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A comienzos de marzo de 1812 arribó al puerto de Buenos Aires una fragata inglesa. Entre los pasajeros, figuraba un coronel del ejército español que había decidido mudarse a América como hombre de armas. Su foja de servicios era como mínimo impecable y el gobierno revolucionario tardó apenas ocho días en admitirlo como oficial de sus ejércitos. La necesidad de contar con soldados experimentados era urgente, y además las referencias lo volvían confiable. Ese hombre, que entonces tenía treinta y cuatro años, que había nacido el 25 de febrero de 1778 en las misiones jesuíticas del Paraguay, era el futuro general José de San Martín. Le llevó una década cambiar para siempre el mapa del sur del continente. Construyó un ejército, cruzó los Andes, expulsó a las fuerzas españolas de Argentina, Chile y Perú, cimentó la independencia de la región. La empresa no estuvo exenta de intrigas, contratiempos, y éxitos definitivos. Lo que es seguro es que sin su determinación libertadora y su capacidad militar la historia hubiera sido otra y peor. Esta deslumbrante biografía de Beatriz Bragoni es la reconstrucción completa de la vida política y militar de San Martín, desde sus orígenes en España hasta las décadas que vivió en Francia. ¿Por qué decidió apostar por América? ¿Cómo incidió la Logia Lautaro en la liberación de América? ¿Cuál fue su relación con Inglaterra? ¿Cómo se trasformó en el héroe nacional mientras se hallaba sumergido en el ostracismo? Con una investigación sin fisuras, alejada de cualquier maniqueísmo, esta biografía es un retrato cabal de una figura impar de la gesta revolucionaria de América Latina; una figura constituyente de la identidad argentina que se enlaza, y se reanima desde el siglo XIX a la actualidad.
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Seitenzahl: 627
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Beatriz Bragoni
SAN MARTÍNUna biografía política del Libertador
BIOGRAFÍAS ARGENTINAS
colección dirigida por
GUSTAVO PAZ y JUAN SURIANO
A comienzos de marzo de 1812 arribó al puerto de Buenos Aires una fragata inglesa. Entre los pasajeros, figuraba un coronel del ejército español que había decidido mudarse a América como hombre de armas. Su foja de servicios era como mínimo impecable y el gobierno revolucionario tardó apenas ocho días en admitirlo como oficial de sus ejércitos. La necesidad de contar con soldados experimentados era urgente, y además las referencias lo volvían confiable.
Ese hombre, que entonces tenía treinta y cuatro años, que había nacido el 25 de febrero de 1778 en las misiones jesuíticas del Paraguay, era el futuro general José de San Martín. Le llevó una década cambiar para siempre el mapa del sur del continente. Construyó un ejército, cruzó los Andes, expulsó a las fuerzas españolas de Argentina, Chile y Perú, cimentó la independencia de la región. La empresa no estuvo exenta de intrigas, contratiempos, y éxitos definitivos. Lo que es seguro es que sin su determinación libertadora y su capacidad militar la historia hubiera sido otra y peor.
Esta deslumbrante biografía de Beatriz Bragoni es la reconstrucción completa de la vida política y militar de San Martín, desde sus orígenes en España hasta las décadas que vivió en Francia. ¿Por qué decidió apostar por América? ¿Cómo incidió la Logia Lautaro en la liberación de América? ¿Cuál fue su relación con Inglaterra?¿Cómo se trasformó en el héroe nacional mientras se hallaba sumergido en el ostracismo? Con una investigación sin fisuras, alejada de cualquier maniqueísmo, esta biografía es un retrato cabal de una figura impar de la gesta revolucionaria de América Latina; una figura constituyente de la identidad argentina que se enlaza, y se reanima desde el siglo XIX a la actualidad.
Bragoni, Beatriz
San Martín / Beatriz Bragoni. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-628-689-3
1. Historia Argentina. 2. Biografías. I. Título.
CDD 920.71
Diseño de colección: Eduardo RuizARTE DE TAPA: JOSÉ GIL DE CASTRO, EL PINTOR DE LOS LIBERTADORES.
JOSÉ GIL DE CASTRO ES LA FIGURA MÁS IMPORTANTE EN LA CONFORMACIÓN DE LA CULTURA VISUAL DE LAS INDEPENDENCIAS LATINOAMERICANAS. NACIÓ EN PERÚ, EN 1785. ERA HIJO Y NIETO DE ESCLAVOS Y TUVO UNA FORMACIÓN DE TALLER, PROBABLEMENTE A CARGO DEL MAESTRO PEDRO DÍAZ. EN 1817 LLEGÓ A CHILE Y SE ENROLÓ EN EL BATALLÓN INFANTES DE LA PATRIA. SU EXPERIENCIA COMO RETRATISTA DE LOS VIRREYES Y LA NOBLEZA LIMEÑA LO CONDUJO A COMPONER EL PRIMER RETRATO DE SAN MARTÍN, QUE ENGALANÓ LA CEREMONIA DE JURA Y PROCLAMACIÓN DEL ACTA DE LA INDEPENDENCIA EN SANTIAGO Y LAS CIUDADES LIBRES DEL DOMINIO REALISTA EL 12 DE FEBRERO DE 1818. DESPUÉS DEL ÉXITO DE MAIPÚ, EL LIBERTADOR ENVIÓ COPIAS DEL RETRATO A SUS AMIGOS CUYANOS EN MUESTRA DE SU GRATITUD A LA CAUSA DE LA INDEPENDENCIA.
Primera edición: mayo de 2019
Edición en formato digital: septiembre de 2022
© Beatriz Bragoni, 2019
© de la presente edición Edhasa, 2019, 2022
Avda. Córdoba 744, 2º piso C
C1054AAT Capital Federal
Tel. (11) 50 327 069
Argentina
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ISBN 978-987-628-689-3
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Conversión a formato digital: Libresque
En memoria de Dante G. Bragoni y Elsa Sileoni, mis padres, por el apoyo amoroso y los mandatos libres que me dieron.
La ventaja de la historia frente al mito
es que no se cierra nunca.
Oscar Terán, 1997
El historiador es a la vez un especialista,
un árbitro entre las diferentes memorias,
un intérprete de cada una de ellas y aquel
que trata de reconstruir los sucesos en
su profundidad histórica y en su duración.
Pierre Nora, 2018
Poco tiempo después de haberlo conocido en Guayaquil, y de haber brindado por el único jefe militar que podía llegar a emular sus hazañas guerreras contra el poder colonial en América, Simón Bolívar dijo de él: “El general San Martín era respetado del ejército, acostumbrado a obedecerle: el pueblo del Perú le veía como a su Libertador; él por otra parte había sido afortunado, y usted sabe que las ilusiones que presta la fortuna, valen a veces más que el mismo mérito”.
No se trataba de una opinión menor. Bolívar estaba en el cenit de su gloria, y a un paso de contemplar el imperio republicano que imaginaba a sus pies. José de San Martín, en cambio, había optado por abandonar la escena pública sudamericana después de renunciar al mando político y militar que lo había erigido en Protector del Perú introduciendo perplejidades de perdurable impacto. Desde luego, la apreciación de Bolívar aparecía impregnada por el lugar que el Libertador del Norte se reservaba en la epopeya libertadora continental. Quien se aprestaba a intervenir en el escenario peruano parcialmente ganado a la causa de la América libre, atribuía la independencia de medio continente más a la combinación fortuita de las circunstancias que a las dotes o destrezas del que había sido uno de sus más decididos promotores. Por supuesto, las veleidades de aquella coyuntura no le permitían todavía imaginar que el giro de la fortuna eclipsaría su propia estrella no sólo porque, como San Martín, tendría que abandonar el Perú, sino también porque su aspiración de construir una patria americana en la geografía antes imperial quedaría despedazada ante la emergencia de una multiplicidad de patrias coaguladas sobre la base de las antiguas jurisdicciones coloniales o en unidades políticas más pequeñas.
Esa tensión entre virtud y fortuna enraizó en la mayoría de las versiones que ofrecieron los contemporáneos sobre el sinuoso derrotero de los Libertadores en el breve y violento momento de las revoluciones de independencia. Se trataba ni más ni menos de una forma de entender la vida de hombres excepcionales o de los héroes que, si bien recuperaba la tradición de los clásicos, hacía de ese binomio un recurso eficaz para ubicar el haz de victorias, derrotas e incertidumbres en los trayectos vitales transformados por la Revolución. Esa apelación estuvo en boca de quienes podían atestiguar sus desempeños, y vigorizó los relatos ofrecidos por observadores extranjeros en los que no resultaba extraño que fueran equiparados con las figuras estelares de Napoleón o Washington. Más tarde, tales versiones serían recogidas y ensalzadas por publicistas y escritores convirtiéndolas en el humus de las mitologías nacionales del siglo XIX.
Con muy pocas excepciones, esos escritos proveyeron imágenes compactas y ejemplares sobre el desempeño militar y moral de las jefaturas revolucionarias, y avanzaron incluso en la caracterización de rasgos y dotes personales con el propósito de enfatizar la naturaleza excepcional de los “genios de la revolución”.1 Allí está la versión de San Martín acuñada por el general Miller en 1829 que no sólo exaltó sus destrezas personales para poner en marcha la disciplina y entrenamiento militar de la máquina guerrera que cruzó los Andes y restauró la libertad en Chile, sino que también atemperó las versiones negativas sobre su cuestionado desempeño militar y político en el Perú. El rescate de Miller venía a abonar la versión escrita en 1825 por el capitán escocés Basil Hall, quien al finalizar el relato sobre el peregrinaje de San Martín en Chile y el Perú, avanzó en la descripción de su rostro y del carácter “sobresaliente” como militar y estadista al inspirar el “respeto de otros hombres”, por lo que no dudó en calificarlo como el “principal actor de la independencia sudamericana”.2 Dichas estampas no eran demasiado distintas a las ofrecidas en 1819 por el capitán norteamericano H. M. Brackenridge, quien, sin haberlo conocido, exaltó el excepcional desempeño del oficial que había abandonado el pendón real para volcar sus habilidades en las “guerras de revolución” de la América del Sur, había formado un ejército en el que la disciplina era la norma y había afianzado la independencia de las Provincias Unidas y de Chile. En sus palabras: “Exceptuando la entrada del general Washington en Filadelfia, y la del general Jackson en Nueva Orleans, no hay ejemplo en la historia moderna del respeto tributado a San Martín, cuando entró en Buenos Aires después de la batalla de Maipú, en la que Chile fue vuelto a rescatar por él”.3
En rigor, la caracterización del accionar de los principales artífices de las independencias hispanoamericanas hicieron de la asociación genio/libertador un componente ineludible del vocabulario político revolucionario que, si bien guardaba sintonía con la reinvención de la matriz heroica imantada por los filósofos de la ilustración y la experiencia napoleónica, no habría de figurar solamente en la profusa política de propaganda activada por los revolucionarios.4 También estructuró sus propios lenguajes y representaciones con el fin de ensalzar el presente de excepción que la Revolución había introducido en sus periplos vitales y legitimar su desempeño ante los ojos de sus contemporáneos y en vistas del “juicio de la posteridad”.5 En 1847 habría de ser Domingo F. Sarmiento el primero en valorar la crucial decisión sanmartiniana de abandonar el teatro de la guerra en 1822, y delimitar el antes y el después de la vida política de las naciones emanadas de los despojos del imperio español: “Aquella acta de abdicación voluntaria y premeditada es la última manifestación de las virtudes antiguas que brillaron al principio de la Revolución de Independencia Sudamericana. Desde aquel día datan los trastornos, las revoluciones y todas las inmoralidades que la han caracterizado después”.6
A partir de entonces, los relatos dedicados a San Martín entre los cultores del saber histórico se multiplicaron casi al infinito en procura de mostrar cada uno de los eslabones que enlazan el trayecto sanmartiniano con el despertar y la consolidación de la independencia sudamericana y argentina.7 La vida de San Martín y su gesta heroica pueblan estantes de archivos y bibliotecas, ilustran libros escolares, revistas infantiles y ediciones culturales, sirven a guiones de obras de teatro y películas, inspiran la paleta o el cincel de artistas, y su evocación o recuerdo se hace patente en cada memorial del tejido monumental dedicado a su figura que atestigua el sitial consagrado como Padre de la Patria.
El libro que el lector tiene en sus manos ofrece una biografía política del prócer preferido de los argentinos. Su estrategia analítica y narrativa fue pensada y escrita de cara a las versiones clásicas en las que generalmente la trayectoria sanmartiniana se organiza por el resultado último de su periplo heroico y de su construcción mítica, restringiendo la posibilidad de comprender la porosa franja que distingue la acción individual de las condiciones impuestas por el formidable cambio político y cultural introducido ante la movilización y politización social disparada por la revolución y la guerra. Se trata de una biografía política de San Martín que procura develar los hilos múltiples que vinculan a un individuo con el ambiente y la sociedad, y capturar sus convicciones políticas en conexión a las prácticas concretas, y no como resultado de conceptos definidos de antemano. Una compleja alquimia en la que el actor individual se convierte en centro del argumento con el fin de distinguir mejor el plano de las preferencias personales de los resultados, y extraer del análisis de las prácticas las formas de gestionar el poder en el turbulento e incierto pasaje del orden colonial al independiente, como también restituir e interpretar su propia evaluación del trayecto de los Estados latinoamericanos desde un lugar ya marginal.8 Una biografía que asume la indeterminación del orden político y de las nacionalidades que contribuyó a forjar, que pretende dar cuenta del accionar del personaje en un mundo político y social en transformación, de la memoria personal y familiar en el rescate de su protagonismo sudamericano, de las intervenciones públicas que lo ubicaron a la cabeza del panteón de los padres fundadores de la nacionalidad argentina en el siglo XIX y de los usos públicos de su legado en los siglos XX y XXI.
En suma, una biografía política de San Martín entendida como prisma analítico y narrativo que toma deliberada distancia del respetable registro que modeló la imagen del héroe de Chacabuco y Maipú forjada por Bartolomé Mitre, a quien la historia de San Martín le permitía proyectar la revolución rioplatense y la invención republicana a escala continental, y de la clave interpretativa creada por Ricardo Rojas que equipara la vida del Libertador con la de un santo laico, convirtiéndola en prototipo de virtudes morales dignas de emular.9 Ambas irradiaron representaciones potentes de la trayectoria sanmartiniana como un contínuum lineal y coherente con capacidad incluso de transformar sus errores en aciertos, asociadas a una concepción del tiempo y de la política que depositaba en el conocimiento del pasado nacional y de sus héroes un recurso de afirmación patriótica dispuesta a reactualizar lazos de integración social y cohesión política y cultural.
No está en mi ánimo abonar ningún suelo reivindicativo de la trayectoria sanmartiniana. En su lugar, la biografía de San Martín que se ofrece ha utilizado el fascinante recurso del viaje para hacer inteligible un trayecto que no por ser verdaderamente excepcional permite capturar la potencia de la revolución y de las guerras por ella disparadas en el desmoronamiento del orden social y político previo a su emergencia, y lo que no es menor, en la redefinición y creación de identidades políticas que habrían de refutar la utopía de hacer una patria americana tal como la habían imaginado sus promotores. Asimismo, la restitución del tramo de su vida pública, y su cotejo con la experiencia que definió como “ostracismo voluntario”, constituye un mirador privilegiado para apreciar sus valoraciones sobre la invención republicana en el Nuevo Mundo, y el arbitraje operado en la selección de olvidos y recuerdos sujeto a modelar el “juicio de la posterioridad”, un tópico medular del frondoso epistolario confeccionado antes y después de su fugaz y estelar trayecto revolucionario. La riqueza de la documentación producida, recibida, recopilada y clasificada por San Martín se revela, entonces, como una cantera eficaz para restituir e interpretar la oferta limitada de posibilidades en las que se inscribió su accionar político y militar en las Provincias Unidas de Sud América, Chile y el Perú independiente, y en valioso testimonio para penetrar en su cosmovisión de la política y el orden social, conmovido por la era de las revoluciones en ambas orillas del Atlántico.
Sin duda, tales supuestos son tributarios de la revitalización de los estudios históricos y de una nutrida agenda de investigación que trastocó los habituales enfoques nacionales y colocó la experiencia revolucionaria, el laboratorio republicano y la formación de las naciones en el centro del debate de los especialistas del “largo siglo XIX” hispanoamericano. Los nuevos enfoques de las historiografías de las independencias y la renovación de la historia política (como los aportes de la historia cultural, intelectual y de los conceptos) han constituido herramientas de suma utilidad para explorar el trayecto sanmartiniano en torno a algunos nudos fundamentales. Por una parte, los historiadores han ofrecido evidencias e interpretaciones fecundas sobre la naturaleza de las guerras de revolución en relación con los recursos, las formaciones armadas, los actores sociales y el peso del antagonismo político en la transformación de los ejércitos revolucionarios.10 Por otra, la historiografía ha contribuido a develar el itinerario de las soberanías independientes y las ingenierías institucionales imaginadas y ensayadas en el curso de las guerras, echando luz a la puja entre republicanismo y monarquismo enmarcada en la controversia entre la centralización y descentralización del poder independiente.11 Asimismo, el desafiante motivo de las formas cambiantes, muchas veces superpuestas, que asumieron las identidades colectivas y la formación de nuevos sentidos de pertenencias nacionales en el violento e incierto derrotero político constituyeron interrogantes centrales de la agenda académica en tanto remozaron el zócalo narrativo clásico que habían hecho de las guerras de independencia un nudo primordial de las mitologías nacionales en el siglo XIX.12 En cualquiera de los casos, las claves interpretativas ofrecidas por Tulio Halperin Donghi en su influyente ensayo Revolución y guerra constituyeron un punto de partida insuperable para mejorar la comprensión de los trayectos locales de la revolución rioplatense, y dotar de mayor densidad analítica y empírica el impacto político y sociocultural de las guerras de independencia en la craquelada geografía de la que emergería más de una nación.13 La disolución de la unidad virreinal y la multiplicación de soberanías independientes fueron un asunto común a toda la América española. Si bien se adoptaron idénticos lenguajes, procedimientos e instituciones para gestionar la vacancia del poder y fundar una nueva legitimidad, la experiencia de las guerras revolucionarias que pulverizó el poder español en América del Sur dotaría de nuevos y variados sentidos al antagonismo político en sus clivajes territoriales. En un conocido ensayo, Scarlett O’Phelan Godoy adujo: “Nadie sale de una guerra como ha entrado”.14 Por su parte, Clément Thibaud postuló la pertinencia de pensar los ejércitos revolucionarios atendiendo a sus desarrollos específicos, a los cambios en la composición de las formaciones armadas y sus incidencias en el plano político.15 Asimismo, John Elliott trajo a colación dos fenómenos cruciales a los que se enfrentan los historiadores de las guerras de independencia hispanoamericanas: las formas a través de las cuales entre 1810 y 1830 el republicanismo se impuso sobre la monarquía y el Estado-nación tomó paulatinamente el lugar de la patria criolla, y la manera en que los “americanos españoles” dejaron de serlo, identificándose como “peruanos”, “chilenos”, “venezolanos” o “mexicanos”.16
El libro recoge mi experiencia de investigación en el atribulado siglo XIX argentino y latinoamericano, y es tributario de ensayos biográficos previos dedicados a San Martín y al chileno José Miguel Carrera, el principal rival de los directoriales desplazado del poder revolucionario entre 1814 y 1821.17 Ambos ejercicios constituyeron insumos valiosos para volver a escribir una biografía de San Martín atenta a controlar la irreductibilidad del individuo y el peso o gravitación del contexto como refugio primordial para completar las “lagunas de información”, o interpretar las acciones a la luz de las condiciones históricas. El lector dirá si he podido lograrlo, pero la aguda advertencia señalada por Giovanni Levi sobre los riesgos que el género biográfico alberga gravitó en el formato finalmente adoptado, mediante la consulta de colecciones documentales monumentales y de información básica alojada en archivos nacionales y extranjeros. Los primeros cinco capítulos restituyen e interpretan el periplo guerrero y político de San Martín en la Península y en América. Los capítulos 6 y 7 abordan los diferentes estadios del ostracismo voluntario, conjeturan sobre el peso del pasado en la decisión de cincelar su legado y reparan en las intervenciones públicas que lo erigieron en la cúspide del panteón nacional en el siglo XIX. El último lo dedico a historiar los usos públicos del héroe mayor de los argentinos en el siglo XX y XXI. Esa mirada de largo plazo de la liturgia estatal y del lugar casi inmóvil de San Martín en la mitología nacional se convierte en mirador privilegiado para reflexionar sobre el peso que tiene el pasado nacional en el combate cultural y político de la Argentina contemporánea.
* * *
Este libro ha contraído enormes deudas con instituciones y queridos amigos y colegas que me ayudaron a pensar problemas, elaborar conjeturas y ensayar argumentos. Al repasar sus nombres caigo en la cuenta de que algunos ya no están, pero eso no esquiva que merezcan mi reconocimiento y respetos por lo mucho que aprendí de ellos: en particular, el estímulo de Tulio Halperin Donghi sobre mi primer San Martín y la generosa oportunidad que me brindó Jorge Gelman para atreverme a escribirlo. Con Paula Alonso, Natalio Botana, Raúl Fradkin, Ana Frega, Noemí Goldman, Julián Gallego, Sara Mata, Eduardo Míguez, Nora Pagano, Gustavo Paz, Camila Perochena, Fernando Rocchi, Darío Roldán, Hilda Sabato y Marcela Ternavasio he tenido el privilegio de compartir proyectos, intercambios y conversaciones valiosas sobre el siglo XIX rioplatense y argentino, y sus clivajes narrativos.
Un especial agradecimiento merecen Scarlett O’Phelan Godoy y Georges Lomné, quienes me invitaron a participar de reuniones en Lima donde tuve oportunidad de realizar consultas en la magnífica biblioteca del Instituto Riva Agüero, que me proveyó de un catálogo de publicaciones de sumo valor para el estadio peruano de San Martín. Con Heraclio Bonilla también contraje deudas valiosas ante la posibilidad de discutir ensayos sobre “la cuestión colonial”, y realizar consultas en valiosas bibliotecas colombianas. Mi agradecimiento se extiende a Cristián Guerrero Lira, quien me facilitó copias del Archivo O’Higgins y su espléndido libro sobre el Cruce de los Andes. Así también los intercambios realizados con Ascensión Martínez Riaza y José María Portillo Valdés fueron verdaderos estímulos para entender las implicancias de las independencias sudamericanas en conexión con la convulsa política metropolitana y global. Esa mirada transoceánica resultó tributaria de la compulsa bibliográfica y erudita realizada en bibliotecas y archivos españoles gracias al valioso apoyo recibido por parte de la Casa de Velázquez de Madrid.
Las recomendaciones de Samuel Amaral y Roberto Cortés Conde resultaron importantes para documentar mejor la gravitación de la dimensión fiscal en la factura del ejército y la expedición a Chile, e inscribir el peso de la dimensión material en la vida europea de San Martín. Esta no hubiera adquirido el formato que finalmente obtuvo sin la valiosísima ayuda del profesor Jean-Philippe Luis, quien me facilitó la llave de acceso para consultar documentación depositada en archivos franceses, a los cuales accedí mediante una beca de la Universidad Nacional de Cuyo, y la generosa recepción brindada por Pilar González Bernaldo y Zacarías Moutoukias en la Université Diderot, Paris VII. En esa estancia parisina realizada entre octubre y noviembre de 2015, la compañía y las conversaciones mantenidas con Georgina Coelo Moreno constituyeron aprendizajes que valoro mucho. Fernando Devoto me incitó a estudiar la conmemoración sanmartiniana de 1950, por lo que mi deuda con él no es menor a la hora de entender el acontecimiento per se y a la luz de la cultura política e histórica posterior. Fernando Fagnani, Juan Suriano y Gustavo Paz supieron esperar lo suficiente el libro que el lector tiene en sus manos.
La amigable e intensa actividad académica que llevo a cabo en el INCIHUSA-CONICET, Mendoza, y en la Universidad Nacional de Cuyo han constituido un estímulo valioso para mis incursiones sanmartinianas. Sin la compañía de María Teresa Brachetta, María Virginia Mellado, Gabriel Morales, Patricia E. Olguín, Oriana I. Pelagatti, Eliana Fucili y David Terranova, mi trabajo no hubiera sido el mismo. Mi agradecimiento se extiende a Mirta Ison, Alicia López Sivera y Lucía Such por acompañar el día a día de mi vida académica e institucional.
Mi familia, como siempre, ha sido mi principal sostén: Eduardo soporta mis obsesiones con su habitual generosidad y paciencia, y mis hijos, Paloma, Santiago y Delfina, al crecer con ellas, aprendieron a entenderlas y valorarlas cada uno a su modo. En el lapso durante el que empecé y terminé de pensar este libro, experimenté la profunda tristeza que envuelve la pérdida de nuestros padres. Su recuerdo, y el modo en que disfrutaban de mi oficio, justifican plenamente que a ellos esté dedicada esta biografía de San Martín.
1 Scarlett O’Phelan Godoy y Georges Lomné (ed.), Viajeros e independencia. La mirada del otro, Lima, Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2017; Beatriz Bragoni, “El intercambio epistolar entre San Martín y Lafond”, Prismas. Revista de Historia Intelectual, Bernal, n.° 20, 2016.
2 El relato de Basil Hall fue publicado en 1825 en francés; la obra fue traducida y publicada en Chile en 1906.
3 H. M. Brackenridge, La independencia argentina. Viaje a América del Sur por orden del gobierno americano los años 1817 y 1818 en la fragata “Congreso”, Buenos Aires, El Elefante Blanco, 1999 [1819], p. 342.
4 Michel Vovelle, “La Revolución francesa: ¿Matriz de la heroicidad moderna?”, en Manuel Chust y Víctor Mínguez (eds.), La construcción del héroe en España y México, 1789-1847, México, El Colegio de Michoacán/Universidad de Valencia, 2003, pp. 19-29.
5 Tulio Halperin Donghi, “Imagen argentina de Bolívar, de Funes a Mitre”, El espejo de la historia. Problemas argentinos y perspectivas latinoamericanas, Buenos Aires, Sudamericana, 1987, pp. 113-139.
6 Domingo F. Sarmiento, discurso de recepción en el Instituto Histórico de Francia, París, 19 de enero de 1847, en Domingo F. Sarmiento, Vida de San Martín, compilación y prólogo de Enrique Espinosa, Buenos Aires, Claridad, 1939, p. 93.
7 La bibliografía dedicada a San Martín y la revolución de independencia es inacabable. Entre los relatos fundadores de las historiografías nacionalistas del siglo XIX se destacan: Juan María Gutiérrez, Bosquejo biográfico del general San Martín, Buenos Aires, Instituto Nacional Sanmartiniano, 1972 [1862]; Bartolomé Mitre, Historia de San Martín y de la emancipación sud-americana, Buenos Aires, Jackson, 1950 [1887]; Vicente Fidel López, Historia de la revolución argentina desde sus precedentes coloniales hasta el derrocamiento de la tiranía en 1852, Buenos Aires, Sopena, 1958 [1881-1887]; Benjamín Vicuña Mackenna, Vida de San Martín, Buenos Aires, Nueva Mayoría, 2000 [1863]; Diego Barros Arana, Historia general de Chile, Santiago de Chile, Editorial Universitaria, edición a cargo de Villalobos, 2001 [1884]; Damián Hudson, Recuerdos históricos sobre la Provincia de Cuyo, Buenos Aires, Imprenta de Juan Alsina, 1898. Entre las obras más representativas del siglo XX se consignan: José Pacífico Otero, Historia del Libertador D. José de San Martín, Buenos Aires, Círculo Militar, 1978 [1932]; Ricardo Rojas, El santo de la espada. Vida de San Martín, Buenos Aires, Losada, 1940 [1933]; Ricardo Levene, El genio político de San Martín, Buenos Aires, Depalma, 1970 [1950]. Abordajes más recientes remiten a Patricia Pasquali, San Martín. La fuerza de la misión y la soledad de la gloria, Buenos Aires, Planeta, 1999; John Lynch, San Martín. Soldado argentino, héroe americano, Barcelona, Crítica, 2010. Las referencias sobre las operaciones militares remiten a Leopoldo Ornstein, “La guerra terrestre y la acción continental de la Revolución Argentina - San Martín y la Independencia de Chile - Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú”, Historia de la nación argentina, vol. VI, Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia/El Ateneo, 1962; José Teófilo Goyret, “Las campañas libertadoras de San Martín”, Nueva historia de la nación argentina, t. IV, Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia/Planeta, 2000, pp. 318-319.
8 Las reflexiones sobre biografía e historia ganaron centralidad a raíz de la revitalización de las dimensiones subjetivas en el examen de la acción social o humana (individual o colectiva) como factor explicativo del cambio social o histórico. Véanse, entre otros, Pierre Bourdieu, “La ilusión biográfica”, anexo incluido en el libro Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción, Barcelona, Anagrama, 1997 [1985]; Giovanni Levi, “Les usages de la biographie”, Annales. Histoire, Sciences Sociales, París, vol. 44, no 6, EHESS, París,. 1989, pp. 1325-1336; Sabina Loriga, Le Petit X. De la Biographie a l’Histoire, París, Seuil, 2010; Dominique Dammamme, “Grandes illusions et récits de vie”, Politix, n.° 27, 1994, pp. 183-188; Isabel Burdiel, Presentación al dosier “Los retos de la biografía”, Ayer, 93 (1), 2014, pp. 13-18, e “Historia política y biografía: más alla de las fronteras”, Ayer, 93 (1), 2014, pp. 47-83.
9 Fernando Devoto, Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna. Una historia, Buenos Aires, Siglo XXI de Argentina editores, 2002; Eduardo Hourcade, “Ricardo Rojas hagiógrafo. A propósito de El santo de la espada”, Estudios Sociales, año VIII, n.° 15, 1998.
10 La revalorización de la dimensión militar en la historiografía hispanoamericana recoge buena parte de la agenda de los estudios americanistas sobre los efectos de las reformas borbónicas, el impacto de las guerras europeas y el escrutinio de la fuerza militar local en las rebeliones e insurgencias del área andina y de México. Se indican a continuación algunos títulos indicativos: Brian R. Hamnett, Revolución y contrarrevolución en México y el Perú. Liberales, realistas y separatistas, 1800-1824, México, FCE, 2011 [primera edición en español: 1976]; Juan Marchena Fernández, Ejército y milicias en el mundo colonial americano, Madrid, Mapfre, 1992; Juan Escamilla Ortiz (coord.), Fuerzas militares en Iberoamérica. Siglos XVIII y XIX, México, El Colegio de México/El Colegio de Michoacán/Universidad Veracruzana, 2005; Manuel Chust y Juan Marchena (eds.), Las armas de la Nación. Independencia y ciudadanía en Hispanoamérica (1750-1850), Madrid, Iberoamericana/Vervuert, 2007; Clément Thibaud, República en armas. Los ejércitos bolivarianos en la guerra de independencia en Colombia y Venezuela, Bogotá, Planeta/IFEA, 2003; Raúl Fradkin, Guerra y sociedad en el litoral rioplatense en la primera mitad del siglo XIX en: Juan C. Garavaglia, Juan Pro Ruiz, Eduardo Zimmermann (eds.), Las fuerzas de guerra en la construcción del Estado. América Latina, siglo XIX, Rosario, Prohistoria/State Building in Latin America, 2012, pp. 319-356; Alejandro Rabinovich, La societé guerrière. Pratiques, discours et valeurs militaires dans le Rio de la Plata, 1806-1852, Ameriques/Presses Universitaires de Rennes, 2013.
11 François X. Guerra, Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas, Madrid, MAPFRE, 1992, y Revoluciones hispánicas. Independencias americanas y liberalismo español, Madrid, Editorial Complutense, Cursos de verano de El Escorial, 1995, pp. 93-94; Antonio Annino, “Soberanías en lucha”, en Antonio Annino, Luis Castro Leiva y François X. Guerra (comps.), De los imperios a las naciones: Iberoamérica, Zaragoza, Ibercaja, 1997, pp. 229-253; Geneviéve Verdó, L’independance argentine. Entre cités et nation (1808-1821), París, Publicatións de la Sorbonne, 2006; Natalio Botana, Repúblicas y monarquías. La encrucijada de la independencia, Buenos Aires, Sudamericana, 2016; Hilda Sabato, “Horizontes republicanos en Iberoamérica. Una perspectiva de largo plazo”, en Beatriz Bragoni y Sara Mata (comps.), Entre la colonia y la república. Insurgencias, rebeliones y cultura política en América del Sur, Buenos Aires, Prometeo, 2008, pp. 311-325, y Republics of the New Worl. Revolutinary political experiment in 19 th-Century Latin America, Princeton University Press 2018; Rafael Rojas, Las repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la revolución de hispanoamérica, Buenos Aires, Taurus, 2010.
12 Heraclio Bonilla, “Bolívar y las guerrillas indígenas en el Perú”, Metáfora y realidad de la independencia en el Perú, Lima, IEP, 2001, pp. 117-132; Simon Collier, “Nationality, Nationalism, and Supranationalism in the Writtings of Simon Bolívar”, HAHR, n.° 63, 1, 1983, pp. 37-64; Pilar González Bernaldo, “La ‘identidad nacional’ en el Río de la Plata post-colonial. Continuidades y rupturas con el Antiguo Régimen”, Anuario IEHS, n.° 12, 1997, pp. 109-122; Jorge Myers, “Identidades porteñas. El discurso ilustrado en torno a la nación y el rol de la prensa: El Argos de Buenos Aires, 1821-1825”, en Paula Alonso (comp.), Construcciones impresas. Panfletos, diarios y revistas en la formación de los Estados nacionales en América Latina, 1820-1920, Buenos Aires, FCE, 2003, pp. 39-63; Juan Cáceres Muñoz y Sebastián Fernández Bravo, “Ideario y lenguaje político: el concepto de Patria en Chile y en el Río de la Plata (1780-1850)”, en Eduardo Cavieres y Ricardo Cicerchia (coords.), Argentina-Chile, Chile-Argentina: 1820-2010, Valparaíso, Ediciones Universitarias de Valparaíso, 2012, pp. 63-96. En cambio, José Carlos Chiaramonte atribuye el fenómeno de las identidades nacionales al momento romántico. Véase José C. Chiaramonte, “Formas de identidad política en el Río de la Plata después de la independencia”, Boletín Ravignani, Tercera Serie, Núm, 1, 1° Semestre, 1989, pp. 71-92; “Acerca del origen del Estado en el Río de la Plata”, Anuario IEHS, n.° 10, 1995, pp. 27-50; Ciudades, provincias, Estados: Orígenes de la nación argentina, 1800-1846, Buenos Aires, Ariel, 1997; Nación y Estado en Iberoamérica, Buenos Aires, Sudamericana, 2004.
13 Tulio Halperin Donghi, Revolución y guerra. Formación de una elite dirigente en la Argentina criolla, Buenos Aires, Siglo XXI, 1979, y Crisis y disolución de los imperios ibéricos, Madrid, Alianza, 1986.
14 Scarlett O’Phelan Godoy, “Sucre en el Perú: entre Riva Agüero y Torre Tagle”, en S. O’Phelan Godoy (comp.), La independencia del Perú. De los Borbones a Bolívar, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú/Instituto Riva Agüero, 2001, p. 404.
15 Clément Thibaud, “Formas de guerra y mutación del ejército durante la guerra de independencia en Colombia y Venezuela” en, Jaime Rodríguez (coord.), Revolución, independencia y las nuevas naciones de América, Madrid, MAPFRE/Tavera, 2005.
16 John H. Elliott, “Rey y patria en el mundo hispánico”, en Víctor Mínguez y Manuel Chust (eds.), El imperio sublevado. Monarquía y naciones en España e Hispanoamérica, Madrid, CSIC, 2004, pp. 17-35.
17San Martín. De soldado del Rey a héroe nacional, Buenos Aires, Sudamericana, 2010, y José Miguel Carrera, Un revolucionario chileno en el Río de la Plata, Buenos Aires, Edhasa, 2012.
Doy por supuesto de antemano el estado de inquietud, alarma, desenfreno y prepotencia que la plebe de los pueblos principales de Andalucía tomaron desde que supieron los motines de Aranjuez y Madrid del mes de marzo; y no dude Ud. que éste es el origen de todo lo sucedido posteriormente, porque desde entonces, la plebe manda y las autoridades obedecen por temor.
Manuel García,
Sanlúcar de Barrameda, 1808
Seguramente debe haber sido difícil tomar la decisión de solicitar el retiro del ejército real en medio de la guerra que libraban los españoles contra Napoleón con el fin de atravesar el océano, y sumarse a la aventura de fundar un nuevo orden social y político en América. Sólo la convicción de ser partícipe de un momento político excepcional hacía posible imaginar que los bastiones patriotas erigidos en los territorios que durante tres siglos habían integrado las Indias españolas podían convertirse en un eslabón más de la cadena de revoluciones que modificarían para siempre el tablero político en ambas orillas del Atlántico. Para ese entonces, la independencia de las colonias inglesas de Norteamérica, la Revolución francesa y el estallido revolucionario de los negros en Haití operaban como faros paradigmáticos de la confianza depositada en los preceptos liberales que, hasta entonces, en el mundo hispánico, sólo habían circulado en los libros prohibidos por la Inquisición.
Aquella decisión personal –que era también política– no era independiente del contexto social en el que estaba inserto, ni tampoco del clima político y guerrero que lo condujo a abandonar la Península y ofrecer sus servicios militares al gobierno insurgente con sede en Buenos Aires. Para ese entonces, José Francisco de San Martín tenía 34 años, era soltero y no mantenía contactos periódicos con su familia. Su padre, Juan Francisco de San Martín, había muerto con el grado de teniente retirado graduado de capitán al poco tiempo de su regreso a España, después de haber ejercido cargos intermedios en el esqueleto de la monarquía del recién creado Virreinato del Río de la Plata. Su madre, Gregoria Matorras, y su única hermana, María Elena, vivían de la pensión paterna en Orense, y sus hermanos mayores llevaban a cabo un ejercicio militar relativamente similar al suyo desde que habían ingresado al ejército real como cadetes. Las huellas documentales sobre ese tramo del ciclo vital del maduro oficial nacido el 25 de febrero de 1778 en las míticas misiones jesuíticas del Paraguay resultan por cierto muy escasas. Su ingreso como cadete al Regimiento de Infantería de Murcia en 1789, el testamento de su madre fechado en 1803 y, especialmente, la foja de servicios que verifica un ejemplar comportamiento militar, permite restituir el curso de una vida moldeada en las huestes reales como remedio seguro para disminuir la zozobra de los hijos de los peninsulares que, en el siglo XVIII, no habían conseguido construir ninguna fortuna en las colonias de ultramar.1
La reforma militar instrumentada por Carlos III y sus ministros, con la que pretendieron optimizar la defensa de la que había sido hasta el siglo XVII la monarquía más importante de la cristiandad, abrió nuevas vías de acceso a la oficialidad, anteponiendo el mérito a las marcas del linaje o del nacimiento. Esas nuevas condiciones fueron evaluadas por su padre como propicias para que sus hijos ensayaran un tipo de profesionalización militar diferente a la suya. Como hijo de labradores de una aldea castellana, Juan de San Martín vivió en carne propia el límite para el ascenso social y el cambio de estatus por haber ingresado al servicio de las armas reales como soldado. Había nacido en la villa de Cervatos, Cueza, el 3 de febrero de 1728, y era hijo del segundo matrimonio de Isidora Gómez y Andrés de San Martín. En 1746 había sentado plaza como voluntario y saltado de cabo a sargento cuando se embarcó en la carrera militar en las Indias españolas, en la expedición de Cevallos que arribó al Río de la Plata a mediados de 1764.2 Cinco años después, el gobernador y capitán general de la jurisdicción, Francisco de Bucarelli, le confirió el grado de ayudante mayor del Batallón de Milicias de Voluntarios Españoles de Buenos Aires. En 1770 contrajo matrimonio por poder con Gregoria, hija de Domingo Matorras y María del Ser, pobladores de otra aldea de Castilla, y se radicaron en el partido de las Víboras y Vacas para administrar la estancia de los padres jesuitas recientemente expulsos. Allí nació la única hija del matrimonio, María Elena.3 Su desempeño en la administración de los bienes no cumplió con las expectativas de las autoridades, y aunque salió exento de responsabilidad por la comisión que tuvo a cargo la investigación que lo acusó de estar involucrado en el contrabando, se le asignó un nuevo destino, ahora como teniente de gobernador de “cuatro pueblos de Indios de la Nación Guaraní del Departamento de Yapeyú”. Allí se instaló con su familia en 1775 para desempeñarse como instructor militar de una compañía de quinientos cincuenta indios a los que entrenó en el manejo de las armas para defender el territorio de los ataques portugueses, aumentar el número de indios reducidos en la frontera y vigilar a los contrabandistas de tabaco del Brasil.4 El gobernador de los treinta pueblos de las misiones acreditó los servicios prestados a la Corona en 1777, pero los elogios sobre su desempeño, que fueron refrendados por el flamante virrey Vértiz, no fueron suficientes para agilizar su solicitud de ascenso que llegó recién por orden de Carlos III y la firma del ministro José Gálvez, en 1779. A esa altura, la familia ya no era la misma, en tanto habían nacido cuatro varones de su matrimonio con Gregoria: Manuel Tadeo y Juan Fermín (nacidos en la estancia de las Vacas), Justo Rufino y José Francisco (nacidos en Yapeyú).
Pero el grado de capitán graduado de infantería obtenido no colmó las expectativas de Juan de San Martín, quien decidió regresar a la Península junto con su familia. En 1784, ya de vuelta en Madrid, elevó una petición para obtener el reajuste de salarios por su desempeño en América y España, y al año siguiente solicitó el retiro por los cuarenta y ocho años de servicio a la Corona, para luego de obtenerlo cumplir funciones en la Plaza de Málaga y la defensa de Melilla. Allí murió seis años después, y fiel al discreto perfil militar que alcanzó, fue sepultado en la parroquia castrense. 5
Las limitaciones en su carrera militar lo habían conducido a arbitrar eficazmente el ahorro familiar para garantizar el ingreso de sus vástagos como cadetes con la aspiración de que completaran el ciclo ascendente que él no había podido conquistar. El mandato paterno –que pretendía emular el ingreso al ejército de familias nobles o aristocráticas– sería sostenido por su viuda cuando se vio obligada a vender las dos propiedades urbanas que habían adquirido durante su breve estancia en Buenos Aires. A su vez, en 1797, la estrechez doméstica la había conducido a solicitar una pensión de 300 pesos fuertes sobre el ramo de vacantes del Obispado de Buenos Aires, aunque el grado militar de su marido limitó la posibilidad de obtener beneficios del Montepío, por lo que el obispo le concedió 175 pesos fuertes correspondientes al renglón anual de las limosnas. Las restricciones económicas se pusieron de manifiesto en 1803, cuando labró su testamento y enfatizó el peso de la inversión familiar en sus cuatro hijos: “para su decoro y decencia en la carrera militar en que se hallan, varias sumas que no puedo puntualizar”. Allí consignó como único patrimonio los préstamos otorgados por su marido difunto, y subrayó que Justo Rufino había sido el que mayores beneficios había recibido, aunque eludió dar razones sobre sus deudas.6 Para entonces, Justo integraba la selecta guardia de corps americana, después de haber pasado el cedazo oficial y acreditar “limpieza de sangre”, que provenía de una familia “de viejos cristianos limpios de toda mala raza de moros, herejes y judíos”, y que tampoco habían tenido litigios con la Inquisición.7 En cambio, Juan Fermín, Manuel Tadeo y José Francisco no experimentaron trayectos semejantes. Los grados y reconocimientos alcanzados en operaciones militares de infantería les permitieron mantener los beneficios básicos de cualquier oficial español: gozar del fuero militar, portar uniforme y percibir un salario que les permitiera sobrevivir.
Esa estabilidad relativa, aunque merecía ser apreciada, no representaba para el joven José de San Martín ningún aliciente relevante a la hora de evaluar la errática política de alianzas dirigida por la Corona desde fines del siglo XVIII, que sumergió a los súbditos españoles a un lacerante ciclo de guerras, primero contra la Francia revolucionaria y más tarde contra los ingleses.8 En 1789, cuando había cumplido catorce años, la guerra lo había conducido al norte de África, donde tuvo su bautismo de fuego en la batalla de Orán. Tres años después, su regimiento fue destinado a los Pirineos para apoyar el ejército de Aragón en ayuda de los contrarrevolucionarios franceses. Pero esa posición de vigilia habría de durar muy poco. La decisión de Robespierre de levar en masa a un millón de reclutas convertidos en los principales difusores de las aspiraciones libertarias y nacionalistas terminó por catapultar la estrategia defensiva, y obligó a las fuerzas españolas a cruzar los Pirineos. El control de algunas poblaciones estuvo lejos de asegurar el éxito, y tampoco las escaramuzas en Villalonga y en Banyuls disminuyeron las chances del ejército francés. El éxito obtenido en Port Vendres transformó al regimiento de Murcia en prisionero, y tanto San Martín como sus camaradas fueron repatriados a Barcelona bajo juramento de no empuñar las armas contra la Francia jacobina. A pesar de ello, su desempeño fue distinguido, y en 1794 fue ascendido a primer subteniente con revista en la cuarta compañía del primer Batallón de Murcia. Un año después, un nuevo ascenso lo convirtió en segundo teniente de regimiento de cazadores por haber cumplido el entrenamiento en maniobras y combates de altura y llanos, una experiencia que le permitió apreciar las estrategias militares complementarias a las formaciones rígidas, el papel de la geografía en la táctica militar y, sobre todo, la importancia de los ejércitos populares para sostener cualquier política de defensa.
En 1803, la reforma propiciada por el ministro Godoy, con la que se pretendía modernizar la fuerza militar pendiente desde finales del siglo XVIII, introdujo modificaciones en los regimientos y transformó a San Martín en ayudante segundo del Batallón de Infantería Ligera N° 11 Voluntarios de Campo Mayor en Sevilla. Con ese grado, que le permitía integrar la plana mayor de los cuerpos dirigidos por el coronel Cayetano Iriarte, se trasladó a Cádiz, donde conoció al teniente general Francisco Solano, marqués del Socorro y de la Solana, convertido en capitán general de Andalucía y gobernador civil y militar de Cádiz. Junto con ese oficial oriundo de Caracas, que había realizado un fulminante ascenso en la Península y lucía credenciales de las fuerzas francesas cuando todavía eran aliadas de España, San Martín iba a presenciar la cadena de acontecimientos que contribuyó al declive del imperio español: la derrota de Trafalgar en 1805 en manos de los ingleses, que cortó el flujo de comunicaciones entre la metrópoli y sus dominios americanos; la crisis dinástica desatada en el corazón de la monarquía española en 1808, por la que los derechos mayestáticos pasaron a la familia de los Bonaparte; el avance imparable de las tropas francesas en el territorio español y el correlativo alzamiento popular que se tradujo en un pulular de juntas insurreccionales que, a nombre de Fernando VII, se erigieron en depositarias legítimas de la soberanía.
El levantamiento de Madrid del 2 de mayo lo encontró en la campaña de Portugal. No obstante, la convicción de que las instituciones que pretendían maniobrar la crisis política eran insuficientes para canalizar las exigencias de la nueva coyuntura vino de la mano de los sucesos que vivió en Cádiz cuando apreció la incapacidad de las autoridades para controlar la movilización popular. Para ese entonces, la formación de la Junta Suprema de Sevilla había generado tensiones con el gobernador, el marqués del Socorro y de la Solana, quien evaluó la inconveniencia de la movilización miliciana para declarar la guerra a Napoleón. Pero el edicto que emanó de la junta de jefes militares de Cádiz, el 29 de mayo, jugó a favor del malestar y la furia plebeya, acusándolo de “traidor”, y disparó una ola de violencia callejera que se tradujo en el asalto de su casa y de las aledañas, desde donde fue conducido a la horca y se le dio muerte. El tumulto estuvo lejos de ser controlado y la plebe enardecida avanzó sobre el arsenal, tomó las armas y liberó a los presos de la cárcel.9 No hay evidencias firmes sobre el papel desempeñado por San Martín en aquella trágica jornada. Algunos sostienen que era su edecán y que intentó sin éxito frenar la furia popular a fuerza de fuego y espada. Otros preservan su posición aduciendo que estaba cumpliendo servicios de guardia. De uno u otro modo, lo cierto es que logró ocultarse de la furiosa muchedumbre con la ayuda de un superior, hasta que pudo salir con destino a Sevilla para reincorporarse al Batallón de Voluntarios de Campo Mayor que se hallaba en Ronda. Ese dramático espectáculo quedaría grabado en su memoria por el resto de sus días, y por ello preservó en su bolsillo el medallón con la efigie del marqués en recuerdo no sólo de quien lo había protegido y de quien había aprendido la táctica militar francesa, sino también como una señal de alerta de la amenaza que representaban los tumultos populares.10
Entretanto, la guerra de la España insurgente contra las tropas napoleónicas se dirimía en un esquema muy complejo al tratarse de operaciones militares sin conducción unificada y sujeta a ejércitos formados por las juntas provinciales, integradas por milicias provinciales y formaciones de voluntarios, en su mayoría paisanos armados sin instrucción militar. Dicha composición gravitó en la multiplicación de guerrillas, reduciendo el accionar ofensivo a una guerra de desgaste que agravó las condiciones de subsistencia y aumentó la desconfianza sobre la jerarquía militar, acusada de cobarde o de jugar a favor de los invasores.11 En ese convulso escenario que dejaría a su paso miles de muertos, epidemias y hambrunas, San Martín participó de acciones de guerra en el tórrido verano andaluz de 1808 que distinguieron y traccionaron su trayectoria militar. La primera se la conoce como la “carga de Arjonilla”, ocurrida el 23 de junio, en la que estuvo a cargo de una partida de guerrillas que mereció el reconocimiento de la Gazeta Ministerial de Sevilla en los siguientes términos: “Este valeroso oficial, únicamente atento a la orden de su jefe, puso su tropa en batalla y atacó con tanta intrepidez, que logró desbaratarlos completamente”.12
Días más tarde, la acción de guerrillas se reprodujo en la Cuesta de Madero, permitiéndole doblegar un destacamento de caballería enemiga en el marco en el marco de una estrategia que buscaba, según un testigo, “mantener al enemigo en inquietud perpetua”.13 Ambos desempeños lo convirtieron en ayudante primero del marqués de Coupigny, un militar francés de origen noble cuya familia había emigrado a la Península ante el despertar revolucionario, quien habría de dirigir las fuerzas españolas en la “gloriosa jornada” de Bailén.14 En aquella victoria cosechada el 19 de julio, San Martín se hizo acreedor no sólo de una memorable condecoración, sino que también el valor y arrojo demostrado dieron lugar a una recomendación del marqués para que la Junta de Sevilla lo promoviera a teniente coronel graduado de caballería por despacho del 11 de agosto de 1808.15 No obstante, ninguna participación en el campo de batalla ameritó ser inscripta en su foja de servicios con posterioridad a esa fecha. Las heridas recibidas en aquella ocasión circunscribieron su desempeño como agregado a la Junta Militar de Inspección de la Reserva del Ejército del Centro, dirigido por el general Francisco Javier Castaños, el jefe militar de los veintiséis mil hombres que habían vencido a Dupont en Bailén. La lenta recuperación de sus dolencias –a raíz de una herida que afectó sus vías respiratorias– postergó su reincorporación a las operaciones de guerra. Y esa razón explica las funciones que cumplió en el curso de 1809 como entrenador de “guerrillas” para luego reintegrarse a las huestes del marqués de Coupigny como ayudante de campo en las acciones de Extremadura. En ese ambiente, se cruzó con sus hermanos Manuel Tadeo y Justo Rufino, involucrados de lleno en la guerra de revolución española. Ambos lucían grados de capitanes; el primero por haberse distinguido en la defensa de Valencia y el segundo por oficiar de edecán del general Palafox. La derrota de Tudela en la que habían participado había sido demoledora: tres mil muertos, otros tantos heridos y mil prisioneros constituyeron una derrota que pocos olvidarían del repliegue de los insurgentes o revolucionarios al nuevo rey José I, en tanto le permitía a Napoleón recuperar Madrid.16
Medalla de oro de Bailén, condecoración recibida por San Martín y que entregó a sus nietas en alguna tarde de su larga estancia en Francia.
Museo Histórico Nacional. Crédito: Classical Numismatic Group, Inc.
Entretanto, la victoria francesa en Ocaña obligó el traslado de la Junta Central a la isla de León, y terminó de convencer a los dudosos sobre la necesidad de centralizar la fuerza militar, y de lo indispensable que era el ingreso de los ingleses para cualquier triunfo. A fines de febrero de 1809, ya recuperado, el coronel José de San Martín fue destinado al frente catalán. Desembarcó en Tarragona en un navío protegido ya por la flota inglesa. En los tres meses que permaneció en Cataluña se hizo cargo de levas y de prácticas de instrucción de fuerzas dispersas. En ese lapso, es probable que haya mantenido encuentros con su hermano Justo Rufino, quien ya operaba bajo las órdenes del inglés Charles Doyle, y con Manuel Tadeo, que estaba bajo las órdenes del conde de Orgaz.17 En octubre volvió a Sevilla, cuando los ejércitos españoles estaban bajo el mando de Wellington y el ministro Canning había instruido establecer una guarnición británica en Cádiz, disponiendo también abrir los puertos americanos al comercio inglés. La opinión adversa del nuevo jefe sobre los oficiales y soldados españoles, y la formación del Consejo de Regencia que convocó a Cortés, condujo a San Martín a Portugal. Pero la caída de las posiciones en Andalucía lo devolvió a Cádiz bajo las órdenes de Coupigny, el jefe del Estado Mayor, quien lo asignó el siguiente trimestre a la línea fortificada de Torres Vedras en combinación con oficiales ingleses, entre ellos, Charles Stuart y James Duff, con quien trabaría una larga amistad.
Aquel reflujo intermitente de las posiciones españolas frente al gobierno de José I y sus aliados españoles (los “afrancesados”),18 junto con su integración inestable a los cuerpos militares que no habían podido torcer las aspiraciones imperiales del “mandón de Europa”, terminaron bosquejando un ciclo vital acuciado por la derrota, el desprestigio de la carrera militar y restricciones materiales de extrema urgencia. A la muerte del marqués de la Romana, que decapitó la cadena de mandos, se sumó el sitio de Cádiz por parte del mariscal Víctor, que restringió las posibilidades para reclamar los sueldos que les debían.19 En medio de esa aciaga coyuntura, ninguna expectativa favorable podía depositar en las autoridades sustitutas del rey cautivo.
El repliegue militar fue correlativo a la expansión del debate público y a la agitación de la opinión popular como consecuencia de las inéditas e inauditas abdicaciones de los Borbones, descalibrando por completo los canales de transmisión de autoridad y obediencia entre el rey y sus súbditos. Esa disrupción en el dispositivo central del consentimiento político introdujo una perplejidad inusitada en la extensa geografía hispánica, y las soluciones políticas que emanaron a raíz del rechazo de la familia Bonaparte dieron cuenta de la nada sorprendente apelación de las tradiciones doctrinarias y jurídicas que habían sedimentado la cultura política plurisecular en el orbe indiano. La soberanía popular, sea en la clave de las formas contractualistas prevalecientes en la era de los Austrias, de las variantes iusnaturalistas que actualizaron la tradición política española en el siglo XVII o de la libre traducción del principio de soberanía popular generada por esa verdadera usina ideológica que antecedió y acompañó la Revolución francesa, pasó a ocupar un lugar clave en la agenda pública.20 Las juntas insurreccionales erigidas en España y en América entre 1808 y 1810 se convirtieron en ejemplos elocuentes de un interrogante común: cómo resolver la ausencia del rey y quiénes debían gobernar en su lugar.
La cultura impresa o “guerra de papel” ocupó un lugar protagónico en aquel escenario. La proliferación de periódicos, panfletos, proclamas y pasquines favoreció la emergencia de la opinión pública, la cual arbitraría un nuevo tipo de relación entre gobernantes y gobernados. En ella habría de gravitar decididamente el debate promovido por los liberales españoles, quienes habían imaginado que era posible modernizar la monarquía católica en una nueva arquitectura institucional que reuniera a la metrópoli y los súbditos americanos bajo una única nación, la española.21 Esa aspiración sería la que estimuló la convocatoria a cortes generales y extraordinarias por parte de la Junta Central Gubernativa, ratificada luego por el frágil Consejo de Regencia que sobrevivía como podía en la lejana isla de León desde comienzos de 1810.
Pero esas expectativas no eran compartidas ni por todos los españoles peninsulares, ni por los españoles-americanos residentes en la Península, ni menos aún por una buena porción de las elites criollas que ya habían tomado posición sobre la ilegitimidad que pendía sobre las instituciones y autoridades que, a nombre del rey cautivo, pretendían seguir arbitrando los destinos de los súbditos americanos.22 El desolador curso de la guerra peninsular que engrosaba el número de víctimas, la desacertada estrategia militar que mantuvo la descentralización de los mandos y obligó a aceptar la entrada de las tropas inglesas y la regular presión fiscal sobre las economías indianas para sostener una guerra y una administración envuelta en divisiones intestinas contribuyeron a formar un diagnóstico favorable entre los enrolados en los partidos americanos de la independencia para liquidar los lazos que sujetaban a las colonias de ultramar con la metrópoli. Ese cuadro de situación fue trazado por el oidor de la Audiencia de Santiago de Chile, Manuel de Irigoyen, en un estupendo alegato brindado por un testigo que, en 1809, había escuchado las conversaciones mantenidas en Chillán entre el hacendado don Pedro de Arriagada y el fraile Rosauro Acuña. Estos habían puesto de manifiesto que “en España ya no había Rey”, que José Bonaparte gobernaba “sin impedimento de los españoles” y “que la Junta Central era compuesta de unos intrusos que no eran más que unos hombres particulares como ellos, a quienes no se debían rendir subordinación ni obediencia. Y que lo que convenía era que los habitantes todos a una tratasen de ser independientes […] y que poco tardarían en verse republicanos”.23
Esa opinión guardaba completa sintonía con las convicciones que aglutinaban a los círculos de americanos residentes o con fluidas relaciones en la metrópoli imperial o en Londres. Desde fines del siglo XVIII, la reunión de americanos en la Península había conseguido extenderse a través de una activa propaganda llevada a cabo por los más decididos a ganar adeptos y recursos para enlazar el destino de América con la tradición política inaugurada por los padres fundadores de la independencia norteamericana. Allí se destaca la figura del caraqueño Francisco Miranda y la Sociedad de Caballeros Racionales o Gran Reunión Americana, a la que dio origen para sumar opinión y adhesiones a favor de la independencia en el Viejo Mundo. Esa novedosa forma de sociabilidad secreta, vinculada con prácticas asociativas masónicas, reunía a americanos de procedencias diversas, aunque en su mayoría provenían de linajes criollos que habían arribado a Europa para completar su formación profesional y sumar relaciones para sus negocios, haciendo uso de los canales de integración y movilidad habilitados por la misma monarquía. En el interior de esa densa red de relaciones y afinidades políticas confluyeron emblemáticos personajes nacidos en el Nuevo Mundo, como el chileno Bernardo O’Higgins, un hijo natural del Virrey del Perú que había fortalecido la frontera de la Araucanía. El letrado ecuatoriano Vicente Rocafuerte, el colombiano Antonio Nariño (quien habría de difundir la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano) y dos hijos dilectos de Venezuela, el publicista Andrés Bello y el joven Simón Bolívar, quien, en beneficio de la fortuna que había heredado de su padre, había intentado escalar posiciones en la burocracia imperial (integrando incluso la guardia de corps de americanos). Posteriormente, el caraqueño realizó estadías prolongadas en las principales capitales europeas que le permitieron obtener una visión política mucho más amplia de la estricta situación en la que se hallaba envuelta la metrópoli y sus colonias ultramarinas.24
En un comienzo, la ilusión de Miranda era avanzar en la independencia americana con la ayuda del coloso inglés que había desmantelado la flota española en 1805. Sin embargo, los sucesos ocurridos en Buenos Aires en 1806 y 1807 pusieron en evidencia no sólo la preeminencia que tenían los intereses mercantiles para los ingleses, sino también la decisión de las autoridades y pueblo de Buenos Aires de no modificar todavía su estatus colonial. La reconquista y la defensa de la “heroica” capital virreinal en manos de las milicias urbanas había mostrado a todas luces una sensibilidad patriótica que no era incompatible con mantener obediencia y fidelidad a la metrópoli, aunque el acontecimiento hizo evidente la fragilidad del sistema de defensa y el cuestionamiento de las autoridades nombradas desde España.25 Por otra parte, la vía inglesa se vería clausurada en el corto y mediano plazo cuando las fuerzas de su majestad británica se convirtieran en aliadas de la España insurgente.
