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José Agustín Caballero es uno de los pensadores más relevantes de la Cuba del siglo XIX, su Philosophia Electiva es un intento de sistematizar sus ideas en libro ambicioso y abarcador. La Philosophia Electiva es una obra que manifiesta los orígenes de un pensamiento autóctono cubano, que se consolidó en el siglo XIX. Con él se incitaba a la ruptura con lo tradicional y lo dogmático, a transgredir las fronteras del dominio y la subordinación intelectual y proyectaba un estudio crítico sobre la realidad y el pensamiento. «Es más conveniente al filósofo, incluso al cristiano, seguir varias escuelas a voluntad, que elegir una sola a la que adscribirse. … elegir una sola escuela con pre-ferencia a las otras nos priva de libertad para filosofar porque el cariño a la escuela y a su maestro nos oscurece el juicio y pone obstáculos en el camino del logro de la verdad.» El electivismo de José Agustín Caballero transmite a las nuevas generaciones el mensaje fundamental de la libre elección. Apoyado principalmente en los presupuestos teóricos y la influencia de la filosofía moderna de finales del siglo XVIII y principios del XIX, preparó a las mentes más jóvenes y ávidas de conocimiento para pensar su propia sociedad, criolla, cubana.
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Seitenzahl: 114
Veröffentlichungsjahr: 2010
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José Agustín Caballero
Philosophia Electiva
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Título original: Philosophia Electiva.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN rústica ilustrada: 978-84-9953-739-9.
ISBN tapa dura: 978-84-9953-938-6.
ISBN ebook: 978-84-9897-846-9.
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Créditos 4
Brevísima presentación 9
La vida 9
Prefacio 11
Aparato o propedéutica filosófica 12
Libro I. Primera parte de la filosofía o lógica 19
Primera parte de la lógica. Primera operación del entendimiento 21
Capítulo I. Naturaleza del entendimiento y sus operaciones en general 23
Capítulo II. Origen diverso y propiedades de las ideas 25
Capítulo III. Extensión de las ideas. Los universales de Porfirio 27
Capítulo IV. Las categorías de Aristóteles, llamadas vulgarmente predicamentos 31
Capítulo V. Los post-predicamentos 37
Capítulo VI. Signos de las ideas 39
Capítulo VII. La voz como signo: el término 41
Segunda parte de la lógica. De lo relativo a la segunda operación de la mente 45
Capítulo I. Naturaleza del juicio y de la proposición 47
Capítulo II. Diversas divisiones de la proposición 49
Capítulo III. Propiedades de la proposición 51
Capítulo IV. Definición y división 55
Capítulo V. Defectos en los juicios y sus remedios 59
Tercera parte de la lógica. De lo atañedero a la tercera operación de la mente 61
Capítulo I. Naturaleza de la argumentación y principios de la misma 63
Capítulo II. Clases de argumentación 67
Capítulo III. En el que se expone el principio universal del conocimiento y si es legítimo el silogismo, sin que se tengan en cuenta ninguna de las reglas conocidas 71
Capítulo IV. Vicios de argumentación 75
Última parte de la lógica. El método 77
Capítulo I. El método lógico-analítico 79
Capítulo II. El método lógico-sintético o de trasmitir los conocimientos 81
Capítulo III. El método de estudio 83
Capítulo IV. El método de discusión 85
Cuestiones que se suelen plantear acerca de la filosofía y de la lógica en sí mismas 87
Conclusión: la Filosofía se divide adecuadamente en Lógica, Metafísica, Física y Ética 90
Disertación II. De La Lógica en sí 105
Cuestión I. Primera parte de la Lógica 105
Cuestión II. Segunda parte de la Lógica 108
Cuestión III. Tercera parte de la Lógica 111
Cuestión última. Criterio de verdad y de falsedad 116
Apéndice 121
Notas manuscritas por González del Valle al final del cuaderno de Philosofia Electiva, del padre José Agustín Caballero 121
Observaciones 122
Libros a la carta 127
José Agustín Caballero es uno de los pensadores más relevantes de la Cuba del siglo XIX. Su Philosophia Electiva es un intento de sistematizar sus ideas en una obra ambiciosa y abarcadora.
Al comenzar una exposición general de la Filosofía, es muy conveniente, queridísimos alumnos, que, para que podáis comprender gran parte de lo que habré de decir, escriba previamente algo acerca del nombre, del origen, del desarrollo, de los períodos, de las diversas opiniones y de los cultivadores más importantes de la Filosofía.
Confieso con franqueza que no hay nada que me irrite más que el método seguido por algunos de hablar de Filosofía sin que los jóvenes, incluso después de haber terminado su enseñanza, sepan qué es, cuál fue su origen, a quién se comunicó por primera vez y con qué aportaciones se fue enriqueciendo, así como otras nociones necesarias, mejor diría que preliminares, para los que se dedican a esta disciplina; extremos todos que he tenido buen cuidado de no pasar por alto.
He prescindido, en cambio, de gran número de cuestiones inútiles y hueras, que con razón podríamos llamar minucias de la Filosofía y que se enseñan comúnmente en las escuelas al explicar nuestra ciencia. ¿A qué conduce, por ejemplo, discutir con tanto encono como profusión acerca del objeto de la Lógica? ¿Para qué nos sirve saber si lo universal depende del entendimiento o no? ¿Quién podría soportar aquellas disquisiciones sobre el principio de individuación, sobre la diferencia entre la cantidad y la cosa cuanta, lo máximo y lo mínimo o acerca de otras mil cuestiones de igual naturaleza, de que yo mismo, que no me considero torpe y que he dedicado largas horas y mi mayor empeño a comprenderlas, no me atrevería ni a intentar dar cuenta siquiera? Y yo me avergonzaría de decir que no las entiendo, si las entendieran aquellos mismos que han tratado de ellas.
Aceptamos, por último, la división corriente de la Filosofía, pero no habré de seguir el mismo orden que los demás. Así, en el primer libro trataré de la Lógica; en el segundo, de la Metafísica, apartándome en esto de los peripatéticos; en el tercero, de la Física, y en el cuarto desarrollaré la Ética.
Pero antes invoco al Supremo Hacedor y dispensador de todo bien para que no me permita escribir nada que caiga fuera de la Iglesia romana y de sus leyes, y me ilumine con su luz a fin de que os pueda guiar por camino recto.
Y os ruego, amables discípulos, que invoquéis humildemente la ayuda de Dios y le pidáis con fervor que os preste fuerza para comprender: porque, creedme, solo imbuyendo vuestro espíritu de los mandamientos de Dios, llegareis a alcanzar la verdadera Filosofía. Salud.
Y tened benevolencia conmigo en gracia a mi intención.
La palabra griega Filosofía significa en castellano1 amor de la sabiduría. Se dice que Pitágoras fue el inventor de la palabra al proclamarse modestamente «filósofo», es decir, amante de la sabiduría. Yo prefiero definir esta ciencia así: el conocimiento cierto y evidente de todas las cosas por sus últimas causas, logrado con la sola luz natural.
Ahora bien, pudiendo ser muchas las causas por las cuales conocemos estas cosas, si aquéllas son las más altas y universales, su conocimiento se llama sabiduría; si son sobrenaturales, Teología, esto es, ciencia2 de Dios; si son, por último, meramente naturales, se llama Filosofía propiamente dicha o ciencia natural.
No busquemos el origen de la Filosofía sino en Dios nuestro señor porque es una y la misma la fuente y el principio del hombre y el de la sabiduría. En efecto, recordad que nuestro primer padre, Adán, aislado de todo otro hombre y sin esfuerzo alguno por su parte, recibió de Dios omnipotente la Filosofía.
Pero habiendo sido condenado Adán con toda su descendencia, entre otras penas de su pecado, a las tinieblas de la ignorancia por haber violado la ley de Dios, decayó en tal grado la facultad filosófica, que apenas quedó vestigio de aquel excelente don del cielo.
Mas, andando el tiempo, algunos hombres eminentes, libertándose de la desidia ambiente, movidos de la admiración hacia las cosas bellas y aleccionados por la observación frecuente de los fenómenos particulares,3 que es lo que constituye la experiencia, emprendieron trabajosa y fervientemente, la tarea de levantar desde sus cimientos la Filosofía. Y de esta manera fue poco a poco restaurada por ellos en el transcurso de varios siglos.
No sabemos nada del estado de la Filosofía antes del Diluvio. Después del Diluvio, en casi todos los países brillaron hombres amantes del saber y doctores de la verdad, como los rabinos entre los hebreos, los caldeos en Babilonia y Asiria; los magos entre los persas; los hierofantes entre los egipcios, o como los druidas entre los galos.
Por último, la Filosofía pasó de los egipcios a los fenicios y a los griegos: Tales de Mileto la aprendió en Egipto y la introdujo en Grecia. Se reconoce a los griegos la gloria más alta en la Filosofía porque ellos profundizaron más acuciosamente en cada una de sus partes. Por lo cual hay que ir a buscar a Grecia las sectas más famosas de filósofos.
Se llama secta al conjunto de hombres que, separado en cierto modo y como dividido de los demás, acepta determinado cuerpo de doctrina bajo la dirección de un jefe. De aquí el nombre de secta:4 de secare5 o de sectare.6 Los filósofos más antiguos de Grecia se agrupan en dos escuelas:7 la Dogmática y la Académica.
La Dogmática comprende a aquellos filósofos que afirman que han alcanzado la verdad, por lo menos en la mayor parte de los casos. La escuela Dogmática se divide en Jónica e Itálica. El jefe de la escuela Jónica fue Mileto, quien tuvo entre sus discípulos8 a Demócrito. El más importante de los de la Itálica fue Pitágoras de Samos, que contó entre los discípulos a Zenón de Elea.
Se dice que éste y Mileto de Samos fueron los creadores de la Dialéctica. Se dedicaron a la Física principalmente hasta el comienzo de la antigua Academia, época en la cual los filósofos, siguiendo el ejemplo de Sócrates, se apartaron de los estudios físicos para dedicarse a la ciencia de las costumbres.
La escuela Académica tomó este nombre de la Academia, lugar sombreado de uno de los suburbios de Atenas consagrado por Academo, noble ilustre,9 a los ejercicios de los filósofos. Estos filósofos no afirmaban nada de nada, y se dividen en Academia antigua, Academia media y Academia nueva.
Los creadores de la antigua fueron Sócrates y Platón, por lo cual los académicos antiguos se llaman platónicos y también escépticos o inquisidores porque, aunque admiten que la verdad nos es desconocida, dicen que10 no desesperan de alcanzarla y están dedicados constantemente a su busca. También se les ha llamado pirrónicos, del nombre del académico Pirrón.
Entre los discípulos de Sócrates sobresalió extraordinariamente Platón, que fue su sucesor y tuvo entre sus discípulos a Aristóteles, famoso después de la muerte de Platón (acaecida a los ochenta años, en el mismo aniversario de su nacimiento). Los otros sucesores de Sócrates formaron la escuela Peripatética, la de los Estoicos y la Epicúrea.
El jefe de los Estoicos fue Zenón de Citio, que enseñó en Atenas, en un stoa o pórtico con gran renombre, los dogmas de una Filosofía más rigurosa. Se dice que Séneca fue uno de sus oyentes. La escuela Epicúrea debe su nombre al jefe de la misma, Epicuro, expositor de las doctrinas de Demócrito.
Lucrecio expresó en versos latinos la filosofía de Epicuro, y la cultivaron muchísimos maestros11 hasta la época de Augusto. En nuestros días la ha refutado vigorosamente el Cardenal Polignac en una obra excelente titulada L’ Anti-Lucrèce.
Los Peripatéticos se glorian de tener por maestro a Aristóteles, y adoptaron este nombre porque discutían paseando por su Liceo, es decir, en un peripato. Arcesilas impulsó la Academia media, añadiendo a la doctrina de Sócrates que, no solo no sabemos nada, sino que ni siquiera podemos saber nada. De aquí que los Académicos se llamen Acatalécticos.
Los continuadores de Arcesilas fueron Lacides, fundador de la tercera Academia o Academia nueva, Evónder y Carneades, que explicó con gran elocuencia la doctrina de los Académicos nuevos en Roma, donde tuvo entre sus discípulos a Clitómaco, a Filón y a Antioco, maestros de Cicerón.12
El más importante de los filósofos de la escuela Ecléctica fue Potamón de Alejandría, a quien siguieron Amonio, Hierón, Porfirio, Orígenes, Gregorio Taumaturgo y sobre todo Clemente de Alejandría. Estos filósofos, sosteniendo que la verdad no está adscrita a determinada escuela, la buscaban en todas ellas.
La Filosofía aristotélica no logró imponerse durante los primeros siglos de la Iglesia; pero hacia el final del siglo VIII y principios del IX comenzaron a cultivarla los árabes de España, la resucitaron ilustrándola con gran cantidad de comentarios, y la introdujeron en las escuelas públicas.13
La doctrina de Platón fue la más generalmente seguida desde el nacimiento de Cristo hasta alrededor del siglo VIII. Muchos Padres de la Iglesia la adoptaron, sobre todo Agustín, que la utilizó con éxito para demostrar la verdad de la religión cristiana y refutar los errores de los Etnicos.
De este modo empezó a correr la fama de Aristóteles de África a Europa y de Europa al mundo entero,14 hasta que fue aceptada y ampliada con tanto entusiasmo y firmeza, que apenas si se explicaba en las escuelas más que a Aristóteles. De aquí nació la Escuela Escolástica, esto es, la de los que piensan que hay que acudir a Aristóteles en busca de toda verdad.
La Escuela Escolástica se divide en otras tres: la primera, la de los Tomistas; la segunda la de los Escotistas; y la tercera la de los Nominalistas. El maestro indiscutible de los Tomistas es Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico, llamado Príncipe de las Escuelas por antonomasia. Los Escotistas tienen por maestro a Juan Duns Escoto, el Doctor Sutil. El de los Nominalistas, por último, es Guillermo de Occam, inglés, asimismo de la Orden de los Hermanos Menores y discípulo de Escoto. Se le llama el Doctor Invencible y vivió hacia mediados del siglo XIV.
La Escuela Escolástica conservó la supremacía sin disputa alguna hasta la muerte de Guillermo de Occam, época en la cual sentaron los fundamentos de la nueva Filosofía Galileo Galilei, de Florencia, en Etruria, Francisco Bacon, Conde de Verulan, en Inglaterra, y el famosísimo médico Antonio Gómez Pereira, en España.
Estos fueron los primeros que, rompiendo el yugo de una tradición escolástica inveterada, abrieron nuevas vías por donde muchos hombres notables por su cultura llegaron a la reinstauración de la Filosofía mecánica, cultivada ya en otros tiempos por Demócrito y Epicuro.
Así surgieron, entre otras, dos escuelas famosas: la de los Gassendistas y la de los Cartesianos. Aquélla tuvo por jefe a un hombre sapientísimo, el sacerdote Pedro Gassendi, que concilió el sistema filosófico de Epicuro con la religión. La segunda, a Renato Descartes, que sobresalió extraordinariamente en el estudio de las Matemáticas.
En estos últimos tiempos15 se ha impuesto otra escuela: la de Isaac Newton, noble inglés y matemático insigne, quien por un lado admite los razonamientos de los Escolásticos, y prescinde por otra parte de otras hipótesis más recientes y, sin insistir en la investigación de la naturaleza interna de las cosas, se preocupa solamente de sus apariencias.
La realidad es que el método del raciocinio mecánico ha sido aceptado en toda Europa con tal interés y adhesión, que nadie considera dignos de ser tenidos por filósofos a quienes siguen otro camino en la explicación de los fenómenos físicos.
