Profesión soldado - Guillermo Pickering Vásquez - E-Book

Profesión soldado E-Book

Guillermo Pickering Vásquez

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Pickering defiende el carácter profesional de los militares en Chile, la verdad más como un ideal que como una realidad. Los hechos que se describen desmienten el supuesto profesionalismo del Ejército en Chile durante el periodo de estas memorias.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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© LOM ediciones Primera edición, septiembre 2022 Impreso en 1.000 ejemplares ISBN Impreso: 9789560016003 ISBN Digital: 9789560016430 Fotografía de la portada: Desarmando al Blindado Nº 2 después de la sublevación contra el gobierno del presidente Allende, conocida como Tancazo. Diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago. Teléfono: (56-2) 2860 68 [email protected] | www.lom.cl Tipografía: Karmina Registro N°: 108.022 Impreso en los talleres de Gráfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta NormalImpreso en Santiago de Chile

Prólogo

Conocí al general Guillermo Pickering Vásquez a comienzos del año 1977. Ese año ingresé a la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile y allí se inició mi amistad con su hijo Guillermo, que fue mi compañero de curso. En innumerables visitas a la casa de mi amigo, pude conversar con su padre, que en ese entonces era un general de ejército en retiro. En nuestras conversaciones pude apreciar su patriotismo, su pasión por Chile, su amor por la carrera militar y su profundo sentido de respeto y apego a la democracia constitucional.

Por eso hoy me siento muy honrado, porque su familia me ha pedido que escriba este prólogo a su obra singular, que son sus memorias o apuntes de vida. Un libro que en mi opinión debería ser lectura obligatoria en las entidades de formación y educación de las fuerzas armadas chilenas, porque contiene una crónica muy bien fundada de nuestra historia militar más reciente y porque expresa, en su forma más concreta, los ideales de una persona apasionada por la carrera de las armas, una persona que en toda su vida expresó las más sólidas convicciones democráticas, constitucionales y republicanas. Porque Guillermo Pickering Vásquez fue un verdadero y leal general de la República de Chile.

Lo conocí en tiempos de represión cruel contra todas aquellas personas que sirvieron en la profesión de las armas, que disentían del golpe de Estado, en tiempos en que se perseguía a todos los que no se habían adocenado para participar en la cruel imposición de una dictadura militar en Chile. El general Pickering siempre ocupó un lugar de honor entre esos soldados que con gran dolor decidieron renunciar a las fuerzas armadas porque no estuvieron dispuestos a traicionar sus principios de apego al gobierno democrático constitucional. Como él mismo lo cuenta en este libro, entró al Ejército de Chile con el propósito de integrarse a una institución de personas honorables y decide retirarse cuando la institución armada se apresta a ser comandada por un grupo de traidores.

Esta obra del general Pickering se vincula con las memorias del general Carlos Prats González, que se publicaron con el título Memorias. Testimonio de un soldado (1915-1974) por Editorial Pehuen en el año 1985, y viene a confirmar la existencia de una doctrina constitucionalista en el alto mando del Ejército chileno durante el periodo anterior al golpe de Estado de 1973. Y también las memorias del general Guillermo Pickering también evocan la figura del general Vicente Rojo, que comandó la defensa de las fuerzas republicanas contra el golpe de estado franquista en el año 1939 y que, una vez derrotado, tuvo que vivir en el exilio en Buenos Aires, Argentina. Basta leer el libro de José Andrés Rojo titulado Vicente Rojo, retrato de un general republicano, que fue publicado por Editorial Tusquets, en Barcelona, el año 2006, y que ha sido premiado con el Premio Comillas, para darse cuenta de esta vinculación. Al igual que el general Rojo, en el caso del general Pickering no se trataba de un soldado militante de izquierda, sino de un hombre de armas que defiende el gobierno constitucional. Tanto el general Rojo en España como el general Pickering en Chile fueron católicos, no tenían militancia socialista y asumieron el constitucionalismo democrático por convicción, no por buscar una conveniencia ni por mezclar sus deberes militares con una adhesión incondicional al gobierno de turno.

Así este libro nos entrega las memorias personales del general Guillermo Pickering desde que ingresa a la Escuela Militar en 1934 hasta finales del gobierno del presidente Salvador Allende en 1973, cuando renuncia al Ejército en medio de sucesos muy turbulentos de nuestra historia. Su pluma es certera, y aunque su prosa es directa y nos relata sin adornos ni figuras de estilo literarias, su lectura es muy amena porque nos revela por dentro la carrera de las armas en Chile durante un periodo muy importante y convulsionado, con todas sus contradicciones. Una y otra vez el general Pickering defiende el carácter profesional de los militares en Chile, la verdad más como un ideal que como una realidad, porque los hechos que en este mismo libro se describen desmienten el supuesto profesionalismo del Ejército en Chile, ya que durante el periodo de estas memorias las actividades políticas inundan toda la esfera de la vida militar.

La organización del libro revela la mentalidad militar de su autor. El Capítulo I trata de su vida desde cadete hasta teniente coronel. El II, desde teniente coronel a general. El III, su ascenso a general de la República de Chile. El IV describe el término de su carrera militar. Y la obra termina con un capítulo V, que revela hechos posteriores al retiro de la carrera militar, que incluye al final una serie de reflexiones finales de gran valor e impronta personal. En esta obra se han incluido los textos del juramento a la Bandera que realizan los integrantes de las fuerzas armadas en Chile; las menciones de la Constitución Política en cuanto dicen tener relación con las fuerzas armadas; un artículo de la revista Estrategia de septiembre-octubre de 1973 con críticas a la «geopolítica» de Augusto Pinochet, y concluye con una aclaración sobre el retiro del general Guillermo Pickering que fue publicada en la prensa de Santiago el 7 de septiembre de 1973.

En su conjunto, la obra reúne un material de valioso contenido personal y de indudable valor testimonial e histórico que ha de constituirse en consulta obligada para quienes quieran estudiar a las fuerzas armadas chilenas durante el siglo XX. También puede servir como texto de estudio para las escuelas matrices de las fuerzas armadas y la Academia de Guerra, porque trata en forma directa en una excelente y sucinta exposición los verdaderos dilemas que debe enfrentar un oficial de las fuerzas armadas en Chile en cuanto soldado, ciudadano y patriota.

El autor de este libro nació en 1920. Su padre murió en forma temprana, y junto con su hermano, que se le adelantó en el ingreso como cadete y oficial de ejército, desde su infancia soñaba con ser militar. A esta profesión se incorpora en forma voluntaria cumplidos los 13 años. De sus enseñanzas en la Escuela Militar recuerda a sus profesores con cariño y tiene una visión un tanto idealizada de sus maestros porque los percibe como incorruptibles, como ejemplos de un verdadero espíritu profesional y apolítico. Es en esta última afirmación en donde los propios hechos que relata el general Pickering en sus memorias parecen confirmar una opinión contraria. En su misma obra se concluye que el ejército chileno siempre ha estado sometido a la actividad y las influencias políticas, y, lamentablemente, esta influencia no se ha contrarrestado o confrontado como debía, con la valoración positiva y la enseñanza más directa de principios republicanos y con una reflexión y persuasión profunda en torno a los ideales constitucionales y democráticos que representan lo mejor de nuestra tradición chilena.

El relato histórico con que se inicia esta obra es apasionante, porque se sitúa inicialmente alrededor de 1922, en el momento en que Arturo Alessandri entrega armas a las milicias republicanas, lo que era humillante y muy difícil de soportar para los integrantes del Ejército chileno. En esos mismos años el desprestigio de los militares se notaba en la calle y era frecuente que se produjesen riñas callejeras entre estudiantes universitarios y cadetes. Sin embargo, durante esos tiempos agitados de principios del siglo XX no se utilizaron armas en la vía pública, con la excepción de la matanza del Seguro Obrero, tragedia en la que el general Pickering atribuye a Arturo Alessandri la orden de disparar cañones y asesinar a los jóvenes nacistas chilenos. No son, según el autor de esta obra, ni el alto mando ni los militares los que usaron las armas contra los chilenos. Porque ya en esos años, advierte el general Pickering, existían personas civiles que instigaban a los elementos más mediocres y de escasa conciencia profesional de la carrera militar para sus mezquinos propósitos políticos.

En contraste con estos militares deslucidos y traidores a sus deberes con el país, se destaca en este libro la calidad humana de algunas personas singulares, como la de Carlos Prats, que llegó a ser comandante en jefe y que ya desde muy joven era conocido por sus excelentes calificaciones y porque ayudaba con lealtad a sus compañeros enfermos.

El general Pickering describe cómo los oficiales más destacados eran asignados a misiones en el extranjero y al regresar percibían, con resentimiento, que nadie valoraba sus destrezas y capacidades adquiridas en su servicio exterior. Quizá esta es una de las causas de las desconfianzas que se acentúan entre civiles y militares en el Chile de mediados del siglo XX. Se advierte, eso sí, que en ningún caso el autor de esta obra se deja convencer totalmente por la idea de que en los agregados militares o en la oficialidad del Ejército que había servido en el extranjero pudiesen encontrarse todas las soluciones que el país necesita. Con ironía Guillermo Pickering se refiere a este grupo como “pléyade de cerebros”, y su análisis es particularmente singular en la forma, de como se refiere a la doctrina de la seguridad nacional, que declara derechamente como obsoleta.

El capítulo II trata del periodo de mediados del siglo XX, cuando Guillermo Pickering asume la Comandancia del Regimiento Tacna en Santiago. En esta parte del libro se critica la política de defensa de los gobiernos democráticos y los problemas de disciplina y burocracia dentro del Ejército, que se acentúan por los privilegios de los que gozaban los oficiales de viajar al extranjero, del cual carecían los suboficiales. Se cuentan también detalles de su formación como oficial del arma de Artillería, que según sus propias palabras reunía a la aristocracia militar, por la mayor complejidad de esta especialidad de las armas. También se describe su viaje de estudio a París, Francia, donde llega en calidad de destacado alumno extranjero de la Escuela Superior de Guerra y donde aprovechó para conocer una parte significativa de los países de Europa occidental. A su regreso, entre tanta contingencia, el general Pickering ya se perfilaba entre sus pares como un hombre de profundas convicciones democráticas que era capaz de constatar primero y valorar después sus lecturas de la historia universal. Por eso no es extraño cuando leemos entre sus reflexiones las afirmaciones de Inmanuel Kant, que en su obra La Paz Perpetua, sostiene que jamás ha existido un conflicto armado internacional entre gobiernos republicanos democráticos. A estas observaciones que desprendía de sus lecturas, se agrega la experiencia de sus visitas a países latinoamericanos, en las que cuenta cómo pudo apreciar en alguno de los golpes de Estado que le tocó presenciar la forma en la que los militares sublevados, asumían como tarea principal esconder a sus esposas y sus familias en caso de fracasar su intento sedicioso.

A su regreso después de haber sido agregado militar, describe en toda su crudeza la intervención política de la cual son parte las fuerzas armadas a partir de los años setenta en Chile. Nos cuenta cómo el Estado Mayor del Ejército chileno elaboró un estudio titulado: La problemática de las FF.AA. ante los probables resultados del acto eleccionario. En este texto se debatía el futuro de la institución castrense en relación a la coyuntura política y las elecciones presidenciales. Pero en medio de todos estos extravíos en las instituciones armadas, la figura de Guillermo Pickering siempre se mantiene fiel a los principios y los ideales del profesionalismo y del constitucionalismo que se expresan en lo que se denominó en ese tiempo como la doctrina Schneider, en alusión al comandante en jefe del Ejército René Schneider Chereau, que luego fue cobardemente asesinado. Esta doctrina constitucionalista la resume el general Pickering del modo siguiente: «1) El Ejército, de acuerdo a lo establecido en la Constitución, era una Institución absolutamente apolítica, no deliberante y obediente al Poder Civil, respetuosa de la Constitución y de las Leyes de la República. 2) En coherencia con lo anterior, no le correspondía intervenir ni pronunciarse sobre el resultado de actos eleccionarios. 3) El proceso electoral no estaba terminado; sólo lo estaría cuando el Congreso Nacional se pronunciase de acuerdo a las facultades que le confería la Constitución. 4) El Ejército, en la misma posición constitucionalista y prescindente del acontecer político contingente ya expresada, había acatado siempre y acataría en el futuro las decisiones soberanas del Congreso Nacional que darían término al acto eleccionario».Mantener este ideario en el Ejército chileno no fue fácil, y muchas veces significó tener que renunciar a un cargo o un privilegio institucional o a un reconocimiento público, por conservar lealmente estos valores.

Así, por lo demás, se demuestra en el capítulo III, que comienza con el nombramiento del general Pickering como responsable del Comando de Institutos Militares y con un mando sobre más de nueve mil hombres. En estas dramáticas páginas se describe el deterioro y la polarización acelerada del Ejército y del país. Destaca en todo este periodo, y antes de su asesinato, la intervención del general René Schneider, en su calidad de comandante en jefe del Ejército, que también extendió su influencia sobre la redacción del Estatuto de Garantías que se acordó con el Presidente electo Salvador Allende en las materias referidas a las fuerzas armadas. Allí se incluyó un compromiso constitucional y profesional de dar estabilidad a sus altos mandos y de asegurar estos principios en el ingreso a la carrera de las armas. Se da cuenta además de la creación y funcionamiento del Consejo de Seguridad Nacional, denominado CONSUSENA, que sin tener reconocimiento constitucional se forma con el objeto de escuchar las opiniones de los comandantes en jefes de las respectivas instituciones armadas. En medio de estos tiempos de extravío, el conflicto estalla al momento en que un grupo armado asesina al general René Schneider y asume Carlos Prats como comandante en jefe del Ejército. El Congreso Pleno aprueba la elección del presidente Allende y se suceden muchas acciones de convulsión política donde interviene el general Pickering. A pesar de su carácter profesional, su distancia con el gobierno socialista y su rechazo a que los militares integren el gobierno, como repetidamente se lo pide el presidente Salvador Allende en sus tiempos de crisis política, el general Pickering recibe el encargo del comandante en jefe de viajar a Rusia, Polonia, Checoslovaquia, Hungría y otros países que en ese tiempo estaban tras «la cortina de hierro» para prospectar aspectos relacionados con el estudio y la posible adquisición de armamentos. Sus observaciones respecto de cada uno de estos países en cuanto a la disciplina de su vida militar, cultural y religiosa son muy certeras y culminan con una recomendación de ser muy cautelosos en cuanto a adquirir armamentos de estos países para el Ejército chileno.

En esta tercera sección de su obra, también se retrata a Augusto Pinochet como un profesor de Geografía y Geopolítica de la Academia de Guerra, que por sus silencios y por su actitud solícita y obsecuente embauca al general Carlos Prats, que propone su ascenso a general y tras su retiro, el presidente Salvador Allende lo nombra comandante en jefe del Ejército.

El ambiente de conspiración y el intento sistemático por socavar el profesionalismo militar por parte de varios grupos políticos, entre los que destaca Patria y Libertad, aumenta cada vez más en intensidad y se multiplica al interior de las instituciones armadas por el aspecto de falso heroísmo que ofrece y por el deslumbramiento de muchos militares con la confianza que depositan en ellos personas de mejor «posición» social.

La presión por comprometer a las fuerzas armadas en funciones políticas afecta a todos los sectores sociales y es un elemento no previsto en cuanto a la intensidad que adquiere, sobre todo al momento en que con cierta ingenuidad deciden, a requerimiento del presidente Salvador Allende, asumir tareas como ministros de su gobierno. En estos tiempos corresponde al general Pickering sofocar varias rebeliones internas en el Ejército y ayudar en el mantenimiento del orden público en tareas específicas, tales como en el cierre de la Radio Minería. En el extremo de las presiones sobre los militares se llegó a tal nivel de intensidad, que en algunas casas de suboficiales se quebró la «familia militar» por la expulsión del hogar común de quienes se comprometían con la actividad política en uno u otro bando.

El capítulo IV se refiere a la difícil y muy personal decisión de abandonar el Ejército. En las primeras páginas de sus memorias demuestra admiración y destaca la calidad humana y patriotismo de la renuncia del general Óscar Herrera Jarpa en Chile y la renuncia que presenció del general francés y héroe de la resistencia francesa Michelet, en la Escuela Superior de Guerra en Francia, porque ambos generales habían renunciado a sus cargos antes de comprometer sus principios frente a la intervención indebida del gobierno en la carrera de las armas. El ejemplo de la renuncia de estos dos generales de gran prestigio estuvo seguramente en la mente del general Pickering al momento de resolver su retiro. Toda su formación militar, incluida su estadía en la Escuela Superior de Guerra de Francia; el desempeño como agregado militar en Argentina; el viaje final del curso en la Academia de Guerra a Colombia, Ecuador y Perú como alumno y posteriormente como profesor jefe y jefe de viaje en otro curso de este mismo Instituto a los Estados Unidos y la zona del Canal; y finalmente su gira por Europa Occidental y Oriental, fueron oportunidades que el general Pickering supo valorar y que agradeció a su institución.

Pero las turbulencias políticas que lo obligan a presentar la renuncia a su cargo ante el comandante en jefe, el general Carlos Prats son muy fuertes. Entre estas circunstancias relata una reunión en que el general Prats, en tono dramático, cuenta las dificultades de convivir en La Moneda con el grupo GAP, que formaba el aparato de seguridad y servicio personal del presidente Salvador Allende. En esa misma reunión también se da cuenta de las acusaciones de fraude electoral que les imputan a las fuerzas armadas, y en lo personal al general Prats, durante sus funciones como ministro del Interior, o de la acusación por supuesto abandono de sus funciones en sus viajes al extranjero que incluye una extensa reunión con el papa Paulo VI. La principal queja del comandante Carlos Prats, y lo que más lamentaba, es que toda esta campaña de desprestigio tenía su fuente en sus compañeros de armas del alto mando del Ejército. A estas declaraciones siguió una serie de reuniones en las que se trató de mantener a las fuerzas armadas detrás de un ideario común, que derivaba de la «doctrina Schneider», que en esos tiempos se reformula del siguiente modo: «1) El Ejército debe mantenerse a toda costa al margen de la situación política contingente, porque no es árbitro de la situación ni garante de ninguna posición política. 2) Consecuentemente, el problema es político y debe ser resuelto por los políticos. 3) Fundamentalmente deberá mantenerse la verticalidad del mando, es decir, obediencia a los superiores directos, quienes deben responder en cada escalón de la disciplina de sus subordinados. 4) Con respecto a los rumores y campañas destinadas a crear un ambiente de temor ante la posibilidad de una guerra civil, cabe señalar que esta no es posible mientras se mantenga la unidad institucional y la coordinación con las otras ramas de la defensa nacional. 5) En Chile no puede haber ni dictadura del proletariado ni dictadura militar; y, finalmente; 6) el Ejército debe mantenerse en su marco profesional, apolítico y constitucional, continuando su tarea de aplicar la ley de control de armas e intensificando la acción de los Mandos para evitar la infiltración política en sus filas».

Pero estas ideas, que conforman la Doctrina Schneider en su versión reformulada, se enfrentan con el asedio permanente que se expresa de manera dramática y que culmina con el incidente en que el general Prats enfrenta una agresión en la calle, e incluso un intento de linchamiento, en una acción que había sido planeada y orquestada para destruir su prestigio y obligarlo a renunciar.

A estos recuerdos, el general Pickering agrega descripciones en detalle de las acciones militares que significaron el intento de sublevación militar denominado «Tanquetazo», que fue liderado por el coronel Souper, del Regimiento Blindados, en que murieron siete personas y que en su contención tuvo la destacada participación del general Pickering.

Así se da cuenta de algunas extrañas acciones de apoyo a los sublevados de parte del general Augusto Pinochet, que luego se combinaban de manera contradictoria con acciones de apoyo al gobierno tal como se demostró en su actuación solícita de actuar de acuerdo con el pedido del presidente Allende en su intento de conformar un gabinete con integrantes de las fuerzas armadas.

Por estar en contra de esta integración cívico-militar, el general Pickering renunció y presentó su expediente de retiro ante el comandante en jefe Carlos Prats, porque se negó a formar parte de un nuevo gabinete de ministros con integrantes del ejército y las fuerzas armadas. El presidente Salvador Allende no logró conformar un nuevo gabinete cívico-militar, lo que detonó un nuevo clima de tensiones entre los jefes militares y el gobierno. Sin embargo, el momento más decisivo, que adelanta la renuncia del general Pickering, se produjo el 20 de agosto, 1973 un grupo de esposas de generales y oficiales del Ejército en servicio activo promovió una manifestación en la casa del comandante en jefe del Ejército con amplia difusión en la prensa. Estos hechos llevaron al general Pickering, luego de una conversación privada con su esposa, doña Olga de la Fuente, a tomar la decisión de presentar de manera indeclinable su expediente de retiro del Ejército. A esta renuncia sigue una serie de tensas reuniones en las que hace ver a sus colegas generales que, a diferencia de muchos de ellos, él no acostumbraba a escudarse detrás su esposa en las materias de la institución militar ni la tenía de portavoz ante sus superiores jerárquicos. Luego de varias peticiones de revocar esta decisión, el argumento definitivo que dio el general Pickering fue el siguiente: «Que me sería imposible volver a tomar mi lugar junto a quienes había estimado como compañeros, pero cuya actitud ahora consideraba incalificable por no haber sido capaces de expresar sus discrepancias con su superior directo dentro de los marcos de hombría y respeto mutuo que deben emplearse siempre en los grados finales de la carrera. Habían, en cambio, permitido o respaldado a sus esposas para que lo hicieran por ellos». En la dramática ceremonia de su retiro se hizo acompañar por su hijo Guillermo, que en ese entonces tenía 12 años, y se despidió de sus camaradas de armas, entregando con gran dignidad y sobriedad el mando al oficial de mayor antigüedad del Comando de Institutos Militares.

En el capítulo VI describe una serie de hechos posteriores a su retiro, como la visita al general Carlos Prats, quien también en esos días presentó su renuncia junto con el general Mario Sepúlveda. También se cuentan las tortuosas relaciones con el nuevo comandante en jefe, Augusto Pinochet, que fue designado por Salvador Allende y que inicialmente llena de agasajos al general Pickering y le ruega tres veces que no abandone el Ejército, y luego envía a un subalterno del general Benavides con una patrulla militar a pedirle que entregue su tarjeta de identificación militar, o TIM, como artera medida de humillación. Se detallan además los allanamientos por parte de integrantes de un destacamento militar que siguieron a las reuniones familiares del general Pickering y la demora o negativa de entregar pasaportes para una de sus hijas que prefirió exiliarse para vivir con su familia en Suiza y que luego falleció en el exilio, abrumada por todos estos malos tratos que afectaban a su persona.

Yo recuerdo, como si fuese hoy, el dramático momento del funeral en la Iglesia de la Transfiguración, al que pude asistir, y que fue muy triste y lleno de pesar para la familia del general Pickering, porque a pesar de sus repetidos intentos, su hija no pudo viajar a Chile como quería. Ver a Guillermo Pickering con su mujer y sus hijas Olga y Eugenia, y su hijo Guillermo, desconsolados con la tragedia. También se relata la persecución que sufrió su hijo Guillermo por oponerse a medidas arbitrarias de la dictadura, las que le significaron ser arrestado y suspendido de sus estudios por varios meses, y otras formas de persecución familiar.

En medio de todos estos recuerdos no puedo olvidar el dolor de doña Olga de la Fuente, esposa del general Pickering, y verla expresar tantas veces lo difícil que fue para su familia después de 1973 ni siquiera recibir el saludo de los que fueron compañeros de armas y de sus antiguas amistades. Porque en esos tiempos de dictadura Pickering vivió un verdadero exilio en su propia casa, lleno de dolor y de incombustible dignidad, rodeado de sus condecoraciones, sus libros y sus armas, pero siempre pendiente del asedio y del peligro.

Tantas veces escuché al general Pickering decirle a su hijo Guillermo, y también por extensión a sus amigos, entre los que me contaba: «Tengan cuidado, porque yo los conozco. Ustedes no saben lo que son capaces de hacer Pinochet y sus secuaces».Y tenía mucha razón, porque con el paso del tiempo se han venido a saber de su intervención en los crímenes y atentados terroristas contra el general Carlos Prats y su esposa, contra el ex ministro Bernardo Leighton y su esposa, contra Orlando Letelier y sus colaboradores, y ahora más recientemente del magnicidio de Eduardo Frei Montalva, entre otros crímenes atroces que tuvieron que sufrir en Chile y en el extranjero personas que pensaban distinto a la dictadura militar imperante. Otras veces conversamos con el general ya retirado de sus ideas para la vuelta a la democracia y de cómo reconstituir un Ejército en torno a los valores de profesionalismo y constitucionalismo. Pensaba, por ejemplo, que era razonable mover los cuarteles e instalaciones militares fuera de las ciudades y situarlas en la frontera o en lugares de riesgo a la seguridad exterior. Explicaba la fundamental distinción de un militar con mando sobre tropas y otro sin ese carácter. Y la idea de reformar la educación militar para infundir valores democráticos y republicanos también estaba entre sus obsesiones. Por eso es tan difícil de aceptar el que su partida haya precedido la vuelta a la democracia en Chile, porque su conocimiento en materias militares habría sido de mucha utilidad en esos primeros años de nuestra difícil transición política en nuestro querido país.

Recuerdo también cómo nos explicaba los fundamentos de la idea tradicional militar de permitir que la oficialidad ejerciera el sufragio con libertad y que la tropa debía estar subordinada y difícilmente podía ejercer del mismo modo este derecho ciudadano. Su conocimiento personal de cada militar que a veces figuraba en las noticias era también materia de nuestras conversaciones, como por ejemplo cuando nos explicaba que Manuel Contreras, alias Mamo, era «inteligente pero bestia», o que Alejandro Medina Lois, en su incompetencia como cadete hizo detonar un cañón en la Escuela Militar antigua, cuya bala afortunadamente cayó en el Club Hípico, y de tantas y otras muchas historias semejantes. Es que nunca dejó de ser un militar, y por eso alrededor del año 1978, cuando se avistaba un conflicto bélico con Argentina, se puso a disposición del Alto Mando para las tareas que fuesen necesarias.

Al final de sus días trabajó de forma privada en algunas instituciones financieras en materias totalmente alejadas de su carrera militar, lo que en ningún caso lo llevó a renunciar a sus valores y su dignidad personal.

Es por eso que no es extraño que la obra del general Pickering termine con unas reflexiones personales que son de gran valor, ya que en palabras de su autor «parecen evidenciar con nitidez radiográfica la evolución decreciente de los principios y virtudes en que se sustentó por largos años (40 tal vez) la solidez que se pretendió dar a la posición de las Fuerzas Armadas, en particular del Ejército, dentro de la vida institucional y democrática del país».

Así, Guillermo Pickering Vásquez critica la idea equivocada de la ciudadanía o de los propios militares que creen que las personas que siguen la carrera de las armas conforman un grupo especial de individuos. Esta noción es descartada como conclusión por el certero análisis del general Pickering. En esta obra se las emprende directamente contra toda forma de «chauvinismo» militar que propone erróneamente que todas las páginas brillantes de la historia de Chile son responsabilidad del Ejército o de sus fuerzas armadas. Incluso se celebra el que la mejor conducción de las guerras que ha tenido Chile han sido responsabilidad de personas civiles y que los más grandes militares fueron agricultores, abogados, esto es personas comunes y corrientes. Del mismo modo se critica la idea de dar sólo un rol figurativo a las fuerzas armadas o de involucrar a sus integrantes en forma indebida en la actividad política contingente. Se propone en cambio reconocer el derecho a sufragio de los uniformados, pero siempre que se ordene con una regulación que no afecte su organización profesional ni su disciplina interna. Incluso con audacia se llega a criticar el lema del escudo patrio chileno que dice: «Por la Razón o la Fuerza» y propone sustituirlo por uno que se avenga mejor a nuestros tiempos, tal como: «Por la Fuerza de la Razón».

La frase final con la que concluye sus memorias es una buena síntesis del pensamiento, los valores y la dignidad del general Guillermo Pickering al decir que: «Jamás me resignaré a pensar que todo tiene que terminar como en la selva, donde siempre y a la larga se impone la ley del más fuerte (físicamente)». Se trata de una forma de comprender la carrera de las armas, que es muy profunda, porque está fundada en valores, convicciones y principios, y la verdad no conozco otra reflexión que le sea equivalente en este planteamiento en nuestra historia reciente en Chile.

Es a partir de estos valores, principios y convicciones que el general Pickering se dispuso además a analizar el texto del juramento a la bandera que deben realizar todos los militares, y sintetizar el texto de la Constitución de 1925, en relación con las fuerzas y del Código de Justicia Militar y con el sistema de responsabilidades que puede hacerse efectivo respecto de las personas que violen sus compromisos en torno a estos deberes.

Se incluye además, al final de estas memorias, una recensión crítica publicada por el coronel Andrés Fernández Cendoya que da cuenta del empobrecido y hasta burdo bagaje intelectual que se puede apreciar en las dos obras de Augusto Pinochet: Guerra del Pacífico 1879, Campaña de Tarapacá, publicada en 1972, y Geopolítica, Memorial del Ejército de Chile, Memorial del Ejército de Chile N°.340-341 publicada en 1968.

Estas notables memorias del general Guillermo Pickering terminan con un texto de aclaración publicado del día 7 de septiembre de 1973 que da cuenta de su renuncia y que en sus propias palabas resumen su ideario militar profesional, constitucionalista y republicano: «Como militar, jamás trasgredí el precepto constitucional de apoliticismo de las FF.AA., y todos mis esfuerzos se desarrollaron, durante 37 años, dentro de la observancia más pragmática de la Constitución, leyes de la República y reglamentos institucionales, como consta a todos mis subalternos, por quienes guardo el mayor reconocimiento a su lealtad, y, por quienes, junto al total de la institución, mantendré mi profundo reconocimiento y continuaré dedicándole mi mayor respeto y preocupación de siempre».

Pablo Ruiz-Tagle Vial,Santiago, 17 de abril de 2018

Introducción

Estos «Apuntes» no tienen otro carácter ni otra pretensión que ser simplemente eso: «Apuntes», o tal vez «Memorias». Confieso, sin embargo, que esta última palabra me desconcierta un poco. Mi vida y mi actuación personal, dedicada por entero a servir al Ejército con pragmático espíritu profesional, carecen sin duda del relieve suficiente como para señalarlas para la posteridad.

Considero, sin embargo, un deber de conciencia cívica entregar el aporte de mi experiencia personal en el marco más amplio y de uno de los períodos más críticos y trascendentes de la historia de Chile (1969-1973). Las situaciones vividas, los hechos oídos o presenciados, con o sin participación mía, bien vale la pena consignarlos y archivarlos como datos o elementos objetivos para desentrañar y desenredar la madeja de la trama complicada y apasionante que los originó y encauzó.

Por lo demás, tienen mucha razón mis familiares y amigos: no es posible relegar al olvido o desestimar tantos hechos y detalles significativos, cuya trascendencia los historiadores e investigadores sabrán hilvanar e interpretar en sus justas proyecciones. Ni menos aún aceptar como verdaderas tantas mutilaciones, distorsiones u omisiones interesadas de los acontecimientos.

Esta es, pues, mi tarea y mi desafío: ayudar a desentrañar la verdad de una etapa conflictiva y difícil, para que esta se escurra límpida y serena por el cauce de la historia de Chile.

Soy consciente, sin embargo, de los escollos que me acechan en este arduo itinerario. No es fácil relatar situaciones dramáticas o momentos críticos ocurridos a veces en forma paralela o superpuesta en el tiempo y en el espacio, tal vez sin el ángulo o perspectiva más adecuados.

Por ello, el relato cronológico me parece el método más apto. Reseñaré sólo lo que me parece más importante, aunque sé de antemano que dejaré algunos vacíos. Así, la solución de continuidad será llenada por el propio lector o por quienes deseen utilizar estos apuntes para una obra de verdadera envergadura, complementada con sus propios conocimientos de los hechos o su eventual participación en ellos. Al respecto, mi intención es concretarme, hasta donde sea posible, al ámbito netamente militar, extendiéndome sólo si es indispensable a otros aspectos que guarden directa concomitancia con este.

Pido encarecidamente a mis lectores que sean condescendientes con mi forma y estilo, pues no soy un académico de la lengua ni mucho menos, sino un simple mortal que se atreve a dar curso a sus inquietudes.

Finalmente, quiero dejar constancia de que no es mi intención atacar, minimizar, herir, ni mucho menos desprestigiar al Ejército de Chile, cuyo uniforme he llevado durante cuarenta años de mi vida y al cual he servido con todo mi afecto, con toda mi capacidad física e intelectual y, especialmente, con todo mi espíritu, guardando siempre por él el enorme respeto que se merece una institución que conservó por muchos años lo más sano, lo más profesional y eficiente del país. Por ello, la cita hecha en estos «Apuntes» de personas pertenecientes o que han pertenecido al Ejército, por cruda o benévola que sea, no afecta a la institución. Sólo traté de decir y servir a la verdad. «Los hombres pasan, las instituciones quedan». Dios así lo quiera para el Ejército de Chile.

Santiago, septiembre de 1977

Capítulo IDe cadete a teniente coronel*

Nací en 1920 en un cuartel de artillería, en la casa del comandante del Regimiento «Miraflores» en Traiguén, cuando mi padre comandaba esa unidad. Di mis primeros pasos en otro cuartel de artillería, en el Regimiento «Chorrillos» de Talca, que comandaba mi padre en 1921 y en el cual falleció a fines de aquel mismo año.

Nada tiene de extraño entonces que fueran los sables, espadas, condecoraciones y otras prendas del uniforme de mi progenitor mis primeros instrumentos de juego y los objetos que más cautivaron mi atención e imaginación infantil.

Desde mis primeros años de colegio mi único horizonte era poder ingresar algún día a la Escuela Militar. Esta vocación temprana, anticipada al despertar pleno de mi conciencia de hombre, se alimentaba del recuerdo de mi padre adherido a los viejos uniformes conservados en los baúles de la casa paterna y del embeleso que me provocaba la apostura de mi medio hermano cadete y luego oficial del Ejército de Chile.

En 1934, a la temprana edad de 13 años, se concretaron mis aspiraciones e ingresé como cadete al tercer año de humanidades de la Escuela Militar. En 1938 egresé como alférez del área de Artillería con todo el orgullo de haber colocado el pie en el primer escalón de una carrera que consideré siempre como una tradición de familia. Es imborrable el recuerdo de los años vividos y las convivencias compartidas con tantos compañeros, jefes y profesores. Guardo sus nombres y sus enseñanzas con respeto y admiración: coroneles Ilabaca y Lardinois; capitanes Araya y Witt; tenientes Ugarte, Vélez, Montealegre y Gardeweg; profesores sres. Ríos Valdivia, Sersel, Donoso, Vidal, Maureira, Farías. Aún me parece escuchar el eco de sus voces cuando todos ellos repetían con insistencia el sentido de las «Virtudes militares» descritas en la primera parte del Reglamento de Disciplina del Ejército**. Es imposible olvidar, asimismo, la severidad con la que trataban de inculcar en nuestras mentes adolescentes la necesidad de mantener siempre presente e incorruptible el espíritu profesional y apolítico que trasuntaban sus lecciones y actuaciones.

Al respecto, es sugerente el desagrado suscitado y compartido por oficiales y cadetes cuando en 1934 observáramos desfilar hacia el Parque Cousiño a las Milicias Republicanas desde los balcones de la vieja Escuela. Este organismo había sido creado con carácter paramilitar después del periodo de Ibáñez para contener las temidas asonadas militares que desde 1922 venían ensombreciendo el panorama político de Chile. Para nosotros era insoportable ver a los milicianos portar las armas de propiedad del Ejército.

Cada una de estas manifestaciones sirvió entonces a profesores e instructores para ilustrarnos sobre los desastrosos resultados derivados del hecho de que las FF.AA. ser vieran envueltas en la política contingente.

Por aquellos años era ostensible el repudio de la ciudadanía hacia los uniformes, especialmente hacia los miembros del Ejército que, a la postre, es el que capitaliza la reacción pública. El teniente Otto, nuestro instructor de educación física, lucía una enorme cicatriz en un muslo a causa de una herida producida por el bisturí de un estudiante de medicina en una gresca descomunal provocada por la presencia de su uniforme en el Salón de té Lucerna.

Los cadetes también teníamos nuestros problemas. La vieja Plaza Brasil era el escenario o campo de batalla donde culminaban nuestras escaramuzas callejeras con la juventud estudiantil, especialmente universitaria. Allí, y en el paseo del Parque Forestal o en el Teatro Septiembre, defendimos mil veces el honor de nuestros uniformes y la integridad y honra de algunos de nuestros compañeros que habían tenido la osadía de transitar por aquellos lugares.

Afortunadamente, el tiempo y, sobre todo, la firme actuación del Alto Mando institucional apoyado por el buen comportamiento de todos sus componentes, logró convencer a la ciudadanía de que el Ejército de Chile era un organismo serio y respetable en el cual sus componentes solo buscaban su capacitación profesional puesta al servicio de la defensa nacional.