Recuerdos y devenires - Mario Valdivia V. - E-Book

Recuerdos y devenires E-Book

Mario Valdivia V.

0,0

Beschreibung

Recuerdos y Devenires es una autobiografía. En ella, Mario Valdivia rememora su vida en primera persona, transcurrida en años turbulentos. Son memorias muy personales, iluminadas por reflexiones también muy personales hechas desde la perspectiva del año 2020, cuando son escritas. Resultan del afán por articular una existencia formateada y des formateada en una era histórica movediza como pocas. Chile experimentó en la generación del autor una transformación histórica modernizadora que en otros lugares duró siglos. El paso de un universo con resabios feudales a un capitalismo de estado desarrollista, de ahí a un intento socialista en serio, seguido de una dictadura de carácter neoliberal de capitalismo desatado, después a una nueva democracia de sabor socialdemócrata de tercera vía, para acabar con puntos suspensivos interrogadores, constituyó un largo evento único para el autor y su entorno. Abrumador y apabullante para quienes lo produjeron y lo sufrieron, chilenas y chilenos inmersas en un mundo global marcado a fuego por sueños históricos esfumados. El autor intenta reflexionar sobre su vida en el contexto de este proceso traumático y germinal en el cual le tocó agenciarla. Sus recuerdos y devenires adquieren así el carácter de memorias de una generación, que avergonzada del país heredado se "lanzó a vientos para caer en un pantano sin compasión", como dice Rilke. Ciénaga en gran parte dejada atrás, pero que a nadie dejó indiferente. Memorias personales y memorias de una generación, aquí están Recuerdos Y Devenires de Mario Valdivia, para quien quiera leerlas.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 587

Veröffentlichungsjahr: 2021

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



RECUERDOS Y DEVENIRES

© Mario Valdivia, 2024

© Pehoé ediciones, agosto 2024

Pehoé ediciones

San Sebastián 2957, Las Condes

Santiago de Chile

ISBN Edición impresa: 978-956-6131-12-0

ISBN Edición digital: 978-956-6131-08-3

Diagramación digital: ebooks [email protected]

La reproducción total o parcial de este libro queda prohibida, salvo que se cuente con la autorización del editor.

RAICES EN CHILE VIEJO

La tierra de los zorzales

y de los rojos copihues.

Con su cordillera blanca,

pucha que es linda mi tierra.

No hay otra que se le iguale

aunque la busquen con vela.

Chile, Chile lindo.

El orden social se mantiene en Chile

por el peso de la noche y porque no

tenemos hombres sutiles, hábiles y

quisquillosos: la tendencia casi general

de la masa al reposo es la garantía

de la tranquilidad pública.

(Clara Solovera, «Chile lindo»)

(Diego Portales, carta a Joaquín Tocornal, julio 16, 1832)

PLANTILLAS

Se sale por la pieza del lavado hacia la parte de atrás de la casa. Me acuerdo como si fuera hoy. Es una sala con tinas y mesones. Hay un leve picor ácido, especialmente en los días de invierno cuando se mantienen las puertas y ventanas cerradas. En el centro, sobre un brasero crepitante, hay planchas de fierro fundido tomando calor. Por el camino ripiado se camina hacia el sur, orillando un canal a mano derecha. En algunos lugares se puede escuchar el agua corriendo. Al lado izquierdo, un poco más adelante, hileras de sábanas blancas ondean con el viento frío del sur. Cuando conozco las embarcaciones a vela años más tarde, y cada vez que veo alguna, recuerdo el aparejo de esas sábanas hinchadas secándose al aire.

Dos paltos de gran altura al costado derecho y un portón de madera siempre abierto marcan el final del camino. A pocos metros está el gran galpón de paredes de adobe, en parte entabladas. Lo que más sobresale es el extendido techo de tejas, que los años y los terremotos han inclinado y torcido en ángulos caprichosos. En cuanto me acerco al corredor del poniente puedo oír el golpeteo opaco que me es tan familiar. El ritmo pausado y fluido, nunca exactamente a tiempo, y el toque aéreo, pueden pertenecer a una acción humana o al comportamiento de algún animal. Incluso leves ráfagas de viento pueden producir sonidos rítmicos como ése al mover alguna tabla suelta en la pared. Me encuentro mucho más tarde con esa misma sonoridad alada y casi a tiempo en un reloj de agua japonés, conservado en un antiguo templo en Kioto.

Sé, por supuesto, que se trata del maestro carrocero. Me detengo a oírlo, oculto, antes de entrar a su espacio de trabajo, esa tierra en la cual lo natural, lo humano y lo animal pueden confundirse. Ahí me quedo en silencio, en ocasiones durante un rato largo, embelesado con el tiempo dejado atrás y retenido por el golpeteo rítmico del artesano.

¿Cómo saber si estas reflexiones no son más que agregados de los años, y no recuerdos legítimos del pasado? No estoy seguro, pero me inclina a aceptarlas como evocaciones genuinas la confianza que tengo en mi memoria. Si la someto a prueba, triunfa con distinción con el nombre y el apellido del carrocero – Samuel Otárola –, del albañil – Abraham Rodríguez –, del encargado de la lechería y quesería – Manuel Sandoval – y del apicultor – Emilio Quiroz –, así como con los apellidos del herrero – Barra –, del encargado de la obra de ladrillos y tejas – Rivas –, con el nombre del carpintero – Marcos – y del encargado de la caballeriza – Domingo.

Es una hacienda grande, ubicada en tierras que habían sido de frontera. Todos esos artesanos, y otros de los que no me acuerdo, pertenecen a ella. Dedicados exclusivamente a sus especialidades, son pagados en gran parte con tierras concedidas al uso de sus familias.

Samuel Otárola trabaja, solo, en el corredor poniente del galpón del sur. Sin ayuda, produce las carretas que son el principal medio de transporte de carga de la hacienda. Tiene el aspecto de un patriarca de la Biblia. Excesivamente parecido, en realidad. Para mí es una encarnación personificada de Abraham, Isaac o Jacob. En algún momento pienso en San José, por la carpintería. Sin embargo, el hecho de que viejo artesano no sea un carpintero en general, sino exclusivamente carrocero, es quizá la razón por la cual los patriarcas del Viejo Testamento terminan por parecerme modelos más adecuados del artesano.

Tengo pocos años. Todavía no entro al colegio. ¿De dónde salen esas imágenes bíblicas que llenan mi imaginación? Mi familia no es especialmente religiosa. Deben haber flotado en el ambiente, inevitables, arrastradas en los corredores por los ecos de conversaciones, o bien ilustradas en viejos cuadros oscuros de marcos hondos que cuelgan aquí y allá. Me resulta muy sugerente, hoy día, el recuerdo de los nombres del viejo testamento bíblico que abundan en mi familia, Judit, Berta, Rafael, sin olvidar Samuel, el nombre de mi abuelo, en compañía de comprensibles apelativos neotestamentarios como Luz María, María Jesús, Carmen Luz, Blanca, como mi abuela, y María a solas. Para mí, lo más llamativo del aspecto del maestro carrocero es la gran barba blanca que le cubre la cara, cayéndole hasta el pecho, y la completa calvicie de la parte alta de la cabeza. Sentado, solo, con la masa de una rueda entre las rodillas, produciendo a formón los calados en los que se insertarán los rayos, el viejo llena todo el espacio a su alrededor.

La rueda de una carreta, hecha de madera, es una obra de arte. Obviamente. Lo digo hoy, pero ya en ese tiempo me fascina ver trabajar al maestro Samuel, y me acostumbro a visitarlo tarde en las mañanas. Me saluda con una mirada breve y un murmullo, nada más. No recuerdo que me dirigiera nunca la palabra. A la hora de doce, el nombre establecido del mediodía, la sombra del alero cae a plomo sobre el piso de tierra. El calor aumenta con rapidez, así que me ubico en un lugar protegido del corredor, donde se puede gozar de un poco de frescura. Paralelo a la línea de la oscuridad, a pocos centímetros de ella, un leve surco de piedrecillas brillantes recuerda la caída de los chorros de agua del techo en el invierno.

El trabajo comienza con un trozo de tronco de acacia. Imagino que pueden servir otras maderas, las que, en todo caso, deben ser especialmente duras y resistentes. El maestro le quita la corteza y lo convierte a formón en un cilindro más o menos regular, de unos cincuenta centímetros de largo y treinta de diámetro. Con barrenos, lo perfora de lado a lado a lo largo. Primero, usa una mecha delgada, procurando mantener la perforación completamente paralela al largo del cilindro. Enseguida, con mechas más gruesas, alcanza el diámetro adecuado para aceptar, con una holgura mínima, el eje de la rueda.

Para continuar, rebaja el diámetro del cilindro en sus extremos y los convierte en conos truncados. Tiene un claro efecto estético, pero el propósito es funcional. Deben minimizar el roce entre la masa de cada rueda y los pasadores que asegurarán que ésta no se desplace a lo largo del eje. Por fin, a formón, cala agujeros rectangulares en la superficie circular de la pieza, espaciándolos regularmente en los lugares en los que insertará los rayos de la rueda.

¡La masa está completa! El viejo maestro hace dos de ellas antes de pasar a otras tareas. Ver completos, posados en el piso de tierra del taller, los elegantes cilindros con sus extremos cónicos truncos y los hondos calados rectangulares sombríos dispuestos rítmicamente en círculo, nunca deja de emocionarme. Con los años me puedo dar cuenta de que tengo mis primeras experiencias sobrecogedoras con el arte. Samuel Otárola trae a la existencia un universo entero de formas, significados y sugerencias para la imaginación donde antes no había nada.

Sigue la producción de los rayos de las ruedas. Sólidos listones de madera de acacia, de sección rectangular y de ochenta centímetros de largo más o menos, con los extremos formateados para entrar con exactitud en los calados de la masa, son elaborados a sierra manual y formón. Cuando el número se completa, el viejo artesano pasa a la producción del aro de las ruedas. Dibuja sobre gruesos trozos de madera las secciones curvas, con los cortes complementarios entre ellas que permitirán unirlas entre sí para producir una circunferencia perfecta, así como los calados espaciados en forma ordenada en los que anclarán los rayos.

Cuando todas las piezas se unen, calzando entre ellas a la perfección, emerge la rueda en su integridad. Como por arte de magia surge una realidad nueva en el corredor. Nada está aún unido fijamente, ni clavado ni encolado, pero la rueda parada en el suelo, afirmada por el artesano, relumbra como iluminada por sí misma, presente y quieta. El viejo y su obra parecen detener el tiempo. El asombro maravillado de estar ahí, presente en ese preciso momento, nunca se me va por completo. Casi setenta años más tarde, el recuerdo es completamente nítido.

El viejo artesano no se queda tranquilo. Afirma las dos ruedas contra la pared, las superpone parcialmente y se queda mirándolas durante largos minutos. Parece interrogarse a sí mismo. Las ruedas no son exactamente iguales, no hay que ser muy observador para darse cuenta. Que no calcen a la perfección parece inquietar a Samuel Otárola. Los ángulos no son exactamente uniformes, el círculo del aro no es el ideal, algunos rayos parecen curvarse levemente, lo que permite adivinar que operan fuerzas y tensiones indebidas. Definitivamente la obra no es perfecta. Quien se da cuenta con mayor claridad de las imperfecciones es el mismo artesano, que estudia las ruedas agachado, girándolas incesantemente, con la respiración entrecortada convertida en una larga queja. Es evidente que no se hace ilusiones. Sin embargo, con un paulatino gesto de satisfacción que reemplaza la inquietud, de pronto detiene su examen inquisitivo, toma distancia de su obra y la aprecia en silencio. Ahora la llanta, dice, en el ánimo del que sabe que su obra debe ser empaquetada. Es casi lo único que le oigo decir al viejo alguna vez.

Y así es. Con la rueda no queda nada más que hacer que instalar las llantas de hierro alrededor de los aros de madera. Habían llegado unos días antes desde la fragua, forjados con las dimensiones precisas. La instalación se hace con la ayuda de fuego. Se enciende abundante carbón sobre el suelo de tierra, cubriéndose con éste la pieza metálica. Cuando enrojece, se ajusta alrededor del aro de la rueda con la ayuda de tenazas y combos. En cuanto está bien calzada, se enfría con agua para evitar que la madera encienda y se queme. Como el metal encoje al perder temperatura, el aro comprime toda la estructura desde el exterior, articulando sólidamente el artefacto. Sin clavos ni encolado, por la exclusiva fuerza del hierro encogido de la yanta, la rueda existe por fin como un ser independiente. Lo que más me deja pensando hasta el día de hoy, es la firmeza indestructible que adquiere. Nunca, que recuerde, veo una carreta con la yanta desprendida, a pesar del trato demoledor que recibe el carruaje.

Si es verdad lo que sostienen algunos filósofos, que una obra de arte abre un mundo, habría que reconocer las ruedas de Samuel Otárola como obras de arte. Nada más abridor que ellas del mundo de la hacienda ganadera y triguera de los siglos XVIII al XIX de Chile Central. Basta con mirarlas…

¿Cómo sabe el viejo Otárola qué dimensiones darle a su diseño? ¿De qué diámetro la masa central?, ¿qué largo dar a los rayos?, ¿de qué longitud la circunferencia del aro?, ¿dónde ubicar los calados en ambas piezas para que calcen entre sí? ¿Cómo consigue hacer dos ruedas de dimensiones similares? De niño, seguro que no me llama la atención. Me parece obvio. De adulto, me maravillo cuando lo recuerdo. El artesano utiliza plantillas. La originalidad de su diseño no es tal, copia. Traspasa las formas de plantillas a los trozos de madera informes sobre los que ejerce su trabajo. Da forma con formas recordadas bien preservadas. Por eso, ahora me lo explico, las carretas del viejo eran todas iguales, lo que me llama la atención al compararlas con las de artesanos carroceros de otros lugares. Cada uno guarda el tesoro de sus propias plantillas, todas un poco diferentes, producidas quizá cuándo y por quién, heredadas, pasadas de mano en mano vaya a saber uno cómo. Esas formas privadas, más sus habilidades manuales, constituyen no solo el trabajo de los maestros artesanos, sino quienes en verdad ellos son.

De estuches de suela gastada, que no siempre lleva al lugar de trabajo, Samuel Otárola extrae plantillas de madera delgada para darle a su obra todas las dimensiones y características relevantes. Dibuja con un grueso lápiz de carpintero el borde de las piezas sobre trozos de madera que después corta a sierra y cala a formón. O bien controla el diámetro de las masas con plantillas como pinzas que fijan la dimensión adecuada. Es evidente, ahora lo veo con claridad, que protege sus plantillas como si fueran elsecreto más valioso de su profesión. ¡Y lo son! Como las patentes actuales y los derechos de autor…

Me pregunto ahora dónde las había obtenido. De su padre, puedo imaginar, con seguridad un artesano carrocero. ¿Y este? De su propio padre, otro Otárola carrocero. Y si considero que se trata de un apellido vasco, muy vasco, y la poca movilidad de las personas

en el Chile de esos años, puedo imaginar que hubo un carpintero de Bilbao contratado por José Urrutia Mendiburu, el gran empresario de la época, para trabajar en sus astilleros de Concepción a fines del siglo XVIII. Calza con los años y es una buena historia. Y lo mejor es que resalta algo que podemos pasar por alto con facilidad: con seguridad las plantillas eran históricamente muy viejas. En el medioevo europeo se producen carretas como las que manufactura Samuel Otárola. El Imperio Romano trasporta sus cargas por tierra en carretas con ruedas como esas, su caballería reforzada rápida se afirma en ellas, uno de sus deportes más populares y elegante depende de ellas. Aseguran quienes saben de estas cosas que la rueda con rayos la inventaron los asirios. Capaz que sea cierto. Otárola, con sus plantillas, agencia un cut y paste con un drag and drop de siglos.

Recordando al viejo carrocero puedo imaginar mejor lo que me cuentan más tarde mis profesores, que, de primera, me parece descabellado; incomprensible es poco. La creencia de los filósofos griegos de que las cosas del mundo son copias de formas abstractas eternas, ideas perfectas, que existen antes de aquellas, tiene después de todo un cierto asidero. Puedo reconocer el artefacto terminado por Otárola como una rueda debido a su forma copiada de una plantilla previamente existente. Hace milenios, alguien descubre en su imaginación una forma que «aterriza» a sierra y formón como una rueda de madera. Para no perder la forma nunca más, le saca una plantilla que atesora con cuidado. Puede ser una manera de pensar curiosa, suponer que hay ideas en las alturas que de pronto caen en las cabezas humanas, pero no tan pasada de moda. «Modelo», como en «modelo económico de libre mercado» hacer referencia a las formas ideales que debe tener una organización económica real, mostrando a la claras que las plantillas en las alturas están vivitas y coleando hasta el día de hoy. Y entre gente muy inteligente. Para qué decir «socialismo real», para contrastar con «socialismo de verdad», o «el modelo de negocios» de una empresa, o «la modelo» de belleza. Puede que sea descabellado encerrar la existencia mediante plantillas etéreas, pero pasado de moda, para nada.

Si presto más atención a mis recuerdos, puedo ver a Otárola examinando las ruedas completas, yantas de hierro incluidas, apoyadas contra la pared de cal salpicada de peladuras del corredor. Plantillas en mano se afana por comprobar, por comparación, que cada una de las partes clave de su obra tenga la forma correcta. Hoy me llama la atención más que antes, que no se preocupa tanto de que sean buenas ruedas simplemente observándolas, o poniéndolas a funcionar, sino que comprueba que se atengan a lo formateado en las plantillas. Las formas establecidas mandan, porque ser una rueda se asegura por la corrección de la copia, no por los artefactos mismos reclinados contra el muro. Quizá es porque más allá de un buen funcionamiento en una prueba somera, solo la fidelidad a la plantilla asegura que durarán lo debido.

Me alucina pensar en la filiación de milenios de las humildes carretas, con formas congeladas en plantillas que seguramente admitieron pequeñas variaciones, innovaciones, se diría hoy, que fueron copiadas en reverso, la famosa ingeniería inversa, en nuevas

plantillas que se desperdigan en el tiempo como herencia de familias y gremios de artesanos. Estas raíces revive Samuel Otárola en cada uno de sus movimientos y operaciones, en sus instrumentos y, sobre todo, en sus plantillas atesoradas. Y con él se extinguen. Un nuevo mundo de fórmulas calculadas, de energía eléctrica y de automotores termina con su profesión de artesano, sus habilidades y sus plantillas. Yo presencio con mis ojos el último aliento de la tradición carrocera. Cuando la edad obliga a Otárola a dejar de trabajar, nadie hereda sus plantillas y nadie cultiva las habilidades que él tiene con la sierra, el formón y el berbiquí para producir ruedas y carretas de madera. Cuando muere, habían llegado los carros metálicos y los camiones.

Termino mis recuerdos de Samuel Otárola en tono nostálgico. Escucho mientras escribo la Sonata # 16 para piano de Mozart. Me transporta la intimidad triste que le da Claudio Arrau con su pureza y precisión. De manera similar a mi maestro artesano, sigue con cuidado las notas registradas en una plantilla que viene del Siglo XVIII. Para el pianista, las habilidades requeridas para reproducirla son lo más difícil de crear, por algo aquella no se atesora. Por el contrario, es multiplicada sin impedimentos en forma masiva. Pero la composición sigue siendo atribuida a quien diseñó la plantilla original, no a quienes la ejecutan… aunque se aprecian las particularidades de las particulares habilidades de estos.

¿El jazz? Bueno, el jazz es otra cosa…

NO SOLO ARTESANOS

Hay un cielo de loza gastada. El frío entume. Una veintena de trabajadores espera en fila desde temprano en el corredor del norte. Los veo llegar de a uno y esperar bajo el viejo álamo carolino sin hojas. A pesar de la distancia es fácil darse cuenta de que hay algo raro en sus posturas, una orientación ladeada de los cuerpos, un constante desplazamiento del peso del cuerpo de una pierna a la otra. Cuando se juntan tres o cuatro, se deciden a caminar con lentitud por el sendero de maicillo que rodea el pasto, nuestro lugar de juegos en la parte delantera de la casa, hacia el corredor. A las once de la mañana han hecho una fila compacta bajo el alero, apretados contra el muro de adobes pintado de color lechoso. A la distancia, me puedo imaginar el olor a lana mojada.

Aunque no los veo con claridad, puedo observar perfectamente los infaltables sombreros solemnes. Alones, algunos de fieltro negro, otros de paja descolorida por el sol. La cubierta del alero del corredor no obliga a sacárselos. Tampoco la presencia mutua, por el contrario. Solo el breve intercambio que tendrán con el patrón en pocos minutos más, lo sostendrán con el sombrero en las manos. Descubiertos, por respeto. También puedo dar por vistos los ponchos infaltables. Cortos, cubriendo hasta la cintura, abiertos en un tajo vertical en el cuello, de lana coloreada de gris y café. Algunos que se hacen notar llevan tobilleras de piel de oveja para protegerse del frío y el sudor de los caballos. En su mayoría llevan ojotas, no así los arrieros, que usan zapatos de huaso. Imagino, hoy, que las camisas de colores opacos eran de lino.

En realidad, todos los detalles los puedo reconocer y nombrar solamente hoy. Aunque la memoria es indudable, la modula el lenguaje con más vocabulario de la adultez, capaz de distinguir más que el infantil. Supongo. Imagino que es siempre así. El pasado tal cual fue, exactamente como existió, si es que el término exactitud sea atinado, por necesidad desaparece. El recuerdo es siempre inventado. Como las ojotas de los trabajadores haciendo fila, que resaltan, ahora, emitiendo verdaderos destellos. De etimología quichua, la ojota es un cruce entre el Imperio Inca y la Goodyear, en ese tiempo Industria de Neumáticos, S.A., INSA. El diseño es ancestral, el material, moderno.

Recuerdo que una especie de amenaza late en el grupo apilado contra el muro. Siento en el cuerpo una especie de oscuridad inesperada, un temor inexplicable que me embarga cuando camino a lo largo del corredor en dirección a la puerta del final. Tengo la sensación de estar en peligro. ¡No necesito inventar eso! Me sacude el olor a ropa húmeda, a lana azumagada. Lo tengo presente hasta el día de hoy. Quiero saludar y sonreír. No puedo. Me encuentro con frialdad en vez de la amistosa buena voluntad, el trato cercano que acostumbro a recibir de cada uno de los que ahí estaban cuando me lo encuentro trabajando en el vasto campo de la hacienda. Me sorprende la cuidada indiferencia, la

actitud sombría, como si no se tratara de mí sino de cumplir con ellos mismos, con algún propósito común. Supongo que esto último lo sobrepongo ahora a mis recuerdos más de verdad. ¡Justo ahora!, creo o imagino que pienso, cuando estamos a la misma altura, parados en el mismo suelo. A pie. ¡Ahora!, no cuando me topo con ellos, todavía hoy puedo ver algunas caras, traspirados, regando, conduciendo el agua rebelde con una pala, y yo un metro y medio más alto en mi caballo…

El trayecto por el corredor hasta la puerta se me hace insoportablemente largo. Cuando llego a ella y procuro abrirla, la encuentro cerrada. Golpeo con timidez. Nadie abre. Siento miedo de la oscura masa apretada contra el muro que se extiende bajo el ancho alero de tejas. Percibo que comienza a cuajar una siniestra concertación. No me pongo siquiera en la posibilidad de regresar por el camino que había hecho. Golpeo por segunda vez, y nada. Estoy a punto de huir aterrorizado del corredor, pero pesa más sentir que es vergonzoso. Soy hijo del patrón. Golpeo con violencia, y por fin oigo el ruido del pestillo metálico descorriéndose. Me abren, puedo entrar. Me parece percibir un cierto apuro por cerrar nuevamente la puerta y correr el cerrojo. Quédate aquí, mejor no sales, parece que me dicen. Me siento en una silla desocupada en un rincón a recuperar aire

Mi tío y el contador pagan las remuneraciones mensuales. Por una pequeña ventana que da al corredor, el contable grita un nombre. Cuando alguien se acerca, sombrero en mano, mi tío mantiene con él una conversación en voz alta. Yo entiendo algunos términos que se repiten, como derecho a talaje, regalías, uso de hectáreas de tierra, tarja de días trabajados, resultado en dinero, pero no comprendo bien su significado. Hoy día puedo reconstruir que se calcula el resultado neto en dinero del sistema de prestaciones y contraprestaciones de una economía con restos feudales que empieza a utilizar el salario. La conversación termina con la entrega de la cantidad de dinero resultante. ¿Estamos de acuerdo?, pregunta mi tío. Sí, patrón, es la respuesta esperada. Enseguida, con la cabeza nuevamente cubierta por el sombreo, el recién pagado sale del alero del corredor y se aleja con pasos sólidos por el sendero de maicillo en dirección al camino público.

La mañana se hace larga. El mismo procedimiento se repite una y otra vez de la misma manera. Aburrido, inmóvil y en silencio, comienzo a pensar que el episodio en el corredor no ha ocurrido más que mi imaginación. Lo demuestra la tranquilidad de las conversaciones y la completa ausencia de desacuerdos. Me asusté por nada. Durante un rato me dejo llevar por la pregunta de qué me había ocurrido, hasta que ella también me aburre. Estoy considerando cómo irme, cuando la mirada que vagar por lugares sin importancia me pone en contacto con la pistola en la repisa bajo la mesa que ocupa mi tío y el contable. Aunque guardada en la cartuchera, parece estar lista para ser usada. La ansiedad regresa de golpe. Ocurre algo potencialmente peligroso. Salir al corredor no es una opción. El arma a la mano me atemoriza.

Esa tarde escucho a mi madre reclamar a mi tío por hacerme participar en el proceso de pagos. Que no le pareció bien hacerme salir por el corredor lleno, responde él. Que me vigilen mejor para que no vague por la casa en día de pago, se queja. ¿Ocurre de verdad esta conversación o es un invento mío? No estoy seguro. Y mientras más trato de asegurarme, menos seguro me siento… Sin embargo, el resto de la historia es completamente verídica.

Hay armas en la casa. Escopetas de todos los tamaños y rifles de pequeño calibre para cazar liebres, tórtolas, torcazas y patos. Potentes carabinas Winchester, iguales a las que usaban los cowboy, según descubrí en el cine, revólveres y pistolas de grueso calibre, cuyo propósito obviamente no es la cacería, sugieren viejos peligros no muy olvidados. Los adolescentes de género masculino aprendemos a disparar de muy jóvenes, y recibimos de regalo nuestras propias armas de caza. Las de grueso calibre, en cambio, son cuidadas por los adultos. Se encuentran en las repisas altas de los aparadores, sin cargar y enfundadas en sus cartucheras. Me atraen con un poco de miedo.

Más tarde me doy cuenta de que la casa está cerradas por los cuatro costados como un fuerte, y que las ventanas y la puertas de las piezas dan a corredores techados que rodean el patio interior. De niño me parece natural. Tampoco me llaman la atención las puertas con tranca, ni los gruesos postigos de madera con los que cierro la ventana de mi dormitorio en las noches, atrancándola. Solo que producen una oscuridad al cien por ciento, que debe ser el origen de la desconfianza que le tengo a lo oscuro hasta el día de hoy. Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que reconozco indicios claros de que late algo peligroso, de lo que es conveniente precaverse. Posibilidades. Acasos. Naturalmente doy por sentado lo que me rodea, aunque hay confusiones. La vida diaria transcurre como siempre, imponiendo verdades obvias, hábitos e historias, y tapaderas. Pero hay descalces. Cuando menos una parte oculta de la verdad es que, sujetas a la atracción que con seguridad ejerce durante siglos la autonomía mapuche a poca distancia hacia el sur, las comunidades originarias de la región debieron ser rebeldes, subordinadas a medias al Estado y la Iglesia, y culturalmente muy mestizas. Durante mucho tiempo, quizá hasta cuándo, su obediencia no puede darse por asegurada.

Al lado del rio Diguillín, la hacienda está en tierras que habían sido fronterizas entre el virreinato español y el mundo mapuche, durante tres siglos. El rio Bio Bio, la línea formal de la frontera aparentemente está muy lejos. En automóvil, el camino es un infierno, con unos arenales cerca del rio Laja que pueden tragarse un camión cargado. Cuentan que cuando llueve mucho en invierno, las arenas arrastradas por el agua dejan al descubierto carretas enteras con sus yuntas de bueyes y todo, que nadie recuerda cuándo desaparecieron. Por ferrocarril es seguro, pero igual el viaje es muy largo. En mi imaginación, Temuco no es un lugar en el mapa, sino el confín de los héroes míticos Caupolicán, Galvarino y Lautaro. No recuerdo que, de niño, viajáramos al sur alguna vez, el tráfico de la hacienda en automóvil y ferrocarril es hacia Chillán y Santiago, pocas veces a Concepción. Sin embargo, a pie y a caballo la frontera está muy cerca, especialmente por los caminos de los contrafuertes cordilleranos. En una jornada se alcanza el río Laja, en una más se llega al Bio Bio. Mientras dura la Colonia, esas tierras están bajo el control de bandas de comerciantes, contrabandistas y ladrones de ganado, emprendimientos trasnacionales mapuche – criollos, que operan en connivencia con las comunidades al otro lado del río frontera, usando el paso cordillerano de Laguna del Laja – Antuco. Una fuente de ganancias sabrosas en las que participan, con seguridad, el ejército estacionado en la frontera y los jesuitas; la Corona y la Superioridad General quedan muy lejos.

Un poco de historia sacada de cualquier libro de texto me sirve para entender lo que no podía de niño. Google, que todo lo sabe, también. Desde la batalla de Curalaba en 1598, la Corona abandona el territorio hasta Valdivia durante todo el tiempo que dura la Colonia, y se hace fuerte al norte del rio Bío Bío, donde estaciona un ejército pagado desde Madrid. Las comunidades y agrupaciones picunche, pehuenche y mapuche de la región limítrofe entre Chillán y la frontera son encomendadas a la mano civilizadora y productora de humildad de la Compañía de Jesús, que recibe mercedes de tierras en esos territorios. Los San Ignacio, San Javier y La Compañía conviven como nata hasta el día de hoy en la superficie de la toponimia de la zona, con Itata, Dañicalqui, Diguillín, Antuco, Trumao y Las Quilas en la hondura de los ríos, en quebradas y riscos. Así como duraznos, castaños, parras, cerezos, rosales, trigo, avena y alfalfa comparten el paisaje con hualles, mañíos, lingues, pehuenes, chilcas, copihues, yuyos y digüeñes. La frontera bulle de comercio y matute, como ocurre en todos los bordes divisorios regimentados, cuyos rastros puedo imaginar en mis recuerdos del viejo aparcado de carretas del Mercado de Chillán, actualmente demolido por modernización. Junto con un mestizaje practicado con calor y energía durante generaciones, que también tengo fresco en mis recuerdos de las mujeres que atienden las cocinerías del mercado y las nanas de la hacienda.

Acumulan demasiada tierra los jesuitas. Y poder. La Corona los expulsa de América en 1767, para expropiar y rematar sus posesiones. No puedo recordar este hecho sin pensar en el fanático apoyo a la reforma agraria en Chile de los jesuitas tres siglos más tarde. Sugerente misterio. El hecho es que Urrutia Mendiburu, el rico armador y comerciante vasco de Concepción, es uno de los grandes favorecidos tras los remates fiscales. Por arte de amores, alianzas familiares, contingencias y birlibirloques mi abuela termina dueña de un trozo de trozo de trozo de las grandes extensiones jesuitas, en cuyas cercanía deambulaban, todavía, quiénes habían llegado antes. Me sorprende el dato de que en 1810, todavía operaba un Colegio de Naturales en Chillán.

La confrontación de la Corona Española con los Mapuche no es una mocha sin importancia. Para los españoles es una guerra formal, la Guerra de Arauco. Se dice que Felipe II, el lejano monarca que no ve esconderse el sol, reclama que en ella pierde un numero demasiado grande de los gallardos oficiales forrados en metal que necesita desesperadamente para guerrear en Flandes. El territorio llamado Chile se mantiene

dividido en dos, con frontera y pasaportes formales reconocidos en tratados oficiales mutuos, hasta fines del Siglo XIX. Es la República de Chile la que, afirmada su independencia, decide establecer su autoridad sobre la zona fronteriza y sus habitantes. Un listado de los principales pueblos del lugar, con sus fechas de fundación, me ayuda a percatarme cuán recientes son, comparados con Chillán, la verdadera capital de la frontera, fundada en 1580. Yungay, 1842, El Carmen, 1853, San Ignacio, 1871, Pemuco, 1891, Huépil, 1906. Todos fundados bien entrada la república. Asentar en pueblos de calles nominadas y ordenadas a vecinos identificados y bautizados, con propiedad legalizada y reconocida sobre sus sitios, produce como resultado la reducción de la autonomía de quiénes vagan por todo el lugar como si fuera propio.

De los que habitaban las tierras al lado norte de la frontera alrededor de la hacienda, nunca más se sabe. Cuando nazco, ya no hay comunidades ni grupos de naturales en la región, solamente trabajadores situados y laborando en las haciendas, y vecinos de los pequeños pueblos entre urbanos y rurales, cuya relación con los patrones no se entiende muy bien. De los trabajadores de la hacienda, sin embargo, recibo restos de recuerdos de antes, aunque quizá con qué raíces. Se teme al pelo vivo, que prospera en raudales sombríos. Entra con facilidad por cualquier poro del cuerpo para llegar al cerebro y matar. Y al cuero, una especie de vellón de oveja que tienta con una siesta, desplegado en las praderas de berros, para envolver a sus víctimas y ahogarlas en el fondo de ríos y lagunas. Y el peor de todos, el animal del agua. No sé si mapuche o español, el animal del agua es un monstruo y un desorden. En el agua hay peces, no animales, un animal de agua es inexplicable. No hay cómo saber qué hacer con él. Ahora, considerando la limpieza del mapuche y la fobia al líquido elemento del inmigrante español, se me ocurre que el animal del agua es una pesadilla de origen hispana. Y está la pájara, en cierto sentido lo opuesto al animal del agua, un ser vivo de tierra pero no un animal, tampoco una ave. Anomalías extrañas y poco vistas. Cuando hacen su aparición, provocan tenebrosas conversaciones en voz baja. Chocar en el colegio en Santiago con un mundo en el cual nada de esto existe, seguramente provoca más de alguna risa ácida en algunos compañeros... Recuerdos vagos.

Cuando todavía soy niño, nuevos miedos a una violencia soterrada, los comunistas, empieza a crispar el ambiente. En ese tiempo el término apenas comienza a ser oído, cuando menos por mí. Es pronunciado en voz baja y escandalizada, que me hace recordar pecados innombrables difíciles de evitar. Cuando oigo de los comunistas, la conversación está acompañada de una desesperanza desconocida. El comunismo tiene la propiedad de oscurecer el futuro, como si fuera inevitable. Acostumbrado a sentirme completamente seguro en el ambiente libre de los espacios ilimitados de la hacienda bajo el poder de mi abuelo y mi padre, me siento amenazado en forma oscura.

No sé si me resulta posible evocar bien el horizonte de amplitud y libertad en el cual me muevo de niño. No estoy seguro. Cuando con mis primos nos proponemos recorrer el fundo entero a caballo, debemos salir de madrugada para no regresar en plena noche. La ribera larga del río Diguillín, con aguas rápidas cargadas de truchas, y varios raudales para nadar, al que ningún extraño se siente con derecho a acceder, está siempre presente en mis recuerdos. Hay muchas praderas con vacunos de color rojizo, y otros blancos con manchas negras, que gozan de libertad para deambular y engordar a su gusto. Por comparación, hay pocas tierras sembradas, debido a un sistema de rotación de tres años cuyas virtudes preservadoras de la fertilidad de la tierra mi padre me explica con largueza. Todo es espacioso. Y amplio. Sobre todo, los solitarios valles de cordillera al norte del Lago Laja, con arroyos, pampas verdes y pozones de aguas termales a los que subimos a caballo con mis primos en los veranos, a pesar de nuestra corta edad, a pescar, cazar y gozar de una naturaleza silvestre, en la permanente cercanía del Volcán Chillán, el Antuco, y la Sierra Velluda. Vagando sin cercados ni cierres, no solo nos sentimos libres y seguros, somos dueños de derechos ilimitados.

Y, sin embargo, constantemente percibo señas de que algo de fondo no está completamente bien. Recuerdo gráficamente la visita diaria a la casa, al caer la tarde, de los dos capataces de la hacienda. Don Germain y don Chito, los nombres no se me borran, llegan a caballo todos los días a dar cuenta de la jornada. El primero está a cargo de los trabajos de labranza y regadío, el segundo de la ganadería. Los recibe mi padre o mi tío en un lugar especial del patio. Los dos capataces no se bajan del caballo. Imagino que eso evita la necesidad de hacerlos pasar a la casa, una costumbre de rigor. Son los únicos que trabajan montados en la hacienda, exhibiendo a las claras una posición especial. Reciben el trato respetuoso de don de parte de todos. Lo que no escusa, sin embargo, la obligación de las largas y pausadas conversaciones diarias de reporte con los patrones, que terminan entrada la noche. En el verano, a las nueve, más o menos. Cuando los veo irse a sus casas, experimento un extraño desasosiego al imaginar el viaje nocturno cotidiano de una hora a caballo. Al día siguiente, a las seis de la mañana se pueden encontrar recorriendo las tierras de la hacienda y organizando la jornada laboral diaria. Me consta haberlos visto trabajando las pocas veces que por una razón u otra me levanto tan temprano.

CHILLÁN

El camino de la hacienda a la ciudad mantiene constantemente a la vista los grandes Nevados de Chillán, cargados de nieves eternas, como no se cansa de insistir mi abuelo. Ahora, de viejo, me doy cuenta de la alegría que siente el pequeño agricultor ovallino que había sido ante la promesa de agua para regar de una cordillera nevada, y la ansiedad latente de una consciencia lúcida de su fragilidad. Los elegantes cuerpos recostados en el horizonte se agrandan y achican, se estiran y estrechan, lucen de medio perfil y de frente, casi de espaldas a veces, al emerger en posiciones inesperadas cuando salimos ascendiendo de los pequeños valles que los ocultan, y después de las pronunciadas curvas del camino, que los adelantan y los pierden hacia adelante. Mi padre conduce la camioneta con seguridad por una ruta que conozco de memoria. Cruza estrechas honduras salpicadas de chacras, en cada una un delgado esterito, y trepa cuestas con pendientes y recovecos para alcanzar planicies secas con espinos y pasto amarillo. Cuando llueve en invierno, el viaje es una hazaña mayor, por el camino convertido en un barrial intransitable. Hay que esperar días a que se seque, que los pozones de agua que lo inundan bajen de nivel, y conseguido a medias, correr el riesgo de lanzarse a una travesía insegura. A menudo debemos recurrir a yuntas de bueyes para desatascarnos. A veces no queda más que devolvernos y esperar a que haya más días sin lluvia que sequen los barriales.

La hacienda está al sur de Chillán. Para ir a la parte nueva de la ciudad donde hacemos las compras, debemos cruzar la antigua. Chillán Viejo, como es llamada la de antes, es un cementerio del que arrancan los que pueden. Un peladero salpicado de cerritos de baja altura hechos de vigas, tablas, tejas y adobes molidos, mezclados con un revoltijo de cadáveres resecos y polvo de huesos, en los que crece zarzamora y macollan álamos, aromos y maitenes. En frágiles rucas de madera, los propietarios más pobres tratan de sobrevivir. Grandes campamentos de casas prefabricadas donadas por los gringos cubren una parte de la vieja ciudad, cobijando a centenares de familias damnificadas. Bajo viejas encinas indemnes al terremoto, puesteras se empeñan por vender a los automovilistas que pasan, antes de los demás, como si se les fuera la vida, duraznos en diciembre, sandías y melones en enero y febrero, y uvas em marzo, además de grandes vasos de mote con huesillos para la calor durante todo el verano. Chillán Viejo es un lugar para dejar atrás con rapidez, especialmente de noche cuando la oscuridad de las encinas que se entrecruzan sobre la calle, y la vereda sin faroles de luz eléctrica dan miedo.

Chillán Viejo es el viejo Chillán arrasado por el terremoto del año 1939. Mi padre no se cansa de contarme que, con 30.000 muertos y menos de 6.000 cadáveres identificados, entre los cuáles hay parientes cercanos suyos, la ciudad se hace prácticamente inhabitable. Una nueva ciudad se construye hacia el norte de la antigua, consolidando un proceso iniciado a medias después del gran terremoto de 1835. Me pregunto hoy si es por las historias que me cuenta mi padre en nuestros viajes a Chillán, que considero natural recordar y fechar los terremotos individualmente, como si fueran el cumpleaños de una presencia monstruosa que se manifiesta repetidamente de acuerdo con un calendario caprichoso. Verdaderas celebraciones, que acompañadas de ese orgullo de considerarlos propios, tan extraño e indudable de los chilenos, cuando menos de contar con los más grandes y violentos de la historia del mundo, nos da motivo de ser. «Aquí estamos, a pesar de los terremotos», podría ser una consigna más adecuada en el escudo de la nación. Da pábulo de sobra para recurrir a la fuerza cuando no hay razón que salve. O sea, siempre. Es que hay terremotos, y no se puede pedir razones a quién carga con la injusta sinrazón de tener que soportar una maldita bendición como esa.

Cruzando desde el sur el estero Maipón se entra a otro mundo. Me despierta a la existencia palpable de dos Chile, Chile Viejo y Chile Nuevo, uno de antes y uno que viene. La Catedral, la Intendencia y el Gran Hotel, las obras siempre en construcción del Teatro Municipal, alrededor de la Plaza de Armas, son diferentes. Y están los edificios de la Compañía de Bomberos, el Liceo, y una Caja de Crédito, que me llaman mucho la atención y me aprendo de memoria. Siempre que voy me impresionan, sobre todo la Catedral, totalmente redondeada, aunque mi padre no parece compartir mi admiración por ellos. Ni mis primos. Nunca los comentan. Chillán Nuevo no está hecho de adobes y tejas, como las casas que hay en la hacienda y los pueblos cercanos, ni las pocas viviendas bajas de murallas gordas, techos triangulares y ventanitas verticales chiquititas, que resistieron el terremoto al sur del Maipón. Es una colección de edificios y casas de cemento de techos planos, con curvas y rectas largas y livianas, grandes puertas de entrada y ventanales luminosos. A diferencia de Chillán Viejo, con sus calles cortas, curvas y estrechas, de pavimento torcido de tierra apisonada y piedras redondeadas por los ríos, la nueva ciudad tiene calles anchas y derechas. Sin las lindas encinas de Chillán Viejo, nada más que hileras de acacias de pequeño tamaño, en ellas el sol pega fuerte. En verano, a veces se pone tan caluroso que me pongo fuera del alcance de la posible invitación de mi padre a acompañarlo cuando intuyo que se viene un viaje a Chillán. Eso sí que hay cinco plazas en lugares simétricos de la ciudad, cuyos nombres él repite cada vez que pasamos por alguna de ellas, como si fuera mi deber aprenderlos, que fueron hechas con grandes árboles que dan mucha sombra para capear los calores. Pero nosotros no vamos de paseo a Chillán, sino de compras. En la esquina de la plaza Santo Domingo, está la Escuela México, regalada por el gobierno de ese país, en la que están los famosos murales de Siqueiros. El artista pasa dos años en Chillán pintando su obra, como pago por ser recibido como exiliado por el intento de asesinar a León Trotsky en un violento asalto con ametralladoras en Ciudad de México. Me doy cuenta de la existencia de los famosos murales cuando soy adulto, nadie de mi familia me cuenta nada de ellos de niño.

Chillán Nuevo me da un poco de miedo. No me gusta andar por sus calles sin tener a mi padre cerca. Hay gente muy diferente a los patrones e inquilinos de las haciendas.

Siento que somos un poco extraños, a diferencia de lo que ocurre en Bulnes y Santa Clara, los pueblos con estaciones de ferrocarril que usa la hacienda para embarcar novillos a la feria en Santiago. Tampoco en Pueblo Seco, San Ignacio y El Carmen, poblados minúsculos que no hay razones para visitar, nada más que cruzarlos en automóvil. En cambio Chillán es grande. Pero no es solamente el porte lo que me hace sentir un poco ajeno. Aunque no sé bien qué, se me ocurre que a mi padre le pasa

lo mismo, aunque menos. Pero igual vale la pena ir a Chillán, y la verdad es que no me llevan tantas veces como me gustaría. Las tiendas cercanas a la Plaza de Armas son muy entretenidas. Grandes, tienen un mesón de madera gruesa por todos los costados. Detrás de éste están las personas que atienden a los clientes, el dueño o su mujer, y un par de ayudantes. En repisas en las paredes, a veces con hileras de cajones, están las cosas para comprar. Cuando entro, antes de hacer los pedidos, mi padre saluda, siempre de usted, a veces de don, a veces con apretón de mano, a veces con una broma. Puede que tenga para usted, dice el dueño en ocasiones, yendo a la parte trasera del local para regresar con lo pedido que no está a la vista de todos en las repisas. La tienda que más me gusta es la Ferretería Kell, llena de cosas entretenidas, desde herramientas a lámparas, ollas, platos y copas de cristal. Si no lo tenemos se lo traemos, aseguran, y anotan los pedidos insatisfechos en un librito rojo. Siempre cumplen, asegura mi padre. A él también le gusta la ferretería. Cuando está el viejo Kell, aprovecha de hablar con él en alemán, que había aprendido en el Liceo Alemán de Concepción. Nombres arrumbados emergen hoy como pantallazos sobrepuestos en mi memoria: las tiendas Casa Rabié, Casa Zarzar, El Gallo Blanco, El Pobre Diablo, Los Dos Caballos, la zapatería La Bota Verde, las ferreterías El Serrucho, Kell, Kusanovic, y Cordero, la heladería Antini, el Garaje Amigo.

Me gusta ir al restaurante del Gran Hotel. Es ordenado y tranquilo, y lo que puedo comer en él no lo hacen en la hacienda. El gusto por el congrio, la corvina, los locos, los camarones y las cholgas vienen de ahí. En cambio, me cohíben las cocinerías del mercado, donde mi padre se mueve como si todos lo conocieran, y pasa a almorzar de vez en cuando, nunca con mi madre. Son ruidosas y desordenadas, y la gente que almuerza en ellas es extraña, hasta amenazante. No reconozco como mujeres de inquilinos a las que atienden en el mercado, especialmente por sus risas descuidadas llenas de dientes, que no son mal educadas como habría dicho mi madre, sino otra cosa. En realidad me pasa lo mismo en toda la ciudad. No reconozco como patrones a los que circulaban mayoritariamente en la calle, pero tampoco como pobres. Muchos usan terno y corbata, como mi abuelo, pero no es lo mismo. Y no puedo asegurar que los pobres, que hay muchos, sean todos inquilinos. Me descoloca la gente de Chillán, la que atiende las tiendas, el banco, Impuestos Internos y el Seguro Social, el gerente del hotel, el metre del restaurante, incluso algunas personas que almuerzan ahí. No sé bien cómo relacionarme con ellas, lo que mi padre hace de memoria. Saber usar las palabras tú, usted y don es tan misterioso que prefiero quedarme callado, y me aterroriza el billete enfundado en la mano que se debe dar al metre del restaurante. No sé bien por qué nunca me atrevo a hablar con mi padre de esas oscuras habilidades suyas. No imagino que exista una ciudad más grande y llena de gente que Chillán, con tiendas más entretenidas, hasta que me voy a Santiago cuando tengo 9 años y mi madre me lleva a La Alameda para visitar Los Almacenes París.

Que recuerde, siempre siento que no me hallo en mis visitas de niño a Chillán. Nunca entramos a la catedral, una obra icónica de la modernidad en Chile, lo que hago de adulto. En mi familia jamás se habla de los murales de Siqueiros, de los que supe por catálogos ilustrados de obras del autor cuando estaba en la universidad, sin conectarlos con Chillán hasta mucho después. Nunca me enseñan a apreciar el edificio de la intendencia, un ejemplo de arquitectura modernista de tomo y lomo. Hoy pienso que mis parientes se sienten más cómodos en la vieja ciudad que había sido destruida, de adobes, tejas y ventanucos, y calles flanqueadas por encinas, que en la nueva que se esfuerza por ser moderna. Puede que presientan que lo moderno es sinónimo de anti – hacienda, de formas de ser que la niegan de frentón. O quizá se trata simplemente de la natural incomunicación que hay entre lo acostumbrado y debido, y lo nuevo que emerge. Porque el futuro lo traen gobiernos radicales modernizadores, que anuncian, mal que les pese a ellos mismos al final, a los democratacristianos, socialistas y comunistas que están al acecho. Tal como acecha Siqueiros en las cercanías del moderno edificio de la Intendencia y los curas marxistas bajo los arcos de la nueva iglesia catedral. La historia deja atrás a la hacienda, encajonando a miembros de mi familia en angustiosos callejones sin salida. Creo que la ansiedad se me pega en el ánimo, un miedo solapado y opaco que siento en forma confusa como un constante ruido de fondo.

EL NÚMERO PI Y OTRAS SOLEDADES

Enrollo la cuerda alrededor de la rueda de una vieja bicicleta arrumbada en el garaje de la casa de mi abuelo. Completo una vuelta exacta y la estiro en el suelo de baldosas de la terraza. Corto otra cuerda del largo del diámetro de la rueda, y mido cuántas veces cabe la segunda cuerda en la primera. El resultado es 3 veces y un resto, tal como nos había dicho la profesora del colegio. Repito el experimento con la rueda del automóvil de la casa. El resultado es el mismo: 3,10 y un poco más. Respiro agitadamente cuando empiezo a anticipar que el resultado será el mismo al comprobarlo en una mesa redonda que hay en el living. Hasta adonde llega la precisión de mi improvisada cinta de medir, concluyo que el cuento de que Pi es el mismo número en todas los círculos, es verdadero.

Me baja una verdadera obsesión por medir Pi en todas las ruedas y círculos que descubro a mi alrededor. Recuerdo que la empleada de la casa rezonga, alarmada, «hasta cuándo sigue con esas cuestiones». «Es la soledad que lo hace hacer esas vinagreras», acusa, con miedo de que me puede estar enfermando de la cabeza. Claro que ella no entiende lo que hago. Vale la pena comprobar que Pi es siempre Pi, por supuesto. Una cerruca no puede entenderlo, pero es importante. Lo enseñan en el colegio de Santiago al que me habían enviado mis padres.

Me imagino hoy día que la casa de mi abuelo era muy aburrida, aunque no tengo el recuerdo de aburrirme. Vivo en ella desde el segundo año de preparatorias, y sin darme cuenta no hago más que estar aburrido, con un tedio a la doble potencia, invisible. Hay muy poco que hacer. Los niños no llaman mucho la atención de los adultos, excepto un primo mayor que concentra los cuidados de mi abuela. Yo cuento poco. El centro de atención es el viejo, mi abuelo, y un poco solapadamente, casi como un acto de resistencia de su mujer, mi primo. Nada especialmente negativo, por supuesto, lo típico de una gran familia con muchos niños que yo conocía en la hacienda. No como para sentirme poco querido, pero si obligado a confrontar que no hay nada que hacer, y tener que inventar algo. Igual que en las largas tardes en el campo, claro que ahí había más con qué entretenerme. Tenía primos de mi edad, maestros que trabajaban en la fragua y la carpintería, producía arcos y flechas artesanales, creábamos refugios ocultos bajo los árboles en la orilla de los esteros. Pensándolo bien, quizás deba agradecer a la soledad de la casa en Santiago en vez de compadecerme en forma retroactiva, porque sin darme cuenta adquiero habilidades para espantar el tedio de la existencia. Nunca me ha obsesionado la entretención, tener que pasarlo bien me parece un mandamiento sin sentido, organizar vacaciones y fines de semana divertidos no me nace. Me doy cuenta de que hay una industria mundial mata – hastío dedicada a millones de personas que necesitan la entretención como artículo de primera necesidad. Las animadoras de fiestas, celebraciones y cumpleaños, los creadores de ambiente en eventos políticos y grupales, en colegios y empresas, los cruceros con agenda programada de shows y actividades colectivas, los talleres de vacaciones, los panoramas para desaburrir hijos de padres culposos de su tedio, son personajes y situaciones literalmente infernales para mí. Si existe la condenación eterna, podría consistir en una seguidilla inacabable de actividades para entretenerme facilitadas por animadores, un viaje eterno en un crucero oceánico con agenda completa de shows. Creo que aprendo de chico que si no encuentro qué hacer cuando nadie me ofrece alternativas, sería muy extraño que lo pueda conseguir cuando alguien lo hace. Es como necesitar un menú de opciones para existir… No sé. La vida diaria de por sí es suficientemente entretenida.

Ahora, no es una gracia mía. O una incapacidad. Simplemente me acostumbro de chico a no aburrirme de tanto aburrirme. «¿Qué hace? ¿Va a seguir con lo mismo?» me interroga alarmada la Orfa, que así se llama la niña traída a Santiago desde las montañas de Chillán para ser entrenada con esmero en venerables recetarios de cocina sustanciosa quitada de bulla. Es buena persona y me tiene cariño, capaz que me compadezca un poco, pero no puede entender mi misteriosa agenda autodefinida. Una aceituna negra, la Orfa. De grande he visto parecidas en Azapa, oscuras con un resplandor morado subcutáneo, de sabor doloroso. «Hasta cuándo sigue tonteando» me insiste. Nadie más dice nada.

Supongo que mi obsesión con Pi proviene de la atracción de una curiosidad por default ante lo que sea que me saque del tedio abrumador, motivada por el colegio, por supuesto. En vez de Pi pudo ser el número e, o i, el átomo, la democracia, la célula viva o la nota Do, pero es Pi. Más a la mano, más práctico, más fácil de comprobar, vaya yo a saber hoy día. Definitivamente la casa de mi abuelo no es un lugar entretenido. El colegio, en cambio, me entretiene. Me atraen las buenas notas.

Fuera de la Orfa, imagino que alarmada por una intuición campesina con mi extraño comportamiento solitario, una tía vieja solterona hermana de mi abuelo, la mamita Jeva, es mi otra compañía. Habita una sección separada casi por completo del resto de la casa. Su rol aparente consiste en cuidar a una hija de mi abuelo, hermana de mi padre, que tiene una minusvalía intelectual, además de una cojera, provocada por una mala caída del caballo cuando era chica. Con un ánimo un poco oscuro, participa sin mucho que decir, aunque bien posesionada de sus derechos como una hermana más, en la actividades familiares. Pero necesita cuidado especial y vigilancia dedicada, roles que cumple la tía vieja. Tejedora incansable, la mamita Jeva tiene esa manera de tejer de antes que pasa tras el cuello la hebra de lana que conecta los palillos. En silencio, produce incansablemente chaleco tras chaleco para las monjas de la caridad. No es posible sacarle una palabra que valga la pena, pero tiene una gracia que descubro muy pronto, le gusta escuchar la radio. Al caer la noche, instalarme en la pieza de la mamita a escuchar el Gran Teleteatro de la Historia narrando con efectos especiales de audio los cuatro tomos de la Guerra del Pacífico de Jorge Inostrosa, se convierte en un hábito gozoso que dura un par de años. Que, de paso, deja una herencia de vergonzante patriotismo afectado y llorón que he debido resistir toda mi vida para no tomarlo en serio. No recuerdo que mi primo mayor se interese en el radioteatro histórico, y no creo que la mamita Jeva entienda lo que escuchamos, tampoco la tía a su cuidado. Están medio ausentes y nunca intercambiamos opiniones sobre el asunto, pero ni ellas ni yo fallamos el encuentro diario. Descubro que hay varias radios con nombres curiosos como Minería, Agricultura y Cooperativa Vitalicia, que, después de los teleteatros, relatan noticias diarias de un mundo desconocido que no cabe en mi cabeza. Recuerdo hasta el día de hoy la voz de Hernández Parker, que hablaba de política, una temática extraña que ejerce en mí una oscura atracción. Deduzco de estos recuerdos que a la hacienda no llegaban señales de radio. Es que no hay verdadera electricidad, nada más que una rudimentaria rueda Pelton con capacidad de iluminar simultáneamente la mitad de las ampolletas de la casa algunas horas por noche.

En los primeros años en Santiago, cuando todavía no aprendo a manejarme con el transporte público de la ciudad, dedicarme a las tareas escolares y las sesiones crepusculares de radio en la pieza de la vieja tejedora casi muda, copan mi agenda. No hay compañeros de colegio en el barrio. La mayor parte de ellos vive en otra parte de la ciudad, «el Barrio Alto», que queda lejos, más arriba todavía que el colegio. No recuerdo jugar con vecinos, aunque a veces me divierto con un trompo en el bandejón de tierra que hay en la vereda frente a la casa. Dos acacias raquíticas de tronco torturado, que sobreviven apenas, están especialmente presentes en mi memoria. O no hay vecinos de mi edad, o no les interesa mi tácita invitación.

Pi es un número raro. A poco de incursionar en la geometría de las circunferencias, no sé qué edad tenía, me doy cuenta de que el viejo carrocero Samuel Otárola no sabe nada de П. Ocurre en un instante de iluminación que evoco con claridad hasta el día de hoy. «¿Y en qué anda pensando ahora?», se queja la Orfa, a punto de perder la paciencia conmigo. Le da trabajo llevarme a la mesa a comer, y como habitualmente soy más bien comilón, culpa a mi ensimismamiento por mi súbita indiferencia alimentaria.

Me percato de que aprendo algo que el hábil artesano ignora, que me permite explicar su labor con una nitidez que es imposible para él. Lo puedo hacer con una fórmula en el pizarrón, igual que mi profesora. En cambio, los únicos planos del viejo son sus plantillas de madera delgada. Su habilidad más importante consiste en reproducir esas formas fijas con precisión. No es necesario para él saber de números para producir sus obras de arte. Pero eso también lo limita.

Otárola sabe que el resultado de su trabajo es imperfecto. Entre las formas de las plantillas y las ruedas producidas hay siempre una esperanza cumplida a medias, una mentira que el viejo no puede disimular. Con suspiros de resignación, el carrocero da su trabajo por terminado solamente después de un largo proceso de comparación entre ambas, acompañado de quejidos de frustración, como si comiera una mierda inevitable. ¿Viéndolo percibo lo sombrío que puede ser el mundo? No sé, pero sí creo recordar que me doy cuenta de que el artesano enfrenta una y otra vez un desajuste inevitable entre sus

plantillas perfectas y su obra, un descalce que no lo deja completamente en paz. Después de su dedicado esfuerzo, el maestro carrocero siempre se ve forzado a aceptar que si bien la rueda recién hecha encarna hasta un punto la forma de las plantillas, siempre las resiste con algo que no es parte de éstas. Mucho, muchísimo más tarde