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Bosquejo biográfico de Martín Cortés, hijo del conquistador, que trató de comandar uno de los primeros intentos por conseguir la independencia de México. Bibliófilo, cronista e historiador, Luis González Obregón se dedicó sobre todo a la crónica de la ciudad de México durante la Colonia, por lo que se le considera como uno de los más distinguidos y entrañables historiadores de nuestro pasado.
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Seitenzahl: 95
Veröffentlichungsjahr: 2013
CENTZONTLE FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
Primera edición, 2005 Primera edición electrónica, 2013
D. R. © 2005, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008
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ISBN 978-607-16-1619-7
Hecho en México - Made in Mexico
Poco se han querido extender los historiadores en torno al azaroso —e incluso, infortunado— destino de los descendientes de Hernán Cortés. Sin embargo, los documentos y testimonios que dan fe de sus andanzas confirman el enigmático papel que desempeñaron en vida. En particular, enfocamos con este libro la semblanza de Martín Cortés de Zúñiga, publicada en 1906 por Luis González Obregón en la famosa imprenta que tuvo la viuda de Charles Bouret en París, Francia.
En estas páginas se realiza un retrato fijado en delicadas pinceladas o párrafos que dan cuenta de los primeros verdaderos intentos por independizar a la Nueva España del poder central de la Corona española. Resulta no sólo notable, sino trascendental, que el hijo del capitán general Hernán Cortés, artífice principal de la Conquista de México y marqués del Valle de Oaxaca, tuviera ensus ánimos la inquietud por comandar un proceso tan insólito y revolucionario ante los ojos del poder peninsular que en su condición signó su trágico y abrupto destino.
Luis González Obregón nació en Guanajuato, en 1865, y cursó sus estudios superiores en la Escuela Nacional Preparatoria de la ciudad de México. Allí fue discípulo de Ignacio Manuel Altamirano, quien le infundió pasiones por el oficio de historiar. El resultado fue la activa participación de González Obregón en la fundación del Liceo Mexicano Científico y Literario, la publicación semanal de artículos de asunto histórico en el diario El Nacional (mismos que posteriormente reunió en sus famosos libros México viejo y Las calles de México), así como su ardua labor en el Museo Nacional de Antropología e Historia. Posteriormente, fue editor de las publicaciones de la Biblioteca Nacional y director del Archivo General de la Nación que él mismo reorganizó y recatalogó. Su elevada estatura intelectual quedó avalada con sus nombramientos como miembro de número tanto en la Academia Mexicana de la Lengua como en la de Historia y por el entrañable prestigio que obtuvieron sus escritos. Murió en la ciudad de México en 1938, habiendo perdido la vista entre los muchos libros que conformaban su vasta biblioteca.
El muy magnífico señor D. Martín Cortés
Brindis, bandos y cuchilladas
Los conjurados
Una mascarada. El plan de la rebelión
Nuevos proyectos. Fiestas reales
Denuncias y prisiones. Proceso y ejecución de los Ávila
Lo que decían de la conjuración los contemporáneos
FRUTO del matrimonio de Hernán Cortés con su segunda esposa doña Juana de Zúñiga, fue D. Martín Cortés, quien debe de haber nacido en la Nueva España hacia 1532, quizá en Cuernavaca, donde su padre había fijado por entonces su residencia, construyendo su palacio a la orilla de esa población, y en la falda de la colina; sitio agradable y pintoresco, porque desde él se domina una vista muy extensa sobre el valle hacia el sur; limitando la colina al norte y al oriente, la majestuosa cordillera que separa los valles de Cuernavaca y México, en cuya cumbre abre sus brazos la Cruz del Marqués, así llamada, para designar que desde allí comenzaban los dominios del conquistador.
D. Martín vivió en México hasta la edad de ocho años, en que fue a España con su padre, donde acompañó al rey Felipe II en la expedición a Flandes, y a Inglaterra, cuando este monarca fue a casarse con la reina María. Asistió también a la batalla de S. Quintín, distinguiéndose como militar en la campaña de Flandes, siendo tal vez el primer mexicano que anduvo por esos países. A la muerte de D. Hernando, de quien heredó el título del marqués del Valle de Oaxaca y un vínculo que aquél había fundado para su mayorazgo, el rey de España, teniendo presente que la renta que le quedaba a D. Martín «era corta e insuficiente para sostener su dignidad, mandó se le dejasen todas las villas concedidas a su padre, sin limitación de número de vasallos, a excepción de la villa y el puerto de Tehuantepec, que reservó para la Corona, compensándole el importe de los tributos que de ella sacaba». Tales concesiones constan en la Real Cédula fechada en Toledo el 16 de diciembre de 1562, la cual le eximía de devolver los vasallos que excediesen de 23 000, concedidos a Cortés por Carlos V, y de pagar los tributos que había percibido de aquellos que de ese número pasaban, pues en la sentencia que se pronunció en el largo pleito que con este motivo se había seguido, se declaró que «cada casa y fumo» se contase por un vecino, y no como pretendía su padre; pero la citada cédula no establecía tal restricción, sino que mandaba que se tuvieran por súbditos del marquesado del Valle de Oaxaca a todos los vecinos, cualquiera que fuese el número y que habitaran en las 22 villas y lugares que comprendía el marquesado. En España, contrajo D. Martín matrimonio con doña Ana Ramírez de Arellano, sobrina suya, y en la Corte fue considerado como hijo de quien era, reuniéndose en su casa nobles caballeros, poetas y literatos, y mereciendo que en Francisco López de Gomara le dedicase la Segunda Parte de la Crónica General de las Indias, que trata de la Conquista de México, «para que, así como heredó el mayorazgo ‘heredase’ también la historia del que conquistó aquél reino». Por Gomara sabemos que D. Martín era poeta, pues al fin de la Crónica copia la siguiente inscripción, que puso en el sepulcro de Hernán Cortés el hijo agradecido:
Padre, cuya suerte impropiamente
Aqueste bajo mundo poseía;
Valor que nuestra edad enriquecía,
Descansa agora en paz eternamente
Resolvió D. Martín, arreglados que fueron sus negocios, volver a su patria, México, pero antes vendió al rey su casa de morada, que es ahora Palacio Nacional de nuestro gobierno, con toda la cuadra en que existió la Casa de Moneda, hoy museo, los cuarteles y demás oficinas, cuya escritura de venta se extendió en Madrid el 29 de enero de 1562, habiendo obtenido permiso para segregar esta finca del mayorazgo, a fin de cubrir con su valor las dotes de sus hermanas; cosa a que se había obligado en el convenio que celebró con su madre, siendo también condición de la venta de aquella finca, el que se le desocuparía la otra casa que tenía en México, a la sazón ocupada como residencia de las autoridades reales, a quienes se había arrendado, en la que pensaba establecer su residencia D. Martín, y que ocupa ahora el Nacional Monte de Piedad.
«Asegurada de esta manera su suerte, dice Alamán, se trasladó D. Martín a México con su familia en el mismo año de 1562, dejando España en su hijo primogénito, y llegó a esta capital siendo virrey D. Luis de Velasco, primero de este nombre.» En cambio, D. Justo Zaragoza asegura que «la llegada de D. Martín Cortés, segundo marqués del Valle, a México, tuvo efecto en la primavera de 1563»; pero las dos fechas pueden ser exactas, atendiendo a que D. Martín se detuvo en Yucatán antes de venir a la capital de la Colonia, por enfermedad de su esposa. Pudo, pues, referirse Alamán a su llegada al reino, y Zaragoza, a su entrada en la ciudad. Suárez de Peralta, autor contemporáneo, dice que la noticia de que el marqués del Valle venía a la Nueva España, fue en tiempo en que se levantaba la gente para ir a las Filipinas.
¿La vuelta de D. Martín a México fue casual o meditada? ¿Regresó por voluntad propia o llamado? Ningún cronista consigna nada a este respecto, pero son muy sospechosas las siguientes palabras de Suárez de Peralta, quien dice que la noticia de que venía D. Martín, de Castilla a México, «dio grandísmo contento a la tierra, y más a los hijos de conquistadores, quelo deseaban con muchas veras», palabras tanto más notables, cuanto que indican que ya por entonces se premeditaba la conspiración de que había de ser jefe el marqués.
Suárez de Peralta cuenta también que la travesía en la mar pareció pronóstico de lo que había de suceder después a D. Martín, pues estuvo a punto de padecer naufragio; pasó muchos trabajos en el viaje y dilató muchos días en llegar, tantos que, «como los de la tierra sabían cierta su venida, y aquél y su navío no parecía, sucedióles grandísima pena, y la tenían todos en general, y hacían decir muchas misas y plegarias a Nuestro Señor, que fue servido traerle y que no se perdiese».
Pasados bastantes días, arribó por fin el navío a Yucatán, donde se detuvo D. Martín, para que su esposa diese a luz un hijo que se llamó Jerónimo Cortés,
con lo qual, dice Suárez Peralta, y la nueva de haber llegado a tierra, aunque muy lejos de México, se holgaron todos y dieron muchas albricias, y luego trataron de su recibimiento; de gastar en él sus haziendas, como lo hizieron, y aun a mí me costó no al que menos. Estábamos todos que de contento no cabíamos, y si él procediera diferente de lo que procedió, él permanecería en la tierra y fuera el más rico de España; mas no fue su ventura como se dirá adelante.
Si parecen sospechosas las primeras palabras que citábamos del ameno cronista, sus últimos párrafos copiados son casi prueba evidente de que un interés grande y superior guiaba a los habitantes de la Nueva España al pasar sucesivamente de la alegría al dolor, de las demostraciones de regocijo a las prácticas religiosas de rogativas al Ser Supremo; pues de lo contrario no se explica esa alegría sólo por la llegada de un joven, que tenía cerca de 32 años, que era hijo, por cierto, de un hombre cuya fama no se había olvidado, que venía rico y poderoso, pero que nadie conocía personalmente, porque siendo niño, de corta edad, había dejado su patria, en 1540.
Es casi indudable que la llegada de aquel joven, recibido con inusitado júbilo, obedecía al deseo de hacerle cabeza de un grande intento, en que se jugaban intereses cuantiosos y nobles aspiraciones. Lo que sucedió fue que la pena como el dolor son contagiosos, y que la alegría que la presencia de D. Martín en México despertaba entre los verdaderos interesados, cundió entre todos, hasta entre las mismas autoridades, pues D. Luis de Velasco, el virrey y su hijo, que lo fue después, se holgaron mucho entonces, dando muchas albricias, y ordenando se hiciera una gran recepción al marqués como se le hizo.
Al desembarcar D. Martín en la península yucateca con su mujer, luego se despachó de la nueva a México, con la cual todos se alegraron, y la misma noche que se recibió hubo luminarias.
La ciudad y el virrey comenzaron a preparar las fiestas para recibirlo, y el gobernador de su estado, D. Pedro de Ahumada, previno a todos los corregidores del marquesado, que celebrasen fiestas en sus pueblos, como en efecto se celebraron. «Estaba la tierra contentísima con el marqués», pero no adelantemos los sucesos.
