su ciudad natal, pero imaginaba que –igual que su madre y su hermana– la extrañaba y, con ese sentimiento, escribió su primer poema, un pareado:
Palermín, Palermín,
Eres más lindo que Turín.
“En casa celebraron este poema como señal de una vocación precoz”. Y eso que en casa Levi no era nada fuera de lo común inventar y recitar poemas; Mario, hermano de Natalia, también escribía versos de vez en cuando, y el hermano Alberto, a sus once o doce años, había creado sin referencia alguna a hechos reales sino como “puro fruto de imaginación poética” estos versos:
La solterona anciana,
Sin rastro de mamas,
Dio a luz a un mocoso
Realmente hermoso.
La familia Levi pasaba el verano en las montañas. Durante tres meses –de julio a septiembre– alquilaban una casa que quedaba muy lejos del pueblo. No había diversiones ni pasatiempos. “¿Dónde está la madre? ¿Alguien lleva la madre?”, gritaba el padre al partir. “La madre” era la levadura con que preparaba su mezzorado, una especie de yogur que en esa época aún no se conseguía en los comercios. Giuseppe Levi fue un pionero en el consumo de yogur y en muchas otras cosas (fue el primero en Italia que experimentó con el cultivo de células in vitro). A menudo emprendía excursiones por la montaña; solía salir a las cuatro de la mañana, previa ingesta de varias tazas de mezzorado. Iba “a veces solo, a veces con guías amigos, a veces con mis hermanos; al día siguiente, el cansancio lo volvía intratable… bastaba cualquier nimiedad para que estallara con una furia terrible”. El montañismo es “la diversión que el diablo da a sus hijos”, les decía la madre de Natalia a los chicos cuando al anochecer, sentados alrededor de la mesa, charlaban, contaban historias, recitaban poemas y cantaban. Cada vez que Giuseppe, que se encerraba a leer en una habitación en el lado opuesto de la casa, los oía reír, se acercaba con recelo y bufaba: “¡Puras tonteras, todo el tiempo! ¡Puro sainete, todo el tiempo!”. “¡Lidia, Lidia, vamos a marchar!”, tronaba a la mañana. Lidia lo seguía, entregada: “Con su bastoncito, el saco tejido atado en las caderas, iba unos pasos detrás de él y sacudía sus cabellos cortos, grises y enrulados”.
La madre de Giuseppe, la abuela Emma, que ya se había vuelto una anciana pequeña, con botitas abotonadas y pelo blanco, también solía llegar desde Florencia para pasar un tiempo con la familia, pero se hospedaba en el hotel del pueblo. Los nietos la visitaban allí y su hijo iba todos los días “a marchar un poco con ella”. Se adelantaba con trancos largos, la pipa en la boca; ella lo seguía con sus pasitos abotinados y ruido de faldas. Era muy terca y, si algo no le caía bien, se detenía y golpeaba furiosa el suelo con su sombrilla.
Natalia, a sus seis años de edad, en el jardín.
El único que compartía el entusiasmo del padre por la montaña era Gino, el mayor. Era su preferido, le interesaba la historia natural, coleccionaba insectos, cristales y otros minerales; su padre estaba claramente satisfecho con él. Los otros se aburrían, excepto Natalia. Ella era la menor y se arreglaba con poco: cazar lagartijas, observar ardillas. En esa época todavía no conocía el aburrimiento de los veraneos. “¡Ustedes se aburren porque no tienen vida interior!”, aseveraba el padre. No conocía la vivaz fantasía de Natalia, por donde pululaba “un pueblo rebelde de enanos negros, agitado y vanidoso”, como un “ejército de hormigas”. “Eran un poco mis súbditos, un poco mis cómplices en conjuraciones gubernamentales, a veces mis despectivos y malévolos perseguidores. Los llamaba ‘los Nosotros’… Me hacían enojar, llorar, refunfuñar, discutir, pero sobre todo, me hacían reír, cuando me ensordecían con sus chillidos. Por motivos que no lograba conocer, nadie debía enterarse de su existencia”.
De regreso en Turín y a pesar de tener la edad suficiente, Natalia no fue a la escuela, sino que, igual que sus hermanos, durante los primeros cinco años recibió clases en su casa, debido al temor de su padre a que se contagiaran alguna enfermedad de los demás niños. El cariño que sentía por su benjamina no se expresaba tanto en gestos afectuosos, sino en una preocupación científicamente fundada: todavía no se había descubierto la penicilina. Como era común en aquella época, le daba más importancia a la salud física que a la psicológica.
Él mismo se daba una ducha fría todas las mañanas y “al recibir el latigazo del agua, lanzaba un alarido, como un largo rugido; después se vestía, engullía grandes tazas de mezzorado gélido” y salía de la casa con un impermeable largo, ancho, lleno de bolsillos y botones de cuero; con una boina amplia en la cabeza, “las manos en la espalda, la pipa, sus pasos chuecos, un hombro más alto que el otro; las calles estaban casi vacías, pero, con la cabeza gacha y enroscado en su malhumor, lograba chocarse con las pocas personas que a esa hora se cruzaban en su camino”.
“Mi madre también tomaba duchas frías a la mañana. Ella y él tenían unos guantes ásperos con los que se frotaban para entrar en calor después de la ducha. ‘Estoy helada’, decía mi madre, pero radiante, porque le gustaba mucho el agua fría, ‘todavía estoy completamente helada’. Y envuelta en su bata de baño y con la taza de café en la mano, daba una vuelta por el jardín… cantaba y sacudía su pelo mojado en el aire matinal”.
En esa época, los hermanos iban al secundario –Gino ya al Politécnico– y la casa quedaba en silencio. Natalia, como siempre, no tomaba leche al desayuno: solo la tomaba cuando estaba en casa de desconocidos, por timidez. Y como no había modo de convencerla, Natalina –la empleada doméstica, a quien la madre llamaba “mi Luis XI”– le terminaba preparando una sopita de fideos.
Luego Lidia intentaba enseñarle aritmética. Buscaba piedritas en el jardín y las acomodaba sobre la mesa; a veces también usaba caramelos, prohibidos para otros fines en la casa Levi. Pero no había caso: “A mí se me hacía todavía más odiosa esa aritmética asociada a piedritas y caramelos”.
Para enseñarle geografía, en cambio, la madre recurría a los países que el padre había visitado en su juventud. “Había estado en la India, donde le dio el cólera… y había estado en Alemania y en Holanda. También había estado en Spitzberg”. En esa isla –actual Spitsbergen–, “había entrado a cráneos de ballenas en busca de ganglios cefalorraquídeos; pero no había logrado encontrarlos. Había quedado todo manchado con sangre de ballena”. Para ilustrar lo que contaba, la madre de Natalia también le mostraba fotos: “Mi padre apenas aparecía al fondo, como una sombra diminuta; y de la ballena no se veía la boca ni la cola… solo una especie de colina dentada, gris y neblinosa”.
El misterio absurdo de los adultos
1922-1926
Cuando los hermanos regresaban, volvía la animación a la casa. Discutían agitadamente sobre política. “Las cosas que mi padre respetaba y valoraba eran: el socialismo, Inglaterra, las novelas de Zola, la Fundación Rockefeller, la montaña y los guías de montaña del Valle de Aosta. Las cosas que mi madre amaba eran: el socialismo, los poemas de Paul Verlaine, la música y, sobre todo, Lohengrin”.
La “marcha sobre Roma” en las afueras de la ciudad, 1922.
Pero en la calle era cada vez más común ver marchar a los camisas negras: Mussolini había tomado el poder en 1922. El padre solía volver furioso del trabajo porque había descubierto nuevos seguidores del fascismo entre sus colegas de la facultad.
“Levi no solo no ocultaba su desprecio hacia el régimen fascista, Mussolini y los bufones jerarcas del partido, sino que disfrutaba proclamando sus ideas cuando se encontraba con conocidos, colegas o algún asistente suyo en medios de transporte público, algo que sucedía a menudo porque él no manejaba” –escribe una alumna suya que años más tarde recibiría el premio Nobel de la Paz, Rita Levi Montalcini–. “Los otros mantenían un silencio incómodo cuando Levi, encantado con el encuentro, expresaba en voz alta su opinión sobre las últimas payasadas que llenaban los diarios que cantaban loas a la genialidad del Duce; asentían débilmente con la cabeza y buscaban una excusa para bajarse en la parada siguiente”.
Un poco más tarde, cuando el profesor Levi llegaba a su casa, gritaba impaciente desde la puerta: “Lidia, Lidia, ¿dónde estás?”. Las discusiones en la mesa solían terminar en una pelea furibunda, servilletas que volaban por el aire, portazos. Si bien todos estaban en contra del fascismo, “Mario –seguramente por llevarles la contraria a mis padres– de algún modo defendía a Mussolini”. La familia entera temía los repentinos ataques de ira del padre; pero también Mario y Alberto –ya grandes y fuertes los dos– se iban a las manos. De pronto llegaba el ruido de sillas que caían en su dormitorio y un griterío salvaje. “¡Beppino, ayuda, se están matando!”, llamaba la madre aterrorizada a su marido, mientras Gino se quedaba tranquilamente sentado y seguía leyendo el diario.
Natalia no entendía los motivos de esas discusiones a los gritos; “el misterio absurdo de los adultos” oscurecía su niñez, pero “una de las pocas ideas políticas que defendí, tal vez la única, me fue aportada a mis siete años. Me explicaron qué era el socialismo, vale decir, me contaron que era igualdad de bienes e igualdad de derechos para todos. Me pareció algo que era imprescindible concretar de inmediato. Me resultó raro que aún no se hubiera puesto en práctica. Recuerdo al detalle la hora y la habitación en que me regalaron esta frase, que me pareció clarísima e indispensable”.
Desde que aprendió a leer, los libros fueron su pasión. Había empezado a escribir “un poema por día” y, de vez en cuando, también novelas. Como sus hermanos, enterados de esto, solían revolver sus cajones para burlarse de los textos, ella empezó a esconderlos. Los escribía en un cuaderno que enganchaba con alfileres a su enagua.
A los ocho años escribió una obra de teatro, Diálogo, sobre padres y hermanos que usaban las frases comunes en la familia. De algún modo, un primer borrador de su futuro Léxico familiar. Dio a leer esta comedia a los adultos, y a todos les pareció muy buena y entretenida.
