Nostalgia - Ramiro Castillo Mancilla - E-Book

Nostalgia E-Book

Ramiro Castillo Mancilla

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Macario Tépetl, nativo del Xalcuyi, en la región huasteca, después de estar más de 50 años en la Unión Americana regresa a la aldea con el estatus de «ciudadano americano». A pesar de ser un anciano, tiene la nostalgia de pasar sus últimos años bajo el regazo de la tierra que lo vio nacer, en busca de la tranquilidad del lugar, de un esparcimiento, un gozo, algo que le dé sentido al ocaso de su vida. Pero desde que llega, Macario encuentra situaciones adversas no contempladas. Una novela bien escrita y mejor ambientada, donde la prosa poética parece dominar los diferentes escenarios, con el sello característico de las narraciones campiranas con que el autor nos deleita el único retratista del campo mexicano.

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Seitenzahl: 130

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Heurística Informática, Procesos y Comunicación Objetiva

Nostalgia. En la región huasteca Primera edición: mayo de 2025 ISBN: 978-607-8773-99-2

© Ramiro Castillo Mancilla © Gilda Consuelo Salinas Quiñones Editorial: Trópico de Escorpio www.gildasalinasescritora.comDiseño editorial: Karina Flores

No se permite la reproducción total o parcial de este libro ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Arts. 229 y siguientes de la Ley Federal de Derechos de Autor y Arts. 424 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase al Cempro (Centro Mexicano de Protección y Fomento de los Derechos de Autor, http://www.cempro.org.mx).

Distribución: Trópico de Escorpio www.tropicodeescorpio.comEmpresa 34 B-203, Col. San Juan CDMX, 03730

Trópico de Escorpio

hecho en méxico

prólogo  

Nostalgia es una novela lírica a una voz, escrita por Ramiro Castillo Mancilla, quien nos lleva a dar un paseo por esos fascinantes pueblos montañeses de la Huasteca mexicana, situados en la Sierra Madre Oriental. Su protagonista es Macario Tépetl, nativo del Xalcuyi, que después de estar más de 50 años en la Unión Americana regresa a la aldea con el estatus de «ciudadano americano». A pesar de ser un anciano, tiene la nostalgia de pasar sus últimos años bajo el regazo de la tierra que lo vio nacer, en busca de la tranquilidad del lugar, de un esparcimiento, un gozo, algo que le dé sentido al ocaso de su vida, dado que le gusta disfrutar de los placeres de la meditación que brinda la naturaleza, y con más razón en esas tierras de ensueño, con sus altas montañas, sus ríos y los pueblitos pintorescos que él idealiza como un paraíso sobre la tierra.

Pero desde que llega, Macario encuentra situaciones adversas no contempladas: entre ellas a su exesposa inválida que vive en la miseria; los conocidos lo han olvidado, sus pocos amigos ya son unos ancianos y la mayoría ha muerto. Él mismo sufre enfermedades y desgracias, y finalmente vive en un pueblo vecino, al amparo de un medio hermano que le da alojo y lo acompaña en su senectud.

Una novela que nos hace reflexionar acerca de la razón por la que en la vida se entretejen acontecimientos que nos llevan de la mano, hasta que nos muestran un destino no buscado, en mancuerna de vivencias no deseadas. La vida en sí, cual una paradoja, solo es atenuada por la ilusión.

Una novela bien escrita y mejor ambientada, donde la prosa poética parece dominar los diferentes escenarios, con el sello característico de las narraciones campiranas con que el autor nos deleita, como un novelista que retrata el campo mexicano, lo cual celebro.

Pascual Guillermo GilbertMaestro en literatura española

1 el retorno  

Hoy, al clarear el alba, he dejado la estación del tren y me dirijo a pie al Xalcuyi, una pequeña comunidad indígena enclavada en lo más abrupto de la Huasteca Potosina. El viaje fue largo, muy largo, más de medio siglo ausente. Y para no sentirme tan solo he pensado en contar lo que advierto y lo que veo como si estuviera acompañado, así que iré relatándoles esta experiencia de nostalgia hasta que Dios diga:

En la soledad del campo escucho el canto de los pájaros, más adelante el eco de las hachas de unos leñadores resuena en mis oídos, las lágrimas asoman a mis ojos. La orilla del pueblo se ha pintado de verde por la reciente entrada de la primavera. Antes de llegar a la aldea que me vio nacer, un par de bueyes con el yugo sobre la cabeza me tapan el paso, veo que un hombre los aguijonea con la larga y puntal garrocha en los costillares, me ignora por completo, toda su atención está puesta en el grueso y pesado palo de ébano, que arrastra su yunta de retorcidos cuernos: seguramente es para hacer una canoa grande, me digo.

Al poco de caminar veo que un indígena descalzo camina agachado cargando un pesado colote de naranjas a la espalda, con el sobornal puesto sobre la frente, seguido por una mujer vestida con un tosco y sucio huipil. Al toparme me saluda en huasteco: un tolnati, yo solo esbozo una sonrisa y levanto la mano, pues he olvidado gran parte de mi lengua indígena, él sigue caminando indiferente con sus ojos tristes puestos en el suelo. Veo algunos árboles alineados al lado y lado del camino en forma irregular que parecen haber estado ahí por siempre, y siento que me dan la bienvenida, entonces evoco las montañas de Minnesota, en los Estados Unidos.

Momentos después veo frente a mí las primeras chozas del pueblo, con sus techos de dos aguas, como si esperasen la mano maestra de un pintor paisajista para ser plasmadas con detalle en un lienzo, donde se manifieste el arte de esa diversidad cultural que es tan notoria en tierras mexicanas. Continúo mi camino curioso de todo lo que me rodea, pero tratando de controlar mis pensamientos; la incertidumbre me oprime el pecho y no me deja respirar, me siento como el judío errante, con el alma en vilo.

La humedad del camino moja mis zapatos de gamuza, el sol se levanta suave a mis espadas, a mi lado derecho hay una choza muy humilde con paredes descarapeladas, pero rodeada de macetas de barro de las que se asoman florecillas multicolores; al lado de lo que debe ser la cocina, sale humo de leña de bejuco cuyo aroma me recuerda la infancia. Al otro lado del cerco, una mujer indígena de aspecto descuidado y dos niños, se asoman a la calle por una puerta de palos y me ven como a un extraño, solo levantan los hombros y regresan al fondo del amplio solar, donde son llamados por un hombre moreno con el dorso desnudo, que sacude con fuerza una rama de tamarindo cuyas vainas caen al suelo y son recogidas en un canasto de mimbre, tal vez para descascarar la pulpa, que es la base del dulce de tamarindo. Así se ha hecho siempre; en mi niñez era mi dulce favorito; hasta se me hace agua la boca al pensar en su sabor agridulce.

A pesar de mi larga ausencia observo que la aldea no ha cambiado gran cosa, ni su gente que siempre ha sido curiosa y tiene la costumbre de asomarse a la calle a través de las cercas de rama o de las puertas de palos de sus solares y se vuelven a meter a sus chozas, o algunos permanecen en el patio cuchicheando.

El río sigue dividiendo la aldea, los árboles que crecen a la orilla parecen no darse cuenta del paso del tiempo, aquí todo convive en armonía; al caminar bajo sus sombras me siento tranquilo, en el equilibrio de mi alma, como si siempre hubiese estado aquí. ¿Qué encanto tiene la naturaleza que logra calmar la angustia, esa tempestad de pasiones humanas que nos oprimen el corazón? No sé explicarlo, solo hay que decir que qué bien me siento bajo su regazo, como si el tiempo se hubiese detenido; insisto: siento que todo sigue igual, con la salvedad de que algunas chozas se han establecido en las partes altas de la accidentada topografía al norte de aquel lado del río. ¿Por qué tuve que regresar a mi añorado terruño en el ocaso de mi vida?, tal vez sea como los elefantes viejos, que regresan a su querencia solo para morir, eso pienso con honda tristeza y mi corazón se oprime.

Por fin, después de recorrer parte de la comunidad, me lleno de gozo al ver de nuevo el alto nogal que está frente al cerco de lo que fue mi casa; a pesar del tiempo transcurrido sigue alegre y frondoso, y a la luz meridiana parece extender los brazos cubiertos del ramaje verde para darme la bienvenida, su voz rumora con el vientecillo tibio que baja de la montaña. La emoción se apodera de mi ser, mi corazón se alborota y me parece que vuelvo a tener un ataque de taquicardia al recordar el tiempo de mis mocedades, cuando me regalaba nueces de cáscara de papel a manos llenas y que compartía con los vecinos.

Superado el primer embate de emoción, logro sobreponerme no sin cierto temblor de manos que me da cuando algo me emociona o me preocupa. Por fin logro tranquilizarme, ojalá con esta alegría repentina no vaya a pescar una diabetes, porque dicen que también pega por un gusto muy grande, y debo ser cuidadoso con la salud, a mi edad, con 75 años cabales: «El horno ya no está para bollos».

Ya más ecuánime me paro a media calle y observo despacio lo que fue mi amplio solar antes de que partiera: al fondo se ven algunas casuchas con paredes de adobe sin revocar y de techo de palmito que antes estaban aquí frente a la calle, pero después de tantos años de ausencia algunas cosas tienen que cambiar, me digo a mí mismo, y como la puerta de palos que da a la calle está abierta, aprovecho para introducirme con sigilo. Como dicen por acá, «como burro sin mecate». Ya adentro, en el patio a pleno sol, veo a una vieja sucia y harapienta sentada en el suelo, tiene la cabeza adornada con largas canas; desgrana maíz y se ve que la vista no la ayuda porque tentalea las mazorcas antes de agarrarlas, además, ni siquiera voltea a verme. Un raro estremecimiento me dice que es mi mujer y cuando apenas me inclino a decirle quién soy aparece un perro flaco, pero muy bravo, que se deja venir desde el fondo del terreno y se me viene encima. Lo esquivo con la maleta. La vieja ni siquiera se da por enterada y continúa con su tarea. Yo sigo luchando para evitar ser mordido por el agresivo animal; al escándalo, en mi ayuda llega corriendo un niño descalzo que le grita al perro con amenazas, este se retira con los pelos erizados y pelando los dientes. Trato de abrazar al niño, le digo que soy su abuelito y corre asustado con la vieja que sigue sentada, le grita en el oído que un viejo se metió al solar. Cuando voltea, le veo los ojos nublados y me cercioro cabalmente de que está ciega. Al momento corroboro que es mi esposa y la emoción me hace gritarle: ¡Soy Maco, soy Macario!, ella voltea con una cara de odio que jamás imaginé y me dice con su boca desdentada y con una voz imperativa, «¡Yo no te conozco, retírate!», y salgo con la cola entre las patas y con un nudo en la garganta, ¿Cómo creen que me siento? Fatal.

Una luna llena impresionante y soberana se impone, eclipsa la vía láctea e ilumina sin recato los extensos campos agrícolas de California, en los Estados Unidos, el silencio cómplice de la media noche hace que los trabajadores descansen en brazos de Morfeo, dentro de las improvisadas instalaciones. Solo un hombre permanece despierto sin poder conciliar el sueño, con los brazos en la nuca; la luna entra por la ventana y le da en la cara, lo encandila:

¿Por qué nací sin alas? Para volar a mi tierra, para ver a mi Juanita, que tal vez ahorita esté viendo esta misma luna y esta luz suave y silenciosa que entra por la ventana de nuestro hogar, como la blanca neblina lo hace en este mes de agosto, para humedecer su largo pelo negro oloroso a malvas silvestres. Qué hermoso hubiera sido dejarte acompañada de unos hijitos para tu consuelo, para que no sintieras tanto el aguijón de la añoranza. Pronto estaremos juntos nuevamente.

A esa misma hora, en el Xalcuyi, una mujer huasteca observa desde la ventana de su humilde choza la misma luna, antes de que desaparezca del lado de la montaña. Luego retoma su trabajo frente a la tenue luz de una lámpara de petróleo; con las cejas levantadas zurce un paño de burdo algodón y sus suspiros se pierden en la madrugada.

—Mujer, anoche me visitaste en sueños, ¿y si no te vuelvo a ver?, ¿y si la muerte nos separa? Qué fatal es esta tristeza que me destroza, cuántas montañas y montes me alejan de ti, cuántos peligros en esa larga travesía. En mis sueños apareces como un ave atrapada en la red del cazador, ¿cómo podrás emprender el vuelo? Te he soñado que vienes por verdes bosques llenos de ligeras manadas de venados y mi corazón se regocija. Pero a veces te sueño que vienes en pos de mí, atravesando negros desfiladeros y tierras infestadas por animales de presa, donde las hienas y chacales dominan la planicie, y por el mar, furiosas aguas fuera de control infestadas de tiburones te cierran el paso. Aquí estoy, acostado en la barraca de la plantación, la luna se salió por la ventana y mi llanto no cesa de fluir, amanece… el silbato del mayordomo interrumpe mi añoranza.

Esa mujer menudita y mal comida que algunas vecinas ocupaban para remendar ropa de manta y para deshilar manteles, es la vieja decrépita, ciega e invalida que visité hace rato y que me corrió, se llama Juana Hernández, ahora mi exesposa, la que dejé en este pueblo cuando salí a buscar un porvenir mejor, pero nunca me pasó por la mente abandonarla como le hicieron ver los de Iztacapa. «Que porque no me dio hijitos», porque eso es aparte.

La cabeza ya no me ayuda, les pido una disculpa, dejen hacer memoria para comentarles por qué me trató así; yo esperaba otro recibimiento, en fin… Por lo pronto, continúo desilusionado por los caminos de la aldea como un extraño, curioso y expectante, y como el río me queda a pocos pasos, me encamino hacia él; voy triste, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha, la vieja maleta sobre mi hombro; no sé qué pensar, con perdón de la palabra, este madrazo que recibí de mi exmujer no lo esperaba. A veces lo que uno piensa que está más oculto es lo que más sale a la luz, yo que regresé a mi pueblo a gozar mi jubilación veo que las cosas se complican, ni hablar… así es la vida.

Al poco caminar recorriendo las calles, pienso si hice bien o mal en regresar a la aldea, de pronto veo algo que me llena de alegría y mi corazón se alborota dando un giro total a mi estado de ánimo pesimista, y no es para menos, ya que tengo frente a mí una vieja ceiba que parecía olvidada, dispuesta a la orilla del río con su ramaje caduco y envejecido. Bajo su sombra mi madre me dio a luz hace 75 años, recuerdo que me platicaba, cada vez que venía con ella a llevar agua del río, allá en mi lejana juventud, que bajo esta hermosa sombra nací en un airoso mes de otoño, cuando las hojas de sus ramas caían como confeti. Siempre le estuve agradecido a este árbol por guarecer a mi madre en aquel trance maternal y ahora que lo veo quisiera abrazarlo, pero la cordura me detiene, qué alborozo siento al estar otra vez en el lugar donde tuve mi primer llanto, el que se esparció por las montañas. Imposible evitar que las lágrimas afloren y mi corazón se acelere.

Después de tener esos bonitos recuerdos, que son como un bálsamo para mi alma errante y peregrina digo, creo que valió la pena regresar, aunque las cosas no sean como esperé.

Me siento cansado y adolorido del viaje y extraño mi siesta. Me dirijo al centro de la aldea, ya pasa del medio día, la plaza del pueblo se ve solitaria, pues su gente siempre ha sido muy trabajadora, a esta hora continúan laborando en las plantaciones de la montaña. Solo encuentro personas de la tercera edad sentadas en unas raídas bancas de madera, a la sombra de unos altos tabachines con abundantes flores color naranja, que hacen juego con los azafranes silvestres.