Relatos verídicos - Eduardo Madariaga - E-Book

Relatos verídicos E-Book

Eduardo Madariaga

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Beschreibung

Relatos verídicos es una serie de escritos basados en historias reales, donde los protagonistas develan sus experiencias de vida que pueden servir de ejemplo para muchas personas que vivan hechos similares. De gran contenido humano, son relatos conmovedores que nos invitan a la reflexión y empatía con los personajes protagónicos, cuyos testimonios generan una cercanía muy íntima con el lector. Su lectura es ágil y fluida, principalmente con una voz que narra en primera persona los acontecimientos. De seguro motivará el entusiasmo y dejará la sensación de querer continuar leyendo más historias de la misma naturaleza.

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Seitenzahl: 158

Veröffentlichungsjahr: 2022

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RELATOSVERÍDICOS

Eduardo Madariaga

PRIMERA EDICIÓN Mayo 2022

Editado por Aguja LiterariaNoruega 6655, dpto 132 Las Condes - Santiago - Chile Fono fijo: +56 227896753 E-Mail: [email protected] Sitio web: www.agujaliteraria.com Facebook: Aguja Literaria Instagram: @agujaliteraria

ISBN: 9789564090252

ÍNDICE

Agradecimientos a:La dura vida de Paula 
Roxana y cecilia, su lucha constante
La vida de Mikzuri y Karen
El infierno de Alma
La infancia de Daniel
Los tristes recuerdos de infancia de Juan Antonio
Evelyn Adaro, jamás darse por vencida

Agradecimientos a:

Paula Carrasco

Roxana Velásquez

Cecilia Mancilla

Mikzuri

Karen

Alma

Daniel González

Juan Antonio

Evelyn Adaro

Prólogo

Hay veces en que estamos sometidos a un constante estrés, ya sea laboral o familiar, lo cual nos conlleva a tener una infinidad de problemas los cuales creemos que son dificultades imposibles de solucionar.

Nos enceguecemos a tal extremo que no somos capaces de ver soluciones; nos encerramos en nuestro mundo incapaces de ver los problemas de los demás, los que muchas veces no son nada en comparación a los que sufren nuestras personas más cercanas.

Gracias a Dios he tenido la suerte de conocer a muchas personas las cuales una vez que leyeron mi primer libro No me pegues papá, memorias de un niño castigado, se me han acercado y me han contado sucesos similares o algunos más traumáticos por los que debieron pasar, por lo tanto, se sentían identificadas.

Algunas de estas personas aún mantenían en sumo secreto sus vivencias, ya que sus padres no les permitieron hablar por evitar tener problemas con sus amistades o, simplemente, pensaban que sus hijos al ser tan pequeños olvidarían lo sucedido una vez que fueran adultos o por no querer sentir vergüenza ante la sociedad. 

Algunos relatos también consistían en calvarios que debieron pasar en sus matrimonios con sus parejas, esto debido a que la persona que mantenía su casa (“esposo”) hacía lo que quería con ella o sus hijos y, al no tener el apoyo de nadie, debían aguantar una vida de sumisión total.

He tenido la suerte de conocer a muchas personas quienes, con toda confianza y mucha gratitud de mi parte, comienzan a relatar sus vivencias. Me he sentido muy honrado por ello, pues estas personas sin conocerme depositaban en mi persona una confianza única.

Yo escuchaba atentamente sus relatos y pude darme cuenta de que a veces nosotros nos complicamos la vida con cosas tan cotidianas e insignificantes, mientras que otros, a pesar de tener una pesada carga en sus hombros, continúan con su vida cotidiana, y luchan día tras día para dar lo mejor a los suyos.

Son estos relatos los que nos hacen pensar que a veces conocemos gente que siempre tiene una sonrisa en su rostro, pero por dentro llevan una tristeza y una angustia invisibles. Muchas de estas personas quieren contar sus historias, quieren desahogarse, pero con la vida actual que llevamos nos preocupan más los problemas personales que aquellos de los demás. Y así siguen viviendo con su dolor esperando pacientemente que nos tomemos el tiempo para escucharlas. Créanme cuando les digo que al oír sus relatos he aprendido mucho de ellas; me han dado una lección de vida. Puedo aseverar que ningún problema es tan difícil de superar cuando se tiene la voluntad para querer hacerlo.

Este libro consta de historias de personas, historias de dolor, lucha y superación; historias reales en las cuales los protagonistas al final decidieron no darse por vencidos y comenzaron otra vez de cero sus vidas.

Con estas pocas letras quiero dejar un testimonio de lucha y fortaleza personal. ¿Cuántas veces nos echamos a morir por nuestros problemas personales, esos que son imposibles de superar a nuestros ojos? 

Nuestro egoísmo llega a tal límite que no nos damos cuenta de lo que sucede alrededor y si por casualidad tenemos la suerte de hablar con otras personas y poder conocerlas un poco mejor, nos damos cuenta de que nuestros problemas no son nada en comparación con otros.

Este libro está escrito sobre la base de relatos de gente que en lo personal me enseñó a nunca rendirse. Sus experiencias de vida han marcado profundamente mi vida: luchar contra el destino, la adversidad, el rechazo, la discriminación 

Estoy muy honrado de que estas personas hayan confiado en mi persona y me hayan autorizado a relatar sus vivencias personales. También estoy muy contento de que, aunque la vida fue dura con ellas, aún siguen ahí, luchando para sacar sus vidas adelante.

Gracias a todas esas personas que me enseñaron con su breve testimonio que la vida es maravillosa y que, a pesar de todo lo que a uno le toca vivir, siempre tenemos una oportunidad de recomenzar.

Gracias por enseñarme que, por más fuerte que te haya tratado la vida, nunca hay que rendirse. Gracias por enseñarme que lo más importante en la vida es nunca dejar de soñar y luchar.

Los dolores de la vida no se olvidan, 

se superan, que es mejor.

Eduardo Madariaga Maturana

La dura vida de Paula

(Paula, 51 años)

Eran alrededor de las nueve de la mañana y había salido del turno de noche. La verdad es que no tenía sueño. Fumaba un cigarrillo a las afueras del pabellón en donde descansaba. Se me acercó Paula, la encargada de supervisar el aseo en nuestras habitaciones y me preguntó si yo era la persona que había escrito el libro No me pegues papá… “Así es”, respondí. “Soy Paula —señaló—, yo leí su libro y quería decirle que me gustó mucho”.

La conversación se fue haciendo más profunda hasta que, sin darnos cuenta, estábamos contando nuestras experiencias personales.

Paula estaba muy nerviosa; lo podía notar, pues veía cómo temblaba entera. Sacaba un cigarrillo tras otro. “Mire, don Eduardo, perdóneme si le quito su tiempo de descanso, pero yo viví un hecho parecido. Esto no muchos lo saben, y menos las personas en mi trabajo”.

Yo trataba de no interrumpir. Solo era un oyente y dejaba que contara su historia, pues notaba que necesitaba desahogarse.

“¿Sabe?, soy de una ciudad del sur —comentó—. Llevo años viviendo en el norte, donde soy muy feliz. Tengo un buen trabajo y una persona que me ama. Pero hace mucho tiempo estuve casada con un hombre que siempre me maltrataba”.

Paula comentó que cuando tenía diecisiete años quedó embarazada de su pololo y, al ser descendiente de una familia chapada a la antigua (gente de campo), no le permitieron ser madre soltera. Fue obligada a contraer matrimonio, ya que era una vergüenza para su familia estar en esas condiciones sin casarse.

“La verdad es que no estaba enamorada —señaló—. Me casé por el gran temor que tenía hacia mi padre, que era una persona muy severa y estricta. ‘¡Yo no crío a ningún guacho!’, fueron las palabras de mi papá.

El casamiento fue muy apresurado; mi padre me había cedido un pedazo de tierra en la que construimos una pequeña casa. La vida matrimonial en los primeros meses fue tranquila, pero, cuando el embarazo avanzaba, todo fue cambiando. Juan, mi esposo, cada vez se volvía más irresponsable con los gastos del hogar.

Pasaba la mayoría del tiempo con sus amistades y muchas veces gastaba el dinero ganado en sus borracheras. Llegaba a la casa a mitad de la noche ebrio y exigiéndome que le tuviera algo de comer.

Yo hacía lo que podía con lo poco que contaba. Muchas veces solicité ayuda a mis familiares para tener algo con qué llenar mi estómago y el suyo.

Mi familia jamás reprochaba el actuar de Juan, pues era el hombre de la casa, el que proveía el hogar (para ellos era natural su comportamiento). La mujer debía acatar todo lo que su esposo ordenaba: la sumisión era total”.

Yo reflexionaba por lo que había pasado Paula: tener una vida de esta manera y, lo peor de todo, es que no contaba con el apoyo de su familia, alguien que se pusiera los pantalones y le dijera a ese hombre unas cuantas verdades de cómo tratar a una mujer.

Pienso que un padre jamás dejaría pasar hambre o humillación a su hija; debería importarle su matrimonio si ve que su esposo la trata mal.

 Pero esta historia era diferente. Su padre, en vez de apoyarla y protegerla, le daba la razón a Juan. ¡Qué más podía hacer Paula! Sola, embarazada y abandonada a su suerte por su familia. La verdad es que sentí rabia al ver cómo le corría una lágrima por su rostro al recordar todo.

Después de consolarla y dejar que se calmara, una sonrisa apareció de pronto en su cara. “Me emocioné —dijo—. Siento tristeza al recordar, pero eso ya es pasado y no me debe afectar —señaló—.

Recuerdo cuando estaba acostada una noche, de madrugada, en la cual llovía torrencialmente. Era invierno, y en el sur (Chillán), llueve a baldes —señaló—. De pronto, sentí unos golpes fuertes en la puerta. Era el Juan, el que, para variar, llegaba borracho a casa. ‘¡Sírveme algo, que tengo hambre!’, me gritó. ‘¿Qué quieres que te sirva? ¡No has comprado nada y de seguro te gastaste toda la plata!’ Fue lo último que recuerdo: de un fuerte golpe en la cara me hizo caer al suelo.

No podía comprender cómo él se encegueció conmigo. No le importó mi embarazo y comenzó a golpearme e insultarme para luego tomarme del brazo y echarme a la calle apaleada y mojada. Yo estaba preocupada de que nada le hubiese afectado a mi guagua.

Al no saber qué hacer, caminé hasta la casa de mis padres, que vivían no muy lejos. Golpeé la puerta y salió mi madre. Asombrada por lo que veía, me dijo: ‘¿Qué te paso, hija, por Dios?’. ‘El Juan me pegó, mamá’, le respondí.

 Mi madre, en vez de apoyarme o consolarme, me dijo fríamente: ‘Algo malo debiste hacer para que él te tratara así. A los hombres hay que atenderlos muy bien, por algo él es tu marido y, si te pegó, quién sabe qué cosa hiciste. No metas ruido; tu papá está durmiendo, si se despierta de seguro te manda de vuelta a tu casa; cámbiate ropa y en la mañana, tempranito, antes de que despierte, te devuelves a tu casa, yo no quiero tener problemas con él, tú sabes muy bien cómo se pone con estas cosas’.

La verdad es que no me sorprendió lo que me dijo. Mi mamá estaba acostumbrada a ese estilo de vida; había pasado décadas por lo mismo, para ella era algo tan natural”. 

Paula me comentó que su padre era un hombre forjado a la antigua, criado con dureza (hombre bruto). Y más encima su familia habitaba en lugares rurales apartados, donde cada persona vive en su mundo y cada familia pone sus reglas. Allí, nadie se mete en los problemas de los demás y la ley no tiene ojos para velar por la seguridad de todos.

Los factores eran muchos. La violencia, una manera habitual para educar. Claro que esto no es justificación, pero ¿qué se puede hacer si no hay educación ni una cultura de respeto? En muchos lugares apartados, la vida se define según cómo te criaste. En aquellos tiempos, los hijos seguían los ejemplos de sus padres, en una cadena que no tenía fin.

Ya más calmada, Paula relataba que esa noche estuvo en casa de sus padres, hasta que su madre le dijo que debía marcharse antes de que su papá despertara.

“Sin más que una bolsa con pan y otros víveres que me entregó mi mamá para que atendiera a Juan, me marché de casa, aún en estado de shock, pues era la primera vez que él me levantaba la mano. No podía comprender cómo no se daba cuenta de que estaba embarazada. La verdad es que no sabía qué hacer.

Con gran temor llegué a mi casa. Ahí estaba, acostado sobre la cama, borracho. Me dispuse a preparar el desayuno esperando que no me volviera a golpear; daba gracias a Dios que nada le había pasado al bebé.

Juan despertó horas más tarde y, al ver mi rostro dañado, me pidió disculpas, diciendo que no sabía lo que había hecho, que estaba borracho, que lo perdonara, que nunca más volvería a hacerlo, y yo no tenía más remedio que perdonarlo, pues ¿qué podía hacer? Nadie me apoyaba, adónde podría ir… Era dependiente de Juan, no tenía amistades que me ayudaran, entonces solo lo perdoné, esperando que aquello no volviera a suceder.

El tiempo pasó muy rápido. Juan no volvió a golpearme. Mi hijo había nacido; era un bebé cuando las cosas comenzaron a cambiar. Su llanto ya comenzaba a molestarlo. ‘¡Calla a esa guagua, no la soporto más, vengo cansado del trabajo y este que no se calla nunca, no me deja dormir!’, eran las palabras de Juan.

Con temor hacía lo que podía para calmar los llantos del bebé. Las cosas cada vez fueron empeorando hasta que una noche volvió ebrio, como ya era habitual, y sin intermediar mayor provocación comenzó a golpearme sin importar que tuviera a nuestro bebé amamantándolo en mis brazos.

Las golpizas, desde entonces, eran habituales. Yo sabía que en las fechas de pago mi marido no llegaba a la hora normal, pues se iba con sus amigos a tomar.

Sabía lo que pasaría si algo le disgustaba al Juan, entonces dejaba algo cocinado y esperaba que el bebé no despertara; escondía las cuchillas y todo aquello con lo cual me pudiera golpear. Esta rutina la estuve soportando varios años. Fueron muchas las veces en que de tantos golpes fui a parar al hospital. Era sabido, por muchos, que yo sufría de violencia intrafamiliar, pero nadie hacía nada, tal vez por temor o por el simple hecho de que a nadie le importaba”.

Durante todo ese tiempo, jamás recibí ayuda de algún familiar. Los años pasaron hasta que la muerte se llevó a mi papá. Mi madre estaba anciana, entonces debía ayudarla en los quehaceres de su casa. Eso me daba cierto respiro, ya que, cuando Juan llegaba ebrio, aprovechaba la ocasión y me arrancaba con mi hijo a la que ahora era la casa de mi mamá; así evitaba las palizas y que nuestro hijo viera lo que sucedía.

Recuerdo que un día Juan estaba muy molesto porque había mandado a comprar a mi hijo, que tenía como siete años en ese entonces, y había perdido el dinero. Fue tal la ira de Juan que lo tomó y le dio una paliza que jamás olvidaría. Yo nunca había puesto resistencia cuando era golpeada, pero al ver a mi hijo maltratado, saqué fuerzas no sé de dónde y con un palo golpeé tan fuerte a Juan que cayó a tierra. Tomé a mi hijo en brazos y fuimos a buscar refugio a la casa de mi madre. 

Ahí pasamos toda la noche, y Juan, a punta de patadas en la puerta, exigía que yo volviera a nuestra casa, ya que tenía asuntos que arreglar.

Mi madre estaba postrada en su cama: ya no me podía echar. Ese fue mi refugio. Recuerdo que por primera vez le había devuelto los golpes al Juan; jamás me había defendido, pero al ver a mi chiquitito maltratado, no dudé en hacerlo.

Juan se dio por vencido debido a que unos vecinos fueron a ver lo que sucedía y se devolvió a nuestra casa esperando que yo regresara. Ahí, entonces, ajustaría cuentas, pero yo estaba decidida a que no volvería a pasar por eso nuevamente. Me quedé por varios días en la casa de mi madre en compañía de mi hijo.

Fueron muchas las veces en que él volvió a buscarme. Me pedía perdón y aseguraba que jamás lo volvería a hacer. Daba la misma excusa de siempre, que el trago lo transformaba, que no volvería a tomar más, promesas que me había hecho muchas veces. Yo sabía perfectamente que la actitud de Juan cambiaba muy rápido. Estaba bien un par de semanas, pero cuando sus amigos lo invitaban a tomar, todas las promesas de cambiar se esfumaban.

Estaba asumida que, tarde o temprano, debía volver al hogar esperando que esta vez su cambio fuera total.

La vida seguía su rumbo. Juan llevaba casi dos meses sin tomar, pero estaba muy segura de que esto no iba a durar mucho. Me asustaba aquellos días en que no llegaba a la hora habitual; yo sospechaba que se encontraba con sus amigos bebiendo en algún lugar.

¡Dicho y hecho! Un día de Fiestas Patrias llegó borracho y empezó a golpearme frente a nuestro hijo. Yo solo le pedía que no golpeara al pequeño.

Esto fue nuevamente en aumento: los golpes, los insultos, los abusos sexuales eran pan de cada día, hasta el extremo de que esta bestia ni siquiera respetaba la presencia del niño.

Pasado un corto tiempo, mi madre cayó muy enferma y tuvo que ir al hospital. Juan era muy celoso y jamás me dejaba que yo saliera del campo a la ciudad. Si lo hacía, era en su compañía, pero esta vez fue diferente, ya que su suegra estaba muy delicada de salud y accedió a que yo fuera a la ciudad con la única condición de que hiciera solo el viaje de la casa al hospital y viceversa.

En los viajes que hice al hospital, siempre fui con mi hijo, al que nunca dejé solo con Juan, pues sabía el tipo de persona que era.

Fue en las últimas visitas en donde mi madre me pidió disculpas por todo lo que yo había tenido que pasar. Creo que se sentía culpable por no haberme ayudado antes, mal que mal era una mujer sumisa ante mi padre y sentía que su vida se repetía en su hija. Como una forma de remediar su error, me dijo que tenía unos pocos ahorros que me podrían ayudar y me indicó dónde estaban.

A los pocos días mi madre falleció. Juan no quería a su suegra, entonces no asistió a su funeral, el cual se llevó a cabo en Chillán. Yo tenía celosamente escondidos los ahorros que me había regalado días antes de morir y no lo pensé más. Le dije a Juan si me iba a acompañar a la ciudad al funeral de mi madre. ‘¡Yo no tengo nada que hacer allá!’ —respondió—, ‘¡mejor me voy a trabajar!’. Esa era justamente la respuesta que yo necesitaba. Esperé con paciencia que Juan se fuera y, sin dudarlo, tomé un bolso y comencé a llenarlo con la poca ropa que mi hijo y yo teníamos. Sin mirar para atrás y sin miedo, abandonamos la casa. Abandonamos el infierno.

Una vez que me despedí de mi madre en el cementerio, tomé a mi hijo y las pocas cosas que teníamos, y nos marchamos en un bus con destino a Santiago, donde me esperaba una amiga de la infancia. Fue allí donde nos recibieron por unos días.

Me enteré por personas que vivían en Chillán que Juan me andaba buscando desesperado. Sabía dónde yo podía estar, pues años atrás habíamos visitado a esta amiga y sabía cómo llegar. También tenía muchas cartas de ella en donde estaba escrita la dirección.