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Ejemplo inmejorable de cómo los genios de la ciencia pueden ser sumamente atractivos y divertidos, "¿Qué te importa lo que piensen los demás?" es, al igual que "¿Está usted de broma, Sr. Feynman?" publicado también en Alianza Editorial, una transcripción de las conversaciones que este físico sin par mantuviera con Ralph Leighton. Las divertidísimas anécdotas que ponen de manifiesto el sentido del humor de Richard Feynman, se completan con un fascinante relato de la investigación que siguió a la explosión del transbordador espacial Challenger en 1986 y la manera como Feynman ilustró las causas del desastre mediante un elegante experimento consistente en algo tan sencillo como sumergir un anillo de goma en un vaso de agua fría.
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Seitenzahl: 351
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Richard P. Feynman
¿Qué te importalo que piensen los demás?
Nuevas aventuras de un curioso personaje como le fueron referidas a Ralph Leighton
Traducción de Luis Bou García
Prefacio
1. Un curioso personaje
Así se hace un científico
¿Qué te importa lo que piensen los demás?
Tan sencillo como contar
Salir adelante
Hotel City
¿Quién diablos es Herman?
¡Feynman, cerdo machista!
Acabo de estrecharle la mano, ¿puedes creerlo?
Cartas, fotos y dibujos
2. El señor Feynman va a Washington: Investigación del desastre del transbordador espacial Challenger
Preliminares
Suicidio
Los fríos hechos
¡Ojo a las seis!
«Pies planos»
Cifras fantásticas
Un apéndice inflamado
La décima recomendación
Reunión con la prensa
Retrospectiva
Apéndice F: Observaciones personales relativas a la fiabilidad del transbordador
Epílogo. El valor de la ciencia
El valor de la ciencia
Créditos
La publicación de ¿Está usted de broma, Sr. Feynman? hace necesario explicar aquí un par de cosas.
Primera, aunque el personaje de este libro es el mismo de entonces, las «aventuras de un curioso personaje» son aquí un tanto diferentes: aunque las hay ligeras y las hay trágicas, la mayor parte de las veces el Sr. Feynman casi nunca está de broma..., si bien muchas veces resulta difícil saberlo.
En segundo lugar, la ilación de las historias de este libro es más laxa que en Está usted de broma..., donde fueron dispuestas cronológicamente para darles apariencia de orden (lo cual produjo en algunos lectores la errónea impresión de que se trataba de una autobiografía). Los motivos que me inspiran son sencillos: desde que empecé a oír anécdotas de Feynman, he sentido siempre un fuerte deseo de compartirlas con otras personas.
Finalmente, a diferencia de las anteriores, la mayor parte de estas historias no me fueron referidas durante sesiones de tambor. Desarrollaré este aspecto en el breve resumen siguiente.
La primera parte, «Un curioso personaje», comienza describiendo la influencia de quienes más conformaron la personalidad de Feynman: su padre, Mel, y su primer amor, Arlene. La primera historia es una adaptación de «The Pleasure of Finding ThingsOut» («El placer del descubrimiento»), un programa de la BBC producido por Christopher Sykes. A Feynman le resultaba penoso referir la historia de Arlene, de donde ha sido tomado el título de este libro. Por ello, fue ensamblada a lo largo de los últimos diez años a partir de fragmentos de seis historias diferentes. Cuando por fin quedó completa, Feynman la encontró especialmente de su agrado, y se mostró muy gozoso y dispuesto a compartirla con otros.
Las otras historias de Feyman de que consta la primera parte, más ligeras de tono en general, figuran aquí porque ya no podrá haber un segundo volumen de Está usted de broma... Feynman estaba particularmente orgulloso de «Tan sencillo como contar», tanto que tuvo intención de publicar esta historia como un artículo de psicología. Las cartas del último capítulo de la primera parte me fueron amablemente facilitadas por Gweneth Feynman, Freeman Dyson y Henry Bethe.
La segunda parte, «El Sr. Feynman va a Washington» es, por desdicha, la última de sus aventuras. La historia es especialmente larga porque su contenido aún conserva actualidad. (Han aparecido versiones abreviadas en Engineering and Science y en Physics Today). No fue publicada antes porque Feynman hubo de sufrir su tercera y cuarta operaciones quirúrgicas –más radiación, hipertemia y otros tratamientos– después de prestar servicios en la Comisión Rogers.
La batalla de Feynman contra el cáncer, que se prolongó todo un decenio, concluyó el 15 de febrero de 1988, dos semanas después de impartir su última clase en Caltech. He querido incluir uno de sus más elocuentes e inspiradores discursos, titulado «El valor de la ciencia», a modo de epílogo.
Ralph Leighton
Marzo de 1988
Tengo un amigo pintor; a veces sostiene opiniones que no comparto. Toma una flor y te dice: «Mira qué hermosa es», y yo me muestro de acuerdo. Pero entonces añade: «Yo, como pintor que soy, puedo ver cuán hermosa es una flor. En cambio tú, como científico, la analizas y la haces pedazos, y su belleza se esfuma». A mí me parece que está un poco chiflado. Ante todo, la belleza que él veestá al alcance de otras personas, y también de mí, estoy seguro. Aunque es muy posible que estéticamente yo no sea tan refinado como él, sé apreciar la belleza de una flor. Pero, al mismo tiempo, veo en la flor mucho más que él. Puedo imaginarme las células de su interior, que también tienen una cierta belleza, pues no sólo hay belleza a la dimensión de centímetros; también existe en dimensiones mucho menores, como por ejemplo, en las complicadas acciones de las células y en otros procesos.
El hecho de que el colorido de las flores haya evolucionado con el fin de atraer insectos que las polinicen es interesante: supone que los insectos pueden ver los colores. Lo cual plantea una cuestión: ¿existe también en los seres inferiores el sentido estético que nosotros poseemos? Del conocimiento de la ciencia emanan toda clase de preguntas interesantes, que aportan a la flor misterio, excitación y sobrecogida admiración. La ciencia siempre suma. No se me alcanza cómo puede restar.
Ya desde niño he sido muy parcial en lo tocante a la ciencia. Cuando era más joven concentré en ella casi todo mi esfuerzo. Por aquel entonces no tenía tiempo, ni tampoco mucha disposición, para aprender lo que se conoce por «humanidades». A pesar incluso de que había en la universidad cursos de humanidades, que era preciso aprobar para graduarse, hice todo cuanto pude por escapar de ellos. Sólo más tarde, más maduro y relajado, me he dispersado un poquito. He aprendido a dibujar y he leído un poquitín, pero la verdad es que sigo siendo una persona muy polarizada y lo que sé no es gran cosa. Mi inteligencia es limitada y yo la utilizo en una dirección concreta.
Antes de que hubiera nacido, mi padre ya le dijo a mi madre: «Si es chico, será científico»1. Siendo yo un mocoso muy pequeñín, sentadito en mi silla alta, mi padre trajo a casa un montón de teselas de baldosines de cuarto de baño, de diversos colores. Jugábamos con ellas. Mi padre las colocaba verticalmente, como fichas de dominó, y yo derribaba la de un extremo para ver cómo se caían todas.
Después, pasado algún tiempo, yo le ayudaba a colocarlas. Muy pronto estuvimos disponiéndolas de formas más complicadas: dos teselas blancas y una azul, dos blancas y una azul, y así sucesivamente. Cuando mi madre vio aquello, dijo:
–Deja en paz al pobre niño. Si le apetece poner una azul, que la ponga.
Pero mi padre dijo:
–No, quiero hacerle ver cómo son las regularidades y lo muy interesantes que resultan. Es una especie de matemática elemental.
Así que comenzó muy pronto a hablarme del mundo y de lo interesante que es.
Teníamos en casa la Enciclopedia Británica. De pequeño, mi padre solía sentarme en sus rodillas y leerme fragmentos, de los dinosaurios, por ejemplo. En ella se hablaba, pongamos por caso, del Tyrannosaurus rex, y decía algo así como: «Este dinosaurio tiene siete metros y medio de alto y su cabeza, un metro ochenta de ancha.» Entonces mi padre interrumpía la lectura y decía:
–Bueno, veamos ahora qué significa eso. Quiere decir que si el dinosaurio estuviera en el jardincito que hay delante de casa, sería lo bastante alto como para meter la cabeza por nuestra ventana, aquí arriba. (Estábamos en el segundo piso.) Pero la cabeza sería demasiado ancha para entrar por el hueco.
Siempre procuraba traducir a alguna realidad todo cuanto me leía.
Resultaba apasionante, y muy, muy interesante, pensar que hubiera animales de semejante magnitud, que todos hubieran muerto y que nadie supiera por qué. A mí no me daba miedo que pudiera llegar alguno hasta mi ventana. De mi padre aprendí a traducir; en todo cuanto leo procuro averiguar lo que de verdad significa, lo que realmente se está diciendo.
Solíamos ir a los Montes Catskill, que era un lugar frecuentado por la gente de Nueva York, durante el verano. Los padres de familia tenían todos que volver a la ciudad, a trabajar, y sólo pasaban allí los fines de semana. Era entonces cuando mi padre me llevaba de paseo por los bosques y me contaba las muchas cosas interesantes que ocurrían en ellos. Al ver las otras madres lo que hacíamos, les pareció algo maravilloso y pensaron que los demás padres deberían también llevar a sus hijos de paseo. Trataron de convencerlos, pero al principio se negaron. Entonces quisieron que mi padre se llevase a todos los chiquillos, pero él no aceptó, porque tenía conmigo una relación muy especial. La cosa acabó en que los otros padres tuvieron que sacar de paseo a sus hijos el fin de semana siguiente.
El lunes, después de que todos los padres hubieran vuelto al trabajo, estábamos los niños jugando en un campo, cuando uno de los chicos va y me dice:
–¿Ves aquel pájaro? A ver, ¿qué clase de pájaro es?
–No tengo la menor idea –le respondí.
–Es un tordo petimarrón. ¡Tu padre no te enseña nada! –me reprochó.
Pero era exactamente todo lo contrario. Él ya me había enseñado:
–¿Ves aquel pájaro? –me decía–. Es un gorgeador de Spencer. (Yo sabía ya que él no conocía su verdadero nombre.) Bueno, en italiano es Chutto Lapittida; en portugués, Bon da Peida; en chino, Chun-lon-tah, y en japonés, Katano Tekeda. Puedes conocer el nombre de ese pájaro en todos los idiomas del mundo, pero cuando termines de aprendértelos no sabrás absolutamente nada del pajarillo. Tan sólo sabrás algo acerca de los humanos de diferentes lugares: de cómo le llaman al pájaro. Así que observemos el pájaro y veamos qué está haciendo, eso es lo que importa.
Aprendí muy pronto la diferencia entre «algo» y «saber algo». Me decía:
–Por ejemplo, fíjate: el pájaro está constantemente picando entre sus plumas. ¿Ves cómo hace, ves que va caminando y al mismo tiempo picándose el plumaje?
–Sí.
Y entonces me preguntaba:
–¿Por qué piensas que los pájaros se picotean entre las plumas?
–Bueno –respondía yo–, a lo mejor es que se les desordenan al volar, y luego vuelven a colocárselas con el pico.
–Muy bien –me decía–, si así fuera, se picarían las plumas justo después de haber estado volando, y después de haber estado un rato posados en el suelo, ya no se las picarían tanto. ¿Entiendes lo que quiero decir?
–Sí.
–Fijémonos a ver si se picotean más cuando se posan en el suelo.
Era difícil de decir: no parecía haber mucha diferencia entre los pájaros que llevaban un ratito andando por el suelo y los que acababan de aterrizar. Así que dije:
–Me rindo. ¿Por qué se pican los pájaros las plumas?
–Porque les molestan los piojos –me contesta–. Los piojos se comen los copos de proteínas que se desprenden de las plumas. –Y continuó–: Cada piojo tiene en las patas una sustancia cerosa que sirve de alimento a otros ácaros más pequeños. Los ácaros no pueden digerirla por completo, por lo que emiten por su extremo posterior una sustancia parecida al azúcar, donde se crían bacterias.
Finalmente me dice:
–Así que ya ves, allí donde hay una fuente de sustento hay alguna forma de vida que la descubre y la aprovecha.
Ahora, yo sabía que tal vez no fueran exactamente piojos lo que tuviera el pájaro, que tal vez no fuera del todo exacto que en las patas de los piojos se criasen ácaros. Esa historia era, probablemente, incorrecta endetalle, pero la explicación era correcta en principio.
En otra ocasión, siendo yo mayor, arrancó una hoja de un árbol. Tenía esa hoja un defecto, algo en lo que no solemos fijarnos, y daba la impresión de estar estropeada; tenía una pequeña línea marrón en forma de C, que arrancaba más o menos del centro de la hoja y se dirigía hacia el borde formando un rizo.
–Fíjate en esta línea marrón –me dijo–. Es estrecha al principio, y se va ensanchando conforme avanza hacia el borde. La causa de esto es una mosca, una mosca azul, de ojos amarillos y alas verdes, que ha venido y ha puesto un huevo en esta hoja. Después, cuando el huevo hace eclosión, sale una larva, un ser parecido a una oruga, que se pasa toda la vida comiéndose esta hoja, porque en ella es donde encuentra su alimento. Conforme se la va comiendo, va dejando en pos un rastro de hoja comida, y al crecer la larva, el rastro se ensancha, hasta que llega al tamaño máximo cuando alcanza al extremo de la hoja, donde se convierte en una mosca, una mosca azul, de ojos amarillos y alas verdes, que se aleja volando y pone un huevo en otra hoja.
Lo mismo que antes, yo sabía que los detalles no eran exactamente correctos –podía incluso haber sido un escarabajo–, pero la idea que estaba tratando de comunicarme era la parte amena de la vida: que toda ella consiste en la reproducción. Poco importa cuán complicado sea el asunto, ¡lo fundamental es hacerlo otra vez!
Como yo no tenía experiencias con demasiados padres, no me daba cuenta de lo muy notable que era el mío. ¿Cómo pudo aprender los principios profundos de la ciencia y adquirir el amor por ella, lo que se encuentra tras ella, el porqué de su valor y su importancia? Nunca se lo pregunté, porque daba por supuesto, sencillamente, que ésas eran cosas que los padres sabían.
Mi padre me enseñó a fijarme en las cosas. Un día estaba yo jugando con un «vagón expreso», que era una especie de carrito o vagoneta provisto de barandilla todo a su alrededor. Tenía dentro una pelota, y cuando tiraba del vagón, observé algo referente al movimiento de la pelota. Me fui a mi padre y le dije:
–Oye, papá, me he fijado en una cosa. Cuando tiro del vagón, la pelota rueda hasta el fondo del carrito. Y cuando lo estoy arrastrando y me paro de pronto, rueda hasta la parte delantera. ¿Por qué es eso?
–Eso, nadie lo sabe –me respondió–. El principio general es que las cosas que están en movimiento tienden a seguir moviéndose, y las cosas inmóviles tienden a quedarse quietas, a menos que se las empuje con fuerza. Esa tendencia se llama «inercia», pero nadie sabe por qué es así.
Ahora, eso se llama comprender las cosas a fondo. Mi padre no se limitó a darme un nombre. Y siguió diciendo:
–Si se mira desde el costado, verás que es el fondo del vagón lo que empujas contra la pelota, y que ésta se queda quieta. En realidad, a causa del rozamiento, la pelota ha empezado ya a moverse un poquito con relación al suelo. La pelota no se mueve hacia atrás.
Volví corriendo a mi vagoncito, coloqué otra vez la pelota y tiré del vagón. Al mirar desde el costado, comprobé que mi padre, efectivamente, tenía razón. Con respecto a la acera, la pelota se había movido un poquitín.
Así es como fui educado por mi padre, con ejemplos y explicaciones como aquéllos. No había presión; sólo explicaciones amables e interesantes. Me han servido de motivación para el resto de mi vida, y me han hecho interesarme por todas las ciencias. (Lo que pasa es que soy más diestro haciendo física.)
Fui atrapado, por así decirlo, lo mismo que alguien a quien se le ha dado de niño algo maravilloso, y luego se pasa la vida buscándolo otra vez. Estoy siempre buscando, como un niño; buscando las maravillas que sé que he de encontrar; no siempre, quizás, pero sí de vez en cuando.
Más o menos por entonces, mi primo, que era tres años mayor que yo, estaba haciendo el último año de secundaria. El álgebra le resultaba de una dificultad considerable, por lo que fue preciso ponerle profesor particular. A mí me dejaban quedarme sentado en un rincón mientras el profesor trataba de enseñarle álgebra a mi primo. Yo les oía hablar de «x».
Le dije a mi primo:
–¿Qué tratas de hacer?
–Estoy tratando de averiguar cuánto vale x en 2x+ 7=15.
–Quieres decir 4.
–Sí, pero tú lo hiciste por aritmética. Hay que hacerlo por álgebra.
Aprendí álgebra, pero, afortunadamente, no fue yendo a la escuela, sino porque descubrí un viejo texto escolar de mi tía allá en el ático, gracias al cual comprendí que lo importante es averiguar cuánto vale la x, y que es indiferente cómo se haga. Para mí no había diferencia entre hacerlo «por aritmética» y hacerlo «por álgebra».
«Hacerlo por álgebra» consistía en aplicar un sistema de reglas, que seguidas ciegamente producían la solución: «restar 7 de ambos miembros; si hay coeficiente, dividir los dos términos por el coeficiente», y así sucesivamente; son una serie de pasos mediante los cuales podía uno obtener la solución aunque no comprendiera qué se pretendía hacer. Las reglas habían sido inventadas con el fin de que todos los que tienen que estudiar álgebra puedan aprobarla. Y por eso mi primo nunca fue capaz de hacer cálculos algebraicos.
Había en la biblioteca local una serie de libros de matemáticas: Aritmética para personas prácticas, Álgebra para personas prácticas y Trigonometría para personas prácticas. Yo aprendí trigonometría con ese libro, pero pronto la olvidé, porque no la comprendía muy bien. Cuando tenía unos trece años, la biblioteca estaba a punto de recibir Cálculo diferencial para personas prácticas. Para entonces ya sabía, por haberlo leído en la enciclopedia, que el cálculo diferencial era una materia de importancia e interés, y que yo debía aprenderlo.
Cuando por fin vi el libro de cálculo en la biblioteca, me entró una gran inquietud. Fui a pedírselo a la bibliotecaria, pero ella me miró y me dijo:
–No eres más que un niño. ¿Para qué te vas a llevar este libro?
Fue una de las pocas veces en que fue tanta la incomodidad que sentí, que me vi obligado a mentir. Dije que era para mi padre.
Me llevé el libro a casa y comencé a estudiar el cálculo diferencial en él. Me pareció relativamente sencillo y directo. Mi padre empezó a leerlo, pero lo encontró confuso y no logró entenderlo. Así que intenté explicarle el cálculo diferencial. No sabía yo que él tuviera límites, y eso me irritó un poquito. Por primera vez me daba cuenta de que en ciertos aspectos había aprendido más que él.
Además de la física –fuese correcta o no–, otra de las enseñanzas de mi padre consistió en hacerme desdeñar cierta clase de cosas. Por ejemplo, cuando yo era pequeño, él me sentaba en sus rodillas y me mostraba los fotograbados del New York Times, que eran las figuras impresas que acababan de aparecer en los periódicos. En una ocasión estábamos mirando una imagen del Papa, con todo el mundo inclinándose ante él. Mi padre dijo:
–Fíjate ahora en esos humanos. He aquí un humano plantado ahí en medio, y todos los demás doblándose ante él. ¿Y en qué consiste la diferencia? En que éste es el Papa –por la razón que fuere, mi padre odiaba al Papa– y toda la diferencia con los demás es esa especie de sombrero que lleva. –Si se trataba de un general, la diferencia serían las charreteras. Siempre era la vestimenta, el uniforme, la posición–. Pero –dijo– este hombre tiene los mismos problemas que todos los demás: tiene que comer, tiene que ir al aseo, como los demás. No es más que un ser humano.
Lo cierto es que mi padre trabajaba en el negocio de confección de uniformes, por lo que sabía cuál era la diferencia entre un hombre sin uniforme y un hombre con el uniforme puesto: para él eran lo mismo.
Estaba contento de mí, estoy convencido. Una vez, empero, cuando volví del MIT2, donde fui estudiante varios años, me dijo:
–Ahora que eres una persona bien enterada de estos asuntos, hay una cuestión que siempre se me ha planteado y que nunca he entendido muy bien.
Le pregunté qué cuestión era ésa.
–Según entiendo, cuando un átomo efectúa una transición de un estado a otro emite una partícula de luz, llamada fotón –me dijo.
–Así es –le respondí.
–¿Y está previamente el fotón en el átomo? –me dice entonces.
–No, el fotón no está de antemano.
–Bueno –me dice–, ¿de dónde sale, entonces? ¿Cómo es que sale?
Me esforcé en explicárselo, en explicarle que el número de fotones no se conserva; que son creados justamente por el movimiento del electrón, pero no conseguí explicárselo muy bien. Dije:
–Es como el sonido que estoy produciendo ahora: no se hallaba previamente en mí.
(No le pasa así a mi niño pequeño, quien súbitamente anunció un buen día que ya no podía decir una determinada palabra –la palabra «gato»– porque en su «saco de palabras» se le había acabado esa palabra. No hay un saco de palabras que haga que las palabras se agoten al ir saliendo de él; de igual manera, no hay en los átomos un «saco de fotones.»)
No quedó satisfecho conmigo en ese tema. Jamás pude explicarle algo que él no comprendiera por sí mismo. Mi padre no tuvo éxito en eso: me envió a todas aquellas universidades para averiguar determinadas cosas, pero nunca llegó a poder saberlas.
Aunque mi madre no sabía nada de ciencia, también ejerció sobre mí una gran influencia. Tenía, en particular, un maravilloso sentido del humor, y aprendí de ella que las más altas formas de comprensión que podemos alcanzar son la risa y la compasión humana.
1. A pesar de este prejuicio de que sólo los chicos pueden llegar a científicos, Feynman tiene una hermana menor, Joan, que es doctora en física.
2. Massachusetts Institute of Techonology; Instituto de Tecnología de Massachusetts.
Siendo yo un mozalbete, más o menos de trece años, me enredé con un grupo de muchachos algo mayores que yo y más espabilados. Conocían a un montón de chicas, con las cuales solían salir. Muchas veces, a la playa.
En cierta ocasión en que estábamos en la playa, sucedió que casi todos los chicos se fueron con las mozas a un rompeolas. Yo estaba un poquito interesado por una chica en particular, y me parece que pensé en voz demasiado alta, «¡Jo!, ya me gustaría ir al cine con Bárbara...».
Eso era exactamente lo que tenía que decir, pero entonces el chaval que está a mi lado va, y todo excitado, salió corriendo por las rocas a buscar a la chica en cuestión. La trajo de vuelta a empujones, al tiempo que iba diciendo a voces todo el camino, «¡Bárbara, Feynman te quiere decir una cosa!». Fue de lo más embarazoso.
Bueno, enseguida todos los muchachos aquellos se apiñaron a mi alrededor y decían: «¡Venga, Feynman, suéltalo ya!». Así que la invité al cine. Fue mi primera cita.
Al llegar a casa se lo conté a mi madre. Ella me dio toda clase de consejos de cómo hacer esto y cómo hacer aquello. Por ejemplo, si tomábamos el autobús, yo tenía que bajar antes y ofrecerle a Bárbara mi mano. O si teníamos que andar por la calle, yo tenía que ir por la parte exterior. Mi madre me explicó incluso qué clase de cosas decir. Me estaba traspasando una tradición cultural; las mujeres enseñan a sus hijos a tratar bien a la siguiente generación de mujeres.
Después de la cena, me emperejilé de pies a cabeza y me fui a buscar a Bárbara a su casa. Ella todavía no estaba lista (siempre pasa igual), por lo que su familia me hizo esperarla en el comedor, donde estaban cenando con unos amigos... ¡un montón de gente!, que decían de mí cosas como «¡Qué rico es!», y otros comentarios por el estilo. No me sentía nada «rico». ¡Fue absolutamente horrible!
Me acuerdo perfectamente de aquella cita. Mientras nos dirigíamos a pie hacia el cine nuevo que acababan de abrir en el pueblo, hablábamos de tocar el piano. Yo le conté que siendo más pequeño me habían hecho estudiar piano durante un tiempo, pero que después de seis meses aún seguía tocando «El baile de las margaritas», y que no podía resistir más. Y es que, ¿saben?, estaba muy ansioso por no parecer afeminado, y tener que estar clavado durante semanas tocando «El baile de las margaritas» era demasiado para mí, así que lo dejé. Tan preocupado estaba por no parecer mariquita que me molestaba incluso que mi madre me enviase al mercado a comprar unos bocatines que se llamaban «Bonitos al pipermint» o «Delicias tostadas.»
Vimos la película y la acompañé de vuelta a su casa. La felicité por lo finos y bonitos que eran sus guantes. Finalmente, me despedí en la puerta de su casa. Bárbara me dijo:
–Muchas gracias por haberme hecho pasar una tarde encantadora.
–¡Bienvenida seas! –respondí yo. Me sentí fantásticamente.
En mi siguiente cita –fue con una chica distinta– la deseé buenas noches, y ella me contestó:
–Muchas gracias por haberme hecho pasar una tarde encantadora.
Ya no me sentí tan fantásticamente.
Cuando me despedí de la tercera chica con la que salí, ella abrió la boca a punto de hablar, pero yo le dije:
–Muchas gracias por haberme hecho pasar una tarde encantadora.
–Muchas gracias... ¡Uh...! ¡Oh...! ¡Sí...! ¡Uh...! ¡Yo también he pasado una tarde encantadora, muchas gracias!
En cierta ocasión estaba en una fiesta con la panda de la playa, y uno de los chicos mayores estaba en la cocina enseñándonos a besar, valiéndose de su chica para hacernos la exhibición: «Tenéis que poner los labios así, en ángulo recto, para que no os choquen las narices», y demás detalles. Así que vuelvo a la sala de estar y busco una chica. Allá estoy yo, sentado en un sofá, rodeándola con un brazo y practicando este nuevo arte, cuando de pronto se produce un revuelo por todas partes:
–¡Viene Arlene! ¡Viene Arlene!
Yo no sabía quién era Arlene. Entonces alguien dice:
–¡Ya está aquí! ¡Ya está aquí!
Y todo el mundo deja de hacer lo que estaba haciendo y salta para ver a esta reina. Arlene era muy guapa, y aunque yo podía comprender por qué era objeto de toda aquella admiración –bien merecida–, no me parecía correcta la antidemocrática conducta de dejar de hacer lo que uno estuviera haciendo sólo porque entrase la reina.
Así que mientras todo el mundo salió corriendo a ver a Arlene, yo seguí sentado con mi chica en el sofá.
(Arlene me dijo más tarde, después de haber logrado conocerla, que ella se acordaba de aquella fiesta, donde todos eran muy agradables excepto un tío que estaba en un rincón morreando con una chica. ¡Lo que ella no sabía es que dos minutos antes todos los demás estaban haciendo lo mismo!)
La primera vez que le dirigí la palabra a Arlene fue en un baile. Era una chica muy popular, y todo el mundo terciaba continuamente para bailar con ella. Recuerdo que pensé que también me gustaría bailar con ella, y que también me tenía que decidir a terciar yo. Siempre tenía dificultad en una cosa: cuando ella acababa de bailar con otro chico estaba siempre en la otra punta de la sala y resultaba demasiado complicado llegar hasta allí, así que uno esperaba a que ella se acercara. Pero entonces, cuando por fin está cerca, uno piensa: «Bueno, yo no domino este baile», y espera a que cambie la música. Cuando la música por fin es la que a uno le gusta, entonces hace algo así como dar un paso al frente –al menos, uno piensa haber dado un paso para pedir cambio de pareja–, justo cuando otro tipo se te cuela. Así que hay que esperar unos cuantos minutos más porque es descortés cortar el baile demasiado pronto. ¡Y para cuando han pasado esos minutos, se encuentran en el otro extremo de la sala, o ha cambiado la música, o lo que sea!
Después de una buena dosis de inseguridad y de ir de acá para allá, finalmente murmuré algo relativo a que me gustaría bailar con Arlene. Uno de los tipos con los que yo me juntaba me oyó y les anunció a los otros:
–¡Eh, tíos, prestad atención! ¡Feynman quiere bailar con Arlene!
Pronto el que estaba bailando con Arlene se acercó hacia nuestro grupo. Los compañeros me empujaron a la pista y entonces yo tercié. Pueden ustedes darse cuenta de mi estado de ánimo en las primeras palabras que le dije, que por cierto no tenían segunda intención:
–¿Qué se siente al ser tan popular?
Bailamos nada más unos minutos, porque enseguida alguien terció.
Mis amigos y yo habíamos estado yendo a clases de baile, aunque ninguno de nosotros estaba dispuesto a admitirlo jamás. En aquellos días de la Depresión, una amiga de mi madre trataba de ganarse la vida enseñándonos a bailar por las tardes en un estudio que había montado en el piso de arriba. La casa tenía una puerta trasera, y en ella había dispuesto las cosas para que los chicos jóvenes pudieran subir por atrás sin ser vistos.
De cuando en cuando se celebraba un bailecito de sociedad en el estudio de esta señora. No tuve valor para comprobar si era verdad el análisis siguiente, pero tengo la impresión de que las chicas pasaban mucho peor rato que los chicos. En aquellos tiempos, las chicas no podían pedir cambio de pareja y bailar con los chicos; eso «no estaba bien». Así que las chicas que no eran muy bonitas podían pasarse horas sentadas junto a la pared, más tristes que en el infierno.
Yo pensé: «Los chicos lo tienen fácil; tienen libertad para terciar cuando quieran». Pero no era tan fácil en realidad. Uno puede tener «libertad», pero no el coraje, o el sentido, o lo que haga falta para relajarse y disfrutar del baile. En lugar de eso, te haces un manojo de nervios, angustiado ante la perspectiva de pedir cambio de pareja o de tener que invitar a una chica.
Por ejemplo, si se veía a una chica que no estaba bailando y con la que te gustaría bailar, uno podía pensar, «¡Bueno! ¡Por lo menos ahora tengo una oportunidad!». Pero de ordinario era muy difícil. La chica solía decir: «No, gracias, estoy cansada. Me parece que en esta pieza me voy a quedar sentada». Así que uno se alejaba un tanto derrotado; bueno, no por completo, porque a lo mejor sí que estaba cansada de verdad; pero te dabas la vuelta y veías que se le acercaba algún otro chico, ¡y que ella salía a bailar con él! A lo mejor ese chico era su novio y ella estaba esperando a que viniera, o a lo mejor no le gusta tu aspecto, o cualquier otra cosa. Para ser algo tan sencillo, resultaba muy complicado.
En cierta ocasión decidí invitar a Arlene a uno de esos bailes. Era la primera vez que salía con ella. También mis mejores amigos estaban allí; mi madre les había invitado para que el estudio de baile de su amiga tuviera así más clientes. Estos chicos eran de mi edad y de mi escuela. Harold Gast y David Leff eran tipos de inclinaciones literarias; las de Robert Stapler, en cambio, eran científicas. Pasábamos juntos muchísimo tiempo al salir del cole, paseando y discutiendo de lo divino y de lo humano.
Sea como fuere, mis mejores amigos estaban en el baile, y en cuanto me vieron con Arlene me llamaron al guardarropa para decirme: «Oye, Feynman, queremos que sepas que nosotros nos damos cuenta de que esta noche Arlene es tu chica, y ninguno de nosotros va a molestarte por lo que a ella respecta. Para nosotros, como si estuviera vedado», y otras lindezas por el estilo. ¡Pero un momento más tarde, no había más que rivalidades y cambios de pareja, provocados precisamente por aquellos tíos! Aprendí entonces el significado de la frase de Shakespeare: «Creo que protestáis demasiado.»
El lector tiene que comprender cómo era yo por entonces: un personaje muy tímido, siempre incómodo, siempre inseguro, porque todo el mundo era más fuerte que yo; siempre temeroso de parecer afeminado. Todos los demás jugaban al béisbol; todos hacían toda clase de actividades atléticas. Si en algún sitio estaban jugando, se les escapaba una pelota y venía hacia mí, entonces me quedaba petrificado porque a lo peor tenía que devolverla..., y si la lanzaba, se desviaría por lo menos un radián de la dirección correcta, ¡y no llegaría ni a la mitad de la distancia! Entonces todos se reirían de mí. Era algo terrible; yo me sentía muy desgraciado.
Un día me invitaron a una fiesta en casa de Arlene. Allí estaba absolutamente todo el mundo, porque Arlene era la chica más popular de la zona: ella era la número uno, la más simpática, y le caía muy bien a todos. Bueno, allá estoy yo sentado en un sillón, sin nada que hacer, cuando llega Arlene y se sienta en el brazo del sillón para hablar conmigo. Fue el comienzo de ese sentimiento de «¡Ahora sí que el mundo es verdaderamente maravilloso! ¡Alguien que me gusta se ha fijado en mí!»
Por aquellos días, en la sinagoga de Far Rockaway había un centro juvenil para chicos judíos. Era un club grande, con muchas actividades. Había un grupo literario que escribía cuentos, que se los leían unos a otros; había un grupo teatral que preparaba y representaba obras; había un grupo científico y un grupo de arte. A mí tan sólo me interesaba lo científico, pero como Arlene estaba en el grupo de arte, también yo me apunté a él. Allí estuve luchando con la cosa artística, aprendiendo a hacer moldes de escayola del rostro y cosas así (que me sirvieron luego, mucho más adelante, en mi vida), sin más objeto que poder estar en el mismo grupo que Arlene.
Pero Arlene tenía allí un noviecito llamado Jerome, por lo que yo no tenía la menor posibilidad. Yo andaba rondando por allí, pero siempre en segundo término.
Un día, no encontrándome presente, alguien me propuso para presidente del club juvenil. Los mayores comenzaron a inquietarse, pues a la sazón yo era ateo declarado.
Me había criado en la religión judía. Mi familia iba a la sinagoga todos los viernes, y a mí me enviaban a lo que llamábamos «la escuela dominical»; incluso llegué a estudiar hebreo durante algún periodo. Pero al mismo tiempo, mi padre me hablaba del mundo. Cuando yo oía al rabino referir algún milagro, como el del arbusto cuyas hojas se agitaban a pesar de no haber viento, yo me esforzaba en hacer encajar el milagro dentro del mundo real y explicarlo por medio de fenómenos naturales.
Algunos milagros resultaban más difíciles de explicar que otros. El del arbusto era fácil. Un día, yendo de camino a la escuela, oí un ruidito: aunque el viento era apenas perceptible, las hojas de un arbusto oscilaban un poquito porque se encontraban justamente en la posición adecuada para entrar en una especie de resonancia. Y yo me dije: «¡Ajá! ¡He aquí una buena explicación para la visión del arbusto que tuvo Elías!»
Pero había otros milagros que nunca conseguí aclarar. Por ejemplo, cuando Moisés arrojó su báculo y éste se convirtió en serpiente. No lograba imaginarme qué podrían ver los testigos que pudiera hacerles pensar que el bastón de Moisés era una serpiente.
Si me hubiera acordado de cuando era mucho más niño, la historia de Santa Claus podría haberme dado una pista. Pero lo cierto es que no me había causado tanto impacto como para suscitar la posibilidad de que uno debiera dudar de la veracidad de las historias que no encajan con la naturaleza. Al descubrir que Santa Claus no era real no me disgusté; por el contrario, ¡supuso un alivio saber que la explicación del fenómeno de que tantos niños de todo el mundo recibieran regalos la misma noche era mucho más sencilla! El cuento se estaba haciendo francamente complicado, se les estaba yendo de las manos.
Lo de Santa Claus era una costumbre particular que celebrábamos en nuestra casa, y la cosa no era muy seria. Pero los milagros de los que estaba oyendo hablar sí tenían conexión con cosas reales: estaba la sinagoga, a la que iba la gente todas las semanas; estaba la escuela dominical, donde los rabinos les enseñaban a los niños los milagros; era una cosa mucho más dramática. En Santa Claus no intervenían grandes instituciones, como la sinagoga, que yo sabía que eran reales.
Así que mientras estuve yendo a la escuela dominical, por una parte yo me lo creía todo, y por otra no conseguía que las piezas encajasen. Y, claro, antes o después aquello tenía que desembocar en una crisis.
La auténtica crisis debió de producirse teniendo yo once o doce años. El rabino estaba contándonos una historia de la Inquisición española, en la cual los judíos sufrían horribles torturas. Nos habló de una persona concreta, llamada Ruth; nos dijo exactamente de qué se le acusaba, cuáles fueron los argumentos en su contra y en su favor; la historia entera, con pelos y detalles, como si hubiera sido recogida por el secretario del tribunal. Yo no era más que un chiquillo inocente, que escuchaba todo aquello convencido de que era un comentario auténtico, porque el rabino nunca había indicado que no lo fuera.
Al final, el rabino describió cómo moría Ruth en prisión: «Y cuando se estaba muriendo, ella pensaba...», bla, bla, bla.
Aquello fue para mí un auténtico golpe. Terminada la lección fui a verle y le dije:
–¿Cómo sabían ellos lo que Ruth pensaba cuando se estaba muriendo?
Y él me contestó:
–Bueno, en realidad la historia de Ruth está preparada para poder explicar más vívidamente lo que sufrieron los judíos. No era una persona de carne y hueso.
Aquello fue demasiado para mí. Me sentí terriblemente decepcionado: yo quería una historia auténtica, no arreglada ni amañada por nadie, para poder decidir por mí mismo lo que significaba. Pero a mí me resultaba difícil discutir con adultos; lo único que conseguía era que los ojos se me llenaran de lágrimas. Tanto me enfadó aquello que me eché a llorar.
El rabino me dijo:
–¿Qué te pasa?
Traté de explicárselo:
–¡He estado escuchando todas esas historias, y ahora no sé, de todo lo que me ha contado, qué cosas eran verdaderas y cuáles no! ¡No sé qué hacer con todo lo que he aprendido!
Yo quería explicarle que en aquel momento lo estaba perdiendo todo, porque, por así decirlo, no estaba seguro de los datos. Yo había estado luchando y esforzándome por entender todos aquellos milagros, y ahora..., bueno, ¡aquello resolvía un montón de milagros, desde luego!, pero me sentía desdichado.
El rabino dijo:
–Si te resulta tan traumático, ¿por qué vienes a la escuela dominical?
–Porque mis madres me envían.
Yo nunca les hablé de aquello a mis padres, y nunca averigüé si el rabino se comunicó con ellos o no, pero lo cierto es que mis padres nunca más me hicieron volver. Y eso era justamente antes de mi confirmación como creyente.
En cualquier caso, aquella crisis resolvió bastante rápidamente mis dudas, en favor de la teoría de que todos los milagros eran historias preparadas para hacerles entender «más vívidamente» las cosas a la gente, aun cuando los milagros estuvieran en conflicto con los fenómenos naturales. A mí me parecía que la propia naturaleza era demasiado interesante para admitir que fuera distorsionada de aquel modo, así que gradualmente llegué a desconfiar de cualquier religión.
Sea como fuere, los judíos mayores habían organizado este club y todas sus actividades no sólo para sacar de la calle a los chicos, sino para interesarles por la forma de vida de los judíos. Y de resultar elegido presidente alguien como yo, se hubieran encontrado en situación muy embarazosa. Para mutuo alivio suyo y mío, no lo fui. Por otra parte, el centro acabó por fallar. Ya iba de capa caída cuando me propusieron, y de haber resultado elegido, sin duda me hubieran culpado a mí de su defunción.
Un día, Arlene me dijo que Jerome ya no era su novio. Ya no estaba ligada a él. Eso me animó muchísimo, ¡era el principio de la esperanza! Ella me invitó a ir a su casa, en el 154 de la Avenida Westminster, en la cercana Cedarhurst.
Cuando fui a su casa aquel día ya había caído la oscuridad, y el porche no estaba iluminado. No podía ver los números. No queriendo molestar a nadie preguntando si era la casa que buscaba, me acerqué sigilosamente y palpé los números de la puerta: 154.
Arlene tenía dificultades con los deberes de la clase de filosofía:
–Estamos estudiando a Descartes –dijo–. Empieza por Cogito, ergo sum («Pienso, luego existo»), y termina demostrando la existencia de Dios.
–¡Imposible! –dije yo, sin pararme a pensar que estaba poniendo en tela de juicio al gran Descartes. (Era una reacción que había aprendido de mi padre: no tener respeto alguno a la autoridad; prescindir de quién lo dijo y en lugar de eso mirar de qué surge, adónde llega, y preguntarse a uno mismo si es razonable). Entonces quise saber–: ¿Cómo puede llegar a deducir una cosa de la otra?
–No lo sé –dijo ella.
–Bueno, vamos a verlo –repuse–. ¿En qué consiste el razonamiento?
Así que lo estudiamos, y vimos que el axioma de Descartes Cogito, ergosum pretende decirnos que hay una cosa que no puede dudarse, a saber, la propia duda.
–¿Por qué no lo dice directamente? –me quejé–. Lo único que quiere decir es que de un modo u otro, hay un hecho que conoce.
Después decía cosas como: «Yo sólo puedo imaginar pensamientos imperfectos, mas lo imperfecto solamente puede ser comprendido en oposición a lo perfecto. Por consiguiente, lo perfecto ha de existir en algún lugar.» (Ahora se está abriendo camino en dirección a Dios.)
–¡De ninguna manera! –dije yo–. En ciencia se puede hablar de grados relativos de aproximación sin tener una teoría perfecta. No sé de qué va todo esto. Me parece que no son más que un montón de cuentos chinos.
Arlene me comprendió. Comprendió, cuando examinó la cuestión, que a pesar de lo muy importante e impresionante que se supone que es todo este asunto filosófico, resulta posible tomárselo a la ligera, que uno puede ir reflexionando en las palabras en lugar de preo- cuparse de que fue Descartes quien las dijo.
–Bueno, me parece que no habrá nada de malo en ver las cosas desde otro lado –dijo ella–. Mi profesor no hace más que decirnos que toda cuestión tiene dos caras, lo mismo que tiene dos caras una hoja de papel.
–También ésa es una cuestión debatible –dije yo.
–¿Qué quieres decir?
Yo había leído en la Británica –¡mi maravillosa Británica!– algo acerca de la banda de Moebius. En aquellos días, cuestiones como la cinta de Moebius no les
