Octavio Paz y el Reino Unido - Alejandro González Ormerod - E-Book

Octavio Paz y el Reino Unido E-Book

Alejandro González Ormerod

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Beschreibung

Octavio Paz y el Reino Unido es una obra que reúne varios ensayos sobre el paso del poeta por la Cátedra Simón Bolívar en la Universidad de Cambridge, tratando a detalle los factores que lo llevaron a permanecer ahí, además de analizar con detenimiento uno de los libros más inclasificables de toda la obra paciana: El mono gramático.

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Seitenzahl: 219

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Octavio Paz (Ciudad de México, 1914-1998) fue un hombre de letras total: poeta, narrador, ensayista, traductor, editor de revistas y gran impulsor de las letras mexicanas. Fue parte del cuerpo diplomático de México, lo que lo mantuvo siempre en el centro de la discusión artística, política y social del país. Recibió las más renombradas distinciones literarias, como el Premio Nobel de Literatura en 1990.

VIDA Y PENSAMIENTO DE MÉXICO

OCTAVIO PAZ Y EL REINO UNIDO

Octavio Paz y el Reino Unido

PrólogoDIEGO GÓMEZ PICKERING

IntroducciónENRIQUE KRAUZE

CoordinaciónALEJANDRO GONZÁLEZ ORMEROD

Primera edición, 2015 Primera edición electrónica, 2015

Diseño de portada: Paola Álvarez Baldit

Fotografía de portada: Octavio Paz en Cambridge,abril de 1970. Foto: Sara Facio.

D. R. © 2015, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes Dirección General de Publicaciones Avenida Paseo de la Reforma, 175, Col. Cuauhtémoc, 06500 México, D. F.www.conaculta.gob.mx

D. R. © 2015, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-3399-6 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

NOTA EDITORIAL

Como parte de las actividades por el Año Dual México-Reino Unido, la embajada de México en Londres organizó en la British Library, el 13 de abril de 2015, un seminario sobre Octavio Paz en el que reconocidos escritores mexicanos e hispanistas británicos abordaron un periodo poco estudiado en la vida del poeta y las conexiones que estableció con la literatura y la academia del Reino Unido. El resultado de esa jornada se condensa en este libro que, por iniciativa de la embajada —especialmente de Diego Gómez Pickering, Alejandro Estivill Castro y Stephanie Black— y con el apoyo del Conaculta, ve la luz para celebrar la faceta británica de Octavio Paz.

ÍNDICE

Prólogo. Cambridge o el año perdido de Paz, Diego Gómez Pickering

Introducción. Octavio Paz en tierra inglesa, Enrique Krauze

HISTORIA: LA RELACIÓN OCTAVIO PAZ-REINO UNIDO, ANTES, DURANTE Y DESPUÉS DE 1970

La revolución romántica de Octavio Paz, Alejandro González Ormerod

Octavio Paz en la Universidad de Cambridge: su amistad con Charles Tomlinson y una lectura de El mono gramático, Anthony Stanton

Puntos en el tiempo, Michael Wood

POESÍA: INFLUENCIAS ARTÍSTICAS BRITÁNICAS EN LA OBRA DE PAZ

La blanca rosa en remolino, Coleridge y Paz, Pedro Serrano

Desde la ventana del colegio, Jason Wilson

REMINISCENCIAS PERSONALES: AMIGOS, COLEGAS Y COMPATRIOTAS, VOCES DESDE LA ISLA

Una facultad aristocrática, Anthony Rudolf

Una carta de Octavio Paz, Michael Schmidt

Octavio Paz en Cambridge, 1970: reflejos e iteraciones, Richard Berengarten

Las palabras del árbol, Elena Poniatowska

Octavio Paz, viaje al oriente de sí mismo, Homero Aridjis

Octavio Paz desde Londres, 2015, Christopher Domínguez Michael

PrólogoCAMBRIDGE O EL AÑO PERDIDO DE PAZ

DIEGO GÓMEZ PICKERING

LA FIJEZA ES SIEMPRE MOMENTÁNEA1

El magnolio vecino del río rebosa de flores, señal inequívoca de que la primavera finalmente ha desembarcado en este pueblo universitario con aires de ciudad. Poco, casi nada, ha cambiado desde la última vez que cobijó a Octavio y a Marie Jo en los albores de la década de 1970, irguiéndose como cómplice silente de los vericuetos de un camino indómito que inició en la India y recorrió medio mundo. Un mundo distinto del que imaginó, del que imaginamos, y que tiene su capital en Galta. Una postal inmutable de sueños pero también de miedos. Es, en sí, un laberinto de la soledad.

“Bajo ese árbol fue que lo conocí”, explica Stephen, uno de los pocos pero constantes alumnos que se enrolaron en aquel invierno de 1970 en la Cátedra Simón Bolívar, que en Paz encontró a su segundo y quizá más emblemático ocupante. “Fue una escena de constante contemplación”, reflexiona el ahora sexagenario sobre esa primera imagen tan simbólica del paso de Paz por Inglaterra, que trascendió su admiración por D. H. Lawrence y su relación epistolar con Charles Tomlinson, para aterrizar en Cambridge, en ese pequeño jardín de casi perfecta arquitectura de paisaje. “El magnolio —explica Stephen— le recordaba a los banianos del jardín de su casa en Nueva Delhi.”

La Cátedra Simón Bolívar tuvo con Paz su sede en el Winston Churchill College de Cambridge, uno de las decenas de colegios mayores que conforman el complicado enramado burocrático y académico de una de las universidades con mayor tradición del mundo occidental. Creado en octubre de 1959 con fondos provenientes de los países de la entonces Mancomunidad Británica de Naciones, se pensó como un homenaje a la figura del icónico primer ministro del Reino Unido por su papel, casi mesiánico, durante la segunda Guerra Mundial, y con la intención de traer a suelo inglés lo mejor de la élite intelectual del planeta. Con el impulso, entre otros, de George Steiner, durante su primera década el Churchill College abrió sus puertas a profesores y académicos invitados de todos los rincones del orbe; quienes permitieron inserir el joven legado de sus aulas en los milenarios muros de conocimiento de Cambridge.

Cuando Octavio vivía el doloroso desprendimiento de la India que lo marcaría por el resto de su vida personal, profesional e intelectual, fue precisamente Steiner quien dirigió una carta al rector de la universidad recomendando se invitase a Paz a ocupar la Cátedra Simón Bolívar para Estudios Latinoamericanos en el Churchill College. “Es del talente de Neruda y de Borges”, escribió Steiner el 18 de octubre del fatídico 1968 describiendo a Paz. “Debemos recibirlo aquí”, concluyó casi salomónicamente. Las peticiones que se sumaron a la de Steiner llegarían a buen oído y el 7 de enero de 1969, Eric Ashby, vicerrector de Cambridge, firmaría la misiva final ofreciéndole a Octavio venir a la universidad y ocupar la cátedra. Paz tardaría casi un año en desembarcar en la Gran Bretaña, el camino apenas lo iniciaba y sin rumbo fijo.

“Camino: lenguaje que se bifurca sin cesar y que no va a ninguna parte, salvo al encuentro de sí mismo. Pero ¿qué es ‘sí mismo’?... El mono gramático no es un relato ni un cuento; sin embargo, nos cuenta algo.”2 De esta forma definió Paz una de sus obras quizá más cautivantes y razón misma de su paso por Cambridge. Una analogía de la importancia de su año en la ciudad británica lo dice sin decirlo; importancia implícita de un año en la vida de Paz tan desconocido como el camino que lo llevó a él. En Cambridge, Paz hubo de encontrarse consigo mismo, con la India y con México: “escoger el camino [...] (inventarlo a medida que lo recorro) [...] tampoco sabía adónde iba ni me preocupaba por saberlo. No me hacía preguntas: caminaba, nada más caminaba, sin rumbo fijo. Iba al encuentro [...] El camino también desaparece mientras lo pienso, mientras lo digo”.3

Desde la ventana del apartamento número 5 del edificio Shepherds se alcanza a ver el magnolio pero también algunos pinos y almendros, así como el largo prado, ahora verde y salpicado de gente pero seco y desolador en los inviernos, que converge allende el horizonte con el río. Desde esa ventana se encontró Paz con Cambridge en enero de 1970; desde ahí vio reverdecer las ramas en la primavera y alcanzar su plenitud en el verano. Desde ahí presenció la muerte lenta que empieza con el caer de las hojas en el otoño y se despidió recién comenzado el invierno. Desde ahí continuó el camino que lo trajo de India y lo llevaría a México.

“Quizá la realidad también es una metáfora (¿y de qué y/o de quién?). Quizá las cosas no son cosas sino palabras: metáforas, palabras de otras cosas.”4 El año que Octavio compartió con Marie Jo en Cambridge fue de necesaria introspección. Cambió la ajetreada vida social y cultural que tuvo por casi seis años en Delhi por el ascetismo del campus universitario. Conversaba, disfrutaba de la gente, se escapaba con “resplandor” a su amada Francia; pero invariablemente, antes o después de sus conferencias magistrales, entre comidas y entre sueños, quienes lo acompañaron, casi perennemente, fueron sus pensamientos. El periplo previo a su llegada entre varias ciudades estadunidenses y alguna escala francesa continuó, al menos, a través de una intensa dialéctica interna, reflejada en esa mirada tan suya. Una mirada que si bien reparaba en la frondosa naturaleza que rodea al colegio y en alguno de los estudiantes que lo acechaban con preguntas, hablaba de una mente en constante diálogo consigo misma. “Fue de un carácter casi ermitaño, de largas caminatas pero de pocos amigos; del salón de clase a la biblioteca y de ahí a su departamento”, afirma el desgarbado archivista a cargo del acervo histórico del Colegio Churchill sobre el inusitado aislamiento de Paz durante su paso por Cambridge.

En el archivo, resguardado en los confines de un edificio de estentórea arquitectura funcionalista, de particular profusión en la Inglaterra de inicios de los sesenta, se guardan lo mismo postales firmadas por Paz y Marie Jo con la imagen de la pirámide de Kukulkán que las notas manuscritas de Margaret Thatcher sobre uno de los discursos que dio con motivo de su visita a México en la primera parte de los años ochenta. Ahí podrían encontrarse las respuestas a las preguntas que nunca nos hemos hecho pero también, invariablemente, nuevas preguntas a partir de las respuestas que ya tenemos. “Quizá con quien más interactuó fue con su pluma y el papel”, divaga en voz alta el archivista de dientes disparejos y cabellera grasa.

De sus doce meses en Cambridge, Paz se queda con un centenar de páginas, aquellas que componen El mono gramático. Para sus prologuistas, el libro que nace de las entrañas del Churchill College pero es concebido en Nueva Delhi

pertenece a la misma familia espiritual de textos tan emblemáticos como Nadja de Breton, Los cantos de Maldoror de Lautréamont o Aurelia de Nerval [...] es una pequeña obra maestra escrita en 1970. A camino entre el ensayo, la prosa poética y el relato, este libro es un texto fundacional dentro de las letras hispánicas.5

Para cualquiera que haya visitado sus páginas, es un viaje al interior del mundo de Paz en su momento más convulso pero también más luminoso. El mono gramático como camino para entender su evolución creativa y de pensamiento tras la escisión india. Ruptura que lo marcaría el resto de sus días y cuyo flujo lo siguió hasta el final, no es fortuito que su último libro publicado en vida fuese el brillante ensayo intitulado Vislumbres de la India.

“Dejé la India a fines de 1968 y un año y medio después, en el verano de 1970, escribí El mono gramático”, decía Paz sobre la única obra que produjo en su paso por suelo inglés, en un claro ejemplo de que la transición que vivió en la India y que lo acompañaría a la tumba fue medular en tanto existió Cambridge. La una sin la otra no se explica. Paz sin Cambridge no puede ni debe entenderse.

“La sabiduría no está ni en la fijeza ni en el cambio, sino en la dialéctica entre ellos”,6 “Ahora me doy cuenta de que mi texto no iba a ninguna parte, salvo al encuentro de sí mismo [...] Analogía: transparencia universal: en esto ver aquello.”7

Cambridge, verano de 1970

IntroducciónOCTAVIO PAZ EN TIERRA INGLESA

ENRIQUE KRAUZE

Octavio Paz, estoy seguro, hubiera estado particularmente encantado del encuentro conmemorativo llevado a cabo en la British Library. Quizá la cultura inglesa no fue su mayor amor —ese lugar, como lo sabemos, lo tuvo la cultura francesa— pero las letras inglesas fueron un amor temprano y, en muchos sentidos, un amor constante, permanente, y sujeto, me atrevo a pensar, a menos decepciones de las que, por motivos políticos y filosóficos, le deparó su apasionado vínculo con Francia.

Un grupo distinguido de autores analizó su obra esa tarde de abril desde la perspectiva inglesa: dibujaron su huella en Inglaterra y la huella de Inglaterra en su obra. Yo la veo muy clara en las estaciones de su poesía (la inspiración de Eliot, las novelas y aun las mitologías de Lawrence, para mencionar sólo dos ejemplos evidentes) pero lo parece menos en el ensayo y el pensamiento, donde la larga gravitación del marxismo y la posterior reacción crítica a esa corriente (ambas especialmente intensas en Francia) ocupó décadas de su vida. No obstante, la huella de los ensayistas, filósofos, moralistas, dramaturgos e historiadores ingleses está en sus libros y a Paz le importaba mucho que se reconociera.

Y Paz hubiera querido que esa tradición, a su vez, lo reconociera con mayor justicia a él como pensador. Recuerdo una queja suya, muy sentida: “Vea usted —me dijo— las grandes antologías del pensamiento, los libros de Quotations, las historias críticas de la literatura occidental, y comprobará que, fuera de Ortega y Gasset y Unamuno, la lengua inglesa no recoge el pensamiento de los ensayistas modernos de habla hispana”. Y no sólo los ensayistas modernos sino los autores clásicos. Está Cervantes —aunque menos de lo que merece— pero casi ningún otro autor del Siglo de Oro, incluyendo a Quevedo, Lope de Vega, Calderón o sor Juana. Quizá el extraordinario (y merecido) éxito de la novela latinoamericana acaparó la atención del público anglosajón, pero ocurrió a expensas de grandes poetas y originales ensayistas de habla castellana. La única y obvia excepción es Jorge Luis Borges (el más universalmente inglés de los autores latinoamericanos), pero Octavio Paz —su obra en prosa, sus teorías literarias y culturales, sus interpretaciones históricas, sus biografías literarias, sus vislumbres de Oriente, sus teorías del amor y el poder, sus reflexiones geopolíticas, no sólo sus obras sobre México— merecía la reivindicación que este encuentro representa.

Lo que lo hubiera entusiasmado más, estoy seguro, es la presencia de tantos amigos en torno a su obra y su magisterio. Por mi cercanía como secretario de redacción de Vuelta, me consta el entusiasmo con que leyó los libros clásicos de Hugh Thomas sobre España, Cuba o la historia del mundo (los discutimos mucho, y le pedimos a Hugh que escribiera sobre Cuba, cuando hacerlo era el mayor tabú). Recuerdo cómo festejó Moctezuma, Cortés y la Conquista de México. Me consta también su entusiasmo por la historia de las ideas que ha construido David Brading (no sólo para México sino para todo el orbe indiano), tanto así que Vuelta publicó uno de sus libros seminales: Profecía y mito en la historia de México. Me consta su agradecimiento a John King, por su magnífico libro sobre la revista Plural. Me consta la cercanía con Michael Schmidt (el hombre de letras mexicano-inglés a quien quería especialmente y que publicó mucho con nosotros). Me consta su lectura de los ensayos de Michael Wood (los discutíamos con Alejandro Rossi). Y me consta, en fin, su aprecio por los compatriotas que nos acompañaron ese día en Londres. Sólo menciono ahora algunos vínculos: con Elena Poniatowska —que escribió una hermosa evocación suya—, con Homero Aridjis —poeta al que respetaba y publicaba—, con Anthony Stanton —estudioso sagaz de su obra— y con Christopher Domínguez Michael —su reciente y brillante biógrafo—.

Evoco una tarde en su biblioteca. Recuerdo el lugar central que ocupaban los libros ingleses. Tenía en sus manos un grueso libro de Alexander Pope. Eran los días en que escribía La llama doble, su teoría del amor y el erotismo. De pronto, comenzó a recitarme unas estrofas de la epístola de Pope On the Character of Women. “Así son”, agregó, con cierta picardía, a sabiendas de que aquel inventario poético de actitudes no rozaba siquiera el tema que lo obsesionaba: la mujer y el amor, que eran en su obra jeroglíficos sagrados. En otra ocasión, tras recorrer una exposición de Turner, me dijo asombrado: “Nada inventaron los impresionistas: todo estaba ahí, en Turner, medio siglo antes”. Y en 1994, al enterarse del terrible magnicidio de un candidato a la presidencia de México, me dijo “Vea usted, es Shakespeare puro”.

Esas tres minucias son representativas de la presencia inglesa en su visión del mundo. Cambridge le ofreció asilo cultural en 1970, en un momento dramático de su vida. Ahora ese acto de generosidad se repite y acrecienta. Hago votos para que nuestro seminario y este libro —en el marco de la presencia mexicana en la Feria del Libro en Londres— contribuyan a que Octavio Paz encuentre en Inglaterra la amistad que más valoraba, la de los lectores.

HISTORIA: LA RELACIÓN OCTAVIO PAZ-REINO UNIDO, ANTES, DURANTE Y DESPUÉS DE 1970

LA REVOLUCIÓN ROMÁNTICA DE OCTAVIO PAZ

ALEJANDRO GONZÁLEZ ORMEROD

LA HISTORIA (o el historiador) tiene la costumbre de enfatizar unos momentos más que otros. Los eventos de la Plaza de las Tres Culturas en la Ciudad de México el 2 de octubre de 1968 han sido descritos con detalle milimétrico, segundo por segundo. En su momento, el más alto representante del gobierno del presidente Díaz Ordaz en la India tenía poco acceso a cualquier información sobre sucesos que ocurrían a medio mundo de distancia. Sin embargo, ésta le bastó para presentar su renuncia como embajador y empezar un viaje personal e intelectual a cuyas primeras fases los historiadores han prestado poca atención. Durante sus dos años de autoexilio Octavio Paz se catapultó a alturas de fama internacional nunca antes conocidas por el poeta. Se le otorgaron premios y distinciones, más que en cualquier otro periodo de su vida.1 Pero aun así, se sabe muy poco de esta época. Peor aún, la poca tinta invertida en el relato de lo sucedido en esos años no sólo es escasa sino que en muchos casos confunde o induce a error. El desliz es entendible, pues la precaria situación del ex embajador en su condición de trotamundos le presenta al historiador un desafío logístico. Viaje tras viaje, planes y cambios de planes contradictorios formaron lagunas de información durante las cuales los propios contemporáneos de Paz sufrían por localizarlo. Mas, a pesar de todo, el periodo resulta de gran importancia en la evolución personal, política y artística del poeta. Ninguna etapa durante esos dos años fue de más introspección y evolución que el año que pasó Octavio Paz en la Universidad de Cambridge, en el Reino Unido. Fue su estancia en el Churchill College entre enero y diciembre de 1970 cuando tuvo la mayor estabilidad y privacidad para reevaluar su situación personal y profesional, y sus posiciones artísticas e intelectuales. El contexto cultural e intelectual británico de Cambridge tendría un impacto significativo en este proceso, abriendo la puerta a un tema poco discutido por la historia: la simbiosis entre el Reino Unido y Octavio Paz. Al explorar la obra y crítica de Paz antes, durante y después de esa época se empieza a distinguir la notable huella que tuvo este país sobre el poeta mientras entraba a la fase más crítica y criticada de su vida.

LOS AÑOS PERDIDOS

Vale la pena trazar el itinerario de Paz antes de su renuncia hasta su regreso a México. Este ejercicio de crónica sirve no sólo para situar al lector en el contexto histórico sino también para clarificar algunos detalles de este periodo en la vida del poeta. La historiografía en este caso es poco útil. Los vacíos son llenados frecuentemente con imprecisión. Aun las más minuciosas biografías de Paz dedican no más de un corto párrafo a esos dos años de su historia. Por ejemplo, Fernando Vizcaíno en la Biografía política de Octavio Paz describe con precisión los eventos que finalmente resultaron en la renuncia del embajador, pero resume dos años enteros desde diciembre de 1968 hasta febrero de 1971 en unas palabras, años en los que Paz “dictaría conferencias y leería sus poemas en diversas universidades de Estados Unidos e Inglaterra”.2 Enrique Krauze lo resume aún más en Octavio Paz: el poeta y la revolución: “Octavio y Marie Jo Paz no tardan en encontrar abrigo, primero en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, y más tarde en la de Texas, en Austin, donde pasarán el resto del sexenio de Díaz Ordaz”.3

Hay errores en la cronología de los eventos que sucedieron a la partida de Paz de Nueva Delhi que podrían parecer faltas sin importancia. No obstante, estos deslices historiográficos ofuscan la tarea de trazar el camino de Paz en estos años. Vizcaíno dice que “Octavio Paz dejó la India en diciembre de 1968”.4 Mientras que Jaime Perales Contreras nos hace creer que “Octavio y Marie José [su esposa] llegan, por mar, a Barcelona” en noviembre del 68.5

Los errores y la brevedad de los historiadores son en parte entendibles. Paz durante esa época era notablemente ilocalizable. Su amigo y poeta inglés Charles Tomlinson diría muchos años después que Paz “no es fácil de contactar o siquiera localizar”. Unos meses después de su estancia en Cambridge, Inglaterra, un telegrama de tono desesperado enviado desde Cambridge, Massachusetts, diría que “apreciaría cualquier información sobre el paradero de Octavio Paz”.6 Por otro lado, la correspondencia de Paz con amigos y autoridades universitarias en la cual describe su itinerario resulta más útil, pero plagada de inconsistencias y cambios de plan. Aun así, permiten situar a Paz en esos turbulentos meses haciendo más clara la cantidad de kilómetros que recorrió e ilustrando el oasis de estabilidad que debió ser el Churchill College al llegar 15 meses después de dejar la embajada de México en la India. La brevedad es menos comprensible. Es verdad que el propósito de muchos biógrafos es describir los momentos de vida activa de Paz y el impacto que tuvo sobre la sociedad. Su exilio, y sobre todo el tiempo en el Churchill, se definen por haber sido periodos de particular reclusión e introspección. Además, su estancia en el Reino Unido se caracteriza por el efecto que tuvo la sociedad británica sobre el intelectual, no viceversa. Sin embargo, no se puede decir que éste fue un vacío en la vida productiva de Paz. En este periodo escribió El mono gramático, una de las piezas más importantes del rompecabezas histórico de la evolución intelectual de Paz. Es un trabajo en el que hace de los paisajes y personajes del Reino Unido, junto con la India, el poeta mismo y su esposa, los protagonistas de la obra.

Lo que llegaría a conocerse como “La masacre de Tlatelolco” ocurrió el 2 de octubre de 1968 a las 18:15 horas, cuando elementos del ejército mexicano dispararon a los estudiantes que se manifestaban contra el gobierno en la Plaza de las Tres Culturas. No sería hasta el 3 de octubre por la noche cuando el embajador Paz se enteraría de los sucesos. El día siguiente se puso a disposición del servicio exterior mexicano. Paz se comprometió con el secretario de Relaciones Exteriores Antonio Carrillo Flores a “evitar toda declaración pública mientras permanezca en territorio indio”.7 La nueva etapa histórica del ahora ex embajador empezaba con silencio. No fue hasta el 18 de noviembre cuando se daría a conocer la renuncia “por un boletín de prensa de la Secretaría de Relaciones”.8 El silencio se rompió cuando un periodista francés hizo una entrevista con Paz fechada el 13 de noviembre de 1968, en la que calificó los sucesos de Tlatelolco como “terrorismo de Estado”.9 Poco tiempo después Paz iría a la Universidad de Texas en Austin, en donde por primera vez responsabilizó al gobierno mexicano el 30 de octubre de 1969. Sería ese discurso en el marco del Hackett Memorial Lecture del cual surgiría México: la última década.10 Notablemente, sus declaraciones molestaron a sus detractores y a algunos de sus partidarios por igual. Comentarios que aludían a la “naturaleza violenta del mexicano” le parecieron a Américo Paredes, un prominente mexicano-estadunidense, flagrantes generalizaciones similares a las postulaciones de los defensores de la segregación racial en los Estados Unidos. En realidad, el contenido altamente emocional y belicoso se explica en el contexto que vivía Paz. Su poema México: Olimpiada de 1968, fechado el 3 de octubre de 1968, nos da una idea del enojo que sentía Paz en las horas posteriores a la masacre. Tuvo que vivir con el acecho de cargos de difamación por sus comentarios a la prensa francesa. Con toda la inestabilidad e incertidumbre de esos meses, los “estereotipos auto-denigrantes” usados por Paz en el Hackett Memorial Lecture revelaban tensiones que no habían dado espacio a la reflexión crítica más sobria que lo definiría poco después. La diferencia entre éste y el Paz subsecuente estaría en su estancia en la Universidad de Cambridge. Octavio Paz dejaría Texas a finales de 1969 llegando a las islas británicas en los primeros días de 1970.

VACÍO BRITÁNICO

El hecho de que el Reino Unido haya tenido algún impacto sobre el futuro Nobel mexicano es todavía más sorprendente cuando se considera que ese país, su cultura, sus intelectuales casi no habían figurado en la vida de Paz antes de 1970. En su juventud, en la época de sus revistas El Hijo Pródigo y Taller, vemos a un Paz hispano y afrancesado.11 No era por diseño propio, Paz era producto de su contexto histórico y la “inclinación generalizada de la cultura hispanoamericana hacia la francofilia”.12 Tendencia acentuada en el caso de Paz durante su visita a París en 1945 cuando sintió “que había encontrado una patria intelectual”.13 Este fenómeno se combinaba con el flujo de intelectuales republicanos de España que encontraron asilo en México. Éstos fueron los años radicales de Paz en los que se vio sumergido en la exploración de culturas revolucionarias, la España republicana y la posguerra francesa de los surrealistas.

Durante esta etapa más temprana no figura mucho el Reino Unido en el plano intelectual y artístico de Paz, aunque sí algunas instancias de grandes escritores británicos como Shelley o Donne.14 No fue sino hasta 1944 cuando en conversación con Luis Cernuda, quien “conocía admirablemente la poesía inglesa”, se le presentó la oportunidad “para penetrar ese mundo”.15 Pero estas presencias británicas fueron rápidamente desplazadas por la preeminencia de poetas estadunidenses que le fueron de creciente interés, particularmente durante 1943 cuando viajó a la Universidad de Berkeley. La fascinación de Paz por T. S. Eliot, “el poeta angloamericano”, ilustra bien la manera en que Paz unificaba al mundo angloparlante, en el que Estados Unidos estaba al centro de su visión de la cultura anglosajona.16