Quién está ahí - Evelin Bauer Pegoraro - E-Book

Quién está ahí E-Book

Evelin Bauer Pegoraro

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Beschreibung

Evelin tenía veintiún años cuando un timbrazo cambió su vida para siempre. Era un jueves como tantos otros en Mar del Plata cuando la policía irrumpió en la casa que compartía con sus padres. ¿El motivo? La sospecha de que era hija de desaparecidos. La culpabilidad que recaía sobre sus padres de crianza, que hasta entonces consideraba como propios, hizo que durante muchos años Evelin se negara a hacerse el examen de adn solicitado tanto por la justicia como por las organizaciones de Derechos Humanos. A partir de ese momento, se abrió para ella un largo derrotero judicial y mediático, que sentó jurisprudencia y la enfrentó con poderes que desconocía.   Pero también, junto con la revelación de la verdad, llegó otra oportunidad: la de comenzar un camino de autoconocimiento que continúa hasta el día de hoy, no solo respecto de su verdadera identidad, sino también de su forma de estar en el mundo, de comprender lo que pasó y de cómo continuar siendo feliz a pesar de todo.   En este libro, la autora nos acerca su vida, sin buscar culpables ni emitir condenas, solo contando en primera persona cómo pudo reconstruirse desde las ruinas de su propia historia.

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Seitenzahl: 138

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Evelin Bauer Pegoraro

Quién está ahí

EN PRIMERA PERSONA

Bauer Pegoraro, Evelin

Quién está ahí / Evelin Bauer Pegoraro. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2026.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-631-6726-34-6

1. Narrativa Testimonial. 2. Memoria Autobiográfica. 3. Identidad. I. Título.

CDD 809.93592

© 2026, Evelin Bauer Pegoraro

Primera edición, enero 2026

Dirección comercial Sol Echegoyen

Dirección editorial Julieta Mortati

Asistencia editorialEleonora Centelles

Coordinadora de ediciones Jacqueline Golbert

Editora Javiera Pérez Salerno

Jefa de corrección María Nochteff Avendaño

Corrección Patricia Jitric

Diseño y diagramaciónLara Melamet

Conversión a formato digital Estudio eBook

Libro de edición argentina.

Hecho el depósito que establece la ley 11.723. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.

Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina

pampublicaciones.com.ar | [email protected]

Índice

CubiertaPortadaCréditosDedicatoriaPrólogoI. Timbre a la hora de la siestaII. Nacer en cautiverioIII. Memoria del encierroIV. Ante la leyV. Lo mejor que pudimosVI. Lo que mi alma tenía que aprenderVII. Hacer escuchar mi vozVIII. Como la flor de lotoIX. Seguir siendo EvelinX. Odisea en el espacio interiorXI. Vivir sin murosXII. Dos cajas azulesXIII. El camino que elegíXIV. Integración, sanación y propósitoAgradecimientosSobre este libroSobre la autoraTienda PAM

A Emma y Benjamín, mis hijos, que me ayudaron a develar cada rincón de mi historia

Prólogo

Nací en cautiverio —una palabra que no llega a describir lo que pueden sentir quienes pasaron por esa situación de confinamiento—, en una época en la que la injusticia se tejía con hilos oscuros y la verdad se escondía tras barreras impenetrables. Mi madre biológica, secuestrada por la dictadura que gobernaba nuestro país, me dio a luz en condiciones que ningún ser humano debería conocer. Me arrancaron en ese mismo momento, sin reparos, y aunque ese destino parecía condenado al dolor, encontré, contra todo pronóstico, amor y protección. Lo que cuento en este libro es la historia de una niña que, a pesar de haber sido arrancada de sus raíces, logró construir una identidad propia a partir de la adversidad.

Durante años viví en una ignorancia absoluta de mi origen. A pesar de eso, viví feliz, amada y cuidada. El sistema, con sus leyes y trámites, trató de reescribir mi historia; me persiguieron, me lastimaron y finalmente me cambiaron el apellido, como si aquello bastara para decirme quién soy y encasillarme en un molde que, en ese momento, no me representaba. Cada nueva gestión administrativa era un recordatorio de lo que me habían arrebatado: la conexión con mi origen, el derecho a ser reconocida, mi voz apagada. La manipulación burocrática, y la invasión de mi intimidad a través de allanamientos, dejaron cicatrices profundas en mi alma.

Transité caminos de diferentes colores a lo largo de esta “nueva” vida. Sin embargo, siempre estuvieron envueltos en la penumbra de la incertidumbre. Sentí como si mi ser se hubiera apagado, una verdadera muerte en vida. Mi cuerpo continuaba existiendo, pero mi mente y mi espíritu se sumergieron en una oscuridad tan densa que ni siquiera tengo rastros de una secuencia temporal, solo recuerdos fragmentados de días y noches en los que el dolor y el silencio eran mi única compañía. Sin embargo, incluso en ese abismo, el amor, con su fuerza benévola, comenzó a filtrar destellos de luz. Poco a poco, aprendí que la oscuridad, aunque devastadora, también era el preludio de un renacer.

En medio de esa tormenta, mi vida comenzó a cambiar cuando la maternidad pasó a ser el eje de mi existencia. Convertirme en madre de Emma y, más tarde, de Benjamín, fue un acto de valentía y renacimiento. El amor de mis hijos fue la chispa que encendió mi alma y me impulsó a caminar nuevamente en la luz. Aunque las heridas del pasado seguían presentes, la maternidad me enseñó a abrazar el dolor y a transformarlo en fuerza. Esa conexión incondicional me permitió sentir que, a pesar de haber nacido en circunstancias tan adversas, tenía el poder de sanar y de construir una vida plena.

Mi historia no es solo un relato íntimo: se convirtió en un caso emblemático en la arena judicial. Durante años, mi padre de crianza fue juzgado y perseguido, y yo me vi atrapada en esa guerra legal, acompañándolo en cada instancia. Cada comparecencia, cada entrevista con jueces, era un acto de resistencia, un grito silencioso por mi derecho a existir sin ser definida por los errores y las manipulaciones del pasado. Llegué a ser vista como “demasiado”, como un símbolo, una amalgama de dolores y esperanzas que muchos querían descifrar. Y, sin embargo, en cada encuentro, mi presencia, mi afán de autenticidad, dejaban una marca indeleble en quienes me escuchaban.

El camino fue largo y tortuoso. Viví momentos en que el dolor parecía destruirme, en los que la oscuridad me envolvía completamente, y sentía que no tenía un lugar donde aterrizar. Pero también aprendí que cada herida es una puerta hacia una comprensión más profunda de uno mismo. Mi viaje de autoconocimiento me enseñó a soltar viejas defensas, a permitir que mis múltiples Eves se unieran y mostraran la totalidad de mi ser. La transición no fue lineal, y hubo momentos en los que la violencia del mundo exterior y los abusos del sistema se combinaron con mi propia fragilidad, llevándome al borde del abismo. Sin embargo, fue precisamente esa lucha la que me impulsó a buscar un nuevo equilibrio, a encontrar en la luz de mis hijos y en el amor incondicional de quienes me rodearon la fuerza para renacer.

Este libro es mucho más que mi autobiografía. Es una invitación a comprender que, incluso en medio del sufrimiento más profundo, existe la posibilidad de reconstruir una identidad, de redescubrir tu luz interna y de transformar el dolor en sabiduría, de encontrarte a vos. Cada una de estas palabras son el testimonio de un proceso de sanación, de una búsqueda constante por encontrar el verdadero significado de la vida y de la pertenencia.

Mi historia es la historia de una mujer que, nacida en cautiverio y marcada por la violencia de un sistema insensible, decidió levantarse, perdonar, perdonarse, amarse a sí misma y, sobre todo, reagrupar e integrar tantas verdades.

Bienvenido, bienvenida a este viaje. Que mi experiencia te ilumine, te inspire y te recuerde que, sin importar cuán oscura sea la noche, siempre hay una chispa de luz esperando para encenderse. Buscala, pedila, encendela. Te prometo que “quien está ahí” sos vos.

 

E. B. P.

I. Timbre a la hora de la siesta

“¿Quién es el valiente que se anima a tocar el timbre a la hora de la siesta?”, pensé.

Veinticinco años después, al recordarlo, me sorprende que ese timbrazo, que sacudiría mi vida, esté asociado a una pregunta tan cotidiana.

Recuerdo, también, que tenía un pantalón negro, cómodo. Había vuelto de trabajar y me había recostado. En mi casa siempre se durmió la siesta, algo que me aburría mucho. Había que moverse con sigilo, evitar cualquier clase de ruido.

¿Sería un vecino el que había tocado el timbre? Raro en una comunidad donde la siesta era reglamentaria. En fin, me dije, alguien se haría cargo de ese timbre, no yo. Seguí recostada. Mirando la escena hoy, mi idea resulta de lo más irónica. Sin duda, yo me haría cargo de ese timbre. De hecho, este libro se podría leer como la crónica de hasta qué punto me tocó hacerme cargo de ese timbre.

En los minutos que siguieron no se escuchaba ningún ruido, seguramente mi mamá y mi papá estarían hablando con la persona que había tocado. No sé si fue mi curiosidad, o si mi mamá me llamó. Pero el siguiente recuerdo ya no es un sonido sino una sensación táctil: la frescura de las baldosas del pasillo en mis pies descalzos, mientras caminaba hacia el comedor. Y el tercer recuerdo corresponde a una imagen: la escena más extraña que había visto en mi vida. Escribí “extraña”, pero quizá debería haber usado otro adjetivo: insólita, absurda, incomprensible.

Mi papá estaba sentado en una de las sillas del comedor, rodeado de desconocidos. ¿Qué hacían todas esas personas ahí, ocupando casi todo el living de nuestro departamento diminuto? Entonces vi la cara de mi mamá, que era toda angustia, y supe, en un plano todavía inaccesible para las palabras, que mi vida había cambiado para siempre.

Era el 11 de marzo de 1999, yo tenía 21 años. Toda mi vida había transcurrido en Mar del Plata. Vivíamos en un departamentito con las comodidades básicas, en unos edificios de un barrio alejado del centro. Pertenecíamos a lo que se podría llamar clase media típica. No podíamos darnos ningún lujo, pero tampoco nos faltaba para comer. Mi papá tuvo mil y un empleos, incluso trabajó de sereno, y yo empecé a trabajar de chica, a los 15 años. Recuerdo que, con mi primer sueldo, compré un lavarropas, porque el que teníamos se había roto.

La escuela primaria la hice en un colegio público, y al pasar a secundaria mis papás hicieron el esfuerzo económico de mandarme a uno privado, porque creían que me iba a dar una formación más sólida. Cambiar el guardapolvo por un uniforme lo sentí como una especie de salto social.

Más adelante voy a describir algunas sensaciones extrañas que me acompañaron desde mis primeros años. Pero pensando en mi infancia y mi adolescencia desde afuera, se podría decir que fue una etapa alegre y normal. La asocio con los juegos en el espacio común del complejo de edificios donde vivíamos, con los cumpleaños que mis padres me festejaban de la mejor manera que podían, con vacaciones de verano en Santa Fe, de donde era la familia de mi mamá. Ese era mi pequeño mundo, que compartía con mis padres y con Vero, mi hermana, seis años mayor. El mundo que, con aquel timbrazo, quedó suspendido, como si alguien, en la mitad de una película, hubiera tocado la tecla pause.

Uno de los desconocidos que invadían nuestros escasos metros cuadrados le estaba leyendo un papel a papá. Él estaba serio, pero parecía tranquilo, simplemente escuchaba. Hacía tiempo que usaba audífonos, pero los graduaba y se podía comunicar sin inconvenientes.

Y otra vez, en mi cabeza, pensamientos que buscaban negar lo que estaba pasando, reinstalar la normalidad desbaratada: ¿no se da cuenta, esta gente, de que es la hora de la siesta, que no es un momento oportuno para lo que sea que estén haciendo?

De pronto, alguna frase, algún término legal que leyó esa persona, me llevó a pensar en una detención. ¿Detención? ¿Detener a mi papá…? Y vino a mi mente esa imagen de los noticieros: narcos poderosos o megaestafadores mientras eran detenidos en sus mansiones, con enormes jardines y piscinas azules. Nada más lejano a esa imagen que nuestro comedor minúsculo.

Hubiera querido preguntarle a mi papá qué era lo que estaba pasando, pero la tensión que había en el aire me inhibía, y además intuía que él no tenía permitido hablar. En ese momento, mi mamá me tomó del brazo y me llevó a mi dormitorio. Una vez que estuvimos a solas, me dijo:

—Llamá a un amigo de papá y decile que lo llevan a Buenos Aires.

No recuerdo si ella llegó a explicarme algo de toda la situación; lo siguiente que puedo ver es una vieja agenda donde me puse a buscar el número de aquel amigo de papá, que, según mi mamá, sabría qué hacer.

En esa época todavía se usaban las agendas telefónicas en papel. Cuántos cambios se dieron en el mundo en menos de un cuarto de siglo. La carrera que yo había elegido tenía que ver en gran medida con todos esos cambios. En ese momento, marzo de 1999, cursaba mi tercer año de Ingeniería Informática, en FASTA. Cuando pienso en los motivos por los que la elegí, hoy puedo ver en qué medida tienen que ver con la historia que cuento en este libro. En la secundaria me iba bien, y no necesitaba hacer mucho esfuerzo para sacar buenas notas. Sin embargo, en relación con intereses que pudieran haber perfilado una elección vocacional, ahora sé que en mi mundo interior había zonas a las que no era capaz de asomarme, y que una disciplina construida sobre números y fórmulas lógicas como la informática me permitía avanzar por un terreno que me parecía seguro.

La sensación de invasión que tuve con tantas personas en la casa empezó a cerrarme la garganta. Terminado el trámite con papá, que fue a bañarse y a cambiarse antes de que se lo llevaran, los extraños —que resultaron ser gendarmes— empezaron a revisar toda la casa. Y no solo metían sus manos en los cajones y los placares de mis padres, sino que empezaron a revolver mis cosas. ¿Qué buscaban? ¿Qué hacían en esas manos extrañas mis diarios íntimos de la infancia, los objetos que guardaba con un orden tan preciso, mis recuerdos…? ¿Qué significado tendría todo eso para ellos, qué podrían entender de mi propio universo?

Mientras tanto llegaron más personas: unas mujeres, que comenzaron a hablar con mamá en la mesa de la cocina. Una mesa chiquita, redonda, donde tenían lugar todas nuestras comidas: almuerzos, meriendas, cenas. Estaba cubierta con un vidrio oscuro, sobre el que mi abuela —la que vivía en Santa Fe—, cada vez que se quedaba en casa estiraba la ensaimada, y la estiraba y la estiraba, y nunca se pegaba ni se rompía.

En un momento dado me pidieron a mí que me sentara a la mesa, y cuando empezaron a hablarme habría querido ser como esa masa, poder estirarme y estirarme y no romperme.

—Mirá, Evelin —dijo una mujer joven, creo que era psicóloga—, tenemos la sospecha de que sos hija de…

Y lo que dijo a continuación lo escuché como en otra frecuencia, como si mi percepción se hubiera disociado entre lo que esa mujer decía, y que sonaba lejano, y las cuestiones prácticas y urgentes que ocupaban mi mente: cuándo dejarían de tocar mis cosas, qué iban a hacer con ellas, cómo estaba mi papá…

—Creemos —siguió diciendo la mujer— que sos hija de… —y nombraron a dos personas que no eran mis padres. Y después, inmediatamente, esa frase que trazó una línea entre los veintiún años que había vivido y todos los años que me tocaría vivir—: Hija de desaparecidos.

Mientras describo la escena la vuelvo a sentir en el cuerpo: la angustia en la garganta, un leve temblor, la sangre que se agolpa en mis mejillas encendidas y las hace arder, la tensión que me dibuja en la cara un gesto de enojo.

¿Por qué me decían semejante disparate? Si soy igual a mi mamá, todo el mundo me lo decía… ¿Y por qué ellas están sentadas en nuestra cocina, por qué los gendarmes siguen tocando mis cosas, por qué se sienten autorizados a violar todo límite?

Por fin, de mi garganta al borde del ahogo consiguieron salir unas palabras:

—Si está todo bien, tengo cosas que hacer. ¿Pueden irse ya de mi casa, por favor?

No entendía por qué ellas estaban tan sensibles y llorosas. Yo, que me sentía blanco de un ataque directo, no quería regalarles ni una sola lágrima. Supongo que ese día puse el primer ladrillo de mi muro.

La orden era que a papá no se le podía hablar, pero yo no quería obedecerla. Discutía con cada gendarme que tocaba mis cosas, que me pedía que bajara cajas de la baulera y las abriera. ¿Para qué las quieren? ¿Qué significa para ustedes mi mano pintada con témpera a los 4 años? Necesitaba, de una buena vez, que se fueran todos de mi casa.

Como no sabíamos por cuánto tiempo se iban a llevar a papá, mamá me pidió que saliera a comprar sus remedios para todo el mes. La dejé sentada en el sillón del comedor, completamente abatida.

Cuando bajé y salí del edificio había un sol brillante. Era una tarde templada y agradable, los chicos jugaban en el espacio común, como todas las tardes, la vida seguía como siempre, absolutamente ajena a todo lo que había pasado en mi propia vida desde el momento en que sonó aquel timbre.

Caminé las tres cuadras hasta la farmacia del barrio con ganas de gritar. ¿Se daría cuenta algún vecino de lo que estaba pasando en mi casa, tomada por fuerzas de seguridad, con los testigos convocados para el procedimiento fumando en la ventana? Ahora estoy segura de que no estaba sola, que seguramente me habían seguido para controlar mis movimientos. ¿Qué pensaban, que iba a subirme a un colectivo e irme? ¿Irme adónde?