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Este volumen, prologado por Bárbara Arena, reúne las reflexiones, consejos prácticos y memorias 'aupairísticas' de Adriana Torres durante sus años en el extranjero. Con material inédito en su mayor parte, se han incluido algunos de los artículos publicados en CTXT por la autora durante el último año. "Una niñera, en especial una niñera interna como lo fui yo durante aquellos años, es una persona que deja de existir. (…) Una niñera trabaja ocho, diez, doce o catorce horas al día, como una madre. Pone cariño y preocupación sincera en su labor, pone ganas, ojeras, a veces noches en vela. Se contagia de mocos, gastroenteritis y cosas peores, une su destino al de la familia para la que trabaja. (…) Pero una niñera no hace su trabajo por amor, como las madres". De la introducción de la autora. "Que Adriana haya conservado una voz que hoy podemos escuchar, que su voz mantenga la comicidad y la ternura, el espectro entero de una humanidad que corrió el riesgo de erosionarse, es un hecho excepcional". Del prólogo de Bárbara Arena.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
Primera edición diciembre 2022
© del texto Adriana Torres
© del prólogo Bárbara Arena
© de la portada Alberto Fernández
© Revista Contexto, S.L.
Editorial Escritos Contextatarios
Directores de la colección: Ignacio Echevarría y Miguel Mora
Diseño de la colección: Alberto Fernández
Maquetación de la colección: Ignacio Rubio
Revista Contexto SL
www.ctxt.es
ISBN: 978-84-125241-9-2
eISBN: 978-84-126586-1-3
DL: M-29772-2022
Impreso por Kadmos
Impreso en España
Texto publicado bajo licencia Creative Commons. Reconocimiento no comercial. Sin obra derivada 2.5. Se permite copiar, distribuir y comunicar públicamente por cualquier medio, siempre que sea de forma literal,comunicando la autoría y fuente y sin fines comerciales.
Adriana Torres
Crónicas de una cuidadoraexplotada en Europa
seguido de
Manual de supervivenciapara niñeras y au pairs
Prólogo de Bárbara Arena
Prólogo. Amigas improbables. Por, Bárbara Arena
Niñering
Introducción
Adriana la niñera
Fingir al estilo suizo
Se busca niñera con inglés
De cuando me convertí en la madame de un puticlub para gatos
Suiza, el durum y el seguro médico
Una historia propia de Halloween que sucedió en abril
Los cuidados y las au pair
Las au pair y Europa
Europa y la pobreza
Las malvadas monitoras del comedor que atormentaron a toda una generación
Las niñas solo quieren crecer y ser tan altas como para poder tocar el techo
El amanecer navegando entre delfines
Las estúpidas maestras se están cargando la educación de nuestros pobres hijos
La hermosa y absurda trampa de la nostalgia
El último día en la guarde
Manual de supervivencia para niñeras y au pairs
El ‘aupairismo’ implica trabajar con niños
Qué hogar con niños escoger si estás empezando
El ‘aupairismo’ es empleo doméstico
No te fíes un pelo de las agencias de colocación
Pero entonces, ¿cómo busco?
Las primeras cribas: tan desesperantes como necesarias para preservar tu salud mental
Gente que son una ‘red flag’ con patas
‘Issues’ con la limpieza
Diversos subtipos de jefes clasistas: los de derechas, los acomplejados que se creen de izquierdas y los nuevos ricos
Intenta trabajar para gente con la que puedas llevarte bien
‘Stalkea, stalkea, stalkea’
Sé siempre honesta y cuidadosa con la información que brindas sobre ti
Déjalo todo bien atado y no digas a todo que sí
No hay necesidad de brindar información confidencial
Preparando la maleta. ¿Qué me llevo? ¿Qué voy a necesitar?
No les hagas creer que te están haciendo un favor
Las mascotas no son un asunto menor
Los cotilleos, solo con las amigas
El idioma español no es precisamente sánscrito: sé precavida y vigila tu lengua
Asume que te espían y ten cuidado con las trampas
No te pongas tú las trampas
Teje o únete a una red de apoyo, ¡pero escoge bien!
Truquitos y técnicas de manipulación casi universales a los que vas a tener que aprender a enfrentarte
La comida: una breve historia de terror
Confraterniza con el resto del personal de servicio
El cuidado de los niños: apuntes generales para no morir en el intento
¿Por qué los niños te llaman ‘mamá’?
Cómo manejar a los padres y madres celosos de la niñera
En resumen
Ahora que Elon Musk ha comprado Twitter y corren tiempos convulsos para la plataforma del pajarito, son muchos los que —anticipando el final— andan repasando sus años allí. Aunque es cierto que la estancia en ese jardín de las delicias no es siempre agradable, existe consenso en que nos ha ofrecido una cosa de enorme valor: la posibilidad de toparnos con personas con las que, de otro modo, jamás nos hubiéramos cruzado; personas cuyas miradas particulares, resultado de sus circunstancias intransferibles, han descubierto puntos ciegos en nosotros. Todo encuentro tiene algo de milagroso, pero para que se dé entre adultos provenientes de entornos dispares (quizá incluso históricamente condenados al conflicto) hace falta, además de química, voluntad. Adriana y yo crecimos en lugares opuestos del mapa socioeconómico, así que —en un clima como el de las redes sociales— hubiera sido lógico que le incomodara relacionarse conmigo. No obstante, desde el principio encajamos, y atribuyo esa facilidad a su elección de leerme con benevolencia. Pese a acumular experiencias con gentes de mi clase que aniquilarían en cualquiera la fe en el ser humano, su generosidad permitió un vínculo improbable pero precioso, regalo que me llevo de mi etapa en internet. Me atrevería a decir que, sobre todo, nos respetamos.
La primera vez que entré en contacto con su talento fue a través de un artículo interesante, publicado en la edición digital de El País, en el que detallaba las características de la anosmia, pérdida total de olfato de la que ella misma adolece. A partir de entonces la seguí en Twitter, ignorante aún del deleite que me produciría su estilo: día a día, intercalando crítica social con anécdotas graciosísimas, Adriana nos hacía partícipes de su cotidianidad como niñera en Suiza, país al que emigró en busca de condiciones laborales menos desesperantes. A las pocas semanas ya estaba yo convencida de que aquellos retratos costumbristas deberían estructurarse en forma de ensayo o novela o guión para película, de que urgía abrir una puerta para multiplicar su difusión. Sin embargo, en cuanto lo hablaba con ella, Adriana reía, restándose importancia. En una selva en la que peleábamos por obtener atención, Adriana la recibía sin esfuerzo, coartando incluso su propia viralidad (no tardó en candar su cuenta).
Twitter es el puerto en donde recalamos quienes preferíamos la palabra a cualquier otra herramienta de expresión. En consecuencia, pronto se convirtió en un centro de conexiones entre editores y aspirantes a escritor, medios digitales y potenciales articulistas… Twitter ha propiciado carreras. De haber dominado el arte del networking, de haber aspirado a trepar, Adriana llevaría una década en lo alto de las listas de ventas, pero tiene un problema, y es que pasa olímpicamente de dinámicas a menudo artificiosas. Va a su bola, impermeable a tendencias, carente de ansia de figurar o pánico a quedarse fuera. Ocurre que, para su desgracia (y nuestro beneficio), en ciertas ocasiones las pupilas adecuadas se posan en quienes merecen ser vistos, aunque ellos eviten hacerse notar. Adriana ha sido, por fin, vista: desde hace ya un año publica columnas tan perceptivas como entretenidas en CTXT; columnas que no han hecho sino aumentar nuestras ganas de leerla.
Este libro es el siguiente paso en ese camino que, de pronto, se desplegó frente a sus pies. En sus páginas, Adriana vuelca su experiencia como au pair (niñera interna en el extranjero), incluyendo una selección de sus columnas e incorporando texto inédito (añade, incluso, consejos de supervivencia para jóvenes obligadas a ganarse los cuartos como lo hizo ella). Destacaba antes el humor con el que carga sus observaciones, pero no es este un diario de amenas aventuras (o no es solamente eso): Adriana ha sufrido en sus carnes todo el peso de un sistema que no la dejaba respirar, que suprimía su identidad, que la ninguneaba. Pienso en cómo la malvada Úrsula se apoderó de la voz de Ariel y me pregunto cuántas voces de chicas, de mujeres, han sido robadas en el proceso extenuante de entregar cuerpo y alma a un trabajo como el que Adriana describe. Que ella haya conservado una voz que hoy podemos escuchar, que su voz mantenga la comicidad y la ternura, el espectro entero de una humanidad que corrió el riesgo de erosionarse, es un hecho excepcional.
El discurso liberal insiste en que uno ocupa la posición que le corresponde, que currando se logra ascender, que si no se progresa es porque no se quiere. Los que pertenecemos a círculos privilegiados sabemos bien —a menos que nos blindemos en la negación, recurso psicológico eficaz para proteger nuestras autoestimas— que el mundo no funciona así. Nadie como nosotros cuenta con más pruebas diarias de la ventaja con la que partimos. Pero, por si esas pruebas no fueran suficientes, testimonios como el de Adriana terminan de confirmar que nos separa un espacio abismal, casi insalvable: mientras unos envejecemos instalados en la cima de la montaña (cima que percibimos como leve elevación, pues apenas nos asomamos al borde), otros pasan la vida subiendo con una roca a las espaldas (roca que cae por la pendiente justo cuando están a punto de llegar). La inteligencia abrumadora de Adriana, sus aptitudes indiscutibles, ponen en jaque a quienes todavía creen que los más capaces están arriba y los menos, abajo (por supuesto, el derecho a tener acceso ya no solo a una vida digna, sino a una vida feliz, tampoco habría de depender de cocientes intelectuales). Al contrario de lo que se nos vende, el cuadro que Adriana pinta revela una realidad en la que uno nace donde nace por pura suerte y eso condiciona, poco a poco, el resto de la existencia, y en la que las capas elevadas se sostienen sobre las bases como en un castillo de naipes. Con independencia de la coordenada en la que te halles, este libro pone delante de ti un espejo.
Yo he sido una niña como las que Adriana cuidaba, cuidada por adrianas a las que aseguraba adorar (y en ese momento adoraba), inconsciente del desequilibrio que moldeaba nuestro amor. Yo he reproducido esa terrible combinación de palabras, «la quiero como si fuera de mi familia», sentencia que, sin ser falsa por completo, no puede ser por completo verdad. Agradezco de corazón a Adriana que haya aceptado a mi versión adulta —una más crítica y, aunque imperfecta, en vías de mejora—, pues considero un honor tenerla cerca. Celebro, por último, que cada vez más gente la conozca y esté expuesta a su clarividencia.
Sentí el acostumbrado vértigo, pero esta vez también euforia, cuando el avión aceleró enloquecido a través de la pista mientras los motores generaban la potencia suficiente para poder arrancarnos del suelo. Me agarré a mi asiento con disimulo y me forcé a abrir los ojos y contemplar por la escueta ventanilla la estampa nocturna que ofrecía la ciudad de Zúrich alejándose de mis pies a toda velocidad. Era libre y dueña de mi destino por primera vez en mucho tiempo. Creo que incluso suspiré teatralmente de alivio, como en las películas.
Decidí que iba a ser supersticiosa por una vez y acogí como un signo de buen augurio —aunque podría haber sido justo lo contrario— el hermoso e inesperado eclipse lunar que me recibió cuando dejamos las nubes atrás, ascendiendo por encima del cielo encapotado. El verano estaba ya muy avanzado aquella noche en que, tras casi cuatro años erráticos de explotación, soledad e incertidumbre, tomé por fin el último vuelo a casa y me largué de Suiza sin billete de vuelta.
Pronto olvidé el alemán cantarín, bronco e ininteligible que se hablaba en las montañas, los delirantes horarios de la cena e incluso el sabor exacto del Zopf, un pan dulce que se come solo el fin de semana. Olvidé cómo orientarme por los interminables y cuidados bosques, la luz primaveral centelleante al filtrarse a través de las espesas copas de los árboles, los trucos y recomendaciones sanitarias para esquivar a las insidiosas garrapatas. Olvidé el número de tranvía que conectaba en diez minutos aquel tranquilo pueblecito con el centro mismo de la gran ciudad, olvidé cómo fluir con las grandes mareas de turistas que me arrastraban a lo largo de toda la Bahnhofstrasse, olvidé los depravados escaparates de las marcas de lujo. Olvidé los diez grados bajo cero en invierno y la inseguridad al caminar por las aceras resbaladizas a causa del hielo. Olvidé las nevadas, los tediosos meses de cielos sombríos y anubarrados, el calor casi tropical en verano a causa de la sempiterna humedad. Olvidé la majestuosidad con la que refulgía la puesta de sol dorada al estrellarse contra las cumbres níveas y solemnes de los Alpes.
Intenté olvidar también a los niños. Sin embargo, fracasé todas las veces. Funciona del siguiente modo: un día, al crío que se dormía plácidamente entre tus brazos ya no lo vuelves a ver más. No vuelves a hundir la cara en su pelo enmarañado cuando te abraza impetuosamente, no vuelves a sentir su peso cálido y vibrante en tu regazo, su agitación entusiasta cuando lo transportas en volandas, su carcajada frenética celebrando tus bromas. No vuelves a escucharle hablar con su lengua de trapo sobre las estrellas del cielo y los caracoles de jardín. No vuelve a dedicarte una sonrisa, ni a tenderte la manita, con ciega confianza, para que le ayudes a cruzar un paso de cebra, o le acompañes a investigar una habitación oscura de aspecto prometedor. No vuelves a ver tu rostro nítidamente reflejado en sus pupilas cuando te mira embelesado y con los ojos muy abiertos mientras le susurras la historia que has inventado en ese momento solo para él. El niño o la niña nunca te perteneció. Y no vuelve.
Lo olvidé casi todo, excepto a los niños. Y el rencor. El rencor, ay, eso no se olvida.
No olvidé todas las ocasiones en las que alguien me trató como si estuviera comprando un chisme muy caro para hacer las tareas del hogar del que esperaba obtener muchas prestaciones. No olvidé a todas esas familias que me quisieron contratar por motivos superficiales, como, por ejemplo, mi origen mediterráneo (¡porque una niñera española es una cosa para presumir ante los vecinos, nada que ver con esas niñeras búlgaras que cualquiera se puede permitir!) o, a veces, simplemente, porque me encontraron guapa y les agradó mi tono de voz. No se olvidan los días inacabables, la rutina monocorde y cenagosa, los madrugones, la dependencia de los somníferos para poder conciliar el sueño durante al menos unas horas. Y es que, con el tiempo se vuelve imposible relajarse para lograr dormir sin ayuda química en la habitación que es al mismo tiempo tu hogar, tu oficina y el centro de todas las preocupaciones. No olvidé la lista interminable de tareas diarias, el peso del grueso manojo de llaves en el bolso, ni tampoco la tarjeta de crédito con mi nombre grabado en relieve que la familia me encomendó custodiar y me emplazó a utilizar, no como un regalo de bienvenida o siquiera una muestra de confianza, sino como recordatorio de que entre mis deberes también se incluía comprar todo aquello que los críos a mi cuidado pudieran exigir o necesitar.
Durante los años en los que me desempeñé de manera ininterrumpida como niñera interna en el extranjero —primero en Holanda y después en la Suiza alemana— no aprendí casi nada sobre la vida y las personas que no supiera intelectualmente de antes, pero no importó: aquella experiencia me transformó de manera radical. Al fin y al cabo, es irrelevante que una tenga un conocimiento clínico exhaustivo acerca de las quemaduras y cómo se producen: no es posible caminar descalza entre las brasas sin terminar con los pies carbonizados.
Pero vamos a remontarnos al principio. Nunca me había planteado ser niñera, fue una ocupación que simplemente llegó a mi vida. Tenía trece años recién cumplidos la primera vez que alguien me pagó por echarles un ojo a otros renacuajos. Lo recuerdo bien. Fue una tarea odiosa y muy estresante, quizá porque yo misma era también una niña entonces. Una niña, además, carente del menor instinto cuidador. Pero, con el paso de los años, empecé a encontrar divertido e interesante compartir mi tiempo con críos. Me parecían mucho más entretenidos que los adultos, y podía sentir cómo me contagiaban su alegría y me recargaban de vitalidad de un modo que imagino análogo al que usan las lagartijas para calentarse la sangre hasta lograr revivir bajo los rayos del sol.
Tras la crisis de 2008 tuve que empezar a aferrarme a cualquier trabajo que pudiera encontrar. Cuanta más experiencia acumulaba como niñera, más fácil era que me fuesen llamando otras familias. Años más tarde, cuando no hallé más opciones para mí que emigrar, largarme como au pair me pareció, sencillamente, mi destino natural, así que no peleé demasiado contra él. Tomé resignada el primer avión de mi vida y viajé con destino a Ámsterdam-Schiphol. Pese a que nunca estuve a más de dos horas de vuelo de casa, tardé año y medio en volver a pisar España para unas breves vacaciones. Entretanto, me había dado tiempo a mudarme a Suiza e iniciar lo que ya parecía una carrera profesional en serio como niñera interna. Mi identidad estaba indisolublemente ligada a la de mi profesión de cuidadora.
Tenemos un Día de la Mujer Trabajadora, un Día Internacional del Trabajo y un Día de la Madre. A veces, incluso, estos últimos dos coinciden en España. Pero no existe aún un Día de la Niñera.
