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Los superhéroes son uno de los fenómenos más relevantes y con más presencia en la cultura popular moderna. ¿De dónde vienen? ¿Cómo surgieron? ¿Cuáles fueron sus antecedentes en la literatura y en las tradiciones antiguas? Este libro explora la creación y la expansión de sus iconos más trascendentes, y cómo estos han ido evolucionando durante sus primeras décadas hasta conformarse en referentes populares que han dejado huella en la vida de millones de personas. En ocasiones amados y en otras odiados, estos personajes han marcado la vida de sus creadores y de sus lectores, hasta convertirse en un reflejo de la historia de la humanidad durante el siglo XX. Superman, Batman, Wonder Woman, Spiderman, los X-Men… personajes que el cine ha popularizado en los últimos años hasta límites insospechados. Esta es la crónica de su origen y evolución.
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Seitenzahl: 578
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Autor: Antonio Monfort Gasulla
Edición: Isaac López Redondo
Arte y maquetación: Domi Vakero
Corrección: Ricardo Martínez Cantudo y Daniel García Raso
Primera edición: 2020
ISBN: 978-84-19084-46-0
©2020 Ediciones Héroes de Papel, S.L.,
sobre la presente edición
P.I. PIBO. Avda. Camas, 1-3. Local 14. 41110 Bollullos de la Mitación (Sevilla) Producción del ePub: booqlab
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A Marina, que siempre está ahí,a mis amigos podcasters, que nunca dudaron,y a mis padres, por todo.
INTRODUCCIÓN¿QUÉ ES UN SUPERHÉROE?
CAPÍTULO 1ANTECEDENTES Y PRECURSORES
Antecedentes históricos
La mitología
La literatura clásica
Los mitos artúricos
Robin Hood
Los libros de caballerías
La literatura fantástica y de aventuras del siglo XIX
Frankenstein, de Mary W. Shelley
Drácula, de Bram Stoker
Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle
Las novelas de Herbert George Wells
Precursores directos
La literatura pulp
Edgar Rice Burroughs
El Zorro de Johnston McCunley
La Sombra
Doc Savage
El cómic americano hasta los años treinta
Flash Gordon
The Phantom
El origen del comic book americano
CAPÍTULO 2SUPERMAN Y LA EDAD DE ORO
La creación de Superman
El reinado del superhombre
Una noche de verano de 1934
Superman
El largo camino hasta Action Comics
National Allied Publications: futura DC Comics
La edad de oro
Los otros supermanes
Batman
Shazam/Capitán Marvel
Los héroes de la All American Publications
Wonder Woman
Los superhéroes de Timely Comics
La creación del Capitán América
La caída de un género
El cómic en los años cincuenta
Los superhéroes de la edad de plata
The Flash
Green Lantern y la Liga de la Justicia
CAPÍTULO 3LA ERA MARVEL
De Timely a Marvel pasando por Atlas
Auge y caída de Stan Lee
Jack Kirby
La creación de Los Cuatro Fantásticos
¿Por qué fueron tan importantes Los Cuatro Fantásticos?
El Doctor Víctor Von Doom (FF#5)
Namor (FF#4)
Los inhumanos (FF#44-45)
Pantera Negra (FF#52)
Los Skrulls (FF#2)
Los Kree (FF#64)
El vigilante (FF#13)
Annhilus y la Zona negativa (FF Anual #6 y FF#61)
Galactus y Silver Surfer (FF#48 a FF#50)
El universo Marvel
La creación de Spider-Man
¿Por qué Spider-Man fue tan importante?
Stan versus Steve
Un universo en expansión
Thor
Iron Man
Doctor Strange
Los Vengadores
Los X-Men
Daredevil
El fin del principio
CAPÍTULO 4LOS SETENTA: LA DÉCADA QUE LO CAMBIÓ TODO
DC Comics: de la comodidad a la desesperación
La obra renovadora de Dennis O’Neil en DC Comics
El Batman de Dennis O’Neil y Neal Adams
Superman y la saga del Hombre de Arena
Green Lantern/Green Arrow
La obra de Kirby en DC Comics
New Gods (los nuevos dioses)
Forever People (Jóvenes eternos)
Mister Miracle
El legado del cuarto mundo
La nueva Marvel
La trilogía de las drogas o una puñalada al comics code
La muerte de Gwen Stacy
El crossover del siglo
CAPÍTULO 5MADUREZ Y OSCURIDAD
La Marvel de Jim Shooter
Los X-Men de Chris Claremont
Daredevil de Frank Miller
La DC Comics de Jennette Khan
Las obras de Alan Moore en el cómic americano de superhéroes
Swamp Thing
Watchmen
Desarrollo y concepción
Características básicas
Los temas fundamentales en Watchmen.
Repercusiones
¿Qué le pasó al Hombre del Mañana?
La broma asesina
La (otra) DC Comics de Jenette Khan
Crisis en tierras infinitas
El nuevo universo DC
El Superman de John Byrne
El Batman de Frank Miller
El regreso del Caballero Oscuro: la creación
La obra
Repercusiones
Batman: año uno
La (no) respuesta de Marvel
Daredevil: Born Again
La última cacería de Kraven
CAPÍTULO 6EL SUPERHÉROE EN EL CINE
Los seriales de cine
Las series de televisión de los cincuenta y sesenta
La serie de Superman de George Reeves
El Batman de Adam West
El Superman de Richard Donner y Christopher Reeve
El Batman de Tim Burton y Michael Keaton
Marvel en el cine: los primeros pasos
Marvel en cine: los primeros éxitos
X-Men (2000)
Spider-Man de Sam Raimi
El cine de Warner/DC en la década de los dos mil
Batman Begins (2005)
Superman Returns (2006)
The Dark Knight/El Caballero Oscuro (2008)
Man of Steel (2013)
El universo compartido de Marvel Studios
Iron Man (2008)
La fase uno
La fase dos
La fase tres
Avengers Infinity War/Endgame
EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
REFERENCIAS DOCUMENTALES
Los superhéroes están por todas partes. Sus películas revientan las taquillas año tras año, nuestros hijos los llevan en sus mochilas del cole y los adultos, cuando no nos hemos pasado la vida leyendo sus aventuras, los llevamos orgullosos en todo tipo de productos que inundan nuestras vidas. Los superhéroes nos encantan y por ello son uno de los reclamos comerciales más eficientes y rentables de este principio del siglo XXI, y no parece que eso vaya a cambiar a corto plazo.
Pero ¿por qué? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué hay en estas brillantes y llamativas figuras que nos atrae y entusiasma tanto? ¿Qué las diferencia de otros personajes de ficción de recorrido más limitado? ¿Cómo se las han apañado para regenerarse hasta el punto de gustar a generaciones totalmente distintas y a través de entornos culturales absolutamente dispares? Estas y otras son las preguntas que intentaremos responder a lo largo de este libro.
Pero empecemos por el principio. Vamos a intentar acotar el concepto. ¿Qué es un superhéroe? ¿Qué lo hace distinto de otras figuras y personajes del imaginario colectivo? Cuando Superman apareció en 1938, había muchos otros personajes que triunfaban en el cómic y en la literatura de la época, sin embargo, y como veremos más adelante, su aparición marcó un antes y un después. Pese a que muchas de sus características ya habían sido vistas con anterioridad, su aparición se percibió como algo nuevo y diferente, e incluso hoy en día, los superhéroes se siguen viendo como un género en sí mismo. Definir con cierta precisión las características más esenciales de estos personajes puede parecer una tarea resbaladiza dada la infinidad de variantes que el concepto ha ido acumulando a lo largo de las décadas, pero en realidad no lo es tanto. Deshaciendo el camino hecho por estas variaciones, podemos llegar al original y de él extraer esos rasgos de oro que parece que consiguieron dar en el clavo a la hora de apelar al gusto de tantos y tantos lectores. Veamos pues, cuáles son esas características básicas.
El primer rasgo que define a los superhéroes antes que ningún otro es, por supuesto, la posibilidad de realizar actos muy por encima de las capacidades de un ser humano normal, o incluso de uno entrenado y preparado. El hecho de estar en posesión de capacidades sobrehumanas. Para entendernos, Tarzán es muy fuerte. James Bond puede salir airoso de cualquier atolladero, pero ninguno puede levantar un coche a pulso por encima de su cabeza o resistir balas a pecho descubierto. La mayoría de los superhéroes sí pueden hacer cosas semejantes. El superhéroe exige del lector o espectador que ponga en juego una dosis de fantasía mucho mayor a la hora de disfrutar de sus historias, pero lejos de alejarles del público medio como llegaron a temer en su día muchos editores, resulta que meter lo sobrehumano y lo fantástico en la ecuación convertía sus aventuras en algo de una escala mucho mayor e infinitamente más atractiva para el grueso de los lectores. Bien es verdad que hay superhéroes que no tienen capacidades sobrehumanas y es que ya mencionábamos antes las variantes casi infinitas del concepto. Pero incluso en personajes como Batman cuyas características físicas no son sobrehumanas, lo fantástico (en principio) les rodea e impregna sus aventuras, su universo, sus personajes secundarios… hasta construir universos de ficción que constituyen un reflejo de nuestra realidad distorsionada por lo fantástico.
Pero pese a esta desfiguración hacia lo imaginado, el anclaje a nuestra realidad es otra característica básica de los superhéroes. Flash Gordon vivía sus aventuras en el misterioso y desconocido planeta Mongo. Edgar Rice Burroughs puso a Tarzán en un África irreal y casi mágica. El príncipe Valiente vivía en una versión idealizada de la Edad Media. Todos vivían sus aventuras en entornos muy alejados de la realidad de sus lectores. Los superhéroes, por el contrario, viven en las mismas ciudades y en el mismo momento temporal que los lectores. En su mismo presente. En algunos casos es literalmente la misma ciudad, que se convierte en un personaje más, como la Nueva York del universo Marvel, y en otras, proyecciones exageradas de lo mejor o lo peor de las ciudades en que vivimos, como la Gotham City de Batman o la Astro City de la serie homónima del genial Kurt Busiek. El superhéroe es en definitiva un reflejo mejorado, o a veces empeorado, de nosotros mismos, y el lugar donde vive sus aventuras pasa por el mismo proceso con respecto a nuestros hogares.
Vivir en un entorno reconocible por el lector y casi realista, es solo una parte del elemento que sin duda es la piedra de toque del éxito de estos personajes: su capacidad para identificarse con el lector/espectador. ¿Y cómo se consigue dicha identificación cuando hablamos de personajes capaces de hazañas tan poco corrientes? Sin duda, a través del recurso de la doble identidad o de la identidad secreta. Es un truco que ya había funcionado antes, pero los superhéroes lo utilizan mejor que nadie. La gente no sigue las aventuras de Spider-Man porque sean espectaculares, las sigue porque se preocupa de lo que le ocurre a Peter Parker. Ninguno podemos entender cómo es nacer en otro planeta y crecer con habilidades sobrehumanas, pero todos entendemos qué se siente cuando la chica que te gusta te ignora completamente. Ninguno podemos ser Superman, por tanto, pero todos somos alguna vez Clark Kent.
Y esa parece ser la fórmula mágica. Utilizar la fantasía para contar historias más grandes que la vida, espectaculares, imposibles… pero protagonizadas por personajes que podemos entender, que comparten sufrimientos, pasiones y a menudo los mismos defectos que nosotros. Superman, en el fondo, no es más que Clark Kent, y si él se humaniza siendo como nosotros, el proceso funciona aún mejor a la inversa. A través de Clark, o de Peter, o de Bruce, o de Tony, nosotros estamos más cerca de esa fantasía y esa épica que a menudo nos falta en la vida real.
Esa dualidad en el caso del superhéroe viene alimentada y potenciada por un elemento clave en su mitología: el disfraz. Y es que esas dos identidades de las que estábamos hablando, clave de su éxito a través de la identificación con el lector, aparecen perfectamente delimitadas y separadas por su apariencia física. El traje del superhéroe es a menudo más importante que sus poderes para que sepamos quién es, qué es capaz de hacer o cuáles son sus orígenes. Y es que con estos personajes casi se puede decir que el hábito, sí hace al monje.
Uno puede argumentar que hay muchos superhéroes que no tienen identidad secreta. Pero secreta o no, todos ellos tienen identidad dual y esta es fundamental para identificarles y definirles. Por ejemplo, que Scott Summers es Cíclope, no es un gran secreto en el universo Marvel, al igual que las identidades de la mayoría de sus compañeros de la patrulla X, pero todos ellos tienen un uniforme que llevar cuando salen a ejecutar sus misiones. Un aspecto reconocible e icónico, tirando a llamativo y poco práctico, muy distinto de la ropa de calle que llevan de paisano o de los uniformes que un policía o un bombero llevarían en su trabajo. Igualmente revelador en ese sentido es el caso de la reciente serie de Netflix The Punisher, que recibió más de una crítica por parte del fandom porque John Bertham apenas vestía la icónica calavera del personaje y es que Frank Castle puede ser muchas cosas y muy interesantes sin ella, pero sin su traje no será nunca The Punisher. Doble identidad reconocible y diferenciada, por tanto, aunque no sea secreta y que hace a los superhéroes ser extraordinarios.
Y si con todo esto hemos delimitado ya algunos de los rasgos fundamentales de estos personajes, aún nos falta un último elemento clave a la hora de definir de qué hablamos cuando hablamos de superhéroes y ese no es otro que el componente moral. El superhéroe siempre será uno de los buenos. Incluso personajes que han nacido originalmente como villanos, como Veneno o El Castigador, al conseguir ser protagonistas de sus propias series se han redimido, al menos lo suficiente como para que podamos entender sus acciones y estar de acuerdo con ellas. Evidentemente definir qué es el bien y qué significa exactamente ser de los buenos es complicado y está sujeto a interpretaciones en base al contexto cultural y social al que nos refiramos. El Superman original de Jerry Siegel y Joe Shuster era un justiciero social que corregía con sus poderes las injusticias ejercidas por aquellos que gozaban de una posición de fuerza sobre los más indefensos. A lo largo de los años y en busca de la aprobación de una sociedad cada vez más intransigente y rígida, las acciones de Superman y el resto de superhéroes fueron identificando el bien y sus ideales con lo políticamente correcto, el cumplimiento de la ley (sin entrar a valorar jamás si esta era justa o injusta) y el apoyo sin fisuras a un orden establecido que no debía quebrarse bajo ningún concepto. Pero también eso cambió, y los superhéroes se fueron volviendo cada vez más críticos con la sociedad, hasta que como cenit de ese movimiento llegó Frank Miller con El regreso del caballero oscuro y nos hizo ver que el vigilante enmascarado es por definición una figura al margen del orden social establecido y que surge precisamente por las carencias de dicho orden a la hora de proteger a sus ciudadanos. Consecuentemente, y siguiendo con este prisma, su objetivo último debería ser derrocar ese viejo orden e instaurar uno nuevo y mejorado.
El bien y la justicia son causas por tanto difíciles de definir, y cambiantes a lo largo del tiempo, por lo que nos limitaremos a señalar que el superhéroe lucha o defiende una causa o unos ideales que considera justos y que mayormente el lector de su época comparte y considera aceptables. Como cualquier otra expresión artística, el cómic (y más tarde el cine) de superhéroes no es sino un reflejo de la sociedad en la que ha aparecido y de la que forman parte sus creadores con sus creencias e inquietudes. Los cambios en la percepción del bien y del mal, de lo correcto y lo incorrecto o incluso de los conceptos de orden y de caos, se reflejan en las historias de superhéroes, que se regeneran para encajar con lo que piensan sus lectores.
Esa capacidad de cambio, de adaptación a los tiempos, es otro de los rasgos que intentaremos analizar a lo largo de este libro. El cómic de superhéroes (y de nuevo, más tarde el cine) es un cómic comercial y por tanto la búsqueda de los gustos del público ha sido un motor constante en su evolución. Pero esa necesidad comercial ha dibujado a lo largo del tiempo un retrato de cómo era y a qué aspiraba la sociedad que leía y sigue leyendo sus aventuras.
Los superhéroes son por tanto un reflejo de nosotros, de nuestra sociedad, de nuestras metas. Pero no un reflejo fidedigno, sino uno mejorado, que nos engrandece, que nos dice que no importa lo torpes que seamos o las veces que podamos fracasar, porque dentro de nosotros hay algo más, algo brillante y maravilloso que más pronto o más tarde acabará saliendo a la luz y nos convertirá en la mejor versión posible de nosotros mismos.
Ninguna idea surge de la nada. Los superhéroes tampoco. El gusto por lo extraordinario y lo fantástico ha sido una constante a la hora de contar historias en el ser humano. Las hazañas de héroes dotados de capacidades asombrosas pueblan la mitología, las leyendas y la literatura desde los inicios de la palabra escrita. Pero no todas esas narraciones han tenido influencia directa en los superhéroes. Algunas solo reflejan que ya desde muy atrás existía ese gusto humano por la imaginación desatada y por esa necesidad de héroes y heroínas que nos inspiren en nuestro día a día. Otras han propiciado trabajos que han sido base fundamental para las historias que conocemos, pero poco tienen que ver con los superhéroes, mientras que otras constituyen un antecedente directo de estos y cuya influencia es clara e inexcusable a la hora de entender la aparición y los rasgos fundamentales de los personajes fundadores. Vamos aquí a intentar clasificar esas influencias según fueron apareciendo a lo largo del tiempo e intentar explicar cuál es su relación con el fenómeno cultural que nos ocupa.
Antes de que nada pueda crecer, debe prepararse el campo para la cosecha. Hay que preparar una tierra, plantar las semillas adecuadas y que se den ciertas condiciones antes de obtener los frutos deseados. Por tanto, a la hora de intentar responder a la pregunta ¿de dónde vienen los superhéroes? tenemos que mirar atrás. Ver qué había antes y de dónde vienen las ideas que estos utilizaron y por las que acabaron prosperando. Consideraremos aquí antecedentes históricos a aquellos elementos de nuestra cultura popular cuya influencia en la creación de los superhéroes, si bien en muchos casos imprescindible, es indirecta. Se trata de elementos culturales que bien por lejanía en el tiempo, distancia temática o haberse desarrollado en culturas diferentes a la anglosajona, no son un antecedente directo de los superhéroes, pero si han propiciado fenómenos culturales similares o han generado personajes y obras fundamentales para entender a estos.
Es fácil asociar superhéroes con mitología. Y es que esta ha sido y sigue siendo una fuente clarísima de inspiración para los héroes de papel. Wonder Woman es una amazona hija del mismísimo Zeus (en algunas versiones al menos) y cuando Billy Batson grita «Shazam» para convertirse en el superhéroe anteriormente conocido como Capitán Marvel, está invocando el poder de los antiguos dioses griegos. Otros como Thor son directamente reinterpretaciones libres de ciertas mitologías antiguas. Los ejemplos son innumerables. Las distintas mitologías son por tanto fuente de ideas para los superhéroes prácticamente desde su minuto uno. Son una inspiración evidente para el género. No cabe duda. Ahora bien ¿podemos considerar a la mitología un antecedente de los superhéroes? ¿Son realmente tan fácilmente equiparables como a menudo se sugiere? la respuesta a estas cuestiones sería ambigua en el mejor de los casos.
Por un lado, es evidente que las mitologías y los superhéroes comparten esa afición del ser humano a expresarse a través de personajes con capacidades increíbles y deleitarse con héroes capaces de grandes hazañas, enfrentados a lo imposible y a menudo amenazados por villanos que quieren destruirles. La vertiente más literaria de la mitología es por tanto la que tiene más rasgos en común con el tema que nos ocupa. Los rasgos de personajes como Gilgamesh, Ulises o Hércules podríamos equipararlos fácilmente a las características de muchos de estos personajes de cómic. Igualmente, las aventuras y desventuras de muchos de estos personajes estaban indefectiblemente ligadas a los lugares y a los contextos culturales en que vivían sus autores y sus lectores. Exactamente igual como ya hemos visto que ocurre con los superhéroes. Pero hay un componente que diferencia radicalmente la mitología de los superhéroes: el componente religioso.
Para los antiguos, la mitología no era solo una forma de entretenimiento o de inspiración también era un puente entre lo conocido y lo desconocido. Entre lo que se podía entender y lo que no. La explicación de porqué el mundo, y a veces la sociedad, era como era y no de otra manera. Los dioses controlaban los océanos, el sol, las crecidas de los ríos, daban vida o muerte y definían la trascendencia al más allá. Todo aquello que al común de los mortales se le escapaba, pero que quizá, apelando a un poder superior, podía llegar a controlarse. Por tanto, la existencia de los dioses era tomada como una realidad que condicionaba la vida y las acciones de los hombres y mujeres de las culturas antiguas. En definitiva, para aquellas gentes los dioses eran reales. Sin embargo, a nadie en su sano juicio se le ocurrirá pensar que los superhéroes son reales. Estos están tan alejados del fenómeno religioso como pueden estarlo y nunca ha sido su intención acercarse al asunto. Tanto es así que jamás encontraremos a un superhéroe que haya obtenido sus poderes de algún dios que hoy en día tenga creyentes o forme parte de una religión organizada. Antes citábamos el ejemplo de Wonder Woman como hija de Zeus, fuente este por tanto de sus capacidades extraordinarias. ¿Alguien cree que algún autor se atrevería a justificar los poderes de la amazona o de cualquier otro congénere porque es hijo de Alá o del Espíritu Santo? La que se iba a liar sería pequeña. No. La sociedad moderna ha desprovisto a las mitologías antiguas de su carga religiosa y nos hemos quedado con la vertiente más superficial y literaria como fuente inagotable de ideas y conceptos. Por tanto, aunque suene bien, los dioses y héroes de la mitología no son los superhéroes de la antigüedad. Ni los superhéroes modernos son dioses de hoy. Cumplen papeles muy distintos. Ahora bien, no deja de ser cierto que ambos comparten esa capacidad para inspirar a quienes saben de sus historias, de darles fuerza en momentos de flaqueza, y en definitiva ayudarles a ser mejores en muchos aspectos de la vida. Quizá por ello algunos héroes clásicos parecen superhéroes, mientras que estos, en ocasiones, rozan aspectos mesiánicos y se les han atribuido características que los acercan a figuras religiosas1. Pero hoy por hoy al menos, los superhéroes y la religión siguen separados por una barrera clara y evidente.
Antes del siglo XX, todas las ficciones eran palabra escrita, o de transmisión oral, por supuesto. Pero incluso esta acababa concretada en alguna redacción que permitiera recordarla y transmitirla con mayor facilidad. Por tanto, si nos proponemos rastrear los referentes que han cimentado o respaldado a los superhéroes como creación contemporánea tenemos que acudir a la literatura y descubrir con ella como a lo largo del tiempo se ha descrito lo fantástico, la idea del héroe y el villano, el bien y el mal entre otros conceptos. Estas ficciones del pasado pueden ser muy distintas a lo que hoy en día conocemos, pero nacieron de la misma búsqueda de referentes inspiradores que han llevado al éxito a los superhéroes y de la misma necesidad de contar historias que tenemos hoy en día. Son el punto de partida, de un viaje de transformación que nos llevará hasta nuestro tiempo.
Los referentes que buscaremos son aquellos que atañen a la cultura occidental moderna, especialmente a la tradición y literatura anglosajona, que fue la que acabó desembocando en la creación de los superhéroes. Otros referentes de otras culturas pueden ser igual o más interesantes, pero no atañen al concepto de este libro y se quedan fuera de lo que pretendemos explicar aquí.
Las historias del rey Arturo, su reino Camelot y sus caballeros de la mesa redonda son uno de los temas más habituales en literatura fantástica y uno de los quenos ha dejado obras de mayor valor y belleza. También uno de los más antiguos.
Dejando de lado su posible y siempre debatido fundamento real, podemos encontrarnos al rey Arturo y a los suyos desde el siglo XII, cuando un tal Godofredo de Monmouth los incluye en su obra Historia de los reyes de Bretaña, un trabajo en el que se vale de la tradición oral, historia real y de leyendas celtas para emparentar a reyes históricamente reales con elementos míticos como la guerra de Troya y el asentamiento de Eneas en Italia. Ahí es nada. La cuestión es que Arturo es uno de estos reyes legendarios que aquí es situado más o menos en tiempos de dominación romana. También aparecen por aquí algunos de sus personajes secundarios habituales. Su padre Uther, el mago Merlín, Morgana, Ginebra… pero solo es el primer paso. Pronto otros autores retomarán la historia y le añadirán nuevos elementos. En el Roman de brut de Norman Wallace el texto de Monmouth se traduce al francés y se vuelve más cortés, pero además se añaden elementos interesantes, como la famosa tabla redonda. Algo más adelante, Chretien de Troyes, vuelve a utilizar el mundo de Arturo en su ciclo de novelas medievales, pero esta vez este autor añade personajes fundamentales: Lanzarote (en El caballero de la carreta) y Perceval (en El cuento del grial). Con ellos incorpora la búsqueda como forma narrativa y aparece por primera vez la figura del Grial. Las obras de Chretien de Troyes tuvieron mucha influencia en otros autores y se utilizaron para a partir del siglo XIII, cristianizar el mito de Camelot.
Por tanto, vemos como ya en época tan temprana como esa, el rey Arturo ha emergido de los mitos primigenios y la tradición oral para expandirse en numerosas versiones y adaptarse a la moral cristiana que la sociedad de aquel momento le exigía.
Recogiendo todas estas versiones popularizadas a lo largo de la Edad Media por distintos países de Europa, en el siglo XV, Thomas Mallory escribe La muerte de Arturo y junta todas las interpretaciones en un solo relato perdurable y épico que será el que influirá más que ningún otro en los autores modernos.
Tras la obra de Mallory no habrá grandes cambios a las leyendas de Arturo durante mucho tiempo. Pero en el siglo XIX, vuelve a resurgir con fuerza el mito del rey Arturo. Lo hará fundamentalmente a través de dos obras: la serie de poemas Los idilios del rey de lord Alfred Tennyson y la novela Un yanqui en la corte del rey Arturo, de Mark Twain.
Para el tema que nos ocupa esta última es mucho más relevante y no se nos puede escapar a la hora de hablar de influencias en la cultura popular moderna. La historia nos narra cómo un americano de Connecticut, a través de un poderoso golpe en la cabeza, acaba mágicamente transportado a la corte del rey Arturo. Allí, acabará utilizando sus conocimientos del futuro para impresionar a la gente y hacerles creer que es un poderoso mago. La novela es prácticamente una comedia, donde la Edad Media mitificada de Camelot es vista como un lugar inocente y casi ridículo y donde los valores modernos del americano prevalecen sobre los trasnochados valores caballerescos del pasado.
Ese tipo de abordaje, el de un personaje moderno cuyos valores y conocimientos superan a los de la sociedad caballeresca y medieval es precisamente el que acabarán utilizando muchas historias de superhéroes (no todas) al utilizar el mito de Arturo. Uno de los ejemplos más perfectos de esta influencia lo encontramos en una historia clásica de Iron Man, Doomquest. Esta historia fue escrita por David Micheline y Bob Layton y dibujada por John Romita Jr. Se trataba de los números 149 y 150 de la colección regular de Iron Man, publicados en 1981. En ella, Tony Stark descubre que algunos empleados de Stark Industries han estado vendiendo tecnología al Doctor Muerte. El intento de recuperar esos componentes y la famosa máquina del tiempo del dictador de Latveria harán que los dos personajes acaben en los tiempos de Camelot, donde, cómo no, Tony acabará luchando en el bando del rey Arturo y Muerte en el de Morgana LeFay. La historia es casi una adaptación de la obra de Mark Twain y todo un homenaje. Pero no es ni mucho menos el único caso de influencia de Arturo y los suyos en el cómic, ni la única forma de abordar el tema.
Si bien no se trata de un superhéroe no puede hablarse de cómics y del rey Arturo sin citar a Harold Foster y su Príncipe Valiente, que aunque también recorrerá caminos más históricamente precisos, sus primeras aventuras están directamente ambientadas en Camelot y se utilizan los personajes del ciclo artúrico como secundarios. El cómic de El príncipe Valiente es uno de los grandes títulos del medio previos a la aparición del comic book y su utilización de Camelot como un entorno idealizado y exótico encaja perfectamente con lo que solía ser habitual antes de la llegada de los superhéroes.
El libro de Twain y los cómics de Harold Foster debían ser lecturas habituales para muchos creadores que aportaron su talento al mundo de los superhéroes. Así nos encontramos, por ejemplo, como en 1955, Stan Lee, años antes de crear a Los Cuatro Fantásticos crea al Caballero Negro, un personaje de aventuras medievales, muy influenciado por el Zorro, que vivirá sus aventuras en la corte del rey Arturo. Una versión de este personaje (considerablemente distinta a la original) será años más tarde reintroducida en el universo Marvel e incluso formará parte de Los Vengadores.
Por el lado de DC, uno de los personajes más influenciados por Arturo es Etrigan, creación de Jack Kirby en 1972, que nos cuenta la historia de Jason Blood, un caballero condenado por Merlín a vivir eternamente con la compañía de un temible demonio. Etrigan-Jason Blood es uno de los personajes más reconocibles y queridos del universo mágico de DC Comics y su presencia en dicho universo establece que existe una versión de todos los personajes del ciclo artúrico como parte del universo de la editorial.
Otros cómics que se han acercado al mundo de los superhéroes de un modo más tangencial también han seguido utilizando la mitología artúrica, como es el caso de Mage de Matt Wagner, un cómic de 1984 que mezcla superhéroes con elementos de fantasía y nos trae la historia de una reencarnación moderna del rey Arturo que utilizará sus poderes para enfrentarse a amenazas sobrenaturales.
Y no podemos dejar de citar a Camelot 3000 una obra sin superhéroes de por medio, pero surgida de DC Comics y con autores más que conocidos en el medio: Mike W. Barr escribiendo y Brian Bolland a los lápices. Con una vocación de cómic adulto, Camelot 3000 nos cuenta cómo en el futuro el rey Arturo es resucitado para combatir una invasión alienígena a Inglaterra. Su resurrección llevará también a la reencarnación de todo su entorno. En ocasiones de formas francamente inesperadas.
Como vemos, por tanto, los mitos y leyendas en torno a Camelot y al rey Arturo siguen siendo por tanto en nuestros días fuente inagotable de inspiración y reinterpretación no solo dentro del cómic de superhéroes, sino en cualquier medio capaz de contar historias de corte fantástico.
Muchos superhéroes se pueden considerar justicieros, y sin duda el primer justiciero legendario que se incrustó en nuestra cultura popular moderna es el famoso bandolero del bosque de Sherwood. Sin Robin Hood, posiblemente la baronesa de Orczy no habría escrito La pimpinela escarlata, ni Dick Turpin hubiera conseguido un estatus legendario. Y sin ellos, quizá Johnston McCunley nunca habría creado al Zorro y sin este, muy posiblemente Batman no existiría o hubiera nacido radicalmente distinto a como lo hizo. Pero todo empezó en el bosque de Sherwood.
Es imposible afirmar con precisión dónde o cómo empezó a contarse la leyenda de Robin Hood. La noticia más antigua acerca del personaje que podemos encontrar aparece referenciada en el siglo XIV, se trata de una cita en el poema titulado Piers the Plowman (algo así como «Pedro el Labrador») donde su protagonista afirma conocer las baladas de Robin Hood, como si estas fuesen algo muy popular y divertido entre el público de aquella época. También las primeras recopilaciones de baladas medievales acerca del personaje, si bien las encontramos en el siglo XV, parecen recopilar textos que habían sido muy populares a lo largo del XIV. Sin embargo, estas citas y recopilaciones solo nos dicen que las aventuras de Robin Hood ya eran increíblemente conocidas a lo largo del siglo XIV, pero por tanto, su verdadero origen, fuese cual fuese, legendario o real, habría que buscarlo mucho antes. Al igual que ocurría con el rey Arturo, en las leyendas de Robin Hood se mezcla tradición legendaria con posibles hechos históricos reales, y también como en aquellas historias, el mito se va componiendo poco a poco y va modificándose con el paso del tiempo.
Little John o Will Scarlett, están ahí desde el principio, pero personajes tan fundamentales como el fraile Tuck o la mismísima Lady Marion no aparecen hasta las obras de teatro del siglo XVI. Y no es hasta el Ivanhoe, de sir Walter Scott (1820) que las aventuras de Robin no se enfocan desde un prisma de enfrentamiento entre normandos y sajones.
Otro elemento que como veíamos también ocurría en las historias del Camelot, es el hecho de que autores literarios del siglo XIX, se encargaban de recuperar, mezclar y versionar para tiempos modernos las viejas baladas de Robin Hood. Así, en 1883, se publica The Merry Adventures of Robin Hood, de Howard Pyle. Esta obra será la base y referente para las primeras adaptaciones cinematográficas del personaje, especialmente las primeras versiones en cine mudo y luego la icónica versión protagonizada por Errol Flynn.
Todas estas historias crearon un poso, un sustrato en el que crecerían innumerables aventuras de justicieros fuera de la ley, pero que paradójicamente luchaban por los pobres y desvalidos. De este sustrato germinaron cosas como el Zorro de Johnston McCunley y más adelante en la era de los superhéroes el mismísimo Batman. Prueba de la presencia de las leyendas de Sherwood en la mente de los creadores y autores de superhéroes es la constante presencia de héroes expertos en el uso del arco y las flechas. Pese a vivir en un mundo de ficción tecnológica avanzadísima, tanto DC como Marvel se las han apañado para que en sus respectivos universos tengan presencia héroes arqueros con más de una referencia al proscrito de Nottingham. Así, Green Arrow nace en la DC Comics de 1941 como un trasunto de Batman, pero con una temática de imitación a Robin Hood, que paradójicamente se acentuaría con el paso del tiempo y la reinvención que Dennis O’Neil y Neal Adams hicieron de él a partir de 1969. Oliver Queen es un Robin Hood moderno, encuadrado en un entorno superheroico y deshacedor de entuertos sociales al más puro estilo de su ilustre antepasado. Su característica perilla y gorro de arquero nos retrotraen a Howard Pyle y a Errol Flynn e incluso cuando prescinde del gracioso sombrero se sustituye por una capucha, también a menudo asociada a Robin Hood (The Hooded Man, en varias versiones). El Ojo de Halcón de Marvel está más despegado de sus referentes literarios pero curiosamente también es un héroe que no solo maneja el arco de forma sobrenatural, sino que fue considerado un villano en sus orígenes y siempre ha estado a un paso de romper las normas establecidas.
La literatura caballeresca que Inglaterra había visto brotar un tanto a la sombra del rey Arturo y sus caballeros, no iba a dejar de tener influencia en otros países y otras literaturas europeas. Ya a finales del siglo XV, aparecen algunas muestras de libros de caballerías en España, como la Crónica troyana (1490) o el Baladro del sabio Merlín con sus profecías (1498) ambas de Juan de Burgos. Pero no será hasta 1508 cuando aparecerá Los cuatro libros del virtuoso caballero Amadis de Gaula. Obra clave en los libros de caballerías castellanos.
Este tipo de libros van a ser muy populares hasta mediados del siglo XVII, cuando entran en decadencia y paradójicamente pasaran a la posteridad por culpa de una obra que los parodiaba: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.
Los libros de caballerías constituyen un ejemplo de ficción fantástica con muchísimos puntos en común con las ficciones superheroicas modernas. Al igual que estas, en los libros de caballerías se hablaba de personajes, cuyas aventuras estaban más trabajadas que sus personalidades. Dichas hazañas están plagadas de exageradísimos elementos mágicos y fantásticos y nunca tenían un final cerrado, sino que siempre quedaban abiertas en un perpetuo «continuará…». Las aventuras solían someter al héroe a todo tipo de dificultades y pruebas violentas de las que solía salir airoso, y por si fuera poco, tenían un ideal romántico personificado en una dama de la que el héroe estaba desesperadamente enamorado. También la moral de la época empapaba sus aventuras, así, el bueno solía ser un virtuoso caballero de moral cristiana y los enemigos, guerreros turcos de tierras remotas y religión pagana. Algo no muy alejado de la demonización que orientales y soviéticos sufrían a menudo en los cómics durante los años de la Segunda Guerra Mundial y su posguerra.
Pero no todo eran similitudes, por supuesto. Los autores intentaban revestir de verosimilitud a estos textos, afirmando que se trataba de traducciones de libros encontrados y que narraban hazañas reales, algo que nunca han pretendido los cómics de superhéroes. Asimismo, los escenarios de los libros de caballería solían ser lugares míticos, más propios de los escenarios exóticos en que vivían los personajes previos a los superhéroes que de los entornos cotidianos de estos. Igualmente, el origen de los protagonistas solía estar revestido de un aura mística, especial, alejada una vez más de los entornos cotidianos de los superhéroes, si bien, cotidianidad aparte, es cierto que el origen secreto de estos caballeros era tan importante como lo es el suyo para cada superhéroe.
Pese a todas estas similitudes y a constituir un fenómeno cultural relativamente similar al de la literatura pulp y el cómic del siglo XX, los libros de caballería castellanos no han tenido ninguna o muy escasa influencia en la creación de los superhéroes, al menos no influencia directa, y es que hubo una importante barrera que les separó del alcance de la mayoría de los autores y creadores del género que nos ocupa: el idioma. Mientras que el rey Arturo y Robin Hood son mitos ingleses de raíces celtas, que tuvieron una fácil exportación a la joven cultura estadounidense, las aventuras reseñadas en los libros de caballerías castellanos fueron un éxito en España, Portugal, Francia e Italia, pero no consiguieron expandirse hacia la cultura anglosajona ni tener una continuidad moderna. Ninguno de sus personajes fue reescrito o reinterpretado para tiempos modernos, como ya hemos visto que ocurrió con Arturo y con Robin, consecuentemente, tampoco fueron captados por el cine a principios del siglo XX.
Pese a ello, creemos que merecen una mención entre estos antecedentes, ya que constituyen un curiosísimo caso de literatura popular que pese a desarrollarse casi quinientos años antes que las revistas pulp y los cómics de superhéroes comparten un buen puñado de rasgos con estos y vienen a demostrar que el gusto por aventuras de héroes caballerosos rebozadas de extremismos fantásticos no son nada nuevo ni propio de los siglos XX y XXI en que nos ha tocado vivir.
Ya hemos visto hasta ahora, como el puente entre las obras de la literatura clásica y los modernos cómics de superhéroes solía ser una obra escrita en el siglo XIX que reinterpretaba al gusto de la modernidad un personaje de tradición tanto legendaria como literaria. Era el caso de Howard Pyle con Robin Hood o el de Mark Twain con el rey Arturo, entre otros. Esta obra era la que reverberaba lo suficiente como para llegar a los autores modernos y conseguía transmitirles el entusiasmo por los personajes antiguos, sellando así la continuidad de la leyenda para las generaciones venideras. Pero la literatura fantástica del siglo XIX fue mucho más allá de reinterpretar a los clásicos y hacerles de altavoz. La evolución de la novela hacia un concepto más similar al contemporáneo y la aparición de nuevos tipos de publicación, acuciados por la necesidad comercial de llegar a públicos más y más amplios, provocarán el surgimiento de una plétora de obras fundamentales que apasionarán al público y cuya influencia se va a dejar sentir durante todo el siglo siguiente en todo tipo de productos. Serán el terreno abonado del que el cine y el cómic arrancarán buena parte de sus conceptos más elementales.
Son tantas estas obras que no podemos tocarlas todas aquí. Igualmente no todas influyeron en los cómics de superhéroes ni lo hicieron de igual manera. Pero vamos a intentar hablar aquí de algunas de las más relevantes e influyentes para el tema que nos ocupa.
Se dice de Frankenstein o el moderno Prometeo que es la primera novela de ciencia ficción de la historia, ya que nunca antes una ficción había utilizado los elementos de la ciencia para crear su fantasía. Pero consideraciones históricas al margen, Frankenstein es una novela fundamental, que toca temas básicos como la obsesión o la muerte y la inmortalidad, desde un prisma rabiosamente moderno para su época.
Su autora, Mary Wollstonecraft Godwin, adquiere el apellido Shelley cuando siendo solo una adolescente, se casa con el famoso poeta Percy Shelley. Mary era una mujer poco corriente que a través de su culto marido conectó con una élite literaria extraordinaria, formada por personajes como Lord Byron o el médico personal de este, John Polidori, también escritor. Fue precisamente en una ya famosa reunión de este grupo, en la mansión que Byron tenía a orillas del lago Leman en Suiza, cuando el grupo se reta entre ellos a escribir una historia de terror. Pese a que dicho (y bendito) reto dio también nacimiento a una obra fundamental del género como El vampiro de Polidori, fue el relato de Mary el que sin duda ha trascendido y ha hecho memorable aquella reunión.
La historia de Victor Frankenstein, un estudiante de Medicina obsesionado con la idea de vencer a la muerte y cuya obcecación le lleva a crear una criatura horripilante y deforme, que paradójicamente solo se vuelve peligrosa cuando descubre el odio y el desprecio que genera su aspecto, impacta a los acompañantes de Mary y especialmente a su marido, quien la anima y la ayuda a completar aquel relato inicial hasta convertirlo en un libro fascinante. Publicado por primera vez en 1818 y reescrito considerablemente por su autora en 1831, Frankenstein es una novela que contiene en su interior varias historias que se engarzan entre ellas para contarnos la tragedia de Victor y su criatura. Utiliza narración epistolar y distintos puntos de vista para que podamos entender tanto al médico como a su monstruo, y les otorga una complejidad que no siempre las subsecuentes versiones en otros medios han sabido interpretar.
El éxito de la novela la llevó a convertirse en 1850 en una obra de teatro, Frankenstein or the Model Man y ya el cine mudo hizo una primera versión en 1910. Sin embargo, sería la versión de James Whale de 1931 la que quedaría en el imaginario popular y haría llegar la historia a la categoría de mito.
Gracias a Frankenstein la cultura popular incorpora el concepto del científico loco, del creador cuyas creaciones se le van de las manos y se convierten en algo monstruoso, incontrolable y casi siempre peligroso. Si bien quizá podría compartir el mérito con otra obra clave del fantástico del siglo XIX: El extraño caso del doctor Jeckyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson, donde otro científico, obsesionado esta vez con eliminar su lado más malvado, acaba convertido precisamente en lo que peleaba por evitar.
Gracias a Frankenstein o al Doctor Jeckyll, Superman puede enfrentarse a Bizarro. Spiderman a Michael Morbius o Batman a Kirk Langstrom, Man-Bat. Como mito moderno los superhéroes se basan y pivotan alrededor de conceptos científicos o la idea general de la ciencia como algo conocido por el lector, capaz de otorgar verosimilitud al relato, pero al mismo tiempo lo bastante desconocido como para dejar espacio a la fabulación.
Si la influencia de Frankenstein en la cultura popular ha sido apabullante, aun mayor es la de la obra del irlandés Bram Stoker.
Publicada por primera vez en 1897, Drácula es una novela impresionante que a día de hoy sigue conservando buena parte de su fascinación y sigue constituyendo una lectura mucho más que estimulante. Narra las desventuras de Jonathan Harker, un pasante inmobiliario con poca experiencia pero muchas aspiraciones que es enviado a formalizar una venta a la remota región de Transilvania. Allí descubrirá que su cliente es mucho más que un viejo noble excéntrico y que en realidad está tratando con una peligrosísima criatura que quiere instalarse en la populosa Londres para convertirla en su nuevo territorio de caza.
Al igual que Frankenstein, Drácula utiliza el recurso de usar diferentes narradores para contar la acción, pero posee un ritmo mucho más rápido que aquella y se apega a su historia central sin derivar en otras paralelas como ocurría con el libro de Mary Shelley. Drácula narra una batalla donde la oscuridad, lo sobrenatural y lo supersticioso se enfrentan a una sociedad victoriana que se sabe avanzada y cuyo prisma a la hora de abordar la enfermedad y lo desconocido es el de la ciencia moderna. De nuevo, esta será aquí un elemento clave en la trama, pero si en el libro de Shelley la ciencia se presentaba casi como una caja de Pandora que era mejor no abrir, en el libro de Stoker se aborda desde una perspectiva positiva, formal y casi moralizante, donde será la encargada de librarnos del mal que representa lo sobrenatural y lo oscuro.
Sin utilizar exactamente un personaje ya creado, Bram Stoker recoge elementos y se hace depositario de la larga tradición de leyendas sobre vampiros del este de Europa, además de ser muy deudor de obras para él recientes sobre el tema, sobre todo Carmilla de Sheridan Lefanu, y la ya mencionada El vampiro de John William Polidori. Pero pese a todas estas influencias, la novela de Stoker consigue una voz propia y poderosa que fluye por un texto que atrapa al lector y cristaliza para siempre en la figura del poderoso conde Drácula, el mito del vampiro que toma nuestra sangre y nuestra vida sin pedir permiso.
Al igual que Frankenstein, Drácula llegará casi inmediatamente al teatro, y en cuanto este aparezca, al cine, produciendo obras maestras desde el cine mudo, como Nosferatu, de Friedrich Wilhelm Murnau o la versión Hollywoodiense ya sonora de 1931 de Todd Browning con Bela Lugosi en el papel protagonista. Versión que, pese a sus numerosas limitaciones y su excesivo apego a la obra de teatro, consiguió fijar la imagen del conde vampiro para el gran público.
Sería muy difícil hablar de cómo se ha representado el mal, lo oscuro, lo tenebroso, lo sobrenatural en el cine y el cómic del siglo XX sin hablar del Drácula de Bram Stoker. Los vampiros, y concretamente el conde Drácula, han tenido representaciones en casi todas las ficciones modernas, algo facilitado por el hecho de que Bram Stoker nunca cursó un copyright sobre su obra en Estados Unidos y esta, pronto pasó al dominio público2. Además de esta influencia genérica en ambientes y en la repercusión del mito del vampiro, Drácula en persona se ha convertido en un personaje con entidad propia en el universo DC y, por supuesto, en Marvel.
En la primera, se convierte en enemigo de Batman en fecha tan temprana como 1939 y aunque el vampiro acabará muriendo a manos del Hombre Murciélago en la continuidad oficial, tanto él como otros vampiros se pasaran de vez en cuando por las páginas de este o las de Superman, entre otros personajes. Quizá, una de las encarnaciones más brillantes de Drácula en el universo DC la hayamos tenido en Batman y Drácula: lluvia roja, un otros mundos de 1991 donde el Hombre Murciélago tenía que enfrentarse a una Gotham City infestada de vampiros capitaneados por una oscura versión del conde. La obra escrita por Doug Moench y dibujada por Kelley Jones tuvo un éxito considerable y logró otras dos secuelas.
En Marvel la trayectoria del conde vampiro es si cabe aún más brillante y es que cuesta no subrayar la maravillosa colección Tomb of Drácula (1972-1979) escrita por Gerry Conway, Marv Wolfman y dibujada por Gene Colan, donde un conde vampiro muy en la línea de lo presentado por las películas de la factoría Hammer vive aventuras generalmente ajenas al mundo de los superhéroes, pero cuyos eventos se acabarán haciendo notar sensiblemente en ellos con el paso del tiempo. Al margen de su estupenda serie propia, Drácula a menudo ha sido un problema para personajes como como el Doctor Extraño, los X-Men, y por supuesto Blade, el motorista fantasma y toda la línea oscura de Marvel que tanto éxito tuvo a principios de los noventa.
Si decíamos que era imposible hablar de seres oscuros y tenebrosos en el siglo XX sin pasar por Drácula, igualmente impensable es contar historias policiacas o de detectives sin tener en cuenta al más famoso de todos ellos.
Sherlock Holmes no fue el primer detective analítico de la literatura. Ese mérito le corresponde al Auguste Dupin de Edgar Allan Poe, que apareció por primera vez en Los crímenes de la calle morgue, en 1841. Arthur Conan Doyle conocía bien los relatos de Dupin, y los de Émile Gaboriau acerca de Monsieur Lecoq, cuando escribió su primera obra acerca del personaje, A Study in Scarlet, una novela corta que se publicó dentro del Beeton’s Christmas Annual de 1887. Sin embargo, la repercusión de Holmes dejaría absolutamente en ridículo a la de sus predecesores.
Paradójicamente, A Study in Scarlet no fue precisamente un éxito, hasta el punto de que Conan Doyle vendió los derechos de aquella primera novela por la irrisoria cantidad de 25 libras3. Hubo que esperar a la segunda novela The Sign of the Four para que el personaje empezara a funcionar, alcanzando su despegue definitivo en los relatos que a partir de 1891 empezó a publicar The Strand Magazine.
Holmes encarna como nadie la figura del detective analítico, un personaje de inteligencia extraordinaria que emplea sus asombrosas dotes de observación y deducción para resolver toda clase de misterios y crímenes, incluidos aquellos que desconciertan a la no muy avispada policía de la época. Va acompañado a todas partes por su amigo y ocasionalmente compañero de piso, el doctor John Watson, un médico que se convierte en narrador de las historias del detective y aporta a las aventuras el punto de vista del hombre corriente.
¿Pero qué hace tan extraordinario al personaje de Sherlock Holmes? ¿Por qué ha conseguido la mastodóntica repercusión y trascendencia que ninguno de sus predecesores había conseguido? En primer lugar, Conan Doyle hace una caracterización brillante del personaje. Si Auguste Dupin era un personaje prácticamente plano y mayormente un instrumento para el avance de la narración, Holmes por el contrario es tridimensional, creíble, pese a sus extraordinarias cualidades. Tiene una personalidad arisca, límite e incluso antisocial en ocasiones, de extraños vicios y costumbres que se contraponen a las del formal y mucho más corriente doctor Watson. Hasta el punto de que, en muchas historias, el caso es lo de menos. Lo importante es qué hará Holmes y cómo va a comportarse, reaccionar, etc. Más allá incluso de la brillante caracterización de sus personajes, el gran mérito de Conan Doyle es que fue capaz de dotar a Holmes de un universo que giraba en torno a él y que llenaba sus aventuras de lugares y personajes fascinantes. Al ya citado Watson, se unen el torpe inspector Lestrade, la misteriosa Irene Adler, su hermano Mycroft, y por supuesto, sus antagonistas, muy especialmente la figura del también brillante pero malvado profesor Moriarty.
Así, Holmes antecede a los superhéroes como un personaje de cualidades extraordinarias, que vive en un entorno real4 pero que vive aventuras trepidantes ambientadas de un universo propio inconfundible y casi tangible.
Por supuesto, Sherlock Holmes es otro personaje rápidamente captado por el cine, y es que si los creadores de cómics quizá podían tener reparo en leer las historias de Conan Doyle a buen seguro tenían fácil encontrarse con sus versiones en imagen real. En 1899 ya era protagonista de una versión teatral escrita (y protagonizada) por William Gillette adaptando varios textos de Conan Doyle. Esta misma obra de teatro serviría como base algunas de las primeras películas mudas a partir de 1916, que seguirían produciéndose hasta la llegada del sonoro y a partir de ahí de forma prácticamente ininterrumpida.
Holmes ha sido el modelo en mayor o menor medida de todos los superhéroes con rasgos detectivescos e incluso ha tenido presencia como personaje tanto en el universo DC5 como en Marvel6.
Hablando de precursores de un género que bebe tanto de la ciencia ficción como el cómic de superhéroes, no podemos escapar a encontrarnos con la obra de H.G. Wells. Y es que él solo se las apañó para establecer en la cultura popular anglosajona la versión contemporánea de temas capitales del género de la ciencia ficción. Así, a este escritor británico nacido en 1866, le debemos los conceptos modernos de invasiones alienígenas, viajes en el tiempo, la invisibilidad o la manipulación genética, entre muchos otros.
Sin embargo H.G. Wells no respondía al patrón de escritor de ficción popular que luego encontraremos en, por ejemplo, Edgar Rice Burroughs o Johnston Mcunley. En él encontraremos un escritor comprometido con su época y con su entorno social que siempre utilizó la ciencia ficción para ir más allá del entretenimiento y buscar la crítica social.
Nuestro autor nació en una familia pobre y era el pequeño de cuatro hermanos. A los 8 años, una pierna rota le obliga a pasar mucho tiempo inmovilizado y provoca su primer contacto con la literatura, a través de los libros que su padre le traía de la biblioteca local. Su carrera como estudiante es, sin embargo, bastante errática, debido por una parte al desapego que tanto Wells como su padre tenían al sistema de enseñanza de la época y, por otra, a sus problemas económicos, que se agravaron considerablemente cuando su padre tuvo que dejar su actividad como jugador profesional de criquet. Esto obligó a Herbert a empezar a trabajar muy joven, mayormente como aprendiz en diversos negocios pero sin terminar de encajar en ninguno. Al menos, esas experiencias le servirían para algunas de sus novelas realistas como Kipps de 1905. Durante estos años de juventud, su madre trabajaba como sirvienta en una casa acomodada que gozaba de una considerable biblioteca, de la cual él pudo aprovecharse para acercarse a los clásicos y reforzar su amor por la literatura. Con el tiempo eso le llevará a la enseñanza y a sus primeros ingresos como profesor de Gramática. Sus estudios, sin embargo, irían por otro camino y acaba estudiando Biología gracias a una beca en el Royal College of Science de Londres. Allí fundará la revista de ciencia y literatura The Science School Journal y acabará por obtener su título de zoólogo.
En 1895 publica su primera novela, La máquina del tiempo, donde ya podían percibirse algunos de los rasgos que le harían pasar a la posteridad. Por un lado, su capacidad para la anticipación científica, solo superada por Julio Verne, por otro su interés en utilizar la fantasía para hablar de temas reales. De este modo, La máquina del tiempo se convierte en una alegoría en contra del darwinismo social, igual que más adelante La guerra de los mundos nos hablará de los peligros del colonialismo o El hombre invisible y La isla del doctor Moreau de los límites y peligros de la ciencia usada sin un referente moral. Una idea no muy alejada a la que veíamos en el Frankenstein de Mary Shelley, pero sustituyendo aquí la religión por la ética a la hora de definir los conceptos del bien y del mal.
Otro elemento clave en la obra de H.G. Wells es la verosimilitud con la que se plasma lo fantástico en su obra. El autor es consciente de que para hacer creíble algo increíble, ese algo extraordinario debe ser lo único que destaque en un entorno por lo demás totalmente verosímil. Una idea que también encontraremos más adelante en los cómics de superhéroes. Los protagonistas de H.G Wells son gente corriente, o científicos con los pies en el suelo, lejos de los aventureros o exploradores que solían utilizar Verne u otros autores de aventuras de la época como Henry Haggart. Wells acuñó por primera vez términos como máquina del tiempo y establece un estilo que permite, a partir de una ciencia realista perfectamente reconocible y relacionable para el lector, hacer proyecciones en lo fantástico que nos llevarán muchísimo más lejos.
Existen, por supuesto, además de los citados aquí otros autores del siglo XIX que se podrían considerar influyentes en el posterior cómic de superhéroes. El particular estilo de terror de H.P. Lovecraft, las aventuras exóticas propuestas por Henry Rider Haggard, las novelas históricas de Alejandro Dumas o la anticipación científica de Julio Verne. Sin embargo, todos estos, aunque capitalmente influyentes en general, no lo han sido tanto en el tema que nos ocupa, y aunque sería fascinante profundizar en la riquísima literatura de fantasía y aventuras del siglo XIX ese no es el objeto de este libro.
Vemos por tanto que las piezas empezaban a encajar en su lugar. Casi todos los elementos que utilizarían los superhéroes en su creación y desarrollo estaban ya sobre la mesa a finales del siglo XIX y principios del XX. Pero aún faltaban cosas. Faltaba, por ejemplo, que estos conceptos bajaran de las altas y prestigiosas estanterías de la literatura para hacerse populares, asequibles y asumibles para un público masivo. Faltaba la demanda de un público voraz que demandaba más entretenimiento, más barato y más cercano.
El siglo XIX ya había visto nacer y consolidarse la literatura de entretenimiento barata y por entregas. Existían en Inglaterra las llamadas penny dreadful, pequeñas publicaciones extremadamente baratas, que se dice evolucionaron a partir de los panfletos que se repartían en las ejecuciones públicas. Estos describían e ilustraban, a veces de forma morbosa, el crimen y la ejecución final del reo, lo que parecía entusiasmar sobradamente al público. Los avispados editores no tardaron en darse cuenta del tirón que este tipo de contenido morboso tenía entre el público y se propusieron darles más material en la misma línea. A precios asequibles y sin ninguna exigencia de calidad literaria, estas penny dreadful y similares no tardaron en hacerse inmensamente populares, por lo que fueron aumentando en número y añadiendo narraciones que incluían el terror y lo fantástico para redondear suapuesta. Sin llegar a los extremos de morbo y escasa exigencia de este tipo de revistas, otras publicaciones más elegantes, que contaban entre sus contenidos temas sociales y políticos, empezaron a añadir relatos de corte policiaco o de intriga. Es el caso de Strand Magazine, donde vieron la luz muchas de las historias de Sherlock Holmes, o en Francia la revista Le Siècle, que tuvo el privilegio de ser la primera en publicar por entregas Los tres mosqueteros.
En Estados Unidos este estilo de publicación cuajó estupendamente muy a finales del siglo XIX y se estableció la diferencia entre los glossies o slicks revistas con papel de más calidad, y las pulp que eran publicaciones mucho menos ambiciosas e impresas en el llamado papel de pulpa, de mala calidad pero evidentemente más barato. Eran revistas gruesas, manejables (unos 18 centímetros de ancho por 25 de alto), prácticamente de usar y tirar, pero asequibles económicamente.
Hubo centenares de títulos de revistas pulp, aunque algunos (Short Stories, Adventure, Blue Book y, sobre todo, Argosy) destacaron por encima del resto por su longevidad o por su repercusión, y es que paradójicamente por su supuesta no perdurabilidad, por ser un producto destinado a usar y tirar, las revistas pulp vieron nacer a algunos de los personajes más famosos de la cultura popular moderna y a buena parte de los precursores directos de los superhéroes. Vamos a detenernos en algunos de ellos.
Pocos autores representan mejor el paradigma de autor del mundo pulp que Edgar rice Burroughs. Sus obras son sencillas, por no decir simples, su calidad literaria escasa tirando a inexistente, pero algo en sus narraciones, sus mundos y sobretodo sus personajes supieron conectar como nadie con el público de su época.
Nació en Chicago, en 1875, en los tiempos en que el viejo Oeste estaba muriendo. Más estadounidense que las barras y estrellas, pero de orgulloso linaje inglés y colonial, su padre era un veterano de la guerra de Secesión y quizá por todo ello Edgar siempre sintió vinculación hacia el ejército de Estados Unidos, fue a la academia militar de Michigan e intentó entrar en West Point sin conseguirlo. Eso lo llevó a alistarse como soldado raso en el mítico Séptimo de Caballería y sirvió en un fuerte de Arizona, Fort Grant. Sus experiencias en este punto y los paisajes desérticos de este territorio marcarían fuertemente su obra posterior, retratando a menudo los paisajes de Marte como lugares inhóspitos, áridos y peligrosos, seguramente no muy alejados de lo que contempló en esta etapa de su vida.
Sin embargo, un problema de corazón le aparta del servicio en 1897 y le lleva a empezar un peregrinaje de oficios que van desde cowboy a vendedor de sacapuntas, siempre con sueldos bajos y con problemas para alimentar a su ya numerosa familia. Sin embargo, estos peregrinos oficios solían dejarle con bastante tiempo libre, lo que le llevó a ser un ávido lector de literatura pulp. Los escritos y novelas del género le parecían tan lamentables que, pese a no haber escrito jamás un relato, llegó pronto a la conclusión de que él sería capaz de escribir como mínimo igual y posiblemente mejor que aquellos autores que estaba leyendo. Ni corto ni perezoso se pone manos a la obra con lo que sería su primer relato que enviará a la All-Story Magazine
