PULSO - ROCÍO MOLINA GUERRERO - E-Book

PULSO E-Book

ROCÍO MOLINA GUERRERO

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Beschreibung

La vida es dura, durísima y cruel, pero siempre merece la pena vivirla y luchar por ella. Luz, protagonista de ésta novela, es tan real como tu y yo, pero la frase "si vas a matarme, hazlo de una vez", no debería serlo. En tiempos pasados, con costumbres anticuadas que hacían de la infancia una etapa llena de dolor, Luz se convierte en una guerrera que luchará por una vida mas justa. Sobrevivir fue su primera opción, pelear contra su tiempo lo siguiente...sacar sus garras por amor, estaba claro. Sola, aprendió a hacer frente al miedo y a la soledad, y sola dedicará su vida a enseñar la fortaleza que lleva dentro. Los pulsos de la vida nos marcan queramos o no, pero ella planta batalla a cada uno de ellos a base de coraje. Aunque intentes apartarte, las traiciones y la maldad te persiguen; fueron demasiados los pulsos que retaron a Luz a lo largo de su vida, pero el amor, única lealtad que ella reconoce fue suficiente para no permitir a nadie obligarla a bajar los brazos. A lo largo de la vida perderás muchos pulsos, pero aquellos que ganes, te dirán quién eres en realidad, porque por las venas de Luz no corre la sangre, corre el Amor.

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Seitenzahl: 410

Veröffentlichungsjahr: 2023

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<PULSO>

<PULSO>

<Rocío Molina Guerrero>

Autor: Rocío Molina Guerrero.

Diseño de cubierta: Rocío Molina Guerrero.

ISBN:

© <Rocío Molina Guerrero>

A mi madre, porque la fortaleza

y el amor llevan el nombre

de Trinidad.

<Prólogo>

Como autora de esta novela, debo decir que los acontecimientos aquí narrados, están basados en hechos reales, de los cuales yo he sido testigo en primera persona, formando parte muchos de ellos de mis propias vivencias. Si bien es cierto que los nombres, lugares y fechas han sido alterados por lo delicado de muchos de los acontecimientos narrados, todos ellos tuvieron lugar.

En esta novela no se refleja otra cosa sino lo que es la propia vida, se muestra cómo las costumbres, creencias y formas de actuar de hombres y mujeres han ido cambiando y por suerte evolucionando, sin embargo, muchas son las personas que en las pasadas décadas sufrieron unas obligaciones y trato que no se correspondían con una infancia sana. El hecho de ver a los hijos desde muy pequeños como peones y no como niños, ha robado la infancia de quienes a lo largo de su vida han perpetuado ese mismo comportamiento con sus vástagos, pero no así de quienes decidieron que aquello no debía seguir ocurriendo, y tuvieron claro que ese tipo de comportamiento entre padres e hijos se quedaría atrás, no era concebible en sus mentes hacer pasar a sus descendientes por aquello por lo que ellos pasaron.

En esta novela también, muestro el coraje y la fuerza de tantas y tantas mujeres que no se quedaron de brazos cruzados, viendo la vida pasar mientras otros tomaban por ellas sus decisiones, sino que fueron capaces de luchar por sus sueños, conseguir sus objetivos y plantar cara a una sociedad estancada, que ya no tenía cabida. A la mente de muchas mujeres vendrán recuerdos que ahora les parecen normales, pero que sin su valor y arrojo no lo serían tanto, fueron pioneras en un mundo diseñado para estar en un segundo plano, pero nunca se conformaron con eso, y la razón es que no era justo, simple y llanamente. Lo justo es la igualdad en derechos y en deberes, también en libertades y por supuesto en las decisiones que cada uno toma para su vida, pues ésta es suya y de nadie mas.

Me gustaría hacer especial mención sobre el personaje de Dori, que si bien no es real en sí mismo, si es la suma de dos mujeres reales; una de las cuales siempre ha estado ahí y está hoy en día, para ayudar a nuestra protagonista tanto en temas de salud como de apoyo moral y psicológico. En ella, no solo ha tenido a una buena amiga, sino también una confidente y consejera leal que la ha ayudado mucho en momentos cruciales de su vida.

También me gustaría incidir en que muchos de los personajes que aparecen en esta novela, no tienen nombre propio; esto no se debe tanto al hecho de ser una neófita como novelista, sino mas bien es el resultado y mi firme creencia de que hay veces en que algunas personas por mucho que incidan en nuestra vida, no merecen tal reconocimiento. En ello hay mucho dolor, miedo y frustración, pero sobre todo no está en mi ánimo avivar el pasado, mas aún cuando muchos de estos personajes ya han fallecido o existe contacto nulo en la actualidad. Es por ello que no me he molestado en darles nombre, lo que hicieran, hecho está y ahí quedarán sus huellas, en mi relato novelado, nada mas.

Por otra parte, hay personajes que no tienen nombre propio porque aunque forman parte de la vida de la protagonista, tienen una repercusión mínima en la vida de ésta, es lo que en una película equivaldría a “los figurantes”; por esto no he querido indagar mas en estos personajes.

A lo largo de esta historia, por supuesto, se puede apreciar los distintos tipos de amor que toda una generación ha vivido; en ellos tienen cabida el amor por imposición, el amor tóxico, el amor por interés, el amor verdadero y el amor puro. Pero además de eso, la vida se compone de traiciones, intrigas, deslealtades y hechos que ponen los vellos de punta y de los que aquí hay en mi opinión demasiados.

Sin embargo, somos dueños de nuestras vidas, y siempre podemos luchar por ella y en ella, y si hay algo que he aprendido mientras escribía esta novela, es que el motor mas potente que mueve el mundo no es el dinero, ni el poder, ni siquiera la maldad; sino el amor, que nos despierta fuerza y coraje, y unas gana de luchar por quienes queremos y lo que queremos para ellos. Es cuando uno siente eso, cuando es capaz de cambiar las cosas, de cambiar su mundo, su vida y el futuro de muchos.

No me cabe duda de que esta novela removerá conciencias, pero sobre todo sé que ellos, los protagonistas, siguen aquí, luchando, sin rendirse, y siempre uno junto al otro.

<PRIMER PULSO>

Lunes, 29 de Marzo de 2021.

La vida es dura, durísima, pero siempre merece la pena vivirla y luchar; y Luz, a sus 65 años no tenía pensado bajar los brazos en ningún momento, rendirse nunca entraba en sus planes y menos después de todo lo vivido. Ahora le tocaba el turno para vacunarse contra una pandemia que desde el año anterior se había cobrado decenas de miles de vidas. El nuevo siglo le había traído muchas alegrías pero también algunos sustos, pero su fortaleza la hacía capaz de superarlo todo, y esto también.

Sus orígenes humildes nunca fueron impedimento para levantar la cabeza y seguir adelante. Los tiempos cambian, bien lo sabía ella, porque ahora el dolor de sus huesos volvían a recordarle aquellos golpes, pero su dolor tenía un origen distinto a el de tiempos pasados, pues el tiempo pasa para todos y los achaques empiezan a hacerse notar y la fibromialgia hacía tiempo que no la abandonaba.

Pero comencemos con su primer latido de corazón, su primer pulso. Luz abrió sus ojos en este mundo un Jueves Santo del año 1956 en el pueblo de Trasvilla, una pequeña localidad de la campiña jienense, y todo cuanto acontecería en su vida iría unido al significado del día de su nacimiento. Bautizada como Luz Divina pronto sería consciente de que su vida no poseía nada de luz y mucho menos de divina, ella era la segunda hija de lo que en un futuro serian cinco hermanas y asistiría literalmente en carne y hueso a como los tiempos cambiarían. Luz era una niña de pelo rubio oscuro y ondulado, de ojos despiertos de un color azul verdoso, siempre se crió fuerte, pero su constitución delgada hacía que todos pensaran que no serviría para nada...no sabían cuánto se equivocaban.

En su búsqueda de un hijo barón que pudiera hacerse cargo de las tareas agrícolas y ganaderas en un futuro, sus padres, Isidro y Lorenza, habían ido acumulando una frustración que acabaría pagando Luz debido a su carácter inconformista y a su sentido de poner en relieve las injusticias, porque la correa, patadas y golpes, formarían parte de su vida cada vez que defendía algo o intentaba explicarse sobre cualquier tarea cotidiana.

Sus primeros años, transcurrieron como solían hacerlo en aquellos tiempos, Luz era una bebé pizpireta y risueña que se había ganado el cariño y el amor de sus abuelos paternos, Maruja y Antón, quienes la habían criado prácticamente hasta que sus padres la consideraron apta para las tareas domésticas, ganaderas y agrícolas, es decir, a sus cuatro tiernos años.

Luz solía pasar los días entre su casa y la de sus abuelos quienes siempre tenían abiertas las puertas de su casa, no solo para la familia, sino para todos los vecinos de Trasvilla, pues eran un matrimonio querido y respetado en el pueblo y como bien decía el abuelo Antón no debían tener miedo de nada, aún en aquellos tiempos de necesidad los pillastres eran quienes debían tener cuidado puesto que “en una puerta abierta nadie se atreve a entrar, porque no sabe lo que le espera detrás”. Su rutina comenzaba con un despertar mas o menos tranquilo y un desayuno que a ella le encantaba, pues junto con Amelia, su hermana dos años mayor, acudían a los corrales donde comían huevos frescos recién puestos por las gallinas y leche fresca que bebían prácticamente de las ubres de las cabras sin que su madre las pillara en plena trastada; lo pasaban muy bien, ambas se entendían y en sus mentes infantiles e inocentes todo les resultaba divertido. Mientras Amelia, realizaba algunas labores domésticas, Luz se dirigía a casa de sus abuelos que vivían a dos minutos a pie de su casa y allí pasaba el rato con sus abuelos que ya habrían regresado de su misa diaria en la iglesia del pueblo.

Maruja y Antón eran un matrimonio afable, habían sido padres bastante tarde, por lo que pronto cargarían sobre su hijo, Isidro, muchas responsabilidades a edad temprana pues ellos eran ya algo mayores para ocuparse de algunos asuntos familiares.

A la hora del aperitivo, su abuelo siempre preparaba algo de “tapeo” para acompañar con un trago de vino del viejo “porrón”, ese recipiente que tanto le llamaba la atención, mientras su abuela preparaba la comida y lavaba ropas y trapos u ordenaba la casa. Luz siempre acompañaba al abuelo en la mesa tomando algo de picar, se entretenía escuchando las historias que su abuelo le contaba sobre tiempos mas difíciles pero además aquel día, Luz mostraría su curiosidad no solo por las historias de su abuelo, sino con otra costumbre a modo de trastada de una niña de dos años.

-Luz, ¿quieres un poco de lomo de orza?.

-Si abuelo, me “usta” mucho.

-Vale, voy a la despensa a cortar un poco.

Mientras su abuelo salía del salón, Luz se quedó mirando el porrón, era como una vasija con trompa de elefante que le hacía mucha gracia, y quiso imitar a su abuelo pues solo tenía que empinarse el porrón y beber de aquel chorrillo que salía de la trompa; así que tomó el recipiente y se lo acercó a la boca, lo empinó un poco y de momento probó su contenido, era como un zumo dulce de color rojo oscuro que dejaba un regusto fuerte pero que no le disgustó. Imitó a su abuelo un par de veces mas y dejó el porrón en la mesa justo cuando su abuelo entraba con un platillo de lomo de orza. Luz comía y sonreía mientras su abuelo aún contaba alguna aventura mas de las tantas vividas en el cortijo junto al río, en un tiempo en el que lo mejor era refugiarse en lugares apartados, y cuando llegó la hora de comer, Luz se despidió de sus abuelos con un gran beso y regresó a su casa. En el corto camino de regreso, a Luz le comenzó a entrar sueño, pero aún no era la hora de la siesta; al llegar, su madre se dispuso a darle de comer, pero la pequeña manifestó que tenía sueño.

-¿Entonces no quieres comer?.

-No madre, he comido con Papantón, “teno” sueño, no “ero” comer.

-Tu abuelo, ¡Ay!, siempre igual, no perdona el aperitivo ni un solo día. Anda vete a dormir entonces.

Aquella siesta le supo a gloria, sin que nadie se diera cuenta, ni siquiera ella misma, había cogido una melopea entre risas con su abuelo, pero le daba igual, ella estaba muy feliz, pues como ya he dicho era una niña con una personalidad alegre y a veces pícara.

Otro de aquellos días en que la inocencia aún formaba parte de su vida, Luz mostró su fuerte carácter al desafiar a su madre con no ponerse los zapatos una mañana. Era sin duda otra trastada mas de una niña pequeña, pero esta vez sería la última.

-¡Luz Divina! ¿Qué haces sin zapatos?. El tono de Lorenza sonaba como siempre, pero Luz notó algo mas, ¿sería rabia?. La niña se encogió de hombros.

-”Toy” jugando madre.

-¡Que te he dicho qué dónde están tus zapatos, que te los pongas!. Su madre cada vez gritaba mas furiosa. Pero en su infinita inocencia Luz pensó erróneamente que se trataba de algún juego.

-¡jijiji!, he “icho” que no “pono” los “atos”.

-¡Isidro ven aquí, mira tu hija!.

-¡Joder! ¿qué pasa ahora?, la zagala tiene dos años, ¿no me digas que no puedes con ella?. Isidro era un hombre mas bien bajito pero con un temperamento que explotaba demasiado a menudo y se acrecentaba con el alcohol.

-Que me está desobedeciendo y encima es por su bien, tiene que ponerse los zapatos. El papel de víctima se le daba muy bien a Lorenza.

-A ver, ¿qué coño pasa aquí?.

Luz seguía pensando que aquello era un juego y como tal, siguió con su actitud burlona.

-He “icho” que no “ero”, que no “pono” los “atos”.

-Pero mírala, que sigue igual, que no se quiere calzar, que no le da la gana a la “nenilla mona”.

-Vamos a ver Luz, coge ahora mismo los zapatos y te los pones, que te ha dicho tu madre que te calces.

-Que no, que he “icho” que no “ero”, que no “pono” los “atos”, que “toy” jugando.

Ya no hubo mas palabras, Isidro se quitó el cinturón y sin contemplaciones miró a Lorenza que asentía y acto seguido empezó a correazos limpios sobre el pequeño cuerpo de dos años de Luz, su segunda hija; el sonido de los golpes en piernas y espalda restallaba por toda la casa, Amelia quiso parar aquello, pero al ver que su padre se giraba hacia ella salió corriendo en dirección a la casa de sus abuelos. Cuando se quedó agusto, Isidro paró, Lorenza ya había encontrado los zapatos de la niña bajo la mesa camilla y solo entonces, cuando consiguió que su marido golpeara a su hija, le pareció que era el momento de agacharse y ponerle los zapatos a Luz, que permanecía hecha un ovillo en el suelo. A penas cinco minutos después, llego Amelia con su abuela Maruja que ni se molestó en preguntar qué había pasado, demasiado bien lo sabía, conocía perfectamente el carácter de su hijo; cogió a Luz en brazos y a Amelia de la mano y salió de allí. A una la llevó a hacer algunas compras, y a la otra se la llevó a casa, esperaba que pasar un rato con su abuelo calmara a la pequeña y dejara de llorar.

-No te preocupes cariño, ayer hice roscos de sartén, han salido muy ricos, pero necesito que me des tu opinión, ¿vale?. Luz asintió mientras se abrazaba a su abuela que con paso firme se alejaba de aquella pesadilla.

Septiembre de 1960.

De dormir en su cama pasó a dormir una noche en el pesebre del corral junto a las cabras que criaba la familia, su error, olvidarse de echarles de comer antes de irse al colegio. Cuando Amelia y Luz regresaron por la tarde su madre las estaba esperando sentada en el sofá como de costumbre.

-Qué bonicas ¿ya estáis aquí?. Ambas se quedaron heladas tras escuchar el tono de aquella pregunta, ¿les daría tiempo al menos a dejar las carteras en su sitio?.

- Si madre, y hoy no tenemos muchas tareas. Dijo Luz en un tono conciliador. Sin embargo, su madre no les estaba dando la bienvenida sino todo lo contrario.

-¿Tareas?, ¿así que no tenéis tareas?, ¿a quién le tocaba hoy echar de comer al macho y a las cabras?. A Luz se le encogió el estómago, pues ese día era responsabilidad suya.

-Madre no me ha dado tiempo esta mañana pero lo haré ahora.

-¿Ahora ya para qué, prenda? Ya les he echado yo de comer…

Luz no sabía muy bien qué decir ni qué hacer, de pronto su madre se levantó del sofá y se fue hacia ella con las manos totalmente abiertas, la cogió del pelo y la lanzó al suelo a lo largo de todo el pasillo. Amelia intentó decirle a su madre que parara pero estaba totalmente paralizada, justo en ese momento su padre entró por la puerta; llegaba como de costumbre muy colorado y sin a penas poder articular palabra, cuando encontró a Luz tirada por el suelo.

-¿Qué es lo que pasa?.

-Tu hija que no tiene otra cosa que hacer que matar de hambre a los animales.

-¿Cómo es eso?. Su padre parecía no tener ni el mas mínimo interés en atender temas domésticos, ¡con lo agusto que venía él del bar!.

-La nenilla mona, que se ha ido esta mañana sin echar de comer al macho y a las cabras, y he tenido que hacerme cargo yo. “Cuánta molestia le había supuesto a su madre haber tenido que levantarse del sofá estando embarazada apenas de dos meses”, pensó Luz sarcásticamente.

-Ah, pues si ella no da de comer, tampoco comerá. Dijo su padre, pasando por encima de su hija que permanecía en el suelo para dirigirse al salón, y ponerse una copa más de vino.

- ¿Y ya está?. Se encaró su madre.

-Si ya está, haz lo que quieras y mándala a dormir sin cenar. El cabeza de familia ya había hablado y no deseaba mas molestias.

-Sin cenar ha dicho tu padre, ven aquí que te vas ya a dormir. Su madre cogió a Luz por el brazo, la llevó a rastras hacia la parte de atrás de la casa, donde estaban los corrales, abrió la puertezuela y la empujó dentro.

-Ya puedes irte a dormir, hoy no cenas. Y cerró de un solo golpe el corral, en cuya puerta de forma “especial” puso un candado.

Luz se encontró sola y encerrada en el corral con un macho cabrío de cuernos imponentes y cinco cabras. Tras horas llorando de terror y pánico al verse con apenas cuatro años y rodeada de aquellos animales, el cansancio le pudo, se subió a uno de los pesebres donde comían los animales, se acurrucó y se quedó dormida. Así funcionaba el mundo a principios de los sesenta, la vida tenía un pulso feroz, a veces peligroso y en mas de una ocasión mortal.

Amelia, su hermana 2 años mayor, también conocía las rutinas de castigos imperantes en su hogar, por eso un día que no había tenido tiempo de limpiar la casa por completo porque se le echaba encima la hora de ir al colegio, su desayuno fue una paliza que Luz presenció y considerando aquello como un castigo excesivo, salió en defensa de su hermana intentando parar aquel correctivo, sin embargo, lo único que consiguió fue que la atención de su madre se centrara en ella, la agarrara por las trenzas que llevaba aquella mañana elevándola del suelo y luego dejándola caer contra el suelo con toda la fuerza que la rabia de la posibilidad de parir una tercera niña la poseyó, y salió de forma explosiva, algo de cierto habrá en aquel dicho: “los que duermen en el mismo colchón, se vuelven de la misma condición”; crujieron sus rodillas de un golpe seco, Luz ya no pudo levantar la mirada; y no contenta con aquello, una vez estrellada su hija contra el suelo la recompensó con una serie de patadas en el estómago, brazos y piernas que le permitieron quedarse agusto. Y así las envió al colegio “con la lección diaria aprendida”.

Sin fuerzas y dolorida hasta el extremo, pero con el deseo de escapar de aquel infierno, Luz se levantó con la ayuda de Amelia, parecía que podía ponerse en pie y caminar, debió ser un milagro que no tuviese ningún hueso roto. Apoyada en su hermana mayor salió de aquella casa.

Pero su escuela no era un lugar mucho mas acogedor o donde poder olvidarse de lo vivido en casa. A menudo las tareas de casa les impedía llevar todos los deberes hechos o el estudio del temario terminado o las lecciones aprendidas, de modo que las manos pasaban a acumular los correctivos a base de golpes secos que sus maestras, dos hermanas solteronas que siempre vestirían de luto, les realizaban con una regla de madera maciza de un metro de longitud, de allí también salían “con la lección diaria bien aprendida”. En resumen: palos en casa y palos en la escuela.

Y así transcurrían los días, semanas y meses, entre alimentar a cerdos, cabras, gallinas, marranos y conejos; limpiar la casa y dejar preparada la comida; acudir al colegio; hacer algo de deberes y estudiar lo que diera tiempo antes de volver a alimentar a los animales, preparar la cena y dormir algo hasta la hora antes del amanecer cuando volvía a comenzar su jornada; sin mas horas en el día que pudieran dedicar a ser niñas de cuatro y seis años, ya que la señora de la casa pasaba el día gestando, sin mas ocupación que esperar que esta vez fuera un niño.

Pero el nacimiento de su tercera hermana, a la que llamaron Rogelia, no hizo mas que acrecentar la frustración y cierto odio que empezaba a concentrarse sobre las criaturas por el simple hecho de no haber nacido con pene; y si a esto sumaban que la pequeña Rogelia nació con cierta tendencia a enfermar y a la debilidad no solo de espíritu, lo poco que les quedaba de infancia se iba a convertir en un infierno.

El padre de Luz por su parte dedicaba los días a las tierras, al bar y a procrear en busca de un digno sucesor, pues en aquellos años, las mujeres tan solo eran bultos que parían y servían como esclavas.

Cada invierno, para la recogida de la aceituna, las niñas eran sacadas del colegio, para ayudar en las labores agrícolas, las tareas diarias las realizaban a contrarreloj, sin descanso, sin sosiego, sin mas oportunidad de vivir. Y así pasaban los años.

Primavera de 1962.

Con la llegada del buen tiempo, se acercaban los festejos y celebraciones; y aquel año tanto Luz como Amelia harían la comunión. Cada domingo debían acudir al colegio con un pequeño velo que se ponían sobre sus cabezas para rezar y desde allí todos juntos dirigirse a la iglesia para la misa, dispuestas en una perfecta fila de a dos tras los pasos de las viejas maestras solteronas.

Uno de esos domingos, se levantaron , desayunaron y se dirigieron al colegio con sus respectivos velos. Luz y Amelia siempre solían ponerse de compañeras en la fila y así acudían al servicio dominical. Cuando salieron del colegio ya llevaban puestos los velos y parecía que aquel sería uno mas de tantos domingos; pero una de sus compañeras había olvidado su velo y mientras se dirigían a la iglesia tiró del pelo de Luz para quitarle su velo y apropiárselo, ya que la falta u olvido de este elemento conllevaba un castigo por parte de las maestras. Al notar el tirón Luz se volvió hacia atrás y vio que era su amiga Dori quien se lo había quitado:

-Dori no, devuélvemelo. Que mis padres me matan si aparezco en casa sin él.

-Luz que no, que se me ha olvidado y me van a castigar las maestras.

-¡Venga ya Dori!, que me van a castigar a mi, y el velo es mio…

Justo en ese momento estaban llegando a la iglesia, pues el templo quedaba a escasos cinco minutos del colegio. Ambas maestras se pusieron en la puerta del templo para hacer recuento de alumnos y ver que todos estaban correctamente uniformados para la ocasión. Cuando Luz y Amelia iban a entrar, una de las maestras las detuvo:

-Luz ¿dónde está tu velo?.

-Señorita me lo ha quitado Dori, yo lo traía puesto pero ella me ha dado un tirón y no me lo quiere devolver.

-A mi no me vengas con escusas, no llevas el velo, y eso es una gran falta de respeto para con Dios. ¿Así esperas ser digna de hacer la comunión?. Que sea la última vez que vienes a misa sin el velo.

En ese momento sonó un bofetón que se escuchó dentro y fuera de la iglesia. Y así comenzó aquel domingo para Luz. Durante todo el servicio se mantuvo cabizbaja, y deseaba que terminara lo antes posible para poder recuperar su velo antes de irse a casa, pues regresar sin él también supondría un recibimiento severo por parte de sus padres. Al terminar la misa, los niños debían abandonar el templo de forma ordenada, al igual que habían entrado, pero una vez fuera, cada uno tenía ya la libertad de dirigirse a donde quisiera: parques, kioscos, jardines, columpios…

Luz se dio prisa en buscar a Dori en la salida, pero esta ya había volado, y lo que era peor se había llevado su velo.

-No te preocupes Luz, que no va a ser para tanto yo les diré a padre y madre que te lo ha quitado Dori, que no lo has perdido ¿vale?. Quiso consolarla Amelia. Pero Luz sabía que eso no iba a ser así, la culparían de haber perdido el velo sin escuchar su explicación sobre lo ocurrido con Dori, no la dejarían abrir la boca e intentó por todos los medios retrasar el regreso a casa para la hora de comer.

Inexorablemente llegó la hora de regresar, debían volver a casa; al ser domingo, solían comer en casa de sus abuelos, pero eso no la iba a salvar de su correctivo. Entraron por la puerta que siempre permanecía abierta, y en deferencia a su hermana, Amelia se había quitado su velo y lo había guardado.

-Venga nenas, que ya era hora, venís muy tarde hoy. Su madre las apresuró para sentarse a la mesa a comer.

-A ver, dadme los velos de misa que los miro a ver si están sucios que hay que lavarlos a mano.

Las dos hermanas se miraron, no esperaban que ese día tocara hacer la colada de la ropa de los domingos, por lo general como solo usaban la “ropa nueva” los domingos, solían ponérsela varias veces antes de necesitar un lavado a mano, pues al igual que los velos, era ropa delicada.

-Si madre, en cuanto comamos. E intentaron ganar algo de tiempo, que no serviría de nada.

Una vez volvieron a su casa, su madre volvió a insistir en lavar la ropa y los velos con los que mas adelante tendrían que hacer la comunión, y ya no les quedó otra.

-Aquí tienes madre. Amelia entregó a su madre la ropa revuelta de ambas con su velo esperando que no se diera cuenta de la falta del segundo velo. Pero no hubo suerte.

-¿De quién es el velo que falta?.

Ambas niñas se miraron, Luz comenzó a sentir pánico y Amelia agachó la cabeza, sabía que su hermana no iba a librarse y prefirió guardar silencio. Sin verlo venir, sonaron dos bofetadas, una para cada una.

-¡Madre es el mío, el mío, deja en paz a Amelia, es mi velo el que falta, Dori…!. No le dio tiempo a terminar, otra bofetada le marcó la mejilla.

Su madre mandó a Amelia con su hermana Rogelia:

-¡tira sino quieres tu otra!. Amelia agachó la cabeza y salió de allí. Justo en ese momento, su padre llegaba del bar, adonde se había ido después del café, y como casi siempre venía “cargadito”.

-¡A ver!, ¿qué pasa aquí ahora?. Preguntó al encontrarse la escena en la que su mujer levantaba una vez mas la mano contra su segunda hija.

-Ésta, que ha perdido el velo de la comunión, y encima lo niega, y han querido engañarme…

-¡No padre, no!, no estoy mintiendo, no he perdido el velo…

-¿Ah no?, y ¿dónde está el velo?, que tu madre se ha dejado los ojos bordándolos…

- Eso quiero saber yo, ¿dónde lo has echado?, que esta mañana si lo llevabas...como tu hermana. ¡Vaya una prenda estás hecha!, ¡míralo, si es que no lo sabe!, ¿a saber dónde lo ha perdido?…

A Luz no le dio tiempo a escuchar mas, ni siquiera a defenderse, su padre se quitó la correa y se fue hacia ella, el cuero restallaba contra las costillas y las piernas de la niña de seis años, a ella solo le quedó acurrucarse en el suelo y esperar que terminara su correctivo, y a lo lejos aún escuchaba sobre el sonido de los correazos la voz de su madre encismando a su padre…

-¡Que bonica, al saber qué has estado haciendo!…

-¡Dori, ha sido Dori, me lo ha quitado cuando lo llevaba puesto de camino a la iglesia!...Acertó a decir en un momento en que su padre paró para coger aire y seguir “educándola”.

-¿Cómo que te lo ha quitado?…

-Si padre, me lo ha arrancado del pelo en la fila nada mas salir del colegio...mi velo lo tiene Dori.

-¿Qué Dori, la hija del Manolo?, ¿ y porqué no lo dices, porqué te lo callas?. Su madre intentó suavizar el momento cuando su hija consiguió articular palabra. Obviamente, a Luz jamás se le ocurriría contestarle a su madre que no lo había dicho porque ella no le había permitido hacerlo, simplemente alzó la vista y la miró como quién pide justicia con los ojos llenos de lágrimas.

- ¡Joder es que la Dori es un bicho!. Mañana en cuanto te levantes vamos a la casa del Manolo y que nos devuelva el velo, ya está. De ese modo, su padre ponía fin al suceso, y tanto él como su madre hacían como si no hubiera pasado nada; pero Luz nunca llegaría a olvidarlo, como tantas otras cosas.

A la mañana siguiente, Luz se levantó dolorida y acompañada por su madre y su hermana Amelia, fueron a la casa de Manolo; les abrió la puerta Micaela, la madre de Dori, que se disculpó por el comportamiento de su hija y les devolvió el velo de Luz, a continuación apareció Dori, tenía un ojo morado, seguramente también habría sido “educada” tras aparecer en su casa con un velo que no era suyo. Mientras ambas madres se quedaban echando un rato de “cháchara” las tres niñas se encaminaron al colegio, comenzaba una nueva semana escolar y muy pronto tendrían lugar las comuniones; hoy en día, ese momento es toda una celebración, pero en aquellos años, las niñas eran vestidas como monjas, con los correspondientes velos, recibían el sacramento por primera vez, se hacía una comida familiar y la vida continuaba sin mas pena ni gloria, pues hacer la comunión era una obligación para todos los infantes.

Diciembre de 1963.

Una mañana de invierno, Luz se levantó con fiebre, pues no había podido dormir nada por un dolor de oído penetrante que le perforaba la cabeza; al llegar al campo para comenzar la recogida de aceituna la mañana comenzaba a clarear y dejaba ver el hielo caído durante la noche, así que su padre encendió una lumbre donde poder calentarse un poco mientras el hielo se deshacía; Luz se acurrucó por un momento en una de las espuertas que usaban para recoger las aceitunas del suelo frente a la lumbre, y allí Morfeo la venció; pero esa sensación reconfortante no duró mucho. Las patadas a la espuerta la despertaron, ya era hora de engancharse y ganarse el jornal, como pudo se incorporó, no le valían excusas, y la fiebre no sería una de ellas.

-Vamos que es para hoy. Escuchó la voz dura de su padre.

- hay que hincarla, además este año tenemos mas trabajo.

Su madre se quedaría en casa y no podría “aportar su granito de arena” pues debía cuidar de la pequeña Rogelia y sus dolencias y además se encontraba embarazada por cuarta vez.

-Vamos levanta, ¿Qué te pasa?.

-Nada padre, me duele mucho el oído y no he dormido nada. Dijo Luz levantando la cabeza.

-Joder, menuda mierda, ten hijas, ¿para qué?, vosotras solo dais problemas.

Luz se incorporó, y bajo ningún concepto se le ocurriría decirle que también tenía fiebre, pues debía dar el cayo como un hombre y suplir la carencia del hijo barón, aún siendo una niña de siete años. Echó el día como pudo y al regresar a casa su cuerpo se rindió, ni reponer fuerzas con algo de comer pudo, subió a su cama y cayó inconsciente en un sueño del que le daba igual despertarse o no, casi mejor no.

Llegó el día siguiente, y sin saber cómo y casi milagrosamente, el cuerpo de Luz había aguantado las fiebres y el dolor; despertó sintiéndose atolondrada, pues seguía con la temperatura muy alta. Aquella mañana, su abuela había ido a casa para echar una mano a su madre y en cuanto vió a Luz se acercó a ella asustada, pues la cara de la niña era la cara de la muerte misma. Tocó con ternura su frente y no hubo duda.

- Lorenza, esta niña tiene fiebre, mira que cara tiene, le arde la frente. Señaló su abuela.

-¡Qué va a tener fiebre!, que no quiere hincarla y ya no sabe qué hacer para zafarse. Sentenció Lorenza.

-Hija, ¿qué te pasa, qué te duele?. Preguntó su abuela mirando a Luz.

-Nada abuela, me duele un poco el oído y la cabeza.

Su abuela rodeó su cara con ambas manos, transmitiendo a Luz un cariño prácticamente desconocido salvo por sus abuelos, y le giró la cabeza, observó su oído y vió como estaba hinchado y supuraba un líquido maloliente.

-¡Lorenza, esta niña tiene un infección de órdago!, hay que llevarla a la Casa de Socorro, la fiebre la está consumiendo, ¿no lo ves?.

Su madre la miró con hastío y sentenció:

-Pues si está tan mala que vaya donde el practicante, que para eso tiene dos piernas.

-Pero mujer, ¿no ves que no se tiene en pie?. Su abuela no podía dar crédito a tal indiferencia.

-Anda Luz, vístete hija, que te llevo a la Casa de Socorro.

-Mira que bien, hoy ya te libras de la aceituna. ¿Es lo que querías, no?, ¡qué bonica!. Aquel tono de asco era de lo mas normal para Luz. Así que sin mirar a su madre, obedeció y subió como pudo a vestirse, mientras su abuela la esperaba con un sentimiento de pena e impotencia.

Ambas, abuela y nieta se abrigaron bien y salieron en dirección a la Calle Mayor, que era la calle principal del pequeño pueblo donde vivían y donde se encontraban prácticamente todos los edificios públicos. Al llegar a la Casa de Socorro, su abuela la acompañó a la sala de espera para sentarla en uno de los bancos de madera que había dispuestos para tal efecto, y fue a sacar número para que atendieran a la niña. Le llegó el turno a Luz, el doctor las hizo pasar a la consulta y fue su abuela quién tuvo que explicar los síntomas de la niña, pues Luz estaba ya prácticamente con un pie en el otro barrio. Don Lutecio, el médico, reconoció a la niña y efectivamente se escandalizó cuando observó aquel oído completamente hinchado y supurando, tomó la temperatura a Luz, 39,3ºC…

El doctor tendió a Luz en la camilla de la consulta, y para asombro de su abuela, salió de la habitación como un resorte.

- ¡Camila, Camila, Camila!. Gritaba Don Lutecio en busca de la practicante.

-¡Trae una vía y suero, hay que inyectar urgentemente antibiótico!.

Don Lutecio regresó a la consulta y mientras preparaba a la pequeña para tratarla, su abuela asustada preguntaba al doctor qué pasaba, qué tenía su nieta…

Don Lutecio, explicó a su abuela que la niña sufría de una grave infección en el oído que había pasado a la garganta y a la nariz.

-¿Cuánto tiempo lleva así la niña?.

-Pues al menos dos días que yo sepa, ayer estuvo la niña en la aceituna y ya tenía fiebre y dolor de oído y cabeza.

-¡Por dios! ¿Cómo se le ocurre a sus padres llevarla a la aceituna con fiebre y con el frío que está haciendo estos días?.

-La niña ya lleva diez días de aceituna…

-¿Cómo que diez días?, ¿es que no va al colegio?, pero si tiene solo siete años…¡Qué barbaridad!.

- No sé qué decirle doctor, sus padres la sacan del colegio todos los inviernos para la campaña de aceituna desde hace dos años, a ella y a su hermana mayor Amelia…

En aquellos años, nadie osaba contradecir la forma de educar de los progenitores, los niños quedaban a merced de lo que éstos quisieran hacer con ellos, pero cualquiera con dos dedos de frente con o sin estudios era capaz de ver cuándo los niños estaban en malas manos o sufriendo tratos vejatorios y abusivos. Pero ¿a quién recurrir?...

El doctor miraba a la niña con gesto de compasión, mientas él y Camila, le inyectaban el antibiótico y le ponían la vía con suero.

-Señora, su nieta deberá quedarse aquí al menos hasta esta noche, tenemos que asegurarnos de bajarle la fiebre y ver si remite la infección, después le recetaremos un tratamiento que deberá seguir al menos un mes y sobre todo evitar que le entre agua en el oído. Si quiere puede ir a avisar a sus padres de la situación de Luz, aquí se queda en buenas manos.

La abuela se sonrió pensando que eso si era cierto, ahora mismo no había un lugar mas seguro para su nieta que aquella consulta, ni mejores manos que las de aquellas personas.

-Si doctor, voy a avisarlos pero regreso enseguida, no quiero dejarla sola.

-Muy bien Señora, y si es posible tráigale algo de sopa caliente para cuando despierte la niña, está muy débil y deshidratada por la fiebre, aun no entiendo cómo ha aguantado su cuerpo.

-Es una criatura fuerte. Comentó su abuela mientras le acariciaba la mano a Luz justo antes de salir de la habitación.

La abuela Maruja volvió a la casa de su hijo, y nada mas entrar escuchó unas voces que venían de la cocina trasera, eran su hijo Isidro y su mujer Lorenza.

-A ver porqué coño tiene que llevarla a la Casa de Socorro.

-La nenilla mona, que decía que tenía fiebre…

-Pues ayer echó el día de aceituna, tan mal no estará…

-¿Qué quieres que te diga?, tu madre, ha sido cosa de tu madre, ha venido y tu hija se ha aprovechado para librarse hoy de echar el jornal…

Isidro acababa de llegar de la gasolinera del pueblo vecino, pues allí, en Trasvilla no había. Había hecho acopio de gasoil para el tractor al menos para dos semanas y se había encontrado el percal, le faltaba un peón.

-Isidro, tu hija está ingresada en las urgencias de la Casa de Socorro. Dijo la abuela mientras miraba de reojo a Lorenza.

-Tiene una infección de oído que se le ha extendido a la nariz y la garganta, y allí se ha quedado delirando por las fiebres altas. Así que guarda una de las mulas, porque hoy no os va a hacer falta para que Luz vaya a la aceituna. Yo solo he venido para prepararle un caldo caliente para cuando se despierte.

La familia de Luz contaba con un tractor para trabajar las tierras que siempre conducía Isidro, y el medio de transporte mas utilizado para manejarse del pueblo al campo y viceversa eran las mulas, donde las niñas montaban cada mañana bajo la rasca invernal hasta llegar al tajo de aceituna.

La abuela se puso manos a la obra mientras Isidro y Lorenza guardaban silencio y salían de la cocina trasera. Según se iban alejando se escuchaba maldecir a Isidro por toda aquella situación.

-¡joder que mierda!, ¡me cago en todo!, ¡Amelia guarda la mula hoy te vienes conmigo en el tractor!. Amelia obedeció, sabía que en aquella casa lo mejor era oír, ver y callar. Sobre la salud de Luz, ni Lorenza ni Isidro dieron cuenta alguna.

Aquella noche, tras recibir el alta en la casa de socorro, Luz pasó la noche en casa de Mamaruja, como llamaba con cariño a su abuela, que pasaría todo el tiempo velando el sueño de la niña mientras comenzaba a recuperarse de la tremenda infección. Sola, Luz estaría siempre sola, los abuelos no son eternos, ¿quién velaría entonces por la niña, quién protegería a su nieta?.

Verano de 1964.

Luz pasaba los días realizando sus labores lo mejor que podía, pero de vez en cuando también sacaba tiempo para jugar o distraerse, sobre todo cuando el campo no necesitaba tanta atención.

El domingo era un buen día para las niñas, pues por la mañana acudían a misa y después podían disfrutar de tiempo libre antes de ir a comer a la casa de Papantón y Mamaruja. Esa mañana Amelia, Luz y la sobreprotegida Rogelia acudieron a misa con sus padres y después jugaron durante un rato en el jardín del pueblo; cuando llegó la hora de comer, todos se dirigieron a casa de los abuelos y allí disfrutaron de una buena y abundante comida, y de la sobremesa con los dulces caseros que siempre tenía preparados Maruja. Mientras los hombres daban cuenta de los licores y dulces, Lorenza por su parte se acostaba a echar la siesta, pues ya hacía diez días que había salido de cuentas y el parto de su cuarta criatura era inminente.

El abuelo Antón, llamó a sus dos nietas mayores, pues Rogelia aún era muy pequeña para hacer recados. Se había quedado sin tabaco y dió dinero a las niñas para que fueran al estanco a comprar un paquete de Celtas y con lo que sobraba siempre podían comprarse chucherías. Amelia y Luz salieron a la calle y allí se encontraban jugando algunos compañeros de colegio de las niñas; Luz seguía criándose muy delgada por lo que su nariz mas bien larga resaltaba sobre su cara finita, y cómo no, los motes entre los niños para chincharse unos a otros estaban a la orden del día, el mote de Luz: “Pinochillo seco”.

Cuando regresaban del estanco con el tabaco del abuelo y algunas chucherías, los niños comenzaron a chinchar a Luz.

-¡Pinochillo seco, Pinochillo seco…!¿A que no nos pillas?….¡Jajaja!, ¡Pinochillo seco, Pinochillo seco…!

Mas por juguesca que porque en realidad le molestara el mote, Amelia y Luz comenzaron a perseguir a sus compañeros correteando alrededor de los troncos de los árboles, pero entre tanta algarabía y carreras Luz tropezó dándose de bruces contra uno de los troncos rompiéndose la nariz y comenzando a sangrar profusamente. Rápidamente Amelia la recogió del suelo y la llevo a casa de los abuelos mientras Luz solo repetía:

-¡Que no se enteren ni padre ni madre que me matan, Amelia que no se enteren por favor!.

Entraron a la casa de los abuelos por la puerta de los corrales y mientras Luz permanecía sentada en el tranco, Amelia entró a buscar a su abuela, pero se topó con su abuelo y su padre que se encontraban fumando en la parte trasera de la casa porque el olor a tabaco molestaba a Lorenza y a su embarazo.

-¿Qué te pasa Amelia?.

-Nada abuelo, ¿dónde está Mamaruja?.

-Pues no lo sé, estará dentro con tu madre. Espera que las llamo.

-¡No abuelo, no!.

Ya era tarde, Antón llamó a voces a las dos mujeres, que estaban sentadas en el sofá del salón; Lorenza acababa de despertarse de la siesta que al parecer no le había sentado muy bien.

-A ver, ¿Qué pasa ahora Amelia?.

-Nada madre, no pasa nada.

-Entonces ¿a qué viene esa cara?.

-Nada madre, que Luz se ha tropezado y se ha dado un golpe en la nariz. Ya no pudo esconderlo, era ella o su hermana y Amelia sentía terror ante sus padres, lo sentía en el alma pero no quería recibir una paliza por ocultar el resultado de una travesura infantil.

Como un resorte su madre salió a los corrales y allí vió a Luz con la cara ensangrentada, pero sobre todo con cara de terror al ver llegar a su madre, no era a ella a quién esperaba ver...

-¡Isidro, ven aquí. Tu hija, mira qué bonica viene!.

-No madre, solo me he tropezado, no es nada.

Su padre apareció y se encontró la escena de su hija sangrando por la nariz asustada y su mujer riéndose.

-¿Pero qué te ha pasado?.

Amelia salió junto a su hermana para explicar que se habían entretenido jugando con unos compañeros de clase y Luz se había tropezado contra un tronco mientras daban vueltas en los árboles.

-¡jajajajaja!, ¡Vaya tela! Encima de inútil tu hija ha salido imbécil. Amor de madre...

-Lorenza, deja a la chiquilla que bastante tiene. Su abuela intentó mediar, pero solo consiguió que su nuera se riera mas, algo que enfureció a su hijo.

-¡Si eres idiota nena, si!. Isidro se fue hacia su hija con la mano levantada para abofetearla, mientras Amelia intentaba que no hicieran mas daño a su hermana sin éxito.

-¡”zas,zas,zas…”!. Las bofetadas resonaron en los corrales, pero entonces Antón cogió la mano de su hijo que se disponía a seguir con el correctivo porque su hija de ocho años se había caído jugando.

-¡Basta ya Isidro!. Déjala en paz, Maruja llévate a la zagala dentro y cúrale esa nariz.

Así lo hizo Maruja, se llevó a Luz para curarle la herida, mientras el abuelo Antón cogía a Amelia de la mano para tranquilizarla.

-No te preocupes cariño, tu hermana estará bien. ¿Bueno, y mi tabaco?. Dijo con cara sonriente.

-Y sobre todo ¡las chuches!...Cuando tu abuela termine de curar a tu hermana os salís a la puerta y os las coméis ¿vale?. PapAntón consiguió que el miedo pasara.

Maruja curó con cariño la nariz de su nieta y paró el sangrado fácilmente, pues a pesar de que Luz era de constitución fina, tenia la fortaleza de diez personas. Después salió a la puerta junto a Amelia y ambas compartieron las chucherías como si no hubiera pasado nada. Al final casi resulta ser un feliz Domingo.

Nació Mariana, la cuarta hija. Lorenza había traído al mundo a otra niña. Debía empezar a asumir que la llegada de un hijo barón ya no estaba en sus manos, ni en las de nadie, pues comenzaba a tener una edad y este último embarazo había resultado un infierno, no solo para ella, sino para sus dos hijas mayores a las que hizo la vida imposible durante la espera para saber si por fin el ansiado heredero llegaba; Rogelia tuvo la suerte de vivir unos primeros años tranquilos, siempre débil, siempre sobreprotegida, reservaban las tareas mas tediosas para Amelia y Luz.

Este nacimiento resultó ser un punto de inflexión en la vida de Luz, la culpabilidad de su madre se iba disipando y el rencor y la desesperación de su padre también se convirtió en resignación. De este modo las cosas comenzaron a calmarse en casa, cada una de las niñas sabía cuales eran sus obligaciones y tareas, y en la medida de lo posible cuando algo no se realizaba de forma correcta o a tiempo o como los padres querían, los “correctivos” no eran tan duros ni tan continuados, el carácter de Isidro y Lorenza comenzó a suavizarse y al fin empezaban a humanizarse.

<PULSO DÉBIL>

Comenzaban a bajar las temperaturas, llegaba el tiempo del otoño, la caída de las hojas y las castañas y así como en la vida de Luz habían ocurrido cosas que partirían el alma a cualquiera, también había ocasiones para las anécdotas y bromas.

Una tarde, reunida toda la familia en casa alrededor de la mesa camilla, que ya vestía las faldillas y bajo la que se disponía el brasero de ascuas, las niñas se divertían comiendo castañas y asándolas en aquel brasero entre risas; Luz colocaba castañas sobre las brasas sin darse cuenta que a una de ellas no le había hecho el pequeño corte en el lateral, y mientras esperaban que esa “moliná” de castañas estuviera a punto, sobre la mesa las hermanas jugaban a cartas entretenidas y felices; aunque esos momentos ya comenzaban a ser mas continuos, seguían siendo atesorados por las niñas que ahora si se sentían como tales. En ello estaban cuando de pronto se escuchó un crepitar extraño y una pequeña explosión que apenas percibieron, cuando de pronto, Luz se levantó dando saltos de su silla.

-¡Ay, ay, ay! ¡que me quemo! ¡ay, ay, ay!...Al principio todos se asustaron pero seguidamente las risas comenzaron al ver que Luz se había levantado inesperadamente porque esa traviesa castaña que se había colado en el brasero sin cortar le había saltado a la entrepierna; fue mas el susto que se llevó Luz que lo que realmente había pasado, pues apenas se había quemado una pizca en el muslo derecho.

-¡no me pongo mas vestidos en mi vida!...Dijo Luz entre risas también; y todas continuaron de forma animada jugando y asando castañas, pero esta vez muy atentas para que no pusieran a asar ninguna otra sin su correspondiente corte, hasta que “el hombre de la casa” llegara del bar para cenar.