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Sus amigos dicen que escribía con letra de tango. También dicen que era tradicionalista, pero al mismotiempo,un amante insobornable de la bohemia. Fue un vocero del sentir popular, y se identificó con la clase media y republicana. Se convirtió en un símbolo indiscutido de la unidad nacional. Creyó en Dios, pero una vez se enojó con él. Protagonizó los momentos más rutilantes de la radiofonía y televisión chilena. Por esto, y por mucho más, Julio Martínez Prádanos es na de las personalidades más fascinantes de Chile en los últimos 70 años. Esta investigación se sustenta en base a entrevistas a familiares, amigos y compañeros de labores del histórico comunicador, a lo que se suma una exhaustiva revisión bibliográfica. La obra también considera notables aportes de la psicóloga deportiva Renata Almada, del psicólogo Leonardo Lagos, y de los sociólogos Darío Quiroga, Axel Callís y lberto Mayol, quienes contribuyeron a descifrar al personaje,y a conocer su influencia deportiva y social.
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Seitenzahl: 166
Veröffentlichungsjahr: 2023
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PROHIBIDO OLVIDARLO © 2023, Enrique Corvetto Castro. ISBN: 9789564061719 eISBN: 9789564062709 Asesor de contenido: Alex Carrasco Retamal. Colaboración editorial: Joan Sandoval Zambrano. Primera edición: Mayo 2023. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, tampoco registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mediante mecanismo fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo escrito por el autor.
Trayecto Editorial Edición: Constanza Fernández Navarro. Ilustración portada: Camilo Puebla Pérez. Diseño portada y diagramación: David Cabrera Corrales. Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chile.www.trayecto.cl +56 2 2929 4925
Imprenta: Donnebaum. Impreso en Chile/Printed in Chile.
Cronología
Introducción
Prólogo I: Un creador de emociones
Prólogo II: Vamos a lo nuestro
El Temuco de Julio
Construcción de su personalidad
El quiebre
El otro Julio Martínez
Fiesta universal
Justicia divina revelada
Una singular ayuda a Jorge Toro
Su mejor amiga, la radio
Llegar al alma e identidad nacional
El aprendiz y el maestro
Pensamiento político, pero no un político
Epílogo
Un raro año 75
Vieja escuela
La tradición de la tertulia
Revista Estadio
Por el placer de habernos conocido
Una propuesta en el aire
Cosa de vehículos
JM, Pelé, y el partido perfecto
Gajes del oficio
Influencia y legado
El último adiós
Agradecimientos
Reconocimientos
Bibliografía
Testimonios
Medios de comunicación
1923. El 23 de junio, en Temuco, nace Julio Martínez Prádanos.
1941. Muere su padre, José Martínez.
1945. El 18 de septiembre debuta en la Radio Prat.
1946. Se incorpora al diario La Hora.
1949. Ingresa como redactor a la sección de deportes en Las Últimas Noticias. Estaría hasta el 16 de enero de 1997.
1949. Se une al staff de panelistas de la Radio Agricultura hasta 1968. Vuelve en 2002.
1950. Ingresa como cronista a la Revista Estadio. Estaría en la mítica publicación hasta 1979.
1955. El 1 de febrero nace su único hijo, Julio Martínez Colina. La madre de su hijo es Irene Colina Ilabaca.
1956. Cubrió periodísticamente las Olimpiadas de Melbourne, Australia.
1962. Relató el Mundial de Chile.
1964. Se casa con Norma González.
1966. Cubre el Mundial de 1966 en Inglaterra. Este año ingresa a Canal 13.
1968. Se suma a Radio Corporación y participa del programa “Tribuna Deportiva”.
1970. Participa como panelista en el programa de Canal 13 “A esta hora se improvisa”, el que concluye en septiembre 1973.
1974. Realiza la cubertura del Mundial de Alemania.
1976. Fallece su madre, Julia Prádanos.
1976. Participa en Radio Cooperativa.
1978. Es parte del programa “Deporte Total” de Radio Minería, hasta 1998.
1980. Interviene en el programa televisivo “Almorzando en el Trece”. También lo hace en 1993 y 1999.
1988. Recibe el Premio de la Academia Chilena de la Lengua.
1993. Remodelan la tribuna de prensa del Estadio Santa Laura de Unión Española y la nombran Julio Martínez.
1993. La Asociación de Radiodifusores de Chile (Archi) le otorga el premio “Hombre de Radio”.
1994. Es reconocido con el Premio Embotelladora Andina.
1995. En octubre, recibe el Premio Nacional de Periodismo.
1999. Trabajó en Radio Monumental hasta el 28 de febrero de 2002.
2002. Fue columnista para el sitio electrónico Terra. Este año, y en el contexto del mundial Corea-Japón, redactó artículos de opinión para el diario La Segunda.
2007. Recibe el premio nacional “Historia del Fútbol” por parte del Instituto de Historia y Estadística del Fútbol Chileno (IHE).
2008. Falleció el 2 de enero del 2008.
2008. El 5 de julio es publicado en el Diario Oficial, que el Estadio Nacional se llamará Julio Martínez Prádanos.
A Eloísa González González, mi querida abuela (Q.E.P.D), quien fomentó en mí el cariño por la lectura y el trabajo.
A mi abuelo, Enrique Corvetto Cisternas, quien me inculcó la pasión por la historia y el deporte.
A mi esposa Patricia, y a mis hijas Valentina y Luciana.
En febrero de 2022, ya habían pasado más de 14 años de la muerte de Julio Martínez. En aquel veraniego mes, y mientras Rusia inició su invasión a Ucrania, un registro audiovisual de once segundos comenzó a circular de manera inusitada en las redes sociales. En él, Julio Martínez reflexionaba en torno a los efectos que trae consigo un conflicto bélico: ¿Usted cree que alguien gana una guerra?... La guerra la pierde la humanidad, buenas noches”, remataba su intervención el sempiterno comunicador.
Pero, tras esos escasos segundos de reflexión que vieron y escucharon cientos de miles de personas en el video, el comunicador compartía solapadamente una pena familiar. Poco se sabe que el padre del periodista llegó a Chile huyendo de los horrores de la Primera Guerra Mundial, por lo tanto, Martínez sabía en carne propia las consecuencias que acarrea una guerra: muertes, éxodos obligados y separación de seres queridos.
El video escaló a tal popularidad, especialmente en twitter, que el fenómeno fue considerado como noticia por diversos medios de comunicación. Sin embargo, a la luz de este especial hecho cabe preguntarse: ¿por qué, en el contexto de un conflicto entre naciones europeas, el video de un comunicador de deportes fallecido ya en 2008 era viralizado y recordado?
Julio Martínez Prádanos fue más que un periodista deportivo. Se instaló como una de las figuras más rutilantes e influyentes en la sociedad chilena. Quizá por esto el histórico comunicador con 62 años de trayectoria, califica holgadamente como un clásico de clásicos de la industria cultural chilena. Primero deslumbró en la radio, luego en prensa, y más tarde, a mediados de los 60, en la pantalla chica. Implantó su propio sello con un tono pausado al hablar, incluso exagerando ciertas palabras y relevando adjetivos hasta casi quedar sin aire. Estas características, más su efervescente popularidad, hizo que su figura en la actualidad –a más de 15 años de su muerte– se siga recordando. El trazado de la vida de Martínez marca también la evolución de los tiempos y del país. Vivió los mandatos de doce presidentes de la República. La lista va desde Arturo Alessandri Palma hasta Michelle Bachelet Jeria. Prácticamente su nacimiento coincidió con el de la radiofonía nacional. Martínez fue testigo del paso tecnológico del disco al casette, y de éste al CD. También vivió el surgimiento de la televisión chilena, además de la llegada del internet y de los medios digitales a comienzos del nuevo milenio1.
Cubrió periodísticamente olimpiadas, como la del 56 en Melbourne. Estuvo presencialmente en los mundiales de fútbol de Brasil en el 50, de Chile en el 62, en Inglaterra el año 66, y en el de Alemania en el 74.
Su figura pasó la barrera de lo estrictamente deportivo, ya está dicho, pues se instaló como un agente de mediación, de paz y de aceptación transversal por parte de las audiencias y ciudadanía.
Esta investigación pretende explicar su actuar, descifrar qué hay detrás del personaje, cuáles eran sus miedos y alegrías, y qué realmente se encubre tras las icónicas frases como “justicia divina”, o de su célebre discurso en la primera Teletón del año 78. Bajo este sello, el de aproximarse a conocer su perfil y dimensionar su influjo social, la obra posee relevantes aportes de reconocidos profesionales del área social.
Usted está a punto de comenzar a leer crónicas históricas sobre la vida de uno de los personajes más relevantes y particulares del medio cultural, deportivo y social chileno. El que entendió que el fútbol era más que un deporte, y que el respeto y la tolerancia debía primar por sobre las diferencias. Del hombre machista y amante de la noche y la tertulia. Del fiel amigo que ayudaba sin miramientos. Del ególatra. Del abuelo querendón, y del hincha de la Unión Española hasta la médula. Aquí, con ustedes, Julio Martínez Prádanos.
1 Con el boom de los medios digitales, Martínez trabajó escribiendo columnas de opinión para el medio www.terra.cl
Adentrarse en el alma de Julio Martínez es una tarea apasionante.
El hombre más querido del país, el mejor periodista del siglo pasado, el dueño de la palabra y el buen verbo, el creador de emociones, el juez en las discusiones futboleras, el gran mensajero en tareas nobles, conocido por su voz inconfundible, sus vivaces ojos verdes y su cabeza rara.
Sin embargo, de los aspectos internos poco se supo.
Fui seguidor, admirador, colega, contertulio y jefe de Julio Martínez. Y me distinguió con su amistad. Mis primeros recuerdos de él me ponen junto a una radio de corriente alterna, alimentada por el generador que permitía la ordeña industrial en la lechería y quesería de la lejana hacienda donde me crie. Se perdía de repente la onda corta, pero ahí estaba ese niño, que era yo, esperando su palabra en el programa vespertino de deportes.
Ese interés se acrecentaba en vísperas de Nochebuena. La tarde del 24 de diciembre tenía lugar el tradicional “mensaje navideño” de Jota Eme, que casi siempre me dejaba llorando y que por cierto tenía bastante más sintonía que los mensajes presidenciales.
Mi primer contacto con él fue, siendo adolescente, en el Estadio Braden (ahora El Teniente), en Rancagua. Era un partido sin mucha importancia, pero atractivo por las buenas campañas que estaban cumpliendo O´Higgins y Green Cross. Lo vi pasar hacia la caseta de transmisión, y le quise hablar. Quería agradecerle por haber leído en su programa una carta que le envié desde el campo para contarle los progresos que se habían producido en la secretaría del estadio de El Toco, en Pichidegua, con la incorporación de una mesa de pimpón. Me acerqué, y me arrepentí. Volví a mi asiento avergonzado por mi timidez.
Mi primer encuentro cercano con él fue en la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica. Fue a dar una charla, y se reventó la capacidad de la inmensa sala de la casona de San Isidro. Me instalé lo más cerca que pude y disfruté de su labia y su simpatía. Nos maravilló con sus anécdotas y terminó con una frase clásica que le escuché tantas veces en sus discursos: “Soy un agradecido de Dios, del deporte y de la vida”.
La primera vez que le estreché la mano fue cuando me presenté como nuevo integrante del equipo en Revista Estadio.
Compartimos lugar en los recintos deportivos, asistíamos a todos los partidos que podíamos, con sol o con lluvia, con clásicos o pichangas, y los colegas entendieron pronto que había asientos que sólo podíamos ocupar los cuatro mosqueteros de la Revista Estadio. Tanto en el centro de la primera fila de la tribuna de prensa del Estadio Nacional como en el sector norte del Santa Laura, el orden era, de izquierda a derecha: Julio Martínez, Julio Salviat, Antonino Vera y Edgardo Marín.
De temas ajenos al deporte lo escuché hablar en el Café Santos, sagrado lugar de reunión para privilegiados periodistas, dirigentes y ex jugadores.
El lunes era puro fútbol: la fecha era analizada, discutida y peleada. Había mayoría de la UC, pero eran varios los de Unión Española. Y, de vez en cuando, subían los tonos de voz para incomodidad de Mario Livingstone, el presidente de la mesa, que era siempre el primero en llegar; poco después aparecíamos JM y yo.
La tertulia del Santos se puso espesa en días de la Unidad Popular. Las discusiones eran más encendidas y hubo participantes que no se hablaron durante años después de discutir sobre las bondades y los vicios del Gobierno de Salvador Allende. Pero al final siempre había alguien que calmaba los ánimos: Hugo Guerra, juez de San Bernardo, magallánico de alma, que llegaba con huevos duros para todos cada vez que ganaba su equipo. No era muy político Julio Martínez.
De todos modos, fue detractor de Pinochet. Fundamentalmente por las restricciones a la libertad de prensa. Así lo hizo ver en sus clásicos discursos de cierre en la ceremonia que anualmente organizaba el Club Palestino para distinguir al mejor periodista. Esa protesta era un bálsamo para el gremio amordazado y nunca se lo agradecimos.
Lo visité un par de días antes de su fallecimiento y lloré cerca de su hijo. Le agradecí las lindas palabras que escribió para destacarme cada vez que recibía una distinción, y me miró con cariño.
Me disculpan, entonces, por ser tan autorreferente en el prólogo de un libro. El corazón me lo ordenó, y estoy cumpliendo.
Se ha escrito mucho sobre él. Dos libros lo dibujaron en distintos aspectos: biográfico en Justicia Divina, de Patricio Gutiérrez, y analítico en La selección de Julio Martínez, de Edgardo Marín.
Faltaba otra mirada. La que va un poco más allá para llegar al mundo interior. Y ese es el destino que tiene este entretenido y pedagógico Prohibido olvidarlo, que deleita con sus crónicas y enseña historia en varios pasajes.
Julio Salviat Wetzig
Periodista de Deportes, Premio Nacional
de Periodismo Deportivo en 1996.
Don Julio Martínez Prádanos es uno de los grandes referentes del periodismo deportivo de nuestro país. No es casualidad que el principal recinto deportivo de nuestro país, el Estadio Nacional, lleve su nombre. Y es que este notable narrador, comentarista, pero sobre todo un tremendo conversador, pasó décadas contándonos las hazañas y derrotas de nuestro deporte. Estuvo en los grandes eventos, pero también, en lo que a don Julio siempre le gustaba destacar: el fútbol chileno de cada día. “Vamos a lo nuestro”, decía con ese tono característico, cercano, certero, en las ondas radiales o en los noticieros de televisión.
Para los futboleros de mi generación, era una verdadera tradición verlo las noches de domingo en los resúmenes de cada fecha de nuestro balompié. Desde pequeño me llamó la atención esa manera de terminar sus comentarios, siempre con una frase clara, maciza, con peso y contenido, que dejaba algo que obligaba a la reflexión.
Las principales virtudes de don Julio eran su facilidad de palabra y su pluma privilegiada. No por nada las crónicas o columnas de Jumar eran esperadas y devoradas por los lectores. Era una época en que el papel reinaba y la sana costumbre de leer aún marcaba generaciones. Lo mismo con sus comentarios radiales, con una elocuencia inigualable, que invitaban a prestarle atención, ya fuera en el estadio, en nuestros hogares o lugares de trabajo.
Seguro hoy en día no faltarían los productores, editores o directores que lo apurarían o que le exigirían mayor rapidez, síntesis y economía en el lenguaje; en estos tiempos prisioneros de los clicks, de las métricas, y donde el talento se cambia por el pragmatismo o por los formatos. Tal vez fue mejor que se fuera antes de todo esto, aunque pensándolo bien, tal vez como youtuber no lo hubiera hecho nada mal y seguro seríamos miles los que lo seguiríamos. Mal que mal, este señor calvo y de bien cuidado bigote, pasó con fintas sorteando, como rivales en la cancha, cada nuevo formato que le presentaba la tecnología.
No conocí a don Julio Martínez. No tuve el privilegio de compartir equipo, cabina o transmisiones con él. A lo mucho, me lo encontré alguna vez sentado en algún lugar del centro de Santiago o en el estadio, cerca de las cabinas de transmisión, pero nunca cruzamos palabras.
Alguna vez, recién iniciando mi primer semestre de periodismo en la Universidad Austral, un profesor me preguntó por un referente y respondí sin dudarlo, frente a toda la clase: don Julio Martínez. Cosas del destino, el día en que volví definitivamente a la capital y dejé atrás mi querida Valdivia, para sumarme al proyecto que se transformaría en Radio ADN, fue un 2 de enero de 2008. En aquella madrugada en que venía aún en el bus, Julio Martínez dejaba de existir. Su partida fue tema obligado en la reunión de pauta esa mañana.
Siempre soñé con conocerlo. O que él me conociera a mí, trabajar juntos, escucharlo, ya fuera en una transmisión, en un pasillo, o en la sobremesa de un almuerzo. Seguro sus charlas e historias eran memorables. No pude. Tampoco con don Sergio Livingstone, otro que siempre admiré desde niño. De esos viejos queribles, respetados por todos, dueños de un estilo claro, simple, correcto, sin rencor, que comentaron sin atacar, sin destruir, sin descalificar y sin alzar innecesariamente la voz.
No conocí a Julio Martínez Prádanos, nacido en Temuco, hijo de españoles, como él mismo se presentó alguna vez. Pero sí a Enrique Corvetto, el autor de este libro. Ya nos sorprendió con una linda obra que recordó los 60 años de la gesta organizacional y deportiva del 62, “El Mundial Imposible”. Y aquí, otra vez, Corvetto nos entrega un riguroso trabajo, con recopilación de datos, historias y momentos de la carrera del gran Jumar. Pero además, recurrió a testimonios y análisis de profesionales de diversas áreas, que van más allá del deporte, para descifrar a un personaje realmente fascinante.
Por eso, cuando Enrique me pidió que colaborara con estas líneas, no podía negarme, aunque reconozco que me mostré tan sorprendido como cuando a Jumar le ofrecieron hacer televisión. Enorme desafío: escribir sobre un verdadero maestro en el teclado, dedicarle estos párrafos a un genio de la palabra. No sé si sea el más indicado, pero es un privilegio que agradezco.
Kike es valdiviano. Compartimos en la Escuela Alonso de Ercilla, él un curso más abajo que yo. Jugamos decenas de pichangas durante los recreos y fuimos compañeros en la selección del “Alonso”; él, puntero derecho, y yo, con la 9 ó la 10 en la espalda. También compartimos en la Universidad Austral, que ambos defendimos desde niños; él como jugador de la escuela de fútbol, yo de la rama de atletismo. Y además coincidimos en múltiples jornadas de reporteo en las calles de Valdivia o en alguna tertulia nocturna.
Porque si algo nos acerca a un grande como don Julio, es nuestro amor por el deporte, por el fútbol, el periodismo y la escritura. Y claro, para qué negarlo: también por la noche.
“Sí, señor”.
Diego Sáez Miranda
Periodista, editor de Deportes de Radio ADN Chile.
Los archivos históricos del Registro Civil de Temuco guardan una ficha de nacimiento muy especial. Ésta, con los años, tomó una tonalidad amarillenta. El documento da cuenta que a las seis de la mañana, del 23 de junio de 1923, nació en Temuco Julio Martínez Prádanos.
Pero la partida de nacimiento aporta que Martínez no nació en un recinto de salud. El periodista llegó a este mundo en su misma casa, ubicada en la calle Manuel Montt 1040. La edificación que en la actualidad figura con esa dirección, está situada a una cuadra y media de la principal plaza de Temuco. Posee color violeta, y hasta hace algunos meses albergaba el restaurante Club Radical.
Precisamente a esta casa había llegado a vivir el matrimonio de españoles a comienzo del siglo pasado, compuesto por Julia Prádanos Rodríguez y José Martínez Nogales. Ella, originaria de Valladolid, había arribado a Chile de manera accidental. El hermano arquitecto de Julia fue contratado por el gobierno chileno para diseñar el puente Llo Lleo, en San Antonio. Él fue quien trajo a Chile a su madre y a sus hermanas, entre ellas, Julia2. José Martínez Nogales, de Extremadura, llegó a Chile huyendo de la Primera Guerra Mundial. Ambos, José y Julia, se conocieron en nuestro país.
Seguramente, las restricciones económicas de la familia Martínez Prádanos, llevaron a que la dirección apuntada por el registro civil como el lugar de nacimiento del único hijo de la familia, también amparara la tienda de ropa para caballeros “Blanco y Negro”. Así, vendiendo camisas, corbatas y suspensores, José Martínez se ganaba la vida.
