Puertas adentro - Camila Bretón - E-Book

Puertas adentro E-Book

Camila Bretón

0,0
9,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

En la Argentina hay más de un millón de trabajadoras domésticas. El 99 % es mujer, el 70% es pobre. Solo el 30% trabaja con recibo legal. Algunas de ellas protagonizan este libro.   Las periodistas Camila Bretón, Carolina Cattaneo, Dolores Caviglia y Lina Vargas llevaron adelante una profunda investigación para retratar cómo viven las trabajadoras domésticas, ese sector invisibilizado y condenado a la informalidad, que en promedio gana la sexta parte que el resto de las asalariadas. Las autoras entrevistaron a referentes del sindicato que las agrupa, a las empleadoras, las "amas de casa", los jueces del tribunal donde se dirimen sus conflictos laborales, visitaron las oficinas donde buscan empleo, las parroquias donde fueron capacitadas, consultaron y leyeron a historiadoras y sociólogas y recabaron cifras, estadísticas, teorías y análisis. Todo ello para componer Puertas adentro, el panorama más actualizado de la situación de estas trabajadoras que, a través de sus historias de vida, constituyen los personajes centrales de esta obra.   Llegadas de todos los puntos de la Argentina o de países limítrofes, pasando sus jornadas laborales limpiando casas, cuidando niños ajenos y personas mayores, preparando las comidas familiares y dejando a punto la ropa. En este libro cuentan en primera persona su propia historia.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 277

Veröffentlichungsjahr: 2022

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Contenido

Prefacio

Introducción

Un día como los demás

Capítulo 1

Retrato de una trabajadora

Capítulo 2

En el origen, la servidumbre

Capítulo 3

Referencias verificadas y experiencia comprobable

Capítulo 4

Las de afuera

Capítulo 5

Regístrese, comuníquese y archívese

Capítulo 6

Las tres partes: trabajadoras, empleadores y el Estado

Capítulo 7

Linda, pobre, provinciana

Capítulo 8

Se nace o se hace

Bibliografía

Puntos de referencia

Cover

Puertas adentro / Camila Bretón ... [et al.]. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Marea, 2022.

Libro digital, EPUB - (Historia urgente / Constanza Brunet ; 93)

Archivo Digital: online

ISBN 978-987-8303-83-3

1. Empleo de la Mujer. 2. Empleo no Registrado. 3. Trabajo de Mujeres. I. Bretón, Camila.

CDD 305.4823

Edición: Constanza Brunet

Coordinación editorial: Víctor Sabanes y Fernando Brovelli

Corrección: Brenda Wainer

Diseño de tapa e interiores: Hugo Pérez

Fotografía de tapa: Familia Yedlin, de la serie Familia / Doméstica, por Sebastián Friedman.

Fotografía de contratapa: Jazmín Bretón.

© 2022 Camila Bretón - Carolina Cattaneo - Dolores Caviglia - Lina Vargas

© 2022 Editorial Marea SRL

Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina

Tel.: (5411) 4371-1511

[email protected] | www.editorialmarea.com.ar

ISBN 978-987-8303-83-3

Depositado de acuerdo con la Ley 11.723. Todos los derechos reservados.

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Prefacio

Este libro surgió un día de marzo de 2018. Hacía calor y nos reunimos en un bar del barrio porteño de Chacarita. Nos sentamos afuera, en una mesa en la vereda, éramos cuatro periodistas –ya habíamos publicado un libro de investigación junto a un grupo de colegas–, y esa tarde nos propusimos escribir otro sobre trabajadoras domésticas. Tener un nuevo proyecto juntas nos entusiasmaba. Al día siguiente empezamos a buscar historias, hablamos con mujeres que trabajan en casas de familia cama adentro o por horas. Hablamos con referentes del sindicato que las agrupa, con el de amas de casa; fuimos a la Hemeroteca del Congreso, al tribunal donde se dirimen sus conflictos laborales, a las oficinas a las que van a buscar empleo, a una parroquia donde se capacitan; consultamos a historiadoras, sociólogas, jueces; encontramos libros académicos e informes de organismos con cifras, estadísticas, teorías y análisis. Las voces de las trabajadoras también estaban, pero quizá no de una manera estelar. Y eso es lo que queríamos hacer: volverlas protagonistas de nuestro libro.

A finales de 2019 habíamos entrevistado a más de 30 personas y escuchado distintas historias de vida. Las acompañamos a las casas donde limpian, conocimos sus hogares, esperamos con ellas el colectivo, escuchamos sus relatos en bares, en una feria, a la entrada de un barrio cerrado y cuando a principios de 2020 empezamos a escribir este libro, se desató la pandemia del Covid-19.

Nuestros trabajos cambiaron, pero nuestros salarios y puestos no corrieron peligro porque pudimos seguir haciendo la tarea de forma remota. Ellas no. A ellas se les prohibió trabajar. A diferencia del personal de salud, o las fuerzas de seguridad, no fueron consideradas esenciales.

Y mientras nosotras nos resguardamos y nos encerramos a desgrabar las entrevistas, procesar datos y escribir, se difundían en diarios y noticieros historias de empleadores que escondían a sus trabajadoras domésticas en el baúl del auto para hacerlas ingresar a los barrios cerrados, actrices famosas que no las dejaban regresar a sus hogares por miedo a que se contagiaran en el camino. La realidad de las mujeres que integran esta fuerza laboral, ya de por sí frágil, empeoró durante 2020. Según el sindicato más de 200 000 trabajadoras registradas perdieron sus aportes o pasaron a la informalidad. También cambió la de aquellas que aparecen en este libro: pese a la prohibición, algunas continuaron trabajando para no quedarse sin ingresos, otras, que iban a varias casas por hora tuvieron que elegir solo una, otras por la crisis general perdieron sus casas y se vieron obligadas a emplearse cama adentro. Muy pocas cobraron, aunque sin ir a trabajar, iban a la casa en la que limpiaban, tocaban el timbre, esperaban a que sus empleadores las atendieran, les entregaran el dinero y entonces regresaban a sus casas.

En marzo de 2020, pocos días después del inicio de la pandemia, el Estado las incluyó en el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), un subsidio mensual de 10 000 pesos que representaba alrededor de la mitad de su salario. Siete meses más tarde fueron autorizadas a volver a trabajar, pero solo se les permitía hacerlo si sus empleadores les garantizaban un traslado particular. La medida resultó demasiado exigente para aquellos empleadores que no lograban pagarles un remís, o que no tenían auto o cuyas casas estaban muy lejos de las de las trabajadoras.

A lo largo del año, el Gobierno continuó otorgando distintos subsidios a los dueños de fábricas, de restaurantes, de gimnasios, para pagar sueldos, pero no sumó a los empleadores que habían registrado a sus trabajadoras domésticas. Recién en octubre de 2021 lanzó el Programa Registradas a través del cual el Estado paga, durante seis meses, hasta un 50% del sueldo de la trabajadora: el requisito fundamental es que esté en blanco.

En los meses de confinamiento en los que la higiene fue una obligación para evitar el contagio del virus, la ausencia de las trabajadoras se hizo notar para quienes, entonces sin posibilidad de salir de sus casas, además de dedicarse a su trabajo habitual como docentes, psicólogos, abogadas, contadores, diseñadoras y peluqueros, debieron ocuparse también de barrer, cocinar y limpiar el baño.

Cuando la curva de contagios y fallecimientos iba en aumento, los indicadores económicos caían y muchas empresas cerraban, nosotras empezamos a pensar que la vida cambiaba tanto que las entrevistas, los testimonios recopilados, los documentos leídos, los números quedarían desactualizados, que lo que habíamos hecho perdería relevancia. Pero no fue así. Las faltas de garantías laborales, la desvalorización de las tareas y la precarización de los salarios siguen siendo problemas históricos del sector. El porcentaje de trabajadoras domésticas sin registrar se mantiene por encima del 70%, lo que lo convierte en el rubro de mayor informalidad del país.

Camila Bretón, Carolina Cattaneo,

Dolores Caviglia y Lina Vargas

Buenos Aires, 26 de octubre de 2021

Introducción

Un día como los demás

Lavan la ropa, la secan al sol, cambian las sábanas, tienden las camas, lavan los platos, sirven el desayuno, llevan a los chicos al colegio, hacen las compras, planchan, doblan y guardan la ropa, pasan el plumero y la franela por los muebles del living, desengrasan los azulejos de la cocina, baldean el patio y la vereda, rebozan y congelan milanesas, atienden el teléfono de la casa, limpian los vidrios, pasan la escobilla por el inodoro, cambian toallas, reponen papel higiénico, sacan el sarro de las canillas y los pelos de la ducha, riegan las plantas, reciben la correspondencia, aspiran la alfombra, le dan el remedio al abuelo y lo cambian, buscan a los chicos en el colegio, preparan la merienda, pasean al perro. Les dicen muchachas, mucamas, sirvientas, siervas, criadas, shikses, las keli, las chicas que ayudan. Según la ley son trabajadoras de casas particulares.

Es el verano de 2019.

Juani abre la puerta del semipiso de la avenida Callao, en el barrio porteño de Recoleta. Camina hacia el cuarto de servicio en silencio y se pone el uniforme. Calienta agua para el café, abre la heladera y anota en un papel lo que tendrá que salir a comprar después de llevarle el desayuno a la cama a Peggy, la señora de 94 años para quien trabaja hace más de treinta.

Paola ceba mate en la casa donde trabaja y vive desde hace veinte años en Villa Ballester, un barrio de clase media en el noroeste del Gran Buenos Aires. Sobre la mesada de la cocina están dispuestos los muffins que acaba de hornear. El aire huele a bizcochuelo y el silencio solo es interrumpido por el sonido del motor del lavarropas.

Graciela baja del ómnibus a las seis y veinte de la tarde. Tiene 46 años, piel cobriza y sin arrugas, contextura fuerte y gestos aniñados. Está en la ruta 197, en la localidad bonaerense de Pacheco, justo debajo de un puente donde hay un puesto improvisado de choripanes y bebidas frescas. En este descampado terroso y sucio hacen trasbordo a diario las 10 000 mujeres que trabajan en casas de Nordelta, una ciudad-pueblo conformada por veintitrés barrios cerrados.

Yoselin ya cocinó, ordenó y limpió los espejos en una de las ocho casas de judíos ortodoxos a las que va cada semana. Ahora son las dos de la tarde y mientras toma un licuado de banana en una bolsita de plástico, atiende su puesto de ropa en una feria del barrio porteño de Once. Dentro de dos horas tendrá que cerrar para buscar a su hijo al colegio y, dentro de cuatro, irá a otra casa a cocinar, ordenar y limpiar los espejos.

Carmen se acomoda los anteojos y se acerca a un cuadro colgado en un café del barrio porteño de Núñez, al que llegó tras pasar la mañana en un departamento, planchando. Lleva el pelo alisado y aclarado. Tiene la nariz pequeña, los labios del color de las moras secas, las uñas rojas, pulseras de plata y un collar vistoso. Dice que le gustan mucho las obras de arte, que empezó a interesarse por ellas después de trabajar en casas de clase alta, donde también se acostumbró a tomar, de vez en cuando, una copa de champagne.

Elsa camina por una calle de la localidad bonaerense de San Isidro en la que vive una de sus empleadoras. Da pasos cortos y apresurados, baja la mirada al piso, va ligeramente encorvada. Lleva puesto lo usual: remera, jeans y zapatillas, y al hombro una cartera negra de cuero sintético que sujeta con la mano. Tiene 64 años, los brazos firmes, ojeras profundas, el pelo corto, sano, blanco en las raíces. Mientras camina dice que no sabe qué va a hacer cuando sea vieja, como tantas de las personas que cuidó, y nadie le tenga paciencia y nadie la cuide a ella.

Libby está sentada en un pequeño cuarto-depósito a la entrada de la Escuela de Capacitación para el Personal de Servicio Doméstico en la ciudad de Buenos Aires, que sirve de aula provisoria para la primera clase de coro del año. Con el eco de una descomunal lluvia de verano, canta sin que su voz resalte sobre las otras: “Trabajamos con orgullo y con honor / damos cariño y atención cuidando al niño y al mayor / No se trata de sirvientes y patrones, ahora hablamos de empleadas y empleadores”.

En la Argentina hay más de un millón de trabajadoras de casas particulares. 99% son mujeres y 70% son mujeres pobres. Algunas de ellas protagonizan este libro.

Capítulo 1

Retrato de una trabajadora

Hay algo seguro: es una mujer. 99% lo es. Es argentina. 85% lo es. No terminó el secundario, tampoco lo hizo el 68%. Tiene entre 25 y 49 años, como casi el 56%. Gana la sexta parte que el resto de las asalariadas. Es la única que aporta ingresos a la casa, como el 35%. La mitad pertenece al quintil más pobre del país.

Hay algo seguro: es una mujer. No es argentina, llegó de algún país de Sudamérica, al igual que el 14,2%. Tiene más de 50 años, al igual que casi el 45%. Terminó el secundario, al igual que el 32%. Trabaja en promedio 84 horas al mes. Vive en la casa en la que trabaja, el 4,8% lo hace. No vive en la casa en la que trabaja, al igual que el 95,1%.

Se llama Juani, se llama Paola, se llama Graciela, se llama Yoselin, se llama Carmen, se llama Elsa, se llama Libby. Es una trabajadora doméstica.

Tal vez se despertó de madrugada, tomó un colectivo o dos, y algún tren para llegar a su trabajo. Suele ser así. “Entre todas las empleadas domésticas que trabajan en la Argentina, la mitad o más de la mitad está en la ciudad de Buenos Aires o en el conurbano bonaerense. En general, viven en el conurbano y viajan acá dos horas”, dice la socióloga Ania Tizziani, investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y coautora junto con Débora Gorban del libro ¿Cada una en su lugar?,1 un viernes de fines de octubre de 2018, en un bar porteño de la avenida Corrientes.

Yo tomo seis colectivos por día. Estoy súper acostumbrada. Vivo en Ezeiza, entro a trabajar a las 8, de mi casa salgo 4.30. Es lejos pero el viaje es directo. Bajo y me subo. A veces duermo. El asiento es como una cama con somier para mí. (Elena)

Tal vez sepa que la jornada que acaba de iniciar será en esa única casa como durante el resto del mes. O tal vez sepa que trabajará ahí unas horas y luego, ese mismo día o al día siguiente, tendrá que tomar un transporte para ir a otra casa, y a otra, e incluso a una cuarta.

El 62,2% trabaja para un solo empleador, el 15,7% para dos empleadores y el 17,2% para tres empleadores y más. Son las cifras del informe de 2019 de la entonces Secretaría de Gobierno de Trabajo y Empleo de la Nación (SGTyE), publicadas en La chica que me ayuda en casa.2

–Las trabajadoras por hora que en un día hacen tres domicilios tienen un trabajo doble porque deben adaptarse a cada empleadora. Una le dice “te dejo la llave”, la otra “te la entrega el portero”, la otra “te la da el vecino”. Cuando llega, una le deja la lista de tareas, otra no le deja nada, otra no solo le deja la lista de tareas sino que le indica qué productos usar. Una serie de especificidades relacionada con los hábitos de cada familia que esa mujer tiene que aprender. El trabajo doméstico abarca una lista de tareas infinita, tan infinita como cantidad y características y empleadoras tenga esa mujer. Cada casa va a ser una rutina laboral diferente –dice la doctora en Ciencias Sociales Débora Gorban un martes lluvioso de marzo de 2019 en el barrio porteño de Caballito.

Por horas trabajás muchísimo. Yo trabajé mucho. El récord fue salir de mi casa a las seis de la mañana y volver a las tres de la mañana del día siguiente. Transitaba por varios lugares. Me iba temprano a limpiar la escribanía, luego a la inmobiliaria, de ahí a la casa de la señora Bibiana, la médica, cuatro horas en San Martín, de ahí regresaba a capital donde la señora Elsa, la abogada, unas tres horas. Si tenía que preparar algo para los chicos, lo hacía. Ella me dejaba una lista: Libby, tenés que hacerles fideos a los chicos y, después del postre, que se bañen. Luego iba a una cena por Las Heras. Repartía y lavaba platos. Llegaba a mi casa a la madrugada. Yo hacía eso. Prácticamente me maté diez años en ese plan. (Libby)

Tal vez empieza por lo de siempre: conoce la rutina y la lleva a cabo casi de memoria. Tal vez lo haga con la facilidad que otorga la labor repetida. Tal vez lo haga con tedio. Tal vez no sepa cuál será su primera tarea del día, ni si sabrá hacerla, ni si le gustará, ni si la habrá hecho antes y está a la espera de las indicaciones de su empleadora. Lo que haga, en todo caso, durará poco. El polvo volverá a cubrir los muebles, la ropa volverá a ensuciarse, los platos volverán a ser usados, las hojas volverán a caer sobre la vereda, las pelusas volverán a acumularse en los rincones.

“Los productos o servicios resultantes no duran puesto que son consumidos por los miembros del hogar”, se lee en el capítulo “Cambios en el servicio doméstico en América Latina”, de Janine Rodgers.3 Y continúa: “El trabajo doméstico es escasamente reconocido por los que se benefician de él y cuando lo es, en la mayoría de los casos, es un reconocimiento negativo, es decir, que se lo nota cuando el trabajo no está realizado o no está realizado bien, según el criterio de los empleadores”.

Llegar a una casa nueva, el primer día, muy lindo no es. Se siente miedo de que por ahí te traten mal. Un temor a algo te agarra o una vergüenza, uno no conoce la casa, tenés miedo de hacer mal las cosas o de muchas cosas… de que se te caiga algo, de llegar tarde. Siempre te agarra algo hasta que te vas acostumbrando a las personas y a cómo se manejan. Si vos no sabés eso, no te podés desenvolver. En el día a día vas mirando sus costumbres, sus horarios, cómo son. (Elsa)

En mi primer trabajo, recién llegué de Perú, había una señora salteña que iba por horas. Me ayudó mucho ella. Le tengo un muy lindo recuerdo. Me enseñó porque yo no sabía nada. Me enseñó a preparar comida, sobre todo los ravioles que yo no conocía, los ñoquis, a hacer el arroz porque nosotros lo hacemos de otra manera, aquí se hierve nada más. Los chicos comían arroz con manteca y queso y salchichas. Yo leía las instrucciones. Siempre leía las instrucciones de las cajas. Claro, eran pavadas, pero había cosas que no conocía. Era un mundo distinto. Yo decía: “Qué es esto, cómo se hace, cómo se come”. (Libby)

Al principio me costó, me parecía todo raro, pensaba cómo voy a trabajar en estas casas, están todos locos. Una bacha para los cubiertos de carne y otros para los de leche, el tema de los cuartos: juntar y separar las camas cada no sé cuántos días. Mis hermanas me decían: “Vos andá y no preguntes”. Un día me cruzo con el patrón, lo saludo y él siguió de largo. Entonces le dije a la señora que me iba porque su marido era un maleducado. Después me explicaron que los hombres no pueden hablar con ninguna chica, por la religión. (Yoselin)

Cuando llegué acá estaba nerviosa, dije: “No voy a poder”. Vi que la casa era demasiado grande para mí y pensé: “¿Cómo hago para cumplir con todo?”. Estaba sola, no tenía una persona que me ayudara. Después sí, Ema me puso una persona que me enseñara cómo era el movimiento de la casa, porque ella trabajaba todo el día, y yo me sentía perdida acá dentro. Todo el mundo trabajaba y yo me quedaba sola. Dije: “No voy a durar, no voy a aguantar porque es muy grande para mí”. Después de a poco me fui acomodando y me fui organizando de que una parte del trabajo lo hago este día, al otro día hago otra parte… (Paola)

Tal vez acomoda en los cajones del cuarto principal la ropa interior recién lavada y doblada. Tal vez repasa por encima la pila de papeles y carpetas, sin alterar el lugar que cada uno ocupa en el estudio. Tal vez prepara un bife con el punto exacto de cocción que le gusta a los chicos. Tal vez limpia los vidrios del living mientras desde el cuarto de al lado llegan los ecos de una discusión. Sin importar dónde se desempeña y quién vive en la casa en la que trabaja, sus horas transcurren en un caldero de intimidad donde se cuecen vidas ajenas.

–Es una relación que se escapa del espacio tradicional del trabajo porque se da en el seno familiar, en una casa, fuera de la regulación pública, y atravesada por la intimidad, en la que se establecen vínculos entre clases sociales distintas –dice durante la entrevista Gorban.

La primera impresión de Ema fue que me parecía una señora muy… ¿cómo te voy a decir…? Que no iba a ser tan buena. Que iba a ser mala, rígida, autoritaria. Pero nada que ver, como persona me ayudó a crecer en un montón de cosas, incluso me ayudó en cómo tenía que ser como madre, uno no nace con el título de madre y todos los días aprendés, y ella me ayudó mucho. En todo. (Paola)

Con frecuencia abrumadora ese vínculo se teje intramuros entre dos mujeres y es desigual: “En los países latinoamericanos, las trabajadoras domésticas continúan siendo reclutadas entre las mujeres menos privilegiadas, lo que implica el establecimiento de una relación jerarquizada entre mujeres pobres y acomodadas”, amplía Gorban en su libro.4 “La experiencia cotidiana de las trabajadoras depende de una negociación fuertemente individualizada con las empleadoras [...] Los términos de los contratos, en lo que se refiere a responsabilidades, horarios y días de trabajo, no son fijos sino variables y se configuran en una negociación permanente entre ambas partes”. Su coautora Ania Tizziani es rotunda: “Se trata de una de las relaciones más desiguales del mercado de trabajo argentino”.

Tal vez comparta el primer mate de las mañanas con su empleadora, o solo cruza el saludo con ella que está apurada por salir a trabajar. Tal vez es quien le haga las trenzas a la más pequeña del hogar antes de llevarla al colegio, o deba lidiar con un anciano para que tome su medicación. Tal vez almuerza en el comedor con el matrimonio y los niños, o coma sola en la cocina y su menú sea diferente. Tal vez tenga que hacer dos veces la misma tarea, por exigencia de su jefa que nunca queda conforme.

Cuando murió Élide, una señora a la que yo cuidaba, seguí cuidando a su marido, Raúl. No le gustaba nada, era un viejito regañoso. Pero yo no le hacía caso porque sabía que era de viejito. Salíamos a caminar, se enojaba y quería volver. Eso hacía. O la hija me dejaba plata para ir a tomar café a un bar y él no quería, no quería gastar. Y me decía: “Eh, gordi”. “¿Qué pasa, don Raúl?”. “Antes de ir al bar a gastar en ese café tan caro, ¿por qué no hacemos el café acá y guardamos la plata?”. “Bueno, don Raúl, está bien. Hago café, salgo y le compro un chocolate”. Así nos entendíamos. No se quería bañar. Yo le preparaba el agua y la ropa para bañarse y me decía: “Esto nos va a llevar mucho tiempo. Yo soy como el gato, tengo miedo del agua”. (Elsa)

Ahora que Ema está jubilada, estamos constantemente juntas. A ella mucho no le gusta estar sola. A veces a las diez, once de la mañana, me dice: “¿Tomamos un mate cocido?”. Entonces nos sentamos, charlamos un rato y después arranco. Anteriormente hacíamos juntas aquagym los martes. Después nos cambiamos de club y ahí íbamos los lunes, los miércoles y los viernes. Era nuestra rutina: levantarnos, ir a la pileta. Un día antes ya organizábamos todo: la comida, las compras, e íbamos. (Paola)

–Cuando indagás a las empleadas que trabajan más horas están re confundidas sobre si son parte de la familia o no. Para ellas es un valor porque es una ocupación con tan pocas satisfacciones que es importante sentirse querida, apreciada, como cualquiera en su trabajo. Pero en este caso al estar en el centro de una familia que no es la suya, todo se vuelve raro. La máxima aspiración es un lugar donde las traten bien, las valoren y las consideren, pero a partir de ahí empieza a darse una serie de enredos –dice un miércoles de agosto de 2018 la socióloga Francisca Pereyra, investigadora y docente de la Universidad Nacional General Sarmiento, durante una entrevista en los jardines de esa institución–. No quiero decir que no exista cariño genuino de ambas partes, pero los límites se vuelven difusos. Una señora que entrevisté me dijo que los hijos de su empleadora eran como sus nietos, que, si la llamaban los fines de semana para verlos, ella iba. Y uno se pregunta: ¿Pero estás trabajando ¿Cobrás o no cobrás? Porque es una empleada, pero el domingo va a pedido a cuidar a los chicos cuando la patrona está en el cine.

Francisca Pereyra recogió el testimonio de una mujer grande que quería a su trabajadora doméstica como si fuera su hija y al hijo de ella, como a su nieto. La noche en la que el niño nació fue a conocerlo al hospital. A los quince días de nacido armó un moisés para que el bebé durmiera mientras la madre trabajaba en la casa.

–Le pregunté si le había dado licencia por maternidad y me dijo que no porque ella en su casa se sentía muy cómoda. No le ofreció algo que era su derecho ni se le ocurrió que podía tener una licencia de tres meses.

Yo quiero a la señora como a una mamá. Cuando voy al departamento es como si fuera mi casa. A veces no tengo ganas de irme, me quiero quedar. Mariana, la hija de la señora me dice: “Ya veo que vos seguís dando vueltas y no te vas”. (Juani)

He ido a Mar del Plata con ellos. Si voy, no voy a trabajar. Voy de vacaciones. Fui con Ema en diciembre. En 2017 ellos fueron en el invierno a Ushuaia y también la llevaron a mi hija más chica. A fines de noviembre fui con Ema para ayudarla con los nietos. Esa vez sí fui para estar con los chicos, para ayudar, pero no a limpiar. (Paola)

Para Gorban, aunque no se trata de que todos los empleadores y las empleadoras sean perversos, hay una cosa cierta: el discurso de que una trabajadora doméstica es parte de la familia puede ser una forma de invisibilizar la relación laboral.

–Ser de la familia y no serlo. Cuando a la empleadora se le ocurre recordar que la trabajadora no es de la familia, lo hace. Y como es la que tiene el poder, la que sale perdiendo es la trabajadora. Entonces a veces terminan en peleas, juicios o discusiones muy fuertes –dice Pereyra.

Tal vez recuerda aquella casa en la que, al final del día, su empleadora la obligaba a mostrarle el bolso para corroborar que no estuviera robando. Tal vez haya decidido abandonar ese trabajo cama adentro en el que el día laboral empezaba a las seis de la mañana y terminaba a las diez de la noche. Tal vez no olvida a ese hombre, el marido de la empleadora, cuya forma habitual de pedirle que le planchara una camisa era arrojándosela en la cara.

“Los relatos acerca de abuso y maltrato son abundantes [...]. Los gritos, la disconformidad constante de la empleadora con el trabajo realizado, la imposición de tareas ‘humillantes’ (se relataron situaciones en las que fueron obligadas a permanecer arrodilladas por horas limpiando una alfombra hasta satisfacer a la empleadora, recoger ratas muertas, etc.) y la convivencia con niños que no obedecen y llegan hasta agredir físicamente constituyen algunas de las experiencias traumáticas mencionadas”, escribe Francisca Pereyra en Trabajadoras domésticas y protección social en Argentina.5

Este informe recorre las distintas aristas del sector. Entre ellas, la percepción de las empleadoras respecto a esta ocupación: “Por un lado, se reconocen el trabajo, el esfuerzo y las habilidades de estas mujeres, así como el papel clave que desempeñan en la organización cotidiana de los hogares empleadores”. Sin embargo, “las trabajadoras como colectivo laboral son objeto de numerosas descalificaciones. En este sentido, se hizo alusión a un grupo laboral con escasa cultura del trabajo (en particular, se resaltó una supuesta preferencia por vivir de la ayuda estatal), hábitos de consumo irresponsables y su propensión a conductas deshonestas, en particular, el hurto a las empleadoras”. Los relatos de las empleadoras, dice el informe, no suelen partir de una experiencia propia, sino que se refieren a algo que le pasó a un familiar o incluso a una actriz de la televisión.

Tal vez sepa que no recibirá aguinaldo. Tal vez sepa que si se enferma y falta al trabajo ese día no lo cobrará. Tal vez sepa que, si planea tomarse vacaciones, no se las pagarán. Tal vez sepa que si se embaraza y quiere quedarse al cuidado del bebé durante los primeros tres meses perderá su ingreso. Tal vez sepa que si la despiden no la indemnizarán. Tal vez sepa que si sufre un accidente laboral deberá asumir los costos del tratamiento médico. Tal vez sepa que tiene que ahorrar para cuando se retire, después de haber trabajado toda su vida, porque su empleadora no le hace los aportes jubilatorios ni los de la obra social. Cerca del 70% de las trabajadoras domésticas en la Argentina no está registrado, lo que quiere decir que, a pesar de que todo lo anterior está contemplado en el Régimen Especial de Contrato de Trabajo para el Personal de Casas Particulares (Ley 26.844 de 2013), solo el 30% accede a esos derechos.

En vacaciones me voy una semana o dos. A veces por acá nomás y otras me voy los quince días a Paraguay. Cuando vuelvo, limpio mi casa y otra vez a trabajar. Pero descanso. Eso lo hago hace, no sé, seis, siete años. Porque antes, por plata, no lo podía hacer. (Elsa)

Por suerte mis patrones son re buenos, porque acá hay muchas chicas que están en negro. Que vinieron de Venezuela. Con un sueldo que no llega a 8000 pesos por mes. Nosotras hablamos mucho en el puente de la ruta 197, a la mañana, cuando esperamos la Mary Go, la combi que nos lleva al trabajo. (Graciela)

Hará como cinco años que me puso en blanco, sí. Me da tranquilidad, obviamente, por una cuestión de seguridad, la obra social, la ART. Antes era como más así, más sumisa, pero ahora no: no me van a tener así como así. Yo tengo una chica conocida en Belgrano, que encima trabaja con una chica especial, o sea, se tiene que ocupar de todo de la casa y encima ocuparse de la chica, de llevar y de traer, y está en negro. Y yo le digo: “Lidia, no podés”; y a su compañera le digo: “Hablá con la señora, hacé algo para que la pongan en blanco, está en negro y le pagan, no sé, poquísimo”. Pero me dice: “Yo mucho no me quiero meter, la señora es la que tiene que poner de su parte”. Antes no era tanta la obligación, pero si era una buena persona… hay personas que por ahí ellas mismas te decían te pongo en blanco. Eso depende mucho de cada persona. (Paola)

Lo dice la SGTyE en su informe6 de 2019: “Existe una correlación muy importante entre el no registro de la trabajadora y el no goce de los beneficios laborales como vacaciones pagas, aguinaldo, días pagos por enfermedad y obra social. […] casi el 90% de las trabajadoras domésticas no registradas declara no tener ningún beneficio de los mencionados”. Pero, además, según Pereyra: “Los salarios de las trabajadoras mensualizadas suelen ubicarse por debajo de los mínimos establecidos [...] En varios casos, el aguinaldo tiende a ser intercambiado por regalos o pequeñas sumas de dinero extra a fin de año y las vacaciones y los días por enfermedad por permisos de ausencia sin mediar pago alguno”.7

–¿Por qué ocurre esto?

–Porque el servicio doméstico deviene históricamente de la idea de servidumbre y la servidumbre, a su vez, de la esclavitud. Es una idea interiorizada en la población que al sector empleador le conviene para no reconocer sus obligaciones –responde Francisca Pereyra, mientras almuerza un sándwich en los jardines de la Universidad Sarmiento.

El problema tiene raíces profundas: recién en el año 1956 el trabajo doméstico se reglamentó en el Decreto 326. Pasó medio siglo, y muchos intentos truncos, hasta que la Ley 26.844 de 2013 se puso en vigencia. Entonces la informalidad rozaba el 95%.

Durante la entrevista en el bar de la avenida Corrientes, Ania Tizziani explica que muchas investigadoras hablan de un tema cultural:

–Sigue costando mucho hacer aceptar este trabajo como una relación laboral. De los dos lados. Dicen que hay ventajas para las empleadas en seguir informales: como hay mucha rotación, la búsqueda de la formalización no es tan alta. Y, por otro lado, los salarios bajos y la poca capacidad de negociación que tiene la empleada doméstica con su empleador la llevan a pedir un aumento en vez de pedir que la ponga en blanco.

Tizziani agrega otra dimensión al asunto:

–Los que investigan sobre esta perspectiva dicen que hay una división sexual del trabajo, una división social –las clases sociales más bajas trabajan en los espacios más desvalorizados– y una división moral –entre trabajos más prestigiosos y menos prestigiosos, trabajos que son fuente de reconocimiento y otros que contaminan, son estigmatizables o condenables. Y todas esas divisiones se superponen.

En el libro Trabajo doméstico surge una pregunta: “El trabajo de cuidado que las mujeres realizan dentro de su hogar no se paga (es gratuito) y, por lo tanto, puesto que le falta el dinero como referente social del valor, se queda invisible en el contexto productivo del mercado que define ‘trabajo’ como ‘ocupación remunerada’. […] Puesto que el trabajo de las mujeres en casa no vale nada, ¿por qué el mismo trabajo realizado afuera o por otra persona tendría mucho valor?”.

El trabajo al interior de las casas queda ahí: transcurre puertas adentro, donde el Estado tiene poca posibilidad de fiscalizar.

–La herramienta del Estado para garantizar que la ley se cumpla es la inspección laboral, pero en los hogares particulares eso no sucede porque están protegidos por la Constitución –dice Francisca Pereyra.

Tal vez vio a su abuela y a su madre trabajar de lo mismo. Tal vez vivía en el interior y tuvo que mudarse a la ciudad para conseguir un empleo y ayudar a su familia. Tal vez se vio obligada a abandonar la escuela para hacerlo.

“El trabajo en el servicio doméstico no es concebido como fruto de una elección [...] Se sitúa como la inserción más cercana en el horizonte de posibilidades de las mujeres provenientes de sectores pobres: la oportunidad más concreta para aquellas que cuentan con escasa educación formal, que se trasladan del campo a las zonas urbanas o pueblan las periferias de las grandes ciudades”, escriben Gorban y Tizziani.8 “La interrupción de los estudios [...] para ingresar en el mercado de trabajo es un dato importante. [...] Se trata de un primer eslabón en trayectorias de ingreso temprano en actividades laborales justificadas por las dificultades económicas que debieron enfrentar en sus familias de origen”.