Para ser humanos - Pablo Melicchio - E-Book

Para ser humanos E-Book

Pablo Melicchio

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Beschreibung

La voz de Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz, resuena con más fuerza en tiempos de individualismo extremo, discursos de odio y violencia. En diálogo con el escritor y psicólogo Pablo Melicchio, despliega su legado de compromiso con la ética, reflexiones que pretenden sanar, brindar paz y defender la memoria para ser humanos. Adolfo nació en una familia pobre y su madre murió cuando tenía solo dos años. Se crió en un asilo de huérfanos y tuvo que vender diarios en la calle. Trabajó en parroquias y en barrios, donde se interesó por la situación de los oprimidos y los marginados. En 1976 fundó el Servicio de Paz y Justicia (SERPAJ), para colaborar con las comunidades indígenas y las personas en situación de vulnerabilidad. Secuestrado por la dictadura militar, fue torturado y llevado a los vuelos de la muerte, pero se salvó gracias a los reclamos de los organismos internacionales. En 1980, en plena dictadura, recibió el Premio Nobel de la Paz por su trabajo en contra de las violaciones a los derechos humanos. Este libro es el resultado de varios encuentros entre Pablo Melicchio y Adolfo Pérez Esquivel en su casa y atelier. Como señala el autor, en los libros es posible encontrar la medicina literaria para un mundo en crisis. Y es por eso que Adolfo reflexiona sobre la tiranía de los medios de comunicación, el capitalismo salvaje, la ansiedad exacerbada, la necesidad del equilibrio social sobre el desarrollo per se y, en especial, la búsqueda de la paz y la no violencia. Porque la humanidad tiene que recuperar la esperanza, pero una esperanza activa, basada en la espiritualidad, más allá de las religiones, uniendo energías para ser cada vez más humanos.

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Seitenzahl: 167

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Melicchio, Pablo

Para ser humanos : el legado de Adolfo Pérez Esquivel, instrumento de la paz / Pablo

Melicchio. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Marea, 2024.

Libro digital, EPUB - (Historia Urgente / Constanza Brunet ; 103)

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-823-031-3

1. Biografías. 2. Premio Nobel. I. Título.

CDD 808.883

Dirección editorial: Constanza Brunet

Coordinación editorial: Víctor Sabanes

Asistencia editorial: Carmela Pavesi

Comunicación: Verónica Abdala

Diseño de tapa e interiores: Hugo Pérez

Corrección: Marisa Corgatelli

Foto de tapa: Archivo personal de Adolfo Pérez Esquivel

Foto de contratapa: Marcela Rodríguez

Ilustraciones de interior: Adolfo Pérez Esquivel

© 2024 Pablo Melicchio

© 2024 Editorial Marea SRL

Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina

Tel.: (5411) 4371-1511

[email protected] | www.editorialmarea.com.ar

ISBN 978-987-823-031-3

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Depositado de acuerdo con la Ley 11.723. Todos los derechos reservados.

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio

o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.

Contenidos

Sobre la foto de la tapa - La mirada

Apertura

PARTE 1

Capítulo 1 - SER HUMANOS

Capítulo 2 - ADOLFITO

Capítulo 3 - APRENDIZAJES

Capítulo 4 - LA HERIDA ES LA PUERTA

PARTE 2

Capítulo 5 - LECTURAS

Capítulo 6 - las obras y la fe

Capítulo 7 - EL PREMIO NOBEL

PARTE 3

Capítulo 8 - IDENTIDAD

Capítulo 9 - SOMOS MEMORIA

Capítulo 10 - MUROS

PARTE 4

Capítulo 11 - RELIGAR A LA FAMILIA HUMANA

Capítulo 12 - HUMANIZARNOS

Capítulo 13 - paz y amor

Punto de Interés

Portada

Este libro está dedicado a los seres humanos sensibles

que luchan por transformar el planeta tierra,

nuestra casa común, en un sitio amigable.

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.

San Francisco de Asís

Todos buscamos la felicidad e intentamos evitar el sufrimiento. Tenemos las mismas necesidades y preocupaciones humanas. Todos nosotros, los seres humanos, deseamos la libertad y el derecho a determinar nuestro propio destino como individuos y pueblos.

Dalai Lama

No todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse, más allá de todos los condicionamientos mentales y sociales que les impongan.

Papa Francisco

Sobre la foto de la tapa

La mirada

De otro modo es inútil, de otro modo es absurdo

ensayar en la tierra la alegría y el canto,

porque de nada vale si hay un niño en la calle.

Armando Tejada Gómez

Contadas veces podemos ver lo que el otro mira; ese es el fenómeno de esta fotografía. Adolfo mira a un niño, un niño habitante de una favela brasileña, “un niño pobre, un niño desnutrido”, me dijo angustiado Adolfo. ¿Qué será de la vida de ese niño? Un niño al que cuesta imaginarle un futuro, transcurridos más de cuarenta años entre la toma de la foto y este presente. Un niño metáfora de tantas niñas y niños víctimas de las injusticias sociales, maltratados, explotados, privados de techo y de comida, privados de amor, privados de sus derechos fundamentales, como el derecho a vivir una vida digna de ser vivida. Un niño que, aunque nunca sabremos si creció, si pudo seguir viviendo, si hoy es un hombre, al menos siempre será un niño eterno en el cristal de los anteojos a través de los cuales Adolfo mira el mundo.

Adolfo mira a un niño, más bien lo sostiene en los brazos de la mirada para mostrarnos esa niñez desprotegida, esa niñez de ausencias adultas contenedoras, ese niño sin niñez. Una foto en la que Adolfo se congela para ofrecerse como pancarta que proclama justicia, que anuncia las desdichas del mundo y denuncia la vulnerabilidad y la vulneración de la sagrada niñez. Un niño pobre que, no por casualidad, es registrado por Adolfo, que también fue un niño pobre; y esa es quizá la condición sensible que muchas veces se necesita para registrar el sufrir de los otros: haber regresado del infierno, haber sufrido las penurias del mundo en carne propia, para entonces sí sentir, sentir desde lo más profundo del ser el sufrimiento que ya nunca más será solo ajeno.

En la imagen robada al tiempo, hay un hombre, Adolfo, y en sus anteojos, otra fotografía donde pueden verse unas rejas, tal vez un ventanal y un niño en la penumbra, al borde, entre la luz y la sombra, o entre la vida y la muerte; un niño de espaldas; de espaldas, como el mundo les da la espalda a los seres rotos, marginados. Pero este niño no está encerrado, está enmarcado en los anteojos, en el cristal con el que Adolfo mira la humanidad; niño fotografiado para la vida eterna, no para el mortífero olvido. Porque la fotografía, y esta foto en particular, como tantos hechos artísticos, tiene la misión de luchar contra los emisarios del olvido, tiene el don de la resistencia para que sea preservada la memoria. Si hubiese sido un niño solo, de espaldas, mirando el barrio o la favela a través de una ventana o una reja, no registrado por la fotografía, ya hubiese sido olvidado, como son olvidados todos los seres condenados a ser residuos del mundo. Pero no, este niño es una excepción, no será engullido por la gula del olvido, porque Adolfo lo protege, lo sostiene en el regazo de su mirada y lo lleva por el mundo, como una muestra de tantas vidas condenadas a sobrevivir en las periferias, en la sombra.

Adolfo carga con ese niño en su mirada y nos mira de frente. Retrato que retrata su lucha por los Derechos Humanos y la lucha a la que nos invita. Nos invita a no ser solo espectadores de los horrores del mundo, a no quedarnos de brazos cruzados como tibios espectadores de las injusticias sociales, a no ver sino a mirar. A mirar con tanta fuerza que haga que el dolor del otro se impregne en tus ojos, viaje por tus venas y llegue al centro mismo de la empatía donde nace y se activa el amor: la única forma de rescatar a los seres sufrientes, como el niño que Adolfo sostiene en el regazo de su mirada.

Apertura

Este libro es el resultado de varios encuentros en la casa y atelier de Adolfo Pérez Esquivel. Adolfo ya me había acompañado con un bello y profundo prólogo, o carta abierta, como a él le gustó llamarla, para el libro que escribí sobre conversaciones con Norita Cortiñas, Madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora; y además se sumó a la presentación que hicimos en el Centro Cultural de la Cooperación, en 2019. Pensé desde entonces en este proyecto porque creo en una literatura reflexiva, creo en el poder de las palabras y creo en el arte como una herramienta sanadora, una biblioterapia, como diría Viktor Frankl. Porque en el acto de dialogar y escribir, es decir de expresarnos, está la posibilidad de sumergirnos en el mundo interior, hacer memoria, recuperar recuerdos y comprender lo que hasta entonces no habíamos comprendido. Y si a ese trabajo de sanación artística le sumamos la publicación del libro es porque apostamos a compartir esos beneficios con los demás, como una medicina literaria para un mundo en crisis que, sin lugar a dudas, precisa de palabras y de ideas para reflexionar, para detenerse a pensar acerca de la condición humana y el futuro del planeta, y generar cambios necesarios para una existencia mejor.

Los cuatro Jinetes del Apocalipsis están desbocados, desparramando pestes, hambre, guerras y muerte por todos lados. La voz de Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz 1980, debe ser escuchada, y esa fue mi intención, escucharlo, hacerle preguntas, rescatar sus vivencias, estimular su memoria para propiciar un buen diálogo y construir, juntos, un relato que quede plasmado en estas páginas; un recorrido que invite a pensar y a pensarnos. Analizar la historia, la realidad actual, y propiciar una conciencia crítica para construir un futuro mejor en el que se respeten los derechos de todos y todas, rescatando hasta el último de los seres sufrientes o “descartables”.

Adolfo me abrió la puerta de su hogar, pero también la de su vida. Tuve el privilegio de ser un alumno particular junto a un querido y admirado maestro, un ser humano sensible, referente de la lucha en defensa de los Derechos Humanos y los pueblos oprimidos. Un hombre que recorrió el mundo heterogéneo y el infierno de la persecución y el exilio, pero que regresó para contar lo vivido y denunciar toda injusticia que degrade la condición humana. En tiempos en los que Enrique Santos Discépolo sigue teniendo una actualidad inusitada, y da lo mismo un burro que un gran profesor, en los que se banalizan las figuras y los saberes, rescato la presencia de Adolfo como la de un humilde sabio que camina la vida y las calles para luchar contra las atrocidades que se cometieron, y se siguen cometiendo, dañando lo más sagrado del ser humano: su derecho a una vida digna.

En largas y profundas charlas, entendí que Adolfo sostiene una ética, la de las palabras como actos que se oponen a la violencia, al ocultamiento y al silencio perverso. Palabras como energía, como medicina sagrada, como vía privilegiada para rescatar y transmitir las experiencias y las historias que deben conservarse para que no triunfe el olvido, ese aliado del retorno del mal. El resultado es un libro de diálogos y reflexiones, de ensayos, de citas y de ideas a favor de la calidad de vida, de la justicia social, de la paz y la libertad. Un libro que tiene la intención de ser sanador, guardián de la memoria y defensor de los Derechos Humanos; ojalá así sea.

PARTE 1

Capítulo 1

SER HUMANOS

Los tóxicos medios de comunicación. Conciencia crítica para desintoxicarnos. La palabra como energía. La paz es el camino. La resistencia cultural. ¿Personas o personajes? El adoctrinamiento o la rebelión cultural. El capitalismo y la ansiedad. El equilibrio y la sabiduría de los pueblos originarios. El bienestar personal y la comunidad.

En su estudio atelier, en la planta alta de la casa de Adolfo, mi nostalgia surgió como un color liberado de la raíz de un arco iris apagado en un cielo lejano. Ese olor singular, una combinación entre óleos, aguarrás y acrílicos, me trasladó al pasado, hacia mi padre y mi abuelo paterno, al fundacional tiempo de mi niñez donde el arte empezó a ser un laboratorio de transmutación de las desdichas, la llave de ingreso al mundo interior para traducir el lenguaje profundo de lo inasible, del inconsciente y de la espiritualidad. Pero también una puerta de salida al mundo exterior para denunciar a los carceleros de la humanidad, y para demostrar que otras miradas y otros mundos son posibles.

Adolfo dispone de dos sillas, una frente a la otra. A mi izquierda, como testigos de nuestra charla, Jesús y sus invitados a su última cena, versión Pérez Esquivel; una obra en construcción, como la vida misma. Enciendo el grabador y la cámara de la computadora. Grabo palabras. Retengo imágenes.

–Adolfo, ¿por qué hay tanta violencia? Entiendo que uno de los fines de la cultura es acotar las pulsiones de agresividad y muerte, para que no triunfe el poder de unos por sobre los otros, los más débiles. Pero en ese punto, como en otros, la sociedad sigue fallando.

–Todos los pueblos tienen una cultura. Cultura que tiene que ver con la memoria de ese pueblo, la vigencia de valores, la ética. Pero en estos momentos tenemos una invasión, fundamentalmente de los grandes medios de comunicación.

–Medios de comunicación que trabajan en contra de la paz, haciendo espectáculo de la violencia, viralizando el horror como un negocio y pocas veces para generar debates a favor de una toma de conciencia que invite al cambio. Femicidios y asesinatos como casos y no como personas. Novedades de cada día que tapan las historias, los nombres y apellidos de las víctimas. Exceso de imágenes y datos. Información sin formación.

–Son violentos, sobre todo desde la mentira. Trabajan para sus intereses, son parte del sistema que apunta a imponer el pensamiento único, el individualismo, no la solidaridad y la fraternidad; eso no cuenta.

–Ejercen mucha influencia, no solo desde la televisión sino también a través de las redes sociales. Todo tiene que ser urgente, novedad, imágenes y velocidad. Violencias, enojos, discursos de odio y, desde luego, muy poca apuesta al diálogo y la reflexión. Y cuánta gente come y repite, propaga esa información tóxica sin darse cuenta, sin revisar la fuente, el contenido.

–Eso mismo. Yo siempre señalo que, así como hay monocultivos de soja y de maíz, que son mantenidos con agrotóxicos y con fertilizantes, todo artificial, existe un monocultivo más peligroso que todos esos, que es el monocultivo de las mentes con los tóxicos de las propagandas.

–Agrotóxicos mentales. Sabemos que las palabras tienen efectos, positivos y negativos. Palabras que en realidad son ideologías. Desde que nacemos, como diría Lacan, somos hablados antes que hablantes, es decir que los adultos de crianza y la sociedad hablan por nosotros, nos inundan de sentidos. Y de esta manera nos incorporan en la cultura. Crecer es repetir la lección para pertenecer al sistema. Pero allí no se construye el ser genuino, singular, sino solo el ser inicial, el sujeto sociofamiliar. Lo singular, es decir la personalidad, viene con el paso del tiempo si es que se puede ser crítico con lo aprendido y repensarse. Somos un entramado entre lo genético, lo producido en la crianza y las experiencias de vida.

–Hay tantos tóxicos que contaminan, especialmente a esa gente que no tiene una conciencia crítica y valores, que entonces afirma que tal cosa es así porque lo escuchó en la televisión, lo dijo fulano de tal, lo publicó el diario… Hay algo que siempre me preocupó: la palabra. La palabra no es porque sí, se usa con una gran ligereza, pero la palabra es energía, tiene una potencialidad tremenda. Con una palabra podés amar y con una palabra podés destruir, puede ser tan mortal como un arma.

–Como un cuchillo, que puede servir para cortar un trozo de pan como para herir a una persona, del mismo modo las palabras. La palabra enferma y la palabra cura. Hay que enseñar el valor y los efectos de las palabras para la comunicación. Ya en la escuela primaria aparecen los incipientes signos de las violencias que portan las palabras. Cuando doy una charla en algún colegio, para intentar prevenir el problema del bullying, cada vez más extendido, signo de lo que aprenden de los adultos y de esta sociedad, les explico a las pibas y a los pibes acerca de las consecuencias que tiene el uso de las palabras. Las palabras cargan sentidos, tienen su propio peso y valor. Muchas veces, detrás de un supuesto chiste, se está hiriendo a alguien y esa víctima, con el tiempo, puede tener grandes secuelas en su personalidad, en su autoestima.

–Por lo general, todos los conflictos empiezan con la palabra. La devaluación de la palabra. Hay una fuerte política de los grandes medios de comunicación. Fijate en las guerras. Bush atacó a Saddam Hussein diciendo que en Irak habían armas de destrucción masiva. Eran todas mentiras. La guerra la dirigió a través de la mentira, no de la verdad. Lo mismo ocurre con la guerra de Ucrania y Rusia, que también se basa en la mentira.

–¿Cuál sería la mentira en la guerra entre Rusia y Ucrania, Adolfo?

–Cuando Rusia invade Ucrania, descubre en Kiev laboratorios biológicos y químicos bajo la dirección de los Estados Unidos. Pide una reunión urgente del Consejo de Seguridad y les pone sobre la mesa todos los documentos encontrados… Estamos en tiempos de guerras biológicas. Como las aves migran de un país a otro, las estudian y las clasifican. Entonces, para atacar a un país, les ponen una cápsula de virus y otra de un explosivo. Cuando saben que esas aves están en tal lugar, las detonan y desparraman el virus. Ciencia ficción hecha realidad. Pero los Estados Unidos niega, en el Consejo de Seguridad de la ONU, su responsabilidad, y se opone a que avance una investigación sobre esos laboratorios. Estamos en manos siniestras. Se parece a la Conquista del Desierto. Ayer tuve una reunión por zoom con una antropóloga, Virginia Sabau; hablamos acerca de la restitución de restos indígenas. Estuve actuando con los restos de Mariano Rosas; su tumba había sido profanada hace 122 años por un coronel y su cráneo terminó en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. La restitución a sus descendientes se hizo por ley del Congreso de la Nación. Los llevamos a La Pampa, a las comunidades tehuelches y mapuches. Y los colocaron en una pirámide que ellos mismos hicieron. Los militares de entonces, en un momento, les regalan frazadas, pero contaminadas con sarampión y viruela. Y así los mataban.

–Frazadas en el pasado, o aves en el presente, pero la misma intención cruel y perversa: exterminar al otro por ser diferente, o por intereses territoriales y económicos.

–La mentalidad siniestra. No hay límites. Yo no creo en la guerra justa o santa. Solo existen las causas justas. Ninguna guerra es justa. Toda guerra lleva destrucción en masa.

–Adolfo, como enseña el budismo, somos efecto de causas sembradas en el pasado. Por eso es importante la memoria, saber qué hicimos ayer para entender nuestro presente. Y a su vez, ser conscientes de lo que causamos en el aquí y ahora, porque eso es lo que cosecharemos mañana. En lenguaje psicoanalítico, el ayer no elaborado y los traumas reprimidos tienen efectos en el presente.

–Hace seis días vinieron a visitarme cuatro budistas tibetanos, amigos del Dalai Lama, del monasterio Dharamsala. Analizamos un poco esta realidad del mundo. Hay una violencia que es estructural. El mismo sistema es injusto. El hambre, la discriminación, la pobreza… La democracia es un intento de construcción diferente, pero hay que sostenerla cada día, no es que se vota y listo.

–Una democracia efectiva determinaría una justicia social y un descenso en los niveles de violencia; no digo la erradicación, porque sería utópico. Pero a mayor equidad y educación, menos discriminación, que es la raíz de la violencia. Y, por otro lado, Adolfo, hay que desarrollar la empatía, la capacidad para comprender los sentimientos de los demás, reconociendo al otro como semejante. Además, las emociones están contaminadas no solo por los medios masivos de comunicación sino también por una sociedad que se repliega en sus casas y promociona el egoísmo y el narcisismo. Tenemos que trabajar a favor de la paz interior y la paz exterior, que se alimentan recíprocamente. Pero la tendencia impuesta no apunta a la armonía social ni a la interiorización sino al tiempo productivo, la búsqueda del éxito y el rendimiento, el hacer para tener, olvidando así el ser y el estar en el presente. No se estimulan las interacciones solidarias sino las acciones egoístas.

–Y una violencia llama a otra violencia. Tenemos suma de violencias, pero no la solución del conflicto. Nosotros estamos embanderados por la no violencia. Que no significa pasividad. Sino resistencia por otros medios.

–Como lo hizo Mahatma Gandhi.

–Y el Dalai Lama.

Suena el timbre. Una pausa. Una visita inesperada. Adolfo me pide disculpas, se levanta, desciende las escaleras. Aprovecho, me incorporo y recorro el atelier, lento, como el primer hombre que pisó la luna. Hago una fotografía de su versión de La última cena donde las formas inconclusas van ganando espacio sobre el lienzo blanco extendido en la pared. Camino y me detengo en esta suerte de museo vivo, de obras acabadas y otras en construcción, cuadros amontonados como naipes de las diosas de la creatividad. Marcos, telas, óleos y acuarelas diseminados sobre la mesa, en el escritorio y en paletas marcadas por el roce de los pinceles y del tiempo. Una melodía desorganizada de pájaros se filtra desde la ventana que da al jardín e inunda de una luz generosa el atelier en el que discurre nuestra charla.

Se escuchan pasos. Adolfo regresa, se sienta y me dice: “Perdoná, pero mi vida es complicada”.

Retomamos el diálogo. Hablamos de la importancia de los libros y de las palabras. Del uso que se hace de la mentira para intoxicar las mentes.