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En un ventoso día de febrero, la autora de Nunca te hagas librero, editora y escritora, negoció la compra de una librería en el ensanche coruñés creyendo que con su nueva adquisición completaba una trilogía de deseos. El asunto es sencillo: se equivocó. Y una vida de relativa tranquilidad se convirtió de la noche a la mañana en una estancia de larga duración en celda compartida con el conde de Montecristo. Las reflexiones contenidas en estas páginas sobre la lectura, los lectores, los libros, los libreros/as y las librerías, gracias al tono irónico que la autora aplica tanto a sí misma como a lo que se cuenta, pierden ese aire luctuoso y pesimista, característico de los relatos de meteduras de pata, para ganar a cambio un espacio de intimidad y complicidad con el lector. Según la autora, la librería no es la dedicación más romántica del mundo, ni tampoco la piedra que Sísifo carga a diario como una penitencia. Es sobre todo la consecuencia de una suma de dos elementos: vocación con conocimiento y negocio. Ningún librero/a se pasa la vida enterrado bajo una pirámide de libros leyendo sin descanso título tras título, mano sobre mano. Todos suman y restan. Todos abren y cierran cajas. Todos pelean con una clientela infiel a la que es preciso retener para cuadrar la caja. Y mientras todo esto ocurre, ellos y ellas se van enamorando o desenamorando de su profesión como cualquier otro ser humano.
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Seitenzahl: 267
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Cecilia Monllor
NUNCA TE HAGAS LIBRERO
Primera edición en esta colección: mayo de 2021
© Cecilia Monllor, 2021
© de la presente edición: Editorial Alfabeto, 2021
Editorial Alfabeto S.L.
Madrid
www.editorialalfabeto.com
ISBN: 978-84-17951-21-4
Ilustración de portada: Alba Ibarz
Diseño de colección y de cubierta: Ariadna Oliver
Diseño de interiores y fotocomposición: Grafime
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
A mis padres, Paco y Cecilia, primeras personas en impulsar una vocación temprana en vivir del cuento.
Para Antón Gómez Vilasó, librero celestial.
A mis colegas, libreros y libreras, que dan consejos gratis a todo el mundo sin dejar de ser al mismo tiempo «el burro de carga del sector del libro» (palabra de David Garnett). Con mi admiración, devoción y respeto.
Es muy pobre la memoria que solo funciona hacia atrás.
LEWIS CARROLL
Mientras dure la vida, sigamos con el cuento.
CARMEN MARTÍN GAITE
A las cinco de la tarde, después de la siesta, ya estaba instalada en el desván con el cuaderno abierto de par en par y mis ganas de mandar intactas. Cada una de nosotras: mi hermana, las dos hermanas sevillanas y yo, teníamos que crear una historia y dejarla en suspenso cuando tocara la hora de la cena. La mía trataba de una familia numerosa, Los Miranda, cuyo hijo mayor, Javier Miranda, sin segundo apellido porque no se me había ocurrido ninguno satisfactorio, era el héroe de todas las aventuras que cada día escribía. Los primeros días de vacaciones, las cuatro, cada una en su cuaderno de dos rayas (luego yo sola, cuando las otras tres desdeñaron desperdiciar el tiempo en escribir historias que nadie, aparte de unas niñas de once y doce años, iban a leer), pasábamos las horas inventando y discutiendo tramas.
En aquel tiempo de libertad absoluta aún no había llenado mi cabeza de las tonterías que, conforme cumpliera años, me harían dudar de mí misma y me robarían gran parte del disfrute lector. Entonces me gustaba todo: el internado de Torres de Malory, las correrías de La flecha negra, Sissi, Las aventuras de Tom Sawyer, Mujercitas, Los hijos del capitán Grant, Pollyanna, Puck, Kim y Corazón. Podía zambullirme en cada una de estas historias sin ningún prejuicio, con el único solivianto de tener que cubrir un sinfín de frentes. Así que para localizarme, en el remoto caso de que alguien me buscara, no hacía falta irse lejos porque, allí donde hubiera un libro interesante, según mi poco riguroso criterio, estaría la individua, tendida, sentada o encorvada como el jorobado de Notre Dame, sin importar la localización: dormitorio, garaje, salón, salita, baño, porche, aseo, cocina o incluso el trastero si había demasiado movimiento fuera.
Desde niña estoy enganchada a vivir del cuento y nada puede trastornarme más que una obligación incompatible con el ansia de leer. Mi historia ha discurrido con la falsedad del que hace promesas, a sabiendas de que va a incumplirlas: «Prometo apartarme de los mamotretos y dedicar tiempo a lo que todo el mundo». Bla-bla-bla. Un cúmulo de mentiras y cero arrepentimiento.
Si he pagado mucho o poco por la felicidad de haber leído tanto y tan variado, en una dimensión estrictamente diferente a la alegría, más como sinónimo de culminación, de iluminación, de apertura o de sensación de ser anegada, no se me ocurre una manera pragmática de cuantificarlo. Soy consciente de que, por cada elección o descarte que hacemos, pagamos un precio y a cambio obtenemos una recompensa. El peaje abonado por equivocar la puerta y colarme en los dos solares vecinos de la librería y la edición, ya lo he satisfecho con creces. No me he hundido en ninguna ciénaga y sigo a flote. Lamento echarme una flor tan pronto, pero he sido lista porque, si quieres perder la tranquilidad y vivir en el purgatorio, basta con mantener la esperanza intacta y no hacer nada. Mano de santo. Esperas todo lo esperable y pronto la vida resulta tan apetecible como una maratón de sesiones televisadas del Congreso de los Diputados, hundida en el sepulcro del sofá.
Claudicar tiene cierto aire de nobleza. Hasta aquí, dije.
Y por hacer algo prosaico me asomé a la ventana y seguí el vuelo de una gaviota planeando en el cielo.
Se nos olvida con cierta frecuencia, pensé, que solo contados hechos en la vida son de verdad trágicos, el resto es pasar. «Pasar haciendo caminos» versificó el poeta andaluz. Me fui (metafóricamente) de un sitio y aterricé en otro, dentro, con, en y para la literatura. Mi hogar. Mi primer amor. La literatura es ese lugar sin verdades únicas donde yo encajo como una llave maestra. ¿Y? Y nada más.
Hasta podía ser el epitafio de mi tumba.
La cuestión es que no quiero estar en ningún sitio de este mundo donde haya una lápida, salvo en el relato universal. Por los siglos de los siglos.
—¿Se puede?
Me habría gustado responder: ni se puede ni se podrá jamás, pero tengo que atenderte porque, si no, inundarás mi librería con tus malditas novedades.
Me limito a un semiefusivo:
—Adelante, pasa.
Se me da de maravilla disimular mi naturaleza gruñona con los extraños. El comercial lanza un socorrido anzuelo:
—Te he traído un regalo.
Ya, ya —barrunto para mí—, uno de tus caramelos envenenados con el que pretendéis vender unos cuantos kilos de alguna cosa que tenéis a espuertas. (Represento a la perfección el papel de víctima.) Le indico con un gesto explícito que se siente en la silla vacía, lo cual hace con cierta parsimonia, como un faquir entretenido en comprobar si le han puesto suficientes clavos. Me conoce. Antes de que pueda meter baza y lanzar un dardo malévolo, agrega:
—Y además traigo algo especial para ti.
Llave de apertura impecablemente colocada.
Según el fenicio, en cuanto le entregaron ese «algo especial», supo que encajaba a la perfección en mis rarezas. Se le pueden objetar ciertas deficiencias a este hombre, pero no su perfecto adiestramiento en detectar de qué pie cojea cada librero; el suyo es un olfato afinado en el tira y afloja de los tratos comerciales, y así lo he comprobado en el transcurso de nuestras numerosas interacciones comercial-librera. Por lo visto es un regalo de Mauricio Bach, el nuevo editor de Ariel (el del momento, no el de ahora). Desde su cuidada mano de hombre que tiene en estima la pulcritud, me alarga un pequeño folleto de 17 cm × 12 cm.
Lo recibo con curiosidad.
A primera vista me agrada el papel de aguas azules, como salido de los estantes de un comercio florentino de via dei Fabbri. En medio de la portada luce un pequeño recuadro blanco con el título y el nombre del autor y, debajo, el nombre de Ariel.
Aunque el opúsculo lo escribiera David Garnett en 1929, cuando ni siquiera mis padres habían aparecido en escena, queda claro que la destinataria del texto, dedicado al librero desconocido, soy yo. Y el astuto comercial lo sabe: «Nunca te hagas librero».
Francis Scott Fitzgerald mantuvo con su hija Scottie una nutrida correspondencia en la que vertió numerosos consejos de padre experimentado. Algunas advertencias paternas, como la de no preocuparse por las desilusiones o por el fracaso, a menos que ella tuviera gran parte de responsabilidad en el batacazo, suenan a consejo de padre estándar. Pero el autor de El gran Gatsby, con envidiable lucidez, avanza un paso en la tiniebla y sugiere a su hija la solución definitiva: ponerse a salvo a sí misma haciendo todo lo que ellos (dos modelos de progenitores desastrosos) no han hecho. ¿Y qué opina la hija de las advertencias y reflexiones desgranadas con ánimo de rescate, de una carta a otra, por ese padre abocado a una prédica en el desierto? Ella misma nos lo relata en el prólogo de Cartas a mi hija. Los hijos rara vez hacen caso a sus padres. La idea en sí misma resulta chocante, un espejismo. No importa la sensatez y la inteligencia del consejo porque nadie escarmienta en cabeza ajena.
¿Acaso alguno de vosotros pondría objeción a lo que Fitzgerald le escribe a Scottie?:
«Todo pasa por ser fiel a algo que crece y cambia a medida que avanzas… Tienes que tomar el camino correcto en los cruces principales: el precio de extraviarte una vez son años de desdicha».
¡Claro que no! Un consejo tan bueno es como para tatuárselo en la frente. ¿Quién no ha padecido las consecuencias de extraviarse en un cruce? Pero, como ya supondréis, la historia de los Fitzgerald no es una rareza de catálogo, sino más bien todo lo contrario, remite a las reiteradas y loables intentonas de los progenitores por meter en vereda a su prole. Y, según la experiencia universal, con escaso o nulo éxito.
Unos que probaron suerte, a sabiendas de que tocaban en hueso, fueron los padres del escritor británico David Garnett. Con firmeza y severidad le conminaron a que nunca intentara escribir y, sobre todo, insistieron, a que nunca se dedicara a la edición o al comercio del libro.
La advertencia de los Garnett cayó en saco roto porque David se hizo librero, después editor y finalmente escritor. Y sus progenitores poco pudieron chistar porque pertenecían al gremio. De ahí la sensatez del aviso. Nos cuenta David que, pese a haberse criado entre una edificante confusión de libros, manuscritos y diccionarios y haber conocido en toda su vida una cantidad de distinguidos autores, no sabía prácticamente nada del sector del libro. Desoyendo los consejos de padre y madre, propuso a su amigo Francis Birrell asociarse con él y alquilar un local en una calle apartada de Londres. Así fue como los dos incautos se lanzaron a vender libros nuevos y de segunda mano, ingleses y extranjeros, decididos a hacerlo todo de golpe, partiendo de un capital de novecientas libras. De esta guisa empezó su entrenamiento librero, averiguando dónde comprar cordel y papel de envolver y cómo hacer paquetes.
Pasó el tiempo y empezaron a llegar clientes con cuentagotas. Según su testimonio, no contaban con ningún ayudante y trabajaban a destajo. Pronto aprendieron que un librero dedicado a la venta de libros nuevos tiene que trabajar muy duro, que la mitad del tiempo no cubre gastos y que es un criado al que se le supone la obligación de dar consejos a todos los clientes de forma gratuita. Tres cuartas partes de su tiempo trabajaban para nada (y, como todos los libreros, estaban orgullosos de ello). Luego recibían un gran pedido, embarcaban una caja de hojalata llena de globos terráqueos rumbo a Palestina o a la India y volvían a respirar.
Al darse cuenta de que se arruinarían si trataban de conservar una gran cantidad de libros nuevos en stock, se limitaron a reunir una buena colección de libros nuevos extranjeros y un inventario considerable de libros antiguos.
Durante años, David Garnett y Francis Birrell fueron de esos libreros con más paciencia que un santo, adscritos a la clase de profesionales que trabajan a destajo por exiguos beneficios y dan consejos gratis a toda la gente de su ciudad, sin dejar de ser «el burro de carga del sector del libro».
Cierto tiempo después, David vendió su participación en la librería, abandonó la edición y se hizo escritor. Y, como si el tiempo borrara todo rastro de sensatez y sentido común, el bueno de David tenía previsto sermonear a sus hijos con el mismo consejo recibido de sus progenitores, salvo por la adenda propia, aún más apocalíptica: «Sobre todo nunca te hagas librero. Esto es lo peor de todo: el trabajo más duro y el peor pagado», pensaba recalcar.
La que sigue es mi historia, parecida a la de David, pero sin socios ni cargamento de globos terráqueos enviados a Palestina. Esta es mi historia y la voy a relatar para que todo cuanto he conjeturado y aprendido sobre libros, librerías, libreros y lectores no se quede en el limbo. Aunque bien sé que mi experiencia de poco servirá porque, en este preciso momento, un librero o una librera parecidos al dúo Garnett/Birrell (o a mí) estarán ultimando los preparativos para abrir su preciosa librería al público.
Pero, por aportar algo alejado de este tufillo oracular, confesaré que unos días de reflexión en compañía de un cuaderno donde apuntar las respuestas a las preguntas de oro: ¿para qué?, ¿con quién?, ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿dónde? y ¿por qué?, me habrían hecho mucho bien. Es posible que la decisión de ser librera la hubiera tomado igual, pero al menos me sentiría con más peso, menos Gollum (¿dónde está el anillo?) y más Gandalf («Este es el Anillo del Fuego, y con él tal vez puedas reanimar los corazones y procurarles el valor de antaño en un mundo que se enfría»). Y un detalle último: si queréis ofrecer buenos consejos, esperad a que os los pidan y, aun así, resignaos a que toda vuestra sabiduría y experiencia resbale al solicitante. Para mí lo sensato fue vender la librería a otro librero. Como David. Pronto sabréis por qué.
Mi cliente se llama Enrique, eso pone en el registro de clientes. Es arquitecto y lee casi todos los días (increíble la cantidad de información superflua que se obtiene de insulsas conversaciones). Tiene algo de sobrepeso, viste a lo arquitecto y algo trágico debió de ocurrir en su infancia o en la genética de sus ancestros para que parezca tan amargado (conclusión de un trato demasiado frecuente para mi gusto). Hoy tiene el día malo. Exige in situ una aclaración sobre qué entiendo yo por un librero como Dios manda. No dice librera sino librero, como si yo fuera una de las mujeres barbudas de La vida de Brian.
Su pregunta, me temo, es retórica, en absoluto pretende aclaración o turno de réplica. Finaliza en sí misma y sus razones, dice, son de diversa índole:
— El pedido se ha retrasado…, ergo: somos unos incompetentes.
— Ha llamado seis veces antes de verse obligado a venir en persona y no le hemos cogido el teléfono…, si no tengo suficiente personal, ya puedo echar la persiana. ¿Para qué sirven los emails si no los contestamos en un minuto?
— Nunca tenemos los libros que él busca. (No lo especifica, pero podíamos contratar a un adivino.)
— ¿Por qué cerramos a las 20:00 y no a las 20:30 como todo el mundo?…
¿Será porque me da la gana a mí, que soy la que mando entre estas cuatro paredes?
En definitiva, para él soy una incompetente gobernando a otro hatajo de incompetentes.
¡Ah! Y no tengo la menor idea de cómo funciona una buena librería. Tendría que informarme mejor antes de abrir un negocio. Como dato adicional, agrega, esta librería, la vilipendiada, la mía, la va a abandonar ipso facto. Bastante desgracia ha tenido con cedernos su valiosa confianza durante apenas unos meses. Estamos tachados.
Qué es un librero, me pregunto:
¿Una especie de cartero que entrega mensajes?
¿Un adivino consultante de una bola donde puede ver lo que hay dentro de cada uno?
¿Una variante de biblioterapeuta que receta lo que viene bien o mal a cada persona en cada momento?
¿Un sabelotodo que te coloca lo que le gusta y no lo que el lector en realidad ha venido a buscar?
¿Una especie de doctor Pedro Recio que juzga muy negativamente las actitudes del lector?
¿Un apostador profesional?
¿Un estudiante aplicado de la escuela de libreros que se apresta a poner en práctica sus conocimientos?
¿Un vendedor de mercancías, ajeno por completo a los productos que vende?
¿Un sujeto que heredó la librería?
¿Un empleado de librería al que dejan en la calle y no sabe hacer otra cosa que vender libros?
¿Un romántico empedernido?
¿Un flojo que se conforma con que los libros entren y salgan de su establecimiento?
¿Un plómez1 de la lectura y de sus bondades?
¿Un prescriptor?
¿Un predicador con un púlpito de papel?
¿Un agitador?
Aunque tengo tiempo de sobra para especular, voy a ser práctica, como hacen los bustos parlantes de los canales temáticos de internet y la televisión donde explican cualquier habilidad en un paso a paso que entendería hasta un niño de cinco años.
El librero/a es una persona con dos habilidades básicas: saber sumar y restar y saber de libros. Con este equipaje y poco más, se puede uno ganar la vida al frente de una librería. Si le falta uno de los dos componentes, o contrata los servicios de una gestoría o contrata a otro librero más preparado. Y si por alguna razón no entiende esta sencilla regla, pronto más que tarde echará la persiana o se la echarán los proveedores, los bancos y otras almas tan cansinas como eficaces.
Y aquí podría terminar el asunto y no pasaría nada porque la mayoría seguiríais en la inopia acerca de los misterios de este oficio. Pero no lo voy a aparcar en este arranque tan soso porque hay historia para rato. ¿Y eso?, os preguntaréis. Me da pereza meterme en estos embolados de preguntas retóricas pero soy así: impertinente y muy dada a estar aquí y allí; soy autora y lectora, y como lectora me pregunto: si vamos a seguir en la inopia, ¿qué se me ha perdido a mí en este libro? Aquí estoy siendo como una púa de erizo traicioneramente clavada en la planta del pie. En fin, nadie me ha mandado dar explicaciones, salvo yo, pero voy a salir lo más airosa posible del autoembolado: tengo mi propia versión de qué es un librero/a; no obstante, me he decidido por una apertura de cierto nivel cultural que evite vuestra deserción en masa hacia otros destinos literarios más apetecibles.
Quedaos, allá vamos, sin dilación.
La condición de librero/a goza en nuestra cultura de una larga tradición literaria y cuenta con toda clase de argumentos, a favor o en contra de la profesión.
Como punto de partida examinemos la teoría de Eugene Field, autor de principios del siglo XX:
«[…] En su origen, la humanidad la formaban tres hombres, uno de ellos era el librero, el cual estableció relaciones cordiales entre los otros dos, diciendo: “Yo os serviré a ambos, provocando entre vosotros una demanda y una oferta”, y entonces el autor cumplió su parte y el lector la suya».
Este enfoque me recuerda al principio del Génesis: en el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.
Eugene, es obvio, escribía en esos tiempos que «tres hombres» representaban a todos y todas. Ahora habría tenido que reescribir su párrafo y readaptarlo a nuestras nuevas exigencias gramaticales:
En su origen, la humanidad la formaban tres hombres o tres mujeres, uno o una de ellos o de ellas era el librero o la librera, el cual o la cual estableció relaciones cordiales con los otros dos u otras dos diciendo: «Yo os serviré a ambos o ambas, provocando entre vosotros o vosotras una demanda y una oferta», y entonces el autor o la autora cumplió su parte y el lector o la lectora la suya.
Visto el resultado, me vais a permitir que siga con los viejos postulados gramaticales, tan ancianos pero tan prácticos; de otro modo os aburriréis y me abandonaréis. Yo lo haría sin dudarlo. Trataré, sin embargo, de que a nosotras se nos mencione tan a menudo como sea posible porque, de hecho, nosotras estamos en todas las salsas: escritoras, lectoras, libreras, editoras, agentes, distribuidoras, mensajeras, biblioterapeutas… Somos la madre del universo, pero voy a dejarlo en este punto porque noto que me aparto del tema y mis digresiones no tienen ni el brío ni la calidad que aportaba el clásico de la magdalena.
En oposición a Eugene, el autor de 1984, carente de la fuerza bíblica de su colega, vierte unas gotitas de cianuro diluido para disipar dudas: «La verdadera razón por la que no quisiera pasar mi vida vendiendo libros es que, cuando lo hice, perdí el amor que les tenía. Un librero se ve obligado a mentir sobre los libros, y esto le provoca aversión hacia ellos. Y peor aún es el hecho de estar constantemente quitándoles el polvo y acarreándolos de aquí para allá». Por si no hubiera sido concreto, añade: «Tan pronto como entré a trabajar en la librería dejé de comprar libros. Vistos en masa, cinco mil o diez mil a la vez, me resultaban aburridos e incluso levemente repulsivos. Ahora compro alguno, de vez en cuando, pero solo si es un libro que deseo leer y que no puedo pedir prestado, y nunca compro libros antiguos. El delicioso olor del papel viejo ya no me atrae. Lo tengo asociado con los clientes paranoicos y con las moscardas muertas».
Y ya está. ¡Menos mal que él era escritor y vivía de que otros vendieran con acierto sus obras!
Bien, pues el panorama desde los tiempos de Eugene y de Eric Blair (camuflado en el seudónimo de George Orwell) ha cambiado algo, no mucho. Como diría el príncipe Salina: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie».
En estos tiempos de tinieblas, en el que lo virtual tiene encandilada a la humanidad con una concatenación de mamarrachadas, inventadas a diario por una cotilla hueste de ingenieros e informáticos, también las palabras de Hamlet resuenan sobrias y proféticas: «Todo consiste en hallarse prevenido para cuando venga». Modestamente, yo me siento preparada porque tengo la fe del carbonero, aunque clientes como Enrique, y otros a su imagen y semejanza, lo están mucho menos. Tan jóvenes y esplendorosos, tan prestos para entender el uso de las cookies persecutorias y las aplicaciones que rastrean, informan y comparan sus hábitos con los de otros y voluntariamente entregan su alma para que la radiografíen y les sorprendan con el libro que ni siquiera sabían que deseaban. Los de las cookies, sí, y los incautos, no. Escucho entre bambalinas la conversación de una generación que reniega del papel y de lo poco eficaces que somos en comparación con Amazon. Si es que nos hemos quedado en el pasado, oigo cuchichear. Pero esto del pasado y el futuro es pura confusión según el príncipe Salina y según yo misma. No tendré estirpe aristocrática, pero sí sentido común. Por ejemplo, ¿habría alguien más idóneo en La Mancha para regentar una librería especializada en libros de caballería que don Quijote? Don Quijote, conversando con los clientes letrados y poniendo alguna objeción a ejemplares defectuosos, mientras Sancho se ocupa de los asuntos del peculio y tampoco se abstiene de opinar sobre el trabajo de su señor.
—Vuesa merced se equivoca adquiriendo tantos ejemplares del Amadís.
Una advertencia sensata de hombre con los pies bien pertrechados en la solera.
¡Soberbio el tándem al frente de una librería rotulada con un Dulcinea curvilíneo!
Así podría seguir con distintos ejemplos, pero el sentido común de antes me pone sobre aviso de que el tema no es este, sino quién puede representar el summum de la excelencia librera. Cavilo y cavilo y lo único que aparece de sopetón, en el fondo de mi conciencia, se asemeja bastante a la arenga del padre de Natalia Ginzburg a su prole durante el paseo por la montaña de los domingos: «Os aburrís porque no tenéis vida interior». ¿Y si carezco de vida interior y eso impide que surjan ejemplos de excelencia librera? Para ser la venta de libros la diversión más celestial, según autores, no estoy encontrando buenos argumentos. Dudo que mi excliente se conforme con el desganado desempeño laboral de George Orwell o de James Salter, ambos libreros en sus años de juventud. Como me temo que tampoco apruebe los parcos modos del noruego Per Petterson en la librería donde trabajaba antes de que se mudara a la granja repleta de ovejas y patos (allí le habrá pillado el confinamiento durante la pandemia de la covid, ¡menuda suerte!), ni la parsimonia de Frank Doel, receptor de las misivas de Helene Hanff, la americana impaciente. Frank, el buscador eterno de libros perdidos por todas las mansiones de Inglaterra para esa excéntrica escritora que, a su vez, envía carne enlatada y medias de nailon destinadas a las chicas de la librería del 84 de Charing Cross Road.
¿Se merece el pobre Frank las imprecaciones de HH?
—¡Vamos, Frank Doel…! ¿Se puede saber qué HACE usted ahí? No veo que haga NADA, salvo pasarse todo el día SENTADO.
Y todavía, dicho lo dicho, Helene se permite añadir:
—¡Ande, no se quede ahí sentado! Vaya a buscarlo. La verdad es que no sé cómo puede seguir funcionando esa tienda.
Así y todo, Helene resulta mucho más comedida con Frank que Enrique conmigo. Al menos HH no se mete con los horarios del señor Marks y manda paquetes de comida de regalo. Además, se mantiene fiel a su librería hasta el final. ¿Me ha regalado Enrique siquiera un cúter o una regla de sobra? ¡ Jamás! Solo le ha parecido prioritario cantarme las cuarenta en persona para que no se pierda ni un eco de la reprimenda.
Si la metomentodo Emma Woodhouse, protagonista de la célebre novela homónima de Jane Austen, en lugar de modesta terrateniente hubiese sido librera, tal vez ella sí que habría alcanzado el estándar de competencia requerido. Emma, después de un intenso, y no profundo, análisis de la persona de mi ya excliente, habría averiguado qué incendio provocar en su tumulto emocional. Eso le habría gustado a Enrique, al que presiento falto de un amor sincero y abnegado que absorba esas andanadas de insatisfacción crónica.
¿Y del orden espiritual qué?, porque no todo puede ser terrenal. Dejadme pensar. Ajá: tengo en mente al candidato perfecto, san Juan de Dios, el librero santo. No me cabe duda de que, a fuerza de oración y humildad, el fundador de la Orden de los Hermanos Hospitalarios transmitiría al susodicho buenas enseñanzas sobre la paciencia. ¡Ay, Enrique, si hubieras leído unas cuantas vidas de santos, como yo misma, no estarías tan malhumorado ni tan revenido! Si dejaras los planos un rato y prestaras atención al santo, con sumo gusto este hombre de Dios habría encontrado entre las gangas de su establecimiento granadino lecturas provechosas para tan maltrecho espíritu.
En fin, percibo que con tanto salto de un siglo a otro he dejado al pobre Eugene Field solo en sus reflexiones libreras.
Volvamos a él.
Sostiene nuestro autor que, «por la propia naturaleza del oficio, los libreros son tolerantes». En este asunto voy a ser menos caritativa que esta alma bondadosa. Si bien los libreros de ficción, con excepciones, parecen ser muy tolerantes, los de carne y hueso no lo somos tanto, o no todos, al menos. Algunos especímenes de la profesión nos volvemos como Samuel, el cascarrabias protagonista de Una desolación: «Día tras día el mundo me ha empequeñecido». Para estos pesimistas, que no realistas, porque ser realista y optimista parece un oxímoron como la «soledad sonora» de san Juan de la Cruz, la vida de librero se parece a la inutilidad de subir y bajar a diario el pedrusco de Sísifo: los libros llegan, los libros marchan. Todo recuerda a la marcha fúnebre de Chopin: tan, tan, tan, tan, tan y vuelta a empezar.
En mi opinión, nuestro autor se expresa de forma genérica por su simpatía natural hacia el librero/a como personaje. Con su buena predisposición hacia nuestra profesión, no me cabe duda de que habría aprobado la audaz decisión de Francesca Aldo-Valbel, librera de ficción, de crear un negocio donde solo se vendan obras maestras seleccionadas por un comité de lectura secreto. Tampoco Eugene habría concedido demasiada importancia al hecho de que los integrantes del comité secreto fueran cayendo como moscas asesinato tras asesinato. Los malos existen, ¿verdad, Eugene?
En cuanto a poner objeciones al errático Tom Wood, que descubrió a Poe a los cuatro años de la mano de su tío Nat, pues no, no lo creo. El propio Nat se pregunta cómo ha podido acabar esta lumbrera, un chico tan prometedor, en la librería Brightman’s Attic de Brooklyn, propiedad de Harry. ¿Cómo no va a hacer la vista gorda nuestro bienintencionado escritor?
Por el contrario, Roger Mifflin, cincuenta por ciento de la ficticia Librería Parnaso, es de la opinión de que, aunque alguien se adjudique a sí mismo la condición de humano, «ninguna criatura posee el derecho a creerse un ser humano a menos que esté en posesión de un buen libro».
¡Ay, Roger, qué bonito pero qué falso! Se nota que no te has parado a reflexionar en el acervo de pérfidos y pérfidas que acumulamos en la contemporaneidad. No me pidas, Roger, nombres porque no es cuestión de escribir la guía de teléfonos de São Paulo. Pregúntale su opinión a Helen, tu media naranja. Al haber sido granjera antes que librera, te puede detallar todos los fenómenos de la naturaleza que tú pareces desconocer. Reconozco, eso sí, que tu teoría sobre los lectores corrientes es de lo mejorcito que he leído: «Es preciso ir a visitar a la gente personalmente, llevarles los libros, hablar con los profesores y presionar a los editores de periódicos locales y revistas agrícolas y contarles cuentos a los niños. Y entonces, poco a poco, uno empieza a lograr que los buenos libros circulen por las venas de la nación. ¡Es una gran labor!». Ese espíritu, Roger, El Pelirrojo, lo comparto de principio a fin. También es el mío. Ahí sí has estado certero describiendo la excelencia librera, pues un ser que ama los libros difícilmente se morirá de hambre. Algo se le ocurrirá.
Entra dentro de lo posible que ninguno de mis ejemplos agrade a Enrique, el excliente. Pues lo siento porque las ideas se acaban. Como bonus extra propongo la lectura de cualquier novela de Leonardo Padura porque le permitirá entrar de puntillas en uno de los almuerzos/cenas/banquetes en la casa de El Flaco, donde siempre hay unos cuantos huevones alrededor de la mesa aguardando como agua de mayo los platillos de Josefina, la mamá de El Flaco. Enrique, hombre, no te va a pasar nada por esperar sentado a que El Conde acabe de localizar primeras ediciones y libros raros olvidados en viejas casas de postín habaneras, porque de algo tiene que vivir el excomisario.
Y como renuncio a seguir mareando la perdiz concluyo con una sabia reflexión que no sé si me ha ocurrido a mí o es de otra persona: ¿para qué continuar albergando el vano anhelo de contentar a la totalidad de los clientes? Es una batalla perdida propia de ilusos. Cuando se asume la feliz idea de «a tomar viento fresco» desaparece cualquier necesidad de justificación.
