Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
En estos recuerdos, Martina Barros plasmó una contradicción: la de una mujer de elite que, a partir de su práctica lectora y escritural, asimiló el rol femenino impuesto socialmente, a la vez que manifestó su convicción sobre el nuevo papel que la mujer debía cumplir en la sociedad, poniendo constantemente en tela de juicio el rol privado de madre patriota. Escribió posicionándose desde su rol de madre guardiana de la familia y formadora de ciudadanos, pero a través de este buscó legitimar sus demandas de educación y autonomía para la mujer. Se apropió del ideal tradicional inculcado desde la educación para exigir derechos femeninos, los cuales fueron defendidos en su escritura.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 395
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Recuerdos de mi vida
Martina Barros de Orrego
Prólogo de Camila García Silva
Ediciones Universidad Alberto Hurtado
Alameda 1869 · Santiago de Chile
[email protected] · 56-228897726
www.uahurtado.cl
Del prólogo © Camila García Silva
ISBN libro impreso: 978-956-357-385-5
ISBN libro digital: 978-956-357-383-1
Impreso en Santiago de Chile
Enero 2023
Directora editorial
Alejandra Stevenson Valdés
Editora ejecutiva
Beatriz García-Huidobro
Coordinadora Biblioteca recobrada
Lorena Amaro Castro
Diagramación interior
Alejandra Norambuena
Diseño de portada
Francisca Toral R.
Imagen de portada
iStock
Diagramación digital: ebooks [email protected]
Con las debidas licencias. Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamos públicos.
Con la colección Biblioteca recobrada. Narradoras chilenas, la Universidad Alberto Hurtadobusca dar nueva vida a la literatura escrita por mujeres en Chile desde el siglo XIX, con obras hoy asequibles solo en antiguas ediciones e incluso casi inexistentes en las bibliotecas de nuestro país.
Hemos seleccionado con este fin textos que consideramos atractivos para las y los lectores de hoy: desde novelas o cuentos a otras formas de relato de difícil encasillamiento genérico, debido al mismo lugar excéntrico que estas escrituras ocuparon en los campos culturales y en las inscripciones canónicas de su tiempo.
Esta selección de textos es apenas una contribución a la enorme reformulación crítica del canon y de la historiografía literaria, iniciada sobre todo por pensadoras e investigadoras que, a mediados de los años de la década de 1980, comenzaron a trabajar estratégicamente por una mayor visibilización de la escritura de mujeres en el campo cultural. Esta labor se lleva a cabo hoy a través de diversos esfuerzos académicos y editoriales, a los que nuestra casa de estudios busca contribuir.
La colección busca facilitar el acceso a personas dedicadas a la investigación —y también a lectoras y lectores de diversas edades e intereses— no solo la materialidad de estos libros, sino también recobrarlas voces, las subjetividades y mundos imbricados en ellos, que se habían tornado opacos o inexistentes en un campo cultural misógino, indiferente e incluso hostil a la creación de las mujeres.
En cada volumen de esta colección colabora una escritora o crítica, con un prólogo que busca acercar al presente estas escrituras. A todas ellas agradecemos su contribución. Para la realización de este trabajo se ha contado con un comité integrado por las editoras Alejandra Stevenson y Beatriz García-Huidobro (Ediciones UAH), junto a dos investigadores de la literatura chilena: María Teresa Johansson y Juan José Adriasola (Departamento de Literatura UAH) y Lorena Amaro, coordinadora de la colección, crítica literaria y académica (Pontificia Universidad Católica de Chile).
No nací para luchadora
Camila García Silva
¿Cómo es que una mujer perteneciente a la elite chilena de la segunda mitad del siglo XIX tradujo en 1872, desde el inglés, un texto que defendía los derechos sociales y políticos de las mujeres en la Inglaterra de 1860?
Esto fue lo primero que llamó mi atención cuando hace algunos años me encontré con el prólogo y la traducción del texto de John Stuart Mill The Subjection of Woman de 1869, que Martina Barros había escrito en un contexto en el que a las hijas de las familias más importantes de la sociedad chilena se les enseñaba a ser buenas dueñas de casa, anfitrionas y respetuosas de los preceptos de la Iglesia. Si bien se las culturizaba y alfabetizaba, la escritura estaba destinada solo al ámbito íntimo para expresar sentimientos y pensamientos, teniendo como resultado diarios de vida, cartas, poemas o diarios de viajes que nunca fueron pensados para ser publicados.
De esta forma se vuelve significativo que ciento cincuenta años después, realice el prólogo de su autobiografía, ya que, si bien hoy las mujeres escribimos y nuestra opinión circula por distintos medios en el espacio público, esto es gracias a que anteriormente hubo mujeres como ella que nos abrieron camino.
En palabras de la historiadora Joan Scott “El discurso histórico que niega la visibilidad a las mujeres perpetúa también su subordinación y su imagen de receptoras pasivas de las acciones de los demás”. Es relevante entonces que las escritoras del siglo XIX y XX sean vistas como sujetos históricos políticos, activos y diversos que presentaron resistencia ante un mundo que buscó relegarlas constantemente al espacio privado y no como parte de una historia que necesita ser agregada a la “historia incompleta” o como mujeres cuyo ingreso al campo literario/intelectual masculino es percibido como anecdótico.
Martina Barros Borgoño, nacida en 1850, nos ofrece un ejemplo de cómo la lectura y escritura fueron prácticas que la llevaron a romper la barrera del límite establecido para las mujeres. Entender de qué manera las llevó a cabo nos permite ver en ella un sujeto histórico que contribuyó a desafiar el orden cotidiano, pues, con sus discursos y publicaciones, las experiencias privadas de otras mujeres que sintieron cierto descontento con el orden social se vieron representadas por primera vez en el espacio público. Ella, entre otras escritoras chilenas de finales del siglo XIX, les otorgó a las mujeres el derecho a hablar, ya no solo en el salón o en la tertulia, puesto que cimentaron el camino para la formación de un campo intelectual femenino que comenzaría a cobrar relevancia en las primeras décadas del siglo XX.
Alejandra Castillo comenta que las mujeres fueron consideradas parte del nuevo sistema republicano chileno únicamente en tanto madres de los ciudadanos. Desde esta perspectiva, los límites de lo político se estipularon a partir de la diferencia de sexos, pensada como evidente e irreductible, la cual dio sustento a toda una cultura de diferenciación de roles en la que se entendió que la mujer, en tanto mujer y madre, no estaba capacitada para acceder al mundo público masculino.
Hacia mediados del siglo XIX, las mujeres de elite participaban de dos instancias educativas distintas, que representaban el sentido ideológico y práctico de la sociabilidad civilizatoria dentro de la que se enmarcó la idea de ciudadana. Por un lado, estaba el sistema educativo formal, conformado por instituciones escolares primarias y secundarias, privadas o religiosas, y por el otro, el sistema educativo informal, que se llevaba a cabo durante toda la vida y gracias a las relaciones sociales dadas sobre todo en los salones. Si bien estas reuniones buscaban mantener las conexiones sociales, al mismo tiempo servían como instancia informativa, en la medida en que se demandaba que la mujer fuera cada vez más educada y culta en las distintas temáticas debatidas.
El paso de la tertulia al salón significó un cambio en las prácticas sociales de las mujeres oligarcas, ya que, en este último, la actividad protagónica era el diálogo intelectual entre hombres y mujeres, y no la música o el baile. Para Manuel Vicuña, esto se debió a que a partir de 1840 hubo un aumento de la vida cultural en el país, dado por el desarrollo de la prensa y la opinión pública.
En este sentido, Darcie Doll Castillo establece que existió una disposición de las mujeres al estudio y la lectura en la medida en que “…la fama de los salones y de sus anfitrionas solo podía conquistarse si las mujeres conseguían situarse en una posición que no resultara muy dispar frente a los varones ilustrados…”.
Ambos tipos de educación estaban permeados por imaginarios sociales condicionados por el género. Es así que la lectura y escritura femenina, en tanto actividades enseñadas y desarrolladas en instancias educativas, fueron prácticas alentadas y a la vez controladas a través de mecanismos que buscaron establecer, según las diferencias sociales y de género, una determinada manera de llevarlas a cabo. Sin embargo, algunas mujeres fueron capaces de apropiarse de ciertos ideales que les fueron impuestos para presentar resistencias que surgían del enfrentamiento entre su mundo interior y parte del mundo exterior y colectivo que buscó controlarlas.
El objetivo de la educación formal femenina se vio superado por su conjugación con un sistema educativo informal de elite, puesto en práctica en el salón decimonónico y potenciado por la constante fascinación por la cultura literaria europea, sobre todo francesa e inglesa, provocada por el desarrollo del comercio, que permitió que gran parte de la aristocracia y burguesía de la época se radicara entre Chile y Europa.
Es así como en el Chile de fines del siglo XIX e inicios del XX, encontramos mujeres de elite que a través de su lectura y escritura desarrollaron cierta autonomía, pues decidieron publicar tanto en la prensa como en la literatura, algunas evidenciando su nombre, sus preocupaciones sobre cómo el progreso económico y político iba en desmedro de la situación de las mujeres y los trabajadores. Ellas fueron las primeras en aventurarse en estas materias, debido a que su situación económica y social les permitió tener un capital cultural y material, que les daría la posibilidad de formar parte del mundo intelectual del cambio de siglo, aunque no sin generar resquemores sociales1.
Martina participó de distintas instancias educativas en su formación intelectual; desde su temprana educación en el idioma inglés y la preocupación de su padre, hasta la de su tío el historiador Diego Barros Arana y de su esposo, Augusto Orrego Luco. Todo esto le permitió contar a lo largo de su vida con una educación privilegiada para la época, desplegada y potenciada por su participación en tertulias y salones. Este capital cultural acumulado en instancias educativas formales e informales, sumado al capital social y material producto de las relaciones de su familia, las de su marido y las cultivadas a través de reuniones, le permitieron contar con lo necesario para escribir y publicar sus obras. En ellas plasmó una contradicción: la de una mujer de elite que, a partir de su práctica lectora y escritural, asimiló el rol femenino impuesto socialmente, a la vez que manifestó su convicción sobre el nuevo papel que la mujer debía cumplir en la sociedad, poniendo constantemente en tela de juicio el rol privado de madre patriota.
En su infancia participó en escuelas de carácter privado, asistió a una escuela laica, en la que se le incentivó una lectura de corte religioso al enseñarle a leer con un silabario cristiano. Una situación similar se presentó en su contexto familiar, en el que las mujeres la hacían practicar la lectura con el mismo tipo de textos, por ejemplo, su madrina la hacía leer en voz alta los Salmos de David.
A pesar de que la lectura femenina permitida era de este tipo, gracias a que su padre la hacía leer libros en voz alta y le explicaba lo que no entendía, conoció otro tipo de textos, tanto así que a los cinco años ya sabía del Manual de urbanidad y había escuchado sobre las andanzas del Quijote de Cervantes. Luego de la temprana muerte de su padre, su educación se llevó a cabo en instancias educativas informales, pues quedó a cargo de su tío Diego Barros Arana, quien la educó como tutor.
Damaris Landeros cuenta que durante el siglo XIX la lectura destinada a niñas y mujeres estaba bastante más enfocada a los aspectos visuales, pues se pensaba que era realizada solo por placer. De esta manera, se destinó la lectura más densa y reflexiva para lectores, acostumbrando a las lectoras a leer de manera más superficial. Lo anterior cobra sentido cuando Martina comenta que ella no buscaba en los libros solo mirar y que siempre había recordado que sus compañeras la molestaran por pedir un libro que no tenía imágenes; esta era la manera de recordarle qué era lo que debía leer dada su condición de niña.
Así, se observa que en su entorno existieron algunas mujeres que buscaron perpetuar mediante la enseñanza un determinado ideal femenino, mientras que algunos de los hombres cercanos a ella la alentaban, a través del mismo medio, a traspasar los límites educacionales establecidos para las mujeres. Un claro ejemplo fue Barros Arana, quien le regaló libros que no estaban al alcance de cualquier niña, evidenciado que el acceso a estos dependía de los nexos sociales más que de su capital monetario. En este sentido, ella fue privilegiada porque gracias a sus relaciones familiares y sociales, tuvo cierta libertad a la hora de leer, conversar y desarrollar su interés por el estudio.
Cuando se casó con Augusto Orrego Luco, un psiquiatra de tendencia liberal, aprendió francés y tuvo acceso a otro tipo de lecturas, como las de Stuart Mill. De joven había participado en las tertulias de su madre y una vez casada, tuvo las suyas, donde compartió con otras escritoras mujeres como Inés Echeverría (Iris) y con las amistades de su marido, la mayoría políticos e intelectuales de la época con quienes sometía a crítica a los escritores clásicos y modernos.
La legitimidad que la lectura femenina podía tener dentro del campo intelectual literario de fines del siglo XIX, una que no fuera religiosa o para cultivar el placer o la mirada, dependía así de cuán relacionada estuviera la mujer con los intelectuales de la época.
La resistencia que ejerció desde su educación como mujer de elite, no radicó entonces en rebelarse contra el campo intelectual masculino, sino en ingresar y permanecer en el mismo. Como nos comentan Salazar y Pinto, las herederas del patrimonio mercantil no se rebelaron contra el espacio público, sino que buscaron integrarse a él.
Solo hacia 1915, cuando surgió el Club de Señoras creado por Delia Matte y en el cual Martina participó, la lectura y escritura femenina de elite se presentaron como amenazas y resistencias que generaron mucho resquemor masculino, ya que, al contrario de los salones, esta instancia surgió como un espacio educativo independiente que los hombres no pudieron controlar:
Los maridos se negaban a aceptar esa independencia, les chocaba que pudieran reunirse las mujeres fuera de su casa, creían que eso podía prestarse a abusos y a comentarios muy desagradables.
En este club las mujeres se educaban a través de actividades sociales y culturales. En 1917 Martina Barros dio su primera conferencia titulada El voto femenino, la que fue publicada en la Revista Chilena, cuyo director fue el historiador Enrique Matta Vial.
Para legitimar su posición de escritora y publicar con su nombre, práctica moderna, ella tuvo que socializar con quienes estaban a la cabeza del campo intelectual. Si bien, el que haya escrito y publicado se puede ver como una actividad femenina innovadora para la época, ésta no puede desarraigarse de su base tradicional, pues dependía de los lazos cultivados en reuniones y tertulias. Las relaciones familiares y de amistad que sostuvo con intelectuales, le dieron la posibilidad de discutir sus propias ideas y de ser alentada a estudiar, escribir y publicar.
Su marido fue quien la instó a escribir, pero siempre actuando como editor, como ocurrió en el caso del prólogo que realizó para la traducción de la obra de Mill. Esta práctica revela que, para que pudiese publicar en la Revista de Santiago cuyo fundador era el mismo Augusto, el texto que trataba sobre política debía ser editado por una mirada masculina que supervisara su trabajo. Al instalar la duda sobre la autoría de este escrito al decir que “La traducción apareció, precedida de un Prólogo, que lleva mi firma y expresa mis ideas en esos días, pero cuya redacción fue casi exclusivamente de Augusto”se intensifica la idea de una tutela masculina.
Sin embargo, lo anterior también puede considerarse como una estrategia de Martina para acceder a un espacio que le estaba vetado por ser mujer. Para Ana Traverso lo anterior se debía a que, con la masculinización de la escritura, se les cerraba la puerta a todas quienes quisieran escribir autónomamente, intentando perpetuar un campo intelectual tradicional dominado por lo masculino. A pesar de esto, encontramos que hacia el siglo XX la mujer busca estrategias de integración al campo literario como la tutela masculina, la utilización de pseudónimos o el desarrollo de determinados géneros literarios.
Como comenta Carol Arcos, en un primer momento la profesionalización femenina en el campo literario se produjo a través del desarrollo de la novela debido a la posibilidad de función-autor que esta le daba a la mujer. Sin embargo, con posterioridad esto se extendió a otros géneros literarios como el ensayo, que Martina desarrolló para actuar como conferencista. Una de estas ocasiones ocurrió cuando la llamaron a formar parte de la Academia de Letras de la Universidad Católica y leyó su ensayo “La historia del feminismo y su desarrollo en Chile”.
Su camino como escritora no estuvo exento de problemas, pues se llevó a cabo en una sociedad que tenía un ideal del cómo debía leer, escribir y comportarse una mujer. Surgió lo que Arcos definió como un imaginario moralizante, una sanción social y cotidiana a la autoría de las mujeres, en la medida en que el honor familiar dependía de la honra femenina.
Durante el siglo XIX la traducción de textos estaba permitida como una actividad femenina, en cuanto se creía era un ejercicio de reproducción literal sin cabida a la interpretación. Sin embargo, Martina demostró lo contrario al traducir la obra de Stuart Mill The Subjection of Women a La esclavitud de la mujer, realizando un gesto bastante radical al reemplazar la palabra sometimiento por esclavitud.
Cuando se publicó el prólogo, recibió felicitaciones de liberales como Benjamín Vicuña Mackenna y Miguel Luis Amunátegui, probablemente porque la idea que plasmó en este texto, fue la de darle a la mujer instrucción y la libertad para hacer uso de sus conocimientos. Sin embargo, hizo surgir un imaginario moralizante de parte de las mujeres:
[…] asusté a todas las mujeres que me excomulgaban, a velas apagadas, como niña peligrosa. Las chiquillas mismas, mis propias amigas se me alejaron como si hubiese levantado una valla que nos separaba en lo absoluto. No necesitaba de ellas y continué mi vida, entregada por entero a mis afectos más hondos, pero sin volver a hacer publicaciones que no convencían ni alentaban más que a los ya convencidos y causaban pavor a aquellas que deseaba estimular. No nací para luchadora.
En respuesta a esto, Martina se dedicó un tiempo únicamente a leer y a su maternidad, es decir, respondió al castigo social asumiendo el rol pasivo y doméstico que se le impuso. Sin embargo, gracias al cambio cultural causado en parte por la progresiva incorporación de las mujeres a los espacios públicos, decidió volver a escribir sobre este suceso y la reivindicación de los derechos de las mujeres.
En 1907 escribió la introducción de su autobiografía publicada en 1942, la que, si bien corresponde a un género literario decimonónico permitido a las mujeres por su narración de la intimidad, experiencias y sentimientos, fue utilizado para expresar su nuevo sentir y nuevas opiniones. En esta nos cuenta que se cuestionó el escribir sus memorias por creer que no tenía nada que mereciera recordarse, pero recula rápidamente para decirnos que el simple deseo de narrar su vida, lo visto y lo sentido, es suficiente para materializar su deseo de escribir.
Recuerdos de mi vida fue escrita posicionándose desde su rol de madre guardiana de la familia y formadora de ciudadanos, pero a través de este buscó legitimar sus demandas de educación y autonomía para la mujer. Se apropió del ideal tradicional inculcado desde la educación para exigir derechos femeninos, los cuales fueron defendidos en su escritura.
El texto se puso en circulación pasados sus noventa años y aquí, utilizando la narrativa del progreso del siglo XIX, nos dejó registro de su punto de vista, el de una mujer que vivió en un Chile que abandonaba lo colonial para dar paso a la modernización y al surgimiento de la clase media, mostrándonos una historia íntima de Santiago y sus propias vivencias ante algunos hechos que conformaron el carácter del país.
De esta forma, invitamos a leer las siguientes páginas como una oportunidad para recuperar una posibilidad perdida, eso que quedó fuera del canon de la literatura nacional y de la historia oficial, pero que sin duda formó parte de los procesos que hoy permiten que las mujeres seamos reconocidas como sujetos políticos, activos y diversos que forman parte de la sociedad.
Finalmente, cabe preguntarse si es que realmente Martina no nació para ser luchadora.
Bibliografía citada
Arcos C. Novelas-folletín y la autoría femenina en la segunda mitad del siglo XIX en Chile. Revista Chilena de Literatura. 2010; (76): pp. 27-42.
Barros Borgoño M. Recuerdos de mi vida. Santiago: Editorial Orbe; 1942.
Castillo A. La república masculina y la promesa igualitaria, tesis para optar al grado de doctor en filosofía mención filosofía política. 2006.
Castillo A. Estudio preliminar. Las aporías de un feminismo liberal: Martina Barros traductora de Stuart Mill. En: Barros M. Prólogo a la esclavitud de la mujer. Estudio crítico por Stuart Mill. Santiago: Palinodia; 2009, pp. 7-36.
Doll Castillo D. Desde los salones a la sala de conferencias: mujeres escritoras en el proceso de constitución del campo literario en Chile. Revista Chilena de Literatura. 2007; (71): pp. 83-100.
Landeros Tiznado D. De consumidoras a productoras representaciones de lectoras durante la conformación del campo literario chileno. Revista Mapocho. 2011 primer semestre; (69): pp. 71-90.
Landeros Tiznado D. Avatares de una pionera: Tensiones en(tre) la práctica de escritura en las obras de Martina Barros. En: Contreras Villalobos J., Landeros Tiznado DyUIC. Escritoras chilenas del Siglo XIX. Su incorporación pionera a la esfera pública y al campo cultural. Santiago: RIL Editores; 2017, pp. 153-176.
Moi T. Apropiarse de Bourdieu: La teoría feminista y sociológica de la cultura de Pierre Bourdieu. Feminaria. XIV; (26/27): pp. 1-25.
Pinto J, Salazar G. Historia contemporánea de Chile. Hombría y feminidad. Santiago: Lom; 2002.
Scott J. W. El problema de la invisibilidad. En: Ramos C. Género e historia. Instituto Mora, Universidad Autónoma; 1997.
Traverso A. Ser mujer y escribir en Chile: Canon, crítica y concepciones de género. Anales de Literatura Chilena. 2013 diciembre;(20): pp. 67-90.
Vicuña M. La belle époque chilena. Alta sociedad y mujeres de élite. Santiago: Catalonia; 2010.
Woolf V. Un cuarto propio. Santiago: Editorial Cuarto Propio; 2010.
A LA MEMORIA DE MI MARIDO
Y para los que arrobaron mi juventud
con sus caricias, alentaron mis esperanzas
con sus progresos, sostienen mi vida con su
aliento y endulzan mi vejez con sus cariños.
Pauta de temas
Introducción
Infancia
La casa de mi abuelo
El hogar de mis padres
Escuelas
Mi tío Diego
El incendio de la Compañía
Juventud
Mi entrada al mundo social
Talca
La guerra con España
Veraneos
Augusto
Matrimonio
Mi propio hogar
En el campo
La guerra contra el Perú y Bolivia
La cólera morbos
La vida social
Entre grandes hombres
En el gran mundo y la política
La revolución del 91
El delegado universitario de la escuela de medicina
La isla del Maule
Mi tertulia
La muerte de mi hermano Manuel
La viruela en Valparaíso
Dolores y enseñanzas
Últimos años
Actividades literarias
Mi regreso a Chile y la elección de Luis
Mujeres de mi tiempo
Otros recuerdos
Final
INTRODUCCIÓN
“Dans notre triste existence il n’y a
de bon que des souvenirs sur la terre
et des espérances dans le ciel”.2
Lamennais
En este precioso lugar en donde he disfrutado de múltiples encantos, sufrido penas y soñado con el porvenir quiero comenzar estos apuntes destinados a fijar mis recuerdos.
Mucho he trepidado antes de resolverme a realizar este deseo tan largo tiempo acariciado. Me parecía vanidoso suponer que en mi vida hubiese algo que mereciera recordarse; pero me daba a mí misma como excusa que bien valía la pena narrar las transformaciones que he presenciado en la sociedad, y recordar las personas ilustres que me ha tocado en suerte conocer. Sin embargo, esto lo combaría enseguida con la reflexión de que cualquier escritor que hiciese la historia de nuestra época tendría que narrar todo eso con más interés que yo, que solo puedo limitarme a reproducir mis propias impresiones.
Pero, como siempre que abrigamos un deseo vivo y persistente hallamos razones que nos imponen aquello como un deber, he encontrado una, casi sagrada, que me impulsa a llevar a cabo mi propósito.
He tenido la rara suerte de ver realizado uno de los grandes anhelos de mi niñez: el de unir mi suerte a la de un hombre de talento, que fue luchador infatigable que se formó en la vida modesta y desconocida del trabajo y del estudio. Yo debo a mis hijos la historia de esa lucha diaria, de esos triunfos silenciosos o de esos desalientos sombríos. Eso no puede contarlo nadie más que yo que he vivido a su lado compartiendo su existencia en aquellos años de ruda labor, de esperanzas y de ensueños.
Pero sospecho que tras de este hermoso atavío, con que siempre nos aderezamos cuando tratamos de cautivar, hay también otro motivo quizás más poderoso, porque es más egoísta, que me arrastra imperiosamente a la realización de este anhelo.
Cuando llega para nosotras la tarde de la vida todo nos invita a la reflexión y al reposo. Una vez concluida la tarea nos inclinamos a examinar nuestra obra. El porvenir ya no se nos presenta lleno de promesas sino cargado de temores, el presente —por feliz que sea— es menos risueño porque nos vamos sintiendo solos: la mayoría de nuestros contemporáneos se han ido para no volver, otros se mantienen alejados y entregados a los suyos; la juventud que crece a nuestro lado nos alegra y embellece la vida, pero ya no podemos compartirla con ellos, es un mundo aparte —que no es el nuestro— todo nos aleja de él y no nos interesa y encanta sino el pasado.
Como el caminante que trepa hasta la cima de una montaña se complace en mirar desde la altura el trayecto recorrido y los sitios en que sufrió con sus asperezas, o aquellos en que apagó su sed o sintió el aliento refrescante de la brisa, cuando no aquellos en que descansó admirando la naturaleza; así, desde la altura de mis años, quiero contemplar el camino de mi vida y recordar todo lo bueno, lo sano, lo hermoso, lo noble que he visto y he sentido, sin tomar en cuenta las malezas y los zarzales del sendero.
Así volveré a vivir lo mejor de mi existencia, me acompañaré de mis ilusiones más halagadoras, de mis afectos más íntimos. Pero hay que apresurarse, no sea que las sombras de la tarde oscurezcan el horizonte con su bruma y me priven de apreciar con claridad las más risueñas lejanías. Quiero fijar mi vista con precisión sobre la senda recorrida antes que el toque de Angelus me obligue a alzar mis ojos hacia el cielo.
Constitución, mayo de 1907.
INFANCIA
La casa de mi abuelo
Uno de los recuerdos más lejanos es el de la casa de mi abuelo paterno don Diego Antonio Barros, situada en la calle de Ahumada, acera poniente, penúltima casa antes de llegar a la esquina de la calle Agustinas, precisamente enfrente de la actual portada principal del Banco de Chile. Tenía, como todas las casas de aquella época, una gran puerta de calle y un ancho zaguán, que de noche servía de cochera para la calesa, que cobijaban allí bajo un gran cobertor de tela.
El patio era espacioso con algunas plantas sencillas diseminadas sin orden, al acaso. Al frente de la entrada se veían dos ventanas por las cuales trepaban enredaderas; a la derecha de estas se abría la puerta del pasadizo que conducía al segundo patio, y a la izquierda la que servía de entrada a la sala del recibo. El costado izquierdo del patio lo ocupaban el almacén de mi abuelo que tenía puertas a la calle y al patio, y contigua a este el escritorio de mi abuelo que unía el almacén con la sala de recibo que cerraba el patio por el frente. Las piezas de la izquierda del patio debían ser las de mis tíos Diego, Lauro, Carlos y Pancho, pero no recuerdo haber estado en ellas como tampoco en el gran salón, que era la pieza que tenía las dos ventanas frente al zaguán. Toda la parte de la calle, a la derecha de la puerta de entrada, eran oficinas que se arrendaban.
El almacén era mi encanto de chica, pues allí me daban muestras de género para hacerles vestidos a mis muñecas; pero tenía que ir a escondidas de mi papá porque él siempre me obligaba a retirarme. Mi abuelo era el dueño y jefe del negocio y mi papá era únicamente su socio; pero pasaba allí todo el día mientras mi abuelo permanecía generalmente en el escritorio.
De mi abuelo conservo solo un recuerdo vago. Era un caballero bajo de estatura, de pescuezo corto, grueso de cuerpo y ancho de hombros, de cabeza pequeña y pelo negro liso que usaba muy corto, con facciones pronunciadas. Le recuerdo con capa española que le caía perpendicularmente, abultándole mucho y dándole cierto aire sacerdotal. Esta impresión se me acentuó más porque muchas veces le vi en el comedor de pie, junto a la cabecera de la mesa, repitiendo majestuosamente ciertas palabras, que debían ser de alguna jaculatoria, o bendiciendo la mesa antes de sentarse a comer; esta ceremonia, que mi abuelo cumplía todos los días en las dos comidas principales, parece que era de rigor en todas las casas tradicionales del Santiago de aquel entonces.
Mi abuelo debía ser muy grave y acaso severo porque su presencia inspiraba gran respeto a todos los de la casa hasta imponer silencio con su llegada. Aunque como he dicho, tengo una impresión un tanto vaga de él le recuerdo muy bien en ciertas ocasiones. Así, por ejemplo, en la sala de recibo, sentado en un sillón de caoba con tapiz de crin negro y yo de pie a su lado presentándole una muñeca con cara de cera. Me acuerdo que me preguntó cómo le llamaba a esa muñeca. “Tatita” le contesté, balbuceando apenas. “¡Pícara, me dijo, debe llamarme amito!”, y le dio de palmadas por su insolencia; luego hizo que le pasase otra de las que tenía paradas junto a la pared. Elegí una negra hecha de género, con ojos blancos, labios rojos y el pelo negro de pasa (muñeca de esa especie teníamos todos los niños de Santiago en aquel entonces). “¿Y esta cómo me llama?”. “Amito” le contesté entre sollozos. “Bribona”, dijo furioso, “debe decirme patrón”, y procedió a castigarla en la misma forma, y yo a llorar a mares. Esta misma escena la repitió muchas veces y reía alegremente al verme tan atemorizada y afligida; por felicidad para mí, luego pedían “los helados”, que, por cierto, no me dejaban tomar y concluía mi martirio.
También servían junto con los helados “el mate”. Para esto había en la sala, sobre la mesa del centro, que era redonda, de caoba y con mármol, una gran caja de plata con tapa de arcón y aldaba. El interior constaba de dos partes: una en que se ponía el azúcar tostada (que era mi delicia) y en la otra la yerba mate y cáscaras de naranja recién cortadas. Rodeaban a este arcón varios mates en mancerinas de plata, con bombillas del mismo metal. En otras de las mesas, también de caoba y con mármol, había siempre una bandeja de plata con botellas de agua y vasos de cristal, tan llenos de cortes, que no podía tomarlos por el dolor que producían en mis manos infantiles.
El segundo patio era enorme, pues no tenía edificio en el costado derecho. En los otros tres había anchos corredores con bancos de madera, que llamaban escaños, y accidentalmente algunos cajones de mercaderías. Estos los recuerdo porque Pancho, el menor de mis tíos, solía pararme encima de ellos y me dejaba sola, gritando como una desesperada, imaginándome al borde de un abismo.
Atravesando el patio, por el medio, había un ancho sendero empedrado que conducía desde el pasadizo, que lo unía con el primero hasta la puerta de entrada del tercero. Ambos costados de este sendero estaban divididos en dos grandes cuadros llenos de plantas y de árboles y rodeados por parras que trepaban por grandes postes de madera que sostenían otros trasversales, alrededor de los cuales se enredaban las guías y colgaban los pámpanos de uva blanca y cristalina, siempre verde para mí, al decir de mi madrina: doña Mercedes Barros Fernández, hermana de mi abuelo, que era la dueña de casa, la tía, como mis padres la llamaban.
Por el costado izquierdo de este patio, estaban los dormitorios; el primero era de mi abuelo, en donde nació mi padre y en donde murieron mi abuelo y sus tres mujeres. Venían enseguida otros dormitorios y una pieza con claraboya, que estaba generalmente cerrada, y que era uno de mis encantos cuando lograba verla. Allí se guardaba todo lo concerniente al altar de san Agustín de la iglesia de ese nombre, que estaba entregado a la exclusiva atención de mi madrina. Cuando se acercaba el día de san Agustín se abría aquella pieza misteriosa y se sacaban de sus armarios las vestiduras de gala del santo.
Todo aquello tenía un olor peculiar que me parece sentirlo: mezcla de alucema, de incienso y de ollitas de las monjas. La víspera de ese gran día, toda aquella ropa se colocaba en bandejas, que los criados llevaban con religioso respeto hasta la iglesia. Allí los seguíamos, mi madrina y yo, acompañadas de la Bartola, muchacha indígena criada de la casa, y de Magdalena, sirviente de razón que gobernaba la despensa.
En la iglesia comenzaban por bajar el santo del altar, al que, una vez despajado de sus vestiduras corrientes, se procedía a limpiarle la cara con un algodón untado de aceite nuez; cuidado muy prolijo que demandaba tiempo pero que dejaba al santo reluciente y limpio como patena. Enseguida se le vestía con el hábito de gala, de terciopelo negro, bordado de oro, con encajes blancos en el cuello y en los puños; se le ponía la mitra, recamada de oro y perlas; se le ataba en una mano un libro y en la otra una pequeña iglesia de filigrana de oro, que hacía mis delicias, cuando la contemplaba de cerca y podía así admirar sus primores. Enseguida se le volvía a subir al altar y se procedía a hacer la misma operación con los otros santos laterales, que ya no me interesaban lo mismo. Luego arreglaban los ramos de flores artificiales, que entonces se llamaban de mano, y por último se extendían los paños sagrados, de ricos encajes, con que se cubría el altar.
Esta operación duraba todo el día que para mí se hacía corto en medio de tantos atractivos; pero después de pasar tan largo rato en la media luz de la iglesia cerrada y fría, ¡qué alegre me parecía la calle con su luz resplandeciente! ¡qué tibio el aire que respiraba con delicia!
Desde aquellos días de mi primera infancia los claustros me han producido siempre una impresión penosa que mi espíritu no puede resistir. Mi madrina tenía una hermana monja, la tía Dolores, en el Convento del Carmen Bajo en la Cañadilla, y me llevaba consigo siempre que iba a visitarla. La tía Dolores, y las monjas en general, me hacían mucho cariño, pero mi mayor placer consistía en ver al Niño-Dios, que había bajo un fanal en la pieza del torno. Para verlo era necesario que me resignara a sentarme, bien encogida, dentro del torno, dar la vuelta a este y aparecer al otro lado en el interior del convento, donde me recibía en brazos la tornera, que a veces era mi propia tía. Esta operación tan sencilla era sin embargo aterradora para mí, algo como morir y resucitar, y por grande que era el encanto de ver al Niño, mi anhelo era volver al mundo de los míos.
Las monjas, en su deseo de retenerme, me daban dulces y rosarios y me llevaban al patio de la comunidad; pero la tétrica rigidez de los cipreses me infundía pavor y luego rompía en llanto.
Sin embargo, cada vez que me convidaban a pasar el torno para ver el Niño-Dios, volvía a hacerlo con el mismo terror al entrar, igual alborozo al ver al Niño y la misma pena al contemplar el claustro que tanto me aterraba. No pude acostumbrarme jamás.
Sin embargo, dada la austeridad de la vida que llevaba en la casa de mi abuelo, esto no habría debido infundirme tanto pavor, pues allí vivía rezando, o en la casa o en la iglesia, u oyendo leer el Año Cristiano, o la Vida de Jesucristo, u otros libros de devoción.
Más tarde cuando estaba más crecidita y sabía leer, lo que fue muy temprano, recuerdo que mi madrina hacía que le leyera estos libros todos los días, y a veces, por la noche en alta voz, los Salmos de David. Esta lectura era para mí el suplicio más atroz, y como no me atrevía a confesarlo, inventaba siempre dolores de muelas para sustraerme a aquel tormento.
¡Cuántas veces me cocí la boca con agua de colonia, con que trataban de aliviarme el supuesto dolor!, pero yo prefería, con mucho, esta molestia física a la angustia del alma que aquella lectura me causaba. Recuerdo que una noche de invierno leía yo esos tétricos salmos, sin saber qué pretexto inventar para interrumpir su lectura, cuando de pronto se sintió el estrépito de un gran derrumbe en el patio. Aquello me pareció providencial y mientras todos lamentaban la caída de la muralla divisoria del único costado que no tenía edificios, yo me sentía feliz como pájaro que ha recobrado su libertad.
Después de la muerte de mi abuelo, y una vez que se casaron todas mis tías, solo vivían en esa gran casa mi madrina y mis tíos Diego, Lauro, Carlos, Pancho y Trinidad, esta última paralítica de nacimiento y, aunque ya mujer por sus años, con una inteligencia como la de una niña menos despierta que yo. Ella era, sin embargo, mi único recurso para entretenerme, a más de la india Bartola, muchacha muy alta, fuerte y robusta, pero tan imbécil que me costeaba la diversión con sus tonterías. Un día la llevaron donde el médico porque se sentía muy mal. Al volver le pregunté qué tenía y con toda tranquilidad me respondió: “El médico dijo que estaba enferma de ‘habilidad’”. Con todo, esto era lo único que me resarcía de las angustias que sufría con las lecturas místicas.
Mi madrina debió ser muy hermosa en su juventud, pues aunque solo la recuerdo de anciana, la veo con cutis blanco y fresco, con lindo cabello castaño medio canoso, bonitos ojos y facciones muy finas, pero baja de estatura y bastante gruesa. Su expresión era grave y triste; no recuerdo haberla visto reírse jamás, en cambio la sentía suspirar constantemente.
Me contaron en la familia, que tuvo un gran amor por un hijo de doña Javiera Carrera: Pío Díaz Valdés, pero mientras duraba este afecto, murió este, víctima de una horrible tragedia en su fundo “San Miguel”.
Tras ese dolor que la afectó mucho, sufrió otro que debió atormentarla hondamente, a juzgar por las huellas que dejó y que alcancé a ver. Su hermana Dolores, muchos años menor que ella, a quien había cuidado como a una hija desde pequeña por haber perdido a su madre, se entró al Convento del Carmen, cuando tenía apenas dieciséis años. Debió ser muy bonita la tía Dolores, porque cuando yo la veía a través de las rejas del locutorio, muchos años después, era todavía hermosísima, blanca, muy pálida, de ojos negros vivísimos, fisonomía risueña y facciones muy distinguidas. De cuando en cuando era permitido verla a través de una doble reja de madera con gran espacio entre una y otra, y mi madrina siempre lloraba y la monja, que la llamaba mi ñaña, la consolaba con tono alegre. Siempre la acompañaba otra monja que llamaban “la escucha”, pero cuando esta se alejaba por un momento, se acercaban ambas hermanas con aire misterioso y se hablaban en secreto con mucha animación. Volvía la escucha y las dos recobraban su calma y aparente tranquilidad. Con el instinto propio de la niñez, yo le tenía odio a aquella escucha, respiraba con alegría cuando salía y me asustaba cuando reaparecía.
Muchos años más tarde conocí a monseñor José Ignacio Víctor Eyzaguirre, que era grande amigo de Augusto. Conversando sobre esta tía me dijo que esas vocaciones en la alborada de la vida habían sido muy comunes en Chile y en toda la América española, no solamente entre las niñas sino también entre los hombres de la mejor sociedad; y me agregó que habían producido más inconvenientes que ventajas porque a causa de ellas la oligarquía española, que estaba llamada a dirigir esta región del mundo, se había visto muy disminuida.
Mi madrina me quería mucho, y como siempre me tenía a su lado, me llevaba consigo cuando salía a ver a sus amigas. Entre estas, recuerdo sobre todo a doña Loreto Landa, solterona como ella y muy devota, en cuya casa me encontraba siempre con Luis Dávila Larraín, que era su ahijado, y mientras las madrinas conversaban, los ahijados jugábamos, cosa que ambos recordamos hasta hoy. Otras de sus íntimas eran doña Luz Covarrubias, hija de don Manuel, que ocupaba la casa vecina a la de mi abuelo, y doña Pepa Fontecilla de Sánchez que vivía a media cuadra por la calle Agustinas.
A la casa de mi abuelo debían llegar a menudo algunas visitas, porque era cosa corriente ver pasar, a toda prisa, a las criadas con grandes bandejas con dulces o con helados y otras coronillas y mazapanes, con que entonces se festejaba a las visitas; pero no entraba al salón, no sé si porque me era prohibido o porque no me gustaba. Todas las tardes llegaba un caballero viejo y muy flaco, a tomar el café con mi madrina: era don Eugenio Sánchez. Calculo que esto lo recuerdo porque fui con mi madrina a verlo a casa de doña Pepa Fontecilla en donde vivía, cuando ya estaba muy enfermo, pocos días antes de que se anunciara su muerte.
En aquellos años se acostumbraba llevar, a media noche, a los muertos a la capilla del cementerio. Según oí decir entonces, cuando llevaban a este caballero los acompañantes sintieron golpes en el ataúd; aterrados chicotearon a las mulas, para llegar pronto a la capilla, en donde abrieron el cajón y le encontraron absolutamente consciente. Le volvieron en el acto a su casa, envuelto en la mortaja con que, en aquellos años, se acostumbraba enterrar a los muertos. Desgraciadamente, pocos días después volvió a agonizar y murió, esta vez definitivamente; como era lógico, la familia lo veló en su casa durante varios días. Este hecho me causó tal impresión que no lo he olvidado jamás, a pesar de que, en aquellos años, era mucho más corriente de lo que ahora podemos imaginar, el oír hablar de “enterrados vivos”.
Otra clase de personas de muy distinta índole, por cierto, que conocí en aquella casa se me ha quedado también grabada en la memoria. “Ña Chepa la Loca” era una pobre mujer demente, inofensiva, de quien contaban una historia trágica como origen de su extravío. Allí se le daba limosna, cantaba, bailaba y decía disparates. “Calancha” era otro loco que siempre vestía de caballero: con sombrero de pelo y gran capa española, aunque fuese pleno verano. Este hombre era mi terror, y cuando Manuel mi hermano hacía alguna travesura, se le amenazaba con entregárselo a Calancha y yo moría de espanto. “Chuchi Borques” era un pobre viejo que andaba “al apa” de un muchacho que le conducía a las casas en que le daban limosna, o lo sentaba en las esquinas de las calles centrales para solicitar la caridad de los transeúntes. Este pobre viejo era un ex soldado de la guerra de la Independencia que vestía aún su raído traje militar. Como tenía perturbada su razón, apenas le sentaban en el suelo (pues tenía las piernas paralizadas), se sacaba sus zapatos y mirando en la suela repetía en alta voz la lista del cuartel, agregando después de cada nombre: ausente, excepto al decir el suyo, en que gritaba con entusiasmo: presente. La naciente República no era, como se ve, muy generosa con sus servidores. También recuerdo un padre con traje gris, de semblante dulce y risueño, que llevaba una pequeña imagen adherida a una alcancía de lata, que le arrebataba para recoger la limosna, a quien he llamado siempre Fray Andrés, pero mis tíos me han dicho que después que este era el famoso Fray Andresito, tan venerado por nuestro pueblo.
Esta casa tenía también sus grandes días: los de procesiones. Recuerdo una, sobre todo, que era muy pomposa y que pasaba por allí ya de entrada la noche. Desde temprano se izaba la bandera, se llenaba el zaguán de escaños para que se sentaran las personas que iban a verla pasar y todo el día se reunían flores, en grandes bandejas, para arrojarlas al paso de las andas. Lo que más me atraía de esta procesión era que en el anda de la Virgen iban angelitos vivos y todo mi entusiasmo era contemplarlos y tirarles besos y flores. Pero un día le oí decir a mi mamá que le había pedido a mi hermano Manuel, que era muy bonito, para sacarlo en el anda de Angelito. ¡Cómo, pensé, Manuel es tan malazo, cómo puede ser angelito! Primer desencanto de mi vida, pues desde entonces se me acabó el entusiasmo por los angelitos vivos.
En una de las procesiones recuerdo que conocí al arzobispo don Rafael Valentín Valdivieso. A medio día llegó a la casa una bandeja con el manteo y el sombrero de teja del arzobispo, que se colocó con mucha unción sobre una mesa de arrimo de la sala. Más tarde al pasar por allí la procesión se desprendió el arzobispo de la comitiva y entró a la casa revestido de su mitra, capa de coro y báculo, y después de cambiarse aquellas vestiduras por las que estaban en la bandeja, se sentó a conversar y a descansar. Yo debía estar muy chica entonces, porque recuerdo que cuando me acerqué a besarle la esposa apenas alcanzaba a sus rodillas. Me preguntó mi nombre y enseguida si me había confirmado y como no le contestaba me dio una feroz palmada en la cara diciéndome que ya estaba confirmada. Lo que estaba era aterrada y llorosa, sufriendo en silencio el dolor de la palmada.
Como se ve nada de extraordinario o siquiera interesante he podido consignar al recordar la casa de mi abuelo paterno, y si me he decidido a no suprimir estos apuntes ha sido porque me han asegurado que ellos dan una idea de cómo se vivía en una gran casa en Santiago, a mediados del siglo pasado; porque la casa de don Diego Antonio Barros era una de las más representativas de aquella época todavía semi colonial.
En realidad, mi abuelo era un hombre de gran alcurnia. El primer Barros venido a Chile, fue compañero de Valdivia y por las venas de mi abuela corría la sangre de muchos conquistadores de América; muchos de sus antepasados tuvieron señaladas actuaciones durante la Conquista y la Colonia y su padre y él, durante la Independencia y los primeros años de la República. Además, pasaba por ser el comerciante más acaudalado de su tiempo. Todo esto, como es natural, le daba una gran situación social y política.
Su primera mujer (la madre de mi padre) fue doña Martina Arana y Andonaegui, hermana del famoso ministro del dictador Rosas: don Felipe Arana.
