Paseos con Robert Walser - Carl Seelig - E-Book

Paseos con Robert Walser E-Book

Carl Seelig

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Beschreibung

Las notas de Carl Seelig sobre sus paseos con Robert Walser no tienen parangón en la historia de la literatura. Retratan a alguien que ha enmudecido, un poeta que «tuvo el tacto suficiente como para apearse de la vida». Al cumplir los cincuenta años, dejó de escribir y se contentó con su vida de paciente en un sanatorio mental. Carl Seelig, que quería ayudarlo a él y a su obra, en apariencia condenada al fracaso, lo visita regularmente en el sanatorio, y durante veinte años «se les autoriza a salir a pasear». Las notas relativas a estos paseos son inusuales, pues su autor pone la escritura al servicio de la transmisión de las auténticas palabras de Robert Walser. Nadie sabe si este paciente está enfermo, pero, en cualquier caso, es sabio. Sus conocimientos de literatura son inmensos; sus manifestaciones dan como resultado la poética de su propia obra; sus juicios políticos son certeros y enigmáticos.  Walser pasea con Seelig por el paisaje de Appenzell y por la noche regresa al manicomio. Pero de esta tragedia brota el consuelo de este libro: «Sin amor el hombre está perdido». La edición reproduce siete fotografías realizadas por Carl Seelig a Robert Walser.

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Seitenzahl: 233

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Edición en formato digital: febrero de 2026

Título original: Wanderungen mit Robert Walser

En cubierta: ilustración @ Marta Amigo

Diseño gráfico: Gloria Gauger

© Suhrkamp Verlag, Fráncfort del Meno, 1977, 2026

© De las fotografías del interior, Fundación Carl Seelig, Zúrich / Pro Litteris

© De la traducción, Carlos Fortea

© Ediciones Siruela, S. A., 2026

Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Ediciones Siruela, S. A.

c/ Almagro 25, ppal. dcha.

www.siruela.com

ISBN: 979-13-88032-38-7

Conversión a formato digital: María Belloso

Índice

Paseos con Robert Walser

Epílogo de Elio Fröhlich

PASEOS CON ROBERT WALSER

 

«¡Qué mal nos sentimos entre las ruedas de la gran maquinaria del mundo actual, si no damos a nuestra existencia personal una consagración propia y noble!».

JACOB BURCKHARDT

 

26 de julio de 1936

Nuestras relaciones las iniciaron unas pocas y sobrias cartas: preguntas y respuestas breves y concisas. Yo sabía que Robert Walser había ingresado en 1929, en calidad de enfermo mental, en el sanatorio bernés de Waldau, y que desde junio de 1933 era paciente del sanatorio y hogar cantonal de Appenzell-Ausserrhoden, en Herisau. Sentía la necesidad de hacer algo por la publicación de sus obras y por él mismo. Entre todos los escritores contemporáneos de Suiza, me parecía el personaje más peculiar. Se mostró de acuerdo en que le visitara, así que ese domingo viajé, temprano, de Zúrich a St. Gallen, callejeé por la ciudad y escuché en la colegiata el sermón dedicado al «despilfarro del talento». En Herisau tocaban las campanas cuando llegué. Me hice anunciar al médico jefe del sanatorio, Dr. Otto Hinrichsen, quien me dio permiso para ir a pasear con Robert.

El escritor, de cincuenta y ocho años, acudió acompañado del portero de una casa vecina. Me sorprendió su aspecto. Un rostro redondo de niño como alcanzado por un rayo, con un soplo de rojo en las mejillas, ojos azules y un corto bigote dorado. El cabello ya gris en las sienes. El cuello deshilachado y la corbata un tanto torcida; los dientes, no en las mejores condiciones. Cuando el Dr. Hinrichsen fue a abrochar el botón superior del chaleco de Robert, él lo rechazó: «¡No, tiene que estar abierto!». Hablaba en el melodioso alemán de Berna, el que había hablado en Biel durante su juventud. Tras una despedida del médico bastante abrupta, tomamos el camino hacia la estación de Herisau y hacia St. Gallen. Era un caluroso día de verano. Mientras paseábamos nos encontramos con muchos feligreses que nos saludaban amablemente camino de la iglesia. Lisa, la hermana mayor de Robert, me había advertido que su hermano era inusualmente desconfiado. ¿Qué debía hacer? Yo callaba. Él callaba. El silencio fue la estrecha senda por la que fuimos al encuentro el uno del otro. Con la cabeza hirviendo al sol recorrimos el paisaje, un paisaje ondulado de prados y bosque, en absoluto telúrico. A veces, Robert se detenía para encender un cigarrillo Maryland y olfatearlo.

Comida en Löchlibad. Primer deshielo, entre un vino de Berneck rojo sangre y cerveza. Robert cuenta que en Zúrich, a finales de siglo, trabajó en el Schweizerische Kreditanstalt y en el Kantonalbank. Pero solo unos meses, hasta volver a liberarse para escribir. No se podía servir a dos señores. De entonces procedía su primer libro, Los cuadernos de Fritz Kocher, que la editorial Insel había publicado en 1904, con once dibujos de su hermano Karl. Jamás había visto los honorarios de ese trabajo, y como se quedó en las librerías, lo habían saldado bastante pronto. El mantenerse al margen de los círculos literarios le había causado graves perjuicios financieros, pero el divismo en boga en tantos lugares sencillamente le asqueaba. No hacía sino degradar al escritor a la condición de limpiabotas. Sí, él sentía que su momento había pasado. Pero era algo que le dejaba frío. Cuando se va camino de los sesenta, hay que saber pensar en otra forma de vida. Había escrito sus libros de la misma manera que un campesino siembra, siega, injerta, alimenta el ganado y abona. Por sentido del deber, y por tener algo que comer. «Para mí era un trabajo como otro cualquiera».

La época más productiva de su vida de escritor habían sido los siete años de Berlín y los siete siguientes en Biel. Allí nadie le había presionado y nadie le había controlado. Todo había crecido con tanta calma como la manzana en el manzano. En cuanto a su actitud humana, la época posterior a la Primera Guerra Mundial había sido una etapa vergonzosa para la mayoría de los escritores. Su literatura había adoptado un carácter venenoso, lleno de odio. Pero la literatura tenía que emanar amor, ser agradable. El odio no podía convertirse en su fuerza motriz. El odio era un elemento improductivo. Entonces, en medio de esas penosas orgías, había empezado su decadencia artística… Habían repartido los premios literarios entre falsos redentores o algún maestro de escuela. Bien, él no había podido hacer nada en contra. Pero hasta el día de su muerte no se inclinaría ante nadie por esa razón. Además, las camarillas y el compadreo siempre se eliminaban a sí mismos.

En medio de estas conversaciones intercalaba observaciones admirativas sobre El idiota de Dostoievski, Vida de un vagabundo aventurero de Eichendorff y la lírica osada y varonil de Gottfried Keller. Rilke en cambio era para la mesita de noche de las solteronas. De Jeremias Gotthelf,1 lo que más próximo sentía eran los dos volúmenes de Uli; algunas otras cosas suyas resultaban demasiado ásperas y moralizantes para su gusto.

3 de enero de 1937

Paseo por St. Gallen y Speicher hacia Trogen, que conozco de mis tiempos en la escuela cantonal. Comida en el restaurante Schäfli. En honor de mis antepasados por línea materna, que poseyeron vides durante siglos en Buchberg, en el valle del Rin, pido una botella de espeso Buchberger. Como indeseado añadido, un zumbido radiofónico; una comedia suaba. Por la tarde, en medio de un melancólico ambiente nevado, al Gäbris, donde con mi uniforme de teniente de cadetes, con el enorme sable prestado por el médico del pueblo, yo componía una estampa ridícula. A ratos, fuerte viento del este. Robert sin gabán. En el viaje de vuelta, en el tren, su rostro está espiritualmente iluminado como una antorcha encendida. Profundos, doloridos rasgos desde la raíz de la nariz hasta la boca carnosa, llamativamente roja. El andén de St. Gallen reluce de pequeños guijarros. Robert tiene lágrimas en los ojos. Fuerte y apresurado apretón de manos. Fragmentos de nuestras conversaciones:

Robert Walser el 3 de enero de 1937.

Paseo St. Gallen-Trogen-Gäbris.

Robert Walser el 3 de enero de 1937.

Paseo St. Gallen-Trogen-Gäbris.

Su estancia en Zúrich duró, con interrupciones, desde el otoño de 1896 hasta la primavera de 1903; ora tenía un cuarto en Zürichberg, ora en la Spiegelgasse y en Schipfe, ora en Aussersihl. Su estancia en Berlín había durado siete años (de 1906 a 1913), y otros siete su segunda estancia en Biel. A menudo le había llamado la atención que el número 7 reapareciera periódicamente en su vida.

En Berlín-Charlottenburg había tenido un piso de dos dormitorios, primero con su hermano Karl, luego solo. Por último, el editor Bruno Cassirer se negó a seguir prestándole ayuda económica. En su lugar, una rica dama de buen corazón cuidó de él durante dos años. A su muerte, en 1913, volvió a su patria por obligación. Durante mucho tiempo, recordó la tranquila belleza de los bosques berlineses. En Berna, donde pasó unos ocho años a partir de 1921, ese pasado había sido beneficioso para su producción poética. En cambio, la inclinación hacia la bebida y la pereza había tenido repercusiones negativas.

—En Berna, a veces estaba como poseído. Corría en pos de los motivos poéticos como el cazador detrás de la presa. Lo más fructífero resultaron ser los paseos por las calles y las largas caminatas por los alrededores de la ciudad, cuya cosecha intelectual llevaba al papel al volver a casa. Todo buen trabajo, hasta el más mínimo, requiere inspiración poética. Para mí está claro que el oficio del poeta solo puede florecer en libertad. Mis mejores horas de trabajo eran las primeras de la mañana y las de la noche. El tiempo que va del mediodía al atardecer actuaba sobre mí atontándome. Mi mejor cliente era entonces el periódico Prager Presse, financiado por el Estado checo, cuyo redactor literario, Otto Pick, publicaba todo lo que le enviaba, incluso los poemas que venían volando como bumeranes de otros periódicos. Antes, también solía abastecer al Simplicissimus. Desde luego me devolvía repetidamente mis artículos porque los encontraba poco humorísticos. Pero lo que se quedaba lo pagaba bien. Por lo menos cincuenta marcos por una historieta, una pequeña fortuna para mi bolsillo.

—¿Cree que el ambiente del sanatorio y sus inquilinos le proporcionará material original para una novela?

—Lo dudo. En cualquier caso, seré incapaz de desarrollarla mientras esté ahí dentro. Desde luego el Dr. Hinrichsen ha puesto a mi disposición un cuarto para escribir. Pero me siento allí como clavado y no consigo producir nada. Quizá, si pasara dos o tres años en libertad fuera del sanatorio, conseguiría romper con todo ello…

—¿Cuánto necesitaría para poder vivir como escritor libre?

Robert reflexiona unos instantes:

—Aproximadamente 1 800 francos al año.

—¿Nada más?

—Con eso bastaría. ¡Cuántas veces he tenido que pasarme con menos en mi juventud! Se puede vivir muy decentemente sin bienes materiales. En cualquier caso, no podría comprometerme ni con un periódico ni con un editor. No quiero hacer promesas que no pueda cumplir. Todo tiene que salir con naturalidad.

Más adelante dice:

—Si volviera a tener treinta años, no volvería a escribir sin objeto, como un muchachuelo romántico, solitario y despreocupado. No se puede negar la sociedad. Hay que vivir en ella y luchar por ella o contra ella. Ese es el defecto de mis novelas. Son demasiado extravagantes y demasiado reflexivas, y su composición es a menudo demasiado descuidada. Envuelto en la legitimidad artística, me dediqué simplemente a improvisar. Antes de su reedición, con gusto hubiera recortado Los hermanos Tanner en setenta u ochenta páginas; hoy creo que no se pueden hacer en público juicios tan íntimos sobre los propios hermanos.

—Hace poco que leí con entusiasmo su Jakob von Gunten. ¿Dónde se le ocurrió?

—En Berlín. En su mayor parte, es una fantasía poética. Algo temeraria, ¿verdad? Entre mis libros de mayor extensión, es mi favorito. —Hizo una pausa—. Cuanta menos acción hay y más pequeño es el entorno que precisa un poeta, tanto mayor suele ser su talento. Desconfío de antemano de los escritores que se exceden en la acción y necesitan el mundo entero para sus personajes. Las cosas cotidianas son lo bastante bellas y ricas como para poder sacar de ellas chispazos poéticos.

Conversación sobre el dramaturgo August von Kotzebue, cuya gracia y flexibilidad social Robert admira. Recuerda que a principios del siglo XIX Kotzebue fue desterrado un año a Siberia, y escribió al respecto una obra memorialística en dos volúmenes. También su fin había sido dramático, asesinado por el estudiante ultrapatriótico Karl Ludwig Sand. En su actitud contra Schiller y Goethe, Kotzebue había actuado como un freno reaccionario. Robert no cree en la posibilidad de que la literatura suiza progrese mientras siga anclada en lo campesino. Tendría que hacerse mundana y abierta al mundo, sin esa estrechez de miras, esa tendencia arrastrada hacia lo pequeño y rural. Elogia a Uli Bräker, el pobre hombre de Toggenburg, y sus ensayos sobre Shakespeare. Qué distintos ideales, tan superiores a los de los escritores actuales, había tenido aún Gottfried Keller, del que cita de principio a fin «Una hermosa leyenda viaja». Su Enrique el Verde será durante generaciones un libro amable y digno de ser leído, maravillosamente educativo.

—Hace poco un empleado del sanatorio quiso obligarme a leer Witiko de Stifter, pero le dije que no quería saber nada de una novela gruesa. De Stifter me bastan sus estudios sobre la naturaleza, esas observaciones incomparablemente íntimas, en las que de forma tan armoniosa ha insertado a los seres humanos. Pero ¿qué me dice de ese monstruo de la tetralogía de José, de Thomas Mann? ¿Cómo se puede osar siquiera expandir de ese modo un material de raíces bíblicas?

Sobre las revoluciones:

—Es absurdo provocar sublevaciones fuera de las ciudades. Quien no posee las ciudades no posee el corazón del pueblo. Todas las revoluciones que han tenido éxito han empezado en las ciudades. Por eso estoy seguro de que en la guerra civil española el Gobierno alcanzará la victoria final.

»La era guillermina salió al paso de los artistas y los hizo comportarse de forma excéntrica y extravagante. Cabe decir que mimó la extravagancia. Pero también los artistas tienen que insertarse en la legitimidad. No pueden convertirse en payasos.

27 de junio de 1937

De las nieblas de St. Gallen, en coche de postas a Rehetobel. Desde allí, a pie, a Heiden y a la villa de Thal, el pueblo natal de mis antepasados por línea materna, que yace como en una cuna verde. Después de comer, a través de las vides de Buchberg, al albergue Zum Steinernen Tisch, desde el que se disfruta de una amplia vista de la región del lago de Constanza. Después, en medio de una fuerte tormenta, por el bucólico pueblecito de Buchen, cruzando las montañas, hasta Rorschach. Regresamos en tren.

—¿Sabe usted cuál es mi desgracia? ¡Preste atención! Todas esas gentes encantadoras que creen poder mandarme y criticarme son adeptos fanáticos de Hermann Hesse. No confían en mí. Para ellos no hay más que dos opciones: «O escribes como Hesse o eres y serás un fracasado». De esa forma extrema me juzgan. No tienen ninguna confianza en mi trabajo. Y por esa razón he ido a parar al sanatorio. Siempre me ha faltado la aureola de la santidad. Solo con ella se puede triunfar en la literatura. Cualquier nimbo de heroísmo, de paciencia y cosas por el estilo, y ya se tiene a mano la escalera hacia el éxito… A mí se me mira de forma inmisericorde, tal como soy. Por eso nadie me toma en serio.

Observaciones sueltas:

«Cuando el periódico sonríe, el hombre llora».

«La naturaleza no tiene que esforzarse por ser importante. Lo es».

«¡Cuántos laureados con el Premio Nobel estarán largamente olvidados cuando Jeremias Gotthelf siga existiendo con toda comodidad! Mientras haya un cantón de Berna, habrá un Jeremias Gotthelf».

«El escritor C. F. W.: parece un actor de tercera».

«La felicidad no es buen material para un escritor. Es demasiado autosuficiente. No necesita comentario. Puede dormir enrollada sobre sí misma, como un erizo. En cambio, el dolor, la tragedia y la comedia están llenos de potencial explosivo. No hay más que prender la mecha en el momento oportuno. Entonces suben al cielo como cohetes e iluminan toda la región».

20 de diciembre de 1937

Ligera nevada. Robert está de pie en la estación, sin gabán, pero con un paraguas cerrado que se asemeja a una salchicha. No parece tener frío. Paseamos por St. Gallen y ponemos rumbo al Gilge, donde somos los únicos clientes. Robert tardará un tiempo en olvidar a la atractiva camarera bizca que le ha rozado la espalda. «¡Debíamos habernos quedado allí!». Cuando, durante la comida en el Marktplatz, le digo que la camarera que nos atiende ahora es mucho más guapa y tiene unas piernas preciosas, me dice que no se trata de eso. Él contempla la totalidad de una persona, sobre todo su esencia.

En una tienda de ropa, Robert se prueba varios trajes. El encargado cree que es mi padre. Pero los trajes confeccionados no le sientan bien, porque tiene la espalda demasiado redondeada. Desea algo «campesino, en cualquier caso, que no llame la atención». Como la toma de medidas y el manoseo de su persona le ponen cada vez más nervioso y su cabeza empieza a enrojecer, me pongo en fuga con él sin haber comprado nada.

Oscura cervecería bávara. Cerveza fuerte. Aquí se encuentra bien. Enciende sin cesar un Parisienne tras otro. Me pregunta con seca ironía si he hecho un buen negocio con su antología Pequeño gran mundo, publicada en la editorial Rentsch. Ensalza a Wieland y Lessing, mientras Matthias Claudius2 le resulta demasiado ingenuo. Dice:

—Nunca estuve celoso de los clásicos. En cambio, sí lo estuve de escritores de segunda fila, sobre todo de Wilhelm Raabe3 y Theodor Storm.4 Porque eso también hubiera podido hacerlo yo, historias burguesas y fáciles como las de ellos. Esa mierda de comodidad de Raabe me irrita.

—Entonces, ¿está celoso de Gottfried Keller?

Robert se ríe:

—¡No, él no era más que zuriqués!

Le cuento que voy a recibir una beca de honor de la Comisión para el Fomento de la Literatura de Berna. Eso le alegra.

15 de abril de 1938

Sexagésimo cumpleaños de Robert Walser. Si le conozco bien, las felicitaciones no harían sino irritarle. El reencuentro se inicia en el restaurante de la estación de Herisau, con crepes de queso y un cuartillo de vino, ante lo que Robert observa: «¡Llevo desde Año Nuevo sin beber nada que caliente!». A ritmo rápido, partimos hacia Lichtensteig, la pequeña capital de Toggenburg, que está a treinta kilómetros de distancia. Tomamos estrechos y solitarios senderos, en los que no topamos más que con unos pocos feligreses que van a la iglesia. A menudo, Robert se detiene a admirar el encanto de una loma, la flema de una posada, el azul del día de Pascua, el plácido aislamiento de un trozo del paisaje o un claro en el bosque, de un verde pardo. Estornuda un sinnúmero de veces, porque hace una semana que se ha contagiado de una gripe. Degersheim, un bonito pueblo. Subimos una colina hacia Lichtensteig, adonde llegamos al cabo de cuatro horas. Buena comida en las cercanías de la plaza del pueblo; luego a una pastelería, de la que cada uno se lleva a casa una bolsa de gominolas. Vuelta en tren a Herisau. Cerveza en el restaurante de la estación, y más tarde un chispeante vino de Neuchâtel en el Eidgenössischen Kreuz, donde Robert se siente especialmente a gusto. Alaba la encantadora y placentera jornada transcurrida, y ya hace planes para el próximo encuentro. Le parece que un paseo hasta Wil merecería la pena. En la estación, termino felicitándolo por su cumpleaños. Él me estrecha la mano varias veces, camina siguiendo a mi tren y me despide con la mano hasta que dobla la curva.

Fragmentos de las conversaciones:

En Berlín, Robert estuvo durante un mes en una escuela de criados. Describe la finura de pajes de muchos de ellos. El ayuda de cámara de un conde le contrató para trabajar en un palacio de la Alta Silesia, situado en lo alto de una colina. Abajo: el pueblo. Robert tenía que limpiar los salones, pulir las cucharas de plata, sacudir las alfombras y servir, vestido de frac, como «Monsieur Robert». Se quedó allí un semestre. Luego describió la escuela de criados en su diario Jakob von Gunten, desplazando el ambiente a un instituto masculino. «Pero a la larga no servía para criado, con mi torpeza suiza». Una visita sensacional fue en una ocasión la de la autora del libro, entonces de moda, Cartas que no le llegaron, la baronesa Elisabeth von Heyking.

Después de este episodio como criado, su hermano Karl, pintor, presentó a Robert en Berlín a los editores Samuel Fischer y Bruno Cassirer; Karl era conocido entonces por distintos decorados de teatro que estaba haciendo para Max Reinhardt, como los de los Cuentos de Hoffmann y Carmen. Junto con Max Liebermann, solía pintar en Holanda y en el mar Báltico. Bruno Cassirer animó a Robert a escribir una novela. De ahí surgió Los hermanos Tanner, que sin embargo no gustó especialmente a Cassirer. Un crítico dijo que esta novela de Walser consistía en meras anotaciones.

La conversación va a parar a Maximilian Harden5 para cuya revista Die Zukunft Robert escribió de vez en cuando. Ensalza el carácter aristocrático de Harden y su talento para atrapar en brillantes artículos el signo de los tiempos. Lo sitúa incluso por encima de Ludwig Börne,6 cuya melodía verbal aprecia; como el más importante periodista en lengua alemana menciona a Heine, cuyo carácter travieso era adecuado a ese oficio. Describe la decadencia de Harden, que lógicamente había empezado con la debacle de Alemania en la Primera Guerra Mundial.

En Zúrich, Robert había trabajado unas pocas semanas en las oficinas de la fábrica de maquinaria Escher-Wyss, y algún tiempo también como criado de una distinguida judía. Pero la época más hermosa seguía siendo para él la de Biel.

—Tenía poco trato con la gente del mismo Biel. Charlaba con los forasteros que venían al Blaue Kreuz, donde tenía alquilada una buhardilla. La habitación n.º 27 costaba veinte francos, y la pensión completa noventa francos. A mi alrededor había chicas de servicio, toda clase de agradables féminas con un ligero acento francés, que me agradaba.

—Entonces, ¿por qué se fue de Biel?

—En aquella época yo era muy pobre. Además, los motivos y temas accesorios que sacaba de Biel y de su entorno se fueron agotando poco a poco. En esa situación, me escribió mi hermana pequeña, Fanny, diciendo que había encontrado un puesto para mí en Berna, en el archivo cantonal. No podía negarme. Por desgracia, al cabo de seis meses discutí con mi jefe, cuya paciencia colmé con una observación descarada. Me despidió, y volví a dedicarme a escribir. Entonces, bajo la impresión de esa ciudad vital y violenta, empecé a escribir de manera menos bucólica, más varonil e internacional que en Biel, donde me servía de un estilo melindroso. Como resultado —atraídos por el nombre de la capital suiza—, al principio me llegaron muchas peticiones y encargos de periódicos extranjeros. Había que buscar nuevos motivos y ocurrencias. Pero tanto elucubrar perjudicó mi salud. En los últimos años en Berna me atormentaron desordenados sueños: truenos, gritos, manos que me estrangulaban, voces alucinadas, de tal modo que a menudo me despertaba gritando. En una ocasión, me fui caminando a las dos de la mañana de Berna a Thun, adonde llegué a las seis de la mañana. A mediodía estaba en Niesen, donde, complacido, di cuenta de un trozo de pan y una lata de sardinas. Por la tarde volvía a estar en Thun, y a medianoche en Berna; naturalmente, todo ello a pie. En otra ocasión paseé de Berna a Ginebra y de vuelta, haciendo noche en Ginebra. Una de mis más tempranas narraciones de viajes fue «El Greifensee», que Josef Viktor Widmann7 publicó en Bund. Por aquel entonces a mí ya me parecía dificilísimo hacer buenos libros de viajes.

«Un texto literario tiene que ser como un hermoso traje, que halaga al comprador».

«Peter Altenberg: un buen aperitivo vienés. Pero yo no me atrevería a distinguirlo con el calificativo de “poeta”».

«Los austríacos no habrían sido engullidos por los nazis si hubieran puesto a una mujer elegante y encantadora a la cabeza del país. Todos se habrían rendido ante ella, incluso Hitler y Mussolini. ¡Piense en la reina Victoria y en las regentes de Holanda! A los diplomáticos siempre les gusta servir a mujeres. ¡Con cuánta gracia halagan las mujeres austríacas!».

«Prefiero no leer nada de contemporáneos mientras esté en la situación de un enfermo. La distancia es lo más adecuado».

«¿De qué le sirve a un artista el talento si le falta el amor?».

«Jeremias Gotthelf: con él me pasa exactamente lo mismo que a la mujer a la que Heinrich Pestalozzi,8 en su novela Lienhard y Gertrud, hace decir: “¡Ese párroco me ha sacado de mis casillas!”».

Habla, a medias irritado, a medias divertido, de una tal señora A. que conoció cuando era joven, y que ahora es la esposa de un funcionario de Correos bien situado. Ahora le hace concebir falsas esperanzas, bombardeándole un día con chocolate fondant y aguijoneándole por otro lado con cartas impertinentes: «¡Sigo sin poder tomarle a usted en serio!». A este respecto, había encontrado un aliado en Thomas Mann, porque hacía poco que en una carta le había degradado a la condición de «niño listo».

23 de abril de 1939

Robert muestra deseos de ir algún día «donde los alemanes», a Meersburg. Pero la fresca y encapotada mañana de primavera está hecha a la medida para un paseo a pie. Pregunta si estaría bien una marcha hasta Wil. ¡Por qué no! El ambiente de armonía es más importante para mí que la dirección de la marcha.

Como de costumbre, Robert lleva consigo el paraguas; su sombrero está cada vez más ajado, la cinta hecha jirones. Pero no quiere comprarse uno nuevo. Lo nuevo le repugna. Tampoco quiere poner orden en sus dientes defectuosos. Todo esto le molesta; apenas me atrevo a hablar de ello, aunque su hermana predilecta, Lisa, me ha pedido que me preocupe también de estas cosas.

Hacemos la ruta Herisau-Wil, charlando continuamente, en tres horas y media. Es como si lleváramos patines, con tal facilidad avanzamos. A veces Robert llama mi atención sobre una pradera especialmente hermosa o sobre unas nubes, unas casas señoriales del Barroco. También se deja fotografiar sin oponer resistencia. Me quedo perplejo. Le hace feliz y le divierte que hayamos cubierto con tanta rapidez los veintiséis kilómetros, solo con un vermú como «gasolina». En la primera fonda en que nos sentamos había dos ancianas arrugadas y una joven. Estudiaban el programa de radio, y cuando nos íbamos vinieron a nuestra mesa a estrecharnos la mano.

Wil. Comemos en el Im Hof, tenemos un hambre voraz y vamos después de una posada a otra. En total fueron cinco. Robert propone que no regresemos a Gossau a las tres y media, como teníamos previsto, sino dos horas después. Quisiera que hoy estuviéramos juntos el mayor tiempo posible. Ahora me mira a menudo a los ojos; la distancia y la sequedad tras las que gusta de parapetarse han dejado su lugar a una serena confianza. Su tren hacia Herisau parte dos minutos después del mío. En el momento en que mi tren se pone en movimiento, hace dos profundas reverencias, con toda seriedad. ¿Estará pensando en «Monsieur Robert», el criado de palacio? Yo también hago dos reverencias, y le grito: «¡La próxima vez, donde los alemanes!», a lo que él asiente con viveza agitando el sombrero.

Robert Walser el 23 de abril de 1939.

Paseo Herisau-Wil.

Al principio del paseo, Robert me contó la siguiente historia de juicios: un abogado de Londres fue acusado de haber asesinado a su mujer. Sin embargo, su carácter amable y encantador se ganó de tal modo al juez que cabía esperar una sentencia favorable, aunque el acusado pensaba lo contrario. Decidió escapar a los Estados Unidos con su guapa secretaria, por la que había matado a su mujer. En el barco, fue detenido. El desconocimiento de la situación psicológica le costó la cabeza al abogado. Porque su intento de fuga tornó desconfiado al juez; hizo levantar el suelo de la cocina, y allí encontraron el cadáver despedazado… El asesino mismo se cortó la cabeza. Si hubiera seguido representando el papel de amable esposo, probablemente habría sido absuelto. Moraleja: se puede engañar a los demás, pero a la larga uno nunca se engaña a sí mismo.

Robert Walser el 23 de abril de 1939.

Paseo Herisau-Wil.

—Cuando en 1913 regresé a Biel desde Berlín, con cien francos en el bolsillo, me pareció aconsejable pasar lo más inadvertido posible. Realmente, no había nada de lo que presumir. Salía a pasear solo de día y de noche; entretanto, me dedicaba a escribir. Finalmente, cuando me hube comido todos los motivos igual que una vaca su pasto, me trasladé a Berna. Al principio también allí me fue bien. Pero imagínese mi espanto cuando un día recibí una carta del suplemento literario del Berliner Tageblatt en la que se me aconsejaba ¡no producir nada durante un semestre! Estaba desesperado. Sí, era cierto, me había secado totalmente. Estaba quemado como un horno. Desde luego, a pesar de esa advertencia me esforcé en seguir escribiendo. Pero lo único que conseguía arrancarme entre tormentos eran necedades. Lo único que siempre me ha salido bien es lo que ha brotado de mí con naturalidad, y lo que de algún modo yo mismo he vivido. Por aquel entonces, hice un par de chapuceros intentos de quitarme la vida. Pero no era capaz ni de hacer un nudo corredizo en condiciones. Finalmente, mi hermana Lisa me llevó al sanatorio de Waldau. Delante de la entrada le pregunté: «¿Estaremos haciendo lo correcto?». Su silencio fue lo bastante elocuente. ¿Qué otra opción me quedaba sino entrar?

»Es absurdo y cruel plantearme la exigencia de que escriba también en el sanatorio. El único suelo en el que el poeta puede producir es el de la libertad. Mientras no se cumpla esa premisa, me niego a volver a escribir jamás. No sirve de nada poner a mi disposición una habitación, papel y pluma.

—Tengo la impresión de que no desea usted esa libertad.

—No hay nadie que me la ofrezca. Así que lo que toca es esperar.

—¿Querría usted de verdad salir del sanatorio?

Robert titubea:

—Se podría probar.