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¿Cómo podemos reinventarnos para afrontar las adversidades de la vida? En esta emocionante autobiografía, Mario del Gizzo, a sus 86 años, nos relata su vida desde la infancia, transcurrida en el barrio de Boedo. Pasamos por su adolescencia y adultez, su recorrido por la educación escolar y universitaria, el servicio militar y su amplia carrera laboral. Cuenta cómo conoció al primer amor de su vida y formó una familia. Pero también nos relata cómo debió superar las pérdidas de sus seres queridos a lo largo de los años: sus padres, su hermano, su primera esposa, su hijo, su hija y su segunda esposa. En lugar de rendirse, decidió seguir adelante con la ayuda de Dios y de su nueva vocación: dar alegría a los niños en forma de juguetes fabricados a mano con material reciclado.
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Seitenzahl: 133
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Renacer en la vida
Renacer en la vida
Relatos espirituales y del barrio de Boedo
Mario del Gizzo
del Gizzo, Mario
Renacer en la vida : relatos espirituales y del barrio de Boedo/ Mario del Gizzo. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tercero en Discordia, 2024.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-631-6602-55-8
1. Biografías. 2. Relaciones Familiares. 3. Memorias. I. Título.
CDD 808.883
© Tercero en discordia
Directora editorial: Ana Laura Gallardo
Coordinadora editorial: Ana Verónica Salas
Corrección: Julián Maiotti
Maquetación: Mariana Oberti Schunk
Diseño de tapa: Augusto Zabaljauregui
www.editorialted.com
@editorialted
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor.
ISBN 978-631-6602-55-8
Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723.
Impreso en Argentina.
Agradezco a mi familia, que,
desde el cielo, me sigue acompañando.
Prólogo
El barrio de Boedo
Mi cuadra y algo más
Mi casa
Mis abuelas y abuelos
Mi padre
Mi madre
Mi hermano
Mis tíos y tías
Mi niñez
Mis vecinos
Mis amigos
Personajes de la época
Mi escuela primaria
Club San Lorenzo de Almagro
La ciudad de Rauch
La escuela secundaria
La facultad
El servicio militar
Mi esposa Irma
Mi hijo Marcelo Fabián
Mi hija Andrea Roxana
Mi esposa Marta Beatriz
Mis trabajos
La carpintería y mi salud
Reciclado
Palabras finales
Prólogo
Dios, a través del Espíritu Santo, envió un mensaje a mi corazón y me dio fuerzas para escribir estas líneas sobre mi vida. Una vida muy intensa, con alegrías y tristezas, pero digna de ser contada, para mostrar a mis semejantes que, con fe en el Señor, se pueden superar las dificultades que nos presenta la vida.
Él me fue marcando el camino. Pude aceptar, soportar y superar la pérdida de mi hijo Marcelo Fabián, la de mi esposa Irma y la de mi hija Andrea Roxana.
A lo largo del camino recorrido, con alegrías y tristezas, después de algunos años, el Señor me dio un regalo impensado, conocer a Marta Beatriz, primero pareja y luego esposa por el cariño y el amor que nos brindábamos. De esta forma, heredé una hija del corazón, Erica, y tres hermosos nietos, Ezequiel, Gonzalo y Camila.
Nunca pensé en tener una nueva y desagradable sorpresa, la enfermedad de mi esposa Marta, que, después de convivir con ella casi 9 años, falleció.
Seguí confiando en Dios, pensando que debía trabajar para él, evangelizando, infundir fe a mis hermanos angustiados por pérdidas de seres queridos.
Voy a contar una vivencia de Jesús. En el invierno del año 2023, fui a media mañana a la parroquia de la Medalla Milagrosa, donde me encontré con el padre Wifredo, y, después de conversar un rato, cruzando los brazos sobre mi pecho y cerrando los ojos, le dije: “Padre, quiero sentirlo y tenerlo a Jesús dentro de mí como cuando tomé mi primera comunión a los 8 años, en la parroquia de María Auxiliadora”. Me contestó: “Vaya y pídaselo dos veces, así como me lo está pidiendo a mí, a la imagen de Jesús”. Esa imagen estaba a unos 30 metros de distancia y elevada unos cinco metros. Así lo hice, se lo pedí con toda mi alma y mi corazón y sentí lo mismo que cuando tomé la comunión: que tenía a Jesús dentro de mí. Eran las once de la mañana de un día sábado. Cuando llegué a casa, a una estampita de la Virgen le dije: “Mañana, domingo, te voy a visitar en la Plaza Boedo”. Ahí habían inaugurado hacía poco tiempo una marmita con la imagen de la Virgen María.
Después de almorzar, en una tarde hermosa, y acompañado por mi nieto del corazón Ezequiel, llegué ante la imagen. Le recé a la Virgen y nos sentamos a unos tres metros. A los veinte minutos, un señor mayor también le rezó a la Virgen y después se me acercó, me pidió disculpas y me pidió si podía poner mi palma de la mano derecha hacia arriba. Le dije que sí, y tras hacerlo él, con su puño cerrado, me entregó algo y se fue. Yo cerré mi mano apretando el objeto que me había dado. Abrí la palma de la mano y, muy emocionado, vi que me había dado un rosario hecho con piedras hexagonales de color verde. Venía con una medalla del Espíritu Santo y la imagen de Jesús crucificado. Sentí que ese señor fue un ángel enviado por Jesús. Conmovido, varias veces exclamé: “Gracias, Jesús, gracias, Jesús”. Mientras se me caían lágrimas de agradecimiento.
El barrio de Boedo
Desde que nací, hace 86 años, vivo y quiero a mi barrio de Boedo. Con el paso de las décadas, se produjeron numerosos cambios que trataré de describir todo cuanto mi memoria lo permita.
Fue cuna de grandes escritores, artistas y compositores como José González Castillo, Pedro Maffia, Homero Manzi, Sebastián Piana, Cátulo Castillo, Roberto Mariani y Julián Centella.
Todas las calles tenían adoquines de mayor o menor tamaño. La zona más comercial e influyente estaba comprendida por las avenidas Boedo, Garay, La Plata e Independencia. Dentro de la zona, estaba la avenida Pavón, por donde circulaban dos líneas de tranvías. En el medio había una plazoleta y de un lado transitaba el tranvía 26, y, por el otro, el 44. Por la avenida La Plata, circulaba el tranvía 27. La avenida Boedo tenía una plazoleta en el medio, y por ahí pasaba el tranvía 23. Los autos circulaban en dos manos. Hoy los tranvías fueron reemplazados.
Recuerdo que en la avenida Boedo, desde avenida Garay hasta Independencia, había todo tipo de negocios. Entre ellos, dos casas de fotografías separadas por unas cuatro cuadras, una de ellas llamada Aram, que hacía especialmente fotos carnet en blanco y negro, y estaba casi en la esquina de Garay. La otra, Fermoselle, se encontraba en Boedo, entre Constitución y Cochabamba, y hacía todo tipo de fotos y las coloreaba. También iban a casamientos o cumpleaños para tomar fotografías. Estaba la sedería Mitre, negocio obligado para comprar cortinas, telas de todo tipo, etc. Había zapaterías. Y heladerías: nombro a Savona porque, a los 15 años, solía ir con amigos del barrio a tomar vermut acompañado de varios ingredientes, lo cual era un placer. Entre Tarija y Constitución, estaba la joyería Chevallier, y enfrente una veterinaria y varias panaderías. En la esquina con la calle Cochabamba, se hallaba un comercio que vendía cochecitos y otros elementos para bebés.
Cruzando la calle Cochabamba hacia San Juan, se encontraba el primer negocio de electrodomésticos de Rodó, que era pequeño y vendía solamente al contado. Lo seguía el primer cine (El Nilo), y después encontrábamos la confitería Bombonieri, en cuyo primer piso se festejaban cumpleaños, casamientos y todo tipo de eventos. Le seguía un comercio que vendía electrodomésticos al contado, pero también daba la opción de pagar en cuotas mensuales, que se llamaba Luchetta. Hoy ya no existe. En la esquina, una confitería.
En la actualidad, desde la calle Cochabamba hasta la avenida Garay, se instalaron comercios dedicados a la industria del calzado, uno al lado de otro, y desaparecieron otros tipos de negocios.
Cruzando la avenida San Juan, en la esquina con Boedo, se encontraba el legendario café Homero Manzi, que aún perdura en el tiempo y actualmente, los fines de semana, sigue siendo cuna de orquestas de tango y de cantantes famosos y nuevos. A unos metros estaba la pizzería Banchero, que hoy no existe, donde, ya adolescentes, nos comíamos en la barra algunas porciones de pizza acompañadas con vino moscato. Hoy hay una galería con entrada y salida por las avenidas San Juan y Boedo.
Enfrente de Homero Manzi, estaba el banco de Italia. Hoy cambió de nombre. Al lado, la joyería Bilevich, que todavía está. Alternando veredas, en la esquina de Boedo y Humberto Primero, se hallaba la sastrería Los Dos Petisos, adonde fui con mi papá a comprarme los primeros pantalones largos, a los 13 años. Ahora hay una librería que vende libros usados.
Puedo recordar el cine El Cuyo, convertido hoy en un templo evangélico, el cine Los Andes, hoy un supermercado, y el cine Selec Boedo, también desaparecido. Había dos pizzerías más, dos librerías, una de nombre Castaño, donde mi mamá me compraba los cuadernos para la escuela primaria. En el cruce con la avenida Independencia, estaba el bazar Dos Mundos, hoy desaparecido, en cuyo lugar hay un restaurante. Enfrente se encontraba el Banco Nación, que aún hoy permanece. En la esquina de Boedo y la calle Inclán, el bar de los Solimanano, adonde mi papá me mandaba a comprar vino Semillón y lupines. Solía visitarlo el gran poeta Julián Centella. Me olvidaba de nombrar la confitería El Trianón en la avenida Boedo y la calle Carlos Calvo, donde hacían los sándwiches de pavita en escabeche más ricos de toda la Capital Federal. Hoy existe con el mismo nombre, pasaron varios dueños, y los sándwiches nada que ver. Con el paso del tiempo, todo cambió para mal, para mi gusto. De la calle Cochabamba hasta la avenida San Juan, sobre Boedo, actualmente son todos negocios de electrodomésticos que se extienden a los costados y enfrente de Rodó. Hoy muchos negocios están cerrados.
Desde Cochabamba hasta Garay, como ya dije, están los negocios dedicados a la industria del calzado, sobre Boedo. Después de las 17 horas, cuando cierran estos negocios y, en estas cuadras, la avenida queda desierta, me produce tristeza transitar por las veredas. Una alegría en Boedo y Garay es la pizzería San Antonio, que hace una de las mejores pizzas de la Capital Federal.
Desplazándonos por la avenida Garay hacia La Plata, recuerdo que había una casa de pompas fúnebres, una cochería que hoy no existe, algunas panaderías que siguen estando, como así también algunos talleres mecánicos. Y lo mejor de todo: una fábrica de churros en Garay casi esquina Mármol. Era una parada obligada a la madrugada, cuando volvíamos de bailar. ¡A comer churros calientes recién hechos! Allí funciona, hoy, un lavadero de autos.
Alejándonos un poco de San Juan y Boedo en la esquina Mármol y Metán, la fábrica de hielo La Pirucha. Aproximadamente, entre los años 1975 y 1985, un señor de apellido Tomé compró tres propiedades consecutivas en la mitad de cuadra de la calle Treinta y Tres (es donde termina el 1500 y comienza el 1600), y lo mismo hizo en la avenida Garay, comprando tres propiedades a mitad de cuadra. Hizo romper las paredes del fondo de las propiedades, que se comunican formando una L.
Sobre la avenida Garay, abrió una concesionaria de autos Toyota, y sobre Treinta y Tres estaban los talleres de mantenimiento y las oficinas comerciales. Con el tiempo, por cuestiones comerciales, cambió la venta de autos Toyota por autos de la marca Renault. Eso ocurrió aproximadamente en el año 1995, y la venta de automóviles siguió hasta el año 2010, cuando cerró la empresa y se independizaron los locales de la avenida Garay de los talleres de mantenimiento. Hoy está la farmacia ABC, sobre Garay, y, en Treinta y Tres, la empresa Base Tres.
Recuerdo que, en días de futbol, cuando San Lorenzo jugaba de local en su vieja cancha de avenida La Plata, los tranvías que circulaban cerca de la cancha iban repletos de gente, inclusive en el techo.
Cuando llegaba el carnaval, Boedo se adornaba con banderines desde San Juan hasta Independencia, y a la noche desfilaban comparsas y murgas de adolescentes. Se jugaba con pomos de agua, lanzaperfumes, papel picado y serpentinas. Era muy lindo el corso en esa época, mucha gente se disfrazaba y participaba. Nosotros (mis amigos del barrio y yo) formamos una pequeña murga que se llamaba Los Traperos, y también desfilábamos.
Es posible y casi seguro que queden muchas cosas de la época que no recuerdo, lamentablemente. Hoy elijo caminar por el barrio y tomarme un cafecito en la confitería Las Flores Porteñas, Trianón, Pugliese y otras.
Mi cuadra y algo más
Al lado de nuestra casa, en la esquina con Garay, vivía un español de nombre Ramón, que criaba conejos. A la derecha vivían doña Rosa y su esposo Salvador, que tenía una carpintería en la calle Formosa entre Senillosa y Doblas, y fabricaba juguetes. Siguiendo hacia la calle Inclán, había una hilandería, al lado una casa de familia, y al lado, lo que en una época fue un pasaje y ahora está ocupado. Primero pusieron un local donde fabricaban envases de soda, y después allí lavaban botellas de aceite usadas, que eran de un litro y medio. El dueño se llamaba Cacho Lembo. Seguía una casa de familia y después un galpón donde lavaban botellas de sidra para su posterior uso. El dueño del galpón era José Gilio.
Siguiendo, había todas casas de familia con hijos. Los de nuestra edad éramos todos amigos, y en grupo, la pandilla del barrio. En la vereda de enfrente, en la esquina con Garay, vivía María y uno de sus hijos Israel, que era ingeniero químico, fabricaba máquinas para la industria química, y canchitas de fútbol chicas cuando se acercaba el Día de Reyes. Además, con su socio turco Alberto, fabricaba juegos de química para chicos. Seguía la casa de un odontólogo que tenía su consultorio en la vivienda. Al lado, la casa de Macho y Delia, que eran los padres de mi cuñada Coca, y después, hasta el número 1.628, casas ce familia. En el departamento del fondo, funcionaba una tornería. Hoy es una casa de familia donde viven José y Antonieta y donde existe una puerta de mi casa que da al pasillo. Hasta la esquina de la calle Inclán, todas casas de familia.
Un día, en el año 1947, apareció una feria instalada en la calle Treinta y Tres Orientales, entre Garay y Pavón. Ramón, que criaba conejos, iba a buscar la verdura que tiraban los puesteros, para alimentar a sus conejos.
Los feriantes dejaban los carros con sus caballos en la cuadra donde vivía yo, Treinta y Tres Orientales entre Garay e Inclán. Mis amigos y yo a veces les sacábamos algunas chinches que adornaban la montura de los caballos y la clavábamos alrededor del agujero de los baleros. Poníamos otra en la punta del palo de embocar para que facilitara hacer el emboque. La feria atendía desde las siete de la mañana hasta las dos de la tarde. Seguía después, con personal de la Municipalidad, el desarme de los puestos, y cargaban todo sobre un carro de cuatro ruedas tirado por cinco caballos. Cuatro lo tiraban desde la lanza del carro y adelante iba el otro al que llamaban “cadenero”. Libres las cuadras de puestos, llegaban otros operarios que instalaban una manguera de bombero y lavaban calles y veredas.
A la vuelta de casa, había un corralón de la empresa La Vascongada, que se dedicaba al reparto de botellas de leche de un litro de capacidad. Al atardecer llegaban dos acoplados que transportaban los cajones con las botellas de leche. Los acoplados eran totalmente cerrados y refrigerados con barras de hielo para que la leche no se echara a perder. En el interior del corralón, se encontraban los carros utilizados para el reparto a domicilio y los caballos. Cada repartidor tomaba su caballo, lo ponía entre las varas del carro y aseguraba la montura y los elementos que se empleaban para que el caballo tirara el carro. Después cargaba el carro con los cajones de leche, y a repartir la leche que le encargaban los clientes. Comenzaba su tarea a las siete de la mañana y volvía alrededor de las dos de la tarde. Y hacía el trabajo inverso: descargaba los cajones vacíos, soltaba al caballo y lo llevaba al establo, donde el animal descasaba y se alimentaba. Así transcurrían todos los días de lunes a sábado. Era normal que el cliente dejara las botellas vacías con la plata debajo de las botellas, y nadie se llevaba la plata ni las botellas con leche.
Al lado había una herrería donde un muchacho de nombre Guillermo les colocaba las herraduras a los caballos que lo necesitaban.
