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Con el propósito de destacar la importancia de las aportaciones de José Díaz Fernández a la literatura de los años veinte del siglo pasado, Nigel Dennis — catedrático de Literatura Contemporánea Española en la Universidad de St. Andrews del Reino Unido— rescata el núcleo esencial de sus escritos. La antología recoge sus mejores novelas (El blocao, La Venus mecánica y Octubre rojo en Asturias), el ensayo El nuevo romanticismo y lo más selecto de su obra periodística. El blocao es una novela compuesta de siete relatos casi independientes que giran en torno a las experiencias del autor en Marruecos y que en conjunto ofrecen una perspectiva amarga y desmitificadora sobre las ambiciones coloniales de España. En La Venus mecánica Díaz Fernández denuncia el absurdo esnobismo de la élite vanguardista de la década de los veinte, aborda el tema del intelectual pequeñoburgués que se esfuerza por convertir su vago inconformismo social en acción revolucionaria y reflexiona sobre la situación de la mujer en la España de entonces. Octubre rojo en Asturias es una curiosa mezcla de reportaje, reflexión crítica y recreación imaginativa. En ella Díaz Fernández narra el movimiento revolucionario producido en Asturias entre el 5 y el 20 de octubre en un intento de explicar el porqué de su fracaso y de desenmascarar las maniobras de sus líderes. El nuevo romanticismo recoge una serie de ensayos en los que propone una literatura centrada en la situación social y comprometida con las dramáticas realidades del momento sin abandonar los avances técnicos y expresivos de la vanguardia. Por último, la selección de artículos periodísticos se ha organizado en tres apartados: Crónicas de la guerra de Marruecos, Críticaliteraria y Escritos políticos, en los que analiza la muerte de Leopoldo Alas, la política de los Frentes Populares y el caso de Annual, entre otras cuestiones.
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Seitenzahl: 740
Veröffentlichungsjahr: 2022
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JOSÉ DÍAZ FERNÁNDEZ
PROSAS
Introducción y selección de
Nigel Dennis
COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL
© Herederos de José Díaz Fernández
© Fundación Banco Santander, 2006
© De la introducción, Nigel Dennis
Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.
ISBN: 978-84-16950-23-2
NIGEL DENNIS
Tomar la pluma en la mano constituye, tal como va el mundo, la máxima responsabilidad.
JOSÉ DÍAZ FERNÁNDEZ, El nuevo romanticismo
TRAS LOS LENTES explora, ávida la miradacual buscando de todas las cosas la emoción;cuando habla, parece que siempre está asomadauna idea a los vitrales de la conversación.
Anduvo los caminos ásperos de la Cienciay conoció del Arte la sutil armonía.Fue la lucha su norte y encontró en la experienciala más piadosa, exacta y honda filosofía…
Es, en el siglo XX, militar y poeta.Tiene mucho de héroe, tiene mucho de ascetacomo un clásico y noble caballero español.
No se turba ante nada, ni de nada se extraña,y sueña con que un día vuelvan para su Españalos tiempos en que en ella no se ponía el sol…
Con estas palabras, llenas de ingenuo fervor patriótico, se autodefine el joven escritor José Díaz Fernández, que en pocos años se convertirá en una de las figuras más destacadas de la generación de intelectuales inquietos y beligerantes identificados durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera con la lucha por la radical transformación de la sociedad española1. El soneto está fechado en 1920, cuando el autor, todavía residente en provincias y con apenas veintidós años, es prácticamente desconocido fuera de un círculo reducido de amigos lectores. Me permito citarlo aquí no por sus méritos literarios —harto discutibles— sino porque constituye un curioso anticipo de su trayectoria vital posterior, en la que la militancia política, el idealismo ético y la vocación literaria se fundirán —noble y heroicamente— en un profundo impulso regeneracionista. A este impulso, anclado en un sincero deseo de colaborar activamente en la construcción de una nueva España, permanecerá fiel toda su vida, dedicándole tenazmente, contra viento y marea, todas sus energías. Será una vida breve, truncada por la muerte prematura en el exilio a los cuarenta y dos años de edad, y la seguirá un largo período en el que su nombre —tan apreciado en la época de preguerra— languidecerá en el olvido, ninguneado en la España de Franco2. El objetivo primordial del presente libro no es otro que el de reivindicar su memoria, poniendo al alcance del lector en un solo volumen el núcleo esencial de su obra en prosa, tanto la narrativa como la ensayística.
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José Díaz Fernández nace en Aldea del Obispo (Salamanca) en mayo de 1898, pero muy pronto se traslada a Castropol (Asturias), lugar que, andando el tiempo, considerará como su auténtico pueblo natal. Esta fuerte filiación asturiana será una constante en su vida y dejará una huella imborrable en su obra. Apoyado por su madre, desarrolla sus tempranas ambiciones literarias y, siendo todavía adolescente, colabora en el periódico trimestral Castropol con poemas y artículos sobre diversos temas de actualidad. En 1918 se muda a Oviedo, donde, fiel a su vocación incipiente, funda con un grupo de amigos la revista Alma Astur. Dos años después pasa a formar parte del diario gijonés El Noroeste, en el que por medio de sus comentarios y poemas —los llamados «Versos del domingo»— consolida su creciente reputación de joven promesa de las letras asturianas.
En septiembre de 1921, Díaz Fernández es llamado a filas y se incorpora al batallón expedicionario del Regimiento de Infantería de Tarragona, compuesto exclusivamente, como apunta López de Abiada, por soldados asturianos3. Después de una breve estancia en Sevilla, pasa a África, donde permanecerá hasta agosto del año siguiente. Fruto de esta experiencia es el aluvión de crónicas que envía regularmente a El Noroeste, en las que recoge su visión de la realidad del colonialismo español y la crudeza de la guerra misma. Vistas en conjunto constituyen, por su tono y contenido, un testimonio excepcional de la guerra en Marruecos. Más allá de su interés intrínseco, estos escritos también marcan un paso decisivo en el desarrollo de la situación profesional de Díaz Fernández, así como en la plasmación de su perspectiva crítica sobre España. Por un lado, al ir captando sus observaciones sobre su nuevo entorno y reflexionando sobre la conducta de la guerra, la redacción de las crónicas le permite afinar sus talentos de escritor y comentarista. Una de ellas es premiada por el periódico madrileño La Libertad, que, a su regreso a Gijón a finales de 1922, le ofrece la corresponsalía literaria de Asturias. Poco después es nombrado también corresponsal literario de El Sol, y en 1925 pasa a formar parte de su equipo de redactores. Al trasladarse a Madrid para ejercer estas funciones, es acogido por Fernando Vela, antiguo compañero de El Noroeste, y gracias a éste no tarda en introducirse en el mundo cultural e intelectual de la capital, en plena ebullición. Es decir que en pocos años su carrera de periodista avanza notablemente debido al éxito de sus escritos sobre la guerra. Por otro lado, la redacción de sus crónicas, que en muchos casos se caracterizan por un fuerte tono amargo e inconformista, desemboca en una lúcida toma de conciencia ante la degradante realidad de España. A raíz de sus experiencias en África, Díaz Fernández comienza a predicar sistemáticamente la necesidad de una reconstrucción total de la estancada sociedad española.
A partir de 1925, después de fijar su residencia en Madrid, Díaz Fernández combina sus actividades periodísticas y literarias con un creciente activismo político. Colabora en diversas iniciativas que marcan un nuevo rumbo en la vida literaria y cultural de la capital. Con un grupo de amigos (Joaquín Arderíus, José Antonio Balbontín y Rafael Giménez Siles, entre ellos) funda en 1927 la revista Post-Guerra, en cuyas páginas se propugna la superación del vanguardismo estéril y ensimismado de la época y se esboza un programa de radical reforma política. De especial significación es la atención que se presta en Post-Guerra al papel del intelectual en las luchas políticas, tema explorado por el propio Díaz Fernández en varios escritos posteriores. La revista tiene una notable resonancia; según el juicio acertado de López de Abiada, constituye «la única tentativa de los intelectuales para superar la neta división entre la vanguardia política y la vanguardia literaria»4. Al año siguiente, 1928, Díaz Fernández es uno de los socios fundadores de Ediciones Oriente, creada con el propósito de continuar y desarrollar la labor de Post-Guerra por medio de la publicación de obras sociales extranjeras y de obras del nuevo arte español que va surgiendo hacia finales de los años veinte. En el mismo año publica El blocao, novela compuesta de siete relatos cuasi independientes —si bien unidos por su tono y por el ambiente evocado en ellos— que giran en torno a las experiencias del autor en Marruecos y que en conjunto ofrecen una perspectiva amarga y desmitificadora sobre las ambiciones coloniales de España. El libro tiene un éxito inmediato, de crítica y de público, y llega a constituir el punto de arranque de un nuevo tipo de escritura novelística comprometida con las inquietudes sociopolíticas del momento.
Simpatizante con la disidencia expresada por los sindicatos estudiantiles, Díaz Fernández se involucra activamente por estas mismas fechas en la oposición a la dictadura de Primo de Rivera5. Su postura política no deja de radicalizarse y sus firmes convicciones republicanas se manifiestan en su colaboración en Acción Republicana. Su militancia se ve castigada en 1929 con tres meses en la cárcel Modelo de Madrid (febrero-abril), a los que se añaden otros tres (junio-agosto) de exilio forzado en Lisboa. Díaz Fernández aprovecha estas circunstancias para escribir La Venus mecánica, novela clave en la que recoge y desarrolla toda una serie de vivencias personales, utilizándolas para plantear diversos problemas relacionados con el contexto sociocultural. Además de denunciar despiadadamente el absurdo esnobismo de la élite vanguardista de la década de los veinte, vuelve al tema —ya planteado en «Magdalena roja» de El blocao— del intelectual pequeñoburgués que se esfuerza por convertir su vago inconformismo social en acción revolucionaria. Igualmente importante en esta novela es la reflexión sobre la situación de la mujer en la España de entonces. Según el argumento desarrollado por el autor, la mujer, para conseguir la emancipación auténtica, tiene que ir más allá de las formas superficiales del feminismo e integrarse plenamente en la sociedad.
El 30 de enero de 1930 —el mismo día en que cae, por fin, el régimen de Primo de Rivera— se lanza la revista Nueva España, dirigida por Díaz Fernández, Antonio Espina y Adolfo Salazar6. Tiene una acogida favorable desde su primer número. Su título mismo afirma su voluntad de ruptura con el pasado y no sorprende constatar que se dedica a denunciar sistemáticamente la «vieja política». Se proclama republicana y manifiesta una decidida admiración por la Rusia soviética. En diversos artículos se presta atención a cuestiones literarias y artísticas, propugnando una postura de compromiso beligerante y subrayando una y otra vez los vínculos ineludibles entre literatura y política. Muy representativas de la estética de compromiso social promovido por Nueva España son estas palabras de Julián Zugazagoitia, pertenecientes a un artículo publicado en el segundo número:
«Yo estoy plenamente persuadido de que el porvenir pertenece a esa masa hasta hoy desdeñada social y literariamente, a estas masas proletarias que ya han significado su decidida voluntad de intervenir en la vida, a la que traen su tónica nueva. ¿Persistirá la literatura en sus desdenes? ¿Comprenderá al cabo su deber?… ¡Feliz la pluma que sepa servir a la Justicia!»7.
Díaz Fernández precisa su propia postura ante estos temas y varios otros en El nuevo romanticismo, que saca a la luz en 1930. El libro recoge una serie de ensayos ya publicados anteriormente pero el escritor los ubica en un nuevo contexto y añade otros, matizando y ampliando sus ideas. Es imposible exagerar la importancia de El nuevo romanticismo en el marco de la literatura de la época, ya que llega a definir un nuevo acercamiento a la narrativa y al arte en general —ya manifiesto en El blocao y La Venus mecánica— que en menor o mayor grado atraviesa toda la novelística española de los años treinta. Frente a la novela vanguardista de los discípulos de Ortega, agrupados en torno a la colección «Nova Novorum» que dirige Fernando Vela para la editorial de la Revista de Occidente, Díaz Fernández propone una literatura «de avanzada» —heredera de la soviética— en la que, sin abandonar los avances técnicos y expresivos de la vanguardia, se afirme una «vuelta a lo humano», es decir, un interés consciente por la situación del hombre y un compromiso con las dramáticas realidades del momento. Como libro programático, el libro de Díaz Fernández funciona como respuesta contundente a las ideas de Ortega exploradas en La deshumanización del arte y, sobre todo, en Ideas sobre la novela.
En vísperas de la República, nuestro autor sigue compaginando sus quehaceres literarios con una activa participación en el mundo político. Ante la crisis que se produce en el seno de El Sol, abandona el periódico y pasa a la redacción de Crisol y luego Luz, donde seguirá cultivando la crítica literaria y el comentario sobre temas de actualidad. Al convocarse las elecciones para las Cortes Constituyentes de 1931, se presenta como candidato del partido radical-socialista y es elegido diputado por Asturias. En el mismo año publica dos relatos significativos —«La largueza» y Cruce de caminos— y, en colaboración con Joaquín Arderíus, escribe la Vida de Fermín Galán, otro testimonio elocuente de su tenaz compromiso republicano. Durante el bienio negro, Díaz Fernández se aparta de la política y se dedica infatigablemente al periodismo, colaborando con asiduidad en el periódico El Liberal, así como en otras publicaciones nacionales y extranjeras. De estos años datan, por ejemplo, sus primeras colaboraciones en La Nación de Buenos Aires, tribuna predilecta para las figuras más consagradas de la intelectualidad española de entonces. La sublevación de los mineros en Asturias en octubre de 1934 le incita a volver a la narrativa larga, y bajo el seudónimo de José Canel se pone a escribir uno de sus libros más apasionantes: Octubre rojo en Asturias8. En esta novela —curiosa mezcla de reportaje, reflexión crítica y recreación imaginativa—, Díaz Fernández se propone narrar los acontecimientos que se produjeron en Asturias entre el 5 y el 20 de octubre en un intento de explicar el porqué del fracaso del movimiento revolucionario y de poner al desnudo las maniobras de sus líderes. Conmovido por el idealismo heroico de los mineros y por el espectáculo de la destrucción de Oviedo, escribe en el prólogo de la obra:
«Yo he sentido, como el que más, el dolor de ver correr la sangre por aquel país que es mío, que está unido a la intimidad de mi corazón, porque en él se han mezclado mis luchas y mis triunfos. Las calles devastadas de Oviedo, sus ruinas innumerables, sus árboles destrozados y sus torres caídas, pesan sobre mi alma, porque, además, todo eso va unido a los recuerdos de mi primera juventud. Pero me duele tanto como eso la injusticia que pudo hacer posible la revolución; me conmueve el heroísmo de esos mineros que, sin pensar si van a ser secundados, se lanzan a pelear por una idea que va dejando de ser una utopía, sin pensar si son bien o mal dirigidos, ofreciéndole a la revolución la vida, porque es lo único que tienen».
Después del paréntesis del bienio negro, Díaz Fernández reanuda sus actividades políticas, y en febrero de 1936 se presenta a las elecciones, en las que resulta elegido diputado a Cortes por Murcia en el Frente Popular. Llega a desempeñar el cargo de secretario político del ministro de Instrucción Pública, Francisco Barnés, quien le encomienda la tarea de reconstruir la enseñanza laica, seriamente perjudicada durante los dos años anteriores. Después del estallido de la guerra, entregado incondicionalmente a la causa de la República, ejerce distintos cargos oficiales vinculados al mundo de la prensa9. En 1939, como tantos otros españoles fieles al régimen derrotado, Díaz Fernández no tiene más remedio que emprender el doloroso camino del exilio. A finales de enero y acompañado de su mujer y de su hija, cruza la frontera con Francia; a pesar de tener sus papeles en orden, es internado en un campo de concentración. Afortunadamente, su mujer consigue sacarlo después de pocas semanas. En circunstancias difíciles, que se vuelven especialmente dramáticas después de la invasión del país por las tropas alemanas, la familia va y viene de una zona a otra hasta fijar su residencia —siempre de modo provisional— en Toulouse, donde esperan con impaciencia la oportunidad de marcharse a Cuba10. Según el testimonio de su hija, Mercedes Díaz Roig, recogido por López de Abiada, la muerte sorprende al escritor el 18 de febrero de 1941, «en la miseria de una horrenda chambre meublée». Sobra cualquier comentario sobre las palabras con que termina el relato del final de su padre: «Los amigos tuvieron que hacer una colecta para su entierro. Llevó encima del ataúd una cinta con colores republicanos, que mi madre había cosido durante la noche»11.
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La principal distinción histórica de Díaz Fernández es haber desempeñado un papel decisivo en un movimiento o tendencia que aspira no sólo a la reconstrucción total de la sociedad española sino también a la creación de modos de conducta y formas de expresión adecuados para una nueva civilización. Es decir que se produce en él un doble impulso revolucionario: por un lado, de índole político-social, y por otro, de índole estética. Díaz Fernández pertenece a una generación cuya postura beligerante ante la realidad de España es consecuencia ineludible de su propia experiencia histórica. Recordemos las atinadas observaciones al respecto de Luis de Zulueta:
«Esta generación, que no ha conocido más que gobiernos de derecha y de extrema derecha, se sitúa resueltamente en la izquierda y en la extrema izquierda. Educada bajo un régimen dictatorial, aliado del fariseísmo y la plutocracia, se inclina ella hacia las soluciones más avanzadas en los problemas religiosos y morales, sociales y económicos»12.
Estas circunstancias producen una voluntad de ruptura con el pasado que se manifiesta con especial intensidad en la figura de Díaz Fernández. De hecho, no sería exagerado decir que nuestro autor se afirma como conciencia y portavoz de sus compañeros de generación y que en un momento especialmente crítico para el país llega a definir el sentido de su inconformismo así como de sus aspiraciones para el futuro. En lo político, arremete exasperado contra el inmovilismo y la torpeza de la generación anterior, contra todo el peso muerto del pasado:
«Los hombres de 1930 han presenciado la guerra europea, la caída de los imperialismos, el desarrollo próspero del socialismo, el triunfo de la máquina y del razonamiento lógico, la democratización de la vida en torno. ¿Podrán resignarse a que nada de esto rija en su país porque las viejas oligarquías, como esqueletos de elefantes, continúen en pie por la inercia y la indiferencia de una gran parte de la sociedad española?
Yo creo que no. Y creo, además, que la presente generación no encomendará esta obra al sufragio. El sufragio es instrumento de una política radicalmente distinta, la que hay que derrocar precisamente. Sólo podrá salvarnos una revolución, no sólo contra el régimen y el Estado, sino contra la actual sociedad española»13.
El tono áspero de estas declaraciones no refleja más que la impaciencia que sienten Díaz Fernández y el sector más combativo de sus coetáneos ante la dificultad de conseguir que los dirigentes del país asimilen la lección de las nuevas realidades históricas. Díaz Fernández denuncia una y otra vez la falta de agilidad y de creatividad —la falta de responsabilidad, en definitiva— de los viejos políticos, y a ellos echa la culpa por la degeneración de la vida nacional:
«Los hombres maduros que en nuestro país no han sabido hacer nada ni construir nada han colocado a España en el calamitoso estado en que la encuentran los jóvenes de 1930. Hombres maduros que han servido a la política tradicional hasta el envilecimiento y que, en el momento en que España les exige una rectificación de conductas, no saben siquiera colocarse en la única posición digna: en el apartamiento de la vida pública»14.
Ante la sensación de frustración y asfixia que producen los modelos políticos antiguos, Díaz Fernández pide espacio y oxígeno para la nueva generación, queriendo que todos los valores nuevos que representa, todas las formas nuevas que le corresponden, tengan salida adecuada en la vida española. Llama la atención, de hecho, la frecuencia con que aparece la palabra «nuevo» en sus escritos para calificar todo lo que anhela y promueve: nueva política, nueva democracia, nuevo liberalismo, nuevo humanismo, nueva época, nueva civilización, nueva mujer, nueva generación, nueva España, nuevo romanticismo… En cada caso no hace más que realzar su deseo franco y sincero de que se revivifique el país, renovando sus prácticas sociales y políticas y forjando una nueva conciencia o ética nacional.
Como en el caso de Díaz Fernández el militar y el poeta se dan la mano y la literatura y la política se funden en una sola preocupación totalizadora, es natural que nuestro autor dirija su atención hacia finales de la década de los veinte a lo que considera el «fiasco intelectual» de la estética purista del movimiento vanguardista. Para él la vanguardia despreocupada es otro síntoma del agotamiento e irresponsabilidad de todo el sistema social:
«Defender una estética puramente formal, donde la palabra pierda todos aquellos valores que no sean musicales o plásticos, es un fiasco intelectual, un fraude que se hace a la época en que vivimos que es de las más ricas en conflictos y problemas».
Con el mismo desprecio que caracteriza su postura ante los viejos políticos, arremete contra los exquisitos practicantes del arte puro que, indiferentes a esos conflictos y problemas mencionados, no pasan de ser meros deportistas literarios:
«Por lo general, estos muchachos no hacían otro deporte que el de ir al teatro con su familia en automóvil propio, o recorrer en bicicleta las carreteras lugareñas. Creían que los versos con muchos aviones y muchos cocktails eran cifra y compendio de la moderna sensibilidad».
Frente a la literatura de vanguardia —elitista, individualista, desconectada de la realidad—, Díaz Fernández propone lo que llama la «literatura de vanguardia», comprometida con su entorno y su época e inspirada en el ejemplo de la Rusia soviética: «La Revolución rusa, que pretende sencillamente organizar la vida, transformando, no un Estado, sino una moral, produce la verdadera literatura de avanzada». No se trata de descuidar la forma rechazando, sin más, las innovaciones vanguardistas sino de poner los avances más útiles y fecundos al servicio de un contenido o temática responsable, de índole humana y de intención ética. Es decir que la eficacia expresiva y la dignidad estética no tienen por qué ser incompatibles con una postura comprometida, según explica lúcidamente el autor: «La auténtica vanguardia será aquella que dé una obra construida con todos los elementos modernos —síntesis, metáfora, antirretoricismo— y organice en producción artística el drama contemporáneo de la conciencia universal». El rasgo definitorio de esta auténtica vanguardia es la «vuelta a lo humano»: la vuelta al hombre inmerso en la vida real. Supone la reincorporación a la literatura de lo que Antonio Espina llama certeramente «el verismo en el pensamiento» y «la autenticidad de la emoción»15.
El nuevo romanticismo representa la culminación de todo un proceso de reflexión crítica cuyos orígenes se remontan, cuando menos, a la revista Post-Guerra. Las ideas estéticas desarrolladas en este libro iluminan, además, la práctica del Díaz Fernández narrador en obras como El blocao y La Venus mecánica, en las que junto al cultivo de un estilo ágil y sugerente, auténticamente moderno, se manifiesta con poderosa expresividad el «drama contemporáneo» del hombre: el del simple soldado de infantería embrutecido por la guerra; el del intelectual pequeñoburgués que quiere unirse al proletariado combatiente; el de la mujer que busca la plena autorrealización en un medio denigrante. Por medio de estas narraciones, arraigadas en una reflexión teórica de total coherencia, Díaz Fernández consigue establecer las pautas para un tipo de escritura de gran calidad que florece en España por esas fechas. No es difícil rastrear la influencia del nuevo romanticismo —tanto del libro de nuestro autor como de todo lo que la frase misma llega a significar— en la obra de escritores como Ramón Sender o César Arconada, que, a mi juicio, representan lo mejor de la novelística española de los años treinta16.
Si la «literatura de avanzada», tal y como la define y ejemplifica Díaz Fernández, no tiene el desarrollo natural o la continuidad que indudablemente se merece, es porque alrededor de 1931 se produce una especie de aceleración del tiempo histórico en España, fenómeno debido, ante todo, a las enormes expectativas que suscita el nuevo régimen republicano y a la impaciencia con que la población general espera la implementación de los cambios que promete. Ante estas circunstancias, los escritores que en principio podían haberse nutrido de la estética del nuevo romanticismo tienden a adaptar su escritura a las exigencias del momento, llevando la preocupación sociopolítica a extremos de militancia partidista. La literatura de avanzada cede el paso a esos apremios, quedándose en gran medida supeditada al «nuevo idioma del realismo social revolucionario de la literatura de consigna»17. No cabe duda de que Díaz Fernández se siente algo inhibido por este fenómeno, y no sorprende constatar que, con la excepción de Octubre rojo en Asturias, abandona la narrativa después de 1931. Por otra parte, hay que tener en cuenta que, con la desaparición de la dictadura y la monarquía, ve colmadas sus esperanzas políticas fundamentales y, en lugar de tener que luchar en la oposición, se puede permitir el lujo de centrarse en la consolidación del nuevo régimen nacional18.
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Recogiendo los versos citados al comienzo de estas páginas, no sería exagerado decir que, contemplada más de medio siglo después de su muerte, la figura de José Díaz Fernández «tiene mucho de héroe, tiene mucho de asceta / como un clásico y noble caballero español». Hombre de gran entereza y de conducta siempre consecuente, no escatimó ningún esfuerzo para promover y defender los valores en los que creía. Aceptó el desafío de su tiempo y estuvo a la altura de las circunstancias, cumpliendo las tareas que se le asignaron e ideando las bases de un arte digno de la sociedad justa y libre con la que soñaba. Hombre modesto, además, que dio poca importancia a sus triunfos literarios personales. Cuando le rindieron homenaje en Madrid en el verano de 1928, con motivo del rotundo éxito de El blocao —dos ediciones en tres meses y traducciones al francés, al inglés y al alemán—, sólo se le ocurrió decir: «No quiero ningún éxito artístico, sino otro éxito moral y humano»19. Firmemente convencido de la necesidad de superar los límites asfixiantes del esteticismo puro, llevó la literatura a un terreno más amplio con el objetivo de recuperar al hombre y a la realidad. Cabe recordar una vez más las palabras emocionadas con que termina su prólogo a la segunda edición de El blocao:
«Me siento tan unido a los destinos de mi país, me afectan de tal modo los conflictos de mi tiempo, que será difícil que en mi labor literaria pueda dejar de oírse nunca su latido».
Es de esperar que el lector actual, al adentrarse en la obra de este singular escritor, oiga el latido vivo de los tiempos conflictivos que le tocó vivir.
N. D.
Esta bibliografía puede servir idealmente para orientar a cualquier lector interesado en la obra de José Díaz Fernández. Está dividida en dos secciones. En la primera, se ofrece un resumen de la historia editorial de todos los libros del autor, así como los datos sobre ediciones y antologías que están disponibles en la actualidad; en la segunda, se ofrece una selección de los trabajos críticos más importantes que se han dedicado a diversos aspectos de su obra.
Elegir lo fundamental de la obra de un escritor tan fecundo y tan poco conocido como José Díaz Fernández y presentarlo en el marco de un libro de dimensiones razonables no ha sido tarea fácil. La verdad es que en sus sucesivas versiones, este libro ha ido reduciéndose —cada vez más drástica y dolorosamente— ante la necesidad de ir adaptando su contenido al espacio disponible. Es decir que en su forma actual no pretende, ni mucho menos, constituir una recopilación exhaustiva de los escritos de nuestro autor. Es de lamentar, por ejemplo, la imposibilidad de ofrecer una muestra de la obra en verso de Díaz Fernández, la cual a pesar de su carácter algo ingenuo posee un indudable interés. Remito al lector interesado en este aspecto de su quehacer literario al curioso volumen titulado Mi poesía eres tú (1998), en el que se recogen —sin indicar su procedencia— unos treinta y cuatro poemas de clara índole romántica20. Igualmente lamentable ha sido la imposibilidad de dar una idea fiel de la envergadura de su obra periodística, que ha quedado circunscrita aquí a un pequeño conjunto de textos sueltos de varia índole. Díaz Fernández era, sin lugar a dudas, uno de los más aquilatados articulistas de su generación, y durante años, en diversas publicaciones, comentó infatigablemente y con un criterio muy fino una gama muy amplia de temas. Muchos de estos artículos se agrupan de un modo natural en series cuasi independientes bajo los epígrafes generales que usaba el propio escritor según el contexto en que escribe: las «Cartas de Portugal», por ejemplo, que envió a El Sol en 1929 desde su exilio portugués, o los «Reflejos», sobre temas radiofónicos, que dio a conocer en la revista Ondas entre 1925 y 192721. Pienso también en sus numerosos comentarios sobre temas políticos —los publicados en el radical semanario Política, por ejemplo, entre 1935 y 1936, y en El Diluvio entre 1936 y 1938—, así como en las incontables reseñas de libros aparecidas en periódicos como El Sol y Luz entre 1927 y 1933. Este conjunto de escritos, por muy misceláneo que parezca, ofrece una perspectiva sumamente coherente e iluminadora no sólo sobre la postura ideológica y estética del propio Díaz Fernández sino también sobre el clima político-cultural en general durante una época de importancia decisiva para España. A estos trabajos sueltos habría que añadir muchísimos otros, desde sus primeros escritos juveniles publicados en revistas locales como Castropol y Alma Astur hasta los que escribe durante su breve exilio en Francia después de la guerra civil.
Si me detengo en estos datos no es sólo para explicar lo que no se ha podido incluir en esta edición sino también para subrayar la necesidad de seguir prestando atención a la figura de Díaz Fernández con el propósito de explorar y valorar debidamente las zonas más desconocidas u olvidadas de su obra. No cabe duda de que el lector encontraría en ellas muchos textos de gran interés intrínseco y de indudable valor histórico.
De acuerdo con los criterios que rigen esta colección, pues, y habida cuenta de los parámetros que forzosamente se imponen a los volúmenes que la configuran, el presente libro se limita a recoger lo que podría considerarse el centro inamovible de la obra en prosa de Díaz Fernández. Ocupan un lugar privilegiado, como es natural, sus cuatro libros fundamentales: El blocao, La Venus mecánica, El nuevo romanticismo, y Octubre rojo en Asturias. He consultado sus sucesivas ediciones, dando prioridad a la primera en el caso de tener que resolver alguna lectura dudosa. Como los cuatro libros todavía hablan elocuentemente por sí mismos y como no se pretende ofrecer aquí una edición crítica o definitiva de ellos, los textos no llevan anotaciones ni notas a pie de página. A este conjunto de libros me hubiera gustado agregar el relato titulado «La largueza», que, entre los breves textos narrativos de Díaz Fernández, me parece el mejor y el más significativo, sobre todo por la estrecha relación que guarda con «Magdalena roja», texto clave de El blocao, así como con La Venus mecánica22. Desgraciadamente, debido a problemas de derechos, esto no ha sido posible. Tampoco se ha incluido Vida de Fermín Galán (1931), no porque carezca de interés —la verdad es que nos hace mucha falta una reedición de este libro— sino más bien porque constituye un caso especial en el marco de la obra de Díaz Fernández, ya que fue escrito en colaboración con su amigo y co-conspirador republicano Joaquín Arderíus. Teniendo en cuenta, entonces, los parámetros mencionados arriba y puesto a elegir, he optado por dejarlo fuera. Sobra decir que conviene tenerlo presente en cualquier aproximación totalizadora a la vida y obra del autor.
Ante la vasta y variadísima obra periodística de Díaz Fernández ha sido sumamente difícil hacer una selección de textos mínimamente representativos de los diversos intereses que manifestó a lo largo de su carrera. Para redondear este volumen no he tenido más remedio que limitarme a una modesta selección de textos que, o bien por su contenido o bien por su estilo y tono, dan fe del talento excepcional del escritor, así como de la lucidez con que abordó ciertos temas de innegable significación. En la medida de lo posible he querido dar prioridad a las crónicas de la guerra de Marruecos, puesto que complementan e iluminan, si bien indirectamente, las experiencias e ideas recogidas en los relatos de El blocao23. He seleccionado, además, algunos textos de crítica literaria y un puñado de comentarios sobre temas políticos que, cada uno a su manera, ponen al descubierto la perspicacia y entereza del Díaz Fernández articulista. Sólo espero que, como este libro en general, sirvan de punto de arranque para futuros estudiosos ansiosos de abarcar la totalidad de los escritos de nuestro autor.
Sólo me queda expresar mi más sincero agradecimiento a los que han hecho aportaciones importantes a la realización de este proyecto. El interés y el apoyo de Javier Aguado, director de la Fundación Santander Central Hispano, han sido decisivos, ya que sin ellos este libro sencillamente no existiría. Extiendo este voto de gracias a su equipo de ayudantes, especialmente a los de Armero Ediciones, que con una profesionalidad modélica me han proporcionado todo tipo de ayuda. Quisiera terminar destacando la colaboración intensa y fructífera de Juan Ignacio Pérez Alcalde, que realizó una labor de investigación minuciosa y de enorme utilidad, proporcionándome una gran riqueza de materiales sin los cuales no habría podido ampliar y refinar mi propia perspectiva sobre la figura extraordinaria de Díaz Fernández.
N. D.
A LOS TRES MESES DE PUBLICADA la primera edición de este libro, se imprime la segunda. Muy pocas obras literarias, de autor oscuro, han alcanzado esta fortuna en nuestro país, donde la masa lectora es tan restringida. Esto me hace suponer que El blocao no es absolutamente una equivocación, aunque el propio autor le vea, ahora, defectos de bulto. Pero, al mismo tiempo, esta experiencia me ha servido para comprobar que existe un público dispuesto a leer obras de ficción que no sean el bodrio pornográfico o la ñoñez espolvoreada de azúcar sentimental. Revelación sorprendente, por cuanto, hasta hace poco, algunos de nuestros primeros ingenios no habían logrado agotar tiradas análogas a la mía sino después de transcurridos muchos meses.
El interés del público ha ido esta vez de acuerdo con el de la crítica, suceso que no ocurre todos los días. Con rara unanimidad, los diferentes sectores estéticos han coincidido en otorgar a mi obra un trato excepcional. El hecho de que El blocao haya podido instalarse en esas zonas antípodas me infunde verdadera confianza para el futuro.
Porque —lo digo con absoluta sinceridad— yo no aspiro a ser un escritor de minorías, aunque no me halagaría nada que éstas no simpatizaran con mis libros. Creo que todo escritor que no sienta el narcisismo de su producción, que no construya su obra para un ambiguo y voluptuoso recreo personal, pretenderá hacer partícipe de ella a cuantos espíritus intenten comprenderla. Yo no sé qué otros fines pueda tener el arte.
Claro que quiero llegar hasta el lector por vías diferentes a las que utilizaban los escritores de las últimas generaciones. Soy, antes que nada, hombre de mi tiempo, partidario fervoroso de la época que vivo. El pasado no me preocupa gran cosa, y, desde luego, si en mi mano estuviera, no lo indultaría de la muerte. Sostengo que hay una fórmula eterna de arte: la emoción. Y otra fórmula actual: la síntesis. En la primera edición de mi libro lo decía, dando a entender que ésa es mi estética. Trato de sorprender el variado movimiento del alma humana, trazar su escenario actual con el expresivo rigor de la metáfora; pero sin hacer a ésta aspiración total del arte de escribir, como sucede en algunas tendencias literarias modernas. Ciertos escritores jóvenes, en su afán de cultivar la imagen por la imagen, han creado una retórica peor mil veces que la académica, porque ésta tuvo eficacia alguna vez y aquélla no la ha tenido nunca. Cultiven ellos sus pulidos jardines metafóricos, que yo me lanzo al intrincado bosque humano, donde acechan las más dramáticas peripecias.
Eso no quiere decir que no dé importancia sobresaliente a la forma. Así como creo que es imprescindible hacer literatura vital e interesar en ella a la muchedumbre, estimo que las formas vitales cambian, y a ese cambio hay que sujetar la expresión literaria. Vivimos una vida sintética y veloz, maquinista y democrática. Rechazo por eso la novela tradicional, que transporta pesadamente descripciones e intrigas, e intento un cuerpo diferente para el contenido eterno. Ahí está la explicación del rótulo «novela de la guerra marroquí» que lleva El blocao. En esto no se han puesto de acuerdo los críticos. Mientras unos han hablado de un libro de novelas cortas, otros lo han llamado colección de cuentos y muchos narraciones o relatos. Yo quise hacer una novela sin otra unidad que la atmósfera que sostiene los episodios. El argumento clásico está sustituido por la dramática trayectoria de la guerra, así como el personaje, por su misma impersonalidad, quiere ser el soldado español, llámese Villabona o Carlos Arnedo. De este modo pretendo interesar al lector de modo distinto al conocido; es decir, metiéndolo en un mundo opaco y trágico, sin héroes, sin grandes individualidades, tal como yo sentí el Marruecos de entonces.
Y, para terminar, quiero referirme al sentido político que se ha dado a mi libro, unas veces con aplauso y otras con censura. Sería insensato mezclar la política con la literatura, si no fuera para obtener resultados artísticos. Tratándose de Marruecos, que es un largo y doloroso problema español, pienso que muchos lectores fueron al libro previamente equipados de la opinión que les merecía aquella guerra. Resultó un libro antibélico y civil, y me congratulo de ello, porque soy pacifista por convicciones políticas, y adversario, por tanto, de todo régimen castrense. Pero al escribir El blocao no me propuse ningún fin proselitista: quise convertir en materia de arte mis recuerdos de la campaña marroquí. Yo no tengo la culpa de que haya sido tan brutal, tan áspera o tan gris. Quizá no haya sabido inhibirme bastante de mi personal ideología. ¿Qué escritor, sin embargo, está libre de tales preferencias? El arte más puro se somete a una concepción temperamental de la vida y refleja siempre gustos, inclinaciones y sentimientos del autor.
Lo que sucede es que mi libro llega a las letras castellanas cuando la juventud que escribe no siente otra preocupación fundamental que la de la forma. El blocao tiene que parecer un libro huraño, anarquizante y rebelde, porque bordea un tema político y afirma una preocupación humana. Me siento tan unido a los destinos de mi país, me afectan de tal modo los conflictos de mi tiempo, que será difícil que en mi labor literaria pueda dejar de oírse nunca su latido.
LLEVÁBAMOS CINCO MESES en aquel blocao y no teníamos esperanzas de relevo. Nuestros antecesores habían guarnecido la posición año y medio. Los recuerdo feroces y barbudos, con sus uniformes desgarrados, mirando de reojo, con cierto rencor, nuestros rostros limpios y sonrientes. Yo le dije a Pedro Núñez, el cabo:
—Hemos caído en una cueva de Robinsones.
El sargento que me hizo entrega del puesto se despidió de mí con ironías como ésta:
—Buena suerte, compañero. Esto es un poco aburrido, sobre todo para un cuota. Algo así como estar vivo y metido en una caja de muerto.
«¡Qué bárbaro!», pensé. No podía comprender sus palabras. Porque entonces iba yo de Tetuán, ciudad de amor más que de guerra, y llevaba en mi hombro suspiros de las mujeres de tres razas. Los expedicionarios del 78 de Infantería no habíamos sufrido todavía la campaña ni traspasado las puertas de la ciudad. Nuestro heroísmo no había tenido ocasión de manifestarse más que escalando balcones en la Sueca, jaulas de hebreas enamoradas, y acechando las azoteas del barrio moro, por donde al atardecer jugaban las mujeres de los babucheros y los notarios. Cuando a nuestro batallón lo distribuyeron por las avanzadas de Beni Arós, y a mí me destinaron, con veinte hombres, a un blocao, yo me alegré, porque iba, al fin, a vivir la existencia difícil de la guerra.
Confieso que en aquel tiempo mi juventud era un tanto presuntuosa. No me gustaba la milicia; pero mis nervios, ante los actos que juzgaba comprometidos, eran como una traílla de perros difícil de sujetar bajo la voz del cuerno de caza. Me fastidiaban las veladas de la alcazaba, entre cante jondo y mantones de flecos, tanto como la jactancia de algunos alféreces, que hacían sonar sus cruces de guerra en el paseo nocturno de la plaza de España.
Por eso la despedida del sargento me irritó. Se lo dije a Pedro Núñez, futuro ingeniero y goal-keeper de un equipo de fútbol:
—Estos desgraciados creen que nos asustan. A mí me tiene sin cuidado estar aquí seis meses o dos años. Y, además, tengo ganas de andar a tiros.
Pero a los quince días ya no me atrevía a hablar así. Era demasiado aburrido. Los soldados se pasaban las horas sobre las escuálidas colchonetas, jugando a los naipes. Al principio, yo quise evitarlo. Aun careciendo de espíritu militar, no me parecía razonable quebrantar de aquel modo la moral cuartelera. Pedro Núñez, que jugaba más que nadie, se puso de parte de los soldados.
—Chico —me dijo—, ¿qué vamos a hacer si no? Esto es un suplicio. Ni siquiera nos atacan.
Al fin consentí. Paseando por el estrecho recinto sentía el paso lento y penoso de los días, como un desfile de dromedarios. Yo mismo, desde mi catre, lancé un día una moneda entre la alegre estupefacción de la partida:
—Dos pesetas a ese as.
Las perdí, por cierto. Los haberes del destacamento aumentaban cada semana, a medida que llegaban los convoyes; pero iban íntegros de un jugador a otro, según variaba la suerte. Aquello me dio, por primera vez, una idea aproximada de la economía social. Había un soldado vasco que ganaba siempre; pero como hacía préstamos a los restantes, el desequilibrio del azar desaparecía. Pensé entonces que en toda república bien ordenada el prestamista es insustituible. Pero pensé también en la necesidad de engañarle.
El juego no bastaba, sin embargo. Cada día éramos más un rebaño de bestezuelas resignadas en el refugio de una colina. Poco a poco, los soldados se iban olvidando de retozar entre sí, y ya era raro oír allí dentro el cohete de una risa. Llegaba a inquietarme la actitud inmóvil de los centinelas tras la herida de piedra de las aspilleras, porque pensaba en la insurrección de aquellas almas jóvenes recluidas durante meses enteros en unos metros cuadrados de barraca. Cuando llegaban los convoyes, yo tenía que vigilar más los paquetes de correo que los envoltorios de víveres. Los soldados se abalanzaban, hambrientos, sobre mi mano, que empuñaba cartas y periódicos.
—Tienes gesto de domador que reparte comida a los chacales —me decía Pedro Núñez.
Los chacales se humanizaban enseguida con una carta o un rollo de periódicos, devorados después con avidez en un rincón. Los que no recibían correspondencia me miraban recelosamente y escarbaban con los ojos mis periódicos. Tenía que prometerles una revista o un diario para calmar un poco su impaciencia.
Sin darnos cuenta, cada día nos parecíamos más a aquellos peludos a quienes habíamos sustituido. Éramos como una reproducción de ellos mismos, y nuestra semejanza era una semejanza de cadáveres verticales movidos por un oscuro mecanismo. El enemigo no estaba abajo, en la cabila, que parecía una vedija verde entre las calaveras mondadas de dos lomas. El enemigo andaba por entre nosotros, calzado de silencio, envuelto en el velo impalpable del fastidio.
Alguna noche, el proyectil de un paco venía a clavarse en el parapeto. Lo recibíamos con júbilo, como una llamada alegre de tambor, esperando un ataque que hiciera cambiar, aunque fuera trágicamente, nuestra suerte. Pero no pasaba de ahí. Yo distribuía a los soldados por las troneras y me complacía en darles órdenes para una supuesta lucha, una lucha que no llegaba nunca. Dijérase que los moros preferían para nosotros el martirio de la monotonía. A las dos horas de esperarlos, yo me cansaba, y, lleno de rabia, mandaba hacer una descarga cerrada.
Como si quisiera herir, en su vientre sombrío, a la tranquila noche marroquí.
Un domingo se me puso enfermo un soldado. Era rubio y tímido y hablaba siempre en voz baja. Tenía el oficio de aserrador en su montaña gallega. Una tarde, paseando por el recinto, me había hablado de su oficio, de su larga sierra que mutilaba castaños y abedules, del rocío dorado de la madera, que le caía sobre los hombros como un manto. El cabo y yo vimos cómo el termómetro señalaba horas después los 40 grados. En la bolsa de curación no había más que quinina, y le dimos quinina.
Al día siguiente, la fiebre alta continuaba. Era en febrero y llovía mucho. No podíamos, pues, utilizar el heliógrafo para avisar al campamento general. En vano hice funcionar el telégrafo de banderas. Faltaban cinco días para la llegada del convoy, y yo temía que el soldado se me muriese allí, sobre mi catre, entre la niebla del delirio. Me pasaba las horas en la explanada del blocao, buscando entre la espesura de las nubes un poco de sol para mis espejos. En vano sangraban en mis manos las banderas de señales. Pedíamos al cielo un resplandor, un guiño de luz para salvar una vida.
Pero el soldado, en sus momentos de lucidez, sonreía. Sonreía porque Pedro Núñez le anunciaba:
—Pronto te llevarán al hospital.
Otro soldado subrayaba, con envidia:
—¡Al hospital! Allí sí que se está bien.
Preferían la enfermedad; yo creo que preferían la muerte.
Por fin, el jueves, la víspera del convoy, hizo sol. Me apresuré a captarlo en el heliógrafo y escribir con alfabeto de luz un aviso de sombras.
Por la tarde se presentó un convoy con el médico. El enfermo marchó en una artola, sonriendo, hacia el hospital. Creo que salió de allí para el cementerio. Pero en mi blocao no podía morir, porque, aun siendo un ataúd, no era un ataúd de muertos.
Una mujer. Mis veintidós años vociferaban en coro la preciosa ausencia. En mi vida había una breve biografía erótica. Pero aquella soledad del destacamento señalaba mis amores pasados como un campo sin árboles. Mi memoria era una puerta entreabierta por donde yo, con sigilosa complacencia, observaba una cita, una espera, un idilio ilegal. Este hombre voraz que va conmigo, este que conspira contra mi seriedad y me denuncia inopinadamente cuando una mujer pasa por mi lado, era el que paseaba su carne inútil alrededor del blocao. Por ese túnel del recuerdo llegaban las tardes de cinematógrafo, las rutilantes noches de verbena, los alegres mediodías de la playa. Volaban las pamelas en el viento de julio y ardían los disfraces de un baile bajo el esmeril de la helada. Mi huésped subconsciente colocaba a todas horas delante de mis ojos su retablo de delicias, su sensual fantasmagoría, su implacable obsesión. Y no era yo solo. Al atardecer, los soldados, en corro, sostenían diálogos obscenos, que yo sorprendía al pasar, un poco avergonzado de la coincidencia.
—Porque la mujer del teniente…
—Estaba loca, loca…
Sólo la saludable juventud de Pedro Núñez se salvaba allí. Yo iba a curarme en sus anécdotas estudiantiles, en sus nostalgias de gimnasio y alpinismo, como un enfermo urbano que sale al aire de la sierra.
Una de mis distracciones era observar, con el anteojo de campaña, la cabila vecina. La cabila me daba una acentuada sensación de vida en común, de macrocosmos social, que no podía obtener del régimen militar de mi puesto. Desde muy temprano, mi lente acechaba por el párpado abierto de una aspillera. El aduar estaba sumergido en un barranco y tenía que esperar, para verlo, a que el sol quemase las telas de la niebla. Entonces aparecían allá abajo, como en las linternas mágicas de los niños, la mora del pollino y el moro del Rémington, la chumbera y la vaca, el columpio del humo sobre la choza gris.
Buscaba a la mujer. A veces, una silueta blanca que se evaporaba con frecuencia entre las higueras hacía fluir en mí una rara congoja, la tierna congoja del sexo. ¿Qué clase de emoción era aquélla que en medio del campo solitario me ponía en contacto con la inquietud universal? Allí me reconocía. Yo era el mismo que en una calle civilizada, entre la orquesta de los timbres y las bocinas, esperaba a la muchacha del escritorio o del dancing. Yo era el náufrago en el arenal de la acera, con mi alga rubia y escurridiza en el brazo, cogida en el océano de un comedor de hotel. Y aquel sufrimiento de entonces, tras el tubo del anteojo, buscando a cuatro kilómetros de distancia el lienzo tosco de una mora, era el mismo que me había turbado en la selva de una gran ciudad.
Nuestra única visita, aparte del convoy, era una mora de apenas quince años, que nos vendía higos chumbos, huevos y gallinas.
—¿Cómo te llamas, morita?
—Aixa.
Era delgada y menuda, con piernas de galgo. Lo único que tenía hermoso era la boca. Una boca grande, frutal y alegre, siempre con la almendra de una sonrisa entre los labios.
—¡Paisa! ¡Paisa!
Chillaba como un pajarraco cuando, al verla, la tromba de soldados se derrumbaba sobre la alambrada. Yo tenía que detenerlos:
—¡Atrás! ¡Atrás! Todo el mundo adentro.
Ella entonces sacaba de entre la paja de la canasta los huevos y los higos y me los ofrecía en su mano sucia y dura. Yo, en broma, le iba enseñando monedas de cobre; pero ella las rechazaba con un mohín hasta que veía brillar las piezas de plata. A veces, se me quedaba mirando con fijeza, y a mí me parecía ver en aquellos ojos el brillo de un reptil en el fondo de la noche. Pero en alguna ocasión el contacto con la piel áspera de su mano me enardecía, y cierta furia sensual desesperaba mis nervios. Entonces la dejaba marchar y le volvía la espalda para desengancharme definitivamente de su mirada.
Un anochecer, cuando ya habíamos cerrado la alambrada, Pedro Núñez vino a avisarme:
—El centinela dice que ahí está la morita.
—¡A estas horas!
—Yo creo que debemos decirle que se vaya. Porque esta gente…
—¿No ha dicho qué quiere?
—Ha pedido que te avise.
—Voy a ver.
—No salgas, ¿eh? Sería una imprudencia.
—¡Bah! Tendrá falta de dinero.
Salí al recinto. Aixa estaba allí, tras los alambres, sonriente, con su canasta en la mano.
—¿Qué quieres tú a estas horas?
—¡Paisa! Higos.
—No es hora de traerlos.
Le vi un gesto, entre desolado y humilde, que me enterneció. Y sentí como nunca un urgente deseo de mujer, una oscura y voluptuosa desazón. La figura blanca de Aixa estaba como suspendida entre las últimas luces de la tarde y las primeras sombras de la noche. Abrí la alambrada.
—Vamos a ver qué traes.
Aixa dio un grito, no sé si de dolor o de júbilo. Y aquello fue tan rápido que las frases más concisas son demasiado largas para contarlo. Un centinela gritó:
—¡Mi sargento, los moros!
Sonó una descarga a mi izquierda en el momento en que yo me tiraba al suelo, sujetando a la mora por las ropas. La arrastré de un tirón hasta las puertas del blocao, y allí me hirieron. Pedro Núñez nos recogió a los dos cuando ya los moros saltaban la alambrada chillando y haciendo fuego. Fue una lucha a muerte, una lucha de cuatro horas, donde el enemigo llegaba a meter sus fusiles por las aspilleras. Pero eran pocos, no más de cincuenta. Yo mismo até a Aixa y la arrojé a un rincón, mientras Pedro Núñez disponía la defensa.
No me dolía la herida y pude estar mucho tiempo haciendo fuego en el puesto de un soldado muerto.
A medianoche los moros se retiraron. Al parecer, tenían pocas municiones y habían querido ganarnos por sorpresa. Pedro Núñez me vendó cuando ya me faltaban las fuerzas. Había cuatro soldados muertos y otros tres heridos. Casi nos habíamos olvidado de Aixa, que permanecía en un rincón, prisionera. Me acerqué a ella, y a la luz de una cerilla vi sus ojos fríos y tranquilos. Ya no tenía en la boca su sonrisa de almendra. Me dieron ganas de matarla yo mismo allí dentro. Pero llamé a los soldados:
—Que nadie la toque. Es una prisionera y hay que tratarla bien.
Al día siguiente, cuando ya habíamos transmitido al campamento general la noticia del ataque, llamé a Pedro Núñez:
—Debo de tener fiebre. Efectivamente, 39 y décimas. ¿Y la mora?
—Ahí está; como si no hubiera hecho nada. ¿Qué vamos a hacer con ella?
