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Pilar Bellosillo puede ser considerada la figura femenina más emblemática del cambio de época que se produjo a mediados del siglo XX en la Iglesia española. Nacida como una más de esas «niñas bien que hacían el bien» en la España nacionalcatólica de Franco, progresivamente evolucionó hacia una mentalidad más abierta y universal. Presidenta de la Acción Católica Española y de la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas (UMOFC), fue nombrada por Pablo VI auditora del concilio Vaticano II y ejerció como miembro de la Comisión Pontificia sobre la Mujer. Defensora incansable de la plena incorporación de la mujer a todos los ámbitos de la vida, sus demandas e inquietudes de igualdad y justicia siguen plenamente vigentes ahora que se ha iniciado su proceso de beatificación.
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Seitenzahl: 435
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Índice
Portada
Portadilla
Créditos
Oración
Introducción a la primera edición
Introducción a la segunda edición
1. Marco biográfico
2. Su paso por la presidencia de la Acción Católica Española
3. Presidenta de la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas
4. Auditora en el Concilio
5. Diálogo ecuménico
6. Presidenta de las Organizaciones Internacionales Católicas
7. Una esperanza frustrada: la Comisión Pontificia sobre la Mujer
8. Acción política
9. Última etapa
Anexo I: textos escogidos de Pilar Bellosillo
Anexo II: testimonios
Bibliografía
Notas
© SAN PABLO 2021 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)
Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723
E-mail: [email protected] - www.sanpablo.es
© Mary Salas Larrazábal 2021
© Teresa Rodríguez de Lecea 2021
1ª edición publicada por
Federación de Movimientos de Acción Católica Española, 2004
Distribución: SAN PABLO. División Comercial
Resina, 1. 28021 Madrid
Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050
E-mail: [email protected]
ISBN: 9788428560566
Depósito legal: M. 4.115-2021
Impreso en Artes Gráficas Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid)
Printed in Spain. Impreso en España
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).
En el despacho de la UMOFC
Señor Dios y Padre nuestro,
te damos gracias por la fecunda vida de Pilar Bellosillo,
por su testimonio de entrega a la causa del Evangelio,
por su amor a la Iglesia,
por su trabajo intenso y responsable
en el camino de la renovación
en el espíritu del concilio Vaticano II.
Te damos gracias por el impulso
que dio al laicado eclesial
y por su implicación constante
en la promoción de las mujeres.
Confiados en su intercesión,
ponemos en tus manos
la gracia que te pedimos nos concedas,
y que nos hagas también a nosotros
testigos valientes y comprometidos de la fe.
Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor.
Amén.
De conformidad con los Decretos de Urbano VIII en nada se pretende prevenir el juicio de la Iglesia. Con las debidas licencias.
* Para comunicar favores y gracias: [email protected]
Al comenzar a escribir este libro, buscábamos varios objetivos que, ahora, al finalizar el trabajo, queremos hacer presentes en esta introducción. Tratábamos, en primer lugar, de resaltar el nombre y la obra de una mujer que ha realizado una tarea de gran significado en la segunda mitad del siglo XX. Los acontecimientos han ido muy deprisa en los últimos cincuenta años, y su nombre ha quedado casi olvidado en la memoria actual. Sin embargo, su trayectoria afecta tanto a la vida española como a la internacional, en el terreno concreto de la evolución del pensamiento religioso acerca de las mujeres. En el cambio radical que tuvo lugar entre 1950 y 1970, los años que duró la enorme esperanza que significó la apertura de la Iglesia al mundo moderno, apoyada en la teología del laicado, el ecumenismo y los derechos de la mujer, Pilar ocupó un lugar de excepción en ese impulso. Hay que recordar que ostentó los más altos cargos, nacionales e internacionales, de diversas organizaciones católicas, y que fue elegida como auditora en el concilio Vaticano II, en la primera ocasión en que la Iglesia católica abrió las puertas del aula conciliar a las mujeres.
El ámbito de la Iglesia católica es y ha sido un entorno históricamente difícil para ellas, pero Pilar puso su empeño en una tarea fundamental: la labor del reconocimiento de la igualdad de las mujeres como tarea de justicia, en la Iglesia católica y también en otras Iglesias cristianas, a través del diálogo ecuménico. Fueron años en los que la creatividad y la fuerza del pensamiento religioso hacían que fuese escuchado con admiración y respeto por todo el conjunto de la sociedad, y esos planteamientos, propugnados desde muy diferentes situaciones ideológicas, han logrado hoy ser la base fundamental del pensamiento sobre las mujeres, tanto en medios civiles como religiosos. Pero en los años cincuenta era una tarea de gigantes poner sobre el tapete el cambio de mentalidad que eso significaba.
No era fácil la tarea de reconstruir hoy la biografía de Pilar. Hacía ya años que había dejado sus responsabilidades, y las instituciones a las que perteneció no han sido muy cuidadosas con sus archivos. Por otro lado, escribir sobre la vida de una persona es siempre una tarea ardua. Hay que tratar de compaginar los datos puramente biográficos y personales, con los del contexto que rodea al personaje, datos externos de circunstancias históricas que jalonaron de manera importante su vida; pero, además, se hace necesario tratar de percibir las intenciones, deseos y frustraciones que fueron acompañando a esos acontecimientos en el transcurso del tiempo.
Por eso, nos reunimos para trabajar, de manera complementaria, Mary Salas, amiga y compañera de Pilar Bellosillo, testigo presencial de muchos de los acontecimientos y debates que se narran en el libro, cuyos recuerdos personales y conocimiento de la personalidad de Pilar son, en algunas ocasiones, la única fuente de información de que disponemos para la narración. Y Teresa Rodríguez de Lecea, historiadora del pensamiento español, especialmente el religioso, que podía contextualizar muchos de los acontecimientos, valorar actitudes y plantear preguntas desde una perspectiva menos entrañable y más objetiva, para enmarcar unas situaciones que, de otro modo, hubieran podido quedar en el terreno de los sentimientos.
Se ha realizado una cuidadosa labor de búsqueda de documentos que tratan de dar al libro el valor de documento histórico. Se ha podido disponer del archivo personal de Pilar que su hermana Carmen guarda en el domicilio familiar, y que ha proporcionado las mayores facilidades para su consulta, además de sus propios recuerdos personales y los de los hermanos y sobrinos que la conocieron. En la medida que ha sido posible, hemos revisado los archivos de la Acción Católica, nacional e internacional, de la UMOFC y la documentación y bibliografía que aparece en el último apartado de este libro. Para la búsqueda de los artículos escritos por Pilar, hubo que repasar colecciones de revistas de diferentes épocas, a veces de difícil acceso. También hemos acudido a los recuerdos de amigas y amigos, como Carmen Victory, Ángela Rosa de Silva, Mary Quereizaeta, Sagrario Ramírez, Pilar Desfilis, Mary Carmen Aldeanueva, Enrique Miret y Jesús López, además de Claire Delva, Joaquín Ruiz Giménez, Ramón Sugranyes o Ruth Epting, que han dejado constancia por escrito de esa amistad en documentos que aparecen publicados como homenaje personal.
También debemos nuestro agradecimiento a Carlos Giner, que leyó el manuscrito, haciendo una serie de observaciones y comentarios totalmente pertinentes, que han sido incorporados al texto.
Por último, hay que decir que la confección de este libro ha sido, con todo, una tarea muy grata. La personalidad de Pilar tiene rasgos entrañables, que se han pretendido resaltar. Fue una gran trabajadora, muy eficaz, con una fina inteligencia que sabía prever muchas de las dificultades que iban a aparecer. Pero su carácter unía la tenacidad a la discreción. Incluso en su correspondencia personal no aparecen sino mínimos indicios de los contratiempos y disgustos que tuvo en su tarea. Por ello, tanto sus logros como sus fracasos carecieron de la resonancia que les hubiera sido debida, siempre en aras de no herir susceptibilidades y no romper el hilo que permitiría retomar el punto donde se dejó. Que este libro sirva como homenaje a su persona, a su obra y a la de todas las personas que la acompañaron en esa lucha.
Mary Salas Larrazábal
Teresa Rodríguez de Lecea
La segunda edición de un libro es siempre un motivo de alegría para los autores. Significa que su contenido sigue vigente, que es de interés, de actualidad, y que el lector desea seguir consultando la información que en él se describe. En este caso, la alegría es doble, porque el motivo de la reedición es el comienzo del proceso de beatificación de Pilar Bellosillo, la protagonista del libro. Por ello hemos añadido a la foto que encabeza esta edición, la Oración para rogar su intervención en favor de quienes lo deseen.
Y lo que más lamento es que Mary Salas, coautora de la primera edición de esta obra, ya no esté entre nosotros, porque su alegría sería inmensa, al ver a su amiga Pilar en trance de comenzar un proceso de reconocimiento de su buen criterio de pensamiento en la renovación de la Iglesia, de sus años de trabajo por la institución y de su bondad personal.
Pilar es símbolo de una época de la historia de la Iglesia española. Aunque no sea la única, ella fue la figura femenina emblemática más representativa de un cambio de época. No fue ella sola, los cambios históricos son demasiado importantes y nunca son producidos por una sola persona: siempre requieren un núcleo, mayor o menor, de compañeras que ayuden, alienten y compartan tareas, iniciativas, triunfos y derrotas. A su lado estuvo siempre, y es de obligación debida reconocerlo, desde un principio, desde las primeras tareas, Mary Salas Larrazábal. Fue la amiga fiel que siempre la acompañó, discreta pero eficazmente. Fue quien junto con Pilar realizó las iniciativas que ambas creaban sobre todo en una primera etapa, pero siempre, recibiendo confidencias, comentando problemas, alegrías y disgustos.
Mary fue quien tuvo la idea de escribir este libro, porque ella era consciente de la importancia de la figura de Pilar, y de lo que había significado en una etapa especialmente importante tanto para la historia de la Iglesia universal como para la historia de nuestro país, España. Mary tenía la información fundamental, o sabía dónde encontrarla. Puedo decir que, juntas buscamos documentación, a veces de difícil acceso, y yo me ocupé, sobre todo, de la tarea de situar el contexto, sobre todo el español y también, en menor medida, internacional. Vayan las líneas anteriores como homenaje y recuerdo de quien fue no solo autora, sino también en gran parte coprotagonista, del contenido de este libro.
Una vez dicho esto, quisiera dibujar algunas ideas sobre el significado de la tarea que realizó Pilar desde el ángulo propiamente dicho de su fe, su pensamiento religioso y su fidelidad a la Iglesia. Me apoyaré para ello en algunos textos escritos por Pilar, que aparecen en el Anexo I de este libro. Las referencias a los hechos y documentos concretos, que narran las vicisitudes diversas de su vida, están relatadas en los capítulos que siguen. A ellos se puede acudir para buscar información concreta.
Quiero destacar, porque en diversas ocasiones lo manifiesta ella con toda claridad y sin ningún tipo de duda, que la motivación de Pilar Bellosillo durante toda su vida fue siempre la fe, la motivación religiosa, el amor a la Iglesia: «Puedo aportar mi testimonio personal y el de tantas mujeres que en el mundo entero han descubierto en su fe la fuerza y la esperanza para luchar por la liberación de la mujer, por la liberación de los oprimidos. No han descubierto esta fuerza a partir de otros argumentos, aunque los respeten, sino directamente del Evangelio»1.
Visto desde la distancia que dan los años que han pasado, podemos observar que el gran mérito de Pilar es, sobre todo, haber sabido madurar su pensamiento y su fe, pasando desde un primer momento, en su juventud transcurrida en los años cuarenta del pasado siglo, cuando creció entre las «niñas bien, que hacían el bien» (así las describía Juan Manuel Bonet) de la Acción Católica de la España de la inmediata posguerra, la España del nacionalcatolicismo. Y desde ahí, no sin esfuerzo, evoluciona hacia una mentalidad más abierta, más universal, más tolerante, siempre generosa, absorbiendo las doctrinas que inspiraron el concilio Vaticano II y sumándose entusiastamente a ellas. Después, tras la euforia conciliar y la creatividad desarrollada por los movimientos seglares, llegó el gran parón en la evolución doctrinal y de actitudes en la Iglesia, algo que la afectó personalmente a ella, deteniendo las iniciativas que habían surgido de las aulas conciliares y que habían sido encargadas a los auditores. Pilar no se desalentó. Supo encontrar fuerzas, de nuevo, en su fe, y tomó otros caminos, en particular el del ecumenismo, y siguió trabajando, ahora también en compromiso con el momento político español de la transición hacia la democracia, poniendo de su parte todo el empeño en conseguir una democracia justa, de inspiración cristiana.
Si repasamos esas etapas vemos que, después de la guerra civil, la tarea de la Acción Católica estaba bien definida: «recristianizar» la sociedad española. Se trataba de una actividad preocupada por la liturgia, el cumplimiento de las normas eclesiásticas, la misa dominical, los bautizos y las bodas religiosas. Pilar, siempre comprometida, participa de forma activa en este tipo de tareas. Pero en los viajes a las diferentes regiones y en sus visitas a parroquias destrozadas por la guerra, percibe la miseria, el analfabetismo y la penuria en la que viven las mujeres. Y comienza la tarea de facilitar la educación de esas mujeres, una educación religiosa, de buenas maneras y buenas costumbres, pero también una educación práctica, que las haga más útiles para sí mismas y para sus familias, y les proporcione una seguridad en sí mismas, autoestima e, incluso, una incipiente autonomía. Los Centros de Formación Familiar y Social fueron unas primeras bases para lo que irá siendo el desarrollo de sus criterios y de su pensamiento.
A partir de 1952, cuando es nombrada representante de la Acción Católica española en la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas, UMOFC, comienza una etapa distinta en la que el conocimiento del mundo internacional supone un enriquecimiento en la reflexión y maduración de un pensamiento que no se queda ya en los problemas locales sino que pregona la necesidad de ampliar horizontes, porque los problemas son de toda la humanidad2. Hay también un cambio de vocabulario, que refleja esa evolución: sigue hablando de la necesidad de promoción y educación de la mujer, rechazando la situación de minoría de edad en la que se encuentran en la sociedad, pero ya, también, encontramos enunciado como objetivo de su actividad, el de la «liberación» de la mujer.
En sus visitas a la ONU, a Unicef, y a otros organismos internacionales por razón de su cargo como presidenta de la UMOFC, que tiene estatuto consultivo en esas instituciones, y desde 1956, cuando se internacionaliza la Campaña contra el hambre, que será el origen de Manos Unidas, insiste en la necesidad de formar expertas que sepan resolver los problemas desde un punto de vista técnico, en la necesidad de estudio de los conocimientos profesionales y, también, de los conocimientos religiosos y en el estudio y el conocimiento de la teología, vedado en ese momento para las mujeres.
Y Juan XXIII anuncia la convocatoria de un concilio de la Iglesia católica. Es un momento efervescente de los grandes teólogos católicos: Marie Dominique Chenu, Yves Congar, Henry de Lubac, Karl Rahner, y otros teólogos cristianos que elaboran la teología del laicado, de la Iglesia como pueblo de Dios, la definición del compromiso temporal, la paternidad responsable. Los cristianos se sienten concernidos y entusiasmados, porque es un diálogo en la igualdad, en la madurez, sin vetos jerárquicos que impidan hablar. La encíclica Pacem in terris presenta una Iglesia distinta, fraternal, en diálogo con el mundo, no temerosa de él. Y entre los «signos de los tiempos» que señala el Papa, el ascenso del papel social de las mujeres. Las Organizaciones Internacionales Católicas (OIC), que en ese momento preside Pilar, se alistan en esa nueva visión de la Iglesia y del mundo.
Cuando el papa Pablo VI nombra a auditores y auditoras seglares para la reunión conciliar, parece que culmina el ciclo de la teología que ha estado preparando una nueva forma de Iglesia en la que las mujeres están en pie de igualdad, y sus problemas son contemplados con sensatez en esa perspectiva. Pilar narra con emoción esas sesiones, en las que participa activamente. Cuando escribe su reflexión sobre lo que significó para ella esa etapa, refleja los tres puntos que más la impactaron en su experiencia del Concilio: en primer lugar, la mujer en los textos conciliares y la perspectiva «apasionante» que despertó sobre la responsabilidad y sobre el protagonismo del seglar en la Iglesia (p. 231). Un segundo punto es la dimensión ecuménica y el tercero, la importancia de la iniciativa privada en la Iglesia, es decir, la importancia de las OIC3.
Después llegaron las comisiones y el encargo de informes para poner en práctica las directrices del Concilio. Pilar participó en varias, con diferentes resultados, casi todos frustrados. La UMOFC organizó un coloquio en París, en abril de 1969, para hacer una aportación a la Comisión de revisión del Código de Derecho Canónico para que este considere a las mujeres como iguales en dignidad, responsabilidad y autonomía en la Iglesia. El Memorándum que confeccionaron nunca obtuvo respuesta del Vaticano.
También trabajó intensamente para que las OIC conservaran su autonomía e independencia, y no fueran a integrar una institución más de la Curia, es decir, sometidas a la autoridad y al control eclesiástico en sus decisiones, quitándoles su autonomía.
Y, por último, y sobre todo, de mayor importancia, Pilar fue nombrada miembro de la Comisión Pontificia sobre la Mujer en la Iglesia, encargada por Pablo VI. Trabajó en ella de manera activa y apasionada pero no pudo conseguir el objetivo de reflexión y renovación que se pretendía.
Todas estas frustraciones, que indudablemente tuvieron que afectarla muy dolorosamente, no consiguieron desanimarla en su amor por la Iglesia, su fe en Jesús y su vocación de servicio al mundo religioso.
«Las mujeres se preguntan por qué la gran fuerza liberadora del Evangelio ha estado en el curso de la historia tan condicionada y contenida. Por qué la actitud de Jesús con las mujeres y con todos los oprimidos, actitud verdaderamente revolucionaria en su tiempo, tan significativa y luminosa, ha perdido su fuerza y su significado en el curso de los siglos»4.
Además del brusco parón a esas iniciativas, llega también el relevo en las instituciones internacionales, lo que la afecta de manera directa, pero Pilar encuentra un nuevo camino para su acción de evangelización y para el desarrollo de su pensamiento cristiano. Dedica entonces su esfuerzo al Foro Ecuménico de mujeres, institución que había nacido a raíz del Concilio, con el encuentro de mujeres de diferentes confesiones cristianas.
El momento político en España está muy vivo. Y ella se siente concernida por la necesidad de actuar y posibilitar un gobierno democrático en nuestro país. Se adscribe a un partido político, todavía en la clandestinidad, con su amigo y compañero Joaquín Ruiz Giménez, en lo que será Izquierda Democrática.
En la explicación que se le solicita y que da acerca del porqué de esa última decisión de participar en la vida política, encontramos de nuevo, y más detalladamente, su motivación religiosa:
«He llegado, pues a la política y la política es para mí algo muy serio. Es un mundo totalmente distinto al que he vivido hasta hace poco. Lo primero que tengo que aprender es que hay “otros” que piensan distinto de mí. Esto no quiere decir que abdique de mis principios, pero sí que no puedo imponerlos a otros que no piensan como yo. Voy a actuar de acuerdo con mi conciencia, y mi conciencia es cristiana»5.
Si buscamos hoy en día la huella de todas esas actitudes y acciones, en nuestra visión actual de la religión y de la Iglesia, podemos ver en el pensamiento y la acción de Pilar Bellosillo la simiente precursora de un pensamiento que ha tomado derroteros distintos de los que ella y sus coetáneos previeron.
El papa Francisco ha retomado algunos de esos problemas y los ha reincorporado a los temas en revisión, en concreto, el de la mujer en la Iglesia.
Sería interesante poner en paralelo las iniciativas del Concilio y de Pilar, y la situación actual de la Iglesia del siglo XXI. Posiblemente no es difícil ver en ese relato las dificultades de la relación de la sociedad actual con la Iglesia.
En suma, Pilar Bellosillo participó en el proyecto de la construcción de una nueva Iglesia más fraternal, que se sienta partícipe de los problemas del mundo moderno y de la necesidad de abordarlos como problemas de toda la humanidad, entendiendo y respetando la pluralidad de posturas y creencias en la Iglesia. Su fe, su postura y su impulso, se condensan en estas frases:
«Iglesia de Cristo, ¡cuánto te queremos!
Y te deseamos permanentemente joven y hermosa, “habitada” por Él, que te hace fecunda.
Te queremos pobre, despojada de todo poder.
Te queremos libre, para que puedas tú, también, ser libertad.
Y damos gracias al Señor, porque ya, en muchas regiones del mundo eres Iglesia de pobres y de creyentes... Iglesia mártir.
Te queremos proclamadora de la Palabra.
Te queremos misterio de comunión, sacramento de salvación.
Te queremos reveladora y “desveladora” del mundo, del que es Luz de gentes, Jesucristo el Señor.
El único que salva»6.
Teresa Rodríguez de Lecea,
diciembre de 2020
La biografía de Pilar Bellosillo hay que situarla en una determinada época española, dentro una generación profundamente marcada por la guerra civil de 1936 a 1939, y por el ambiente religioso que se desarrolló a partir del final de la contienda. La mentalidad del bando que resultó vencedor encontró en la Iglesia y la religión sus principales apoyos ideológicos de legitimación, de manera que toda la realidad social, en mayor o menor medida, se impregnó de una óptica en la que lo religioso era elemento principal. Estamos hablando de lo que se ha denominado y aceptado por los historiadores y sociólogos como el fenómeno del «nacionalcatolicismo»1.
La doctrina nacionalcatólica pretendía ocupar todos los ámbitos de la vida, no solamente el religioso, con un esquema totalitario que basaba en la Iglesia su verdad fundamental. En nombre de una interpretación de la doctrina eclesiástica tan conservadora como limitada, se realizaba una aplicación de sus presupuestos a la totalidad de la realidad, manteniéndose siempre en unos márgenes de estrechez, mojigatería e ignorancia. La identificación patria-religión, el rechazo a la modernidad y la vertebración de la sociedad política conforme a las doctrinas eclesiásticas, tres de los principales ingredientes teóricos del nacionalcatolicismo, posibilitaron, sin embargo, que se creara en la España de Franco un cierto marco de libertad para las asociaciones católicas. Esto funcionaba dentro del espíritu de confianza en y con la Iglesia, mientras se suprimía toda posibilidad no ya de crítica, sino de mínimo debate, para cualquier otra posición ideológica. El artículo 34 del Concordato de 1953 describió bien la situación: «Las asociaciones de la Acción Católica Española podrán desenvolver libremente su apostolado, bajo la inmediata dependencia de la Jerarquía eclesiástica, manteniéndose, por lo que se refiere a las actividades de otro género, en el ámbito de la legislación general del Estado». Únicamente quedaron fuera de esta permisividad las antiguamente llamadas «obras económicas y sociales», cuya actividad dentro de la Acción Católica siempre había resultado polémica2.
Esta mentalidad, impuesta por la fuerza de las armas y configurada como voluntad política por los vencedores con la ayuda de las altas jerarquías de la Iglesia oficial, fue utilizada como instrumento de dominación cultural. Lo que ocurrió fue que esa libertad mínima otorgada a los grupos religiosos permitió desarrollar poco a poco una manera de pensar coherente con una básica adhesión a la doctrina de la Iglesia, pero diferente de la interpretación que hacían los ideólogos oficiales franquistas.
A partir del final de la II Guerra Mundial, quedó abandonada totalmente en España la inclinación por el pensamiento fascista, y se trató de buscar otros apoyos, particularmente en la Iglesia. Comienza el período del «colaboracionismo católico», con el nombramiento de Alberto Martín Artajo, presidente de la Acción Católica Nacional, como ministro de Asuntos Exteriores. Esta nueva relación del régimen franquista con la Iglesia católica produjo una serie de consecuencias muy diferentes. Fue un proceso lento y se realizó con un gran esfuerzo personal, que motivó en algunos casos angustias y tragedias de los cristianos que no lograban compaginar las propias creencias religiosas con la versión que la Iglesia daba como la correcta, en consonancia con el pensamiento político del régimen. En otros casos, ese choque de conciencia provocó una profunda crisis de fe que desembocó en el total alejamiento de la Iglesia, además de un violento anticlericalismo. Y en otros más, como es el caso de Pilar Bellosillo, fue desarrollando paulatinamente una convicción personal que no solo no se alejaba de la fe cristiana, sino que por el contrario, se afianzaba en ella, consiguiendo una capacidad de discernimiento y de madurez que la hacían más viva y responsable.
Pero esta buena relación entre el gobierno y la institución eclesiástica provocó que, en esta temprana etapa del franquismo, los únicos grupos con libertad para reflexionar y discutir fueran los que se reunían en nombre de la religión. En cualquier caso, la confrontación con las propias limitaciones y contradicciones fue provocando en estos grupos la necesidad de ampliar un horizonte que se mostraba muy restringido. De ahí que una de las maneras, si no la principal, de abrir puertas hacia otros ámbitos intelectuales fue, como han confesado muchos de los protagonistas de esta época, la salida a los organismos internacionales y el consiguiente encuentro con las muy variadas interpretaciones del mundo y las realidades sociales, no solo seculares, sino también aquellas de índole estrictamente religiosa y cristiana, que tenían opiniones bien diferentes de las posturas oficiales de la religiosidad propuestas por las autoridades españolas.
Entre los grupos más intelectuales, los primeros contactos internacionales comenzaron en las Conversaciones de San Sebastián que convocaba Carlos Santamaría, adonde acudían teólogos franceses como el dominico Padre Dubarle. Unos años más tarde, las Conversaciones de Gredos, dirigidas por Alfonso Querejazu, fueron también lugar de encuentro y de debate de personalidades como Aranguren y Laín, aunque no tenían presencia cristianos del exterior. Hay que anotar que en ninguno de los dos grupos fue nunca convocada ninguna mujer, si bien habían aparecido ya destacadas figuras femeninas intelectuales como: Lilí Álvarez y María Campo Alange.
Entre las asociaciones de cristianos auspiciadas por las jerarquías eclesiásticas encontramos desde muy pronto los grupos restaurados de la Acción Católica, y un poco más tarde, las congregaciones marianas en el círculo de influencia de los jesuitas. Se trataba en ellas de continuar una educación y una vivencia religiosas más allá de los recintos escolares. Divididos en agrupaciones por Ramas: Mujeres, Hombres y Jóvenes, esta diferenciada en masculina y femenina, tenían una fuerte subordinación a la jerarquía episcopal. Según la caracterización de Miguel Benzo en una primera etapa, la anterior a la guerra, la Acción Católica tenía una actitud agresiva frente a la sociedad civil, a la defensiva de los derechos de la Iglesia. En esta segunda etapa, la que se denomina como nacionalcatolicismo, esa actitud se convirtió en una pastoral triunfalista, que deseaba poner de manifiesto la situación de cristiandad. En la tercera, a partir de 1950, la Acción Católica comenzó una «pastoral de testimonio», tratando de cristianizar a las personas y a las estructuras3.
Poco a poco, en un proceso que fue lento, se fueron potenciando unas actividades y unos debates inmersos en la corriente de ideas que fue desembocando en la preparación y posterior celebración del concilio Vaticano II. En toda Europa corrieron esos aires de aspiración a la libertad, pero durante los años 1945 a 1966 probablemente fue en España, por las circunstancias políticas antes descritas, donde tuvieron un eco más sonoro y repercutieron con impacto más fuerte en toda la sociedad.
Observándolo desde hoy, vemos que la base teórica se fue desarrollando sobre unas ideas-fuerza, apoyadas en las doctrinas de aquellos teólogos que fueron quienes prepararon los nuevos aires del Concilio. En primer lugar, hay que nombrar la teología del laicado, trabajada por el teólogo dominico francés Yves Congar4, que destacaba la responsabilidad de todos los miembros, laicos y clérigos en el gobierno y la marcha de la Iglesia. Suponía una llamada a la autonomía de la conciencia del laico, considerado hasta entonces como un menor de edad. Ello conllevaba, sin duda ninguna, una puesta en cuestión del argumento de autoridad que utilizaba la jerarquía eclesiástica.
En segundo lugar, esto ponía sobre el tapete una nueva concepción más igualitaria de la Iglesia como pueblo de Dios. El desarrollo de esa tesis había sido expuesto por Henri de Lubac, en Meditación sobre la Iglesia5. No faltaron teólogos españoles que recogieran esos nuevos aires y publicaran las nuevas ideas: entre ellos, Miguel Benzo, consiliario de la Junta General de Acción Católica, que publicó unos años más tarde Teología para universitarios6, uno de los libros más leídos y discutidos por todos los militantes cristianos de esa generación.
En tercer lugar, la idea de la libertad religiosa, que se abría paso en el debate de las sociedades europeas secularizadas, era una necesidad sentida en la España nacionalcatólica de Franco. La situación de las otras confesiones religiosas, totalmente marginadas, era una grave afrenta a la conciencia de los católicos. El libro del jesuita alemán, Karl Rahner, Sobre el apostolado seglar. Escritos de teología7, defendía directamente el respeto a todos los hombres, en la intimidad de sus creencias.
Posteriormente potenciado por el Concilio, la necesidad de diálogo entre católicos y cristianos de otras confesiones primero, y luego con no creyentes y también con los marxistas, se abría paso en una España en la que el adjetivo «marxista» era sinónimo de persecución y prisión, pero cuyo compromiso obrero y social causaba respeto y admiración a los cristianos más concienciados.
Además de estas tres ideas, que iban creando un ambiente de cada vez mayor contestación a la España oficial, surgió, paralelo a ellos, el tema de la mujer. En el ambiente reaccionario y tradicional de la España de Franco, la Sección Femenina de Falange, dirigida por Pilar Primo de Rivera, marcaba las pautas de conducta de las mujeres españolas, especialmente en los ambientes rurales. La conservación de las tradiciones, la sujeción de la mujer al varón, fuera padre, hermano o marido, y la educación exclusivamente de cara a las tareas familiares eran las directrices fundamentales.
La figura de Lilí Álvarez destacó muy pronto cuando apareció su libro En tierra extraña8, que en dos años alcanzó cuatro ediciones. En él defendía el papel de los seglares dentro de la Iglesia, incluidas las mujeres en pie de igualdad y no de minoría de edad. También el libro de Mary Salas, Nosotras las solteras9, planteaba la teología del trabajo como realización personal y no como castigo bíblico, reclamando para las mujeres un papel social profesional. Se respiraba en ellos una religiosidad y teología vividas antes que estudiadas y aprendidas.
La Rama de Mujeres de Acción Católica había tenido una inflexión más piadosa, continuando con su trayectoria anterior a la guerra, pero evolucionó, en general, con arreglo a esas mismas pautas que hemos descrito. En ese contexto, el gran mérito de Pilar Bellosillo, junto con la mayoría de las dirigentes que la acompañaron, fue el de variar el punto de mira desde una religiosidad centrada en lo litúrgico y las obras de caridad, de la mano de esa espiritualidad seglar y la autonomía de la conciencia, hacia una «promoción de la mujer», que fue abriendo progresivamente nuevas ideas hacia la igualdad con los varones, tanto en los derechos como en las responsabilidades.
Podemos decir que el tema de la mujer fue un tema estrella que fue abriéndose paso cada vez con más fuerza a lo largo de esos años. Al principio, necesitaba buscar y encontrar apoyos en los textos de los papas, sobre todo en Pío XII y Juan XXIII. Cuando este último, en la encíclica Pacem in terris lo proclamó como uno de los «signos de los tiempos» que caracterizan la sociedad actual, la centralidad e importancia del tema logró su punto álgido. Pero la igualdad de la mujer, proclamada por el concilio Vaticano II y defendida por Pablo VI en diferentes ocasiones, encontró en el posconcilio fuertes resistencias para su cumplimiento, al igual que todos los temas que habían aflorado en aquel ambiente de libertad: la importancia del laico en la Iglesia, la voluntad del ecumenismo y el diálogo con los no creyentes. Sin embargo, se hacía ya muy difícil una vuelta atrás, regresar a la situación anterior de sometimiento ciego a los dictámenes de la jerarquía.
Conviene señalar que ese período, que podemos enmarcar entre los años cincuenta hasta los setenta, fue de una riqueza y una profundización religiosa extraordinarias. Los textos de los teólogos, tanto los arriba citados como muchos otros que fueron surgiendo, eran leídos con mucha atención y cuidadosamente comentados y discutidos en los grupos cristianos. Y si bien es cierto que los aires renovadores del concilio Vaticano II fueron frenados desde muchos ángulos por la propia Iglesia católica, tampoco podemos negar que la crisis de autoridad, la honestidad en la autocrítica y la libertad de conciencia que inauguraron y, en definitiva, la nueva concepción de la Iglesia como pueblo de Dios, no perdieron ya fuerza dentro de la comunidad cristiana. Las jerarquías eclesiásticas más conservadoras que pretendieron parar ese proceso, desautorizaron a dirigentes laicos y a consiliarios en un proceso que provocó una tremenda crisis durante los años 1966 y 1968, que desembocó en la práctica desaparición de aquellos movimientos seglares, en particular, de la Acción Católica. Consiliarios de tanto prestigio intelectual y moral como Miguel Benzo, Felipe Fernández Alía y Juan Gaztañaga fueron cesados y sustituidos por otros de menor compromiso y conflictividad.
Pilar Bellosillo, la dirigente española de mayor rango internacional actuó en ese momento como portavoz de la Acción Católica con el papa Pablo VI, tratando de que por lo menos no ignorase la gravedad de la situación. Su postura fue la de buscar una mediación a un conflicto que desgarró profundamente la conciencia eclesial de los cristianos del momento. Y si bien no consiguió resultados espectaculares, fue a raíz de su intervención cuando el Papa comenzó a nombrar obispos auxiliares en las diócesis españolas, que fueran relevando a la vieja generación vinculada todavía fuertemente al franquismo. Aquella crisis de la Acción Católica constituyó una más de las rupturas de la Iglesia oficial con la sociedad civil que se vienen produciendo en España en los últimos siglos, solo que esta vez, con los grupos cristianos propiamente dichos. Suceso que, sin duda, hay que poner en el origen de la difícil relación que se establece actualmente entre Iglesia y sociedad. Claramente, la profunda revisión de la Iglesia que significó el Concilio desde una renovada perspectiva religiosa y su voluntad de respeto a lo secular no tuvieron igual eco en la jerarquía y en los cristianos de base.
Esta etapa de crisis fue vivida plenamente por Pilar. Y su evolución y su comprensión del sentido de la vida y de las cosas vistas desde hoy se enmarcan a la perfección en las preocupaciones de la crónica de esa época. Tuvo el mérito y la suerte de vivir esos cambios desde una posición privilegiada de dirigente de movimientos católicos internacionales. Pero en un proceso que evolucionó muy rápidamente y que para muchas personas fue excesivo y desbordó su capacidad de asimilación, Pilar supo mantener una postura digna y coherente, sin poner en cuestión su fe ni su amor a la Iglesia, recogiendo, asumiendo y edificando las nuevas situaciones y valores que se presentaban, con una gran serenidad y capacidad de encaje.
Pilar había nacido el 22 de diciembre de 1913 en Madrid, en una familia tradicional de estirpe soriana. Según ella misma nos dice, su padre era un católico de talante liberal y su madre tenía una fe de estilo más tradicional10. Ella era la segunda de 8 hermanos, en un entorno familiar muy unido que fue muy importante para ella. En todos sus escritos autobiográficos aparecen alusiones a la gran familia que la rodeaba: abuelos, tíos, primos y primas, sobrinos y sobrinas. En septiembre de 1984 llegó a reunirse con 375 entre todos ellos. El lugar de encuentro, la casa familiar de los abuelos, la cual está en una aldea soriana, Derroñadas, que apenas aparece en los mapas, lejos de cualquier pueblo grande. Allí acudía todos los veranos y períodos de descanso, y cuando no podía hacerlo por tareas diversas, confiesa que lo añora, que echa de menos tanto el entorno natural, que le da paz, que le inspira ideas de integración en la naturaleza, muy importantes también para comprender el ritmo de su pensamiento, como la compañía familiar, que le da soporte afectivo, seguridad y equilibrio.
En ese ambiente sitúa Pilar también, el nacimiento de su fe cristiana. Fue una profunda creyente, con una fe sólida en Dios, expresada meridianamente en todos sus escritos, tanto en los íntimos, como en los que presentó al público. Gozaba de una gran confianza en la figura de Jesús que la mantuvo mientras vivió, convencida del sentido y la importancia de su tarea y de su vida, y que permaneció a pesar de los avatares y disgustos que la institución eclesiástica, por la que tanto trabajó, pudo producirle.
Sus primeros estudios los realizó en la propia casa familiar, con maestras particulares, y después de un curso en el colegio de la Asunción de Madrid, hizo la carrera de Magisterio en la Academia Véritas, de la Institución Teresiana entre los años 1931 y 1935. Allí conoció personalmente al padre Pedro Poveda11, del que recuerda que «estaba por la promoción total de la mujer». «Ahí está –nos dice–, el inicio de mi personal liberación: cuando soy capaz de definirme como alguien libre y responsable y voy progresivamente tomando conciencia de mi grandeza y dignidad». Define como características de la educación de las teresianas la formación humana al mismo tiempo que la formación cristiana, junto con una gran fe en Dios expresada en todos los ámbitos de la vida.
También realizó estudios de Asistente social en la Escuela de Formación Familiar y Social, de la calle Lagasca de Madrid, regentada por miembros de Les Filles de Marie, y comenzó a trabajar, antes de la guerra, como voluntaria en una academia para obreras gestionada por la Acción Católica. Cuando la situación política fue haciéndose más y más tensa, marchó a Portugal con su madre y sus hermanos. Sin embargo, Pilar tuvo tiempo de presentarse a unas oposiciones a magisterio en el mes de julio de 1936, que aprobó, pero cuya actividad, a causa de la guerra, no llegó a ejercer nunca12.
Con Pablo VI en la etapa posconciliar
La familia pasó de Portugal a Bilbao cuando ya había sido tomada por el bando nacional y allí fue nombrada presidenta parroquial de las Jóvenes de Acción Católica de Algorta. En el año 1938, en plena guerra, asistió en Zaragoza a un cursillo de dirigentes juveniles, que podemos decir que decidió su destino, porque desde entonces se comprometió definitivamente con Acción Católica, donde ininterrumpidamente desempeñó cargos nacionales hasta el año 1964.
La familia se había instalado ya en Madrid, donde Pilar vivió toda su vida, salvo las largas temporadas en las que por sus obligaciones internacionales tuvo que residir en París y en Roma. Así, desde 1951, cuando fue elegida como miembro del Consejo de la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas (UMOFC), residía a temporadas en París, en un apartamento facilitado por esa institución. Y, durante las sesiones del Concilio, en Roma, en una residencia de religiosas.
Sus amistades más íntimas estuvieron entre sus compañeras de Acción Católica: tanto de la primera etapa en las Jóvenes, como Mercedes Baceta y Carmen Vallina; y también en las siguientes: Mary Salas, Josefita Martín Sampedro, Carmen Cachot, Sagrario Ramírez, Esperanza Gutiérrez y Carmen Wirth. Este fue también el equipo de dirigentes que renovó la Rama de Mujeres de Acción Católica. Más tarde, Carmen Victory la sustituyó como presidenta nacional, cuando las obligaciones internacionales hicieron imposible compaginar ambos cargos.
También hizo gran amistad con el sacerdote francés monseñor Lamoot, primer consiliario que encontró en la UMOFC y con su sucesor, monseñor Antonio Ramselaar, sacerdote holandés, que fue perito en el Concilio, con quien intimó de manera extraordinaria. Cuando Ramselaar cumplió 80 años, Pilar le dirigió una emotiva carta narrando algunas de las vicisitudes que habían vivido juntos. Entre ellas podemos destacar por su interés su ayuda en la elaboración del Memorándum que la UMOFC realizó y presentó, a través del Consejo de Laicos, a la Comisión Pontificia para la revisión del Derecho Canónico. Durante esa etapa, en que Pilar vivió diversos acontecimientos importantes, como aquel coloquio sobre Derecho Canónico, la elaboración del Programa de Educación liberadora, en Turnhout (Bélgica), y el Congreso de Dar es Salam, Ramselaar era consiliario de la UMOFC y ambos, estrechos colaboradores. Durante un largo viaje por África, la madre de Pilar estaba muy enferma y, al no haber facilidad de comunicaciones, su hermana Carmen le enviaba a diario un telegrama, allá donde estuviera, para mantenerle informada de la situación. Ramselaar aparecía siempre al lado de Pilar cuando llegaba el telegrama, sin duda temiendo lo peor, para reconfortar a su amiga13.
A él achaca Pilar el cambio fundamental desde el concepto de caridad al de justicia, para hablar del tema de la mujer. La justicia tiene como base la libertad, mientras que la caridad, importante para determinar la finalidad de la vida, por el amor que contiene y significa, resulta fundamental para el desarrollo religioso, pero no para resolver el tema de la mujer. Ramselaar publicó un libro, La Justice dans le monde, en el que expone estas diferencias teóricas básicas para una nueva directriz de la acción de la UMOFC.
Mantuvo también amistad fraternal con Marie de Rostu, de Les Filles de Marie, a quien conoció en su cargo internacional y que fue quien la preparó como sucesora en el cargo de presidenta de la UMOFC y la acompañó después como vicepresidenta, apoyándola en los momentos difíciles. También Claire Delva, miembro del Consejo de la UMOFC como presidenta de la Asociación Internacional de Caridad, que participó con Pilar en la Comisión Pontificia para el Estudio de la Mujer en la Sociedad y en la Iglesia. Y Denise Peeters, representante belga en el Consejo de la UMOFC, que trabajó con ella muy especialmente en el programa de la Promoción de la Mujer. Grandes amigos suyos fueron Ramón Sugranyes de Franch y Joaquín Ruiz Giménez, los dos españoles que precedieron a Pilar como presidentes de la Conferencia de las Organizaciones Internacionales Católicas (OIC).
Pilar realizó infinidad de viajes, por razón de sus cargos. Pero cabe destacar tres largos recorridos, dos por Sudamérica y otro por África. El primer viaje a América lo realizó en 1957 con la secretaria de la UMOFC, Mlle. Saint Maurice y con Carmen Wirth, vocal de la UMOFC en España. Fue un viaje de promoción de esa internacional en aquel continente. Con este objetivo recorrieron diferentes países de Sudamérica.
El segundo viaje a América tuvo como motivo una reunión de las OIC en Buenos Aires, que la UMOFC aprovechó para estimular programas de educación para la mujer por todo el continente. Acompañaban a Pilar Mary Salas, responsable de la Comisión de Educación; Carmela Rossi, vicepresidenta general, y Elena Cumella, vicepresidenta para América Latina. Pasaron a Colombia, Venezuela y México.
El viaje a África14 se realizó en 1968, con una duración de quince días. En Kinshasa hubo una reunión de las OIC de africanos francófonos, poco después de la independencia, en la que estuvieron presentes Pilar y Mary. A la vuelta se detuvieron en Camerún, Costa de Marfil y Senegal donde trabajaron el tema de promoción de la mujer con las representantes de la UMOFC en estos países, para planificar el programa de educación liberadora. Más tarde todos estos trabajos se recogieron en la reunión de Turnhout, en el que cada región presentó su programa.
Al realizar una visión de conjunto de la vida de Pilar Bellosillo, se puede ver con claridad que hubo una serie de temas que primaron en su interés y que fueron los que orientaron su vida y su obra. Podemos señalar fundamentalmente tres.
El tema de la mujer
Pilar estuvo desde muy pronto inquieta y preocupada por la situación de las mujeres. En la época de la posguerra española, época de necesidad y de hambre, el impacto era muy evidente: las mujeres eran quienes más duramente sufrían esa situación de precariedad, por un lado, por su condición de madres y de cuidadoras tradicionales de las necesidades de la casa y de los hijos; y, por otro lado, por su falta de preparación y educación para atender unos problemas que necesitaban de mayores conocimientos y habilidades que los que habitualmente se les habían proporcionado.
Desde su puesto en Acción Católica, primero en las Jóvenes, después en Mujeres, fue cambiando el sentido de las actividades de los grupos: desde una tónica de actividades piadosas, de celebraciones litúrgicas con mucho cuidado formal y poco contenido teórico, fue impulsando actividades con carácter más social: centros de educación, academias para obreras, etc. El horizonte de actividades se fue enriqueciendo y, desde unas tímidas incursiones en el mundo de la realidad circundante, se pudo ir evolucionando hacia una llamada de atención muy fuerte, muy rotunda a que el catolicismo, el cristianismo, la religión, no puede quedarse en posturas estéticas y espiritualistas. La Semana-Impacto fue la herramienta que años después, institucionalmente, se arbitró para que todas las integrantes de la Acción Católica tuvieran una semana, por lo menos, de reflexión, estudio y toma de decisiones acerca del lugar a ocupar en el entorno social que les rodeaba.
El sentimiento de solidaridad con las mujeres fue en Pilar muy temprano. No encontramos nunca en sus escritos, en ningún sentido, ni a favor ni en contra, comentarios acerca de los problemas políticos del momento ni de las dramáticas situaciones creadas por la guerra. No hace mención a vencedores y vencidos. Sus alusiones son a las necesidades materiales que encuentra a su alrededor, alusiones discretas y atentas a no herir la sensibilidad de quienes está hablando. Y su convencimiento de que las actividades espirituales no pueden salir adelante si las necesidades materiales no están resueltas. Ante ese panorama, hay que resaltar la convicción de Pilar de la importancia de la iniciativa de las mujeres y de su responsabilidad en la posible superación de esa situación.
Examinando su trayectoria, podemos ver que la experiencia en la España de la década de los años cuarenta, en la Rama de Jóvenes y luego en la de Mujeres, le acerca a unas determinadas necesidades y problemas, y le hacen elaborar, junto con el equipo de amigas y colegas de la Acción Católica, unas posibles soluciones que, por otro lado, serán fundamentalmente las mismas que más tarde aplicará a situaciones de otros países, cuando tenga responsabilidades internacionales.
Se trata de soluciones y estrategias basadas en el sentido común, sin grandes proyectos ni campañas, pero que van asentando sólidamente unas herramientas de trabajo y, sobre todo, la apelación a la educación y a la responsabilidad de las mujeres.
La mujer y la Iglesia
En realidad, es este un segundo tema en conexión directa con el anterior. Pilar fue madurando sus ideas sobre la mujer, expresadas en cursillos, conferencias y escritos, que eran criticados y matizados tanto por la práctica que desarrollaba en los centros que la Acción Católica iba creando, como por convicciones teóricas que se iban haciendo cada vez más maduras y firmes, al contacto con diversas instancias del más alto nivel académico. No es de extrañar pues, que cada vez fuera más evidente la contradicción que las teorías de la Iglesia mantenían con su práctica. Esa contradicción se manifestó públicamente en el concilio Vaticano II. Pilar estaba presente en el aula conciliar y allí quedó puesta de relieve esa contradicción, de manera flagrante. De esa manera, a partir de ese momento, las mujeres católicas que tenían alguna representación eclesiástica se pusieron a la tarea de lograr que se llevara a la práctica la convicción de la dignidad de la mujer y de su igualdad con los varones.
La experiencia del concilio Vaticano II impactó fuertemente toda una época, toda una generación. La experiencia personal que Pilar nos cuenta fue espléndida: ver el debate y la discusión abierta sobre temas de trascendencia tanto para la Iglesia como para el mundo. Por otro lado, la extrañeza de los padres conciliares al ver allí a un grupo de mujeres, y casi no saber cómo tratarlas, pero manteniendo una relación de igualdad que, como dice Pilar «por lo que conozco, no ha tenido continuidad». Allí eran las mujeres las consultadas para los temas que las concernían, porque: «Nosotros, decía el patriarca Máximos IV, tenemos complejo de viejos solterones» (Conclusiones del primer día. Sugerencias). También en el Concilio se incrementa para Pilar, la relación con importantes intelectuales españoles y extranjeros, creyentes de otras confesiones religiosas.
Su pensamiento respecto a ese tema está descrito en un artículo con el expresivo título «Justicia para la mujer dentro de la Iglesia»15. Sin embargo, ese texto fue publicado en 1971, es decir, después de que hubieran ocurrido los múltiples desaires y la marcha atrás de las posiciones de la Iglesia con respecto a los intentos de las mujeres de lograr una reforma de la situación de la mujer dentro de la institución, tal y como se explica en los capítulos siguientes.
Pilar nunca habló de sí misma como feminista. Al contrario: en esos años esa palabra significaba desgarro, ruptura, violencia. Ella nunca creyó en la posible eficacia de tales conductas. Siempre fue sensata, comedida; reflexionaba largamente cada decisión. Sin embargo, una vez tomada una postura, la llevaba adelante por encima de todo. Tenía constancia, una lógica de sentido común que proporcionaba solidez al trabajo bien hecho y bien pensado, por tanto, sin vuelta de hoja. Tuvo conflictos muy fuertes, con el episcopado español y con la Curia romana. Pero formalmente siempre tuvo la discreción, el cuidado de no hacer un escándalo de ello.
Tal actitud le sirvió para no romper la relación con una estructura, la eclesiástica, tan formal, tan jerárquica, tan estructurada. Porque tal ruptura hubiera significado el fin de la actividad central de Pilar y también la renuncia a su objetivo a largo plazo, es decir, actualizar, modificar, renovar el papel de la mujer en la Iglesia.
Un profundo amor a la Iglesia
Pilar se presenta como una persona profundamente religiosa, que orienta su vida desde muy pronto hacia el servicio de la Iglesia. Su fe es profunda y sencilla, en el sentido de que no es una fe atormentada, que busque respuestas a problemas, como fue tan habitual en una etapa en la que el existencialismo estaba presente en todas las cuestiones, y especialmente en las religiosas, sino más bien una práctica cotidiana y confiada en las enseñanzas de la Iglesia, sin grandes problemas teóricos. Su interés y su misión, tal y como las vio con claridad, consistieron en potenciar a la Iglesia desde dentro y en tratar de desarrollar esas enseñanzas que recibía con la misma lógica interna que llevaban dentro de sí mismas. Como muchos otros católicos reflexivos y consecuentes, quedó deslumbrada con la convocatoria del concilio Vaticano II, y hace suyos sus objetivos: renovar la Iglesia, evangelizar el mundo y rehacer la unidad visible de los cristianos.
Pero ese deslumbramiento, y el entusiasmo que llevaba consigo, quedó puesto a prueba de manera verdaderamente dura en el posconcilio. Las afirmaciones literales que se habían hecho en el aula conciliar y, desde luego, la lógica interna que soportaba aquellas afirmaciones quedaron contrariadas en muchos aspectos. Algunos de ellos, como el tratamiento del tema de la mujer dentro de la Iglesia, con una grave falta de coherencia que, en el caso de Pilar, dado el entusiasmo por el tema y los puestos de relevancia, que ella tenía en las organizaciones internacionales dependientes de la Iglesia, suponían una fuerte decepción incluso a nivel personal.
Sin embargo, es admirable ver que nunca deja Pilar de confiar en la Iglesia de Cristo. Habla de momentos difíciles, incluso «dramáticos», pero jamás se le ocurre –por lo menos no lo dice–, que eso pueda ser motivo para marcharse de la Iglesia, o para pasar a una actitud pasiva, ante tamañas dificultades.
