Puerta principal - Guadalupe Arbona - E-Book

Puerta principal E-Book

Guadalupe Arbona

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Beschreibung

Puerta principal es un cuaderno de notas que recoge lo que su autora observa, siente y piensa a lo largo de unos intensos meses que, marcados por la enfermedad, le permiten tener una mirada transparente sobre cosas y personas. Es el retrato de una conciencia herida por lo que le sucede, que busca compañía en amigos, poemas, hermosuras y conversaciones, en el Misterio. "Leer un libro y sentir que ha sido escrito para uno es algo que sucede pocas veces en una vida lectora. Yo siento que Puerta principal ha sido escrito para mí porque la mirada de Guadalupe Arbona es la mía, solo que amplificada, más precisa, más poética y más elocuente". Jesús Carrasco, autor de Intemperie "Puerta principal es literatura porque tiene altura y calidad y forma y, sí, sobre todo porque tiene alma. Lo mejor: que el yo se desliza por sus páginas siempre en compañía". Milagros Arizmendi "Puerta principal no es novela, no es drama, no es poema, no tiene nombre; es un nuevo género, que crea la confianza humana en la escritura". María del Carmen Bobes Naves "Puerta principal abre una brecha de hermandad con hombres y cosas". J.A. González Sainz, autor de Ojos que no ven

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Seitenzahl: 223

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Literaria

9

Guadalupe Arbona Abascal

Puerta principal

Ilustraciones de Guilmo

© la autora y Ediciones Encuentro, S. A., Madrid, 2017

© de las ilustraciones: Guillermo Alfaro Goday

© de la fotografía de portada: Lumena/Shutterstock

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN: 978-84-9055-845-4

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Ramírez de Arellano, 17-10.a - 28043 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

PRÓLOGO

UNA ESTANCIA BLANCA, UNA CLARIDAD Y UN ORDEN

Cuando leía estas páginas que se llaman Puerta principal, me pareció haber estado oyendo y a veces escuchando, y de puntillas sobre los pies, una conversación entre mujeres, que sin duda son los únicos seres humanos capaces de contar como nonadas sucesos que son nonadas, efectivamente, pero también los más terribles y los más luminosos, y esas otras cosas que solo pueden decirse a medias porque de otro modo no se las entendería, o tan tristes que, contadas en otra longitud de onda que no sea ésta del murmullo o del rumor de la voz, parecería que no han sucedido o no podrían suceder.

Estas páginas son el diario de una enfermedad, y entonces quien escribe nos parece que habla muy bajo como si estuviera comunicándonos algo muy delicado que se pudiera romper cuando se dice. Y nos imaginamos mirando, maravillados, que quien nos habla está ordenando dos o tres miguitas de pan que están sobre la bandeja en la que han servido la comida en la clínica, y entonces es como si de la colocación de esas miguitas una tras otra dependiera todo lo que nos está contando, y parece que eso es precisamente lo que se hace en este diario, porque nos cuenta un algo del cuerpo y otro poco del ánima de quien escribe y del mundo de fuera, encerrados juntos en una habitación de clínica toda blanca, como son siempre las estancias de los hospitales, y también las páginas sobre las que se van escribiendo. Día tras día, una aprensión o un suceso al igual que se ordenan las miguitas de pan que digo, o unas píldoras de colores que se van a ingerir. Así, en un sinsentir, se va alineando y pausando en nosotros esta escritura.

Por un lado, como digo, se mira en estas páginas la propia ánima, y por el otro, o a la vez, se habla de las personas que físicamente están allí junto a quien escribe, o con las que se encuentra o recuerda, y luego al mundo entero. Aunque el mundo entero solo mide, aquí, lo que una ventana de la estancia, pero en ese territorio está toda la realidad. Se ve cielo azul o tenebroso, o con nubes como algodones impolutos, y árboles y una farola como si nunca se la hubiera visto, y algún transeúnte y las visitas familiares, y se oye, y mucho mejor que las pisadas en los pasillos, la resonancia de los libros, el trabajo cotidiano de años, un poema o unas páginas de un autor que se ha leído, o se ha estudiado o comentado con unos alumnos, y se ven rostros con alegría o reserva, como si llegaran de otra vida antigua. Y, desde luego, vemos la esperanza de la escritora del diario, porque un enfermo es siempre un maestro esperador.

En los tiempos del barroco se pensaba que era la fiebre la que llevaba al enfermo a países extraños y relucientes, pero aquí todo es tiempo sedentario y de sedimentos, tranquilo y ordenado como decía, y se va nombrando. Y así se va recibiendo el orden y la claridad que nacen del silencio de una clínica y del mundo allí exprimido y resumido en ella por quien escribió todo esto en un papel, y nosotros revivimos.

José Jiménez Lozano

«Today my heart like the front door stands open for the first time in months».

ENERO

«El hombre puede sorprender algunas palabras (…) distinguiendo la voz viva de los ecos inertes»

(Antonio Machado, del prólogo a Soledades)

INCENDIO DESPUÉS DE REYES

Las nubes corren, suavemente, parecen huir del fuego. Su color rojo las delata. Es el atardecer. Y nosotros, ¿cuántos incendios necesitamos para saber que algo arde en el mundo?

Al cabo de un rato, todo se apacigua y si no

se ha visto, parece que no ha pasado nada.

LAS FAROLAS DE AVENIDA DE B.

Cayó la noche. Parece que ya no hay más. Yo sigo esperando: solo veo la luz anaranjada de las farolas. ¿Cuándo empezará todo de nuevo?

INSATISFACCIÓN

De repente, se asoma al alma la insatisfacción. Entonces buscas una distracción confortable y refinada (¡solo faltaría!). Pero huele a engaño, incluso si parece razonable pedir un descanso, una tregua. ¡No es esto!

UN GRITO EN LA TARDE DE INVIERNO

Un grito rompe la tarde.

No puedo descifrar las palabras.

Suena a insulto, a ira, a soledad.

Un grito sin tú. Una soledad herida.

El corazón del oído se quiebra.

El alma llora.

SONYA MARMELADOVNA

Acabo de terminar de leer Crimen y castigo. ¡Ay, si pudiese estar siempre con Sonya, todo mi yo sería transparente!

LA GOMA DE BORRAR

Hay días dominados por el fastidio, el desprecio y la mirada baja. El fastidio que repasa el desorden y quisquillosamente ve todo fuera de su sitio. El desprecio que evita la cara de aquellos a los que se ama. La mirada baja, una posición corporal que dobla el cuerpo hacia el suelo, y todo cuanto hay alrededor lo estima en nada. Esos días dejan una amargura profunda. Y caben dos posibilidades: olvidarlos o buscar al dueño de la goma de borrar.

UN UOMO CATTIVO

El soniquete de feria de la canción de Claudio Chieffo cuando describe a ese hombre cattivo, cattivo (malo, malo) al que il Signore lo salvò («el Señor lo salvó») produce una sensación extraña. La música parece pensada para niños, compuesta para ser acompañada por un acordeón y tocada en un circo o en la esquina de una estación de metro donde solo se oirá un verso al pasar. Sin embargo, la experiencia que describe es tan dolorosa. Es un canto cómico, a la vez que lleva en su contradicción algo liberador. Risas y lágrimas. Lágrimas y risas.

VIENTO DEL ESTE, VIENTO DEL OESTE

Es el título de una novela de Pearl S. Buck. Presenta la voz de una mujer china que ha sido educada para satisfacer y someterse a su marido, según mandaba su tradición. Los vestidos, las comidas, los silencios y sonrisas, los gestos; todo está pensado para agradar al marido y darle hijos. Cuando se casa y comprueba que no es eso lo que quiere su marido, ¿qué hacer?, ¿dónde encontrar su voz? Es el viento del Este.

¿Y el viento del Oeste? En el Oeste no hay tradición que nos someta, y sí un metacrilato que nos enmudece. Es tan transparente y tan moldeable que no lo vemos. Todo parece natural y a medida humana, pero prueba a hablar y verás cómo las palabras salen por tubos que les dan forma: solo se puede decir lo que se ha fabricado de antemano. ¿Dónde encontrar la voz libre? Es el viento del Oeste.

A PROPÓSITO DE ZAQUEO

Zaqueo subió a lo alto del sicomoro. Estaba arrugado y escondido, comiendo dátiles y con una bolsa de oro —siempre hay que estar prevenido—, pero quería ver quién era el que pasaba. Sin lugar a dudas, había calculado mal y no se había ocultado correctamente: el nazareno famoso dijo su nombre. Fue en Jericó. Zaqueo se desenroscó, se desovilló, se desenrolló, se deserizó, se desencogió y bajó del árbol ¿Y qué pasó entonces? Que se levantó, se alzó, se estiró, se irguió. Ya no tuvo que ocultarse.

AMENAZA TORMENTA

Veo desde la ventana que amenaza tormenta. El cielo se desploma y el aire se estrecha. Se abre paso una calma espesa. La atmósfera se tensa porque amenaza tormenta.

SALVACIÓN

«Alegría infantil en los rincones

de las ciudades muertas».

(A. Machado)

Solo esa nos salva, incluso si las ciudades muertas son nuestros corazones.

DOS CLASES DE MOVIMIENTOS

Han pasado dos palomas rasgando el cielo a toda velocidad. Al mismo tiempo, por la calle el rumor de un motor revolucionado rompe el silencio. El movimiento del motor es útil, frenético. Las Vanguardias lo exaltaron, y con razón: el vértigo de la velocidad, la rapidez de lo que rompe el aire y hiere el mar son extraordinarios. El segundo movimiento es más difícil de apreciar, es el que mueve el mundo, el que ha empujado a las dos palomas a rasgar el cielo y el que sostiene el ritmo de tantos vuelos. El primero es loco, el segundo lo es más.

NO HAY NECESIDAD

No hay necesidad es una expresión de mi madre. También se la oí a mi abuela muchas veces. Se dice cuando algún gesto u ofrecimiento parece excesivo, una exageración. Por ejemplo, si digo «voy a verte», mi madre puede contestar: «estoy bien; no hay necesidad».

Pues bien, con este no hay necesidad es como empieza la gratuidad. Porque no hay necesidad de acompañar a alguien al médico, no hay necesidad de visitar a un enfermo, no hay necesidad de ofrecer ayuda a alguien que lo pide, no hay necesidad de consolar a quien llora, no hay necesidad de perdonar a quien ha fallado. No hay necesidad… pero qué necesarios son estos gestos. Los he visto hacer cientos de veces a mi madre, a mi abuela, mientras decían no hay necesidad. La vida se regala cuando no hay necesidad.

LLANTO A DOS

Mi hija pequeña llora porque he prestado su pájaro —Persiles— sin consultarle. Hace unos meses todo lo que hiciese o decidiese su madre le hubiese parecido bien. Algo ha cambiado: llora y dice «si me hubieses preguntado…». Ella cuenta, piensa y siente por ella misma, lo está descubriendo. Llora porque ha empezado a sentir el peso de ser ella. Llora porque sabe que se va yendo, se separa. Ahora, al darme cuenta, la que lloro soy yo.

COSAS SABIDAS

Leo que Giussani leía el principio del evangelio de Juan todos los días: veía siempre algo nuevo. Descubría el pondus (el peso) de cada palabra. Y para mí las palabras son sabidas, suenan a usadas, no tienen novedad. ¿Por qué?

SE ECHA EN FALTA

En esta mañana de niebla han desaparecido los perfiles de las cosas, todo está amortiguado y como bajo un velo. No se ven las cuatro torres, apenas se oyen los coches. Y tampoco está el mendigo que pasa todas las mañanas pidiendo bajo mi ventana. Cada vez que salgo, me cruzo con él, nos saludamos y nos sonreímos. Nada más.

A media mañana se ha levantado la niebla. Han aparecido las torres, se oyen los coches, pero no ha venido el mendigo. Su presencia se echa en falta.

MIRAR

Cuando la angustia, la inquietud, el fastidio interno y el azogue atacan sin saber de dónde vienen, solo hay un remedio: mirar. Lo he aprendido en las noches de dolor, en las horas en las que no tenía ni un hilo de voz, en las que cada paso era una proeza. Entonces los ojos pueden ser una ventana. En esos momentos mirar hacia fuera puede ser la salvación. ¡Qué bonita la cara de mi hija!, ¡qué ayuda el brazo de mi hijo mientras camino! Y también la mirada llena de pregunta: ¿Quién hace que llueva mojando la tierra y renovándola? ¿Qué energía sostiene las cosas? Entonces el corazón se sosiega y se arrastra —no deja de estar cansado— hacia los bienes que se le dan. La alegría es entonces serena, es la alegría de no estar sola.

EL SILENCIO, UNA MEDICINA

Es verdad que el silencio no es quedarse sin palabras. El silencio es comprobar que las palabras se ajustan a las cosas y nutren la esperanza. Necesito el silencio para decir con palabras lo que veo y soy. Es una medicina.

LA LLUVIA Y TU NOMBRE

Llevamos meses sin que llueva. Esperábamos una lluvia que acabase con la sequía. Por fin llueve. Esperábamos una lluvia que entrase en la tierra dura, regase los montes calcinados, limpiase los caminos polvorientos. Por fin llueve. Esperábamos una lluvia que limpiase la contaminación y lavase las aceras. Y ha llegado una lluvia suave, que cae a intervalos. Una lluvia caprichosa que hace estar pendiente de su presencia y eficacia: ¿cae o no cae?; y al rato: ¿ha dejado de llover?, ¿cojo el paraguas?, ¿te has mojado? Así espero que caiga tu nombre. Llevo años esperándolo, y, como la lluvia, cae sobre las cosas como tú quieres. Por eso tu nombre me hace estar pendiente: ¿ha llegado?, ¿vendrá o tardará todavía?, ¿caerá suave o torrencialmente?

Acabo de escribir sobre la lluvia caprichosa y escasa. Ahora llueve sin parar, cats and dogs, como dicen los ingleses. Ya no puedo negar tu nombre resbalando por mi alma, mojando el mundo.

Mientras escribo, miro el charco debajo de la farola de la casa de enfrente, por el rabillo del ojo. Es donde compruebo que sigue lloviendo y haciéndolo abundantemente. Sobre mi tierra seca.

ENCRUCIJADA

Desde mi ventana veo cuatro coches que se disputan el paso. Se acercan al cruce y buscan pasar primero. Utilizan las luces, la bocina y la potencia. ¿Quién lo conseguirá? Es la guerra de la prisa y el afán de salir vencedor. Es una pequeña guerra en la encrucijada de la ciudad.

EL SCHEDULE Y LOS IMPREVISTOS

Hoy me he levantado y casi todo estaba organizado: la mañana y la tarde. Cada cosa en su sitio, cada hora dedicada a un afán. Tener por la mañana el día programado hasta en los detalles menores da tranquilidad; y a medida que pasan las horas y se van cumpliendo los objetivos, se pone un tic (√) a la lista de lo dispuesto, se siente la satisfacción de lo cumplido. Y todo esto está bien. Lo que pasa es que a veces aparece una visita inesperada. La vida está hecha de imprevistos y el alma para atenderlos, pero a veces ¡qué dureza la de mi corazón! ¿Qué he hecho para que mucha de la energía del día la dedique a evitar los imprevistos y el día se convierta en una batalla para salvar escollos, en una carrera sobre lo que parecen peligros a evitar? ¡Qué de ocasiones perdidas cuando me empeño en meterlos en un día cerrado y empaquetado! Y hay imprevistos que son muy evidentes, pero qué decir de esos tan entreverados en las cosas mismas que es muy fácil desatenderlos: un silencio, un gesto de un segundo, una petición repentina.

Son esos imprevistos los que rompen el schedule y llenan la vida.

DE FRÓMISTA AL MAR BÁLTICO

Ayer me llamó S. Llevaba días sin saber de ella. S. es mi compañera de habitación del hospital. Después de conocerla, escribí sobre ella a algunos amigos: «Cuando entré en la habitación 536 del hospital, después de dos días durísimos en Urgencias, y la vi sentada en la cama, toda hinchada, con sus visitas ruidosas y del mundo del hampa (droga, excarcelados, violencia…), pensé: ‘Dios mío, no tengo fuerzas para esto, en la situación en la que estoy’, incluso sus amigos y familiares me daban miedo (venían a horas intempestivas, salían a fumar, contaban de sus estancias en la cárcel o de sus trapicheos…)  S. tiene 26 años y es ya una víctima de la sociedad, lo que lleva a sus espaldas es inimaginable (humillaciones, malos tratos, abandono de sus padres). Y, estando allí, de repente, como un rayo de vida en medio de la debilidad, empecé a sentir como míos sus dolores, su vida, que me fue contando en esas largas noches y días de compañeras de habitación. Empezamos a rezar juntas y nos hemos hecho amigas porque compartimos el mismo problema: la necesidad de ser queridas infinitamente. La llamo mi ‘gitanilla’ porque me recuerda a ese personaje de Cervantes, ‘Preciosa’, cuya dignidad real se ocultaba bajo las apariencias. Así es S., un alma pura y alegre, una perla escondida en un océano de injusticia, violencia y malos tratos. Con ella descubro más lo que significa la exigencia de justicia y de felicidad con la que estamos marcados, me conozco más a mí misma, me comprometo más con nuestro mundo, concretamente, sin utopías. Por eso, con algunos amigos que ya se han ofrecido, la ayudaremos con su enfermedad, la comida, la casa, el trabajo. Este ha sido uno de los regalos de este tiempo».

Hoy, pasado un mes, la he acompañado a recoger una receta médica al Centro de salud —ha tenido una recaída y ha estado hasta las 4 de la mañana en Urgencias—. En las dos horas y media que hemos pasado juntas —desde que la he recogido en la calle Frómista hasta el rato en la sala de espera de la calle Mar Báltico— hemos charlado un poco de todo. Teóricamente yo soy la que ayuda —me llama su madrina— pero lo que sé es que soy yo la que cambio estando con ella. He vuelto contenta a casa y deseando darle más, quererla más. He vuelto a sentir mi corazón conmoviéndose por ella. Y hoy de nuevo, como hace un mes cuando me conmoví por su vida de dolores la primera vez, he sabido que me movía una piedad que no es mía —es un regalo del Hombre más piadoso de la historia— y es completamente mía porque mi alegría de hoy es signo de que esta piedad es lo que mejor me define.

MACHADO Y LOS MUDOS

«Tu profecía, poeta. —Mañana hablarán los mudos: el corazón y la piedra». (de Proverbios y Cantares)

En tiempos de confusión, como estos nuestros, ¿cabe esperar la palabra del profeta? Machado describía bien lo que esperamos. Anhelaba una voz, la del profeta, que hiciese hablar a lo que estaba mudo. Hoy también hay mudos, pero están ahí. Y pueden hablar. Las voces de los mudos nos pueden librar de la oscuridad. Solamente hay que dejar que hablen: sus voces reúnen en una sola cosa lo que el corazón ve y las cosas dicen. Los profetas descubren la voz vibrante del corazón y el rumor de la piedra que, aunque dura y estática, sostiene el mundo. Ciertamente necesitamos profetas que nos digan que se puede romper la mudez: bastan las palabras. Las del corazón y las de la piedra.

EL NUEVO MACBETH

El domingo fui con ganas a ver la nueva adaptación de Macbeth, de Shakespeare. Voces agoreras me hablaban de su dureza: ¿acaso se puede esperar un Macbeth dulce? La crudeza de la historia, con ser mucha, no fue, desde luego, lo peor. Los que me parecieron innecesarios fueron ciertos cambios. Especialmente desacertado me pareció el de la escena inicial de la obra. En ella se relatan las predicciones de las brujas; los dos caballeros y amigos —Macbeth y Banquo— las reciben de manera distinta. Macbeth halla en ellas la ocasión para dar recorrido a su afán de poder y se apoya en la minúscula verdad en la que aciertan para justificar su ambición. Banquo las rechaza. En esa distinción finísima y sutil está toda la libertad humana que Shakespeare pone como pórtico extraordinario a su obra. Podría casi prescindirse de él, pero es la clave para poder sobrellevar los males que se suceden. La libertad humana es dueña y señora de la existencia y su renuncia solo lleva a la locura. Banquo es señor de su humanidad, es libre. Macbeth es un pelele de las brujas y víctima del mal que él mismo ha generado. Me acuerdo de P. y de M., alumnos con los que descubrí y discutí esta escena. Sigo en contacto con ellos y tal vez sea por la intensidad con la que hace ya más de 15 años hablamos de Shakespeare y la libertad.

P., LA MAGNÁNIMA

La mañana en el despacho era solitaria y tranquila, hasta que ha llegado P., y como suele, entra lenta y segura; pasados dos minutos lo invade todo. La he visto entrar, con su aplomo y alegría característicos, muchas mañanas de mi vida. Siempre con un proyecto entre manos, una idea que llevar a cabo, una noticia que contar, un grabado que enseñar, un descubrimiento literario que compartir o una persona a la que ayudar. Nunca quieta y siempre pausada. Para ella todo tiene un orden, como cada libro lo tiene en su biblioteca perfecta. Y cuando llega todo se ordena en torno a ella. Así ha sido muchos años y ahora —ya es emérita desde hace algunos— sigue igual; solo añade a su cuidado atuendo un pequeño bastón que maneja como si fuese uno más de sus preciosos adornos. Yo celebro el libro que me da —Emilia Pardo Bazán, periodista—, resultado de unas Jornadas que se celebraron en 2013. Parecía el final de su vida académica, pero las cosas de P. parecen no acabarse jamás. Siempre hay un escritor, un periódico, una obra que merece la pena estudiar. En esta ocasión nos ofrece a varios profesores participar en unas Jornadas sobre Bécquer periodista. Para ello ha copiado en unos folios y con su letra pequeña, cuyos trazos he tenido entre mis manos tantas veces, una lista de los artículos que podemos escoger para el libro en el que desembocará este nuevo proyecto. Será una antología de los artículos de Gustavo Adolfo Bécquer; en él cada profesor hará una pequeña introducción a uno de los artículos. Nos invita a hacerlo y no de una manera fría sino poniendo su sabiduría al servicio del conocimiento y perfil de cada uno. A mí me habla de uno titulado «Caridad», escrito para celebrar el final de la epidemia de cólera en Madrid, que describe los gestos de piedad y ayuda mutua de los madrileños durante la enfermedad. El artículo está acompañado por un grabado que representa —y ahora me mira con profunda simpatía humana y emoción a la vez— la figura de un esqueleto que coge el hatillo y sus armas mortíferas y abandona la ciudad.

—Ese para mí —le digo—. Porque comprenderás que no hay cosa que más desee que ver a la muerte alejarse.

Ella sonríe serena y le hace escribir a C. que el titulado «Caridad» ya está asignado a Guadalupe. ¿Cómo sería esa epidemia de cólera en Madrid?, ¿qué gestos de caridad descubrió el escritor? P. ha puesto mi herida y, tal vez, su bálsamo delante. Ella sabe suscitar la curiosidad y llevarme un poquito más allá. Así es la inconfundible P., su inteligencia solo tiene una rival poderosa, la magnanimidad.

14 DE ENERO

«C. ha nacido para ser feliz». Hoy cumple 24 años. Irrumpió en el mundo entonces y lo hace cada instante.

ELLOS ME ARRASTRAN

Hace ya tres años que empecé con un grupo de alumnos un seminario literario. Pero es mucho más. Es una especie de amistad tensa hacia el conocimiento y los libros porque nuestras búsquedas y exigencias, vistas en común y compartidas, cobran intensidad y salen de la confusión. He visto en sus rostros, muy queridos, el anhelo de infinito, la melancolía y la necesidad de amar más el mundo y entender su significado. Sus preguntas se han hecho mías, sus descubrimientos me han hecho volver sobre asuntos que en mí se habían quedado en penumbra y que he recuperado nuevamente. Hasta tal punto la amistad es vibrante que me arrastran, me llevan a releer textos casi ya olvidados —o mal leídos— con una luz nueva. Esa que proyectan sobre los personajes, situaciones o paisajes. Por eso me dejo, gustosamente, arrastrar.

LA CLASE

Me pide N., admiradora rendida de María Zambrano, que escriba un artículo con motivo de los 25 años de la muerte de la escritora. Inmediatamente me viene a la cabeza el artículo que escribió en 1965, titulado «La mediación del maestro». Cuando lo leí por primera vez me enfadó el comentario que hacía la filósofa sobre los alumnos que esperan tensos y en silencio la llegada del maestro. Me irritó por comparación. Pensé: ‘A mí eso no me pasa, o peor, cuando entro en clase tengo que esperar a que se callen y muchas veces me siento como una intrusa a quien nadie espera’. Pero estos días, volviendo sobre sus palabras, me impresionaba una segunda afirmación que se había oscurecido con mi enfado. En el mismo artículo dice que la autenticidad de un maestro podría medirse «por ese instante de silencio que precede a su palabra». Y añade: «por ese tenerse presente, por esa presentación de su persona antes de comenzar a darla en modo activo. Y aun por el imperceptible temblor que la sacude. Sin ello, el maestro no llega a serlo por grande que sea su ciencia. Pues que ello anuncia el sacrificio, la entrega. Y todo depende de lo que suceda en este instante que abre la clase cada día». Es así y de eso sí que tengo experiencia, de ese tenerse presente en un instante previo y dejarse sacudir por un temblor. Cuando ese instante acontece, la clase es un diálogo. Se abre el espacio para la conversación, para las preguntas, para el silencio, para entrever la belleza de la verdad.

MÁS QUE UNA CERVEZA

Ayer tomé una cerveza con C. Estaba cansado, anda ultimando su trabajo de fin de grado. Una cosa me impresionó y es que a la obligatoriedad del trabajo ha sumado —sin ahorrar esfuerzos ni fatigas— la gratuidad de cosas que no se le exigían. ¿Qué sería del mundo sin estos pluses de gratuidad?

DOS PUREZAS

Esta mañana he ido a tomar un café con S. Me dice que está cansada de luchar. Lleva muchos años peleando con la enfermedad y con sus circunstancias terribles. No es de extrañar. Lo que no sé es cómo ha resistido tan pura en un entorno tan viciado. Le propongo que escriba su vida. Me pregunta: «Y, ¿por dónde empiezo?». Le he dicho: «¿Alguien te ha contado cómo fue tu nacimiento?». Me ha dicho: «sí» y se le ha iluminado la cara. Yo también he sonreído porque, en medio de todos sus dolores, reconoce limpiamente que su vida es un don. Y también lo es para mí: es un regalo que ella exista.

Hoy es un día de luz madrileña. Frío y cortante. En el norte se recorta la sierra nevada, las nubes han desaparecido. Salgo a andar y descubro en el parque de al lado de casa que los chopos viejos están distintos. Ya no les quedan hojas; el tronco y las ramas parecen enharinados. La parte de abajo —donde las ramas se desordenan— está en sombra. La parte alta de las ramas está intensamente iluminada. Blancas y tensas hacia arriba parece que aspiran —en grupo— hacia más hermosura. Son como la vida: siempre expurgándose y, al mismo tiempo, sin dejar de aspirar a la pureza del cielo.

MEMORIA DEL PARAÍSO

En medio de la ciudad, de las aceras, del cemento, descubro una palmera. Parece fuera de su sitio. Está rodeada de papeles, de plásticos, y ninguno de los peatones se fija en ella. Es prisionera del hormigón y ha cambiado el rumor de las olas del mar por el de los coches de la M-30. Y sin embargo despierta en mí la nostalgia del Mediterráneo. Es memoria del Paraíso.

G. SUBE LA PERSIANA